Capítulo 207. Soltando amarras II
Tiempo estimado de lectura: una hora cincuenta y un minutos.
“Todo en el mundo trata sobre sexo, excepto el sexo. El sexo trata sobre el poder."
Atribuido a Oscar Wilde
En el capítulo anterior…
La distancia entre Mario y Carmen ha creado un vacío que el cinismo no ha tardado en llenar. Mario, derrotado, le da vía libre a Emilio y éste descubre la crudeza de la nueva realidad: para Carmen, el deseo ahora es una mera transacción y él, su mejor cliente.
En el gabinete, el juego de poder se ha vuelto peligroso. Tras ser humillada por la actitud depredadora de Ángel, Carmen decide huir hacia adelante, convirtiendo al nuevo candidato, Pablo, en un peón de su propia estrategia de seducción y control bajo la sombra de una amenaza de muerte profesional si se rompe la confidencialidad de sus métodos.
Sin embargo, el verdadero cataclismo ha ocurrido bajo la lluvia del Cantábrico. Lo que comenzó siendo una misión estratégica destinada a neutralizar a un catedrático ambicioso, terminó por demoler cualquier barrera. Entre regalos, diamantes, confesiones íntimas y una entrega cruda que exploró los límites de la degradación consentida, mentor y alumna se convirtieron en cómplices de un secreto impronunciable. Tras aceptar la nueva realidad, el regreso a Madrid impone una pregunta asfixiante: ¿Cómo recuperar el trato formal en el día a día después de haber habitado juntos el fondo del abismo?
Capitulación
La noche había caído sobre la la villa familiar de la familia Morelli envolviéndola en un profundo silencio que sólo el canto de los grillos se atrevía a perturbar. En su estudio, sumido en una penumbra pintada por el resplandor del ordenador y el destello violáceo de una copa de vino a medio terminar, Doménico observaba por el ventanal las luces distantes de la ciudad recortadas sobre un manto negro.
El teléfono vibró sobre la madera oscura quebrando el silencio con un zumbido insistente. Doménico observó el nombre en la pantalla; tras una breve duda, aceptó la llamada. Su voz surgió profunda, en un español impecable teñido de un matiz italiano:
—Mario, ¿a estas horas?
La voz de su interlocutor llegó cargada de una fatiga que lo convertía en un espectro.
—Necesitaba hablar contigo. Las cosas... han llegado al límite.
Doménico se tensó de inmediato presintiendo el desastre largamente anunciado.
—¿Qué quieres?
—Lo mismo que te pedí la última vez: ayúdala. Te necesita, y esta vez más que nunca.
Doménico cerró los ojos e inspiró. El recuerdo de la primera vez que Mario había capitulado apareció con nitidez. Se sentó en el sillón dejando que el silencio ensanchara la distancia entre los dos países como si esto pudiera ofrecerle una perspectiva más clara de lo que estaba por venir.
—Mario, sé sincero... ¿es definitivo?
—Probablemente.
—Eso no me convence —replicó con un tono de reproche—. Me niego a poner en peligro vuestro matrimonio, aunque me hayas dado motivos suficientes para intervenir. Carmen jamás será feliz mientras siga enamorada de ti. No esperes que sea yo el buitre que saque provecho de vuestra crisis.
Hubo un vacío en la línea desconcertante. Cuando Mario volvió a hablar, su voz fue firme:
—Te aseguro que, esta vez, es definitivo.
Doménico se enderezó.
—Dilo.
—¿Cómo?
—Ya sabes qué cosa. Repítelo, palabra por palabra.
El silencio estaba a punto de dar al traste con lo que, para ambos hombres, era mucho más que una conversación. La pausa colmó la paciencia del italiano.
—Ho finito.
—Está bien, está bien; ahí va: Renuncio a Carmen, considérala tu mujer. —Es eso lo que quieres oír, ¿no?— Yo… me doy por vencido, soy incapaz de hacerla feliz. Te la entrego sin condiciones, ahora es responsabilidad tuya. Ella... ella está en un lugar oscuro. Te necesita.
—Esto lo cambia todo —murmuró.
Doménico apretó el auricular con fuerza. La palabra "entregar" resonó en sus oídos como un eco de aquel rito en el que había aceptado ser el guardián de una mujer que, en el fondo, no le pertenecía.
—No hay vuelta atrás, Mario, ¿entiendes lo que significa?
—Que la he perdido, y eres la persona idónea para hacerla olvidar y mirar al futuro.
—¿Qué le has hecho? —preguntó con amargura—. ¿O qué se ha hecho ella misma para que hables como si fuera una causa perdida?
—No es lo que yo le haya hecho, es lo que somos y no podemos evitar ser. Ve a por ella; si vuestro ritual tuvo sentido, bríndale un compromiso formal. Haz realidad vuestros sueños: estabilidad, hijos, un hogar. Dale la vida que no he sabido ofrecerle. Hazlo, sin vacilar. Yo… dejaré de ser un obstáculo dentro de poco.
—Mario, ¿qué estás insinuando?
—Ah no, no te asustes. Tengo previsto darle la libertad sin causar ningún problema; podréis formalizar vuestra unión si lo deseáis, luego no volveréis a saber nada de mí. Nunca más. Pero antes, sácala de donde está por mi culpa.
El sonido seco del corte de la comunicación se adueñó del estudio. Mario había colgado. Doménico dejó el teléfono sobre la mesa y volvió a mirar hacia el horizonte sintiendo sobre los hombros el peso de una responsabilidad que había deseado y temido a partes iguales durante mucho tiempo.
—Maledizione, Mario... —susurró para sí mismo—. In che diavolo di inferno l'hai lasciata stavolta? (1)
…..
Nada más colgar, Mario marcó el número de Tomás sin pensar en que, a esa hora, estaría en casa con la familia.
—Dígame. —respondió claramente contrariado.
—Soy Mario, siento molestarte a estas horas, pero supuse que querrías saberlo: Ya está hecho. La relación está rota, acabo de hablar con Doménico para terminar de encauzarlo,
—¿Doménico?
—Su amante, el italiano.
—Disculpa un momento. ¡Sí, ahora voy, íd empezando! —Tomás bajo el tono de voz—: Cómo se te ocurre llamarme a estas horas, estoy en plena celebración con la familia. ¿Qué es eso del amante italiano?
—¿No te ha hablado de él?
—Sé quien es Doménico. ¿Qué has hecho?
—Tienen una relación muy estrecha. Le he contado nuestra situación, le he dicho que puede ocupar mi lugar porque lo nuestro se ha terminado.
—¡Quién cojones te ha dicho que tomes decisiones sobre su futuro!, lo que vaya a hacer Carmen en adelante no es cosa tuya, ¿lo entiendes? Lo único que has de hacer es salir de su vida y desaparecer. ¡A ver cómo arreglamos esto, joder!
—Quería… ponérselo fácil.
—No vuelvas a actuar por tu cuenta, ¿entendido? Haz tu trabajo. Rompe con ella, mueve los hilos para que esté de acuerdo en presentar la solicitud de separación judicial cuanto antes y obtenga el divorcio en un año. No quiero retrasos, Mario, no me jodas.
Mario soltó el teléfono. Las últimas palabras de Tomás todavía vibraban en su cabeza. Durante un minuto eterno, esperó inmóvil como si el aparato le fuera a pedir disculpas.
Sirvió un trago de whisky. El desplante de Tomás había rasgado el velo de su ya frágil autoestima. Su empeño por "ponérselo fácil" a Carmen no era sino un error de estrategia para el verdadero amo del juego. Sintió un calor súbito trepándole por el cuello. Él, que se había creído un arquitecto de destinos moviendo piezas deconstruidas, acababa de ser reducido a la categoría de subordinado negligente. «Haz tu trabajo», le había dicho. La frase le golpeaba las sienes con el ritmo de un martillo: no era confidente ni amigo ni siquiera cómplice. Era el sicario encargado de acabar con una historia que ya no le pertenecía.
—Idiota —masculló entre dientes—. ¡Idiota, idiota, idiota!
Narcisismo
Cerca del mediodía, recibí una llamada de Javier Santacruz. Era lo ultimo que podía esperar; tras agotar tres tonos, descolgué.
—Javier, dime.
—¿Estás ocupado?
—No, no, dime.
—Te noto serio. Acabo de terminar una reunión. Estoy cerca de tu clínica. Venga, te invito a comer.
—Es… un poco pronto.
—Venga, coño, nos tomamos un vermut y nos ponemos al día.
Conociendo a Javier, haría un monólogo sobre sus éxitos. Estaba a punto de ponerle una excusa cuando lo pensé mejor: sería incapaz de aguantarse sin dejar caer lo que estaba pasando con Carmen. A mí me interesaba saberlo de primera mano. Propuse una cafetería cercana y mejoró la opción: conocía un sitio genial. Como siempre, dirigiendo la función.
Nos citamos en «L'Avenue», un restaurante de techo artesonado y luz tenue donde el ruido de los cubiertos suena amortiguado. Al entrar, Javier ya había llegado. Estaba de pie junto a una mesa esquinera, la mejor del local, saludando al maitre por su nombre de pila con una familiaridad impostada de quien cree que el servicio está a sus órdenes. Me saludó con esa efusividad sincera que se permitía a veces. Le pregunté por Mónica.
—Ah, Mónica... estupenda, como siempre —respondió con una vaga inclinación de cabeza, restándole importancia como quien habla de un mueble valioso que adorna el salón—. Ha organizado una subasta benéfica para no sé qué fundación, está entusiasmada. Ya sabes cómo es, necesita estar ocupada en algo para sentirse útil. Tiene la agenda repleta de eventos sociales, pero bueno, es el precio a pagar por tener una mujer activa.
Lo dijo como si el entusiasmo de su esposa fuera un hobby estúpido que se limitaba a tutelar desde la distancia. Él, en cambio, no se molestó en preguntar por Carmen, tal vez un descuido o pura desfachatez.
—Aquí hacen el mejor steak tartar de la ciudad —soltó antes de sentarnos—. Ni te molestes en mirar la carta.
No fue una sugerencia, fue un decreto. Cuando el camarero se acercó, Javier ni siquiera me permitió abrir la boca.
—Trae dos vermuts de los vuestros, de la barrica vieja —ordenó, haciéndome cerrar la carta con la mano—. Y de comer, no nos compliques: ponnos el carpaccio de boletus para compartir y luego dos de vuestros chuletones madurados. Al punto, que no quiero comer suela de zapato.
—Señor, el punto del chef es... —intentó decir el camarero.
—El punto es el que yo te pido, joven —le cortó con una sonrisa fría—. Y trae una botella del Ribera que probamos el martes.
Así era Javier. Había decidido qué iba a beber y qué iba a comer sin darme la oportunidad de pronunciar palabra, pero lo había hecho con tal "cortesía" que oponerse habría parecido una falta de educación.
—Qué bueno que hayas venido, Mario. Te hace falta salir un poco del despacho, te veo algo pálido —dijo con una sonrisa perfecta—. Pero no te he traído aquí por la gastronomía. —añadió, mientras servía un poco de agua en mi copa—. Imagino que tendrás curiosidad.
—Me ha sorprendido tu llamada, no lo voy a negar.
—Notición: Me estoy tirando a una tía acojonante. La conoces, es la mujer de… No, no te lo puedo decir. Es… la hostia.
—¿Sí?, venga, dime quién es.
—En serio, no puedo, me corta los huevos si te lo digo. Es una tía…. Buuufff, no veas, una auténtica fiera. Ya lo intuía cuando la veía con su marido, porque tiene un cuerpazo… y lo sabe, joder, vaya sí lo sabe. Y en la cama es brutal, tío, brutal.
—Espera, frena, ¿no puedes darme una pista?
—Es la última tía en la que puedes estar pesando.
—No será Alicia.
—¿Alicia? ¿Estás de coña? No le llega ni a la suela de los zapatos, esta tía es una diosa.
—Joder, te ha dado fuerte.
—No imaginas, hemos hecho cosas que jamás se me habían pasado por la cabeza. —miró a ambos lados comprobando si nos escuchaban—. Folla como una jabata, hace unas mamadas de auténtica profesional; qué digo, las putas más caras no ponen el alma que esta tía le echa. —Volvió a mirar a los lados; a continuación, bajó la voz—. Tiene el culo más apretado que me he follado nunca, traga como una campeona y le chifla.
Estaba desconocido, jamás le había escuchado tal proporción de “tía” en una conversación. A estas alturas, yo ya tenia una erección pidiendo espacio.
—Vaya, has encontrado una mina de oro.
—Y eso que parece muy formal. Pero qué va, siempre ha tenido una pinta de zorra... de las buenas —añadió, soltando una carcajada fuera de tono.
—Venga ya, no me tengas en vilo, dime quién es.
—Lo siento, tío, se lo he prometido.
—Dame alguna pista, es rubia, morena, tiene algún lunar, algún tatuaje…
Estuvo pensando unos segundos hasta donde podía estirar el límite.
—Es morenaza, alta, muy guapa. Tiene un lunar en la… en el ombligo. —corrigió a tiempo y desvió la mirada, la típica señal del mentiroso.
—Pues vaya pista, eso no me dice nada.
Se le escapó una sonrisa indulgente.
—Le encanta que me corra en su cara.
—¡Qué!
—Lo que oyes: le vuelve loca. En plena mamada, va y me pide que me la menee y me corra en su cara; se tira al suelo de rodillas delante de mí y suplica, tío, suplica. Verle la cara de zorra cuando le caían la lefazos por la boca y le colgaban de la nariz, mereció la pena. Al final, esta tia me va a convertir en un pervertido.
—Poca falta hace que te animen.
—Tenias que haberla visto cuando le tiré billetes por las tetas, creí que se corría otra vez.
—No me jodas, ¿billetes?
—La tenía tumbada en la cama después de un polvo de antología. Me estuvo contando que tiene un rollo raro con un conocido, algo profesional, pero por la forma de contarlo intuí que había algo más.
—Profesional… ¿profesional?
—Dice que le asesora con sus clientes. Empecé a sonsacarle y acabó reconociendo que se lo folla... un tío mayor; le ayuda a... —Se cortó en seco; estaba a un paso de irse de la lengua—. Me estoy enrollando, no viene al caso. El punto es que una cosa llevó a otra y terminó por confesar que ese tipo le suelta pasta por follar. ¿Te lo puedes creer? Le pone como una moto cobrar por echar un polvo; ni que le hiciera falta, que la tía vive de puta madre. Me lo estaba pidiendo a gritos, tío. Abreviando: me la fui llevando a mi terreno, pinchándola, comparando lo que hace con el viejo ese y lo que hacía conmigo, hasta que me soltó: «Tú no pagas». Así, en mi cara: «Tú no pagas». ¿Será zorra? Fui a por la cartera, empecé a tirarle billetes encima y la tía se retorcía de gusto. Le pregunté si con eso bastaba para darle por el culo y ¿sabes qué respondió? «Con cuidado». Te lo digo yo, es acojonante; no tienes ni idea de cómo es esa mujer. (2)
—Me estas dejando de piedra. —dije para ocultar el efecto que me estaba provocando conocer de primera mano hasta dónde habían llegado.
—Es inagotable, puede tirarse follando toda la noche. A mí me deja seco. Nunca antes había necesitado recurrir a la viagra, joder, pero a esta tía no hay dios que le siga el ritmo.
Si no la conociera pensaría que exageraba, pero no, era ella en estado puro: Salvaje, sucia, insaciable. Era tal y como la había descrito. Hablaba de ella sabiendo que me restregaba en mis narices los polvos, las mamadas, las enculadas que habían compartido. Estaba disfrutando creyéndome ignorante de la verdad y se explayó hasta rozar el límite de la prudencia.
—Pues nada —dije cuando creí agotado el repertorio—, disfrútala mientras dure.
—Va para largo, el marido no se entera y ella no tiene intención de parar esto; le ha cogido gusto a mi…
Hizo un gesto vulgar con el brazo al que respondí con una risa igual de vulgar.
Así terminamos el almuerzo, él hablando de mi mujer creyendo que no me enteraba y yo haciéndome el tonto como si no me diese cuenta de que todas las pistas apuntaban a Carmen. Cuando se nos hizo tarde, pagó la cuenta y me despidió con una palmada en el hombro. Le debí de dar lástima.
Santander
Los días restantes fueron una inmersión lenta y deliberada en lo prohibido. En mitad de las reuniones, nuestras miradas se cruzaban y yo quedaba atrapada en recuerdos que me provocaban un ahogo inevitable. Nos entendíamos sin palabras; bastaba un gesto para que las imágenes más sórdidas me arrollaran: sus dedos envueltos en papel, hundidos en mis glúteos; mi rostro bañado en orina y semen; su gesto crispado agotando el último espasmo y mi propio derrumbe contra los azulejos, desollándome el clítoris.
Cerraba los ojos y me veía vencida, con la mano frenética en la vulva frente a él, esperando la última sacudida; no era un alivio, sino un potente estímulo. Su boca se contraía en una mueca que rozaba el dolor, la sostenía un segundo en el vacío antes de quebrarse en una descarga espesa e hirviente que golpeaba mi piel con fuerza. El semen, denso y veteado de un blanco opaco, bajaba en hilos pesados por mis mejillas, arrastrado por el rastro salino de la orina; una viscosidad que se negaba a resbalar, aferrándose a los poros mientras el calor derivaba en un frío pegajoso. Ese flujo cremoso, acumulado en las cuencas de los ojos y en la comisura de los labios, marcaba el fin de la tensión, dejando a una mujer rendida en el suelo de la ducha y a un hombre empuñando una verga en declive embelesado ante su obra.
Si yo podía leerlo en su rostro y él en el mío, ¿qué demonios estarían viendo los demás?
Una vez, nos quedamos atrás al salir de una reunión. Entonces se acercó a mi oído: «Estoy deseando volver a limpiarte el culo». Busqué testigos a mi espalda, luego le miré fingiendo estar escandalizada; mi respuesta fue una sonrisa boba, de adolescente, hasta que el peso de la realidad me golpeó. Aunque los demás caminaban a una distancia segura, sentí que aquel susurro había estallado como un grito en el pasillo.
¿Es eso lo que yo quería? Aquello estaba mal, lo sabía, pero mi cuerpo ya había dado el permiso.
Sí, estábamos condenados a repetirlo.
Cada tarde, tras las reuniones, volvíamos al hotel. La partida de ajedrez era solo la excusa; la puerta comunicada siempre permanecía entornada. A veces aparecía él primero; otras, era yo quien cruzaba el umbral. Nos sorprendíamos descalzándonos, quitándonos la ropa de calle. Él me ayudaba a soltar el sujetador y se encargaba de las copas mientras yo me cambiaba de bragas y buscaba la bata.
—Estará en mi cuarto —decía él.
Posiblemente, porque la noche anterior habíamos dormido en su cama. Nos sentábamos frente al tablero en bata o en pijama, bebíamos cualquier cosa del minibar y hablábamos de todo menos de lo evidente. Habíamos construido una normalidad donde el sexo, la desnudez y el cariño eran, simplemente, lo cotidiano.
Una noche, después de perder estrepitosamente —le di mate con el alfil y la dama en apenas diez jugadas—, fui a servirme otra copa. Me quedé de pie junto a la ventana; la camiseta de algodón apenas cubría medio muslo y la ausencia de ropa interior me hacía sentir una vulnerabilidad excitante. Él me observaba desde el puf, con la bata entreabierta y la mirada oscurecida, sin dar el paso. Yo, simplemente, ardía.
—¿Recuerdas la primera vez que entraste en mi habitación y me sorprendiste desnuda? —pregunté sin volverme.
El silencio se tensó entre nosotros.
—Dijiste que no habías mirado —continué—. Mentiroso.
Escuché el siseo del aire inflando el puf. Un instante después, sentí sus dedos en la nuca.
—No pude evitarlo —susurró—. Eras… eras demasiado.
Me volví despacio. Lo tenía tan cerca que olía su aliento. Crucé los brazos, sujeté el dobladillo de la prenda y, en un sólo movimiento, la deslicé hacia arriba y la tiré al suelo.
—Ahora puedes mirar cuanto quieras.
Buscó apoyo en mis caderas, sus ojos recorrieron mi cuerpo como un cartógrafo reconoce un mapa memorizado en sueños. Le tomé las manos y las guié con suavidad hasta mis pechos.
—Son tuyos.
Esa noche no hubo órdenes; sólo un deseo que, por fin, se desbordaba. Me separó las piernas y se hundió en mí con la urgencia de quien regresa al hogar tras años de exilio. Nos movimos despacio, sosteniéndonos la mirada, replicando cada suspiro. Se corrió en silencio, abrazándome con una fuerza casi desesperada, como si temiera que, al soltarme, fuera a desvanecerme.
Después, mientras dibujaba los pentágonos del pecho con un dedo, murmuró:
—No sé cómo voy a mirar a Berta a la cara.
—Olvídala esta noche —dije—. Esto es un paréntesis, un mundo aparte.
—¿Y si se entera?
—Seremos cuidadosos.
Los dos sabíamos que ninguna cautela sería suficiente.
Se durmió pegado a mi espalda y una mano firme sobre el vientre. Siempre acabábamos igual: por muchas vueltas que diéramos en la cama, terminaba por recogerme en su cuerpo y anclarme desde ahí abajo. A otros les gusta dormir cogidos a mi pecho; él prefería llenar su mano con el volumen de mi pubis.
Mi cuerpo aprendió a esperar ese gesto de Andrés antes de abandonarse al sueño. Un gesto de confort y cariño, un arrullo.
Al día siguiente, durante la comida de trabajo, recibí un mensaje desde el otro lado de la mesa: «No puedo dejar de pensar en ti». Respondí tocándome el collar y, aprovechando un instante en el que el resto del grupo atendía las sugerencias del camarero, hundí un dedo en el escote, mirándole a los ojos. Él ocultó una sonrisa tras la servilleta, pero no apartó la mirada.
Esa tarde, en la sala de reuniones, mi voz sonaba segura mientras exponía los últimos cambios del proyecto. Sin embargo, su atención no estaba en las gráficas; sus ojos volvían una y otra vez al collar y al tenue relieve de los aros bajo mi blusa. ¿Era prudente usarlos en un ambiente tan formal? Esa era una de tantas cosas que ni me había planteado, ni me importaba. Por fuera era pura eficiencia; por dentro, me devoraba un incendio.
Habíamos cruzado una línea peligrosa. Bastaba que alguien notara su fijación excesiva o algún gesto audaz para que empezaran los comentarios, las miradas de soslayo y las quejas por un comportamiento inapropiado. El riesgo de quedar en evidencia ante los colegas me apretaba la garganta, pero esa misma amenaza, la de ser el centro de un escándalo, lograba que el deseo fuera más voraz. Debía poner freno, pero mi sensatez había claudicado ante el placer de caminar por el filo.
Al terminar la reunión, Andrés me esperaba en el pasillo con esa mirada que yo conocía demasiado bien: una mezcla de autoridad y deseo reprimido que me hacía sentir como una adolescente rebelde en un internado. La universidad cántabra bullía de actividad; los estudiantes abandonaban las aulas, los profesores cargaban con sus carpetas bajo el brazo mientras el eco de voces lejanas rebotaba en los pasillos amplios y fríos.
—Ven —susurró.
Me tomó de la mano y me arrastró hacia un ascensor oculto en el ala vieja, como si cada segundo perdido constituyera una amenaza. Mi corazón latía desbocado en el silencio del pasillo. Las puertas se cerraron con un crujido de metal frío, aislándonos en un cubículo que olía a ozono y a encierro.
Sin previo aviso, Andrés hundió el botón de emergencia; el ascensor dio una sacudida violenta y se detuvo entre dos pisos, suspendido en el vacío. El silencio súbito fue devorado por su boca. Me besó con una ferocidad que sabía a desesperación, sus dedos se clavaron en mi cintura, acortando el último rastro de aire entre nosotros. Era un delirio, una imprudencia, pero la lógica se había rendido: estábamos suspendidos en el corazón de la facultad, protegidos sólo por un interruptor mientras el eco de pasos lejanos afuera nos recordaba que, en cualquier momento, el mundo podía pulsar un botón y dejarnos al desnudo. No hubo tiempo para pensar, sólo para que el pulso acelerado del morbo actuara.
Mis rodillas golpearon el suelo frío y sucio, un detalle que sólo aumentaba la excitación de lo prohibido. Le bajé la cremallera con dedos inseguros, sentí el calor de su piel bajo la tela y saqué su miembro ya hinchado y húmedo. ¡Allí mismo, en ese cubículo suspendido, con el riesgo latiendo en cada segundo! Me invadía el miedo a que nos descubrieran, imaginaba el ascensor de nuevo en marcha y las puertas abiertas ante una audiencia de colegas y estudiantes atónitos, pero aquello sólo avivaba el fuego que el olor de su verga había inflamado en mi cerebro. Iba a hacerle una felación urgente y desesperada, sometida al reloj invisible que marcaba los segundos en mi mente: ¿cuánto tiempo pasaría antes de que alguien notara la parada y llamara a mantenimiento?
Mirándole a los ojos, pasé el pulgar por la punta y lo hice temblar. Retiré el pellejo hacia atrás, besé el glande inflamado y le sonreí con los labios mojados. Andrés hizo lo que más me gusta cuando estoy delante de una polla: que me cojan la cabeza sin violencia. No había tiempo que perder, lo envolví con mi boca en un ritmo frenético que no dejaba espacio para el aire ni para las dudas. Chupaba con avidez, trazaba círculos rápidos alrededor del glande para luego bajar hasta la base con succiones profundas que lo hacían jadear. Andrés se apoyó contra la pared metálica, sus manos guiaron mi cabeza con una mezcla de ternura y dominio. Gemía mi nombre en susurros ahogados —“Carmen, Dios…”— mientras intentaba bajar el volumen, consciente de que cualquier ruido podría filtrarse al exterior.
El morbo de la situación era brutal: el zumbido del ascensor colgado, el leve balanceo que recordaba nuestra vulnerabilidad y el olor a sexo que llenaba el aire confinado. Sentí mi propio cuerpo responder; estaba encharcada, el clímax me llegaba sin necesidad de contacto impulsado sólo por el poder de lo prohibido y por el miedo mezclado con placer que intensificaba cada movimiento.
De pronto, un fuerte timbrazo desde el rellano nos sacudió. Alguien fuera insistía con impaciencia y el mecanismo del ascensor dio un tirón violento. Sus caderas empujaron instintivamente hacia adelante buscando mi garganta en un último impulso urgente. Terminó con un gemido bajo y su esencia caliente me inundó mientras yo tragaba. Mi propia liberación llegó en oleadas silenciosas y temblorosas, como si el mismo temor nos hubiera empujado al éxtasis.
Nos recompusimos a toda prisa: le subí la cremallera, me puse en pie y él pulsó el botón para reanudar el descenso. Con las mejillas sonrojadas y el corazón al galope, supimos que habíamos rozado el desastre. Era una locura, actuábamos como adolescentes, pero en ese momento cada riesgo asumido valía la pena.
—Estamos locos —dije, aunque no podía dejar de sonreír.
—Tú me vuelves loco —contestó.
Picamos algo rápido de camino al hotel: unas rabas y un blanco de la costa para intentar fijar la atención en otra parte. Forzamos una charla trivial sobre los logros del día, cualquier cosa que nos mantuviera lejos del ascensor. Pero era imposible ser coherente: la humedad de mis bragas, pegadas a la piel, invalidaba cualquier discurso. Andrés asentía, fingiendo escuchar desde una ausencia tan profunda como la mía.
En la habitación, le até las muñecas al cabecero con un pañuelo de seda azul.
—Hoy mando yo. No te muevas.
Me senté sobre su cara ahogando sus gemidos en mi sexo. Me corrí como una cerda y lo obligué a beberme. Estaba desquiciada. Al desatarlo, le pedí que me tomara sin piedad. Me poseyó boca abajo, tirándome del pelo, escupiendo palabras que nunca pensé oír en boca de Andrés.
Al amanecer, bajo el peso de su mano sobre mi pubis, pensé en Berta, en Mario, en Diego, en Ángel y en todos los hombres que habían pasado por mi cama. Y no sentí culpa.
Sentí poder.
La lluvia
Seguía sin tener noticias de Carmen. Ni una llamada, ni un mensaje y eso le frustraba tanto que no hizo nada por contactar. Si a ella no le importaba, actuaria de la misma forma, aunque estuviese deseando oír su voz. Pasados los tres días previstos, se empezó a impacientar.
Llegó el fin de semana y Elvira lo aprovechó para viajar a Sevilla; debía recuperar algunas pertenencias que aún le quedaban por recoger. Él le propuso acompañarla, pero ella prefirió no calentar el ambiente con Santiago. Lo entendió y se quedó en Madrid, solo.
Elvira lo mantuvo al tanto, relatándole sin ahorrar detalles su amargo paso por la ciudad. Describió el difícil trato con su todavía marido, sumido en un pozo de abandono físico, alcohol y reproches. Sus palabras traslucían el agotamiento de quien ha intentado rescatar a quien no quiere ser salvado. El reencuentro fue un descenso a los infiernos: Santiago ya no era el hombre brillante que conocieron, sino una sombra entregada a la desidia. El aire en la casa, según ella, estaba viciado por el penetrante olor del alcohol y una retahíla interminable de recriminaciones que disparaba como ráfagas para evitar mirar su propio fracaso.
En los intervalos de aquel asedio doméstico, Elvira se reunió con antiguos compañeros; aquellos pocos que aún le guardaban lealtad suficiente para no culparla por haberse marchado le confirmaron sus peores miedos: la brillantez de antaño se había trocado en una arrogancia ciega y violenta. Poco podía hacerse; Santiago no estaba dispuesto a escuchar, mantenía una postura soberbia en la que ya nadie le apoyaba.
—No escucha a nadie —le confesó con la voz ahogada—. Cree que el mundo conspira en contra suya mientras él mismo cava su propia fosa.
Era la crónica de una caída anunciada. En los pasillos del poder ya no se hablaba de su talento, sino de su inminente caída. Elvira lo sabía y sus amigos también: era cuestión de meses, quizá de semanas, para que el cese oficial pusiera fin a la agonía de su prestigio. Aun así, decidió quedarse un par de días e intentar algo, cualquier cosa, para hacer entrar en razón al hombre con el que había compartido tantos años.
Mario la alertó: era un error, Santiago intentaría arrastrarla usando la pena como anzuelo. Pero no hizo caso.
Así pasó el fin de semana: solo, triste, amargado. Pensando en Carmen, sin dar su brazo a torcer, sin llamarla.
El lunes llovió poniendo una nota fría y gris en su estado de ánimo. Salió del despacho cuando la luz comenzaba a apagarse, Emilio le había propuesto tomar una copa juntos; él no tenía ganas de volver a hablar de lo mismo —¿Qué tal lo lleváis? ¿Habéis hablado?— y menos con alguien que era parte interesada. Había descubierto un pub cerca de allí, perdido entre dos bocacalles —pequeño, vacío, con música agradable y luces tenues—. Para ser lunes lo encontró inusualmente concurrido; estuvo tentado de buscar un lugar más solitario, pero la lluvia le hizo desistir; escogió una mesa frente a la barra. La camarera acudió para invitarle a colgar el empapado chaquetón en uno de los percheros. Pidió un Jack Daniels y echó un vistazo alrededor.
El local era un refugio en penumbra revestido de madera antigua. El mobiliario, de un roble oscuro que conservaba el brillo aceitoso de décadas, exhibía en sus mesas cicatrices que narraban historias entre vasos olvidados. Las paredes lucían un papel tapiz color sangre, ya pasado de moda, donde los brocados apenas sobrevivían a la tiranía de las sombras. No había allí una sola luz franca; el espacio se articulaba a través de pequeñas lámparas de tulipa cuya luz amarillenta creaba islas de intimidad, condenando los rostros de los clientes al anonimato.
Tras la barra, un espejo de azogue herido y manchas de humedad duplicaba la estancia con una profundidad fantasmal, deformando las filas de botellas que relucían bajo los focos. El aire custodiaba un aroma denso: una mezcla de alcohol evaporado, maderas nobles y ese rastro invisible de tabaco que impregna los lugares donde se ha bebido mucho y callado poco. Era un ecosistema de voces bajas, donde la música se filtraba como una bruma armónica, fundiéndose con el tintineo del hielo y el rumor sordo de una lluvia que, tras los cristales empañados, quedaba reducida a un recuerdo desdibujado.
La camarera regresó con el whisky en vaso ancho y un solo hielo. Mario dio un trago y continuó observando. En la barra, dos hombres y una mujer de treinta y tantos ejecutaban los ritos de la seducción; ella, apoyada en una banqueta con un pie en el travesaño, exponía la abertura de su falda con calculada distracción mientras ellos pujaban por resultar el más ingenioso, el más atractivo. El juego de siempre. Al otro lado, dos ejecutivos discutían en voz baja, inclinados sobre un secreto que los mantenía tensos. En una mesa apartada, una pareja se devoraba con ese embeleso que precede al olvido de todo lo demás.
«Lo nuestro se acabó
y te arrepentirás
de haberle puesto fin
a un año de amor.
Si ahora tú te vas
pronto descubrirás
que los días son eternos
y vacíos sin mí»
Luz Casal irrumpió en mi disección de lo ajeno. Su voz, cargada de una verdad afilada, me pilló con la guardia baja y me golpeó de lleno en la boca del estómago. Perdí un latido o dos. El hueco que dejó en mi pecho me resultó, de pronto, agotador.
«Y de noche, y de noche
Por no sentirte solo…
Recordarás
Nuestros días felices
Recordarás
El sabor de mis besos»
Bebí un trago largo, intentando apuntalar ese aplomo que construía a diario a base de fingir que no pasaba nada. Apuré el resto y le hice una seña a la camarera. Tenía que llevar cuidado: estaba a un paso de convertirme en otro Santiago.
“Te has parado a pensar
Lo que sucederá
Todo lo que perdemos
Y lo que sufrirás
Si ahora tú te vas
No recuperarás
Los momentos felices
Que te hice vivir
Y de noche, y de noche
Por no sentirte solo…
Recordarás
Nuestros días felices
Recordarás
El sabor de mis besos» (3)
La camarera trajo el whisky y le pagué, decidido a huir en cuanto me lo bebiera de uno o dos tragos, aquello era demasiada dosis de realidad.
Entonces la vi. Estaba en la barra: Maite, la secretaria de Jorge Mendoza, el arquitecto que ocupaba el piso superior al del gabinete. Era una mujer espectacular, menuda y de rasgos filipinos, con la que llevaba cruzándome en el portal unos seis o siete meses. Se había convertido en la sensación del edificio, esa nota exótica que capturaba todas las miradas —las de ellos y las de ellas—. «Tenemos chica nueva en la oficina», habían tarareado algunos, dándoselas de graciosos. (4)
Habíamos intercambiado apenas cuatro palabras: los saludos de rigor y alguna cortesía en el ascensor. En esas breves distancias aproveché para calcular su estatura: no mediría mucho más de metro sesenta, pues los taconazos que solía calzar la elevaban casi a mi altura. Tenía unos ojos grandes y oscuros, de un almendrado profundo, piel de porcelana y una sonrisa fácil. Pero lo que más me atraía de su anatomía era su culo respingón, lo reconozco, un culo perfecto en forma y volumen que daba réplica a la suave curva del vientre que se perdía entre los muslos.
Como digo, coincidíamos a veces en el portal o en el ascensor y me sorprendió su marcado acento vasco, ¡Una asiática con acento de Bilbao! Prejuicios que dormitan en el fondo de la mente hasta que la realidad los despierta. ¿Había química entre nosotros? Si no sonase vanidoso, diría que sí. Pero ella no alcanzaba la treintena y yo estaba a un lustro de cumplir los cincuenta. ¿Cómo le iba a interesar un hombre como yo?, pensaba deseando que alguna voz me sacara de la duda.
No sé en qué momento de esta elucubración, Maite se había dado cuenta de mi presencia y de mi insistente mirada. Sonrió, elevó una manita y la agitó. Le devolví el saludo y ese otro yo que habita en mí —ese que una vez le entró a Graciela en un bar (5)— le hizo señas animándola a acercarse. Maite no se hizo de rogar, cogió la copa y el bolsito de la barra y caminó con pasos breves (de geisha, pensé como un idiota) hasta llegar a mi lado.
—No te había visto —dijo a modo de saludo.
—Yo sí. —respondí mientras le ayudaba a desprenderse de la gabardina.
—Ya me he dado cuenta, oye —atacó con una sonrisa socarrona. No lo esperaba y me encontré desarmado por su franqueza.
—Estaba absorto en… en la canción.
—Ya. Triste de narices, ¿eh? —sentenció, mirándome de frente.
—Mucho. —y el dolor apareció sin ser invitado.
Ella lo notó, pero fue prudente y cambió de tema. La lluvia, el mal tiempo…
—Pero oye, ¿por cuatro gotas os ponéis así? Si esto no es lluvia ni es nada, ¡es agua bendita! Un poco de fresco hace, sí, pero te pones una txamarra buena y a la calle, que en Bilbao estamos meses con el sirimiri pegado y no soltamos el paraguas ni para dormir.
Tenerla tan cerca, tan desinhibida, era un espectáculo de contrastes. Había algo magnético en una belleza puramente asiática desplegando el carácter de Bilbao con semejante naturalidad. No era sólo yo; al oírla, los de la mesa de al lado estiraron el cuello, curiosos, tras haberla seguido desde que abandonó la barra.
Preferí ser prudente. No indagué en sus raíces; di por sentada una adopción temprana, una vida entera en el Casco Viejo; porque el acento era impecable, sin rastro de la cadencia pausada de las lenguas orientales.
—Yo es que soy de sol y buen tiempo, no tengo remedio —solté, buscando terreno común.
Ensayé las típicas bobadas para romper el hielo, repasando un guion que prometía fluir. ¿He dicho ya que percibía química? No sé qué demonios podía ver en mí, pero las señales estaban ahí, vibrando. O eso, o me estaba inventando otra realidad con una facilidad pasmosa; algo que, sinceramente, no me pega nada.
Pedimos otra ronda: bajé el ritmo con un ron cola poco cargado. Chica dura, le dije cuando pidió un cardinale (6) y sonrió con una malicia que no le conocía. Hablamos de todo un poco: de su trabajo, del mío. De repente, entró a saco en la tristeza que veía en mis ojos. Me sentí descubierto, el alcohol me había dejado sin defensas otorgándome esa falsa facilidad para hablar de la que siempre te arrepientes al día siguiente. Le conté que estaba en plena separación después de diez años felices. No entré en muchos detalles —o eso creo—: una pareja abierta que acaba derrapando. ¿Eso dije? No pasé de ahí, espero. Ella habló de su familia en Bilbao, de una madre filipina y un padre diplomático que renunció a viajar para echar raíces por amor a su tierra. Intuí problemas de integración en una sociedad cerrada sobre lo que no quise indagar.
—Siempre fui la niña diferente. Yo no me sentía así, aunque ya se encargaron de hacérmelo sentir, ¿sabes? Pero bueno, eso me hizo fuerte, a las bravas. Menos mal que tuve a mi hermano apoyándome; si no llega a ser por él, no sé qué habría sido de mí.
Cómo terminamos en su casa es uno de esos misterios que se resuelven sin palabras. No hubo nada explícito, salvo las miradas. Las mías saltaron de sus ojos a esa boca, jugosa y pequeña; después me perdí, sin disimulo, en su pecho comprimido bajo un jersey de punto tan ajustado que desafiaba las proporciones de una figura perfecta. Ella se dio cuenta y, lejos de evitarlo, se irguió en la silla, ofreciéndome todo su potencial. Hablábamos de cualquier cosa, pero nuestras mentes estaban en otro lugar. ¿Lo propuso ella o fui yo? Qué importa. El caso es que, de pronto, me vi caminando de la mano de Maite hacia su piso, muy cerca de allí.
…..
Mario entró en el loft detrás de Maite. La puerta se cerró con un clic suave que sonó como el mazo de un magistrado dictando sentencia. No encendió las luces; la farola de la calle bañaba la estancia con un tono dorado, cálido y sucio. Se volvió hacia él, descalza sobre la tarima, revelando su estatura real: pequeña, menuda... y lo miró con esos ojos oscuros que parecían iluminados desde dentro.
—Nada de preguntas —dijo con esa firmeza que no admite réplica—. Esta noche, ni una, ¿estamos?
Mario no contestó. Dio un paso al frente y se agachó para alcanzar su boca; la besó como si llevara semanas esperándola. Maite respondió al instante. Alzada de puntillas, se enredó en su cuello y le mordió el labio inferior con la fuerza justa para que el dolor se fundiera con el deseo.
Sus manos treparon por su pecho, le arrebataron la chaqueta y forcejearon con la camisa hasta que los ojales cedieron. Mario buscó el borde del ajustado jersey y la ayudó a despojarse de él. En un par de movimientos veloces, se libró del pantalón, ella soltó el enganche de la cintura en la espalda desafiándole con los pechos, bajó la cremallera y, de un empujón, forzó la estrecha falda por la curva de las caderas haciendo que cayera.
Quedaron en ropa interior. Maite vestía un conjunto de encaje negro, sencillo, casi transparente. Desabrochó el sujetador mostrando los pechos plenos y firmes, con los pezones endurecidos por la excitación y el aire fresco. Él los apretó con una urgencia que le arrancó un gemido. Maite, entonces, lo sujetó por la nuca y lo arrastró de nuevo para devorar su boca.
—Al sofá, anda —murmuró pegada a sus labios, empujándolo sin darle opción—. Vamos.
Se desplomaron sobre los cojines. Mario le bajó las bragas de un tirón y ella se deshizo de la prenda con un movimiento frenético de pies. Acto seguido, Maite liberó la erección que latía tensa, coronada por las primeras gotas de deseo. Al acomodarse entre sus piernas, el contraste lo golpeó: sin el artificio de los tacones, parecía una muñeca. Su cuerpo se perdía entre los almohadones, revelando una fragilidad casi irreal ante la envergadura de él. Era como si la sola presencia de Mario la envolviera, reduciéndola a una figura pequeña y vulnerable bajo su peso.
Al desplazar la mirada, descubrió el sexo rasurado; una blancura despejada bajo el resplandor anaranjado que le confería un aspecto puro, casi infantil. Aquella maldad lo asaltó por sorpresa con un latigazo de culpa, aunque de forma oscura e inevitable, terminó de incendiarle la sangre. Maite movió las caderas, urgiéndole a tomarla. No hubo preliminares ni caricias lentas. Lo guió con la mano: lo rodeó, lo frotó para lubricarlo con su propia humedad y, acto seguido, lo situó justo en el umbral. Mario se hundió buscando sepultar aquel pensamiento turbio en el calor de la carne.
—Adentro, pues —sentenció ella en un susurro ronco—. Todo.
Mario empujó profundamente. Maite arqueó la espalda y soltó un jadeo largo que se convirtió en gemido cuando él llegó al fondo. Estaba caliente, estrecha, empapada; lo envolvió como un puño suave y pulsante. Comenzaron a moverse de inmediato en un vaivén de recorridos lentos y estocadas profundas que hacían chocar las caderas con un sonido seco y húmedo. El sofá crujía, los muelles protestaban. Maite le rodeó la cintura con las piernas y le clavó los talones en las nalgas para obligarlo a ir más hondo. Le arañó la espalda, dejando marcas rojas que ardían. Mario bajó la cabeza y capturó un pezón con la boca; lo succionó y lo mordió mientras seguía embistiendo a un ritmo cada vez más rápido, más brutal. Ella se retorcía, alzaba las caderas para encajar cada golpe y buscaba la fricción en cada descenso, presionando el clítoris contra la dureza de su pelvis.
—Más fuerte —soltó con la voz rota—, ¡dale más fuerte!
Mario obedeció. La sujetó por las caderas y la folló con embestidas cortas, brutales, profundas, sin piedad. Maite chilló, se tensó de golpe, se contrajo en espasmos convulsos alrededor del miembro; el orgasmo la atravesó con un grito ahogado que se le escapó entre los dientes. Lo apretó tan fuerte que Mario sintió que iba a perder el control.
—¡Ni se te ocurra salir! —jadeó convulsionando— ¡Adentro! ¡quédate adentro!
Tres, cuatro embestidas desesperadas precedieron al gruñido ronco con el que se entregó por completo. Enterrado hasta la raíz, la inundó con la calidez de cada espasmo. El silencio volvió envuelto en temblores, con los cuerpos pegados por el sudor y el aire escapando entre sus labios.
Permanecieron quietos un segundo, compartiendo el mismo aire entrecortado. Maite rompió el abrazo para montarlo, atrapó sus ojos mientras lo devolvía a su interior, aún vibrante y húmedo. Se dejó caer, saboreando cada centímetro hasta acogerlo por completo.
—¿Te crees que hemos acabado? —soltó con una media sonrisa desafiante—. Ni hablar, oye.
Retomó el movimiento con una lentitud calculada, trazando círculos con las caderas; sus pechos oscilaban, Mario los atrapó con fuerza, hostigando los pezones mientras el vaivén de Maite se aceleraba. Pronto recuperaron el ritmo del principio: una cadencia rápida, profunda y desesperada.
—Hondo, hondo —le escuchó decir, ¿o sería ondo? (7)
—¿Me estás hablando en euskera o en castellano?
Maite estalló en una carcajada fresca, ruidosa; una risa que lo estrujó desde dentro y lo lanzó directo al nirvana con cada espasmo. La vibración de su estallido se mezcló con las sacudidas sincopadas de su cuerpo, llevándolos al límite.
—Qué salado eres —dijo con una dulzura que le iluminó la mirada.
—Me estrangulas cuando te ríes; eres la versión femenina del cuento de Pinocho, pero en versión porno. (8)
Maite no lo pilló, así que se lo contó entre respiraciones entrecortadas. Ella volvió a estallar en carcajadas y esa risa se convirtió en la masturbación más salvaje que Mario hubiera sentido jamás: un abrazo interno, rítmico y feroz: un coño lo estrujaba con una presión brutal. Pensó, mareado de placer, que aquello era como estar follándose a una centrifugadora. Poseído por la ridiculez de la idea, se unió a su risa y la espoleó a gritos:
—¡Miente, Pinocho! ¡Nooo, mejor: Ríete, Maite!
—¡Venga, miente pues! ¡Dale! —soltó entre risas incontenibles—. ¡A que no eres capaz!
Mario, sin cesar de bombear, comenzó a improvisar una sarta de mentiras que le costaba pronunciar entre risas y jadeos:
—¡Te amo, oh Princesa Vivian, tan cierto como el sol que está entrando por la ventana y baña tus enormes tetas y tus ojos azules y… tu rubia melena! (9)
Maite le cubrió la cara de besos tiernos, permitiéndose un instante de debilidad antes de recomponer su fachada y blindarse de nuevo.
—¡Si me querrías de verdad no dirías tantas tontadas! —exclamó, redoblando las carcajadas—. Mario siguió diciendo sandeces hasta que la presión terminó por hacerlo estallar.
….
La observó en silencio, el pulso le latía en las sienes como un tambor sordo. Maite yacía en el sofá de su loft en pleno Chamberí, un refugio de ladrillo visto y luz anaranjada que se colaba desde la farola de la calle, tiñendo la escena de un ámbar cálido. Era sin duda un piso excesivo para una secretaria, aunque ya se lo había aclarado:
—Me lo pagan mis padres, oye. Ni tan mal.
Había ido resbalando despacio, como si el suelo la reclamara con pereza; sólo el borde del cojín la retenía. Pero no lo evitó. Permaneció expuesta, la desnudez era su armadura más potente.
Desnuda era tal y como la había imaginado: un cuerpo menudo y de apariencia delicada, con curvas que desmentían su fragilidad. La piel, de un blanco porcelana que la penumbra realzaba, contrastaba con el cabello azabache derramado sobre los hombros; pómulos altos y ojos almendrados, de un oscuro tan profundo que lograban descolocarlo. Los pechos, plenos y redondos, se apretaban uno contra otro, recogidos entre sus brazos al ritmo lento de la respiración; la piel tersa, salpicada de pecas diminutas; los pezones, pequeños y de un tono chocolate que bordeaba el burdeos, se erguían endurecidos por el fresco y por la mirada fija de Mario. Bajo el izquierdo, un lunar minúsculo parecía un guiño canalla del destino. El abdomen plano descendía hacia el pubis rasurado, las piernas entreabiertas dejaban adivinar la sombra húmeda de la entrega.
Y tan pequeña… tan joven… No, no…
—Ahorra, que ya me lo sé: te parezco exótica, ¿a que sí? —soltó ella, confundiendo el motivo de su desasosiego—. Es lo que tiene ser de Bilbao y de madre filipina, oye.
Mario negó con la cabeza.
—Ni te preocupes, oye, que ya estoy acostumbrada —dijo con ironía—. Nací en Bilbao, como mi padre; para todo el mundo sigo siendo "la chinita". Tiene narices la cosa.
Se encogió de hombros y el gesto brusco hizo temblar levemente los pechos.
—Jorge me lo soltó el primer día sin cortarse un pelo: «la nueva secretaria oriental». Lo de siempre, vamos. Como si no hubiera nacido en Indautxu.
Mario esbozó una media sonrisa. Se acercó; el sofá protestó bajo su peso con un leve crujido. Al posar la mano sobre su vientre, sintió la piel suave como el satén, sin rastro alguno del vello bien rasurado. Un pensamiento oscuro asomó en su mente y lo rechazó de golpe: No, no... La miró, allí la tenía, estirada al filo del sillón; trató de ignorar ese escalofrío que le había recorrido el cuerpo.
—Un poco más y te caes —murmuró, como si aquello fuera lo único que importaba.
Maite dejó escapar una risa baja que vibró contra su palma.
—¿Y qué si me caigo, pues? ¿Me vas a recoger tú del suelo, psicólogo, o qué?
No respondió. Miraba a la muñeca de porcelana y se esforzaba por ver a la mujer adulta. En su mente giraba sin descanso el mismo pensamiento obsesivo; trató de sepultarlo recurriendo a la raíz de su amargura: Carmen. Se había marchado a Santander con la excusa del proyecto. Desde entonces, silencio absoluto: ni una llamada, ni un «llegué bien», ni el más mínimo signo de vida. El móvil permanecía mudo en el bolsillo de la chaqueta abandonada en el suelo. Tres días de vacío y un fin de semana que, para un hombre que se ganaba la vida escuchando las tormentas ajenas, ya no eran mera distancia; eran el final anunciado de una historia.
Maite apoyó los codos en el asiento, quedó así a la altura de sus ojos; sus pechos le rozaron, fue una caricia leve que él sintió como una descarga.
—¿Sigues dándole vueltas? —preguntó de frente.
—¿mm…?
—Sigues pensando en tu mujer.
Mario bajó la mirada, abatido.
—No debería estar aquí.
—Pero estás, oye, tú sabrás por qué.
Le tomó la barbilla, lo obligó a mirarla y siguió:
—Yo también estoy aquí. Así que, ¿qué hacemos, pues?
Mario exhaló un gemido largo como si el aire le pesara.
—No lo sé. Me siento perdido. Triste. Culpable.
—Lo entiendo. Triste y culpable. Pero esta noche no tienes que resolver nada, fíjate lo que te digo, no tienes que decidir si tu matrimonio se acaba o no se acaba. Sólo tienes que decidir si quieres besarme, y ya está.
El sonido de una llave en la puerta rompió el instante, lo rompió todo. Maite se irguió de golpe. Mario la miró buscando una explicación. Un portazo suave dio entrada al intruso.
—¡Joder, Josu, ya podías haber avisado, oye! —exclamó contrariada poniéndose de pie de un salto para tapar a Mario.
—Aupa. Perdona, arreba, si me das las llaves, pues entro cuando me hace falta. (10)
—¡Pero no así, hombre! Que no son formas de entrar en casa ajena —le soltó cruzándose de brazos.
—Vaya... veo que andas ocupada. No pensaba que tendrías visita a estas horas, la verdad —añadió asomándose con curiosidad por encima de su hermana.
—Pues ya ves, así que estás tardando en darte la vuelta.
—Bueno, vale. Yo sólo venía a… pero ya veo el plan que os traéis.
—Josu… es mi hermano —dijo volviéndose hacia él, sin perder el tono seco—. Es un poco artaburu, ya le ves (11) —añadió mirándolo con cara de pocos amigos—, entra como Pedro por su casa.
Josu abultaba el doble en estatura y volumen: fuerte, de espaldas anchas y brazos como columnas. Se enzarzaron en una discusión familiar que pronto pasó al euskera y dejó de entender una palabra. A Mario le sorprendió que no hiciera el menor intento por cubrir su desnudez, sobre todo porque además despedía un fuerte olor a sexo reciente. El tono no era violento, ella llevaba las riendas. Fuera cual fuese el motivo, Josu pasó del enfado a la aflicción. Poco a poco, la conversación se calmó. Maite le pasó una mano por la mejilla en un gesto conciliador, luego se acercó.
—Oye, dame cinco minutos, voy un momento con él para que se tranquilice y ya vuelvo.
Le puso una mano en la espalda y lo condujo por el pasillo.
Mario se vistió mientras tanto. La noche había terminado y no de buena manera. Esperaría a que acabaran de hablar para despedirse. Los oía desde el salón: ya no discutían. Maite parecía impartir un sermón suave; Josu respondía con monosílabos. En algún momento se le quebró la voz y ella lo calmó.
Luego… luego escuchó besos; el lamento de un niño grande; el crujido de un somier. Un suspiro profundo.
Pronto llegaron los jadeos y más crujidos a un ritmo inconfundible. Gemidos, besos, suspiros. Oyó la voz de Maite, rota como la había sentido en su cuello poco antes de desfallecer, y un estertor bronco de Josu.
Después, el silencio.
El sonido de una cisterna y un grifo abierto a tope marcó un final y un principio. Al poco rato, apareció envuelta en un albornoz con una expresión distinta a la que esperaba: serena, quizás aliviada.
—¿Por qué te has vestido? No te vayas, oye. Por favor.
—¿Y qué hacemos? —preguntó, señalando el pasillo con un gesto.
—Tú, tranquilo. Josu se marcha en cuanto se… se arregle un poco.
Maite tenia un atractivo poderoso. Pequeña y menuda, poseía un erotismo misterioso fraguado en la mezcla de su aparente fragilidad y su fuerza de carácter.
—Quédate, Mario, de verdad.
No tenía derecho a pedirle explicaciones ni quería hacerlo, aunque la curiosidad por lo que acababa de suceder le quemaba por dentro. Dudaba que pudieran reconducir la noche al punto en que los habían interrumpido. Al fin aceptó, algo le decía que Maite necesitaba compañía.
Josu apareció poco después, pidió excusas torpes y se marchó.
—¿Cenamos algo, pues?
No consiguió ocultar cierta incertidumbre e insistió.
—Que se me ha quedado el cuerpo vacío, oye.
Aceptó. Maite necesitaba estar ocupada si quería contar lo que había pasado.
Entre tomates, lechuga, anchoas, cebolla picada, aceitunas y piparras, le contó una historia compleja y a la vez muy simple.
La historia de Maite y Josu no era sólo un secreto guardado entre paredes; era una herida abierta. Josu nació de un matrimonio que se quebró antes de empezar a vivir. Su madre murió al darle a luz, un parto complicado que dejó al padre —entonces un joven diplomático— emocionalmente devastado. Incapaz de mirar a su hijo sin ver el rostro de la mujer perdida, solicitó un destino que lo alejara de Bilbao y de sus fantasmas. Confió a Josu a los abuelos paternos, quienes lo criaron entre una disciplina férrea y un cariño contenido, como si el niño fuera el recordatorio incómodo de una tragedia que nadie se atrevía a nombrar
Dos años después, el padre conoció a la madre de Maite: una funcionaria filipina de la embajada, elegante, reservada. Se enamoraron con la intensidad de quienes han perdido mucho. Volvieron a España, se casaron pese al rechazo social y familiar —los abuelos veían en ella una intrusa, una extranjera que “diluiría la sangre”— y al año siguiente nació Maite. El abuelo paterno, que nunca la aceptó, la llamaba “Mestiza”. Murió cuando ella tenía dos años, antes de que su desprecio pudiera hacer mella profunda en la niña. Pero el daño ya estaba hecho: los hermanos, ambos rechazados cada uno a su manera —Josu por ser el culpable de la muerte de la legítima, Maite por ser la hija mestiza de la “otra”—, se convirtieron en refugio mutuo.
Así nacieron los juegos. Al principio eran sólo eso: juegos de críos. Se metían mano con la curiosidad de los niños, se reían bajito en la oscuridad de la habitación que compartían en la casa grande. Se tocaban el culo, se miraban los genitales, se preguntaban por qué se ponía duro o por qué olía diferente.
Luego llegó la pubertad y todo cambió de golpe. A Josu le creció vello oscuro en el pubis, a ella tardó en salirle. A él se le ponía dura por las mañanas sin venir a cuento, a veces se mojaba mientras dormía. A Maite le crecieron tetas que dolían al roce de la camiseta. Un día le bajó la regla: sangre espesa y marrón en las bragas que la dejó temblando de asco y miedo. Josu, con la voz entrecortada, la calmó: no se iba a morir, era normal, él la limpiaría, para eso era el mayor.
Lo que empezó como curiosidad se volvió adicción. Se masturbaban juntos mirándose hacerlo, se lo hacían el uno al otro, se chupaban hasta que uno se corría en la boca del otro, crecieron, aprendieron a follar a escondidas con la puerta cerrada y el corazón a mil. Lo que había sido cariño se volvió algo más hondo y peligroso: amor clandestino con dosis de culpa y miedo a que los descubrieran.
Lo escondían porque sentían rondar el peligro en todas partes. No sólo en los ojos de los adultos o en los silencios largos de los mayores. Lo llevaban dentro: cuando se sostenían la vista demasiado tiempo, en el calor que subía si se rozaban “por accidente”, en la culpa que les venía después de hacerlo pero que no bastaba para detenerlos. Sabían que un descuido podía romperlo todo, y aun así volvían a buscarse.
Es difícil esconder esos encuentros mudos que duran demasiado, los roces que se prolongan un segundo de más, las palabras a medias que se interrumpen cuando oyen pasos en la galería. Nadie dijo nada nunca —el silencio era el escudo de la familia—, pero las medidas llegaron implacables. Josu, con dieciséis años, fue enviado a un colegio interno en Inglaterra. Maite, con trece, se quedó en Bilbao hasta que la enviaron a la universidad a Madrid. La separación fue quirúrgica, sin anestesia, sin explicaciones: distancia, vacaciones tuteladas, supervisión constante. Pero el hilo invisible que los unía no se rompió; se tensó, se hizo más fuerte.
Josu volvió roto. En Inglaterra descubrió el alcohol, las drogas y esas noches que no terminan nunca. Intentó ahogar lo que sentía por su hermana en otros cuerpos, en otros excesos, pero nada funcionaba. Maite, en Madrid, se volcó en relaciones fugaces, estudios abandonados y en una tristeza que no sabía nombrar. Cuando ambos regresaron a Bilbao, el fracaso era palpable. El padre movió hilos: le consiguió a Maite un puesto en el estudio de arquitectura de un viejo amigo y envió a Josu al mejor centro de desintoxicación de Suiza. Pagó todo sin preguntar. Josu salió limpio al cabo de dos años, con el cuerpo endurecido por una disciplina convertida en obsesión y el hambre de quien cree que puede comerse el mundo. Como todos los que salen de esos sitios.
Pero el mundo no se deja devorar fácilmente. Josu se incorporó a una consultora familiar y comenzó a entrenar de forma compulsiva: running al amanecer, gimnasio y pesas por las tardes. Se convirtió en el "armario" que había aparecido esa noche: ancho, imponente, con una expresión que guardaba grietas e inseguridades. Maite siguió en el estudio, manteniendo las apariencias. Todo fue bien durante un tiempo de cara a la familia. Nadie sabía que, después de mirarse a los ojos en el cumpleaños del aita, comenzaron a verse a escondidas: un viaje relámpago a la capital, un hotel discreto a mitad de camino. Luego se volvieron más descuidados. O más valientes. O desesperados. La familia empezó a darlos por perdidos y a desviar la vista, como hacen las "familias de bien" con las ovejas negras: apartados de la mesa, pero sujetos por el yugo del daño a la “ama”, enferma del corazón. (12)
A veces Josu tenía un mal día. Lo decía la tía Amaia: quien tiene una fractura antigua, le duele cuando va a llover. A Josu le dolía el alma cuando el vacío regresaba, las noches se hacían largas y no había nadie que entendiera por qué necesitaba tocarla a ella precisamente a ella. Por qué sólo en ella encontraba la paz.
—No lo hace por vicio —le excusó mientras cortaba los tomates—. Lo hace porque le duele, ¿sabes? Y a mí… a mí también me duele cuando no está. Nos queremos; ya nos habrás oído, ¿no? Es que somos muy de hacernos notar cuando nos ponemos a ello —dijo con una sonrisa socarrona que enseguida cortó en seco—. Le hace bien estar conmigo, sin más.
—Sabes que corres peligro.
—Qué va, hombre, qué dices. Nunca me pondría en riesgo. Tiene pocas relaciones y siempre con protección; lo hace por mí. Pa’ poder estar conmigo y ya está, ¡claro!
—No lo digo sólo por eso.
—¿Lo dices por lo que se mete? Oye, de verdad, no seas dramático. No pasa de unos porros y alguna raya; lo normal, vamos. No me seas agonías, que lo tiene perfectamente controlado.
La escuchó sin juzgar. No estaba allí como psicólogo, no se lo había pedido. Escuchar, a veces, es suficiente. Terminaron de cenar y volvieron al salón. Se quedó mirándolo como esos pacientes que esperan un diagnóstico tras romper el silencio.
—Debo de parecerte una degenerada. Mira tú qué cosas, oye: follarme a mi hermano.
—Mi esposa se acuesta con mi socio, también folla con algunos de mis mejores amigos; yo mismo la incité a hacerlo. He sido espectador y partícipe en sesiones de sexo por el mero placer de verla correrse mirándome a los ojos. Yo, por mi parte, he vuelto con mi novia de la facultad. ¿Crees que estoy en condiciones de juzgarte?
— Vaya cuadro estamos hechos, entonces. Me dejas mucho más tranquila, ¿eh?
Se quitó el albornoz. Los ojos oscuros de Maite estaban serenos. Mario cerró los suyos un instante. Sintió el calor que emanaba del cuerpo desnudo, del perfume suave mezclado con el olor cálido de la piel y el deseo latiendo. Se inclinó para besarla con delicadeza, antes de hundirse en sus labios. Las manos subieron por la espalda, se enredaron en el cabello negro. Maite respondió con la misma cautela, dejándole marcar el ritmo.
Se separaron sólo para tomar aire.
—¿Y por qué no les mandamos a todos a paseo? Tú a tu mujer, yo a mi familia, y nos centramos en esta noche. Mañana ya se verá qué pasa, ¿sabes?
Mario la cogió en sus brazos y, con un movimiento firme pero cargado de ternura, la levantó del suelo. Maite soltó un suspiro de sorpresa, le rodeó el cuello entrelazando los dedos en la nuca.
—Sólo Josu me ha llevado en volandas —le susurró cerca del oído—. Fíjate qué tontería, me has hecho sentir pequeña de repente.
El nombre de su hermano flotó un segundo en el aire; Mario no se detuvo, la estrechó aceptando su historia. Sin decir palabra, caminó con ella en brazos hacia la penumbra del dormitorio mientras el mundo y sus complicaciones quedaban fuera.
Una vez al borde del lecho, la dejó en el suelo; tras un abrazo cargado de deseo, cayeron sobre el colchón. Maite se acomodó a horcajadas reduciendo el mundo a puro calor y sensaciones; un breve respiro en mitad de la tormenta que lo perseguía desde hacía tanto.
Maite percibió el leve temblor en sus caderas, pero no dijo nada. Se inclinó hacia delante haciendo presión con sus pechos en el torso de Mario, y le besó el cuello para que el calor de su boca lo arrastrara de vuelta al presente. Rodeó la erección naciente y comenzó a acariciarlo despacio; el pulgar trazaba círculos pausados sobre la punta húmeda. Mario perdió un gemido ahogado, a medio camino entre el suspiro y la queja. Ella sonrió en sus labios y se reacomodó hundiendo las rodillas en el colchón a ambos lados de las caderas. Lo guió con la mano hasta que sintió el contacto en su entrada cálida y, tras sostenerle la mirada un segundo, descendió de un sólo movimiento para albergarlo por completo.
Maite permaneció inmóvil un instante para adaptarse al grosor, sintiendo cómo lo apretaba con suaves pulsaciones. Luego comenzó a moverse: subía y volvía a bajar con un ritmo pausado y profundo que hacía balancear los pechos. Los pezones oscuros rozaban la piel de Mario, enviándole pequeñas descargas eléctricas con cada roce.
La ayudó a marcar el compás, el ritmo se aceleró; Maite giraba las caderas en círculos estrechos; subía y bajaba, su clítoris se frotaba contra el pubis de Mario en cada descenso y la mataba, la mataba. El sonido húmedo de los cuerpos llenó la habitación fundiéndose con el eco de las respiraciones entrecortadas.
Mario inclinó la cabeza y capturó uno de los pezones, lo succionó con fuerza. El roce de la lengua y el leve rastro de los dientes hicieron que ella se arqueara.
—Más fuerte —susurró, la voz ronca—, dame fuerte.
Obedeció. La sujetó con mayor firmeza y empujó hacia arriba al tiempo que ella descendía. El choque se volvió seco, más hondo. Maite echó la cabeza hacia atrás; el cabello negro cayó en cascada por la espalda, los pechos temblaron con cada embestida. Mario pasó al otro pezón, lo mordió con suavidad, lo lamió, mientras bajaba hasta el punto donde se unían y encontraba el clítoris hinchado. Lo frotó en círculos rápidos con el pulgar, presionando justo donde ella lo necesitaba.
Maite se tensó. Su cuerpo se contrajo en espasmos rítmicos cada vez más profundos aferrada a sus hombros. Alcanzó el clímax con un gemido largo y roto que pareció brotarle del alma; sentir cómo ella lo envolvía y lo buscaba terminó por llevarlo al límite.
—No pares… no pares ahora —jadeó moviéndose todavía, aunque las piernas empezaran a fallarle—. Quédate ahí dentro, Mario. Quiero sentirte,
Gimió en su cuello y empujó con fuerza tres, cuatro veces más, rápidas y descontroladas, tratando de darse de nuevo. El orgasmo de Maite aún vibraba sobre su cuerpo y siguió empujando hasta que la sintió rendirse desfallecida sobre su pecho.
Permanecieron así un largo rato, en silencio, unidos por el sudor y el cansancio. La rodeó con los brazos y la acunó como si fuera un bebé. Sólo se escuchaba el tráfico lejano y el latido de los corazones; en la mente de Mario, sin embargo, seguía resonando el eco de aquel teléfono que llevaba tantos días mudo.
Maite levantó la cabeza y le dio un beso tierno.
—No empieces a darle vueltas a la cabeza, ¿eh? Quédate conmigo y ya está. Mañana será otro día.
Mario cerró los ojos y siguió meciéndola.
La entrega
Tenía que volver a ocurrir; ambos lo esperábamos, los dos lo buscábamos.
Era nuestra última mañana en Santander, el equipaje estaba casi listo. De pronto, un fuerte retortijón me detuvo en seco; dejé todo y corrí al baño. Algo me estaba trastornando el vientre y no sabía qué.
Le oí llamarme. No respondí. La orina ya fluía con fuerza cuando Andrés asomó la cabeza. Esta vez no se detuvo en el dintel; se agachó a mi altura, puso una mano en mi rodilla y me observó en silencio.
—¿Otra vez?, ya van dos.
—¿Me llevas la cuenta? —respondí, sosteniéndole la mirada—. Necesito…
Hice un gesto para que se marchara, pero no se movió.
—¿Necesitas algo? Una infusión, un…
—Que te vayas.
—A lo tuyo. Como si no estuviera.
Un pinchazo en el bajo vientre anunció lo inevitable. Se me escapó un sonido ronco, un lamento contenido seguido de un gas sordo que la taza, sellada por mi propio peso, amortiguó. Concentré el esfuerzo en terminar de orinar y, después, lo demás fluyó. «¡Vete!». Dilaté obligada por el empuje que nacía en mis entrañas; apreté y brotó una masa incontenible. Escuché el eco de dos golpes pesados en el agua y el olor comenzó a inundarlo todo.
Y él, tan cerca. Qué vergüenza.
Tras un último esfuerzo y un plop sonoro, me relajé. La vergüenza desapareció, fue sustituida por una extraña y profunda aceptación.
—Hora de la limpieza —anunció buscando mi consentimiento. Había sido una deposición blanda y abundante; no era el escenario ideal para que hurgase en un lugar mucho más sucio de lo normal. ¿Cómo decírselo?
No tuve opción. Andrés me ayudó a apoyarme en la cisterna. El silencio se volvió tenso.
—¿Qué haces?
La respuesta llegó a través del contacto de sus manos en mis caderas.
—Andrés, ¿qué haces? —insistí.
Me sentía vulnerable, inclinada sobre la porcelana ofreciéndole una vista cruda: sucia y maloliente. Humillada y, sin embargo, secretamente encendida.
—Mirarte.
Bajó las manos con lentitud hasta detenerlas en las nalgas con los pulgares extendidos.
—Andrés, por favor…
Mi ruego sólo sirvió para que me acariciara con más vehemencia.
—¿Por qué tiemblas? —susurró.
No había respuesta. Temblaba porque ya no era dueña de mis emociones, porque habitaba un terreno desconocido. Andrés presionó los pulgares y separó los glúteos. Lo sentí: la masa pastosa que había en medio se expandió con un chapoteo blando. Una parte se desprendió y cayó al suelo. Cerré los ojos, deseaba desaparecer. Me apretó y separó las nalgas varias veces.
—¿Qué estás haciendo? —balbuceé.
Las heces, obligadas a encontrar camino, se extendieron produciendo un crepitar húmedo, el sonido de una materia dúctil siendo moldeada. Era una fricción cremosa que resonaba en mis oídos. Bajo mis pies, otro impacto blando golpeó el suelo. Volví a suplicarle, pero no estaba dispuesto a ceder. Juntó las nalgas más fuerte y sentí la masa escapar hacia arriba. Me sentía tan sucia… Y el olor acre lo dominaba todo.
De pronto, la humillación desapareció y en su lugar me invadió una inmensa calma. Dejé de temblar; el aire escapó de mis pulmones como una ola y me abandoné a su voluntad.
—Separa las piernas —ordenó.
Obedecí. Le entregué mi centro sucio, manchado, pegajoso. Me abrió más y sentí cómo la pasta se estiraba como el chicle. Mi percepción se había vuelto abstracta, ajena a la realidad física de lo que ocurría atrás. Ya no importaba nada salvo la extraña paz que me inundaba.
Andrés me soltó, cortó abundante papel higiénico y limpió a conciencia, retiró grandes cantidades sujetando una de mis nalgas para mantenerme abierta.
—Agarra aquí —ordenó.
Sujeté el otro cachete con firmeza. Mis dedos entraron en contacto con algo viscoso y los restregué, asqueada, por mi cadera. Andrés reaccionó al instante: envolvió mi mano en papel, la frotó varias veces y reanudó su labor. Sus movimientos eran eficientes, carentes de duda. Cada pasada era un gesto de dominio absoluto.
—Te has puesto perdida —comentó mientras limpiaba el rastro que yo había dejado en mi piel—. Voy a gastar el rollo entero —añadió, sin un sólo gesto de repugnancia.
Enrojecí. ¿Yo? ¡Había sido él! A medida que se afanaba en asearme, fui consciente del desastre que sus manejos habían provocado.
—¿No te da asco?
Se había agachado; a limpiar el suelo, supuse. No quería mirar, no podía hacerlo.
—Es lo más natural del mundo, ya te lo dije. Aunque esto —me dio un cachete— no lo voy a solucionar sólo con papel.
Me llevó a la ducha y el agua caliente hizo el resto. Me enjabonó la espalda y después deslizó la mano entre mis glúteos hasta alcanzar mi sexo y el ano, todavía sucio.
—Con la mano, no —le pedí, por miedo a mancharlo.
Me ignoró. Palpó a conciencia, transformando en caricia lo que era un roce perverso. Gemí un «no» débil, un «¡para!» en el que ni yo creía. Escuché su respiración agitada mientras sus dedos inquietos seguían ahí, en el esfínter manchado; lo frotó con abundante agua, ajeno a mi voz, que no era queja, ni llanto, ni gozo, y lo era todo a la vez. El jabón y el calor se fundieron por fin con su tacto suave. El placer me obligó a arquear la espalda y me corrí sintiendo su mano encajada entre mis nalgas, con la certeza de que él ya conocía, palmo a palmo, toda mi zona oscura.
Después me depositó sobre sábanas limpias con una delicadeza que contrastaba con la crudeza de antes. El aire fresco sobre mi piel húmeda me hizo estremecer; me cubrió con el calor de su cuerpo. Me quedé quieta, mirando al techo. Olía a gel, a nada más. Se apoyó sobre un codo y me retiró un mechón de pelo. No necesitaba esconderme.
—¿Por qué lo haces? Verlo... tocarlo. Es... repulsivo.
—Es todo lo que eres. No quiero sólo la parte que muestras al mundo. Esa es fácil de querer. Lo que acabamos de hacer... eso es lo que nos une de verdad.
Sentí una punzada de alivio. Me acerqué a él, pronuncié su nombre y hundí el rostro en su cuello.
—Me he sentido pequeña —confesé—, y expuesta.
—Lo estabas. Y ahora eres mía de una forma en la que nunca lo habías sido.
«Con nadie. ¿Por qué con Andrés?».
—Gracias —murmuró tras un largo silencio.
—¿Gracias por qué?
—Por devolverme la vitalidad. Hace años que no me sentía tan joven y vivo.
Se incorporó y me besó con suavidad.
—He descubierto una forma nueva de vivir el sexo —añadió.
—¿Lavándome el culo? —bromeé para aliviar la dureza de la situación.
—No te burles. Nunca imaginé que pudiera ser tan… excitante.
—Yo tampoco. Jamás nadie, ni siquiera mi marido, me ha visto… defecar. Y mucho menos me ha limpiado.
—Defecar… qué formal te has vuelto de repente.
—Cagar, ¿lo prefieres así? —proferí en rebeldía.
—A mí me pone como un animal verte cagar —confesó, buscándome la mirada—. No te avergüences, mírame, repítelo.
Reuní todo el valor que pude, lo miré y dije:
—¿Tanto te gusta verme cagar?
Sentí una especie de liberación, como si me quitase un peso de encima. Andrés sonrió satisfecho.
—Estás preciosa haciendo fuerza. Y me gusta limpiarte la mierda.
—¡Andrés!
—Me gusta poseer incluso eso. Tu culo sucio. Hundir los dedos, pringarme en ti…
—¡Cállate, por favor, no sigas!
Nos miramos, tratando de entender en qué momento exacto se habían roto todos los límites.
—Nunca más, ¿me oyes?
—Vaya, ahora que has conseguido sacarme de mi armadura de normas y prejuicios, me reprendes por expresarme con libertad. ¡Perdóname, lo siento! —terminó con amargura.
—Es que es… demasiado, incluso para mí.
—No volverá a pasar.
Lo había devuelto de un plumazo al mundo de lo correcto y me arrepentí. Ahora que al fin respiraba sin esconderme, no soportaba verlo asfixiado de nuevo por el decoro. No quería una disculpa, quería su insolencia; prefería su lengua sucia a este silencio educado que volvería a separarnos si no lo solucionaba.
—¿Qué nos ha pasado? —pregunté cuando recuperé las pulsaciones—. Nunca imaginé que hablaríamos de esto.
—Ni yo. No estoy preparado para procesarlo.
—Yo diría que sí —lo abracé—. Lo has hecho muy bien, he disfrutado como una burra.
—¿Como una… burra? —repitió, soltando una risa nerviosa.
—Esto es tan nuevo para mí como para ti. No te reconozco.
—Yo tampoco. No sé de dónde sale este Andrés que está actuando en mi lugar, pero me gusta, me hace sentir bien, libre por primera vez.
—Tendremos que adaptarnos; a ti te gusta limpiarme… la mierda —me ahogué, sonreí, se me escapó una lágrima—, te gusta mancharte, esparcirla; pues hazlo, dímelo, dilo cuantas veces quieras, no voy a volver a frenarte. Si has logrado que supere la repugnancia y consiga excitarme con eso, me acostumbraré a oírtelo decir sin escandalizarme.
Me comió a besos pronunciando mi nombre como una letanía. Me costaba entender qué me ocurría con él; era mayor, carecía de una potencia arrolladora o de un físico de impacto; sin embargo, desde que empecé a sentirme atraída por él después del 11S, tuve claro que sería una de mis relaciones más especiales.
—No me reconozco. Me has dado una inyección de vida. El sexo con Berta está agotado, y tú…
—Calla. Me aterra ser la causa de vuestra ruptura.
—Jamás. La quiero con locura; esto es otra cosa, es compatible.
Dudaba de sus palabras. Nos quedamos abrazados, en paz hasta que la luz del mediodía se coló por la rendija de las cortinas marcando el final de nuestro tiempo en Santander.
Me levanté de la cama con desgana. Recogí del suelo el pañuelo de seda azul, todavía arrugado por los nudos de la noche anterior, y lo doblé con cuidado antes de meterlo en el fondo de la maleta. Al cerrar la cremallera, el sonido metálico rompió el hechizo. La burbuja se había terminado; era hora de volver a ser los de antes, aunque ninguno de los dos volvería a ser la misma persona.
…..
En el viaje de vuelta, yo dormitaba con la cabeza apoyada en la ventanilla. De vez en cuando abría los ojos y lo veía mirarme. Sonreía.
—¿En qué piensas? —pregunté.
—No sé cómo voy a vivir sin esto.
Apoyé la mano en su muslo.
—No lo hagas —contesté—. Aprende a vivir con las dos cosas.
Él apretó mi mano y seguimos camino a Madrid.
Examen de conciencia
A medida que nos alejábamos de Santander, la cordura comenzó a recuperar su espacio. Lo sentí como un malestar insidioso que empezaba a diluir los recuerdos para reescribirlos desde otra perspectiva mucho más cruda.
«No deberíamos haber hecho… tantas cosas. Sin embargo, las hemos hecho; no hay vuelta atrás. De nada sirve enredarse en lamentaciones y menos aún perdernos en culpas o remordimientos. Ahora toca asumirlo y poner remedio, si es que es posible.
Lo primero: hacer un inventario de despropósitos, porque no se puede llamar de otra forma. Lo de menos es que haya terminado acostándome con mi mentor; eso estaba cantado. Desde que decidí afrontar mi falta de profesionalidad ante Andrés utilizando mis «armas de mujer» —tras los atentados—, era cuestión de tiempo que acabásemos en la cama. El error nació entonces y se ha consumado en Santander sin que yo hiciera nada por evitarlo.
Pero ese es, como digo, el menor de los disparates. Desde el 11S he estado jugando con él, provocando su deseo e insinuándome, usando además la ventaja que me da ser alumna, colega y amiga de la familia; casi una hija. Mi injustificable desaparición tras el atentado fue el detonante de todo esto. En el último momento decidí no viajar a Nueva York, donde me esperaba Ángel; me recluí en casa y no me enteré de la magnitud de la tragedia. Apagué el móvil para aislarme, necesitaba pensar. Luego, cuando supe lo que había ocurrido, era tarde para explicar con coherencia mi ausencia, mi incomunicación y los motivos que tuve para no viajar. Había cosas más graves en las que centrarse, como la posible muerte de Ángel en las Torres Gemelas donde teníamos la cita concertada con nuestros interlocutores.
Me enfrentaba a una entrevista difícil con Andrés para dar explicaciones. Tenía que justificar mi conducta y no era sencillo; ahí fue cuando di un giro de guion y actué usando mis armas de mujer. Por primera vez, rompiendo mis propias normas. Funcionó, y me dejó un regusto de poder difícil de explicar. A partir de ahí lo fui enredando. Me producía un placer extraño: yo tenía todo el poder, él era fácil de manejar, siempre en el límite de lo correcto. Nunca pensé traspasar esa línea, pese a las sospechas de Ángel, que se había dado cuenta de lo que ocurría por las miradas, por ciertos detalles. Es muy hábil analizando el lenguaje no verbal. No voy a traspasar la responsabilidad de mis actos a otros, pero pienso que, si Ángel no hubiera insistido tanto en hacerme ver a un Andrés obsesionado conmigo, tal vez yo no hubiera llegado tan lejos.
«—Te esperaba ayer.
Ángel se ha levantado a recibirme; dejo el bolso en un sillón y camino decidida a su encuentro. Entiendo el reproche, tenía que haber aparecido por el gabinete aunque fuera unas horas. Le compenso con un beso largo e intenso que no desaprovecha; en un abrir y cerrar de ojos tengo la blusa abierta, los hombros desnudos, el sujetador suelto y me devora las tetas como si le fuera la vida en ello. Qué cabrón, cómo sabe ganarme. Nos desfogamos un rato y le paro antes de que vayamos a más.
—Un día de estos nos van a pillar. —le advierto mientras arreglo el desorden—. Venga, guárdate eso.
—Hazlo tú. Vamos, cógela. Eso es. Jo… der.
—¿Te hago daño? No lo parece.
—Yo sí que te voy a hacer daño como se te ocurra parar. No, sigue con lo que estabas haciendo.
—¿Esto?
—S…sí, eso. Ahí, no pares.
No tendría que hacerle caso, pero me gusta, no lo puedo evitar. Me gusta tener una buena polla en la mano y ver la expresión de agonía del hombre al que tengo amarrado. Me gusta el calor que desprende, me gusta apretar flojito y sentir cómo gana en dureza y crece, crece; me gusta mojarme los dedos, la palma, toda. No quiero que se corra, le daré un poco más y después pelearé con los faldones de la camisa, con la bragueta y el slip, porque Ángel es de slip; pero ahora, qué delicia.
—Como entre alguien…
—Aquí no entra nadie sin permiso, ya lo sabes.
—¿Ni siquiera Andrés?
—Si se le ocurre entrar y te encuentra a medio vestir con mi polla en la mano, te aseguro yo que se une a la fiesta.
—Qué dices. No lo conoces.
—Será tu mentor y todo eso, pero se le van los ojos detrás de tu culo. Que sí, te lo digo yo, estás demasiado buena, y no deja de ser un tío.
—No me lo creo.
— Haz la prueba: La próxima vez que estés con él imagínatelo cascándosela en tu honor.
—Qué bobada.
—¿Tú crees? Esa expresión paternalista con que te mira cambiará de sentido si lo imaginas meneándosela delante de ti, haz la prueba.
—No lo voy a hacer, olvídate.
—Nena, tienes el mejor culo de todo el gabinete, Andrés no es el único que pierde los ojos detrás de tu trasero.» (13)
Sus insistentes insinuaciones hicieron efecto. Cuando me reincorporé al gabinete después del aborto, fue la primera vez que la imagen distorsionada de Andrés apareció de improviso en mi mente.
«Poco duré en casa siguiendo la cura de reposo propuesta por Ramiro, en cuanto desapareció la inestabilidad y recuperé fuerzas volví al gabinete. No fue fácil bandear las muestras de preocupación de los compañeros, aunque lo había preparado y salí airosa.
Ángel entró en mi despacho sobre las once, estuvo dando paseos nerviosos de un lado a otro mientras yo terminaba de hablar por teléfono.
—Acabo de llegar y me han dicho que estabas aquí, ¿Qué tal te encuentras?
—Ya estoy bien, ha sido un susto.
—Estuve a punto de llamar a tu marido, pero no me pareció buena idea.
—No le habría importado, ya sabes cómo es.
Me estrechó en sus brazos. ¡Oh, cielo!, exclamó; consiguió conmoverme, no estaba acostumbrada a verlo reaccionar de ese modo.
—Ya pasó, estoy aquí.
Era insólito, la preocupación sacaba a flote a un Ángel distinto, dominado por los sentimientos. La ternura me movió a besarle, mantuvimos un largo e intenso beso y confirmé lo que ya sospechaba: Por mucho que su mujer lo negara, sentía algo por mí además del deseo. Me encontraba tan bien en sus brazos que le devolví todos y cada uno de los cortos y suaves besos con los que se resarcía de la ansiedad por la separación forzosa vivida sin noticias.
—¿Tanto te preocupas por mí?
—Nos alarmó la forma tan precipitada con que abandonaste la reunión, y luego apenas hemos sabido nada. Dime, ¿tiene que ver con la llamada urgente que hiciste a tu ginecólogo?
No tuve ocasión de responder, el ruido de la manilla de la puerta nos hizo reaccionar a tiempo de separarnos.
—Ah, hola. —saludó a Ángel sorprendido por encontrarlo, luego se acercó a mí—. Me han dicho que estabas aquí.
—No aguantaba en casa sin hacer nada.
—¿Pero estás bien? No hace falta que te reincorpores tan pronto.
Andrés puso las manos en mis hombros y escudriñó en busca de algún signo de debilidad.
—No te preocupes, estoy completamente recuperada. —me dedicó una leve caricia en la mejilla y continuó:
—¿Seguro? De todas formas, tómatelo con calma. No la agotes estos días —le pidió a Ángel.
—No te preocupes, cuidaré de que tu pupila no coja el ritmo al que me tiene acostumbrado.
Si entendió el doble sentido no dio señal de ello.
—Vaya susto que nos has dado. —Me apretó los hombros y deslizó las manos por los brazos para alcanzar las mías, un gesto de cariño empañado por el recuerdo que Ángel había desencadenado. «Esa actitud paternalista que usa contigo cambiará de sentido si lo imaginas meneándosela delante de ti, haz la prueba». Le miré de reojo y esbozó una sonrisa que decía, «sé lo que estás pensando»
Intenté expulsar la sórdida imagen de Andrés masturbándose y procuré centrarme en las palabras de ánimo. Demasiado tarde; lo visualicé meneándosela frenéticamente con el pantalón abierto y los faldones de la camisa asomando por la bragueta, solo fue un destello, suficiente para que su expresión tomara, a mis ojos, un matiz sucio. Había bastado una grosera insinuación malintencionada para alterar el modo en el que mi cerebro procesaba el rostro de Andrés, nada podía hacer para evitarlo; él me trataba como de costumbre, yo veía a un hombre dominado por el deseo más obsceno.
Seguí atentamente los consejos que, sin soltarme, me daba mi mentor; fue incómodo, y todo por culpa de Ángel. Antes de marcharse nos citó a la una en su despacho.
—¿Tenía o no razón? —preguntó en cuanto nos quedamos solos.
—¿De qué hablas?
—No me jodas, lo sabes de sobra, he visto cómo le mirabas cuando te lo estabas imaginando haciéndose una paja en tu honor.
—No seas idiota.
—A mí no me vas a engañar, te ha cambiado la cara; di la verdad.
—Ha sido por tu culpa, con tanta miradita y tanta sonrisa me has puesto nerviosa.
—¿Yo?, ¡has sido tú la que me ha mirado!
—No me vuelvas a hacer esto. —le advertí muy en serio.
—Vale. Y qué, ¿lo has visto polla en mano?
—No, pero me lo has hecho pasar mal.
—Lógico, ya no puedes estar con él sin ver a un baboso que te tiene ganas, ¿a que es eso?
—Qué mal pensado eres.
Se abalanzó y, antes de que pudiera reaccionar, me mordió el cuello, le pedí que me dejara, no hizo caso, se apoderó del pecho que tenía a tiro y siguió castigándome el cuello hasta hacerme perder el aliento, ¿por qué desfallecía cuando me asaltaba? ¿por qué me gustaba tanto? Lo tuve que apartar con contundencia, solo faltaba que entrase alguien y lo pillara metiéndome mano.» (14)
La sombra de Ángel, sin duda había influido, aunque la responsabilidad era enteramente mía.
De ese modo, lo fui enredando en un juego que a mi me excitaba y a él no parecía disgustarle. Yo me insinuaba, Andrés caía lentamente en el juego y Ángel trataba de sonsacarme. Formamos un triángulo morboso en el que cada vértice realimentaba a los demás. Así llegamos a nuestro primer viaje a Santander, donde faltó poco para que ocurriera lo que sucedió, inevitablemente, en este último. Podría aducir que me sedujo con sus regalos —el collar, el pañuelo, los aros para los pezones—, pero en realidad fui yo quien lo había ido tentando hábilmente con dosis de desnudez sabiamente calculadas hasta que el regalo de los aros desencadenó mi decisión de acostarme con él de una vez.
Pero no bastó con llevármelo a la cama. Sin saberlo, desperté a un hombre que ni él mismo conocía; un hombre que había estado dormido en su subconsciente toda la vida y que ahora afloraba con fuerza. Las habitaciones comunicadas nos daban un acceso libre, sin reparos. Él entraba y salía, yo lo permitía; lo mismo me encontraba a medio vestir que desnuda. Yo aprovechaba para seguir el juego, consciente del poder que ejercía sobre él. Me gustaba, claro que me gustaba tensar la cuerda y ponerlo en apuros. Hicimos el amor; se mostró como un amante entregado a dar placer, a satisfacer, pero también a recuperar el tiempo perdido, aprendiendo lo que no había tenido ocasión de conocer hasta entonces.
Dejamos atrás los encuentros fortuitos para convertirnos en amantes. Amantes. Nos entregamos a la adrenalina de lo prohibido: una felación fugaz en el ascensor de la facultad o besos robados tras los muros del Castillo del Rey, siempre al filo de ser descubiertos.
La confianza se volvió absoluta. Él entraba en mi habitación sin llamar y yo no ponía objeción, entregándole mi desnudez sin reservas. Pasamos de los abrazos saliendo del baño al gesto cotidiano de ayudarme con el sujetador antes de salir a cenar; gestos de amantes, o quizás, de algo más profundo.
Pero tanta cercanía desembocó en lo inevitable. Andrés, armado con una seguridad que antes le era ajena, me encontró un día en plena intimidad fisiológica. En ese instante, el pudor se hizo añicos. Le permití entrar donde nadie había estado; me vio en mi vulnerabilidad más cruda y tomó el control. Me limpió, me cuidó con una entrega desconocida. Y yo, simplemente, me dejé hacer.
Después, el abismo. Experimenté un shock indescriptible al enfrentarme a prácticas que antes me resultaban ajenas y que ahora me definían. Volvió a suceder, cruzamos el umbral, perdí el decoro: tras asearme a fondo, le pedí que me orinara, se masturbó sobre mí. «En mi cara», le pedí. Estábamos desquiciados. Después lo hablamos, lo aceptamos y lo convertimos en nuestra nueva normalidad.
Demasiado pronto; no nos concedimos el tiempo necesario para una reflexión serena.
Ahora, lejos de Santander, lo que allí se veía con normalidad vuelve a ser inconcebible. No sé cómo voy a poder sobrellevarlo, ni cómo voy a poder mirarlo a la cara. Imagino lo que habría ocurrido si, en lugar de Andrés esto hubiera sucedido con Ángel; no quiero ni pensarlo, estaría sometida a una presión insoportable. Sin embargo, con Andrés me siento segura. Él no me va a acosar, no va a hacer nada que yo no quiera; al menos en eso tengo tranquilidad. Andrés está en mis manos. Lo cual no le quita un ápice de estupor a lo que siento cuando pienso en lo que he llegado a hacer.
Debo dejar de pensarlo o me voy a amargar el viaje.
Y, sin embargo, al cerrar los ojos, el malestar empieza a mutar. No es solo estupor y responsabilidad; es el peso de una piel que ahora se siente distinta. ¿Por qué llamarlo despropósito cuando, en su momento, lo sentí como una rendición necesaria? He pasado años construyendo una fachada de profesionalidad y madurez, una máscara que me asfixia. En Santander no solo desperté a un hombre que él mismo desconocía; me desperté a mí misma.
Ese control que él tomó sobre mi cuerpo, ese despojo de toda dignidad, fue también una liberación. Al dejarle verme durante mi acto más íntimo, al permitirle usar la parte más recóndita de mi cuerpo, me liberó de la culpa antes de que yo supiera que la sufriría.
Ya está hecho. Lo acepto. No soy la víctima de una seducción, sino la arquitecta de un derrumbe que ambos necesitábamos. No voy a esconderme tras el remordimiento, porque el remordimiento es el refugio de los cobardes que no se atreven a afrontar sus actos. No sé qué pasará mañana, ni cómo nos miraremos al volver a la rutina, pero no voy a renegar de lo vivido con arrepentimientos estériles. Me temo que, si fuera creyente, no habría sacerdote dispuesto a darme la absolución, porque no hay en mí propósito de enmienda, aunque voy a intentar aprender de los errores.
Me acomodo en el asiento del coche y lo miro de reojo. El aire entre los dos sigue cargado de esa electricidad nueva, cruda y sin filtros. Ya no hay vuelta atrás, y esa falta de retorno no me asusta. Me pertenece».
—Estás muy callada.
Andrés conducía a un ritmo pausado; una mano sujetaba el volante, la otra iba y venía de la palanca de cambios a mi muslo, que poco a poco había quedado descubierto. ¿Podía negarme? ¿tenia sentido negarme?
Mis piernas se relajaban mientras devorábamos kilómetros. Su dedo meñique me buscaba, empleándose con paciencia en sortear el borde del encaje para deslizarse dentro. No, no había motivo para negarme, me gustaba este nuevo Andrés capaz de tomar la iniciativa. Abatí un poco el respaldo del asiento, me abrí cuanto pude y dejé que se enredara en mis rizos.
—Eres un golfo, —le regañé, sin un ápice de autoridad—, qué engañada me has tenido.
Sonrió sin apartar la vista de la carretera, atento al retrovisor, midiendo la distancia con el resto del mundo que nos importaba poco. Cambiaba de marcha con rapidez y regresaba de inmediato a «mi prado», como él lo llamaba.
—No te distraigas —le conminé, sintiendo que el pulso se me aceleraba.
Pero Andrés no escuchaba. Siguió acariciando, buscando, moviéndose por el prado con la confianza de quien conoce bien la tierra que pisa.
—Te va a crecer el dedo —le advertí, al notar cómo lo estiraba al máximo para llegar un poco más lejos, un poco más dentro.
Aprovechando un tramo recto, levanté el culo del asiento y, con una maniobra que ya había practicado alguna otra vez en algún otro auto, me saqué las bragas. Terminaron en la guantera, bien dobladitas. Me repantingué de nuevo, recuperé su mano y, sin ceremonias, me la puse en el potorro. Andrés soltó una carcajada limpia, sorprendido porque usara esa palabra.
—¡Chichi, almeja, parrús, toto!
Me callé, temía que el ataque de risa le hiciera perder la concentración y acabáramos en la cuneta. Se secó las lágrimas de los ojos, me miró con un cariño infinito y volvió a recorrer la senda que conducía por la parte interna del muslo hacia el parrús.
—¡Cállate! —me regañó entre risas; sus dedos empezaban a trabajar de verdad.
Acarició la sensible piel, mulló los rizos y dibujó la grieta con una lentitud exasperante. Qué tierno, pensé, y qué jodidamente excitante.
—Atiende a la carretera —le advertí de nuevo, porque un autocar nos adelantó lanzándonos un tsunami de viento. Íbamos a paso de tortuga; en aquel habitáculo, el tiempo se había detenido por completo.
Mientras hundía los dedos bajo la blonda, confesó que le gustaba que usara medias. Me lo había dicho muchas veces esos días. Andrés odiaba los pantys; sin duda pensaba en Berta, aunque no la mencionara. Berta era una mujer elegante pero sobria, demasiado sobria. De esas mujeres que parecen recién salidas de una tintorería: ni una arruga, ni un reproche fuera de lugar. Su elegancia era una forma de distancia. Incluso sus manos tenían ese aire de perfección intocable: siempre frías, con una manicura francesa impecable, manos que sujetaban la copa o el volante con la rigidez de quien teme mancharse o perder las formas.
Aquellos pantys reforzados que usaba, de los que comprimen la piel y la vuelven inaccesible, eran para mí una declaración de intenciones. Yo también odio los pantys. Imaginé sus encuentros con Andrés en la oscuridad, bajo sábanas perfectamente estiradas donde el placer sería un trámite silencioso y ordenado. Berta no sabía lo que era tener el pelo alborotado por una ventanilla bajada, ni entendía de muslos desnudos en el asiento del copiloto. Ella era el puerto seguro, el café sin azúcar y la agenda al día. La mujer que se admira en las recepciones, pero que se olvida en las madrugadas de carretera.
Paramos en Aranda de Duero casi a las cuatro de la tarde. A ese ritmo, llegaríamos de noche. Me ajusté las medias que estaban algo caídas. Andrés miraba a los lados, inquieto, vigilando el parking como si lleváramos un cargamento ilegal.
—Tonto, ¿quién va a sospechar que viajo sin bragas? —le susurré al oído, rozándole el lóbulo con los labios.
Le pregunté si prefería que me las pusiera. Tras un instante de vacilación durante el que sus ojos recorrieron mis piernas con una mezcla de deseo y pánico, dijo que no y sonrió, parecía un crío travieso. Las guardé en el bolso por si acaso.
Fui directa a los servicios, sentía demasiada humedad, necesitaba gastar unas cuantas toallitas en poner orden ahí abajo. La falda estaba arrugada de ir recogida en los riñones, eso me había salvado de exhibir en ella el mapa de nuestra última hora en coche. El eco de sus dedos aún vibraba en mi cuerpo. Al volver, me siguió con la mirada. No fue el único; un camionero en la barra y un hombre con traje en una mesa cercana se habían quedado con la taza a medio camino de la boca. No se puede estar tan buena y caminar con la seguridad de quien guarda un secreto bajo la falda.
—Te están devorando —masculló Andrés.
—Que miren. Sólo uno de los que hay aquí sabe lo que no llevo debajo.
Andrés levantó la vista, clavándola en la mía.
—Y que deberías llevar puesto.
—¿En el potorro? —le pregunté, abriendo unos ojos de absoluta inocencia.
—En el chocho. —se atrevió a pronunciar, con el sigilo de un espía que revela un secreto de Estado.
Se removió en la silla, visiblemente incómodo. El camarero se había acercado sin darnos cuenta, dejó los cafés y la tostada dando un golpe seco sobre la formica. Andrés dio un respingo.
—No te ha oído, tranquilo, y si te ha oído, te estará envidiando hasta la muerte. –Partí un trozo de pan crujiente y le ofrecí—: ¿Quieres un poco?
—No tengo hambre.
Mentía. Sus ojos no estaban en la tostada, sino en mi boca, siguiendo con una intensidad febril el movimiento de mi lengua al retirar la espuma del café o una miga de la comisura. No veía el pan; me estaba viendo arrodillada en la moqueta del hotel, con la mirada clavada en la suya mientras saboreaba el rastro de semen en mis labios o lo recibía en mi garganta, deslizándome sobre su miembro duro con esa avidez que lo volvía loco. Miraba mi boca y recordaba el calor de mi lengua, el brillo de la saliva sobre la piel y el sonido que hacía al tratar de deglutir su glande. Para él, en esa anodina cafetería de carretera, mis labios seguían teniendo el sabor de su sexo.
—Andrés, relájate. Mira a esa pareja de allí —señalé con la barbilla a un matrimonio que comía en silencio absoluto—. ¿Crees que ella sabe lo que es sentir el aire de la ventanilla en el chochete mientras viaja con su pareja? ¿Crees que él ha sonreído alguna vez como acabas de hacerlo tú en el coche?
—Baja la voz —me pidió, pero estiró la mano a través de la mesa buscando la mía.
—A Berta no le pedirías que bajara la voz.
—Berta no se quitaría las bragas en una autopista —replicó, y por primera vez, su mirada fue valiente.
—Como si quieres que me quite el sujetador. ¿Te apetece? ¿Quieres verme caminar meneando las tetas para calentar a esos dos?
—Serías capaz... ¡No, quieta ahí!
—Cobarde —le reproché, fingiendo decepción al sentir su mano en mi muñeca. En cuanto me soltó y me retó a hacerlo, sonreí complacida. Recogí el bolso y volví a pasear delante de mi público.
Tardé menos de un minuto en despojarme del sujetador, me pellizqué los pezones, aunque poca falta les hacía. Se dibujaron con nitidez en la fina lana del jersey y los aros perimetraron su contorno. ¿Por qué estaba haciendo esto? Salí bien erguida sintiendo el roce del tejido en mis pechos como un masaje que los activaba. Descubrí nuevos espectadores, un viajante hablando por teléfono en una mesa, dos mecánicos que se dieron codazos para advertirse de mi presencia. Andres siguió el desfile ruborizado como un chaval; tomé asiento y le cogí del brazo, le hice algún que otro cariñito pasándole los dedos por la cara, le besé la comisura de los labios, para que el público que me había comido con los ojos al volver de los lavabos entendiera que era suya, y él, por fin, era mío.
Regresamos al coche camino de Madrid. Yo iba con un pie descalzo en el salpicadero, las bragas en el bolso y su mano viajando de la palanca de cambios a mi muslo y de ahí a la vulva. Tras muchos kilómetros de asfalto solitario, divisamos un camión a lo lejos. En cuanto Andrés calculó que nos acercábamos, retiró la mano de mi parrús e hizo intención de taparme con la falda.
—¿Qué haces? —pregunté extrañada.
—Te pueden ver. —murmuró nervioso.
—¡Anda ya! O devuelves la mano a su sitio o no vuelves a tocarme; tú verás lo que haces.
Ante tal amenaza, Andrés retiró la falda y volvió a cubrirme con la palma.
—No he dicho que lo tapes —le corregí—, he dicho que me toques el chumino.
«Chumino». Me miró con los ojos como platos. Parpadeé con carita inocente y él cambió la postura; me lo estaba pasando en grande. Peinó mis rizos, el dedo medio bajó hacia la ranura de mi sexo, recorrió la grieta con paciencia haciéndose hueco. Así, unidos, nos emparejamos con el camión hasta rebasarlo.
—¿A que no ha sido tan horrible? —le dije con sorna.
Andrés refunfuñó sólo por llevarme la contraria.
—Ah, ¿sí? Ahora verás. Sube la calefacción.
—¿Qué?
—Que subas la calefacción.
Nos aproximábamos a un tráiler. De un tirón, me saqué el jersey por la cabeza.
—¡¿Estás loca?! —gritó alternando miradas nerviosas a la carretera y a mi pecho desnudo.
Me recosté en el asiento con los brazos detrás del reposacabezas y las piernas bien abiertas, ofreciéndome al viento y a su mirada. Había perdido el juicio.
—¡Vístete, vístete! —repetía como un papagayo.
Me divertía ver a Andrés tan nervioso. Tanto se aturulló que cambió de marcha sin sentido, bajó la velocidad y volvió a acelerar tras mirar por el retrovisor; probablemente otro coche se le echaba encima. El pánico a que alguien pudiera ser testigo del espectáculo le hizo dar un volantazo y quedarse a remolque del tráiler, escondido tras la enorme caja. El copiloto del auto que nos adelantó tuvo tiempo para mirarme; dudo, sin embargo, que alcanzara a distinguir qué fue lo que vio
—Ni se te ocurra. —le amenacé, aunque mi tono revelaba que me lo estaba pasando de miedo.
—¿Qué? —preguntó desbordado, repartiendo la vista entre mis tetas, el camión y el retrovisor.
—Ni se te ocurra llevarme hasta Madrid a remolque de este mamotreto. Adelanta ya o me bajo en marcha.
No me creyó, pero obedeció. Aceleró y cambió de carril sin reducir de marcha; el motor se ahogó y el coche empezó a rebasar, renqueando, al enorme tráiler. El camionero, sorprendido por la maniobra errática, debió de verme desde su atalaya y, al llegar a su altura, empezó a dar bocinazos como un semental en plena berrea. Para Andrés fue una agonía; para mí, una experiencia estimulante con su puntito de morbo.
—No me vuelvas a hacer esto nunca —dijo cuando lo dejamos atrás. Estaba realmente enfadado, lo mejor sería ponerme el jersey.
—Lo siento, no quería que te pusieras así.
Pasamos los siguientes diez minutos en silencio. Me sirvieron para reflexionar: tal vez había forzado demasiado la máquina. Nuestra intimidad era aún joven para presionarle de esa forma.
—Lo siento, de verdad —rompí el hielo—. Me he comportado como una adolescente inmadura. Perdóname, no volveré a ponerte en una situación semejante.
Andrés suspiró, suavizando el gesto.
—Perdóname tú. Estoy sobrepasado. Eres mucha mujer para mí y temo no estar a la altura.
—No digas eso.
—Debería haber jugado; total, ¿quién nos va a reconocer? Pero me bloqueo.
—Estamos viviendo una especie de borrachera —admití—. La verdad es que, con la falda por la cintura, los pechos al aire y tú de los nervios, la locura podía haber acabado mal.
A partir de ahí, la tensión se transformó en complicidad. Él volvió a manejar mi vulva a su antojo. A veces la abandonaba para cambiar de marcha y enseguida regresaba. Yo mantenía la mano sobre su erección sólo por el placer de sentirla, sin ánimo de distraerle de la carretera. Me gustaba sentirme suya. De vez en cuando nos mirábamos y sonreíamos. Ambos sabíamos que aquello era el colofón de un cúmulo de excesos y tras la llegada a nuestro destino, ya nada volvería a ser igual.
…..
El viaje empezó a pesarnos en el cuerpo al ritmo de las retenciones en la A-1. El tráfico de entrada a Madrid, a última hora, era —y es— una serpiente de luces rojas que nos obligaba a frenar y arrancar, estirando una agonía que ninguno de los dos quería terminar. Eran casi las siete de la tarde; el cielo se había teñido de un violeta frío, la iluminación de la carretera proyectaba sombras alargadas sobre el asfalto. Santander quedaba lejos y la realidad de Madrid se imponía. El sueño, finalmente, se desvanecía.
—Andrés, deberíamos pensar qué vamos a decir.
—¿Decir? Sobre qué.
—Hemos pasado una semana en Santander, con un sábado y un domingo por medio, y... dime, en realidad, ¿qué hemos obtenido?
Porque esa era la cruda verdad. Salvo algunas promesas vagas, volvíamos sin nada concreto que justificara los gastos y una estancia en la que él había puesto un empeño desmesurado. Andrés se mantuvo en silencio con la mirada fija al frente; por primera vez lo veía bloqueado.
—Debemos preparar una estrategia sólida para mañana; si no, se desatarán los rumores —añadí, antes de que su silencio resultase desolador—. Venga, hagamos recuento de las reuniones. Vamos a darles forma, a adornarlas un poco, que ganen cuerpo.
Así recorrimos los últimos kilómetros, sumergidos en el atasco: revisando propuestas, maquillando ideas y tratando de levantarle el ánimo a un Andrés que acababa de aterrizar, de mala manera, en la realidad. Todo consistía en construir una historia sobre un proyecto que él mismo había montado de la nada, diseñado a medida sólo para encajarme.
«…dentro de una semana voy a Cantabria a impartir unas lecciones en el aula magna de la universidad. Vente conmigo; podría ser la ocasión ideal para que desconectaras.
—No sé qué pinto yo en eso.
—Sí, mujer, puedo convertirlo en un seminario en el que tú lleves una parte. Ven, siéntate y te lo cuento.» (15)
Cuando alcanzamos las calles de mi barrio, antes de cruzar la última plaza que nos separaba de mi casa, sentí una urgencia repentina. La luz azulada del crepúsculo se filtraba por los cristales, envolviéndonos en una penumbra que hacía que el interior del coche pareciera el único lugar seguro del mundo.
—Para aquí un momento, Andrés. Por favor.
Le extrañó, pero orilló el coche. El motor quedó al ralentí, con un ronroneo bajo que llenaba el espacio entre los dos.
—En el portal no vamos a poder despedirnos —dije, acortando la distancia antes de que pudiera replicar.
Lo besé con una pasión que sabía a despedida y a promesa, un beso largo, robado al tiempo y a la oscuridad de la calle. Me retuvo buscándome los ojos en la sombra.
—Dímelo otra vez —susurró.
Lo miré sin entender, todavía aturdida por el calor de su boca.
—¿El qué?
—Llámame "cariño" —aclaró con una entrega tan absoluta que me desarmó.
Solté una pequeña risa, una mezcla de ternura y tristeza, y le acaricié la mejilla.
—Tonto. Anda, vámonos ya, que vas a llegar tardísimo... cariño.
Andrés reaccionó como si esa palabra fuera el aire que le faltaba. Me besó en un arrebato de emoción, con desesperación, antes de apoyar su frente en la mía.
—Te voy a echar de menos, mi amor.
Al oírlo, me sacudió un estremecimiento. No era sólo por la palabra, era por el valor que le daba. Le devolví un beso suave y le hice un gesto con la mano para que reanudara la marcha.
Llegamos al portal. En cuanto abrimos las puertas, el aire gélido de la noche madrileña nos golpeó. Cambiamos la pasión de la plaza por el ritual de una despedida en la acera. Bajó del coche, sacó el equipaje del maletero y nos quedamos frente a frente. Al acercarse para el adiós definitivo, sus ojos bajaron un segundo hacia mi pecho, recordando lo que se escondía bajo el jersey. Fue la mirada del mentor cargada de recuerdos, un reconocimiento silencioso de que ahora yo llevaba algo suyo clavado en mi carne.
Allí, bajo la luz cruda de las farolas, sólo nos permitimos un beso en la mejilla.
—Ve con cuidado.
Andrés asintió, pero se quedó plantado. Subí los escalones. Mientras buscaba las llaves en el bolso, vi que sus ojos ardían brillantes bajo la luz de la calle, fijos en mí hasta que la puerta del edificio se cerró devolviéndome a mi vida y dejándolo solo en la noche.
Qué locura.
El reencuentro
El salón de casa se había convertido en un escenario de guerra fría. Mario permanecía en silencio. Observaba a Carmen con una mezcla de recelo y cansancio mientras recordaba, palabra por palabra, la conversación con Doménico. En su mente revivía la humillación sufrida por causa de Tomás y la discusión con ella nada más llegar de Santander. Carmen deambulaba por la estancia; evitaba a toda costa tropezar con su mirada, ocupaba las manos en cualquier tarea para no terminar golpeando algo. Recién llegada de viaje, se había topado con el mismo muro de silencio y frialdad que dejó antes de partir. Incluso habían tenido un violento encontronazo.
«Carmen aparcó la maleta en el pasillo y se dirigió a la cocina. El frío recibimiento la había devuelto de golpe a su amarga realidad. Podía haberlo imaginado: un viaje de tres días ampliado sin que hubiera habido entre ellos ni una sola comunicación era previsible que creara fricciones. Pensó que, si él no mostraba interés en saber de ella, no sería ella quien daría señales de vida y él achacó el silencio a una falta de interés al que respondió con más silencio. Debería haberle llamado, aunque, pensándolo bien, él también se podía haber preocupado de contactar cuando no regresó al tercer día.
Todavía podía notar los dedos de Andrés por la sensible piel de sus muslos, rozándole la vulva, esponjando su vello. Así había hecho la casi totalidad del viaje: abierta de piernas, ofrecida, cubriendo con su mano una erección que no flaqueaba. En más de una ocasión estuvo tentada de abrirle la bragueta y liberarla. ¡Mira adelante, no te distraigas!, le habría dicho. Deseaba sentir su calor en la palma de la mano, frotarla, descubrir el glande, mojarse y seguir el viaje cada uno en el húmedo calor del otro. Pero ganó la prudencia. Aún sentía como nuevo el tacto del collar en el cuello. No se lo había quitado desde la última reunión, como si llevarlo puesto fuera una forma de aferrarse a algo cálido en medio de la tormenta que se avecinaba.
Mario se plantó en el umbral de la cocina con los brazos cruzados.
—¿De dónde has sacado eso? —preguntó al fin, rompiendo el silencio con la voz afónica, como si hablar le costara un esfuerzo. Su mirada se clavó en el brillo de los diamantes del collar bajo la luz tenue de la lámpara.
Carmen se giró despacio con el vaso en la mano sintiendo un escalofrío por la espalda. Sabía que este momento llegaría, pero no tan pronto, no con esa crudeza. Intentó mantener la serenidad; el apuro que había sentido por el elevado coste del regalo regresó bajo la acusación implícita en los ojos de su marido.
—Es… un regalo. De Andrés. Me lo dio en la cena antes de…
Mario soltó una risa amarga. Carmen se tocó el collar como si quisiera protegerlo o quitárselo al mismo tiempo.
—…antes de la primera reunión. —terminó la frase.
—¿Un regalo? ¿De Andrés? Carmen, por Dios, eso no es un pañuelo, o un libro. Son diamantes, oro blanco… ¿Cuánto vale? ¿Mil euros? ¿Dos mil? Y tú lo aceptas como si nada, ¿eh? ¿Después de todo lo que nos ha hecho pasar Tomás, ahora vienes con esto?
—¿Qué estás diciendo, de qué hablas?
El recuerdo de su propia duda la golpeó: había intentado rechazarlo en la mesa del restaurante, Andrés había insistido y ella cedió seducida por el cariño implícito en aquel gesto. Ahora, ante él, podía parecer una traición.
—Le dije que era excesivo, que no podía aceptarlo porque… porque debía de costar una fortuna. Pero insistió, dijo que le hacía ilusión.
—¿Ilusión?
—Sí, le hacía ilusión vérmelo puesto, o que lo aceptara, ¡yo qué sé! No es lo que piensas, no hay nada más detrás.
—¿Nada más? —Mario alzó la voz y avanzó hasta quedar a escasos centímetros. Sus ojos, enrojecidos por el cansancio acumulado, la taladraban—. ¿Y por qué lo llevas puesto? ¿Para recordarme que mientras tú estabas en Santander recibiendo joyas de un hombre que te mira como si fueras su querida, yo estaba…?
—Qué, ¿estabas qué?
—¿Sabes lo que he sentido al verte puesto eso en el cuello, como una marca?
—Como una marca. —recalcó hastiada.
Carmen dejó el vaso en la encimera haciéndolo restallar; el agua salpicó la madera y la ira que había estado conteniendo explotó, mezclada con la culpa y la frustración. ¿Cómo explicarle que el collar era un símbolo de algo que él ya no le daba? No, no debía decir eso; no ahora, no así.
—¡Sabes por qué lo acepté, porque me gusta, Mario! ¡Porque por una vez alguien me hace sentir valorada sin pedirme nada a cambio! Tú y yo… esto —hizo un gesto amplio con la mano, abarcando el espacio frío y vacío— es un muro desde hace meses. ¿Y me acusas por aceptar un regalo? Sí, dudé en aceptarlo, es cierto, me dio apuro el precio, pero lo tomé porque… porque necesitaba algo bonito en medio de esta… ¡porquería en que se ha convertido nuestra vida!
Mario se pasó una mano por el pelo respirando hondo. Su voz bajó de nuevo cargada de dolor:
—Me duele verlo, Carmen. Mucho. Después de todo lo que he tenido que tragar… Preferiría que no lo llevaras en casa.
Carmen se llevó las manos al cuello, desabrochó el cierre con nervios. El collar cayó en su palma. Las lágrimas de rabia le inundaban en los ojos; las aguantó.
—Ya está. ¿Contento? Pero esto no soluciona nada, Mario. Nada.»
Así había sido su llegada. Después, el silencio volvió más pesado aún mientras ambos se miraban como extraños en su propio hogar. La guerra fría había dado paso a una batalla abierta y ninguno sabía si al final quedaría algo en pie. Mario la observaba con recelo, Carmen deambulaba por la estancia buscando cualquier ocupación para no terminar golpeando algo. No tenía intención de abandonar los espacios compartidos, no si podía evitarlo, no si aún quedaba alguna posibilidad.
La voz de Mario cortó el aire a su espalda.
—¿Cuánto hace que no hablas con Doménico?
Carmen se detuvo un segundo.
—¿Por qué?
—¿Una semana, un mes?
—Desde antes de ir a Sevilla —respondió ella sin volverse—, ¿por qué tantas preguntas?
—¿Le has contado a lo que te dedicas?
Carmen se dio la vuelta con el rostro endurecido intentando ocultar el golpe que aquella pregunta le suponía.
—¿A qué viene esto ahora, Mario?
—Dime, ¿se lo has contado? ¿Sabe Doménico en qué empleas tus noches?
—No es de tu incumbencia —sentenció—. Lo que yo haga con mi vida dejó de serlo hace tiempo.
Mario soltó una carcajada amarga que resonó en las paredes.
—¿Ah, no? Sigo siendo tu marido, por si lo has olvidado. Para lo que te interesa me incumbe lo que haces con él, como el paripé de boda, pero para otras cosas, de repente, no es de mi incumbencia. Qué caprichosa es tu memoria.
Carmen se acercó con paso decidido y se detuvo a escasos centímetros. Entonces, empezó a recitar unas palabras que Mario reconoció al instante; eran las mismas que él había pronunciado en Barcelona cuando se dio por vencido la primera vez, las mismas que Doménico le había hecho repetir:
—«Quiero entregarte a Carmen, a partir de ahora considérala tuya, tu mujer. Yo me retiro, me siento impotente, soy incapaz de ayudarla. Ahora te toca a ti, te necesita».
Mario palideció al oír su propia renuncia en boca de ella. Carmen continuó:
—Se lo dijiste a Doménico en Barcelona, ¿verdad? «Me retiro, me siento impotente, toda tuya» —le restregó sin apartar la mirada—. Esa declaración de renuncia, ese «te la regalo», fue lo que dio pie a nuestro ensayo de boda. No fue un capricho, fue una decisión meditada.
—Ensayo…
—Simulacro, he querido decir simulacro.
—Pero has dicho, ensayo.
Carmen tomó aire. Mario parecía afectado.
—No tergiverses las cosas. Es cierto, Doménico y yo hablamos con frecuencia y nos veremos pronto. Ese paripé de boda, como tú lo llamas, fue la respuesta a tu plegaria.
—Y ahora estás dispuesta a convertirla en realidad, ¿no es cierto? Ahora que soy un estorbo, vas a correr a sus brazos para que el italiano termine de "salvarte".
—¿De qué demonios estás hablando?
—No te hagas la ingenua. Me arrojas a los brazos de Elvira; azuzas al mastín para intimidarme y consigues que entre todos me... —se interrumpió haciendo un gesto de desprecio con la mano—. Es igual. Si es lo que quieres, si lo que buscas es quitarme de en medio…
Carmen lo miró con un asco profundo señalando la puerta.
—¡Vete a la mierda, Mario! ¡Vete a la mierda con tus teorías conspirativas! ¡Vete con Elvira y con tu maldita incapacidad para amarme sin intentar venderme!
El portazo resonó como un disparo. Carmen sintió que le había alcanzado en el pecho.
Candela
Mario caminaba sin rumbo con los hombros encogidos y las manos hundidas en los bolsillos, gestos inútiles frente al viento helado. Con las prisas de la bronca —ese portazo que todavía le zumbaba en los oídos—, había olvidado cualquier prenda de abrigo. Ahora, el frío de la noche se fundía con el vacío en el pecho, una combinación entumecedora.
Buscó el nombre de Candela en el móvil. Necesitaba una voz que no lo juzgara, alguien que conociera las sombras de su vida y las de Carmen sin el filtro del reproche.
— ¿Mario? —la voz de Candela sonó con ese deje sevillano de una castellana integrada en la ciudad que siempre le templaba el ánimo— ¡Qué horas son estas, chiquillo! ¿Te pasa algo?
— Nada… bueno, todo. He salido de casa. Me estoy quedando pajarito, Candela. He olvidado el abrigo.
—Tú siempre igual de cabeza loca —rio ella, aunque recuperó enseguida el tono serio—. ¿Qué ha pasado?
—Oye… ¿cómo va la cosa por allí? ¿Ha abierto el Penta?
Se produjo un silencio breve. De fondo escuchó el murmullo de una televisión y la risa infantil de Patri.
—Qué va, sigue el candado echado. Esto está muy malito, pero bueno… tirando. Gracias a Carmen, la verdad. Nos está manteniendo a flote a la niña y a mí.
Se detuvo en seco bajo una farola que parpadeaba. La noticia le hizo olvidar el frío.
—¿Te manda dinero?
— Pues claro. ¿No lo sabías? —Candela sonó extrañada—. Pensaba que lo habíais hablado. Me pasa una cantidad a la semana desde que cerraron el club. Si no fuera por ella, no sé qué comería Patri.
Mario sintió un pinchazo de orgullo herido. La mujer con la que acababa de gritarse, la que parecía no tener un hueco para él en su vida, estaba financiando la supervivencia de su amiga en secreto.
— No tenía ni idea —dijo abatido—. Ni una palabra.
— ¿Te parece mal? Mira que, si te molesta, se lo devuelvo como pueda…
—¡No! Al revés. Me jode no haberlo sabido. Si me hubiera enterado, yo mismo habría aportado algo. Eres mi amiga, Candela… significáis mucho para mí. ¿Por qué me ha dejado fuera de esto?
Candela suspiró, buscando las palabras.
—Dice que es un “fondo de resistencia de putas”. Lo llama así para que no me sienta mal, ¿entiendes? Dice que es una red, que hoy por ti y mañana por ella. Me lo vende de forma que no parezca limosna.
Mario apretó la mandíbula. "Fondo de resistencia". Carmen siempre con su lenguaje combativo, su manera de dignificar incluso la tragedia. Se sintió excluido, como si ellas dos tuvieran un código de honor del que él, por ser simplemente "el cliente" o el marido en crisis, no pudiera formar parte. La humillación no era por el dinero, sino por la marginación.
—Escucha —dijo y se detuvo a pensar mientras el vaho de su aliento se perdía en la oscuridad—. Voy a ir para allá. Necesito salir de aquí unos días. Quiero veros a ti y a la pequeña.
—Aquí tienes tu casa, ya lo sabes. ¿Cuándo piensas venir?
Mario levantó la vista hacia su ventana, la de la casa que estaba perdiendo, donde las luces seguían encendidas.
—En cuanto resuelva un asunto —respondió, pensando en las maletas y en el final de una historia que ya no sabía cómo sostener—. En cuanto cierre esto de una vez.
…..
Esperé a que las luces de casa se apagaran antes de entrar con la cautela de un ladrón. Me instalé en el sofá del salón, envuelto en una manta que no lograba quitarme el frío que la confesión de Candela me había metido en el cuerpo. Carmen no salió de la habitación. El silencio entre nosotros era un muro de hormigón que ya no tenía fuerzas para derribar.
Al amanecer, salí antes de que despertara. Ansiaba aire, distancia y un plan para cerrar este capítulo sin que doliera más de lo inevitable. Las horas de la mañana se me escurrieron entre los dedos mientras intentaba refugiarme en la rutina sintiéndome un extraño en mi propio despacho.
Sobre la mesa, junto al ordenador, descansaba un marco plateado con una foto de hace un par de años. Estábamos en una terraza, sonriendo a la cámara; el futuro parecía un camino despejado. Al mirarla, sentí un escalofrío. Por entonces, creía que lo compartíamos todo; remábamos juntos.
Al acariciar el cristal, me di cuenta de la amarga ironía: ambos estábamos tendiendo puentes para otros, financiando sueños con un dinero que nunca debió ganar vendiendo su cuerpo. Yo era el cómplice de un engranaje que ahora se nos venía encima. La Carmen de la foto era la que quería recordar; pero la Carmen que mantenía a Candela en secreto usando el peaje de su propia carne para salvarla era la que me estaba echando de su vida sin necesidad de usar las manos. Me lo había ganado a pulso. Había sido yo quien la había empujado a esa vida y ahora recogía las consecuencias.
Rumores
Llegó temprano, como de costumbre; algo en la atmósfera del gabinete la puso en alerta mientras esperaba frente a la cafetera. Entró en su despacho y, antes de que pudiera soltar el bolso, la puerta se abrió de golpe. Ángel entró con esa familiaridad que a veces era bálsamo y otras, veneno; se dejó caer sobre el escritorio invadiendo sin miramientos su espacio personal.
—Tienes otra cara, nena. Estás... radiante. Y odio a la gente radiante tan temprano.
Carmen fingió consultar unos documentos para evitar la mirada inquisitiva de su amigo.
—Es el descanso, Ángel. El aire del norte limpia las ideas.
Ángel soltó una carcajada breve y falsa, carente de humor. Se inclinó hacia ella, bajando la voz hasta que sólo fue un hilo cargado de malicia.
—No me vengas con metáforas meteorológicas. Te conozco. Ese brillo no es por el aire puro, es por la endorfina pura. Suéltalo: ¿te lo has follado ya?
Carmen se tensó; una ráfaga de calor le bajó por la espalda como un latigazo. Clavó la mirada en el informe de la semana, pero las letras comenzaron a danzar volviéndose ilegibles.
—Ángel, por favor, estamos en el trabajo —musitó, tratando de recuperar una gravedad que se le escapaba entre los dedos.
—Eso no es un no —sentenció triunfante—. No has dicho «estás loco», ni «cómo puedes pensarlo». Has dicho «estamos en el trabajo». O sea, que en Santander habéis follado como conejos.
—¿Por qué no te vas a la mierda un rato y me dejas en paz?
—¡Uy, uy, uy! Parece que he dado en la diana.
Carmen cerró de golpe el informe, levantó la vista y se topó con la sonrisa de suficiencia de Ángel que seguía invadiendo su escritorio con la arrogancia de quien se sabe poseedor de un secreto.
—No has dado en ninguna diana. Simplemente me agota tu obsesión por convertir mi vida personal en un culebrón —replicó, aunque el ligero temblor en su voz la traicionaba.
Ángel no se movió. Cruzó los brazos sobre el pecho, disfrutando del espectáculo.
—Venga ya. Si fuera sólo sexo, no estarías a la defensiva. Lo que me jode es que no me lo cuentes. ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que vaya a ponerme celoso?
Carmen se levantó con su taza de café vacía en la mano como si fuera un escudo.
—Lo que pasa es que la reunión de coordinación comienza en media hora. Así que, o te vas a tu sitio a trabajar, o tendrás que explicar por qué estamos perdiendo el tiempo hablando de mi nivel de endorfina.
Se dirigió a la puerta, apartándolo de su camino. Ángel susurró lo suficientemente alto para que no pudiera ignorarlo:
—Te tiemblan las manos. Y no es por el café.
Ella no respondió. Salió al pasillo con el corazón martilleando en el pecho. Mientras caminaba hacia la cafetera, la imagen de la habitación del hotel en Santander, el recuerdo del Cantábrico y el tacto de aquella mano extraña y a la vez familiar invadiéndola desde atrás la asaltó con una nitidez cegadora.
Ángel tenía razón. El problema no era que hubiera pasado. El problema era que no tenía ni la más mínima intención de arrepentirse.
…..
La reunión se había trasladado a la sala de juntas y había tomado otro cariz. Andrés presidía la mesa hablando de expansión, de nuevos activos y de la conquista del norte en términos casi épicos; sin embargo, a ojos de Carmen, Andrés mostraba signos de inseguridad que traicionaban su discurso y la dejaban en evidencia echando por tierra su empeño en presentarla como la líder indiscutible del proyecto, se veía en el leve temblor de los dedos cuando giraba insistentemente el bolígrafo entre ellos. Cada vez que mencionaba su nombre —«la doctora Rojas»—, su voz ganaba un matiz casi imperceptible de urgencia, como si necesitara convencerse a sí mismo antes que a los demás. Sus ojos la buscaban con una frecuencia que rozaba lo imprudente: era una mirada de aprobación ansiosa que duraba un segundo de más. Gestos que nadie que lo conociera bien podía pasar por alto.
La presentación continuó en esta línea. Al pasarle la carpeta con el plan maestro, su mano se demoró innecesariamente sobre la de ella; un gesto que la incomodó.
Carmen sintió el cambio en el ambiente. Vio a Amelia, la jefa de administración, arquear una ceja hacia Elizondo; vio a Moreta, el responsable legal del gabinete, ajustarse las gafas con dos dedos mientras sus labios se apretaban en una línea fina, casi divertida. Porque era lo que decían, era cómo se movían el uno respecto al otro. La sincronía era demasiado perfecta, demasiado física, y al mismo tiempo estaba rota por esos pequeños desajustes: el tic del bolígrafo, las miradas que se aferraban, la mano que no quería despegarse.
—Santander no es un proyecto más —finalizó Andrés dando el golpe de efecto; paseaba la mirada por los asistentes, aunque regresaba siempre, inevitable, a ella—. Durante estos días he mantenido línea directa con el consejo para informar de los avances en las negociaciones y tenemos luz verde para profundizar en los contactos establecidos. Santander es nuestro nuevo eje de expansión y la doctora Rojas va a liderar esta transición, tiene la visión de conjunto, el conocimiento y mi absoluta confianza.
Su voz sonó firme al pronunciar las últimas palabras, pero su pulgar izquierdo frotaba con insistencia el canto de la mesa, un movimiento repetitivo, inconsciente, que delataba nerviosismo.
El silencio que siguió fue tenso, cargado de preguntas no verbalizadas. Carmen notó cómo las miradas empezaban a rebotar por la sala como pelotas de ping-pong. Hubo alguna intervención sobre el motivo de qué no se hubiera informado antes de la envergadura del proyecto; Andrés lo solventó con su habitual aplomo, después le cedió el turno de palabra. Carmen hizo una intervención breve y concisa y se sentó, consciente de la frialdad que emanaba del auditorio.
No hubo más preguntas ni alegaciones. Cuando la última silla dejó de chirriar y la sala quedó vacía, Carmen esperó aún. Luego se dirigió al despacho de Andrés. Entró justo cuando él se estaba quitando la chaqueta con la euforia de quien se cree autor de un golpe maestro.
—¿Qué te ha parecido? Se han quedado mudos.
Ella cerró; se quedó allí, en la puerta con los brazos cruzados y la mirada fija.
—¿Qué es eso de que has estado hablando con el consejo? ¿Cuándo?
—¿Pensabas que no iba a cubrir todos los frentes?, soy perro viejo, cariño, sé con quien me enfrento.
—Aquí no soy “cariño”, Andrés, un descuido y estamos perdidos. ¿No se te ocurrió contármelo antes?
—Lo siento, tienes razón, podía habértelo contado allí, pero no quería…
—¿Estropear tu idilio con la joven psicóloga?
—¡No hables así!
—Te lo advertí, te dije lo que iba a pasar.
—¿De qué hablas? Los planes de futuro son inmejorables, los números cuadran...
—No hablo de números, Andrés. Hablo de ti —dio un paso al frente, señalando hacia la puerta—. No has podido evitarlo. Las miradas, el tono de voz, esa forma de darme el mando como si estuvieras haciéndome un regalo delante de todos. Ángel ya me ha preguntado si nos hemos acostado antes siquiera de que me quitara el abrigo. ¿Sabes lo que se estará comentando de nosotros a estas horas?
Le sostuvo la mirada, firme, sintiendo cómo la locura de Santander se desmoronaba bajo el peso de la realidad de Madrid.
—Te advertí que esto pasaría. Si no aprendes a separar el despacho de la cama, nos van a despedazar antes de que el primer ladrillo del proyecto esté puesto.
—Ángel siempre ha sido un malpensado —murmuró Andrés, intentando recuperar su autoridad—. Lo que han visto los demás es una excelente sintonía entre el director y la futura responsable del proyecto.
—Lo que han visto es a un hombre invalidando mi perfil clínico —le interrumpió, avanzando un paso—. Babeando por mí.
—Me ofendes.
—No me has presentado como la psicóloga que va a replicar nuestro modelo terapéutico en el norte. Me has presentado como tu protegida, eso me despoja de toda credibilidad. Si piensan que mi criterio está sesgado por lo que pasa entre nosotros, no van a respetarme.
Andrés dejó caer la chaqueta en el sofá de cuero y se pasó una mano por la cara, frustrado. El barniz de éxito empezaba a agrietarse.
—¿Y qué quieres que haga? —preguntó, esta vez sin rastro de arrogancia—. He intentado darte todo el apoyo posible.
—Quiero que dejes de mirarme como si estuviéramos solos en la habitación del hotel cuando hay diez personas delante. Santander es la oportunidad de exportar nuestro rigor metodológico a un nuevo mercado, y cada vez que me miras de la forma en que lo has hecho hoy, comprometes la validez de mi posición. Quiero que me trates como a una colega a la que respetas, aquí no soy la mujer que te follas. O al menos, intenta que tus microgestos no griten lo que hicimos la pasada semana.
—Es la primera vez que te escucho hablar de mercado.
—¡No me jodas, Andrés!
Se dio la vuelta; antes de tocar la puerta, él la detuvo con la voz alterada.
—¿Puedes hacerlo tú? ¿Puedes salir ahí fuera y actuar como si no hubiera cambiado nada? Porque yo te miraba a ti, pero tú no evitabas mi mirada. Y eso, para especialistas en lenguaje no verbal como los que había en la sala, es una confesión de culpabilidad tan clara como un beso en mitad del vestíbulo.
Carmen apretó el pomo de la puerta.
—La diferencia es que yo estoy intentando salvar tu prestigio —respondió molesta—. Tú sólo estás intentando prolongar una catarsis que debió quedarse en Santander.
—No, espera, no te vayas así.
Se precipitó hacia ella y la estrechó. Intentó evitarlo, pero terminó por ceder; aún conservaba fresco el recuerdo de la ternura que él era capaz de darle. Sucumbió a las caricias que avanzaban por su cuerpo. Le rodeó el cuello devolviéndole cada beso hasta que sintió una mano avanzar por debajo de la blusa. Entonces recuperó la cordura.
—Basta. Aquí no.
—¿Cuándo?
—No sé, ya veremos.
Abandonó el despacho sin esperar a recomponerse. Ángel la vio salir; seguía allí, fingiendo revisar unos historiales. No dijo nada, pero su mirada sagaz detectó de inmediato los estragos de la batalla que Carmen acababa de librar.
La ruptura
“Un matrimonio se acaba cuando ya no hay nada de qué hablar, o peor aún, cuando sólo se habla para herir”
El aire en la habitación se había vuelto irrespirable, cargado con el peso de las palabras que ya no pueden retirarse. Lo que alguna vez fue un refugio compartido se había transformado en un campo de batalla donde el silencio sólo se rompía para dar paso a la crueldad. Mario y Carmen se miraban, pero ya no se reconocían; el afecto había sido sustituido por un inventario de agravios y una frialdad que buscaba diseccionar lo que quedaba de su historia. En ese umbral de no retorno, la verdad desnuda emergió con la violencia de una bofetada dejando claro que el amor no sólo se agota, sino que a veces se destruye activamente antes de pronunciar el adiós definitivo.
ººººº
—He almorzado con Javier Santacruz —dijo Mario.
La noticia cayó como un mazazo. Su mente, que un segundo antes vagaba en la niebla de una crisis sin nombre, se despertó de golpe.
—¿Javier? ¿Cuándo? —preguntó, esforzándose porque la voz no delatara el terremoto que la recorría por dentro.
—El lunes. Pasaba por allí y me invitó a comer.
La excusa sonó tan inocente que casi le entraron ganas de reír. El cinismo de Javier, esa certeza absoluta de que nadie podía ver a través de sus mentiras, era palpable. Un escalofrío le trepó por la espalda. No sabía qué pretendía su amante ni cómo reaccionaría Mario si llegara a enterarse de lo que estaba pasando. Tiempo atrás no habría dudado en contárselo; ahora parecían dos desconocidos. La red que habían tejido para averiguar cuánto sabía Javier del allanamiento se estaba complicando de forma imprevista. Debería haber hablado ya con Tomás sobre el encuentro con el inspector Robles. Era lo bastante grave como para no haberlo pospuesto. Podrían haber tomado precauciones: alertar a Mario… ¿Y si Javier estaba bajo vigilancia? ¿Y si a estas horas Mario ya estaba en el punto de mira?
Se obligó a respirar hondo. No podía derrumbarse ahora.
Continuó cambiándose de ropa, él no la acompañó como de costumbre. Mario se había puesto ropa de casa y salió del dormitorio sin esperarla. Carmen lo siguió.
—Llamó cuando estaba en Sevilla, tenía un par de llamadas perdidas suyas, no lo vi hasta que estuve en el avión.
—¿Te dejó algún mensaje?
—Sí, que… a ver si nos volvíamos a ver; esas cosas.
—Esas cosas… —repitió él.
—Que lo había pasado muy bien conmigo y estaba deseando volver a “desmayarme”. ¿Contento? —dijo con un tono de fastidio.
—Sólo he preguntado…
—Tomás quiere que le meta presión, ponerle la zanahoria delante para hacerle hablar, darle largas y sacarle la verdad.
—Mientras te lo follas.
—¿Algún problema? —preguntó desafiante.
—En absoluto, ya me contaste lo bien que te fue; hiciste lo que más te gusta: venderte, aunque se mostrara bastante tacaño, pero lo compensa porque tiene —¿cómo dijiste?— una polla preciosa —dijo Mario, ocultando la rabia con un marcado desdén.
—Bonita; así fue como me lo vendiste. Pues si no hay ningún problema, volveré a quedar con él.
—Ya has quedado, me lo dijo durante la comida. Ha fanfarroneado con que se está tirando a la mujer de un amigo común, “No lo creerías si te dijera quién es” —le contó repitiendo las palabras de Javier.
La rabia le encendió la sangre. ¿Cómo se atrevía a ser tan cínico? ¿A jactarse de ella ante su propio marido?
—La describe como una mujer brutal. Una tía cojonuda. Dice que siempre le había gustado, pero por respeto a “nuestro amigo” no había movido ficha —siguió relatando.
Cada palabra era una puñalada. La estaba convirtiendo en la protagonista de un cuento obsceno contado por el hombre que decía seducir a la esposa de un amigo.
—Una figura de modelo, me ha dicho, y en el cuerpo a cuerpo, una auténtica loba —continuó.
La vergüenza le quemó la piel. Mario la miró por fin, ella vio en sus ojos una mezcla de dolor, de compasión y de algo que no lograba descifrar, confusión, rabia que le debía hervir por dentro. ¿Rabia? ¿Ahora?
—Dice que te tiene comiendo de la mano —su voz se rompió un poco al final de la frase.
Carmen notó el peso punzante de ese «te» sustituyendo al «la»; fue un dardo directo que le recorrió la espina dorsal.
—¿Qué más te ha dicho? —preguntó.
—Dice que ha llamado esta mañana. Por lo visto, ha estado… fuera de Madrid. Han quedado mañana por la tarde, “sin hora límite” y ella le ha respondido que su marido está de viaje —dijo Mario con la decepción pintada en el rostro.
—No me has dado tiempo a contártelo —se excusó y enseguida se arrepintió de hacerlo, no tenía por qué.
—Se ha explayado bien, me ha contado que le insinuaste tu afición a cobrar dinero por follar, y la cara de zorra —así lo dijo, cara de zorra— que pusiste porque te esparció los billetes por el cuerpo, y cómo gemías mientras te rompía el culo. No dejó de repetirme lo buena que estás, lo salvaje que eres en la cama, lo bien que haces las mamadas. Lo tienes en el bote, Carmen, le vas a sacar la confesión, si es que tiene algo que confesar. Si no, eso que te llevas. —terminó Mario con la voz cargada de un dolor profundo.
—Creía que esto te gustaba.
—Ya no sé lo que me gusta —admitió Mario.
—Ese ha sido siempre tu problema, la indecisión. Primero me empujas a hacer lo que deseas verme hacer y luego te arrepientes. Te lo dije una vez, me has usado como un juguete y el juguete se ha roto por no saber manejarlo y ya no te divierte. —dijo Carmen, sin vacilar.
—No digas eso —le pidió él.
—Puede que en el fondo añores lo que éramos, pero ya no tiene arreglo. Tal vez lo encuentres en otro lado, con alguien que te devuelva la paz que nosotros hemos perdido.
Se lo había insinuado en otra ocasión y él se había desmoronado por completo negándose a aceptarlo. Esta vez, guardó silencio. Finalmente habían cruzado un límite sin retorno. Él la miró, Carmen apenas pudo reconocerlo en esa mirada sombría. Mario vació los pulmones y lo dijo; por fin lo dijo:
—Deberíamos… deberíamos darnos un tiempo. Te he hecho mucho daño, tienes derecho a…
—No eres tú ni soy yo, es cosa de ambos —lo interrumpió.
—Ya lo sé, de todas formas, deberíamos…
—Si es lo que quieres, por mí, de acuerdo —dijo Carmen con el corazón roto.
—No es lo que quiero, es lo que debemos hacer.
—Dame un par de días y me marcho.
—No tienes por qué, me iré yo.
—Le pediré a Tomás que me ceda uno de los pisos de la empresa.
—Ah, claro, Tomás —dijo Mario con sarcasmo.
—¿Te importa? A partir de ahora, no es asunto tuyo lo que haga con mi vida —respondió con una mezcla de enojo y dolor.
—Tienes razón, discúlpame.
El silencio volvió a inundar la habitación.
—¿Cómo lo anunciamos?
—¿Tanta prisa tienes? —le preguntó sorprendida—. Pensé que hablábamos de tomarnos un tiempo.
—Sí, claro, pero si te vas, por poco o mucho tiempo que sea, no podemos dejar que los acontecimientos nos sobrepasen; es mejor que lo sepan por nosotros.
Un viento helado le atravesó el corazón. Estaba sucediendo.
—Tienes razón. Cuanto antes hablemos con la familia, mejor.
—De mi familia me encargo yo.
Otra bofetada. «Su» familia. Se dio cuenta y trató de rectificar.
—Quiero decir que a mis hermanos y a mi padre no hace falta que…
—Te he entendido. Si no te molesta, a mi familia prefiero que le demos la noticia juntos.
—Por supuesto —murmuró, aún avergonzado por el error.
—Debemos construir un relato que sea convincente y no los ponga en crisis, sobre todo a mi padre.
—Una separación meditada, temporal, por desacuerdos de convivencia. ¿Te parece bien?
—Salvo Esther, no creo que lo cuestionen.
—A Esther deberíamos decírselo antes.
—Sí, estoy de acuerdo. Voy a llamarla. —dijo levantándose de la mesa.
—¿Ya?, ¿así, de repente?
—A qué quieres esperar? Estás decidido, yo también. Cuanto antes lo hagamos, mejor.
Cogió el móvil y con el latido del corazón palpitándole en la garganta, la llamó.
—Hola chiqui, qué tarde, ¿pasa algo?
—Hola. Mario y yo queremos verte. ¿Puedes venir a casa mañana por la tarde?
—Me estás asustando. Puedo ir ahora mismo si es importante, Daniel está en Cáceres, o eso creo.
—Son las once, ¿no te importa?
—Ahora sí que estoy preocupada. Voy para allá.
Citas
1 ¿En qué infierno la has dejado esta vez?
2 Capítulo 199 Yo, hetaira. Junio 2005
3 Un año de amor. Luz Casal 1991
4 Pertenece al spot de Farala, una fragancia de la marca Gal. Se estrenó en 1986 y se convirtió rápidamente en un fenómeno cultural. La letra de la canción decía:
"Tenemos chica nueva en la oficina, se llama Farala y es divina..."
El anuncio presentaba a una mujer moderna, independiente y profesional que llegaba a un entorno de trabajo con confianza. La melodía era extremadamente pegadiza, de esas que se quedan grabadas en el cerebro. Capturó perfectamente la estética de los ochenta (hombreras, melenas con volumen) y la incorporación masiva de la mujer joven al mundo laboral ejecutivo.]
5 Capítulo 52 Mudando la piel. Diciembre 2011
6 El Cardinale es un cóctel clásico, muy similar al Negroni, pero con un perfil más seco y vibrante. Se prepara a partes iguales con los siguientes ingredientes:
Una parte de Ginebra (aporta el cuerpo y las notas botánicas).
Una parte de Campari (aporta el amargor y el color rojo característico).
Una parte de Vermut Blanco Seco (aporta la claridad y un final limpio).
Y se decora con una piel de limón.
7 Es el equivalente a decir "Así, así" o "Sigue así, que vas bien". Al repetirlo (Ondo, ondo), la persona está enfatizando que el ritmo, la presión o la acción actual es la adecuada. el "Ondo, ondo" es la respuesta afirmativa corta y rápida para no romper el ritmo.
8 miente Pinocho
9 Pretty woman 1990 la escena final en que Richard Gere sube por la escalera de incendios y simula salvar a la princesa Vivian, Julia Roberts
10 Arreba. Hermana en euskera
11 Artaburu. Terco, cabezón.
12 Aita, Ama. Padre, Madre en euskera
13 Capítulo 165 El retorno. Junio 2022
14 Capítulo 167 De dualidades y dilemas. Agosto 2022
15 Capítulo 191 el futuro no los dirá octubre 2024
Disculpad el retraso. He tenido un problema grave con las versiones. La que había en onedrive no estaba actualizada y no tenía acceso a la nube. Por fin he podido recuperarla y aquí la tenéis.
ResponderEliminarDe nuevo, perdón por el retraso.
Te voy a ser sincero Mario, la entrega no hiere sensibilidades, aclama al cielo, como podías decir entonces que amabas a Carmen si eras incapaz de luchar por ella, yo soy una persona apasionada y me muevo por arranques que en muchas ocasiones me lleva a meter la pata por no pensar las cosas dos veces antes de acerlas, pero el tu de aquel entonces se podía dar la mano conmigo tranquilamente.
ResponderEliminarSe me olvidaba, si yo hubiera sido Carmen no hubiera vuelto contigo en la puta vida, te van a canonizar Mario porque que hoy en día tu relación siga en pie es un puto milago.
ResponderEliminarPido perdón al Mario de la actualidad por mis duras palabras, pero es una gran decepción que el Mario de aquel entonces pidiera a otro que luchara la guerra que deberia haber luchado el.
Reitero mis disculpas, pero pones difícil no enfadarse contigo.
Otra cosa Mario no entiendo ni entenderé jamás porque permitiste que Tomás te tratara así, dignidad y amor propio Mario, otra oportunidad perdida para poner a ese dictador en su sitio, teniendo en cuenta que ya no tenías nada que perder deberías haberte quedado a gusto diciéndole lo que pensabas sobre el.
ResponderEliminarVoy a dejar de leer y me voy a meter a la cama que ya me he enfado bastante contigo, se que no tiene sentido enfadarse por algo que pasó hace 24 años, pero no he podido evitarlo.
Quiero dejarlo claro, yo me he enfadado por la entrega de Carmen por parte de Mario a Domenico, no por la otra entrega.
ResponderEliminarNo tenía que haber seguido leiendo, pero no me gusta dejar las cosas a medias, el final del capítulo me a roto, no puedo dejar de llorar porque me da rabia que Carmen y Mario se separen por ser incapaces de hablar, de sincerarse el uno con el otro.
ResponderEliminarMario además de sentirse culpable tiene la presión del egoísta de Tomás aplastandolo, pero su mayor error es no luchar por el amor de su vida, solo tiene que sentarse delante de ella y decirle te quiero más que a mi propia vida, pero mi morbo te a llevado al punto de que casi te venden y no sabe como perdonarse eso, la vergüenza y decepción que ve Carmen no es hacia ella, si no hacia el mismo por no estar a la altura.
Carmen tampoco quiere separarse de Mario, cree que en Sevilla se pasó de la raya y perdió a Mario y eso le ha llevado a tomar decisiones precipitadas como la de empujar a Mario hacia Elvira y confiar ciegamente en dos garrapatas como Tomás y Angel, de Santacruz no digo nada ya se basta el sólito para hecharse piedras sobre su propio tejado, el ego es la peor debilidad de un hombre.
Ahora mismo el único hombre que la trata con respeto y la ve como una mujer y no como un objeto es Andrés, no se cuanto tiempo queda hasta que les pille Berta, pero Carmen necesita a Andrés como el respirar.
La parte de Santander me a parecido la mejor del capítulo incluyendo la parte de la entrega que al igual que la otra vez no a sido para tanto, Carmen y Andrés tienen una concesión que no tiene con ninguno de sus amantes, creo que sólo Mario está por encima.
Bueno voy a dejarlo por hoy, que aunque esta semana tenga turno de tarde tendré que dormir algo.
Se me a olvidado comentar algo, me alegra que Candela este bien y grande Carmen ayudando a su amiga, Mario no debería sorprenderse, el muro de Berlín que han construido entre los dos es tan alto que le impide hablar, así que a ocurrido lo más lógico, que Carmen se lo a callado.
ResponderEliminarDe todas maneras Mario también podría haber pensado por si mismo que Candela las estaría pasando canutas sin poder trabajar en el Penta y teniendo a una hija que alimentar, lo de mandarle dinero tendría que haber salido de él igual que salio de Carmen.
Con respecto a la Entrega, creo que sobrevaloraste las opiniones vertidas al tema de la Frontera. Como dijiste, ya somos mayorcitos - si lo sabré yo- y con la confianza que da el tiempo, estos temas se deben analizar a la luz de la experiencia de vida que tenemos. En fin, entender, comprender, analizar y por cierto no juzgar.
ResponderEliminarA la que ha prometido colocar mis testículos sobre el pino más alto si cumplo con mi promesa de ir a cazar cerdos salvajes, el relato de ha gustado y que desista de mi promesa también.
Me ha impactado una frase, que sin querer define toda la relación e incluso el título de esta narración; ya sé que es simplificar mucho, pero me ha impactado: ¡Tu maldita incapacidad para amarme, sin intentar venderme!
ResponderEliminarEs increíble la cantidad de nombres que tienen tanto el sexo femenino como el masculino, esa conversación que tuvieron Andrés y Carmen me sacó una sonrisa, Andrés a llegado en el momento justo, cuando la vida de Carmen se estaba desmoronando, otra cosa que no he entendido es la reacción de Mario al regalo de Andrés a Carmen, todos los amantes de Carmen le han hecho regalos y Mario ni se a inmutado, ¿porque sentirse herido por un regalo de Andres?
ResponderEliminarMario en cuanto rompa con Carmen se irá a Sevilla con Candela, la verdad es que no se si es buena idea, teniendo en cuenta que ella también lo está pasando fatal.
¡Por fin! Se ha hecho esperar pero ha merecido la pena.
ResponderEliminarLo he leído en dos tramos, de madrugada hasta “la lluvia”, incluida y esta mañana el resto porque me vencía el sueño y porque quería estar despejada para ver si esa bomba, “la entrega”, era tan explosiva como anunció. No fue para tanto. Supongo que en TR causará más escándalo porque allí buscan cualquier cosa para entretenerse.
Lo de añadir la entradilla resumiendo el capítulo anterior me encanta, espero que se convierta en costumbre.
Capitulación: aparte de las taquicardias del de siempre, si lo leemos con serenidad y distancia, vemos a un Mario derrotado, hundido por la presión de Tomás y por sus propios remordimientos, siempre ha vivido este camino entre la duda y el deseo, no es extraño que ahora se sienta empujado a seguir la influencia de Tomás y crea que Carmen se merece algo mejor.
Narcisismo: la exhibición de testosterona de Santacruz me recuerda a la de Roberto en Coruña, no sé qué les pasa a algunos hombres que si no alardean de sus conquistas dejando a las mujeres a la altura de una pieza de caza abatida no se quedan contentos. De nuevo, el taquicárdico nos ilustra sobre lo que un hombre debería haber hecho. Es lo que mi padre llama “ver los toros desde la barrera”.
Santander: se veía venir que acababan en la cama. Lo de las joyas, muy propio de Andrés, aunque no me esperaba que fuera tan lanzado para comprarle unos piercings. ¿Cómo era lo de las carretas? En este capítulo se consolida la relación y se desmadran poniendo en peligro sus posiciones. Pierden la cabeza, sobre todo Andres que como dice Carmen destapa un carácter desconocido, y ella se deja manipular en una faceta que le rompe los esquemas. Había tenido prácticas con la orina antes, con Domenico y con otros, le gusta y tiene unos orgasmos de diez, pero lo que ha ocurrido con las heces ha sido un descubrimiento que la ha marcado. Veremos a donde la conduce, porque no creo que se atreva a practicarlo con cualquiera. Y menos con Ángel, lo dice ella.
La lluvia: Mario debía de ser en esa época un tío atractivo porque no se le escapa ni una. Maite esta muy bien descrita y su entorno familiar es calcado de alguno que conozco bien por otras circunstancias: clasista, elitista, cerrado y con fantasmas guardados bajo llave. Dosoctavas me ha contado un caso parecido que, si quiere, que lo cuente él.
Me alegro que entrase el examen de conciencia en el capítulo, es muy clarificador y expone lo que es el día después, es la “reflexión serena” que echaba en falta Carmen, incluso necesitaría más tiempo para tomar más distancia.
Rumores: se suponía que tantos días fuera y encima con un fin de semana por medio dispararía los cotilleos. A ver como apagan ese fuego. El final es muy significativo. Andres le pide que no se vaya enfadada, la abraza, ella cede y se deja abrazar, sucumbe, se lían a besos y lo para porque lo nota entrar por debajo de la ropa. Le dice “Aquí no”. Edo no es un no, es un aplazamiento clarísimo, por si queda alguna duda, Andres le pregunta ¿Cuándo? Y ella responde “ya veremos”. Y encima, Ángel la ve salir, acalorada y con la ropa descolocada. Ya veremos como lo aprovecha.
Y luego, la parte más dura y más salvaje, el reencuentro que lleva a la ruptura. Lo he leído con auténtico dolor. Costará mucho tiempo reparar esa herida, porque se han hecho mucho daño. Qué pena.
No te falta razón Lucía, pero más que taquicardias que también, sentí indignación, indignación por cómo volvió a entregar a Carmen a Domenico, indignación por no plantar cara a Tomás más cuando ya no tiene nada que perder.
EliminarReconozco que me dejo llevar y soy muy exagerado, pero se sincera conmigo Lucía, ¿no te indigno ni un poquito la actitud de Mario?
No pierdes ni una oportunidad para atizarme Lucía, pero en esta ocasión reconozco que tu padre tiene razón, a toro pasado todo se ve muy fácil y yo me dejo llevar por mis sentimientos, como dice mi novia genio y figura.
EliminarPor último Lucía tu ves a Tomás como un aliado, sin embargo yo lo veo como un anemigo, quiere proteger a Carmen o quiere poseer a Carmen como un objeto de su propiedad, porque la línea que separa esas dos situaciones se difumina en muchas ocasiones.
EliminarMe olvidaba de Doménico. Le va a faltar tiempo para presentarse en Madrid y ofrecerle su casa a Carmen. Yo no tengo ninguna duda, se irán a vivir juntos, lo cual puede crear un conflicto con Tomás. Pero Carmen tiene la suficiente influencia sobre él para calmarlo. Tomás no tiene intención de romper su familia, quiere protegerla y si lo convence de que con Doménico está a salvo se tranquilizará. Yo soy de la opinión de que Tomás no desea explotarla, sigo en la idea de que la mantiene en “el negocio” para evitar que caiga en manos peligrosas aunque de paso se beneficia.
ResponderEliminarPor último. Mario, te repito mi deseo de leer ese párrafo que corregiste, al que le quitaste tanto “que”. Si te apetece compartir conmigo el antes y el después, te lo agradeceré.
Espero que el karma le de bien fuerte a Santacruz, el tío no puede ser más miserable.
ResponderEliminarGracias Mario por este nuevo capítulo, apenas estoy empezando a leer, y no puedo dejar de ver la desfachatez de Javier Santacruz, el querer burlarse de Mario en sus narices, la forma tan vulgar de hablar lo que hizo con Carmen, restregarle que era una puta. que, sin Mario no supiera que Carmen se vería con Santacruz, en la forma que describió el encuentro, ahí se hubiera dado cuenta de quién se trataba. Este Santacruz para mí es de los seudo amigos que no quieres tener en toda tu vida.
ResponderEliminarSeguiré leyendo y comento más tarde.
Como siempre ha merecido la pena la espera.
ResponderEliminarLa entrega no es tan dura (salvo a la hora que lo leas jajja)
Me ha sorprendido que vuelva a aparecer Doménico, a mi es una figura que me inquieta y a la vez me desconcierta, ya lo he dicho en alguna ocasión... me pregunto si en la actualidad siguen teniendo contacto, no se si será spoiler la respuesta.
Me alegró también tener noticias de Candela, creo que más de uno estábamos preocupados, la verdad es que con todo lo que abarca el diario en un capítulo es normal que no se pueda abarcar todo... si no los capítulos se harían esperar más todavía.
Y recapitulando un poco, seguimos con varios frentes abiertos: el allanamiento y las cámaras, Esther, Diego (no entiendo como aparece después de lo que ha pasado), otra vez guido? por el avance de Mario, ... este diario y estas memorias son un sinvivir jejeje
Mis comentarios suelen ser polémicos, pues pisemos el acelerador, el principal problema que ha llevado a este matrimonio a pique a sido la falta de comunicación, pero también dar demasiado poder de decisión a terceras personas, Domenico, Tomas, Angel, Claudia, Gerardo, Guido y Santacruz.
ResponderEliminarLa culpa es de los dos a partes iguales, Tomas esta tomando una decisión que corresponde a la pareja, el a decidido que Mario tiene que pedirle el divorcio a Carmen y encima el a sido quien a puesto fecha a esa separación y Mario no ha hecho nada dejando que una tercera persona le relegue a irrelevante en su propia relación.
Luego viene Santacruz que le restriega por la cara lo de Carmen, dándole las pistas suficientes para que Mario supiera de quien estaba hablando dejándola a ella a la altura del betún, ¿y que hace Mario?, nada de nada. Encima al despedirse le da un abrazo, joder Mario como te van a respetar todos los demás si no te respetas tu a ti mismo.
Mario y Carmen deberían volver a tomar las riendas de su relación que hace mucho tiempo que las soltaron y si de verdad creen que tienen que separarse hacerlo cuando ellos estén preparados, porque Mario no esta siendo sincero con Carmen, el le habla de un separación temporal cuando lo que le a exigido Tomas es que se divorcie de ella y desaparezca de su vida para siempre y si no que se atienda a las consecuencias.
Si en una relación las decisiones las toman terceras personas es imposible que esa relación sobreviva.
Por alusiones
ResponderEliminarPrimera: siete ocho nueve y diez inspirar espirar
Segunda: Lucia se refiere a una amiga de Girona de padre guineano, más culé que piqué y que ha pasado por algo parecido a lo Maite menos lo del hermano. Difícil inclusión y mucha mucha fuerza
Me atrevo a preguntar a riesgo de ser ignorado.
ResponderEliminarSabiendo este bache tan difícil para la pareja que tanto apreciamos en este café, y con la certeza que esa etapa se ha superado y siendo consciente que este recuerdo es un ejercicio para ambos protagonistas. Me gustaria, si es posible, saber cómo ven tanto Mario cómo Carmen (con la perspectiva de los años) este contencimiento con el paso de los años. Es decir, en ese autoexamen que seguro han realizado, como ve Mario a este Mario del pasado y Carmen cómo se ve a ella misma. Sabiendo que no es spoiler y que no cambia el relato.
No sé si se lo quieren guardar para ellos, o quieren compartirlo, perdón por el atrevimiento.
Y gracias por vuestra generosidad
La canción de Luz Casal es uno de esos momentazos que te encogen el corazón porque la letra le golpea de lleno.
ResponderEliminarMaite y Josu son dos personajes tremendos que han vivido lo que nadie merece. No es extraño que se vuelquen el uno en el otro. Creo que se ha comentado que va a volver a aparecer, corregidme si me equivoco.
Entiendo perfectamente Maite y Josu, cuando la familia quiere puede ser muy cruel y el daño que puede hacer es de la que deja cicatrices de por vida, en mi caso no fue así les vi venir de lejos, pero mi padre sentía devoción por ellos y en cuanto mi madre murió tuvo que ver como nos echaron de ser parte de la familia, que pasarán de mi no me afecto, pero ver llorar a mi padre si y eso es una cosa que jamás les perdonaré.
ResponderEliminarJosu y Maite se tenían el uno al otro, los dos repudiados por una familia que tendrían que haberlos cuidado y querido, pero decidieron castigarlos por algo de lo que no tenían culpa, Josu no era culpable de la muerte de su madre y Maite fue castigada sólo por nacer, separarlos y con las vacaciones tuteladas fue otra crueldad, si los tuviera delante les diria.
Horrelako familia bat izateko, hobe da ezer ez izatea.
El que quiera saber lo que he puesto en esta frase tendrá que traducirla del euskera, ya tenéis deberes.
Según parece Mario y Maite se estuvieron viendo durante un año.
ResponderEliminarTermino de leer. quedó impresionado, ya comenté lo de Santacruz, espero que pronto le caiga la ley por lavado de dinero, y que Carmen salga bien librada.
ResponderEliminarLos comentarios de Lucia, José. Apasionado, son un reflejo de lo que se lee, cada quien tiene su forma de analizar el relato, pero el malestar que sienten tanto Carmen como Mario es real, no saben defender ese matrimonio, se niegan a aclarar las cosas. Mario porque se ve perdido. quiere a Carmen pero su enfermiza mente de manipular a Carmen a qué siga su juego, y no reconocer ante Carmen que la a regado y que se guarde cosas, que Carmen le a pedido en muchas ocasiones que deje de ocultar le cosa y no le mienta. mi pregunta es. Mario se desnuda ante Carmen y cambia su forma de ser ante Carmen??
Me da gusto saber de Candela, y que este a salvo, con la ayuda de Carmen.
Haber como toma las cosas Esther.
Respecto a Andrés y Carmen la cena del baño. no sé me hace tan descabellada, y si tomamos en cuenta que en la sexualidad entre dos personas todo se vale. siempre y cuando los implicados este de acuerdo, cada quien hace de su vida lo que quiere.
Seguiré atento a los comentarios