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26 julio 2022

Capítulo 167  De dualidades y dilemas

Tiempo aproximado de lectura: 45 minutos

Tenemos que hablar

—Tú dirás.

—Ven, siéntate.

—¿Tengo qué preocuparme?

—Quería haber hablado contigo antes, si no hubiera sido por el aborto.

—Supongo que es sobre lo que dije de Elena y todo lo demás. Verás…

—No, déjame a mi. He estado pensando mucho, sobre todo en algo que dijiste. Para ti soy un sueño, lo he sido desde que me conociste; has tratado de moldear ese sueño a imagen de un ideal que ha ido creciendo en tu cabeza y has actuado para que no se esfumara costase lo que costase. Ahí está el problema, el coste que acarrea mantener vivo un sueño. Esa obsesión ha provocado un desgaste enorme, tanto que no lo hemos visto hasta que ha sido demasiado tarde. Yo lo he entendido ahora, pero tú lo escondes, te niegas a verlo y solo lo muestras cuando los nervios te traicionan o cuando el alcohol te desata la lengua. 

—No, no es cierto.

—«Carmen y yo formamos una órbita heliocéntrica, si me acerco me quema, si me alejo la añoro», ¿lo recuerdas? Se lo dijiste a Emilio en mitad de una borrachera; admítelo, eras sincero. Y el otro día, en plena explosión de ira, por fin sale a la luz lo que piensas: has sacrificado tu deseo de ser padre con tal de tenerme a tu lado. Sí, Mario, reconócelo. Al mismo tiempo me consideras un obstáculo para el desarrollo de la relación con, las que consideras, tus mujeres. Ese es el dilema que te impide alejarte de mí y que te perjudica si estoy demasiado cerca. Parece ser que has construido un proyecto de vida conmigo sobre una base poco sólida y ahora, cuando lo hemos sometido a una tensión extrema, se tambalea. No podemos continuar así, yo no puedo. 

12 marzo 2019



Capítulo 119 Ambigüedades

(Tiempo aproximado de lectura: 79 minutos)


—Es demasiado Carmen, me temo que he llegado a un punto de saturación. Y lo intento, de verdad que lo intento pero hace un rato en la cama, no he podido más; Doménico, Irene, Carlos… ¿qué espacio queda para nosotros?

La inmensa tristeza que reflejaba al hablar la estaba rompiendo, ¿cómo decirle que lo amaba por encima de todas esas personas? ¿cómo hacerle entender si ella misma no lo entendía? Se tragó las lágrimas que estaban a punto de brotar y enfocó la crisis como estaba acostumbrada a hacer: De frente.

—Tienes razón; vamos a hacer una cosa: Pongamos sobre la mesa todas la variables que nos afectan. También tenemos que valorar la influencia que va a tener Graciela, no la vamos a excluir ¿no crees? Y no podemos olvidar a Elvira, estoy convencida de que su regreso nos va a afectar de un modo u otro porque te vas a implicar en su recuperación, de eso estoy segura.

—No estamos hablando de lo mismo, mi relación con Graciela no ha tenido la… —Vaciló, parecía no encontrar las palabras adecuadas. 

—¿Qué es lo que no ha tenido? Continúa por favor, sé claro; ¿la indecencia que han tenido mis relaciones?

19 octubre 2008

Capítulo 34  El encuentro

(Tiempo aproximado de lectura: 80 minutos)


A medida que se acercaba la fecha en la que Carmen se encontraría con Carlos empecé a notar como la seguridad que hasta entonces había demostrado ante ella y ante mí mismo comenzaba a resquebrajarse; Seguía pensando de la misma forma, me excitaba sobremanera la idea de verla entregada a otro hombre y seguía confiando ciegamente en su amor, pero visceralmente  la cercanía de aquel encuentro me producía en ocasiones una agobiante angustia ante la que nada podía hacer. Era un temor irracional que parecía inmune a todos los argumentos que hasta entonces habían bastado para alejarlo.


Luchaba contra estos miedos, intentaba tranquilizarme argumentando que era lógico que me sintiera así, iba a ser la primera vez que estuviese a solas con Carlos desde la frustrada noche sevillana; Habíamos hablado mil veces de él y mis presiones en la cama en momentos álgidos de gran carga erótica habían logrado que Carmen acabase por reconocer que le deseaba, que, -literalmente -, deseaba follar con él; Sabía que aun no estaba madura y que cuando hablaba así en realidad se movía en el terreno de la fantasía, pero las circunstancias parecían ponerse a favor de que aquella escena pudiera convertirse en realidad.


Si al menos pudiera estar presente; La idea de no saber durante varias horas si Carmen habría cedido a sus propios deseos y a las presiones que yo mismo le había hecho me provocaba una desazón que me paralizaba, quería confiar en ella, no me cansaba de repetirme a mí mismo que no tenía intención de acostarse con Carlos, que solo era una cita para charlar y entregarse unos regalos, “tú eres el que no sabes diferenciar la fantasía de la realidad”  me había dicho en más de una ocasión; eso me debía tranquilizar, sin embargo…


Sin embargo yo sabía que aquel día habría algo más que un intercambio de regalos; Carmen me había confiado, sin ocultar su emoción,  la intención declarada de Carlos de besarla nada más verla y yo temía que no tuviera la suficiente capacidad de resistencia ante tanta ternura, si apenas le pudo contener en Sevilla donde ya estuvo a punto de dejarle alcanzar su sexo ¿cómo iba a detenerle ahora, después de tantas conversaciones intimas y tanto deseo confesado?