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21 febrero 2023

Capítulo 175  Lo que ocurre en la playa… (5)

Tiempo aproximado de lectura: 64 minutos.


Tormenta

—¿Estás segura?

—Sí, Mario, he recordado el sueño cuando me he ido tranquilizando, al menos una parte. Estoy en el pueblo en las cuadras de mi tío con el caballo que solía montar, un potro muy tranquilo. De repente ha cambiado y estaba pegada a otro, el grande, el negro zaíno y tenía miedo, pero no del caballo. Mi padre se movía como loco y gritaba: «Qué has hecho, te voy a matar». 

—¿Te voy a matar?

—Qué pude haber hecho para enfurecerlo tanto, él no es así. Yo quería hablarle, “Papá, papá», pero era incapaz de articular ni una palabra, de pronto se volvió y me dio un mandoble con el puño cerrado.

—Te voy a matar, ¿estás segura que dijo eso?

—Como si lo estuviera viviendo ahora mismo —dijo conteniendo las lágrimas.

—Qué más.

—Es todo muy confuso, recuerdo mucho miedo y angustia.

—Vamos a ver; se volvió hacia ti y te dio con la mano.

—Hizo un giro y me golpeó con el brazo.

—Es decir, no tenía intención de pegarte, estaba de espaldas.

—«Te voy a matar». ¿Cómo lo explicas?

05 mayo 2008

Capítulo 19  La prueba (1)

(Tiempo aproximado de lectura: 13 minutos)


Nos levantamos muy tarde al día siguiente, me dolía la cabeza y tenía la boca extremadamente seca por culpa del exceso de alcohol, Carmen no estaba mucho mejor y mientras ella se daba una larga ducha fría yo recordaba lo sucedido la noche anterior con otra perspectiva.

Me asombraba que me hubiera dejado llevar de tal forma hasta actuar de una manera que, ahora, me parecía totalmente vulgar, una cosa era una insinuación velada y otra muy distinta hacer una zafia exhibición de Carmen, me sentía con suerte porque ella no hubiese descubierto mis maniobras.

Con una acusada sensación de vergüenza me duché mientras Carmen se secaba el pelo.

Bajamos a la cafetería de la piscina, era pronto para almorzar y demasiado tarde para desayunar, ninguno de los dos teníamos estómago para un gran almuerzo por lo que nos tomamos unos zumos con un sándwich compartido y nos instalamos en la piscina al refugio de una amplia sombra.

Desde que había salido del apartamento escudriñaba los ojos de todos los hombres con los que nos cruzábamos buscando una señal que identificase al mirón nocturno; Creí ver sonrisas burlonas donde no las había, identifiqué miradas insistentes y, por fin, decidí abandonar esta actitud que me estaba poniendo nervioso.

Pero no podía, me sentía abochornado conmigo mismo y temía encontrarme de frente con quien había sido testigo de mi estupidez; Peor aún: temía exponer a Carmen a las miradas de ese individuo.

Lo últimos días de estancia pasaron demasiado rápidamente y estos pensamientos no me molestaron demasiado, pero no olvidaba y cada vez que me recordaba levantando la falda de Carmen para mostrar su culo, una intensa sensación de vergüenza me sacudía.

En Septiembre me llamó Carlos, no le esperaba ya después de dos meses; cordial como siempre, tras una conversación más profesional que personal me preguntó por Carmen, no hizo ninguna intención de pedirme sus teléfono como yo temía y me anunció su viaje a Madrid para Noviembre, quedamos en vernos y tampoco esta vez aludió a Carmen, lo cual me sorprendió mucho. Varias veces estuve a punto de preguntarle por Elena pero no quise darle pie a hablar de aquellos días en Sevilla.

Volvimos a la rutina diaria.

03 mayo 2008

Capítulo 18  Lanzarote

(Tiempo aproximado de lectura: 11 minutos)


Lanzarote era para nosotros un refugio en el que desconectábamos de todo lo que nos pudiera recordar nuestro ritmo de vida durante el resto del año; Siempre dejábamos que la sensualidad traspasara los límites férreos que la sociedad impone, pero nunca habíamos llegado demasiado lejos; Aquel ambiente libre, donde nadie nos conocía, me daba la opción de proponer fantasías cada vez más atrevidas que mi esposa aceptaba tarde o temprano; Lanzarote había sido el lugar donde Carmen se habituó al top less no solo en las playas sino en las piscinas del hotel ; Más tarde Lanzarote fue el banco de pruebas donde Carmen experimentó lo que se sentía viviendo a diario sin ropa interior, caminando entre la gente, comiendo, paseando, comprando, desnuda bajo su falda y su camiseta… en fin, haciendo norma de algo absolutamente transgresor; En Lanzarote ella se desinhibía para darme placer, para concederme mis más profundos deseos; pero paulatinamente, a lo largo de dos o tres años, había dejado de ser una concesión para convertirse en su propio morbo urgiéndola a vivir con intensidad y pasión momentos de erotismo impensables en Madrid.

Aquel año yo marchaba decidido a convertir esos quince días en los más intensos que jamás habíamos vivido, debía cuidar el tempo, no forzar ni adelantarme al ritmo de Carmen, dejar que las sucesivas oleadas de sexo y excitación hicieran su trabajo hasta conseguir que entrase en mis propuestas sin sentirse obligada.

Como cada año, unos días antes de nuestra partida nos fuimos de compras: bronceadores, bikinis, camisetas, faldas… Carmen disfrutaba como una niña y yo era feliz viéndola disfrutar.

Ese año, intenté influir mas vivamente en las compras, aunque siempre buscaba el bikini más pequeño, la camiseta más ligera, la falda más corta, normalmente no forzaba demasiado. Pero esta vez estaba decidido a que su vestuario en Lanzarote fuera mucho más atrevido.