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04 enero 2019

Capítulo 116   Fluídos

(Tiempo aproximado de lectura: 98 minutos)


Clavo los puños y me lanzo a una carrera en la que pierdo el control de mi cuerpo. No soy yo quien da impulso a mi cintura, no puedo ser yo porque solo tengo conciencia para mirar el rostro de Carmen que se desencaja al sentirme dentro, más rápido, más intenso, más brutal. Mis caderas actúan por libre, han cogido un ritmo endiablado que no domino, yo solo tengo ojos para contemplar el desfallecimiento de mi mujer que parece sufrir con cada golpe. Si no fuera por esa agónica sonrisa que desmiente la tortura…

Un chispazo se extiende por mi espalda, siento crecer esa parte de mí que la taladra, podría estallar, va a estallar, tiemblo, tiemblo, la escucho gemir, tiemblo.

13 marzo 2018

Capítulo 106 Es mi momento

(Tiempo aproximado de lectura: 67 minutos)


Jueves


—¿Sabes?

Ese momento dulce que precede al sueño, ese instante en el que la conciencia se va diluyendo en la bruma de una manera difusa, placentera hasta que desapareces quedó interrumpido por la voz de Carmen que susurraba una breve pregunta. No moví un músculo; estaba tan bien pegado a su cuerpo que interrumpí la inminente caída a la profundidad y mi boca musitó algo parecido a una respuesta.

—Estabas dormido, perdona.

—No, dime —giré el cuello para buscar en la oscuridad su rostro que me rozó la mejilla.

—Anda duerme —insistió con un dulce beso.

Deslicé el brazo hasta alcanzar su cadera, seguí la curva hacia atrás y le propiné un suave cachete.

—Si me dejas con la duda ya no me voy a poder dormir.

Me apretó con el brazo que rodeaba mi cintura, noté su sonrisa pegada a mi cuello.

—Estaba pensando…

Me giré hasta quedar boca arriba, inmediatamente ella se refugió en mi pecho, a medio camino de abalanzarse sobre mí; un muslo encima de los míos, su brazo sobre mi estómago. Una de nuestras posturas favoritas tan habitual que la ejecutamos sin pensar.

—No sé si todo esto nos va a pasar factura Mario. 

—¿A qué te refieres?

—Pues que una cosa es verlo aquí, en terapia, de una manera aséptica, fría, casi impersonal. Pero quizá cuando estemos en casa, dentro de un mes, un año —Un corto suspiro me transmitió su desasosiego—. Algún día me mirarás y… no sé.

—¿Qué es lo que no sabes?

Sentí como se apretaba a mi cuerpo buscando cobijo; respondí a la llamada y la recogí entre mis brazos.

—Han sido tantas cosas, tantas. Un día puede que lo recuerdes y entonces..

Esperé, todavía tenía que mucho decir, no era el momento para interrumpirla.

—Puede que te preguntes ¿de dónde vendrá? ¿con quién habrá estado? ¿habrá vuelto a ver a…? Y es lógico, he hecho cosas para las que no hay justificación alguna.

15 noviembre 2017

Capítulo 101 El regreso (2)

(Tiempo aproximado de lectura: 105 minutos)



Prólogo. Ten years after.


Todo comenzó aquí 


Quince de Noviembre de dos mil siete.

Conocí a Carmen el verano de 1991; Dirigía yo entonces un curso de verano en la facultad y ella era una de las alumnas recién licenciadas que se había matriculado a última hora, casi fuera de plazo, lo cual me había dado la oportunidad de conocer las razones que la traían a mi curso. Entonces tenía veintiún años y yo acababa de cumplir treinta y cuatro; Era una chica alegre, espontánea, segura de si misma o al menos lo aparentaba muy bien; hermosa, fresca, con una elegancia natural que la hacía más atractiva ante la ausencia de sofisticación y la nula intención de presumir de una figura perfecta. Alta, morena, de ojos profundos y oscuros, delgada sin perder la formas, piernas largas, espalda muy recta que, cuando llevaba su largo pelo negro recogido en un moño le daba un aire de bailarina de ballet…

Así comenzaba este diario hace hoy diez años, un diario que ni por asomo pensé que duraría lo que está durando. Un diario que inicié, como ya dije entonces, para mí y para exponer unas vivencias que quería compartir  por si encontraba, sobre todo solidaridad.

Los años me han mostrado mi ingenuidad y mi falta de profesionalidad en esto de escribir. He intentado corregir lo uno y lo otro. He procurado mantener un continuidad cuando mi tiempo me lo ha permitido y, a pesar de algunas profundas ausencias, aquí me habéis tenido durante más de cien capítulos y multitud de comentarios, algunos de ellos desafortunados que me han costado el abandono de varios lectores. Mea culpa.

El diario siguió mostrando la evolución de una pareja, sus aciertos y sus errores. Y en el camino se llegó al desencuentro. 

La fractura se hizo patente y la publiqué este día.

04 febrero 2017

Capítulo 99 Juntando las piezas


(Tiempo aproximado de lectura: 71 minutos) 


Mullido. Es la palabra que se le viene a la cabeza para definir las sensaciones que tiene en ese momento. Refugiada en el costado de Tomás apoya la mejilla en su pecho. Está recostada, descansa el brazo en su estómago y ha subido el muslo sobre el de él. De ese modo consigue un precario equilibrio que le evita caer de vuelta a la cama.

Tomás es más grueso de lo que aparenta vestido pero es mullido, blando, de tacto suave y agradable. Tiene una capa de vello corto, seguramente se lo arregla con regularidad. Sus axilas aparecen cuidadas, exentas de antiestéticas melenas. Huele bien, no identifica la colonia que usa pero más allá percibe el aroma masculino, olor a hombre, limpio, excitante. 

Le sorprendió desde el primer instante. Los besos en el hall parecían no pedir nada más, solo caricias suaves, sensuales. Caricias expertas que buscaban agradar, excitar la piel sin buscar lo obvio, lo que la mayoría de los hombres pretenden en segundos. No, Tomás no tenía prisa, parecía estar más preocupado por dar placer, por conocer su silueta. No, definitivamente no tenía prisa por salir de aquel pequeño hall.

07 marzo 2016

Capítulo 96 Vidas paralelas

(Tiempo aproximado de lectura: 53 minutos)


—Mírate, si estás en los huesos; y esas ojeras… No lo voy a consentir, estás obsesionada.

—Solo unos días más, ya casi estoy acabando.

—Eso llevas diciendo… ¿cuánto? No Carmen, no. Te  escucho y me asustas, hablas de esa náufraga como si fuera otra persona. Te concedo una semana, después te vienes a casa o si no...

—Irene, por favor.

—No soporto verte así, no te imaginas cómo has cambiado. Tienes que parar, no sé si estás consiguiendo lo que buscas pero por  el camino a lo mejor pierdes más de lo que encuentres.

¿Es posible? Carmen percibe un brote de miedo. Quizás está tensando demasiado la cuerda sin darse cuenta. Todo tiene un límite y puede que no haya calculado la resistencia de las personas que la rodean.

—Te lo prometo, antes de Semana Santa termino con esto.

Irene la mira con escepticismo desde el cuarto de baño con el cepillo de dientes aún en la mano. Carmen observa cómo el enfado se diluye y la mirada se va transmutando desde la incredulidad hacia el deseo. No es extraño, la  imagen debe ser arrolladora; tumbada en la cama, la sábana apenas cubre sus caderas. No se mueve, se deja mirar sin hacer un solo gesto; no  pretende provocarla, sabe que no lo necesita. Esa postura inocente, con una mano tras la nuca y la otra bajo la sábana parece insinuar algo que no sucede pero que bien podría suceder. No se da cuenta pero un leve movimiento, una cadencia forma suaves ondas bajo la tela y capta la atención de esos ojos color miel.