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27 agosto 2021

Capitulo 151  Un ogro detrás de la puerta

(Tiempo aproximado de lectura: 33 minutos)


Guido se fue pronto, nos dimos un buen revolcón y a las cinco volvió al gimnasio. Me vino bien porque no quería tenerlo toda la tarde en casa y no sé cómo me las hubiera arreglado para hacerlo marchar. Ni siquiera lo acompañé, le escuché asearse, se vistió y me dio un beso de despedida convencido de que me había dejado agotada. Le oí cerrar la puerta y me quedé en la cama pensando en mis sentimientos, una mezcolanza de emociones desbordadas por el regreso de Mario en el que nos reencontramos tal y como éramos entonces, nos abrimos con total sinceridad y nos entregamos con el deseo fresco y renovado. Guido fue la culminación, el regalo de despedida de Mario. Sin embargo no podía obviar los silencios y las sombras que provocó una explicación vaga y retorcida. Elena, ¿qué pasó con Elena? Me dejó una sensación parecida al reflujo de las olas cuando llega la bajamar.

Me gusta acodarme en el muro a ver el cambio de la marea en las costas del norte. El mar se resiste a abandonar la playa conquistada y a veces lanza un ataque agonizante tratando de recuperar el terreno que sabe perdido. Así me sentía intentando mantener la euforia del fin de semana. Terreno perdido. Mario no estaba y yo trataba de apuntalar las emociones que cultivamos aún a costa de ocultar la amarga sensación de estar viviendo silencios ya vividos. Hablamos, escuché, quise creer para no estorbar la marea crecida. Pero ahora, en pleno declive, no pude negar lo evidente: algo no había ido bien, no conseguía dejar de pensar en el desencuentro que a duras penas logré evitar. Otra vez no, otro engaño no. Qué ocurrió con Elena, qué hablaron, lo que fuera que hubo no fue capaz de compartirlo conmigo. 

Y tenía relación con Carlos.

No iba a amargarme el resto del Domingo, preparé una bolsa de deporte y me fui a las piscinas del club, poco después estaba nadando. 

12 mayo 2020

Capítulo 130 Dueña de mis actos

(Tiempo aproximado de lectura: 52 minutos)



I'm looking through you, where did you go 

I thought I knew you, what did I know

You don't look different, but you have changed 

I'm looking through you, you're not the same 


Lennon & McCartney 1965


El puente de San Isidro transcurrió de una manera muy diferente a lo que debía haber sido. No hicimos planes, ¿para qué si en el aire estaba la duda?. Doménico no apareció, sin embargo su presencia se notaba como si estuviera entre nosotros.

Entre nosotros, marcando límites, haciendo que fuera difícil establecer un diálogo.

Teníamos tres días por delante; podían convertirse en una cárcel si no empezaba a bajar la tensión aquella mañana soleada que invitaba a escapar de casa. Ella, ignorante de mi estado de ánimo, seguía la rutina de cualquier otro sábado; si no cambiaba de actitud pronto se daría cuenta. Subí al ático y me dispuse a limpiar las jardineras que rodean el perímetro de la terraza. Cuando bajé a ducharme Carmen estaba en la terraza al teléfono, ni me vio entrar en el salón; apuré unos segundos tratando de adivinar, por los escasos gestos que hacía, con quién hablaba pero era inútil y me fui al baño comido por la duda. Cuando salí la encontré en el salón, seguía hablando, me miró y dijo:

—Mira, aquí está, díselo tú.

Me ofreció el teléfono sin darme pista alguna. Tuvo que insistir para que lo cogiera. 

Juanjo joder, era Juanjo. Respiré aliviado, ¿a quién esperaba encontrar al otro lado?. Hacían planes para ir a comer al Pardo, apenas puse inconvenientes y quedamos en Moncloa para ir todos juntos.

—¿Qué te ha pasado? estabas pálido.

Me excusé como pude y no insistió, nos quedaba un hora escasa para arreglarnos. Dediqué diez minutos a recoger el baño y para cuando entré en la alcoba ya se había desnudado y elegía qué ponerse. Sobre la cama, vestida en azules pastel, una prenda desentonaba, unas bragas color naranja, unas bragas que no podían ser de Carmen. Carmen, que seguía ajena buscando en el armario. Las cogí, se veían usadas, descoloridas por la parte inferior, En ese momento sacó del armario un vaquero y me encontró palpándolas.

02 octubre 2013

Capítulo 58 Gin tonic para tres

(Tiempo aproximado de lectura: 28 minutos)


Avancé hacia la barra. Graciela estaba apoyada, más que sentada, en un taburete alto, con una pierna flexionada descansando en el reposapiés metálico. De nuevo me fijé en su espalda recta y su vientre plano, fruto sin duda del ejercicio físico que la danza le proporcionaba.

- “Tenía mis dudas sobre si te vería esta mañana” – le dije tras intercambiar un par de besos. 

Estaba espléndida, aún más radiante que la noche anterior. Pantalón vaquero ajustado, la camisa roja se cerraba un poco antes del nacimiento de sus pechos, una chaqueta de piel marrón completaba su vestuario. En la banqueta cercana descansaba un abrigo, una bufanda y el bolso.

- “Te dije que vendría”

- “Y veo que eres mujer de palabra” – sonrió bajando la vista. Cuando de nuevo me miró sus ojos anticiparon una pregunta.

- “¿Qué… en fin, esto es un poco raro, no? ¿Qué le ha parecido nuestro… encuentro?”

Actuábamos como dos niños pillados en una travesura. Intenté recuperar de mi memoria el momento de mi llegada a casa y no encontré ninguna escena que pudiera aliviar la duda de Graciela. Me habría encantado decirle que hablamos plácidamente sobre ella, sobre nuestra peculiar forma de conocernos, pero no podía inventar algo que no se había producido aunque la realidad es que Carmen había asumido este encuentro como un reto más. 

- “Ahora lo verás. Vamos con ellos” – le dije tomándola del brazo. 

Se levantó del taburete y caminamos juntos hacia el grupo que ya nos esperaba con curiosidad. Mientras avanzábamos, su cercanía me hizo sentirla más alta de lo que recordaba. La miré de reojo y percibí su seguridad ante una situación que a otras mujeres habría cohibido. 

Tras un primer saludo, (“Os voy a presentar a Graciela”), inicié una presentación informal y desenfadada. “Estos son nuestros amigos” y uno tras otro se fueron presentando. Besos, manos que se levantaban para saludar, bienvenidas al grupo… Cuando se empezaron a desvanecer los saludos miré a Carmen. Había estado espiando su reacción desde el principio; estaba serena, con una media sonrisa en el rostro asistiendo a la efusividad de nuestros amigos. Creo que disfrutaba con la tensión que yo apenas podía ocultar.

- “Y esta es Carmen, mi mujer”