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23 mayo 2019


Capítulo 121 Testimonio 

(Tiempo aproximado de lectura: 82 minutos)


Prólogo


Hace dos semanas el capítulo estaba terminado. Fue cuando lo leí, despacio, un par de veces, y sentí que una parte de nosotros no estaba presente en la historia.  Entonces me propuse enfocarlo desde otra perspectiva y para ello no vi más opción que echarlo abajo y comenzar de nuevo, como habíamos hecho con tantas facetas de nuestra vida.

He cambiado la mirada y la voz de quien lo narra. Además he añadido vivencias y puntos de vista que echaba en falta. Puede que sin pretenderlo haya sustituido una subjetividad por otra.

En definitiva: He dado testimonio.

13 marzo 2018

Capítulo 106 Es mi momento

(Tiempo aproximado de lectura: 67 minutos)


Jueves


—¿Sabes?

Ese momento dulce que precede al sueño, ese instante en el que la conciencia se va diluyendo en la bruma de una manera difusa, placentera hasta que desapareces quedó interrumpido por la voz de Carmen que susurraba una breve pregunta. No moví un músculo; estaba tan bien pegado a su cuerpo que interrumpí la inminente caída a la profundidad y mi boca musitó algo parecido a una respuesta.

—Estabas dormido, perdona.

—No, dime —giré el cuello para buscar en la oscuridad su rostro que me rozó la mejilla.

—Anda duerme —insistió con un dulce beso.

Deslicé el brazo hasta alcanzar su cadera, seguí la curva hacia atrás y le propiné un suave cachete.

—Si me dejas con la duda ya no me voy a poder dormir.

Me apretó con el brazo que rodeaba mi cintura, noté su sonrisa pegada a mi cuello.

—Estaba pensando…

Me giré hasta quedar boca arriba, inmediatamente ella se refugió en mi pecho, a medio camino de abalanzarse sobre mí; un muslo encima de los míos, su brazo sobre mi estómago. Una de nuestras posturas favoritas tan habitual que la ejecutamos sin pensar.

—No sé si todo esto nos va a pasar factura Mario. 

—¿A qué te refieres?

—Pues que una cosa es verlo aquí, en terapia, de una manera aséptica, fría, casi impersonal. Pero quizá cuando estemos en casa, dentro de un mes, un año —Un corto suspiro me transmitió su desasosiego—. Algún día me mirarás y… no sé.

—¿Qué es lo que no sabes?

Sentí como se apretaba a mi cuerpo buscando cobijo; respondí a la llamada y la recogí entre mis brazos.

—Han sido tantas cosas, tantas. Un día puede que lo recuerdes y entonces..

Esperé, todavía tenía que mucho decir, no era el momento para interrumpirla.

—Puede que te preguntes ¿de dónde vendrá? ¿con quién habrá estado? ¿habrá vuelto a ver a…? Y es lógico, he hecho cosas para las que no hay justificación alguna.

10 diciembre 2015

Capítulo 95 El largo y tortuoso camino

(Tiempo aproximado de lectura: 67 minutos)


El camino de Mario


—¿Tú?

Raúl separó la espalda del sillón desde el que había comenzado a escucharme como si hubiera recibido una descarga eléctrica, apoyó los brazos sobre la mesa y se quedó mirándome incrédulo.

—Si yo, ¿qué pasa, no te consideras capacitado para tratarme? Si piensas eso me insultas.

Raúl Montes había sido mi mejor alumno de doctorado. Luego, cuando se interesó por los trabajos que yo realizaba con una nueva técnica para el TEP, no dudó en unirse a mi grupo de investigación dejando de lado jugosas ofertas en el sector privado. Fueron años en los que trabajamos codo con codo y en los que maduró como investigador y se afianzó nuestra amistad.

Ahora era el momento de recuperar mi inversión, así se lo dije y sonrió, sabía que no soy tan interesado. 

—Se trata de un tema muy delicado, extremadamente delicado, no creo que pudiera hacer esto con nadie más.

—¿Tan grave es? —Cambió su expresión, ahora estaba claramente preocupado.

—Si aceptas voy a poner en tus manos toda mi reputación.

—Mario, no sé si...

—Confío plenamente en ti. No estaríamos hablando si no fuera así. Y en lo profesional, no hace falta ni mencionarlo.

Apoyó el mentón en las manos y se meció levemente durante unos segundos. Por fin pareció haber tomado una decisión.

01 septiembre 2014

Capítulo 82 En picado

(Tiempo aproximado de lectura: 34 minutos)


(Jueves noche)

“¡Mierda, mierda, mierda! 

¡No, joder, no era así como quería hacerlo! ¿qué coño me ha pasado? ¿Cómo he podido joderlo todo otra vez?”

Salí del Vips dando tumbos, tropecé con una pareja que me insultó pero ni me detuve ni me disculpé; cuando quise darme cuenta había perdido la noción del rumbo que había tomado Carmen. Si pudiera encontrarla, si pudiera decirle que no era así como tenía previsto encontrarme con ella.

Se acabó, todo está perdido. 

No he sido capaz de escucharla, no he sido capaz de hablar con serenidad, de exponer lo que ya sabía, lo que he visto con mis propios ojos sin alterarme. No, no he podido contener la ira, el despecho, la rabia, no he sido capaz de sofocar el orgullo herido y he dado rienda suelta al insulto fácil. ¿Este soy yo, este animal, este bruto? ¿En esto me he convertido?

Y claro, como si no la conociera, Carmen se ha revuelto y ha dicho cosas duras, durísimas, pero ¿acaso no ha dicho lo que yo me estoy repitiendo día tras día desde que nos hemos separado? 

21 julio 2014

Capítulo 80 Sobre el dolor

(Tiempo aproximado de lectura: 29 minutos)



Miércoles


El chirrido de un cierre metálico me saca de mis pensamientos, me vuelvo y me encuentro con los ojos del dueño del bar en el que estuve anoche que me observa con recelo. Debe estar pensando ¿Qué hace éste otra vez aquí, a estas horas de la mañana medio oculto en el hueco de un escaparate?.  Soy de la opinión de que la mejor defensa es un buen ataque y me voy de frente hacia él.

- ¿Va a abrir ya? – No le gusto, es evidente

- Todavía no – capta mi incertidumbre al vuelo, de cerca le debo parecer inofensivo porque suaviza el gesto, incluso puede que recuerde la generosa propina que le dejé anoche – ande, pase.

Me siento en la misma mesa, el local está frío y huele mal, a grasa refrita una y mil veces. El dueño da las luces, enciende aparatos; no sé por qué lo hago pero cojo el móvil y otra vez como anoche finjo una llamada, hablo de negocios, “¿vas a venir? trae los contratos”, añado; digo algo sobre un atasco en el que supuestamente anda metido mi interlocutor; improviso pero no sé si parezco creíble, de todas formas el hombre se afana con su trabajo, tampoco creo que le preocupe demasiado mi coartada. 

Me ofrece el periódico del día mientras se calienta la cafetera, lo acepto, es una buena excusa para estar ocupado y disimular las miradas al portal.

Aquí estoy otra vez, haciendo guardia en este bar andrajoso, frente a la casa  de Doménico, tomando un café mediocre.

30 junio 2014

Capítulo 78 Despertar en otra cama

(Tiempo aproximado de lectura: 52 minutos)

«No siento nada.

No sé cómo he llegado casa, sé que he debido coger el coche del parking, conducir hasta aquí, aparcar y subir a casa. Ahora estoy tirado sobre la cama, son las… cuatro de la madrugada y no siento nada.

Debería llorar, me vendría bien. Gritar ya he gritado suficiente el otro día, tampoco me apetece.

Tendremos que vender la casa, no me veo viviendo solo aquí, es demasiado grande, además los recuerdos la harían inhabitable.

Luego está la casa de la Sierra. Mis hermanos no la quieren, ya me quedé con su parte y tampoco voy a volver por allí después de esto. La venderé también. No quiero nada que me recuerde a…

Si pudiera mover aquel contacto en Friburgo… Los trabajos que tengo publicados y mi experiencia profesional seguro que me abren puertas. 

Tengo amigos en Upsala, tampoco es mal destino para volver al tipo de investigación que siempre me ha gustado; un lugar donde perderme sin los agobios de quienes buscan éxitos a corto plazo.

No puedo dormir, como siga aquí tumbado voy a acabar por ponerme nervioso y eso es lo último que necesito.» 

18 junio 2014

Capítulo 77 Descubierta 

(Tiempo aproximado de lectura: 13 minutos)


No eran aún las dos de la tarde cuando recogí mis cosas y salí del gabinete. Había sido una mañana bastante incómoda teniendo que lidiar con las preguntas sobre mi salud; inventar respuestas ambiguas no es sencillo sobre todo cuando presentas un aspecto poco saludable más propio de un alcohólico recién salido de una borrachera, con una voz que apenas se hace entender, ojeras de haber dormido poco y mal y una gran tirita ocultando una brecha en tu ceja. Menos mal que uno tiene una reputación intachable y cualquier excusa, por ser la primera en toda una vida, no se pone en cuestión.

Tantos años de matrimonio crean un sexto sentido. Nada más abrir la puerta de casa noté algo, ¿feromonas en el ambiente? Quizás, o puede que algo más simple, su perfume flotando todavía en el aire, el caso es que supe que ella estaba o había estado allí.

Y se me dispararon las pulsaciones.

Ella, mi mujer, la parte de mí amputada, ese trozo de aliento que me falta para que mi respiración sea completa. 

Apreté el paso, no quise llamarla, no quise encontrarme con el fracaso de no recibir respuesta. Abrí la cocina, entré en el salón, recorrí el pasillo abriendo cada puerta… no, no está.

¡Pero ha estado, si ha estado! En el aseo falta su rímel, ese que miro cada mañana porque me recuerda a ella. 

Abro los cajones… se ha llevado más cosas, maquillaje sombra de ojos. Veo huecos… ¡ sí, ha estado!  Y miro como si pudiera verla, como si ella fuera visible y aún estuviera aquí, como si pudiera ver el rastro de sus movimientos abriendo cajones, inclinándose para escoger qué llevarse, qué dejar, girando, saliendo, caminando por el pasillo hacia nuestra alcoba…. La sigo, sigo el halo de su cuerpo, voy yo también hacia allá.

06 junio 2014

Capítulo 75 Fundido en negro

(Tiempo aproximado de lectura: 52 minutos)

Carmen se miró el cuello por última vez en el espejo del cuarto de baño, el maquillaje disimulaba bastante bien las marcas más antiguas que ya empezaban de palidecer, todavía recordaba las miradas de Gloria cuando apareció por su casa sin haber ocultado los rastros de la batalla. Al otro lado, los dientes de Doménico se perfilaban con claridad en una zona que el cuello de la camisa no conseguía ocultar del todo y a la que tuvo que dedicarse con mayor atención.  Un repaso final a su aspecto general fue determinante para despejar las ultimas dudas: hoy tenía que pasarse por casa a recoger ropa. Iría a mediodía  para no coincidir conmigo, no se encontraba preparada para eso todavía.

Se despidió de Doménico con un beso que se convirtió en un abrazo intenso, apasionado, demasiado largo, demasiado intenso, los cuerpos tan pegados como para sentir la incipiente erección y comenzar a humedecer la braguita recién estrenada. ¡Mierda, olvidó comprar salvaslip!

26 mayo 2014


Capítulo 74 Ausencia

(Tiempo aproximado de lectura: 12 minutos)


Durante un solo segundo, al abrir los ojos, tuve una sensación de normalidad.

Luego… la lengua, acre, desagradable; inmediatamente un pinchazo en la sien, una tremenda presión en la cabeza que me devolvió a mi miserable realidad.

Me llevé las manos a la frente, no puede ser, ¡Oh no, no puede ser verdad!

Con los brazos rodeando mi cabeza, apretando las cuencas de los ojos para no ver, para no estar en el mundo, recuerdo las ultimas imágenes de mi niña saliendo de mi vida, haciendo la maleta, dejando nuestro hogar. 

¡Qué equivocación! Me he jugado mi vida y la he perdido, porque Carmen lo es todo, lo es todo para mí; sin ella… sin ella mi vida carece de sentido.

Me incorporé de un salto. Sentado en la cama lo supe, por primera vez entendí claramente lo que supone no tener nada por delante y temerle, tener un miedo absoluto al futuro que me podía esperar sin ella. 

Y de pronto.

El vacío. El vacío existencial. Durante unos minutos mis ojos parecieron mirar más allá de la habitación, más allá de mi casa. Mi mente no producía palabras, tampoco capté sensaciones. Era el vacío más absoluto. Ni siquiera dolor, ni siquiera angustia por lo que habría de venir. 

20 mayo 2014

Capítulo 73 Una mala in-decisión

(Tiempo aproximado de lectura: 31 minutos)


A medida que el taxi la aleja de casa y consigue contener las lágrimas que pugnan por arrasar su rostro las dudas comienzan a dominarla con más fuerza. ¿Era inevitable dar ese paso? ¿Se ha precipitado? Ya no está tan segura de su decisión y se lamenta de haberse dejado llevar de  ese primer impulso que normalmente la aconseja bien en situaciones comprometidas como la que acaba de vivir. Cualquier cosa que hubiéramos seguido diciendo solo habría ampliado la brecha que se estaba abriendo entre nosotros y lo que ha aplicado es lo mismo que habría aconsejado en su despacho: Distancia, distancia terapéutica para evitar decir o hacer cosas de las que luego nos habríamos arrepentido, cosas que nos podrían haber dañado de una manera irreparable.

Ha intentado protegernos, proteger nuestro matrimonio aunque sea a costa de poner tierra por medio, aunque sea a costa de hacer sufrir a la persona que mas quiere, aunque sea a costa de que no entienda el paso que acaba de dar.

Se siente sola, desvalida, frágil, más frágil de lo que nunca se ha sentido. Le faltan los brazos, las piernas, las muletas en las que se ha apoyado los últimos diez años de su vida. El vacío que ocupa su pecho va a ser muy difícil de llenar durante estos días de margen que se ha dado para reflexionar sobre lo que está sucediendo en nuestras vidas, solo espera que yo sea capaz de levantarme y luchar por recuperar nuestra vida.

13 mayo 2014

Capítulo 72 Cosas que nunca debieron haberse dicho

(Tiempo aproximado de lectura: 54 minutos)


Quien esté acostumbrado a dormir en compañía me comprenderá. 

Abrí los ojos totalmente alerta, vigilante, sin rastro del sueño del que acaba de emerger. Nada me había alterado, nada me había sacado del cómodo estado en el que me encontraba, ningún ruido, ninguna molestia, tan solo una sensación de ausencia. La falta de su respiración, del calor tibio de su cuerpo, de la cercanía de sus movimientos al cambiar de postura… La cama sin ella producía un estruendoso silencio que me había arrancado del sueño. 

Las ocho de la mañana, me mostró el reloj de la mesita de noche. 

Tras orinar me lavé en el bidet; el espejo me devolvió un rostro cansado, las ojeras marcadas bajo mis ojos eran las huellas que quedaban de la batalla. Me refresqué la cara, me arreglé el pelo con los dedos y volví a la habitación, recogí las bragas que estaban tiradas en el suelo al lado de la cama, ¿qué hacían allí? Camino del cuarto de servicio recuperé las imágenes de unos cuerpos enredados, ansiosos por encontrarse, por descubrirse como si fuera la primera vez que se tocaban, dos personas haciendo el amor con infinita ternura, como si la pasión necesitase dejar paso al tacto, a las caricias. Y de pronto la repentina tensión, el desasosiego, la frustración, la pena.  

14 octubre 2013

Capítulo 59 Arrivederci bambina

(Tiempo aproximado de lectura: 24 minutos)


Como cada lunes Carmen evitó usar el auto para entrar en Madrid y la dejé en la estación de cercanías.

- “Arrivederci bambina!” – bromeé exagerando el acento italiano, Carmen me asesinó con la mirada, luego sonrió.

- “Ciao, caro” – dijo con un mohín delicioso lanzándome un beso con la punta de los dedos.

Arranqué dejándola frente a la estación. Sin dejar de sonreír la seguí por el retrovisor mientras cruzaba la calle hasta que la perdí. Me gusta observarla desde diferentes planos. Todavía hoy a veces consigo verla como si no fuera ella. Unas veces es un espejo que me devuelve una perspectiva no esperada o puede surgir espontáneamente al encontrarnos en algún lugar donde no la espero y, al divisarla, existe una fracción de segundo antes de reconocerla en el que admiro a una desconocida que me seduce. Es solo un  breve instante antes de que piense, “es ella, es mía, es mi mujer”.



Carmen abrió el libro pero enseguida desistió. No había conseguido asiento y el tren iba demasiado lleno como para leer con comodidad.

Se sumergió en sus pensamientos.

Recordó la desagradable conversación con Carlos. Ya no le dolía, o al menos no tanto. El viernes era un dolor agudo, punzante; hoy era más parecido al dolor sordo de una magulladura. Por asociación de ideas recordó el moratón en el pecho. ¡Qué locura! Jamás me había visto tan descontrolado, alguna vez habíamos jugado un poco con el sexo duro, apenas unos azotes, un intento de inmovilizar las manos, poco más.

Recordó la intensidad de sus emociones al ser azotada tan duramente, un brote de placer recorrió su cuerpo cuando evocó la sensación que le produjeron mis dientes hiriendo su pezón o las emociones enfrentadas e incompatibles que vivió mientras yo volvía a apretar con los dedos su pecho herido. Dolor intenso, dolor agudo, sí; a pesar de ello no hizo nada por pararlo y estaba segura de que, si yo me hubiera detenido, me habría pedido más.

Cuando notó el calor húmedo que comenzaba a impregnar su braga intentó apartar esos pensamientos sin conseguirlo. Una y otra vez se volvía a ver de rodillas en la cama sometida a mi brutalidad, siendo follada mientras mi mano se estrellaba en sus nalgas.

Movió la cabeza como quien ahuyenta un insecto y buscó otra línea de pensamiento.

¡Qué incrédulo vanidoso! ¿Cómo podía pensar que se estaba inventando la historia de Doménico? ¿Es que no la conocía?

No había vuelto a pensar en él desde aquel día. Tan poca importancia había tenido aquel incidente para ella que ni siquiera se le ocurrió mencionarlo. Era poco convincente, lo sabía, sobre todo por haberlo utilizado precisamente el día que apareció Graciela.

Es guapa, – pensó -, muy atractiva. Tuvo que reconocer que al verla a mi lado había tenido que ahogar un puntito de celos. Luego todo fue más fácil, Graciela resultó ser una mujer agradable, divertida, inteligente y fue sencillo que ambas se encontrasen cómodas. En ningún momento se insinuó nada sobre la forma en que nos habíamos conocido aunque estuvo flotando en el aire y se hizo patente en forma de un implícito entendimiento entre los tres que se dejaba entrever en algunas frases con doble sentido y en bromas cargadas de insinuaciones. Veinticuatro horas después del encuentro Carmen tuvo que reconocer que el vermut la había vuelto demasiado audaz, ¿Cómo se había atrevido a hacer aquellas insinuaciones? ¿Qué pensaría Graciela de ella?

Tras el trasbordo al metro y después de aguantar los apretujones típicos de los lunes, salió a la calle y agradeció el aire fresco de aquel día casi primaveral.

Llegaba pronto, demasiado pronto. Cuando ya se encontraba en la puerta de la cafetería donde habitualmente toma el segundo café del día, una idea que había crecido muda en su interior, sin verbalizarla, sin enjuiciarla, se hizo presente con toda rotundidad. No fue hasta ese momento que reconoció ese pensamiento que había estado rondando su cabeza desde el día anterior. ¡Con qué fuerza inconsciente había logrado mantenerlo a raya que ni siquiera superó el filtro de la palabra pensada!

Soltó la puerta que se disponía a traspasar y volvió sobre sus pasos sintiendo como su corazón adquiría revoluciones y su garganta se encogía. Era una locura, lo sabía, además probablemente no estaría. Recordaba que él le había dicho que la esperaría allí porque estaba seguro de que volvería; pero eso era un absurdo, habían pasado… ¿tres semanas?  Quizás algo más. Estaba convencida de que aquello había sido una especie de cumplido que, si se había llevado a cabo, no había durado ni dos días una vez que comprobase que no aparecía. Aquel argumento despejó el ambiguo temor que le surgía al pensar en encontrárselo y dio vía libre al morbo que le producía esa misma posibilidad. 

No tardó en llegar al lugar en el que lo había conocido. Abrió la puerta del local y bajó las escaleras. La misma camarera, la misma luz amarillenta que iluminaba el pub, la misma sensación de sosiego al escuchar el “no-ruido” ambiente… De un rápido vistazo se aseguró de que entre los escasos clientes no se encontraba Doménico y no se sorprendió al detectar en ella una ligera decepción. Tomó asiento en la misma mesa que, casi un mes antes, ocupó y esperó que la camarera se acercase con su simpática sonrisa. Un café con leche templado y sacarina llegó a su mesa justo cuando se había quitado el abrigo y se disponía a consultar su agenda como excusa para olvidar su ahora ya reconocida frustración.

Qué incoherente le pareció su conducta, ¿Acaso esperaba encontrarlo allí, esperándola desde aquel día? No, claro que no, pero quizás, -razonó intentando justificarse -, aquel era su lugar habitual de desayuno, no es que pretendiera que la estuviera esperando, claro que no, pero…

No dirigió su atención a la puerta que se acababa de abrir hasta que le extrañó no escuchar cómo se cerraba. Sus ojos lo reconocieron inmediatamente. Quieto en lo alto de la escalera, con el pomo de la puerta en su mano, la miraba como si se tratase de una aparición.

Carmen notaba su corazón trotando, compuso como pudo una falsa expresión distraída que se tornaba en sorpresa y para cuando él se acercó estaba convencida de que su actuación había sido pésima.

- “¡Mira quién tenemos aquí, qué grata sorpresa!” – dijo sonriendo mientras su acento italiano acariciaba los oídos de Carmen. 

05 noviembre 2010

Capítulo 49 El italiano

(Tiempo aproximado de lectura: 23 minutos)


Lluvia y frío, Febrero agonizaba y el invierno se resistía a morir. 

Durante un instante me detuve en el portal observando cómo la gente apretaba el paso intentando huir de las finas gotas que se clavaban como agujas en el rostro. Al fin me decidí a salir a la calle y caminé hacia el café donde acostumbro desayunar.

Agradecí el cálido ambiente, la suave música y el murmullo de los escasos clientes. Si algo me gusta de este lugar es la ausencia del sempiterno televisor vomitando basura aunque nadie le haga caso, solo por eso merece la pena tomar su más que mediocre café.

Respondí con un gesto al saludo de Julián, el dueño del local, y me dirigí a la misma mesa que aun hoy suelo ocupar cerca del ventanal en una esquina, protegiendo mi espalda contra la pared forrada de madera, arropado por un perchero a mi derecha que me da una sensación de confort inexplicable.

Miré a mi alrededor. Apenas tres mesas ocupadas y cinco o seis personas compartiendo en silencio la vieja barra de madera desgastada, memoria de tiempos mejores.

Julián me sacó de mi ensimismamiento con una rutinaria alusión al mal tiempo mientras dejaba sobre la mesa el café y “El País”. Repasé los titulares del día de un vistazo  mientras abría el sobrecito de azúcar.

Me eternicé dando vueltas a la cucharilla mientras mi mente viajaba en el tiempo. Formaba parte ya de mis hábitos, era inevitable para mi caer día tras día en la minuciosa revisión de las escenas en las que Carmen y yo dábamos un vuelco trascendental a nuestra vida. Había imágenes que me asaltaban con una fuerza arrolladora sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Al principio trataba de contenerlas, intentaba volver a mi trabajo y apartarlas de mi cabeza, pero era imposible, cada vez me dominaban mas y acabé renunciando a luchar contra ellas.