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25 julio 2021

Capitulo 150  Otra vuelta de tuerca (parte 2)

(Tiempo aproximado de lectura: 53 minutos)


El descenso fue incómodo, mis vecinos se revistieron con la máscara del escándalo propio de la microsociedad en la que vivíamos, matrimonios situados entre los treinta y los cincuenta años, universitarios de renta alta, en general de ideas liberales, con una proporción equilibrada de conservadores y progresistas que nos posicionábamos sobre todo a la hora de tomar decisiones en las juntas de la comunidad. Ellos optaban por una postura ambigua y evitaban significarse. La relación que manteníamos era escasa, vivían en el ático a espaldas del nuestro separados por el patio, los ascensores y el área cubierta por la pérgola que nosotros convertimos en salón poco después de casarnos, ellos en cambio apenas lo usaban lo cual nos daba gran libertad de acción. Alguna vez habíamos sorprendido a José Luis mirando furtivamente cuando tomábamos el sol y se nos pasó por la cabeza instalar una mampara medianera, pero desechamos la idea porque eso nos quitaría parte de la estupenda vista de las montañas.

Estábamos a punto de llegar al garaje cuando Marife no pudo contenerse:

—¿Ese no era Quique, el instructor del gimnasio?

—Marife, por favor —Trató en vano de pararla su marido.

—El mismo, ¿lo conoces?

—Estuve apuntada un semestre el invierno pasado. —dijo y se quedó mirándome con sus ojos de avestruz.

—Es un fisioterapeuta magnífico, tiene una manos increíbles según dice Carmen, deberías probarlo.

—¿Yo? Oh, no, de ninguna manera. —saltó escandalizada.

—¿Sales de viaje? —atajó José Luís.

—Vuelvo a Sevilla, tengo un proyecto con la Junta de Andalucía.

—No sé si te lo debería decir, pero no es la primera vez que este tal Quique, viene a tu casa, incluso de noche.

01 diciembre 2020

Capítulo 137 Buscando el camino

(Tiempo aproximado de lectura: 56 minutos)



I determined never to stop until I had come to the end and achieved my purpose. 

David Livingstone



Martes, veintitrés de Mayo de dos mil


—Chica, qué mala cara tienes. —Julia me miraba mientras daba vueltas al café de máquina; siempre buscábamos un momento en el que la sala estuviera vacía a primera hora. Pensé qué excusa darle y decidí ir con una verdad a medias.

—Ayer trasnoché; mira que no me gusta hacerlo entre semana porque luego pasa esto, pero no me pude negar —Contaba con que la prudencia de mi amiga le impediría hacer preguntas.

—Ya, me ha sorprendido que no sacaras un descafeinado.

Apuramos el café y nos dispusimos a salir; dejamos pasar a un grupo en el que venía Elsa, su mirada despejó cualquier duda que pudiera tener: me había visto con Ángel y Claudia. Nos saludamos y dijo con aire desenfadado:

—Me han dado recuerdos para ti: Concha.

—Concha…

—Sí, mujer: pelirroja, alta… —Me estaba enviando una señal y procuré disimular.

—Ah, sí; ya sé quién dices. Hace tiempo que no coincidimos.

—Eso me dijo.

Afortunadamente Julia no prestó atención. Pero no podía dejarlo pasar; estuve pensando cómo enfocarlo y más tarde la llamé.

—Elsa, soy Rojas, ¿podemos hablar?

—Voy a tu despacho.

14 junio 2020

Capítulo 132 Soy lo que tú querías 

(Tiempo aproximado de lectura: 33 minutos)



Jueves, dieciocho de Mayo de dos mil


—Sí, dígame.

—¿Cómo estás?

—Ahora no es buen momento.

—¿Ni para un buenos días, ni un bien y tú, que tal?

Aguardé a que salieran los últimos rezagados de la sala de juntas y cerré la puerta.

—No te esperaba.

—Ya lo he notado.

—Es que tengo mucho lío.

—Sí, ya me dijiste: tu jefe; ¿sigue igual? 

—No me refería a eso pero ya que lo dices, sí; me está suponiendo un esfuerzo extra.

¿Qué estaba haciendo? No tenía por qué darle tanta información sobre mis asuntos.

—Sé lo que es, no es la primera vez que veo casos parecidos

—¿Y vosotros, cómo estáis? —dije para atajar el tema sin darme cuenta de que había incluido a su mujer.

—Bien, echándote de menos. Claudia no quería que te llamase, dice que es mejor darte tiempo; sin embargo yo necesitaba escuchar tu voz.

—Tiene razón, necesito tiempo, sabes que acabo de recuperar mi matrimonio.

—Y me alegro, aún así no puedes renunciar a los amigos. ¿O esa es la condición que habéis pactado para reconciliaros?

28 diciembre 2019



Capítulo 127 Consumación

(Tiempo aproximado de lectura: 77 minutos)


IV. La llamada


—Hola cielo, ¿qué tal vas?

—Mario soy Tomás. Carmen me ha dicho que te llame.

Eran las tres de la madrugada cuando sonó el móvil. Seguía despierto, la ansiedad no me había dado tregua. 

—¿Cómo es que tienes su teléfono?

—Me pidió que se lo guardara. Esto se va a alargar y no quiere que te preocupes.

—Pero… eso no es lo que le dijiste. ¿Qué está pasando?

Me arrepentí nada más decirlo, no quería avergonzarla. 

—Mira Mario: no soy yo quien ha empujado a tu mujer a que se metiera en esto, solo trato de que, ya que ha tomado esta decisión, no lo haga sola o caiga en malas manos.

Encajé la bofetada. Sí, era yo el responsable.

—Lo sé y te lo agradezco, solo quiero saber…

—Lo que tengas que saber será ella quien te lo cuente, yo ya he hecho lo que debía. Buenas noches.

—Solo dime una cosa: ¿Cuándo va a volver?

—No la esperes hasta mañana, se ha comprometido para toda la noche.

20 febrero 2019

Capítulo 118   Terapia de puta

(Tiempo aproximado de lectura: 52 minutos)


A los diez minutos se presentó puntual. Falda, blusa de media manga y sujetador. Se me escapó una sonrisa que le provocó un gesto de desagrado. Estaba tensa, permanecía de pie  al otro lado de la mesa y mantuve la tensión en la que se definían los roles, yo presidiendo el acto, ella esperando una decisión sobre lo que debía hacer.

—Siéntate.

Lo hizo frente a mí, no a un lado como era habitual. Entrelazó los dedos y miró hacia la mesa.

—Estamos a punto de acabar con la influencia que Mahmud ejerce sobre ti. Eres una golfa, conseguiste admitirlo en voz alta delante de él; esa ha sido su única aportación. 

La tenía ante mí, derrotada. 

—Ahí empezaste a perder la poca vergüenza que te quedaba.

Humillada.

—Y hoy por fin has admitido que eres una puta. Ya lo eres. ¿Es así?

Hubo un largo silencio durante el que esperé que me mirara.

—¿Es así?

Sus negros ojos, esos ojos que pueden hacer de mí lo que quieran se clavaron en los míos, pero esta vez no tenían el poder que tantas veces me ha subyugado, era la mirada de una mujer rendida.

—Sí.

12 septiembre 2018

Capítulo 112 Mujeres


(Tiempo aproximado de lectura: 75 minutos) 


Me disponía a hablarle sobre Graciela, la mujer que había compartido mi vida durante su ausencia; Carmen estaba en lo cierto, no le había contado cuánto había influido en mí.

¿Pero Elena? En ningún momento se me había pasado por la cabeza incorporarla a este proceso, no le encontraba ningún sentido.

—¿Elena? ¿por qué?

Mi perplejidad debía ser tan patente que Carmen se fue contagiando y al poco mostró la misma expresión de asombro. No entendía que yo la excluyese.

—Elena sí, Elena; la mujer que te follaste en el césped del hotel de Sevilla ¿te acuerdas? La amiga de Carlos, la carabina que trajo para entretenerte mientras trataba de llevarme a la cama; esa Elena.

—Ya, ya sé quien es, no necesitas recordármelo.

—Entonces no sé de qué te sorprendes; si vamos a hacer un recorrido por “tus” mujeres es justo que comiences por ella ¿no crees?

21 julio 2014

Capítulo 80 Sobre el dolor

(Tiempo aproximado de lectura: 29 minutos)



Miércoles


El chirrido de un cierre metálico me saca de mis pensamientos, me vuelvo y me encuentro con los ojos del dueño del bar en el que estuve anoche que me observa con recelo. Debe estar pensando ¿Qué hace éste otra vez aquí, a estas horas de la mañana medio oculto en el hueco de un escaparate?.  Soy de la opinión de que la mejor defensa es un buen ataque y me voy de frente hacia él.

- ¿Va a abrir ya? – No le gusto, es evidente

- Todavía no – capta mi incertidumbre al vuelo, de cerca le debo parecer inofensivo porque suaviza el gesto, incluso puede que recuerde la generosa propina que le dejé anoche – ande, pase.

Me siento en la misma mesa, el local está frío y huele mal, a grasa refrita una y mil veces. El dueño da las luces, enciende aparatos; no sé por qué lo hago pero cojo el móvil y otra vez como anoche finjo una llamada, hablo de negocios, “¿vas a venir? trae los contratos”, añado; digo algo sobre un atasco en el que supuestamente anda metido mi interlocutor; improviso pero no sé si parezco creíble, de todas formas el hombre se afana con su trabajo, tampoco creo que le preocupe demasiado mi coartada. 

Me ofrece el periódico del día mientras se calienta la cafetera, lo acepto, es una buena excusa para estar ocupado y disimular las miradas al portal.

Aquí estoy otra vez, haciendo guardia en este bar andrajoso, frente a la casa  de Doménico, tomando un café mediocre.

01 diciembre 2013


Capítulo 62 Todo empezó como una broma

(Tiempo aproximado de lectura: 31 minutos)



La primavera comienza a hacerse notar con fuerza en este Madrid de primeros de Marzo. Intento huir del intenso tráfico de mediodía y callejeo para llegar al restaurante en el que he quedado con Carmen para almorzar. He salido con tiempo suficiente y me detengo en una de las escasas tabernas que aún quedan de las de vermut de grifo y tapa de boquerón en vinagre, de paredes alicatadas de azulejos con evocaciones goyescas, de las que huelen a gamba y a berberecho, donde la cerveza se sigue  tirando en barro y en las que aun se apunta con tiza en la vieja barra de madera la consumición de la clientela.

De tanto repetir la escena, mi mente conserva nítida la imagen de mi mujer tomada de la cintura por ese hombre que la atrae hacia si y la besa en la boca sin que ella oponga ninguna resistencia. Sus brazos, ¿dónde estaban sus brazos? Creo recordar que cuando la besó por primera vez se hallaban cogidos de las manos, pero en ese momento, cuando se atrevió a volver a besarla… no se, yo estaba tan trastornado que no puedo recordar. Creo que una de sus manos iniciaba un saludo de despedida en el brazo de él y acabó apoyada en su pecho. Si fue así no lo sé, quizá es mi imaginación que ha rellenado la escena ya que no tuve ojos más que para esas bocas que se unían. Recuerdo su espalda arqueándose como si por una parte intentase huir del beso y al mismo tiempo estuviese atrapada por el deseo. Tuvo ocasión de reprocharle la osadía, pudo alegar sorpresa la primera vez, sin embargo el segundo beso lo vio venir y no hizo nada por esquivarlo.

¿Estoy acusándola de algo? ¿Es esto un reproche? En absoluto. Preparo los argumentos que momentos después posiblemente tendré que enfrentar a sus dudas al tiempo que alimento la excitación que me produce rememorar esas escenas.

El proceso está en marcha. Si como Carmen dice, Carlos es agua pasada, acabamos de dar el pistoletazo de salida a la nueva aventura y toda la emoción contenida se me agolpa en la garganta impidiéndome respirar con normalidad.


Apuro el vermut  y salgo a la calle a encontrarme con la adúltera, con esa mujer que me vuelve loco y con la que voy a ultimar los planes para seducir al que hemos decidido que será su nuevo amante.


19 noviembre 2013


Capítulo 61 Yo, voyeur

(tiempo aproximado de lectura: 41 minutos)


- “¿Vas a verle hoy?”

Estábamos a punto de acabar el desayuno y no pude resistir más la tentación, la idea de pasar todo el día con la duda me resultaba insoportable. La sonrisa de triunfo que apareció en su rostro me confirmó lo que ya suponía, Carmen esperaba pacientemente mi rendición y me devolvió la jugada sin desvelar sus cartas.

- “¿Vas a ver a Graciela?”

Ambos somos buenos estrategas en el juego. Sostuve su mirada impasible hasta que la sonrisa que me había contagiado y que trataba inútilmente de evitar brotó incontenible.

- “Yo pregunté primero” – Subió los hombros dándome a entender que le importaba un rábano y que no contestaría hasta que lo hiciera yo. – “No había planeado verla”– claudiqué al fin.

- “Tengo el día demasiado ocupado” – respondió – “A primera hora hay junta, no me puedo retrasar.”

- “¿Quedasteis en veros algún día en concreto?”

- “No, tan solo que volveríamos a desayunar juntos, sin fecha”

- “¿Te apetece?” – Se quedó mirándome con cara de póker.

- “¿El qué?” -  De nuevo se resistía a mostrar sus cartas ¿debía jugar fuerte? Mejor no.

- “Desayunar con él” 

- “Si, ¿por qué no?”

02 octubre 2013

Capítulo 58 Gin tonic para tres

(Tiempo aproximado de lectura: 28 minutos)


Avancé hacia la barra. Graciela estaba apoyada, más que sentada, en un taburete alto, con una pierna flexionada descansando en el reposapiés metálico. De nuevo me fijé en su espalda recta y su vientre plano, fruto sin duda del ejercicio físico que la danza le proporcionaba.

- “Tenía mis dudas sobre si te vería esta mañana” – le dije tras intercambiar un par de besos. 

Estaba espléndida, aún más radiante que la noche anterior. Pantalón vaquero ajustado, la camisa roja se cerraba un poco antes del nacimiento de sus pechos, una chaqueta de piel marrón completaba su vestuario. En la banqueta cercana descansaba un abrigo, una bufanda y el bolso.

- “Te dije que vendría”

- “Y veo que eres mujer de palabra” – sonrió bajando la vista. Cuando de nuevo me miró sus ojos anticiparon una pregunta.

- “¿Qué… en fin, esto es un poco raro, no? ¿Qué le ha parecido nuestro… encuentro?”

Actuábamos como dos niños pillados en una travesura. Intenté recuperar de mi memoria el momento de mi llegada a casa y no encontré ninguna escena que pudiera aliviar la duda de Graciela. Me habría encantado decirle que hablamos plácidamente sobre ella, sobre nuestra peculiar forma de conocernos, pero no podía inventar algo que no se había producido aunque la realidad es que Carmen había asumido este encuentro como un reto más. 

- “Ahora lo verás. Vamos con ellos” – le dije tomándola del brazo. 

Se levantó del taburete y caminamos juntos hacia el grupo que ya nos esperaba con curiosidad. Mientras avanzábamos, su cercanía me hizo sentirla más alta de lo que recordaba. La miré de reojo y percibí su seguridad ante una situación que a otras mujeres habría cohibido. 

Tras un primer saludo, (“Os voy a presentar a Graciela”), inicié una presentación informal y desenfadada. “Estos son nuestros amigos” y uno tras otro se fueron presentando. Besos, manos que se levantaban para saludar, bienvenidas al grupo… Cuando se empezaron a desvanecer los saludos miré a Carmen. Había estado espiando su reacción desde el principio; estaba serena, con una media sonrisa en el rostro asistiendo a la efusividad de nuestros amigos. Creo que disfrutaba con la tensión que yo apenas podía ocultar.

- “Y esta es Carmen, mi mujer”

26 abril 2013

Capítulo 55 Violación

(Tiempo aproximado de lectura: 16 minutos)


Carmen se había sumergido en un estado casi febril donde la realidad y los recuerdos se mezclaban como en las pesadillas, sin ser capaz de discernir entre lo que percibía y lo que su cerebro le enviaba desde las zonas mas profundas. Realidad e irrealidad crearon un clima en el que apenas podía distinguir una de otra y en el que pasaba con suma facilidad del “aquí-y-ahora” a otro tiempo y lugar que parecía ya vivido y al mismo tiempo le era desconocido.

Sus emociones seguían la misma pauta errática. Excitación hasta lo obsceno, miedo, rechazo, humillación y placer se turnaban para hacerla sentir una furcia encelada o una mujer ultrajada. Por momentos me reconocía en el hombre que la intentaba desnudar y otras me transformaba en alguien sin rostro, alguien a quien no conseguía identificar y que la estaba forzando de una manera que creía haber vivido ya.

Me desnudé precipitadamente frente a ella lanzando la ropa al suelo. Me sentía poderoso, absolutamente libre de hacer  lo que me apeteciese. La veía tan indefensa, tan frágil, incapaz de poder detenerme si yo no quería hacerlo… 

Hinqué una rodilla en la cama, entre sus piernas, mi mano derecha presionó con firmeza en su hombro hasta que quedó tendida. Se dejaba hacer sin casi oponer resistencia.

Alcé sus piernas y las sujeté apoyando las manos en la cama haciendo que  descansaran en mis brazos los cuales actuaban como barreras que le impedían proteger su sexo. Al inclinarme hacia ella sus riñones se arquearon dándome mas acceso a su coño. Comencé a mover mi cintura para tantear su pubis con mi polla buscando el camino y, de un solo golpe, me enterré en ella. Su cuerpo se tensó y un rictus de dolor cruzó su rostro; a pesar de la copiosa humedad que me envolvía, la penetración había sido demasiado ruda.

02 julio 2009


Capítulo 46 La rendición

(Tiempo aproximado de lectura: 24 minutos)


JUEVES


La lucha continuó durante toda la jornada del jueves, Carmen intentaba centrarse en su trabajo pero la angustia atenazaba su estómago y le impedía olvidar que se estaban consumiendo las últimas horas de un tiempo en el que tenía una oportunidad irrepetible a corto plazo. 


Hablé con ella un par de veces durante el día y la encontré apagada, no llegaba a estar triste pero la fuerza que desprende incluso por teléfono estaba ausente aunque hacía claros esfuerzos para ocultar su desazón, seguía la conversación con cierto desinterés, como si su pensamiento estuviera en otra parte. ¿Debía intervenir o era mejor que la dejase resolver su dilema sin más interferencias? Decidí que lo que tuviera que suceder ya era decisión de ella, le pertenecía la última reflexión, todo lo que yo tenía que decir ya estaba dicho y entraría en el terreno de la manipulación si insistía más. 


Carmen esperaba tener una nueva oportunidad cuando Carlos la llamase, una oportunidad para la que no tenía decidido nada, no se resignaba a que su decisión de cada instante fuera la última decisión, quería dejar siempre una puerta entreabierta por si a última hora cambiaba de opinión, por si lograba vencer las cadenas que le impedían decirle claramente lo que deseaba.


Algo oculto para ella misma le decía que no debía ceder, normalmente no se deja llevar de presentimientos, su racionalidad se lo impide. Esta vez rompía esa norma y ese “algo” más emocional que racional que no había entrado aún en el terreno de las palabras le impedía dar el paso.


Cuando le sucedía esto, cuando perdía el ritmo de su trabajo y se sumía en la contradicción se intentaba refugiar en nuestro proyectado viaje de Semana Santa. Pero ya no brillaba tanto como lo hizo cuando lo planeamos, ahora apenas era un frágil salvavidas que se deshinchaba  con rapidez.


…..

01 junio 2009

Capítulo 45 La preparación

(Tiempo aproximado de lectura: 32 minutos)  


“¿De dónde nace este placer por sentirme cornudo, por exhibirme como cornudo ante quien usa a mi esposa delante de mis ojos? ¿Cuál es el mecanismo de mi cerebro que transforma una honda humillación en un morboso y excitante afrodisiaco? ¿Qué es lo que realmente me produce placer: ver a mi mujer entregándose a otro hombre o recibir la expresión de desprecio y prepotencia con la que me habla su amante mientras la desnuda y se la lleva a la cama? ¿Y qué desprecio me excita más, el que percibo en la mirada victoriosa que me lanza en el momento de hundirse en ella o el que veo en los ojos de mi mujer mientras se aferra con brazos y piernas a su amante”


Mario, en el otoño del 2003



MIÉRCOLES


La jornada transcurrió con la normalidad de todos los días, el trabajo la mantuvo concentrada hasta el punto que tuvo que reducir a unos pocos minutos la charla con Carlos e incluso cuando yo la llamé se excusó enseguida. Comenzaba a ser habitual desde que se hizo cargo del departamento este exceso de trabajo que en poco tiempo le haría empezar a plantearse si le merecía la pena, cada vez dedicaba menos tiempo a la clínica y mas a la burocracia, ¿era eso realmente lo que quería?


Pero al anochecer sintió un vacio, una ausencia que pronto identificó.


Cenó en casa de sus padres y regresó conduciendo con prisa, sabía lo  que quería: llegar a casa, acostarse y charlar con Carlos. Intentó negarlo, se forzó por ocultar sus verdaderos sentimientos pero poco antes de comenzar el postre se rindió ante la urgencia que la movía a abreviar y marcharse.


El camino hasta casa fue un continuo cúmulo de reproches, un rosario de fugaces promesas de apagar el móvil, débiles propósitos que sabía improbables de cumplir y que generaban nuevas recriminaciones que se apagaban ante la intensa excitación que agitaba su pecho y la hacía conducir más rápido. 


Se sentía frustrada, era incoherente, si, pero la noche anterior Carlos no había hecho la menor alusión a un posible viaje a Madrid y en las dos ocasiones en que hablaron durante el día tampoco lo mencionó; Temía esa proposición y a la vez la deseaba, tenía decidida su respuesta, no iba a dejarle venir pero negarse, forcejear con él, le daba una intensidad a sus charlas que ahora echaba de menos; sentirse deseada, asediada, vacilar, tener la opción de dudar… era tan morboso que ahora se sentía vacía sin sus ruegos.


Cerró la puerta tras de sí y dejó el abrigo y el bolso en el salón; Como si tuviera que alcanzar un objetivo antes de que sonase el móvil Carmen se desnudó nerviosamente y contra su costumbre, dejó la ropa esparcida en el dormitorio pequeño. Desnuda cruzó el salón en penumbra sin reparar en las ventanas iluminadas al otro lado del jardín que separa ambos bloques, entró en la cocina donde bebió de un trago un vaso de leche, luego apagó la luz del recibidor antes de recorrer el camino inverso hasta el baño. Se lavó los dientes, se aplicó la crema hidratante… tras orinar se lavó en el bidet y corrió a la cama.

21 mayo 2009

Capítulo 44   Desilusiones

(Tiempo aproximado de lectura: 26 minutos)


La fría lluvia no consiguió despejarme y tan solo reavivó un intenso dolor de cabeza que me había acompañado desde la segunda copa. Cuando entré en la habitación del hotel eran ya las once de la noche ¿Cuánto tiempo había durado la paliza a la que me había sometido Roberto? 


Dejé el abrigo sobre la cama y me vi reflejado en el espejo del armario, una enorme mancha oscura se extendía hacia abajo abarcando medio muslo, sentí la pegajosa humedad que adhería la tela a mi piel y me despojé de toda la ropa dejándola esparcida por la habitación. Entré en la ducha y dejé que el chorro cayera sobre mi cabeza durante mucho tiempo, el agua templada me relajaba y parecía calmar el desprecio que sentía por mí mismo, luego me froté el muslo con la esponja compulsivamente, como si quisiese borrar hasta el último rastro de aquella indigna polución.


“Tu mujer es una puta… se comportó como una golfa… no esperaba nada decente de ella…” las palabras de Roberto se repetían machaconamente en mi cabeza, “…gana mucho en pelotas… vaya tetas que tiene…” 


No lograba arrojar de mi cabeza la voz de Roberto que se repetía machaconamente y sentí asco de mí cuando noté como mi polla comenzaba a crecer. A medida que el agua me rescataba de la ebriedad la vergüenza se fue apoderando de mi mente. Ya tenía lo que deseaba ¿no quería ser reconocido como cornudo? pues ahí estaba, Roberto lo había dicho muy claro “No, si al final me vas a dar las gracias por atender a tu mujer”.


Salí de la ducha, una violenta nausea me hizo correr hasta la taza y eché todo el alcohol que había consumido.

20 abril 2009

Capítulo 42  Cruzando límites

(Tiempo aproximado de lectura: 37 minutos)



- “Llámale”

- “Si, claro”


Carmen sonrió con escepticismo, no se había tomado en serio mi petición. Mantuve su mirada sin inmutarme y, al ver mi expresión la sonrisa cayó de su boca.


- “¿Estás de broma, verdad?”


Pausadamente negué con la cabeza, mis ojos la retaban y su rostro comenzó a mostrar la incredulidad y la sorpresa que mi petición le causaba. 


- “¡Venga ya!" – dijo intentando rechazar lo que yo le planteaba.


Yo continuaba acariciando su estómago por debajo del pijama, el pulgar extendido rozaba insistentemente la base de sus pechos, tan duros, tan firmes; la tentación era demasiado poderosa y no hice nada por detener a mi mano cuando ésta comenzó a deslizarse en diagonal hacia arriba separándose de su cuerpo y elevando la tela del pijama. La palma estirada apenas rozaba sus pezones marcando círculos y líneas, un irresistible cosquilleo recorría mi mano hasta el punto de casi obligarme a retirarla de la puntiaguda cima que coronaba su pecho. Durante un breve tiempo Carmen intentó encontrar una respuesta adecuada, sus ojos continuamente viajaban desde mi rostro hacia algún punto en la pared posterior o en el techo, se esforzaba pero no conseguía hilar una frase. De pronto la tensión se transformó en risa y rompí a reír, una risa nerviosa producto de la excitación que me provocaba la posibilidad de que llegase a llamarle; Me miró extrañada.


- “¿Y ahora de qué te ríes, si puede saberse?” – Me agaché hacia su rostro con la actitud del que se sabe ganador de una partida.

- “La idea te atrae tanto como a mí, posiblemente mas, y no encuentras la forma de negarte, ¿acerté?”


Cambié bruscamente el rumbo que mi mano marcaba sobre su pezón y observé cómo sus ojos se entornaban, atacada por el placer que la invadía; yo utilizaba toda mi artillería para debilitar sus defensas y para ello nada mejor que atacar sus sensibles pechos; no he conocido a ninguna otra mujer que pueda llegar al orgasmo tan solo acariciando sus pezones.


Carmen hizo un esfuerzo para dominarse y volvió a abrir los ojos.


- “Claro, y yo voy y te hago caso, le llamó y le digo ‘hola cariño, estoy aquí con mi marido y se me ocurrió llamarte’… ¿qué sencillo, verdad?”

- “Dile que tu marido está de viaje, pero no le digas que está en Coruña porque se acordará que yo me voy mañana”

12 abril 2009

Capítulo 41   La resaca

(Tiempo aproximado de lectura: 32 minutos)


Estrenamos el fin de semana envueltos en una borrachera de felicidad y romanticismo adolescente, durante todo el día nos comportamos como dos chiquillos que acabaran de enamorarse. Tras ducharnos desayunamos en la cocina mirándonos a los ojos y rompiendo a reír sin motivo aparente, no hacían falta las palabras, ambos sabíamos en lo que estaba pensando el otro.


Almorzamos en un restaurante del centro, comiéndonos con los ojos, uniendo nuestras manos cada vez que había ocasión; intentábamos no hablar de ello pero era inevitable que cuando nuestras miradas se hacían demasiado intensas, uno de los dos rompiera el silencio.


- “Me vas a desgastar de tanto mirarme” – dijo ella coqueta.

- “Es que me parece un sueño estar ante una mujer tan… increíble” – bajó los ojos intentando encajar mis palabras – “aun me cuesta creer que hace apenas veinticuatro horas tu…” – me detuve, no sabía cómo expresar lo que sentía, su mirada me interrogó, yo no encontraba las palabras adecuadas y ella no dudó en acudir en mi ayuda.

- “¿Yo qué? ¿estuviera follando con otro?”


Su apuesta por provocarme me hizo sonreír satisfecho, no había indicios de pudor en su conducta, no había signos de censura ni arrepentimiento.


- “Eso es, aun me parece mentira que hayas follado con Carlos” – Carmen me miró intensamente, su cuerpo reaccionaba y me adelantaba lo que sus palabras estaban preparándose a decir.

- “Pues ha sido real cariño, no te imaginas lo real que ha sido”  su voz sonó sensual, coqueta, explícitamente sugerente. Jugaba conmigo con total libertad.

- “Me gusta”

- “¿El qué?”

- “Que seas así”

- “¿Y cómo soy?”

- “Me gusta que seas tan puta” – sonrió de una manera lasciva, su mirada se volvió sucia.

- “¿Si? Te gusta verme follar ¿es eso, verdad?


17 marzo 2009

Capítulo 40  El día después (2)

(Tiempo aproximado de lectura: 49 minutos)


Cerró los ojos mientras intentaba que su respiración volviera a la normalidad, se sabía observada por Carlos que acostado a su lado no dejaba de mirarla en silencio. Le resultaba tan deliciosamente agradable esa mirada casi reverencial con la que recorría su cuerpo… era como una caricia, sus ojos aun mantenían la misma expresión de sorpresa de la primera vez y no podía por menos que sentirse profundamente halagada por esa mirada que siempre la descubría como un tesoro. 


Esa sensación era quizás lo que más intensidad le daba a aquella aventura: Entregarse por primera vez, mostrarse desnuda por primera vez,  ver el asombro en los ojos de un hombre por primera vez.  La relación con Carlos le había devuelto a un tiempo único, a un instante irrepetible en el que la joven aun virgen se presenta ante el varón, ignorante del poder que su cuerpo tiene sobre el hombre, sorprendida ante el fulminante efecto que su desnudez causa en él.


De su coño brotó un reguero de semen que descendió entre sus nalgas, no se movió, estaba tan relajada, tan absorta en esos pensamientos…



 Abrió los ojos y se encontró el rostro de Carlos sonriéndola; se sentía más descansada aunque le dolía ligeramente la cabeza a causa del intenso y seco calor del aire acondicionado; una uña rozó su ingle siguiendo la línea producida por su muslo flexionado y su piel se erizó instantáneamente. La luz que atravesaba el ventanal dibujaba en el techo figuras irreales y Carmen se quedó mirándolas, siguiendo su curso errático mientras disfrutaba de la suave caricia que vagaba por su vientre lanzando oleadas de placer hacia su sexo y sus pezones.


La claridad que bañaba la habitación le pareció entonces diferente, demasiado intensa, el murmullo del tráfico, amortiguado por el doble cristal, contrastaba con el absoluto silencio que reinaba en la habitación, entonces sintió algo indefinido que la inquietó, aquel ruido, aquella claridad le producían una sensación discordante, el tráfico que escuchaba parecía demasiado fluido para ser... De repente surgió la alarma, de un salto se incorporó en la cama y buscó un reloj: ¡las once y cuarto!


- “¿Cómo no me has despertado?” – le reprochó mientras se dirigía al baño, Carlos se sintió culpable.

- “Lo siento, estabas tan dormida que quise dejarte descansar”

10 septiembre 2008

31

Capítulo 31

(Tiempo aproximado de lectura: 34 minutos)


El lunes amaneció nublado y desapacible; tras apagar el despertador me volví hacia Carmen y la besé en el cuello, ella aún amodorrada se volvió buscando mi boca

- “Buenos días cielo” – se desperezó en la cama estirándose como una gata, yo recorrí con mi mano su torso en tensión donde sus pechos parecían desaparecer.

- “Buenos días amor”

Mientras nos besábamos, los recuerdos de la pasada noche se agolparon en mi mente y la incipiente erección creció incontrolable, Carmen notó mi polla clavándose en su muslo.

- “¡Cómo nos hemos despertado!” – dijo bajando una mano y apretándola con fuerza– “pero tendrá que esperar a esta noche o llegaremos tarde”

- “¿Qué me hiciste anoche?” – Carmen se detuvo y me miró con ternura.

- “¿Amarte?”

- “Me follaste” – repliqué, ella entornó los ojos y sonrió.

- “No es la primera vez”

- “Sabes a lo que me refiero”

- “¿Tanto te gustó?”

- “Fue… no sabría describirlo, fue… nuevo, distinto, nunca me había sentido así”

- “Al final va a resultar que eres un poquito maricón”

- “¿Por qué? ¿por el hecho de que me hayas dado por culo con tus dedos? Eres una mujer, no un tío” – protesté intentando asimilar el placer que me había causado que me llamase ‘maricón’.

- “No cielo, lo de menos fue que te follara el culo, pero te tenías que haber visto, fue tu actitud la que me llamó la atención”

- “¿A qué te refieres?” –  sabía lo que quería decir pero necesitaba escuchárselo.

- “Es la primera vez que te he visto dejarte llevar, abandonarte a mis manos y no hacer nada” 

- “¿Y eso me convierte en maricón?” – Carmen negó con la cabeza.

- “No cariño, eso te va a permitir vivir el sexo desde otra perspectiva” 

05 agosto 2008

Capítulo 28  Claudicación

(Tiempo aproximado de lectura: 42 minutos)


Me desperté sobresaltado al escuchar el golpe de la puerta de la calle al cerrarse, me lancé escaleras abajo pero al llegar a la entrada escuché el ascensor descendiendo; Miré el reloj, me había dormido tan profundamente que solo el portazo había logrado despertarme.


Luché contra la resaca bajo la ducha, me dolía todo el cuerpo, reflejo del dolor más profundo que me atenazaba.


Cuando llegué al despacho marqué su móvil, tras varios tonos de espera saltó su contestador, era evidente que no quería hablar conmigo y colgué sin dejar ningún mensaje.

Carmen pasó la mayor parte de la noche despierta intentando que su irritación no la cegase, se sentía herida por mi mentira, también estaba sorprendida por la intensidad de su reacción, podía llegar a entender que me hubiera acostado con Elena, imaginó que debió de ser en el jardín, sobre el césped ¡cómo había arriesgado tanto! Nos podían haber visto… La mentira le dolía pero acabó reconociendo que si aquella misma noche le hubiera contado lo sucedido ella  no lo habría encajado nada bien.


¿Qué era entonces, lo que le provocaba esa reacción de furia?


De repente lo entendió: Se sentía estúpida, ridículamente estúpida luchando contra las emociones que le provocaba Carlos, se sentía estúpida peleando por frenar a Roberto, luchas que mantenía a pesar de saber que yo no solo no la iba a censurar si cedía con alguno de los dos, sino que iba a convertirlo en un motivo de morbo y sexo. Eso era lo que la enfurecía: Se sentía estúpida luchando contra algo que yo no había tenido ningún escrúpulo en hacer.


Nunca había tenido ninguna intención de acostarse con otros hombres, jamás se le había pasado por la cabeza esa posibilidad salvo en forma de fantasía, había sido yo quien le había ido inoculando la idea, presionándola con la intriga, el morbo por lo prohibido… No pensaba en Roberto como compañero de cama, no tenía intención alguna de acostarse con él, intentaba compaginar su ascenso con una cierta permisividad que duraría lo que durase el periodo de decisión sobre su futuro en la empresa, a ella misma le sonaba frío y calculador pero las cosas habían surgido así y ella intentaba adaptarse a las circunstancias, quizás en otra época de su vida no habría actuado de esta manera y también ahí vio mi influencia. Tan solo un año antes habría reaccionado con su característica dureza a la mas mínima insinuación de Roberto tal y como había hecho desde su llegada al gabinete. 


¡Qué idiota era! – Pensó – preocupándose por no ceder a lo que le pedía el cuerpo con respecto a Carlos, recriminándose por dejarse meter mano por Roberto mientras que su esposo sin embargo no había tenido el más mínimo reparo en follar en cuanto tuvo la primera ocasión.

22 julio 2008

Capítulo 27  Negociación

(Tiempo aproximado de lectura: 25 minutos)


"¿Dígame?"

"Elena, soy Mario" – El silencio que siguió a mi frase me hizo dudar de mi idea de llamarla, por un momento temí que colgara. – ", ¿te pillo en mal momento?"

"¡Hombre!, el desaparecido"

"Cierto, y no será porque no me haya acordado de ti"

"¡Quién lo diría!"

"Por eso quería llamarte, para disculparme"

"Pues te ha costado, hace dos o tres semanas que me lo dijo Carlos, pensé que te habías vuelto a olvidar"

"Nunca me he olvidado Elena, nunca"

"Es igual, no pasa nada"

"No, no es así, hubiera querido… no sé, hablar más, poder…" – Elena interrumpió mi incoherente discurso.

"¿Y Carmen? ¿qué tal sigue?"

"Bien, como siempre, muy metida en su trabajo, en sus cosas"

"¿Os seguís viendo, no?" – recordé sus sospechas y procuré ser cauto.

"Si de vez en cuando, si las circunstancias son favorables"

"Ya, claro, recuerdo que aquella noche estaba muy molesta con vosotros dos, especialmente contigo, espero no haber sido yo la causa"

"En absoluto, se sintió engañada por el asunto de las habitaciones que reservó Carlos"

"Si las cosas no se hablan pueden causar estos efectos, aquello le debió parecer una encerrona, poco menos que un picadero"

"No le gustan las mentiras"

"A mi tampoco Mario" – no quise entrar al fondo de aquella frase que por el tono en que fue dicha, parecía querer decir mucho mas.

"Sentí dejarte así, hubiera querido…"

"Déjalo, aquello ya pasó; Supongo que aclaraste las cosas con ella, ¿no?" – insistía en el tema de Carmen donde me sentía incomodo.

"Si, aunque nunca me acabó de creer del todo"

"Creo que Carlos ya le ha contado cómo fue y eso te deja libre de responsabilidad ante ella".

"¿Y ante ti?" – Elena calló un momento.

"Conmigo no tienes ninguna obligación" – pensé decirle que con Carmen tampoco pero no quería mentir tan explícitamente.

La charla se fue suavizando, poco a poco comenzamos a hablar como no pudimos hacer aquella noche; evité hacer cualquier referencia a lo que había sucedido entre nosotros aunque la cercanía de su voz reavivaba en mi la excitación del recuerdo de sus besos, el erotismo que emanaba al saberla desnuda bajo su vestido accediendo a mi deseo, la calidez de su sexo, su peculiar manera de gemir en mi oído…

"Me gustaría volver a charlar contigo, si es que te apetece" – le dije poco antes de despedirnos.

"Claro, ¿Por qué no? Cuando quieras"