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29 marzo 2019



Capítulo 120   Una nueva alianza.

(Tiempo aproximado de lectura: 46 minutos)


“No se puede desatar un nudo sin saber cómo está hecho”.

Aristóteles



No recordaba encontrarme tan mal desde la resaca que siguió al día de su marcha. No quería pensar en aquella borrachera, solo el recuerdo me ponía peor de lo que ya estaba. Me incorporé y el dolor de cabeza protestó con violencia. Estaba solo, supuse que se habría levantado temprano. Intenté ubicarme; todavía no eran las diez, mi reloj biológico andaba algo desfasado. Miré hacia atrás y enseguida supe que Carmen no había dormido conmigo. Bajé las escaleras descalzo, mi primer destino fue la cocina aunque el olfato me adelantó que no había pasado por allí. El silencio me preparaba el terreno; nadie en el salón salvo un vaso con los restos aguados de mi whisky, un cenicero lleno, el olor a tabaco… y el maldito estuche plateado. En algún momento de la noche tuvo que entrar en la alcoba a buscarlo, quizás guiada por la tenue luz del móvil tratando de no estorbar mi sueño. 

¿Dónde estaba? Deseché la idea de que hubiera salido a correr; entonces la puerta entreabierta de la habitación de mi hermano atrajo mi atención, me asomé y en la penumbra la vi tumbada boca abajo cubierta apenas por un pico de la colcha; se había dejado caer sin llegar a quitarse la ropa, puede que solo llevase durmiendo tres o cuatro horas. Entorné la puerta y la dejé descansar.

Recogía los desechos de la noche cuando descubrí su cuaderno de notas en la mesa baja. Tenemos un acuerdo tácito que respetamos escrupulosamente; terminé de colocar los cojines, abrí las ventanas para ventilar y subí a ducharme, luego me prepare un café, cogí unas galletas y un analgésico y volví al salón.

Tomé asiento y abrí el cuaderno de Carmen.

05 agosto 2008

Capítulo 28  Claudicación

(Tiempo aproximado de lectura: 42 minutos)


Me desperté sobresaltado al escuchar el golpe de la puerta de la calle al cerrarse, me lancé escaleras abajo pero al llegar a la entrada escuché el ascensor descendiendo; Miré el reloj, me había dormido tan profundamente que solo el portazo había logrado despertarme.


Luché contra la resaca bajo la ducha, me dolía todo el cuerpo, reflejo del dolor más profundo que me atenazaba.


Cuando llegué al despacho marqué su móvil, tras varios tonos de espera saltó su contestador, era evidente que no quería hablar conmigo y colgué sin dejar ningún mensaje.

Carmen pasó la mayor parte de la noche despierta intentando que su irritación no la cegase, se sentía herida por mi mentira, también estaba sorprendida por la intensidad de su reacción, podía llegar a entender que me hubiera acostado con Elena, imaginó que debió de ser en el jardín, sobre el césped ¡cómo había arriesgado tanto! Nos podían haber visto… La mentira le dolía pero acabó reconociendo que si aquella misma noche le hubiera contado lo sucedido ella  no lo habría encajado nada bien.


¿Qué era entonces, lo que le provocaba esa reacción de furia?


De repente lo entendió: Se sentía estúpida, ridículamente estúpida luchando contra las emociones que le provocaba Carlos, se sentía estúpida peleando por frenar a Roberto, luchas que mantenía a pesar de saber que yo no solo no la iba a censurar si cedía con alguno de los dos, sino que iba a convertirlo en un motivo de morbo y sexo. Eso era lo que la enfurecía: Se sentía estúpida luchando contra algo que yo no había tenido ningún escrúpulo en hacer.


Nunca había tenido ninguna intención de acostarse con otros hombres, jamás se le había pasado por la cabeza esa posibilidad salvo en forma de fantasía, había sido yo quien le había ido inoculando la idea, presionándola con la intriga, el morbo por lo prohibido… No pensaba en Roberto como compañero de cama, no tenía intención alguna de acostarse con él, intentaba compaginar su ascenso con una cierta permisividad que duraría lo que durase el periodo de decisión sobre su futuro en la empresa, a ella misma le sonaba frío y calculador pero las cosas habían surgido así y ella intentaba adaptarse a las circunstancias, quizás en otra época de su vida no habría actuado de esta manera y también ahí vio mi influencia. Tan solo un año antes habría reaccionado con su característica dureza a la mas mínima insinuación de Roberto tal y como había hecho desde su llegada al gabinete. 


¡Qué idiota era! – Pensó – preocupándose por no ceder a lo que le pedía el cuerpo con respecto a Carlos, recriminándose por dejarse meter mano por Roberto mientras que su esposo sin embargo no había tenido el más mínimo reparo en follar en cuanto tuvo la primera ocasión.