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26 julio 2024

Capítulo 190 La calma

Tiempo estimado de lectura: cincuenta y cuatro minutos.


Haz lo que quieras. Yo, en tu lugar, antes de seguir leyendo buscaría en Spotify, YouTube o donde sea, «Believe, beleft, below» de Esbjörn Svensson. Sírvete un whisky, un coñac, ron con coca o un zumo, lo que te apetezca. Baja las persianas, apaga la luz, no la necesitas, recuerda: estás leyendo en un smartphone o en una tablet. Acomódate en tu sillón favorito junto a tu pareja, si la tienes, o con tu mascota, si la tienes. En cambio, si eres de los que les gusta leer a solas, dile: Cariño, dame una hora, voy a ponerte los cuernos con Mario, o con Carmen; si sabe de tu afición te dará por imposible, si no, mejor cállate. Cuando tengas todo listo, dale al play. 🎙

Ahora ya puedes comenzar a leer.

06 julio 2018

Capítulo 110 Viernes de pasiones (y 3)

(Tiempo aproximado de lectura: 43 minutos)



Eran casi las ocho cuando consideré llegado el momento de regresar; habría tenido tiempo suficiente para ordenar sus ideas y plasmarlas en ese cuaderno al que se le agotaban las hojas.

La encontré tal y como la dejé, sentada a la mesa del salón repasando lo que debían ser las anotaciones que había tomado durante mi ausencia. Levantó la mirada al sentirme entrar y me lanzó una de esas dulces sonrisas que me saben a abrazo.

—Creo que ya lo tengo.

Y entró a fondo en lo que hasta ese momento había sido solo un esbozo de su paso por la montaña; entendí como inició un proceso de sanación físico y mental en sus ascensos al monte cada mañana solo para respirar aire puro y escuchar a la naturaleza; sin meta, sin un objetivo concreto. A partir de entonces comenzó a trazar una estrategia de terapeuta; la idea de escribir sin interpretar lo escrito y guardarlo hasta que más tarde, en otro momento, con otros ojos la lectura le permitiera escuchar a la que escribió esas páginas le pareció un método alternativo, arriesgado pero el único que le ofrecía posibilidades de salir adelante.

Y comenzaron a surgir esos escollos a los que está acostumbrada a enfrentarse en clínica, solo que esta vez la dificultad añadida era que la tramposa no era alguien ajena, otro u otra que, sentado frente a ella podía analizar con las herramientas que sus estudios y años de profesión le brindaban. No, el adversario estaba dentro de sí, era una versión de ella misma que se empeñaba en ocultar la verdad, falsear la realidad de lo que sucedió, engañarla, mentir, suplicar, llorar, incluso tender un manto de falsa desmemoria sobre acontecimientos que pretendía no recordar. 

No era fácil no; comenzó la irritación, las jaquecas, las noches en blanco, la dificultad para concentrarse, el exceso de tabaco. Casi por casualidad aparecieron los últimos porros olvidados, resecos que le dieron un respiro, un medio para volver a descansar y le devolvieron la lucidez suficiente para seguir con su trabajo.

Fue entonces cuando tomó la decisión. Si quería seguir avanzando necesitaba la marihuana.

08 junio 2018

Capítulo 108 Viernes de pasiones (1)

(Tiempo aproximado de lectura: 135 minutos)


“Todos los hombres tienen algún lugar, alguna aventura o alguna fotografía que son la imagen de su vida secreta.”


W. B. Yeats


Desayunamos. Carmen se ha preparado para salir a correr. La veo ensimismada dando vueltas a la cucharilla.

—Tienes mala cara.

—¿Eh? Sí, no he dormido nada bien.

Lo sé, yo tampoco. Cuando regresó a la cama fingí dormir, ella se acostó con sigilo y permaneció quieta intentando conciliar el sueño; enseguida noté que, como a mí, le resultaba imposible, no conseguía encontrar la postura, estaba intranquila aunque procuraba no molestarme. Así llegó el alba y ambos interpretamos la comedia de un amanecer cotidiano.

—Vaya.

—No sé, el caso es que me desperté muchas veces y ya de madrugada me despejé. No te enteraste cuando bajé a beber y me quedé en el salón, no quería despertarte dando vueltas; me arropé con una manta y salí al jardín, se estaba bien pero al rato me quedé fría; volví dentro me tumbé en el sofá y estuve leyendo un rato, pensando. Al final hice una locura —entornó los ojos y sonrió—, cogí el móvil y…

—Lo sé.

Me he precipitado, ha sido un impulso irrefrenable. «Justo cuando iba a descubrir al interlocutor», me reprocho.

—¿Lo sabes, cómo que lo sabes? —pregunta asombrada.