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26 mayo 2014


Capítulo 74 Ausencia

(Tiempo aproximado de lectura: 12 minutos)


Durante un solo segundo, al abrir los ojos, tuve una sensación de normalidad.

Luego… la lengua, acre, desagradable; inmediatamente un pinchazo en la sien, una tremenda presión en la cabeza que me devolvió a mi miserable realidad.

Me llevé las manos a la frente, no puede ser, ¡Oh no, no puede ser verdad!

Con los brazos rodeando mi cabeza, apretando las cuencas de los ojos para no ver, para no estar en el mundo, recuerdo las ultimas imágenes de mi niña saliendo de mi vida, haciendo la maleta, dejando nuestro hogar. 

¡Qué equivocación! Me he jugado mi vida y la he perdido, porque Carmen lo es todo, lo es todo para mí; sin ella… sin ella mi vida carece de sentido.

Me incorporé de un salto. Sentado en la cama lo supe, por primera vez entendí claramente lo que supone no tener nada por delante y temerle, tener un miedo absoluto al futuro que me podía esperar sin ella. 

Y de pronto.

El vacío. El vacío existencial. Durante unos minutos mis ojos parecieron mirar más allá de la habitación, más allá de mi casa. Mi mente no producía palabras, tampoco capté sensaciones. Era el vacío más absoluto. Ni siquiera dolor, ni siquiera angustia por lo que habría de venir. 

02 julio 2009


Capítulo 46 La rendición

(Tiempo aproximado de lectura: 24 minutos)


JUEVES


La lucha continuó durante toda la jornada del jueves, Carmen intentaba centrarse en su trabajo pero la angustia atenazaba su estómago y le impedía olvidar que se estaban consumiendo las últimas horas de un tiempo en el que tenía una oportunidad irrepetible a corto plazo. 


Hablé con ella un par de veces durante el día y la encontré apagada, no llegaba a estar triste pero la fuerza que desprende incluso por teléfono estaba ausente aunque hacía claros esfuerzos para ocultar su desazón, seguía la conversación con cierto desinterés, como si su pensamiento estuviera en otra parte. ¿Debía intervenir o era mejor que la dejase resolver su dilema sin más interferencias? Decidí que lo que tuviera que suceder ya era decisión de ella, le pertenecía la última reflexión, todo lo que yo tenía que decir ya estaba dicho y entraría en el terreno de la manipulación si insistía más. 


Carmen esperaba tener una nueva oportunidad cuando Carlos la llamase, una oportunidad para la que no tenía decidido nada, no se resignaba a que su decisión de cada instante fuera la última decisión, quería dejar siempre una puerta entreabierta por si a última hora cambiaba de opinión, por si lograba vencer las cadenas que le impedían decirle claramente lo que deseaba.


Algo oculto para ella misma le decía que no debía ceder, normalmente no se deja llevar de presentimientos, su racionalidad se lo impide. Esta vez rompía esa norma y ese “algo” más emocional que racional que no había entrado aún en el terreno de las palabras le impedía dar el paso.


Cuando le sucedía esto, cuando perdía el ritmo de su trabajo y se sumía en la contradicción se intentaba refugiar en nuestro proyectado viaje de Semana Santa. Pero ya no brillaba tanto como lo hizo cuando lo planeamos, ahora apenas era un frágil salvavidas que se deshinchaba  con rapidez.


…..

21 mayo 2009

Capítulo 44   Desilusiones

(Tiempo aproximado de lectura: 26 minutos)


La fría lluvia no consiguió despejarme y tan solo reavivó un intenso dolor de cabeza que me había acompañado desde la segunda copa. Cuando entré en la habitación del hotel eran ya las once de la noche ¿Cuánto tiempo había durado la paliza a la que me había sometido Roberto? 


Dejé el abrigo sobre la cama y me vi reflejado en el espejo del armario, una enorme mancha oscura se extendía hacia abajo abarcando medio muslo, sentí la pegajosa humedad que adhería la tela a mi piel y me despojé de toda la ropa dejándola esparcida por la habitación. Entré en la ducha y dejé que el chorro cayera sobre mi cabeza durante mucho tiempo, el agua templada me relajaba y parecía calmar el desprecio que sentía por mí mismo, luego me froté el muslo con la esponja compulsivamente, como si quisiese borrar hasta el último rastro de aquella indigna polución.


“Tu mujer es una puta… se comportó como una golfa… no esperaba nada decente de ella…” las palabras de Roberto se repetían machaconamente en mi cabeza, “…gana mucho en pelotas… vaya tetas que tiene…” 


No lograba arrojar de mi cabeza la voz de Roberto que se repetía machaconamente y sentí asco de mí cuando noté como mi polla comenzaba a crecer. A medida que el agua me rescataba de la ebriedad la vergüenza se fue apoderando de mi mente. Ya tenía lo que deseaba ¿no quería ser reconocido como cornudo? pues ahí estaba, Roberto lo había dicho muy claro “No, si al final me vas a dar las gracias por atender a tu mujer”.


Salí de la ducha, una violenta nausea me hizo correr hasta la taza y eché todo el alcohol que había consumido.

20 abril 2009

Capítulo 42  Cruzando límites

(Tiempo aproximado de lectura: 37 minutos)



- “Llámale”

- “Si, claro”


Carmen sonrió con escepticismo, no se había tomado en serio mi petición. Mantuve su mirada sin inmutarme y, al ver mi expresión la sonrisa cayó de su boca.


- “¿Estás de broma, verdad?”


Pausadamente negué con la cabeza, mis ojos la retaban y su rostro comenzó a mostrar la incredulidad y la sorpresa que mi petición le causaba. 


- “¡Venga ya!" – dijo intentando rechazar lo que yo le planteaba.


Yo continuaba acariciando su estómago por debajo del pijama, el pulgar extendido rozaba insistentemente la base de sus pechos, tan duros, tan firmes; la tentación era demasiado poderosa y no hice nada por detener a mi mano cuando ésta comenzó a deslizarse en diagonal hacia arriba separándose de su cuerpo y elevando la tela del pijama. La palma estirada apenas rozaba sus pezones marcando círculos y líneas, un irresistible cosquilleo recorría mi mano hasta el punto de casi obligarme a retirarla de la puntiaguda cima que coronaba su pecho. Durante un breve tiempo Carmen intentó encontrar una respuesta adecuada, sus ojos continuamente viajaban desde mi rostro hacia algún punto en la pared posterior o en el techo, se esforzaba pero no conseguía hilar una frase. De pronto la tensión se transformó en risa y rompí a reír, una risa nerviosa producto de la excitación que me provocaba la posibilidad de que llegase a llamarle; Me miró extrañada.


- “¿Y ahora de qué te ríes, si puede saberse?” – Me agaché hacia su rostro con la actitud del que se sabe ganador de una partida.

- “La idea te atrae tanto como a mí, posiblemente mas, y no encuentras la forma de negarte, ¿acerté?”


Cambié bruscamente el rumbo que mi mano marcaba sobre su pezón y observé cómo sus ojos se entornaban, atacada por el placer que la invadía; yo utilizaba toda mi artillería para debilitar sus defensas y para ello nada mejor que atacar sus sensibles pechos; no he conocido a ninguna otra mujer que pueda llegar al orgasmo tan solo acariciando sus pezones.


Carmen hizo un esfuerzo para dominarse y volvió a abrir los ojos.


- “Claro, y yo voy y te hago caso, le llamó y le digo ‘hola cariño, estoy aquí con mi marido y se me ocurrió llamarte’… ¿qué sencillo, verdad?”

- “Dile que tu marido está de viaje, pero no le digas que está en Coruña porque se acordará que yo me voy mañana”

05 febrero 2009

Capítulo 38  La entrega(II)

(Tiempo aproximado de lectura: 67 minutos)


Recorrimos el largo pasillo en un silencio tal que nuestra respiración se podía escuchar claramente, los tacones de Carmen resonaban en el parquet marcando un ritmo lento; detrás, los pies descalzos de Carlos parecían responder a contratiempo. 


Entramos en la alcoba que el día anterior habíamos preparado cuidadosamente; Observé que  la persiana había quedado levantada y tan solo un leve visillo cubría el cristal, era ya de noche y me inquietó que alguien pudiera vernos; Apenas tuve tiempo para pensar en ello, la tensión que vivíamos me hizo centrarme en lo que estaba sucediendo. 


Durante unos segundos se produjo un vacío, un instante de vacilación, un momento de duda en el que faltaba alguien que diera el siguiente paso; inesperadamente fue Carmen quien rompió ese bloqueo. Cuando volvió su mirada hacia Carlos y le vio casi desnudo pareció  sorprendida, luego se llevó una mano a la boca, parecía abrumada por la inminencia del desenlace, era como si no hubiera pasado una hora desde que estuvo en la habitación del hotel en sus brazos, casi desnudo también. Aquella sensación actuó como un detonante que liberó lo que había conseguido refrenar en el hotel, se soltó de mí y se arrojó a los brazos de Carlos, sus manos recorrían con deseo desatado el cuerpo masculino, corrían por su piel hambrientas de sensaciones, él estaba tan sorprendido como yo y se dejaba hacer sin poder reaccionar. Carmen le besaba con ansia las mejillas, los ojos, la boca, el cuello, le acariciaba nerviosamente el rostro con una mano, mientras con la otra recorría su pecho, los costados, la espalda, las nalgas; su respiración agitada se asemejaba a un jadeo que iba aumentando en ritmo e intensidad.


Necesitaba ver la escena con claridad y me situé a su lado, justo en ese momento la mano que vagabundeaba por el cuerpo de Carlos  y acariciaba su vientre se deslizó ante mis ojos hacia abajo hasta recoger en la palma ahuecada el gran bulto que se marcaba en su slip, él reaccionó a ese gesto besándola con más intensidad, Carmen acariciaba su polla a través del boxer y yo no salía de mi asombro ante la insólita conducta de mi esposa. 


Carlos estaba sobrepasado, apenas podía reaccionar ante aquella mujer que dominaba la situación y dejaba poco espacio para que pudiera tomar la iniciativa, nunca había visto ese furor en Carmen, jamás, ni en sus momentos de mayor excitación se había comportado como lo estaba haciendo ahora; “como una ninfómana”, pensé, parecía una ninfómana descontrolada.

26 enero 2009

Capítulo 37   La entrega(I)

(Tiempo aproximado de lectura: 66 minutos)



- “Dime”


Había reconocido el número de Carlos al coger el móvil y lo sujeté con mi hombro mientras continuaba hurgando en los archivos del año anterior, me hallaba enfrascado en la búsqueda de un historial que no aparecía y omití los saludos de rigor.


- “Buenos días, ¿te interrumpo?, me ha dicho Carmen que te llamase para quedar luego” – me noté irritado, apenas eran las diez de la mañana y ya habían hablado, ese tipo de cosas me seguían produciendo una atávica emoción de invasión de mi territorio que no me resultaba fácil de controlar.

- “La voy a recoger a las tres y media y luego pasamos a por ti”.

- “¿Y por qué no quedamos tu y yo antes y vamos juntos a por ella? Seguro que la sorprendemos”


Dejé el archivo y me levanté, su propuesta me hacía dudar, Carmen quería mantener cierta distancia con Carlos, no quería encontrársele un día en el portal del gabinete o en la puerta de casa; cuanto menos supiera de su vida mejor, decía.


- “Voy a andar justo de tiempo, mejor lo hacemos como te he dicho” – Carlos debió intuir las verdaderas razones y evitó insistir.

- “Como quieras, os estaré esperando en la cafetería del hotel, me das un toque al móvil y salgo, para no haceros esperar.

- “Perfecto, entonces nos vemos luego…”

- “Mario… si tienes un minuto más…”

- “Por supuesto” – dije intentando adivinar que quería.

- “Verás… yo nunca he estado en… una situación así, no estoy seguro de cómo actuar delante de… los dos, es complicado”


¡Dios! ¡Yo tampoco sabía cómo actuar cuando estuviésemos los dos frente a ella!


Pero no podía descubrir mi inexperiencia ante un trío, si lo hacía quedaba en entredicho toda nuestra historia; Decidí improvisar mostrando una seguridad que no tenía pero que esperaba fuera creíble ante la evidente falta de experiencia de Carlos.


- “Déjate llevar, somos tres personas adultas…”

19 octubre 2008

Capítulo 34  El encuentro

(Tiempo aproximado de lectura: 80 minutos)


A medida que se acercaba la fecha en la que Carmen se encontraría con Carlos empecé a notar como la seguridad que hasta entonces había demostrado ante ella y ante mí mismo comenzaba a resquebrajarse; Seguía pensando de la misma forma, me excitaba sobremanera la idea de verla entregada a otro hombre y seguía confiando ciegamente en su amor, pero visceralmente  la cercanía de aquel encuentro me producía en ocasiones una agobiante angustia ante la que nada podía hacer. Era un temor irracional que parecía inmune a todos los argumentos que hasta entonces habían bastado para alejarlo.


Luchaba contra estos miedos, intentaba tranquilizarme argumentando que era lógico que me sintiera así, iba a ser la primera vez que estuviese a solas con Carlos desde la frustrada noche sevillana; Habíamos hablado mil veces de él y mis presiones en la cama en momentos álgidos de gran carga erótica habían logrado que Carmen acabase por reconocer que le deseaba, que, -literalmente -, deseaba follar con él; Sabía que aun no estaba madura y que cuando hablaba así en realidad se movía en el terreno de la fantasía, pero las circunstancias parecían ponerse a favor de que aquella escena pudiera convertirse en realidad.


Si al menos pudiera estar presente; La idea de no saber durante varias horas si Carmen habría cedido a sus propios deseos y a las presiones que yo mismo le había hecho me provocaba una desazón que me paralizaba, quería confiar en ella, no me cansaba de repetirme a mí mismo que no tenía intención de acostarse con Carlos, que solo era una cita para charlar y entregarse unos regalos, “tú eres el que no sabes diferenciar la fantasía de la realidad”  me había dicho en más de una ocasión; eso me debía tranquilizar, sin embargo…


Sin embargo yo sabía que aquel día habría algo más que un intercambio de regalos; Carmen me había confiado, sin ocultar su emoción,  la intención declarada de Carlos de besarla nada más verla y yo temía que no tuviera la suficiente capacidad de resistencia ante tanta ternura, si apenas le pudo contener en Sevilla donde ya estuvo a punto de dejarle alcanzar su sexo ¿cómo iba a detenerle ahora, después de tantas conversaciones intimas y tanto deseo confesado?

22 julio 2008

Capítulo 27  Negociación

(Tiempo aproximado de lectura: 25 minutos)


"¿Dígame?"

"Elena, soy Mario" – El silencio que siguió a mi frase me hizo dudar de mi idea de llamarla, por un momento temí que colgara. – ", ¿te pillo en mal momento?"

"¡Hombre!, el desaparecido"

"Cierto, y no será porque no me haya acordado de ti"

"¡Quién lo diría!"

"Por eso quería llamarte, para disculparme"

"Pues te ha costado, hace dos o tres semanas que me lo dijo Carlos, pensé que te habías vuelto a olvidar"

"Nunca me he olvidado Elena, nunca"

"Es igual, no pasa nada"

"No, no es así, hubiera querido… no sé, hablar más, poder…" – Elena interrumpió mi incoherente discurso.

"¿Y Carmen? ¿qué tal sigue?"

"Bien, como siempre, muy metida en su trabajo, en sus cosas"

"¿Os seguís viendo, no?" – recordé sus sospechas y procuré ser cauto.

"Si de vez en cuando, si las circunstancias son favorables"

"Ya, claro, recuerdo que aquella noche estaba muy molesta con vosotros dos, especialmente contigo, espero no haber sido yo la causa"

"En absoluto, se sintió engañada por el asunto de las habitaciones que reservó Carlos"

"Si las cosas no se hablan pueden causar estos efectos, aquello le debió parecer una encerrona, poco menos que un picadero"

"No le gustan las mentiras"

"A mi tampoco Mario" – no quise entrar al fondo de aquella frase que por el tono en que fue dicha, parecía querer decir mucho mas.

"Sentí dejarte así, hubiera querido…"

"Déjalo, aquello ya pasó; Supongo que aclaraste las cosas con ella, ¿no?" – insistía en el tema de Carmen donde me sentía incomodo.

"Si, aunque nunca me acabó de creer del todo"

"Creo que Carlos ya le ha contado cómo fue y eso te deja libre de responsabilidad ante ella".

"¿Y ante ti?" – Elena calló un momento.

"Conmigo no tienes ninguna obligación" – pensé decirle que con Carmen tampoco pero no quería mentir tan explícitamente.

La charla se fue suavizando, poco a poco comenzamos a hablar como no pudimos hacer aquella noche; evité hacer cualquier referencia a lo que había sucedido entre nosotros aunque la cercanía de su voz reavivaba en mi la excitación del recuerdo de sus besos, el erotismo que emanaba al saberla desnuda bajo su vestido accediendo a mi deseo, la calidez de su sexo, su peculiar manera de gemir en mi oído…

"Me gustaría volver a charlar contigo, si es que te apetece" – le dije poco antes de despedirnos.

"Claro, ¿Por qué no? Cuando quieras"