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29 enero 2023

Capítulo 174  Lo que ocurre en la playa… (4)

Tiempo aproximado de lectura: 38 minutos.


—¿Seducir a Mageli? 

No pude reprimir el desconcierto al enterarme de la conversación con Gerardo.

—Quién ha dicho que vaya a se-du-cir a Mageli —repitió, machacando cada sílaba—, no soy tan retorcida.

Me contó la estrategia planeada para observar la conducta de su acérrima enemiga; de ese modo, con una mirada objetiva, podría saber si la sospecha de su marido era cierta o tan solo un oscuro deseo. 

—Te desprecia —objeté—, lo vas a tener difícil para acercarte a ella.

—Ya veremos; en cualquier caso habré aclarado el motivo de su aversión

La apoyé, como siempre hago. Tomé la decisión de dejarle el campo libre, allí solo sería un estorbo; además, era una buena ocasión para explorar los alrededores. A las ocho de la tarde, después de una improvisada ruta turística y sin noticias de Carmen, imaginé que le estaba yendo bien. Aparqué donde pude. Cómo me alegré de haber llevado el auto pequeño. Pensé darme un capricho: reservé mesa para las diez en uno de los mejores restaurantes y seguí deambulando por Conil.


30 agosto 2022

Capítulo 168  La protegida de las bragas color rosa palo


Tiempo aproximado de lectura: 58 minutos.


—Carmen, buenos días, Gerardo al aparato.

—Hola, Gerardo, qué tal.

—Muy bien. Oye, qué te parece si nos vemos esta tarde, ¿te viene bien?

—¿Hay algún problema?

—En absoluto, al contrario, una oportunidad y quiero comentarlo contigo. ¿Quedamos en el mismo sitio?

—Por mí, perfecto.


Esta conversación carece de sentido si no nos remontamos en el tiempo, cuando la imprevisión y las circunstancias nos llevaron a tomar decisiones que jamás hubiéramos imaginado.

21 diciembre 2021

Capítulo 158 Soliloquio en locura

Tiempo aproximado de lectura: 44 minutos)

Un anillo, una esmeralda, la esperanza de un camino emprendido con vistas a que un día pondrá fin a una angustia. Una búsqueda sembrada por una torpeza: «¿Mahmud te hizo declararte golfa y dices que te supuso una especie de liberación? Mírate, esa eres tú, una puta, reconócelo, no eres más que una puta, dilo de una vez».

Vivíamos en el día después esperando que llegara el final y pudiéramos volver a ser… ¿quiénes? Me había hecho a la idea de que no era posible borrar la huella de lo que hice, ni siquiera me veía capaz de mitigar los efectos de la locura que improvisé en lo que solo fue una huida hacia delante para evitar otra ruptura. 

Imbécil. No supe calcular las consecuencias de la devastación que arrasó la mente de Carmen, y yo, sin entender lo que estaba haciendo, continué forzando el cambio. «Entonces, si te consideras una de sus chicas ¿por qué sigues utilizando eufemismos conmigo?». ¿Qué pretendía, qué buscaba? Y lo volví a hacer, una vez más la provoqué a que verbalizara la transformación que se estaba gestando en su mente. Se incorporó, majestuosa como una Venus desnuda, y pronunció una frase demoledora: «Mírame, ¿me ves? soy la puta de Tomás, a partir de ahora tenemos que estar preparados porque puede solicitar mi servicio cuando menos lo esperemos, al fin y al cabo soy una de ellas, una de sus putas». 

25 julio 2021

Capitulo 150  Otra vuelta de tuerca (parte 2)

(Tiempo aproximado de lectura: 53 minutos)


El descenso fue incómodo, mis vecinos se revistieron con la máscara del escándalo propio de la microsociedad en la que vivíamos, matrimonios situados entre los treinta y los cincuenta años, universitarios de renta alta, en general de ideas liberales, con una proporción equilibrada de conservadores y progresistas que nos posicionábamos sobre todo a la hora de tomar decisiones en las juntas de la comunidad. Ellos optaban por una postura ambigua y evitaban significarse. La relación que manteníamos era escasa, vivían en el ático a espaldas del nuestro separados por el patio, los ascensores y el área cubierta por la pérgola que nosotros convertimos en salón poco después de casarnos, ellos en cambio apenas lo usaban lo cual nos daba gran libertad de acción. Alguna vez habíamos sorprendido a José Luis mirando furtivamente cuando tomábamos el sol y se nos pasó por la cabeza instalar una mampara medianera, pero desechamos la idea porque eso nos quitaría parte de la estupenda vista de las montañas.

Estábamos a punto de llegar al garaje cuando Marife no pudo contenerse:

—¿Ese no era Quique, el instructor del gimnasio?

—Marife, por favor —Trató en vano de pararla su marido.

—El mismo, ¿lo conoces?

—Estuve apuntada un semestre el invierno pasado. —dijo y se quedó mirándome con sus ojos de avestruz.

—Es un fisioterapeuta magnífico, tiene una manos increíbles según dice Carmen, deberías probarlo.

—¿Yo? Oh, no, de ninguna manera. —saltó escandalizada.

—¿Sales de viaje? —atajó José Luís.

—Vuelvo a Sevilla, tengo un proyecto con la Junta de Andalucía.

—No sé si te lo debería decir, pero no es la primera vez que este tal Quique, viene a tu casa, incluso de noche.

03 abril 2021

Capítulo 144  Al otro lado del espejo

(Tiempo aproximado de lectura: 40 minutos)


Se me dan bien las teorías, me pasé años montando una, hablando sobre ella en cuanto había ocasión, tanto que parecía saber del asunto más de lo que en realidad sabía. Teoría de la bisexualidad evolutiva, un nombre pomposo para algo de lo que en realidad no tenía la menor experiencia. Se formaban corrillos a mi alrededor y me escuchaban con atención, y para cuando decidí ponerla a prueba no se me ocurrió nada mejor que bajar a los infiernos. Patético. Ahora me veía repitiendo la misma jugada, hablando mucho y muy bien del mundo de las relaciones abiertas como si mi experiencia abarcara algo más que un amago de fracaso matrimonial. Ahí estaba, dispuesto a arriesgar el futuro de Maca y Fran con tal de ver mis fantasías hechas realidad. Karajan levantando la batuta.

Hice lo típico en estos casos; comprar una botella del mejor vino. Llegué con diez minutos de antelación, deseaba que fuera ella quien me recibiera y mis deseos se cumplieron, me quedé alelado viendo la transformación que había logrado con algo de maquillaje bien manejado, un recogido de pelo que descubría lo seductor que puede ser un cuello desnudo y un tremendo vestido de noche bien ceñido a su cuerpo. Si me hubiera abierto la puerta en lencería no me habría causado ni la mitad del efecto que me provocó.

19 marzo 2021

Capítulo 143  Exilio


(Tiempo aproximado de lectura: 38 minutos)


Los días corrían y el exilio forzado al que me tenía sometido Santiago comenzaba a pasarme factura. No se podía decir que estuviese aislado, en poco tiempo había logrado formar un equipo cohesionado con el que mantenía una relación cordial incluso fuera de la Junta; había hecho amistad con dos o tres de los funcionarios más cercanos, algún comentario lanzado al vuelo nos había dado pistas de que coincidíamos en ideas, gustos y aversiones y en ocasiones tirábamos hacia el centro para tomar algo y hablar de cualquier cosa menos del trabajo. ¿Amistad? Algo parecido.

22 enero 2014

Capítulo 65 La droga

(Tiempo aproximado de lectura: 47 minutos)



La ducha me ha despejado, me siento bien. Mientras termino de secarme echo un vistazo a la ropa que me ha prestado, un blusón de lino beige, pantalón oscuro y un bóxer que a simple vista me parece algo estrecho. Me pruebo las zapatillas y resultan muy cómodas, es como estar en casa. Salgo del dormitorio y veo a Doménico al fondo, en la cocina, sentado en una banqueta alta enfrascado en el móvil. Levanta la vista cuando me acerco.

-        “¿Mejor?” – su tono es cordial, viste de forma parecida a la mía, tiene el pelo húmedo, señal de que también él ha aprovechado para refrescarse. ¿Solo? Desecho esa idea de mi cabeza.

-        “Mucho mejor, fuiste demasiado generoso con el whisky en el pub, pensé que intentabas noquearme”

-        “Por cierto, no te he dado las gracias… por lo del pantalón”

Hago un gesto con la mano dando por zanjado el asunto pero continúa

-        “En serio, me pareció increíble por tu parte; sin tu ayuda no hubiera conseguido llegar… ya sabes”

La escena se me presenta vívida, fresca, al detalle. Quizás en el fragor de la batalla, cargado de morbo y alcohol me pareció coherente. Ahora, despejado tras la ducha, frente al hombre al que le había facilitado el camino hacia el coño de mi esposa… desvío la mirada sin darme cuenta, como si me avergonzase.

-        “Lo siento, no pretendía molestarte”

¡Mal jugado! Lo último que quería es situarme en el papel de marido cornudo pasivo que juega el rol de consentidor-sufridor  y que se limita a mirar cómo su esposa se entrega al amante de turno. Me irrité conmigo mismo, tenía dos segundos para corregir el error.

13 diciembre 2013

Cap 63 Enroque corto

(Tiempo aproximado de lectura: 63 minutos)


-        “Todo empezó como una broma”

Carmen no ahorró detalle en su relato aunque evitó entrar en descripciones escabrosas. Comenzó a describir la trastada, - así la definió -, que me inventé camino de Sevilla y cómo le fuimos dando forma kilómetro a kilómetro hasta construir unos personajes que nos iban a servir para llenar de morbo y aventura el tiempo libre que nos quedaría durante aquel congreso. Se trataba de un juego inocente en el que nos comportaríamos como si fuéramos  amantes ante otra persona, nada más. Pero ella descubrió algo nuevo; la insoportable excitación, nunca imaginada hasta entonces, que le supuso presentarse ante un desconocido como si no fuese ella, usando una personalidad diferente, protegida tras un anonimato que le permitía ser, decir y hacer cosas que jamás se hubiera atrevido bajo la piel de Carmen. Descubrió que esa libertad para transgredir le gustaba más, mucho más de lo que había llegado a apreciar en un primer momento.

Representar nuestros papeles ante Carlos nos excitaba, jugábamos a ver quién era el más atrevido de los dos, el que llevaba su personaje más lejos. Carmen me describió como un jugador siempre dispuesto a echar un pulso más osado, arriesgando, siempre subiendo las apuestas, y a ella misma como la perfecta compañera de juego, lanzada, dispuesta a asumir el riesgo, lista para responder “lo veo” a todas las propuestas por fuertes que fueran,  disfrutando con el morbo hasta el punto de ser ella la que, dejándose llevar del impulso por lanzarme un órdago ganador, se inventó la historia de la orgía sin calcular que en aquella partida se estaba jugando con los sentimientos de una tercera persona.

Doménico escuchaba atentamente sin interrumpirla. A veces Carmen se demoraba en una pausa eligiendo las palabras adecuadas o poniendo orden en sus recuerdos, como cuando tuvo que explicar las contradicciones que experimentó cuando tras haberse declarado libertina se quedó sin argumentos para frenar los avances de Carlos.

Acompañó otro largo silencio mientras mi mujer se perdió rememorando la huida de Sevilla antes de poder expresarla en palabras, una huida que la hizo sentirse cobarde, ruin.

A pesar de todo, a medida que el relato avanzaba Doménico veía perfilarse una pareja enamorada. Meses después me contaría que lejos de encontrar una historia sórdida o vulgar en la que el argumento principal era el sexo y la lujuria, lo que Carmen le describió aquella tarde fue una historia de amor, compleja y poco ortodoxa, pero muy profunda.

01 diciembre 2013


Capítulo 62 Todo empezó como una broma

(Tiempo aproximado de lectura: 31 minutos)



La primavera comienza a hacerse notar con fuerza en este Madrid de primeros de Marzo. Intento huir del intenso tráfico de mediodía y callejeo para llegar al restaurante en el que he quedado con Carmen para almorzar. He salido con tiempo suficiente y me detengo en una de las escasas tabernas que aún quedan de las de vermut de grifo y tapa de boquerón en vinagre, de paredes alicatadas de azulejos con evocaciones goyescas, de las que huelen a gamba y a berberecho, donde la cerveza se sigue  tirando en barro y en las que aun se apunta con tiza en la vieja barra de madera la consumición de la clientela.

De tanto repetir la escena, mi mente conserva nítida la imagen de mi mujer tomada de la cintura por ese hombre que la atrae hacia si y la besa en la boca sin que ella oponga ninguna resistencia. Sus brazos, ¿dónde estaban sus brazos? Creo recordar que cuando la besó por primera vez se hallaban cogidos de las manos, pero en ese momento, cuando se atrevió a volver a besarla… no se, yo estaba tan trastornado que no puedo recordar. Creo que una de sus manos iniciaba un saludo de despedida en el brazo de él y acabó apoyada en su pecho. Si fue así no lo sé, quizá es mi imaginación que ha rellenado la escena ya que no tuve ojos más que para esas bocas que se unían. Recuerdo su espalda arqueándose como si por una parte intentase huir del beso y al mismo tiempo estuviese atrapada por el deseo. Tuvo ocasión de reprocharle la osadía, pudo alegar sorpresa la primera vez, sin embargo el segundo beso lo vio venir y no hizo nada por esquivarlo.

¿Estoy acusándola de algo? ¿Es esto un reproche? En absoluto. Preparo los argumentos que momentos después posiblemente tendré que enfrentar a sus dudas al tiempo que alimento la excitación que me produce rememorar esas escenas.

El proceso está en marcha. Si como Carmen dice, Carlos es agua pasada, acabamos de dar el pistoletazo de salida a la nueva aventura y toda la emoción contenida se me agolpa en la garganta impidiéndome respirar con normalidad.


Apuro el vermut  y salgo a la calle a encontrarme con la adúltera, con esa mujer que me vuelve loco y con la que voy a ultimar los planes para seducir al que hemos decidido que será su nuevo amante.


19 octubre 2013

Capítulo 60 Liberada

(Tiempo aproximado de lectura: 19 minutos)


Sus ojos me escrutaban cada vez que se llevaba a la boca un poco de ensalada. Buscaba en mi rostro la más mínima reacción, cualquier gesto que delatara mis emociones, ¡Cómo si no fuera suficiente con ver mi verga oscilando al ritmo que marcaba mi acelerado pulso y que la mantenía erguida y dura como una roca! 

Apenas vestidos, - ella con la bata de baño sobre los hombros mostrándome su desnudez  y yo con la sudadera -, cenamos en la cocina, uno frente a otro en el mismo lado de la mesa para exhibirnos, para mostrarnos lo más indecentes y obscenos que pudimos. Carmen no dejaba de mirar mi palpitante polla, rezumando flujo y a la que no me había permitido cubrir el glande. Mantenía una postura provocativa. Con un pie apoyado en el travesaño central de la mesa de cocina me ofrecía a la vista su sexo entreabierto, de un brillante color rosáceo que evidenciaba su excitación. Había tomado el control desde que salió de la ducha y entró en la cocina arrollándome, a mí me excitaba verla tan abiertamente sexual y la dejé hacer a su antojo.

- “¿Sabes una cosa? Creo que me lo voy a tirar. Me apetece, está muy bueno”

¿Mera fantasía o decisión recién asumida? ¿Provocación? Sí. Me provocaba con sus palabras, con su sonrisa lasciva, con su mirada descarada, me provocaba cada vez que escogía las partes de la ensalada salpicadas con mi semen y se las llevaba a la boca para deleitarse exageradamente o me las ofrecía para que fuera yo quien las saboreara. No era la primera vez que hacíamos algo así pero nunca había sido tan intensamente erótico como esa noche.

- “¿Sí?, ¿eso es lo que quieres, follártelo?, ¿eh, zorra?”

- “Sí, y tú también estás muerto de ganas por que me acueste con él”

Asentí con la cabeza sin dejar de mirarla. Sabía que estaba escenificando su fantasía, esa forma soez de hablar y esos gestos obscenos eran un juego, sí, pero la veía… quizás demasiado metida en su papel, como si estuviera viviendo con excesivo realismo la historia que nos estábamos montando.

- “Sí, sí, cielo; quiero verte follando otra vez”

- “Eres un cornudo compulsivo cariño. Entonces, ¿qué hago? ¿le provoco, dejo que me meta mano, le traigo a casa?

No había parado de azuzarme desde que nos sentamos a cenar, estaba tan excitada que a veces parecía a punto de caer en un orgasmo.  Cornudo, sí; pocas veces me lo llamaba y cuando lo hacía casi siempre era porque yo la instaba a hacerlo. Esa palabra había salido de su boca porque sabía que me excita escucharla, entonces además noté matices nuevos en la forma que tuvo de lanzármela, desprecio calculado en sus ojos, un tono algo paternalista e indulgente en su voz. No le di más vueltas, aquello era lo que quería escuchar en su boca, formaba parte del juego, ella despreciativa, yo sumiso. 

- “Hazlo como tú quieras” 

No lograba apartar mis ojos de su sexo, tan expuesto ante mí, tan tentador.

- “¿Te gusta lo que ves?” – dijo al ver mi fijación.

- “Me encanta, sabes que me vuelve loco” – Se acarició el pubis, dejando que su dedo medio dibujara el surco húmedo. Una intensa sacudida de placer la obligó a cerrar los ojos.

- “¿Más que el de Graciela?” – gimió.

- “No lo sé, aún”

- “Ya se lo verás ¿Y el coño de Elena, te gusta más que el mío?”

- “No, tú me gustas más, mucho más”

- “Mi coño,” -  me corrigió – “¿te gusta más mi coño o el de Elena?”

- “El tuyo, siempre el tuyo” – Me miró con escepticismo.

- “¿Tú qué sabes? A lo mejor cuando se lo comas a Graciela resulta que te gusta más”

11 mayo 2009

Capítulo 43   La humillación

(Tiempo aproximado de lectura: 30 minutos)


No lo vi hasta el break de las diez y media, yo estaba sentado en una de las primeras filas y me levanté con calma, esperando que salieran antes las filas posteriores. Fue entonces cuando le reconocí caminando hacia la puerta; había olvidado por completo que fui yo mismo quien le puso al tanto del programa, los ponentes y  los trámites para la inscripción aquella vez que Carmen le pasó el teléfono para despejar mi incredulidad ante la idea de que estuvieran almorzando juntos.


De repente me encontré envuelto en una desagradable sensación de inseguridad, por un segundo me descubrí sopesando la absurda posibilidad de salir sin ser visto, abandonar el curso y volver a Madrid, cosa que inmediatamente rechacé de plano, aquella insólita reacción me sorprendió, no soy persona que rehúya los enfrentamientos, aun así me molestaba tener que  cruzar una sola palabra con Roberto. Asumí que era inevitable el encuentro y que lo debía enfocar de la mejor manera posible, pero… ¿Cuál era esa manera?


Le despreciaba profundamente, era difícil que no se me transparentara con claridad, tampoco tenía por qué ocultarlo, ¿debía mostrarme como el esposo ofendido o quizás era preferible aparentar que desconocía hasta dónde había llegado su abuso?


Decidí no aplazarlo más, no iba a mostrarme cordial pero tampoco pondría mis cartas sobre la mesa, le dejaría moverse en el terreno inestable de la duda,  Roberto no tenía por qué conocer lo que yo sabía.


Cuando entré en la sala habilitada para el break no le esquivé, me preparé un café y tomé dos pastas; enseguida me localizó, supuse que él si había ojeado la lista de asistentes y conocía mi presencia allí, me dirigió un leve saludo con la cabeza, yo le respondí de la misma manera, estaba en la zona de los zumos a donde yo me dirigía. Fue él quien inició el saludo.


- “Hola Mario, sabía que andabas por aquí”

- “Hola Roberto”  

03 diciembre 2008

Capítulo 36  La preparación

(Tiempo aproximado de lectura: 24 minutos)


El despertador interrumpió mi breve descanso y la pereza inicial, que me hubiera tentado en otro momento a apagarlo y ganar una hora más de sueño, se disolvió instantáneamente cuando recordé que aquel era el día en el que se iba a negociar la entrega de mi esposa.


Me levanté de un salto y arrastré a Carmen a la ducha, ambos estábamos agotados por la falta de sueño y el agua fría nos ayudó a despejarnos.


Cuando nos despedimos, antes de montarnos cada uno en nuestro coche, me retuvo un momento de la mano.


- “¿Estamos haciendo lo mejor?” – me dijo preocupada.

- “¿Para nosotros? Sin duda, para Carlos por supuesto, nunca en su vida va a estar con una mujer como tú” – sonrió y me dio otro beso.

- “¿Estás seguro de lo que vas a hacer?” – insistió una vez más

- “Dime que no quieres follar con Carlos y cancelo el almuerzo”

- “¡Qué cabrón eres!”  - dijo riendo.

- “¡Dilo, venga!” – vi esa expresión traviesa en sus ojos, preludio de alguna maldad; Se acercó a mi oído.

- “Quiero saber si con la lengua es tan bueno como con los dedos” – la abracé, me volvía loco escuchar esas palabras de su boca, dejaba a un lado los miedos y se lanzaba a disfrutar excitándome.

- “¡Pero qué puta te has vuelto!” – me miró con la lujuria brillando en sus ojos.

- “Y a ti te encanta”


Aquella mañana nuestras habitualmente breves conversaciones por Messenger fueron más tórridas y mas continuas, cada vez que algo nos interrumpía nos prometíamos volver tan pronto como fuera posible; Pasamos la jornada envueltos en sexo y deseo.


A media mañana la tensión era insoportable y apenas me dejaba concentrarme en mi trabajo, las imágenes se agolpaban en mi cabeza y me llevaban al escenario donde se había comenzado a fraguar la claudicación de Carmen ante sus propios deseos y ante mis continuas presiones.


La imaginaba desnudándose ante Carlos, reviví ese gesto suyo tan personal al liberarse del sujetador; los brazos echados hacia atrás soltando el broche y luego, tomando con una sola mano uno de los tirantes, arrastra la prenda que se desprende de sus pechos y los muestra altivos, firmes, erguidos, duros.

19 octubre 2008

Capítulo 34  El encuentro

(Tiempo aproximado de lectura: 80 minutos)


A medida que se acercaba la fecha en la que Carmen se encontraría con Carlos empecé a notar como la seguridad que hasta entonces había demostrado ante ella y ante mí mismo comenzaba a resquebrajarse; Seguía pensando de la misma forma, me excitaba sobremanera la idea de verla entregada a otro hombre y seguía confiando ciegamente en su amor, pero visceralmente  la cercanía de aquel encuentro me producía en ocasiones una agobiante angustia ante la que nada podía hacer. Era un temor irracional que parecía inmune a todos los argumentos que hasta entonces habían bastado para alejarlo.


Luchaba contra estos miedos, intentaba tranquilizarme argumentando que era lógico que me sintiera así, iba a ser la primera vez que estuviese a solas con Carlos desde la frustrada noche sevillana; Habíamos hablado mil veces de él y mis presiones en la cama en momentos álgidos de gran carga erótica habían logrado que Carmen acabase por reconocer que le deseaba, que, -literalmente -, deseaba follar con él; Sabía que aun no estaba madura y que cuando hablaba así en realidad se movía en el terreno de la fantasía, pero las circunstancias parecían ponerse a favor de que aquella escena pudiera convertirse en realidad.


Si al menos pudiera estar presente; La idea de no saber durante varias horas si Carmen habría cedido a sus propios deseos y a las presiones que yo mismo le había hecho me provocaba una desazón que me paralizaba, quería confiar en ella, no me cansaba de repetirme a mí mismo que no tenía intención de acostarse con Carlos, que solo era una cita para charlar y entregarse unos regalos, “tú eres el que no sabes diferenciar la fantasía de la realidad”  me había dicho en más de una ocasión; eso me debía tranquilizar, sin embargo…


Sin embargo yo sabía que aquel día habría algo más que un intercambio de regalos; Carmen me había confiado, sin ocultar su emoción,  la intención declarada de Carlos de besarla nada más verla y yo temía que no tuviera la suficiente capacidad de resistencia ante tanta ternura, si apenas le pudo contener en Sevilla donde ya estuvo a punto de dejarle alcanzar su sexo ¿cómo iba a detenerle ahora, después de tantas conversaciones intimas y tanto deseo confesado?