Mostrando entradas con la etiqueta abuso. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta abuso. Mostrar todas las entradas

11 agosto 2025

 Capítulo 202 A las puertas del abismo

 Tiempo estimado de lectura: cincuenta y cinco minutos.

 

 

«Aquel que lucha con monstruos, cuide de no convertirse él mismo en un monstruo. Y si miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.»

Friedrich Nietzsche. Más allá del bien y del mal

 

 


No sé nada de Carmen. Le he dejado un sinfín de llamadas, ¿por qué no responde?

 

Estoy hecho polvo. Recuerdo vagamente que me metieron en un taxi, no sé a qué hora. He amanecido tarde, muy tarde, tirado sobre la cama con la ropa de calle y un dolor de cabeza que me martillea las sienes. Después de ducharme, la he llamado, he bajado a desayunar, he vuelto a insistir, he subido a la habitación, tenía varias llamadas perdidas, ninguna de Carmen, todas tratando de localizarme. He faltado a una reunión en la Junta. Mierda. He vuelto a llamarla; nada. Cuando ha sonado el teléfono, he respondido pensando que sería ella, pero no, era Emilio preocupado porque se han puesto en contacto con él preguntando por mí. He llamado a la Junta y me he disculpado, he conseguido que nos veamos esta tarde. He vuelto a intentar dar con ella. ¡Joder, dónde está!

 

Me he presentado en el Penta. Lo más probable es que esté cerrado, aunque sospecho que está allí con el hijoputa de Diego.

 

Voy a tener razón. La puerta está abierta, las luces, apagadas, cruzo el local escuchando mi respiración agitada sobre el profundo silencio, me dirijo al despacho, oigo voces.

 

Entro. El inconfundible olor a hierba inunda el despacho.

 

Diego está al teléfono. Se le cae la sonrisa.

 

La veo. Oh, Dios, ¿qué es esto?

19 marzo 2023

Capítulo 176  Lo que ocurre en la playa… (6)

Tiempo aproximado de lectura: 45 minutos.


Yo no te pido que me firmes

diez papeles grises para amar.

Solo te pido que tú quieras

las palomas que suelo mirar.

De lo pasado, no lo voy a negar,

el futuro algún día llegará

Y del presente,

qué me importa la gente

si es que siempre van a hablar.

Pablo Milanés, 1978

Pablo Milanes y Silvio Rodríguez en Argentina (escuchar)


Veintinueve de Agosto, dos mil uno

—¿Quién era?

—Emilio. 

—¿No ha querido hablar conmigo?, qué raro.

—Estaba reunido.

—¿Qué quería?

—Pedirme un favor. Lleva hablando con los inversores varios días, le corre prisa cerrar un acuerdo con Esteve; le conociste en el simposium.

—Puede ser, no me suena.

—Está aquí, tiene casa en Sancti Petri. Ha pensado que, como le conozco, podría hacerme cargo, así evita desplazarse a Sevilla; se lo dijo y le pareció perfecto. En una hora como mucho lo resuelvo.

—Todo eso sin contar contigo.

—Mujer…

—Lo veo muy precipitado, Mario. ¿Precisamente hoy?

—Una hora. A ver si vas a ser la única que trabaje en vacaciones. 

—Eso es un golpe bajo. —protesté.

Se marchó, tampoco sería tanto tiempo; quién era yo para reprocharle nada. Hacía una mañana espléndida, me puse un short de algodón y una camiseta, recogí las tazas del desayuno y descolgué la ropa del tendedero. A la sombra de la fachada trasera incluso hacía fresco. Clasifiqué la ropa en montones y entré al cuarto de servicio a sacar la carga de la lavadora. Desde allí escuché el móvil.

29 enero 2023

Capítulo 174  Lo que ocurre en la playa… (4)

Tiempo aproximado de lectura: 38 minutos.


—¿Seducir a Mageli? 

No pude reprimir el desconcierto al enterarme de la conversación con Gerardo.

—Quién ha dicho que vaya a se-du-cir a Mageli —repitió, machacando cada sílaba—, no soy tan retorcida.

Me contó la estrategia planeada para observar la conducta de su acérrima enemiga; de ese modo, con una mirada objetiva, podría saber si la sospecha de su marido era cierta o tan solo un oscuro deseo. 

—Te desprecia —objeté—, lo vas a tener difícil para acercarte a ella.

—Ya veremos; en cualquier caso habré aclarado el motivo de su aversión

La apoyé, como siempre hago. Tomé la decisión de dejarle el campo libre, allí solo sería un estorbo; además, era una buena ocasión para explorar los alrededores. A las ocho de la tarde, después de una improvisada ruta turística y sin noticias de Carmen, imaginé que le estaba yendo bien. Aparqué donde pude. Cómo me alegré de haber llevado el auto pequeño. Pensé darme un capricho: reservé mesa para las diez en uno de los mejores restaurantes y seguí deambulando por Conil.


27 septiembre 2021

Capitulo 153  Vendida


(Tiempo aproximado de lectura: 45 minutos)



—Hola, putita.

Me volví a todos lados.

—¡Estás loco! ¿cómo se te ocurre?

—Tranquila, putita, lo tengo todo controlado.

—No vuelvas a llamarme así y menos en el portal. —le amenacé.

—¿O qué? ¿se lo vas a decir al señor? Venga, sube, ya ha llegado, dile que te he llamado putita. Y cuando me mande llamar le contaré algunas cosas —le hice gestos de que se callara, pero me ignoró—: que me gustan los anillos que llevas en los pitones, o que el lunar que tienes en la teta se pone muy durito cuando te lo chupo; ¿quieres que siga?

Lo dejé con la palabra en la boca y fui hacia el ascensor.

—Espera, todavía no he terminado.

—¿Qué quieres?

—Hay un vecino que está muy interesado en ti.

—Qué dices.

—Don Jaime, el estirado del sexto, lo conoces pero como vas siempre con esos aires… Se fijó en ti desde que estuviste viviendo aquí. Me preguntó quién eras, le fui contando lo que sabía, que eres psicóloga, doctora en psicología nada menos, que no eras como las demás sino una amiga del señor Rivas y que eras su huésped porque necesitabas un lugar para aislarte y trabajar en un caso difícil. Vamos, lo que me dijo el señor. No ha parado de interesarse desde entonces aunque con el tiempo ha deducido que esa historia es una tapadera, lo mismo que piensan todos en el edificio. Y aquí viene el asunto: quiere que me encargue de conseguir tus servicios.

27 agosto 2021

Capitulo 151  Un ogro detrás de la puerta

(Tiempo aproximado de lectura: 33 minutos)


Guido se fue pronto, nos dimos un buen revolcón y a las cinco volvió al gimnasio. Me vino bien porque no quería tenerlo toda la tarde en casa y no sé cómo me las hubiera arreglado para hacerlo marchar. Ni siquiera lo acompañé, le escuché asearse, se vistió y me dio un beso de despedida convencido de que me había dejado agotada. Le oí cerrar la puerta y me quedé en la cama pensando en mis sentimientos, una mezcolanza de emociones desbordadas por el regreso de Mario en el que nos reencontramos tal y como éramos entonces, nos abrimos con total sinceridad y nos entregamos con el deseo fresco y renovado. Guido fue la culminación, el regalo de despedida de Mario. Sin embargo no podía obviar los silencios y las sombras que provocó una explicación vaga y retorcida. Elena, ¿qué pasó con Elena? Me dejó una sensación parecida al reflujo de las olas cuando llega la bajamar.

Me gusta acodarme en el muro a ver el cambio de la marea en las costas del norte. El mar se resiste a abandonar la playa conquistada y a veces lanza un ataque agonizante tratando de recuperar el terreno que sabe perdido. Así me sentía intentando mantener la euforia del fin de semana. Terreno perdido. Mario no estaba y yo trataba de apuntalar las emociones que cultivamos aún a costa de ocultar la amarga sensación de estar viviendo silencios ya vividos. Hablamos, escuché, quise creer para no estorbar la marea crecida. Pero ahora, en pleno declive, no pude negar lo evidente: algo no había ido bien, no conseguía dejar de pensar en el desencuentro que a duras penas logré evitar. Otra vez no, otro engaño no. Qué ocurrió con Elena, qué hablaron, lo que fuera que hubo no fue capaz de compartirlo conmigo. 

Y tenía relación con Carlos.

No iba a amargarme el resto del Domingo, preparé una bolsa de deporte y me fui a las piscinas del club, poco después estaba nadando. 

06 junio 2014

Capítulo 75 Fundido en negro

(Tiempo aproximado de lectura: 52 minutos)

Carmen se miró el cuello por última vez en el espejo del cuarto de baño, el maquillaje disimulaba bastante bien las marcas más antiguas que ya empezaban de palidecer, todavía recordaba las miradas de Gloria cuando apareció por su casa sin haber ocultado los rastros de la batalla. Al otro lado, los dientes de Doménico se perfilaban con claridad en una zona que el cuello de la camisa no conseguía ocultar del todo y a la que tuvo que dedicarse con mayor atención.  Un repaso final a su aspecto general fue determinante para despejar las ultimas dudas: hoy tenía que pasarse por casa a recoger ropa. Iría a mediodía  para no coincidir conmigo, no se encontraba preparada para eso todavía.

Se despidió de Doménico con un beso que se convirtió en un abrazo intenso, apasionado, demasiado largo, demasiado intenso, los cuerpos tan pegados como para sentir la incipiente erección y comenzar a humedecer la braguita recién estrenada. ¡Mierda, olvidó comprar salvaslip!