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30 septiembre 2015


Capítulo 94 Agité la botella…

(Tiempo aproximado de lectura: 50 minutos)

  30sep15


“Luego te llamo, necesito pensar, estar solo”

Una vez más la evitaba.

 Llevaba intentando comunicarse conmigo desde el sábado, sin prisas para no agobiarme. La primera vez aquella misma madrugada, una llamada que no contesté; el domingo por la mañana hacia las doce probó de nuevo, un mensaje marcado por la cautela; debió imaginar de todo al ver que no la llamaba, incluso que Carmen y yo habíamos iniciado el camino de la reconciliación. A las tres de la tarde, quizás sobrepasada por la preocupación me volvió a llamar pero no fui capaz de responder; en lugar de eso le envié ese mensaje. Puro egoísmo; un mensaje en el que, una vez más, no pensaba en la otra persona que formaba parte de mi vida en ese momento. Yo, conmigo mismo, lamiéndome mis heridas.

No volvió a insistir; la imaginé desolada, ignorada por el hombre que la dejaba al margen cuando más podía necesitarla, como si ella no fuese suficiente mujer para ayudarle.

¿Cómo decirle que no era esa la causa? ¿Cómo explicarle que solo necesitaba un tiempo de silencio, de soledad y luego, luego la buscaría?

La conversación con Doménico me había hecho ver las cosas con otra perspectiva. Hasta entonces me había situado en el punto de vista del marido abandonado, del esposo engañado. Sí, claro que reconocía una parte de la responsabilidad. Aceptaba que había sido el motor del cambio de nuestro matrimonio, un matrimonio que había descarrilado. Yo fui el impulsor del juego que en Sevilla la llevó a los brazos de Carlos, era yo quien le hizo cambiar sus ideas sobre las relaciones de pareja, quien movió los hilos para meter en nuestra cama los fantasmas de otras personas que, al menos en nuestras fantasías cuando el orgasmo estaba cerca, follaban con nosotros y así conseguía que Carmen consintiese en asumir como suyas ideas que al principio solo eran mías. Pero nada más; hasta ahí limitaba mi responsabilidad.

Aquella conversación, a  pesar del rechazo que manifesté, me hizo pensar.

De alguna manera fue como quien agita una botella de cava y cuando suelta el tapón intenta detener la fuerza desbordante que él mismo ha provocado. Por mucho que se esfuerce por devolver el corcho a su lugar jamás conseguirá controlar la furia que ha desatado.

03 junio 2015

Capítulo 92  Cicatrices

(Tiempo aproximado de lectura: 22 minutos)


 

¿Es posible que me esté acostumbrando a vivir solo? No lo sé, lo cierto es que una nueva rutina se ha instalado en mi vida, una rutina que se ha superpuesto a la que formaba parte de mi vida anterior.

El dolor está ahí, lo percibo pero es más llevadero que los primeros días. Ahora me despierto y me cuesta menos entrar en mi nueva realidad. Me he acostumbrado a que sea la radio quien llene el silencio que me rodea. Ahora es Iñaki Gabilondo quien habla conmigo y me pone al día cada mañana mientras me afeito y me visto. Luego, en el auto, continúa acompañándome, contándome las cosas que antes ya me contaba y que más tarde comentaba con Carmen.

Supongo que estoy comenzando a cicatrizar. Quizás es demasiado pronto porque tarde o temprano tendré que afrontar decisiones, encuentros con ella que harán que la herida sangre de nuevo. Falta por informar a la familia. Ese va a ser un trance duro, hay mucho vivido en común, mucho cariño entre todas las partes y habrá que comunicarlo de la mejor manera para que el daño sea el menor posible; mis suegros, mis padres, mis sobrinas, mi cuñada. 

Míos, míos. Forman parte de mí.

No, no lo van a entender, va a ser un golpe muy duro.

22 octubre 2014

Capítulo 85 Mea culpa

(Tiempo aproximado de lectura: 49 minutos)



(Viernes mediodía)




“Jean-Marc tuvo un sueño: siente miedo por Chantal, la busca, corre por las calles y, por fin, la ve, de espaldas, mientras camina y se aleja. Corre tras ella y grita su nombre. Está ya a pocos pasos cuando ella vuelve la cabeza, y Jean-Marc, estupefacto, tiene ante sí otra cara, una cara ajena y desagradable. No obstante, no es otra persona, es Chantal, su Chantal, no le cabe la menor duda, pero su Chantal con la cara de una desconocida, y eso es atroz, insoportablemente atroz. La abraza, la estrecha entre sus brazos y le repite entre sollozos: ¡Chantal, mi pequeña Chantal, mi pequeña Chantal!, como si quisiera, al repetir esas palabras, insuflar su antiguo aspecto perdido, su identidad perdida, a aquella cara transformada.”


Milan Kundera, La identidad




Carmen conduce en silencio por la carretera de la Coruña haciendo de una manera automática la ruta hacia su casa, esa ruta que ha hecho tantas veces y hoy recorre sin ilusión, porque no va hacia su hogar. Desea llegar antes que Mario, prefiere recoger sus cosas en soledad y evitar un encuentro incómodo en el que podrían volver a saltar los desencuentros. No tiene fuerzas para discutir, está muy cansada, tan solo desea recoger algo de ropa, unos cuantos objetos personales y algunos recuerdos, estar el mínimo tiempo posible en un entorno que le duele y volver a casa de Irene.

Al enfilar la avenida que conduce al edificio en el que ha vivido tantos años se le encoge el corazón, tan solo una semana antes ese recorrido la hubiera llevado a su refugio, al confort de su hogar. Ahora la guía a un espacio ajeno en el que está de paso, en el que sabe que se va a sentir como si fuera una extraña.

08 octubre 2014

Capítulo 84 Ruleta rusa

(Tiempo aproximado de lectura: 56 minutos)


(Viernes)


Desde la mullida cama de Graciela escucho el rumor del agua en el baño. Me ha despertado el dolor de mi mano que se hace notar saliendo de una tregua que ha durado no sé cuánto, tres, cuatro horas quizás. 

Hace frío, echo en falta el calor que la calefacción central de casa, aún apagada, mantiene durante la noche y por otra parte agradezco estar arropado hasta el cuello, bajo el suave y ligero edredón que nos ha cobijado.

La luz entra a raudales a través de los visillos. Anoche no me percaté de la ausencia de persianas. Ella está duchándose y siento una débil tentación que destierro inmediatamente. No, no tenemos la suficiente confianza, no sé si rompería su intimidad. Prefiero esperar y quizás otro día ser invitado a compartir con ella ese placer.

El silencio que sucede a continuación se llena de murmullos que pinto con imágenes. La supongo desnuda envuelta en una toalla. Algunos sonidos me ayudan a recrear una pierna doblada con el pie sobre una banqueta o quizás apoyado en el borde de la bañera mientras ella seca el muslo. ¿Tendrá el cabello envuelto en una toalla? A lo mejor usa un gorro de baño como…

Un agudo dolor me atraviesa el pecho. Las imágenes se han transformado, ahora es Carmen la que suplanta a Graciela y seca sus pechos con esa gracia que conozco tan bien. Se enrolla la toalla en la cintura y al sentirse observada, gira la cabeza y me mira traviesa, “¿qué me miras?”

17 septiembre 2014

Capítulo 83 Entre mujeres

(Tiempo aproximado de lectura: 54 minutos)


(Jueves noche)


- No sé lo que estoy haciendo Irene, no sé…

Carmen la mira a los ojos, está a punto de derrumbarse

- Mejor nos vamos de aquí

Es cierto, las miran. Será por el beso en la boca que impulsivamente le dio al llegar. Quizás su escena con Borja no pasó tan desapercibida como ella pensaba. Las miran y nota que Irene no está cómoda aunque no es mujer que se acobarde, en eso es como ella. 

Y salen del bar cogidas de la mano, sin agachar la cabeza, su altura las hace destacar entre la gente que a esas horas ya abarrota el local y les impide moverse con soltura para alcanzar la salida. 

Las miran, Carmen se siente extraña pero la sigue erguida, tan erguida como va Irene, mirando al frente, serena, con ese aire de digna indiferencia que les impide sentirse manchadas por las miradas curiosas que las catalogan. Se siente segura de la mano de su amante dejándose etiquetar como lesbiana. 

01 septiembre 2014

Capítulo 82 En picado

(Tiempo aproximado de lectura: 34 minutos)


(Jueves noche)

“¡Mierda, mierda, mierda! 

¡No, joder, no era así como quería hacerlo! ¿qué coño me ha pasado? ¿Cómo he podido joderlo todo otra vez?”

Salí del Vips dando tumbos, tropecé con una pareja que me insultó pero ni me detuve ni me disculpé; cuando quise darme cuenta había perdido la noción del rumbo que había tomado Carmen. Si pudiera encontrarla, si pudiera decirle que no era así como tenía previsto encontrarme con ella.

Se acabó, todo está perdido. 

No he sido capaz de escucharla, no he sido capaz de hablar con serenidad, de exponer lo que ya sabía, lo que he visto con mis propios ojos sin alterarme. No, no he podido contener la ira, el despecho, la rabia, no he sido capaz de sofocar el orgullo herido y he dado rienda suelta al insulto fácil. ¿Este soy yo, este animal, este bruto? ¿En esto me he convertido?

Y claro, como si no la conociera, Carmen se ha revuelto y ha dicho cosas duras, durísimas, pero ¿acaso no ha dicho lo que yo me estoy repitiendo día tras día desde que nos hemos separado? 

07 abril 2013

Capítulo 54 Disociación

(Tiempo aproximado de lectura: 19 minutos)


Dualidad


Amanecía y la pálida luz que comenzaba a diluir la oscuridad de la alcoba nos encontraba despiertos, cara a cara,  con la mirada clavada en el otro. Mi mano derecha descansando en el hueco de su cintura, su mano derecha rodeando mi agotado pene, el dedo pulgar extendido hasta rozar mi vientre acariciando a veces el vello como si de un impulso nervioso espontáneo se tratase; los demás dedos cobijaban al otrora orgulloso guerrero y lo apretaban con suavidad, sin ritmo determinado, con silencios y pausas anárquicas.

Y los ojos abiertos.

Nuestra mirada era un puente tendido sobre la almohada. ¿Se transmite el pensamiento? El científico dice NO. El hombre desnudo,  enfrentado a la mujer mas bella, mas puta, mas adorable a la que acaba de follar, joder, hacer el amor y con la que ha compartido las confidencias mas descarnadas, las confesiones mas libres y con la que ha roto todo los pactos y firmado cumplir las mayores profanaciones  dice  SI.

-        “No vas a conseguir de mi mucho más que eso” – dije cuando mi polla alcanzó un estado de grosor interesante pero no como para endurecerse lo suficiente, la noche había sido intensa y lo que en otro momento habría bastado para lograr una potente erección apenas podía mantener el volumen alcanzado.

-        “¿Quién te dice que quiero algo más que esto?”

Estaba relajada, inmóvil, de espaldas a la ventana. Su cabello revuelto esparcido por la almohada dejaba algún mechón pegado en su frente por el sudor. Dejé que mi mano acariciara la curva de su cadera y apreté levemente su nalga, mi polla dio un salto.

-        “¿No decías que estaba muerta?” – sonrió al sentirlo en su mano

-        “Sabes que tu culo me puede”

Arrastró su cara unos centímetros por la almohada, los suficientes para unir sus labios a mi boca. Abandoné su nalga y busqué su pecho. Mi dedo pulgar jugó con su pezón. Se estremeció.

-        “Me duele”

-        “Te mordí, lo siento, déjame ver”

26 diciembre 2011

Capítulo 52 Mudando la piel

(Tiempo aproximado de lectura: 22 minutos)


Café con leche; la leche bien echada, con arte, haciendo círculos lentamente para provocar una abundante espuma blanca.  Agradecí con un gesto  al camarero su buen hacer y eché medio sobrecito de azúcar.  Mientras daba vueltas al café no pude evitar volver la vista a la mesa que quedaba detrás a mi izquierda y cuya ocupante había llamado mi atención al entrar.

Pelo castaño claro recogido en un moño alto, delgada hasta marcar los pómulos y dibujar suavemente las mandíbulas en su rostro. Cuello esbelto en el que se insinúan las vértebras que se pierden bajo el negro suéter de escote ovalado que deja ver sus clavículas. Espalda recta a pesar de que apoya sus codos en la mesa mientras lee un libro

Cuando entré, de alguna manera debió notar mi mirada pues sus ojos abandonaron la lectura para cruzarse brevemente con los míos. Ojos de un verde intenso que ahora, al volver la vista atrás mientras removía mi café, respondieron a mi insistencia con un aire de altiva interrogación.

Juro por esos dioses en los que no creo que jamás me comporto así. Quizás fue la necesidad de resarcir al varón malherido que acababa de poner en tela de juicio en la sauna de la que apenas salí cinco minutos antes, lo cierto es que mis pasos me dirigieron con una seguridad que no era mía hacia la mesa de aquella hermosa mujer, con la taza en la mano, mientras ella no dejaba de desafiarme con el magnetismo de sus ojos.