Capítulo 30 La capitulación
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El amanecer nos expulsó del paraíso y nos devolvió a la realidad, Carmen salió hacia su trabajo, temiendo el encuentro con su jefe, presagiando su propia indecisión, luchando por compaginar su dignidad y su ambición.
Y yo, mientras me dirigía al gabinete, pensaba si no me habría extralimitado con mis palabras sobre Roberto, prácticamente le había aconsejado que se dejase llevar del placer que pudiera sentir cuando éste la metiese mano. Recordé algo preocupado mi respuesta a su pregunta sobre si debería dejarle ir más allá. Lo que le dije parecía una clara invitación a hacer lo que hiciera falta para no perder el ascenso.
……
- “¿Qué?” – Carmen llevaba ya un rato incómoda por las insistentes miradas de Roberto a sus piernas y se decidió a afrontar el asunto con la esperanza de que la dejara trabajar tranquila, se había sentado de lado para poder cruzarlas sin preocuparse ya que Roberto estaba al otro lado de la mesa, pero éste se las ingenió para acabar frente a ella; era como un niño, - pensó Carmen -, a veces su comportamiento rayaba lo infantil.
Prefería verlo de ese modo antes que como un acosador, le resultaba menos difícil afrontar sus manoseos como la travesura de un chiquillo que como el abuso de un pervertido. Roberto la miró fingiendo no entenderla
- “Basta ya, no me dejas concentrarme en lo que leo”
- “¿Y yo qué culpa tengo de que tus piernas sean tan largas, tan perfectas…”
- “Ya, ya, ¿podemos seguir trabajando?” – Roberto no tenía intención de parar.
- “¿Te las has medido alguna vez?” – Carmen se quedó boquiabierta ante lo inesperado del argumento, no pudo evitar un golpe de risa que molestó visiblemente a Roberto, ella intentó suavizar el efecto de su gesto.
- “Nunca se me ha ocurrido tal cosa, eso de las medidas es mas cosa de chicos” – Carmen maldijo su tendencia a sacarle punta a todo, Roberto creyó ver en esa frase un resquicio y lo aprovechó
- “¿Quieres saber mi medida?” – su sonrisa resultaba casi sucia.
- “No gracias, no tengo el más mínimo interés, venga, sigamos trabajando”
- “Veintidós centímetros” – Carmen estalló en una carcajada, era un farol propio de un adolescente en plena sobredosis hormonal y no se pudo controlar, Roberto se levantó y echó mano de la cremallera de su bragueta.
- “¿Qué haces? ¿estás loco?” – Carmen descruzó las piernas y se irguió dispuesta a levantarse si a Roberto se le ocurría seguir adelante.
- “¿Juegas al mus?” – Carmen no le seguía – “he lanzado un órdago y tú has dicho ‘lo veo’”
- “No Roberto, no he dicho nada, dejémoslo ya, y si no vamos a trabajar me voy” – dijo recogiendo los papeles de la mesa, Roberto levantó las manos en señal de rendición
- “De acuerdo, se acabó el tema, pero reconoce que te he intrigado” – Carmen renunció a seguir alimentado aquel absurdo diálogo.
- “Venga, a tu sitio” – dijo indicándole con un dedo la silla al otro lado de la mesa, le trataba como a un chiquillo malcriado y Roberto obedeció sonriendo.
- “Luego dirás que no te hago caso” – Carmen había reanudado la lectura del documento y no se dio cuenta de que había sonreído al escuchar este último comentario, Roberto vio el gesto.
- “¿Ves como en el fondo te lo pasas bien conmigo?”
Carmen subió la vista hacia él con expresión de incredulidad y volvió a la lectura; pensó que, a pesar de todo, había conseguido crear un buen clima entre ellos en el que le resultaba más fácil controlar sus excesos o soportarlos cuando no podía disuadirle. Aquella situación le resultaba más llevadera que la confrontación permanente en la que ella asumiría el papel de víctima y él sería el abusador.
Poco antes de terminar la reunión, Roberto le anunció un almuerzo para el día siguiente con miembros de la junta del Colegio para negociar una inserción no publicitaria en la revista con motivo de la reestructuración del gabinete.
- “Ponte guapa, ya sabes”