Capítulo 209 Trigo limpio
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En el capítulo anterior…
Carmen subió al ático buscando distancia tras una conversación devastadora con su hermana que acababa de conocer la decisión de la separación. Mientras Esther se derrumbaba, Carmen presenció cómo Mario la consolaba con una ternura y cercanía excesivas: una mano en el hombro, una voz melosa, una mirada compasiva. Aquella escena encendió la certeza de que entre ellos había surgido algo que amenazaba con destruir a la familia.
Decidida a evitarlo a toda costa, tomó una decisión drástica y dolorosa: asumir la culpa de la ruptura para proteger el núcleo familiar. Contactó a Elvira, su primer amor, y le hizo creer que su matrimonio estaba acabado, Mario estaba destrozado y corría el riesgo de caer en brazos de Esther. Tras abrirle el camino, le pidió rescatarlo antes de que fuera demasiado tarde, suplicándole mantener aquella conversación en secreto.
Comunicaron la separación a la familia. La reunión fue tensa y dolorosa: el padre se derrumbó, la madre dirigió su decepción contra Carmen, reprochándole la ruptura y dando por sentado que él era la víctima. Esther se dedicó a consolar a todos, especialmente a su padre y a su cuñado. Carmen vio confirmadas sus sospechas sobre la peligrosa cercanía con su cuñado.
Al salir, se miraron como dos extraños. Mario anunció que había quedado con Elvira. Carmen decidió ahogar la soledad invitando a Guido a casa; la noche se convirtió en un torbellino de sexo salvaje, alcohol y drogas. Guido la poseyó sometiéndola de formas cada vez más intensas y humillantes. Carmen se entregó sin barreras buscando olvidar el rechazo familiar. Compartieron porros, alcohol y coca en una extraña mezcla de sexo, euforia química y vacío emocional.
Tras comunicar la separación a la familia, Mario, destrozado y sin ganas de volver a casa, había improvisado una falsa cita con Elvira. En realidad, vagó a la deriva y acabó refugiándose en un pub donde se hundió en sus pensamientos hasta el cierre del local. Entonces, entabló conversación con la camarera. La sintonía fue inmediata y terminó invitándolo a su casa. En cuanto llegaron, cayeron en una espiral de sexo intenso. Durmieron enredados, y a la mañana siguiente continuaron con una intensidad más lenta y profunda. Al despedirse, Alejandra lo dejó claro: no quería ser el polvo de una noche.
Al regresar a casa, Mario se topó de bruces con la cruda realidad: Carmen y Guido acababan de ducharse tras una noche de excesos. El salón era un caos de botellas vacías, ceniza, pastillas de sildenafilo y restos de cocaína. La discusión estalló de inmediato. Se cruzaron insultos como nunca antes y él, herido y asqueado, declaró que sentía lástima por ella antes de anunciar su marcha definitiva. Guido, harto de la escena, le arrebató la toalla y la manoseó frente a sus ojos. Él, ultrajado, salió del salón y se cambió de ropa mientras escuchaba cómo la pareja hacía crujir la cama; su rival la poseía con brutalidad para asegurarse de que lo oyera. Sin mirar atrás, abandonó el ático dando un fuerte portazo.
La mañana continuó entre sexo y drogas: Tras un breve descanso, desayunaron en la cocina. Destronado Mario, Guido se sentía el nuevo señor de la casa y pidió una llave para entrar y salir a su antojo.
Cuando se marchó, se quedó sola, exhausta y devastada. Intentó limpiar a conciencia la casa para borrar las huellas de la locura, pero la resaca física y emocional era abrumadora. Entonces recibió una llamada de Tomás: la operación contra Santacruz se cancelaba. Todo el esfuerzo y la humillación habían sido en vano, había destruido su matrimonio y su dignidad por nada, y se sintió más perdida y rota que nunca.
Tras la dolorosa reunión familiar, Mario recibió un mensaje de Amalia, su suegra. Quedaron en una cafetería tranquila. Amalia estaba visiblemente afectada y le pidió explicaciones sobre la separación. Le contó una versión suavizada y parcial de lo ocurrido ocultando los detalles más escabrosos. Amalia le transmitió un mensaje cargado de emoción: no quería perderlo, era como un hijo y, pasara lo que pasara, siempre tendría un lugar en la familia y en su vida. Le habló de la crisis que había vivido con Fernando, le dijo que Carmen era demasiado impaciente; ella, en cambio, seguía allí.
Se despidieron con un largo abrazo y un beso que se acercó peligrosamente a la comisura de los labios; en otras circunstancias lo hubieran resuelto entre bromas. Mario se quedó con la extraña sensación de que Amalia le estaba ofreciendo algo más que consuelo: un refugio emocional que, en medio del naufragio de su matrimonio, resultaba tan reconfortante como desconcertante.
Pasado el tenso y humillante enfrentamiento en el que Mario los sorprendió en casa, ambos volvieron a reunirse. Esta vez el tono fue muy distinto: más calmado y cargado de arrepentimiento. Carmen se disculpó por sus hirientes palabras sobre Elvira y admitió que llevar a Guido a casa fue una reacción al pánico que le producía la soledad. Él pidió perdón ante las cosas horribles que le dijo, recordándole que él mismo la había animado a explorar su sexualidad con el culturista. Ella le comunicó su decisión: se marcharía en unos días a uno de los pisos de Tomás. Mario le ofreció que se quedara en el ático, ya que se estaba instalando en casa de Elvira, pero Carmen rechazó la idea; los recuerdos eran demasiado dolorosos. Mario insistió en que la casa seguía siendo de los dos y le propuso no venderla todavía, le ofreció también la casa de la sierra para cuando quisiera usarla.
Marcada por una tristeza serena y resignada, la conversación transcurrió sin gritos ni provocaciones. Se despidieron con un gesto leve en el aire, dejando flotar la posibilidad de conservar al menos un resto de respeto mutuo entre las ruinas de su matrimonio.
Trigo limpio
Carmen apoyó la espalda en el cabecero de la cama. El silencio se le antojaba una caja de resonancia de sus errores. Tenía el cuerpo molido, pero el dolor físico no era nada comparado con esa lucidez amarga que llega cuando la adrenalina y las sustancias desaparecen del torrente sanguíneo.
Se miró las manos y sintió una punzada de desprecio. Sabía perfectamente lo que había hecho. No podía culpar al destino, ni siquiera a Mario. Había sido ella quien, arrastrada por una mezcla de pánico y soberbia, decidió dinamitar los puentes. Se reconoció como alguien que, ante la posibilidad de ser abandonada, opta por hundir la nave con ella dentro.
Durante meses, había construido una narrativa a medida: Había señalado a Mario como el culpable de su deriva. «Él me empujó a esto», decía, convencida de que su caída era el resultado de haber sido moldeada. Se había aferrado a la idea de que la había manipulado, la había incitado a buscar sexo esculpiéndola a imagen y semejanza de la mujer liberada y audaz que soñaba pero no era. Se había convencido de que su comportamiento era un producto manufacturado por los deseos de su marido.
Al observar el desorden de su propia vida, la coartada se desmoronó bajo el peso de la realidad. Él había actuado como un catalizador que activó lo que ya estaba allí, escondido en las grietas de su identidad. Él no había creado sus demonios; les había hecho salir a flote. Ella se había entregado a esa transformación no por sumisión, sino porque, en el fondo, disfrutaba de la oscuridad que le permitía liberar. Se había convencido de que interpretaba un guion escrito por él, cuando en realidad, había sido la autora de su propia autodestrucción. Cada encuentro, cada exceso, cada humillación consentida, no era un tributo a los deseos ajenos, sino el reflejo de una insaciabilidad que ni siquiera ella sabía cómo saciar. Culparlo había sido la excusa perfecta para no mirarse al espejo y admitir que todo aquel caos nacía de su pasado.
Ahora, sola y abatida, comprendía que nunca había estado atrapada en el mundo de Mario, sino en el suyo propio. Había usado las obsesiones de su marido como un medio para explorar los rincones más oscuros de su mente, y cuando el juego se volvió demasiado peligroso intentó cargarle con la culpa del incendio aunque el fuego era suyo, ella lo había encendido, lo había alimentado y se había dejado consumir por él.
Lo recordó despidiéndose con una tristeza serena. Le dolió más que si la hubiera abofeteado. Él estaba aceptando la derrota, pero ella estaba asumiendo su naturaleza: esa capacidad de sabotear lo que ama, de buscar el consuelo en los brazos equivocados y revolcarse en una degradación que, en el momento, le pareció necesaria para no sentir el vacío.
Había mentido, había manipulado a Elvira, se había entregado a Guido con una violencia autodestructiva... y todo para terminar donde empezó, pero más sucia. Se sentía como una impostora que finalmente ha sido descubierta. Había intentado jugar a ser la mártir que se sacrifica por la familia; en el fondo sabía que sólo era una forma de no enfrentar su propia incapacidad de ser "buena" en los términos que la sociedad, o su propia madre, esperaban de ella.
«He vuelto a hacerlo», pensó, mientras evitaba que una lágrima siguiera su camino. «Me he traicionado a mí misma, he vuelto a elegir el camino que me deja sola».
Había una especie de honestidad brutal en ese fracaso. No quedaban máscaras, ni el trabajo con Tomás, ni el papel de esposa perfecta, ni siquiera el de amante audaz. Sólo quedaba una mujer con una sombra demasiado larga que, por mucho que corriera, siempre acababa alcanzándola. Se sentía pequeña, ruin, mala y, sobre todo, consciente de que el caos que la rodeaba no era un accidente, sino su propia obra.
«No soy trigo limpio».
Se levantó de la cama sintiendo el vacío que queda al despojarse de la mentira y reconocerse. «No soy buena, no soy de fiar». No había a quién culpar. No había un "él me hizo" que la protegiera del abismo de su propia responsabilidad. Sólo quedaba ella, desnuda ante la evidencia de que, por mucho que buscara culpables, aquella noche había perdido la guerra más importante: la que libraba contra sus propios demonios. Y lo peor no era haber perdido, sino saber que, en el fondo, tal vez nunca quiso ganar.
El Filo de la Navaja
Andrés caminaba de un lado a otro del despacho. Carmen observaba desde el sofá de cuero la silueta recortada contra el ventanal que daba a la calle Génova; luchaba contra el recuerdo de Guido que aún le quemaba en la piel.
—¿Dónde te metiste ayer? —soltó sin volverse. La voz le vibraba entre la autoridad del jefe y los celos de amante primerizo.
—Estaba… indispuesta. ¿No te lo dijeron? —cruzó las piernas alisando la falda con las manos. El encubrimiento era su nueva especialidad, pero Andrés, que le sacaba veinte años de colmillo retorcido, siempre le hacía sentirse evaluada.
—Serra llamó interesándose por el “proyecto cántabro”. Quién coño le habrá ido con el cuento.
—Amelia —respondió con evidente desprecio—. Es su sobrina, y lo saca a relucir en cuanto tiene ocasión. Cree que marcar territorio la hace indispensable en el gabinete.
Andrés golpeó el marco de la ventana.
—Amelia... ¡será zorra!
—Cálmate. ¿Qué quería Serra exactamente?
—Le han llegado rumores sobre nuestros viajes a Santander y el escaso fruto de los mismos. No lo dijo así, pero la conclusión fue esa —Andrés se giró buscando en ella alguna señal de debilidad—. Lanzó un velado mensaje sobre la imagen que está dando nuestra “dudosa relación profesional”.
Carmen sintió un escalofrío. Si Serra, uno de los consejeros más influyentes, empezaba a oler el ruido de sábanas en los desplazamientos institucionales, las consecuencias no tardarían en hacerse notar.
—¿Eso dijo? ¿Dudosa relación? —preguntó con fingida indignación ocultando el agotamiento de las últimas veinticuatro horas sumida en el torbellino tóxico de un culturista que no aceptaba un "no" por respuesta—. Es... asqueroso. ¿Quién ha podido…?
—Tú misma lo has dicho: Amelia. Nadie más tiene acceso directo a Serra.
—¿Qué le dijiste?
—Defendí el proyecto y tu presencia como pieza clave de la expansión. Justifiqué todas y cada una de las actuaciones y le presenté los objetivos a medio y largo plazo. No sé si quedó satisfecho, ese hombre es impenetrable.
Andrés se acercó saltándose la distancia que dictaba la prudencia. Fue a decirle algo que, en el último momento, no llegó a pronunciar.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó ella en un susurro.
—Esperar y ser cautos. Voy a mover de nuevo los contactos en Santander; debo reavivarlos como sea. Y nosotros... —le puso una mano en el hombro, apretando un poco más de la cuenta— tenemos que extremar las precauciones. Y eso se extiende a Ángel.
Contuvo el aliento. Mantener el equilibrio entre el presidente y el socio del gabinete —sus dos amantes y probables rivales— era un juego de alta tensión que empezaba a pasarle factura.
—Acaba con los rumores, Carmen.
—Dentro de una hora tengo una reunión con Ángel, le diré...
—No digas —la cortó, imperativo—. Actúa. Páralo. Evitad cualquier mirada fuera de lugar, ni un gesto dudoso; procurad que no os encuentren en ninguna situación comprometida.
«Como a nosotros, si entrase alguien», estuvo a punto de reprocharle, pero se contuvo.
—Algo tendré que decirle, no sabes cómo es cuando nos quedamos a solas.
—Frénalo, no tienes por qué dejarte… ya sabes lo que quiero decir.
Andrés imaginó lo que debía de pasar en el despacho, a solas. Carmen lo vio crisparse y se sintió desnuda.
—De acuerdo —continuó—, pero de esto, ni una palabra. Ni de Serra, ni de Amelia. Hazle creer que es una decisión tuya por el bien de tu carrera.
Carmen asintió, levantándose con una elegancia que escondía las agujetas y el caos mental. Andrés le robó un beso en los labios antes de dejarla ir, ella le correspondió porque su olor le traía tantos recuerdos...
—Quiero volver a estar contigo, quiero… quiero volver lavarte… ya sabes qué —le susurró, pegado a sus labios.
—No, por favor. Andrés, basta.
—Cariño…
—Esto no puede ser —le reprendió colocándose la falda—. Aquí no.
¿Aquí no? ¡Qué estaba diciendo! Le había recriminado y, en el fondo, se estaba reprochando su propia flaqueza. Lo miró, afligido, y sintió lástima por él; esto lo superaba. Se acercó y le acarició la mejilla.
—No es culpa tuya, no sólo tuya. Debemos ser responsables.
—Lo sé y no sabes cuánto me esfuerzo, pero te deseo tanto… —le cogió las manos con fuerza—. He pensado alquilar un piso,
—¿Estas loco? ¡Ni se te ocurra!
—Un hotel, una casa rural.
—Ya veremos —dijo con tal de acabar de una vez. Tenía sesenta minutos para pasar de ser la amante sucia y profanada del presidente a la amante distante del psiquiatra.
Mientras, el fantasma de Guido seguía vibrando en su cuerpo castigado.
Yo me acuso
—¿Me lo vas a contar?
La reunión estaba a punto de acabar; era hora de abordar el incómodo asunto pendiente. Había tenido que frenarlo en seco al entrar. Ángel me abordó como un Miura; no había alcanzado a cerrar la puerta cuando ya sentía su aliento en el cuello y las manos firmes en mi cintura, buscándome, pegándome a su pelvis. ¿Es que no podían dejarme tranquila ni un segundo? Me acorraló contra la puerta buscando mi boca con una violencia asfixiante. Sentí el roce rugoso de la chaqueta contra mis brazos desnudos y el peso de su cuerpo imponiendo el ritmo de siempre. Bajó una mano por dentro con esa confianza posesiva de los hombres que se creen dueños de todo, se las arregló para subirme la falda tubo, enseguida la sentí en la cara interna de los muslos. Tuve que emplear mucha mano izquierda y un sutil pero firme empujón para zafarme. ¡Por Dios!
Tras tolerarle un último manoseo en el que sus dedos se hundieron en mi escote, conseguí que nos sentáramos a trabajar. No volvió a importunarme y abordamos los temas pendientes. Una hora después, habíamos terminado y preparaba la manera de decirle que aquello —los tocamientos, los polvos en el despacho a deshora— se tenía que acabar, cuando de pronto soltó la pregunta: ¿Me lo vas a contar?
Sabía a lo que se refería. Andrés no era consciente, pero yo sí; incluso Ángel había captado la forma en que se relacionaba conmigo. Es más, creo que yo misma también había cambiado. Cómo no, si a veces lo pillaba mirándome con ojitos de cordero degollado. Se lo había advertido por activa y por pasiva, le estaba costando horrores volver a ser el mismo que era antes de acostarse conmigo, su pupila, su protegida como decían las malas lenguas, ahora con razón.
—¿Qué quieres que te cuente? —pregunté, fingiendo desinterés.
—Lo que pasa entre Andrés y tú. ¿Te lo has tirado?
—Qué animal eres, Ángel.
—Eso es un sí —y soltó una carcajada seca—. ¡Lo sabía! Estaba seguro de que te lo ibas a follar. Venga, cuenta. ¿Cómo fue?
—¿Quieres bajar la voz?
No lo soportaba cuando se ponía en ese plan.
—Vale, desembucha. ¿Fue aquí, en el despacho? No... fue en Santander, ¿verdad?
Traté de darle largas, le conté lo bien que se había portado conmigo para enderezar mi maltrecha imagen tras la confusión durante el atentado.
—No te vayas por las ramas —me cortó.
Nos volvimos a sentar. No iba a dejarme en paz hasta obtener su ración de morbo.
—Tuve que justificar muchas cosas —continué, midiendo mis palabras—. Entre ellas, que tú y yo...
—... estemos liados. ¿En serio no lo sospechaba?
—Había oído rumores. Lo que más me costó fue explicarle que nuestra relación fuera anterior a tu entrada en el accionariado. Se sintió engañado. Tuve que emplearme a fondo: le conté parte de mi historia, lo del verano pasado.
—¿Qué, del verano?
—¡Sí, hombre! Cuando Mario y yo fuimos al congreso de Sevilla y fingimos ser sólo amigos.
—Y te enrollaste por primera vez con un tío. Que fuerte, ¿eh?
—No te burles. Le conté lo de Roberto, la separación... y cómo conocí a tu mujer.
Ángel arqueó una ceja.
—Ah, ¿conque mi mujer también entró en la confesión? Qué detalle por tu parte no dejar cabos sueltos. ¿Le contaste...?
—¿Que me violaste? No, qué va.
—Lástima —sonrió con un cinismo irritante—. Podrías haberle hablado de las veces que hemos recreado la escena y lo burra que te pone.
—No seas cerdo, Ángel.
—Al grano. ¿Cuándo te lo cepillaste?
Respiré hondo y me acomodé en el asiento. No iba a escudarme en que sucumbí a un arrebato de pasión ni en el afecto que sentía de antiguo por Andrés. Al fin y al cabo, Ángel ya conocía de mí mucho más de lo que debería. Le contaría las maniobras que hice para controlar aquella difícil entrevista donde debía justificar mi conducta durante el ataque a las Torres Gemelas: no sólo el porqué no volé a Nueva York, sino mi silencio absoluto mientras todos estaban preocupados por mi paradero. Le contaría todo.
—Vámonos de aquí —dije, poniéndome en pie con una determinación que le sorprendió—. Busquemos un sitio tranquilo.
Salimos a la calle, nos alejamos lo suficiente para evitar encuentros incómodos y nos refugiamos en una cafetería discreta, un rincón anónimo donde yo pudiera recomponer las piezas de la historia. Elegimos una mesa esquinada al fondo. Ángel sonreía.
—¿Qué pasa?
—Pasa, que entrar contigo en cualquier sitio provoca que todos se giren a mirarte, y me hace consciente de que soy un tipo con suerte por llevar del brazo a un pibón como tú.
—Sabes que detesto oír esas cosas.
—Mira a tu alrededor —señaló, haciendo un recorrido por el establecimiento—. Al entrar, han vuelto la cabeza todos, todos. Dime, ¿qué se siente al tener tanto poder sobre los hombres?
Sonreí, recordaba a Mario en una situación parecida, usando los mismos argumentos. Ángel arqueó una ceja.
—¿Qué te hace tanta gracia?
—Que los hombres estáis cortados por el mismo patrón.
—Se la has puesto dura a todos los tíos de la cafetería —Se inclinó sobre la mesa—. Reconócelo: te encanta.
—Si tú lo dices... Calla, viene el camarero. Yo no se la veo dura.
—Serás perra…
—Seré.
No era hora de café y pedimos unas cañas. En cuanto se marchó, Ángel entró a saco.
—Anda, sigue. ¿Por dónde ibas?
—Acababa de proponerme lo del seminario de Santander, ya sabes, convertirlo en un curso de dos semanas. «Vente conmigo a Cantabria», dijo. Iba a dar unas lecciones en la universidad y quería que fuera con él. «Podría ser la ocasión para desconectar», añadió. Al principio fui reticente, le pregunté qué pintaba yo allí. Me explicó cómo pensaba transformar una clase magistral en un seminario dándome carta blanca; yo gestionaría una parte, sería mi proyecto.
—¿Tenía sentido?
—Ninguno, me toca a mí dárselo. Estoy en ello.
—¿Crees que la propuesta llevaba doble intención? Yo también lo creo. Conozco a los de su especie.
—No creo nada, Ángel. Había tirado demasiado de la cuerda desde el 11S y debió de hacerse ilusiones.
—Andrés… —Ángel se quedó pensativo—. No imaginaba que la relación hubiese derrapado de tal forma, lo tenía por una especie de mentor, un tutor aburrido empeñado en hacer de ti una excelente profesional. Había advertido un celo excesivo, te lo dije mil veces, aunque nunca me hiciste caso. Jamás pensé que detrás de su papel de… gurú, hubiese un libertino.
—Puede que, sin pretenderlo, fuera yo la culpable a causa de tus insinuaciones, Ángel. Siempre malmetiendo: que si te mira así, que si está loco por ti, que cuando te das la vuelta se queda enganchado a tu culo… Siempre igual. Llegó el momento de dar explicaciones por mi ausencia tras el 11S y no supe enfocarlo; todas esas ideas influyeron en cómo afronté el encuentro. Me sentía carente de argumentos.
Él acortó el espacio que los separaba apoyando los codos en la madera.
—No irás a decirme que usaste la estrategia de la seducción.
—Dicho así suena fatal.
—Dímelo tú, entonces.
—No quería perder su apoyo. Podía esperar cualquier cosa en cuanto se enterasen de que no estaba en Nueva York. Los que se habían aliado en contra mía desde el asunto de Roberto montarían un escándalo por no haber avisado de mi paradero; los más afines tampoco lo entenderían. Necesitaba seguir contando con él a toda costa, como fuera.
—¿Como fuera? —Ángel sonrió con malicia—. Explica eso.
—No me interpretes mal. Iba a darle explicaciones y quería causarle buena impresión. Tenía que emplearme a fondo. La tensión jugó en contra mía y arriesgué en exceso. Me probé varios conjuntos sin encontrar el adecuado. Escogí una blusa negra.
—¿La del escotazo? Ya sé por dónde vas.
—Esa. En un impulso, me deshice del sujetador y la conjunté con un tejano gris. Me miré en el espejo: Demasiado atrevido, no quería tirar por la borda una relación de años basada en la confianza. Seguí sacando prendas y probándome, al final recuperé uno de los modelos que había desechado.
—Miedo me das. ¿Qué elegiste para domar al mentor?
—Me puse un suéter gris de cuello barco y unos pantalones negros súper altos; ya sabes, ese look de modelo que, según tú, me hace unas piernas infinitas. —dije sonriendo.
—El de cuello barco… —Ángel se relamió adrede.
—Lo elegí pensando en ti. —Mentí; en realidad, pensaba en Mario—. Siempre dices que te gusta porque deja los hombros al descubierto.
—Y las clavículas. Te queda de muerte, me pone a cien.
—Ese pantalón me hace un culo fantástico; además, llevaba un tanga de talle alto para evitar marcas. Ah, y una cazadora corta. Elegí unas sandalias de medio tacón, no quería apabullarlo, sólo derribar la primera ofensiva del ataque que iba a encontrar. Un poco de sombra de ojos, algo de color en los labios y salí justa de tiempo.
—No querías apabullarlo, dices, y sólo con la descripción, me tienes...
—Calla, tonto. Salió a recibirme y tras los dos besos de rigor permaneció mudo. Recordé tus palabras, Ángel, y he de darte la razón: me miraba de otra manera. Le pregunté si había noticias de ti. «Es pronto», respondió mirando hacia otro lado con preocupación. Nada más, se replegó en un silencio acusador. Estaba decidida a ganármelo como fuera. Dejé la chaqueta sobre uno de los butacones.
—Para lucir palmito, claro.
—¿Vas a parar de interrumpirme? Le conté que tu estrategia me abocaba a una actividad comercial. El coaching no encaja en la línea del gabinete y por eso rechacé acompañarte, aunque al final acepté por otros motivos…
—Pensaste que te vendría bien alejarte. —masculló con sorna.
—Así es; cambié de opinión, quería alejarme unos días, ya sabes por qué. Pero después de haber aceptado, recapacité: era un error por razones que no vienen al caso. A última hora, cuando estaba a punto de embarcar, no fui capaz.
—¿Lo entendió?
—Más o menos. Dijo que logramos sacar a Solís gracias a ti y, sin saberlo, metimos otro lobo en el corral.
—Muy acertado —rio Ángel—. Soy un lobo y tú, mi loba favorita.
—¡Estate quieto! Eres como eres, sólo hay que saber llevarte.
—Y tú sabes cómo hacerlo, por supuesto.
—Le anuncié mi decisión de presentar la renuncia. «No te lo consiento», respondió. Estaba todo hablado, iba a marcharme, pero tenía algo más que decir, parecía grave. ¿Recuerdas el viernes anterior, cuando te dije que había cambiado de idea y volaría a Nueva York?
—Sí, claro.
—No te lo conté.
—Soy todo oídos.
¿Debía decírselo? ¿Ganaba algo con aquella confesión?
—Desembucha.
—Sabes que me lo hiciste pagar.
—Es una forma de decirlo —Ángel se acercó al oído—. Te di un buen repaso en el despacho. (1)
—Era tarde, creíamos estar solos y nos pegamos un buen repaso los dos, es verdad. De pronto escuchamos entrar a alguien. Reaccionaste bien, cerraste el pestillo, pero el ruido alertó al intruso.
—Al intruso… cuánto misterio. Sigue, estoy intrigado.
—Pensaría que no había nadie; oyó el ruido y empezó a recorrer los despachos, llegó al tuyo, encontró la puerta bloqueada y, como nunca se cierran con llave, hizo varios intentos. Estuviste rápido, menos mal. Cogiste tu teléfono y lo silenciaste a tiempo, antes de que sonase. Si llega a llamar al mío… me habría descubierto.
—Se habría puesto a aporrear la puerta. Imagínate que nos encuentra a los dos en pelotas —porque estábamos en plena faena, no lo olvides—: entra y nos interrumpe. No sé si nos cortó el rollo o nos metió una dosis de adrenalina; conociéndote, apuesto por lo segundo.
—Apuestas y ganas: en pelotas y haciéndote una mamada en medio del despacho, menudo espectáculo. ¿Continúo o prefieres escuchar la versión de Andrés?
—Qué difícil lo pones. Sigue, sigue, tengo curiosidad.
—«El viernes volví al gabinete a última hora», dijo muy serio. Me contó lo que ya sabíamos: oyó ruidos y se encontró tu despacho cerrado. Estaba intranquilo, volvió y se puso a escuchar detrás de la puerta.
—Voy a adivinarlo: el peligro nos había entonado, habíamos dejado las precauciones a un lado y nos oyó.
—Exacto. El subidón de adrenalina nos delató. «Carmen, allí dentro había dos personas…» —desvió la mirada como si no se atreviera a contarlo—. «Se oían jadeos, movimientos rítmicos, ya me entiendes». Fue un alivio, Ángel, ni por lo más remoto pensaba en mí
—Joder, te tiene en un pedestal el pobre hombre.
—Incluso tenía una sospechosa en mente.
—¿Sí?, ¿quién?
—Da igual.
—No, dime en quién pensó.
—Déjalo; el asunto quedó zanjado, que es lo importante.
—Todo resuelto.
—Espera, hay más. Después de rechazar mi dimisión, su conducta cambió. En menos de quince minutos la situación había dado un vuelco: de una severa amonestación a un clima adecuado para recuperar la confianza. Sin duda, compartir conmigo aquel suceso le había excitado hasta hacerle perder la compostura; sus ojos vagaban libremente por mi cuerpo. La ausencia de sujetador y el tejido tan ligero del suéter debían de estar ofreciéndole un panorama… imagínate.
—Por eso elegiste ese modelo y no otro. Por eso prescindiste del sujetador, serás bruja.
—Sabía el efecto de la ropa que llevaba, no digo que quisiera…
—¿Calentarlo?
—Déjalo. Me ofreció algo de beber, me miraba de otra forma. Tal vez…como tú decías…
—Cómo.
—Qué sé yo, sería cosa de mi imaginación.
—Un pibón como tú, con un jersey ceñido, sin nada debajo… No fue tu imaginación, te quería follar.
—Deja de llamarme pibón. Y habla más bajo, Ángel, nos están mirando. Por dónde iba… Me ofreció algo de beber. Mientras preparaba las bebidas, hablamos de cosas triviales hasta que sacó “el otro tema”: los cotilleos sobre ti y sobre mí. «Corre el rumor de que estáis liados», dijo. Lo confirmé, ¿para qué negarlo? Le dije que por eso ayudaste con lo de Solís. Me creyó.
—Bueno, entonces aclarado.
—No estoy segura. Le extrañó que tuviera una aventura contigo. «¿Qué te pasa con ese hombre? No encajáis, te saca más de veinte años», dijo. Le di un giro a la conversación; le hablé de… mi gusto por los hombres mayores.
—¿Le hablaste de nosotros? ¿En serio?
—Le conté que entre Mario y yo también existe una diferencia de edad considerable. No sólo es contigo, en general me siento cómoda con hombres maduros. Encuentro una seguridad y un saber hacer que no hallo en los jóvenes.
—La típica excusa de las lolitas: niñas pervertidas, y no tan niñas; os gustan los tíos mayores más que un pirulí. Me están entrando unas ganas enormes de echarte un polvo aquí mismo.
—¡Idiota! Se puso nervioso, incluso llegó a preguntarme si Mario estaba al tanto de lo nuestro. Respondí que no nos ocultamos nada; somos una pareja abierta.
—Se quedaría a cuadros, el puritano.
—Mudo, se quedó mudo. Le aclaré que no eres el único, y ninguno baja de los cuarenta y tantos.
—Es admirable tu capacidad para torear en cualquier plaza, Carmen.
—Le dije que los chicos de mi edad resultan banales, en cambio los hombres hechos y derechos ofrecen experiencia, serenidad y un… saber hacer.
—Qué zorra eres, cómo lo manejaste.
—No es lo que crees. Andrés estaba expectante. Añadí: «Alguien como Mario, como tú o Ángel sabéis establecer las prioridades y llevar a una mujer a alcanzar la cumbre del deseo sin quemar etapas».
—Y además, le diste un toque de poesía. Eres la hostia.
Me arrellané en el respaldo sin dejar de mirarlo. Ángel me gustaba; sabía darle a todo un toque de humor canalla que terminaba por encenderme. Y esa mirada turbia… Aunque en aquel momento no me veía; tenía los ojos perdidos en mis pechos, erguidos por la tensión de la postura. Ese era el «poder» que siempre me atribuía. Tras un instante, me acerqué de nuevo a la mesa y proseguí.
—No sé cómo llegué tan lejos. De pronto, lo enlazó con el incidente de Roberto y cuestionó el abuso.
—¡Qué dices! ¿Le contaste lo mío?
—No, se refería al abuso de Roberto, lo puso en duda.
Ángel se rascó la cabeza perplejo.
—Para eso necesitaba que entendiera cómo me transformó lo ocurrido en Sevilla; me sometí al juego de Mario, perdí el juicio y no vi las consecuencias. Andrés no quiso ahondar. «No seré yo quien os juzgue», dijo. Luego quiso saber cómo te había conocido. No podía contarle la verdad.
—Hubiera sido poco prudente, desde luego.
—Me inventé que nos presentó Claudia, estábamos en vuestra casa y apareciste tú. Le dije que estuviste muy amable y nos dieron las tantas. No se me da nada bien mentir, Ángel.
—Yo diría que sí.
—Vaya, creí que me conocías mejor.
—Tranquila, confía en ti. De todas formas, acabarás contándole la verdad. Hace tiempo que dejaste de considerarte una mujer violada; estás a un paso de alardear abiertamente de lo que pasó. «¡Miradme —declamó, gesticulando—, soy la amante del hombre que abusó de mí!». Brindemos por eso.
—Desvarías, Ángel. Y baja la voz.
—Anda, sigue.
—Comenzaba a agobiarme. Recuerdo que me recogí el pelo con ambas manos y clavó los ojos en mis pechos. Entonces llamó Mario. Mientras hablábamos, Andrés no me quitaba ojo. Incluso se recreó en mi pubis, porque estaba recostada con las piernas cruzadas de manera descuidada y el pantalón, de tan ceñido, me marcaba... eso, ya sabes.
—El coño. Qué pasa, ni que te hubiera noqueado, sólo he dicho coño.
—No he dicho nada.
—Se te han caído los párpados. ¿Te vas a correr?
—No digas bobadas.
—Vale. Decías que Andrés se recreó en tu pubis porque estabas recostada con las piernas cruzadas y el pantalón, de tan ceñido, te marcaba el coño.
—No sé por qué no corregí la postura —admití en voz baja.
—Porque te devoraba el chocho con la mirada y te pusiste como una perra en celo —sentenció Ángel, acortando la distancia—. Porque adoras que te miren. Eres puro sexo; hagas lo que hagas, pareces estar diciendo «fóllame».
—Será porque me miras con ojos de pervertido.
—Será, será... —Me recorrió de arriba abajo hasta donde a mesa le permitía y soltó un suspiro profundo—. Mejor lo dejamos aquí. Ahora mismo no escucho con la cabeza.
…..
Era hora de regresar, Ángel pagó la cuenta, salieron y continuaron charlando camino del gabinete. Sólo callaron durante la subida en el ascensor, junto a otras tres personas, y en el trayecto al despacho. Carmen dejó el bolso y la cazadora en una silla y tomó asiento al otro lado del escritorio. Estaban en ese punto donde las palabras empiezan a enredarse. Ángel quería saber más y Carmen necesitaba justificarse.
—Todo eso está muy bien, pero aún no me has contestado: ¿Te lo has tirado, sí o no?
De pronto, Ana asomó con una carpeta en la mano.
—Perdón. Ha llamado… —La expresión de ambos la hizo consciente de su error. Ángel miró fijamente a la secretaria.
—¿He dejado de hablar en español, Ana?
—Lo siento, es que es urgente…
—¿Cuántas veces he dicho que en este despacho se llama antes de entrar? ¿Cuántas?
—Lo siento, de verdad.
Ángel suspiró, recostándose en el sillón con expresión de fastidio. Carmen la observó desde su posición de ventaja. No se caían bien y ahora tenía la ocasión de verla en una situación de evidente torpeza. La eficacia de Ana, su mayor arma, le había fallado en el peor momento, y Carmen disfrutaba viendo cómo se desmoronaba.
—¿Es tan difícil de entender? ¿O tengo que explicártelo de otra manera?
—No, no hace falta.
—Espera —la detuvo cuando ya había dado media vuelta—. Quién ha llamado.
—Caruana.
—Qué quiere.
Ana le informó entre titubeos, volvió a disculparse y salió del despacho apresuradamente.
—¿Cómo puedes ser tan desagradable? Imagínate si llega a entrar mientras me manoseabas.
—Habría tenido que resolverlo como hice cuando nos sorprendió aquel compañero de tu marido. ¿Cómo se llamaba?
—No me gustó.
—Pues bien que me diste las gracias. A mí tampoco me entusiasmó, cariño, pero en este mundo o matas o te matan. No pienso dejarme eliminar; ni siquiera por la mejor hembra que he tenido jamás.
—¿Se lo has dicho a Claudia?
—¿El qué?
—Que soy la mejor mujer que has tenido nunca.
—Hembra. He dicho hembra. ¿No te consideras una hembra?
Me subió un calor incontrolable al rostro. ¿Lo notaría?
—Dí, ¿se lo has dicho? —repuse.
—No hace falta. Te ha llevado a la cama, te ha comido entera y tú la has hecho «berrear, como una ternera virgen empalada por el semental del establo». Eso me ha contado.
Claudia, la señora de la alta burguesía, hablando de berrear. Quién lo diría.
—No imagino a Claudia hablando como una…
—No la conoces. Métele un par de dedos en el culo mientras te la estés comiendo y creerás que follas con la pescadera del mercado. Sabe de sobra el filón que hemos descubierto contigo: Eres lo más bestia que ha pasado por nuestra cama, cariño.
Nadie me había dicho nunca nada parecido. Me sentí fuerte, libre, poderosa. Y él lo notó.
—¿Qué? ¿Piensas empitonarme con esos dos perdigones que apuntan en la blusa o sólo la vas a romper?
Estaba encendida. Comprobé con los dedos que el pezón abultaba de una manera escandalosa.
—Cualquiera sale ahora del despacho —dije sonriendo.
—Le puedes sacar un ojo al que se te cruce.
—¿Tú crees?
—Lo que yo te diga. ¿Vas a seguir mucho rato tocándote la teta? Lo digo por sacármela y hacerme una paja mientras.
Me hizo reír.
—Qué animal —respondí, pero no me detuve.
Tenía su mirada enganchada a mis dedos que trazaban círculos sobre aquel montecito firme y duro como una piedra. No lo veía bien, por eso saltaba de un pecho al otro devorando con los ojos al gemelo, tan agresivo como el que yo trataba con tanto cariño.
—¿Te has corrido alguna vez sólo con tocarte como estás haciendo ahora?
Si yo le contara… Dejé de estimularme el pezón y lo miré conteniendo las ganas.
—No sé por qué te consiento estas cosas.
—Porque soy el hombre que te pone más cachonda de todos los que han pasado entre tus piernas. El que te hace sentir más mujer, reconócelo. Dilo, dímelo —insistió, estrechando el cerco entre ambos.
—Es cierto. Me pones como…
—¿Como qué?
—Como ningún otro.
Como ninguno. Aunque no fuera al que más quería, aunque jamás lo elegiría de compañero. A pesar de todo, no podía negarlo: Ángel sabía llevarme al límite. Con él fui mujer como no he vuelto a serlo con nadie.
—¿Ni tu marido?
—Ni él —confesé, ahogando un dolor amargo.
Se quedó a un aliento de mi boca y me dejó con el hambre en los labios.
—Anda, sigue contando. Ah, y de Caruana te encargas tú.
Aquella escena cambió el rumbo de mi confesión.
—A raíz de que le contara mi gusto por los hombres mayores, Andrés cambió de actitud, se volvió menos formal, más cercano, más… intimista.
—¿Cómo de cercano?
—¿Recuerdas cuando dimitió Julia Blasco? Andrés estaba furioso; estaba convencido de que su decisión se debía a los rumores sobre nosotros. Y no le faltaba razón. Tuvimos una conversación muy dura que, al final y a pesar de la tensión, logré reconducir.
—No me cabe duda. ¿Cómo lo hiciste?
—Estaba fuera de sí. Decía que lo nuestro era una falta de respeto profesional y no estaba dispuesto a tolerarlo. Éramos nosotros quienes debíamos cortarlo antes de que el asunto llegara al consejo.
—Y tú, ¿cómo reaccionaste? —preguntó, visiblemente incómodo al oír hablar de las consecuencias de nuestra aventura.
—Andrés estaba alterado, pero yo también; no soporto que me levanten la voz. Le dije que ya había tomado medidas: tú llevabas días sin aparecer porque yo misma había hablado con tu mujer; ella era la única capaz de parar esto. Le sorprendió mi tono, y me preguntó a qué me refería exactamente con «esto». Ahí perdí los nervios: di un taconazo contra el suelo y le grité que sabía de sobra de lo que estaba hablando.
Recordé la mirada de Andrés. Pasmo, incredulidad y morbo por la mujer que le plantaba cara.
—Nunca le había levantado la voz, jamás. Había cruzado la línea, me lo había jugado todo a una carta, podía echarme del gabinete y hundir mi carrera. En vez de eso, sonrió. Me llamó "bruja". Así que, en un salto al vacío, le puse la mano en la solapa y le dije: "Por un momento creí que ibas a llamarme zorra".
Ángel arqueó las cejas, fascinado.
—Fue una temeridad —proseguí—, pero funcionó. Lo dejé fuera de juego. Le pregunté si quería llamarme zorra por haberme acostado contigo en el trabajo o por ser una respondona. Se echó a reír, levantando las manos en señal de rendición. Me dijo que me había vuelto muy insolente y que por un momento mi puesto había estado en el aire. Mentía, Ángel, y lo hacía fatal. Nunca tuve el puesto en el aire, Andrés no me hubiera permitido irme.
Entonces lo suponía, ahora lo sé.
—Le aseguré que no volvería a ocurrir nada que diera motivo a rumores. Se mostró escéptico, me preguntó si podía creerme, y le solté: "Te lo juro por mis niños". Estalló en una carcajada y dijo: "Eres...". Yo le interrumpí: "¿Una zorra?". Me miró como nunca antes lo había hecho, Ángel, con una intensidad que lo cambió todo, y me contestó: "Pues sí, una zorra, ya está dicho".
Sentí que había ganado la partida. Le aseguré que, fuera lo que fuera yo, de puertas afuera nadie volvería a murmurar, y menos sobre nosotros dos. Se puso serio y quiso saber si acaso había oído algo respecto a "nosotros". Le respondí que sólo eran tonterías tuyas, porque te gusta imaginar cosas sobre mí y los tíos del gabinete. Me rogó que no lo incluyeras en tus historias y pidió mi compromiso. Entonces se lo di con toda la solemnidad del mundo: "Palabra de zorra". Se rió, me llamó bruja y me dijo que esa palabra no valía; cerré el trato mediante un "palabra de colega".
—Eres la hostia. ¡Eres la puta ama!
—A partir de ahí, los roles cambiaron. Andrés es vulnerable; toda la fachada de superioridad intelectual y el respeto que me tenía como jefe permanece, bajo mi dominio. No lo manipulo, disfruto de ese juego erótico de baja intensidad. Usamos palabras con doble sentido; en mitad de las reuniones nos lanzamos indirectas que sólo nosotros entendemos... es una forma de medirnos constantemente.
—Sí, pero…
—Lo de Santander fue el punto de inflexión. Teníamos habitaciones contiguas, comunicadas por una puerta que utilizábamos para poder trabajar sin necesidad de bajar a los salones del hotel. La puerta interior abierta daba un efecto de amplitud y evitaba la sensación de estar encerrados entre cuatro paredes. Una tarde, después de una jornada agotadora, quedamos en vernos en el bar tras una ducha. Yo estaba en albornoz, deshaciendo la maleta, había dejado la ropa interior esparcida por la cama —el sujetador en la almohada… las bragas sobre la colcha…—, entonces llamó a la puerta para darme un neceser que habían dejado en su habitación.
Encendí un cigarrillo. El temor a una nueva interrupción se disipó ante una mirada inapelable, envuelta en una espesa nube de humo.
—Entró y, aunque intentó disimular, vi cómo sus ojos recorrían la habitación y se clavaban en mi escote: suelto, amplio; no me había preocupado de ajustar el albornoz. Le entregué una copia del proyecto y se marchó. O eso creía. Me quité la bata, me puse unas bragas y fui al baño a ordenar mis cremas. Cuando regresé a terminar de vestirme, Andrés irrumpió sin llamar, con las gafas de leer puestas y el documento en la mano hablando de una corrección. La sorpresa fue total, imagínate: ahí estaba yo, semidesnuda, con un sujetador en la mano. En lugar de esconderme, decidí jugar fuerte. Le di la espalda y, mientras me abrochaba el cierre, le pregunté por el informe como si estuviéramos en una reunión de gabinete. No sabía dónde mirar; balbuceaba sobre la «garra» del documento mientras sus ojos me devoraban. Sentir tanto poder me encendió. Me acerqué y le puse dos vestidos delante: «¿Cuál te parece mejor, el verde o este?». Quedé a la espera de su veredicto, consciente de que el brocado del sujetador era tan fino que no dejaba nada a la imaginación. Estaba rojo, incapaz de articular una frase coherente. Al final, eligió el verde. Al ponérmelo, le pedí que me ayudara con la cremallera. Su tacto fue de un cuidado exquisito, evitando tocar más piel de lo necesario. Cuando terminó, lo miré a los ojos, le dediqué una sonrisa y rematé con un «¿Nos vamos?».
—Joder, Carmen, te has superado.
—¿Superado, por qué? Es igual. Al volver de Santillana, las cosas avanzaron a pasos agigantados. Cenamos en el hotel, en un ambiente muy íntimo. Yo estaba agotada y él usó ese tono protector que siempre reserva para mí cuando quiere soltarme una bomba. Está preocupado por mi «nuevo look». Dice que los rumores vienen de la planta de arriba, de los socios: critican que, en nuestras visitas, visto de forma «provocativa». Se comenta que voy —y cito textualmente— «empitonada y anillada».
—No me imagino al respetable doctor Arjona usando el término «empitonada».
—No te rías, lo decía muy en serio. Y tienen razón. Te empeñas en hacerme vestir como si fuera…
—¿Una puta? —me interrumpió con frialdad—. Después de lo que me has contado sobre tu vida últimamente, no iba descaminado al pedirte que dieras una imagen más… agresiva. Reconocerás que, hasta ahora, los resultados han sido impecables.
—Estupendos —mascullé—. De paso, mi reputación ha quedado por los suelos.
—Entonces cambiaremos la estrategia. A partir de ahora, cuando tengamos una «cita VIP», pasarás por casa a cambiarte antes de volver al gabinete. Muerta la rabia, se acabó el rumor.
—Cita VIP. Pretendes que siga exhibiéndome…
—Pretendo seguir cumpliendo objetivos, nena. Y para eso necesito que hagas valer tus activos. Pero eso ya lo iremos viendo —se reclinó en el asiento, observándome—. Ahora, cuéntame: ¿cómo manejaste exactamente a Arjona?
—Lejos de ofenderme, opté por la sinceridad. Quise saber si de veras le parecía «desagradable» aquel relieve bajo mi prenda. Acabó admitiendo que le parecía «estético». Lo puse en un compromiso al evocar nuestro encuentro del día anterior: ya me había visto desnuda; juró haber desviado la vista, pero sus mejillas encendidas lo traicionaron. Con asombrosa naturalidad, le hablé de cómo los piercings logran esa firmeza constante en el pezón. Sin ser mi intención, creamos un momento de una intimidad erótica abrumadora.
—Eres la hostia.
—Al subir, nos despedimos en el pasillo. Me dijo que su visión de mí había cambiado, ya no me veía sólo como una alumna o una especie de hija, sino como una «colega y amiga». Raro, ¿no? Yo le solté: «¿Una amiga con derechos?». Se quedó bloqueado. Tomé la iniciativa, era pronto; le propuse la última copa y aceptó. Entramos en mi habitación, le pedí que preparara las bebidas mientras me cambiaba en el baño. Lo que pasó… Pensarás que lo hice adrede, nada de eso; la puerta encajaba mal y quedó entreabierta.
—Vaya, qué oportuno.
—No pienses lo que no es, la puerta encajaba mal y punto. A través del reflejo de la pantalla del televisor, lo vi. Ángel, lo vi acercarse a la cama, coger las bragas que me había quitado y llevárselas al rostro. Se quedó unos segundos sumido en un trance absoluto. En ese momento comprendí que Andrés no sólo me admira, está perdidamente fascinado.
—¿Te das cuenta de…?
—Calla. Sentí una oleada de poder. Me observaba a través del negro profundo de la pantalla, así que empecé a desnudarme frente al espejo del baño, justo donde podía verme. Después del jersey, me desprendí del sujetador y deslicé los vaqueros con lentitud; le mostré el torso desnudo en aquel marco oscuro. Incluso me despojé de las bragas y me exhibí unos segundos en la pantalla. Era incapaz de apartar los ojos de mi silueta reflejada. Fue un impulso temerario, pero me sentía más viva que nunca. Salí con unos leggings y una camiseta fina que lo marcaba todo —incluso el relieve de mis aros— y nos sentamos a beber. Hablamos de intimidades: de los hijos que no tuvimos, de éxitos y de fracasos... sus ojos estaban nublados, fijos en mis formas bajo la ropa. Nos despedimos con un beso en la mejilla en esa puerta que comunicaba nuestros cuartos; ambos sabíamos que la barrera profesional había caído.
Ángel permaneció en silencio unos instantes. Se llevó la copa a los labios procesando lo que acababa de escuchar. La dinámica de poder que Carmen acababa de describir, ese baile de seducción psicológica con el hombre más importante del gabinete, era una partida de ajedrez donde ella movía las piezas y además, cambiaba las reglas del juego a su antojo.
—Tu capacidad para desactivar a un hombre es impresionante —dijo Ángel, poniendo la copa en la mesa con un golpe seco—. Has convertido a Arjona, un tipo que se cree dueño de su propio universo, en alguien que aprovecha un descuido para inhalar tu aroma impregnado en unas bragas. Es cruel, ¿sabes? Pero, maldita sea… es brillante.
Si Ángel pretendía halagarla, lo estaba haciendo muy bien.
—A la mañana siguiente… la frontera simplemente se había evaporado. Me entretuve de más en la ducha, disfrutando del agua, y él llamó a la puerta de comunicación cuando yo todavía andaba perdida entre perchas. Entró sin esperar, balbuceando que no pretendía invadir mi intimidad como la tarde anterior, aunque sus actos lo contradijeran.
Le dije que pasara, no iba a ver nada que no hubiera visto ya. Y ahí me tenías: moviéndome por la habitación sólo con una braga de talle alto de un encaje tan fino como una caricia. No sentía ni un gramo de pudor; al contrario, me gustaba cómo actuaba, sin disimular. Sus ojos se detuvieron en mis pechos, en los aros, y pronunció un «es bonito» que me vibró en el pecho.
Me acerqué a la cómoda fingiendo buscar unos pendientes, y le pregunté, solo por jugar, qué le parecía bonito exactamente. Según él, el conjunto; me hacía un tipazo increíble. Le sonreí sintiéndome dueña de la situación. «Sí, se nota que te gusta», le solté bajando la mirada hacia lo que ocurría bajo la bragueta. El pobre me suplicó que no le hiciera eso. Estaba abochornado, pero seguí pinchándolo. ¿Acaso no eres un hombre en pleno uso de sus facultades?, le dije.
Cogí las barras del joyero —las que habíamos mencionado la noche anterior— y las mostré en la palma de la mano: «Si quieres, me las pongo ahora mismo». Sus ojos iban de mi mano al escote. A medio camino entre la broma y la provocación, le dije que si seguía mirándome así debería cambiarme de bragas antes de salir de la habitación. En ese momento me di cuenta de que el juego se nos estaba escapando de las manos.
—Hace mucho que se te escapó, cariño.
—¿Sabes? Cuando hacía esas cosas no calibraba la magnitud de mis actos; para mí eran pequeños avances, un juego, poca cosa. Ha sido a toro pasado cuando, al ganar perspectiva y verlo en conjunto, he tomado conciencia de hasta qué punto perdí el norte.
—¿Te las pusiste?
—El qué.
—Las barras, joder, ¿qué va a ser?
—Te importa una mierda lo que te he contado, ¿verdad?
—Va, no te mosquees.
—No, no me las puse. ¿Sigo o quieres que vaya al grano?
—Joder, qué carácter. Perdona.
—Para rematar, elegí una cadena de oro y le pedí que me la abrochara. Me observé en el reflejo del ventanal, con los brazos alzados y la nuca expuesta mientras él forcejeaba con el cierre. Hizo un gesto… Creyó que no lo veía. Se inclinó y me olió el cuello. Supongo que, el aroma de mi piel, recién duchada...
—Es que hueles a hembra que mareas.
—Calla. Cuando terminó, le di las gracias y, aunque intentó un amago tímido de algo más...
—¿Por fin se lanzó?
—No. Le corté el paso con un toque de ironía: "Nada, hoy no hay cremallera". Lo dejé ahí, mientras terminaba de vestirme satisfecha porque el presidente del gabinete ya no iba darme ninguna orden que no quisiera obedecer.
—Qué hija de puta…
—-La confianza no quedó ahí, Ángel. En el segundo viaje, la dinámica alcanzó otro nivel. Una noche, cenando en el hotel, Andrés sacó un estuche de joyería de los que imponen sólo con tocarlos, contenía un collar de oro blanco y diamantes. Intenté rechazarlo, era demasiado caro. Al final cedí y le pedí que me lo pusiera. Me incliné para darle un beso en la mejilla delante de todo el mundo. Él se colocó detrás de mí para abrocharlo y, aunque sin duda vio el tatuaje de la nuca, no dijo una palabra. Podía sentir las miradas de las otras mesas: una mujer joven, de mi estatura, con un hombre de su edad... La estampa era un escándalo silencioso. Al día siguiente, durante las reuniones de la mañana, yo llevé la voz cantante. Él asentía con una seriedad profesional impecable; sin embargo, sus ojos lo traicionaban escapando constantemente hacia el brillo en mi cuello antes de perderse, inevitablemente, un poco más abajo.
El teléfono interrumpió bruscamente el relato. Ángel cogió el móvil y atendió la llamada; pocas veces lo veía tan solícito. Por lo que deduje, hablaba con algún contacto influyente. Se levantó y se situó detrás de mí; mantuvo el mismo tono de voz, bajo y profesional, mientras me acariciaba los hombros.
En un descuido, deslizó una mano por el escote y se apoderó de mi pecho izquierdo amasándolo con una delicadeza que contrastaba con la frialdad de sus palabras. Sucumbí. Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás, apoyándome en su cuerpo mientras le dejaba hacer. Le gustaba jugar con los pezones de una manera especial: lo pinzaba entre el índice y el corazón, meneándolo con suavidad hasta endurecerlo, daba pequeños toques en la punta con la yema, como quien comprueba la firmeza de una joya, y volvía a pinzarlo.
Yo estaba en las nubes, pero él seguía a lo suyo, hablando de una inversión en Boadilla: un pelotazo de manual. Al mencionar el lugar, agucé el oído. Se trataba de la recalificación de una bolsa de suelo rústico comprada a precio de saldo. El consistorio daría luz verde al nuevo plan de urbanismo y esos terrenos baldíos pasarían a valer una fortuna de la noche a la mañana. Era el lenguaje de la información privilegiada, del dinero rápido que nace en los despachos mucho antes de que lleguen las excavadoras.
Cuando colgó, se agachó y me besó hambriento. Sus ojos brillaban por la excitación del que acaba de dar un golpe perfecto.
—Me voy a hacer de oro —sentenció. Volvió a su asiento y me instó a continuar.
—Ya eres rico.
—Claudia es rica. Anda, sigue.
—Por las noches retomamos las partidas de ajedrez. Entrábamos en la habitación del otro sin llamar. Yo solía aparecer con un pijama corto de algodón que tapaba lo justo, o una camiseta larga que apenas me cubría el trasero. Nos sentábamos en los pufs, muy bajitos, y claro, no podía cruzar las piernas; me sentaba «a lo hombre», con las piernas abiertas. La camiseta era un telón por abajo y una tentación por arriba cada vez que me inclinaba sobre el tablero. El pobre perdía alfiles y caballos sin enterarse. Lo pillaba perdido en el escote o contando los dibujitos de mis bragas a través de cualquier resquicio. Le ganaba siempre.
—¡Joder, Carmen!
—El momento definitivo fue una tarde, antes de salir a cenar. Entró en mi cuarto y me encontró abrochándome el vaquero, sólo en sujetador, negro, de encaje. Se traslucía todo: los aros, la barra del piercing... y el tatuaje del pecho. Yo, lo reconozco, jugué un poco con él: le pedí que me ayudara a escoger entre las tres prendas que tenía sobre la cama. El pobre no sabía qué hacer, cogió una blusa, luego un jersey… no acertaba a elegir, estaba embobado con mis pechos. Se excusó y le dije que no pidiera perdón por mirar, sino por no saber disimular. Se puso rojo como un tomate.
—La madre que te parió…
—Se quedó mirando el tatuaje del pecho con auténtico estupor. Le pregunté si le gustaba e inventé una historia sobre que había sido un capricho porque me había obsesionado con la simetría un verano y, al final, me pareció un diseño limpio para un sitio que no enseño a todo el mundo, se lo recalqué pasándome un dedo por encima, acariciándolo mientras él no perdía detalle. Al final admitió que era muy sexy, pero que le iba a dar un susto si seguía descubriéndole cosas nuevas. Le di un beso cerca de la comisura de los labios y salí al pasillo. Me siguió como un perrito.
—¿Qué esperabas?, lo has domesticado.
—No te creas.
Tomé aire. Lo necesitaba.
—Salimos a cenar a un sitio pequeño junto al Sardinero. Bebimos demasiado albariño y hablamos de todo menos de lo que bullía entre nosotros. En los postres, Andrés sacó un estuche negro. No era como el anterior; este era mucho más personal. Cuando lo abrió, me quedé muda: contenía dos aros de oro blanco, finísimos, terminados en unas bolitas diminutas. Me confesó, con la voz entrecortada, que los tenía guardados desde que le conté lo de mi «nueva vida». Me asombró imaginarlo, tan medido y correcto, frente al mostrador de una joyería eligiendo algo así, le dije que eran preciosos. «¿Quieres verlos puestos? Vamos».
—Lo pusiste al borde del infarto.
—Subimos a la habitación en un silencio absoluto, con una tensión en el aire que se podía cortar. Una vez dentro, serví un trago largo y dejé caer la blusa. Sentía su mirada clavada en mi espalda. Desabroché el sujetador despacio, dilatando cada segundo hasta quedar desnuda ante él; no sólo de ropa, sino de todo lo que esas prendas representaban. Me quité mis aros para ponerme los suyos.
«Fue un gesto pequeño, pero dolió como si al arrancármelos estuviera desgarrando jirones de mi propia historia. Al sentir el frío del oro blanco —su regalo—, supe que le estaba abriendo la puerta a mis rincones más íntimos».
—¿Carmen?
—Sí, perdona. Decía que me quité mis aros para ponerme los suyos. Andrés temblaba; podía ver el pulso en su muñeca. Tomé sus manos y las sujeté sobre mis pechos. «Tócalos», le susurré. «Esta noche son tuyos». Su caricia, cargada de una devoción extrema, me detuvo el aliento. La falda y las bragas cayeron en un movimiento lento, dejando que el aire rozara mi piel antes de guiarlo hacia mi humedad. Su tacto mantenía esa pulcritud metódica que lo define, pero en cuanto sintió mi cuerpo arquearse buscándolo, el control se rompió en un gemido sordo y sus labios buscaron los míos.
Lo empujé hacia la cama y comencé a desabrocharle la camisa. Me detuve un instante a besar ese vello plateado que tanto me fascina; al llegar al cinturón, sus manos frenaron las mías. Preguntó si estaba segura. Sentí un vuelco en el corazón; era ese pánico a no estar a la altura, a que el deseo pudiera empañar lo que teníamos. No necesité palabras. Bastó un beso sosteniéndole la mirada con absoluta firmeza para devolverle la confianza.
Sentada en el borde de la cama, observé cómo terminaba de desnudarse. La serenidad y la calma me invadían; erguida para lucir los aros nuevos, lo provoqué con la mirada para que olvidara sus miedos de una vez.
Y entonces, Ángel, pasó exactamente lo que me habías advertido meses atrás, aquello con lo que intentaste ensuciar lo que pienso de él. Se arrodilló entre mis muslos y, sin apartar la mirada ni un segundo, empezó a masturbarse para mí. Estaba completamente absorto, devorándome con los ojos mientras se entregaba a ese momento.
—¿Lo ves?, te lo dije.
—Pero te equivocaste: no hubo suciedad, ni desesperación, ni esa degradación que insinuabas. Fue hermoso ver a mi mentor —un hombre siempre tan contenido, tan dueño de sus formas— convertido en un devoto de mi cuerpo; me provocó una excitación que me mareaba. Sus movimientos eran firmes, jadeaba con los ojos vidriosos, fijos en los míos... Era deseo puro. Acorté la última distancia y le susurré: «Sigues siendo tú, el hombre que respeto. Nada de esto te disminuye». Entonces vi cómo le resbalaba una lágrima de alivio por la mejilla.
Soltó su miembro y, tras un beso profundo, lo tumbé en la cama. Me puse a horcajadas, lo sujeté con firmeza y bajé despacio, centímetro a centímetro, poseyéndolo yo a él. En ese momento, Ángel, fuimos exactamente quienes teníamos que ser.
Epílogo
Carmen dio por terminado el relato. Ángel no hizo nada, no dijo nada, no dio señal alguna que pudiera interpretarse de algún modo. Ella le sostuvo la mirada buscando al amigo, al colega, al socio con el que compartía espacio en el gabinete; sólo encontró a un hombre que la observaba con una fijeza perturbadora.
—¿Ya? ¿te has quedado contento?
—Que bien te lo montas.
—¿Qué quieres decir?
—Parece todo tan inocente…
—Fue inocente.
—¿Inocente?, lo llevaste a tu terreno como una araña atrae a su presa hacia la tela: lo envolviste y lo devoraste.
—No me jodas, Angel. ¿Ahora qué quieres?
—Que reconozcas lo que ha pasado. Te pregunté si te lo habías tirado y podrías haberte limitado a un "sí". Pero no te bastaba; necesitabas regodearte. Disfrutas viendo cómo reacciono a cada detalle: el trance de ese infeliz con tus bragas en la cara, su forma de masturbarse frente a ti tal y como predije, o la manera en que lo guiaste para que te penetrara. Lo más sucio es que, mientras ocurría, ya estabas saboreando el momento de contármelo.
Carmen se revolvió devolviéndole sus propias palabras.
—Culpa tuya, “no te bastaba” con escuchar; tuviste que incitarme, como siempre. ¿A qué ha venido si no, decirme que soy la mejor mujer que has tenido?
—Porque es la pura verdad.
—¿También tenías que sacar a colación a Claudia?
—Te recuerdo que fuiste tú. Querías saber si lo sabe, zorra vanidosa.
—Y esa… metáfora: Yo no la hago berrear… ¿como qué?
—«Como una ternerita virgen empalada por el toro del establo». Y no lo digo yo; es Claudia quien lo jura. Pregúntaselo.
—Siempre te las arreglas para ponerme…
—Para cocinarte en tu propio jugo; lo reconozco, me gusta ver cómo te vas derritiendo.
Dio un paso al frente. Ella retrocedió hasta que el borde del escritorio de roble crujió y detuvo su huida. La complicidad se había esfumado. Él la observaba con la frialdad de quien evalúa a una yegua valiosa: una pieza arisca y rebelde que debe ser domada.
—Seguro que tienes las bragas como una esponja —sentenció, acorralándola.
—Ángel, para... —Carmen apoyó las manos en su pecho, empujándole con desesperación—. Puede entrar cualquiera. La secretaria, los socios... ¡Suéltame!
—En este despacho no entra nadie si yo no lo autorizo; ya lo has visto —la cortó, siseando las palabras cerca de su oído con una seguridad absoluta y aterradora.
—Para.
El forcejeo fue brutal y caótico. Ángel atacó su pubis; ella se encogió sobre sí misma, clavándole los codos; la bloqueó con su propio peso inmovilizándole las piernas.
—¡Que pares ya! —gritó.
—Shhh… no chilles. ¿Quieres que acudan todos a ver qué pasa?
Ángel luchaba por subirle la estrecha falda. Ella la sujetó con los dedos aferrados a la tela, él cambió de objetivo con intención de confundirla: le apretó un pecho hasta arrancarle un grito. Carmen, desorientada y jadeando por el dolor, soltó la falda para intentar zafarse de la garra. Ángel aprovechó la brecha abierta: bajó como una exhalación, hundió los dedos bajo la pretina de la falda y de un tirón violento y seco, hizo saltar la costura y la subió hasta la cintura dejándola expuesta.
—¡Qué haces! —protestó.
Pero ya no había vuelta atrás. Ángel metió la mano entre los muslos. Con un movimiento brusco, tiró de la braga hacia abajo; el encaje cedió con un desgarro seco. Ella jadeó, atrapada por esa excitación traicionera que él sabía activar. Sin preámbulos, le hundió dos dedos; el sonido de la humedad confirmó su control absoluto.
—Estás chorreando —dijo con una sonrisa fría, bombeando a un ritmo lento y profundo que la obligó a arquearse contra su mano. —¿Es por lo que has contado o por cómo te trato?
Carmen cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, derrotada. Las manos que intentaban apartarlo terminaron por aferrarse a su muñeca para guiar el movimiento.
—Por las dos cosas... —confesó en un hilo de voz.
—El escote. Quiero verte —ordenó. Dobló los dedos dentro de ella, buscando el roce más agónico, mientras el ritmo se volvía más exigente, casi violento. —Las tetas, fuera. ¡Ahora!
Carmen, con las piernas forzadas a abrirse y el cuerpo rendido a la cadencia de unos dedos intrusos, obedeció. Mantuvo la mirada fija, se desabotonó la blusa y se subió el sujetador.
—¿Me vas a violar, eh? —exhaló, delatando su propio deseo. Su fracaso.
Ángel la abandonó de golpe, sacó los dedos con un chasquido húmedo y retrocedió dos pasos.
—¿Qué haces? —le preguntó confusa.
Él la miró, no hizo otra cosa sino mirarla. Carmen estaba medio sentada en el borde del escritorio, aferrándose al tablero con una mano para mantener el equilibrio, mientras la otra protegía el lugar que él había abandonado. Tenía la falda en la cintura, las bragas, dadas de sí, caídas por debajo del pubis; la blusa abierta y el sujetador desplazado por encima de los pechos completaban un cuadro dantesco. El pecho subía y bajaba desbocado; el forcejeo había desecho su peinado y varios mechones le caían sobre el rostro.
—¿Qué coño haces?
—Si no quieres que te viole, ahí tienes la puerta.
La sorpresa se reflejó en su rostro; Carmen amagó con decir algo, pero la frase quedó suspendida en el aire.
—¿A qué esperas? Vístete. Vete. No voy a detenerte.
Ella levantó la mirada con esa profundidad tremenda que desarma a los hombres. No se movió. El cabello oscilaba al ritmo de su respiración jadeante.
—¿O es que toda esa pelea no ha sido más que un numerito? En realidad, deseas que lo vuelva a hacer, es eso: te mueres porque te fuerce. No has disfrutado en tu puta vida como el día que te violé en mi propia cama.
Carmen no se movió. Siguió taladrándolo con la mirada como un toro a punto de embestir: con la testuz baja y la vista clavada en su víctima.
Ángel se acercó despacio, con cautela. Cuando estuvo tan cerca que pudo oler su deseo, le ordenó:
—Date la vuelta.
No reaccionó. Él perdió la paciencia, la sujetó del brazo y la zarandeó para volverla de espaldas. «Zorra desobediente», murmuró. Carmen trastabilló y apoyó las manos en mitad del tablero; Ángel la forzó a inclinarse aplastándole la nuca, obligándole a clavar los codos en la madera.
—Eso está mejor
Al girarse, la falda se le escurrió; él se la subió con violencia y le bajó las bragas de un tirón, dejándolas trabadas entre los muslos. No le pareció suficiente. tiró de ellas hasta que las costuras cedieron con un crujido. Entonces, le subió la falda hasta convertirla en un cinturón a la altura del estómago, la aplastó con su cuerpo y le susurró al oído:
—Te voy a violar, puta. Dime que no lo haga.
Durante unos segundos eternos sólo se oyó un profundo jadeo.
—Se acabó, tuviste tu oportunidad.
Ángel se incorporó. Carmen escuchó el siseo del cuero por la hebilla, el crepitar de la cremallera y el roce de la tela al caer. Se tensó en cuanto sintió el cinturón rodeándole el cuello, tirando hacia atrás. Arqueó la espalda buscando aire; la presión bruta entre sus muslos hociqueaba con vida propia. Se le escapó un gemido ahogado por la cincha en la garganta.
—Ahora vas a recibir lo que te mereces —dijo él, y tiró con crueldad de la correa.
—¡Me haces daño!
—¿Te lo quito? Di, ¿te lo quito?
—No.
Ángel soltó un resoplido de desdén.
—Lo sabía. Te faltaba la correa para ser una auténtica perra.
Restregó el glande por la hendidura para repartir la humedad, separó las nalgas con firmeza, arrancándole una queja, y apuntó sobre el ano. «¿Quieres que lo haga por aquí?». Bajó después a los labios empapados; allí le fue fácil amagar. «¿O prefieres por aquí?». Se mantuvo firme, con la cabeza del miembro a las puertas y el cinturón tenso como una brida. Carmen balanceó la cintura en una invitación instintiva, pero no respondió; sólo un aliento enfebrecido brotaba de su garganta. Ángel se retiró con brusquedad.
—¡Nooo!
—¿No? ¿No qué? ¿No quieres que me quite o que te viole? Decídete.
—¡Hazlo! —suplicó.
—Qué quieres, Carmen. Dilo.
—¡Viólame!
—¿Te das cuenta? Es un sinsentido. Si me lo pides, no es violación, es…
—Vete a la mierda, Ángel. Fóllame de una puta vez. ¡Por donde te salga de los huevos, pero fóllame! ¡Joder, fóllame!
—Abajo — ordenó ignorando el estallido —. Hazme una mamada. Y tócate; quiero que te corras conmigo.
—No, por favor...
—He dicho abajo.
Se incorporó a duras penas y se hincó de rodillas. Al acercarse, un vaho fuerte y acre la golpeó de lleno. Arrugó el gesto y retrocedió por puro instinto.
—¡Está sucia, Ángel... huele fuerte!
—¿Qué quieres? Acabo de mear —soltó con indiferencia. La sujetó firme de la correa para anclarla frente a la bragueta —. Ahora que lo dices, esta mañana no me dio tiempo a ducharme. Da lo mismo, con tu historial, no será la primera polla meada que te metes en la boca. Deja de quejarte y chupa.
Tragó saliva y aceptó. Si fuera la primera vez… Tenia razón, no era el primer despojo que se metía en la boca. El amargor se le pegó a la lengua. Encontró algún resto sólido y, antes de que el asco la frenara, lo mezcló en saliva y lo tragó; no iba a escupir, ¿o sí? Ya daba igual, total, era Ángel; con él, el riesgo era pura rutina. Los siguientes los atrapó con la lengua y los tragó sin vacilar.
¿Por qué sentía que había encontrado, por fin, su sitio? Verse tan degradada le provocaba un vértigo que la conectaba consigo misma.
—Date prisa —le ordenó, con la respiración entrecortada—. En una hora nos espera Andrés. No querrás que nos encuentre.
Lamió el miembro hasta que el sabor a orina y sudor se desvaneció. Sus dedos se hundían en sí misma, entrando y saliendo en un vaivén compulsivo que alimentaba el deseo. Ángel la manejaba a su antojo, marcando el compás con la mano aferrada al pelo y el tiro corto del cinturón en el cuello. Cuando el paladar se le llenó de abundante líquido preseminal, viscoso y salado, y la verga se encabritó un par de veces, sintió que la levantaban por las axilas. Con un movimiento seco, la tumbó de nuevo sobre el escritorio; un portalápices rodó por el suelo con estrépito, esparciendo su contenido como metralla de madera y metal. Carmen agitó las piernas y las bragas cayeron al suelo; se liberó de ellas con un gesto de los pies y se abrió por completo. Tenía el glande apoyado en el umbral, pero no sentía la embestida.
—¿Qué coño esperas? —gritó desesperada.
—Dilo —ordenó él, con una calma cortante.
—¿Qué?
—¡Dilo!
Carmen movió la pelvis, buscándolo con ansia.
—¡Fóllame!
—No. Dilo.
—No me jodas. Métemela ya.
—Sabes perfectamente lo que tienes que pedir —sentenció Ángel, manteniendo la distancia.
—Eres un cabrón...
Ángel restregó el glande por el clítoris y lo apartó.
—¡Viólame! ¡Sí, viólame!
Ángel la penetró con violencia, sujetándola por las caderas. Gritó desgarrada al sentirlo entrar de golpe, invadiéndola hasta el fondo.
—Eso es... repítelo. —insistió, dándole una soberbia palmada en la nalga.
—¿No lo entiendes? ¡Necesito que me violes! ¡Hazlo, viólame de una puta vez! —repitió con la conciencia perdida.
Dos minutos después, descargó conteniendo un bramido.
…..
Estás loco —le reprochó al incorporarse. Trató de colocarse la ropa y al instante, se detuvo—. Dame algo, un pañuelo... ¡rápido!
Le lanzó un paquete de pañuelos con la misma indiferencia con la que se ajustaba el pantalón. Ella se bajó de nuevo las bragas y lo gastó limpiando la avalancha que brotaba incontenible. Angel disfrutó de la estampa: ahí estaba, la mujer triunfadora, la socia del gabinete tratando de hacer un apaño con la lencería echada a perder. Cuando terminó, se ajustó la falda.
—¡Mierda, las has roto! —exclamó.
El tejido de la falda tubo había arrastrado la maltrecha lencería, que acabó enrollada en los muslos.
—¿Qué miras?
—¿Me devuelves el cinturón o piensas salir con él al cuello?
Carmen lo aflojó y se lo lanzó.
—¿Me ha quedado marca?
—Bah, poca cosa.
—Hijo de… ¿Por qué me haces esto? —le reprochó.
—Porque te gusta tanto como a mí, reconócelo. En cuanto he empezado a zarandearte, a pesar de que protestabas, se te ha puesto el coño como un bebedero de patos.
—Qué bestia eres —dijo sin poder aguantar la risa.
—Dame un beso.
—Déjame.
Pero cedió, y se acercó a besarlo; no sabía qué le pasaba con Ángel, siempre acababa haciendo lo que quería.
—Otro —dijo, y volvió a besarlo—. Aquí —le ordenó, señalando abajo, donde la verga seguía al aire en retirada. Lo miró sin creer lo que había oído, pero la expresión infantil de Ángel la hizo reír. Se agachó y le dio un sonoro beso en el glande.
—Nos habrán oído…
—Culpa tuya. Berreas como una…
—Vete a la mierda. Me voy, tengo que arreglar este desastre, debo de tener una cara...
—De guarra. Procura no cruzarte con nadie, tienes unos morros…
—En serio, dime si me has dejado marca en el cuello.
—En el culo, te voy a dejar mi marca.
—¡Joder, Ángel! ¡cómo salgo yo ahora! —dijo. Se volvió a subir la falda y se quitó las bragas rotas.
—Lo siento.
Se giró a comprobar si hablaba en serio, porque en menos de cinco segundos, Ángel había cambiado de registro; volvía a ser el compañero sereno con el que apetecía compartir una confidencia sin esperar una grosería, por muy bien hilada que estuviera. Carmen se limitó a restarle importancia con un gesto. ¿Cómo podía restarle importancia? ¡La había violado, joder! Sí, de acuerdo, con su consentimiento, pero lo había hecho. Una disculpa no borraba la sensación de haber sido invadida, de que se había servido de su cuerpo.
Con su consentimiento.
—¿Estás bien?
Ella encogió un hombro.
—Follada… sucia… sin bragas… ¿tú qué crees?
—Que estás bien.
Sonrió y le contagió la sonrisa.
—Eres un cabrón.
—Pero soy tu cabrón y ahora que has conseguido tu objetivo…
—No entiendes nada. Nunca tuve intención de acostarme con Andrés; es cierto, sobrepasé los límites, pero fue inocente de alguna manera.
—Explícamelo —respondió Ángel. Se mantuvo apoyado en la pared, observándola con esa mezcla de cinismo y curiosidad que tanto la irritaba.
—Sabía que con él no corría ningún riesgo. Podía insinuarme, llevarle a mi terreno para aplacarle... y así fue. Después —hizo una pausa, midiendo sus palabras con cuidado—, reconozco que el poder que tenía sobre él me enganchó. Y lo de los accidentes con la puerta en Santander…
—Accidentes, dices —la interrumpió con una media sonrisa cargada de escepticismo.
—Sí, Ángel, fueron accidentes. Me encontró medio desnuda por azar y yo permití que sucediera. Podría haberlo atajado, es cierto; sin embargo, decidí seguir adelante. Me sentía segura; Andrés es predecible, alguien capaz de contenerse, a diferencia de ti. Jugué con él, fue una falta de ética consciente, pero lo hice convencida de que, ni yo corría peligro ni él tampoco.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Muy sencillo: no sentía ninguna atracción por él. No había riesgo de que... cómo decirlo... de que perdiera la cabeza. ¿Entiendes? Para mí, aquello no iba a pasar de un simple juego erótico. Andrés cubriría una parcela de excitación pendiente en su vida y yo... en realidad, no sé por qué lo hacía. Hasta que su sensibilidad, su ternura y su último regalo, los aros, terminaron por mostrarme a una persona diferente, alguien que merecía más, merecía ser amado. Entiéndeme en qué sentido lo digo.
—Y dejó de ser un juego para convertirse en un romance.
No había burla en sus palabras. Por primera vez en todo el día, Ángel la escuchaba con atención.
—No es un romance —corrigió en voz baja—. Es una relación… diferente. Complicada.
—No veo la complicación. Habéis congeniado, mantenéis una relación sexual, sois "más que amigos".
Ella guardó silencio. No podía explicarle hasta qué punto habían traspasado límites inconcebibles; no eran sólo cuerpos encontrándose. Era algo que Ángel jamás debía conocer, algo que nunca lograría comprender y, mucho menos, aceptar.
—Nos vemos en el despacho de Andrés —dijo él, comprendiendo que no iba a obtener más confesiones—. Échate un poco de colonia. Como huela el tufo, te salta encima allí mismo.
—¡Imbécil! —Le siguió la broma, tratando de aliviar la presión en el pecho—. Escucha: Andrés tiene intención de hablar sobre nuestra relación, la tuya y la mía. Quiere poner orden de cara al gabinete.
Ángel terminó de colocarse la chaqueta, estirando las solapas con un gesto firme.
—Un poco hipócrita, ¿no crees?
—Limítate a escuchar, a asentir y a aceptar lo que proponga. Yo haré lo mismo. No lo jodas, Ángel. No esta vez.
Él dio un paso adelante, recuperando ese espacio personal que siempre invadía y le dio un pequeño beso en los labios.
—Voy a ir a comprarte unas bragas.
—Más te vale.
—¿Podrás pasar sin ellas hasta que vuelva?
—¿Tú qué crees? —dijo lanzándoselas. Ángel las cogió al vuelo y las mantuvo colgando en alto, balanceándolas con un sólo dedo.
—¿Si me las guardo, se me va a mojar el bolsillo?
—Prueba a ver.
Ángel se las guardó en el pantalón con una sonrisa ladeada y se marchó sin mirar atrás.
—¡No tardes! —le gritó ella al espacio vacío.
Carmen, la doctora arrogante, regresaba intacta después de su particular bajada a los infiernos. O al menos, eso quería creer mientras se recomponía la ropa.
La reunión
«Una de dos,
O me llevó a esa mujer,
O entre los tres nos organizamos
Si puede ser»
Luis Eduardo Aute, 1984
La reunión comenzó según lo previsto, bajo un barniz de profesionalidad impostada. Pero la calma duró poco. En cuanto se sentaron, Andrés, incapaz de contener su malestar, elevó el tono. Lo que debía ser un pacto de discreción derivó en un despliegue de reproches y acusaciones. El foco fue el impacto negativo que la relación entre ellos ejercía sobre el gabinete. Andrés denunció su comportamiento como un mal ejemplo y señaló que los rumores fracturaban la cohesión del equipo. Ángel aguantó el chaparrón hasta que el aire se volvió irrespirable.
—¡Lo sé todo! —bramó, ignorando cualquier protocolo—. No te atrevas a darme lecciones de moralidad cuando tú mismo te acuestas con ella. Carmen me lo ha contado. Además, es un secreto a voces; no solo por lo ocurrido en la presentación, sino por la forma en que la miras y tantos otros indicios que has dejado pasar. Así que ahórrate los sermones: tu hipocresía es lo único capaz de pudrir este gabinete.
Andrés la miró, defraudado por lo que consideraba una grave indiscreción. Se enzarzaron en un cruce de reproches estéril hasta que ella los hizo callar. Lo prioritario era zanjar los rumores, tanto los de Ángel como los nacidos en torno a Andrés por el proyecto de Santander. Carmen puso sobre la mesa los errores cometidos por unos y otros, insistiendo en evitarlos de ahora en adelante. La presentación había proyectado una imagen débil, carente de un objetivo claro; su figura, sobredimensionada, había quedado en entredicho. Andrés expuso su conversación con Serra: el asunto había llegado al consejo. Debían actuar cuanto antes.
El proyecto pendía de un hilo. Ángel lo sabía y decidió jugar sus cartas. Hizo valer sus contactos en la facultad; podía mover los hilos adecuados para atraer a otros departamentos y sumar apoyos de entidades privadas. Cada palabra suya estaba calculada; su tono, imbuido de una suficiencia hiriente, sugería que ahora era el pilar del proyecto, por encima del propio Andrés. En un giro sutil pero letal, insinuó que su relevancia en la vida de Carmen eclipsaba la de su rival.
Andrés, asfixiado por el desprecio, sintió cómo la sangre se le subía al rostro. La humillación venció a la prudencia y estalló.
—Nunca tendrás lo que nosotros tenemos —le escupió a la cara, dejando caer el peso de una intimidad que Ángel ni siquiera sospechaba. A Carmen se le heló la sangre.
—¡Andrés, cállate! —le ordenó, antes de que el orgullo herido terminara de dinamitarlo todo.
Ángel se tensó. Sus ojos, cargados de desconfianza, viajaron de uno a otro en busca de la grieta.
—A ver, ¿qué está pasando aquí? —exigió con dureza—. Qué hay de tan "especial" entre vosotros.
—Pasa que no os estáis repartiendo una cabeza de ganado —sentenció, recuperando el control de la situación con una firmeza que los obligó a prestarle atención—. Soy una mujer, no un trofeo, y tengo voz propia. Nadie sobra en este despacho y nadie está por encima de nadie. Al menos, en lo que a mí respecta.
La tensión alcanzó un punto de estancamiento. Ángel, pragmático a pesar de todo, fue el primero en bajar las armas, aunque sin ceder terreno. Propuso tratar la situación con una "elegancia estratégica": nadie fuera de esas cuatro paredes debía saber lo que se estaba cocinando entre ellos. La convivencia era posible, dijo, si imperaba la cordura y el beneficio mutuo.
—No soy un objeto de negociación —insistió ella, reafirmando su posición con una mirada que no admitía réplica—. Somos tres personas con intereses comunes. Lo único importante ahora es el proyecto y, ante todo, acallar los rumores. El resto se queda en la sombra.
Andrés pidió de nuevo contención. Se acabaron los escarceos en el gabinete, dijo. Ángel no se dio por satisfecho, sacó a relucir los rumores que circulaban sobre los viajes a Cantabria, advirtiéndoles de que no había una base sólida que los justificase ante una auditoría o un escándalo.
—Salvo que yo se la proporcione —añadió.
—¿Qué quieres decir?
Ángel les habló de su sólida relación con el director de un prestigioso centro privado de Santander con clínicas establecidas en Euskadi y Navarra. Propuso atraerlo para que participara en el proyecto.
—Tendríamos que hacerlo de una manera vistosa —intervino Andrés para recuperar el control—. Convocarlo aquí, después de que lo anunciemos en la junta y…
—No —le interrumpió Carmen—. Angel, organízalo tú, pero en el mismo momento en que nos lo presentes, te quedas al margen.
La jerarquía había quedado definida: el plan era suyo, pero el escenario les pertenecería a ellos.
Salieron del despacho con un acuerdo pactado tras una reunión tormentosa. En el portal, se despidieron con frialdad; Ángel se demoró de forma intencionada.
—Ya me dirás qué es lo que tienes con Andrés.
—Déjate de bobadas.
Carmen puso rumbo al parking, pero él la detuvo por el brazo.
—No me tomes por gilipollas.
Se liberó de un tirón y apretó el paso, mientras la sombra de un mal presentimiento se cernía sobre ella.
La mudanza
La oficina de Tamden Export en Capitán Haya mantenía un silencio pulcro, sólo alterado por el suave zumbido del aire acondicionado. Tomás la recibió con un beso en la mejilla, pero en cuanto la secretaria los dejó solos, la besó en la boca sin que el tiempo contara. Después, la acompañó a la imponente mesa de reuniones de caoba.
— Estoy negociando con un grupo inversor la construcción de un complejo turístico en la Costa del Sol —explicó con tono grave—. Nos reunimos la próxima semana y quiero que participes.
Carmen se acomodó en el sillón y cruzó las piernas con una elegancia serena. Conocía ese tono. No era una invitación, era parte del despliegue de piezas en un tablero.
—Necesito que traces un perfil de los tres socios —continuó, apartando la mirada de sus piernas—. Es importante que detectes quién lleva la voz cantante, no he conseguido averiguarlo; se mueven en bloque, se cubren las espaldas. Quiero a dos de las chicas; elígelas tú, las que mejor encajen. Pasaremos la noche con ellos, al menos vosotras.
Tomás desplegó una serie de planos y dossiers encuadernados en piel. Le detalló el alcance del proyecto: hectáreas de costa virgen que pronto serían hormigón de lujo, marinas privadas y la mayor cifra de inversión de Tándem Export hasta la fecha.
—Son dos españoles y un francés con fuerte presencia en España —murmuró, al tiempo que deslizaba tres fotografías sobre la mesa—. Tienen importantes lazos con la administración. Quiero cerrar el acuerdo esa noche —sentenció, clavando sus ojos en los de ella—, y en parte depende de ti. Me enfocaré en la persona que indiques, no me falles.
Carmen tomó la foto del francés, la observó bajo la luz de la lámpara de mesa. Una media sonrisa asomó a sus labios.
—¿Cuándo te he fallado? No me presiones, necesitaré tiempo. No se traza un perfil mirando quién lleva la voz cantante, sino quién dicta el ritmo en la mesa. Necesito identificar las jerarquías, los gestos: a quién temen decepcionar; quién de ellos se siente infravalorado; quién de los tres gestiona el silencio; quién busca la validación del resto. Y muy importante: las conductas cuando el alcohol empiece a erosionar la disciplina. Si quieres al líder, déjame ser el reactivo que los obligue a mostrar su verdadera cara.
Tomás apuró el vaso y lo puso sobre la mesa con un golpe seco que resonó en el silencio del despacho.
—Toda la noche si hace falta. Yo volveré por la mañana. Como no lo habremos cerrado durante la sobremesa, forzaré un desayuno de trabajo y actuaré con los datos que me ofrezcas. No quiero intuiciones, Carmen. Quiero certezas.
Ella recogió los perfiles y los guardo en el bolso.
—Tendrás tu diagnóstico.
A continuación, hablaron del avance de los demás proyectos con la fluidez de quienes comparten algo más que balances.
—Por cierto, ¿Has oído algo sobre una operación urbanística en Boadilla? Una recalificación de terrenos a gran escala.
Tomás la miró con cierto recelo.
—¿Dónde has oído hablar de eso?
—Un compañero del gabinete, le escuché hablar por teléfono.
La animó a continuar; le contó lo que había oído mientras Ángel le metía mano, la connivencia entre la corporación y un grupo de pequeños inversores afines al consistorio, poco más.
—Si te importa tu compañero, aconséjale que no se meta.
—¿Y eso?
—Tenemos buenos contactos en la política regional, todos los grupos se preparan para las municipales del año que viene y no van a dejar pasar un pufo como ese. Esperarán hasta el último momento para destaparlo y dejar con el culo al aire al alcalde y a su partido. Si tu amigo se mete, va a perderlo todo.
—¡Joder!
—Adviértele, pero de esto que te he contado, ni palabra.
—Descuida. Otra cosa: Sobre lo de Santacruz…
—Ahora no es el momento. Te informaré en cuanto Sergio confirme su línea de investigación. Tú limítate a lo acordado: desvincúlate poco a poco. Una ruptura brusca le haría pensar de más e intentaría atar cabos. No quiero que te relacione con los “accidentes” ocurridos cerca de la gente contratada para perseguir a ese…
—Guido. No sé cómo me las voy a arreglar. Me marcho a Santander pronto, luego está la semana santa…
—A propósito, ¿qué piensas hacer, tienes algún plan? Ya veo —dijo al ver la desolación pintada en su rostro—. Voy a buscarte algo. ¿Mallorca?
—No, gracias, me quedaré en la casa de la sierra, quiero estar sola, salir a correr, pasear…
—Carmen… es la casa que has compartido con tu exmarido.
—Todavía estamos casados, Tomás. —replicó con hosca amargura.
—Te conviene cambiar de aires, voy a buscarte un par de sitios que te enamorarán.
—Como quieras.
—Ah, otra cosa: A la vuelta de semana santa, viene a Madrid Julio.
—Julio…
—Sí, mujer, mi socio de Portugal. Atiéndelo como la otra vez, serán dos días.
—¡El lebrel!, ya recuerdo. No me cambiaré de bragas, le recibiré con las mismas del día anterior —bromeó. (2)
—Ríete, pero lo primero que ha hecho es preguntar por ti.
—Avísame con tiempo.
Finalmente, deslizó un sobre con las comisiones pendientes. Carmen echó un vistazo a la cifra y arqueó las cejas.
—Es una barbaridad, Tomás —murmuró.
Él, por toda respuesta, la atrajo y la besó. Ella respondió con el mismo anhelo y se enzarzaron en un cruce de caricias. Le ayudó a despojarla de la blusa, el sujetador de encaje rosa palo terminó sobre la mesa, encima de los informes. Tomás tenía el pantalón abierto, ella se había encargado; se acomodó y comenzó a masturbarlo con calma; presionó el glande con el pulgar y extendió la abundante humedad que brotó frotándola por toda la superficie; era hora de acogerlo en la boca.
En ese instante, el interfono interrumpió el ritmo de sus respiraciones.
—Sí.
—Señor, Luis Soto está esperando. Dice que es urgente.
Tomás la consultó con la mirada. No era la primera vez que Luis la veía así. En su círculo más estrecho, la confianza no entendía de pudor.
—¿Algún problema?
Carmen, lejos de apartarse, continuó acariciándolo y se refugió más en su regazo. Tomás le soltó el pecho y deslizó la mano por la espalda.
—¿Sabes lo que me dijo Luis? —susurró—. Quería darme las gracias. Dice que no eres el mismo desde que "me subí al barco", que has rejuvenecido diez años a mi lado.
—Qué adulador.
—Me animó a que siga así; dice que soy lo mejor que te ha pasado en mucho tiempo.
—En eso, le doy la razón.
—¿Sí? ¿tú crees?
—No lo dudes.
Carmen se removió como una gata buscando mejor acomodo en su costado, Tomás exhaló un suspiro al sentir la caricia de sus pechos. Ella soltó el miembro y se secó la mano en el vientre, cogió un documento de la mesa y fingió leer sin cambiar de postura.
—Dile que pase.
—¿Seguro?
Lo miró cargada de confianza en sí misma. Tomás la admiraba por cosas como esta. Activó el interfono.
—Que pase.
A Luis, el director de nuevos negocios, por poco se le cae la carpeta de la mano. La mesa de reuniones era una barrera mínima para ocultar la desnudez de la mujer vencida en el costado del gran jefe. Tras la sorpresa inicial, recuperó la compostura.
—Bermúdez ha aceptado la propuesta. Tenías razón, Carmen. Dijiste que había que esperar y caería; es justo lo que ha pasado. ¿Cómo lo supiste?
Ella dejó el documento y sonrió:
—Porque los gestos no avalaban sus palabras.
—Os lo dije —intervino Tomás, estrechándola con orgullo—. No os fiabais de su instinto y ya veis. Hemos ganado el pulso; tenemos el contrato sin conceder un sólo euro del descuento que exigía.
Luis asintió, sus ojos se demoraron un segundo de más entre el sujetador rosa, que destacaba sobre la caoba, y su pecho enterrado en el costado del gran jefe. Lo sorprendió y le dedicó una mirada divertida.
Tomás maniobró bajo la mesa, se incorporó y terminó de subirse la bragueta. Ella se puso en pie sin el menor ademán de cubrirse; con un movimiento mecánico, se pasó la palma de la mano por el vientre firme para secarse la humedad, luego se la llevó al rostro y la olisqueó con la naturalidad absorta de quien ha olvidado la presencia de un tercero. Tomás se encaminó hacia un gran mapa en la esquina del despacho y ellos lo siguieron. A Luis se le fue la vista sin remedio a los pechos que vibraban, al culo ceñido que oscilaba con cada paso; siempre le había intimidado la estatura de esa mujer, pero ahora, desnuda de cintura para arriba y con esos taconazos que retumbaban en la tarima, le imponía aún más. El silencio, roto únicamente por el impacto seco del calzado, era parte del juego de dominación. Se situaron ante el mapa, tan cerca que empezó a ponerse nervioso. Tomás señaló los puntos geográficos de la expansión.
—No olvides Huelva —apuntó Carmen.
Tomás le apretó el hombro, agradeciéndole el detalle en silencio, y la besó. Luis comprendió que su presencia no era necesaria, el ambiente volvía a centrarse en ellos y se retiró a toda prisa.
—¿Por dónde íbamos? —preguntó Tomás en cuanto se cerró la puerta.
Carmen decidió darle espectáculo. Se descalzó ante sus ojos, metió tripa y sacó pecho, soltó el enganche de la falda, bajó la cremallera y dejó que la prenda resbalara al suelo. En un abrir y cerrar de ojos, falda y bragas quedaron a sus pies; las apartó de un puntapié, haciéndolas resbalar por el parqué. Se arrodilló y le desabrochó el pantalón con habilidad. Abrió lo justo para extraer la verga que, tras semejante exhibición, había recuperado vigor; hurgó dentro y sacó los testículos, los acarició y volvió a dedicarse a la gruesa polla. Lamió la humedad acumulada y la estimuló mientras lo miraba. Una verdadera artista.
De repente, la puerta se abrió de par en par. Luis irrumpió de nuevo. Tomás lo miró con fastidio; ella, en cambio, lo hizo de reojo, sin interrumpir su tarea. Luis dejó una frase a medias, congelado a un milímetro de pisar la ropa.
—¿Qué quieres ahora? —sentenció impasible.
—Los… los contratos. Olvidé dejarlos —balbuceó Luis, exhibiendo la carpeta.
Ella siguió a lo suyo. Mientras hablaban, había engullido la mitad del miembro y acunaba el escroto en una mano; su aplomo se filtraba a un Tomás que irradiaba más poder que nunca.
—¿A qué esperas? —ordenó—. Cierra de una puta vez. Déjalos en mi mesa y vete. Cuando Carmen acabe, los firmaré. Y quita eso de en medio.
Luis, humillado, recogió las bragas con la punta de los dedos y la falda. Tras un instante de duda —sobre si dejarlo en un sillón o sobre la mesa—, lo amontonó en un extremo del escritorio. Antes de salir, no pudo evitar una última mirada: Tomás, con la mente en otra parte, le acariciaba el cabello mientras ella succionaba a un ritmo constante, aferrada a la nalga desnuda del hombre al que nadie se atrevía a cuestionar.
—¿Todavía sigues aquí?
—No, perdón, ya me iba. —balbuceó antes de desaparecer.
—Luis.
Se detuvo como alcanzado por un rayo.
—¿Sí?
—¿Te parece el mejor momento para distraerme?
Señaló con la vista hacia abajo; ella, con la boca ocupada, respondió con una mirada de complicidad. Le reían los ojos. Luis siguió la dirección de su gesto y desvió la vista de inmediato en cuanto tropezó con la intensa expresión de aquella mujer que le quitaba el sueño. Estar ahí, como un convidado de piedra, era su peor pesadilla.
—No, por supuesto que no. Lo… lo siento.
Salió de allí. Le temblaban las piernas; la cabeza le daba vueltas. Se quedó paralizado, pegado a la puerta como un condenado. Como un idiota. Al otro lado, la voz de Tomás resonó implacable, seguida de unas palabras de Carmen que le erizaron la piel.
No esperó al ascensor; usó las escaleras bajando los peldaños de dos en dos. Casi se tropezó con Arnaiz.
—¿Está Tomás libre?
—Ni se te ocurra entrar —respondió sin detenerse.
—¿La loba?
—¡Yo no he dicho nada! —le advirtió proyectando la voz desde el tramo inferior mientras el eco de su huida se perdía escaleras abajo.
Callaría. Se jugaba demasiado.
…..
Al día siguiente a mediodía, Tomás la esperaba en un Audi cerca de la glorieta de Bilbao. Había seleccionado tres pisos para que pudiera elegir a su gusto: céntricos, bien comunicados, con garaje, tres habitaciones, salón y terraza.
—No necesito tanto —le dijo al visitar el primero, un magnífico ático de ciento ochenta metros en el Paseo de Moret, con una terraza que dominaba las copas de los árboles del Parque del Oeste.
El segundo, situado en una de las pocas zonas ajardinadas de la calle Ferraz, era un sexto piso donde el bullicio de la ciudad parecía quedar suspendido en el aire. Contaba además con gimnasio y una piscina comunitaria que brillaba bajo un sol de justicia impropio de la época.
El tercero, un dúplex en el barrio de Almagro, gozaba de las mismas comodidades y se ubicaba en una de esas calles arboladas que mueren en la Castellana. Era un edificio de fachada clásica e interior minimalista, donde el silencio del portal contrastaba con el estilo elegante de las cafeterías de la zona.
Estaba sobrepasada. Aquellos espacios de techos altos, suelos de madera impecable y ventanales que devoraban la luz de la capital no se parecían en nada a la vida que conocía.
—Es demasiado, Tomás. No me malinterpretes, me siento fuera de lugar. No necesito tanto para sentirme en casa; me resulta casi… obsceno. —confesó, apoyándose en la barandilla de la terraza. El sol de la tarde teñía de naranja los tejados de Madrid.
Él la rodeó con un brazo.
—No te guíes por el lujo, Carmen. Elige según la paz que respires. Aquí nadie te va a encontrar si no quieres ser encontrada.
Ella suspiró abrumada ante la responsabilidad de una decisión que empezaba a pesarle.
—Dame un par de días para pensarlo.
Se desprendió del abrazo suavemente y entró al amplio salón. Él la siguió.
—La semana santa se nos echa encima, queda menos de un mes; piénsatelo, pero no te demores. Necesito tiempo para amueblar, decorar… y tú tendrás que organizar la mudanza.
—Dos días.
Tomás asintió con una sonrisa y la acompañó de vuelta al auto.
El Audi se deslizaba silencioso por la Castellana; Carmen meditaba: eligiera lo que eligiera, su vida anterior había quedado atrás.
Trabajo o placer
El reloj de pared marcaba los minutos con una insistencia que a Carmen le empezaba a crispar los nervios. Organizar al grupo siempre había sido una tarea complicada, pero esta vez la resistencia rozaba el boicot. Cuando lanzó la convocatoria, la respuesta se convirtió en un desfile de excusas: Lorena tenía planes, Lauri sugería pasarlo al día siguiente, y Alba se limitó a dar respuestas ambiguas. Sólo Luca, con su buena disposición habitual, parecía estar en el mismo barco.
—Basta.
La paciencia se le agotó, no tenía por qué aguantar tanta niñería. No era su estilo delegar responsabilidades, pero la fatiga le pesaba demasiado.
—Encárgate tú —le pidió después de desahogarse—. No puedo con ellas.
Dos horas después, el teléfono volvió a vibrar sobre la mesa. Era Tomás, con esa voz pausada que a veces resultaba desesperante y otras, como ahora, milagrosa.
—Todo resuelto. La reunión sigue adelante.
…..
Carmen llegó al picadero con antelación; quería que todo estuviera en orden, despejar el salón y… esperar que la intervención de Tomás hubiese surtido efecto. Poco antes de las siete, una a una, las chicas cruzaron el umbral. Estaban todas, sí, pero el ambiente no era el de siempre. Los saludos fueron de cortesía obligada y las miradas evitaban encontrarse. Carraspeó un par de veces y comenzó a exponer el motivo de la reunión. Apenas llevaba unos minutos cuando el sonido de la puerta interrumpió el discurso.
Tomás entró en la sala con una expresión indescifrable. Su presencia pareció tensar aún más la cuerda invisible que mantenía a las mujeres en estado de alerta. Se situó a su lado, recorrió el grupo con la mirada y tomó la palabra:
—No me gusta lo que ha sucedido. Creí haber dejado suficientemente clara la posición de Carmen. A todos los efectos, y en mi ausencia, me representa y asume mis funciones. Si convoca una reunión, en una fecha y hora determinadas, salvo causa de fuerza mayor, todo el mundo se atiene a la convocatoria. Todas, sin excepción.
Hizo una pausa táctica dejando que el peso de sus palabras cayera sobre las asistentes antes de dirigirse a la organizadora.
—Tener que ocuparme de este asunto personalmente es intolerable. Me habéis defraudado, tú la primera. Vuestra complicidad me da igual: esto es un negocio. Si hace falta levantar la voz o dar un golpe en la mesa, lo haces; eso espero de ti. Que sea la última advertencia. A la próxima, las consecuencias serán drásticas.
Dio media vuelta y abandonó el piso. Su partida dejó tras de sí un ambiente enrarecido. Carmen permaneció inmóvil procesando el dardo que le había lanzado frente a las demás. Al cabo de unos instantes, fue Lorena quien rompió la parálisis general.
—Lo siento —murmuró con la vista baja.
Carmen la miró y luego extendió la vista hacia el resto del grupo. Su voz sonó firme, cargada de una amargura que no intentó esconder.
—Yo también lo siento, no sabéis cuánto. Sólo espero que todas hayamos aprendido algo. Vamos, a trabajar.
Pasamos página y les conté el plan. No era muy diferente a otras estrategias que habíamos usado con otros clientes, la diferencia estaba en que teníamos a tres ejecutivos y un sólo proyecto, tres personalidades diferentes y un objetivo: descubrir la voz cantante, la persona que arrastraba la decisión de los otros dos y podía influir en el resultado de la negociación por encima de las preferencias individuales. No sé si me entendieron, pero era la base de la estrategia: Ellas se encargarían de los dos socios españoles y yo me dedicaría al francés
Tocaba elegir a mis acompañantes, emplearía el mismo método que uso en el gabinete cuando selecciono un candidato. Tantear, proponerles hipótesis y evaluar las respuestas. Las entrevisté una a una en la cocina, a puerta cerrada, y les propuse situaciones —posibles algunas, improbables otras— que podían suceder durante la cena, después en el pub o más tarde, en la suite. No admití que se lo tomasen a broma; es la salida fácil cuando no se sabe cómo responder. Ahí pude ver la valía de cada una, la madurez que la vida les había dado. Cada vez que terminaba con una la acompañaba a la puerta y le pedía que esperase en la cafetería de abajo: no quería que intoxicasen a las demás.
Bajé con Alba, la última entrevistada. El resto nos esperaban expectantes. Pedí una cerveza y les comuniqué la decisión.
—Ya sabéis que Luca está seleccionada por decisión de Tomás, sus… atributos —dije remarcándolo con las manos como lo haría un tío— han sido decisivos.
Todas rieron y tuve que explicar la afición de uno de los clientes por las mujeres del estilo de Luca, que se mostró orgullosa de su cuerpo.
—Queda una plaza, y tras las entrevistas… debo reconocer que no ha sido fácil. La elegida es, Lorena.
Ninguna de las rechazadas se molestó, todas la felicitaron y compartimos entre bromas unos vinos y unas tapas, al final nos quedamos solas, Luca, Lorena y yo planificando los detalles: vestimenta, maquillaje, lencería y estrategia de acercamiento a los clientes.
—Y los anillos: no lo olvidéis, es un detalle muy importante y en esta ocasión, imprescindible. (3)
El día señalado nos reunimos en «el picadero» con dos horas de antelación; tiempo suficiente para cambiarnos, maquillarnos y prepararnos para salir en el coche que nos recogería. Tomás había dejado en la caja fuerte un collar de esmeraldas a juego con el anillo, una joya exquisita que las chicas admiraron con evidente envidia. El plan era aparecer treinta minutos después de que ellos comenzaran la negociación. Nuestra entrada debía ser un punto de inflexión: tres mujeres imponentes cruzando el salón privado eran capaces de dejar a cualquiera con la palabra en la boca.
Así fue, los cuatro se levantaron a recibirnos. De lejos localicé a Adrien Beaumont, francés por los cuatro costados. su presencia llenaba el espacio con una mezcla de magnetismo rudo y elegancia descuidada difícil de impostar. Tenía una mandíbula marcada y una nariz de boxeador que, lejos de restarle atractivo, le confería una masculinidad rotunda. Sus labios, permanentemente curvados en una media sonrisa cínica, parecían listos para un comentario mordaz. Tenía el cabello castaño, algo revuelto, como si acabara de conducir un descapotable a toda velocidad por la Riviera, y unos ojos que escrutaban con una intensidad intimidatoria. Vestía un traje de corte impecable, pero lo llevaba con tal naturalidad que parecía una segunda piel, sin la rigidez de quienes necesitan el lujo para sentirse importantes. Al vernos aparecer, puso la copa sobre la mesa con una calma estudiada, mantuvo la mirada clavada en nosotras y se puso en pie. Los demás le imitaron.
—Mesdames... —murmuró con una voz profunda, ligeramente rasposa, que confirmó lo que su aspecto gritaba a voces: Adrien no era sólo un empresario de éxito, era un hombre que sabía el efecto que causaba al entrar en una estancia.
Tomás, a su lado, dio un paso al frente.
—Carmen, qué puntualidad —dijo, sus ojos decían que el espectáculo había valido cada minuto de espera—. Permíteme que os presente.
Adrien rozó con los labios mis nudillos, se demoró un instante en el anillo, luego subió la vista por mi busto hacia el collar de esmeraldas a juego. Cuando al fin ancló su mirada en la mía, la promesa de lo que esperaba de mí me hizo temblar. Mientras yo me derrumbaba con la mano aún entre la suya, Tomás había presentado a Luca y a Lorena y las había asignado. Manuel Valladares, constructor sevillano, se deshizo en halagos hacia Luca sin dejar de recorrerla con la mirada como si estuviera ante la victoria de Samotracia —suponiendo que conociera tal obra de arte— y Andreu Fábregas, empresario catalán, fue más discreto con Lorena, actitud que ella aprovecharía en adelante para sacar a flote su vena dominante.
La cena transcurrió como estaba previsto. Tras un prólogo de cortesía, los hombres entraron en asuntos de negocios en los que debieron de considerar que nosotras, las mujeres, no estábamos interesadas y mucho menos capacitadas para entenderlos, lo cual favorecía mi papel en ese escenario. Luca servía de pasatiempo al andaluz afincado en Madrid y adicto a las mujeres Fellinianas; el reprimido Fábregas apenas se atrevía a responder las intensas miradas de una Lorena disparada en su faceta de ave rapaz que sobrevuela a la presa herida; yo me dejaba querer sin prestar atención, o eso aparentaba, porque mis ojos y oídos cazaban al vuelo cada palabra, cada gesto, cada mirada de unos y otros, analizaba y filtraba cada respuesta en base a lo que sabía y lo que intuía, y así iba construyendo una hipótesis que cobraba cuerpo a medida que pasaba el tiempo y los datos echaban por tierra unas teorías y afianzaban otras forjando un modelo que al final de la noche o tal vez a la mañana siguiente, tras un polvo —qué digo un polvo, un rosario de polvos— le expondría a Tomás compartiendo un café, en el mejor de los casos, o un vermut y un analgésico, fórmula perfecta para desentumecerse tras vivir una noche loca. ¿Quién dijo eso?, la noche loca, la vida… da igual. (4)
Entre frase y frase, Adrien me observaba con actitud de protagonista de la Nouvelle Vague. Derrochaba una ironía despreocupada y un magnetismo rebelde, dignos de un actor de cine en blanco y negro. Yo me derretía y, si no fuera porque tenía una misión que cumplir, habría perdido las bragas —sí, como suena— por ese hombre. Pero ante todo soy una profesional (no diré en cuál de los ámbitos) y me contuve, tenia muchos frentes abiertos. Así discurrió la cena, entre miradas de inteligencia con Tomás, sonrisas de cine con mi galán francés y la sospecha de que Adrien sabía que yo no era sólo un adorno en esa mesa, aunque le hubiera oído murmurar, “Quelles jambes magnifiques!”
Valladares, el andaluz, soltó una carcajada estruendosa celebrando un chiste de Luca que nadie entendió, Fábregas hizo un comentario aparentemente inocente y, aprovechando el ruido, Tomás me lanzó una señal: un levísimo golpeteo en el cristal de la copa. Era el código. El dato que faltaba para cerrar el círculo acababa de caer sobre el mantel entre restos de cigalas y manchas de tinto.
Saqué un cigarrillo. Adrien, que no perdía detalle, me acercó el encendedor, me rozó los dedos y sentí ese calambre que te recorre la espina dorsal y te recuerda que, por muy profesional que seas, la sangre sigue siendo roja.
—Pareces satisfecha —me dijo al oído, con ese acento que derretiría a una piedra—. ¿Has encontrado lo que buscabas entre tanto ruido de negocios?
—He encontrado mucho más de lo que esperaba, Adrien —respondí, sosteniéndole la mirada con la insolencia de quien tiene las cartas marcadas—. Pero ahora mismo, los negocios me importan un bledo.
Me puse en pie, cortando la tensión de un plumazo. Lorena seguía a lo suyo, devoraba con la mirada a un Fábregas que no sabía dónde meterse, y el andaluz se empeñaba en pedir la cuenta con la insistencia alcohólica de quien tiene el bolsillo repleto y la noche por delante. Miré a Tomás, le regalé una sonrisa de complicidad —mañana el café sabría a victoria— y me concentré en lo que de verdad urgía.
…..
«There is a house in New Orleans / They call the Rising Sun / And it's been the ruin of many a poor boy /And God, I know I'm one» (5)
El tiempo había corrido como el alcohol. Me habría quedado a escucharla, pero salimos a la calle, al frío de Madrid que corta la cara y espabila las ideas. Las chicas iban delante con sus respectivas parejas; Adrien me cogió de la cintura, yo le habría echado el brazo a la espalda, pero no lo conocía suficiente y un gesto que para unos es excitante —una mujer más alta que el varón, llevándolo por el hombro—, para otros resulta humillante. Me dejé llevar, con los brazos cruzados y el abrigo echado por encima, saboreando el contraste entre la frialdad de la información que guardaba en la cabeza y el calor que empezaba a latir entre mis muslos. Al final, tenía razón: la vida, la noche... qué más da. Lo importante era que el modelo estaba forjado, el objetivo localizado y el analgésico para mañana, en el bolso.
La suite presidencial se tragó el silencio del pasillo en cuanto la puerta encajó, y con ella, cualquier asomo de decoro que hubiera sobrevivido a los postres. El ambiente se espesó en segundos, saturado por el olor del cuero de los sofás y el aroma dulzón y resinoso de la marihuana que Lorena, con el ritual de una sacerdotisa, empezó a quemar nada más acomodarse en el terciopelo. El andaluz, en plena efervescencia, no tardó ni un minuto en convertir la mesa de mármol en un altar. Sacó el envoltorio y empezó a repartir líneas de cocaína con la misma generosidad ruidosa con la que antes alardeaba de propiedades y cuentas corrientes. Luca le seguía el juego manejando la euforia del hombre como quien doma a una fiera desbocada; él, sin chaqueta y con la camisa abierta, celebraba cada gramo con una carcajada que retumbaba en las molduras del techo.
En el rincón opuesto, el aire se movía a otra velocidad. Bajo la nube de humo que Lorena exhalaba con elegancia, el tímido Fábregas se iba deshaciendo. Entre el efecto de la nieve y las caladas profundas que le obligaba a compartir, el hombre pasó de la reserva al balbuceo incoherente. Era fascinante y aterrador ver cómo Lorena lo desmantelaba; le acariciaba la nuca mientras le filtraba preguntas que él, con las pupilas como platos y la voluntad anestesiada, respondía con una honestidad suicida.
Adrien y yo nos mantuvimos al margen de aquel torbellino manteniendo un equilibrio precario. Aceptó una nueva invitación del andaluz con esa ironía despreocupada que nunca le abandonaba, pero sus ojos grises, aguzados por el estímulo, rastreaban mis reacciones. Fingí tener menos experiencia de la que tenía y me enseñó a hacer desaparecer las dos rayas después de él. Me atrajo hacia sí, y en ese roce sentí la descarga de la química y el peligro. A mi alrededor, la escena se volvía borrosa: el andaluz intentando bailar un zapateado sobre la alfombra persa, el susurro venenoso de Lorena contra el cuello de un Fábregas entregado, y el brillo del polvo blanco bajo las lámparas de cristal.
—Demasiado ruido para una sola noche, ¿no crees? —susurró Adrien con un aliento mezcla de sabor del cognac y el rastro amargo de la fiesta sobre la mesa.
Le sostuve la mirada, ignorando el caos de risas y humo que empezaba a devorar la suite. Mi cerebro registraba cada confesión de Fábregas y cada gesto de poder que se derramaba en la habitación; pero a esas alturas mi cuerpo pedía otra cosa. Me dejé arrastrar hacia el sosiego de la zona de dormitorios, consciente de que la noche ya no pertenecía a los negocios, sino a una urgencia salvaje que sólo surge cuando sabes que, al amanecer, todo el escenario se habrá convertido en ceniza y es el momento de aprovecharlo. Debería haberme quedado, pero Adrien… Adrien me hacía perder las bragas y Lorena… ya me lo contaría.
…..
Unas horas después…
—Par derrière, chérie.
—Encore une fois? Tu es incroyable. J'ai besoin de dormir.
—Je ne t'ai pas payée pour dormir.
—Hé, tu ne m'as pas payée. (6a)
Enarcó las cejas; creí haberme equivocado, pero no. Se levantó, sacó un billete de quinientos euros de la cartera, ¡quinientos euros!, y lo paseó por delante de mis narices. Le seguí el juego, me puse a gatas y lo perseguí por la cama hasta que lo atrapé con los dientes. Di la vuelta, recorrí el camino moviéndome como una pantera y lo solté sobre la mesita de noche; luego, volví la cabeza mimosa y meneé el culo.
—D'accord.
Adrien se situó y me sujetó por las caderas.
—Ton cul me fascine depuis que je t'ai vue arriver.
—C'est pour ça que tu n'as pas arrêté de le regarder de toute la soirée.
—Allez.
—Doucement... mmm... Oui, comme ça, c’est bien... oh, oui. (6b)
…..
—La cabeza me va a estallar.
Estábamos en Embassy, eran las doce de la mañana y tenía el cuerpo machacado.
Y los pies… ¡Dios!, nadie me ha vuelto a besar los pies tanto, tan bien y con tanto mimo como aquel francés. Nadie ha vuelto a arrancar de mí un calambre que nace en los dedos, incendia la pierna, tensa la corva, se apodera del muslo como un enjambre de avispas enfurecidas y explota en mi centro; mi origen abierto en carne viva, boqueante, derramado.
Nadie, ni Tomás, que fue quien más se aproximó en paciencia y calidad; ni Mario, que es desde siempre un obseso de mis pies; ninguno ha llegado al nivel que alcancé con Adrien.
—¿Un paracetamol?
—Gracias, he cubierto el cupo.
—¿Un café?
—Tengo el estómago cerrado. ¿hablamos?
Le conté lo que había obtenido durante la cena, suficiente para identificar al líder. Sin duda era Adrien.
—Lo intuía —dijo Tomás—, es poco comunicativo pero los otros dos no abren la boca sin consultarle, aunque sólo sea con una mirada.
Le expuse el perfil que había trazado. Obtuve más datos durante el tiempo que compartimos en la suite aunque para entonces mi papel de escort ya estaba en entredicho. Ese fue uno de los motivos por lo que aceleré el paso a la alcoba, eso y que me tenía loca. Creo que conseguí apartar las sospechas en cuanto me desnudé.
La luz del mediodía en Embassy era demasiado blanca, demasiado real para el estado de mi sistema nervioso. Tomás me observaba con la paciencia metódica de quien no ha pasado la noche entre líneas de nieve y sábanas de blanco satén.
—¿Y Lorena? —preguntó cuando acabe la exposición mientras removía el café con una cucharilla que me taladraba los oídos—. Supongo que su "sacerdocio" también dio frutos.
Justo en ese momento, la puerta del local se abrió. Lorena entró con unas gafas de sol que ocupaban media cara y un paso que, a pesar del cansancio, seguía dictando las leyes del deseo. Se sentó a nuestro lado y dejó caer su bolso de Loewe sobre la mesa con un golpe seco.
—Fábregas es un libro abierto cuando tiene los pulmones llenos —dijo, bajándose las gafas sólo un milímetro. Tenía los ojos inyectados en sangre, pero la sonrisa era de puro triunfo—. No es sólo el líder. Adrien es el arquitecto. El andaluz es el ruido para distraer, Fábregas es el músculo logístico, pero Adrien... Adrien es el que firma los contratos en la sombra del mercado de capitales.
Lorena sacó un trozo de papel arrugado, una servilleta de la suite con una serie de números, una especie de organigrama y un nombre que me hizo recuperar la lucidez de golpe: "Proyecto Helios". Lo había escuchado varias veces, tantas como vi a Adrien ponerse en alerta.
—Fábregas me lo contó todo cuando le masajeaba la nuca después de...
—Al grano.
—Es una operación de blanqueo a través de plantas fotovoltaicas en el sur. Si no lo he entendido mal…
Miré a Tomás. Anotó el nombre del proyecto mientras Lorena seguía dando detalles y yo aportaba lo que había ido hilando. La atmósfera cambió de la resaca al análisis táctico en un parpadeo.
—Entonces, tu "huida" al dormitorio no fue sólo una debilidad —aventuró Tomás, clavando sus ojos en los míos.
—Fue una inversión —mentí, aunque el recuerdo del tacto de Adrien en mi piel todavía me provocaba descargas eléctricas.
…..
El Sello de la Elegida
En la cama, hasta el hombre más calculador del mundo baja la guardia. Adrien dejó el teléfono en la mesilla mientras se aseaba; fue una ventana de oportunidad abierta por la pura arrogancia del descuido. A Carmen le bastó desplazarse por el menú con el pulgar y echar un vistazo para confirmar la sospecha de Tomás: el próximo movimiento era en Marbella, el viernes.
Escuchó el clic de la puerta del baño y, con la precisión de una prestidigitadora, devolvió el aparato a su sitio exacto. Cuando se giró, Adrien ya estaba allí. No vestía más que una toalla a la cintura, pero su postura destilaba autoridad. La observaba con una intensidad que habría resultado intimidante para cualquiera que no tuviera las tablas de Carmen. El francés, con esa mezcla de sofisticación europea y perspicacia, no buscaba sólo indicios; buscaba el secreto detrás de la máscara.
No se precipitó. Avanzó con paso lento hasta la cama y los ojos fijos en los de ella, tomó el móvil de la mesilla, sus dedos volaron sobre la pantalla, tal vez para verificar las últimas interacciones; poco después lo dejó de nuevo en la mesilla.
—No eres una mujer cualquiera.
—Procuro no serlo —respondió; le sostuvo la mirada con la calma que le daba la experiencia, aunque su pulso latiera a un ritmo distinto.
—Dime, chérie —dijo, sentándose en el borde del colchón, lo suficientemente cerca para que Carmen sintiera el frío del agua aún en su piel—, ¿crees en la lealtad, o eres de las que piensan que la información es la única moneda que no se devalúa?
Carmen sostuvo la mirada. Su rostro era una obra maestra de la interpretación.
—No pienso tanto; creo que, en mi profesión, Adrien, la discreción es lo que mantiene el valor de una mujer. Lo demás son negocios, y a mí no me interesan los negocios.
Él soltó una risa breve, seca, que no despejó la duda. Extendió una mano y recorrió con el dorso de los dedos la línea de la mandíbula de Carmen, bajando lentamente por su cuello hasta rozar la pulsación de la carótida. Era un gesto posesivo, al que respondió con una caída de ojos y una fingida actitud sumisa.
—Una respuesta impecable. —susurró a su oído. La calidez de su aliento contrastaba con la frialdad de sus palabras—. Mañana salgo hacia el sur. Sería una lástima descubrir que el clima de Marbella no es tan hospitalario como este hotel.
Se apartó apenas unos centímetros, estudiando su reacción. Si Adrien sabía que ella había leído el mensaje, estaba decidiendo cómo actuar. Y si no lo sabía, estaba jugando al gato y al ratón por puro instinto. Carmen mostró un desinterés calculado por todo lo que no fuera esa mano que la acariciaba.
— Est-ce qu'un verre de Château Margaux te tenterait? —preguntó de pronto, cambiando el tono a uno de perfecta cortesía—. Ou préfères-tu que nous passions directement au vif du sujet?
— Oh, oui, mais je mourrais pour une coupe de champagne.
Adrien rió complacido.
— Tu parles comme une vraie Parisienne.
— N'exagère pas, Adrien. J'ai passé un été à Paris avant de commencer la fac et j'y retourne dès que j'en ai l'occasion. J'adore cette ville. (6c)
El francés negó con la cabeza, esbozando una sonrisa ladeada que no llegaba a sus ojos.
—No me has contestado a mi pregunta.
Carmen arqueó una ceja, mostrando extrañeza, en parte, genuina. En el juego de seducción y negocios de Tomás, las preguntas solían ser más directas, más básicas.
—Te he observado —insistió—. Eres distinta a las… chicas que suelen traer a estas cenas. Has pasado la noche en un rincón del sofá mimetizada con el entorno, escuchando cada palabra y analizando cada gesto en la mesa.
Hizo una pausa, recorriéndola con una mirada que buscaba una grieta en su compostura.
—No pareces estar aquí simplemente para adornar el brazo de un cliente. On dirait que tu es là pour nous disséquer.
—Qu'est-ce que tu racontes! (6d)
Carmen bebió un sorbo para ganar tiempo. Su mente de psicóloga trabajó rápido.
—Soy curiosa por naturaleza —admitió con una nota de humildad fingida—. Eso me ha causado más de un problema en este trabajo. A veces, observar demasiado es peligroso.
Durante unos segundos, Adrien pareció evaluar la respuesta mientras jugaba con uno de los aros que adornaban sus pezones. Finalmente, la dio por buena.
—¿Y qué has entendido de lo que se ha hablado esta noche?
—Poca cosa —mintió, suavizando el tono—. Sólo que me gusta ver a los hombres enzarzarse en juegos de poder. Os ponéis muy interesantes cuando creéis que tenéis el control.
Adrien sonrió satisfecho. El papel de chica frívola y superficial que acababa de desplegar había servido de anzuelo.
—¿Interesantes? Ah bon?
—Unos más que otros —respondió con voz mimosa, mientras deslizaba la yema de un dedo por su mejilla, una caricia calculada que rompió la última barrera de resistencia del francés.
Él le atrapó la muñeca.
—Yo también soy curioso.
Le cogió la mano con delicadeza, giró la palma hacia arriba con lentitud, como si estuviera leyendo un mapa. Sus dedos, largos y de una palidez aristocrática, recorrieron la base del anular.
—Curioso —susurró, su voz bajó una octava, perdiendo ese filo de arrogancia para volverse extrañamente íntima—. Hay una marca casi invisible. La huella de un anillo que ya no está, pero que se resiste a marcharse.
Carmen sintió una punzada de adrenalina que nada tenía que ver con el coqueteo. Aquel hombre era más observador de lo que su ego sugería. La delicadeza con la que sostenía sus dedos, casi como si temiera romper algo invisible, la desarmó. La máscara de frivolidad empezó a agrietarse.
—Estás casada —afirmó como una observación certera—. O lo estuviste hace muy poco.
Suspiró, dejando que los hombros cayeran apenas unos milímetros. El juego de la escort se sentía de pronto agotador bajo esa mirada que parecía ver a través de su piel.
—Lo estuve —confesó, y esta vez no hubo fingimiento—. Nos separamos hace poco. Diez años de matrimonio tirados por la borda.
—Una mujer como tú no encaja en esto —continuó Adrien, usando su nombre con una gravedad que la hizo estremecer—. Hay una sofisticación en tu forma de hablar… una precisión en cómo eliges cada adjetivo… ¿Quién eres?
Ella apartó la mirada hacia el ventanal, donde las luces de la ciudad se reflejaban en el cristal. El secreto le quemaba en la garganta.
—En mi "otra vida", como tú dices, soy una profesional respetada. Escucho problemas, analizo traumas, pongo orden en el caos ajeno. Soy la persona a la que todos acuden cuando no saben quiénes son.
—¡Una psicóloga! —dedujo con una media sonrisa—. ¡Por eso nos estabas diseccionando!
—Y ahora estoy aquí —dijo con la voz teñida de una honestidad cruda—. Escort de lujo en cenas de hombres poderosos. No es por dinero, Adrien. Tengo la vida resuelta. Supongo que... supongo que necesito dejar de ser el eje de cordura de los demás. Necesito un lugar donde las reglas sean distintas, donde yo no tenga que salvar a nadie.
Se detuvo en seco, consciente de la grieta que acababa de abrir. La tensión dejó de ser un simple juego de seducción, pasó a convertirse en una amenaza real; el riesgo de ser reconocida.
—No debería estar hablando de esto contigo —sentenció, intentando recuperar su lugar sin mucha convicción—. He roto la regla número uno de este trabajo: nunca te muestres.
—Dime, ¿las otras también están marcadas?
No se inmutó. Sabía que los tatuajes acabarían saliendo a la luz. Era el elefante en la habitación, el símbolo que la diferenciaba.
—No, ellas no.
Él dibujó sin prisa los corazones del pubis antes de erizarle la piel al enredarse en el vello.
—Alors, no habéis trabajado juntas en el mismo… burdel —afirmó, y la palabra golpeó el aire con la brutalidad de un insulto. El término "burdel" le tensó la mandíbula. Era un recordatorio crudo de la línea que había cruzado hace tiempo.
—No era un burdel —corrigió.
—¿Un salón? ¿Una casa de citas?
Adrien no iba a detenerse; la curiosidad era apremiante. Carmen sintió la necesidad de protegerse, de envolver su realidad en algo más elevado, algo que ni siquiera el desprecio de un millonario pudiera manchar. Recordó entonces la historia que Lorena le había contado sobre Doña Ana, aquella señora de la que hablaban las chicas con una mezcla de temor y respeto. En un segundo, construyó un relato a medida del francés, con rasgos de Doña Ana y de su propia experiencia.
—No es un burdel ni una casa de citas —comenzó a decir, y las palabras salieron con una fluidez atropellada—. Es el salón de una dama de la alta burguesía. Una mujer que ofrece un servicio de acompañantes exclusivamente para caballeros distinguidos de la sociedad madrileña.
—Entiendo… —murmuró Adrien, fascinado por el cambio de registro.
—Ella selecciona a las chicas con un nivel de exigencia altísimo. No basta con la belleza. Deben ser cultas, universitarias, dominar varios idiomas y poseer figuras impecables.
—Como tú.
Carmen forzó una sonrisa ante el halago.
—Como yo. Las candidatas llegan por estricta recomendación y pasan una dura prueba de selección. No cualquiera puede entrar en ese círculo.
—Y son marcadas. Como… un rite de passage.
—Eso… eso es, un rito de iniciación. Es… el sello de la casa.
—¿Sigues trabajando para esa madame?
La palabra "madame" le produjo un escalofrío que le recorrió la columna. Por un instante se sintió inmersa en su propia ficción.
—En ocasiones.
—Pero esa marca… es un sello de pertenencia, ¿n'est-ce pas?
—Bien sûr —replicó en un francés perfecto—, pero no obliga a una exclusividad absoluta. Nos quiere libres. Ninguna de nosotras estamos dedicadas a esto por necesidad, como es el caso de…
Calló. No quería menospreciar a sus compañeras de esa noche comparándolas con una historia inventada que, extrañamente, empezaba a emocionarla. Cuanto más hablaba de Doña Ana, más real le parecía.
—Je comprends —susurró Adrien.
Se mantuvo pensativo un instante que a Carmen le pareció eterno, porque tenía la mirada perdida en algún lugar entre los corazones y el vello púbico. Cuando volvió a mirarla, la lascivia de antes había sido sustituida por una especie de respeto. Ya no era una distracción para una noche de negocios; era un objeto de lujo.
—Quiero contratarte. Quiero tus servicios durante todo el tiempo que esté en Madrid.
Carmen sintió una punzada de ansiedad. Su vida real —la mudanza, la separación, su prestigio profesional— se agolpó en la garganta.
—Lo lamento. En breve salgo de viaje, tengo una mudanza pendiente y…
—El dinero no será un problema —la interrumpió—. Serán tres días. Pon tú el precio, no lo discutiré.
—No es cuestión de dinero ni es conmigo con quien has de tratarlo, Adrien. Además, tengo compromisos adquiridos que no puedo ignorar.
—Cancélalos.
La orden fue un latigazo. Lo que hasta ese momento había sido un juego halagador se transformó en una presión asfixiante. La soberbia del francés la irritó profundamente. Adrien, que parecía leer las microexpresiones con la misma facilidad con la que leía un balance de cuentas, detectó el cambio de humor y rectificó de inmediato.
—Desolé —dijo suavizando el tono—. No pretendía presionarte. Supongo que una mujer como tú tiene otras actividades que atender. Disculpa mi exceso de celo, eres excepcional, haría cualquier cosa por disfrutar de tu compañía, incluso esperar a que dispongas de tiempo para mí.
—Ella lo disculpó con un mohín tan sensual que lo enardeció.
— Viens, j'ai envie de te faire l'amour.
— Laisse-moi faire, je m'en occupe. —respondió Carmen en un susurro. (6e)
…..
Cuando la noche tocó a su fin y el murmullo de los negocios y el placer se disipó, Carmen se encontró a solas con sus pensamientos. La historia de Doña Ana vibraba en su cabeza como un eco persistente.
Se miró al espejo del baño de la suite, observó a la mujer que le devolvía la mirada. Se sintió extraña. Lo que había nacido como una farsa para manejar a un cliente difícil se le antojaba ahora como una premonición. La descripción que había hecho de ese salón —un lugar de élite para mujeres cultivadas que elegían su propio destino— no fue sólo una fábula bien construida; había sido el refugio que su mente necesitó para justificar su doble vida ante Adrien.
¿Y si de verdad existiera un lugar así?
La llave
Esta casa ya no es mi hogar, tampoco lo es donde habito ahora. Vivo en un limbo de cajas a medio abrir y ropa que aún huele a un pasado que me empeño en exhumar.
Elvira se esfuerza. Dios sabe que lo intenta. Hace sitio en sus estantes, hace hueco en sus armarios y sonríe con esa paciencia que duele más que un reproche. Me trata como a un huésped de honor a quien hay que agasajar para que se sienta cómodo. Yo, por mi parte, interpreto un papel: finjo que me instalo, finjo que me relajo al llegar, finjo que esto es un "nuevo comienzo". La verdad es que, cada vez que cierro la puerta de su casa, me siento como un impostor.
Mi verdadera vida sigue secuestrada en las paredes de lo que fue nuestro hogar.
Es una tortura innecesaria. Cuando sé que Carmen no está, regreso, busco excusas, invento asuntos urgentes y huyo hacia aquel lugar que ahora es, a la vez, mi santuario y mi tumba.
Hoy, me ha dicho que se muda y el suelo ha cedido bajo mis pies. He tenido que improvisar una mentira rápida, algo imprescindible que olvidé en el ático, y he corrido de vuelta. Necesito estar allí, ver cómo las habitaciones se quedan vacías, cómo el espacio donde fuimos nosotros se desdibuja. Me duele, me quema, me deja sin aliento, el dolor es lo único que confirma que no estoy simplemente flotando en esta transición inacabable.
En el fondo, sé lo que busco: sigo intentando recuperar las piezas de un puzzle que ya no se puede armar. Estoy atrapado entre una casa que no me pertenece y un corazón que no me reconoce. Mientras tanto, vivo con la maleta a cuestas.
…..
Eran las once de la noche cuando Paul McCartney se puso insoportable.
And in her eyes, you see nothing
No sign of love behind the tears
Cried for no one
A love that should have lasted years (7)
(Y en su mirada, no encuentras nada,
ni un rastro de amor tras ese llanto
derramado por nadie.
Un amor que prometía ser eterno.)
Los hielos habían aguado la luz atrapada en el vaso que giraba al ritmo impuesto por mi mano. Elvira no me esperaba, dio por buena mi excusa o al menos, calló.
A love that should have lasted years
Eran las once de la noche y Carmen estaba de nuevo en Santander. Hice una seña al camarero y, al ir a pagar, maldije mi puta suerte: había olvidado las llaves de casa en el despacho. La única alternativa era Esther. Ellas tienen un juego de llaves de la casa de la otra —es la mejor forma de evitar las complicaciones de un cerrajero— y ahora el trato me venía de perlas.
—¡Mario! ¿Qué pasa? —respondió al instante.
—Nada grave. He olvidado las llaves en el despacho y Carmen está de viaje. Sé que no son horas, pero no tengo otra alternativa.
—Joder, qué susto. Claro, ¿puedes venir? Te doy el juego de repuesto.
—Prefiero avisarte cuando llegue con el taxi y me las bajas —le sugerí—. Así evito encontrarme con Daniel.
—No te preocupes, lleva toda la semana fuera, en Elche creo, aunque cualquiera sabe. Sube y luego te llevas mi coche, si quieres.
Al final terminé subiendo. Me ofreció un café y acepté, no tenia otra cosa que hacer. Se la veía sinceramente preocupada por nosotros dos, insistía en que teníamos que intentar arreglarlo, hablamos de cómo le había afectado a su padre, y sobre todo a su madre.
—Se quedó con ganas de tener un hijo y siempre te ha tenido a ti como tal —dijo Esther mirándome a los ojos—. Ya viste lo afectada que estaba.
—Lo vi. No fue justa con tu hermana; si hay un culpable de esto, soy yo.
—No lo creo. No eres como Daniel.
—Cierto, pero créeme: yo he sido el inductor de este fracaso. Lo teníamos todo, Esther... y yo, con mis neuras... En fin, que no es justo culpar a Carmen.
—¿También fuiste tú el responsable de tu primer divorcio? Perdona, no es asunto mío.
—Aquello fue muy diferente. Carolina y yo éramos incompatibles, simplemente tardamos demasiado en darnos cuenta.
—Si acaso lo vuestro no remonta —apostilló con una sonrisa esquiva—, puede que a la tercera encuentres a la persona adecuada.
No sabía a dónde quería llegar, pero la conversación empezaba a incomodarme.
—No son los demás, te lo he dicho: soy yo.
Se produjo un silencio que no dejé prosperar con un “Me voy, es tarde y tendrás que descansar”.
Esther no hizo amago de dar por terminada la charla.
—No puedes salir de la familia, Mario. Eres un hermano para mí, más que un hermano. Eres mi soporte frente a Daniel. No me puedes dejar sola. Todavía recuerdo cómo me protegiste aquel día, ¿te acuerdas? Casi lo matas.
—Pase lo que pase con tu hermana, siempre me vas a tener. Si ese animal te vuelve a poner la mano encima, no sé de qué sería capaz.
—Aquel día me di cuenta de lo mucho que... —Bajó la vista y enmudeció.
—Bueno... —Me incorporé del asiento y ella se levantó al instante.
—Si al final termináis, no te olvides de mí, ¿eh? Y si te echas novia ya me encargaré yo de que esté a la altura —dijo intentando recuperar el tono de broma.
—¿A tu altura? —pregunté sin pensar.
Esther enrojeció de inmediato.
—¡Idiota! ¡A la tuya, bobo! —respondió dándome un puñetazo en el hombro. Ambos reímos, pero la vi, roja como un tomate.
Al despedirnos, nos abrazamos. Fue un abrazo fuerte y demasiado largo.
—Esto no puede estar pasando —susurró en mi hombro. Me sentí abrumado.
—Pero está pasando, y habrá que afrontarlo con la mayor serenidad posible para que nadie salga dañado.
Esther me miró con una intensidad desconcertante. «¿De qué estamos hablando realmente?», me pregunté.
—Mañana te las devuelvo —dije, y agité el llavero.
No respondió. Se quedó apoyada en el dintel con una expresión profunda mientras las puertas del ascensor nos separaban.
…..
La casa, sumida en un silencio extraño, se me caía encima. Tras una noche de insomnio, cada rincón mostraba una imagen distorsionada, como si me hubiera convertido en un intruso en mi propia vida. Salí muy temprano para devolverle las llaves antes de la reunión con Emilio; no temía molestarla, sé que madruga.
Al oír su voz en el telefonillo, sentí una corriente de alivio. A pesar de la intensa conversación de la noche anterior, no había incomodidad; al contrario, la familiaridad de Esther era mi único punto de anclaje en medio de esta crisis.
Me abrió la puerta envuelta en un albornoz, con el cabello húmedo recién salida de la ducha.
—No corría prisa —dijo, restándole importancia.
—Cuanto antes, mejor; luego se pasan los días…
Le entregué el llavero en el mismo quicio, buscando una despedida rápida, pero me cortó con una sonrisa cálida:
—No seas tonto, pasa. Tómate un café conmigo y nos vamos juntos.
Accedí, necesitaba compañía. Mientras preparaba el café, la escuché tararear por debajo del zumbido de un secador de pelo. Aquello aportó una dosis de hogar que me despertó una emoción traicionera. Desayunamos con una ligereza agradable, evitando mencionar la separación. Esther comenzó a rememorar vacaciones pasadas y excursiones compartidas en un clima de complicidad que resultó balsámico. "¿Qué bien lo pasamos, ¿verdad?", repetía, mirándome con una ternura que acepté sin cuestionar.
El tiempo se nos echó encima; ella se levantó con desgana.
—Voy a vestirme; si seguimos de charla, llegaré tarde.
Me quedé en la cocina. Tras recoger las tazas, caminé hacia el salón sin prisa. Al pasar frente a la puerta entreabierta del dormitorio, la mirada derivó por instinto: el espejo del armario devolvió el reflejo de Esther, en bragas, descuidada y ajena a mi presencia. Cuántas veces la habré visto en bikini; sin embargo, la visión de aquel culo, perfilado al detalle por un tejido tan delicado, transformó en un segundo a la mujer de siempre en una desconocida fascinante. No, joder, no. Me aparté de inmediato con el pulso acelerado. No sabía si me había descubierto.
Lo averigüé cuando, al salir del dormitorio, las miradas nos delataron.
—Lo siento, no pude evitar… —alcancé a decir.
—Tranquilo, tampoco es una tragedia, no es la primera vez que me ves las tetas. Acuérdate, en Almería, hace tres años… aquella playa era una gozada. Nos quedamos a un tris de despelotarnos, como todo el mundo. A qué sí.
No eran sus pechos lo que me había trastornado. Lo de Almería había sido natural, una desnudez permitida por el sol y la confianza del verano; piel expuesta, sin segundas lecturas. Pero el espejo devolvía algo perturbadoramente animal: el contraste del músculo tenso contra el encaje suave, la forma en que su cuerpo se movía ajeno a todo, con esa libertad de quien se cree a solas. Ella intentaba suavizar la atmósfera contando anécdotas, pero yo no podía sacarme de la cabeza la brutalidad de la imagen: la braga marcando la frontera entre los glúteos, el reflejo de sus pechos y esa vulnerabilidad que se me había clavado como un anzuelo. Había sido una invasión. Ahora, el aire entre los dos quemaba porque yo sabía exactamente qué aspecto tenía su intimidad cuando nadie la veía.
—No es lo mismo.
—¿Porque estamos solos en casa? ¡No jodas, Mario! Eres como mi hermano, ¡hostias!
—Ya lo sé, Esther, pero… Mira, mejor nos vamos.
Bajamos en el ascensor en medio de un silencio absurdo. Tenia razón, éramos como hermanos. ¿A qué venía aquello?
—Lo siento —volví a decir en el portal.
—Qué pesado. Anda, déjalo.
Pasé el día dándole vueltas al estúpido incidente convertido en un conflicto sólo por no saber abordarlo con naturalidad. No podía permitirme perder también a Esther. Decidí llamarla, pero se adelantó.
—Cuñado —empezó, usando ese término con el que aparentaba ponerse seria—: no me ha gustado nada cómo hemos terminado esta mañana.
—A mí tampoco. Estaba a punto de llamarte.
—Si no tienes nada mejor que hacer, te invito a unas cañas y lo hablamos.
A las siete y media entraba en el Rapsody, una coctelería cercana a su casa. Buena música, volumen justo y luces tenues. Según ella, no había nada que aclarar; todo fue culpa de su manía de no cerrar puertas.
—Estoy tan acostumbrada a estar sola que dejo todo abierto, por si llaman —explicó—. Total, nadie me ve y el que podría mirar, ni está ni le intereso.
—Daniel es un imbécil. Algún día se va a arrepentir.
Me miró como nunca lo había hecho, aunque reaccionó enseguida.
—Qué cosas dices.
—No debí quedarme…
—¿Hecho un pasmarote?
—Últimamente no soy el mismo, Esther. Todo esto me está afectando.
—Te refieres a lo vuestro.
—Espero que no pienses que te miré como…
—No seas gilipollas. Sé que nunca has tenido ojos más que para mi hermana. Lo que no sé es qué hace Elvira en esta ecuación.
—Elvira no se merece…
—Pues si no se lo merece, no le hagas perder el tiempo. Si necesitas desahogarte…
—No se trata de eso. Desde que nos separamos, no hago otra cosa que buscar a Carmen en otras mujeres. Incluso antes. Te voy a contar algo que te va a parecer de locos.
Le hablé de una chica de un bar en Sevilla con el mismo perfil, el mismo cabello y la misma figura. Se parecía tanto que perdí unos segundos comparando a las dos. (8)
—No te hacía yo yendo de putas —comentó, seria.
Candela
—Y no iba con esa intención. Andaba perdidísimo buscando el hotel, lo bueno es que por fin se podía respirar, porque el calorazo de la tarde había dado tregua. De repente, cerca de una plaza, oí un saxo. Era Coltrane, inconfundible. No me lo pensé y entré. El sitio era un garito oscuro, cargado de humo. Había unas pocas mesas cercadas por una baranda de madera y al fondo, una barra alargada tras la que una camarera joven se movía con una soltura increíble preparando cócteles. No tardó nada en ponerme mi Jack Daniels exactamente como me gusta: un sólo hielo, en un vaso labrado ancho, con peso. Y entonces, Esther... la vi. Al otro extremo de la barra, sentada en una banqueta alta. Allí estaba Carmen. Por un momento pensé que estaba viendo un fantasma. O, mejor dicho, una fantasía. Esa chica… tiene el mismo perfil, ¿sabes? El mismo pelo, un poco más largo, y esa figura... me quedé helado. Llevaba un vestido negro cortísimo y unas piernas infinitas. En mi cabeza, lo juro, era como si viera a Carmen haciendo la noche.
—Que morbo, ¿no?
—Ni te imaginas; son cosas que se te pasan por la cabeza sin darte cuenta realmente de lo que estás pensando.
—Mi hermana, haciendo la noche. Muy bestia tú, ¿no?
—Muy bestia. Ella se dio cuenta de que no le quitaba ojo. Me miró con un descaro impresionante, encendió un cigarrillo, expulsó el humo y me sonrió. Me costó reaccionar, estaba ahí comparándolas, buscando las diferencias, hasta que me decidí a acercarme.
—¿Has hecho esto más veces? Digo lo de acercarte a una puta, porque lo de imaginarte a mi hermana haciendo la calle, prefiero no saberlo.
—Es la primera vez, no esperaba que allí hubiera putas, la verdad, el sitio no tenia pinta de eso.
—Ya, venga, excusas.
—Improvisé lo clásico: me recordaba a alguien, y ella, que es más lista que el hambre, me dijo: «¿Por eso no has dejado de mirarme ni un segundo?». Tuvimos la típica conversación sobre de dónde era cada uno; yo de Madrid, ella castellana afincada en Sevilla.
—De profesión, sus labores. Hostia tío, qué fuerte.
—Lo más fuerte fue cuando insistí en que se parecía a una amiga mía y soltó, «¿Una puta?» así, a bocajarro. Me quedé cortado, pero empecé a fijarme de verdad. De cerca no se parecen tanto; tiene los rasgos menos finos y se le nota el cansancio en la cara, las marcas de la noche, supongo. Me sentía cómodo con ella. Le conté que soy psicólogo y, fíjate qué cosas, dijo que quiso estudiarlo de joven. Intenté animarla a que lo hiciera a distancia, pero me paró los pies rápido. Dijo que un sueldo de psicóloga novata no daría para sus gastos y me cortó el rollo de "salvador".
Esther me miraba en silencio, parecía que hubiera descubierto a otra persona.
—Estuvimos charlando un buen rato, muy a gusto, como si hubiera guardado su máscara de caza por un momento. Pero al final, la realidad manda, llegó el momento de movernos, yo iba directo hacia la puerta, ingenuo de mí, y me paró en seco para poner las cosas claras: «Son veinte mil. Griego, veinticinco». Y nada, así es como empezó todo con Candela.
—O sea que al final, te fuiste de putas.
—Por primera vez, Esther, y porque… tenía que saber…
—Qué.
—Si era tan parecida a Carmen.
—No jodas…
—Carmen es mi ideal de mujer —continué, ignorando el reproche—, y el riesgo de idealizar a alguien es que el modelo que interiorizas es tan inalcanzable que ni siquiera la mujer sobre la que se basa cumple el perfil.
Hablar de errores cuando estos te han llevado al fracaso es amargo. Necesité doblar la dosis de whisky para desnudar mis culpas frente a mi cuñada. Los chicos no lloran, dicen, y aunque ganas no me faltaron, aguanté el tipo. Al salir, como no estaba en condiciones de conducir, Esther se empeñó en que fuéramos a su casa para bajar el alcohol, cenar algo ligero, tomar café y cerrar la conversación.
Hicimos el trayecto en taxi, en silencio. No sabía si la había defraudado, si me entendía o estaba enfadada y me acogía por compasión. Al entrar, el calor de la calefacción central fue un bofetón en plena cara.
—No sé cómo aguantas esta temperatura.
—Y eso que tengo la mitad de los radiadores apagados y la otra mitad al mínimo. Así, hasta que la comunidad decida apagarla, allá por abril.
—Qué suplicio, ¿no? —dije levantando la voz. Esther se había metido en su cuarto a cambiarse, yo esperé en el salón asomado a la ventana. Volvió con un vestido propio de verano, azul con un ribete blanco, de tirante ancho, sisa amplia, por medio muslo.
—Vas a coger frío —le dije—. Espera, que cierro la ventana.
—Déjala abierta, te vas a asfixiar. Anda, quítate eso. Y la chaqueta. Te voy a dar algo de Daniel.
—No, gracias, no quiero nada de él.
—No seas bobo.
La seguí hasta el cuarto. Sobre la cama, la ropa que acababa de quitarse yacía de cualquier manera. Iba a lanzarle una pulla sobre el desorden, pero me detuvo la visión del sujetador sobre la coqueta alta: un rastro azul cobalto, con la tira de cierre precipitada al vacío por la arista del mueble, las copas sobrepuestas y los tirantes trazando una rúbrica indescifrable. Ella, ajena al caos, hurgaba en los cajones del armario; escogió una camiseta y me la tendió.
—Toma, ponte esta, te quedará bien.
La agitó para hacerme reaccionar y al fin la cogí. Se quedó allí, esperando a que me la pusiera. ¿Por qué no? ¿Qué tenía de malo quitarme la camisa en su dormitorio y…? No entendía por qué le daba tantas vueltas a algo que, en teoría, no tenía importancia.
Me desabroché la camisa. Me miraba, me estaba mirando. En ese instante, creí entender por primera vez el pudor de las mujeres a mostrar el pecho desnudo; esa vulnerabilidad de exponerte ante unos ojos ajenos es intimidante. Esther me había visto así mil veces, pero hoy era distinto, cargado de algo prohibido. ¿Por qué me violentaba tanto estar a solas con ella en su cuarto? ¿Por qué no podía apartar de mi mente aquel encaje que descansaba, inocente y perturbador, sobre la coqueta?
Intenté dejar la camisa en la cama, pero me la quitó de las manos y la colgó con cuidado. Atolondrado, me enfundé la camiseta, solté un «no me queda mal» y salí de allí antes de que la situación me sobrepasara.
Esther propuso preparar algo rápido; entre los dos hicimos unos sándwiches vegetales y una ensalada, abrimos una botella de Rueda y volvimos al salón.
—¿Y ahora? —preguntó.
—¿Ahora?
—Sí, tú; tu vida.
—Ahora voy pasando de mujer en mujer, busco los mismos ojos, la misma sonrisa, sin encontrar nada comparable.
Le conté lo que había sido un peregrinar errante por brazos de mujeres que en otras circunstancias podrían haber sido la promesa de un futuro esperanzador. Le hablé de Maite, de Alejandra, de Graciela, Elvira, Macarena… de algunas ya sabía, de otras se sorprendió.
—Pues si lo que haces es buscar chicas parecidas a Carmen, a mí no me mires, a ver si vas a saltarme encima —bromeó jocosamente, intentando sacarme una sonrisa.
—No, claro que no.
Su rostro cambió de repente.
—No la busques en mí.
—No, Esther. Yo nunca te he mirado como…
—¡Como una mujer, ya lo sé, calla, no sigas repitiéndolo!
Había en su voz un rencor y en sus ojos, una duda, una súplica, un temor que no logré interpretar. La abracé. No supe bien el motivo, sólo sé que lo necesitaba como el aire. La estreché con la fuerza de quien se aferra al borde de un precipicio.
—Para, Mario, vale ya, para, ¡Para! —exigió cuando el abrazo empezaba a durar demasiado; forcejeaba separando el vientre. La solté y me aparté de ella. Lo había notado, joder, lo había notado.
—Perdón, no sé lo que hago.
—Déjalo —dijo, girándose—. No vayamos a cometer un error del que nos arrepentiríamos toda la vida.
—Será mejor que me vaya.
—No estás en condiciones —dijo zanjando la cuestión—. Quédate. Duerme en la habitación del fondo.
—Cojo un taxi y…
—El alcohol es lo de menos. Me quedo más tranquila si no pasas la noche solo.
—¿Qué me va a pasar? —bromeé sin mucha convicción.
Esther es tozuda, no paró hasta que claudiqué. Se fue a la cama y me quedé un rato en el salón tratando de entender qué coño había pasado. De pronto, recordé una conversación que mantuvimos por messenger el día de su cumpleaños.
«Era pronto para subir a la habitación, tampoco quería sumergirme en el bullicio de la noche sevillana. Salí a la terraza del hotel y pedí una copa, había unas pocas parejas y me dirigí hacia uno de los extremos, al pie de un enorme macetero; era una noche espléndida, la música ambiental podía ser mejorable pero el volumen, tan bajo, la hacía pasar desapercibida. Pensé en Carmen, durante la cena había tratado de hablar con ella sin éxito, me ponía nervioso encontrarla ilocalizable. Miré el reloj y decidí esperar hasta la una, tal vez había salido con alguien, no quise pensar más. Recordé el cumpleaños de Esther, todavía estaba a tiempo.
«Felicidades, cuñada, nunca es tarde»
Tras una breve espera abandoné el móvil sobre la mesa; debía de estar dormida. Al cabo de un rato sentí el zumbido sobre el cristal.
«Pensé que ya no te acordabas de mí»
«Nada de eso, estoy en Sevilla con un lío»
«SE LO TENGO QUE CONTAR A MI HERMANA?????????»
«Un congreso, boba, mucho trabajo y muy aburrido»
«Ah, bueno»
Al cabo, volvió a escribir:
«Tu mujer se ha gastado una pasta conmigo hoy. Vigílala»
«Ella sabrá lo que hace, ¿os lo habéis pasado bien?»
«Mucho, y tú, ¿qué tal estás?
Estuve a punto de sincerarme, tenemos una gran confianza, me habría venido bien. Entonces caí en la cuenta de que estaba tardando demasiado en responder.
«Perdona, estaba pidiendo otra copa, estoy en»
Lo borré; era una excusa innecesaria.
«Como siempre, ya sabes»
«No lo sé, por eso te lo pregunto»
¿Qué podía decirle? Esther es mucho más que mi cuñada; entonces vi lucir su nombre en la pantalla. Descolgué.
—Te he desvelado.
—No estaba dormida.
—¿Y tu…? —no quise nombrarlo.
—Está… no sé dónde dijo, con el equipo de fútbol.
—¿Y por qué no te has ido con él?
—¿Tú qué crees? Al principio se lo proponía, pero siempre pone alguna excusa. Prefiere ir solo, así hace lo que le da la gana. Por un lado, mejor; yo acabo de llegar, he estado de cena con unas amigas.
—Pues haz lo mismo, búscate un chaval majete que te alegre las noches, seguro que candidatos no te faltan.
—¡Qué dices!, él puede hacer lo que le sale de ahí mismo, pero si a mí se me ocurre ponerle los cuernos me mata.
Aquello reavivó el profundo rencor que sentía hacia mi cuñado.
—Escúchame bien: si alguna vez te llega a poner la mano encima acaba en el hospital ¿lo has oído?
—Eh, tranquilo; no va a pasar, no te preocupes.
—No me gusta, Esther, no lo trago; no sé qué haces aún con ese imbécil.
—Vaya, no sabía yo que tenía un guardaespaldas.
—No soporto la idea de te pueda pasar algo. A ti o a tu hermana —maticé para evitar que pudiera interpretarme mal.
—Ya lo sé, y creo que lo tiene claro después del numerito que montó en el chalet de mis padres.
—¿Te enteraste?
—Como para no verlo; no sé qué le dijiste pero se quedó pálido.
—Es un impresentable. Divórciate, es lo mejor que puedes hacer, todos te vamos a apoyar.
—No sabes cómo envidio a mi hermana, eres…
—No te creas; no es oro todo lo que reluce.
—Pues ya quisiera tener a mi lado bisutería tan buena como tú. ¿Sabes que te digo?, un día de estos voy a secuestrarte, entonces sí que me pensaría lo de los niños, es algo que ahora ni me planteo. Mira: podías hacerme ese favor —terminó, disfrazando la tristeza con un toque de humor.
—Lo siento, llegas tarde —dije, siguiéndole la broma.
—Es verdad, no me acordaba que te cortaste los cables. Bueno, al menos nos podíamos dar un revolcón, que ando muy necesitada.
Se notaba que había bebido lo suficiente como para dar rienda suelta a esos pequeños deseos prohibidos que nunca se confiesan, salvo que los camuflemos entre risas y alcohol.
—Venga, no te quedes callado que te estoy tomando el pelo, cuñado.
—Si a estas alturas no te voy a pillar una broma…
—Ya.
De repente me había quedado sin conversación, ¿por qué, si no tenía nada incómodo que decirle? Y allí, al otro lado ella, mi cuñada, esperaba, ¿qué esperaba?
—¿Has hablado con mi hermana?
—Si, claro.
—Vamos, que no. ¿Se puede saber que os pasa?
—¿Por qué piensas que nos pasa algo?
—Son muchos años, cuñado; nos conocemos.
—No te preocupes, no pasa nada.
—Lo que tú digas. Voy a llamarla, seguro que la pillo despierta.
—Déjala dormir.
—¿Qué pasa? Te has puesto serio.
—¿Serio yo?, en absoluto.
—Buenas noches, guardaespaldas; te quiero.
—Yo también te quiero.» (9)
Nunca habíamos vuelto a hablar sobre aquella conversación, nunca.
Me levanté y recogí el vaso y el plato con intención de llevarlo a la cocina. Al pasar frente a su dormitorio, vi la puerta entornada; un haz de luz se proyectaba hacia el pasillo. Dudé si pasar de largo o actuar con naturalidad y darle las buenas noches. Decidí esto último. Es mi hermana, o casi; no podía enrarecer más el ambiente.
—Buenas noches.
—¿Ya te acuestas?
Me acerqué; no debí hacerlo. Tropecé con la puerta y cedió como si una débil corriente de aire la empujara. Ella se ajustó la sábana de un tirón, sepultando el surco de su pecho bajo la tela. Estaba tumbada de lado, con un libro en la mano y arropada hasta el límite del escote que acababa de proteger. Sobre la blancura de la tela reposaba el brazo desnudo; destacaba la clavícula, sombreada por la tenue luz de la mesilla. La tela dibujaba entre arrugas la curva rotunda de la cadera y la concavidad de la cintura; más abajo, la sábana se amontonaba en la redondez de la nalga y envolvía sin fuerza el muslo firme. La pierna se insinuaba flexionada bajo la tela que ganaba tensión al haber quedado pisada por la rodilla, dejando la pantorrilla y el pie fuera del embozo en busca de algo de frescor. Tenía el cabello revuelto sobre la almohada. En la coqueta, junto al sujetador que ya conocía, unas bragas a juego atrajeron mi atención, delicadas, livianas. No le pasó inadvertido mi recorrido y, antes de que dijera nada, aparté la vista.
—Sí. A ver si consigo dormir algo.
Me miraba con una expresión que no alcancé a descifrar.
—Buenas noches.
—Que descanses.
Huí de allí. El corazón me golpeaba el pecho totalmente desbocado. Qué locura. Me encerré en el baño tratando de recuperar el pulso. No podía quitarme de la cabeza la imagen de Esther. Cómo podía ser tan imbécil Daniel: ignorar a un pedazo de mujer como ella.
No, no podía seguir dándole vueltas. Es mi hermana, ¡joder!, ¡es mi hermana!
Me lavé la cara y el cuello. ¿Se habría dado cuenta de lo que me había pasado y por eso trató de separarse? Qué vergüenza, ¡joder!, ¡con ella! ¡No puede ser!
La imagen de las bragas y el sujetador sobre la coqueta me arrolló. «Se acuesta desnuda, como su hermana; ¿qué hacía ahí?, ¿por qué no lo había echado al cesto de la ropa usada?». Me atormentaba ese otro yo que a veces me hace ser un miserable.
Cuando salí, la habitación estaba a oscuras.
…..
El café humeaba en la mesa, trazando una espiral de vapor que parecía ser lo único que se movía en la cocina. Esther rodeaba la taza con las dos manos, tenía los ojos fijos en el líquido oscuro; yo observaba cómo la luz de la mañana, un tanto gris, se filtraba por la ventana sin llegar a disipar la sombra que persistía en la estancia.
—¿Lograste dormir? —preguntó, sin levantar la vista. Su voz sonaba inquieta, como si compartiéramos un secreto.
—Lo suficiente —respondí, pasándome la mano por la nuca.
Tenía un dolor sordo en el cuello. No sabía si culpar a la incomodidad de dormir en una cama extraña o si era el cuerpo dándole forma a una vivencia que la memoria se obstinaba en esquivar. Traté de evocar los sonidos de la casa durante la noche: el crujido de la tarima, los ruidos de la cama, rumores... en el pasillo. Y apareció el recuerdo del chasquido metálico de un picaporte, el sonido seco de una puerta a una hora imprecisa.
Los fogonazos se superponían como imágenes de una película desenfocada. La clavícula, el hombro desnudo, el cuello expuesto; el cabello esparcido en la almohada y la boca entreabierta. La sábana... la sábana. Los pechos, pequeños y firmes; los pezones oscuros como el chocolate; la curva de la cadera. Y su mirada, oh Dios, su mirada…
Esther se llevó la taza a los labios y, al dejarla en el plato, la porcelana resonó haciendo añicos la ensoñación.
—Deberías comer algo —dijo, señalando con un gesto vago la tostada casi intacta.
—Estoy bien, Esther.
Se encogió de hombros, un movimiento casi imperceptible que quedó oculto bajo la holgura del jersey. Me fijé en las manos; no estaban relajadas. Había en su postura una especie de pulcritud tensa, un cuidado extremo por no romper la superficie de nuestra conversación.
Me levanté y, al recoger las tazas, tropezamos. Tembló movida por un calambre. Fue un contacto breve, una fricción de piel que me llevó a observar de cerca la profundidad insondable del escote. No se apartó, se mantuvo impasible, con la mirada perdida en algún punto del horizonte, como si estuviera intentando decidir si había sido un accidente o la continuación de algo que no podíamos revertir.
—¿Te vas ya? —preguntó, poniendo fin a mi inconsciencia.
La observé un segundo más de lo necesario. Sus ojos no revelaban nada, ni una grieta en su serenidad, ni una sombra de reproche. Sólo había en ellos el mismo reflejo de la luz matinal, vacía de respuestas, dejándome con la duda punzante de si el silencio que nos separaba era el muro que habíamos construido juntos o el abismo que cada uno había decidido levantar en su propia mente.
Santander: el regreso
Tal y como acordamos, esta vez viajé sola a Santander. Llevaba un programa apretado para los escasos cuatro días de estancia en los que incluía entrevistarme con Eugenio Bascúe, director ejecutivo de la clínica Bascúe Salud. Ocupé la misma habitación de la vez anterior y, por pura mecánica, comprobé que la puerta entre habitaciones estuviera cerrada con llave. Tras deshacer el equipaje, disponía del resto de la mañana para organizarme, preparar la reunión concertada a la tarde y almorzar con tranquilidad. Ya que hacía buen tiempo, saldría a uno de los restaurantes que conocía. En esas cosas estaba cuando sonó el teléfono.
—Andrés, hola. Precisamente estaba pensando en ti.
—Hola, cariño, ¿has llegado bien?
Torcí el gesto. Se había acostumbrado a decirme esas cosas en privado a pesar de que le había advertido del riesgo. Podía acostumbrarse y perder el cuidado debido en presencia de terceros.
—¿Estás solo?
—Sí, mujer, no te preocupes. Qué tal el viaje.
Hablamos un rato, le conté el plan de la tarde, le dije que saldría a comer y me recomendó un restaurante.
—Cómo me gustaría estar ahí contigo, cielo, y pasar estos días juntos.
—No puede ser, es mejor así.
—Volveríamos a despertar juntos, nos ducharíamos…
—Anda, calla, no lo pienses.
—Entonces, si no es ahora, ¿Cuándo vamos a volver a…?
Me estaba agobiando. Prefería al Andrés formal, que había dirigido mi carrera desde los inicios, a este inmaduro extraviado en una segunda juventud mal gestionada. Desvíé la conversación al tema que nos ocupaba y poco después nos despedimos. Colgué con una sensación agridulce, una mezcla de poder y tedio.
El restaurante me recibió con el murmullo apagado de los almuerzos de turistas. Me senté frente al ventanal observando el mar mientras esperaba el primer plato. Mi mente regresó a la llamada. Me irritaba ver cómo aquel hombre, capaz de diseccionar la psique humana con brillantez, se comportaba como un adolescente en plena ebullición hormonal ¿Dónde estaba el mentor cuya sobriedad me cautivó? Esa especie de segunda juventud me resultaba ajena, casi patética. Me pregunté si lo que sentía por él era admiración o simplemente el deseo de poseer al maestro hasta que el maestro se volvió previsible.
Tomé el café en la terraza acristalada con el mar de frente y música de fondo que me acompañó mientras daba el último repaso a la documentación. Algo captó mi atención, Shirley Bassey versionaba una antigua canción de Mina. A Mario le gustaba cantarme al oído un verso del estribillo cuando hacíamos el amor, “I love you, I hate you, I love you, I hate you”. Te amo, te odio, te amo, te odio. La congoja derrumbó mis defensas; la cantante me devolvía, con una lucidez hiriente, a la realidad.
«Nunca amaré a nadie más que a ti
Quisiera huir de tu lado, pero si me perdieras, la vida se me iría.
Daría lo que fuera por romper las cadenas con las que me atas, aunque sé bien que jamás lo haré.
Te alejas y me quedo aquí, preguntándome por qué demonios sigo esperándote...
Pero, ¿cuándo ha tenido sentido el amor?
Es imposible vivir contigo, pero no sabría vivir sin ti.
Hagas lo que hagas,
nunca, nunca, ¡jamás querré amar a nadie que no seas tú!
Me tratas como no merezco, ¿de qué me sirve amarte así?
Y aunque siempre te burlas del amor, nada más en el mundo te llenaría.
Es imposible vivir contigo, pero no sabría vivir sin ti.
Hagas lo que hagas,
nunca, nunca, ¡jamás querré amar a nadie que no seas tú!
Me haces reír y me haces llorar;
me das la vida y me matas por dentro.
Me haces cantar y me entristeces;
me haces feliz y me sacas de quicio.
Te amo, te odio, te amo, te odio...
Pero te querré hasta que el mundo deje de girar.
Hagas lo que hagas,
nunca, nunca, ¡jamás querré amar a nadie que no seas tú!» (10)
—¿Se encuentra bien?
—Sí, gracias. La cuenta, por favor.
…..
La reunión con Eugenio Bascúe fue el contrapunto perfecto. En el despacho de la clínica, rodeada de diplomas y un silencio sepulcral, recuperé a la Carmen profesional. Bascúe era un hombre de la vieja escuela, pero supe llevarlo a mi terreno con habilidad. Salí de allí con el acuerdo bien encauzado y una sensación de triunfo que me ensanchaba el pecho.
Al abandonar la clínica, el impulso de llamar a Mario fue inmediato. Siempre lo hacía. Quería contarle que Bascúe había cedido, que probablemente mi programa de intervención iba a implantarse en todos sus centros. Pero la realidad me golpeó sin piedad: Mario ya no estaba al otro lado para celebrar mis éxitos.
Caminé por el Sardinero. El viento del Cantábrico me azotaba la cara, trayendo un aroma a salitre y melancolía. El Palacio de la Magdalena se recortaba al fondo, tan distante como mi propia vida familiar ahora que el polvo de la separación empezaba a posarse. Saqué el teléfono de nuevo y llamé a mi hermana.
—Hola, chiqui … Sí, todo bien. Acabo de cerrar un proyecto… —dije, intentando sonar animada.
Charlamos un rato, pero noté algo extraño en su voz, una normalidad sobreactuada. Esther siempre intentaba protegerme de sus tormentas con Daniel; esta vez, cuando volviera, tendría que cogerla por banda y obligarla a plantar cara al problema.
—Oye, Esther, necesito que me hagas un favor. Con todo el lío de hacer el equipaje olvidé una documentación. Una carpeta gris con el membrete del Colegio de Psicólogos. Lo tengo en la mesa del ático, junto al ordenador; si no, estará abajo. Cuando la localices, buscamos unas referencias, me las dictas y después me lo envías por fax.
—Sí, jefa. ¿No le importará a Mario? Debería avisarle de que voy a pasarme por allí.
—Mario ya no vive en casa —respondí, tratando de que no se me ahogara la voz—. Se ha mudado a casa de Elvira.
—Ah, joder, no lo sabía... qué mal pinta.
—Yo también me mudo, no sé cuándo aún.
—¡Chiqui…! —profirió en un lamento.
—Era de esperar.
La consolé; qué absurdo, era yo quien debería ser consolada.
—En cuanto pueda me acerco y te llamo desde allí. —dijo, cuando logré hacerle entender que el mundo no se acababa y nos despedimos.
Se hizo tarde caminando y pensando en la casa vacía que me esperaba al regreso. Al entrar en el hotel, el vestíbulo estaba sumido en esa penumbra elegante de los hoteles de lujo entre semana. Desde la cafetería llegaba el eco de un piano y el tintineo de copas; un par de ejecutivos solitarios apuraban sus copas con la mirada perdida. Era un ambiente de soledad compartida que no me apetecía habitar. Subí a la habitación.
Me desnudé con movimientos automáticos y entré en el baño. Al sentarme en el inodoro, los recuerdos acudieron como avispas: Andrés aquí mismo, en este mismo espacio, mirando, tocándome. Perdimos la dignidad en juegos que entonces juzgué audaces y ahora resultaban turbios. Su tacto limpiándome; la lluvia dorada que en su momento pareció una transgresión poderosa, sólo eran recuerdos insanos de los que quería huir. Pero no; sus manos, en mi mente, se sentían tan reales... manejando el papel en una parte de mi cuerpo que nunca nadie había visto sucia.
Me metí en la ducha, desesperada por borrar su rastro. Pero el agua parecía despertar mi piel en lugar de adormecerla. Tiré la esponja; me resultaba áspera. Mis propias manos, cubiertas de espuma, comenzaron a recorrer mi cuerpo. El tacto resbaladizo en mis pechos, el descenso lento por el vientre... Peiné el vello separándolo con los dedos abiertos, y me hundí entre mis labios como si una fuerza interior me llamara. No era su rostro el que se proyectaba tras mis párpados cerrados. Ni Tomás, ni Ángel. Era él. Sólo él.
Salí de la ducha con el corazón galopando. Me puse unas bragas cómodas y el pijama gris de pantalón corto y tirantes porque la habitación estaba caldeada. Había olvidado las zapatillas y me moví descalza por esa habitación que conocía como mi propia casa. Abrí el minibar y preparé un gin tonic.
Llaman. Dos golpes sordos, rítmicos, dados con las yemas de los dedos. Dos fusas, como había bromeado con quien solía llamar de esa forma. Me quedé paralizada con la copa en los labios.
—¿Quién es? —pregunté a la madera.
La llamada se repitió con el mismo ritmo y la misma urgencia, en la puerta y en mi pecho. El corazón dio un vuelco violento. Salté hacia atrás como si la fueran a atravesar. Abrí con un impulso que mezclaba la incredulidad y la esperanza.
—¿Qué haces aquí?
Citas
1 capítulo 178
2 capítulo 140
3 capítulo 124 El despertar Septiembre 2019
«Llegué puntual, y ansiosa. Pensaba que acudía a una reunión en la que estarían algunas de las otras chicas, pero me equivoqué. Me recibió con más afecto del que había puesto en la conversación telefónica; quizás lo prejuzgué y sólo estaba ocupado.
—Toma. —Me ofreció un estuche, lo abrí y encontré un anillo que me impresionó. No pude ocultar mi sorpresa, se asemejaba tanto a las esmeraldas de mi madre que no tuve duda; si, era lo que parecía: Una impresionante esmeralda engarzada sobre un anillo de platino.
—¿Es…?
—Si, es lo que crees. Supongo que verías a Lorena, lleva uno… parecido —Movió la cabeza restándole categoría—, y Lauri tiene otro similar. Todas mis chicas llevan uno con el mismo diseño, es el signo que os identifica cuando estáis trabajando. Podría decirse que es la marca de pertenencia. Ahora tu tienes el tuyo, eres una de las mías.
Se detuvo para ver el efecto que me causaba lo que había dicho. «Marca de pertenencia», «eres una de las mías». Me había impactado y sin darme cuenta bajé los ojos, no pude evitar sonreír. Estaba tan nerviosa, ¿qué impresión le estaría dando?
—Me gustaría que lo lucieras también aunque no trabajes. —añadió en un arranque de cariño.
Lo sacó del estuche y me cogió la mano, no podría explicar lo que sentí cuando comenzó a deslizarlo en mi dedo anular. Lo observé concentrado en sellar el compromiso que había contraído con él, era suya y ese anillo lo oficializaba.»
4 Livin’ la Vida Loca Ricky Martin 1999
5 House of the rising sun The animals 1964
6a —Por detrás, cariño.
—¿Otra vez? Eres increíble. Necesito dormir.
—No te pagué para dormir.
—Oye, tú no me has pagado.
6b —Tu culo me fascina desde que te vi llegar.
—Por eso no has dejado de mirarlo en toda la noche.
—Vamos...
—Despacio... mmm... Sí, así, está bien... oh, sí.
6c —¿Te apetece una copa de *Château Margaux*? —preguntó de pronto, cambiando el tono a uno de perfecta cortesía—. O prefieres que pasemos directamente a lo que nos ocupa.
—Oh, sí, aunque moriría por una copa de champagne.
—Hablas como una auténtica parisina.
—No exageres, Adrien. Pasé un verano en París antes de empezar la universidad y vuelvo en cuanto tengo la oportunidad. Me encanta esa ciudad.
6d —Parece que estás aquí para diseccionarnos.
—¡Qué dices!
6e —Ven, quiero hacerte el amor.
—Déjame a mí, yo me encargo.
7 For no one The Beatles 1966
8 capítulo 139
9 capítulo 134
10 Never, never, never. Shirley Bassey 1973 Recomiendo la versión original: Grande, grande, grande de Mina 1971
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