Capítulo 212 La inercia de los impulsos
Tiempo estimado de lectura: una hora treinta y seis minutos.
Para Torco, cuya pluma perfila con maestría a Toni. Felices setenta y un años, y gracias por darle sabor a este y al resto de personajes argentinos. Sin ti, no sería lo mismo. Con todo mi afecto.
«Nothing ever stays
Nothing comes to mind
No one can erase
The days we left behind
Nada permanece para siempre
Y aunque no se me venga a la cabeza
nadie puede borrar los días que dejamos atrás»
The days we left behind 2026 Paul McCartney
«Impulso: Deseo o motivo afectivo que induce a hacer algo de manera súbita, sin reflexionar.» (RAE)
º º º º º
Déjame que me presente: Soy un tipo con pasta, educado y con buen gusto. Llevo dando tumbos un montón de años defraudando a mucha gente. Sobre todo, a ella.
En esas estaba cuando, en un momento de duda y dolor, me aseguré personalmente de que Torquemada sentenciara nuestro final. Destruí un matrimonio y herí a todos los que formaban parte mientras otra mujer suplicaba por mí en vano. Me dejé caer por Sevilla en cuanto vi que tocaba cambiar de aires. Cabalgué a bordo de un auto desbocado al tiempo que la guerra declarada causaba estragos a mi alrededor y el tufo a cadáver apestaba.
Podría seguir, pero para lo que pretendo, he dicho suficiente.
Encantado de conocerte, supongo que ya habrás adivinado mi nombre. Aunque lo que de verdad te descuadra es de qué va mi juego. (1)
Como muestra, aquí va una historia.
Empatía con el diablo
Le dije: «No tienes por qué hacer esto».
Cati se levantó del asiento con una calma que me dejó helado. Sin decir una sola palabra, soltó el corchete, bajó la cremallera y la falda cayó al suelo. ¿Te imaginas si llega a entrar alguien? Pero yo no estaba en condiciones de pensar. Ahí mismo, donde estás tú ahora, se quedó en bragas; unas braguitas pequeñas, de encaje morado. Enganchó los pulgares en la cinturilla y las deslizó por las caderas lo justo para enseñar el pubis. Tiene un vello oscuro, rizado y espeso que cubre el monte de Venus y le sombrea la vulva. Y la dejó ahí, a medio quitar; la tela no se separó, joder, quedó atrapada entre los labios, la propia humedad la mantenía pegada. Sin quitarme los ojos de encima, se subió la blusa de punto por encima de las tetas. Ya me había dado cuenta de que no llevaba sujetador, cómo para no verlo. De paso le vi las axilas, joder, con su poquito de pelo; me puso a cien. La prenda quedó trabada justo arriba, sosteniéndose en los pechos como si me los pusiera en bandeja. Son pequeños, y firmes, los pezones son rosados y se le pusieron duros al instante por el cambio de temperatura, o porque estaba cachonda.
Calla, déjame seguir. No tiene el vientre plano, plano; le hace una curva suave, muy erótica que le nace debajo de las costillas y se acentúa hacia el ombligo hasta fundirse con el pubis. Esa redondez le da un aspecto increíblemente femenino, parece hecha para que la toques. La piel es muy pálida y suave, se le tensa sobre esa curva y le resalta el hueco del ombligo. Y las caderas… Uff, qué caderas; se le ensanchan de forma natural desde una cinturita estrecha; tiene una silueta que mezcla juventud y una sensualidad brutal.
No me mires así, joder. Luego, bajó los brazos y apoyó las manos en los muslos. Echó los codos hacia atrás, sacó pecho y acentuó toda la curva del torso, qué cabrona. Tenía las muñecas dobladas hacia dentro y las yemas de los dedos apoyadas en los muslos rozando el encaje de las bragas que, como he dicho, tenía a medio bajar. Los brazos se le veían larguísimos, y la tensión empujaba los hombros hacia atrás realzando los senos y la curva del vientre.
El olor de su sexo me metió un viaje en la nariz... Un aroma intenso, a mujer joven y húmeda que llenó toda la habitación.
—¡Qué dices, joder!
—Tú, escucha: Cuando conseguí reaccionar, repetí: «No tienes por qué hacer esto».
Me miró y dijo: «Quería hacerlo desde la primera vez que entré en tu despacho. ¿Puedo tutearte, profesor?».
Ahí ya no aguanté. Me levanté, fui hacia la puerta sin molestarme en disimular la tremenda erección que me había provocado y eché el pestillo. Te juro que pensé: «Esto es un error», justo en el momento en que le puse las manos en las nalgas y sentí lo suaves y cálidas que estaban, lo redondas que…
—¡Basta! No sigas, no quiero saberlo. ¿Te das cuenta del lío en el que estás metido? Y esa chica, ¿has pensado por un momento en ella?
—Es mayor de edad.
—¡Solo faltaba! ¡Pero es tu alumna!
—¿Qué quieres que haga? Sabes lo mal que lo he pasado desde la separación. Yo no he buscado esto, ha sucedido… y Cati me ha devuelto las ganas de vivir.
—¡Reacciona, joder! No eres un crío. ¿Cuántas veces hemos visto esto? Sabes cómo acaba siempre. Para ella eres un pasatiempo, se lo contará a sus amigas, el tema trascenderá y te costará la carrera, o algo más. Y la separación, que estáis llevando de forma amistosa, se convertirá en un calvario.
—No, ella no es así.
—Ni tú tampoco. De verdad, no te reconozco.
—¡Joder, no te vayas!
—¿Qué quieres? ¿una palmadita? Acaba con esto antes de que sea demasiado tarde.
—¡Mario!, espera, ¡por favor!
Salí del despacho de Lorenzo. En parte me sentía culpable por no haberlo apoyado; otra parte de mí sabía que mi reacción estaba motivada por lo mucho que había empatizado con él. Resultaba demasiado fácil rasgarse las vestiduras y juzgar al depravado desde un pedestal de falsa virtud fingiendo la indignación de un juez imparcial, cuando en realidad estaba reconociendo a un igual. No sentía compasión por su debilidad, sino una oscura simpatía por su transgresión: la empatía callada que tienen entre sí los pecadores en el momento en que se miran y descubren que no hay monstruos ahí fuera, sino que la sombra vive dentro de cada uno de nosotros. Me escandalicé para salvar las apariencias, pero, al cruzar la puerta, reconocí que no podía condenar el fuego de su despacho si yo mismo estaba consumido en mi propio incendio.
Tragedia en tres actos
—Vamos, aparta las manos. No te pega nada ir de virgen pudorosa.
—Vete a la mierda.
—Nadie te ha obligado a venir ni a quitarte la ropa. Has planeado esto paso a paso desde que llegaste a la facultad, no me vengas ahora con vergüencitas cursis. Quita las manos y termina lo que has empezado.
Adela puso morritos de bebé a punto de hacer pucheros y descubrió sus magníficas tetas.
—¿Por qué eres tan desagradable?
—Porque me molesta que te portes como una cría. Eres mucha mujer para estropearlo en el último minuto.
Adela era mi suplente en la facultad. Tenía veintiocho años, un expediente académico espectacular y, desde que recuperé mi plaza en la universidad, se había pegado a mí como una lapa. Apenas llevaba una semana; no era como para tirar cohetes, pero en algo tenía que ocupar el tiempo y la docencia me llamaba, no lo voy a negar. Una semana había bastado para llevármela a la cama. ¿O había sido ella quien se las había ingeniado para terminar desnudándose en la alcoba que un día compartí con mi exmujer? Se cabreaba porque le plantaba cara. No soporto el numerito de niña tímida; era una mujer decidida, autosuficiente y, por Dios, estaba tremenda.
Me aguantó la mirada con sus ojos grandes y oscuros que brillaban con una mezcla de rabia y excitación. El pelo castaño y ondulado caía en mechones desordenados sobre los hombros, encuadraba un rostro de facciones suaves pero firmes: pómulos marcados, labios carnosos entreabiertos y una nariz recta que le daba un aire elegante incluso estando furiosa.
Adela era mucha mujer. Su cuerpo parecía esculpido por años de disciplina: alta, de silueta atlética y femenina, con clavículas perfiladas, brazos tonificados y un torso ancho que moría en una cintura estrecha. Los pechos, firmes y naturales, desafiaban la gravedad —vaya tópico, pero cuando es la puta verdad no hay metáfora mejor—. Captó mi mirada y se los cubrió con un gesto protector, aunque mantuvo los dedos entreabiertos, como si dudara entre ocultarse o provocarme con la punta de un pezón indomable.
Bajé la vista sin disimulo. El vientre plano, con una suave línea central marcaba los abdominales. En la cadera izquierda lucía un tatuaje discreto, apenas visible: un par de trazos muy finos en tonos claros que descendían hacia la cara externa del muslo. Otro diseño más pequeño, de motivos florales, se hallaba en el antebrazo derecho y un tercero decoraba la base del cuello.
Con la otra mano intentó proteger la entrepierna; apenas conseguía ocultar el monte de Venus perfectamente depilado. Apretaba los dedos no lo suficiente para esconder el brillo de la excitación que empezaba a delatarla.
Sus piernas completaban esa arquitectura de fuerza y gracia: muslos firmes, esculpidos con una curvatura potente que delataba un entrenamiento constante sin perder un ápice de suavidad. La piel bronceada perfilaba unos cuádriceps marcados pero elegantes que se estrechaban al llegar a unas rodillas perfectas. Más abajo, los gemelos dibujaban una línea tensa que moría en unos tobillos finos y estilizados. Había una firmeza imponente en la forma en que se plantaba sobre el suelo, una combinación de sensualidad y tensión muscular que nacía en las caderas y recorría cada centímetro hasta la punta de los pies.
—No soy desagradable, cariño, soy directo. Y tú estás cachonda. Aparta las manos, quiero verte entera.
Adela respiró hondo, sus ojos se entrecerraron, pero no se movió. Ladeó la cabeza decidiendo si seguir luchando o rendirse a lo que ambos sabíamos que iba a pasar.
—Eres un cabrón arrogante… —murmuró, aunque su voz no sonaba tan firme.
—Y tú estás empapada por culpa de este cabrón arrogante. Venga, muéstrame lo que tanto te cuesta enseñar.
Adela soltó un largo suspiro. Lentamente, descubrió los pechos y, casi como un desafío, la otra mano reveló su sexo hinchado y húmedo. Se quedó allí, con los brazos caídos a los costados, el cuerpo en tensión y la respiración rota, desafiándome.
—¿Contento?
La voz ronca, la piel erizada y el leve temblor de las piernas la traicionaban.
—Todavía no —dije, acercándome hasta quedar a unos centímetros—. Date la vuelta. Quiero verte el culo; pero verlo bien, ya sabes a lo que me refiero.
Adela me miró sin creer lo que había oído. Su aliento, convertido en un jadeo cálido y rítmico, alcanzaba de lleno mi rostro; los pechos se elevaban agitados con cada inhalación. Sin decir una palabra, giró sobre los talones.
Su espalda era un espectáculo: ancha en los hombros, se estrechaba hacia la cintura en una curva limpia con la columna vertebral marcada sutilmente. Al terminar de girarse, su trasero quedó expuesto. Redondo, alto y firme, con dos pequeños hoyuelos a la altura de los riñones; la forma perfecta de las mujeres que entrenan con disciplina. Tensó las piernas, los glúteos se apretaron y la separación entre los cuádriceps y los isquiotibiales quedó marcada con total definición.
—Joder, qué cuerpo tienes… —murmuré, incapaz de apartar la vista—. Agáchate y sepárate las cachas. ¡Joder, que te abras el culo!
Adela soltó una risa nerviosa, y con una falsa indignación dijo:
—Eres un guarro…
Pero obedeció, apoyó una rodilla y la mano contraria en el colchón y con la otra, se sujetó una nalga. La postura la forzaba a arquear la espalda y proyectar el culo. Los labios mayores se mostraron abiertos; los internos, más oscuros y relucientes, quedaron expuestos. Un hilo fino y transparente de flujo se descolgó babeando desde la hendidura.
—¿A qué esperas?
Adela reaccionó, separó la nalga y el surco se expandió en una franja más clara, un sendero que conducía hacia unos labios gruesos y brillantes. Yo hundí un dedo en ellos, lo empapé bien y lo usé como una brocha por la suave piel que me llevaba a la meta: el pequeño cráter rosado. Cada vez que lo hacía, todo su cuerpo se tensaba. Me demoraba porque la tentación de quedarme dentro y arrancarle el estertor del orgasmo era inmensa, pero renunciaba a ello y retomaba la ruta que me depararía un placer, si no mayor, al menos distinto. Arriba, abajo; recogía flujo y pintaba el camino a brochazos, amagaba tan cerca que el esfínter se cerraba en falso. ¿Tortura?, quizás.
En uno de esos viajes alcancé mi destino, el pequeño y fruncido ano se encogió y Adela profirió un «¡Oh!» largo y profundo, convertido en un gemido de rendición total. Se separó más las nalgas con las dos manos, la piel se estiró y lubriqué aguantando las ganas de tocarlo para no anunciarle la invasión que se le avecinaba.
Retrocedí por el estrecho corredor, buceé en su hambriento coño sometido a un pulso constante y regresé sin desperdiciar esta vez la carga por el camino, unté el pequeño ojo arrugado dos, tres veces y a la cuarta comencé la labor de presión.
La resistencia duró apenas un instante: el agujero del culo, tratado con tanto mimo, se tragó la punta del dedo. Al momento se activó un reflejo en cadena: la vulva se contrajo y el espasmo repercutió en el esfínter; estaba atrapado en una prensa coordinada. Cada vez que me movía dentro, ambas zonas respondían a una como un único músculo dictando el mismo pulso de presión.
Era hora de ir más allá; el jadeo profundo de Adela me dio la señal. Lo saqué, lo empapé bien y se lo enchufé sin reparo. Sucedió lo esperado: un lamento, una hermosa contracción de los glúteos y el latir de la vulva boqueando como un pez varado en la orilla. Ni una sola queja salió de su boca. Se lo clavé hasta el nudillo; su culo me acogió con fuerza, calor y suavidad. El jadeo se convirtió en un ritmo agitado y constante, el mismo ritmo con el que me hundía dentro como una anguila desesperada por escapar.
No debía tentar a la suerte, el orgasmo se avecinaba, así que lo retiré y lo examiné por precaución, más por ella que por mí. No encontré nada extraño, pero al olerlo percibí un aroma acre. Hice algo que jamás creí que haría: me lo llevé a la boca; tenía un gusto amargo, nada extraño para alguien como yo, aficionado al Campari, al Fernet y al bíter. De no haber sabido de dónde procedía no me habría preocupado, pero iba a devolverlo al interior de la vulva y lo lavé con mi propia saliva, era la mejor forma de evitar contaminarla, lo ensalivé a conciencia y cuando consideré que estaba limpio, lo hundí para cargarlo de su densa baba; regresé a su culo, que, cada vez más dócil, cedió sin oponer resistencia, señal de que lo había domado. Entré con facilidad y lo moví como si la estuviera follando. Sus gemidos se volvieron agudos, desgarrados por el ritmo brutal de mi dedo.
Tenía que pasar al siguiente nivel: empapé dos dedos a conciencia y los presenté, Adela notó lo que se le venía y exclamó un «no» débil.
—Repite eso —dije, y me detuve.
—¿Por qué paras? ¡Sigue!
—Pídemelo.
—¡Fóllame el culo, joder!
Con otras palabras, es lo que me había pedido; es lo que nos había traído a donde estábamos. Adela me estaba rondando desde que se postuló para el puesto. A mí me daba igual una que otra, todas tenían un expediente similar, eran jóvenes arrogantes con ganas de comerse el mundo; pero Adela tenía algo más: exudaba sexo por cada poro, en cada mirada, en cada gesto. Cuando la observaba sin que se diera cuenta, era una chica como las demás, una joven licenciada buscándose la vida para hacer méritos. Conmigo era diferente, se transformaba o, al menos, a mí me lo parecía.
«Sucedió en la cafetería de la universidad. Entré a tomar cualquier cosa rápida, un pincho y una cerveza; tenía una reunión a las cuatro y luego debía volver al gabinete. Entonces la vi en un grupo de chicas como ella. Cómo se puede ir vestida así a la facultad, joder. Me saludó con un gesto que yo le devolví y no presté más atención hasta que la sentí a mi lado. Bromeó sobre lo poco que iba a comer, pidió una cerveza y amagó con ponerme las tetas entre la bebida y mi rostro. Así era Adela: atrevida, sexy; provocaba sin dar la nota. Yo estaba tan jodido que cualquier chute que me levantara el ánimo era bienvenido, y mejor una dosis de tetas jóvenes que un Jack Daniel's a deshora. Le seguí la corriente; hablaba de todo y de nada, preguntaba y yo respondía vaguedades. Así fue como terminó hablando de sexo, de su fallida primera vez, de lo bien que se entendía con Sonia (esa, dijo señalando hacia el grupo que había abandonado poco antes). Le seguí el juego, pregunté qué le daba Sonia que no le diera un tío —como si no lo supiera— y me describió con descaro una sesión lésbica en la que el sexo estaba exento de dominación. De ahí, no sé cómo, pasó a hablar de su asignatura pendiente: el sexo anal.
—Quieres decir que todavía no has encontrado a la persona idónea para que te folle el culo.
—Vaya, profesor, no te andas con rodeos.
—Prefiero llamar a las cosas por su nombre.
—Tienes razón. No me fío. Me han contado cosas tan cutres que me freno, y eso que tengo unas ganas...
—Supongo que quieres perder tu última virginidad.
Me analizó sin dejar de sonreír tratando de interpretar qué es lo que pretendía.
—Das por supuestas muchas cosas.
—No me jodas. Una tía como tú... no creo que se haya privado de nada, ¿me equivoco?
—No te equivocas: la vida hay que vivirla y cuanto antes, mejor. Nunca se sabe.
—Por eso quieres encontrar a la persona adecuada para darle tu culo, ¿eh? No es fácil.
—Parece que sabes de lo que hablas.
Bebí un largo trago, la tenía intrigada.
—El problema con los tíos…
—Es la paciencia —la interrumpí—. Abrir un culito virgen lleva tiempo, calma y sensibilidad. Puede ser tarea de varios días, incluso.
—¿Lo has hecho más de una vez? Quiero decir… ¿Has roto muchos culos? —matizó al notar cómo levantaba las cejas ante su ambigüedad. El detalle, enfocado directamente en la rotura, me puso a cien; esa chica sabía perfectamente lo que quería.
—No sabría decir cuántos son muchos, pero sí, he tenido el placer de desvirgar bastantes. Romper, como has dicho.
—¿Y si yo te pidiera…?
—¡Nos vamos!
La irrupción de sus compañeras detuvo un instante lo que ya prometía. Se deshizo de ellas y me miró expectante. No necesitaba oír más.
—Es complicado, Adela, puede comprometer nuestra relación académica.
—En absoluto, nadie se va a enterar, lo juro. —exclamó con excesiva vehemencia.
—Por otro lado… tienes la motivación, la actitud y… —enfoqué sin disimulo su pubis, que el fino tejido del pantalón moldeaba con claridad— Date la vuelta e inclínate sobre la barra, como si llamases al camarero.
—¿Qué?
—Haz lo que te digo, quiero comprobar una cosa.
—No me lo puedo creer, ¡quieres verme el culo! —protestó haciéndose la ofendida.
—Quiero valorar lo que me estás ofreciendo.
Sonrió al entender lo que pretendía. Se volvió dócilmente, hincó los brazos en la barra y sacó culo. Sí señor, un hermoso trasero en todo su esplendor. Y qué acierto de pantalones. Uno de esos elásticos que se llevaban entonces, de tiro bajísimo, hechos de una tela sintética que se pegaba al cuerpo como una segunda piel. Sin botones gordos, cremalleras de metal ni bolsillos gruesos que estorbasen, la prenda se tensó al límite, amoldándose descaradamente a la pelvis, dibujando sin rodeos el relieve exacto del pubis al inclinarse hacia delante. El camarero acudió y Adela pidió unas patatas para acompañar la cerveza. Quién se las negaría. Asomó unos ojos seductores por encima del hombro.
—Qué, ¿todo bien por ahí atrás?
—Todo perfecto y en su sitio.
—¿Qué esperabas?
—Habrá que verlo al natural.
—Entonces, ¿hay trato?».
Deslicé ambos dedos por el canal que me ofrecía entre los glúteos y me posicioné en su agujerito; lo vi: estaba listo. Sobrepuse los dos dedos formando un único cuerpo y presioné, ella sopló y empujó. Comencé a entrar con dificultad, no quería hacerle daño, busqué más baba con la otra mano y lubriqué la zona de fricción, entonces me di cuenta de que Adela necesitaba un incentivo: mi mano izquierda voló hacia delante a buscar el clítoris; entendió la maniobra y separó los pies arrastrándolos en zigzag para darme espacio; así la sostuve, a dos manos, frotando el clitoris con cuidado de no disparar el orgasmo y asediando la entrada trasera que empezaba a ceder.
Apreté sosteniendo la pulsación del esfínter hasta que su resistencia mutó en una apertura dócil, ese punto de quiebre donde la tensión muscular colapsa y la carne finalmente se moldea a la intrusión. Una vez superado el anillo (lo supe antes por el intenso «¡Oooh!» que por la repentina sensación de laxitud en mis dedos) le di más lubricación al esfínter dilatado. Por nada del mundo quería abandonar el clítoris, por lo que usé mi propia saliva que cayó con puntería certera y se diluyó por los bordes. Comencé a presionar con cautela, le preguntaba cómo se sentía a cada momento y le pedí que empujara como si quisiera defecar (obviamente fui más crudo, pero os lo ahorraré). Empujó y el músculo, agotado, cedió; poco a poco, con paciencia, fue tragando, solo en un par de ocasiones dijo «para» y me detuve al instante, quería hacerle sentir que era ella quien tenía el control.
No superamos el límite de los nudillos, porque no me pareció seguro para ser la primera vez y porque le sobrevino un orgasmo brutal que a punto estuvo de arrancarme los dedos. Le resté importancia con una broma al charco que formó a sus pies antes de que tuviera tiempo de avergonzarse. También impedí que viera mis dedos, aunque no había forma de ocultar el olor. En general, Adela reaccionó mejor de lo que esperaba, signo de que era más madura de lo que parecía. Yo me sentí satisfecho: ese culo estaba derrotado.
Segundo acto
Regresé del baño. Adela seguía en la misma postura: de pie, con la vista perdida y los pies separados evitando mojarse. No me había tomado ni un minuto lavarme las manos, pero eso no explicaba tal estupor. Volví a por una toalla y la tiré al suelo. El olor de su deseo impregnaba el aire; el otro, si acaso quedaba algún rastro, se había esfumado por la ventana, abierta de par en par. Le acaricié y el frío de mi mano, recién lavada, le provocó un respingo que la sacó de donde estuviera sumida. Le restregué una toallita desechable entre las nalgas y la doblé sin mirarla. Adela ocultó el rostro entre las manos. La calmé con un «shh» en el oído. Subí por la cara interna de los muslos: el rastro cálido de la orina y su propio flujo le llegaba a las rodillas.
—Estás… chorreando —le susurré; su interior seguía resbaladizo.
Adela soltó un gemido ahogado.
—Calla… —protestó, pero su voz se quebró cuando empecé a moverme dentro, curvando el dedo para presionar el punto más sensible.
Pasé el otro brazo por delante, busqué el clítoris y lo froté en círculos firmes. Añadí un segundo dedo, empujé sin piedad en perfecta sincronía en ambos frentes. Movió la cintura por instinto hacia atrás traicionando su supuesta resistencia.
—No… joder… —jadeó, intentando mantener el equilibrio.
No estaba dispuesto a darle tregua. Su respiración se volvió entrecortada y sus muslos se tensaron. Soltó un grito ronco que resonó en las paredes mientras se contraía con fuerza alrededor de mis dedos, atrapada en espasmos rítmicos. Me empapó la mano salpicándose a sí misma. Las rodillas le flaquearon y buscó desesperadamente apoyo en mi costado para no caer, sacudida por la violencia del placer. Mantuve los dedos dentro, moviéndolos despacio para prolongar las contracciones todo lo posible. Por fin se calmó, los retiré y se los acerqué a la boca.
—Límpialos, y date la vuelta. No he terminado contigo.
Todavía jadeando, me miró con los ojos vidriosos por el éxtasis y la rabia. Los lamió con una sumisión que contrastaba con su orgullo. Chupó y chupó deponiendo la poca resistencia que le quedaba.
La agarré por la cintura y la empujé hacia la cama.
—Sube. A cuatro patas.
Obedeció sin rechistar; gateó sobre la colcha blanca y se colocó en posición: rodillas separadas, espalda arqueada y el pecho pegado al colchón. Su sexo seguía brillante y obscenamente abierto, destilaba hilos densos de flujo. Lástima de colcha.
Me coloqué detrás, le separé las nalgas y entré de un solo golpe contundente. Adela soltó un gemido largo. Acaricié el esfínter con el pulgar, estaba tan dilatada que se coló dentro. Estaba lista. Empecé a follarla con un ritmo fuerte y rítmico; el sonido húmedo de nuestros cuerpos en combate llenó la habitación. Cada vez que me hundía del todo, la tensión entre nosotros aumentaba. Sabía que se sentía expuesta, humillada en parte, pero sus gemidos decían otra cosa.
—Así… eso es —murmuré entre dientes sujetándola del pelo con una mano—. Eres mía.
Adela no respondió, empujó hacia atrás, respondiendo a las embestidas. No tardó en alcanzar un nuevo clímax —otra chica inagotable— su cuerpo se tensó, me apretó como un puño y soltó un grito ahogado contra la almohada. Ale, a la mierda la colcha. Continué machacándola sin piedad hasta que yo también me corrí a borbotones.
La llevé a la ducha. Nos enjabonamos con un derroche de espuma y volví a acariciarla bajo el agua templada sin prisa porque su cuerpo era una tentación irresistible. Me tomó entre sus manos y logró ponerme duro de nuevo masajeándome los testículos con auténtico fervor; yo me entretuve en sus pechos, resbaladizos con tanta espuma, duros como piedras. El vapor y la corriente se llevaron el sudor y los restos del último polvo.
Al salir, le tiré una camiseta mía que le quedaba corta.
—Haz algo de comer. Tengo hambre.
Adela me miró con una mezcla de odio y sumisión; estaba cansada, pero fue a la cocina. Me senté a observarla mientras preparaba unas tortillas francesas con cebolla y una ensalada de tomate y atún: descalza, con el pelo húmedo, la camiseta revelaba su culo cada vez que se movía.
Por la tarde, tras una conversación cargada de dobles intenciones, Adela tomó la iniciativa: se arrodilló entre mis piernas y me tomó en su boca. Fue una mamada lenta, profunda y posesiva. Usó las manos y la garganta con ganas, hasta que me corrí. Lo tragó todo y me limpió con la lengua. Me habría gustado correrme en su cara. Otro día.
Cuando llegó la hora de marcharse, se detuvo en la puerta.
—Quiero volver a verte —dijo en voz baja.
La miré de arriba abajo.
—Claro. En la facultad.
Adela frunció el ceño.
—No seas cabrón, Mario, esto hay que terminarlo.
—¿Esto?
Se acercó, me agarró de la nuca y me dio un beso largo y profundo.
—Mi culo.
Qué tierna. Le acaricié la mejilla.
—Sé prudente. Nadie debe notar nada. En la universidad, somos compañeros.
Ella asintió con un destello de rebeldía.
—Compañeros. Nada más —le advertí.
—Entendido… profesor —murmuró con una media sonrisa antes de salir.
—Pásate mañana por el despacho. Ya estás lista.
Asintió como una colegiala.
—Sin bragas.
No supe si me odiaba o me deseaba.
Yo me fui tras poner orden en lo que había sido un hogar. Qué lástima, para lo que había quedado.
Al día siguiente apareció a la una. La hice esperar porque tenia una reunión pendiente con Emilio. Él la miró mosqueado. «¿Y esta qué hace aquí?», preguntó. A Emilio no se le pasaba por alto que el puesto de Adela no se debía precisamente a sus méritos académicos.
Le pedí a mi socio que abreviáramos y, en quince minutos, despachamos. Emilio se demoró en salir para hacerse el encontradizo. La saludó, me lanzó una mirada de reproche y cerró la puerta.
Lo que sucedió después no es algo de lo que pueda sentirme orgulloso.
Tercer acto
«The most terrifying thing is to accept oneself completely
(La cosa más aterradora es aceptarse a uno mismo por completo)»
Atribuido a Carl Gustav Jung
El chasquido del pestillo cortó cualquier posibilidad de vuelta atrás. Un gesto de mi mano bastó. Abrió el bolso y me entregó las bragas con su aroma de toda la mañana impregnado y la huella visible del deseo mal contenido. No hubo la complicidad de la tarde anterior; aquello fue un frío recordatorio de quién dictaba las reglas.
La conduje hasta la gran ventana donde la luz del mediodía se filtraba entre las persianas entreabiertas dejando ver el intenso tráfico. Expuesta al exterior y a la amenaza constante de ser interrumpidos, dicté cada uno de sus movimientos. Lo que en su origen pareció un juego de audacia se adentró sin remedio en un terreno sórdido traspasando fronteras que ninguno de los dos se había atrevido a nombrar. Soportó cada vejación sin quejarse, padeció el rigor del acto final en absoluto silencio; el último destello de resistencia se extinguió en cuanto comprendió la verdadera arquitectura de aquel rito en el que no era más que un objeto, no había lugar para las emociones y mucho menos para los sentimientos, donde quedaba despojada de voluntad y carecía de todo valor.
La hice marchar sin una sola palabra de afecto. Le ordené que se vistiera rápido y volqué mi atención sobre los papeles de mi mesa. Adela abandonó el gabinete sofocada por la contundencia de lo irreparable. Caminaba midiendo cada paso para reprimir el ardor punzante que nacía en lo más profundo de su pelvis, un malestar íntimo que le exigía rigidez para no quebrarse.
Emilio, que merodeaba por el pasillo, entró en mi despacho dando un portazo.
—¡Abre la ventana, por Dios, ventila esto! ¿Qué coño estás haciendo?
—Nada por lo que debas preocuparte.
—La he oído.
—¿Y?
—No sé qué te ha pasado desde que te separaste de Carmen, no te reconozco. El Mario que era mi amigo no es el cabrón retorcido que tengo delante.
—Enhorabuena, Emilio —sonreí sin ganas—. Por fin te atreves a ser sincero. ¿Algo más o se te ha acabado el discurso? Me toca recordarte que no estás en condiciones de dar lecciones de moral precisamente tú, que te follas a mi exmujer a ciento cincuenta euros el polvo. ¿O son doscientos?
—Vete a la mierda.
—Llegas tarde, estoy de mierda hasta el cuello —respondí, dándole la espalda; mi socio no iba a verme roto. Apagué el PC y comencé a vaciar la mesa—. Soy un cabrón retorcido, ya lo sé. Si no, ¿de qué iba a haber terminado estropeando…?
Todo. Todo se me echó encima como un aluvión sepultándome sin dejarme respirar. Ese ciego impulso de acelerar para no asomarme al precipicio, ese hábito de huir hacia delante aplastando lo que se interpusiera lo había estropeado todo. Todo.
—¡Mario! ¿A dónde vas?
—No sé, ya veré. Estamos en Semana Santa, ¿no?
—¿Y lo de mañana? ¿me vas a dejar colgado? Joder…
No me molesté en responder, salí del edificio; la cabeza me iba a estallar.
…..
Al final, la gente siempre necesita un villano al que señalar para convencerse de que ellos aún están del lado de los buenos. Lorenzo necesitaba a su joven alumna para sentirse vivo; Adela necesitaba mi desprecio para alimentar esa excitación que la avergonzaba; y Emilio… Emilio necesitaba vestirse de hombre de principios para olvidar el precio al que compraba el cuerpo de Carmen. Todos ellos jugaban a ser santos, reservándome a mí el papel del traidor, el manipulador, el cabrón retorcido.
Pero yo no inventé las reglas de este juego, solo dejé de fingir que no las conocía.
Así que, si has llegado hasta aquí juzgando cada uno de mis actos con la comodidad del que se cree íntegro, muestra un poco de honestidad antes de condenarme. Mírate al espejo y pregúntate cuánta de tu virtud es real y cuánta es solo falta de oportunidad. Si me ves como al demonio de esta historia, no pasa nada: llámame por mi nombre. A fin de cuentas, la diferencia entre tú y yo no es la maldad, es que yo tuve las agallas de quitarme la máscara.
Bali
El trayecto hacia Barajas en el asiento trasero del taxi se hizo interminable. Mantenía la vista fija en la ventanilla, atenta al desfile de edificios grisáceos bajo la luz pálida de la mañana. La radio emitía un murmullo que no lograba amortiguar el estruendo que llevaba dentro. En teoría, me estaba dando el viaje del siglo, pero la sensación no era la de alguien que se va de vacaciones.
Carmen pensaba que me marchaba huyendo de Daniel. No se equivocaba del todo, pero la verdad era muchísimo más turbia. Dejar a Daniel atrás era fácil; su desprecio y sus ausencias ya no dolían, eran solo ruido de fondo. Huía desesperadamente de las imágenes que me abrasaban la cabeza, del sabor que aún me impregnaba la garganta, del pánico a que esa colección llamada «Estudio en blanco» terminara saliendo a la luz. Huía de Oscar, de las fotos, del vídeo... y de la versión de mí misma que había descubierto en aquel loft de Lavapiés. Una mujer que no reconocía, pero que había respondido al sometimiento con un placer que me daba pánico admitir.
El aeropuerto era un hormiguero de gente en busca del parón de Semana Santa. Familias cargadas de maletas, parejas sonrientes... y yo, sintiéndome una fugitiva. Mientras hacía cola en los mostradores de facturación, sentí un sudor frío en la nuca. Me ajusté las gafas de sol en la cabeza; temía a cada segundo que la mano de Daniel o la de Carmen se posara en mi hombro para pedirme explicaciones. O peor aún, que apareciera Oscar con su sonrisa cínica a recordarme que, dijera lo que dijera, mi cuerpo le pertenecía.
Facturé la maleta. Crucé el control de seguridad sintiendo el escáner como el objetivo de una cámara enfocado a mi piel. Embarqué.
El vuelo a Bali, con su larga escala, fue un limbo claustrofóbico. Al escuchar el rugido de los motores, se me saltaron dos lágrimas que sequé con el dorso de la mano. Miré por la ventanilla: el avión atravesaba las nubes, ya no había marcha atrás. Saqué el Discman del equipaje de mano, me puse los cascos y di al play buscando ahogar mis pensamientos. Pero no había refugio posible; en cuanto cerraba los ojos, veía el suelo de hormigón gris mate, los destellos del flash y el rostro sombrío de Oscar ordenándome que no tragase. Sentía las rodillas encendidas sobre aquella superficie hostil.
Fueron más de veinte horas en vuelo hacia la otra punta del mundo. Veinte horas suspendida en el aire, atrapada entre el remordimiento, la vergüenza y una euforia oscura agarrada al estómago. Me iba sola a miles de kilómetros porque necesitaba aire; el muro que había levantado frente a Carmen no me protegería del todo, tarde o temprano debería enfrentarme a mi hermana y confesarle la verdad: la Esther que ella conocía había muerto en aquel estudio, devorada por un secreto del que jamás podría liberarme.
Primeros pasos
El choque térmico al cruzar las puertas automáticas del aeropuerto de Denpasar me atizó en toda la cara. El aire de Bali no se respiraba, se masticaba: era una masa densa, pegajosa, impregnada de un olor profundo a incienso quemado, gasolina, humedad y vegetación podrida.
Un enjambre de taxistas y conductores amontonados tras las vallas me abordó a gritos ofreciendo sus servicios. Agaché la cabeza, apreté el asa de la maleta y caminé hasta dar con el chofer que llevaba un cartel con mi nombre mal escrito. El trayecto a Ubud fue un caos fascinante y asfixiante a partes iguales. El coche avanzaba a tirones entre un río incesante de scooters donde viajaban familias enteras sin casco, esquivando perros callejeros y pequeños altares de hojas de palmera con flores y arroz depositados en el suelo. Yo miraba por la ventanilla incapaz de conectar con la exótica belleza del paisaje. Para mí, todo aquello era solo una escenografía lejana, un decorado ruidoso incapaz de competir con el ensordecedor murmullo de mi cabeza
Llegamos al hotel bien entrada la tarde. Era un resort apartado envuelto en una selva tupida de un verde casi agresivo. Me recibieron con una sonrisa amable, un té helado de flor de hibisco y una toallita húmeda con aroma a jazmín. La recepcionista revisó mi pasaporte y rellenó la ficha de registro, la firmé y me entregó una llave pesada sujeta a un llavero de madera tallada.
El alojamiento resultó ser una villa pequeña de paredes de piedra y techo de paja con una cama enorme envuelta en una mosquitera blanca que parecía un dosel de novia. El silencio me cayó encima como una losa. Me deshice de la ropa del viaje, pesada y húmeda, y me metí bajo la ducha exterior. El agua fría sobre mi cuerpo entre muros de piedra fue el primer alivio verdadero en más de veinticuatro horas. Me vestí con algo ligero —un vestido ancho de tirantes—, abrí la maleta, saqué lo básico y dejé el resto sin colocar. Necesitaba moverme.
Salí a dar una vuelta por las calles de Ubud cuando la luz comenzaba a caer. El suelo estaba salpicado por pequeñas ofrendas que la gente coloca con devoción en cada esquina. Caminé entre galerías de arte, tiendas de tallas de madera, puestos de fruta tropical y cafés llenos de mochileros occidentales que reían con despreocupación. Frente al escaparate de una tienda de artesanía me vi reflejada en el cristal. Entre la penumbra de la calle y las luces cálidas del local, me pareció atisbar a una desconocida: una mujer sola al otro lado del mundo, con el gesto abatido y los ojos fijos en la nada. Por un segundo, la textura de las estatuas de piedra húmeda alrededor me devolvió de golpe al hormigón frío del loft de Lavapiés. Me abracé a mí misma, sentí un escalofrío en medio del calor sofocante de la noche balinesa. Había cruzado el planeta entero, pero el secreto había viajado conmigo.
Decisiones
Al día siguiente me desperté temprano, con la cabeza pesada y la sensación flotante que provoca el jet lag. Mi cuerpo seguía atrapado en el huso horario de Madrid. Pasé a desayunar sin ganas —un plato de fruta tropical que apenas probé y un café amargo— y fui directa a la piscina del complejo a pasar las horas.
El sol pegaba de lleno sobre la piscina rodeada de vegetación salvaje. Me quité el caftán y me tiré en la hamaca; no pasaron ni dos minutos cuando me entró un ataque de ridículo. Miré de reojo a unas inglesas de mi edad que charlaban cerca: llevaban bikinis diminutos, de estampados vivos, con escotes infinitos y un tiro alto en la cadera que les hacía un cuerpazo. Yo, en cambio, llevaba un dos piezas azul marino de abuela, con cazoletas duras como piedras y tirantes anchos pensados más para tapar que para enseñar. «Parezco una monja», pensé con una mezcla de vergüenza y rabia. La Esther de siempre, la que se escondía de Daniel y del mundo, estaba metida en cada maldita costura de ese trapo.
A mediodía, harta de sentirme fuera de lugar, me recogí el pelo en un moño y entré en una de las boutiques de lujo del resort. Necesitaba un cambio urgente, o a lo mejor solo quería ponerme a prueba.
Empecé a rebuscar entre los percheros hasta dar con lo que buscaba. Elegí dos modelos que jamás en la vida me habría atrevido a ponerme en Madrid:
El primero era un dos piezas rosa palo de una licra finísima, de acabado satinado . El top eran dos triángulos de nada que tapaban lo justo y necesario, con unos cordones finos que se cruzaban por el abdomen y se ataban a la espalda, dejando las costillas al aire. La braguita era un corte brasileño diminuto, de los que se atan con lazadas en la cadera y te obligan sí o sí a enseñar todo el culo y la ingle.
El segundo era un trikini negro con un rollo fetichista tremendo. La parte de arriba y la de abajo estaban unidas por una tira estrecha por el vientre, dejando los costados completamente al aire. Llevaba un escotazo en uve tan pronunciado que me costó colocarme el pecho en su sitio —y eso que no soy nada pechugona—; por detrás tenía un entramado de tiras elásticas como un arnés. La braguita era tan mínima que apenas tapaba nada, ni por delante ni por detrás.
Pagué sin mirar la tarjeta y me fui pitando a la villa. Nada más comer, me encerré en la habitación.
Me probé el rosa frente al espejo del baño. Casi ni lo sentía sobre la piel. Al mirarme, se me cortó la respiración de golpe: parecía que iba desnuda, con el pecho apretado en dos trozos de tela mínimos y todo lo demás al aire. De pronto, la imagen me sacó de la piscina y me plantó de lleno en los focos del loft de Lavapiés. Se me vinieron encima las manos de Óscar recolocándome, el frío del hielo, los goterones chorreándome por el pecho y la cámara tragándose cada milímetro de mi cuerpo. Me llevé la mano al cuello, estaba hiperventilando entre el pánico y un morbo absurdo que me revolvía el estómago. ¿Quién era la del espejo? ¿La mujer de Daniel o la modelo porno del estudio?
Me quedé paralizada. Solo se oía el zumbido del aire acondicionado y el martilleo de mi corazón. Apreté los puños, no iba a pasarme el viaje huyendo de mí misma. Me anudé un pareo a la cintura, me coloqué bien los tirantes y, tragándome el nudo que me quemaba la garganta, abrí la puerta y salí de nuevo a la luz cegadora de la piscina.
Valor
Crucé la zona de plantas que rodeaba la piscina, sintiendo cómo el pareo flotaba alrededor de mis piernas con la brisa. Dejé caer la bolsa en la tarima y, con un gesto rápido pero bastante torpe por la tensión, me desaté el nudo de la cintura. La tela cayó al suelo y me quedé allí, plantada en ese bikini rosa diminuto bajo el solazo.
El efecto fue inmediato. El grupo de inglesas se calló de golpe, un hombre que leía bajo una sombrilla se bajó las gafas de sol para repasarme de arriba abajo y varios que nadaban cerca frenaron las brazadas. Mi cuerpo, acostumbrado al objetivo de Óscar, reaccionó con una sacudida intensa que bajó directa a la entrepierna; me dio igual, la mancha oscura en la tela se diluiría en nada. Un impulso ciego de mandar todo a la mierda había tomado el control.
Caminé hacia el borde sintiendo cómo la piedra me abrasaba las plantas de los pies. La lycra era tan fina que esa humedad repentina bastó para pegármela a la piel; no me hacía falta mirar para saber que el tejido me marcaba los labios al milímetro. Sabía que, en cuanto se empapara del todo al meterme en el agua, también me transparentaría los pezones sin dejar nada a la imaginación. Una mezcla de vértigo y morbo puro me disparó el pulso.
Me tiré de cabeza sin dudarlo.
El agua fría me tragó de golpe en un silencio azul que apagó todo lo de fuera. Nadé unos metros por abajo, el agua me pegaba el bikini al cuerpo como una segunda piel. Cuando salí a la superficie, me eché el pelo mojado hacia atrás y cogí una bocanada de aire. Ya estaba. Había llegado el momento.
Nadé hasta el borde, agarré la escalerilla y empecé a subir peldaño a peldaño. El agua me chorreaba por el cuerpo y, tal como sospechaba, el tejido se había vuelto transparente ciñéndose a cada curva. Sentía la tela helada remarcándome la dureza del pecho y la forma de la entrepierna. Pero en lugar del pánico o la vergüenza que me habrían paralizado en Madrid, me entró un subidón de ego tremendo. En vez de cruzar los brazos o salir corriendo a taparme con la toalla, me puse recta, saqué pecho, metí tripa y me fui despacio por la tarima mojada hacia la tumbona. Notaba el rastro de las miradas de los tíos pegadas al agua que me resbalaba por las caderas; no me sentí una víctima ni una marioneta: me sentí guapa, peligrosa y muy viva. Caminaba con la chulería de la que ya no tiene nada que esconder. Por primera vez en años, mi cuerpo era solo mío.
Kai
El agua de la piscina parecía un espejo bajo la luz dorada del atardecer. Yo seguía apoyada en el borde, con los brazos cruzados sobre la piedra templada y los hombros fuera, disfrutando de una sensación de tranquilidad nueva para mí. Entonces lo vi salir a flote a un par de metros. Llevaba todo el día orbitando por la zona. Alto, espaldas anchas, un bronceado de los que no se consiguen en un fin de semana, el pelo rubio, lacio, echado para atrás por el agua y unos ojos claros que contrastaban a kilómetros con su piel morena. Imposible no ficharlo. Se sacudió las gotas de la cara y, al cruzar la mirada conmigo, me soltó una sonrisa fácil, relajada, sin ese aire de buitre al que me había acostumbrado últimamente.
—El agua está increíble a esta hora, ¿verdad? —dijo en un inglés perfecto, con un ramalazo nórdico.
—Sí, bastante mejor que esta mañana —respondí, extrañada de lo rápida y poco a la defensiva que me había salido la respuesta.
Braceó hasta quedar a un par de metros. Se llamaba Kai, era arquitecto, venía de Oslo y llevaba una semana en el resort. Tenía una forma de hablar sin prisas, era de los que no dan la chapa y escuchan de verdad. Propuso tomar algo y fuimos nadando despacio hacia la cúpula del bar acuático, un rincón de sombra bajo una pérgola cubierta de buganvillas. Según nos acercábamos, el suelo subía en una rampa suave hasta que el agua pasó de darnos en el pecho a lamer la cintura. Nos acomodamos en dos taburetes de hormigón sumergidos; al sentarnos, la superficie nos cubrió por los muslos. El agua, limpia y encendida por el solazo, hacía de lupa sobre todo lo de abajo. El chapoteo suave contra la barra de granito ganó mi atención frente al ruido de fondo de la gente. Kai apoyó los antebrazos en la piedra seca y le pidió dos cócteles de ron y fruta fresca al barman, que atendía desde un foso seco al otro lado.
El bikini seguía haciéndome sentir en pelotas, pero ya no le encontraba el sentido a taparme. Sus miradas no tenían nada que ver con las que me esperaba. Seguimos de charla sobre nuestras vidas mientras el vaivén del agua moría entre mis muslos. En ningún otro sitio habría estado así de floja, apoyando los pies entre la base del taburete y el escalón de la barra, con las piernas abiertas sin ningún tipo de pudor. La braguita rosa era papel de fumar —lo había visto clarísimo al sentarme—, pero crucé la mirada con él y pasé de comerme la cabeza. Estaba igual de expuesta que si fuera desnuda, ¿y qué? Más aún, porque la tela mojada le daba un morbo extra, lo notaba en cómo se le escapaba la vista de reojo hacia mi entrepierna lamida por el agua, y en cómo yo fingía estar atenta a lo que me contaba mientras le repasaba los pectorales, bajando la mirada despacio hasta clavar los ojos sin disimulo en el bulto que le marcaba el bañador. Ninguno decía una palabra, pero con las miradas lo decíamos todo.
Cuando su rodilla me rozó por casualidad, no la retiró; la acomodó entre las mías, haciendo una presión suave pero firme. Me dio un chispazo en el vientre. Nada de pánico: solo una punzada limpia de ganas.
—¿No te molesta estar con eso mojado?
Eso era la parte de arriba del bikini, a la que no le quitaba ojo. La pregunta era una indirecta en toda regla, bastante absurda porque apenas me tapaba y, empapado, me transparentaba los pezones marcándolos como si no llevara nada encima. Los dos lo sabíamos de sobra, pero entré al juego. Miré alrededor: varias chicas iban con el pecho al aire sin cortarse un pelo. Antes de que le respondiera, tiró de argumentos para rematar la jugada.
—No vas a ser la única, aquí el topless es de los pocos sitios donde lo pasan. A la gente de aquí no le hace mucha gracia, pero en las zonas de hoteles la policía pasa del tema.
—Ya lo he visto. Y qué hago con él.
—Dámelo, yo te lo guardo.
Me apetecía. Un montón. Sin querer, me vino la imagen de Mario a la cabeza. No lo pensé dos veces, me llevé las manos a la nuca, desaté el nudo del cuello y cayó; vi cómo se le salían los ojos mirando mis pechos mientras yo terminaba de soltar la lazada de la espalda. Hice una pelota con la tela y se la pasé. Kai la metió en la cinturilla de su bañador.
—¿Más cómoda?
—Mucho más.
—Yo también.
Me dio la risa, no me pude contener. Nos terminamos la copa hablando de cosas que jamás habría contado en otro momento ni en otro sitio. Le regalaba mis pechos a sus miradas descaradas sin sentirme vendida, usada o pequeña. Me sentía una mujer con todo el control de su cuerpo. No sé si me estoy explicando, pero si alguna tía lee esto alguna vez, seguro que me entenderá perfectamente.
—Mañana voy a alquilar una moto para recorrer algunos rincones de Ubud que no salen en las guías — dijo mientras apuraba el último trago del cóctel—. Templos antiguos y terrazas de arroz donde no hay turistas. Puedo enseñarte la zona desde otra perspectiva.
Le sostuve la mirada. La sombra de mi vida en Madrid y el fantasma de Oscar seguían ahí, pero la presencia de Kai y la calidez de la tarde abrieron una grieta en mi coraza.
—Me encantaría —contesté, sonriendo con una libertad que hacía años no experimentaba.
Era todo tan nuevo, tan… diferente.
—¿Nos vamos? —propuso al cabo de un rato.
Me pareció una buena idea. Me dejé caer al agua y nadamos un rato hasta que alcancé el extremo opuesto. Subí por la escalerilla dando por hecho que me seguía, pero al girarme lo vi nadando con ganas. Tras un par de largos en aquella piscina casi vacía, llegó a donde yo estaba, se apoyó en el borde y me dijo sin mirarme a la cara:
—Necesito unos minutos más.
Yo, desde arriba, sonreí para dar por recibido el mensaje. Separé un poco las piernas y me ahuequé la braguita para despegarme la tela mojada, por delante y por detrás. Puedo ser muy perra cuando me lo propongo, y estaba dispuesta a serlo todo lo posible.
—Si me sigues mirando ahí… vas a necesitar bastante más que unos minutos.
Lo cité en una hora en el pub del resort. Tiempo de sobra para salir con dignidad del agua y arreglarse para nuestra cita. Me lanzó el sujetador y volví a mi alojamiento respetando las estrictas normas locales.
Rendición
Ubud parecía envuelta en un juego de sombras y en un perfume denso a frangipani. Cenamos en un restaurante al aire libre iluminado por el fuego tembloroso de unas antorchas de bambú. Sobre un escenario de piedra, dos bailarinas balinesas se movían al ritmo del gamelán ejecutando unos gestos de manos tan precisos que me tenían absorta. Aunque, para ser sincera, Karl me miraba a mí bastante más que a la danza.
Entre plato y plato, mientras apurábamos un nasi goreng bien especiado, pasó al lado de nuestra mesa una mujer alta, pálida, con el pelo rubio platino. Iba de la mano de una chica deslumbrante, de piel canela y rasgos finísimos que parecía recién salida de una portada de revista.
—God kveld, Karl! (2) —saludó con una sonrisa sugerente y se perdió en la penumbra del restaurante.
Él esperó a que se alejaran para inclinarse sobre la mesa.
—Tengo que confesarte algo —dijo con un toque de misterio—. En realidad, me llamo Karl.
—¿Karl? —pregunté, arqueando una ceja con curiosidad.
—En mi primer viaje a la isla, un guía local no conseguía dar con la pronunciación y terminó llamándome Kai todo el tiempo. Me pareció que encajaba mejor con la energía de este sitio, así que lo he conservado como apodo cada vez que vuelvo.
La anécdota le dio un matiz aún más íntimo al momento. La conversación fluía entre risas y copas de vino que nos iban encendiendo la sangre.
Después de cenar paseamos por las calles empedradas, alejándonos del bullicio. La magia exótica del lugar, el calor de la noche tropical y la proximidad de nuestros cuerpos crearon una tensión que se podía cortar. Nos detuvimos bajo la sombra de un banyan sagrado. Karl me tomó del rostro con firmeza y me besó. Fue un beso directo e intenso, de los que te dejan sin aliento y borran de golpe cualquier vestigio de duda.
Llegamos a la villa en silencio. En cuanto la puerta se cerró a nuestras espaldas, la contención saltó por los aires. Karl tomó el control con una fuerza que me cogió desprevenida; era un hombre grande, de movimientos potentes y decididos. Me empujó contra la pared y aprisionó mis muñecas por encima de mi cabeza mientras sus labios me recorrían el cuello con una voracidad que me dejó sin aire. No había vacilación en sus manos: me desnudó con una exigencia precisa adueñándose de cada uno de mis jadeos. Pero no tenía nada que ver con la frialdad de Oscar. Aquello era deseo puro, un despliegue de virilidad desbordante al que mi cuerpo respondió rindiéndose por completo.
Me cubrió, lo hizo en el sentido más animal de la palabra. Atrapada por el ritmo de sus embestidas profundas, haciendo gemir los muelles del colchón, me sujetó de las caderas con firmeza y marcó un paso implacable que exigía una entrega total. Yo me arqueaba hacia su cuerpo, aferrada a sus espaldas anchas, sucumbí a una ola de placer salvaje que me vació la mente. Por unas horas desapareció Madrid, Daniel y la cámara de Oscar; solo existía la certeza de ese cuerpo rotundo poseyéndome en la penumbra.
Alcancé el clímax con un grito ahogado contra su hombro, rendida y exhausta por la intensidad del encuentro.
De madrugada, cuando la noche empezaba a clarear y la selva despertaba con los primeros ruidos de la fauna, sentí a Karl levantarse con cautela. Lo vi vestirse en silencio bajo la luz azulada que filtraba la mosquitera. Se inclinó para dejarme un beso tibio en la frente y se marchó deslizando la puerta sin hacer ruido.
Me quedé sola en la inmensidad de la cama, boca arriba, sintiendo el esfuerzo en los músculos y la piel todavía caliente. Más allá del atractivo de Karl, comprendí que no era sólo el deseo lo que me había arrastrado a sus brazos. Tenía cuarenta, yo aún no había cumplido los treinta; esa diferencia de edad era el espejo exacto de la relación que mantenía el hombre al que amaba en secreto, una diferencia que, desde muy joven, yo había idealizado y enseguida acepté mejor que los demás. Karl era un intento desesperado de rozar, aunque fuera a través de un extraño, la sombra de lo prohibido que me consumía por dentro.
Terminé con los dedos lo que aún pedía atención murmurando otro nombre. Bali me estaba transformando. La primera luz del día clareaba el dormitorio y el silencio me devolvió una certeza: las vacaciones terminarían, y al volver, tendría que rendir cuentas.
Soledades
El cielo tenía el color plomizo que amenaza lluvia y no termina de romper. Seguía dándole vueltas a la llamada de Elvira que cancelaba cualquier vestigio de futuro. Acababa de colgar a Emilio. Negociamos, me hizo entrar en razón o eso le hice creer: le acompañaría a la reunión con el comité directivo de la mutua aseguradora; a cambio, yo me marcharía a Sevilla a hacer un seguimiento con los asociados. No era el momento idóneo a las puertas de la Semana Santa, pero transigió.
El teléfono volvió a sonar. No tenía fuerzas ni ganas para sostener esa conversación, sin embargo me resultaba imposible ignorarla. A ella no. Inspiré hondo, forcé mi mejor voz de «todo va bien» y descolgué.
—Mario… no me cuelgues —soltó de golpe, antes de que yo pudiera pronunciar un saludo formal.
—No pensaba colgarte. ¿Pasa algo?
—Pasa que llevo dos días pensando en ti. En vosotros. —corrigió de inmediato. Pude escuchar el roce del viento contra su teléfono; caminaba por la calle—. Me preocupas. Conozco la forma en que te aíslas cuando todo se derrumba alrededor. Te tragas la rabia, te pones la armadura y pretendes que el mundo siga girando. Pero no me engañas.
Me quedé en silencio. Esa forma suya de mirar a través de mí me desarmaba.
—Estoy bien, de verdad. Solo cansado, resolviendo asuntos pendientes antes de irme a Sevilla…
—Basta de rodeos —atajó. Tenía esa firmeza suave con la que siempre tomaba el control de las situaciones, una autoridad que me obligó a erguirme en el sillón—. No te llamo para hablar de mi hija, ni de la familia, ni del divorcio que se os viene encima. Llamo por ti. Sé lo que es quedarse en casa esperando a que las paredes dejen de gritar. Esta noche no vas a cenar solo.
—Amalia, te lo agradezco, pero no tengo el cuerpo para compromisos…
—A las siete en la cafetería de siempre —interrumpió mi débil excusa, y soltó una risa baja, un murmullo cálido que se me pegó al oído a través del auricular—. Sin pretextos, Mario. Y no me hagas esperar, sabes que no me gusta.
—Escucha...
Colgó antes de que pudiera protestar. Miré la pantalla en negro mientras el silencio de la casa me caía encima. El corazón me latía a un ritmo absurdo, no por la intrusión, sino por la extraña urgencia con la que me había rescatado de la soledad.
A las siete esperaba en la cafetería. Cuando cruzó la puerta, me costó reconocerla. O tal vez fue lo contrario: que lo que reconocí en ella terminó de desmoronarme. No era solo la ropa —un jersey de punto ajustado, pantalones rectos, una cazadora corta de cuero y botines, todo inédito en ella—; era la actitud. Se había cortado el pelo: la melena de mujer madura había mutado en un corte rizado y dinámico que le enmarcaba el rostro rejuveneciéndola de un plumazo. Lucía un aire más moderno, más ligero. Un aire peligrosamente similar al de Carmen. ¿Había perdido peso o era la firmeza de su espalda lo que la hacía parecer más…?
Al sentarse frente a mí, percibí la frescura de su nuevo aspecto. La piropeé de corazón, tratando aún de encajar su imagen. Comenzamos una conversación ligera que fue dirigiendo con habilidad y tacto hacia mi propia persona. Yo seguía embobado —sí, embobado—, observándola como si viera un fantasma.
—¿Qué me miras? —preguntó, ladeando la cabeza.
El tono, serio y coqueto a la vez, fue un latigazo. Me aturullé, buscando las palabras.
—Te... te encuentro cambiada, Amalia. Más...
—¿Más qué, Mario? —interrumpió, fijando sus ojos deslumbrantes en los míos. Sabía que me tenía entre la espada y la pared y disfrutaba de mi turbación.
—Más guapa, más joven. Qué bien te has recuperado de la neumonía, de verdad.
—No me lo recuerdes —dijo espantando una sombra con un gesto ligero de la mano—. Estar tan mal me hizo entender algo básico: hay que vivir la vida antes de que sea demasiado tarde. Me he apuntado a un gimnasio, ¿sabes? —De pronto se irguió, echó los hombros hacia atrás y sacó pecho con total naturalidad—. ¿No me lo notas?
Me violenté. Un calor repentino me subió por el cuello. Era la madre de Carmen, la mujer con la que había compartido diez años de mi vida. Pero la persona que tenía enfrente no se comportaba como lo hace una suegra; emanaba una energía vital, desafiante.
La conversación viró hacia su vida personal. Fernando y ella se iban de viaje en breve con Félix y Lucía, pero la grieta interior de Amalia no se tapaba con un viaje de amigos.
—He perdido la ilusión —confesó en voz baja, deslizándose en la mesa para recortar la distancia entre los dos—. Nuestro matrimonio se ha estancado. No es que no nos queramos, al contrario, nos queremos mucho... pero el amor es otra cosa.
Se frenó un segundo, evaluando mi reacción. Luego, sus ojos se clavaron en los míos con una hondura que me heló la sangre.
—¿Sabes cuánto tiempo hace que Fernando no me toca? Él ya ha cruzado una frontera que yo me niego a cruzar. Si me rindo ahora, me muero. Soy una mujer viva, plena, y sigo necesitando...
Se detuvo en seco y se echó hacia atrás llevándose una mano al pecho.
—Dios mío, no debería estar contándote estas cosas. Perdóname.
—Al contrario, Amalia —me apresuré a decir, buscando desesperadamente mantener esa conexión—. Siempre hemos tenido una relación muy especial, somos mucho más que suegra y yerno. Cuántas veces nos han tomado por una pareja, ¿eh? —bromeé, intentando rescatar la comunicación—. ¿Cuántas veces hemos acabado bailando en las fiestas familiares o cuando salíamos los cuatro?
Tenía la mirada triste, no podía soportar verla así, necesitaba devolverle la sonrisa. Consulté la hora.
—Hablando de bailar. Hay un sitio aquí cerca… El Gato Cojo, hemos ido mil veces tu hija y yo. Vamos, te gustará. Estamos entre semana, pero seguro que algo de ambiente habrá. Ponen buena música, de la que nos gusta. Venga, vamos a echarnos unos bailes. Un par de canciones y nos vamos —insistí. Estaba reacia, pero puedo ser muy pesado si me lo propongo.
---
Llegamos en cinco minutos cogidos del brazo como una pareja cualquiera. Yo sentía a mi lado el mismo paso de Carmen, la misma cadencia, el mismo cuerpo si no la miraba. Apenas había cuatro o cinco parejas dispersas en la penumbra. Nos sentamos en un rincón, pedimos unas copas y la observé estudiar el local con un aire nostálgico. Sonaba un tema lento, envolvente, una melodía de saxo y bajo suave que inundaba la pista.
Le tendí la mano. Amalia aceptó sin dudar.
Al dar los primeros pasos, la inercia de la música nos empujó el uno hacia el otro. Tenerla entre mis brazos me resultó trágicamente familiar; no era como otras veces que habíamos bailado, fue descubrir a una mujer nueva, una versión paralela de la que había perdido. Sin darme cuenta, dejé que los límites se diluyeran.
Amalia no hizo nada por impedirlo. El mismo impulso que pugnaba por devolverle la juventud parecía dictar ahora el vaivén de sus caderas.
De pronto, me vi bailando pegado a ella. Apoyó su mejilla cálida en la mía y sentí el roce de su pelo rizado en la oreja. El aroma de su perfume, denso y embriagador, terminó por nublarme el juicio. Mis manos, que al principio descansaban en su espalda, comenzaron a moverse por instinto: subieron a sus hombros, descendieron... Una trazaba el contorno de las costillas para ceñir con suavidad su cintura; la otra recorría la espalda reconociendo cada relieve, cada hueco, saltando el broche del sujetador una y otra vez. Sus manos en mi nuca o en las escápulas devolvían cada caricia con una lentitud calculada, respirando a la par.
Éramos una sola sombra meciéndose en la pista.
En un tanteo torpe, traspasé la frontera de los riñones y alcancé el comienzo de la curva más allá de su cadera. Una curva viva, ondulante, sinuosa al ritmo del bolero que sonaba y nos decía algo imposible:
«Pasarán más de mil años, muchos más
Yo no sé si tenga amor la eternidad
Pero allá, tal como aquí, en la boca llevarás
Sabor a mí...» (3)
Sentí un respingo que me devolvió la cordura.
«¿Qué estoy haciendo?».
Mantuve la calma para no transmitir desasosiego, porque estaba serena. Pasaron dos segundos eternos mientras nos mecíamos al compás de la música, dos segundos porque no quería perder la sensación de su curva viva meciéndose en mi mano. Luego, desanduve con extrema lentitud el camino por su espalda.
Justo en ese momento, las últimas notas de la canción se extinguieron.
Me aparté unos centímetros, busqué aire, y sonreí con una falsa serenidad que me costó la vida esbozar.
—Creo que ha estado bien para empezar —dije, señalando con la cabeza hacia el rincón donde nos esperaban las copas
La guié con una mano en la cintura, no caí en la cuenta de que ese gesto habitual con su hija no era el adecuado con la madre. Sin embargo... era tan gratificante sentir la cadencia de su cuerpo que no pude o no quise evitarlo. Charlamos, pero nada era igual: nos mirábamos de otra manera. Volvimos a hablar de ese viaje previsto con unos amigos de toda la vida.
—Me voy a aburrir —confesó con una sonrisa triste.
—No digas eso, ya verás qué bien lo pasáis —respondí sin ninguna convicción, aturdido aún por lo que había pasado. ¿O sería solo a mí a quien se le había nublado el juicio?
Amalia desvió la vista por no seguir negando. Me apiadé y le cogí una mano entre las mías; me miró sorprendida, pero no la retiró. Nos quedamos en silencio: yo, porque no encontré palabras sensatas y ella... quién sabe por qué motivo.
Volvimos a bailar —dos movidas, varias lentas—, tan juntos como en la primera pieza, pero yo me mostré más prudente, mordiéndome las ganas de traspasar la frontera que cruzaba sus riñones.
¿Y ella? ¿Qué quería decir con su cuerpo confiado en el mío, palpando mi espalda y con la mejilla en la mía? ¿Qué quería exactamente?
No volvimos a hablar. Terminamos la copa y un escueto «¿Nos vamos?» cerró una velada enigmática.
Tenía el coche cerca y la llevé a casa con la radio de fondo. Ella iba con la mirada perdida por la ventanilla; yo atendía al tráfico y a la mujer que viajaba indolente a mi lado. Su perfil me atraía, no podía negarlo. Nunca antes se me había ocurrido prestar atención a sus pechos y ahora no podía apartar los ojos de la suave curva que dibujaba su silueta rogando porque no me sorprendiera.
Porque no llevaba a mi suegra a casa: acompañaba a la mujer que acababa de tener en mis brazos.
Detuve el auto unos metros antes de llegar al portal. Nos quedamos callados, sin saber qué decir.
—Lo he pasado muy bien —dijo, y me liberó de un peso que no sabía que llevaba encima.
—Pues cuando quieras, repetimos.
Su rostro adquirió una sombra de duda.
—¿Te parece bien? —preguntó.
—¿Te parece mal?
Aquella subida de hombros desenfadada, tan parecida a la de su hija, me emocionó.
—Pues entonces…
—Pues entonces.
Nos acercamos y... nos besamos.
Fue un beso que se demoró unos segundos: un largo y cálido beso en el límite de la mejilla, un beso doloroso, inacabado. Abrió la puerta y me dispuse a verla marchar; me aprendí cada paso, cada golpe de cadera, cada vaivén de sus hombros. Esperé hasta que abrió el portal, me dijo adiós con la mano y desapareció.
«¿Qué ha sido esto?».
Paisajes
El amanecer trajo consigo un cielo despejado y el sonido vibrante de la vegetación desperezándose. Cuando salí al porche de la villa, Karl me esperaba junto a una Scooter, con una sonrisa tranquila y un casco en la mano. Vestía una camiseta básica y bermudas; yo llevaba un vestido corto de tirantes sobre el trikini negro, dispuesta a exprimir el día. Antes de montar, me besó en los labios con una familiaridad que me hizo sonreír. Después me puso el casco y me ajustó la tira a la barbilla rozándome la garganta con los dedos. Protector, como todos.
Nos adentramos por carreteras secundarias que serpenteaban hacia el norte de Ubud. El aire de la mañana aún conservaba cierto frescor que chocaba agradablemente con mi piel. Apreté los brazos alrededor de su cintura y pegué el pecho a su espalda. En cada curva, el contacto físico era constante y fluido. Sentir la firmeza de sus músculos, la vibración del motor entre las piernas y el olor a piel limpia y bronceada despertaba en mí una sensualidad viva, liberada de cualquier sombra de culpa. La atracción ya no era solo un arrebato nocturno; se había transformado en una complicidad íntima, en esa misma corriente irreflexiva que te empuja a actuar sin medir las consecuencias.
Nuestra primera parada fue en las terrazas de arroz de Tegallalang. A esa hora temprana, el sol comenzaba a teñir de un verde deslumbrante los bancales escalonados que caían en cascada por la ladera. Bajamos de la moto y caminamos por los estrechos senderos de tierra húmeda. Karl me llevaba de la mano, ayudándome a cruzar los pequeños riachuelos de riego. Nos detuvimos a la sombra de un grupo de palmeras; se colocó detrás de mí, me envolvió en sus brazos, y apoyó la barbilla en mi hombro para contemplar el paisaje juntos. Sentí la presión cálida de su cuerpo, su respiración tranquila en mi nuca, y me giré despacio buscando su boca. Fue un beso largo, cargado de una impaciencia dulce, saboreando la mezcla de su piel y la humedad del entorno.
Volvimos a la moto y continuamos la ruta hacia las colinas de Tampaksiring, alejándonos del tráfico habitual. Karl conducía con destreza, disfrutaba del camino tanto como yo. De camino hacia el templo acuático de Tirta Empul, la carretera se volvió más estrecha y frondosa, flanqueada por bambúes gigantescos que formaban un túnel verde sobre nuestras cabezas. El tonteo sobre la moto se volvió provocador: mi mano descendía más allá de su estómago y él, de vez en cuando, soltaba el manillar para acariciarme el muslo, descubierto por el viento, con una posesividad que me hacía perder el aliento.
Llegamos a una cascada escondida en las inmediaciones de la aldea de Tegenungan, un rincón fuera de las rutas turísticas que Karl conocía. El agua caía sobre una poza natural rodeada de rocas oscuras y vegetación exuberante. Sin pensarlo dos veces, nos despojamos de la ropa. Nos sumergimos en la poza fresca y nadamos bajo la bruma que levantaba la caída de agua.
Allí, solos y aislados del resto del mundo, la carga sexual que flotaba entre los dos se volvió tangible. Karl me alcanzó en aguas profundas, rodeó mi cintura y me pegó a su torso desnudo. Mis piernas se enredaron instintivamente alrededor de sus caderas mientras el agua nos mecía. Nos besamos con una pasión hambrienta, mezclando el agua dulce con el sabor de nuestras bocas. Sus manos recorrieron mi espalda mojada, bajaron por la curva de mis glúteos, salvaron la lycra y se apoderaron de mi entrepierna con una violencia que me arrancó un gemido. Había una armonía perfecta en la manera en que nos deseábamos: sin exigencias oscuras, sin guiones, solo dos cuerpos respondiendo al impulso del momento.
Tardamos horas en emprender el regreso, horas en las que me sentí mujer como no me había sentido jamás. Hicimos una última parada al atardecer en un pequeño mirador que dominaba el valle de Champuhan. Nos sentamos en el suelo sobre un pareo a contemplar el cielo teñirse de tonos violetas y anaranjados. Karl se recostó a mi lado, atrajo mi cabeza hacia su pecho y entrelazamos las manos. Sentí una paz profunda que hacía años no experimentaba. La jornada en moto me había devuelto la vida; lo que estaba experimentando en Bali no era solo una vía de escape cobarde, sino el redescubrimiento de mi propia capacidad para para amar y ser amada.
Los días siguientes se diluyeron en una bruma dorada de lujo, exotismo y una entrega física absoluta. Con Karl no había tregua: era un amante inagotable, atento y voraz, y yo me descubrí dispuesta a explorarlo todo, a cruzar cualquier frontera sin el menor rastro de pudor.
Coincidimos con Ingrid y su pareja Zahra en un restaurante suspendido sobre los acantilados de Uluwatu: un santuario de bambú curvado, alumbrado por antorchas y tenue luz cálida, donde el estruendo del Océano Índico contra las rocas marcaba un pulso atronador. Entre cócteles de maracuyá, especias locales y miradas cargadas de intenciones no dichas, la tensión creció hasta volverse casi palpable.
Terminamos la noche en su villa. Jamás me había planteado vivir una experiencia así con una mujer tan fascinante mientras Karl e Ingrid se alimentaban de mi inexperiencia para excitarse. En brazos de Zahra, la culpa se evaporó. Conseguí borrar por completo los fantasmas que me habían llevado hasta allí: la sombra omnipresente de Oscar y sus lentes implacables, la frialdad muerta de mi matrimonio e incluso la pasión prohibida que me consumía por dentro. Solo existía el presente, el calor de Bali y el contacto con otra mujer como nunca lo había sentido. Pensé en Carmen; qué intolerante había sido con ella.
El último día antes de mi partida se redujo a la penumbra de la villa. No cruzamos el umbral de la habitación, nos quedamos en la cama entre sábanas desordenadas por el ritmo de una despedida que queríamos aplazar a base de caricias, sexo lento y largos silencios. Kai se quedaba en la isla. La luz de la tarde languidecía tras los ventanales y nosotros nos prometimos mantener el contacto, intercambiar direcciones, llamarnos. En el fondo ambos sabíamos que era una ficción piadosa para endulzar el final de algo que solo podía existir en aquel rincón del mundo.
Amenazas
Viernes Santo.
Pasé buena parte de la tarde ordenando la estantería del salón, haciendo hueco, tirando papeles viejos y escogiendo qué libros llevarme a mi nueva casa. Todo para olvidarme de Tarek.
La secuencia no dejaba de repetirse en mi cabeza: la atracción desmedida tras cruzarnos subiendo a las lagunas, la invitación impulsiva a casa, la mezcla adictiva de temor y deseo ante su actitud dominante y, finalmente, su espantada mientras yo estaba en el baño. Pero lo que más me escocía no era lo ridícula que me sentía por haber caído en su juego, sino el vacío en la estantería: el carrusel de porcelana y bronce que Mario me compró en París ya no estaba. El muy desgraciado se lo había llevado en un descuido, dejándome sola, con la casa en silencio y la rabia atascada en la garganta.
No quería seguir dándole vueltas, el tiempo diría si su conducta tuvo algún sentido oculto, si tendría consecuencias; entretanto, no iba a permitir que me amargase la vida.
Entre los libros de la carrera apareció un disco de vinilo que creía perdido: Procol Harum. (4) Sonreí al verlo. Me acordé de Josema; día atrás me discutía que el rock de los setenta suena infinitamente mejor en este formato. Tendré que llevarlo la próxima vez que nos veamos y oírlo juntos, solo por el gusto de darle la razón.
Al final, Josema y yo hemos empezado a quedar por nuestra cuenta, al margen de las chicas. Desde el principio hubo un pacto tácito: nada de hablar de psicología, de pacientes ni de la facultad. Bastante terapia hacemos ya cada uno en nuestro día a día. La última vez nos pasamos dos horas en una cafetería hablando de literatura y música de los setenta. Descubrir que compartimos el mismo gusto por los vinilos viejos fue como encontrar un tesoro. Me fascina su conversación; es un hombre culto, pero no ejerce de profesor, sino que escucha como si lo que digo fuera lo más importante del mundo. Su trato es tan respetuoso y limpio que, a veces, cuando me mira, olvido por completo el ruido que llevo dentro.
A las nueve, cubierta de polvo hasta las cejas y con el salón a medio recoger, dimito: necesito una ducha urgente. Mañana será otro día.
Sábado Santo.
Desciendo a un ritmo constante por la ruta de las lagunas. Es temprano, pasaré por casa a adecentarme, una duchita y bajaré al pueblo a desayunar antes de que comience a arremolinarse la gente. El zumbido del teléfono interrumpe el silencio y rompe mi zancada. Me detengo, exhausta. La cara se me descuadra al leer el nombre en la pantalla.
—¿Qué quieres?
—¿Dónde coño se ha metido tu hermana?
—¿A mí qué me cuentas?
—Acabo de llegar y no hay nadie. Ya me olía algo, lleva días sin cogerme el teléfono la muy…
—Mide lo que dices —lo corté, con la voz entrecortada por el esfuerzo y la rabia—. Se ha ido a pasar la Semana Santa fuera.
—¡Tócate los cojones! ¿Y no se le ocurre decírmelo?
—¿Le dijiste tú dónde ibas? No. Así que no me vengas con que estabas trabajando.
—Mira, tía, déjate de tocarme los huevos. Dime de una puta vez dónde está.
—Lo primero: a mí no me hables en ese tono. Lo segundo: está de viaje y, si no te lo ha dicho, será porque tiene el mismo derecho que tú a hacer lo que le dé la gana.
—¡Esta se va a enterar, por mis muertos que se entera!
—Ni se te ocurra, Daniel. Como le pongas un solo dedo encima, te hundo la vida. Te lo juro.
—No me jodas, tía. ¿Qué vas a hacer? ¿Mandarme al gilipollas de Mario? A ver si te enteras de una puta vez: está colado por tu hermana. A ti a lo mejor te da igual ser la cornuda de la familia, pero yo por ahí no paso.
—Eres un cerdo, ¿te enteras? ¡y un maltratador! —escupí, presa de rabia—. Aléjate de ella. No tienes ni idea de a lo que te estás enfrentando.
—Uy, sí, qué miedo. Dile a tu hermanita que mueva el culo y se plante en casa ya. ¿Lo has pillado?
—Ten cuidado con lo que haces.
—O qué, ¿vas a llorarle a tu maridito para que me amenace, como la última vez? Ah, no, que te ha mandado a tomar por culo, que ya me he enterado.
—Vete a la mierda.
Colgué; el corazón se me salía del pecho. ¿Cómo coño sabía que nos habíamos separado?
—Esther, llámame, tenemos un problema.
Sevilla
Llegué a Santa Justa a media mañana ligero de equipaje cargando el peso de un matrimonio desmoronado, una vida fracasada y el sabor amargo del desprecio por mi propia persona. La misión en Sevilla duraría apenas cuarenta y ocho horas: un viaje relámpago e improvisado para tantear el proyecto de fusión tras los últimos acontecimientos, asegurar la disposición de los asociados y consolidar los acuerdos existentes. Eran las peores fechas posibles, cuando todo el mundo se disponía a empezar las vacaciones si es que no las habían iniciado ya. No fue fácil convocar a los socios, que en algunos casos delegaron en cargos de segundo nivel. Me había costado estructurar el objeto de aquella convocatoria y, durante el trayecto en AVE, terminé de darle forma.
Tampoco fue fácil resolver el alojamiento en una Sevilla a tope de reservas en plena Semana Santa. Emilio tuvo que recurrir a favores personales para conseguirme algo en una ciudad atestada. Al final consiguió una suite muy por encima de mis necesidades; un favor cuyo sobrecoste me comprometí a asumir, aunque no pensaba darle uso.
Porque tras la fachada profesional, la razón verdadera de mi viaje tenía nombre propio, un nombre que sonaba a refugio: Candela.
Tras registrarme en el hotel, fui directo a su casa. Conforme me acercaba, la ilusión, extinta en mi vida desde hacía tiempo, volvía a ganar terreno.
El reencuentro comenzó con un largo abrazo para recuperar el tiempo perdido. Sentí cómo el nudo que llevaba en la garganta se aflojaba por primera vez en semanas.
—Estás más flaco, chiquillo —dijo al soltarme, examinándome con preocupación—. Vienes demacrado. Pasa para dentro, anda, que te preparo algo.
Cerré la puerta y volvimos a abrazarnos con fuerza, con hambre, con un deseo desbordado. Mis manos la buscaban con una avidez desordenada, intentando recorrerla entera sin detenerme en ningún lugar concreto; necesitaba volver a sentirla, recordar cada rincón de su piel. Ella se dejaba hacer sonriendo; lo sé porque notaba la presión de su sonrisa en la mejilla.
—Ya estoy aquí —exclamé.
Me sujetó la cara con la ilusión pintada en el rostro y me comió a besos:
—No sabes las ganas que tenía.
Nos arrastramos por el pasillo besándonos hasta caer en la cama entre risas. Nos desnudamos atropelladamente; ardía en deseos de verla. Mi mirada hambrienta la enardecía y se mostraba sin pudor ante mis ojos. Era ella y era la otra, la mujer que había perdido. Con Candela podía tenerlas a las dos, perdonarme a mí mismo y renegar del demente que hacía locuras, como maltratar a una mujer como Adela sin motivo ni razón, solo por descargar la frustración en quien no lo merecía.
Había olvidado lo intenso que era el sexo con Candela: una fuerza salvaje, libre y sin tabúes. Acostumbrada a darlo todo, conmigo aportaba, además, las emociones que se guardaba con sus clientes. Conmigo desplegaba el talento de la puta y la ternura de la mujer. Y yo, con ella, volvía a ser el que siempre había sido hasta que destruí todo lo que tenía. Con Candela podía volver a ser dulce, cariñoso, sensible, potente y a la vez delicado; podía hacerla llorar sin hacerla sufrir. Allí, en su lecho, volví a hacer el amor como no lo hacía desde tanto tiempo atrás.
…..
Descansaba en su regazo como un niño asustado; ella estaba reclinada en el cabecero, yo me había refugiado en su pecho, protegido por sus brazos. Era lo más parecido a la felicidad que había perdido.
—Esta tarde tengo una reunión, luego os recojo a ti y a la niña y vamos…
—Tengo que trabajar, volveré a la hora de cenar.
—Cancélalo, yo te lo pago.
—No puedo perder un cliente, Mario, ¿no lo entiendes? ¿Qué hago una vez que te vayas? Es un contacto de un antiguo conocido de Toni; me lo presentó cuando cerró el Penta. Se porta muy bien conmigo, me trae clientes serios, como este, no da problemas y paga bien. No puedo fallarle.
—¿Otro proxeneta como Diego? Perdona, no tengo derecho a inmiscuirme en tu vida.
—No importa, olvídalo.
—Podemos cenar en casa, si no estás cansada.
—Le diré a Toni que se lleve a Patri a dormir a su casa, ¿te parece?
Entonces sonó la puerta. Candela saltó de la cama de un brinco.
—¡Joder, la niña! ¿Qué hora es?
Se vistió en un suspiro y salió disparada hacia el recibidor. Terminé de ponerme los pantalones a toda prisa y salí detrás de ella. La voz de Patri al otro lado me alegró el corazón; en cuanto me vio aparecer, la niña corrió hacia mí con los brazos abiertos y la levanté en el aire.
Candela se quedó a un lado, mirándonos, Toni no disimuló un gesto de desagrado.
—Mirá quién vino. El doctor —dijo, arrastrando cada palabra con un sarcasmo al que preferí no contestar.
En el pequeño piso, la cotidianeidad seguía un ritmo sencillo. Patri se instaló en el salón a pintar, las dos mujeres comenzaron a preparar la comida y yo me entretuve con la niña. Candela se asomaba a ver la estampa que ofrecíamos dibujando juntos. En una de esas, me trajo un vaso de vino y unas olivas y me dio un beso rápido. Estaba feliz.
Comimos entre charlas e historias que Patri contaba del cole, soportando la mirada glacial de Toni a quien mi presencia le rompía la armonía de aquel hogar. Para ella, Carmen y yo solo éramos dos señores de clase alta jugando al sexo sucio que pagábamos con caridad; un capricho pasajero del que terminaríamos aburriéndonos, como tantas veces les ocurre a las mujeres de la calle. La tensión sexual contenida que flotaba entre nosotros le resultaba irritante; al terminar de recoger la mesa, la argentina se quedó en la cocina y Patri siguió en el salón jugando mientras nosotros nos perdimos buscando encontrarnos, tocarnos, reconocernos y olernos tras una separación que se nos había hecho eterna.
Volvimos al salón; no podíamos desatender a la pequeña y nos pusimos al día. Cada uno maquilló su realidad para no preocupar al otro. Qué absurdo, como si no fuéramos capaces de leer en nuestros rostros las huellas de lo que callábamos.
De pronto, Toni atravesó el salón con una pila de ropa limpia. Pasó junto a nosotros y, con una frialdad cortante, dejó caer al aire:
—Si van a franelear en el sillón, por lo menos junen que la piba no se avive. No le llenen el mate con cuentos de hadas que después no existen. (5)
Desapareció por el pasillo dando un portazo en el dormitorio al fondo.
—Qué dura es contigo… —murmuré cuando el eco del golpe se apagó.
—No se lo tengas en cuenta, intenta protegerme a su manera. Piensa que me vas a romper el corazón.
La conversación no tardó en derivar hacia mi exmujer. Candela volvió a manifestar su gratitud por el «fondo de resistencia» con el que seguía auxiliándolas en secreto desde que cerraron el club. Me removió por dentro una mezcla agridulce de pudor y humillación: me dolía que Carmen la ayudara a espaldas mías, pero al mismo tiempo comprendía la nobleza de esa red entre mujeres.
…..
Regresé de la reunión al caer la tarde. Candela todavía no había vuelto. Patri jugaba tranquila en su cuarto, sumergida en sus dibujos, y me quedé a solas con Toni.
—Sigues sin fiarte de mí, ¿verdad?
Toni apoyó la espalda contra la pared, cruzó los brazos y me clavó una mirada que pesaba como una losa.
—Me hacen ruido las intenciones de la gente cuando juega a los salvadores —dijo con la franqueza tajante de quien ha visto demasiado—. Carmen manda guita. Vos venís a buscar un hombro donde llorar porque se te complicó la vida en el norte. ¿Qué pasa cuando se cansen? No jueguen con la niña ni con Candela. Para ustedes esto es una aventura; para ellas es la vida real.
Apreté los labios. Quise defenderme, explicar el dolor de la separación, el vacío insoportable que me carcomía por dentro, pero recordé la historia de Toni: la pérdida desgarradora de su hija en los ochenta, las cicatrices indelebles, el dolor infligido por hombres que prometieron sacarla del fango para luego evaporarse. Su resentimiento no era un capricho, era una coraza forjada a golpes.
—No he venido a jugar, Toni —respondí con voz baja, pero firme—. Sé lo que siento por Candela. Y sé el respeto que merece.
—Entonces demostralo quedándote che, no haciendo la visita del médico —sentenció con una mueca amarga antes de darse la vuelta y retirarse al pasillo.
Al cabo de un rato, el chasquido metálico de la llave en la cerradura rompió el silencio. Candela entró en la casa; verla cruzar el umbral me provocó una sacudida visceral. En un segundo, reapareció la memoria intacta de las noches pasadas sentado en una mesa del Penta, cuando la veía marcharse del brazo de un cliente y me quedaba esperándola frente a un vaso de whisky, masticando la rabia y el deseo mientras la imaginaba en la cama de un hotelucho con un desconocido, vendiendo su cuerpo por un precio miserable. La imagen de la mujer entregada al mejor postor, lejos de apagarme, me excitaba con un morbo oscuro y sobrecogedor, superior a cualquier otro. Y ahora, al verla entrar, me ocurrió exactamente lo mismo. Traía consigo el olor de otro hombre, el sudor de otro cuerpo, restos del combate entre las piernas, besos todavía frescos sobre la carne. La certeza de su sumisión pagada desató en mí una excitación irracional.
Con una mirada nos lo dijimos todo sin articular una sola palabra.
—Voy a la habitación a desnudarme.
Dejó caer la frase con una ligereza estudiada, como si no fuera consciente de la brutal provocación que encerraba.
La perdí mientras se adentraba en el pasillo.
—¿Qué hacemos por fin esta noche? —pregunté desde el salón, intentando disimular el deseo que amenazaba con traicionarme.
—Estoy cansada, Mario... —adujo desde el interior del dormitorio, con una voz tibia que sonaba a excusa y a invitación al mismo tiempo.
Toni, que observaba la escena desde el quicio de la cocina, descifró al instante la red de gestos y frases veladas que acababa de suceder. Sin decir una palabra, caminó hacia la habitación de la niña.
—Patri, nos rajamos para mi casa. Dormís conmigo —anunció con voz afectuosa.
Antes de cruzar el umbral, Toni se giró. No mostraba desprecio sino el gesto grave de quien conoce demasiado bien los peligros del fuego y busca proteger a los suyos.
…..
El silencio en el piso de Candela tenía una paz acogedora, lejos de la frialdad del hotel. Sin el correteo ni los murmullos de Patri, la alcoba se sentía tranquila y acogedora, solo se escuchaba el leve sonido del colchón y el tráfico lejano de la ciudad.
Continuaba a su lado, apoyado sobre un codo, estudiándola a la luz tenue de la lámpara de la mesilla. Con el tiempo, las diferencias entre ambas se habían vuelto evidentes. Candela tenía los rasgos menos delicados que Carmen, en la comisura de la boca y bajo los ojos se adivinaban las marcas sutiles del cansancio acumulado. Sus pechos dejaban al tacto una sensación más blanda, su vientre no resistía la presión como el de mi exmujer y el aroma de su piel era distinto.
Sin embargo, ahí seguía la ilusión. Cuando Candela se giraba despacio, movía la cabeza haciendo bailar su negra melena o elevaba una ceja con un descaro coqueto, Carmen la poseía de nuevo. Era la misma indolencia, la misma figura flexible, la misma manera de adueñarse del espacio.
—Da gusto estar así, tan tranquilos… —murmuró, rompiendo el silencio con su voz dulce y rasgada. Me acarició el antebrazo con la punta de los dedos—. Menos mal que Toni se ha portado. Patri la adora, y a mí me da la vida poder descansar una noche entera sin estar con un ojo abierto.
Me llenó de ternura, cubrí su mano con la mía y entrelacé los dedos.
—Te lo mereces. Llevas mucho encima.
—Bueno, voy tirando como puedo… —admitió sin rastro de amargura—. Cuando cerraron el Penta, se me vino el mundo encima, de no ser por Carmen no sé qué habría hecho. Es un ángel. Sabe lo difícil que lo tengo con la niña y no me ha dejado de la mano; no solo me ayuda en lo económico, está ahí siempre. Tener una amiga así es un regalo.
La escuchaba en silencio, sintiendo cómo se disipaba cualquier tensión. La miraba y, aunque mis manos me recordaban que no era quien yo añoraba, la calidez de Candela y la lealtad que las unía creaban una complicidad profunda. En ese cuerpo que se le parecía tanto, encontraba la compañía y la serenidad que no lograba ordenar en mi propia cabeza.
—Carmen te aprecia muchísimo —dije en voz baja, acariciándole el hombro—. Me habla de ti con un respeto enorme.
—Y yo a ella —respondió con una ternura franca—. Por eso me alegra tanto cuando vienes. Contigo no hay gestos feos ni prisa. Me haces compañía, me tratas con un respeto que se agradece tanto… A veces olvido que esto es… que empezó como otra cosa —rectificó—; para mí eres un amigo.
Se acomodó un poco más cerca y apoyó la cabeza en mi pecho. Le rodeé la espalda aceptando la gratitud y el afecto sincero que compartíamos.
—Me gusta estar contigo —susurré, besándole la coronilla—. Nos serenamos mutuamente.
—Da un poco de vértigo saber que nada dura para siempre. Pero ¿sabes qué? Que pasen los años, que la vida nos lleve donde quiera. Todo lo que hemos sido, cada día y cada hora que llevamos a la espalda, es nuestro. Eso no hay tiempo ni distancia que lo pueda borrar.
Sentí el calor de su aliento en mi piel mientras se acurrucaba en mi costado.
—. Anda, vamos a dormir un rato… Que da gloria estar así de bien acompañada.
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A la mañana siguiente, me reuní con los asociados y ofrecí una conferencia en el salón de actos de un centro empresarial sevillano sobre las perspectivas de la fusión corporativa. Diserté con mi fluidez habitual, aunque mantenía la mente dividida entre las cifras del proyecto y los fantasmas de mi vida privada.
Al finalizar la ronda de preguntas, mientras departía con uno de los asociados y los asistentes comenzaban a dispersarse, vi a Carlos avanzar por el pasillo central. La última vez que nos habíamos visto, el encuentro terminó en un altercado violento a la salida de un restaurante: insultos cruzados, alusiones inapropiadas a Carmen y un puñetazo en el pómulo que a punto estuvo de acabar en tragedia. Tensé los hombros y adopté una postura defensiva, preparado para una nueva provocación. Sin embargo, advertí algo distinto. Carlos no mostraba la pesadez del alcohol ni la actitud provocadora de aquella otra noche; se veía sereno, parecía recuperado. Había perdido la altivez y la amargura: vestía con sobriedad y caminaba con aplomo.
—Hola, Mario —saludó, deteniéndose a una distancia prudencial; sujetaba una carpeta en una mano y mantenía la otra en el bolsillo.
—Carlos —respondí con cautela.
—No he venido a montar un espectáculo —se apresuró a decir esbozando una sonrisa amarga—. Me enteré de que estarías aquí y he querido pasar a pedirte disculpas por lo de la última vez. Estaba mal, había bebido y dije cosas horribles.
Bajé la cabeza, qué podía decirle.
—Reconozco que le hice mucho daño a Carmen. Muchísimo.
Me quedé en silencio un segundo, sorprendido por la sensatez y la moderación que mostraba. El rencor que había guardado durante meses comenzó a disiparse, dio paso a una amarga lucidez.
—Nosotros también te hicimos daño —reconocí, tras una ráfaga de recuerdos—. Sin pretenderlo, te utilizamos. Jugamos a un juego absurdo y no calculamos el alcance de lo que estábamos haciendo. Lo lamento, de verdad.
Carlos asintió despacio, encajando las palabras como quien recibe la confirmación de una vieja sospecha que ya no escuece.
—¿Y ella? —preguntó, abatido— ¿Cómo está? ¿Os... seguís viendo?
Vacilé. Mi matrimonio estaba roto, venía de un enfrentamiento definitivo y de armar las maletas, pero la dignidad o un instinto de protección hacia ese pasado compartido me impidieron mostrar la fractura. Opté por la ambigüedad.
—Sigue adelante. Ocupada en sus cosas.
Carlos procesó la respuesta. Hubo un atisbo de melancolía, el destello fugaz del hombre que un día creyó tenerlo todo y terminó sintiéndose usado y descartado.
—Dile que… —empezó a decir, pero se detuvo a mitad de la frase sacudiendo la cabeza—. Mejor no le digas nada.
—Será lo mejor —asentí.
Carlos extendió la mano derecha con firmeza. Dudé un instante y la estreché. El apretón fue breve, seco, un pacto implícito de silencio para cerrar una historia que solo había dejado heridos a su término.
—Cuídate.
—Igualmente.
Lo vi marchar. Tenía la sensación de haber cerrado una etapa, aunque sabía que al regresar me esperaba el verdadero y definitivo final.
Toni
El humo del cigarrillo cruzaba la estancia como una neblina gris e insalvable. La observé apoyada contra el marco de la cocina, con esa frialdad áspera que parecía haber aprendido a la fuerza.
—A ver, Toni, hay algo que no le puedo preguntar a Candela y necesito saber. Me dirás que no tengo derecho a…
—¿Querés saber que hace además de atender a mi amigo Gonzalo? Te lo digo como es, Mario: Candela hace la calle —soltó, dejando caer la ceniza en un plato viejo—. Es fácil. Contactos no le faltan.
—¿Qué dices? ¿Acaso no basta con lo que le manda Carmen? Pensaba que cubría de sobra…
Toni curvó los labios en una especie de sonrisa amarga cargada de una arrogancia defensiva.
—¿Y qué te pensás que va a pasar el día que se rajen?, porque ustedes no van a estar ahí siempre. Hoy están jugando a los salvadores y mañana se cansan o vuelven a Madrid, a sus vidas de psicólogos bien. Las mujeres como nosotras tenemos que saber arreglárnoslas solas. Las rachas buenas no duran para siempre.
—Pero… hacer la calle… qué… ¿qué supone?
—No te asustes, no está en una esquina con otras esperando que pasen los coches. Significa alquilar un cuarto mugriento en un piso compartido por semanas con otras chicas del Penta, poner anuncios en páginas de mierda donde nadie te pide el nombre y abrirle la puerta a señores que garpan para tirarse encima de una durante cuarenta minutos. Supone tener siempre preparado un cuento por si la policía mira más de la cuenta, llevar un spray de pimienta al fondo del bolso, lavarse deprisa en un bidet sucio mal aclarado entre cliente y cliente, y aprender a desconectar la cabeza del cuello para no sentir como te meten mano en el cuerpo que durante un rato no es tuyo. En definitiva, supone tragar el asco todos los días para traer guita en efectivo a casa y no terminar pidiendo limosna a tipos como ustedes.
Tragué saliva encajando el golpe. Discutir no me llevaría a nada.
—Me dijo que trabajaba con un amigo tuyo.
—¿Amigo…? En este negocio no hay amigos. Todos, absolutamente todos, se acercan para intentar sacar algo. Un polvo, una mamada o la guita que ganaste durante la semana.
Eso me hizo pensar.
—Y del padre de Patri, ¿qué sabes?
—Aparece, desaparece, le vacía la cartera… lo de siempre. Ahora es diferente: la interroga, pregunta de donde saca tanta guita, qué hace, con quién labura … No se cree que esté retirada. Yo se lo guardo, lo que gana y lo de Carmen, y le voy dando lo que necesita; así nos evitamos disgustos. Está nerviosa. Yo… tengo una teoría.
Le hice un gesto animándola a hablar.
—La última vez que vino no la desvalijó, estuvo demasiado amable, sonsacándole… Y esta, que es tonta, se dejó engatusar; sigue metejoneada con él, aunque lo niegue. Incluso se la llevó una noche «para pasarla con unos amigos», dijo; pero yo les vi la pinta, y vi cómo volvió. Y de amigos, nada. Creo que Diego está metido en este bardo.
—¿Qué crees que quiere?
—Mejor pregunta qué quiere Diego de ella.
Había algo pesado en el ambiente, una tensión sorda que Toni intentaba camuflar tras el humo.
—Toni… ¿ha pasado algo con Diego?
Toni desvió la mirada hacia la ventana. Ese simple gesto me puso en alerta.
—¿Os ha molestado? Dime la verdad. ¿Ha vuelto a buscaros?
—Él no… —murmuró, apretando la mandíbula—. Su perro.
—¿Curro? ¿el matón del Penta?
—El mismo. Me encaró en la calle a plena luz del día. Me dijo que Diego está montando el negocio de nuevo en otro local, está reuniendo gente y que Candela tiene cuentas pendientes con él. Me dijo que se lo transmitiera… como un aviso.
Toni apagó el cigarrillo contra el plato y me miró a los ojos sin rastro de arrogancia, solo con una sombra de vértigo.
—Candela no quiere que te lo cuente… pero está asustada, Mario, muy asustada.
Me ardió la sangre. Salí de la casa con el pulso acelerado y los dedos buscando en la agenda del teléfono. Todavía conservaba aquel número. Marqué sin dudar. Al tercer tono reconocí la voz rasposa que me revolvió las tripas.
—Hombre, Mario... Cuánto tiempo —escupió una risilla seca, cargada de esa guasa que tanto detestaba.
—Diego. Tenemos que hablar. Ahora.
—Quieres hablar. Nos vemos en el polígono Calonge, al fondo de la calle Aviación hay un bar, lo verás enseguida. Diez minutos.
—Ni de coña. O nos vemos en mi terreno o no hay trato. Tú decides.
Quedamos en una cafetería discreta de la Plaza del Duque, en pleno centro de Sevilla. Un lugar público, lleno de luz y familias paseando, el último sitio donde Diego jugaría a ser un matón. No tardó ni cinco segundos en buscar la provocación.
—Mira quién está aquí, el marido comprensivo—se mofó, echándose hacia atrás—. ¿Te enteraste de lo de los árabes? Qué pena, Mario… Un negocio cojonudo que se fue a tomar por culo. La tenía vendida a un precio alucinante. Se encapricharon, si no, no me lo explico. Lo entiendo, la tía está de muerte, la mires por donde la mires no tiene desperdicio. Te perdiste una buena tajada, tío.
Apreté los puños bajo la mesa. Me contuve porque entrar al trapo era perder.
—Deja en paz a Candela —dije con un hilo de voz.
Diego regresó de algún rincón de su retorcida mente donde sin duda estaba recreando el cuerpo de mi mujer y a saber qué más. Me miró sin ocultar el desprecio que sentía por mí, el hombre con el que había compartido las ganancias obtenidas vendiendo a su propia esposa en la barra del Penta.
¿Por qué no lo evité? Todo ocurrió antes de Navidades, cuando aún podía haber frenado la espiral que se desencadenó después.
…..
«A las once franqueé la entrada del Penta, ocupé la misma mesa, la camarera se acercó. Whisky solo con hielo.
—Buenas noches, doctor, pensé que te habrías ido.
—Tenía un asunto pendiente.
—¿Ese asunto, si no es indiscreción, está relacionado con Candela?
Tomó asiento a mi izquierda. Vi pasar a una exuberante pelirroja hacia la barra que me hizo perder el hilo de la conversación.
—No la conoces, no te esfuerces. La cuatro ha estado fuera una temporada. ¿Te lo he dicho?, todas mis chicas están marcadas y numeradas, lo llevan tatuado en el lomo en números romanos. Candela es la siete: uve, palito, palito.
—Conozco la numeración romana.
—No lo dudaba de un hombre tan culto. Estás enganchado a la siete, se nota a la legua; no me preocupa, al contrario, mis mejores clientes son los que se encaprichan de alguna de mis chicas. Lo que me gusta menos es que vayas por libre, ¿lo pillas?, llegas y encima de que te invito, te la llevas todo un día y yo, comiéndome los mocos. No es justo, Mario, no está bien.
No pude evitar un gesto de desagrado.
—¿Cómo has dicho?
—Comiéndome los mocos. Toda una jornada en blanco porque a la señora le sale del coño tomarse el día libre.
—Pagué una botella de champán, si no recuerdo mal, a las copas invitaste. Por lo que sé, tenía derecho a tomarse el día. Lo que haga en su tiempo libre no es cosa tuya.
—A menos que me levante un cliente.
—Yo no soy tu cliente.
—No me jodas, ¿vamos a entendernos o la vamos a liar?
—De acuerdo, ¿qué quieres?
—Que nos llevemos bien. Yo tengo algo que te interesa y tú tienes algo que me interesa. Hablemos claro: Tu mujer me contó al detalle vuestra historia: la aventura que os trajo a Sevilla, tus ganas de verla montándoselo con otro tío, el rollo con el italiano y sobre todo la obsesión que tenéis los dos con la prostitución. Lleva un año de rodaje con un empresario que le está enseñando el oficio. Se nota, está poco trabajada, pero se maneja con soltura, la suficiente para venir a mi territorio a llevarse un cliente por toda la cara. Volvió para disculparse, a salvarle el culo a Candela, decía; en realidad vino a venderse. Joder, qué bien lo hizo, pocas veces me fallan las piernas durante una mamada, qué bestia. Le propuse trabajar por la noche, la tuve que convencer a mi manera, mano dura y caricias a partes iguales, es infalible, las deja suaves como un guante, así me enteré de quién es, dónde vivís y todo lo demás. Tenía que verla en acción antes de soltarla en la cancha, comprenderás que me juego el prestigio. No me defraudó, es buena en la cama, muy buena; lo de la cama es un decir, lo hicimos sobre el escritorio.
—Es suficiente.
—Muy buena, sí señor, llamé a Curro para que le diera un repaso a ver cómo reaccionaba, Curro es muy heavy y la tía aguantó sin rechistar; es lo que te digo, tiene madera.
—¡Ya está bien, estás hablando de mí mujer!
—¿Qué cojones haces?, siéntate. ¿A qué vienes ahora haciéndote el ofendido? Carmen está cumpliendo el sueño de vuestra vida, joder, deberías estarme agradecido, esa noche se estrenó de puta en la barra del bar, como Candela, y te juro por mis muertos que lo hizo de sobresaliente.
Me dejé caer en la silla.
—Te digo una cosa: lo del empresario ese para el que trabaja se le ha quedado pequeño, Carmen está en otra onda y como no espabiles, vuela.
Puede que tuviera razón, Tomás le había abierto un mundo en el que la prostitución es un servicio ofrecido por escorts de alto standing en entornos de lujo a clientes de cierta posición. De alguna manera seguía en su ambiente. El Penta la arrojaba al barro y una vez probado, Carmen se sintió fascinada por el territorio sórdido en el que se movía Candela. ¿Y después? ¿qué sería lo siguiente?
—…luego pasó lo de las bofetadas, no tuve más remedio, intentó dar coces, eso no se lo aguanto a nadie y menos a una mujer; un par de hostias bien dadas y mansa como un corderito. Todo porque se negaba a dejarse poner la puta marca. Lo dicho, dos meneos y asunto resuelto. Me faltaba intentar una cosa, quería verlas juntas, se parecen un huevo, pensé que podía sacarle partido, las gemelas se cotizan; las probé con un tipo y funcionó, se entienden bien, encima tu mujer baila de la hostia, el pack completo. Hablando de entenderse, esa noche hicieron algún servicio juntas, da mucho morbo ver a un par de tías montándoselo, ¿verdad? ¿eh?
—Sí. —balbuceé abrumado por tanta información. «Es lo único que me falta por verle hacer», pensé.
—Hombre, si quieres verla comiéndose un coño, puedo arreglarlo, déjalo de mi mano.
Mierda, había revelado mi más profundo deseo sin ser consciente.
—No te metas, es cosa mía.
—Tú mismo, aunque si crees que lo has visto todo es que estás muy verde, ni te imaginas lo que llega a hacer una mujer en esta profesión, pregúntaselo a Candela, o mejor todavía, a la argentina que le cuida la niña, esa sí ha tragado sapos por no hacerme caso. Menuda jaca, daba mucho juego, las argentinas funcionan muy bien con su acento meloso. Volverá, no se vive igual trabajando por libre. En cualquier caso, es cosa vuestra, si a tu mujer le da morbo hacer la carrera a espaldas de su otra vida y a ti te pone saberlo no tengo nada que decir, yo pongo el local, la puta a la que te has enganchado y los tíos para que tu mujer satisfaga su vicio; ha funcionado bien una vez sin ponernos de acuerdo, imagínate como nos puede ir de ahora en adelante.
—¿A dónde quieres llegar?
—Tu mujer vale para esto, es, con diferencia, la mejor hembra que ha pasado por el local, además de un cuerpo de escándalo, tiene clase, puede darle un vuelco al negocio; todavía me preguntan, ¿cuándo vuelve la madrileña? Carmen puede ser el buque insignia del Penta, no digo que os vengáis a vivir a Sevilla, es mucho pedir, pero en cuanto pase por aquí, que te digo yo, dos o tres veces cada quince días, para empezar, y se corra la voz nos hacemos de oro. Los tres, no me olvido de ti, a la siete le podemos sacar mucho más jugo si se la educa, para eso tienes mano. Trabájatela, haz una segunda Carmen, eres psicólogo, coño. Encima, estás colado por ella, reconócelo. Carta blanca, lo que quieras, olvídate de pagar sus servicios.
No podía creer lo que estaba escuchando. Y siguió, estaba embalado.
—Le advertí que todas mis chicas llevan mi marca, no había tiempo, lástima, por eso se la hicieron con henna, ¿la llegaste a ver?
—La vi.
—¿Seguro? ¿Sabes quién es tu mujer cuando entra por esa puerta?
—La nueve.
—Bien, nos vamos entendiendo, porque en tu casa será la señora Suárez.
—Rojas; utiliza su apellido de soltera.
—Me la suda, como si se quiere hacer llamar Cher o Halle Berry, en tu casa será la señora Rojas, en mi casa es la nueve. ¿estamos de acuerdo?
—Si ella lo está, yo no tengo nada que decir.
—Haces bien en llevarla con la correa suelta, para tirar siempre hay tiempo. De lo otro me ocupo yo.
—¿De qué estás hablando?
—Del tatuaje, no te mosquees. El trato es este: dispones de la siete a tu antojo, sin restricciones, barra libre. A cambio quiero a la nueve dispuesta a trabajar, encárgate, eso incluye la marca de la casa, esta vez sin pijotadas, ya me arreglo yo para quitarle la tontería.
—¿A base de hostias?
—Lo dices por las bofetadas; ya te lo he dicho, se puso farruca y tuve que bajarle los humos, tenías que haber visto la cara que puso, no se le cayeron las bragas de gusto porque las había perdido. Prueba alguna vez a cruzarle la cara, le va la marcha, pero con decisión, que no te vea titubear.
Cruzarle la cara… Recordé que no me hizo falta romperle la cara para ejercer violencia sobre ella.
—Qué pasa, ¿te has quedado dándole vueltas? No te lo pienses, hazme caso, a todas les gusta que las den una hostia de vez en cuando.
Recobré la atención, en mi cabeza seguía oyendo el trato, «…dispones de la siete a tu antojo, sin restricciones, barra libre. A cambio quiero a la nueve dispuesta a trabajar, encárgate, eso incluye la marca de la casa».
—Hablas de ellas como si su opinión no contara.
—Porque no cuenta. La siete hace lo que yo diga, se saca un buen jornal, la trato bien, no tiene queja. En cuanto a la nueve, te voy a ser franco: se pondrá cachonda cuando se entere del trato. Va a ganar una pasta por follar, es lo que más le gusta después de mamar pollas como una campeona.
—Carmen no hace esto por dinero.
—En eso te equivocas, el precio por abrirse de piernas le importa tanto como su salario de doctora, por mucho que sea. El patrón oro se le queda chico, te lo digo yo que de putas entiendo un huevo. Las hay, como la siete, que follan por necesidad, para sacar adelante a su hija; puta mierda de vida. Luego están las otras, las viciosas como esa de ahí, la pelirroja, o tu mujer que lo hace porque le tiembla el coño de solo pensar que va a chupar una polla nueva y se la va a tirar un desconocido. Guapo, feo, gordo, flaco, le da igual con tal de ponerse debajo a cuatro patas. No dices nada, ¿eh? A tu mujer le pone cobrar un dinero que no necesita por follar; ese dinero la calienta más que un cipote metido en el culo, si lo sabré yo.
Cerré la boca, qué podía decir si no había argumento para rebatir la jodida realidad.
—Venga —apretó para terminar de convencerme—, es mi última oferta: los días que tu mujer trabaje en el Penta te pagaré un porcentaje de lo que saque con la siete y con ella, tengo que hacer números, pero saldrás satisfecho y con ganas de repetir, fíate. Ya lo sé —dijo anticipándose—, a ti el dinero tampoco te importa. Verás lo que pasa cuando tengas en las manos los primeros billetes por vender a tu mujer. Lo he visto en otros, es tan adictivo como la heroína.
«Tu mujer, tu mujer», repetía machaconamente sabiendo el efecto que provocaba. Me levanté de la mesa, no podía soportar tanta presión.
—Tengo que pensarlo.
—Por supuesto, consúltalo con la almohada. Y cuéntaselo a tu mujer.» (6)
No tardó en llegar el día en que aquel maldito acuerdo quedó consumado. Con los primeros billetes, fruto del trabajo de Carmen en las manos, comprendí que Diego tenía razón: había algo adictivo en ganar dinero por vender a mi mujer. Sobre todo, si estaba ella presente cuando cobraba mi parte de las ganancias.
«Leandro, el ganadero, tenía el pantalón desabrochado exhibía una mata canosa en la que apenas destacaba una desinflada polla, Carmen la acariciaba entre los dedos, más por mantenerlo contento que por intentar revivirla, tenia la mano cubierta de baba y grumos blancuzcos, lo cual no parecía importarle; reía sus gracias, le dejaba jugar con los aros, aunque tuvo que pedirle varias veces cuidado porque se empeñaba en estirar los pezones tirando de ellos; era un bruto, no estaba acostumbrado a tratar a mujeres de su talla. Candela, sentada a la izquierda, intentaba atraer su atención, pero no lo conseguía, acaso alguna caricia perdida. Fue Diego quien puso fin al magreo, las chicas se despidieron entre besos, dejándose tocar, riendo sus obscenidades; salieron del despacho desnudas, sudadas por el contacto con el ganadero, era sorprendente la falta de pudor a cruzarse con el personal del pub. Entretanto, Diego y su cliente arreglaron cuentas, me asombró la cifra que pagó por una mamada y un polvo rápido además del numerito entre ellas; sabía lo que cobraban las putas en el Penta (porque yo mismo lo había pagado) y aquello multiplicaba por mucho la tarifa habitual. Leonardo se despidió con la promesa de volver al mes siguiente.
—Lo has oído, a finales de Marzo la quiero aquí. —me dijo mi socio.
—No hay problema. —fue lo único que se me ocurrió decir.
Diego dividió los billetes en tres partes y se guardó una en el bolsillo trasero del pantalón, las chicas volvieron hablando entre ellas, parecían contentas. Pusieron los plugs sobre el escritorio. Diego, el muy cerdo, los olfateó.
—Así me gusta, limpios como una patena. “Venir, acercaros”.
Ellas apretaron el paso moviendo las tetas al ritmo del trote. Candela esperó a un lado.
—Toma, lo tuyo. —A ojo calculé sobre las ochenta o cien mil pesetas, Carmen le interrogó con la mirada. Ahora te cuento, le dijo él. A continuación me ofreció el resto, cincuenta mil. Para Carmen era la primera vez que me veía ganar dinero a costa de vender su cuerpo, por un instante volvió a ser la mujer que el despecho había desterrado y pudimos compartir la profunda emoción del momento. Diego agitó los billetes para hacerme reaccionar, un arrebato de estupor y morbo me tenía paralizado. La miré con el dinero en la mano, habíamos dado un nuevo paso; atrás quedaba una parte de lo que fuimos. Tan fugaz como apareció, la conexión entre nosotros se desvaneció y el frío volvió a empañar su rostro. Por último, Diego sacó uno de cinco mil y se lo dio a Candela.
—Toma, para la niña.
No tenía ningún sentido, ni la forma de hacer el trabajo en un despacho delante de un extraño ni el precio por algo que esa misma noche le habría costado mucho menos. Diego se echó a reír.
—Qué pasa, te has quedado “pasmao”.
—No lo entiendo, este…
—Leonardo.
—Ha pagado una barbaridad por lo que, dentro de un par de horas, se va a pagar mucho menos.
—No te has enterado de nada. ¿Crees que ha pagado este pastizal por un polvo y una mamada? Tu mujer es la hostia, pero no vale tanto. Esto ha sido una cata; hemos cerrado… ¡Nueve, ven aquí!
Dejó la conversación con Candela y se apresuró a acudir, el chulo le acarició una teta y le pasó el pulgar por el pezón tres veces, una en vertical y dos en horizontal, de izquierda a derecha, un código que le había visto hacer antes y a las dos parecía gustarle a la vista de cómo reaccionaban. Una seña de pertenencia, pensé.
—El sábado te vas con Leonardo, viene a recogerte a las ocho.
—¿A dónde vamos?
—¡Yo qué sé!, a un hotel, supongo, donde le salga de los cojones, ha pagado una pasta por pasar la noche contigo, como si le da por llevarte a la luna. Ya puedes lucirte.
Y yo, callado viendo como perdía a mi mujer y pasaba a ser la puta más rentable del burdel de Diego. La enlazó por la cintura, ella se dejó hacer sonriente.
—¿Por qué te crees que quería traerla a trabajar a toda costa? —la besó cerca del oído y ella ofreció el cuello—, te dije que iba a ser el buque insignia del Penta, ya lo has visto, nos va a hacer de oro, esta chica es una mina, solo hay que saber venderla y para eso estoy yo.» (7)
Podía haberlo evitado. Debería haberlo evitado. Aún estaba a tiempo de proteger a Candela.
—¿Me has oído? Déjala en paz.
—Sigues encoñado con esa zorra, ¿eh? Vamos a hacer una cosa: te la cambio por la nueve. Me olvido de la putada que me hizo; sí, la perdono. Tú me la das, sin condiciones, yo te doy a la siete y todos salimos ganando. ¿Hay trato?
—No te lo voy a repetir: aléjate de ella o te juro que lo vas a lamentar. Lo del Penta te va a parecer una broma si le cuento a quien le interesa que has vuelto a las andadas.
El rostro de Diego cambió al instante. La chulería se transformó en una mueca amenazante.
—Conque estuviste metido en lo del cierre del club —siseó, inclinándose sobre la mesa—. Serás cabrón.
—No —respondí, sosteniéndole el envite sin pestañear—. Pero sé quién lo hizo y por qué. No me toques los cojones.
Soltó una carcajada breve y volvió a mostrar la misma expresión oscura.
—Un cornudo no va a decirme lo que tengo que hacer.
—¿Necesitas que te den un recado para entenderlo? —repliqué con la voz extrañamente tranquila. No me reconocía en ese matón que interpretaba. ¿Me creería él?
Se levantó despacio. La tensión pareció cortar el aire sofocante de la taberna. Sin decir una sola palabra, dio media vuelta y caminó hacia la salida.
El corazón me iba a estallar en cualquier momento. No sabía lo que me podía esperar en cuanto pusiera un pie en la calle.
El final de un sueño
Cuando el avión despegó del aeropuerto de Denpasar dejando atrás las luces diseminadas de Bali, caí en un sopor profundo. El vuelo de regreso transcurrió en una suerte de paréntesis intemporal, interrumpido apenas por el murmullo monótono de los motores y el parpadeo tenue de las luces en la cabina.
A medida que el aparato devoraba miles de kilómetros sobre el mapa, la placentera anestesia que había vivido en la isla comenzó a disiparse. A cada hora que ganábamos hacia el oeste, la realidad reclamaba su espacio y la mujer libre, deseada y audaz que había florecido junto a Karl se replegaba de nuevo.
El toque brusco de las ruedas sobre la pista de Barajas me devolvió de golpe a la tierra. Se había acabado el paréntesis.
Recoger el equipaje en la cinta de la terminal fue un mero trámite; el verdadero equipaje, compuesto por un nudo ciego de secretos, culpa y piel encendida, me acompañaba por dentro. Al cruzar las puertas automáticas, el frío seco de la meseta me azotó la cara llevándose los últimos vestigios del vapor tropical.
El paisaje urbano discurría al otro lado de la ventanilla del taxi mientras un nudo insoportable comenzaba a estrangularme la garganta. ¿Qué problema anunciaba el mensaje de Carmen? Un mal presagio me oprimía el pecho, una corazonada me decía que algo grave había estallado durante mis días de desconexión. ¿Qué me encontraría al cruzar el umbral de casa?
Por otro lado, la idea de encarar a mi hermana, la única persona capaz de leerme por dentro, me resultaba insufrible. ¿Bastaría con aguantarle la mirada para mantener el secreto a salvo, o la tormenta ya se había desencadenado sin que yo lo supiera?
Aún estaba a tiempo de llamarla.
El duelo de Mario
Mario no lloró el día que Carmen se fue. Ni siquiera cuando cerró la puerta del piso con las cajas ya en el ascensor. Se quedó de pie en el salón, mirando las marcas en la pared donde habían estado los cuadros que se llevó, y sintió un vacío extraño, como si le hubieran extraído un órgano sin anestesia pero sin dolor inmediato. Pensó: «Ya está». Y se sirvió un whisky que bebió de pie, junto a la ventana, viendo cómo la vida seguía girando.
Los primeros días los dedicó a borrar huellas. Cambió la distribución de los muebles, cambió las sábanas por otras que no olían a su suavizante, cambió, cambió… Se dijo que así sería más fácil. Trabajó hasta tarde, salió con amigos, aceptó todas las invitaciones a cenas y copas. Hablaba de la separación con una naturalidad que sorprendía incluso a quienes lo conocían bien: «Son cosas que pasan», «Mejor, así nos ahorramos seguir fingiendo». Sonreía, bromeaba, contaba anécdotas graciosas de los últimos meses juntos. Nadie se atrevía a profundizar.
Pero por las noches, cuando alguna vez volvía y el piso se quedaba en silencio absoluto, el duelo lo alcanzaba de sopetón. Se sentaba en el sofá —el mismo sofá donde habían visto tantas series abrazados— y sentía un nudo en la garganta que el alcohol no lograba deshacer. No era solo echarla de menos, era echar de menos la versión de sí mismo que existía cuando estaba con ella. El Mario paciente que preparaba desayunos los domingos, el que planeaba viajes, el que se ilusionaba con proyectos de futuro. Ese hombre parecía haberse ido con ella, y lo que quedaba era un tipo más duro, más cínico, más solo de lo que estaba dispuesto a reconocer.
La rabia llegó después en oleadas impredecibles. Rabia contra Carmen por haber tomado la decisión final, rabia contra él por haber hecho caso a Tomás, rabia por haber provocado la ruptura, rabia por el tiempo que habían perdido intentando arreglar algo que quizá nunca estuvo del todo bien. En esos momentos, conducía demasiado rápido por la M-30, ponía música a todo volumen o descargaba la furia en el gimnasio hasta que los músculos le temblaban. Pero la rabia también se agotaba, y entonces venía la culpa: por las discusiones que había ganado a costa de herirla, por las noches en que llegó tarde sin dar explicaciones, por haber dado por sentado que ella siempre estaría ahí.
Lo peor eran los recuerdos buenos, esos que aparecían sin avisar y dolían más que los malos. El olor de su perfume cuando encontraba una prenda olvidada en un cajón. La forma exacta en que ella pronunciaba su nombre cuando estaba contenta. La risa que soltaba en el cine ante las comedias absurdas. Esos recuerdos lo dejaban sin aliento, como si alguien le apretara el pecho desde dentro. Entonces entendía que no solo había perdido a su pareja; había perdido un proyecto de vida compartida, una idea de futuro que, aunque imperfecta, era la única que tenía.
Fue en esa fase de vulnerabilidad cuando la figura de Elvira fue decisiva, su primer amor de juventud. Elvira era un salvavidas en medio del naufragio: cálida, familiar, con la complicidad de quien conoce tus defectos desde hace décadas y los acepta sin juzgar. Con ella, Mario podía reír de nuevo, hablar de banalidades sin esfuerzo, incluso planear escapadas cortas que distraían del vacío. Se convencía de que esto era el comienzo de algo nuevo, porque Elvira llenaba los huecos con su presencia constante, con sus llamadas diarias, con esa alegría reconfortante que recordaba a los viejos tiempos pero con la madurez añadida.
Sin embargo, por mucho que intentara engañarse, Elvira no llenaba el vacío. Era un parche, un consuelo temporal que calmaba la superficie pero no llegaba a la marejada de fondo. En los momentos de intimidad, cerraba los ojos y, por un instante, imaginaba el tacto de Carmen, su olor, su forma de moverse. Con Elvira todo era fácil, predecible, pero faltaba la chispa de lo construido día a día, la profundidad que surge tras años de luchas compartidas. Se sentía culpable por usarla, por fingir entusiasmo cuando en realidad era una forma de no estar solo. Y en las madrugadas, cuando Elvira dormía a su lado, el duelo por Carmen regresaba con fuerza, recordándole que algunos vacíos no se llenan con sustitutos, por muy bienintencionados que sean.
Con el tiempo, el duelo se volvió más callado, más reservado. Dejó de hablar del tema, dejó de justificar la separación. Se acostumbró a dormir en diagonal en la cama, a cocinar para uno, a ver películas sin pausarlas para comentar. Aprendió a convivir con la ausencia como quien convive con una cicatriz: ya no duele al tocarla, pero está ahí, recordando que algo importante se desgarró. Elvira seguía allí, un ancla en la tormenta, pero Mario sabía, en el fondo, que su corazón aún buscaba respuestas en el silencio que Carmen había dejado.
A veces, en medio de una reunión de trabajo o caminando por la Gran Vía, sentía una punzada breve y precisa: la conciencia de que Carmen seguía viviendo en algún lugar de la misma ciudad, sin él. Y en esos instantes comprendía que su duelo no era solo por ella, sino por haber sido feliz de verdad. Esa posibilidad se había cerrado, y aunque la vida seguía —con sus proyectos, sus viajes, sus nuevos planes, y ahora con Elvira como compañera— algo dentro de él sabía que ya no volvería a creer del todo en la versión completa de la historia que una vez se contaron.
Mario no volvió a llorar. Algunas madrugadas, cuando el insomnio lo vencía, se quedaba mirando el techo y dejaba que el vacío lo llenara todo. Después se levantaba, se duchaba con agua muy fría y salía a correr hasta que los pulmones le ardían. Así resistía. Así, poco a poco, aprendía a ser un hombre solo que alguna vez había estado acompañado.
Citas
1 Simpathy for the devil The Rolling Stones 1968
Please allow me to introduce myself
I'm a man of wealth and taste
I've been around for a long, long year
Stole many a man's soul and faith
And I was 'round when Jesus Christ
Had his moment of doubt and pain
Made damn sure that Pilate
Washed his hands and sealed his fate
Pleased to meet you
Hope you guess my name
But what's puzzling you
Is the nature of my game
I stuck around St. Petersburg
When I saw it was time for a change
Killed the Czar and his ministers
Anastasia cried in vain
I rode a tank
Held a general's rank
When the Blitzkrieg raged
And the bodies stank
2 Buenas noches, Karl! (En noruego)
3 Sabor a mí Los Panchos
4 A wither Shake of pale. Procol Harum 1966
5 Franelear: prodigarse caricias y besos. Llenar el mate: llenar la cabeza.
6 capítulo 191 El futuro nos lo dirá. Octubre 2024
7 Capítulo 200 Soledades. Julio 2025
Gracias he de reconocer que cumpliste tu palabra,me dispongo a leer y lo comento,
ResponderEliminarDe momento solo he leído el primer párrafo, y creo que estás hablando de Tomás,puede ser que me equivoque porque solo he leido dígalo así la introducción, aquí donde estoy son las 13:24 am o sea domingo en la madrugada, Así que dejaré la lectura para mejor hora
Gracias amigo por tus palabras. Una aclaración, son 71 llevados de la mejor manera que se puede. Un saludo para vos, y para MOS1 y MOS2.
ResponderEliminarEnmiendo el error, querido Torco, pero me remito a tu petición:
Eliminar«Sería un hermoso regalo para un cumpleaños muy especial, dado que es el segundo de la séptima década.»
Es decir, el setenta y dos, porque cuando vos naciste, pibe, el segundo año de tu primera década fue el dos, poooooorque…. Vos no naciste contando el año cero como el primero, boludo, tu primera década fue del uno al diez y tu última década —por el momento— ha sido del sesenta y uno al setenta.
Después de esta demostración de pedantería que espero no me tengas en cuenta, te reitero mi felicitación por tu setenta y un cumpleaños. Total, año más, año menos a estas alturas no se nos nota demasiado. O sí, depende.
Vamos por partes
ResponderEliminarLo de Adela no me lo esperaba, Mario esta encabronado desde que se ha separado y tiene una mala hostia de cuidado. Menos mal que ya sabemos que la chica lo asimiló bien y no le guarda rencor o eso es lo que dice aunque prefiere las tías por si acaso
Lo de Bali dan ganas de ir a una agencia de viajes y contratar una semana con todo pagado
Esther anda descontrolada no me extraña, entre el fotógrafo que le ha enseñado lo que se estaba perdiendo con el imbécil de Daniel y el morbo que se está tragando sola por su cuñado ha salido corriendo a despendolarse a donde nadie la conoce. Bikini de infarto, ligue sueco, primer rollo con una tía. Para empezar no está mal a ver qué se encuentra en casa con el bestia de Daniel y a ver qué le cuenta a Carmen
Lo de Amalia progresa adecuadamente como nos ponían en las notas del cole. Yo haria una quiniela a ver quien cae antes, Amalia o Esther.
Lo de Candela va por buen camino, si no fuera porque sabemos como está la historia a día de hoy vería a Mario Candela y Patri en plan familia feliz
Lo de Diego es muy chungo espero que no le haya pasado nada feo a Mario al salir de la cafetería y supongo que a Diego le terminarán dando un recado por chulo.
Y a Torco felicidades tío, te queremos.
Feliz 7n cumpleaños, querido Torco, que no me quiero meter en discusiones numerológicas, pásalo bien con tus seres queridos y cuenta con nuestro cariño.
ResponderEliminarBienvenida Esther al reino de las amazonas, espero que su hermana, cuando lo sepa, la invite a conocer el Antlayer y la introduzca en el ambiente. Lo demás, es cuestión de hablarlo, son amigas además de hermanas, lo de Oscar lo va a entender, cosas más fuertes ha vivido y le puede ayudar a digerirlo y tal vez a continuarlo. La aventura con Kai es una experiencia para compartir entre hermanas.
Y en cuanto a Mario, en esa época es agua pasada, si consigue sincerarse, igual que le ha dado vía libre a Elvira, podría dársela a su hermana con todas las precauciones del mundo con respecto a la familia. Porque no se puede parar lo que es imparable, Carmen los quiere a los dos, ¿por que verlos sufrir?
Amalia es otra cosa, podría provocar un cataclismo.
Y Candela es la calma que siempre está ahí. Estoy convencida de que va a jugar un papel importante en el futuro.
Ojo con Domenico
Me tragos mis palabras con gusto como te dije ayer, a sido todo un detalle que publicaras en el cumpleaños de Torco, a sidobun bonito regalo.
ResponderEliminarQuerido Torco con 71 todavía tienes mucha guerra que dar, muchas felicidades amigo.
Bruto.
ResponderEliminarCómo lo primero es lo primero, muchas felicidades Torco, cumplas los que cumplas.
Nos has regalado el primer capítulo que sabíamos a ciencia cierta cuando se iba a publicar, has visto que nadie preguntaba.
Bruto.
ResponderEliminarQuerido Cayo, como estaba en prevengan esta mañana me he leído el capítulo, lo tengo que digerir, como siempre.
Al primer párrafo es Mario, no Tomás.
Bueno, no te voy a decir porque que ya lo sabes y aburre tanta loa. Lo que estaba esperando era a Esther, y me gusta más así el personaje, bien por ella al poner su voz.
Me he enamorado de Amalia, lo digo sin tapujos, menuda mujer.
ResponderEliminarYo respeto mucho la opinión de Lucia pero en lo de Esther y Mario creo que se eqikvoca
ResponderEliminarCarmen nunca va a apoyar que estos dos se junten lo lleva demostrando desde que olió que había algo entre ellos por eso movió la ficha de Elvira para pararlo
Sabe que si la familia se entera de que cambia a Carmen por Esther se rompe la familia y ahora que sabemos que hay algo con Amalia mucho peor. A Esther la echan.
Pero a Mario no hay quien lo pare está desbocado, lo veo follandose a la madre y a la hija, como no se centre va a montar una tragedia