Capítulo 39 El día después (1)
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El radio despertador sonó lejanamente y durante un tiempo que me pareció muy largo intenté ignorarlo; Soñé que lo apagaba, me metía en la ducha y después, como cada mañana, preparaba el desayuno mientras Carmen terminaba de arreglarse, pero el ritmo machacón de la emisora me devolvió a la realidad a los pocos minutos.
Y la realidad, la abrumadora realidad que hacia totalmente diferente aquel amanecer me despejó como si hubiera metido la cabeza en agua fría.
Miré a mi derecha, Carmen dormía profundamente vuelta hacia mí; lancé el brazo hacia la mesita de noche y palpé con cuidado de no derramar el vaso de agua hasta encontrar a ciegas el interruptor del despertador.
Estaba hermosa, con esa cara de niña que tiene mientras duerme nadie diría que acaba de vivir su mayor aventura, se había acostado con otro hombre, hoy amanecía una mujer adúltera.
El brusco silencio tras apagar el despertador hizo el efecto contrario al que yo pretendía y alertó a Carmen, intentó abrir los ojos que por dos veces consecutivas se negaron a obedecer, por fin me miró y me lanzó una de sus más hermosas sonrisas.
- “Tengo mucho sueño” – dijo mimosa, volviendo a cerrar los ojos y refugiándose en mi hombro.
Una inmensa emoción de amor me hizo estrecharla con mi brazo, la sorpresa que me produjo sentir como dos lagrimas brotaban de mis ojos y rodaban por mis sienes me desconcertó; ¿era emoción? ¿Era tristeza? ¿Acaso era arrepentimiento?
Volví mi rostro hacia ella y besé su pelo. Mi niña preciosa acababa de follar con otro hombre, la había visto besarle con pasión, con auténtico deseo, había escuchado sus gemidos de placer, había vivido sus orgasmos tremendamente intensos mientras se abrazaba con fuerza al hombre que la penetraba con un vigor envidiable.
- “Vamos perezosa, se nos va a hacer tarde”
- “Me da igual” – remoloneaba juguetona, de pronto abrió los ojos, su expresión cambió y comprendí que acababa de aterrizar en la realidad.
Me miró buscando conocer mi estado de ánimo, le sonreí pero me di cuenta de que mi sonrisa transmitía toda la ambigüedad de mis sentimientos.
- “¿Cómo estás?”
- “Bien cariño, estoy bien ¿y tú, cómo estás?” – Carmen bajó la mirada y suspiró.
- “No estoy segura, aun no lo sé”
- “Supongo que te pasa como a mí, todo ha sido tan… intenso”
Me moví para quedar de lado, frente a ella; mi brazo derecho recogía su cuello, como una almohada y mi mano izquierda se posó en su cintura que, estando de lado, marcaba con rotundidad la curva de su cadera. Mis dedos ascendieron lentamente por la ladera de aquella hermosa colina hasta alcanzar la cima, luego avancé por su muslo suave y prieto, Carmen se mantuvo en silencio y yo proseguí.
- “Lo hemos imaginado tantas veces que me resulta difícil no pensar que lo de ayer no haya sido una fantasía mas”
- “Eso me pasa a mi”
- “¿Estás contenta?” – Carmen dudó, me miró un par de veces a los ojos.
- “Sí, creo que sí, pero estoy preocupada”