02 marzo 2009

Capítulo 39  El día después (1)

(Tiempo aproximado de lectura: 19 minutos)


El radio despertador sonó lejanamente y durante un tiempo que me pareció muy largo intenté ignorarlo; Soñé que lo apagaba, me metía en la ducha y después, como cada mañana, preparaba el desayuno mientras Carmen terminaba de arreglarse, pero el ritmo machacón de la emisora me devolvió a la realidad a los pocos minutos.


Y la realidad, la abrumadora realidad que hacia totalmente diferente aquel amanecer me despejó como si hubiera metido la cabeza en agua fría. 


Miré a mi derecha, Carmen dormía profundamente vuelta hacia mí; lancé el brazo hacia la mesita de noche y palpé con cuidado de no derramar el vaso de agua hasta encontrar a ciegas el interruptor del despertador. 


Estaba hermosa, con esa cara de niña que tiene mientras duerme nadie diría que acaba de vivir su mayor aventura, se había acostado con otro hombre, hoy amanecía una mujer adúltera.


El brusco silencio tras apagar el despertador hizo el efecto contrario al que yo pretendía y alertó a Carmen, intentó abrir los ojos que por dos veces consecutivas se negaron a obedecer, por fin me miró y me lanzó una de sus más hermosas sonrisas.


- “Tengo mucho sueño” – dijo mimosa, volviendo a cerrar los ojos y refugiándose en mi hombro.


Una inmensa emoción de amor  me hizo estrecharla con mi brazo, la sorpresa que me produjo sentir como dos lagrimas brotaban de mis ojos y rodaban por  mis sienes me desconcertó; ¿era emoción? ¿Era tristeza? ¿Acaso era arrepentimiento?


Volví mi rostro hacia ella y besé su pelo. Mi niña preciosa acababa de follar con otro hombre, la había visto besarle con pasión, con auténtico deseo, había escuchado sus gemidos de placer, había vivido sus orgasmos tremendamente intensos mientras se abrazaba con fuerza al hombre que la penetraba con un vigor envidiable.


- “Vamos perezosa, se nos va a hacer tarde”

- “Me da igual” – remoloneaba juguetona, de pronto abrió los ojos, su expresión cambió y comprendí que acababa de aterrizar en la realidad.


Me miró buscando conocer mi estado de ánimo, le sonreí pero me di cuenta de que mi sonrisa transmitía toda la ambigüedad de mis sentimientos.


- “¿Cómo estás?”

- “Bien cariño, estoy bien ¿y tú, cómo estás?” – Carmen bajó la mirada y suspiró.

- “No estoy segura, aun no lo sé”

- “Supongo que te pasa como a mí, todo ha sido tan… intenso” 


Me moví para quedar de lado, frente a ella; mi brazo derecho recogía su cuello, como una almohada y mi mano izquierda se posó en su cintura que, estando de lado, marcaba con rotundidad la curva de su cadera. Mis dedos ascendieron lentamente por la ladera de aquella hermosa colina hasta alcanzar la cima, luego avancé por su muslo suave y prieto, Carmen se mantuvo en silencio y yo proseguí.


- “Lo hemos imaginado tantas veces que me resulta difícil no pensar que lo de ayer no haya sido una fantasía mas”

- “Eso me pasa a mi”

- “¿Estás contenta?” – Carmen dudó, me miró un par de veces a los ojos.

- “Sí, creo que sí, pero estoy preocupada”

05 febrero 2009

Capítulo 38  La entrega(II)

(Tiempo aproximado de lectura: 67 minutos)


Recorrimos el largo pasillo en un silencio tal que nuestra respiración se podía escuchar claramente, los tacones de Carmen resonaban en el parquet marcando un ritmo lento; detrás, los pies descalzos de Carlos parecían responder a contratiempo. 


Entramos en la alcoba que el día anterior habíamos preparado cuidadosamente; Observé que  la persiana había quedado levantada y tan solo un leve visillo cubría el cristal, era ya de noche y me inquietó que alguien pudiera vernos; Apenas tuve tiempo para pensar en ello, la tensión que vivíamos me hizo centrarme en lo que estaba sucediendo. 


Durante unos segundos se produjo un vacío, un instante de vacilación, un momento de duda en el que faltaba alguien que diera el siguiente paso; inesperadamente fue Carmen quien rompió ese bloqueo. Cuando volvió su mirada hacia Carlos y le vio casi desnudo pareció  sorprendida, luego se llevó una mano a la boca, parecía abrumada por la inminencia del desenlace, era como si no hubiera pasado una hora desde que estuvo en la habitación del hotel en sus brazos, casi desnudo también. Aquella sensación actuó como un detonante que liberó lo que había conseguido refrenar en el hotel, se soltó de mí y se arrojó a los brazos de Carlos, sus manos recorrían con deseo desatado el cuerpo masculino, corrían por su piel hambrientas de sensaciones, él estaba tan sorprendido como yo y se dejaba hacer sin poder reaccionar. Carmen le besaba con ansia las mejillas, los ojos, la boca, el cuello, le acariciaba nerviosamente el rostro con una mano, mientras con la otra recorría su pecho, los costados, la espalda, las nalgas; su respiración agitada se asemejaba a un jadeo que iba aumentando en ritmo e intensidad.


Necesitaba ver la escena con claridad y me situé a su lado, justo en ese momento la mano que vagabundeaba por el cuerpo de Carlos  y acariciaba su vientre se deslizó ante mis ojos hacia abajo hasta recoger en la palma ahuecada el gran bulto que se marcaba en su slip, él reaccionó a ese gesto besándola con más intensidad, Carmen acariciaba su polla a través del boxer y yo no salía de mi asombro ante la insólita conducta de mi esposa. 


Carlos estaba sobrepasado, apenas podía reaccionar ante aquella mujer que dominaba la situación y dejaba poco espacio para que pudiera tomar la iniciativa, nunca había visto ese furor en Carmen, jamás, ni en sus momentos de mayor excitación se había comportado como lo estaba haciendo ahora; “como una ninfómana”, pensé, parecía una ninfómana descontrolada.

26 enero 2009

Capítulo 37   La entrega(I)

(Tiempo aproximado de lectura: 66 minutos)



- “Dime”


Había reconocido el número de Carlos al coger el móvil y lo sujeté con mi hombro mientras continuaba hurgando en los archivos del año anterior, me hallaba enfrascado en la búsqueda de un historial que no aparecía y omití los saludos de rigor.


- “Buenos días, ¿te interrumpo?, me ha dicho Carmen que te llamase para quedar luego” – me noté irritado, apenas eran las diez de la mañana y ya habían hablado, ese tipo de cosas me seguían produciendo una atávica emoción de invasión de mi territorio que no me resultaba fácil de controlar.

- “La voy a recoger a las tres y media y luego pasamos a por ti”.

- “¿Y por qué no quedamos tu y yo antes y vamos juntos a por ella? Seguro que la sorprendemos”


Dejé el archivo y me levanté, su propuesta me hacía dudar, Carmen quería mantener cierta distancia con Carlos, no quería encontrársele un día en el portal del gabinete o en la puerta de casa; cuanto menos supiera de su vida mejor, decía.


- “Voy a andar justo de tiempo, mejor lo hacemos como te he dicho” – Carlos debió intuir las verdaderas razones y evitó insistir.

- “Como quieras, os estaré esperando en la cafetería del hotel, me das un toque al móvil y salgo, para no haceros esperar.

- “Perfecto, entonces nos vemos luego…”

- “Mario… si tienes un minuto más…”

- “Por supuesto” – dije intentando adivinar que quería.

- “Verás… yo nunca he estado en… una situación así, no estoy seguro de cómo actuar delante de… los dos, es complicado”


¡Dios! ¡Yo tampoco sabía cómo actuar cuando estuviésemos los dos frente a ella!


Pero no podía descubrir mi inexperiencia ante un trío, si lo hacía quedaba en entredicho toda nuestra historia; Decidí improvisar mostrando una seguridad que no tenía pero que esperaba fuera creíble ante la evidente falta de experiencia de Carlos.


- “Déjate llevar, somos tres personas adultas…”

03 diciembre 2008

Capítulo 36  La preparación

(Tiempo aproximado de lectura: 24 minutos)


El despertador interrumpió mi breve descanso y la pereza inicial, que me hubiera tentado en otro momento a apagarlo y ganar una hora más de sueño, se disolvió instantáneamente cuando recordé que aquel era el día en el que se iba a negociar la entrega de mi esposa.


Me levanté de un salto y arrastré a Carmen a la ducha, ambos estábamos agotados por la falta de sueño y el agua fría nos ayudó a despejarnos.


Cuando nos despedimos, antes de montarnos cada uno en nuestro coche, me retuvo un momento de la mano.


- “¿Estamos haciendo lo mejor?” – me dijo preocupada.

- “¿Para nosotros? Sin duda, para Carlos por supuesto, nunca en su vida va a estar con una mujer como tú” – sonrió y me dio otro beso.

- “¿Estás seguro de lo que vas a hacer?” – insistió una vez más

- “Dime que no quieres follar con Carlos y cancelo el almuerzo”

- “¡Qué cabrón eres!”  - dijo riendo.

- “¡Dilo, venga!” – vi esa expresión traviesa en sus ojos, preludio de alguna maldad; Se acercó a mi oído.

- “Quiero saber si con la lengua es tan bueno como con los dedos” – la abracé, me volvía loco escuchar esas palabras de su boca, dejaba a un lado los miedos y se lanzaba a disfrutar excitándome.

- “¡Pero qué puta te has vuelto!” – me miró con la lujuria brillando en sus ojos.

- “Y a ti te encanta”


Aquella mañana nuestras habitualmente breves conversaciones por Messenger fueron más tórridas y mas continuas, cada vez que algo nos interrumpía nos prometíamos volver tan pronto como fuera posible; Pasamos la jornada envueltos en sexo y deseo.


A media mañana la tensión era insoportable y apenas me dejaba concentrarme en mi trabajo, las imágenes se agolpaban en mi cabeza y me llevaban al escenario donde se había comenzado a fraguar la claudicación de Carmen ante sus propios deseos y ante mis continuas presiones.


La imaginaba desnudándose ante Carlos, reviví ese gesto suyo tan personal al liberarse del sujetador; los brazos echados hacia atrás soltando el broche y luego, tomando con una sola mano uno de los tirantes, arrastra la prenda que se desprende de sus pechos y los muestra altivos, firmes, erguidos, duros.

13 noviembre 2008

Capítulo 35  El regreso

(Tiempo aproximado de lectura: 27 minutos)


El blanco techo de la alcoba se convirtió en una pantalla sobre la que mi mente proyectaba las imágenes que había creado escuchando a Carmen; Eran las cuatro de la madrugada y ninguno de los dos podíamos conciliar el sueño, estábamos abrazados, con los cuerpos pegados como si la más mínima distancia entre nosotros nos estorbase. 


Me sentía… absolutamente superado por los acontecimientos, no podía acabar de creer lo que había escuchado de su boca, intentaba sin éxito salir de la conmoción que me había provocado su relato. En realidad había alcanzado mi objetivo, lo que llevaba deseando tanto tiempo y mi reacción mientras me lo contaba fue una desbordante excitación que me hizo llegar al orgasmo varias veces, tal había sido la intensidad de mis emociones.


Había imaginado cientos de veces esta escena: Yo esperando su regreso, con el corazón palpitando descontroladamente por la emoción de saberla con él y por la intriga de no poder predecir qué estaría ocurriendo; y luego, exactamente lo que había pasado: una explosión de amor y sexo mientras ella me contaba lo sucedido.


Pero no esperaba tanto, me había hecho a la idea de que Carmen sucumbiría a sus besos, a sus caricias; Aunque mis fantasías me llevaron a imaginar escenas como las que realmente habían sucedido me daba perfecta cuenta de que en realidad no estaba preparado para escuchar lo que mi esposa me acababa de contar. La realidad superaba con creces cualquiera de las hipótesis que había barajado mientras la esperaba.


Ahora, con su cuerpo pegado al mío, sintiendo su tranquila respiración en mi pecho, intentaba descubrir en mi interior cualquier rastro de dolor, celos, angustia o miedo.


Porque a pesar de la imparable excitación por la que había pasado, sentía un vacío en el pecho, un agujero profundo que me atravesaba, era algo irracional que no encajaba con mis emociones, me sentía pletórico, feliz, ilusionado por lo que estaba por venir ¿por qué entonces sentía casi físicamente ese hueco en mi?


- “Apaga la luz” – me dijo Carmen somnolienta, eché mi brazo hacia la mesilla y apagué la lámpara.

- “Buenas noches cielo, intenta descansar un poco”

- “Buenas noches, te quiero” - musitó.