25 mayo 2011

Capítulo 50 La sauna (I)

(Tiempo aproximado de lectura: 21 minutos)


La puerta se cerró tras de mi produciendo un ruido sordo. Fue como una claqueta que anuncia un cambio de escena, otras luces, otros sonidos porque realmente todo cambio de manera radical. El ruido de la calle dio paso a unos sonidos apagados. Mis ojos, acostumbrados a la luz del atardecer, tuvieron que adaptarse a la penumbra que reinaba en el amplio hall revestido de tapices. Frente a mi distinguí una taquilla protegida por cristales, a mi derecha unas gruesas cortinas dejaban entrever un pasillo, quizás un salón donde se mantenía una conversación que no alcanzaba a entender. Un olor a jabón barato impregnaba el ambiente.

Al entrar se había disparado un chivato acústico que enmudeció al cerrarse la pesada puerta. Antes de que pudiera terminar mi examen del lugar apareció un hombre vestido de blanco como si se tratase de un celador de hospital o un enfermero. De edad indefinible, extremadamente delgado, no mediría mas de metro sesenta y se movía con rapidez exagerando unos andares femeninos. Me recordaba lejanamente al bailarín Antonio en su época dorada allá por los años sesenta.

Se situó tras la ventanilla y permaneció  mirándome en silencio.

- “¿Cuánto es?” – pregunté echando mano a la cartera.

Con un dedo señaló la hoja con las tarifas que estaba pegada en el cristal, pagué y colocó en un desgastado cajetín de madera un par de pequeñas llaves enganchadas en una correa de cuero y unos tickets.

- “¿Número?” – me preguntó, no entendí a qué se refería y mi gesto debió ser suficientemente elocuente porque me enseñó una cajonera adosada a la pared similar a las de las boleras llena de chanclas de plástico.

- “Cuarenta y cuatro” – respondí.

Tomo un par y las roció con un spray, las introdujo en la caja, añadió dos toallas blancas no muy grandes y la pasó por una ventana lateral.

05 noviembre 2010

Capítulo 49 El italiano

(Tiempo aproximado de lectura: 23 minutos)


Lluvia y frío, Febrero agonizaba y el invierno se resistía a morir. 

Durante un instante me detuve en el portal observando cómo la gente apretaba el paso intentando huir de las finas gotas que se clavaban como agujas en el rostro. Al fin me decidí a salir a la calle y caminé hacia el café donde acostumbro desayunar.

Agradecí el cálido ambiente, la suave música y el murmullo de los escasos clientes. Si algo me gusta de este lugar es la ausencia del sempiterno televisor vomitando basura aunque nadie le haga caso, solo por eso merece la pena tomar su más que mediocre café.

Respondí con un gesto al saludo de Julián, el dueño del local, y me dirigí a la misma mesa que aun hoy suelo ocupar cerca del ventanal en una esquina, protegiendo mi espalda contra la pared forrada de madera, arropado por un perchero a mi derecha que me da una sensación de confort inexplicable.

Miré a mi alrededor. Apenas tres mesas ocupadas y cinco o seis personas compartiendo en silencio la vieja barra de madera desgastada, memoria de tiempos mejores.

Julián me sacó de mi ensimismamiento con una rutinaria alusión al mal tiempo mientras dejaba sobre la mesa el café y “El País”. Repasé los titulares del día de un vistazo  mientras abría el sobrecito de azúcar.

Me eternicé dando vueltas a la cucharilla mientras mi mente viajaba en el tiempo. Formaba parte ya de mis hábitos, era inevitable para mi caer día tras día en la minuciosa revisión de las escenas en las que Carmen y yo dábamos un vuelco trascendental a nuestra vida. Había imágenes que me asaltaban con una fuerza arrolladora sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Al principio trataba de contenerlas, intentaba volver a mi trabajo y apartarlas de mi cabeza, pero era imposible, cada vez me dominaban mas y acabé renunciando a luchar contra ellas. 

14 septiembre 2009

Capítulo 48 Cómplices

(Tiempo aproximado de lectura: 49 minutos)


Su mirada


Si intento buscar en mi memoria qué es lo primero que recuerdo de Carmen no tengo ninguna duda. Su mirada. 

Aquel verano del noventa y uno en el que se me acercó para conseguir una plaza en mi curso su mirada me arrolló hasta el aturdimiento. Sus ojos negros son bellos pero sin esa pincelada de insolente seguridad, sin esa franqueza que le permite hablar con cualquiera clavando sus ojos en los de su interlocutor no serían ni la mitad de atractivos.

Carmen tiene mil formas de mirar y todas ellas reflejan su intensa vida interior. Sus ojos responden de una forma inmediata e instintiva a sus emociones y pensamientos, algo que otras personas utilizan conscientemente para coquetear y manipular en ella es natural, es así y esa naturalidad trasciende a los demás que intuyen la total ausencia de intención en gestos que, por otra parte, son profundamente sensuales.

Y sus cejas, perfectamente delineadas, dan el toque final para que su mirada adquiera el máximo de expresividad cuando se arquean para mostrar extrañeza o escepticismo o se curvan para mostrar tristeza, empatía, disculpa… o descienden sobre sus hermosos ojos para resaltar la profunda pasión que la domina. Es en esos momentos cuando su mirada me derrumba, me deja sin fuerzas, sin argumentos, sin réplica posible, es entonces cuando me derrota y sé que soy suyo, que haré cualquier cosa que me pida.

17 agosto 2009

Capítulo 47 La entrega

(Tiempo aproximado de lectura: 63 minutos)


VIERNES


El sueño la venció cerca de las tres de la madrugada. Pasó la noche en un duermevela, inquieta, se levantó varias veces a beber y cuando sonó el despertador la encontró despierta.

Se duchó rápidamente y se entretuvo más de la cuenta  eligiendo la ropa adecuada, si iba a ir en moto mejor sería usar pantalones. Escogió un vaquero negro ajustado que le iría bien para llevar por dentro de unas botas altas. Una camisa roja y una cazadora de piel completaron el conjunto al que añadió un pañuelo al cuello. Cambió de bolso por uno más manejable y guardó además varios salvaslips y unas braguitas. Se estaba preparando para acostarse con su amante y lo hacía con una tranquilidad pasmosa, como si estuviera acostumbrada a realizar estos preparativos habitualmente.

Quizás se volviera habitual con el tiempo, - pensó -, quizás en el transcurso de los próximos meses estos preparativos se convirtieran en rutina. En ese momento supo que estaba comenzando una nueva etapa en su relación con Carlos, aquella cita en pareja marcaba el inicio de una relación estable en la que ellos dos y solo ellos tenían cabida, no se imaginó cómo forzar las cosas para que en el futuro volviéramos a ser tres.

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02 julio 2009


Capítulo 46 La rendición

(Tiempo aproximado de lectura: 24 minutos)


JUEVES


La lucha continuó durante toda la jornada del jueves, Carmen intentaba centrarse en su trabajo pero la angustia atenazaba su estómago y le impedía olvidar que se estaban consumiendo las últimas horas de un tiempo en el que tenía una oportunidad irrepetible a corto plazo. 


Hablé con ella un par de veces durante el día y la encontré apagada, no llegaba a estar triste pero la fuerza que desprende incluso por teléfono estaba ausente aunque hacía claros esfuerzos para ocultar su desazón, seguía la conversación con cierto desinterés, como si su pensamiento estuviera en otra parte. ¿Debía intervenir o era mejor que la dejase resolver su dilema sin más interferencias? Decidí que lo que tuviera que suceder ya era decisión de ella, le pertenecía la última reflexión, todo lo que yo tenía que decir ya estaba dicho y entraría en el terreno de la manipulación si insistía más. 


Carmen esperaba tener una nueva oportunidad cuando Carlos la llamase, una oportunidad para la que no tenía decidido nada, no se resignaba a que su decisión de cada instante fuera la última decisión, quería dejar siempre una puerta entreabierta por si a última hora cambiaba de opinión, por si lograba vencer las cadenas que le impedían decirle claramente lo que deseaba.


Algo oculto para ella misma le decía que no debía ceder, normalmente no se deja llevar de presentimientos, su racionalidad se lo impide. Esta vez rompía esa norma y ese “algo” más emocional que racional que no había entrado aún en el terreno de las palabras le impedía dar el paso.


Cuando le sucedía esto, cuando perdía el ritmo de su trabajo y se sumía en la contradicción se intentaba refugiar en nuestro proyectado viaje de Semana Santa. Pero ya no brillaba tanto como lo hizo cuando lo planeamos, ahora apenas era un frágil salvavidas que se deshinchaba  con rapidez.


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