26 diciembre 2011

Capítulo 52 Mudando la piel

(Tiempo aproximado de lectura: 22 minutos)


Café con leche; la leche bien echada, con arte, haciendo círculos lentamente para provocar una abundante espuma blanca.  Agradecí con un gesto  al camarero su buen hacer y eché medio sobrecito de azúcar.  Mientras daba vueltas al café no pude evitar volver la vista a la mesa que quedaba detrás a mi izquierda y cuya ocupante había llamado mi atención al entrar.

Pelo castaño claro recogido en un moño alto, delgada hasta marcar los pómulos y dibujar suavemente las mandíbulas en su rostro. Cuello esbelto en el que se insinúan las vértebras que se pierden bajo el negro suéter de escote ovalado que deja ver sus clavículas. Espalda recta a pesar de que apoya sus codos en la mesa mientras lee un libro

Cuando entré, de alguna manera debió notar mi mirada pues sus ojos abandonaron la lectura para cruzarse brevemente con los míos. Ojos de un verde intenso que ahora, al volver la vista atrás mientras removía mi café, respondieron a mi insistencia con un aire de altiva interrogación.

Juro por esos dioses en los que no creo que jamás me comporto así. Quizás fue la necesidad de resarcir al varón malherido que acababa de poner en tela de juicio en la sauna de la que apenas salí cinco minutos antes, lo cierto es que mis pasos me dirigieron con una seguridad que no era mía hacia la mesa de aquella hermosa mujer, con la taza en la mano, mientras ella no dejaba de desafiarme con el magnetismo de sus ojos.

17 junio 2011

Capítulo 51 La ruptura

(Tiempo aproximado de lectura: 16 minutos)


Abrió los ojos desorientada. Una rítmica serie de pulsaciones en progresiva intensidad habían culminado en una fuerte contracción de su coño que la expulsó del profundo sueño en que se había sumido tras acabar con el sándwich y el café que se preparó al llegar a casa.

Aún trataba de despertarse del todo cuando unas leves réplicas empezaron a cobrar fuerza,  la espalda se fue arqueando al ritmo que marcaba la intensa palpitación de su sexo. Las manos, conscientes del huracán a punto de llegar, ocultaron crispadas su rostro intentando dominar el arrebato  que amenazaba con hacerla estallar, sus muslos se apretaron cruzándose unas veces, estirándose otras sellando la grieta por la que habría de surgir el Apocalipsis, la agonía y la resurrección de la petite morte que no sabía cómo controlar.

Se dejó arrastrar sin oponer resistencia, como una muñeca de trapo zarandeada por invisibles hilos, acompañada por las mismas escenas que habían llenado su sueño. Hermosas y turgentes pollas atrapadas por sus ávidas manos deseosas de conocerlas por primera vez… sus dedos acariciando torsos sin rostro vagando inevitablemente hacia unos firmes glúteos en tensión… unas fuertes manos aferrándose a sus pechos… otras ansiosas la despojan sin delicadeza de la ropa… rostros pugnando por abrir un resquicio entre sus muslos, olfateando como lebreles, lamiendo, gruñendo, empujando con la testuz hasta conseguirlo…

Y la imagen suprema, la que provocó el brutal espasmo y ahora la está llevando al clímax: Desnuda sobre un gran lecho con los brazos en cruz y las piernas muy abiertas, las rodillas flexionadas al máximo hasta chocar contra su cuerpo y los talones tocando sus nalgas ofreciendo obscenamente su coño, el ano a seis, siete, quizás diez o más hombres que se disponen a poseerla.

25 mayo 2011

Capítulo 50 La sauna (I)

(Tiempo aproximado de lectura: 21 minutos)


La puerta se cerró tras de mi produciendo un ruido sordo. Fue como una claqueta que anuncia un cambio de escena, otras luces, otros sonidos porque realmente todo cambio de manera radical. El ruido de la calle dio paso a unos sonidos apagados. Mis ojos, acostumbrados a la luz del atardecer, tuvieron que adaptarse a la penumbra que reinaba en el amplio hall revestido de tapices. Frente a mi distinguí una taquilla protegida por cristales, a mi derecha unas gruesas cortinas dejaban entrever un pasillo, quizás un salón donde se mantenía una conversación que no alcanzaba a entender. Un olor a jabón barato impregnaba el ambiente.

Al entrar se había disparado un chivato acústico que enmudeció al cerrarse la pesada puerta. Antes de que pudiera terminar mi examen del lugar apareció un hombre vestido de blanco como si se tratase de un celador de hospital o un enfermero. De edad indefinible, extremadamente delgado, no mediría mas de metro sesenta y se movía con rapidez exagerando unos andares femeninos. Me recordaba lejanamente al bailarín Antonio en su época dorada allá por los años sesenta.

Se situó tras la ventanilla y permaneció  mirándome en silencio.

- “¿Cuánto es?” – pregunté echando mano a la cartera.

Con un dedo señaló la hoja con las tarifas que estaba pegada en el cristal, pagué y colocó en un desgastado cajetín de madera un par de pequeñas llaves enganchadas en una correa de cuero y unos tickets.

- “¿Número?” – me preguntó, no entendí a qué se refería y mi gesto debió ser suficientemente elocuente porque me enseñó una cajonera adosada a la pared similar a las de las boleras llena de chanclas de plástico.

- “Cuarenta y cuatro” – respondí.

Tomo un par y las roció con un spray, las introdujo en la caja, añadió dos toallas blancas no muy grandes y la pasó por una ventana lateral.

05 noviembre 2010

Capítulo 49 El italiano

(Tiempo aproximado de lectura: 23 minutos)


Lluvia y frío, Febrero agonizaba y el invierno se resistía a morir. 

Durante un instante me detuve en el portal observando cómo la gente apretaba el paso intentando huir de las finas gotas que se clavaban como agujas en el rostro. Al fin me decidí a salir a la calle y caminé hacia el café donde acostumbro desayunar.

Agradecí el cálido ambiente, la suave música y el murmullo de los escasos clientes. Si algo me gusta de este lugar es la ausencia del sempiterno televisor vomitando basura aunque nadie le haga caso, solo por eso merece la pena tomar su más que mediocre café.

Respondí con un gesto al saludo de Julián, el dueño del local, y me dirigí a la misma mesa que aun hoy suelo ocupar cerca del ventanal en una esquina, protegiendo mi espalda contra la pared forrada de madera, arropado por un perchero a mi derecha que me da una sensación de confort inexplicable.

Miré a mi alrededor. Apenas tres mesas ocupadas y cinco o seis personas compartiendo en silencio la vieja barra de madera desgastada, memoria de tiempos mejores.

Julián me sacó de mi ensimismamiento con una rutinaria alusión al mal tiempo mientras dejaba sobre la mesa el café y “El País”. Repasé los titulares del día de un vistazo  mientras abría el sobrecito de azúcar.

Me eternicé dando vueltas a la cucharilla mientras mi mente viajaba en el tiempo. Formaba parte ya de mis hábitos, era inevitable para mi caer día tras día en la minuciosa revisión de las escenas en las que Carmen y yo dábamos un vuelco trascendental a nuestra vida. Había imágenes que me asaltaban con una fuerza arrolladora sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Al principio trataba de contenerlas, intentaba volver a mi trabajo y apartarlas de mi cabeza, pero era imposible, cada vez me dominaban mas y acabé renunciando a luchar contra ellas. 

14 septiembre 2009

Capítulo 48 Cómplices

(Tiempo aproximado de lectura: 49 minutos)


Su mirada


Si intento buscar en mi memoria qué es lo primero que recuerdo de Carmen no tengo ninguna duda. Su mirada. 

Aquel verano del noventa y uno en el que se me acercó para conseguir una plaza en mi curso su mirada me arrolló hasta el aturdimiento. Sus ojos negros son bellos pero sin esa pincelada de insolente seguridad, sin esa franqueza que le permite hablar con cualquiera clavando sus ojos en los de su interlocutor no serían ni la mitad de atractivos.

Carmen tiene mil formas de mirar y todas ellas reflejan su intensa vida interior. Sus ojos responden de una forma inmediata e instintiva a sus emociones y pensamientos, algo que otras personas utilizan conscientemente para coquetear y manipular en ella es natural, es así y esa naturalidad trasciende a los demás que intuyen la total ausencia de intención en gestos que, por otra parte, son profundamente sensuales.

Y sus cejas, perfectamente delineadas, dan el toque final para que su mirada adquiera el máximo de expresividad cuando se arquean para mostrar extrañeza o escepticismo o se curvan para mostrar tristeza, empatía, disculpa… o descienden sobre sus hermosos ojos para resaltar la profunda pasión que la domina. Es en esos momentos cuando su mirada me derrumba, me deja sin fuerzas, sin argumentos, sin réplica posible, es entonces cuando me derrota y sé que soy suyo, que haré cualquier cosa que me pida.