Capítulo 59 Arrivederci bambina
(Tiempo aproximado de lectura: 24 minutos)
Como cada lunes Carmen evitó usar el auto para entrar en Madrid y la dejé en la estación de cercanías.
- “Arrivederci bambina!” – bromeé exagerando el acento italiano, Carmen me asesinó con la mirada, luego sonrió.
- “Ciao, caro” – dijo con un mohín delicioso lanzándome un beso con la punta de los dedos.
Arranqué dejándola frente a la estación. Sin dejar de sonreír la seguí por el retrovisor mientras cruzaba la calle hasta que la perdí. Me gusta observarla desde diferentes planos. Todavía hoy a veces consigo verla como si no fuera ella. Unas veces es un espejo que me devuelve una perspectiva no esperada o puede surgir espontáneamente al encontrarnos en algún lugar donde no la espero y, al divisarla, existe una fracción de segundo antes de reconocerla en el que admiro a una desconocida que me seduce. Es solo un breve instante antes de que piense, “es ella, es mía, es mi mujer”.
…
Carmen abrió el libro pero enseguida desistió. No había conseguido asiento y el tren iba demasiado lleno como para leer con comodidad.
Se sumergió en sus pensamientos.
Recordó la desagradable conversación con Carlos. Ya no le dolía, o al menos no tanto. El viernes era un dolor agudo, punzante; hoy era más parecido al dolor sordo de una magulladura. Por asociación de ideas recordó el moratón en el pecho. ¡Qué locura! Jamás me había visto tan descontrolado, alguna vez habíamos jugado un poco con el sexo duro, apenas unos azotes, un intento de inmovilizar las manos, poco más.
Recordó la intensidad de sus emociones al ser azotada tan duramente, un brote de placer recorrió su cuerpo cuando evocó la sensación que le produjeron mis dientes hiriendo su pezón o las emociones enfrentadas e incompatibles que vivió mientras yo volvía a apretar con los dedos su pecho herido. Dolor intenso, dolor agudo, sí; a pesar de ello no hizo nada por pararlo y estaba segura de que, si yo me hubiera detenido, me habría pedido más.
Cuando notó el calor húmedo que comenzaba a impregnar su braga intentó apartar esos pensamientos sin conseguirlo. Una y otra vez se volvía a ver de rodillas en la cama sometida a mi brutalidad, siendo follada mientras mi mano se estrellaba en sus nalgas.
Movió la cabeza como quien ahuyenta un insecto y buscó otra línea de pensamiento.
¡Qué incrédulo vanidoso! ¿Cómo podía pensar que se estaba inventando la historia de Doménico? ¿Es que no la conocía?
No había vuelto a pensar en él desde aquel día. Tan poca importancia había tenido aquel incidente para ella que ni siquiera se le ocurrió mencionarlo. Era poco convincente, lo sabía, sobre todo por haberlo utilizado precisamente el día que apareció Graciela.
Es guapa, – pensó -, muy atractiva. Tuvo que reconocer que al verla a mi lado había tenido que ahogar un puntito de celos. Luego todo fue más fácil, Graciela resultó ser una mujer agradable, divertida, inteligente y fue sencillo que ambas se encontrasen cómodas. En ningún momento se insinuó nada sobre la forma en que nos habíamos conocido aunque estuvo flotando en el aire y se hizo patente en forma de un implícito entendimiento entre los tres que se dejaba entrever en algunas frases con doble sentido y en bromas cargadas de insinuaciones. Veinticuatro horas después del encuentro Carmen tuvo que reconocer que el vermut la había vuelto demasiado audaz, ¿Cómo se había atrevido a hacer aquellas insinuaciones? ¿Qué pensaría Graciela de ella?
Tras el trasbordo al metro y después de aguantar los apretujones típicos de los lunes, salió a la calle y agradeció el aire fresco de aquel día casi primaveral.
Llegaba pronto, demasiado pronto. Cuando ya se encontraba en la puerta de la cafetería donde habitualmente toma el segundo café del día, una idea que había crecido muda en su interior, sin verbalizarla, sin enjuiciarla, se hizo presente con toda rotundidad. No fue hasta ese momento que reconoció ese pensamiento que había estado rondando su cabeza desde el día anterior. ¡Con qué fuerza inconsciente había logrado mantenerlo a raya que ni siquiera superó el filtro de la palabra pensada!
Soltó la puerta que se disponía a traspasar y volvió sobre sus pasos sintiendo como su corazón adquiría revoluciones y su garganta se encogía. Era una locura, lo sabía, además probablemente no estaría. Recordaba que él le había dicho que la esperaría allí porque estaba seguro de que volvería; pero eso era un absurdo, habían pasado… ¿tres semanas? Quizás algo más. Estaba convencida de que aquello había sido una especie de cumplido que, si se había llevado a cabo, no había durado ni dos días una vez que comprobase que no aparecía. Aquel argumento despejó el ambiguo temor que le surgía al pensar en encontrárselo y dio vía libre al morbo que le producía esa misma posibilidad.
No tardó en llegar al lugar en el que lo había conocido. Abrió la puerta del local y bajó las escaleras. La misma camarera, la misma luz amarillenta que iluminaba el pub, la misma sensación de sosiego al escuchar el “no-ruido” ambiente… De un rápido vistazo se aseguró de que entre los escasos clientes no se encontraba Doménico y no se sorprendió al detectar en ella una ligera decepción. Tomó asiento en la misma mesa que, casi un mes antes, ocupó y esperó que la camarera se acercase con su simpática sonrisa. Un café con leche templado y sacarina llegó a su mesa justo cuando se había quitado el abrigo y se disponía a consultar su agenda como excusa para olvidar su ahora ya reconocida frustración.
Qué incoherente le pareció su conducta, ¿Acaso esperaba encontrarlo allí, esperándola desde aquel día? No, claro que no, pero quizás, -razonó intentando justificarse -, aquel era su lugar habitual de desayuno, no es que pretendiera que la estuviera esperando, claro que no, pero…
No dirigió su atención a la puerta que se acababa de abrir hasta que le extrañó no escuchar cómo se cerraba. Sus ojos lo reconocieron inmediatamente. Quieto en lo alto de la escalera, con el pomo de la puerta en su mano, la miraba como si se tratase de una aparición.
Carmen notaba su corazón trotando, compuso como pudo una falsa expresión distraída que se tornaba en sorpresa y para cuando él se acercó estaba convencida de que su actuación había sido pésima.
- “¡Mira quién tenemos aquí, qué grata sorpresa!” – dijo sonriendo mientras su acento italiano acariciaba los oídos de Carmen.