08 febrero 2014

Capítulo 66 La entrega

(Tiempo aproximado de lectura: 30 minutos)


Carmen cerró la puerta del baño y apoyó la espalda en ella. Todavía conservaba en su retina la imagen de Doménico encorvado sobre la mesita de noche manejando la droga. Había sentido auténtico pavor; en un segundo recordó a su amigo Manolo y revivió en  imágenes todas las fases de su degradación, desde la carita de niño bueno que tenía cuando ambos iban al instituto hasta el rostro demacrado, consumido, gris que le vio pocos meses antes de su fallecimiento. Le había visto fumar y no le dio importancia, mas tarde le vio esnifar. Se separaron, comenzó a tener otras amistades. Nunca le vio pincharse pero supo de su deriva, alguna vez le llegó a ver de lejos, no parecía él. Y ahora, no podía ser que esta noche estuviese viviendo de nuevo aquello.

Le zumbaba la cabeza, abrió el grifo y se refrescó la cara. Sintió la∫ espesa humedad que comenzaba a deslizarse por sus muslos y se sentó en el bidet para lavarse. Su sexo reaccionó al contacto de su mano. Hinchado, todavía dilatado por las sucesivas penetraciones y extremadamente sensible al mas mínimo roce. Intentó sin éxito ahuyentar las imágenes que asaltaban su mente y en las que el cuerpo desnudo de Doménico se le representaba sobre ella en el momento de poseerla. Fue como si cada sensación vivida momentos antes volviera a dominarla. Ante sus ojos, grande, hermosa, arrogante, creyó ver de nuevo la verga vibrante del italiano y su tacto suave y turgente se le hizo presente, casi real en sus dedos. Se levantó buscando la toalla que utilizó al salir de la bañera y se refugió en sus pensamientos de reproche como válvula de escape.  

22 enero 2014

Capítulo 65 La droga

(Tiempo aproximado de lectura: 47 minutos)



La ducha me ha despejado, me siento bien. Mientras termino de secarme echo un vistazo a la ropa que me ha prestado, un blusón de lino beige, pantalón oscuro y un bóxer que a simple vista me parece algo estrecho. Me pruebo las zapatillas y resultan muy cómodas, es como estar en casa. Salgo del dormitorio y veo a Doménico al fondo, en la cocina, sentado en una banqueta alta enfrascado en el móvil. Levanta la vista cuando me acerco.

-        “¿Mejor?” – su tono es cordial, viste de forma parecida a la mía, tiene el pelo húmedo, señal de que también él ha aprovechado para refrescarse. ¿Solo? Desecho esa idea de mi cabeza.

-        “Mucho mejor, fuiste demasiado generoso con el whisky en el pub, pensé que intentabas noquearme”

-        “Por cierto, no te he dado las gracias… por lo del pantalón”

Hago un gesto con la mano dando por zanjado el asunto pero continúa

-        “En serio, me pareció increíble por tu parte; sin tu ayuda no hubiera conseguido llegar… ya sabes”

La escena se me presenta vívida, fresca, al detalle. Quizás en el fragor de la batalla, cargado de morbo y alcohol me pareció coherente. Ahora, despejado tras la ducha, frente al hombre al que le había facilitado el camino hacia el coño de mi esposa… desvío la mirada sin darme cuenta, como si me avergonzase.

-        “Lo siento, no pretendía molestarte”

¡Mal jugado! Lo último que quería es situarme en el papel de marido cornudo pasivo que juega el rol de consentidor-sufridor  y que se limita a mirar cómo su esposa se entrega al amante de turno. Me irrité conmigo mismo, tenía dos segundos para corregir el error.

09 enero 2014

Capítulo 64 Va a suceder

(Tiempo aproximado de lectura: 25 minutos)



Carmen camina abrazada a Doménico como si al mundo no le importara nuestra vida. A veces extiende una mano reclamando la mía y caminamos así, cogidos de la mano mientras besa al hombre que acaba de provocarla un orgasmo en medio de un pub de Alberto Aguilera y con el que dentro en unos minutos hará el amor en mi presencia. No sé si ha sido el contraste de temperatura, el caso es que el frío se concentra en mi espalda y comienzo a tiritar. Nunca he sido friolero y me incomoda esta reacción precisamente en estas circunstancias. Me hace sentir débil.

Llegamos a la glorieta de San Bernardo cuando es la una de la madrugada. El intenso tráfico del inicio del fin de semana en Madrid me recuerda que somos blanco fácil de las miradas de quienes atraviesan las calles mientras esperamos que el semáforo nos dé paso. Ellos continúan cogidos de la cintura sin reparar en los riesgos que corren, que corremos, porque formamos un trío que no pasa desapercibido. Carmen, con sus zapatos de tacón de vértigo nos saca media cabeza a Doménico y a mí. Descalzos somos más o menos de la misma estatura, su gusto por los tacones nunca me ha supuesto un problema de autoestima, al contrario, me encanta llevarla cogida por el talle y que ella me eche el brazo por el cuello. Así es como espera que el semáforo cambie a verde, con su brazo por encima de los hombros del italiano que a su vez rodea su cintura mientras ella se aferra a mi mano.

Un trío que no pasa desapercibido, eso somos y veo cómo nos observan desde los autos que se detienen en medio del denso tráfico de la noche. Una hermosa mujer con una espléndida figura flanqueada por dos hombres, una mujer que responde a los besos del que estrecha su cintura a su derecha y que en ocasiones se vuelve hacia el que sujeta su mano izquierda buscando su boca para besarle, como si tuviera que equilibrar ambos lados de una balanza. ¡Como para no mirar!

13 diciembre 2013

Cap 63 Enroque corto

(Tiempo aproximado de lectura: 63 minutos)


-        “Todo empezó como una broma”

Carmen no ahorró detalle en su relato aunque evitó entrar en descripciones escabrosas. Comenzó a describir la trastada, - así la definió -, que me inventé camino de Sevilla y cómo le fuimos dando forma kilómetro a kilómetro hasta construir unos personajes que nos iban a servir para llenar de morbo y aventura el tiempo libre que nos quedaría durante aquel congreso. Se trataba de un juego inocente en el que nos comportaríamos como si fuéramos  amantes ante otra persona, nada más. Pero ella descubrió algo nuevo; la insoportable excitación, nunca imaginada hasta entonces, que le supuso presentarse ante un desconocido como si no fuese ella, usando una personalidad diferente, protegida tras un anonimato que le permitía ser, decir y hacer cosas que jamás se hubiera atrevido bajo la piel de Carmen. Descubrió que esa libertad para transgredir le gustaba más, mucho más de lo que había llegado a apreciar en un primer momento.

Representar nuestros papeles ante Carlos nos excitaba, jugábamos a ver quién era el más atrevido de los dos, el que llevaba su personaje más lejos. Carmen me describió como un jugador siempre dispuesto a echar un pulso más osado, arriesgando, siempre subiendo las apuestas, y a ella misma como la perfecta compañera de juego, lanzada, dispuesta a asumir el riesgo, lista para responder “lo veo” a todas las propuestas por fuertes que fueran,  disfrutando con el morbo hasta el punto de ser ella la que, dejándose llevar del impulso por lanzarme un órdago ganador, se inventó la historia de la orgía sin calcular que en aquella partida se estaba jugando con los sentimientos de una tercera persona.

Doménico escuchaba atentamente sin interrumpirla. A veces Carmen se demoraba en una pausa eligiendo las palabras adecuadas o poniendo orden en sus recuerdos, como cuando tuvo que explicar las contradicciones que experimentó cuando tras haberse declarado libertina se quedó sin argumentos para frenar los avances de Carlos.

Acompañó otro largo silencio mientras mi mujer se perdió rememorando la huida de Sevilla antes de poder expresarla en palabras, una huida que la hizo sentirse cobarde, ruin.

A pesar de todo, a medida que el relato avanzaba Doménico veía perfilarse una pareja enamorada. Meses después me contaría que lejos de encontrar una historia sórdida o vulgar en la que el argumento principal era el sexo y la lujuria, lo que Carmen le describió aquella tarde fue una historia de amor, compleja y poco ortodoxa, pero muy profunda.

01 diciembre 2013


Capítulo 62 Todo empezó como una broma

(Tiempo aproximado de lectura: 31 minutos)



La primavera comienza a hacerse notar con fuerza en este Madrid de primeros de Marzo. Intento huir del intenso tráfico de mediodía y callejeo para llegar al restaurante en el que he quedado con Carmen para almorzar. He salido con tiempo suficiente y me detengo en una de las escasas tabernas que aún quedan de las de vermut de grifo y tapa de boquerón en vinagre, de paredes alicatadas de azulejos con evocaciones goyescas, de las que huelen a gamba y a berberecho, donde la cerveza se sigue  tirando en barro y en las que aun se apunta con tiza en la vieja barra de madera la consumición de la clientela.

De tanto repetir la escena, mi mente conserva nítida la imagen de mi mujer tomada de la cintura por ese hombre que la atrae hacia si y la besa en la boca sin que ella oponga ninguna resistencia. Sus brazos, ¿dónde estaban sus brazos? Creo recordar que cuando la besó por primera vez se hallaban cogidos de las manos, pero en ese momento, cuando se atrevió a volver a besarla… no se, yo estaba tan trastornado que no puedo recordar. Creo que una de sus manos iniciaba un saludo de despedida en el brazo de él y acabó apoyada en su pecho. Si fue así no lo sé, quizá es mi imaginación que ha rellenado la escena ya que no tuve ojos más que para esas bocas que se unían. Recuerdo su espalda arqueándose como si por una parte intentase huir del beso y al mismo tiempo estuviese atrapada por el deseo. Tuvo ocasión de reprocharle la osadía, pudo alegar sorpresa la primera vez, sin embargo el segundo beso lo vio venir y no hizo nada por esquivarlo.

¿Estoy acusándola de algo? ¿Es esto un reproche? En absoluto. Preparo los argumentos que momentos después posiblemente tendré que enfrentar a sus dudas al tiempo que alimento la excitación que me produce rememorar esas escenas.

El proceso está en marcha. Si como Carmen dice, Carlos es agua pasada, acabamos de dar el pistoletazo de salida a la nueva aventura y toda la emoción contenida se me agolpa en la garganta impidiéndome respirar con normalidad.


Apuro el vermut  y salgo a la calle a encontrarme con la adúltera, con esa mujer que me vuelve loco y con la que voy a ultimar los planes para seducir al que hemos decidido que será su nuevo amante.