19 octubre 2016

Capítulo 98 Tiempo de cambios


(Tiempo aproximado de lectura: 33 minutos)

 

—Bueno, ha sido un placer

—¿Ya te vas?

—Es tarde, todavía tengo que organizarme.

Percibió un gesto de extrañeza.

—Como te dije, mis días en la montaña acabaron hoy. Se me ha ido el santo al cielo y aún no he previsto dónde pasar la noche.

—¿A estas horas? Yo, si quieres, tengo un apartamento que...

Carmen sonrió escéptica.

—¿Tu picadero?

—No te ofendas, creo que somos mayorcitos para entender de lo que estamos hablando. Tú necesitas una solución para esta noche y yo la tengo; te dejo las llaves y te arreglas, mañana te organizas y en paz. Eres psicóloga, creo que en el tiempo que hemos estado hablando habrás tenido ocasión de calibrar si en mitad de la noche voy a aparecer para violarte.

—No, no creo. Gracias de todas formas.

Tomás desistió. Carmen miró el reloj, se le había hecho muy tarde.

—¿Ya os vais?

Álvaro se había acercado al verlos levantarse.

—Carmen se marcha, parece que tiene que buscar alojamiento ya que ha rechazado mi oferta.

En un instante se estaba viendo envuelta en una conversación que no deseaba.

—Si, Álvaro, me marcho ya —concluyó con decisión.

—¿Qué es eso de que necesitas alojamiento? —preguntó extrañado.

19 abril 2016

Capítulo 97 Virando hacia Ítaca


(Tiempo aproximado de lectura: 27 minutos)


Me llevan en volandas, boca abajo. Unas manos sujetan mis muslos, otras mis piernas, otras apuntalan mis tobillos. Más arriba mi cintura descansa en unas manos que se ahuecan para sustentar las crestas de mis caderas; saben lo que hacen. Así, a lo largo de todo mi cuerpo que parece volar por la sala en la que me encuentro, manos que aguantan mi vientre, mis hombros, mis brazos extendidos hacia delante como si estuviera volando.

Con todo, la postura no es cómoda; tengo que mantener en tensión el cuello para aguantar erguida la cabeza y poder mirar al frente, mas cada cierto tiempo debo claudicar y dejo caer la cabeza, vencida, agotada. Entonces veo mi pelo largo, mi melena atada en una coleta que se balancea al ritmo que llevan mis porteadores. A veces alguno se apiada, agarra la coleta y tira de ella; mi cráneo se levanta y puedo mirar al frente sin que eso me suponga un esfuerzo para el cuello.

Mis piernas viajan abiertas lo suficiente para que cuando nos detenemos atendiendo al capricho de alguien pueda ser penetrada con facilidad. Tengo el coño muy dilatado, lo siento palpitar todo el tiempo. Ya no llevo la cuenta de las veces que he sido follada, noto los labios hinchados y húmedos. De vez en cuando me aplican una toalla que me refresca y me limpia de restos; la hunden con delicadeza en mi interior y me vacían de semen, luego continúa el peregrinaje.

07 marzo 2016

Capítulo 96 Vidas paralelas

(Tiempo aproximado de lectura: 53 minutos)


—Mírate, si estás en los huesos; y esas ojeras… No lo voy a consentir, estás obsesionada.

—Solo unos días más, ya casi estoy acabando.

—Eso llevas diciendo… ¿cuánto? No Carmen, no. Te  escucho y me asustas, hablas de esa náufraga como si fuera otra persona. Te concedo una semana, después te vienes a casa o si no...

—Irene, por favor.

—No soporto verte así, no te imaginas cómo has cambiado. Tienes que parar, no sé si estás consiguiendo lo que buscas pero por  el camino a lo mejor pierdes más de lo que encuentres.

¿Es posible? Carmen percibe un brote de miedo. Quizás está tensando demasiado la cuerda sin darse cuenta. Todo tiene un límite y puede que no haya calculado la resistencia de las personas que la rodean.

—Te lo prometo, antes de Semana Santa termino con esto.

Irene la mira con escepticismo desde el cuarto de baño con el cepillo de dientes aún en la mano. Carmen observa cómo el enfado se diluye y la mirada se va transmutando desde la incredulidad hacia el deseo. No es extraño, la  imagen debe ser arrolladora; tumbada en la cama, la sábana apenas cubre sus caderas. No se mueve, se deja mirar sin hacer un solo gesto; no  pretende provocarla, sabe que no lo necesita. Esa postura inocente, con una mano tras la nuca y la otra bajo la sábana parece insinuar algo que no sucede pero que bien podría suceder. No se da cuenta pero un leve movimiento, una cadencia forma suaves ondas bajo la tela y capta la atención de esos ojos color miel.

10 diciembre 2015

Capítulo 95 El largo y tortuoso camino

(Tiempo aproximado de lectura: 67 minutos)


El camino de Mario


—¿Tú?

Raúl separó la espalda del sillón desde el que había comenzado a escucharme como si hubiera recibido una descarga eléctrica, apoyó los brazos sobre la mesa y se quedó mirándome incrédulo.

—Si yo, ¿qué pasa, no te consideras capacitado para tratarme? Si piensas eso me insultas.

Raúl Montes había sido mi mejor alumno de doctorado. Luego, cuando se interesó por los trabajos que yo realizaba con una nueva técnica para el TEP, no dudó en unirse a mi grupo de investigación dejando de lado jugosas ofertas en el sector privado. Fueron años en los que trabajamos codo con codo y en los que maduró como investigador y se afianzó nuestra amistad.

Ahora era el momento de recuperar mi inversión, así se lo dije y sonrió, sabía que no soy tan interesado. 

—Se trata de un tema muy delicado, extremadamente delicado, no creo que pudiera hacer esto con nadie más.

—¿Tan grave es? —Cambió su expresión, ahora estaba claramente preocupado.

—Si aceptas voy a poner en tus manos toda mi reputación.

—Mario, no sé si...

—Confío plenamente en ti. No estaríamos hablando si no fuera así. Y en lo profesional, no hace falta ni mencionarlo.

Apoyó el mentón en las manos y se meció levemente durante unos segundos. Por fin pareció haber tomado una decisión.

30 septiembre 2015


Capítulo 94 Agité la botella…

(Tiempo aproximado de lectura: 50 minutos)

  30sep15


“Luego te llamo, necesito pensar, estar solo”

Una vez más la evitaba.

 Llevaba intentando comunicarse conmigo desde el sábado, sin prisas para no agobiarme. La primera vez aquella misma madrugada, una llamada que no contesté; el domingo por la mañana hacia las doce probó de nuevo, un mensaje marcado por la cautela; debió imaginar de todo al ver que no la llamaba, incluso que Carmen y yo habíamos iniciado el camino de la reconciliación. A las tres de la tarde, quizás sobrepasada por la preocupación me volvió a llamar pero no fui capaz de responder; en lugar de eso le envié ese mensaje. Puro egoísmo; un mensaje en el que, una vez más, no pensaba en la otra persona que formaba parte de mi vida en ese momento. Yo, conmigo mismo, lamiéndome mis heridas.

No volvió a insistir; la imaginé desolada, ignorada por el hombre que la dejaba al margen cuando más podía necesitarla, como si ella no fuese suficiente mujer para ayudarle.

¿Cómo decirle que no era esa la causa? ¿Cómo explicarle que solo necesitaba un tiempo de silencio, de soledad y luego, luego la buscaría?

La conversación con Doménico me había hecho ver las cosas con otra perspectiva. Hasta entonces me había situado en el punto de vista del marido abandonado, del esposo engañado. Sí, claro que reconocía una parte de la responsabilidad. Aceptaba que había sido el motor del cambio de nuestro matrimonio, un matrimonio que había descarrilado. Yo fui el impulsor del juego que en Sevilla la llevó a los brazos de Carlos, era yo quien le hizo cambiar sus ideas sobre las relaciones de pareja, quien movió los hilos para meter en nuestra cama los fantasmas de otras personas que, al menos en nuestras fantasías cuando el orgasmo estaba cerca, follaban con nosotros y así conseguía que Carmen consintiese en asumir como suyas ideas que al principio solo eran mías. Pero nada más; hasta ahí limitaba mi responsabilidad.

Aquella conversación, a  pesar del rechazo que manifesté, me hizo pensar.

De alguna manera fue como quien agita una botella de cava y cuando suelta el tapón intenta detener la fuerza desbordante que él mismo ha provocado. Por mucho que se esfuerce por devolver el corcho a su lugar jamás conseguirá controlar la furia que ha desatado.