24 enero 2015


Capítulo 89 La confesión

(Tiempo aproximado de lectura: 50 minutos)


(Sábado)


No hubo un motivo concreto que la despertase. De una manera suave y progresiva había transitado del sueño profundo hacia un estado de duermevela en el que ahora se encontraba cómodamente instalada, un estado de absoluta relajación. El siseo del aire acondicionado la hizo consciente del silencio y la soledad que la rodeaba, poco a poco se fue percatando de los sonidos que poblaban el ambiente; el ruido lejano de una moto, el murmullo de una conversación ininteligible al otro lado de la ventana, el tic tac de un reloj que hasta ese momento  le había pasado desapercibido. 

Se volvió boca arriba, estaba tan relajada… era una sensación agradable, muy agradable que abarcaba su cuerpo por completo. Se estiró todo lo que pudo en la cama, a continuación dobló las piernas y frotó sus muslos varias veces; llevó las manos a sus hombros y recorrió sus pechos. ¡Estaba tan sensibilizada!

Suspiró profundamente. 

Placer. Si no fuera por el dolor de cabeza que le rondaba y la sequedad de boca…

Se deshizo del edredón que comenzaba a  agobiarla, estaba demasiado arropada, casi hasta el cuello y eso le recordó que antes, ¿cuándo?, estaba desnuda y se intentaba tapar, ¿por qué? Porque alguien entraba en la habitación con Claudia. Un hombre.

Se incorporó de un salto hasta quedar sentada en la cama y la brusquedad del gesto despertó un intenso latido en las sienes. Debía ser tarde porque la oscuridad era total. Buscó a tientas la lámpara de la mesita y consiguió darle al interruptor. Las ocho menos diez marcaba el reloj. La última hora que recordaba eran las seis y media, fue cuando entró ese hombre con Claudia y la vio desnuda. ¡Oh Dios!

Las imágenes comenzaron a agolparse en su machacada cabeza que palpitaba dolorosamente. “¡Vaya cuerpo!”. Recordaba poco más, un mareo intenso, un intento por cubrirse, unas manos que la tocaban, que la destapaban.

“Eres preciosa”, sonó como un eco. Esa voz desconocida se superpone con la de Mario, se confunde con ella.

Un escalofrío recorrió su espalda, algo no encajaba.

10 enero 2015


Capítulo 88 El principio del fin

(Tiempo aproximado de lectura: 21 minutos)


(Sábado)


–Es la última vez que me insultas ¿me has oído?, te lo he consentido demasiadas veces durante estos últimos días y ya no Mario, ya no, se acabó. Esta es la ultima vez que voy a escuchar un insulto de tu boca, se acabó, no tienes ningún derecho. No me vuelvas a llamar, no te vuelvas a dirigir a mí, no intentes ponerte en contacto conmigo. Ya lo has conseguido Mario, se terminó.

–¡No Carmen, espera,  escúchame, no quise…!

Mis palabras quedaron ahogadas bajo su ultimátum. Intenté hacerme escuchar porque me daba perfecta cuenta de que esta vez no iba a haber enmienda. Había agotado su paciencia, había roto los lazos que nos unían. 

Cuando colgó, sus ultimas palabras sonaron en mis oídos como una sentencia de muerte. Ya lo has conseguido Mario, se terminó.

–¡No puede ser, no puede ser!

Me volví hacia la puerta, tenía que salir de allí, me estaba ahogando. Entonces la vi con los brazos cruzados, obstruyendo mi camino. 

–¿Qué has hecho Mario?

23 noviembre 2014

Capítulo 87 Lejos, cada vez más lejos

(Tiempo aproximado de lectura: 28 minutos)


(Sábado)


 23nov14


Perversa. No se le ocurre otra palabra. Sin embargo, los recuerdos que la han llevado a calificarla de esa forma no le desagradan, quizás deberían provocarle rechazo. Lo intenta pero, muy al contrario, solo consiguen despertar un profundo murmullo de tortuoso placer.

Perversa, Claudia ha sido perversa, depravada, retorcidamente viciosa.

Empezó a ser perversa cuando la dejó sola en la alcoba cerrando tras de sí la puerta del cuarto de baño, envuelta en un mar de confusión. ¿Tenía que abrir la cama antes o después de prepararle la infusión? ¿Estaba allí para follar con ella o era una jodida criada?

No suele hablar mal pero se sentía tan utilizada, tan engañada que lo único que quería en aquel momento era aporrear la puerta del baño y, por primera vez en su vida pronunciar unas palabras que aborrecía: “¡Vete a tomar por culo!”. Luego cogería su bolso, llamaría a un taxi y saldría de allí.

Sin embargo, se quedó quieta, sintiendo como su pecho subía y bajaba atropelladamente, mientras su mente componía una escena en la que entraba en el baño y le cantaba las cuarenta a esa mujer, “¡pero tú quién te has creído que eres!”. Así una, dos, infinidad de veces, reelaborando la escena, haciéndola más compleja, consiguiendo encenderse más en lugar de calmar esa sensación de haber sido humillada sin ningún motivo.

07 noviembre 2014

Capítulo 86 Desesperadamente

(Tiempo aproximado de lectura: 41 minutos)


(Viernes noche)


Los mullidos sillones las recogen en una penumbra que no las oculta del todo. Besos cargados de deseo, caricias marcadas por los nervios de una urgencia a la que Carmen se rinde. El cuerpo de Claudia la cubre y la blusa abierta deja al descubierto sus pechos para que la nueva pupila los bese y los muerda con delicadeza, Claudia domina, dirige, la guía y ella se deja guiar. Lame, succiona, entierra su rostro entre las dos colosales mamas esculpidas a fuerza de gimnasio y cirugía. A Carmen le excitan los ojos curiosos de quienes las ven jugar, ya no se esconde, no rehúye las miradas; al contrario, provoca, incita con esos ojos profundos que una vez turbaron a tantos varones y hoy excitan a hembras que mueren por ocupar el lugar de quien la posee. Se sabe deseada, ¿por qué no dejarse querer y olvidar tanta pena?

Olvidar. Sumergirse entre los senos de Claudia, cerrar los ojos, nublar la mente, hacerse otra vez pequeña entre los pechos de una mujer madura y buscar cobijo donde ocultarse del mundo. Aunque solo sea por unos minutos necesita olvidar el agudo dolor que le ha provocado con su certero aguijón. “Estás enamorada de Carlos, quizás por eso has lanzado a tu marido a los brazos de otra mujer, para poder sentirte libre de amarle sin trabas, sin remordimientos”. 

22 octubre 2014

Capítulo 85 Mea culpa

(Tiempo aproximado de lectura: 49 minutos)



(Viernes mediodía)




“Jean-Marc tuvo un sueño: siente miedo por Chantal, la busca, corre por las calles y, por fin, la ve, de espaldas, mientras camina y se aleja. Corre tras ella y grita su nombre. Está ya a pocos pasos cuando ella vuelve la cabeza, y Jean-Marc, estupefacto, tiene ante sí otra cara, una cara ajena y desagradable. No obstante, no es otra persona, es Chantal, su Chantal, no le cabe la menor duda, pero su Chantal con la cara de una desconocida, y eso es atroz, insoportablemente atroz. La abraza, la estrecha entre sus brazos y le repite entre sollozos: ¡Chantal, mi pequeña Chantal, mi pequeña Chantal!, como si quisiera, al repetir esas palabras, insuflar su antiguo aspecto perdido, su identidad perdida, a aquella cara transformada.”


Milan Kundera, La identidad




Carmen conduce en silencio por la carretera de la Coruña haciendo de una manera automática la ruta hacia su casa, esa ruta que ha hecho tantas veces y hoy recorre sin ilusión, porque no va hacia su hogar. Desea llegar antes que Mario, prefiere recoger sus cosas en soledad y evitar un encuentro incómodo en el que podrían volver a saltar los desencuentros. No tiene fuerzas para discutir, está muy cansada, tan solo desea recoger algo de ropa, unos cuantos objetos personales y algunos recuerdos, estar el mínimo tiempo posible en un entorno que le duele y volver a casa de Irene.

Al enfilar la avenida que conduce al edificio en el que ha vivido tantos años se le encoge el corazón, tan solo una semana antes ese recorrido la hubiera llevado a su refugio, al confort de su hogar. Ahora la guía a un espacio ajeno en el que está de paso, en el que sabe que se va a sentir como si fuera una extraña.