07 octubre 2017

Capítulo 100 El regreso (1)


(Tiempo aproximado de lectura: 32 minutos)

 

Cerrar etapas se está convirtiendo en algo habitual para Carmen. Decir adiós, abandonar el refugio y salir de nuevo al mundo a pesar de la intranquilidad que le provoca es algo que no puede demorar más tiempo. Lleva días sabiendo lo que necesita hacer y hoy ha tomado la decisión. Es el momento.

No ha sido tan difícil. Tomás es un hombre sagaz. No esperaba una llamada de Carmen a media mañana, nunca lo había hecho hasta hoy y enseguida intuyó lo que estaba por venir.

Y no se lo puso difícil, evitó el cuerpo a cuerpo porque no hubiera conseguido mantenerse entero y habría dicho y hecho cosas de las que más tarde se habría arrepentido. «Quiero dejarte el mejor recuerdo de mí» le dijo. No, no iría a despedirse aunque dudó, dudó tanto y tan fuerte que en más de una ocasión tuvo el teléfono en la mano a punto de llamarla. «Espérame, necesito verte, necesito hacerte el amor solo una vez más»

Aguantó dejando que pasaran los minutos, las horas, sintiendo cómo se hacía un poco más viejo.

04 febrero 2017

Capítulo 99 Juntando las piezas


(Tiempo aproximado de lectura: 71 minutos) 


Mullido. Es la palabra que se le viene a la cabeza para definir las sensaciones que tiene en ese momento. Refugiada en el costado de Tomás apoya la mejilla en su pecho. Está recostada, descansa el brazo en su estómago y ha subido el muslo sobre el de él. De ese modo consigue un precario equilibrio que le evita caer de vuelta a la cama.

Tomás es más grueso de lo que aparenta vestido pero es mullido, blando, de tacto suave y agradable. Tiene una capa de vello corto, seguramente se lo arregla con regularidad. Sus axilas aparecen cuidadas, exentas de antiestéticas melenas. Huele bien, no identifica la colonia que usa pero más allá percibe el aroma masculino, olor a hombre, limpio, excitante. 

Le sorprendió desde el primer instante. Los besos en el hall parecían no pedir nada más, solo caricias suaves, sensuales. Caricias expertas que buscaban agradar, excitar la piel sin buscar lo obvio, lo que la mayoría de los hombres pretenden en segundos. No, Tomás no tenía prisa, parecía estar más preocupado por dar placer, por conocer su silueta. No, definitivamente no tenía prisa por salir de aquel pequeño hall.

19 octubre 2016

Capítulo 98 Tiempo de cambios


(Tiempo aproximado de lectura: 33 minutos)

 

—Bueno, ha sido un placer

—¿Ya te vas?

—Es tarde, todavía tengo que organizarme.

Percibió un gesto de extrañeza.

—Como te dije, mis días en la montaña acabaron hoy. Se me ha ido el santo al cielo y aún no he previsto dónde pasar la noche.

—¿A estas horas? Yo, si quieres, tengo un apartamento que...

Carmen sonrió escéptica.

—¿Tu picadero?

—No te ofendas, creo que somos mayorcitos para entender de lo que estamos hablando. Tú necesitas una solución para esta noche y yo la tengo; te dejo las llaves y te arreglas, mañana te organizas y en paz. Eres psicóloga, creo que en el tiempo que hemos estado hablando habrás tenido ocasión de calibrar si en mitad de la noche voy a aparecer para violarte.

—No, no creo. Gracias de todas formas.

Tomás desistió. Carmen miró el reloj, se le había hecho muy tarde.

—¿Ya os vais?

Álvaro se había acercado al verlos levantarse.

—Carmen se marcha, parece que tiene que buscar alojamiento ya que ha rechazado mi oferta.

En un instante se estaba viendo envuelta en una conversación que no deseaba.

—Si, Álvaro, me marcho ya —concluyó con decisión.

—¿Qué es eso de que necesitas alojamiento? —preguntó extrañado.

19 abril 2016

Capítulo 97 Virando hacia Ítaca


(Tiempo aproximado de lectura: 27 minutos)


Me llevan en volandas, boca abajo. Unas manos sujetan mis muslos, otras mis piernas, otras apuntalan mis tobillos. Más arriba mi cintura descansa en unas manos que se ahuecan para sustentar las crestas de mis caderas; saben lo que hacen. Así, a lo largo de todo mi cuerpo que parece volar por la sala en la que me encuentro, manos que aguantan mi vientre, mis hombros, mis brazos extendidos hacia delante como si estuviera volando.

Con todo, la postura no es cómoda; tengo que mantener en tensión el cuello para aguantar erguida la cabeza y poder mirar al frente, mas cada cierto tiempo debo claudicar y dejo caer la cabeza, vencida, agotada. Entonces veo mi pelo largo, mi melena atada en una coleta que se balancea al ritmo que llevan mis porteadores. A veces alguno se apiada, agarra la coleta y tira de ella; mi cráneo se levanta y puedo mirar al frente sin que eso me suponga un esfuerzo para el cuello.

Mis piernas viajan abiertas lo suficiente para que cuando nos detenemos atendiendo al capricho de alguien pueda ser penetrada con facilidad. Tengo el coño muy dilatado, lo siento palpitar todo el tiempo. Ya no llevo la cuenta de las veces que he sido follada, noto los labios hinchados y húmedos. De vez en cuando me aplican una toalla que me refresca y me limpia de restos; la hunden con delicadeza en mi interior y me vacían de semen, luego continúa el peregrinaje.

07 marzo 2016

Capítulo 96 Vidas paralelas

(Tiempo aproximado de lectura: 53 minutos)


—Mírate, si estás en los huesos; y esas ojeras… No lo voy a consentir, estás obsesionada.

—Solo unos días más, ya casi estoy acabando.

—Eso llevas diciendo… ¿cuánto? No Carmen, no. Te  escucho y me asustas, hablas de esa náufraga como si fuera otra persona. Te concedo una semana, después te vienes a casa o si no...

—Irene, por favor.

—No soporto verte así, no te imaginas cómo has cambiado. Tienes que parar, no sé si estás consiguiendo lo que buscas pero por  el camino a lo mejor pierdes más de lo que encuentres.

¿Es posible? Carmen percibe un brote de miedo. Quizás está tensando demasiado la cuerda sin darse cuenta. Todo tiene un límite y puede que no haya calculado la resistencia de las personas que la rodean.

—Te lo prometo, antes de Semana Santa termino con esto.

Irene la mira con escepticismo desde el cuarto de baño con el cepillo de dientes aún en la mano. Carmen observa cómo el enfado se diluye y la mirada se va transmutando desde la incredulidad hacia el deseo. No es extraño, la  imagen debe ser arrolladora; tumbada en la cama, la sábana apenas cubre sus caderas. No se mueve, se deja mirar sin hacer un solo gesto; no  pretende provocarla, sabe que no lo necesita. Esa postura inocente, con una mano tras la nuca y la otra bajo la sábana parece insinuar algo que no sucede pero que bien podría suceder. No se da cuenta pero un leve movimiento, una cadencia forma suaves ondas bajo la tela y capta la atención de esos ojos color miel.