12 enero 2026

 Capítulo 206. Soltando amarras I

 Tiempo estimado de lectura: una hora veinticinco minutos.

 

La razón habla en voz baja, pero no descansa hasta que se la escucha.

El porvenir de una ilusión

Sigmund Freud

 

 

Luces de neón y confesiones

 

El sol se ha hundido hace rato tras los tejados dejando un rastro anaranjado que se desvanece lentamente. Dentro del bar, la luz baja y las melodías suaves crean una atmósfera apropiada para las confesiones. De fondo, la voz melancólica de Françoise Hardy rescata una melodía de los sesenta.

 

Tous les garçons et les filles de mon âge

Se promènent dans la rue deux par deux

Tous les garçons et les filles de mon âge

Savent bien ce que c'est d'être heureux

Et les yeux dans les yeux et la main dans la main

Ils s'en vont amoureux sans peur du lendemain

Oui mais moi, je vais seule par les rues, l'âme en peine

 

Todos los chicos y chicas de mi edad pasean por la calle en pareja.

Todos los chicos y chicas de mi edad saben bien lo que significa ser feliz.

Mirándose a los ojos y cogidos de la mano, van enamorados sin miedo al mañana.

Sí, pero yo, yo voy solo por la calle como un alma en pena. (1)

 

Mario paladeaba el final de su segundo whisky. Emilio, sentado frente a él, había dado sólo un par de tragos. Llevaban casi diez minutos de silencio tenso, interrumpido por los choques del hielo.

 

—Me preocupas, no te veía tan jodido desde que Carmen y tú os separasteis.

 

El aludido bajó la cabeza y fijó la mirada en el dedo que deslizaba por el borde del vaso. Estaba abatido, no encontraba las palabras para narrar el naufragio que le oprimía el pecho. Emilio se inclinó sobre la mesa con el rostro iluminado por el neón rojo del cartel de la barra.

 

—No fastidies, ¿así estáis otra vez?

 

Mario levantó la mirada. Sus ojos, siempre chispeantes, estaban cansados.

 

—Peor —confesó derrotado—, mucho peor. Nos separamos, Emilio, es definitivo, cuestión de días; sólo estamos esperando a… a ordenar un par de cosas y… —se encogió de hombros—. Habrá que decírselo a la familia.

 

Emilio se echó hacia atrás, mudo de asombro. Intentó hablar, pero no le salió la voz. Mario, apoyándose en la mesa, acortó la distancia y le dedicó una sonrisa cargada de frialdad. Era el golpe final.

 

—Aprovecha —dijo con la voz embotada por el alcohol—. Es tu momento. Llevas años suspirando por ella.

 

—No digas burradas —contestó, ofendido—. Has bebido, llevas dos copas mientras yo solo he mediado la mía. Cállate.

 

—En serio, te lo digo de corazón. —Mario agitó el hielo en el vaso con un tintineo lúgubre—. Carmen está viviendo la vida y hace bien, lo merece. Lo hace para olvidar los malos tragos que le he hecho pasar, los años de sinsabores. Yo también hago lo mismo, no te creas. Últimamente paso más tiempo con Elvira que con ella.

 

Le hizo una seña al camarero apuntando al vaso vacío; luego, prosiguió.

 

—Se acabó, tío, se acabó, la he perdido. Llámala, le vendrá bien un poco de mimito y un buen polvo.

 

—No sé cómo puedes hablar así de tu mujer. De verdad, deja de beber. —respondió visiblemente molesto por tal falta de respeto. La mezcla del anuncio de la ruptura y la sugerencia obscena era un trago demasiado amargo.

 

Mario se perdió en el reflejo oscilante de la luz en el whisky.

 

Emilio no consiguió moverlo de la mesa. Ya en la calle, sacó el móvil del bolsillo. Dudó un instante mirando la espalda encorvada del amigo al que sentía estar traicionando. Luego, respiró hondo y buscó el contacto de Carmen. Pulsó el botón de llamada y echó a andar dando vueltas frente a la fachada del bar. El tono sonó un par de veces.

 

—¿Emilio? —parecía sorprendida, pero no del todo.

 

—Hola. Llamaba... para ver cómo estás.

 

Hubo una pausa al otro lado de la línea. Tal vez no había sido una buena idea.

 

—Te esperaba.

 

Emilio miró hacia el bar. Su socio levantaba el vaso en un brindis silencioso. El alcohol le había dado un coraje triste y devastador.

 

—¿Sí?, bueno... Mario y yo estábamos tomando algo —murmuró—. Me ha contado la situación. Lo de… la separación.

 

Al otro lado de la línea escuchó el ruido de un sorbo tranquilo. Carmen siempre bebía un té a estas horas, o quizá era otra cosa, algo más fuerte, dependiendo de la "agenda" de la noche.

 

—“La he perdido”. Eso le va diciendo a todo el mundo —contestó, sin rastro de emoción—. ¿Y tú? ¿Llamas por cortesía, o es otra cosa?

 

Emilio sintió el cosquilleo de la adrenalina. Carmen nunca se andaba con rodeos, y menos por teléfono.

 

—Ya sabes por qué te llamo.

 

Ella rió. A él le gustaba el sonido de su voz, grave e infinitamente seductor.

 

—Vaya, veo que la diplomacia sigue sin ser lo tuyo, Emilio. Siempre al grano. Supongo que Mario, entre copa y copa, te lo habrá dejado claro: tienes vía libre. Como si yo fuera un Porsche recién salido de fábrica y él te estuviera entregando las llaves. ¿Me equivoco?

 

—No sé cómo puede hablar así de ti —y aunque intentó sonar indignado, había un matiz de deseo culpable.

 

—Lo hace porque lo sabe. Lo sabe desde hace mucho. —la voz de Carmen había pasado a convertirse en un susurro conspirativo pero firme, el mismo tono que usaba en las sesiones de terapia o en las negociaciones.

 

—Yo no pretendo aprovecharme de vuestra situación.

 

—Sabe que la "prestigiosa psicóloga" se ha hartado de silencios, engaños y vacilaciones. Sabe que necesito sentirme deseada por lo que soy y no por lo que ve en las miradas ajenas. Me falta... un tipo de relación que no me da. Además, tú siempre has sido mi mejor cliente.

 

Emilio apretó el móvil. Le molestaba esa etiqueta, pese a ser cierta. Había veces que le pagaba no solo por sexo, sino por tener para él a la mujer de su mejor amigo sin el disfraz de la esposa perfecta.

 

—No seas cínica. Nos acostamos porque... porque hay algo entre nosotros que siempre ha estado ahí, desde el principio. Y ahora que sois libres...

 

— Ahora las reglas son las mismas, pero el pago es distinto —lo interrumpió, recuperando ese aire de quien gestiona su propio negocio—. Te quiero en mi cama, Emilio; más allá de una noche aislada. Pero la dinámica es la misma. Conoces mi vida, sabes cuál es mi oficio, no trabajo gratis; especialmente cuando pongo en riesgo mi nueva "libertad".

 

Emilio tragó saliva; miró hacia donde seguía sentado, con un gesto patético de derrota, el hombre que le había entregado a su mujer.

 

—¿Cuánto? —preguntó. La cifra importaba menos que el ritual de la transacción.

 

—La tarifa habitual por toda una noche. Pero con un extra: un pequeño aumento por la disponibilidad. A partir de ahora, no tienes que esperar a que encuentre un hueco libre. Puedes tener a la psicóloga, o puedes tener a la... puta, o a la compañera. Tú eliges qué pagas.

 

—Mañana. ¿Tu casa o la mía?

 

—La mía. Estará con Elvira, ya me encargo, y la discreción sigue siendo una prioridad, cariño, aunque nos hayamos hecho la vida imposible, sigue siendo Mario.

 

—De acuerdo. Estaré allí después de comer.

 

—Te espero. Y Emilio... gracias por la llamada. Necesitaba un poco de... compañía.

 

Colgó sin despedirse.

 

Emilio guardó el móvil y regresó al bar. Mario levantó la mirada inexpresiva.

 

—¿Y bien? —preguntó, arrastrando las palabras.

 

—He hablado con ella. Está en casa, le ha venido bien que la llame. Hemos quedado mañana en vuestra casa. Dice que vas a estar con Elvira.

 

—Vaya, no tenía la menor idea.

 

—Si no estás de acuerdo…

 

—Te lo dije. Es tu momento —Mario levantó el vaso otra vez, brindando al aire—. Yo ya estoy de salida. A por la vida, Emilio. A por la vida.

 

 

Somos una piña

 

Carmen estudió a Pablo. Tenía un currículo impecable. Lo había propuesto Ángel después de que rechazara incorporar a Elsa por enésima vez. Él era el candidato, y ella lo sabía.

 

Habían hablado durante casi una hora sentados en los sillones de cuero frente a la pequeña mesa de centro de su despacho en lugar de distanciados con el escritorio por medio, de ese modo, los entrevistados se abrían más. Cruzó las piernas y apoyó los codos en las rodillas.

 

—Bueno, Pablo, creo que tengo una idea bastante clara. En unos días tendrás respuesta.

 

Ángel entró sin llamar; la puerta se cerró tras él con un golpe seco.

 

—Perdonad el retraso, veo que ya os conocéis —dijo, mientras se situaba tras ella.

Deslizó las manos por los hombros de Carmen con una complicidad invasiva. Desprendía un fuerte olor a tabaco y su cercanía resultaba excesiva; la atmósfera de confianza que ella había logrado construir se evaporó en un instante.

 

—Ya hemos terminado —respondió intentando sonar tranquila y profesional—. Le he dicho a Pablo que en unos días tendrá noticias mías.

 

Ángel le apretó los hombros.

 

—¿Qué hay que pensar? —dijo mostrando un fastidio fingido—. Pablo es el candidato adecuado, Deja de darle vueltas.

 

—Bueno… —Carmen trató de girarse, pero las manos de Ángel lo impidieron. Una caricia lenta y húmeda resbaló por su mejilla hacia el cuello, deteniéndose justo en la base de la oreja. Se quedó sin aliento. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Delante de Pablo?

 

—Está decidido. Bienvenido a bordo.

 

Pablo, que había seguido toda la maniobra sin pestañear, respondió algo tenso.

 

—No sé qué decir.

 

Sus ojos estaban centrados en la mano que, con una lentitud insoportable, le acariciaba la delicada curva de la clavícula.

 

—Ya verás lo bien que se trabaja con Carmen, ¿verdad?

 

Ángel le levantó el mentón, pero ella le esquivó la mirada. Luego, el dedo resbaló por el cuello y se perdió en el escote de la blusa. Sintió el roce en el sujetador antes de que la mano, con una facilidad espeluznante, entrara dentro y comenzara a amasarle el pecho izquierdo.

 

Se quedó inmóvil. El aire se le atascó en la garganta. Vio a Pablo boquiabierto; sus ojos observaban la mano oculta que no permanecía quieta.

 

—Somos una piña, ya lo comprobarás, Pablo —insistió Ángel, con la intensidad de un entrenador de balonmano en el vestuario—. Aquí trabajamos duro; no hay comisiones como en las empresas de servicios. Sin embargo… —acortó la distancia para rozar su mejilla y le robó un beso fugaz—. Tenemos otro tipo de incentivos.

 

Apretó el pecho cautivo y lo zarandeó. El efecto se hizo dolorosamente visible en el tejido de la blusa. La vergüenza estuvo a punto de hacerle retirar la mirada. Quiso encogerse, esconderse, pero era la directora de relaciones institucionales, el curso de los próximos acontecimientos dependía de la imagen que diera en este preciso instante. Clavó los ojos en la mirada de Pablo, aflojó la tensión de la mandíbula y exhibió una media sonrisa, una sonrisa firme, segura, mientras Ángel seguía sobándola. La única opción era huir hacia delante y sobrepasar la humillación. Aceptó el magreo fingiendo que era ella quien lo concedía.

 

La reunión había terminado. Era el momento de la despedida. Ángel y Pablo con un apretón de manos contundente, un típico gesto de complicidad masculina. Llegó el turno de Carmen. Pablo amagó un formal beso en la mejilla, un rápido adiós profesional.

 

—¡Venga ya, que somos un equipo! —intervino Ángel.

 

Ella lo comprendió al instante: la única forma de sepultar la humillación era con audacia. Tomó la iniciativa, rodeó el cuello de Pablo y, en un movimiento rápido y decidido, buscó esos labios carnosos que la habían cautivado desde el primer momento. Tras un segundo de desconcierto, Pablo respondió, la sujetó firmemente por la cintura, pronto descendió a los glúteos apretándola contra él. Carmen pudo sentir, sin ambages, la firme evidencia de su deseo.

 

Cuando se separaron, percibió el ritmo agitado de su pecho.

 

—Vale, chicos —cortó Ángel, dando una palmada en el aire—, que no tenemos todo el día. Os invito a comer.

 

—¿Nos esperas un momento en la entrada? —Carmen no apartó la mirada de él hasta que salió del despacho. En cuanto cerró la puerta, se giró con los ojos echando chispas.

 

—¿Qué coño haces?

 

Ángel se encogió de hombros y mostró una sonrisa de suficiencia.

 

—Cálmate, intento que aproveches al máximo tu potencial. Después de enterarme de todo lo que eres capaz de ofrecer, estoy convencido de que estás desaprovechando tu… talento. —terminó mirándole con descaro los pechos.

 

—¡No me jodas, Ángel! —dio un paso señalándolo con el dedo.

 

Ángel perdió la sonrisa.

 

—Plantéatelo así: lo mismo eres capaz de venderte en un puticlub de mala muerte por cuatro perras que volver loco al subsecretario de Economía y sacarle un contrato de cuatrocientos mil euros. Por esa misma regla de tres, lograrás incentivar a un psicólogo ambicioso, alguien de buena familia, poseedor de excelentes contactos y con ansias de éxito profesional. Pablo se va a comer el mundo para conseguir que te abras de piernas.

 

La sangre le hirvió en las venas, pero no perdió el control.

 

—¿Eso es lo que pretendes de mí? —preguntó, sintiendo un nudo en el estómago.

 

—¿Por qué no? Tú sola no vas a alcanzar todos los objetivos que nos hemos propuesto en este ejercicio. Con Pablo en el equipo, bien motivado, superaremos la cifra. Míralo: un beso, un magreo de polla y lo tienes comiendo de la mano. Y lo que te va a comer si consigue cumplir los objetivos.

 

Carmen apretó los puños.

 

—Es tan… sucio.

 

Ángel respondió sin dudarlo.

 

—En peores camas te has metido y peores pollas has mamado, no vayas conmigo de digna. Venga, vamos a comer y le expongo las reglas.

 

De pronto, un doloroso e insoportable "A la mierda, ya qué más da" se apoderó de ella. Era una sensación de hastío, de que todo, absolutamente todo, daba igual. La humillación estaba ahí, sólo podía abandonar o seguir el juego. Pero lo iba a hacer a su manera.

 

—Si alguien tiene que contarle las reglas soy yo —dijo, recuperando el aplomo—. No me quites también la autoridad.

 

Ángel sonrió complacido ante el cambio de actitud.

 

—De acuerdo. Déjame el final para mí, le ataré corto como hice con aquel compañero de tu marido que nos pilló con las manos en la masa. —dijo sobándole el culo. Carmen lo apartó. El recuerdo de Vicente Galeano, arrinconado por haberle visto meterle mano, la golpeó. (3)

 

—¿Vas a amenazarle?

 

—Le voy a advertir —matizó Ángel, moviéndose hacia la puerta.

 

En el restaurante, tenían reservada una mesa de cuatro. Carmen se sentó al lado de Pablo, Ángel quedó frente a ellos, presidiendo. Pidieron de forma rápida saltándose las formalidades innecesarias.

 

Carmen inició la presentación: la estructura del gabinete, las áreas de actuación, los clientes principales. Mientras hablaba con absoluta profesionalidad, deslizó la mano izquierda bajo la mesa hasta posarla sobre el muslo de Pablo.

 

—Los objetivos son ambiciosos —continuó, proyectando una intensidad en la mirada que trascendía el plan de trabajo—. Pero los incentivos… resultan excepcionales.

 

Su mano inició un ascenso pausado y provocador. Notó la tensión en el cuerpo del joven, pero ella mantuvo el tipo; su voz siguió desgranando los objetivos trimestrales como si nada ocurriera bajo el mantel.

 

—Exigimos entrega absoluta, un compromiso firme…

 

Al llegar a la bragueta, Carmen se detuvo. Sin dejar de mirarlo a los ojos, la punta de su dedo índice trazó el contorno de la erección. Él contuvo la respiración. Entonces, con un gesto sutil, ella le animó a bajar la mano. El contacto de Pablo en el muslo de Carmen fue electrizante para ambos.

 

—El incentivo principal, Pablo, es que tendrás el respaldo pleno de la dirección; en particular, el mío.

 

Envalentonada por su pasividad, bajó la cremallera con una facilidad pasmosa. Liberó el miembro, ya firme y caliente, y lo acarició para calibrar su grosor. Pablo era incapaz de articular palabra; estaba a su merced.

 

—...y si alcanzas las metas, no habrá límites, ¿entiendes? La recompensa será absoluta.

 

Él asintió, hipnotizado. Aquella mujer gobernaba su sexo con una mano mientras él, bajo la mesa, palpaba la textura húmeda de la lencería de su futura jefa. Pablo aceptó en silencio; en ese momento, habría firmado cualquier cosa.

 

Ángel se aclaró la garganta.

 

—Bienvenido al equipo, Pablo. Ahora, la contrapartida.

 

La sonrisa de Ángel había desaparecido. Se inclinó sobre la mesa y lo miró fríamente.

 

—Discreción. Es una regla inviolable. Lo que pasa en este departamento queda en el departamento. A nadie, repito, a nadie se le cuenta una sola palabra de lo que has visto, oído o experimentado.

 

Carmen sintió cómo el miembro comenzaba a desinflarse en su mano, una respuesta física al miedo.

 

—Si le cuentas a alguien lo que pasa aquí... será tu muerte profesional. Nadie, repito, nadie te va a contratar. Ni siquiera para trabajar en un kiosco de prensa. Y si continúas hablando, me encargaré personalmente de hacerte desaparecer del mapa.

 

Ángel se reclinó en la silla, sus ojos permanecieron alerta como los de un depredador.

 

—Pero eso no va a suceder —dijo esbozando una sonrisa de benevolencia y el aire paternalista de quien aconseja a un niño descarriado—. Eres inteligente.

 

—Por supuesto.

 

Carmen le guardó el miembro, fláccido, y le subió la cremallera, luego se olisqueó la mano ostensiblemente para relajar el ambiente. Tal vez más tarde recordase que hubo un momento en que se planteó rechazar ese juego, pero ahora, ahora lo había olvidado por completo.

 

 

La Cita: El Precio de la Libertad

 

Emilio salió de la consulta a las seis y media de la tarde con la luz mortecina ya casi extinguida sobre Madrid. Lloviznaba fino, esa lluvia que no moja pero cala hasta los huesos. Abrió el paraguas en el portal y caminó hacia el parking. Emilio no era el tipo de hombre que corre por el Retiro al amanecer, tampoco era de frecuentar un gimnasio; su cuerpo era el de alguien que ha vivido con comodidad: abdomen ligeramente abultado, hombros anchos pero sin definición, manos grandes y cuidadas, cabello gris plateado peinado hacia atrás con discreción. Vestía como de costumbre: traje azul marino a medida, camisa blanca, corbata granate y abrigo tres cuartos. Clásico, serio, el aspecto de un psicólogo asentado en la madurez.

 

Durante el trayecto, pensó en Mario. Le había estado evitando el día entero encerrado en su despacho. No había mucho de qué hablar; ambos sabían lo que iba a ocurrir esa noche. A esta hora, Mario ya habría recogido a Elvira. Habían quedado en que no aparecería por casa, se quedaría con ella hasta el día siguiente. Discreción absoluta, como siempre.

 

Detuvo el auto frente a la barrera del parking y suspiró, observando cómo el vaho avanzaba por el parabrisas. Pronto el cristal estaría tan empañado que no distinguiría el exterior; exactamente como la mente de Mario, incapaz de razonar ante lo que se le venía encima. 

Apartó la idea con el rechazo instintivo hacia una superstición que pudiera arruinarle la noche.

 

Aquella cita era el precio a pagar por la libertad, lo pensó con una amargura que no lograba digerir. Para un hombre de su posición, la libertad no es un estado natural, sino una mercancía de lujo que se paga en cuotas de soledad, mentiras piadosas y una logística asfixiante. No era sólo un encuentro íntimo; era el peaje necesario para poder respirar fuera de la vitrina en la que se había convertido su vida. Cada minuto de autenticidad tenía un coste altísimo en reputación y silencio, pero en ese momento, bajo el cielo plomizo de Madrid, estaba dispuesto a pagarlo.

 

Un toque insistente de bocina lo sacó de sus pensamientos La barrera esperaba levantada a que saliese del parking. Arrancó.

 

A las siete y media, Emilio pulsó el interfono del portal. La voz de Carmen, grave y serena, respondió al instante:

 

—Sube.

 

El ascensor olía limpio. Durante un segundo, creyó percibir el rastro de su perfume impregnado en cada rincón. Ilusiones de la mente. Cuando llegó a su planta, la puerta estaba entreabierta.

 

Entró sin llamar.

 

El salón estaba en penumbra iluminado sólo por la luz cálida de la lámpara de pie y el resplandor anaranjado de la ciudad que entraba por las ventanas. Carmen salió a recibirlo descalza, con un vestido de punto negro que le llegaba justo por encima de las rodillas, ceñido pero no provocativo, aunque el tejido se amoldaba a su figura con una precisión que no dejaba dudas sobre las formas que pretendía, discretamente, subrayar; justo el tipo de prenda que parece casual y que cuesta una fortuna. Llevaba el cabello suelto, negro azabache cayendo sobre los hombros; en la mano derecha sostenía una copa de vino tinto medio vacía.

 

—Llegas puntual —dijo, acercándose para darle un beso en la comisura de los labios—. Quítate el abrigo, ¿está lloviendo?

 

Emilio se despojó del abrigo y lo colgó en el perchero de roble de la entrada. Notó que el salón estaba ordenado con esa pulcritud que la caracterizaba: libros alineados, cojines perfectamente colocados, una vela aromática encendida en un rincón. Sobre la mesa, la botella de vino —un Ribera del Duero que reconoció como uno de sus favoritos— y una copa limpia.

 

—¿Has tenido un día largo? —preguntó ella mientras servía el vino—. Pareces agotado. 

 

—Lo habitual. El papeleo de la consulta a veces pesa más que las palabras de los pacientes.

 

Sonrió, sabía de lo que hablaba. Tras ofrecerle la copa, se acomodó en el sofá y cruzó las piernas dejando los muslos a la vista. Emilio percibió de inmediato la calidez de su piel desnuda, sin medias. Emilio tomó la copa que Carmen le tendía, sus dedos rozaron los de ella en un contacto deliberadamente breve. El vino era denso, con ese aroma a frutos rojos maduros que tanto le gustaba, pero esta vez apenas lo probó. Se había sentado en el sofá manteniendo esa distancia inicial que siempre marcaba el comienzo de sus encuentros: la frontera entre lo conocido y lo prohibido, una distancia prudente, pero ella la acortó en un segundo: se inclinó para alcanzar el mando y sumir el salón en una penumbra aún más íntima.

 

Carmen tomó un sorbo de su vino, observándolo por encima del borde de la copa. Sabía que él no había venido solo a hablar del día. Nunca lo hacía. Emilio dejó la copa en la mesa baja, junto a la vela que desprendía un aroma sutil a vainilla y madera. Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta —aún la llevaba puesta, como si quitársela del todo significara cruzar una línea que aún quería retrasar— y sacó un sobre blanco, grueso, sin membrete ni inscripciones. Lo depositó con cuidado sobre la mesa baja, entre las dos copas y la botella, justo al lado de la vela. El sobre quedó allí, visible como un objeto más de la decoración, pero con un peso que ninguno de los dos podía ignorar.

 

Carmen bajó la mirada hacia él. Sus ojos volvieron a los de Emilio con esa mezcla de profesionalidad fría y deseo contenido que tan bien dominaba.

 

—Seiscientos —dijo Emilio en voz baja, sin necesidad de especificar más—. Como acordamos por teléfono. La tarifa habitual más el extra por la… disponibilidad.

 

Ella asintió lentamente, sin prisa. Extendió la mano, tomó el sobre con un gesto elegante y lo abrió lo suficiente para confirmar el contenido —billetes ordenados, crujientes, exactos—. Luego, lo dejó de nuevo sobre la mesita baja, pero esta vez más cerca, como quien marca su territorio sobre un objeto que ya le pertenece.

 

—Perfecto —dijo con voz serena, grave—. Me gusta que seas formal también con esto. Las reglas siguen siendo las mismas, Emilio. Aunque Mario y yo estemos separándonos, aunque todo cambie alrededor… esto no.

 

Emilio sintió un calor subirle por el cuello, mezcla de excitación y culpa. La contundencia de sus palabras, esa reafirmación tajante de la transacción era precisamente lo que siempre lo había atraído: la claridad absoluta en medio del caos emocional.

 

—Siempre tan profesional —murmuró él, con un matiz de admiración que no pudo disimular.

 

Carmen sonrió levemente, una sonrisa que esta vez sí llegó a los ojos, aunque con un brillo calculador.

 

—Es lo que me mantiene a salvo —respondió—. Y lo que te hace a ti volver.

 

Se inclinó hacia él, acortando la distancia restante. El sobre quedó olvidado entre ellos sobre la mesa, pero seguía allí, como un recordatorio silencioso del pacto que los unía. Entonces alcanzó el mando a distancia y bajó aún más la intensidad de las luces, sumergiendo el salón en una penumbra íntima donde las fronteras, aunque claras, empezaban a difuminarse.

 

—Mario ha llamado hace un rato —dijo ella sin preámbulos—. Para confirmar que se queda allí esta noche. Ha sido… educado. Distante, pero educado.

 

—Allí, es…

 

—En casa de Elvira; no nos molestará.

 

Emilio tomó un sorbo largo de vino. El sabor era denso, con notas de mora y madera.

 

—No hemos hablado hoy —murmuró—. Ha estado esquivándome todo el día.

 

—Normal. Aún lo está procesando. Pero sabe tan bien como yo que esto era inevitable. Llevamos meses sabiéndolo.

 

Hubo un silencio denso, solo interrumpido por el rumor lejano del tráfico y el tic-tac de un reloj de pared.

 

Emilio frenó las palabras justo a tiempo. Quería preguntar: «¿Y vosotros? ¿Cuándo firmaréis? ¿Cómo vais a organizarlo todo?». Pero recordó su lugar. No estaba allí en calidad de amigo de la pareja, sino como cliente. Era el hombre que acababa de dejar seiscientos euros sobre la mesa a cambio de unas horas de intimidad exclusiva. Preguntar por el futuro de su matrimonio, por los detalles dolorosos de la ruptura, sería romper la ilusión que ambos mantenían con tanto cuidado: la de que esto era un servicio aséptico, bien delimitado, sin interferencias emocionales externas. Sería estropear la noche, introducir la realidad cruda en un espacio que habían acordado mantener en suspenso. Así que se limitó a asentir dejando que el silencio se alargara un poco más, mientras sus dedos mecían la copa con más ahínco del necesario.

 

Carmen lo observó con esa mirada suya, profunda y analítica como si pudiera leer cada pensamiento que él decidía no pronunciar. Luego, con un movimiento lento, apoyó su copa en la mesa y se inclinó hacia él, rozando su rodilla con la suya.

 

—No hablemos más de él esta noche —dijo en voz baja, casi un susurro—. Ya tiene bastante con su propia cabeza.

 

Emilio alzó la vista y encontró sus ojos. Asintió de nuevo, esta vez con alivio.

 

—No hablaremos más de él —repitió, y dejó que la penumbra y el calor de su cercanía borraran poco a poco el nombre de Mario de la habitación.

 

Carmen dejó la copa en la mesa y giró el cuerpo hacia él, apoyando un brazo en el respaldo del sofá.

 

—Emilio —dijo con voz baja—, hoy no quiero terapia ni juegos de roles: la esposa dolida, el amigo confidente… Quiero que estemos aquí, los dos, sin etiquetas. ¿Puedes hacer eso?

 

Él la miró a los ojos. En la penumbra, el rostro de Carmen parecía más joven, más vulnerable de lo habitual. Asintió lentamente.

 

—Puedo intentarlo.

 

Ella sonrió, se acercó y lo besó. No fue un beso impostado ni profesional, fue un beso lento e intenso, como si estuvieran conociéndose de nuevo. Las manos de Emilio subieron por la espalda, notó la suavidad del tejido y, debajo, la calidez de su piel. Carmen se acomodó sobre su regazo como una gata, él sintió el peso ligero de su cuerpo, el roce de sus muslos en los suyos. Se besaron durante largos minutos, sin prisa por desnudarse, como si ambos tuvieran miedo de romper el hechizo. Cuando finalmente Carmen se apartó un poco, tenía las mejillas sonrojadas y los labios hinchados. Emilio le clavaba la erección en un muslo.

 

—Ven —susurró, tomando su mano.

 

Lo llevó a la alcoba. La cama estaba vestida con sábanas de satén de algodón de un gris plomizo que atrapaba los reflejos anaranjados de la calle, las cortinas mal cerradas, solo una lámpara de mesilla encendida. Emilio estuvo tentado de advertírselo; no lo hizo.

 

Carmen se quitó el vestido con un solo movimiento, debajo llevaba un conjunto de lencería negra pensado para abrumar: un sujetador de encaje delicado que parecía diseñado para ser admirado lentamente y una braguita a juego que, sin ser provocativa en exceso, tenía el corte y los detalles sutiles que dejaban claro que no era una elección cualquiera. Emilio reaccionó por fin y se desabrochó la corbata, la camisa, el cinturón, con la lentitud de quien no quiere parecer ansioso. Cuando quedó en boxers, ella se acercó y lo ayudó a quitárselos, rozando deliberadamente su erección ya húmeda. Empapó un dedo en la pequeña abertura, lo introdujo por el prepucio y recorrió el glande por debajo del grueso pellejo, Emilio tembló sin poder evitarlo; luego se lo llevó a la boca y lo chupó, esas eran las cosas que lo volvían loco y ella le daba gustosamente.

 

Se tumbaron en la cama, uno frente al otro. Carmen pasó los dedos por el pecho de Emilio, por las canas plateadas, por la ligera curva de su abdomen.

 

—No estás en forma —dijo con una sonrisa tierna—, pero me gustas así. Real.

 

Él rio bajito, algo avergonzado, y la atrajo hacia sí. Besó su cuello, sus hombros, bajó hasta los pechos liberados del sujetador, los pezones se endurecieron en su lengua; ella suspiró y arqueó la espalda. Sus manos bajaron por la espalda de él, arañando ligeramente con las uñas, marcando territorio. Emilio descendió más, besó el vientre plano, las caderas, hasta llegar al interior de sus muslos. Carmen abrió las piernas sin pudor y guió su cabeza con suavidad. Él la lamió despacio, saboreándola, notando cómo se humedecía rápidamente, cómo sus caderas se movían al ritmo de su lengua. Ella gemía sin exageración, sonidos bajos y auténticos que lo excitaban más que cualquier actuación.

 

Carmen alcanzó su primer orgasmo en un temblor largo y silencioso mientras ceñía los muslos en torno a su cabeza y perdía los dedos entre las hebras de su cabello gris. Después, lo atrajo hacia arriba y lo besó, probándose a sí misma en sus labios.

 

—Ahora tú —susurró.

 

Lo empujó con suavidad hasta dejarlo boca arriba. Empezó entonces un recorrido pausado por su cuerpo: besó el pecho, recorrió el abdomen y, finalmente, lo tomó en su boca. Se demoró en el gesto, sin asomo de prisa; alternó la succión profunda con el roce lento de la lengua en la punta. Emilio cerró los ojos, entregado a esa calidez húmeda que lo envolvía. Justo cuando sintió que lo tenía al límite, se acomodó a horcajadas sobre él. Se introdujo el miembro lentamente, centímetro a centímetro, mirándolo a los ojos. Ambos suspiraron al mismo tiempo. Carmen comenzó a moverse con un ritmo pausado, ondulante, como si quisiera alargar el momento todo lo posible. Emilio le agarró las caderas, no para guiarla, sino para sentirla. Sus pechos rebotaban cerca de su rostro; él los tomó, los besó, succionó los pezones hasta que ella aceleró. Se escuchaba el choque de los cuerpos, los jadeos, el crujir de las sábanas. Carmen se inclinó hacia adelante y apoyó las manos a ambos lados de su cabeza; su cabello cayó como una cortina negra que los envolvió.

 

—Emilio… —susurró, casi como una confesión.

 

Él empujó hacia arriba y ella devolvió el embate; Sus cuerpos impactaban en una cadencia perfecta; él crecía dentro de ella con cada empuje mientras ella respondía con la presión instintiva de su propio cuerpo, abrazándolo desde dentro.

 

Un nuevo orgasmo la arrasó con un largo gemido que reprimió en su hombro. Fue el detonante; él alcanzó el clímax con un gemido sofocado y la estrechó contra su pecho en un abrazo tan posesivo como si temiera que ella pudiera desvanecerse en el aire.

 

Permanecieron así, unidos, sudorosos, ahogados durante minutos. Después, Carmen se apartó con suavidad, se tumbó a su lado y apoyó la cabeza en su pecho.

 

—¿Tienes hambre? —preguntó con voz ronca.

 

Él rio suavemente.

 

—Un poco.

 

Se levantaron, Carmen le ofreció una bata —era de Mario, algo que ninguno mencionó— y fueron a la cocina. Carmen calentó sobras de un arroz meloso con bogavante que había hecho el día anterior. Comieron en la isla, uno frente al otro, hablaron de cosas triviales: pacientes difíciles, un libro que ella estaba leyendo, la lluvia que no cesaba.

 

Emilio recogió los platos vacíos —aún tibios, con ese aroma a bogavante que flotaba en el aire de la cocina— y los dejó en el fregadero. Carmen, envuelta en una bata de seda gris que le quedaba un poco grande (también de Mario, aunque ninguno lo mencionara), se inclinó para darle un beso rápido en la mejilla.

 

—Voy a ducharme un momento —dijo en voz baja, algo afónica por la cena y por lo que había ocurrido antes—. Prepara el café si quieres, ya sabes dónde está todo.

 

Él asintió observándola mientras desaparecía por el pasillo descalza, con el cabello húmedo de sudor pegado a la nuca. Entonces se acercó a hurtadillas a su propia ropa y de la chaqueta sacó una pastilla azul. La cocina estaba en penumbra, solo iluminada por la luz del extractor y por el resplandor lejano de las farolas que se filtraba desde el salón. Emilio bebió medio vaso de agua con la pastilla, luego abrió el armario alto, sacó la cafetera italiana, llenó el depósito de agua, midió el café molido con la misma confianza que si estuviera en su casa. El ritual le resultaba extrañamente doméstico, casi marital, y eso le provocó un pinchazo breve de culpa que intentó ignorar.

 

Mientras el café subía lentamente, llenando el silencio con el gorgoteo, él se apoyó en la encimera y miró alrededor. Todo estaba en su sitio: los cuchillos magnéticos alineados, las tazas colgadas por el asa, el calendario de pared con anotaciones tachadas en rojo. La vida de Carmen y Mario —o lo que quedaba de ella— seguía respirando en esos detalles.

 

Cuando el café estuvo listo, apagó el fuego, sirvió dos tazas pequeñas —sin azúcar para él, una cucharadita para ella— y salió de la cocina con ellas en la mano. El salón estaba en silencio, salvo el rumor lejano de la ducha que se apagó pasados unos minutos. La escuchó trastear en el baño, la esperó pacientemente, luego la oyó salir. Agotada la reserva de paciencia, recorrió el pasillo esperando verla en el dormitorio, pero lo encontró vacío.

 

Entonces la escuchó.

 

Había un pequeño estudio al fondo, lo vio la primera vez que estuvo con ella, una habitación que Carmen usaba como refugio personal: un escritorio antiguo, estanterías llenas de libros de psicología y novelas, y un gran ventanal que daba a la plaza. La puerta estaba entreabierta, y una franja de luz plateada —la luna fría de invierno — se derramaba sobre el suelo de tarima.

 

Carmen estaba allí, de espaldas, desnuda.

 

Mantenía una rodilla flexionada mientras el otro pie, firme en el suelo, tensaba la pantorrilla y acentuaba la curva de la cadera. Inclinada hacia adelante, con la frente a casi nada del cristal.

 

La luz de la calle y de la luna la bañaba en tonos de plata y sombra convirtiendo su cuerpo en una silueta de contornos suaves y precisos. El cabello negro le caía como una cascada rozando la curva de los hombros. Sus pechos se marcaban de perfil, el pezón derecho era apenas visible en la penumbra; la línea de su cintura se estrechaba antes de abrirse en las caderas, y entre sus muslos ligeramente separados se intuía la sombra íntima que él ya conocía tan bien.

 

No se movía. Sólo miraba hacia la ciudad dormida, con una mano apoyada en el marco de la ventana y la otra colgando floja a lo largo del cuerpo. Había algo en su postura —una mezcla de abandono y vigilancia— que hizo a Emilio detenerse en seco en el umbral, sin atreverse a hablar. El vapor de las tazas de café subía entre sus dedos, pero él ni lo notaba.

 

Durante unos segundos largos, solo se oyó el tictac lejano del reloj del salón y el rumor amortiguado del tráfico en la calle de abajo.

 

Finalmente, Carmen habló en voz baja sin volverse:

 

—No enciendas la luz.

 

Emilio dejó las tazas con cuidado sobre el escritorio, se quitó las zapatillas de Mario para no hacer ruido y se acercó. Cuando llegó detrás de ella, se detuvo a un palmo de distancia, sintió el calor que irradiaba su piel desnuda en contraste con el frío que se colaba por el marco de la ventana.

 

—¿Frío? —preguntó en un susurro.

 

—Un poco —respondió ella, sin moverse—. Pero me gusta. Me mantiene despierta.

 

Emilio se despojó de la bata —también prestada— y la dejó caer al suelo. Quedó desnudo él también. Su cuerpo maduro, con la leve redondez del vientre y el pecho cubierto de vello gris, contrastaba con la tersura joven de ella. Se acercó hasta que su pecho le rozó la espalda; sus manos rodearon la cintura con suavidad, sin apretar, se posaron como quien ocupa un territorio conocido.

 

Ella respondió con un suspiro y apoyó la cabeza en su hombro. Él besó su cuello, justo debajo de la oreja, donde sabía que le gustaba. Sus manos subieron lentamente hasta cubrirle los pechos, los pezones se endurecieron al instante bajo sus palmas. Carmen entreabrió los labios, pero no emitió sonido alguno; solo empezó a respirar más profundo.

 

Desde el ventanal se veía el barrio en calma, los tejados húmedos brillaban bajo la luna, aquí y allá algún balcón iluminado donde alguien aún velaba, y más allá, la autovía: las luces de los coches eran como hilos rojos y blancos en la distancia. Era una vista íntima y distante a la vez, como si la ciudad los observara sin juzgar.

 

Emilio bajó una mano por el vientre de Carmen, ella le abrió paso entre los muslos. La encontró ya húmeda, caliente, abierta. Introdujo dos dedos con cuidado, moviéndolos en círculos suaves mientras con la otra mano seguía amasándole un pecho. Ella se apoyó más en él, abrió un poco más las piernas cargando su peso en el cuerpo de su amante. Su cliente.

 

—Emilio… —susurró, esta vez con un matiz de súplica.

 

Él retiró los dedos arrastrándolos por el clítoris, los llevó a su propia erección para lubricarla y luego la guió hacia ella. Carmen se inclinó para recibirlo. Entró despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo se adaptaba a él con un estremecimiento contenido. Cuando estuvo completamente dentro, se quedaron inmóviles, unidos, mirando los dos hacia la noche.

 

Luego empezó a moverse con un ritmo pausado. Cada embestida era profunda pero lenta, como si quisieran estirar el tiempo. Carmen apoyó las manos en el cristal dejando huellas de vapor con las palmas. Su aliento empañaba el vidrio en pequeñas nubes que aparecían y desaparecían.

 

Emilio rodeó su cintura con un brazo, bajó la mano hasta encontrar su clítoris, lo acarició con movimientos circulares sincronizados con sus caderas. Ella empezó a jadear bajito, el sonido era apenas audible sobre el rumor del tráfico. Sus caderas se movían hacia atrás para encontrarse con él buscando más profundidad. Instinto animal, diría, pero no estaba para ocuparse de filosofías. Lo quería dentro, cuanto más dentro, mejor.

 

El contraste era intenso: el frío del cristal contra los pechos y las manos de Carmen, el calor de sus cuerpos aplastados, la luz mortecina que delineaba cada curva y cada músculo. Emilio supo que el clímax era inminente; lo sintió en el pulso rítmico de aquel abrazo ciego y profundo, en el asedio de esas contracciones íntimas que se cerraba en torno a él con una fuerza poderosa. La respiración de Carmen naufragaba convertida en un rastro de suspiros rotos.

 

—Carmen… —murmuró contra su cuello.

 

Ella asintió, y él aceleró un poco el ritmo. Cuando llegó el clímax, Carmen apretó la frente contra el cristal, un gemido largo y bajo escapó de su garganta, su cuerpo tembló en oleadas que él sintió desde dentro. Eso lo llevó a él también al caos; se corrió con un gruñido ahogado, abrazándola fuerte, derramándose en pulsos profundos mientras la sostenía para que no se derrumbara.

 

Permanecieron así mucho rato, aún unidos, mirando la ciudad que seguía su curso indiferente. El frío empezó a calarles, pero ninguno se movió.

 

Finalmente, Carmen se giró entre sus brazos, lo miró a los ojos en la penumbra y sonrió con una ternura que él rara vez le había visto.

 

—Ven —dijo, tomando su mano—. El café se habrá enfriado.

 

Recogieron las batas del suelo, se las pusieron sin prisa y volvieron a la cocina. Recalentaron el café en el microondas, lo tomaron de pie, apoyados en la encimera, hablando en susurros de nada y de todo.

 

Después, regresaron a la cama, se arroparon bajo el edredón y se durmieron abrazados con el eco de la ciudad lejana y el recuerdo de aquel encuentro improvisado en su habitación propia.

 

En algún momento de la madrugada, Emilio se despertó. Carmen dormía profundamente a su lado, tenía el rostro relajado y el cabello desparramado sobre la almohada. La miró largo rato sintiendo una mezcla de ternura y culpa que no quería analizar. Pensó en Mario, en Elvira, en la vida que se desmoronaba y se reconstruía ante sus ojos.

 

Al amanecer, Carmen se despertó primero. Preparó café y lo llevó a la cama. Bebieron en silencio, desnudos bajo las sábanas.

 

—¿Y ahora qué? —preguntó Emilio finalmente.

 

Ella lo miró con esa serenidad que lo desarmaba.

 

—Ahora seguimos. Pero sin prisas, sólo cuando queramos. ¿Te parece?

 

Él asintió, tomó su mano y la besó en la palma.

 

—Me parece.

 

Se ducharon juntos, sin sexo esta vez, caricias suaves y besos interminables bajo el agua caliente. Emilio se vistió con su traje arrugado, se peinó como pudo. Carmen lo acompañó a la puerta.

 

—¿Has quedado satisfecho?

 

—¡Carmen, por favor!

 

—Ay, Emilio, aún no tienes claro qué y quiénes somos. Trátame como una señora o como una doctora cuando nos encontremos en un acto social o profesional. Aquí y ahora, trátame como a una puta, es lo que soy, es a lo que has venido.

 

Emilio sintió hervir la sangre de nuevo. ¿Qué tenía esta mujer que lo hacía levantar el vuelo desde las cenizas?

 

—Me has dejado vacío, Carmen. Si quieres que te trate como a una puta, ahí va: ninguna mujer "decente" me habría hecho perder el control como tú lo haces. Eres la mejor profesional que he tenido el placer de pagar, y la peor tentación que he conocido.

 

Carmen rio espontáneamente.

 

—Eso es lo que quería oírte decir, sincero y sin complejos.

 

—El lunes, podríamos… —comenzó a decir Emilio.

 

—Ya veremos, la próxima semana salgo de viaje por temas del gabinete.

 

—Avísame tú, entonces.

 

Ella lo besó una última vez, largo y profundo.

 

—Llámame cuando regreses —dijo desde el ascensor.

 

—Lo haré.

 

Salió a la calle, la lluvia había cesado y el aire olía a tierra mojada. Caminó hacia el auto con una sensación extraña en el pecho: no era felicidad plena, ni culpa absoluta. Algo nuevo, frágil, pero real.

 

 

Santander

 

Por fin, volvimos a Santander.


Nos esperaba el mismo hotel, las mismas habitaciones comunicadas, el mismo recepcionista que nos miraba sin ocultar sus sospechas…

 

El tiempo era frío, dentro del coche hacía calor, demasiado calor. Andrés conducía en silencio, yo miraba por la ventanilla y de reojo notaba cómo recorría mis piernas cada vez que cruzaba o descruzaba los tobillos. Llegamos bien entrada la tarde porque, esta vez, no hice intención de conducir. Después de instalarnos nos reunimos en uno de los pequeños reservados cerca de la cafetería, allí nos pusimos a organizar la estrategia de acercamiento a Castillo, el catedrático que trataba de meter baza. Cuando nos quisimos dar cuenta, se nos había echado encima la hora de cenar.

 

El restaurante del hotel, un espacio de diseño minimalista y techos altos, estaba sumido en la calma propia de los meses de temporada baja. Las mesas, cubiertas por manteles de lino impecable, permanecían vacías en su mayoría otorgándonos una privacidad que trazaba un círculo invisible a nuestro alrededor; el resto del salón se había desvanecido reduciendo el mundo a lo que ocurría entre nosotros dos.

 

Dejamos de lado los temas de trabajo conforme el camarero servía el segundo plato. Andrés se relajó contra el respaldo de la silla observando las luces de la ciudad reflejadas en el gran ventanal del salón.

 

—¿Recuerdas nuestra escapada a Santillana del Mar? Aquel aire de pueblo detenido en el tiempo es justo lo que nos hace falta.

 

A continuación, propuso un plan que encajaba perfectamente con el poco margen que nos daba la agenda.

 

—Mañana terminamos en el campus a media tarde —continuó, inclinándose sobre la mesa—. He pensado que podríamos acercarnos a Liérganes. Está a un paso de aquí, a quince o veinte minutos en coche. Es un conjunto histórico precioso, con sus casonas y el puente de piedra sobre el Miera.

 

Hizo una pausa para saborear el vino antes de rematar la propuesta.

 

—Podemos dar un paseo, ver la estatua del Hombre Pez junto al río a la caída del sol y, antes de regresar, cenaremos en alguna taberna. Unos quesos de la zona, quizás algo de embutido artesano... algo que no sepa a comida de catering. Así volveremos a Madrid teniendo la sensación de haber viajado de verdad, y no solo de haber ido del hotel a la facultad.

 

Terminado el segundo plato, sacó del maletín un estuche con el sello de una prestigiosa joyería.

 

—Toma —dijo, empujándolo por el mantel—. Si es de tu agrado, lo podrías estrenar mañana.

 

El estuche estaba forrado en antelina gris topo, tenía un tacto tan sedoso que los dedos se hundían levemente al sostenerlo. Al abrirlo, la tapa ofreció una resistencia magnética suave, ese 'clic' sordo que solo tienen las piezas de alta factura. El interior era un despliegue de sofisticación: estaba revestido en terciopelo de seda en tono blanco roto, con un panel central acolchado y rígido que servía de soporte. El collar se mantenía sujeto por unas discretas presillas de seda que aseguraban la caída perfecta de la cadena permitiendo que cada eslabón luciera sin enredarse.

 

Nada más verlo, resultó evidente que era una pieza excepcional. El oro blanco posee ese tono frío y limpio tan atractivo, pero lo verdaderamente cautivador está en el ritmo de la cadena; sus eslabones alargados dibujan una línea estilizada y poco convencional. Al observar de cerca las estaciones de diamantes, el juego de volúmenes resulta fascinante: no están simplemente engastados, sino integrados en pequeñas formas geométricas, como prismas facetados que esculpen la luz, tienen un fuego muy sutil, una claridad que no necesita ser estridente para destacar. Es una pieza impecable.

 

Recordé haber visto algo muy similar en un catálogo de joyería unos meses antes, marcado con un precio cercano a las cien mil pesetas —unos seiscientos euros—. Era un regalo demasiado valioso, inapropiado para nuestra relación; para lo que éramos o lo que fingíamos ser en público.

 

—Es precioso, Andrés, pero… esto es mucho. Es demasiado caro, no puedo aceptarlo —murmuré, empujándolo con delicadeza—. No deberías haber gastado tanto.

 

Él negó con la cabeza, manteniendo esa calma suya que siempre me desarmaba.

 

—Significaría mucho para mí que lo aceptaras.

 

Dudé un momento, sintiendo el calor subirme a las mejillas, pero al final cedí. «Es precioso», admití para mis adentros. Sin pensarlo, me incliné sobre la mesa; él se acercó y le di un beso en la mejilla.

 

—Pónmelo.

 

Andrés se situó a mi espalda; yo retiré el cabello a un lado. Sin duda tuvo que ver el tatuaje de la nuca, debió de recorrer cada trazo del símbolo, pero no articuló palabra. Mientras volvía a sentarse, sentí el peso de las miradas en algunas mesas cercanas. Tanto el estuche como su contenido no habían pasado inadvertidos. Además, ser una mujer de casi metro noventa tiene sus servidumbres; entre ellas, la imposibilidad de pasar desapercibida incluso en un comedor a medio gas. Sabía que, a ojos de cualquier observador casual, nuestra estampa —una mujer joven, vistosa y llamativamente alta acompañada por un hombre maduro con los cincuenta bien cumplidos— disparaba de inmediato los prejuicios. Aquel beso impulsivo y la maniobra de ponerme el collar había sido un riesgo innecesario, una pequeña grieta en el muro de discreción que tanto nos esforzábamos por mantener y amenazaba con derrumbarlo. En un mundo que juzga a golpe de vista, gestos así dejan de ser afectuosos transformándose en evidencias, y no estaba preparada para que el resto del mundo leyera nuestra historia antes de que yo misma terminara de escribirla. No obstante, su silencio sobre el tatuaje me resultó más inquietante que cualquier mirada.

 

Al día siguiente llevé puesto el collar; los diamantes brillaban con cada movimiento. Durante la reunión lo vi admirándolo una y otra vez. Cada vez que yo intervenía, asentía muy serio, pero los ojos se le iban al collar, luego al escote, luego de vuelta al collar. Me gustó sentirme observada por él.

 

…..

 

Dicen que Abraham Lincoln pronunció una frase cargada de estrategia: ¿Acaso no destruyo a mis enemigos cuando los hago mis amigos? Esa fue la maniobra que empleamos para neutralizar a quien podía ser un incómodo obstáculo, salvo que le hiciéramos partícipe de lo que él consideraba un jugoso pastel. No fue complicado descubrir su punto flaco: un narcisismo desmesurado, y por ahí dirigí el ataque.

 

Le propuse formar parte del cuadro directivo honorario, un título rimbombante carente de poder real de veto. Me dediqué a atender sus propuestas y adaptar el contenido a ellas asegurándome de que cada cambio fuera meramente cosmético, pero bien visible para que sintiera que su impronta era la que guiaba el proyecto. Le hicimos creer que su visión era la pieza del rompecabezas que nos faltaba, el ingrediente secreto que transformaría una buena idea en una obra magistral. Lo que comenzó como una tensa reunión terminó como una cordial charla entre colegas y la promesa de compartir mesa y mantel antes de nuestra partida. Al final, el "enemigo" no solo bajó la guardia, sino que pasó a ser el más ferviente defensor de un proyecto que, una hora antes, pretendía boicotear. No hay mejor forma de silenciar una crítica que dándole la bienvenida al escenario.

 

Andrés estaba exultante.

 

El sol empezaba a descender tiñendo de un naranja encendido las fachadas de la facultad, nosotros abandonamos el campus. Veinte minutos después, el asfalto de la autovía cedía paso a las sombras verdes y húmedas que custodian la entrada a Liérganes. Aparcamos cerca del cauce del río Miera. Al bajar del coche, el aire ya no olía a papel viejo y polvo acumulado, sino a leña quemada y a tierra mojada.

 

—¿Ves? —dijo, señalando las casonas de piedra que se alzaban a nuestro alrededor—. Esto es otra historia.

 

Caminamos sin prisa hacia el Puente Mayor. Bajo los arcos de piedra del siglo XVI, el río bajaba con un murmullo constante ajeno a nuestras agendas y plazos. Nos detuvimos ante la figura de bronce del Hombre Pez, que parecía observar eternamente las profundidades del agua. Andrés se apoyó en el pretil contemplando el reflejo de los Picos de Busampiro —las famosas "Tetas de Liérganes"— que recortaban el horizonte.

 

—A veces olvidamos que el mundo sigue girando. —comentó, con la mirada perdida en la corriente.

 

Paseamos por el barrio del Mercadillo, admiramos los escudos heráldicos de la Casa de los Cañones, hasta que el frío de la tarde empezó a calar. El destino final fue una pequeña taberna de vigas de roble y luz cálida. Allí, sentados frente a una tabla de queso de nata y un par de copas de vino de la tierra, el cansancio acumulado de la jornada pareció quedar fuera, al otro lado de la puerta de madera.

 

Cenamos despacio, saboreando el silencio compartido y la contundencia del pan artesano. No hablamos de la universidad, ni de los proyectos pendientes. Cuando el camarero nos ofreció el famoso chocolate con churros para cerrar la noche, Andrés sonrió.

 

—Misión cumplida —dijo—. Mañana, veremos el campus de otra manera.

 

El regreso a Santander fue un tránsito silencioso y reconfortante. El calor del chocolate todavía se sentía en el cuerpo mientras el coche devoraba kilómetros de asfalto oscuro dejando atrás las casonas de piedra y el rumor del río Miera. A través de la ventanilla, el paisaje de Cantabria era una sucesión de sombras suaves y luces aisladas que parpadeaban en las laderas de los montes. Andrés conducía con la calma de siempre. Ya no apretaba el volante con la tensión de quien repasa mentalmente una lista de tareas pendientes, como en el viaje de ida; su perfil recortado contra la luz del salpicadero transmitía una serenidad contagiosa.

 

—Ha valido la pena, ¿verdad? —preguntó en voz baja para no romper el hechizo del trayecto.

 

—Mucho —respondí, apoyando la cabeza en el asiento—. Hacía falta que el aire nos diera en la cara fuera de un despacho.

 

Al entrar en la ciudad, las luces de los barcos en la bahía y el resplandor de El Sardinero nos recibieron con la familiaridad de un puerto seguro. Cuando el coche se detuvo frente a la fachada del hotel, el mundo académico nos aguardaba al otro lado de las puertas giratorias, aunque ya no parecía tan abrumador. Montamos en el ascensor compartiendo esa clase de cansancio satisfecho que brindan los días bien aprovechados. Al despedirnos en el pasillo, Andrés lo dijo:

 

—Mañana, el recuerdo del puente de Liérganes será nuestro mejor refugio.

 


 

Motivos

 

Los días siguientes fueron una escalada lenta, casi dolorosa.

 

Con todo resuelto podíamos haber vuelto a Madrid, deberíamos haberlo hecho; sin embargo, Andrés buscó motivos para quedarnos, y si no los había, los creó, uno tras otro, como quien teje una fina red para no dejar escapar lo que acaba de descubrir.

 

El primero fue académico, por supuesto.

 

—El departamento de Psicología Cognitiva ha organizado un seminario sobre memoria autobiográfica y emoción. —dijo mientras tomábamos café cerca de una ventana abierta al Cantábrico—. Me escribió el director hace tiempo pidiéndome que participara si alguna vez pasaba por aquí. Sería una descortesía no aceptar, tú podrías aportar tu perspectiva sobre el apego en la narrativa personal.

 

Sonaba impecable, casi obligatorio para dos psicólogos de nuestro nivel. Asistimos los dos, yo como ponente invitada, él en calidad de moderador. Hablamos durante dos horas ante una veintena de profesores y doctorandos, citándonos mutuamente con la misma naturalidad de siempre, borrando el rastro de la noche anterior, cuando gemía su nombre besándole la polla. (me estoy adelantando).

 

Al terminar, el director nos invitó a quedarnos al menos otro día y seguir la conversación en privado.

 

El siguiente fue una consulta profesional.

 

—Una colega del departamento de Psicología Clínica me ha pedido supervisión en un caso complejo de duelo. —explicó con esa gravedad suya que aún me imponía respeto—. Lleva meses estancado y cree que mi enfoque psicodinámico podría ayudar. Solo será una mañana.

 

La supervisión duró hasta bien entrada la tarde, yo me uní porque el caso resonaba con mi propia investigación sobre resiliencia post-ruptura (qué ironía), Cuando salimos del campus, el sol se ponía sobre la Península de la Magdalena y ninguno de los dos propuso hacer el equipaje.

 

Después llegó la excusa más frágil:

 

—Hay que preparar la ponencia que daremos en el congreso de Bilbao de Mayo. —dijo, abriendo el portátil en la mesa de mi habitación—. Si aprovechamos la calma que disfrutamos aquí para trabajarla, quedará mejor elaborada.

 

Trabajábamos sentados en el suelo, con papeles y referencias esparcidos, discutiendo teorías, solo que, en esta ocasión, sus pies descalzos rozaban mis piernas y cada vez que alzaba la vista lo sorprendía mirándome la boca.

 

Por las noches no necesitábamos pretextos. Cenábamos en restaurantes discretos del centro, hablábamos de Bowlby y de Fonagy, de las defensas que construimos para no sentir, y acabábamos en la habitación deshaciéndonos de la ropa. Él me quitaba el jersey como quien retira una capa de protección profesional; yo le desabrochaba la camisa buscando la piel que durante años solo había imaginado bajo las americanas de tweed.

 

Y follábamos, o jugábamos una partida de ajedrez y follábamos.

 

Pero me estoy adelantando. Para llegar a tanto, faltaba un largo trecho.

 

 

Ausencias

 

No sé cuántos hilos movió ni a quién tuvo que convencer, pero hizo lo imposible por dilatar nuestro tiempo en Santander. Con una tenacidad que no terminaba de descifrar si era profesional o puramente emocional, consiguió que lo incluyeran en un proyecto que empezaba a gestarse en los despachos de la facultad. Aquella colaboración, una carambola de última hora, nos regalaba un margen inesperado: tres o cuatro días más.

 

Eso significaba que el fin de semana no era el final, sino una tregua.

 

Al enterarme, sentí una extraña mezcla de alivio y vértigo. Tendríamos que pasar el sábado y el domingo habitando esa rutina de puertas abiertas y silencios compartidos. Me lo dijo con una satisfacción contenida haciendo nuevos planes de turismo y mientras lo escuchaba, comprendí que su empeño por quedarse no era solo una cuestión de currículum; era su forma de mantener este equilibrio frágil que habíamos construido antes de que la realidad de nuestra vida en Madrid nos devorara de nuevo.

 

La prórroga trajo consigo un peso que no terminaba de acomodarse en mi pecho. Si el regreso se posponía, lo lógico —lo que dictaban los años de matrimonio y la inercia de la convivencia— era avisar a Mario. Sin embargo, me descubrí mirando el teléfono con una mezcla de apatía y rencor.

 

Nuestra estancia en Santander estaba prevista para tres días. Tres días que habían pasado sin que diera señales de vida, sin una sola pregunta sobre cómo estaba, qué tal iba el trabajo o, simplemente, si seguía viva. El silencio de Mario era otra señal de ausencia.

 

Una duda punzante que me amargó el café: ¿Merecía la pena llamarle para contarle que nos quedábamos? ¿Por qué interrumpir su indiferencia con un itinerario que parecía no importarle en absoluto? Informarle del cambio de planes parecía un trámite burocrático innecesario, una cortesía hacia alguien que ya no habitaba mi presente, aunque compartiéramos el título de esposos.

 

No se había preocupado por saber cuándo volvería, ¿qué sentido tenía explicarle que Andrés había movido cielo y tierra para retenernos allí? Había algo humillante en el gesto de dar explicaciones a quien no las reclama. Mientras Andrés se desvivía en alargar nuestro tiempo juntos, el desinterés de Mario me otorgaba una libertad amarga, una autonomía que se parecía demasiado al abandono. Al final, dejé el móvil boca abajo. Si el silencio era su respuesta a mi ausencia, el silencio sería mi respuesta a su desidia.

 

Terminé marcando el número de Esther. Necesitaba un ancla, algo que me recordara quién era yo fuera de aquel paréntesis, si bien no sería capaz de ser del todo sincera.

 

—¿Sigues en Santander? —preguntó nada más descolgar, con ese tono vibrante que siempre me hacía sentir un poco mejor.

 

—Sí, sigo aquí... Aprovecharemos para hacer una escapada a San Vicente de la Barquera. Mi jefe dice que las vistas de los Picos de Europa desde el puente son increíbles.

 

Traté de sonar entusiasta, como quien describe un folleto turístico, pero las palabras salían de mi boca sin matices. Hubo un silencio al otro lado de la línea. Esther tiene un radar especial para detectar las grietas en mi voz.

 

—Estás apagada, chiqui. ¿Pasa algo?

 

—Qué va —disimulé de inmediato, forcé una risita que sonó falsa incluso a mí—. Es el cansancio de la semana, las reuniones… ya sabes, el clima aquí te deja el cuerpo un poco lánguido.

 

—¿Y Mario? —soltó, tan directa como de costumbre—. Supongo que sabe que te quedas. ¿Qué dice?

 

Esa fue la pregunta que no quise responder.  Miré embobada el reflejo de la lluvia en el cristal pensando en el teléfono mudo sobre la mesilla de noche y en la absoluta libertad que me otorgaba el desprecio de mi marido.

 

—Está bien. Ya sabes cómo es con el trabajo, no le concede importancia a estas cosas —corté en seco, cambiando de tema antes de que Esther pudiera tirar de ese hilo—. Cuéntame tú, ¿qué tal va todo por ahí?

 

Hablamos diez minutos más sobre nimiedades, pero la sensación de derrota me persiguió el resto del día. Colgué con la sospecha de que Esther no había creído ni una palabra y con la certeza de que, al no poner sobre aviso a Mario, estaba cruzando una frontera de la que no sabía si querría regresar.

 

…..

 

Ojalá aquellos motivos dieran frutos —una colaboración futura con el centro cántabro, una publicación conjunta, una ponencia que impresionara en Bilbao—, porque si no, los rumores en el gabinete se desatarían y serían incontenibles. Alguien del departamento de Psicología nos había visto demasiado juntos en el seminario, otro nos cazó rozándonos los dedos en la cafetería del campus, y la comunidad académica santanderina es pequeña y curiosa. Pero en el fondo los dos lo sabíamos: no nos quedábamos por la universidad, nos quedábamos porque aún no habíamos aprendido a volver a ser la doctora Rojas y el profesor Arjona, los que se trataban de usted en las reuniones de claustro, los que intercambiaban correos formales sobre calendarios de defensa de tesis.

 

Nos quedábamos porque, cada mañana, él despertaba con mi nombre en los labios y mi sabor en la boca y yo, con su esencia reseca en la piel sin temor a que alguien lo notara. Ninguno de los dos estaba preparado para regresar a Madrid y fingir que nada había cambiado cuando, en realidad, todo —nuestras teorías sobre el apego, nuestras propias defensas, nuestra manera de mirarnos— ya era irreconocible.

 

Perdón, me he vuelto a adelantar, ¿por dónde iba?

 

La costumbre de las partidas de ajedrez nocturnas se reanudó sin que nadie lo propusiera. Un toque de nudillos en la puerta comunicada, y si no había respuesta en contra, pasábamos. A veces aparecía en mi habitación en bata; a veces yo aparecía en la suya en pijama corto de algodón que cubría lo imprescindible; otras, con una camiseta larga que me tapaba escasamente el culo. Nos sentábamos en los pufs alrededor de la mesita baja, el tablero entre nosotros y las copas del minibar al lado. El asiento bajo no daba para cruzar las piernas, por lo que solía adoptar la típica postura de los hombres, que tienen “eso” que les impide mantener las piernas cerradas. La camiseta holgada hacía de telón por abajo y de tentación por arriba cada vez que me inclinaba para mover una pieza. Él perdía alfiles y caballos sin darse cuenta. Una noche, después de un mate pastor descarado, levanté la vista y lo pillé mirando el hueco de mi escote, más tarde lo encontré perdido en la ancha pernera del pijama dedicado a contar los puntitos rosa de mis bragas. Gané en diecisiete movimientos.

 

Una tarde, a punto de salir a cenar, Andrés entró sin llamar y me encontró abrochándome el vaquero. Sólo llevaba el sujetador negro de encaje, a través del cual se traslucían los aros de mis pezones y la barra vertical del izquierdo.

 

Y el tatuaje.

 

—Perdón —dijo, pero no retrocedió.

 

—Tranquilo —sonreí—. Ayúdame a elegir: ¿la blusa blanca, la negra o el jersey gris?

 

Se acercó a la cama donde estaban las tres prendas extendidas. Cogió la blusa negra, luego el jersey, luego la blanca. No pensaba, estaba concentrado en mis pechos.

 

—No te distraigas —bromeé, y se ruborizó hasta las orejas.

 

—Perdona. —murmuró.

 

—No pidas perdón por mirar, pide perdón por no saber disimular.

 

Se rió nervioso. Yo le arranqué la blusa de las manos y la tiré sobre la cama.

 

—Al final llevaré el jersey —dije—. Pero gracias por la no ayuda.

 

Andrés tenía la mirada anclada en mi pecho izquierdo. Frunció el ceño al procesar lo que tenía delante: los tres pequeños pentágonos negros, perfectamente definidos. No pidió explicaciones, aunque el silencio gritaba su desconcierto.

 

—¿Te gustan? —le pregunté con total naturalidad, mientras cogía el jersey.

 

Parpadeó saliendo del trance y los señaló haciendo un gesto vago.

 

—Son… ¿nuevos?

 

—Me los hice… no hace mucho. —respondí encogiéndome de hombros—. En el estudio de un chico que utiliza una técnica de micropigmentación. Fue un capricho. Pasé por delante del escaparate, vi el diseño y pensé que quedarían bien justo ahí.

 

Y lo recalqué pasando un dedo por encima del tatuaje, una especie de suave caricia en mi pecho que Andrés siguió sin perder detalle.

 

—Queda… muy bien.

 

Demoré ponerme el jersey, quería que asimilara una historia ficticia y los viera unos segundos más antes de ocultarlos.

 

—A veces me canso de verme siempre igual —continué, restándole importancia—. Quería algo geométrico, algo pequeño que solo se viera en la intimidad. No tiene más misterio.

 

Asíntió en silencio, incapaz de sacudirse la impresión que le oprimía la garganta.

 

—Es muy sexy —admitió al fin, relajando los hombros—. Pero me vas a dar un susto cualquier día si sigues descubriéndome cosas nuevas.

 

—No te acostumbres —reí—. O bueno, quizás sí.

 

Le di un beso en la comisura de los labios, apenas un roce, y salí al pasillo. Me siguió como un perrito.

 

 

La noche que todo cambió

 

La noche que lo cambió todo, salimos a cenar a un restaurante pequeño junto al Sardinero. Comimos pulpo a la brasa, bebimos demasiado albariño y hablamos de todo menos de lo que de verdad importaba. Durante los postres, Andrés carraspeó varias veces.

 

—Tengo… algo más para ti —dijo al fin, en voz baja—. En realidad, no sé si es buena idea. Lo tengo guardado desde que me contaste… tu nueva vida.

 

Sacó del bolsillo de la chaqueta un pequeño estuche negro de otra joyería distinta. Lo abrió con dedos torpes. En su interior descansaban dos aros de oro blanco finísimos; no llegaban a cerrarse y terminaban en unas bolitas doradas diminutas. Eran más elegantes que los míos, más sensuales, más… él. Me quedé sin palabras.

 

—Perdona, ya sabía yo… no vayas a pensar que pretendo…

 

—Son preciosos —le interrumpí, y extendí la mano para apretar la suya—. Gracias.

 

Los examiné sin sacarlos del estuche. Estaba asombrada por su atrevimiento, me costaba imaginar a Andrés, siempre medido y correcto, frente al mostrador de una joyería eligiendo algo tan personal.

 

—¿Quieres… verlos puestos? —Sonreí antes de que su estupor se volviera en nuestra contra—. Vamos.

 

Apenas hablamos en el taxi. Subimos en el ascensor sin tocarnos, el aire estaba cargado de energía. Entramos a mi habitación; le pedí que preparara dos gin tonics mientras buscaba toallitas y gel desinfectante en el baño. Cuando volví, estaba de pie junto a la ventana, mirando la noche cerrada. El pulso me latía en dos zonas de mi cuerpo, bien apartadas, a compases distintos.

 

—Por nosotros —brindé, chocando los vasos—. Por esta nueva etapa.

 

Bebí un trago largo y me quité la blusa sin apresurarme. El aire fresco de la habitación me provocó un escalofrío por la espalda; en realidad no era frío, sino la consciencia absoluta de sentirme observada. Desabroché el sujetador despacio, dilatando en cada segundo la tensión que vibraba entre nosotros. Al quedar mis pechos al descubierto, sentí la presencia de mis aros más vívida que nunca, como un recordatorio íntimo y punzante de la vida que dejaba atrás y por un instante me sentí vulnerable: me desnudaba ante él no solo de cuerpo, sino de todo lo que aquellas piezas representaban.

 

Desinfecté los aros nuevos. Retirar los míos fue un gesto que dolió más de lo esperado, un desgarro de mi propia historia; entonces, me puse los suyos. La bolita dorada encajó perfecta: más fina, más elegante... más él. Al ver mi reflejo en la ventana, un nudo cerró mi garganta. Era un regalo, sí, pero también una entrega; una forma silenciosa de decirle que estaba dispuesta a dejarle entrar en los rincones que pocas personas habían llegado. Y a pesar del miedo a las consecuencias, el calor que crecía en mi pecho era una señal de deseo, de gratitud y de algo peligrosamente parecido a la esperanza.

 

Le escuché tragar saliva. Estaba temblando.

 

—Ven aquí.

 

Dio dos pasos, tomé sus manos y las llevé a mis pechos.  

 

—Tócalos. Esta noche son tuyos.  

 

Tuve que guiarlo yo misma. Los tomó cargado de respeto, los acarició y, al soltarlos, vibraron de pura firmeza. Luego de un pellizco suave en cada pezón y un tironcito en cada aro, hilé una historia sobre la barra vertical que tanto le atraía; acto seguido, me desprendí de la falda y las bragas, guiándolo hacia mi sexo. Él parecía estar en trance; sus dedos se posaron vacilantes, temerosos de quebrar algo frágil. Sentí su tacto tibio en mi humedad, su respiración agitada y esa mirada cargada de asombro y culpa que tanto me enterneció.

 

—Andrés… Tócame. Por favor —susurré, cubriendo su mano para que sintiera, de una vez, cuánto lo deseaba.

 

Al fin, se atrevió. Un roce tímido al principio, la yema de un dedo entre mis labios; exploraba con la misma pulcritud metódica con la que siempre revisaba mis informes, empeñado en encontrar un error oculto que lo invalidara todo. Pero no había error; solo yo, abierta, arqueándome ante el contacto.

 

La sorpresa le arrancó un gemido sordo. Dio un paso adelante acortando la distancia entre nosotros y me sujetó la nuca, poseído por una ternura que desarmaba más que cualquier arrebato brusco. Me besó por primera vez: un beso lento, profundo, propio de alguien que lleva demasiado tiempo conteniéndose. Su boca sabía a gin y a albariño. Sus dedos cobraron vida poco a poco; dos entraron en mí y me aferré a los hombros clavándole las uñas. Jadeó en mis labios, a punto de perder el control.

 

—Carmen… Dios, no sé si…

 

—Shh —lo interrumpí, mordiéndole el labio inferior—. No pienses. Siente.

 

Lo empujé despacio hacia la cama; tropezó con el borde y se sentó. Situada entre sus piernas, desnuda, empecé a desabrocharle la camisa despacio, besándole el pecho cubierto de vello plateado. Él observaba en silencio, con las manos en mis caderas como si temiese que fuera a evaporarme. Llegué al cinturón y me detuvo.

 

—¿Estás segura? —preguntó. Sus ojos expresaban algo que no era solo deseo: era el miedo a no estar a la altura, a manchar lo que habíamos construido durante años.

 

Sonreí. Le besé la palma de la mano y seguí con lo mío.

 

—Nunca he estado tan segura.

 

Y cuando por fin lo tomé en mi mano y vi cómo cerraba los ojos, echaba la cabeza hacia atrás y emitía un gemido contenido, supe que esa noche no solo iba a entregarme; él también se estaba rindiendo, por primera vez en mucho tiempo, a algo que no podía controlar.

 

Andrés quedó desnudo. Yo estaba sentada en el borde de la cama con las piernas abiertas, la espalda recta, los pechos erguidos y los aros nuevos brillando bajo la luz tenue. Dudó un segundo, luego se arrodilló entre mis muslos, tomó su miembro en la mano y empezó a moverlo. Ver a mi mentor dedicado a la contemplación de mi cuerpo me provocó una punzada de calor insoportable. Resultaba excitante hasta el mareo que aquel hombre tan contenido, tan dueño de sus formas, se estuviera masturbando frente a mí como un devoto ante un altar. El glande asomaba y desaparecía en su puño mientras su mirada recorría cada relieve de mi cuerpo: senos, caderas, vientre y una intimidad abierta y palpitante. Una nueva ola de humedad mojó mis muslos al ver la tensión de la muñeca y el ritmo de la mano. Lo observaba contenida, sintiéndome más poderosa y deseada que nunca.

 

Recordé las palabras de Ángel meses atrás, intentando ensuciar lo que aún no había sucedido:

 

«Esa actitud paternalista que usa contigo cambiará de sentido si lo imaginas meneándosela delante de ti; haz la prueba.» (2)

 

En aquella ocasión intenté expulsar la imagen, pero fue demasiado tarde. Lo visualicé con el pantalón abierto y los faldones de la camisa asomando por la bragueta; fue solo un destello, suficiente para que su expresión tomara un matiz turbio. Ángel había insistido tanto en esa supuesta degradación que, durante un tiempo, casi lo creí.

 

Nada se parecía a lo que Ángel insinuaba. No había suciedad ni desesperación. Sólo deseo puro y una ilusión casi infantil por alcanzar el punto exacto de vigor en el que pudiera poseerme sin prisa en un intento de demostrarme que aún podía ser digno de mí. Sus movimientos eran firmes; una mano subía y bajaba a un ritmo constante; la otra permanecía apoyada en mi rodilla como un ancla. Jadeaba suavemente, con los ojos vidriosos fijos en los míos. Era hermoso. Era él.

 

Me incliné hacia delante, apoyé las manos en sus hombros y murmuré:

 

—Eres tú.

 

Andrés parpadeó sorprendido; detuvo la mano un instante.

 

—¿Qué…?

 

—Sigues siendo tú —repetí con seguridad—. El mismo hombre que admiro y respeto. Nada de esto te disminuye, Andrés. Al contrario.

 

Una lágrima, solo una, le brilló en el rabillo del ojo. No era de tristeza; era de alivio.

 

Soltó su miembro para posar la mano en mi cadera; lo guié hasta que sentí su rigidez rozando la entrada. Tras un beso profundo, lo empujé dejándolo tendido en la cama. Me acomodé a horcajadas. Lo sujeté con firmeza, lo situé en mi centro y bajé despacio, centímetro a centímetro, sin apartar la mirada.

 

—Ahora soy yo quien te posee —susurré.

 

Comencé a moverme disfrutando de su entrega y con la certeza de que éramos exactamente quienes teníamos que ser

 

…..

 

Después de consumar nuestra primera vez, cuando ya habíamos agotado cada rincón del deseo, llegó ese momento pausado en el que el tiempo se detiene. Estábamos tumbados entre sábanas revueltas; yo le daba la espalda, tenía una pierna estirada y la otra flexionada. El sudor empezaba a enfriarse en nuestra piel y el aroma a sexo impregnaba la habitación.

 

Andrés empezó a acariciarme con una ternura que me erizaba el vello. Recorrió la curva de mi cintura, ascendió la pendiente de la cadera y descansó en la plenitud de la nalga. Era el descubrimiento de un territorio que siempre había deseado, pero que nunca se había atrevido a reclamar. Estaba extasiado; lo notaba en su respiración, profunda y cálida en la nuca.

 

Continuó una exploración silenciosa como quien descifra un mapa antiguo. Alcanzó el relieve de mi piel en la zona lumbar: recorrió el pentágono y delineó el símbolo de la feminidad con la punta del dedo; dibujó los dos paréntesis que guardaban la vírgula central trazando la grafía de una vulva y un clítoris sobre la piel. Qué extraño: no preguntó por el simbolismo del nueve.

 

Giré sobre mí misma ofreciéndole el pubis. Sus dedos descendieron hacia los dos corazones tatuados y recorrió el contorno de cada uno. En ese silencio compartido no hacía falta decir nada; no necesitaba inventar una historia para justificar el origen. Andrés tampoco buscaba explicaciones. El contacto en mi piel provocó un cosquilleo eléctrico que nacía en el trazo y se extendía, como una onda, hacia lo profundo de mi sexo.

 

Sin embargo, no avanzó, se quedó a las puertas dejándome suspendida en mi propio latido.

 

Volví a caer de costado para ahogar el deseo, él se aventuró por la cara interna del muslo que reposaba sobre el colchón. Flexioné un poco más la pierna; él acudió al reclamo: me acarició el culo, un dedo largo y delgado dibujó la hendidura entre los glúteos. De mi vulva recogió la humedad que aún rezumaba; la usó para pintar mis labios y algunas volutas en las nalgas apretadas. Gemí bajito, temblé. Siguió moviéndose, libando de mi sexo y pintando aquí y allá: donde nacen los glúteos, donde brotan los labios, donde… ¡eh! ¿Buscaba ese rincón oculto? Sí, y además usaba la otra mano para abrirse paso. No pude evitar una risa suave, sorprendida por lo atrevido de su caricia. Giré la cabeza para mirarlo por encima del hombro.

 

—Cotilla —susurré,

 

Sonrió turbado, pero no retrocedió, al contrario: elevó la presión en la nalga y dejó al descubierto su objetivo. Rodeó el esfínter con una caricia levísima. Jadeé sin remedio.

 

—Siempre he querido hacer esto —confesó en un hilo de voz—. Saber qué se siente.

 

—Sigue. —pronuncié en un suspiro.

 

Y lo hizo, repitió la caricia tantas veces como mi voz lo pidió, caricias deliciosas que agotaron mi paciencia: Me acomodé boca abajo, abrí las piernas cuanto pude en un gesto de entrega total y esperé. Andrés separó mis glúteos con ambas manos. Sentí el aire fresco en mi más profunda intimidad y también el peso de su mirada; aflojé y apreté, invitándolo a seguir.

 

—¿Te gusta? —pregunté con la voz amortiguada en la almohada.

 

Se inclinó y depositó un beso suave, cálido, justo ahí. Vacié los pulmones en un largo suspiro, mezcla de asombro y de puro placer.

 

—Es apasionante. —murmuró.

 

Su aliento acarició mi zona más secreta, sentí un nuevo beso, más largo, ahí; sus labios se amoldaron a mi relieve sobre el anillo de mi intimidad con una succión firme y profunda. Y gemí cuando, tras la presión de sus labios, una lengua ávida y caliente se abrió paso lamiendo con una insistencia que me hizo arquear el lomo.

 

—Me vas a matar.

 

Un beso tras otro, una tortura deliciosa dictada por esa lengua: una punta viva y vibrante que atacaba sin tregua. Gemí hasta que el placer se convirtió en sollozo.

 

—¿De verdad nunca antes...?

 

—Nunca —admitió, creí detectar un poso de extraña tristeza.

 

—Pues disfrútalo.

 

Me incorporé de un salto sobre las rodillas, hundí el rostro en el colchón y arqueé la espalda para ofrecerle el espectáculo completo: el pentágono en los riñones; el culo, todo el mundo dice que tengo un culo sensacional, ahí lo tenia; el esfínter rosado; la vulva hinchada desde la que descendía un rastro lechoso. Y el prado; desde el sur, resulta más agreste, lo sé bien, he disfrutado de algunos arrastrándome por una cama hincando los codos para saborearlo a conciencia.

 

Primero usó el índice para explorar el paisaje; lento, desesperante como solía ser él. Pronto descubrió el placer de extender el fluido espeso hacia atrás para crear una capa resbaladiza en la que su dedo se deslizaba con mayor suavidad. Aprendió rápido a jugar con mis reacciones: rozaba, resbalaba, presionaba, provocaba pequeños espasmos. Cuando se atrevió a penetrar, empleó una cadencia pausada; mis profundos suspiros y el modo en que contraataqué con la pelvis para buscarlo le hicieron emplear más vigor.

 

—Méteme dos —le pedí casi sin voz.

 

Obedeció al instante. Hundió ambas falanges en mi sexo, el pulgar no había cesado de merodear por el ano. Bajé un brazo entre mis piernas, busqué su mano y le enseñé a descubrir el clítoris sensible. El primer roce me estremeció sacudida por un chispazo eléctrico; tuve que apoyarme de nuevo para no caer. Él continuó solo, alternaba círculos delicados y penetraciones profundas manteniendo una presión constante en la retaguardia sin atreverse a más.

 

El orgasmo llegó como una ola violenta e imparable. Me tensé por completo, ahogué su nombre contra la almohada, sentí cómo mi cuerpo se comprimía alrededor del intruso, una y otra y otra vez, empapándole la mano.

 

Cuando las últimas réplicas se apagaron, lo pedí sin andarme con rodeos.

 

—¡Métemela, métemela ya!

 

Andres no se esperaba que su virilidad respondiera tan pronto de nuevo. Se situó detrás, tomó su miembro y lo guió a la entrada. La penetración fue un golpe seco, hasta el fondo.  Me desgarré la garganta al sentirme colmada por completo. Sujetó mis caderas como si temiera mi huida y empezó a embestir con una danza pesada; después, aplicó una violencia que me obligó a aferrarme a las sábanas.

 

—¡Dame fuerte... haz que me duela mañana!

 

Lo volvió loco, animal, primitivo. Sus embestidas tenían una potencia que no le conocía; cada golpe alcanzaba lo profundo sacudiéndome entera. Duró mucho, superó incluso el ímpetu de nuestro primer encuentro en un afán por demostrarse a sí mismo que aún podía ser el hombre que antaño fue.

 

Cuando el placer le venció —¡dentro!, le pedí a gritos al notar sus espasmos—, se vació una vez más en medio de un rugido entrecortado, llevado al límite de lo imposible. Se derrumbó sobre mi espalda, bañado en sudor y temblando; me besó las escápulas y mi nombre escapó de sus labios como una oración pagana. En ese instante supe que se sentía, por fin, completamente hombre. Y lo hacía con la mujer que, en el fondo, creía no merecer.

 

Caímos de lado, Andrés rodó hasta quedar tendido y exhausto. Pero descansar no entraba en mis planes; lo monté mientras guiaba la erección deslizándola por mi entrada para que sintiera lo lista que estaba. Su respiración aún era un jadeo pesado; sentí la presión de sus palmas en los muslos, anclándose a mí en un intento desesperado por no perderse. Un temblor me recorría entera, pero no era de nervios: era la pura adrenalina de tenerlo así, después de tanta contención.

 

Bajé la mirada y lo vi perdido en los aros que colgaban de mis pezones; su regalo. Sonreí y le besé la frente, las sienes, la cicatriz de la ceja que se hizo en un congreso en Zaragoza, cuando aún era una becaria asustada por todo.

 

—¿Te acuerdas? —le susurré al oído—. La primera vez que corregiste un trabajo mío. Dijiste que era brillante, pero que faltaba “madurar la voz”. Salí del despacho llorando, convencida de que me odiabas.

 

Soltó una risa breve, entrecortada.

 

—No te odiaba, Carmen. Me asustabas. Eras… demasiado. Demasiado lista, demasiado guapa, demasiado joven. Pasaba las noches releyendo tus textos y preguntándome qué demonios hacía un hombre como yo pensando en una alumna.

 

Nunca lo imaginé. Jamás hubo la más mínima insinuación. Moví las caderas despacio, dejándolo entrar sólo la punta; lo justo para ponerlo duro del todo y hacernos jadear al unísono.

 

—Y yo —comencé una fantasía— me masturbaba en mi piso de estudiante imaginando que un día me mirarías tal y como lo haces hoy, que verías en mí a una mujer y no solo a esa alumna prometedora que corregías con bolígrafo rojo.

 

—No es verdad.

 

—No, no lo es, pero te hubiera gustado. ¿Por qué nunca lo intentaste?

 

Empujé un poco más, avancé centímetro a centímetro venciendo la creciente flaccidez.

 

—Jamás. Eras mi responsabilidad. Estuve ahí mientras crecías como psicóloga, cuando publicaste aquel primer trabajo e incluso el día de tu boda… y me repetía que no tenía derecho. Que sólo era tu mentor, tu jefe; el viejo que te abría puertas.

 

Me miraba desde la almohada con indulgencia, como se mira a una niña traviesa.

 

No, me lo estaba follando; una niña no se folla a su…

 

Lo besé con pasión dejándome caer para sentirlo hasta el fondo. Nuestros gritos estallaron cuerpo a cuerpo, ahogados contra los labios del otro.

 

—Pues ya no eres sólo eso, eres el hombre que me está follando después de regalarme los aros más bonitos que he tenido nunca. El que ha esperado años sin pedir nada.

 

Sus ojos se llenaron de algo que parecía dolor y alivio a partes iguales. Tomó mi cara entre las manos y comenzó a besarme decidido a recuperar cada segundo perdido; eran besos profundos, hambrientos; la expresión pura de quien se permite, al fin, lo que siempre deseó.  

 

—Y tú, eres la mujer que me ha hecho sentir vivo otra vez. La que me ha enseñado que no todo en esta vida es corregir textos y abrir puertas… sino también esto. Tú. Tal como eres.  

 

Aceleré el ritmo en un vano intento por devolverle el vigor que se le escapaba. Esa mirada otra vez... Clavé mis ojos en los suyos decidida a que me reconociera no como una chiquilla, sino como la mujer que lo hacía temblar. Sentí un delicado pellizco en el pezón y el placer fue tan intenso que terminé hundiendo las uñas en su torso.

 

…..

 

—¿Te arrepientes?

 

—Nunca le he sido infiel a Berta; en veinticinco años, jamás…

 

Me puse de rodillas sobre él. Era incapaz de apartar los ojos de mi cuerpo; subió la mano por mi muslo hasta apretar mi nalga y, al arquearme para empezar a cabalgarlo, se aferró a mi culo boqueando para alcanzar cada pezón que yo le acercaba.

 

—Berta es el amor de tu vida, tu compañera. No ha cambiado, ¿a que no? —Andrés lo negó sin soltar el pezón de su boca—. Eres mi mentor, la persona que ha guiado mi carrera desde que me diste la oportunidad de entrar en el gabinete. Te debo tanto...

 

El roce de nuestros sexos comenzaba a dar resultados; centré el vaivén para que la flácida virilidad discurriese entre mis labios encharcados. Yo seguía el juego de ofrecer y retirar de su boca lo que más ansiaba.

 

—Somos amigos hace mucho tiempo. Algunos dicen que soy tu protegida, ¿lo soy? —él afirmó con vehemencia, sujetando la punta del pezón entre los dientes. Sonreí—. Tu protegida... me gusta. Esto tenía que pasar, era cuestión de tiempo. ¿Crees que no notaba esas miradas? ¡Vaya! Creo que allí abajo están llamando a la puerta, ¿quieres que te deje entrar?

 

Volvió a menear la cabeza, aferrado a mi pecho como un lechoncillo. Hice un quiebro de cintura y lo situé en la entrada; un par de golpes de riñón y, con un poco de ayuda, entró. Andrés se apoyó en los talones, elevó la pelvis y se hundió en mí por completo. Ahora era cosa mía terminar de ponerla dura.

 

—¡Eso es! —exclamé en un hondo suspiro—. ¿Ves?, no soy una niña.

 

—Siempre serás mi niña. —dijo entre gemidos.

 

Empecé a cabalgar sin prisa haciéndole sentir el calor de la gruta donde se hallaba, Quería hacer durar ese acto de sexo, cariño y realismo.

 

Y pensando en Berta, su amor, su compañera.

 

No se merecía esto.

 

Berta y Andrés eran pareja desde la adolescencia temprana; crecieron juntos, maduraron juntos. No podría imaginarse siendo uno solo, ni ella tampoco. Era una mujer que, a sus cuarenta y muchos años, se mantenía en buena forma; un ligero sobrepeso centrado en cintura y caderas que no llegaba a estropear una figura robusta, que no obesa. El rostro delataba el paso del tiempo: las patas de gallo, unas profundas ojeras y los ojos comenzando a hundirse bajo el arco superciliar le conferían una serena madurez. Mantenía un estilo sobrio, sin caer en el engaño de querer aparentar una edad que ya se fue. Y, sobre todo, era una mujer inteligente, activa. Nos caíamos bien; nunca me trató como a una de tantas alumnas que pasaban por allí, sino como a alguien de la familia, una especie de sobrina.

 

Sin embargo, mientras me follaba al hombre de su vida, no encontraba rastro de culpabilidad.

 

…..

 

 

Moría por un cigarrillo, pero Andrés no fumaba y mucho menos en la cama. Él mantenía la mirada perdida en el techo y yo descansaba apoyada en su brazo; temía que la sombra de la culpa lo atrapara otra vez, tenía que sacarlo de sus pensamientos a toda costa.

 

—Arréglate estas melenas —dije, jugueteando con el vello que asomaba de la axila. Le acaricié el pubis, atrapé la verga gordezuela y masajeé los testículos—. Y aquí también; tienes que cuidarte.

 

Él sonrió.

 

—Si de pronto decido depilarme las axilas y el pubis, te aseguro que Berta no tardará ni diez segundos en sospechar.

 

—¿Le has dado motivos?

 

—Nunca. Es la primera vez que…

 

«Le pongo los cuernos. No lo dice, pero la idea sobrevuela. Andrés evita esas expresiones, tampoco ha mencionado la palabra infidelidad; le quema en la boca cualquier alusión a lo que ha supuesto acostarse conmigo. Pese a todo, superado el momento embarazoso, está feliz; se le nota en la cara».

 

—No digo que te dejes la piel de un bebé; con que te recortes un poco será suficiente. A Berta también le gustará, ya lo verás.

 

La mención a su mujer hizo que desviara la mirada. Tenía que obligarlo a afrontar la culpa.

 

—Es una gran mujer; no hace falta que te diga lo que la quiero, ni tampoco lo que pienso de esto: ninguno de los dos queremos hacerle daño.

 

—Ha sido una locura. No podemos volver a…

 

Había entrado en pánico; debía de estar imaginando escenas trágicas en las que su matrimonio se desmoronaba. Me incorporé para quedar a horcajadas sobre él. Intentó apoyarse en el cabecero buscando quedar a mi altura, pero lo impedí. Iba a decir algo cuando tomé la palabra:

 

—Dame las manos, dámelas —insistí. Las cogí y las coloqué en la parte baja de mis caderas. Erguida sobre él, vi la deriva por mi cuerpo—. Ahora que soy tuya, ¿cuánto tiempo crees que podrás aguantar sin volver a tenerme?

 

—¡Carmen, no me digas eso! —su expresión afligida me conmovió.

 

Se incorporó para refugiarse entre mis pechos y, abrazándome por la cintura, comenzó a mecerse. No era un niño asustado, sino un hombre, quería que se comportase como tal. Deshice el lazo, salté de la cama y me quedé a un lado, cerca. Lo obligué a sentarse frente a mí y le pasé la mano por el cabello. Andrés volvió a las andadas: el vientre, los tatuajes, las nalgas... hasta enredarse en el vello de mi pubis.

 

—¿Te gusta mi bosquecito? —Una risa fresca brotó espontánea.

 

—A mí me parece un prado.

 

Lo tomé por la nuca y lo pegué a mi prado.

 

—Pruébalo.

 

El aroma lo enardeció. Buscó un resquicio y por ahí metió la lengua; puse un pie en el colchón ofreciéndole todo y se enganchó como lo hacen los ternerillos a la ubre.

 

—Mámalo, cariño, sácale el jugo.

 

Caí a los pies de la cama sin dejar de estar enganchada. Así consiguió llevarme al orgasmo, con suaves lengüetazos de recuerdo para sacarme los últimos temblores. Abrí los ojos y ahí estaba, sentado en la cama, mirando absorto entre mis piernas como si estuviera ante la mayor obra de arte. Respiré profundamente y eso lo alertó; cruzamos miradas y sonrisas. Pero mi sexo expuesto era demasiada tentación y volvió a perderse en él. Me estiré, llevé una mano por mi cuerpo brindándome una caricia bien merecida que acabó allí donde él tenía los ojos. Estaba en medio de un lago untuoso y le ofrecí el espectáculo íntimo de lo que una mujer es capaz de obtener con sus dedos, paciencia y un poco de descaro.

 

Mis dedos se deslizaron despacio por los pliegues resbaladizos dibujando círculos lentos alrededor del clítoris que latía sensible. Andrés no parpadeaba, su respiración se había vuelto pesada y vi cómo su mano bajaba inconscientemente hacia su propio sexo sin atreverse a tocarse todavía. Solo observaba, como si temiera que cualquier movimiento brusco rompiera el hechizo.

 

Levanté un poco las caderas en busca de un mejor ángulo, separé aún más las piernas para mostrarle cada detalle: mis dedos se hundían en mi interior buscando humedad y volvían arriba a presionar justo ahí, con la presión exacta que había aprendido en tantas noches a solas o en compañía de mujeres expertas. Un gemido suave escapó de mis labios, fue deliberado, quería que entendiera que aquello también le pertenecía.

 

—¿Ves lo que provocas? Esto es lo que imaginaba cuando corregías mis textos y me mirabas por encima de las gafas, serio, intocable… Volvía a casa para tocarme pronunciando tu nombre en silencio.

 

Hizo suya la fantasía. Los ojos se le oscurecieron y la mano se cerró alrededor de sí mismo, moviéndose con el mismo ritmo que yo marcaba con mi cintura. Era hermoso verlo: mi mentor de toda una década, sentado al borde de la cama, masturbándose mientras yo me abría entera a su mirada.

 

Aumenté la velocidad, hundí la otra mano en mi interior. El eco húmedo de mi maniobra llenaba la habitación, un chapoteo constante y excitante. Estaba a punto de caer de nuevo, pero esta vez la ola venía desde más profundo.

 

—Mírame, Andrés —jadeé—. Me voy a correr pensando en ti.

 

Y lo hice. Me arqueé; sentí el tirón de los aros en mis pezones, el placer me atravesaba en oleadas largas, silenciosas al principio, antes de que un grito desgarrado escapara de mi garganta. Mis dedos no se detuvieron mientras duró el último espasmo; al fin quedé lacia, sin aliento, con la mano aún entre las piernas.

 

Entonces reaccionó por fin. Tomó mi muñeca y se llevó mis dedos a la boca. Los lamió despacio, entregado a la experiencia de saborearme convertida en un manjar único. Después, se arrastró para tumbarse a mi lado y me envolvió en sus brazos. Ninguno dijo nada durante un rato; solo respirábamos juntos, su corazón latía fuerte en mi mejilla. Después, con la voz quebrada por la emoción, murmuró en mi pelo:

 

—Nunca volveré a leer uno de tus informes sin recordar esto.

 

Sonreí, besé su piel salada y cerré los ojos.

 

—Bien —respondí—. Porque nunca volveré a escribir uno sin esperar que lo recuerdes.

 

Desperté en la misma postura: recogida en su costado; mi mano cubría el miembro dormido, mi posición favorita para dormir acompañada. Sonreí; Andrés roncaba.

 

Cerré los ojos.

 

…..

 

Habíamos dado un paso enorme en nuestra relación, aun así, mantuvimos la costumbre de dormir en habitaciones separadas. Eso sí, con la puerta abierta; ya no hacía falta pedir permiso con los nudillos. Cenábamos, jugábamos al ajedrez, follábamos (o no) y luego cada uno regresaba a su espacio. Desde la cama escuchaba el murmullo de su voz al teléfono antes de que se instalara el silencio. Yo… leía, hacía planes. Hice algunas llamadas en esas horas que invitan a la confidencia.

 

 

La última frontera

 

Nuestro tiempo en Santander tocaba a su fin y el regreso a la normalidad empezaba a asomar con la inercia propia de las despedidas. Había empezado a organizar el equipaje cuando Andrés lo cambió todo. Decidió que nuestra última noche merecía una despedida a lo grande y salimos a cenar sin medida.

 

No acostumbro a hacer cenas copiosas y lo de aquella noche terminó por reventar mi interior. Desperté a oscuras, con el sudor frío pegado a la frente; logré sentarme en la taza antes de que el cuerpo lo soltara todo.   Andrés apareció en la puerta, atraído por el ruido y la luz. Se quedó allí, de pie, viendo cómo me retorcía de dolor. Cerré las piernas y me encogí.    

 

—Vete de aquí. No mires —solté entre dientes.    

 

No hizo caso. Me obligó a permanecer expuesta, en pleno vaciado ante él. El sonido de la orina, la traición de los gases y el impacto sordo de los desechos contra la porcelana llenaron el aire. Sin misterios ni pudor: sólo un olor acre y mi gesto desfigurado. No aparté los ojos de los suyos; mantener la mirada era el último reducto de mi dignidad.  

 

—Vete, tengo que limpiarme —insistí con la respiración entrecortada.  

 

—Deja. Yo lo hago.  

 

Trataba de asimilarlo cuando Andrés me puso en pie como a una muñeca de trapo. Yo le dejé hacer, aturdida. Giró mi cuerpo, me inclinó sobre la cisterna, separó las nalgas y pasó el papel con una parsimonia brutal. Todo sin que yo reaccionara. Limpió concienzudamente, varias veces, sin un solo gesto de asco. Fue un momento de intimidad infantil. Me faltaba el aire; aún guardaba la sensación de su mano en mi espacio más prohibido y él volvía a la carga usando más papel. Y me dejé. Yo me dejé.  

 

Después, me condujo a la ducha. El agua caliente borró el entorno. Andrés vertió una buena cantidad de gel en la esponja que había usado en mi espalda y me limpió el culo y la entrepierna hasta que no quedó rastro del desastre. Volví a ser niña otra vez, pero no quedó ahí. Desechó la esponja y empezó a frotar a mano con una intención que ya no era la de un cuidador, haciéndome arquear el lomo contra los azulejos. Usó dos dedos, se movió entre los labios, buscó por detrás y forzó un nuevo orgasmo bajo el chorro de agua, mezclando el jabón con mi propio flujo.   Me dejé, me había dejado; aún seguía apoyada para no caer, porque mis piernas no me sostenían.

 

…..

 

El vapor lo llenaba todo. Carmen seguía apoyada contra los azulejos, el agua resbalaba por la espalda. No quedaba rastro de molestia, solo un hambre nueva que el placer no había logrado calmar. Clavó la mirada en él.

 

—Entra —ordenó con la voz firme a pesar del agotamiento—. Entra conmigo.

 

Andrés se detuvo en el borde del plato de ducha. Observó su cuerpo, todavía vibrante por el orgasmo que le había arrebatado segundos antes.

 

—Tengo que orinar primero —murmuró, haciendo amago de girarse hacia el váter.

 

Carmen estiró el brazo y le rodeó la muñeca, deteniéndolo en seco.

 

—No. Hazlo aquí. Entra de una vez.

 

La miró desconcertado; una chispa de comprensión le imprimió una expresión oscura.

 

—¿En serio? —preguntó y su voz flaqueó.

 

—Entra —repitió ella, imperativa.

 

Andrés se desnudó con torpeza. Al entrar bajo el agua, el espacio se redujo. Ella hincó las rodillas en el suelo, ajena al diluvio que le golpeaba la espalda. Quedó allí, pequeña y poderosa a la vez, alzando el rostro con la devoción de una fiel que ora ante un santo tallado en piedra. Él entendió el gesto y cedió. El caño dorado atravesó el vapor, Carmen lo guió indicándole el camino: primero hacia el pecho, quería sentir el calor líquido correr por su piel; luego hacia los hombros. Andrés sostenía su sexo, ahora convertido en arma, y disparaba donde ella ordenaba. Estaba extasiado ante la imagen de una mujer que recibía un baño de orina como si fuera una bendición.

 

Finalmente, le hizo apuntar al rostro. Cerró los ojos y la boca, el cálido fluido le recorrió la frente, las mejillas, los labios fruncidos; bajó una mano buscando el roce que completara la entrega. El sonido de la ducha y el impacto del potente chorro sobre la piel creaban una atmósfera de santuario profano.

 

Andrés terminó de orinarla, el silencio sólo fue roto por la respiración agitada de ambos. Carmen se aclaró los ojos con abundante agua y lo vio: erguido, acariciando su miembro aún firme.

 

—Sigue —exigió desde el suelo.

 

Cerró el puño y empezó a masturbarse. Aquella estampa de la mujer mancillada a sus pies le había inyectado una descarga de adrenalina que convirtió el deseo en dolor físico. En el umbral mismo del orgasmo, justo antes de perder el control, la escuchó gritar:

 

—¡En mi cara, hazlo en mi cara!

 

Andrés emitió un sonido gutural, ahogado por el estrépito del agua. El semen brotó disparado, mezclándose con el vapor condensado y los restos de orina en el rostro de ella. Carmen se apartó de la ducha para evitar que el agua diluyera la espesa textura que le recorría la frente, la nariz y los labios; recibió la descarga sin cerrar los ojos, recogía con los dedos aquellos impactos que estaban a punto de descolgarse y los saboreaba.

 

Se dejó caer contra la pared sacudida por violentos espasmos mientras él terminaba de vaciarse. Andrés culminó su orgasmo restregándole el glande por la cara. —¡Toma, puta! —bramaba, golpeándole la mejilla con la verga aún turgente—. ¡Zorra, furcia, toma! Cada insulto llegaba acompañado de un latigazo del miembro sobre su rostro. Carmen, inmersa en la misma vorágine, intentaba alcanzarlo con los labios, pero fue él quien se impuso; le sujetó la cabeza con ambas manos y le embistió la boca con la escasa erección que le restaba. En ese éxtasis de locura, él estalló en un grito liberador: por fin había roto amarras, por fin tomaba la iniciativa. Con el juicio perdido, continuaron la orgía de sexo, orina y semen: ella dejándose penetrar por una verga que se desvanecía y él empujando con saña, como si pudiera revivirla a golpes de cintura.

 

Se detuvieron, agotados. El silencio regresó al refugio, habitado sólo por el rumor constante de la ducha y el sonido agitado de su respiración. Andrés la ayudó a incorporarse y unieron sus cuerpos en un abrazo donde sus olores se volvieron uno solo, indistinguibles. Se miraron a los ojos, reconociéndose en esa desnudez total de la que no se vuelve.

 

De pronto, una risa de alivio compartido rompió la tensión acumulada. Ambos terminaron riendo a carcajadas bajo el agua, entregados a la euforia de su propia transgresión.

 

 

…..

 

El espejo del baño empezó a clarear mostrando su reflejo entre jirones de vaho. Andrés la observaba como quien mira un paisaje después de un cataclismo. Ella, con el pelo empapado pegado a las sienes y la piel todavía encendida, le sostuvo la mirada a través del cristal. No había rastro de humillación, en el reflejo se vieron tal cual eran, despojados de capas de civilización, decoro y pudor. Carmen le quitó la toalla de las manos y empezó a secarle el pecho. Andrés sonrió de una forma distinta: la sonrisa de quien ha encontrado a su igual en el fondo de un abismo.

 

Salieron del baño, el contraste de temperatura les recordó que el mundo exterior seguía existiendo. Sin embargo, la habitación no era la misma, el eco de las risas se había extinguido absorbido por las sombras dando paso a un silencio denso que parecía caer sobre cada rincón y cada mueble. No encendieron ninguna luz, caminaron guiados por el pálido resplandor del cuarto de baño que dibujaba las siluetas. En la penumbra, los sonidos se magnificaban: el goteo rítmico de la ducha, el roce de la piel, el crujido de la madera bajo los pies.

 

Ya en la cama, el silencio se convirtió en el contrato que sellaba lo ocurrido. No hacían falta palabras; cualquier frase habría sonado vacía, un insulto a la magnitud de sus actos. Carmen se acurrucó, Andrés la rodeaba con la avidez de quien custodia un tesoro prohibido. En la oscuridad, comprendieron que habían cruzado una frontera de la que no se regresa. No eran dos simples amantes; eran cómplices de una conducta que el resto del mundo jamás podría entender.

 

 

"La palabra se le ha dado al hombre para ocultar su pensamiento."

 

Julien Sorel, protagonista de “Rojo y negro”. Stendahl 1830

 

 

Era inútil, no conseguía conciliar el sueño. No dejaba de darle vueltas a lo sucedido, a mi pasividad, a mi consentimiento. ¿Urolagnia? ¿Coprofilia? Lo que había pasado entre nosotros difícilmente entraba en el rango de lo que se considera… ¿O sí? No era el momento de hacer un análisis en profundidad; ya lo pensaría con calma.

 

Casi amaneciendo, murmuré:

 

—Andrés.

 

— ¿Mmm?

 

—No esperes que yo… a ti… No podría. Lo siento.

 

—Si te refieres a la parte más… sucia de todo lo que hemos hecho; mejor dicho: de lo que te he hecho, puedes estar tranquila. No pienso pedírtelo.

 

Estreché el abrazo que nos unía. Poco después fue él quien rompió el silencio.

 

—Perdóname por haberte insultado, me dejé llevar.

 

—Bobo, no me estabas insultando. Has roto muchos tabúes esta noche y ese ha sido uno de ellos.

 

—Es la primera vez que uso la palabra zorra con una mujer. O furcia. O… Estoy avergonzado.

 

—Vuélvete.

 

Andrés obedeció y quedamos cara a cara. En la penumbra podíamos distinguir nuestras facciones, tan cerca el uno del otro que respirábamos el mismo aliento.

 

—Cada insulto, cada golpe en la cara con tu polla me han vuelto loca de placer. No es la palabra, sino la intención. No me estabas insultando, tampoco pretendías hacerme daño con… esto —concluí, tomando la verga todavía dormida entre mis dedos.

 

—No, por supuesto, pero fue tan…

 

—¿Sucio? Esta noche hemos hecho cosas muy sucias, cariño, y no me arrepiento. ¿Y tú?

 

—No. —respondió, rendido a lo evidente. Su mano me acariciaba un pecho en respuesta al cuidado que yo prestaba a su miembro, ya despierto.

 

—Dímelo. Llámame puta, zorra, furcia… lo que desees.

 

—Carmen…

 

—Hazlo y mírame a los ojos mientras me lo dices.

 

El tacto de nuestras manos hizo su efecto. Aún le costó comenzar, pero cuando lo hizo, terminó de borrar su última reserva.

 

—Zorra, puta —repitió varias veces exhalando el aire. Yo le animaba con un «sí» breve que no lo interrumpiera—. Puta, eres una… ¡furcia!

 

Yo le espoleaba con muestras sinceras de aceptación y placer. Siguió con su letanía: ramera, guarra… pero «puta» era el insulto más repetido. A medida que dejaba atrás el prejuicio, se sentía más cómodo; su verga empezaba a reaccionar tímidamente y, de estar apoyada en mi muslo, pasó a apuntar con firmeza hacia mi pubis.

 

De pronto, interrumpió su letanía y me besó apasionadamente. Quedamos en silencio, abrazados, asimilando esta nueva vulneración.

 

Su voz me sacó del umbral del sueño.

 

—No quiero que Ángel se entere.

 

—¿De qué? ¿A qué te refieres? —pregunté alarmada.

 

—A… lo nuestro.

 

Solté un suspiro de alivio que me vació los pulmones.

 

—Ah… qué susto me has dado.

 

—¿Qué te creías? —murmuró con un rastro de ironía—. ¿Que yo pensaba que ibas a ir a contarle lo que hemos hecho en el baño? ¿O que me había pasado por la cabeza decírselo yo y me he arrepentido ahora? No seas tonta.

 

Le besé la frente agradecida por su franqueza.

 

—No va a ser fácil, pero esto es nuestro. Solo nuestro.

 

Y nos quedamos abrazados. La claridad azulada del día empezaba a ganar terreno al brillo artificial del cuarto de baño. La luz del amanecer se colaba por la rendija de las cortinas.

 

…..

 San Vicente de la Barquera

 

«El aire de San Vicente siempre huele a una mezcla entre salitre y leña húmeda». Eso fue lo primero que Andrés dijo al bajar del coche. Me miró con una intensidad que me hizo temblar un poco; no era la mirada del jefe que revisa los informes, sino la del hombre que, sólo unos días antes, se atrevió a cruzar la línea que nos separaba. Me apretó la mano, un gesto que en el gabinete habría sido impensable y que aquí, frente al mar, se sentía como el único idioma posible.

 

El día amaneció con esa luz suave del norte. Al cruzar el Puente de la Maza, Andrés intentó aguantar la respiración para cumplir la leyenda. Se puso rojo del esfuerzo y acabamos riéndonos. Cuando por fin soltó el aire, se acercó a mi oído y me susurró lo que había pedido. No era un deseo de futuro, sino una confesión de lo que sentía ahora que no teníamos que escondernos.

 

Subimos a la Puebla Vieja, donde las piedras milenarias parecen guardar mejor los secretos. Camino de la Iglesia de Santa María, nos detuvimos en un rincón apartado. Allí, protegidos por los muros del castillo y el viento frío, nos besamos con las ganas de quienes han descubierto que llevaban meses deseándolo en silencio. No había rastro de la relación profesional; solo quedábamos nosotros dos, descubriéndonos en un escenario ajeno a pacientes o reuniones a las nueve de la mañana.

 

Comimos Sorropotún en un local del puerto. Verlo allí, con el jersey de lana que nunca se pondría para trabajar y el pelo revuelto por la brisa, me hizo darme cuenta de que este viaje era nuestra verdadera presentación. Le limpié una mancha de caldo de la mejilla y él me sostuvo la mano sobre la mesa sin importarle quién pudiera vernos. Allí no éramos la doctora Rojas y el doctor Arjona. Éramos algo nuevo, algo que aún no sabíamos nombrar pero que nos quemaba por dentro.

 

Por la tarde, en la playa de Merón, caminamos por la orilla bajo la mirada lejana de los Picos de Europa. Andrés tomó una foto distraída mientras yo miraba el horizonte. Era una imagen inocente, pero la preocupación me agobió. Él se excusó y veló el carrete recién estrenado. —Lo siento —dije. Le restó importancia, pero confesó que, tras haberme visto así, libre y lejos del despacho, no sabía cómo sería capaz de volver a tratarme como a una colega el lunes por la mañana.

 

Sentados frente a un último café, nuestras rodillas se rozaron bajo la mesa de forma constante. Sabía que la vuelta sería extraña, pero mientras le miraba a los ojos, entendí que San Vicente no había sido sólo una escapada. Había sido el lugar donde dejamos de ser extraños y empezamos a ser nosotros.

 

 

 

Citas

 

1 Tous les garçons et les filles. Françoise Hardy 1962

 

2 Capítulo 167. De dualidades y dilemas. Agosto 2022

 

3 Capítulo 155 Reproches. Noviembre 2021

 

 

 


198 comentarios:

  1. Mario no tiene motivos reales para separarse de Carmen, pero si le está dando todos los motivos a Carmen para separarse de él.

    El silencio es el más doloroso de los látigos que desgarra la carne con cada golpe de silencio e indiferencia.

    Carmen está más rota que Mario, esta siendo castigada por darle a Mario lo que más deseaba, me da muchísima pena, porque una conversación lo arreglaría todo, pero el muro que se encuentra entre ellos es demasiado alto.

    El que siga pensando que Angel se preocupa y cuida a Carmen como un amigo que se lo haga mirar, dije que era un error que Carmen se sincerara con el, no a tardado en quitarse la careta, Angel es un oportunista y un cabron.

    Lo siento por Berta porque ella no tiene culpa de nada, pero me gusta mucho Andrés como pareja de Carmen, sabemos que Carmen y Mario vuelven, pero si no hubiera sido así Andrés sería la pareja perfecta para ella, es cariñoso cuando tiene que serlo y también sabe desatar la bestia que lleva dentro para satisfacer a su pareja.

    Me es imposible no sentir ternura por Carmen y ganas de sacudir a Mario por imbecil, lo hecho hecho esta, Carmen no necesita a un Mario que se arrepiente por algo que no tiene vuelta atrás, lo que ella necesita es que su pareja este a su lado apoyándolo en ese viaje en el que el la involucró.

    Menos mal que estoy de vacaciones, porque si no a ver quien es el guapo que se levanta mañana.

    Los 10 minutos de añadido engloban la última frontera y San Vicente de la Barquera, creo que esa parte está escrita por Carmen, seguro que no lo hacierto, pero lo importante es participar.

    Un abrazo muy fuerte para los dos, sois la muestra viviente que el amor existe, porque de no haberlo sería imposible que hoy en día estuvierais juntos, en un año y medio que lleva relatado el diario habéis vivido más que muchísimas parejas en toda su vida, joder si queríais emociones haber hecho puenting, jajajaja.




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  2. Menudas horas de publicar, Mario, nos quieres matar de sueño.

    Lo tendré que leer despacio, pero mi primera impresión es que estamos ante uno de los mejores capítulos publicados hasta ahora. Es un relato repleto de sensibilidad y en el que los autores arriesgan mucho.

    Hay escenas brutales que ya comentaré, me voy a centrar ahora en detalles que “la autora” suelta como si nada, por ejemplo que a día de hoy conserva el collar que le regaló Andres. Es evidente si interpretamos ese juego de tiempo pasado – tiempo presente que combina para describir el suceso y el collar. O esa referencia velada a su disociación después de la escena con Pablo, “Tal vez más tarde recordase que hubo un momento en que se planteó rechazar ese juego, pero ahora, ahora lo había olvidado por completo”. Hacia mucho tiempo que no se mencionaban esos “olvidos” que la protegen.

    Puede que su conducta con Emilio sea la de la otra personalidad que vive en su mente. Fría fría, calculadora, profesional. “Es lo que me mantiene a salvo”. Emilio no lo entiende, no se relaciona con comodidad con la puta que le pregunta si ha quedado satisfecho. “Ay, Emilio, aún no tienes claro qué y quiénes somos. Trátame como una señora o como una doctora cuando nos encontremos en un acto social o profesional. Aquí y ahora, trátame como a una puta, es lo que soy, es a lo que has venido.”

    En cambio en Santander es ella misma, la tía más sexual que existe. (Ahora que no me oye mi chica). Un metro noventa de estilazo, cuerpazo y todos los “azos” que se me puedan ocurrir. ¡Dame una cita, santa luciiiiiiaaaaa! Jajaja.

    Lo de Santander tenía que pasar, llevaba preparándose desde el 11S, puede que antes, es la combinación de la admiración por su mentor y esa fijación por los hombres mayores que tiene. Lo que pasa es que Andrés despierta un hombre con iniciativa propia y explora conductas que probablemente nunca se había planteado. ¿Aberraciones, perversiones? No seré yo quien lo juzgue, menuda soy…

    Sobre el concurso que plantea Mario, lo pone difícil.yo veo la mano de Carmen por todo el texto, en unos sitios más y en otros menos. Tengo localizados tres escenas que son de su autoría sin dudarlo pero quiero estudiarlo más a fondo.

    Volveré cuando lo lea con calma y sin sueño.

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  3. Tarde y mal. Al final interrumpí la corrección porque, con tanto añadido de última hora, veía que nos íbamos a febrero. Además, se me presentan unos días bien cargados; no era cuestión de esperar más tiempo. Como buen obsesivo compulsivo, no estoy satisfecho y veo fallos por todas partes.

    Lo que es la inflación, ¿eh? De los sesenta minutos que anuncié a mediados de diciembre para el capítulo completo original, pasamos a una hora y tres cuartos el 26 de Diciembre y como seguía creciendo, al día siguiente metí la navaja y saqué dos capítulos de sesenta minutos cada uno. Me centré en el primero y cuatro días después ya media sesenta y cinco.

    Luego empezó la invasión. Que si esto está incompleto, que aquí falta explicar esto y lo otro, que si no cuento lo que pasó después, no está completo….

    A ocho de enero hablé de diez minutos más, un día después ya eran diecisiete. Cuando me paré a contar la duración del capítulo me eché a reír.

    Aquí lo tenéis, una hora y media que espero no se os haga pesado.

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    1. No se hace pesado y el texto está perfecto donde tiene que estar, sientes el dolor de Mario, pero sobre todo sientes a Carmen, como tiene que adaptarse a su nuevo rol en el gabinete (espero que termine dejando ese gabinete que se está cubriendo de corrupcion), la interacción fría y profesional con Emilio para protegerse a sí misma.

      Y por último la mejor parte del capítulo Andrés, ahí como dice Lucía vemos a la verdadera Carmen y durante esos días vuelve a ser feliz.

      Siente rencor por Mario por su indiferencia, como no sentirlo, que pretende Mario, joder esa indiferencia me dento mal hasta a mi.

      Has sido capaz de trasmitir es este texto todos los sentimientos tanto de Mario como de Carmen así que dile a tu parte obsesiva que misión cumplida.


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  4. Bruto.
    Mí queridísimo Cayo, pesado no se me ha hecho, cansado sí, esta mañana me he despertado media hora más tarde y de milagro, me dormí a las doce y cuarto sabiendo que publicabas, al una y media me desperté e imagina que pasó.
    Y al texto una vez leído hay que darle alguna vuelta. Total jodido.

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  5. Lo de siempre, los personajes van vienen y carecen de consistencia, lo de Carmen a estas alturas de la vida, que sin haber salido de una relación, caiga en brazos de alguien como Andrés es de traca, de mucha traca, para que esto cunda hay que ir estirando el chicle, un dominante o empotrador hubiera sido otra historia ...

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  6. Un gazapo. Nombras a Andrés cuando se despide de Emilio.

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  7. Tiene razón Lucia, hay dos Carmen en el capítulo
    La que está con Emilio una profesional del sexo, una prostituta que se ha formado con las chicas de Tomas y con Candela
    La que está con Andrés, Dulce sexual a tope cariñosa y morbosa a tope.
    No veo aberración en lo que hacen a lo mejor es que soy un vicioso del copon. La última frontera me ha puesto mucho.
    Apuesto por la última frontera. Eso no lo ha escrito Mario.
    Me gusta esta tía no se deja avasallar. En vez de arrugarse coge a Pablo y lo maneja como me da la gana Que ovarios tiene

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  8. Se te ha pasado por alto quitar una nota de trabajo en a sección “la cita “

    [ menciona el capitulo 156. Primer encuentro con Emilio]

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  9. Me gusta esta tía no se deja avasallar. En vez de arrugarse coge a Pablo y lo maneja como me da la gana Que ovarios tiene.

    Aquí en parte Dosoctvas tiene razón, pero seamos realistas esto no supone un reto para Carmen una vez le cogió la polla Pablo ya estaba derrotado.

    El problema es que cuando llega la hora de la verdad Carmen si se deja avasallar y sus ovarios brillan por su ausencia, Diego, Angel, Tomás, Domenico y en un futuro cercano Meisner.

    ¿Porque no fue Carmen a Nueva York?, porque una vez tuvo lejos a Angel salió a relucir lo que pensaba de verdad, que no estaba de acuerdo en el rumbo que estaba tomando el gabinete.

    Otra pregunta que me hago es que une a Carmen con el gabinete, la única respuesta que se me ocurre es Andres, porque ella ya no trabaja de sicologa en ese gabinete, se a convertido en la puta de Angel, se libra de Diego para acabar exactamente igual con Angel.

    Es aquí donde tendría que haber sacado sus ovarios y decirle a Angel que si lo que quería era una puta se lo dijera a Claudia, pero no a habido ni un ápice de rebeldía, lo único que a habido es vasallaje.

    El gabinete que Carmen conoció y por el que trabajo incansablemente ya no existe, ahora es un lugar donde se hacen negocios turbios que serán premiados con el coño de Carmen.

    El día que Carmen le diga a Angel, si soy puta, pero también sicologa y ese es el trabajo que voy a desempeñar en este gabinete el de sicologa y si no estas de acuerdo aquí tienes mi carta de dimisión, entonces estará demostrando tener ovarios.




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    1. Joder apasionado no te reconozco me has dejado ojiplático
      Te leo y me parece estar leyendo a los haters de TR ya sabes de quien hablo
      Mucha bilis tío o te has quitado la careta

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    2. No es hate, simplemente es como yo lo veo, como siempre digo es mi punto de vista no la verdad.

      Pero tampoco creo estar muy errado en lo que he comentado, Carmen no está de acuerdo con lo que propone Angel incluso apretá los puños enfadada con lo que esta escuchando, pero al final acepta, incapaz de negarle nada a Angel, cada vez que el quiere algo Carmen agacha la cabeza y se lo concede, para mi estos son los momentos donde tiene que sacar esos ovarios y plantarse, pero decide aceptar y con el triste consuelo de poder acerlo con sus condiciones, un triste consuelo porque todos sabemos que Algel se saldrá con la suya.

      No tengo nada que ver con los haters de TR y no tengo careta que quitarme simplemente he dado una opinión y he intentado argumentarla.

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    3. Sabía que este punto de vista iba a tener muchos retráctores y tal vez sea el único que lo vea así, eso no significa que mi intención sea echar mierda sobre Carmen, simplemente veo lo bueno de Carmen, pero también lo malo y lo comento, pero lo vuelvo a reiterar lo hago sin ser el dueño de la verdad y pudiendo equivocarme.

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  10. Excelente capítulo! también vi el gazapo que mencionaron y la nota que dice Lucía, que al principio me hizo sospechar de si se trataba del fragmento al que nos retas a descubrir, pero me inclino más hacia la última frontera de momento, me pega que Carmen pida inlcluir esa escena para entender la relación posterior con Andrés.
    Estoy de acuerdo con Apasionado respecto a Ángel, no me termina de gustar, no me fío de el.
    Pobre Carmen atrae todo tipo de perfiles y sin embargo sabe lidiar con todos, aunque peque de inocente y aparentemente no las vea venir (me refiero a Tomás y a Ángel).

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  11. Entiendo que todo es inabarcable pero también pienso en lo que queda por decir, me extraña que Domenico no sepa nada de sevilla, tomas no aparece en este capítulo y santacruz después de lo último tampoco, lo que se relata aquí abarca semanas o días y son muchos los frentes abiertos y avanzar todos sería misión imposible.
    No es una crítica, se nota el magnífico trabajo realizado en equipo. Mé deja con la sensación de querer saber más jeje (qué impaciente) como si los protagonistas no tuvieran bastante con lo relatado! Vaya intensidad de vida y solo ha pasado un año y medio desde que comenzó la aventura y lo que aún les queda por vivir! Cualquier serie de ficción no l llega a vuestros talones vuestra historia.
    Lo maravilloso es como salváis todas las tempestades que han ocurrido y las que habéis pasado que aún no habéis contado. Toda mi admiración

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    1. Sabemos de antemano que no conoceremos el final de esta historia, pero lo que si podemos hacer es ir capítulo a capítulo hasta donde llegue.

      Hay un personaje que yo estoy echando de menos y es Candela, Mario, ¿no le habrá pasado nada verdad?, en el relato quiero decir.

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    2. Candela dará mucho, mucho juego en un futuro. Mucho.

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    3. Me alegra mucho saberlo, la verdad es que se quedo en una situación muy delicada.

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  12. Gracias, Lucia, se me pasó por alto esa nota.
    Suelo (solemos) poner anotaciones en el texto encerradas entre corchetes para incorporar o corregir con posterioridad. En este caso, quedó olvidada. La idea era añadir una cita referida al capítulo 156, algo que al final desestimé.

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  13. Mario gracias por poner el concurso tan fácil, como dice Lucia, la mano de Carmen se ve en varias partes del relato, pero esa ligera cursiva ayuda mucho, después te envío al correo mi apuesta al texto escrito por Carmen.
    Hablando del relato, Angel se saca la careta, pero Carmen no se si no lo ve, o no lo quiere ver. Creo que no tiene el valor de plantarse por el trabajo que ha tenido para llegar a ese puesto, pero como no lo pare, su reputación se va a ver muy comprometida.
    Con Emilio es profesional y se lo deja claro.
    Y Andrés es otra historia, estoy de acuerdo que esta parte se ve a la Carmen que nos tiene enamorados, juguetona, inocente, atrevida...

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  14. Muy bien redactado, gracias la actualizacion.
    Sigo sin entender a Apasionado, dandole caña a Mario: "Me es imposible no sentir ternura por Carmen y ganas de sacudir a Mario por imbecil, lo hecho hecho esta..." ya hasta lo insultas.
    No, si Carmen es una santa que se tira a todo lo que se menea y Mario según tu, es siempre el que tiene que tomar la iniciativa, es el manipulador, es el problema de la relación.
    Por favor Carmen es adulta, no una niña...

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    1. Vamos por partes, Mario a manipulado a Carmen constantemente y si vas a poner una frase que he dicho ponla completa no el trozo que te interesa a ti, esta es la frase.

      Me es imposible no sentir ternura por Carmen y ganas de sacudir a Mario por imbecil, lo hecho hecho esta, Carmen no necesita a un Mario que se arrepiente por algo que no tiene vuelta atrás, lo que ella necesita es que su pareja este a su lado apoyándola en ese viaje en el que el la involucró.

      Mario está siendo un imbecil porque los errores no se arreglan huyendo de ellos, se arreglan mirándolos de frente.

      De quien fue la idea de que Carmen follara con otros, porque a la Carmen del principio no se la había pasado por la cabeza hacerlo, fue Mario quien plantó la semilla y germino en la terapia de puta que Cambió a Carmen para siempre.

      Ahora a Carmen le gusta follar lo disfruta y fue Mario quien abrió la caja de Pandora y una vez abierta no se puede esperar que no haya consecuencias.

      Siento ternura por Carmen porque esta rota y en lo mas ondo de su corazón ansia a Mario lo necesita, pero este solo le ofrece silencio e indiferencia.

      Ya sabemos que Carmen no es una niña, pero está sola y triste rodeada de carroñeros, por lo menos Mario tiene a Elvira.

      A y lo de que que sacudirse a Mario por imbecil es una forma de hablar hombre, pero la verdad es que si se está comportando como un imbecil con Carmen haciéndola creer que el matrimonio se a roto por culpa de ella.

      Sabemos que es un papel que está interpretando Mario, pero Carmen no lo sabe y el dolor que ella está sintiendo viéndose abandonada y repudiada por el amor de su vida es real.

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  15. Y a todo esto, ¿dónde se quedó el monólogo de Carmen sobre los ciento un nombres de la vulva?

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  16. A 24 horas de nuestro 48 aniversario, recibimos el mejor regalo. Ya le dije a mi flaca que se quede tranquila que hasta los 50 aguantaré como sea, con tal de estar en la fiesta de las bodas de oro ja ja ja.

    Coincido con Lucía con la calidad del relato. Si Gardel cada día canta mejor, vos con tu Diario, cada día escribís mejor. Creo que necesitará más de una lectura. Un abrazo a todos.

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  17. Se me a comparado con los haters de TR y me gustaría aclarar mi comentario, vamos por partes.

    Carmen trabaja en un gabinete de sicologia donde ya no ejerce la sicologia, es el incentivo que ofrece Angel a Pablo si acepta trabajar para ellos y cumple con las expectativas, Carmen lo dice o abandono o sigo adelante y elige seguir adelante, en este punto no insulto a Carmen en decir que es la puta de Angel porque es lo que el le pide y ella acepta.

    Cuando digo que a la hora de la verdad Carmen se deja avasallar y no tiene ovarios lo demuestra con Angel, Carmen es sicologa ante todo, le gusta ejercer ese trabajo, más que el de prostituta, por eso no deja su trabajo en el gabinete cuando gana más ejerciendo pata Tomás, pero Angel le deja claro a Carmen que no va a alcanzar los objetivos, que a el no le interesa la Carmen sicologa, si no la Carmen prostituta y ella es incapaz de defender su puesto de sicologia aceptando un nuevo rol en el gabinete que le asquea.

    Lo lógico es que hubiera dimitido, ya ejerce de prostituta para Tomás no necesita ejercerlo también en el gabinete, ella allí era sicologa y muy buena.

    Carmen no va a Nueva York no por no estar con Angel, si no porque no está de acuerdo con las nuevas ideas que Angel quiere implementar en el gabinete y por eso no se monta en el avión.

    Y si creo sinceramente que el único punto de unión que le queda a Carmen en el gabinete es Andres, todos sus compañeros piensan de ella que a conseguido el ascenso por acostarse con un Angel que juega constantemente en el filo de la navaja con Carmen, sabiendo que es ella y solo ella la que va a terminar pagando los platos rotos siguiendo con su reputación intacta, si de verdad Carmen quiere seguir ejerciendo la sicologia tendrá que hacerlo lejos de ese lugar.

    Carmen es incapaz de plantarle cara a Angel, un Angel que fingió escucharla como un amigo y lo que de verdad estaba haciendo era sonsacar lo que hizo en Sevilla para utilizarlo en su contra, esa es una realidad.

    Cuando digo que el gabinete que conoció Carmen no existe es una realidad, antes era su buen hacer en la sicologia lo que abalaba ese gabinete, ahora la sicologia a sido relegada a una esquina como un juguete viejo y Angel utiliza el cuerpo de Carmen para conseguir nuevos clientes con suculentos contratos que venefician a su bolsillo, eso también es otra realidad.

    Y por último llegamos a mi último punto del comentario donde dejó clara mi postura, Carmen no es valiente aceptando ser el incentivo que ofrece Angel, si a ejercido de prostituta en un antro de Sevilla, pero eso no le da derecho a Angel de tratarla como si lo unico que tuviera valor fuera el cuerpo de Carmen y en ese punto tendría que ser ella la que se hiciera valer, pero decide asumir ese rol sumisamente, Pablo jamás respetará a Carmen como jefa, el se esforzará porque sabe que si obtiene resultados obtendrá el cuerpo de Carmen y esto también es otra realidad.

    No pretendo insultar a Carmen ni verter billis contra ella, expongo una realidad porque creo que Carmen no es feliz en ese gabinete, no es feliz con el nuevo rol que que le a otorgado
    Angel, un ascenso envenenado.

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  18. No vengo a echar más leña al fuego sino a hacerte ver lo que desencadenó el “ojiplatismo” de Dos Octavas y también el mío. No es el contenido de tu argumento, Apasionado. Es el tono.
    Hay un dicho que dice “ Si camina como un pato, nada como un pato, y grazna como un pato, entonces probablemente sea un pato”.
    Es lo que me pasó leyendo tu comentario. Por encima de tus argumentos, con lo que puedo o no coincidir, me encontré con un tono que a mi también me recordó a alguna gente que, con menos argumentación, vocea de vez en cuando en TR.
    Son las formas y no las razones lo que a mi en particular me sorprendieron y supongo que a Dos Octavas le pasó lo mismo. Mal asunto si aquí también traspasamos esa línea.

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    1. Os prometo a todos que no fue mi intención el de imprimir ningún tono a mi comentario, de hecho me cercione de argumentar lo mejor que pude y escribí el comentario desde la más absoluta tranquilidad.

      Pero me gustaría que me aclararais que queréis decir con lo del tono, porque mi estado anímico era el mismo en mi primer comentario y en este y no entiendo que es lo que he hecho diferente y eso me crea un problema para futuros comentarios en los que puedan surgir más malentendidos.

      Hasta no tener claro dónde he metido la pata me abstendre de comentar y no hago este comentario desde el enfado si no desde la buena fe, no tengo ningún deseo de que el blog se convierta en lo que se convirtió TR.

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    2. Yo no soy cono ellos Lucía, en TR insultaban a Mario y a Carmen he intentaban humillados con cada frase que escribían.

      Yo no he insultado a Mario ni a Carmen, ni me creo mejor que ellos y mucho menos he intentado humillarlos por tener una vida sexual diferente a la mía.

      Lo se porque yo me enfrente a ellos en más de una ocasión, si de verdad fuera o pensara como ellos no me molestaría en leer el diario.

      Si alguien más piensa como Dosoctavas y Lucía me gustaría saberlo.

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  19. Que gran relato nos has regalado, es muy bueno, creo de los mejores capítulos, no tengo claro que fragmento escribe Carmen pero coincido con quién ha mencionado LA ULTIMA FRONTERA sería la parte que escribe Carmen.

    Lo de Angel, ya se venía venir, que poco valora a Carmen como sicóloga, para el Carmen es una puta que le traerá muchos beneficios económicos, y pienso igual que Apasionado, a Carmen le está faltando carácter con la gente que la humilla. que quiere sacar tajada, con una sumisión, que no se puede entender, ya que ella misma se dice tener carácter, y sabe cómo manejar a las personas. pero cuando está con alguien com Gerardo, angel, Diego, el mismo Tomas, etc. le falta el carácter, se deja ningunear.

    Con Emilio, juega bien si papel de puta, Emilio sabe cuál es su papel, y disfruta de su compañía .

    Andrés como dijo creo Lucia se venía venir. Esa entrega total, de Carmen hacia Andrés. es de amantes, es de puro placer, carme sabe lleva a Andrés al límite hasta que el entiende de que se trata. Lo va llevando de la mano hasta que Andrés se suelta y hace lo que nunca ha hecho, disfrutar del placer sexual sin límite. o mejor dicho con los límites que solo los amantes pueden ponerse.

    hay mucho que analizar. tendré que dar otra leída para entender lo mejor posible este capítulo

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  20. Un lector que llevaba mucho tiempo sin dar señales de vida me ha escrito por privado para preguntarme dos cosas:

    —Si no pienso volver a publicar en TR.

    —Si considero que era necesario escribir la escena que él denomina escatológica (la última frontera).

    Respecto a lo primero piensa que estoy cometiendo una falta de respeto hacia los lectores que me siguen en TR, y en relación a la segunda cuestión, cree improcedente entrar en ciertas prácticas que, según él, no son nada eróticas y desvirtúan el diario hasta el punto de alejar a una parte de lectores.

    Comento aquí la respuesta que le he dado por si, en alguno de los dos casos, ha surgido el interés o la duda.

    No voy a suspender la publicación en TR, hay suficientes lectores anónimos interesados como para darles la espalda; es cierto que determinados comentarios me aburren y en algún momento, si tengo que elegir entre dedicar mi tiempo al blog o a escribir, o a publicar en TR, la tentación es clara; puede que esto, y la escasez de tiempo, haya influido en la demora. No obstante, la interacción con “ciertas personas” la baso en un principio básico de la psicología: estímulo – respuesta. La respuesta a un estímulo actúa como refuerzo, como la galletita que le damos a nuestro perro cuando hace algo bien y por eso reforzamos su conducta. Si queremos que deje de hacerlo, lo apropiado es no darle la galletita, supongo que me entendéis: lo mejor es ignorarlo. El fuego se extingue sin oxígeno.

    Con respecto a las escenas descritas en “La última frontera”, sólo puedo decir que el diario nació con la idea de contarlo todo, sin ningún tipo de censura y mucho menos con el ánimo de contentar a todo el mundo. Si ese fuera el objetivo, los capítulos no superarían los veinte minutos, serían mucho más light, (o no), y contaría otra historia que lo devolvería a los primeros puestos de la lista de los más leídos.

    Pero no sería el diario. La última frontera o la estancia en la mansión de los dueños de Phobos y Deimos forman parte del diario como el resto de la historia, son momentos de intimidad que no se cuentan a nadie, o a casi nadie, como la doble vida de prostitución de una psicóloga o la bisexualidad de su marido. Todos, en mayor o menor medida, tenemos una parte de nosotros, vivida o pensada, que jamas daríamos a conocer. A veces ni a nosotros mismos.

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  21. El otro día mandé un correo a Mario y a Carmen para saber si mi comentario les había ofendido y si ese hubiera sido el caso borrarlo y disculparme como era debido.

    No terminaba de entender el tono del que hablaban Dosoctavas y Lucía, pero despues de leer la contestacion de Mario lo he entendido.

    Seguido pondré la contestación que les he dado tanto a Mario como a Carmen.

    Hola Mario y Carmen:

    No has tardado en contestar, estoy acostumbrado a que mi jefe tarde semanas en contestar, en ocasiones me a contestado cuando ya he resuelto el problema, así que no has tardado en absoluto.

    Ya he entendido por donde venia el problema del tono, no es enfado, por lo menos no con Carmen y contigo, si hay reproche, pero como dices con la mejor de las intenciones.

    En el caso de Mario por no entender esa frialdad, esa indiferencia que se clava en Carmen como cuchillos al rojo vivo, probocando en ella la creencia que a decepcionado tanto a Mario que ya no desea saguir a su lado cuando no es verdad, me parece excesivo y me reveló contra esa actitud que me parece injusta.

    En el caso de Carmen por confiar ciegamente en gente que no se lo merece, Angel escucho todo lo que le contó Carmen y que ha hecho con ello, usarlo en su beneficio y Carmen en vez de plantarse y decirle por aquí no pasó, le a seguido la corriente y me a sido imposible no revelarne también contra eso.

    Pero el tono indignado no va contra Carmen, va contra la injusticia del actuar de Angel, después de escuchar a Carmen, de ver lo mal que estaba lo mucho que le había afectado lo ocurrido en Sevilla, va el tío y muestra cero empatia decidiendo que de aquí en adelante Carmen ya no será una sicologa, sino un incentivo.

    Joder la situación me parece tan injusta, tan carente de moral que incluso cambio el tono que suelo imprimir en mis comentarios sin darme yo cuenta.

    Sigo pensando que Carmen en aquel entonces se tendría que haber hecho valorar mucho más, ella da el 100x100 en todo lo que hace ya sea como sicologa, como prostituta o como mujer, amante o amiga y tipejos como Angel o Tomás son incapaces de darle el verdadero valor que tiene no sólo como mujer, sino como persona.

    Puta o coño no eran reproches contra Carmen, eran reproches dirigidos a Angel un ser carente de moral ni principios capaz de todo si con ello saca tajada.

    De todas maneras me alegro no haberos ofendido, aunque escribí el comentario calmado, cuando algo me indigna me dejo llevar y a veces me paso de la raya sin que sea esa mi intención.

    Un abrazo muy fuerte para los dos.

    Dosoctavas, Lucía ya he entendido lo que os chocó de mi comentario, pero ese tono nunca fue contra Carmen, si no contra lo propuesto por Angel, una proposicion que me pareció tan asquerosa que me revolvió hasta el estomago.


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  22. A la última frontera yo no le daría más trascendencia es algo que sucedió en un momento puntual, a todos hay cosas que nos pueden gustar más o menos, pero Mario y Carmen como autores tienen el derecho de plasmar en su relato lo que ellos consideren oportuno.

    Después esta en la mano de los lectores si leerlo o no, porque ninguno está obligado a hacerlo.

    De todas maneras el diario hace mucho que trascendió a algo más grande que un relato erotico.

    Creo que el éxito del diario radica en que Carmen y Mario siempre han sido fieles a lo que querían relatar y plasmar en este relato sin moverse del camino trazado ni un milímetro.

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  23. Con el 207 prácticamente resuelto, estoy metido de lleno en el 208.
    Torco, calienta que sales.

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    1. Si no me equivoco, esto significa que Guido vuelve al escenario. No sé qué pensar, en plena crisis suena a desahogo para olvidar las penas como quien bebe para olvidar.

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  24. A no ser que Mario nos presente a un personaje nuevo con acento Argentino.

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  25. Que bien! Eso quiere decir que el 207 estará a punto de caramelo ?
    Lucia puede ser también Candela, con la señora que cuida a la niña, ademas Mario dijo que candela iba a dar mucho juego

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  26. Los motores listos, algo que esta puta enfermedad jamás podrá afectar. Cuando usted mande capitán.

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    1. Me alegra oír eso. Guido no sería el mismo sin tu pincel.
      Ah, y una cosa: nada de capitán. Socios.

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  27. Yo sigo pensando que Guido y Santacruz están compinches.

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  28. Empezaré comentando sobre el comentario de apasionado en el que se le compara con un hater.
    Yo estaba pensando algo muy parecido y es que con el gran cariño que tengo a Carmen, no dejo de criticar o no entender su actitud frente a todos los que se le han puesto delante y digo todos y todas. La han dominado e incluso humillado así que no se puede hablar de sus ovarios. Con el único que los ha tenido ha sido con Mario. Ni siquiera Roberto del que se dejó sobar y humillar también. Si no se hubiera ido habría acabado en su cama antes de ser puta.
    Sobre este capítulo, se nota el trabajo tan grande y minucioso. Espléndido.
    Y como decía Lucia, no seré yo quien critique las prácticas mantenidas, pero me ha costado asimilarlas en Carmen.
    Por otro lado espero hablen, Carmen y Mario por supuesto, como personas adultas e inteligentes porque la actitud que presentan es la de dos adolescentes que han vivido juntos una travesía pero que no han sabido ser el equipo que siempre habían sido.
    Y creo que el pasaje en San Vicente lo ha escrito Carmen.
    Espero de poder darme el gustazo de comentar el capítulo del reencuentro, no deseo otra cosa. Bueno si, seguir leyéndote pero que los pongas juntos de nuevo. Por mucho placer que pase con sus amantes, ninguno la llenará como Mario y la diferencia es que de su marido está enamorada y por eso le duele tanto la indiferencia.
    Un beso
    Giovanna

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  29. Buenas para todos. Otra vez, un relato magistral que hay que agradecer a sus autores.
    Más allá de eso, veo que Mario
    Saludos a todos!continúa con el sufrimiento de hacer lo necesario para alejar a Carmen de su lado por la "sugerencia/amenaza" de Tomás. Pero este otro patán no ha vuelto a aparecer en los relatos como para justificar su promesa de cuidar a Carmen
    Vale la pena el sacrificio? Recuerdo también que en una de esas "ventanas al futuro" se contaba que en las reuniones que hacía, exponía a Carmen desnuda a todos sus empleados "de confianza"

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  30. Con respecto a un comentario de Giovanna sobre la conducta de Carmen en sus relaciones, yo diría que está viviendo su propio imperio de los sentidos, acordándome de esa notable película japonesa.

    Después del fin de semana en casa de Doménico, tanto Mario y Carmen reaccionaron de manera muy distinta. Ya ella siempre aclaró que, luego del congreso en Sevilla ya fue otra mujer.

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    1. No se si esa pelicula es el mejor ejemplo querido Torco, tiene un final trágico.

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  31. Bruto.
    Buenas tardes a todos, me alejo unos días y me tenéis el patio revuelto, mi queridísimo Apasionado hay algún charco que se te escape, sabemos todos que es un calentón pero a veces y sólo a veces las formas cuentan, teniendo en cuenta la historia que es muy dura, a alguno, a mí el primero, se nos puede escapar algo que moleste y pido perdón por anticipado ya sé que las formas se me han ido antes y he procurado pedir perdón.
    Por lo demás creo que deberíamos centrarnos en el capítulo, lo estábamos esperando todos desde lo de las torres, al pobre Andrés lo teníamos como un verraco y coincido en sorprenderme de la fijación de Carmen con la figura paterna, si alguien sabe aquí de psicología no soy yo, pero sorprende.
    Lo de Ángel también me sorprende, como veis soy un tipo sorprendido, tiene momentos en la cuida, perdón Apasionado, pero esto es pasarse tres o cuatro pueblos, y sin motivo, podía hacer lo mismo con otras formas, no le veo la lógica.
    Lo de Mario parece de chiste, si has tomado la decisión y crees que
    es lo mejor afróntalo, sigo en contra de toda razón creyendo que lo de la separación no va a ser.
    Mi querido Torco que haríamos sin ti, Guido no sería nadie.

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    1. Te prometo que no lo hago queriendo, simplemente los charcos me persiguen.

      A mi Angel no me sorprende, me cabrea y mucho, Angel es como un escorpion y los escorpiones terminan picando siempre, aunque eso les cueste la vida.

      En cuanto a Mario, yo ya he comentado lo que pienso, se está portando de forma muy injusta con Carmen.

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    2. El problema que veo yo es el precio tan alto que van a tener que pagar Berta, Carmen y Andres.

      Berta por ser la engañada y estoy casi seguro que sin merecerlo.

      Andres por jugar con fuego y tirar tantos años de matrimonio a la basura.

      En el caso de Carmen su sentimiento de culpa crecerá, no solo se a destruido su matrimonio, sus acciones sumadas a las de Andrés han destruido otro matrimonio al que Carmen apreciaba mucho.

      Porque estoy seguro que Carmen quería tanto a Berta como a Andrés, pero a veces tomamos decisiones que nos llevan al abismo.

      Como dije no voy a culpar a Carmen y Berta se equivoca en concentrar toda su ira y enojo sólo contra Carmen, Andrés es mucho más responsable que ella, era el quien debía respeto a Berta y podía haber puesto freno a todo, estoy seguro que Carmen lo hubiera entendido y hubiera parado en seco.

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  32. Ya es 20 de enero las tamborradas ya han empezado a sonar, joder ya ha pasado un año y yo casi ni me he enterado.

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  33. Buenos días
    Creo que hay un pequeño error: cuando Andrés ve el tatuaje del pecho, Carmen decide ponerse el jersey; cuando llega al hotel para que Andrés vea los nuevos aros, dice que se quita la blusa.

    Carmen va a buscar en Andrés el referente que ya no tiene en Mario y que sabe que necesita después de cada aventura.

    Carmen es una mujer camaleónica que cambia su comportamiento dependiendo del macho con el que está, buscando complementar lo que necesita el macho. Con Mario es con la única persona en la que es ella misma. Por eso es con la única persona con la que se cabrea.

    Por último creo que la escena del cuarto de baño es la que ha escrito Carmen por la sensibilidad y hasta romanticismo con la que está relatada. El grado de complicidad que alcanzan, Carmen y Andrés, no lo va a tener con sus otros amantes.

    Motero

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  34. Gracias, Motero; siempre es de agradecer la captura de un gazapo.

    Si alguien puede pasarme las dos frases —donde decide ponerse el jersey y donde dice que se quita la blusa—, os lo agradeceré. Ando escaso de tiempo y eso me facilitaría corregirlo en un rato perdido.

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    1. Lo he estado mirando y, si no me equivoco, me parece que son dos momentos diferentes.

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  35. Se acercó a la cama donde estaban las tres prendas extendidas. Cogió la blusa negra, luego el jersey, luego la blanca. No pensaba, estaba concentrado en mis pechos.

    Bebí un trago largo y me quité la blusa sin apresurarme. El aire fresco de la habitación me provocó un escalofrío por la espalda; en realidad no era frío, sino la consciencia absoluta de sentirme observada. Desabroché el sujetador despacio, dilatando en cada segundo la tensión que vibraba entre nosotros. Al quedar mis pechos al descubierto, sentí la presencia de mis aros más vívida que nunca, como un recordatorio íntimo y punzante de la vida que dejaba atrás y por un instante me sentí vulnerable: me desnudaba ante él no solo de cuerpo, sino de todo lo que aquellas piezas representaban.

    Motero

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  36. Caitoporelmundo con Guido todo me resulta fácil porque en mi grupo de amigos teníamos un "Guido". En el del Diario vuelco esas vivencias porque los dos tienen muchas cosas en común.

    Como diría mi compañera, y suscribo su juicio de valor, Guido es muy básico. Su vida es músculos y mujeres, quizás no siempre en ese orden. Así era "nuestro" Guido

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  37. Mario en serio acabo de llegar a casa de tocar la tamborrada, se te escapa algún gazapo, pero son minimos, no te preocupes.

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  38. La tamborradacen la que salgo acaba de cumplir 25 años, parece mentira como pasa el tiempo.

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  39. Tengo la madre de todas las resacas, voy a tener que pedir ayuda a mi amigo ibuprofeno.

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  40. No sé si Carmen tenía ya los resultados de los análisis de Ramiro cuando estuvo con Emilio y con Andrés. De no tenerlos los ha puesto en peligro sin necesidad.

    Motero

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    1. En los análisis para el VIH el resultado más fiable es del análisis que te haces a los 6 meses.

      Pero viendo que Carmen y Mario no se guardan nada tengo la corazonada de que Carmen está sana, lo que espero es que no siga tentando a la suerte.

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  41. Hoy he vuelto a leer el capítulo, me gusta la Carmen que se ve junto a Andrés tal vez me equivoque, pero es la relación que más se acerca a la que tienen Mario y Carmen.

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  42. Mi queridísimo Apasionado, lo primero espero que estés disfrutando de la fiesta como un cochino en una charca y si no a ello, pero no te comprendo la verdad, Andrés como Tomás o Ángel se está tirando a Carmen por puro morbo, desde lo de las torres gemelas anda como un verraco sabiendo que hay posibilidades, que Carmen lo ha tentado es cierto, pero si quieres ser fiel se puede hacer, en este capítulo confiesa que está detrás de ella desde la conoce pero no se ha atrevido, mucha delicadeza hasta que se pone a follar, que Ángel es un capullo es cierto, te la lía, pero cuando hay que estar ahí él está, pero te la lía seguro, Tomás es punto y aparte, siempre está, se equivoca pero está, tiene los mismos problemas que Carmen o más, el negocio lo que quieras pero está, la escucha, la ayuda, le evita riesgo en lo que él sabe que va a ser peligroso para ella, sin el él donde había acabado, piénsalo y no sólo hablo de Sevilla, y a mi me marcó a fuego cuando ella después de muerto dice "cuanto le quería", lo o le, no lo voy a buscar, soy madrileño a mucha honra.
    Lo de Mario es punto y aparte, cuando nos cuenta desde la distancia parece muy racional y hasta inteligente, pero coño, esta no fue su mejor época. Cayo sabes que te quiero, sin mariconadas, pero sabes que es verdad, no fue tú mejor época y me asombra como se te iba la olla.
    Carmen parece una ONG con patas haciendo favores, un poquito más de criterio le vendría bien, a parte de los problemas, Mario debería estar más en ayudarla en este sentido, Cayo un punto negativo y ya llevas muchos, lúcete a partir de ahora.

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    1. Te daré mi punto de vista, Angel está, pero te la lía, para que quieres a una persona que te tiende una mano mientras en la otra esconde un cuchillo, lo de este episodio no tiene nombre Angel no tiene defensa posible.

      ¿Tomás está?, donde, a involucrado a Carmen en juego del gato y el ratón y Carmen puede salir muy perjudicada, además de que Angel se va a comportar exactamente igualito que Diego con ella y Tomás sigue en babia, eso sí tengo que admitir que Angel es más listo que Diego, pero en cuanto a Tomás otro que no tiene defensa.

      Andrés, me gusta como pareja de Carmen, pero en esta vida si juegas con fuego terminas quemandote, hay un dicho que dice más vale pájaro en mano que ciento volando, tal como habla Andrés sobre Berta parece que es una mujer que merece mucho la pena y perderla sería un gran error, pero el lo ha cometido y ahora le tocará pagar, no se puede tener todo en la vida.

      Mario sigue sin estar seguro de lo que quiere, cree que alejar a Carnen es la mejor opción y al segundo cree lo contrario, yo estando en el pellejo de Mario habría ignorado a Tomás y me abría quedado tan agusto, que me hace desaparecer, después que se lo explique a Carmen porque la verdad termina saliendo tarde o temprano y una vez la verdad sale Tomás pierde a Carmen para siempre, Tomás está librando una guerra que jamás ganará, porque por mucho que sienta Carmen por sus amantes ese sentimiento es minúsculo comparándolo con lo que siente por Mario.

      La tamborrada dura 24 horas por suerte, 24 horas de fiesta ininterrumpida, si durará más no me quiero ni imaginar, jajaja.


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    2. Qué capullo, me has hecho reír. O dicho en latín clásico, Bruto, Quam stulte, me ridere fecisti.

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  43. Bruto.
    Cayo no tengo localizado el texto final de Carmen, os recuerdo que hay un premio que merece la pena, suerte, sabes que ando en otras cosas. Pero no lo dejo de intentar. lo miraré con detenimiento.

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  44. Algunos capítulos atrás Mario nos regalo un fragmento donde un empresario Sevillano aparecía en el gabinete y reconocía a Carmen, Angel torpemente intenta hacerle ver que se está confundiendo, que Carmen se encontraba con el en otro lugar, pero algo me dice que ese empresario sabe perfectamente quien es Carmen y donde la conoció, en el penta o en la casa de Diego.

    Pinta tiene que ese empresario no trae buenas intenciones y lo que yo espero de Angel es que cuando llegue la hora de la verdad le diga a Carmen que se lo folle por el bien del gabinete, ( ejem,ejem, por el bien de su bolsillo ), Angel siempre pondrá su bienestar por encima de todo.

    En cuanto a Tomás, fue Candela la que salvo a Carmen, arriesgandolo todo, si Mario no llega a llamar a Tomás este ni se hubiera enterado de nada, para jactarse de proteger a Carmen la verdad es que demuestra ser bastante inútil en este cometido.

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  45. Bruto.
    Mi queridísimo Apasionado, no esperaba menos de ti, si no estuvieses aquí habría que inventarte, eres realmente apasionado y lo demuestras siempre, te necesitamos aquí, que estas enamorado de Carmen lo sabemos todos, y un poco menos de Mario pero también, me pasó cuando me enganche en el 18 o 19, llegue a Todorelatos por casualidad me enamore de Carmen como un colegial, la culpa fue de Cayo que escribe muy bien, y últimamente de Carmen también. Cayo no te pongas celoso, la queremos todos y tú eres el responsable.
    Así me gusta, indiferente a los hechos, el merito es de Candela que avisó de lo que se cocía sin que nadie sepa que ha sido ella, no de quien envía a la policía, no de quien organiza una operación de rescate, no el merito es de quien avisa, después el merito es de Mario que le llama para que Tomás organice el recate, yo la última vez que llamé a la pasma me detuvieron y era inocente, bueno o eso decimos todos, y lo de poner un avión en Sevilla no hay día que no lo haga, Tomás te cae gordo y punto, vamos que no tragas nada que no sea Mario y Carmen, lo entiendo, pero un poquito de merito tiene.
    Ángel es un capullo y como dicen los gitanos si no te la lía de entrada te la lía de salida, pero la quiere y la protege, léete el comentario de Mario, no sé si convence al capullo que estuvo en Sevilla pero estoy seguro de que le deja sin argumentos. En cuanto a venderla ya lo ha hecho Tomás, lo ha hecho Mario y lo ha hecho el conserje, lo ha hecho Ángel, de Diego ni hablamos y hasta la mismísima Carmen se ha vendido.
    Y Andrés aunque no se haya comentado nada un alma de cántaro.

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    1. Si Candela no llega a llamar a Mario no hubiéramos conocido el diario, así que si, la que de verdad salva a Carmen es Candela, Tomás como protector es un inútil, cada vez que Carmen está en peligro el tío ni se entera, a los hechos me remito, que Tomás no me gusta nada es evidente no lo escondo, que Angel me cae todavia peor también es evidente, que los dos la protejen, jajajajajajajajajaja, es el mejor chiste que me han contado en mucho tiempo.

      Y si aunque te joda la salvadora de Carmen es Candela, porque fue la que se arriesgo a perderlo todo por salvar a una amiga, ella no tiene policías en el bolsillo, ni tiene dinero y mucho menos un avion, pero lo que le sobran son ovarios y lo demuestra llamando a Mario y de esa
      Manera Tomás que es un protector nivel dios pudo cumplir su promesa de protegerla, joder el chiste se cuenta solo.

      Enamorado de Carmen, no se si amor es la palabra, pero lo que si le tengo es mucho cariño después de tantos años leiendo el diario igual que también le tengo cariño a Mario, aunque a veces me lo ponen difícil los dos.

      A ti también te he cogido cariño Caito, conversar contigo es un verdadero placer.




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    2. Es verdad que cabron soy por no darle mérito a Tomás, es como Batman y por las noches protege a todos los ciudadanos de las calles de Madrid de los maleantes, jajajajajajajaja, hacia tiempo que no me reía tanto, me has alegrado la noche mi querido Caito y te lo agradezco que hoy he tenido un día nefasto.

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    3. “ Si Candela no llega a llamar a Mario no hubiéramos conocido el diario”
      Ilumíname Apasionado

      Tomas y ángel aunque cueste verlo la protegen Hay que leer el diario sin tanto apasionamiento y entonces ves las cosas mejor porque el apasionamiento ciega lo tendrían que poner también en las cajetillas de tabaco

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    4. Las cosas son fáciles Dosoctavas, si Candela no hubiera llamado a Mario, a Carmen se la hubieran llevado a vete a saber tu dónde y es muy posible que no se hubiera sabido más de ella, porque Mario ya había vuelto a Madrid y Tomás el gran protector de Carmen estaba en la inopia.

      Vosotros veis protección por parte de esas dos sanguijuelas, yo veo actos interesados y egoístas, cada uno tiene su punto de vista.

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    5. Caso clarísimo de miopía lo tuyo, apasionado
      En lo tuyo serás un hacha En lo mío, a la primera cagada como esta estas de patitas en la calle por dar por hechas cosas porque te sale de ahí mismo sin datos y sin pruebas, porque se te calientan los huevos y con eso no pruebas nada, nada y tu jefe te pone en la puta calle con razón.
      Cabeza fría y tiempo tiempo para pensar y ver todas las opciones y todos los puntos de vista
      Si no fuera así, me estaría comiendo los mocos. Porque soltar una teoría así porque yo lo valgo es taaaaaan facil

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    6. Me he calentado un pelín llevo dos vermús y un par de cañas de antes pero no me apeo de nada de lo que he dicho sólo rebajo el tono

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  46. Apasionado esa es la clave. Tanto ángel como tomas tienen dinero, contactos y poder. Valientes? Solo aprovechan sus recursos y son buenos estrategas. Carmen es una marioneta en sus manos, pero se siente protegida y se olvida de su empoderamiento solo saca su carácter con Mario. Y Mario no sabe gestionar bien esas emociones porque o nos ve o no quiere verlas.
    Pero esta historia nos la cuentan los dos y a toro pasado es un buen ejercicio de terapia para la pareja, los hechos vividos son un memorial del pasado que hace construir de forma más sólida el presente, no tengo ninguna duda.
    El cuanto lo quería que dice Carmen de tomas, yo creo ya lo dice consciente de todo lo pasado y con todas las piezas en su sitio.

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    1. Tomás y Angel han visto en Carmen un filón con el que seguir llenando sus bolsillos, con lo que has comentado que el relato es un ejercicio de terapia seguramente tengas razón.

      En cuanto lo de que Carmen quería a Tomás, no lo entiendo, pero lo acepto, sinceramente no veo nada en Tomás que no despierte en mi desconfianza y rechazo, pero yo no soy Carmen y no nos tienen que gustar las mismas personas.

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  47. Tomás y Angel ven crecer su ego cada vez que están con Carmen, que una mujer de la belleza de Carmen se derrita por ellos les sube el ego hasta las nubes, eso no sería malo si fueran personas con buen fondo, el problema es que estos dos tienen un fondo muy negro y aportan infinitamente más cosas malas que buenas a Carmen.

    Yo lo veo así.

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  48. Al escribir esto puede que me llueva sobre mojado. El momento en que Carmen entra al baño y la sigue Andrés, se me hace un pasaje ya vivida con Carmen, en aquella ocasión cuando Mario y Carmen están por primera vez con Doménico, y sucede lo de la lluvia dorada, Carmen reacciona apenada, no se sentia cómoda, pero Doménico la convenció de disfrutara del momento y tanto Doménico como Carmen tienen lluvia dorada


    Ahora con Andrés, pasa algo similar, ella está en el baño, haciendo sus necesidades. se siente incomoda por la presencia de Andrés, por varios motivos, primero es un acto intimo, los malos olores. los gases, etc. pero Andrés le pide limpiarla el, ella finalmente acepta la no sin sentir pena, después entra a la regadera y ahí Carmen le pide que entre con ella a bañarse, y sucede nuevamente lo de la lluvia dorada, pero en esta ocasión es a petición de ella que Andrés la bañe con sus orines.

    En las dos ocasiones Carmen está consiente del acto, y en las dos ocasiones, Carmen permite que se realice el acto, y al final lo disfruta.

    Creo, desde mi punto de vista que en el sexo todo se vale si las personas que están actuando son consientes, mayores de edad, disfrutan y permiten que tal o cual cosa pase, si las personas no se sienten obligadas a hacer cosas que para unos son aberrantes y ellos lo disfrutan esa práctica es correcta para esas personas. Mientras no agredas o forces a hacer cosas que uno u otro no está convencido, todo está permitido.

    Esa es una de las escenas más íntimas que tiene Carmen con Andrés

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  49. Me alegra que por fin alguien trate uno de los temas controvertidos del capítulo y que se estaba pasando por alto. Federico lo pone sobre la mesa y antes de comentarlo, quiero decir dos cosas. La primera es sobre la expresión "sentir pena", uno de los ejemplos más fascinantes de cómo el español cambia según la geografía. Dependiendo de en qué país nos encuentremos, puede significar una profunda tristeza o un momento de timidez o vergüenza. He preparado una tabla con ayuda de la RAE

    México y Centroamérica Vergüenza / Timidez
    Colombia y Venezuela Vergüenza / Disculpa
    Ecuador, Perú, Bolivia Mixto (Tristeza o Vergüenza según el contexto)
    Chile, Argentina, Uruguay Tristeza / Lástima

    Entiendo que Federico, en su comentario, la utiliza como vergüenza.

    El otro punto a comentar es que algunos comentaristas me habían sugerido que sacase el tema a debate. Mi respuesta fue que no es mi misión dirigir el debate, es cosa vuestra orientar el interés de los temas a tratar. Y así ha sido. Creo que este, junto a la urolagnia y la interacción con Phobos y Deimos son temas a los que, tarde o temprano, habrá que afrontarlos.

    Empecemos con el que Federico ha presentado porque es el más reciente y no está cerrado.



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    1. Bruto.
      Mi querido Cayo si no nos hemos metido con el tema es porque somos "vergonzosos" y cuando un tema nos incomoda pensamos que a los demás también, si queremos tocar temas vamos a ello, a mí no me ha pasado lo de la meada, tampoco yo he sido la leche en cuanto a sexo y si pienso en que me meen, que no me gustaría creo, no me he visto, pero si pienso en mear a alguien que quieres que te diga tampoco me veo, como no me me veo en un motón de cosas, llámame soso.
      Lo de la meada no lo entiendo pero me parece mucho más fuerte lo de correrse en la cara y esparcirlo mientras “insultas” a tú pareja, me parece de frustrados, seré raro, y por eso a lo largo de mi vida no me he comido un colín, pero que quieres que te diga si me preguntas es alguien que tiene unas fuertes carencias de autoestima, seguro que me equivoco.
      Como una persona tímida, lo que quiere decir que cuando me suelto puedo con todo, simplemente es un tema de inseguridad que cuando se supera, en mi caso es fácil, nos muestra como somos y es como una noria. Mi mujer con razón dice que soy un coñazo.
      Federico no te localizo geográficamente, yo soy de Madrid y me siento orgulloso de ello, creo que somos gente acogedora de verdad. Para nosotros es estar y lo subrayo estar entristecido, es un estado anímico que es sentir tristeza.
      El tema de la zoofilia para otro día y o me he saltado algo que es lo más probable, o lo dejamos para la segunda parte del capítulo.

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  50. “Encuentremos” ¡Por Dios, que alguien me arranque este gazapo de la cara!

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    1. Cometer errores es de humanos, además se acerca más a una errata que a un gazapo.

      Le das demasiada importancia.

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  51. A mi lo ocurrido con phobos y deimos no me gustó, pero porque yo lo achacaba a un maltrato animal, puesto que no veo la forma de que un animal pueda expresar consentimiento, pero el punto de vista que Federico a puesto sobre la mesa me a parecido muy interesante.

    Creo, desde mi punto de vista que en el sexo todo se vale si las personas que están actuando son consientes, mayores de edad, disfrutan y permiten que tal o cual cosa pase, si las personas no se sienten obligadas a hacer cosas que para unos son aberrantes y ellos lo disfrutan esa práctica es correcta para esas personas. Mientras no agredas o forces a hacer cosas que uno u otro no está convencido, todo está permitido.

    En este punto tienes razón, además que lo que ocurre entre Carmen y Andrés en el baño no lo veo para nada grabe, Carmen pasó un mal rato porque se encontraba en un momento que a nadie le suele gustar mostrar, pero los dos se comportaron con naturalidad y Carmen disfruto el momento en el que Andrés le orino encima, así que nada que objetar en ese aspecto.

    Yo no he probado la urolagnia, pero conozco a gente que si y todos estaban más que satisfechos, así que por lo que a mi respecta todo bien.










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  52. A mi no se me ha ocurrido entrar en ese detalle por pudor al igual que con los perros, aunque lo considero niveles diferentes.
    La lluvia dorada de andres lo leí como una escena muy íntima y muy bien contextualizada (al igual que la primera con Domenico) yo no lo veo mal, si como dicen es algo consensuado y fruto de un deseo mutuo.
    Y lo de los perros, al igual mucho pudor, esa escena está relatada con mucha sutileza y está claro que a Carmen le ha marcado por lo que hizo luego en casa, creo que el tema volverá a salir por la llamada que hizo Carmen y por cómo la trastocó.
    Yo no defiendo esa práctica pero parece que los dueños de los perros la tenían muy bien integrada en su vida y los perros muy asimilada, no creo que en ese caso los animales sufran.

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  53. Caito, te ubico mi posición geográfica. soy mexicano, vivo el Guadalajara pero soy orgullosamente de León, Guanajuato.

    Y al comentar que le da pena. me refiero a la vergüenza de que la limpien como si fuera una bebé. Es normal que una mujer de treiytantos se avergüence de que otra persona le limpie el ano después de haber defecado. si es vergonzoso para un adulto mayor que no puede asearse por sus propios medios más a una persona que lo puede y lo hace cotidianamente.

    Lo de los perros, para mí es una filia que es más cotidiana de lo que se cree, pero como es tabu, y muy mal vista por la gente en general, no se está hablando como si nada pasara.

    en ese tema, cada quien es responsable de sus actos. y como se sabe que mal visto pues se oculta, como se oculta muchas otras cosas en la sexualidad humana.

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  54. Sabéis que no suelo comentar mucho, pero hoy quería aportar mi opinión sobre algunas cosas que se han dicho y otras que se están empezando a comentar.

    Habláis de Tomás echándolo en el mismo saco que a Diego y me parece injusto. Yo soy de las personas que opinan que, con sus defectos y con sus intereses, Tomás se preocupó desde el principio por proteger a Carmen. La conoció en el club al que la había llevado Doménico cuando estaba separada por primera vez de Mario. Algo vería en él cuando se abrió y le contó su vida. Tomás la escuchó, porque sabía escuchar, y cuando se acababa la noche le ofreció un lugar para pasar la noche porque no eran horas de empezar a buscar hotel. Luego, el dolor de ambos los unió, resultó ser un hombre tierno y paciente que suplía sus carencias físicas con ternura y que además, cuando vio que no podía convencerla de que abandonara su idea de buscar en la prostitución el vacío que sentía dentro, la tuteló para que no cayera en manos cualquier desaprensivo del tipo de Diego, del que por cierto la libró en cuanto tuvo noticia de lo que estaba pasando. Si volvéis a leer capítulos pasados, les ha dado estudios a sus chicas, les pagaba casa y colegio a sus hijos, trataba de rehabilitarlas y a alguna la sacó de ese mundo. No era un santo, era un empresario y como tal, buscaba el beneficio. Como he leído en algún sitio, no sé hace una fortuna manteniendo las manos limpias. Pero al menos él trataba de hacer lo correcto en la mayoría de los casos (no hablaré de cómo trató el tema Santacruz y otros).
    Carmen lo quería de verdad, lo ha declarado varias veces, incluso se lo dijo a su hija, lo quería más allá del sexo, no hay por qué dudar de sus sentimientos. Y lloró su muerte.

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  55. En cuanto a las prácticas “especiales” que han aparecido últimamente, me ha sorprendido el silencio que ha habido aquí, supongo que cuando se publique en TR se producirá un bombardeo, pero no esperaba este mutismo.

    Carmen ya le ha dicho a Andrés que no espere de ella una respuesta activa, es decir, ella ha aceptado ser sujeto pasivo de su acción, le ha dejado que la limpie y la lave, que la vea mientras defeca, incluso ha roto ese tabú y ha disfrutado, pero no va a corresponder. Y él lo acepta. No es el caso con la orina, es una práctica con la que, una vez que la descubrió con Domenico, explotó en su cabeza y la disfruta tanto que no puede evitar masturbarse mientras la recibe. Ella también lo hace sobre su pareja sin ningún problema aunque mantiene el límite de no ingerir orina.

    Con respecto al contacto con los perros, Carmen está en un dilema intenso, siempre ha convivido con perros desde niña. La muerte trágica de su perra Luna no la ha superado hasta el punto de que en esa fecha no había vuelto a tener perro. La visión del contacto sexual de Phobos y Deimos con sus dueños le provocó un shock tanto físico como intelectual, si se le puede calificar así, un dilema ético que le llevó a protagonizar una escena en su casa que calificó de experimento por justificarse y que la llevó a llamar a Rosalía dando por posible un nuevo encuentro. Estoy segura de que Carmen podrá interactuar con Deimos más de lo que lo hizo la primera vez, también creo que las fotos que vio le impactaron más de lo que en un principio pensó. No creo que esté mentalmente preparada para llegar hasta el final.

    Y respecto a considerarlo perversión o normalidad, el límite, desde mi punto de vista, está en el consentimiento consciente. Un niño puede consentir pero no es consciente porque es menor de edad y es fácilmente manipulable. Carmen podía consentir en irse con unos árabes pero no era consciente porque estaba drogada.

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  56. Olvidaba un detalle: el consentimiento de un animal para participar en una actividad sexual con un humano. Se podría decir que ahí no hay consentimiento porque no es consciente, pero en el caso de un animal no podemos aplicar el concepto de consciencia sino el de daño infligido o el castigo para forzarle a una conducta. No es el caso. Rosalía no utiliza el castigo ni el daño para obligar a sus perros a mantener sexo con ella, tampoco su marido. Si utilizan algo es el instinto, les ofrecen lo que desean sin forzarles. Y después los premian.

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  57. Dicho lo cual, me vuelvo a mi rincón de pensar. Besitos.

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  58. Diva he leído tus comentarios detenidamente y aunque estoy de acuerdo en la mayoría, hay en otras que discrepo, yo si meto a Tomás en el mismo saco que Diego, uno tiene la experiencia que le ha ido otorgando la vida y ahora en su vejez hace las cosas de distinta forma, pero de vez en cuando vemos al Tomás que seguramente fue en su juventud, como cuando amenaza a Mario con hacerle desaparecer si no se divorcia de Carmen, Diego aspira a ser como Tomás en el futuro, pero carece de la experiencia de Tomás y se deja llevar por la impaciencia y las ganancias rápidas, son las dos caras de una misma moneda.

    A Mario le hemos atinado sin piedad yo el primero, pero mientras a Mario se le da sentencia a Tomás algunos comentarios le intentan blanquear, yo sinceramente estoy en contra de ese blanqueamiento, Tomás no tiene buen fondo y estoy seguro que no le templaria el pulso en hacer desaparecer a Mario sin con eso sale veneficiado.

    Tomás no es una buena persona, tal vez sea de los pocos que lo vea claramente y vea que todas esas buenas acciones de hoy sean para intentar compensar las malas acciones de años atrás, pero a mi eso que ahora intenta Tomás no me convence, ni me convencerá.

    En cuanto lo que pasó en la última frontera, yo no comenté nada porque no le di más trascendencia.

    En cuanto a lo que has comentado con lo de Phobos y Deimos después de aquel capítulo investigue y te doy la razón, ese matrimonio no hace ningún daño a los perros y también creo que Carmen dará más pasos en esa dirección.

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  59. Otra cosa que tengo clara es que Tomás intenta compensar el hecho de que durante toda su vida a sido una auténtica puta mierda como padre, pero en vez de enfocarse en su hija a sustituido a esta con Carmen y me da que es porque Carmen tiene una actitud mas sumisa y hace todo lo que el quiere y su hija no pasa por el aro.

    Tomás me recuerda a las plantas carnívoras, algunas a la distancia tienen una apariencia bonita, pero cuando te acercas es cuando demuestra su verdadera forma.

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  60. Tomás no es una buena persona, tal vez sea de los pocos que lo vea claramente
    Esto lo dice Apadionado no es una opinión, lo ve claramente, los demás somos tontos

    Ya lo dije. en mi trabajo durabas una semana Sueltas una perla como esta en una reunión de equipo y mi jefe te da la patada allí mismo.

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    1. Ya, pero no estoy en tu trabajo así que lo que pueda hacer tu jefe me importa entre muy poco y nada.

      Otra cosa, lo de que los demás seáis tontos lo has dicho tú, yo en ningún momento he escrito mis comentarios pensando que los demás seais tontos.

      Yo he dado mi opinión sobre el relato, pero como de costumbre tu contestación es un ataque hacia ni persona, que yo sepa no he me mentado tu nombre en ningún momento, no entiendo esa manía que tienes de tomarte mis comentarios de forma tan personal.

      Esta situación ya me tiene aburrido, si no me quieres comentando en este blog déjate de rodeos y dímelo directamente, porque cuando quieres sabes ser directo.





      .

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  61. Hay muchos comentarios sobre Tomas. que si es bueno que si es un bárbaro, etc etc.

    Para mí Tomas es un tipo muy inteligente que maneja muchos negocios turbios y que conocio a Carmen en una situación donde Carmen era muy vulnerable, le ofreció ayuda y carme acepto su ayuda después de pensarlo mucho y con la ayuda del cantinero (no recuerdo el nombre), y hay que recordar que Carme fue al club para ver si podía conseguir un poco de marihuana.

    Por varias veces Tomas solo veía a Carmen como su protegida pero fue cambiando su amistad y tuvieron relaciones, los dos necesitaban de esa intimidad. pero después de la terapia de puta la cosa cambio. Tomas no quería que Carmen participará. pero acepto porque presiento que Carmen de una manera o de otra iba a empezar su trabajo de puta y podría caer en manos de tipos desalmados como Diego, pero Tomas ha estado utilizando a Carmen para propósitos muy turbios, la forma en que involucra a Carmen con Santacruz, poniéndola en riesgo, el maltrato que hace Tomas hacia Carmen cuando está enfadado, le ha levantado la mano en varias ocasiones, Tomas cuando le conviene trata a Carmen con una dulzura que enternece, pero tiene su lado obsesivo convulsivo cuando de negocios se trata, No le tiembla la mano si algo se sale del guion, y Carmen ha pagado en varias ocasiones.

    Tomas si protege a Carmen de ella no caiga en otras manos, la entreno para que supera como es el papel de puta de alto nivel, pero también la exhibe en su despacho con otros ejecutivos, que respetan a Carmen porque sino se les viene el mundo encima con Tomas.

    En resumen Tomas no es igual que Diego, pero si es parecido, Tomas es muy inteligente y sabe hacer negocios, tiene poder y muchos conocidos en los que se apoya, Diego es apenas un aprendiz, que le gusta el dinero facil y rápido, que prefirió quedarse sin la gallina de los huevos de oro a cambio de unos miles de euros. Que es maltratador, que según el es la única forma de que sus pupilas no se salgan del guion que les ha dictado. Carmen siguió con Diego por miedo, porque la tenía amenazada con la hija de candela. y por candela misma.

    Definitivamente no son iguales pero los dos se aprovechan de Carmen en forma distinta pero ventajosa.

    Ese es mi punto de vista, y creo que de la mayoría, espero no equivocarme

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  62. Bruto.
    Buenas tardes, el lío con Tomás no lo he iniciado yo pero he ayudado en este capítulo, nadie dice que sea buena persona, es como todos, tiene luces y sombras, más sombras que luces como todos, pero está en la narración y es un personaje clave, protege a Carmen pero la utiliza en más de un sentido, si analizamos los personajes ¿Quién es bueno y quién es malo? ¿Quién no utiliza a Carmen? Y sobre todo ¿Qué opina Carmen sobre que la utilicen? Mario hasta ahora tú el que más.
    Diva echo de menos tus cometarios, prodígate más, soy como un burro en una cacharrería te envidio por irte a tú rincón de pensar, cualquiera que lo tenga me produce envidia, mucha envidia, yo quiero uno, por contra tengo una habitación que es el “cuarto de blasfemar”, es verdad, literal, es un pequeño despacho que primero fue de mi mujer y ahora que estamos jubilados sigue igual, lo tenemos hace más de veinte años, como puedes ver tú y yo nos retiramos a sitios distintos y salgo perdiendo.
    Mi querido Federico estoy muy de acuerdo contigo Tomás no tiene nada que ver con Diego que es un chulo en el sentido clásico y un oportunista, sin más, Tomás tiene otra dimensión es un tío poderoso.
    Apasionado si me hubieras preguntado que quien se la jugaba sin sacar nada y con mucho riesgo, te hubiera dicho que de acuerdo y que los dos y cada uno a su manera tenían mucho merito. Esto es una pura especulación pero después del paso de la policía creo que a Diego le han cortado las alas y no puede mover una pestaña sin que le fiscalice la policía con lo que Candela de momento está a salvo, no tengo nada que soporte mi teoría.
    Lo de la zoofilia lo dejamos para otro día, un anticipo, no hay que forzar mucho a un perro u otro animal para que mantenga relaciones con una persona, sobre todo cuando es una hembra humana, lo voy pensando y cuando tenga una idea clara os lo cuento, pero a lo mejor no consigo tener una idea clara sobre el tema.

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  63. Luego de leer los comentarios sobre Carmen, recordé una canción que fue acá en Argentina un himno de resistencia, cuando nuestra democracia todavía andaba en pañales por 1984. Esa canción se llama Soy lo que soy.

    Sandra Mianovich, una cantante argentina, la escucha en Río de Janeiro en la obra La Jaula de las Locas con el título en inglés I am whata I am. Ella la tradujo y fue furor en nuestro país.

    Sus versos pueden contestar por sí solos cada uno de esos comentarios: "Yo soy lo que soy, mi creación y mi destino. Quiero que me des tu aprobación o tu olvido".

    En otra parte dice: "Este es mi mundo. ¿Por qué no sentir orgullo de eso?". Les aconsejo a quienes nunca la escucharon que la busquen en google y quizás logren a entender su pensamiento. Porque ella no quiere fingir, no quiere mentir, ella dice yo soy lo que soy.

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    1. Yo soy lo que soy
      Mi creación y mi destino
      Quiero que me des
      Tu aprobación o tu olvido
      Este es mi mundo
      ¿Por qué no sentir orgullo de eso?
      Es mi mundo y no hay razón para ocultarlo
      ¿De qué sirve vivir si no puedo decir
      Soy lo que soy?
      Soy lo que soy
      No quiero piedad, no busco aplausos
      Toco mi propio tambor, dicen que está mal
      Yo creo que es hermoso
      ¿Por qué tengo que amar según los otros dicen?
      Tratá de entender las cosas de mi mundo
      La vergüenza real es no poder gritar
      Yo soy lo que soy
      Soy lo que soy
      No tengo que dar excusas por eso
      A nadie hago mal y el sol sale igual
      Para mí y para ellos
      Tenemos una sola vida sin retorno
      ¿Por qué no vivir como de verdad somos?
      No quiero fingir, no voy a mentir
      Yo soy lo que soy
      Soy lo que soy
      No tengo que dar excusas por eso
      A nadie, nadie, nadie, nadie hago mal y el sol sale igual
      Para mí y para ellos
      Tenemos una sola vida sin retorno
      ¿Porqué no vivir como de verdad somos?
      Paren de censurar, hoy quiero gritar
      Yo soy lo que soy

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  64. Yo me hago una pregunta, ¿se puede vivir de esa manera que nos cuenta la canción si con eso afectados las vidas de terceras personas?

    En Sevilla Candela muerde la mano que le da de comer por salvar a una Carmen que está siendo ella misma, ¿es justo que otra persona pague las consecuencias de nuestros actos?

    Esta es mi opinión y puedo estar errado, el precio para conseguir lo que está canción nos cuenta es la absoluta soledad, donde podamos ser nosotros mismos sin restricciones y de esa manera nuestros actos no afecten a otros.

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  65. Antes de ayer, el capitulo 207 estaba terminado y listo para las últimas revisiones, ya sabéis, corte y corrección. Lo mismo que el 208. Terminado y listo para el pulido y encerado.

    De pronto, alguien a quien no nombraré, dijo:

    —Oye, ahora que me doy cuenta, cuando estuve la segunda vez en Santander, tú estuviste con la chinita, ¿no te acuerdas?

    Me eche a temblar.

    —Ya, ¿y?

    —Que no lo has contado.

    —Tampoco tuvo tanta relevancia.

    —Lo mío con XXXXXX —tachado para no hacer un spolier— tampoco fue para tanto y lo tienes escrito desde la pandemia.

    —Bueno, ¿y qué? Este capítulo ya va bastante cargado. Además, no la llames “la chinita”.

    —Si no recuerdo mal, me dijiste que fue cosa de ella, decía que la llamaban así.

    —Ya, sí.

    —Estuviste con ella más de un año, creo que sí fue relevante. Deberías contarlo. Cuéntalo.

    —Vaaaale.

    —Emoieza tú y luego sigo yo.

    —Vaaaale.

    Donde hay patrón…

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  66. Bienvenido al matriarcado. En realidad siempre estuviste. Ja ja ja

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  67. A propósito, ¿cómo se dice chinita en euskera? Apasionado, te necesito.

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    1. Si es una mujer joven, Txinatar gatea

      O también puedes poner Txinatar neska ( mujer China )

      Pero si es un apodo cariñoso se escribe Txinita.

      Si me hablas de chinita como una roca pequeña, Harri txikia.

      Más o menos aquí esta todo, espero haberte ayudado.

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    2. Se me a olvidado

      Mujer China ( Txinatar emakumea )

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    3. Gracias, Apasionado, eres mi Google personal.

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  68. ¡No vale! Si nos lo cuentas, nos lo cuentas todo sin censura. ¿Qué es eso de Carmen con XXXXX? Eso no se le hace a unos amigos y amigas.

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  69. Txinatar gaztea, me he cómodo la z jajaja.

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  70. Txinatar neska ( chica china ) esta seria la forma mas correcta de ponerla, antes he puesto mujer y era incorrecto así esta bien.

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  71. Estoy con Lucia, no esa bien que censures un comentario de Carmen para una vez que leemos una opinión suya.
    Otra cosa: que nos estás queriendo decir con eso de la traducen de china a vasco. Eres un cabroncete.

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    1. Tenéis razón, si lo pongo, lo pongo completo, aunque poco va a aclarar.

      «— Oye, ahora que me doy cuenta, cuando estuve la segunda vez en Santander, tú estuviste con la chinita, ¿no te acuerdas?

      Me eche a temblar.

      —Ya, ¿y?

      —Que no lo has contado.

      —Tampoco tuvo tanta relevancia.

      —Lo mío con los gemelos tampoco fue para tanto y lo tienes escrito desde la pandemia.

      —Bueno, ¿y qué? Este capítulo ya va bastante cargado. Además, no la llames “la chinita”.

      —Si no recuerdo mal, me dijiste que fue cosa de ella, decía que la llamaban así.

      —Ya, sí.

      —Estuviste con ella más de un año, creo que sí fue relevante. Deberías contarlo. Cuéntalo.

      —Vaaaale.

      —Empieza tú y luego sigo yo.

      —Vaaaale.”

      Lo del euskera (Gracias, Apasionado), se queda sin desvelar por simple sadismo.

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    2. ¿Y para cuándo los gemelos?, seguro que va a preguntar más de uno. Pues no tengo calculado, pero en este año, seguro.

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  72. De nada Mario, un placer poder ayudarte.

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  73. Esperemos que se cuente lo de chinita y los gemelos, solo haces que uno se emocioné crellendo que vas a publicar algún anticipo y solo dejas más frentes abiertos.

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  74. Pues a mi el fragmento me a gustado mucho, nos nuestra a Carmen y Mario en la actimualidad y con una complicidad como la tuvieron mis padres o la tengo yo hoy en día con mi novia.

    Todo lo pasado no a desquebrajado esa complicidad, la a reforzado, por eso este pequeño fragmento tiene tanto peso.

    Los gemelos y la chinita llegarán cuando tengan que llegar, el diario es una montaña y todavía nos queda mucho camino que andar antes de llegar a la cima.

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  75. La txinita —gracias, Apasionado— aparece en el próximo capítulo.

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  76. Si la memoria no nos falla después de tanto tiempo, ¿arreba es hermana? Apasionado, te necesito.

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  77. Si necesitas que te traduzca más palabras, mandámelas, lo haré encantado.

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  78. Si el Diario se hiciera en Argentina , el tema de los gemelos se habría prestado a confusión por culpa del lunfardo

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    1. Qué buena idea para una fantasía en el blog alternativo. Mario, toma nota. ¿O no es una fantasía?

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    2. Tomo nota, lucia, aunque esperare a publicar o me cortarán los gemelos. Aunque, pensándolo bien, tal vez sea más un tema para la habitación propia.

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    1. En el lufardo en Argentina los gemelos hacen referencia a los pechos de la mujer si no me equivoco, si no es así corrígeme mi querido Torco.

      En cuanto al relato los gemelos serán amantes de Carmen en el futuro, corrígeme tu Mario si también me equivoco.

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  80. Así es Apasionado. En otro orden ese adelanto de Mario, por lo dicho por Carmen, parece que esa separación duró casi un año.

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    1. Tenía entendido que en Argentina, gemelos se refería a testículos.

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    2. A veces se los puede mencionar así a los testículos. El diccionario del lunfardo lo admite, pero es más aceptado para los senos.

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    3. Si, va a ser una separación larga, nos quedan años de relato para que Carmen y Mario vuelvan a estar juntos, pero también se puede dar el caso que la separación sea mas corta, pero que Mario siga viendo a la Txinita durante un año aunque se hayan reconciliado, el tiempo nos lo aclarara.

      ¿Mario a la Txinita la conociste en Euskadi?, si es asi dime que no fue en Bilbao que te dejo de hablar, jajajajajajajaja.

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    4. Adelantó dedicado a Apasionado para saciar su curiosidad.

      «El lunes llovió poniendo una nota fría y gris en su estado de ánimo. Salió a la calle cuando la luz comenzaba a apagarse, Emilio le había propuesto tomar una copa juntos, pero no tenía ganas de volver a hablar de lo mismo —¿Qué tal lo lleváis? ¿Habéis hablado?— y menos con alguien que era parte interesada. Había descubierto un pub cerca de allí, perdido entre dos bocacalles por las que nunca se le había ocurrido pasar. Pequeño, vacío, con música aceptable y luces tenues. Para ser lunes lo encontró inusualmente concurrido; estuvo tentado de buscar un lugar más solitario, pero la lluvia le hizo desistir; escogió una mesa frente a la barra. […] Entonces la vi en la barra. No sé cuándo habría llegado Maite, la secretaria de Jorge Mendoza, el arquitecto que ocupaba el piso superior al del gabinete, una preciosa oriental, menuda, de rasgos filipinos con la que llevaba cruzándome al entrar o salir del portal unos seis o siete meses. Era la sensación del edificio, la nota exótica que llamaba la atención de todos —y de todas—. Tenemos chica nueva en la oficina, habían tarareado algunos haciéndose los graciosos. (0)

      Habíamos cruzado pocas palabras, lo típico, unos saludos y algunas frases de cortesía en el ascensor, ocasión que aproveché para calcular que mediría poco más del metro sesenta y cinco, porque usaba unos taconazos que la elevaban casi a mi altura. Tenía unos ojos grandes, redondos, oscuros y profundos, piel de porcelana, boca pequeña y sonrisa fácil. Pero lo que más me atraía de ella era su culo respingón, lo reconozco, un culo perfecto en forma y volumen que daba réplica a la suave curva de su vientre que se perdía entre los muslos. Como digo, coincidíamos a veces en el portal o en el ascensor y me sorprendió su marcado acento vasco, ¿una asiática con acento vasco? Cosas de los prejuicios que duermen en el fondo de nuestra mente hasta que algo los hace salir del letargo. ¿Había química entre nosotros?, si no sonase vanidoso, diría que sí, pero Maite no creo que alcanzase la treintena y yo estaba a un lustro de cumplir los cincuenta. ¿Cómo se iba a interesar por un hombre como yo?, pensaba más de una vez, deseando que alguna voz me lo confirmara.

      No sé en qué momento de mi elucubración, Maite me había visto y se había dado cuenta de mi insistente mirada. Sonrió, elevó una manita y la agitó. Le devolví el saludo y ese otro yo que habita en mí —ese que una vez le entró a Graciela en un bar (0)— le hizo señas animándola a acercarse. Maite dudó poco tiempo, cogió su copa y el bolsito de la barra y caminó con pasos breves (de geisha, pensé como un idiota) hasta llegar a mi lado. Yo me levanté a recibirla.»
      No, no la conocí en Bilbao, tranquilo.

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    5. Me alegra saberlo, pues mira si le interesaste que estuviste con ella un año, jajajajaja.

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  81. Creo entender que Apasionado es del Real Sociedad y su mundo está en Donostia

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    1. Así es Torco, yo vivo en Donostia, no soy muy amante del fútbol, pero apoyo a la Real Sociedad, aunque saber que hay futbolistas que cobran en un día lo que yo ganó en un año me repatea mucho.

      Voy a ver si este dolor de espalda me deja dormir aunque sea unas horas, que durmais bien.



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  82. Hoy mi novia mientras desayunabamos y yo intentaba mantener los ojos abiertos me a preguntado si llegaremos a leer la reconciliación de Carmen y Mario.

    Ella al igual que Torco cree que según las pistas que va dejando Mario estarán separados un año. Un poco más de ese tiempo a transcurrido dentro del diario mientras fuera de este han pasado 19 años y es muy posible que pasen otros tantos para contarnos este año de separacion.

    Yo sinceramente me inclino a pensar que hay posibilidades de que no llegamos a leerlo, pero mirándolo con perspectiva tenemos un diario con todo lujo de detalles, tanto los buenos como los malos, pocos libros he leído con semejante despliegue de detalles.

    Como dice Mario Carpe Diem, aprovechemos el presente que nos otorga el diario y disfrutemoslo.

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    1. Hombre de poca fe, das por hecho que los sucesos ocurren secuencislmente uno detrás de otro: primero, la relación con Maite (un año), a continuación, la reconciliación.

      ¿Y por qué no se pueden solapar? Más aún, ¿y por qué…?
      No, dejemos de elucubrar.

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    2. Otra cosa que se me pasó comentar, en el fragmento de Maite hablas de Graciela, en los últimos tiempos sólo hemos tenido una breve aparición en un capítulo y ya no hemos vuelto a saber más, espero de verdad que en algún momento vuelva a aparecer.

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    3. Sacado de mi base de datos.

      >>Graciela
      >Amante de Amante de mujer
      >Principal
      C52
      «Pelo castaño claro recogido en un moño alto, delgada hasta marcar los pómulos y dibujar suavemente las mandíbulas en su rostro. Cuello esbelto en el que se insinúan las vértebras que se pierden bajo el negro suéter de escote ovalado que deja ver sus clavículas. Espalda recta a pesar de que apoya sus codos en la mesa mientras lee un libro.
      Cuando entré, de alguna manera debió notar mi mirada pues sus ojos abandonaron la lectura para cruzarse brevemente con los míos. Ojos de un verde intenso que ahora, al volver la vista atrás mientras removía mi café, respondieron a mi insistencia con un aire de altiva interrogación.»
      Publicado en diciembre de 2011. Es claro es Ena cuando la conoce.
      « Al llegar a la mesa me di cuenta de que en el trayecto se me había acabado el guión. Nadie estaba ahí para gritar “corten!” ni yo era Humphrey ni aquello era el bar de Rick. No me quedaba mas que improvisar pronto o estaría haciendo el ridículo en menos de diez segundos.

      Me incliné acercándome ante aquellos preciosos ojos que me miraban con cierta suficiencia.

      - Rápido, dime que es lo que debería decir para que no me ignores y quede como un imbécil” - dije casi en un susurro.

      Lo absurdo e inesperado de mi frase contrastaba con la firme expresión de seguridad que no había desaparecido de mi rostro desde que abandoné la barra, todo ello sorprendió a mi oponente que, sin una respuesta adecuada, se limitó a sonreír reconociéndose fuera de juego, elevó las cejas, pareció titubear un segundo y al fin respondió.

      - “¿Te estás jugando tu prestigio ante tus amigos?” – Mas que una pregunta aquello era la afirmación de quien estaba a punto de mandarme a paseo.

      - “Este es un asunto entre tu y yo, estoy solo y es la primera vez que entro en este café”

      Sus ojos se clavaron en los míos buscando el mas mínimo resquicio de falsedad; aquel intenso examen me permitió ver infinidad de expresiones en aquel rostro tan perfecto, incredulidad, sospecha, duda…

      Al fin hizo un gesto invitándome a tomar asiento. Elegí la silla a su derecha y cuando iba a iniciar el trámite de presentarme comprobé que había tardado poco en recuperarse.

      - “Reconozco que me has dejado sin argumentos”, - me miraba buscando algo que me delatase, que pusiese en evidencia cualquier detalle oculto que desvaneciese mi aparente aire de honestidad -, “En fin, vamos a darle una oportunidad a la sinceridad” – extendió su mano, larga, de dedos finos y uñas cuidadas, tan solo una alianza en su dedo y una pulsera de oro en la muñeca.

      - “Graciela” – la sentí fría y pequeña entre mis dedos, suave y delicada como esas figuras de Lladró.

      - “Mario, gracias por darle esa oportunidad a la sinceridad en estos tiempos que corren”»

      Mario venía de una sauna gay y necesitaba reforzar su hombría.
      A propósito de esto nunca nos has contado si volviste.

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    4. Se han copiado mal las claves de la base de datos,, no es importante pero me fastidia. Lo repito
      >Graciela
      >Amante de Carmen
      >Amante de Mario
      >mujer
      >Principal
      Carmen y Mario llevan un signo menor que delante pero el editor lo borra no se por que

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  83. Es verdad que doy por hecho esa secuencia, jajaja, pero tu respuesta me ha hecho dudar, jajaja, ojalá se de él caso en la que se reconcilian y Mario sigue su relación con Maite.

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  84. Entiendo que hay mucho que contar, y espero que lo dure la separación podamos leerlo sin contratiempo y después leer el capítulo de reconciliación.

    Según veo y espero no estar equivocado,Mario nos ha dado pinceladas de lo que pasaron tanto en la separación como después de ella. creo que una de ellas es cuando comenta el algún capítulo que Carme se pasea desnuda en el despacho de Tomás, otro momento es cuando están el la playa el capítulo de futuro presente o algo así.

    Para cuándo el 207

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    1. El 207 está listo para depurar. Noventa y dos minutos al final. ¿Dónde quedaron los sesenta originales?

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    2. Sois los únicos que conozco que cuando hacéis el desbaste del texto hacéis que este crezca, jajajaja, muy grandes los dos.

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  85. También estaba pendiente de venir el fragmento donde Carmen expone todas las formas diferentes de llamar la vulva

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    1. Si no recuerdo mal Carmen y Mario dividieron el capítulo en dos, 206 y el que está por llegar 207, tal vez aparezca en este último, veremos a ver.

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  86. Apasionado es que Carmen y Mario hacen suyo lo de crecer y multiplicaros según su criterio, claro.

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    1. Empiezas a revisar el texto, te das cuenta que ciertas partes quedarían mejor de otra manera y para cuando te has dado cuenta el texto a crecido.

      A mi alguna vez me a pasado y suelo dividirlo como hacen Carmen y Mario.

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  87. Pido disculpas por lo que voy a decir sobre todo a ti Caito porque se que no te gusta que Mario divida los capítulos, pero me estoy viendo venir un comentario de Mario diciendo que va a dividir este capitulo en dos.

    No se si al final lo hará, pero que seguro se siente tentado a hacerlo fijo.

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    1. Noventa y seis minutos.
      Estoy tentado de hacer algo, pero no lo que dices.

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    2. Me parece que sé a dónde quieres ir a parar. Si quieres un consejo te diré lo que le digo a bastantes autores que nunca están satisfechos con la corrección que les presento y siempre quieren más: hay que parar, en algún momento hay que parar y darlo por bueno.

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  88. Mí querido Apasionado, que lo que te voy a confesar quede sólo entre nosotros dos, me es igual la duración siempre que publique rápido, esto que quede entre nosotros, que Cayo no se entere por qué me desmontas la imagen.

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  89. Resulta que Mario ha publicado el muy cabrito sin avisar el 205 en TR y lo estoy leyendo otra vez y me encuentro esto. Es de cuando Carmen vuelve a casa sin sujetador después de enseñarle los tatuajes a Ángel

    “ Lo del sujetador ha sido porque Ángel no estuvo y se enteró después de la existencia de los tatuajes. Esta tarde, después de la reunión… ya sabes cómo es, se empeñó en verlos. Dijo que por la descripción que le dio Claudia parecían la marca de un proxeneta. Me sentí descubierta; me forzó a enseñárselos. Luego se comportó como lo que es: un excelente profesional. Estuvimos hablando hasta las diez de la noche; fue una auténtica sesión clínica. No pasó nada, Mario, solo hablamos.

    —No tienes que justificarte.

    —No lo hago, simplemente quiero que lo sepas.

    —Haz lo que quieras. Yo en tu lugar cuidaría mucho qué contarle; no deja de ser el tío que, cuando tuvo la oportunidad, te violó, aunque pareces haberte olvidado.”
    Yo también me apunto al consejo de Mario aunque lleg tarde

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  90. Si alguien entiende lo que han escrito en TR por favor que me lo traduzca
    No es una crítica es que no entiendo nada de lo que dice

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  91. Una sola explicación Dosoctsvas, fuma de la mala

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    1. Yo creo que el en el comentario de TR, el comentarista tampoco se aclara, tiene distintos sentimientos chocando entre ellos.

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  92. El Diario es una fábrica de crear sentimientos distintos y contradictorios entre ellos, yo he vivido esas contradicciones en mi mismo, una parte de mi convencida de lo que haría si estuviera en la situación en las que se suelen encontrar Mario y Carmen, mientras otra parte de mi le grita callate bocazas que no tienes ni puta idea si jamás en tu vida has tenido una experiencia semejante.

    Sentimientos en constante contradicción, pero con un denominador común, todos y cada uno de ellos están a flor de piel.

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  93. El pasado treinta y uno respondía a Apasionado con esto:
    “Noventa y seis minutos.
    Estoy tentado de hacer algo, pero no lo que dices.»

    Me refería a que Apasionado presagiaba que acabaría por volver a dividir en dos el capítulo. Nada más lejos de mi intención. Todo lo contrario, estaba dispuesto a saltarme el encerado y pulido del capítulo, de verdad. Había tomado la decisión.

    Y cuando estaba haciendo la última lectura, me encontré con un párrafo de apenas ochenta palabras, en el que la palabra “que”, tanto en su forma de conjunción como de pronombre de relativo, aparecía seis veces, mas de un siete por ciento del total de palabras cuando el umbral de repetición no debe superar el dos por ciento.

    Independientemente de porcentajes, es un caso evidente de “queísmo” que salta a la vista y no podía pasar por alto. Y así muchos otros ejemplos que, a la la luz de un examen cuidadoso, chirrían como una voz desafinada en un coro.

    Lo siento, pero no puedo pasarlo por alto, es superior a mis fuerzas.

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  94. Sabemos lo perfeccionista que eres, y hasta que no estás agusto con lo escrito no vas a publicar. así que tendremos paciencia, y esperaremos a que todo el capitulo esté de a cuerdo a como quieres.

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  95. Bruto.
    Mí querido Cayo, que te ibas a saltar el encerado y el pulido, antes te haces el Harakiri, si un día llegas a publicar en esas condiciones te vaticinó varias apoplejías así que haz lo que todos esperamos y metele una revisión de cojonones, nadie lo ha dudado ni un segundo.

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  96. Como diría la eterna…
    Agradecido y emocionado
    Solamente puedo decir
    Gracias por venir

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  97. Caito y Federico tiene n razón, revísalo y cuando esté a tu gusto lo publicas, a mi personalmente no me importa esperar, ya lo sabes.

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  98. Tarde de lluvia, tomando mate y escuchando Desconfío, blues icónico del bueno. Pero todo bueno no dura para siempre. El matriarcado empezó con su presión psicológica. "Que triste es el blues", " Este el quinto que escuchas no?"

    No importa, ya me uni a la resistencia.

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    1. No lo conocía. Me lo apunto en mi Spotify
      “ No sé porqué
      Imaginé
      Que estábamos unidos
      Y me sentí mejor
      Pero aquí estoy
      Tan solo en la vida
      Que mejor me voy”

      Como anillo al dedo.

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  99. La resistencia fue heroica, épica. Pero luchas contra fuerzas que te exceden. Luego de Desconfío, siguieron otros blues pero, esas fuerzas hicieron su conjuro y...todo se acabó. Se fue la energía eléctrica.

    Lo que más duele es ese rostro de falsa sorpresa, de falso enjo con la empresa que provee el servicio. Cuando en realidad sus ojos te dicen "es hora de que aprendas la lección".

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  100. Como lo llevas? Hay alguna fecha prevista?

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    1. Poco tiempo libre en fin de semana, pero haré lo que pueda.

      Me queda poco, cuestión de dos o tres días.

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  101. Hace unos cuantos días, respondías con esta frase,
    “ cuando estaba haciendo la última lectura, me encontré con un párrafo de apenas ochenta palabras, en el que la palabra “que”, tanto en su forma de conjunción como de pronombre de relativo, aparecía seis veces, mas de un siete por ciento del total de palabras cuando el umbral de repetición no debe superar el dos por ciento.”

    Yo, como correctora de textos, me quedo con las ganas de saber qué has hecho con ese párrafo. Como imagino que no es nada que interese en general, te pido por favor que me lo cuentes por privado. Es pura curiosidad, no pretendo ejercer de mi supuesto “magisterio” y calificarte.

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    1. Será un placer, Lucía, aunque déjame que publique primero; luego te paso el párrafo de marras y por supuesto dame un par de lecciones, que falta me hace.

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  102. Bruto.
    Querido Cayo, enhorabuena correctora privada, menos mal que no escribo ni un tuit, ciento cuarenta caracteres necesitaría contratar a Lucía seguro.
    Entonces hemos quedado que para el miércoles, bien.

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    1. Quien dice miércoles, dice jueves. O…
      No te me pongas exquisito que me estreso.

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    2. De momento, andamos en los noventa y nueve minutos.

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    3. Venga, seamos pacientes y dejémos que Mario y Carmen trabajen tranquilos.

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  103. Bruto.
    Querido Cayo, espero que esta mañana hayas estado tomando el aperitivo y pasando de diario, si no es para darte un mochazo.

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    1. Como está mandado: Izaguirre con olivas en buena compañía

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  104. Una parte de mi quiere leer el capítulo 207, pero otra parte de mi no, me explico, nos acercamos inexorablemente a la ruptura y aunque a veces es necesaria no significa que no sea dura y triste.

    Voy a llorar como una magdalena y no me avergüenza reconocerlo.

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  105. Bruto.
    Mí querido Apasionado, no te preocupes piensa que en dos o tres años, al ritmo que va el diario, volverán a estar juntos y felices como a tí te gusta.

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    1. Dos o tres años, es verdad que el tiempo pasa volando, pero es mucho tiempo.

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    2. Dos o tres años. Qué mala persona eres, Bruto.

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    3. Bruto.
      Querido Cayo, mala persona, a tí te lo voy a contar acercándonos a Marzo, la verdad es que me gusta torturar un poquito.

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  106. Esa tarde estaba en mitad de la última, o penúltima lectura del texto —paso previo a la publicación— cuando esa persona que ya os imagináis, me viene con un documento en Word que contiene “algo imprescindible”, según su criterio;

    «Es una especie de examen de conciencia sin el cual no se va a entender bien el final de Santander».

    Once minutos, once.

    «Vaaaale»

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  107. Pues que mas que esperar y ver esos 11 minutos extra, será un placer leer a esa persona que nos imaginamos.

    Espero que ya no trde mucho en leer ese tan anciado capitulo 206

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  108. Con todo respeto, no es "según su criterio", es según el mejor criterio. Lo dice alguien con 48 años de experiencia.

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    1. Yo soy de los que prefiere un criterio hablado y consensuado entre los dos.

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  109. Mueven más dos tetas que dos carretas

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    1. Bruto.
      Querido Dos Octavas tienes razón pero yo prefiero la versión marinera... pero me echan la bronca si la pongo.

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    2. Uy, voy a andar con cuidado, que hay mucha testosterona chorreando por el suelo y lo mismo patino y me caigo.

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    3. Nosotros Dos Octavas decimos que el vello íntimo femenino puede más que yunta de bueyes

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    4. Lucia, es una verdad como un templo
      Vas a venir tu a decirme que las tetas de tu chica no te dejan sin argumentos

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  110. No hablaré si no es en presencia de mi abogada, ¡que encima es mi chica! Jajajaja

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  111. A punto de despegar; pulido, encerado y casi casi depurado, debatimos anoche sobre la conveniencia de lanzar un aviso a navegantes. Yo, personalmente, no lo considero necesario. Este es un blog de adultos y todos somos mayorcitos. Pasó la época en la que en los televisores se anunciaban las películas de contenido “fuerte” con dos rombos en la esquina superior derecha (muchos no sabrán de lo que hablo). Sin embargo, atiendo la sugerencia y os anticipo que la escena titulada “La entrega”, podría herir la sensibilidad de algún lector, como tal vez sucedió en el anterior capítulo con “La última frontera”, aunque no me consta que haya sucedido.

    Dicho queda.

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    1. Lo de los dos rombos, jajaja yo entonces era un crío, pero lo recuerdo.

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  112. Bruto.
    Querido Cayo, anda que no somos antiguos, dos rombos, vas a tener que hacer arqueología televisiva, y esto es hacer publicidad.

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  113. Cuando se produjo el llamado destape con la llegada de la naciente democracia, en la década del 80 , las revistas con temas eróticos venían con unas bolsas de colores.

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  114. Fasten your seat belts. Despegamos!

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  115. a qué hora es l despegue, he entrado varias veces y no sale el avion

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  116. Bruto.
    Querido Federico, piensa en un vuelo transoceánico, por la noche.

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