23 marzo 2026

 Capítulo 208 Separación


Tiempo estimado de lectura: una hora cuarenta y dos minutos.


 

Con mi agradecimiento a Torco por su inestimable trabajo perfilando a Guido.

 

 

“Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis"

Dante Alighieri en el Canto III del Infierno. La Divina Comedia. s.XIV

 

 

Prologo. El Umbral del Silencio

 

«Entrar en la ruptura es aceptar que el territorio que pisamos ya no nos pertenece.

 

Durante meses, la esperanza fue nuestra mayor enemiga; fue el hilo que nos mantuvo atados a una versión de nosotros que ya no existía obligándonos a negociar con las cenizas. Hoy, al cruzar este umbral, la esperanza muere porque ya no es necesaria.

 

Abandonar la esperanza es, paradójicamente, el primer acto de libertad. Ya no esperamos que el otro cambie, que el tiempo cure lo que nosotros mismos rompimos, que un beso borre el rencor acumulado. Al entrar en este infierno de la ausencia, dejamos atrás la ficción. Nos queda el silencio, sí, y el vacío de las habitaciones que antes llenábamos con planes de futuro, pero también nos queda la verdad.

 

No es un castigo, aún cuando hoy se sienta como tal; es simplemente el fin del simulacro. Al desterrar la esperanza, dejamos de esperar lo imposible y empezamos a caminar de nuevo, aunque sea por senderos distintos.

 

Al otro lado de la puerta, renunciamos a la ficción de que mañana seremos diferentes, de que el tiempo reparará lo que nosotros mismos hemos desmantelado.

 

Cerrar esta etapa es claudicar ante la evidencia. Ya no hay promesas que nos aten, ni futuros inventados que nos obliguen a seguir intentándolo. En este vacío, el alivio es tan amargo como la tristeza: es el reconocimiento de que ya no queda nada por salvar. Al renunciar a la idea de un "nosotros", nos liberamos de la agonía de una lucha que ya estaba perdida.»


Primeros pasos

 

Carmen subió las escaleras hacia el ático conteniendo el aliento. Necesitaba tomar distancia del piso inferior donde Mario se había sumido en un mutismo que ella no era capaz de descifrar.

 

La conversación con Esther no podía haber sido más desoladora. Su hermana pasó de la incredulidad al intento estéril de poner remedio a lo irreparable; luego, proyectó la frustración de su propio fracaso sobre el de ellos, sin darse cuenta de que salvarlos no la salvaba. Después, solo quedó la aceptación.

 

—¿Estáis completamente seguros?

 

—Lo hemos pensado mucho, chiqui, es lo mejor si queremos seguir siendo amigos.

 

—¿Cómo se lo vais a decir a papá y mamá?

 

—Con cautela. Queremos que estés presente.

 

No hubo más, ni preguntas, ni reproches a uno o a otro. Esther es así en los momentos difíciles.

 

Carmen creyó notar, de nuevo, un flujo invisible que manaba hacia Mario. Fue un pálpito tan sutil que intentó negarlo, se obligó a seguir tratando de convencer a su hermana de que separarse era la única forma de no acabar odiándose. Mario secundaba sus palabras en silencio; Esther lo observaba con una piedad hiriente, como si él fuese la única víctima de aquel naufragio.

 

No podía ignorarlo. Había una devoción auténtica en los gestos de Esther. Siempre se habían querido como hermanos, o eso había elegido creer hasta ese instante. De pronto, la sospecha que desechó el día que Mario fue a buscarla se materializó con la fuerza de una bofetada. Aquella decisión, tomada como una tregua para rebajar la tensión, resultó ser una trampa. En aquella ocasión, Esther llegó rota por su propia crisis y, en lugar de traer paz, se convirtió en la chispa que terminó por dinamitarlo todo.

 

 

«Los encontró en el salón. Esther, con el rostro demudado, sentada en el sofá, refugiada en el hombro de Mario; él hablaba con una voz suave y paciente, una voz que le resultó insoportablemente melosa. Al verla aparecer, le soltó la mano y se irguió con un matiz de incomodidad. Una extraña mezcla de emociones la invadió: envidia, celos. Temor.

 

—No sé qué hacer, chiqui —gimió Esther, levantando la vista—, lo he intentado todo, pero… ¿qué sentido tiene? A pesar de todo, no imagino la vida sin Daniel. Lo sigo queriendo.

 

Carmen tomó asiento a su lado y le ofreció la mano, Esther la agarró con fuerza. Mario se mudó al brazo del sillón frente a ellas con una expresión de compasión en el rostro, fruto de la confidencia que sin duda le había hecho por el camino.

 

—¿Qué ha pasado esta vez? —le preguntó sin ocultar cierto cansancio. Mario le hizo un reproche mudo.

 

—Tienes que ser valiente, Esther. —intervino él con la mirada fija en su cuñada. —No te mereces esto. Tu vida no puede seguir así.

 

Esther contuvo un sollozo y asintió secándose las lágrimas.

 

—Con el tiempo, las heridas se cierran. Reharás tu vida; con los años, incluso podrás recordarlo con cariño como parte de un pasado que te hizo más fuerte.

 

Carmen lo escuchaba y un frío súbito le invadió la espalda. Mario posaba una mano sobre el hombro de su hermana y la mente se le iluminó con claridad diáfana. "No te mereces esto", había dicho, las palabras le martilleaban en la cabeza. No hablaba del matrimonio de Esther. Estaba hablando de ellos.

 

¿Cómo no lo había visto antes? Su degradación la había mantenido ciega ante lo que estaba ocurriendo. Era ella quien había tendido el puente entre ellos; justo ahora, la escena que acababa de presenciar cobró un nuevo sentido, ¿cómo era posible? No se trataba de un tropiezo, ni siquiera de un desliz puntual. No era un momento de debilidad, tampoco era, como había querido creer, un simple error. Era algo más sólido, una verdad gestada en las sombras que él acababa de confesar sin darse cuenta. Allí estaba Esther, su hermana, destrozada por un matrimonio roto, buscando un hombro. Pero no buscaba consuelo; sino un sustituto.» (1)

 

Aquella noche, bajo el peso de una sospecha que ya no podía tachar de absurda, Carmen intentó reducirlo a un simple gesto de cariño, a una mirada furtiva, a un roce accidental; pero la evidencia la golpeaba: la cercanía entre ellos había traspasado la frontera de lo prudente. ¿Desde cuándo? ¿Hasta dónde había llegado? ¿Tan evidente era? Quizás lo fue siempre y ella, en su ingenua ceguera, se había negado a ver el incendio en su propia casa.

 

La única salida era Elvira. Estaba dispuesta a arriesgar su propio futuro con tal de blindar la estabilidad familiar. Mario tenía derecho a rehacer su vida, sí, pero no con Esther. El dolor de un divorcio sumado a la unión con su propia cuñada era un escenario que sus padres no soportarían; las convenciones sociales estallarían y el núcleo familiar se reduciría a escombros.

 

La solución era tan amarga como eficaz: Cargaría con la culpa y el estigma de la ruptura para que, cuando Mario buscara a otra mujer, nadie mirase hacia Esther. Además, Carmen sabía algo que su hermana ignoraba: Mario volcaría sobre ella las mismas obsesiones que habían carcomido su matrimonio, y Esther, demasiado frágil tras su propio fracaso, no resistiría el envite.

 

Debía evitarlo a toda costa. El nombre de Elvira surgió como un conjuro. El primer amor, la única mujer a la que Mario había amado con la pureza de quien no conoce el rencor. Sin embargo, al contactarla, reaccionó con cautela.

 

 

«—Hola, Elvira. Soy Carmen. ¿Cómo estás?

 

La voz al otro lado de la línea sonó distante.

 

—Bien. No esperaba tu llamada.

 

—Es sobre Mario. Necesito hablar contigo.

 

Elvira guardó silencio un momento.

 

—Hace tiempo que no lo veo. La última vez... la última vez no fue bien. Terminamos discutiendo.

 

Carmen tragó saliva.

 

—Es mi culpa. He hecho cosas imperdonables.

 

La mentira se sentía extrañamente liberadora. Insinuó que su matrimonio estaba acabado, Mario lo estaba pasando muy mal y ella era la única que podía ayudarle. La única que lo amaba de verdad, sin el peso de los errores, sin las cicatrices del tiempo.

 

—¿Estás diciendo que Mario y yo podemos…?

 

A Elvira le costaba superar el recelo. Carmen vio peligrar su plan.

 

—Os queréis. Daos una oportunidad, lucha por él.

 

El silencio al otro lado del teléfono fue largo y significativo. El corazón de Carmen se contrajo. Si Elvira no daba el paso, la oscura alternativa de Esther volvería a cobrar fuerza. No lo iba a permitir.

 

—Carmen, no sé cómo agradecerte tu franqueza —respondió al fin, quebrada por la emoción—, creí que se había terminado. Sabía que algo no funcionaba entre vosotros, no imaginé que fuera tan grave. Si cuento con tu apoyo, voy a intentarlo con todas mis fuerzas, porque le quiero como no he querido a nadie.

 

Carmen trató de contener las lágrimas, aun así el alivio fue inmenso. La mentira se había convertido en su verdad, su mejor salida.

 

—Eres su auténtico amor, el más limpio y verdadero que ha conocido —dijo Carmen sin dudarlo—. Y voy a luchar por vosotros aunque duela, aunque me cueste lo que más quiero.» (2)

 

 

Y ahora, cuando todo se consumaba, sólo quedaba cerrar el círculo.

 

Sentada en el sillón del ático, con la luz de la luna filtrándose por el ventanal como un testigo mudo, marcó el número. Elvira tardó tres tonos en responder. Su voz sonó alerta.

 

—¿Carmen? ¿Pasa algo?

 

—Ha sucedido —dijo, yendo directa al grano—. Hemos decidido separarnos. Se marcha de casa en un par de días.

 

La imaginó incorporándose en la cama para asimilar la noticia que tanto tiempo había esperado.

 

—Vaya... —susurró Elvira, aliviada tal vez—. Pensé que este momento no llegaría. ¿Cómo está?

 

—Destrozado. Por eso te llamo. —Carmen bajó la voz como si las paredes pudieran oírla—. Acaba de irse Esther. Ha venido a conocer la noticia. He visto cómo la mira, Elvira, y no es nada nuevo. Mario siente algo por ella que no va a poder controlar.

 

—¿Esther? No me jodas, es su cuñada.

 

—Ella no parece darse cuenta, o eso quiero creer. Lo quiere como a un hermano, aunque siempre ha habido una intensidad a la que nunca le di importancia. Pero Mario está en tal estado de vulnerabilidad que se aferrará al primer clavo ardiendo. No voy a permitir que destruya la familia; no dejaré que mi hermana se convierta en el eje de su nueva vida. Debes ser tú quien esté ahí antes de que suceda algo irreparable.

 

Se detuvo un instante para tragarse el orgullo, consciente de que aquella humillación era necesaria.

 

—Necesito que te centres en él, que lo recojas, que lo… —«ames», estuvo a punto de decir—. Que hagas lo necesario para que olvide a Esther. Si se refugia en ti, la familia tendrá una oportunidad de no saltar por los aires.

 

—¿Me estás pidiendo que lo "rescate" de tu hermana? —preguntó Elvira entre extrañada y triunfante.

 

—Te estoy dejando el camino libre. Pero escúchame bien: no puede sospechar nada de esto. Ni una palabra de que hemos hablado. Tienes que esperar a que te lo cuente cuando esté preparado. No quiero que piense que es un plan trazado por nosotras.

 

Al otro lado, se escuchó un suspiro de satisfacción.

 

—No te preocupes —respondió Elvira, tan condescendiente que le dolió—. Sabré esperar el momento justo. Sé cómo tratarlo cuando se siente perdido.

 

—Bien. Hazlo por ti, o hazlo por él, pero no vaciles. No la quiero perder también a ella por una indecisión.

 

Elvira respondió mostrando una sinceridad brutal:

 

—Estoy profundamente enamorada de Mario, no voy a perderlo otra vez, descuida.

 

A Carmen se le encogió el pecho, pero sacó fuerzas de donde pudo para contestar:

 

—Me alegro por los dos. Os merecéis ser felices.

 

—Gracias, Carmen. Sé que para ti esto es una derrota, pero no sabes lo que significa para mí. No sospechará nunca que me has hecho el mayor regalo de mi vida.

 

Carmen cortó la llamada.

 

Derrota… Elvira no podía imaginar el desgarro que había sentido. Se quedó envuelta en la penumbra del ático preguntándose si acababa de salvar a la familia o, simplemente, había terminado de entregar lo que quedaba de su corazón al enemigo.

 

 

El anuncio

 

Primero se lo habíamos dicho a Esther. Lo que leyó en nuestros rostros, la gravedad que pusimos en las palabras no admitía dudas: esta vez no era como la anterior. Con la voz ahogada, nos preguntó si estábamos completamente seguros; casi al unísono, aseguramos que lo habíamos meditado mucho, que era lo mejor si de verdad queríamos salvar nuestra amistad del desastre.

 

Su preocupación inmediata fue saber cómo se lo diríamos a nuestros padres. Le pedimos cautela y le rogamos que estuviera presente cuando llegara el momento. No hubo más; ni preguntas incómodas, ni reproches velados hacia ninguno de los dos. Esther posee esa contención en los momentos críticos. Se limitó a despedirse con un abrazo bien repartido, un gesto equitativo que me dolió por lo que parecía ocultar.

 

A continuación, llamé a mi madre. Retrasarlo solo alimentaría la angustia. Le bastó escucharme un momento para comprender que pasaba algo serio.

 

—¿Qué ocurre? Una reunión tan precipitada, me preocupa.

 

—Tranquila, mamá, ya lo hablamos.

 

Quedamos a las nueve en el portal. Llegamos puntuales y preocupados. Esther se enganchó al brazo de su cuñado; aquello me revolvió por dentro y les insté a no perder más tiempo, debíamos subir.

 

Abrió mi padre. Estaba expectante y, al ver a Esther, se inquietó aún más.

 

—¡Ya están aquí, y viene Esther! —anunció, precediéndonos. Mi madre nos esperaba de pie, síntoma inequívoco de su inquietud.

 

Nos quedamos en mitad del salón sin saber cómo empezar. Fue mi madre quien tomó la iniciativa:

 

—Qué es lo que pasa.

 

—Es tu marido, ¿verdad? ¿Qué ha hecho ahora? —dijo mi padre, alterado, dirigiéndose a Esther.

 

—No, Fernando —le interrumpió mi madre, que no me había quitado ojo—. Pregúntale a tu hija mayor.

 

—Veréis... —comenzó Mario. Pero lo detuve; no era a él a quien correspondía dar la noticia.

 

—Estamos atravesando una crisis —dije y mi padre se derrumbó, mi madre me condenó, Mario bajó la cabeza apesadumbrado y Esther se apresuró a apoyarlos, sobre todo a nuestro padre.

 

—Hemos decidido que lo mejor para intentar solucionarlo es darnos un tiempo para...

 

—¿Ya estamos, como la otra vez?

 

—Amalia, déjala hablar —medió mi padre.

 

—No, mamá, esta vez es más serio —respondí, tratando de mantenerme firme.

 

—¿Cuánto de serio, Mario? —le preguntó, saltando sobre mi persona.

 

Mario parecía estar tan hundido como mi padre y yo no lo soportaba: ahí estábamos las mujeres de la familia, arrostrando la tormenta con entereza; entretanto, los hombres se dejaban llevar por los vientos de la depresión. Mario levantó los ojos del parqué y miró a su suegra con la que mantenía una relación excelente desde siempre, desde que el tabú de nuestra diferencia de edad quedó superado. Mi madre le quería como a un hijo, él la tenía por más que una suegra; se entendían bien, tenían un sentido del humor parecido, compartían gustos y aficiones hasta el punto de que, en algunas cosas, encajaban mejor que nosotros. No digamos con mi padre, centrado en una época pasada. Podía entender lo que suponía para ella el anuncio de nuestra separación.

 

Mario no fue capaz de responder y la ira de mi madre se volvió contra mí. Inició una diatriba sobre el sentido del matrimonio, las cesiones que hay que hacer por el bien de la pareja, un montón de temas trillados a los que no quise replicar para no convertir aquello en una discusión de las nuestras. Dicho lo que había que decir, respondimos a las preguntas de mi padre, empeñado en encontrar un resquicio de esperanza: No era una separación definitiva, no estábamos planteándonos el divorcio y sí, había posibilidad de arreglo; pero necesitábamos tiempo y calma por parte de todos. Luego vino la cuestión de la logística: mi madre quiso saber dónde iba vivir Mario, dio por supuesto que abandonaba nuestra casa y yo me quedaba de dueña y señora. Esto agotó mi escasa paciencia.

 

—Estás dando por sentado muchas cosas que aún no hemos hablado, mamá. —dije con una irritación manifiesta.

 

—Es lo habitual, Carmen, no te pongas así.

 

—Me pongo como me pones tú, siempre tomando partido en lugar de escuchar.

 

Esther intervino a tiempo e hizo su parte: apoyó nuestra decisión y calmó los ánimos. Se centró en arropar a nuestro padre, el más afectado de todos, estuvo en todo momento pendiente de un Mario que seguía hundido. Si tenía alguna duda sobre la decisión de apoyar la opción de Elvira, aquella noche se despejó.

 

Poco después nos despedimos. Mi padre me abrazó como lo hace un padre; mi madre me trató con frialdad y a Mario le dedicó todo el cariño que a mí me había negado. Esther se quedó con ellos, me dio un beso de despedida y a Mario también: un largo y cálido beso.

 

—Ya está. —dije en el portal. Tal vez sonó muy tajante. No sabía cómo plantearlo, lo que menos me apetecía era volver a casa.

 

—He… quedado con Elvira. Puede que no vuelva esta noche.

 

Le respondí con un gesto de indiferencia que encubrió el alivio. No intentó acercarse ni yo lo hice. Caminamos en direcciones opuestas, símbolo perfecto del rumbo que estaban tomando nuestras vidas.

 

Me detuve antes de llegar a la parada de taxis, mi destino era encerrarme en casa; era lo último que deseaba, lamerme las heridas sola. Sola.

 

Saqué el móvil del bolso. Era un error, lo sabía, pero a veces los errores se cometen a conciencia con tal de ahogar el dolor. Marqué, enseguida escuché el estruendo del ambiente de un bar.

 

—Pero qué carajo!!!!

 

—Yo también me alegro de oírte, Guido.

 

—¿Llamás para mandarme otra vez a la mierda, como la otra vez?

 

—Llamo para invitarte a casa.

 

—No me jodás che!!! Te pirás y ahora tenés ganas de verme. ¿Así, porque se te canta el culo?

 

—Como quieras, tú te lo pierdes.

 

—¿Qué te crees boluda? ¿Me llamás y voy corriendo?

 

— No te lo voy a pedir dos veces. Adiós.

 

—Pará, pará. Ok, dame media hora.

 

—Justo lo que tardaré en llegar a casa. Ah, y tráete alguna cosa, ya sabes.

 

—¿Qué “ya sé”? No sé un carajo.

 

—No te hagas el tonto, Guido. Algo para relajarnos… necesito subir el ánimo también.

 

 

La noche oscura

 

Carmen abrió la puerta con el corazón acelerado. Vestía una bata de seda negra a medio muslo; estaba descalza, con el pelo aún húmedo tras una ducha rápida. Sus ojos quedaban enmarcados en un negro denso que el vapor de agua había vuelto peligrosamente suave. Mientras el rímel resistía invicto, el delineador se había emborronado en las comisuras, fundiéndose en un sombreado oscuro. Al verlo en el rellano, irguió los hombros y levantó el mentón.

 

—Llegas tarde.

 

Guido entró sin decir palabra. Sudadera gris, pantalón de chándal negro, zapatillas deportivas. Olía a ducha reciente y a colonia fuerte. Si alguna cualidad tenía aquel coloso era su obsesión por la higiene. Él mismo cerró la puerta y echó el cerrojo. ¿Quién se creía que era?, pensó ella. A continuación, la miró de arriba abajo.

 

—Flaca, ¿qué carajo te pasó?

 

—¿Has traído lo que te pedí?

 

Guido arqueó una comisura, levantó una botella de Johnnie Walker envuelta en papel, después hurgó en el bolsillo del chándal y sacó la mercancía: una bolsita de plástico y unos porros ya liados.

 

—Obvio. No iba a venir con las manos vacías una noche así, ni loco.

 

—Eso no hacía falta. —dijo señalando la botella.

 

Cruzó el salón con un balanceo descarado de caderas. Sirvió dos vasos generosos de Jack Daniels y le tendió uno. Dio un trago largo sin apartar la vista; el Bourbon le quemó la garganta. El vaivén al caminar había hecho que la seda de la bata cediera, mostrando en un descuido insolente la curva del muslo y el nacimiento del escote.

 

—Hoy le dije a mi familia que Mario y yo nos separamos. O mejor dicho… que nos dábamos un tiempo. Aunque todos entendieron que era el principio del fin.

 

Guido se pasó la mano por el cráneo rapado y dio un paso más cerca, vaso en mano.

 

—Ya sé, tu viejo gritó, tu vieja te junó como si fueras una puta (0)

 

Carmen soltó una risa corta y amarga.

 

—Mi madre me miró exactamente así: como si fuera una mala mujer —dijo hablando para ella misma—. Mi padre se derrumbó. Esther se quedó consolándolos. Y Mario… se fue con Elvira sin molestarse en disimular.

 

Guido asintió con una sombra de satisfacción en la mirada. Puso la bolsita, los porros y la botella sobre la mesa baja del salón.

 

—Ah, ahora cazo la onda. El cornudo se mandó a mudar con la otra (0) y vos te quedaste acá, solita.

 

Carmen lo miró por primera vez de verdad. Los ojos le brillaron de rabia, tristeza y algo mucho más peligroso.

 

—No estoy sola. Te he llamado a ti.

 

Se acercó tanto que el olor de su colonia la envolvió.

 

—Qué querés, flaca, que te consuele, que todo va a estar bien o querés otra cosa, piba.

 

Ella dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. La bata se abrió casi por completo sin que hiciera el menor intento por cerrarla.

 

—Quiero dejar de pensar. Quiero que me hagas olvidar que acabo de romperle el corazón a mi padre, que mi madre me odia un poco más que ayer, que mi marido está follando con otra mujer en otra casa… Quiero que me hagas sentir que soy algo más que la esposa que se cansa, la hija que decepciona, la mujer que sobra.

 

Guido la observó en silencio. Luego se quitó la sudadera. El torso apareció como una pared de músculo tenso y brillante bajo la luz indirecta del salón. Un panorama de venas marcadas en los brazos, pectorales tallados y un abdomen surcado por un relieve profundo, fruto de un entrenamiento feroz. El cuadro que le hacía perder la cabeza.

 

—Ponete en pelotas, sacate todo.

 

Tras una breve duda, Carmen soltó el cinturón y dejó caer la bata. Se mantuvo inmóvil ofreciéndole una desnudez carente de pudor. Guido se acercó sin tocarla todavía. Recorrió con la mirada cada centímetro de su piel.

 

—¡A la mierda!, ¿qué carajo te hiciste?

 

Carmen no lograba descifrar la expresión de Guido: asombro, desprecio o pura fascinación. Fue incapaz de articular palabra.

 

—¿No vas a abrir la boca? Dale, largá el buche.

 

Estaba acostumbrada a mentir sobre los tatuajes. Empezó a hilvanar una de tantas historias que había tejido para esquivar la jodida verdad; pero Guido tenía la habilidad de leerle el rostro como si fuera un libro abierto.

 

— Dejate de sanatas, estos no son dibujitos para nenas chetas. (0). ¿Quién te hizo esto?

 

Ni aun así podía confesarle la verdad. Recompuso la farsa. Combinó una parte de imaginación y dos partes de realidad en un cóctel que superó cuantas explicaciones había creado hasta entonces: Una fiesta fuera de control, drogas, orgía, engaño y en medio de todo, cuando estaba inconsciente, los tatuajes no consentidos. La fábula pasó el test de Guido que se quedó rumiando la historia de los tatuajes mientras los repasaba con los dedos.

 

—Hay mucho hijo de puta suelto.

 

Lo miró agradecida.

 

—Sos una potra, siempre lo fuiste. Hoy estás hecha pelota y la verga se me pone redura, mucho más que cuando venías toda arregladita al gimnasio.

 

Le puso una mano en la nuca abarcando casi todo el cuello y la obligó a mirarlo.

 

—Querés que te rompa un poco más o que te arme de nuevo?

 

Carmen cerró los ojos un instante. Cuando los abrió había lágrimas, pero también fuego.

 

—Las dos cosas. Primero rómpeme. Después… ya veremos.

 

Guido sonrió y, con un movimiento lento del mentón, señaló la mesa.

 

—Antes de empezar, vamos a cargar nafta.

 

Preparó dos líneas gruesas sobre el cristal. Carmen esperó a que terminara de comérsela con la mirada. Luego aspiró una de ellas, cerró los ojos y soltó un suspiro hondo; la euforia empezó a subirle por la columna. Guido hizo lo mismo con la segunda línea; después encendió uno de los porros, dio una calada, la retuvo y se lo pasó.

 

Compartieron el porro sin apurarse; el humo dulce amortiguó el zumbido de la cocaína que les afilaba los sentidos y les martilleaba el pulso. El ambiente estaba saturado: una mezcla densa de resina y el aroma amaderado del whisky que bajaba por sus gargantas a tragos cortos y frecuentes. Carmen se sentía ligera, furiosa, excitada.

 

Sentado en el borde del sofá con las piernas abiertas, la atrajo hacia sí de un tirón seco. Si a ella le llegaba su propio aroma, qué no estaría olfateando él a tan corta distancia. Acababa de dar una calada profunda cuando sintió sus manos: un apretón en los pechos, con una fuerza bruta que la hizo jadear. Bajo el efecto de la droga y el contraste del aire fresco del salón, sus pezones se endurecieron como piedras.

 

La obligó a ponerse a horcajadas sobre él. Hundió el rostro en el valle entre sus pechos, buscando su calor, mientras Carmen liberaba el humo hacia el techo con lentitud. Arqueó la espalda en una rendición que era, al mismo tiempo, un desafío. Abajo, el roce del vello contra el tejido áspero del pantalón le disparó un temblor incontrolable. Guido no dejaba de amasarla con una constancia que la sumió en un estremecimiento devastador.

 

—Te extrañaba, loca —murmuró entre besos húmedos y mordiscos a la base del cuello—, pero más extrañaba esto.

 

El roce de la cremallera contra su sexo desprotegido le arrancó un gemido ronco. Acertó a dejar el porro en el cenicero y, de un manotazo, le aferró la nuca para obligarlo a subir la cabeza. Lo besó con una desesperación hambrienta, reclamando su boca como antes él había reclamado su cuerpo.

 

En ese punto de no retorno, la levantó como si no pesara nada. Carmen sintió la firmeza de sus manos en los glúteos y, siguiendo una coreografía tantas veces ensayada, ancló las piernas a su cintura. Él la llevó en vilo hasta la pared y la estampó contra ella usando su propio peso para inmovilizarla. La besó con furia mordiéndole el labio inferior hasta arrancarle un gemido. La presión del cuerpo robusto de Guido era asfixiante y deliciosa; su respiración, pesada y cargada de adrenalina, confirmaba el control absoluto.

 

—Métemela... —susurró buscando aire—. Dame en el punto G, de Guido —le pidió, recordándole la escena que vivieron en la terraza el verano anterior. (3)

 

Guido soltó una carcajada, una vibración profunda que ella sintió retumbar en su propio pecho. Sabía exactamente a qué se refería. A pesar de su físico imponente, guardaba un secreto: su discreta longitud, no era una carencia; era la medida perfecta para golpear con precisión el centro de su placer.

 

—Que turrita que sos - masculló, disfrutando del juego-. Sabés que te hice caso. Me dediqué a pasear otras minas clavadas en mi poronga, como vos dijiste que te gusta.

 

—Las habrás hecho morirse de gusto —exhaló ella, sucumbiendo sobre su hombro.

 

—Pocas encajan como vos mamita, o será que todas no son tan trolas como vos. (0)

 

—Será eso. ¿A qué estás esperando? ¡Métemela de una puta vez, joder!

 

Se deshizo de la ropa y la ensartó de un solo movimiento firme. La trayectoria fue perfecta. El glande impactó de lleno contra esa zona sensible que solo él sabía localizar con tal exactitud; un rincón que Carmen había rebautizado en su honor. El efecto fue instantáneo: soltó un grito ahogado, se arqueó por completo. La descarga fue tan intensa que la hizo desfallecer; se desplomó en sus hombros, su cabeza cayó hacia atrás rendida a un placer que solo Guido era capaz de detonar.

 

—¿Lo extrañabas?

 

—¡Ah… sí…! Mucho... tu “dedo gordo” en el punto que tienes dedicado dentro de mí.

 

—Qué putita. Decime que esta noche sos mía.

 

Carmen, jadeando, le mordió el inmenso cuello.

 

—Esta noche soy tuya, Guido. Haz conmigo lo que quieras.

 

Él soltó una risa afónica.

 

—Esta es mi piba.

 

La llevó enganchada por el salón haciéndola gemir en cada zancada. Clavaba los talones en el suelo para que el impacto se transmitiera a través de los potentes músculos de sus piernas al interior de su vagina haciendo vibrar los dos polos en contacto. Toda ella temblaba sacudida por intensos espasmos que replicaban cada paso. A cada golpe de talón, gemía, gritaba, sollozaba, reía.

 

Agotado, la bajó y la empujó a un sillón donde quedó apoyada en el respaldo y le separó las piernas de una patada. La erección saltó libre: gruesa, venosa y dura como una piedra. Le acarició la espalda y las escápulas. Con una mano en la frente la obligó a arquearse, metió la otra entre sus piernas para abrirla sin andarse con contemplaciones.

 

—Estás remojada. Es por mí o por el corneta. (0)

 

—¡Olvídate de él, no me lo recuerdes!

 

No pudo seguir; sintió dos dedos, luego tres, abriéndola con tal brusquedad que le cortó el aliento. Guido no esperó. Se colocó y empujó una sola vez, directo al fondo. Carmen soltó un grito, un gemido largo. Él empezó a moverse a un ritmo corto y brutal, golpeaba justo donde sabía que la volvía loca; el sillón crujía, desplazándose en cada embestida. Durante un segundo, Carmen temió por los vecinos. Bastó un golpe de cintura, un apretón posesivo en el pecho y… ¡a la mierda los vecinos! Guido la estaba desollando viva; le ancló las caderas y la poseyó con una rabia frenética.

 

—Esto es lo que necesitabas ¿eh?, que garchen como a una puta después de hacerte la digna con la familia. Decime que te gusta ser mi puta

 

—Sí… soy tu puta. ¡Joder, cómo me gusta ser tu puta, Guido, me gusta! —gritó dando voces casi llorando.

 

Se detuvo en seco.

 

—Entonces pedímelo, pedime que te haga mierda.

 

—¡Destrózame, Guido… fóllame, déjame hecha una mierda!

 

Eso lo desató, salió casi por completo y volvió a entrar despacio, obligándola a sentir cada centímetro antes de machacarla.

 

 

Tocando fondo

 

La siguiente media hora fue un torbellino de sexo y sometimiento. Guido la cambió de posición sin tregua: de espaldas sobre el sillón, de lado con una pierna enganchada a su hombro, y finalmente de rodillas en el suelo; él permanecía de pie, invadiéndole la boca con la misma brutalidad. Carmen tragó, gimió, tosió y se atragantó; sus ojos lagrimeaban surcos negros; el semen y la saliva corrían por su rostro. Él la quería así: rendida, sucia, humillada.

 

Intentó alcanzar la bata para limpiarse la cara, pero él la apartó de un manotazo. En ese silencio cargado de significado, Carmen lo comprendió todo: no habría tregua hasta que la rendición fuera absoluta. Guido se alimentaba de su derrota, de las babas espesas que le colgaban del mentón; del semen y los mocos que le salían por la nariz. Sintiéndose una guarra, aceptó su realidad: estaba sola, perdida; no era más que una puta hecha una cerda. Sorbió ruidosamente la gruesa vela que estaba a punto de rebasar sus labios; la sintió ascender por la nariz y resbalar por la garganta, le sostuvo la mirada, desafiante, y la tragó. Él, satisfecho, le arrojó la prenda de seda. Carmen la cazó al vuelo para limpiarse la cara. Consciente de que no le quitaba ojo de encima, retiró un goterón del pecho y se restregó el sexo con un extremo. La voz de Guido le llegaba como un eco lejano: un murmullo de palabras ininteligibles que, aun así, le sonaban sucias. En algún momento preparó otras rayas; el subidón los aceleró todavía más. Guido le hizo beber whisky directamente de la botella; ella rehusó al principio, pero acabó por ceder y se la fueron pasando mientras se metían mano en mitad de un salón donde las cortinas ofrecían poca intimidad.

 

— ¿Qué es? —preguntó cuando él le puso una píldora blanca en los labios.

 

Guido no respondió; se la metió en la boca empujando con el pulgar y le tendió el whisky para que tragara. Él se tomó otra, distinta. Carmen era consciente del peligro de combinar el alcohol y la coca con las pastillas azules esparcidas por la mesa, pero su mente estaba tan nublada que no le alertó.

 

Ya en el dormitorio, Guido la puso boca abajo al borde de la cama. Se sentía expuesta, pero terriblemente vacía. «Lléname», pensó. ¿A qué estaba esperando?

 

De pronto, un roce la activó. Un dedo sobre su piel dibujó el perfil del tatuaje como si quisiera descifrarlo: el contorno del pentágono, el nueve en romanos —primero el trazo del uno, luego el aspa—; los paréntesis y la vírgula. Lo hacía con una calma agobiante. ¿Por qué no decía nada?

 

—¿Qué carajos es esto? Unas curvas, un garabato, decime qué es.

 

—No lo sé.

 

— Sí que lo sabés, no me tomés por boludo.

 

— Ya te lo he dicho: me drogaron, me lo hicieron sin mi consentimiento, estaba dormida.

 

— Y el nueve, ¿por qué un nueve? Tenés uno en la nuca y otro acá

 

—¡No lo sé, Guido, déjalo ya! —estalló, temiendo que volviera a insistir y se le acabarán las evasivas. Pero no, Guido dejó de preguntar; la tenía tirada en la cama ofreciéndole… el orto (se había acostumbrado a esa palabra), esperando en la postura más vulnerable. Y él. ¿Qué hacía él?

 

Mirarla, admirarla, contemplar el espléndido cuadro que tenía a su alcance. Lo que nunca habría imaginado ni en sus mejores sueños: la mujer más deseada del gimnasio, la inalcanzable, era suya. La tenía ahí. Su cuerpo hermoso, perfecto, sin un gramo de grasa de sobra; su sexo hinchado, brillante de jugos. Y justo arriba, donde nacen los glúteos, aquel dibujo indescifrable que la hacía, si cabe, más perfecta, le provocó una mezcla de fascinación y rabia.

 

¿Qué era lo que no le estaba contando sobre ese misterioso tatuaje?

 

Carmen sintió cómo le separaba las nalgas. El impacto de un salivazo la asqueó, pero el instinto prevalecía: arqueó la espalda ofreciéndole una invitación tan silenciosa como inequívoca.

 

—Mirá cómo lo buscás... También querés esto, ¿eh?

 

—Quiero todo de ti.

 

Guido presionó con ahínco hasta que cedió. Carmen dejó escapar un gemido largo, una nota suspendida entre el dolor y el placer, un placer intenso. Entró despacio, ganando terreno a medida que el músculo se rendía, Pronto, el ritmo cauteloso se transformó en una embestida profunda y constante; buscó el clítoris con una mano bajo su vientre, forzándola a mantenerse en ese límite abrumador

 

Perdida en una nebulosa de embriaguez, abandonó cualquier resistencia. Las sustancias convertían cada impacto en una vibración profunda que le nublaba el juicio. La molestia física se evaporó, reemplazada por una necesidad primitiva que la obligaba a buscar más, arrastrándola al foco de ese incendio iniciado por Guido.

 

Su cuerpo, relajado por la droga pero tenso por el deseo, respondía de forma instintiva. La mano en el vientre era el centro de gravedad; los dedos trabajaban su grieta con una obsesión implacable creando un contraste abrumador entre la presión que le estaba rompiendo el culo y el roce en su clítoris. Esa dualidad la empujó hacia un abismo de sensaciones donde el tiempo parecía dilatarse.

 

Carmen arqueó la espalda en busca de ese contacto que la hacía perder el aliento; su cerebro desconectó de la realidad entregada al ritmo impuesto por Guido. El aire en la habitación se hizo asfixiante cargado con el olor a sudor y esfuerzo, la tensión se volvió insoportable. Finalmente, alcanzó el clímax entre temblores violentos. Guido no tardó en seguirla: se hundió una última vez hasta el fondo y descargó con un rugido.

 

El silencio cayó de golpe. Se quedaron así un largo rato; él aplastándola bajo su cuerpo inerte y ella aferrada a las sábanas, respirando con dificultad y el rostro bañado en lágrimas silenciosas.

 

Al cabo de unos minutos, Guido se apoyó en los antebrazos.

 

—¿Estás bien?

 

Carmen tardó en contestar.

 

—Nunca he estado mejor… y nunca he estado peor al mismo tiempo.

 

Él soltó una risa baja.

 

—Esa es una respuesta honesta.

 

Salió de ella con cuidado, se tumbó a su lado y la atrajo hacia su pecho. Carmen se acurrucó en ese muro de músculo con la cabeza bajo su barbilla y una mano sobre el pectoral izquierdo sintiendo los latidos todavía acelerados.

 

—¿Qué decís, me quedo a dormir?

 

—No te vayas, por favor, quédate conmigo.

 

Guido le acarició la espalda con la mano abierta, un gesto sorprendentemente tierno en él.

 

—Entonces no me voy.

 

Fumaron el siguiente porro en calma, la coca les mantenía despiertos y sensibles. Bebieron los últimos sorbos de whisky de la botella. Hablaron de cosas sin importancia: del gimnasio nuevo de Santacruz, de clientes obsesionados por mantenerse en forma, de señoras mayores empeñadas en verse como si tuvieran treinta. Terminaron hablando de lo que le había ocurrido esa tarde.

 

—No sé si voy a poder volver a mirar a mi padre a la cara —susurró ella.

 

—Vas a poder. Te va a doler, pero vas a poder. Y si no, siempre te queda esto… —le apretó el culo con una mano enorme—. Yo no te voy a fallar.

 

Ella sonrió débilmente.

 

—Eres un hijo de puta encantador, ¿lo sabías?

 

—Soy un hijo de puta, corta. Lo de encantador te lo debo.

 

Rieron bajito. Se besaron mucho, despacio. El silencio siseaba en sus oídos. Esta vez no hubo violencia. Sólo piel contra piel y respiraciones acompasadas.

 

 

…..

 

 

El sexo y la coca nos había dado un hambre canina. Pedimos pizza. Cuando sonó el timbre, me eché la bata por encima, anudé el cinturón de cualquier manera y fui a abrir descalza, con el pelo hecho un desastre, los ojos emborronados y echando una peste a sexo tremenda; sentía mis propias pupilas devorándome el iris y el esfínter inflamado ocupando un espacio abrasador entre las nalgas.

 

El repartidor se quedó petrificado con el saludo muerto en los labios. Sus ojos bajaron de mi cara embadurnada en negro y rojo por lagrimas y besos, al nudo precario de la bata, se detuvo un segundo de más en la piel del escote donde el sudor brillaba como barniz fresco. Incapaz de articular palabra, extendió el brazo con las cajas de cartón como quien le presenta una ofrenda a una deidad para evitar que lo devore. Su respiración se volvió pesada, contagiada por el tufo, que yo misma percibía, y la tensión que emanaba de la casa. No era solo deseo, sino fascinación; estaba viendo a alguien que volvía de una batalla en la que él jamás sería protagonista. Sus manos temblaron al entregarme las cajas y dio un paso atrás. Fui consciente, como pocas veces, del poder que mi cuerpo tiene sobre los hombres.

 

Empujé la manilla de la cocina con el codo haciendo equilibrio con las pizzas; cuando el escote cedió, quedé expuesta: el pecho, el vientre y quién sabe qué más. No me atreví a mirar. Como no tenía el dinero a mano, el repartidor tuvo que quedarse allí plantado mientras yo corría a por el bolso. Guido me detuvo al volver.

 

—Dale, che, alegrale la noche al pibe.

 

Me quedé mirándole sin entender qué quería de mí.

 

Agarró las solapas de la bata y las separó de un tirón seco. El cinturón, mal anudado, no ofreció resistencia; la prenda se abrió como el telón de un teatro grotesco insinuando más de lo que mostraba. La luz cruda del salón no tuvo piedad. En un extremo del tejido, reveló un rastro blancuzco: una costra rígida de semen y saliva que había quedado adherida cuando, minutos antes, me había limpiado el rostro a zarpazos. Al otro lado, un lamparón estrecho y mate de la baba espesa de mi sexo. Manchas en las que no había reparado antes, restos de un desahogo que ahora destacaban sobre la seda negra como una evidencia obscena.

 

Guido me evaluó como quien revisa el emplatado de una vianda. No satisfecho del todo, me descubrió un hombro con brusquedad hasta que el pecho quedó casi a la vista, me dio un par de palmadas en la mejilla y me empujó de vuelta hacia el vestíbulo donde el repartidor esperaba.

 

¿Qué hice yo? Nada. Me limité a sostener su mirada, devolverle la sonrisa y aceptar el papel que me tocaba interpretar en su función.

 

El repartidor seguía inmóvil. Aparecí con la bata sostenida por un milagro de la física, su mirada, incapaz de aguantar la mía, se detuvo en mi hombro desnudo cubierto por una fina capa de sudor. Siguió la senda abierta hacia la curva de mis pechos y descendió por el vientre; fue una ruta de deseo y desconcierto que se detuvo en la lazada porque a duras penas lograba cumplir su función. Bajó hasta mis pies descalzos, trepó por mis muslos hasta donde la bata lo permitía y saltó a mis ojos con una mirada de súplica.

 

Apoyé el bolso en el aparador y rebusqué. Cada vez que hundía la mano en el cuero, la bata cedía más, revelando la curva de mis clavículas y el inicio de la areola que asomaba por un hueco bajo la luz del recibidor.

 

Oí la risa floja de Guido desde el salón —un tono cómplice y canalla— y me contagié de inmediato. Tuve que morderme los labios para no soltar una carcajada en la cara del chico, que ahora tenía los ojos desorbitados y la boca entreabierta, alternando su atención entre los billetes que yo no terminaba de reunir y mi cuerpo. El escote ganaba holgura con cada movimiento y mi obsesión por intentar cerrar la brecha por debajo del cinto desnudó el otro hombro. La bata cayó hasta mis antebrazos y se detuvo de milagro atrapada en el relieve de mis pechos y por el agarre inmediato de mi mano. Creí que se iba a desmayar. El aire frío del rellano me erizó la piel y endureció los pezones bajo el delicado tejido, un detalle que no le pasó desapercibido. Tampoco pasó por alto la rigidez de aquellas manchas secas y blancuzcas sobre el fondo negro; el chico se quedó clavado, con cara de absoluto idiota, descifrando el díptico pintado en semen, saliva y flujo sobre seda.

 

Pagué, y el roce de su mano al devolverme el cambio fue un chispazo. Ni siquiera miró las monedas; sus ojos estaban fijos en mis hombros desnudos, en mis pechos ocultos apenas por la prenda a punto de venirse abajo al mínimo gesto. Cerré la puerta de un golpe seco y apoyé la espalda contra la madera intentando recuperar el aliento. Habían sido diez segundos de infarto. Al abrir los ojos ahí estaba Guido, apoyado en la entrada del salón. Yo seguía sujetando la bata con una mano. Le devolví la sonrisa y estallamos en carcajadas. Me acarició los hombros, le eché los brazos al cuello y nos besamos; la bata se despeñó, el cinturón cayó a ambos lados, arrastró a la prenda y pudo manosearme a gusto; era su forma de premiarme.

 

Engullimos la pizza en el salón ahogados por las risas; imaginábamos al pibe bajando las escaleras sin saber si acababa de entregar un pedido o de soñar la mejor experiencia de su vida. Terminamos de cenar en la cama, la última porción quedó olvidada sobre el cartón grasiento que acabó en el suelo cuando Guido me empujó hacia atrás.

 

—Vení acá... a la mierda la pizza —susurró con ese acento arrastrado que tanto me excitaba. Tiró su porción a la caja y supe que iba en serio. Mi trozo resbaló dejando un rastro de tomate en la sábana; solté una grosería que habría escandalizado a mi madre y lo arrojé lejos. El olor a orégano y queso fundido flotaba en el aire mezclado con el sudor de las axilas de Guido y el potente aroma a sexo que despedíamos.

 

Sus labios, todavía con el rastro salado de la cena, recorrieron mi cuello en un camino lento de besos húmedos haciéndome arquear la espalda. Sus manos, grandes e impacientes, treparon por mis costados con una fricción capaz de encenderme la piel. Me giró con firmeza para tumbarme de costado. Se pegó a mi espalda como una sombra. Sentí su respiración rota en mi nuca; buscó entre mis piernas para castigarme el clítoris al tiempo que embestía con una cadencia larga y profunda, marcando un ritmo que me hizo olvidar dónde terminaba el salón y dónde empezaba la cama. Hablaba del pizzero, de lo zorra que había sido provocándolo con la bata entreabierta, me preguntaba si habría sido capaz de quedarme en cueros frente al desconocido. «Habérmelo pedido y lo habrías visto», respondí, más por alimentar su furia que por sinceridad. No habría sido capaz, pero el efecto fue inmediato: se volvió un animal, me tomó con una violencia tal que la excitación rozó el miedo. No me quejé, no dije basta; solté jadeos sucios, gemidos roncos, escuchaba el chasquido húmedo de nuestros cuerpos en guerra. Nos dijimos palabras soeces, algunas que nunca había escuchado y encendían la zona más perversa de mí. Nos corrimos sacudidos por un temblor agónico mientras me estrujaba contra su pecho.

 

Cuando desperté, Guido seguía allí. Inmenso como un ejemplar de otra era, potente e imprevisible como un ser irracional. Aún era de noche. Noté el peso acogedor de su brazo en mi cintura, su aliento cálido en la nuca, su olor de macho inundándome toda y el compás de su pecho contra mi espalda.

 

No sentí nada, ninguna emoción, ni un sentimiento. La percepción de ser una hembra apareada dominaba sobre cualquier otra idea.

 

Volví a dormirme.

 

 

Buccaneers

 

—Ya está —dijo Carmen; aquellas dos palabras cayeron como una sentencia que ponía fin a una década de vida en común: risas, felicidad, equivocaciones, aciertos. No supe qué responder, no quedaba nada por decir. Nos mirábamos como dos extraños. Sentí un impulso a echar a correr calle abajo, a perderme entre los coches y no ser nadie por un momento. No imaginaba cómo podíamos volver a casa juntos.

 

—He… quedado con Elvira. Puede que no vuelva esta noche.

 

Carmen respondió con un gesto seco. Ni ella se acercó ni yo lo intenté. Cada uno emprendió un camino en dirección contraria, imagen perfecta del rumbo que tomaban nuestras vidas.

 

Me dolía la garganta de contener las lágrimas, no tenía la menor idea de adónde dirigirme. Eché a andar, al cabo de un rato vi unas luces. Era un pub cualquiera, medio vacío a mitad de semana, con música que olvidaría al salir y luces bajas que invitaban a perderse en un rincón. Buccaneers, un nombre ampuloso para un bar con pretensiones, un simulacro de taberna marinera, un naufragio de madera oscura y latón desgastado que intentaba vender una épica de alta mar en mitad de una calle cualquiera. Bajo sus redes de pesca cubiertas de polvo y una iluminación oscura, el bar exhalaba un aroma a cerveza fermentada y tabaco que parecía emanar de las mismas paredes, ese rastro dulzón de los licores derramados y secos tras años de noches interminables. Aromas arrullados por una música genérica que se perdía entre las sombras de los reservados de cuero gastado. Era, como ya he dicho, un escenario con pretensiones, pero con la irrelevancia suficiente para ofrecer un rincón invisible a quien buscaba hundirse en un vaso de whisky sin que nadie hiciera preguntas. Alguien como yo.

 

Busqué una mesa apartada, pedí el consabido Jack Daniels con un solo hielo a la camarera y me sumergí en mis pensamientos.

 

Lo de Elvira había sido un farol. Ni eran horas para molestarla ni yo era buena compañía esa noche. Mis opciones se reducían a dormir en un hotel o pasar la noche en la sierra, en cuyo caso no convenía abusar del alcohol.

 

Me había impresionado la reacción de Amalia. Su hija no merecía la frialdad con que la había tratado, sobre todo en contraste con el cariño que me había dispensado. Los dos éramos responsables del fracaso; yo, probablemente, el principal culpable. Tal vez nuestro empeño en no dar explicaciones la había perjudicado. Algún día tendríamos que aclararlo.

 

Y Fernando, pobre hombre, estaba hundido. No lo esperaba.

 

Tampoco podía quitarme de la cabeza a Esther. Su reacción fue un tránsito desolador desde la incredulidad hasta ese intento inútil de remendar lo que ya estaba roto. Me dolió verla proyectar la frustración de sus propias grietas sobre las nuestras, como si salvarnos a nosotros fuera la última oportunidad de salvar su matrimonio.

 

Pero mientras Esther se deshacía en esfuerzos, el vacío de Carmen se volvía ensordecedor. ¿Qué estaba pasando entre las hermanas? Carmen mostraba una dureza impropia de ella. Me desconcertaba verla tan ajena al dolor de Esther por el naufragio inminente de su relación con Daniel; ella nunca había sido así. ¿Y si nuestro propio conflicto la estaba afectando hasta el punto de dejarla sin empatía?

 

Enfrascado en mis pensamientos no me di cuenta de que el local se había vaciado. La camarera, una rubia de rasgos felinos vestida con un corsé de cuero negro y falda ajustada, repasaba la barra con energía. Me observaba calculando cuánto me faltaba para terminar.

 

—¿Vas a cerrar?

 

—Tranquilo, aún queda un buen rato. ¿Quieres otra? Invita la casa —dijo con una sonrisa sugerente.

 

—Gracias, voy a apurar esta y me marcho.

 

No se movió; permaneció frente a mí y sostuvo mi mirada como si pudiera leer mis pensamientos. ¿Era posible que comprendiera mi situación?

 

—Te he estado observando. Tienes la mirada triste —soltó mientras acortaba la distancia—. ¿Seguro que no quieres otra? Sé escuchar muy bien.

 

Me arrancó una sonrisa a mi pesar. Ella lo tomó como un sí, o al menos como la grieta necesaria para dejar el trapo y sentarse en el taburete de al lado. Yo no tenía ganas de hablar, no quería compañía, pero se las ingenió para abrirse camino envolviéndome en el relato de su vida resumido en un cúmulo de confesiones espontáneas que lograron hacerme olvidar lo que me había llevado allí. Hablaba con libertad y sin tapujos de rupturas, de mentiras, engaños, de cuernos y dolor, mucho dolor. Tal vez por eso le había resultado tan sencillo descubrir lo que ocultaba tras mi rostro impenetrable.

 

Volvió al mostrador y se inclinó tras la barra. Escuché el tintineo de un recipiente de loza y, un segundo después, apareció frente a mí un cuenco con una mezcla de frutos secos.

 

—Para que no se te suba el whisky a la cabeza. —dijo con un matiz de ironía, ya que había devorado el que me puso con la copa.

 

Se sentó en el taburete cruzando unas piernas interminables que el cuero de la falda apenas lograba contener. Yo la observaba de reojo; había algo en su forma de moverse, una mezcla de elegancia felina y fatiga de guerra que la volvía perturbadora. No era sólo una camarera de noche; era una mujer que parecía haber vivido tres vidas antes de cumplir los treinta.

 

—Mi primer gran error se llamó Julián —continuó, atrapando un anacardo—. Un tipo con labia, de los que te prometen el cielo mientras te están robando los ahorros. Me tuvo tres años engañada haciéndome creer especial, hasta que me di cuenta de que su "negocio de exportación" era una estafa piramidal y yo era la única que ponía el lomo en este bar para pagarle el alquiler de un Porsche que ni siquiera era suyo.

 

Hizo una pausa, mirando el fondo de su propio vaso, que ahora contenía un dedo de ámbar líquido.

 

—Me dejó por una heredera de veintipocos años en Marbella. Lo peor no fue el dinero. Lo peor fue descubrir que yo, que me las daba de lista, fui la última en enterarme. Me dolió más el orgullo que la cuenta corriente. Tuve que volver sola. Pasé meses odiando al mundo, pensando que todos los hombres eran una copia barata del anterior. Tampoco andaba tan descaminada, ¿no crees? Tú qué vas a decir.

 

Yo, entre tanto, la estudiaba. Ella hablaba con una honestidad brutal, sin rastro de autocompasión. Mientras pelaba un cacahuete, sus rasgos felinos se suavizaban bajo la luz amarillenta de las lámparas de cristal.

 

—Después vino la etapa de la "libertad" —dijo simulando las comillas con los dedos—. Mentiras, cuernos… Me he convertido en una experta en detectar el engaño a un kilómetro de distancia. He visto de todo en esta barra: tipos que lloran por sus mujeres mientras le mandan mensajes a la amante, y otros que, como tú, traen una pena en los ojos que no se quita ni con todo el alcohol del estante.

 

Se quedó callada dándome espacio, esperando que el eco de sus confesiones sirviera de lanzadera para las mías. Los frutos secos seguían ahí, olvidados entre los dos. Como dice Sabina, entre tanta charla nos habían dado la diez, y las once y las doce.

 

Apuré el whisky de un trago. El hielo golpeó el cristal, un sonido seco que marcó el final de mi silencio. Era mi turno y las evasivas no servían. No iba a contarle a una desconocida que destruí diez años de vida plena por satisfacer mis obsesiones. Hice lo que ya empezaba a ser mi nueva especialidad: construir un personaje para enfrentar los días sin Carmen. Me presenté como un psicólogo brillante, desplegué esas anécdotas surgidas en la consulta con las que suelo animar las reuniones. Cuando acabé, su mirada me gritó que no había conseguido engañarla. Se inclinó hacia mí. El aroma de su perfume, mezclado con el aire viciado del local, me envolvió.

 

—Mira, chaval: he sido la otra, he sido la oficial y he sido la que recoge los pedazos después del choque. Por eso sé que me estás vendiendo una película con ese aire de psicólogo triunfador. Pero descuida, no voy a llamarte mentiroso. A veces la ficción es lo único que nos mantiene en pie cuando la realidad pesa demasiado.

 

No tenía argumentos para rebatirla, cogí el vaso; tampoco tenía whisky para ocultar mi fracaso y opté por callar.

 

—Qué, ¿hace otra copa? —dijo con esa sonrisa sugerente que ahora sí hacía mella. Mis planes de moderación se fueron al garete.

 

—Si me dejas invitarte, de acuerdo.

 

Se estiró como una gata, me midió con la mirada y respondió:

 

—Hecho, pero invito yo.

 

Todo un carácter. Se alisó la falda siguiendo el perfil de sus muslos y se perdió tras la barra. Preparó los whiskies con toda intención: colocó los vasos, la cubitera y la botella a la vista; luego, salió de allí y los sirvió de espaldas, para exhibir un culo potente embutido en la estrecha tela. Regresó a la mesa como si desfilara por una pasarela imaginaria, se sentó cerca y me invitó a brindar.

 

—Por el inicio de una nueva amistad —propuse, chocando los vasos.

 

—Tócala otra vez, Sam —bromeó.

 

Obedecí y le acaricié el hombro desnudo con el dorso de los dedos. Ella elevó las cejas, fingiendo sorpresa por mi atrevimiento.

 

—Me he limitado a obedecer. Dijiste «Tócala».

 

—Qué tonto eres —dijo, mimosa.

 

La acaricié de nuevo con la palma abierta, del hombro al codo. Entornó los ojos; después, me sostuvo la mirada.

 

—Dijiste «otra vez».

 

—Y si te digo que te tires por la ventana…

 

—Aquí no hay riesgo, estamos a pie de calle.

 

—Vivo en un sexto.

 

—Podemos probar.

 

—Te gusta jugar, ¿eh?

 

—No sabes cuánto.

 

Me besó de golpe. No fue un encuentro, fue una colisión. Fue el chispazo que terminó por derribar los muros de un día que me pesaba en los huesos como plomo, un naufragio donde su boca se ofrecía como la única orilla firme frente a la decepción de mis suegros y el eco de las discusiones. Al principio, el contacto tuvo la torpeza del whisky y la sorpresa, pero pronto se transformó en un pulso de necesidades que ya no entendía de esperas.

 

Hundí los dedos en el nacimiento de su pelo con una firmeza a la que ella respondió arqueando el cuerpo, buscando el calor de mi pecho a través de la camisa. Su aroma me invadió por completo: una mezcla de perfume cítrico, el rastro de tabaco ajeno adherido a la ropa y el olor de un cuerpo de mujer después de un día de trabajo. No hubo rastro de cortesía en aquel intercambio; me mordisqueó el labio inferior con un ansia voraz, mientras sus manos subían por mis hombros, aferrándose a mí como si temiera que fuera a arrepentirme.

 

El mundo alrededor de la mesa se desdibujó hasta volverse una mancha de luces tenues y sombras alargadas. La música del local se convirtió en un murmullo sordo, eclipsado por el ritmo sincopado de nuestras respiraciones. Cada movimiento de su lengua, en pugna con la mía, funcionaba como un borrador que tachaba, uno a uno, los reproches de mi antigua vida y el silencio frío que me aguardaba en casa.

 

Al separarnos, apenas lo justo para que el aire volviera a circular entre nuestros rostros, el calor de nuestro aliento seguía ardiendo. Ella me observó con las mejillas encendidas y los ojos entornados, mantenía ese brillo de desafío que parecía dictar que el juego no había hecho más que empezar.

 

—Parece que el sexto va a tener que esperar —susurró, con la voz quebrada por una sonrisa que ya no era una sugerencia, sino una sentencia para mi soledad, y volvió a abalanzarse como una pantera.

 

Y nos dieron la una y las dos.

 

…..

 

—Ayúdame con esto.

 

Nos movimos por el local con la sincronía de quienes ya no son unos extraños. Yo me encargué de vaciar los ceniceros y de apilar las sillas sobre las mesas, ella apagó luces e hizo el cierre de caja. El sonido de la persiana metálica contra el suelo marcó el final de su jornada y el principio de lo nuestro. Echó la llave, me buscó la mano y caminamos juntos.

 

Nos fuimos en su coche —ni planteó otra opción— y en veinte minutos llegamos a su casa, veinte minutos en los que condujo con la mano en mi muslo, muy cerca de lo que ambos deseábamos compartir.

 

Llegamos a un edificio moderno en las afueras. Las luces del portal iluminaban débilmente el vestíbulo. Ella —Alejandra, ni Alex ni Ale; me lo había advertido con esa voz grave que prometía problemas— me tomó de la mano con la misma seguridad arrolladora que había mostrado en el Buccaneers. Su piel era suave y cálida, un contraste brutal con el frío que aún me calaba los huesos desde que salí de casa de los padres de Carmen.

 

Subimos al sexto en silencio, pero el aire vibraba. Sus ojos verdes me devoraban. Era alta, casi a mi altura sobre unos tacones afilados. El cabello rubio platino caía en ondas desordenadas hasta los hombros, enmarcando un rostro de pómulos altos y labios carnosos pintados de un rojo casi negro. El corsé de cuero le ceñía la cintura como una segunda piel, empujando su pecho hacia un escote donde las pecas bajaban como un mapa hacia el abismo. Al caminar por el pasillo, sus caderas anchas dictaban un ritmo hipnótico. Pero eran sus piernas, largas y tonificadas bajo las medias de red, las que terminaban de esculpir aquel cuerpo de pantera.

 

Nada mas cruzar el umbral, un aroma a vainilla y algo salvaje —su perfume, su piel, su deseo— me envolvió. No hubo palabras. Alejandra se giró, me empujó contra la pared del vestíbulo y estrelló sus labios contra los míos con una ferocidad que me dejó sin aliento. Su lengua saboreó el whisky que aún nos quedaba en el paladar. La agarré por la nuca, primero con suavidad, luego con fuerza, después mis manos bajaron a ese culo que había admirado toda la noche. Era duro y suave al tacto; gimió en mi boca y se arrimó para aplastarme sus pechos.

 

—Esta noche quiero olvidar —le dije en su boca—. Quiero que todo desaparezca.

 

Ella sonrió contra mis labios, una sonrisa peligrosa.

 

—Entonces déjame borrártelo todo, guapo.

 

La habitación tenía una cama grande con las sábanas revueltas. Había unas bragas usadas en medio que no se molestó en hacer desaparecer. No me desagradó, al contrario, pusieron el punto guarro a lo que estaba por suceder. Encendió una lámpara que bañó todo en una luz tenue. Se quitó los tacones de una patada; perdió estatura, pero no presencia. Desabrochó el corsé con lentitud estudiada, botón a botón, dejó al descubierto unos pechos perfectos, redondos y turgentes, con pezones rosados ya endurecidos. Un tatuaje de una enredadera de espinas y rosas negras asomaba bajo el pecho izquierdo. La falda cayó al suelo y enseñó unas bragas de encaje negro que cubrían poco, un triángulo de vello rubio recortado apuntaba hacia abajo como una flecha. Se giró para mostrarme la vista completa de un culo elevado y firme, con una marca de bronceado que sugería bikinis diminutos y días de sol.

 

La lancé sobre el colchón y su risa llenó la estancia. Me despojé de la ropa; ella, apoyada en los codos, me devoraba con los ojos entrecerrados. Me hice sitio entre sus piernas y recorrí la suavidad de sus muslos con besos lentos. Todo en ella olía a ganas. Aparté la barrera de sus bragas y me perdí en su humedad.

 

Alejandra arqueó las caderas hacia mi boca mientras se aferraba a mi pelo para marcarme el ritmo. La lamí, chupé y mordisqueé a su antojo. Al hundir dos dedos, la encontré desbordada; se contraía en oleadas violentas y cuando presioné el punto exacto, soltó un grito seco, casi un ladrido. Su primer orgasmo fue rápido y feroz. Me inundó con un sabor metálico y dulce a la vez apretándome contra ella mientras los últimos espasmos la sacudían.

 

—Joder… no pares…

 

Quién querría parar. Me perdí en cada pliegue, devoré cada resquicio, la hice temblar, maldecir y llorar. De repente me empujó de espaldas, se montó encima y me desabrochó el pantalón con una habilidad que daba miedo. Mi verga apareció, dura y palpitante; la recorrió con una sonrisa de depredadora antes de bajar la cabeza y tomarme entero. Me succionaba con saña, girando la lengua alrededor del glande mientras sus manos masajeaban mis bolas con la presión exacta. Era brutalmente buena. Gemí, aferrado a las sábanas, luchando por no correrme.

 

—No tan rápido —dijo al incorporarse, con los labios brillantes—. Quiero sentirte dentro.

 

Se colocó encima, me guió a la entrada y descendió despacio, centímetro a centímetro, hasta tenerme completamente dentro. Apretada y caliente, como terciopelo húmedo. Comenzó a cabalgarme con un ritmo que me volvía loco. Sus pechos seguían el vaivén frenético de su cuerpo. Incliné la cabeza y atrapé un pezón, ella aceleraba y giraba las caderas en círculos que me hacían desfallecer.

 

La puse a cuatro patas; ese culo perfecto, elevado y desafiante, era un reclamo imposible de rechazar. Me hundí en ella de un solo empuje con el pulgar amagando en su esfínter, y empecé a follarla aferrado a su cadera con saña, tirando de su cuerpo hacia atrás en cada embestida para que sintiera todo mi peso. Alejandra empujaba contra mí, pidiendo más, más rápido, más fuerte. Le solté un azote que hizo restallar el aire y dejó una huella roja encendida sobre su piel blanca; ella dio un grito que se perdió en la almohada y pidió más, más, más. Volví a azotarla, una y otra vez, descargando en cada impacto una rabia sorda que no era para ella, sino que iba destinada a otra mujer.

 

—Carmen… joder…

 

Fue una traición de la memoria que eligió ese preciso instante de furia para hacerse presente. Ella se detuvo el tiempo de un latido, giró la cabeza y me miró por encima del hombro.

 

—Alejandra —corrigió mi desliz en voz baja—. Y voy a hacer que te olvides de ese nombre, por mis santos ovarios.

 

Retomó el galope. Empujó hacia atrás y seguí embistiéndola sin piedad. El eco de nuestros cuerpos llenaba la habitación; el olor a sexo y sudor lo invadía todo. Al sentir que se avecinaba otro orgasmo, aceleré el ritmo, la alcancé en lo más profundo una vez y otra vez más hasta que colapsó. Se contrajo en espasmos que me arrastraron al abismo con ella. Descargué con un bramido que me desgarró el pecho y terminé desplomándome sobre su espalda, ambos jadeábamos, vacíos y exhaustos.

 

Nos quedamos así, pegados, con el sudor enfriándose en la piel. Al cabo de un rato se giró, lenta y perezosa, y me besó.

 

—Bienvenido a mi mundo —susurró—. Esta noche, esa Carmen no existe, sea quien sea. Solo estamos tú y yo… y lo que queda de whisky en el armario.

 

Por primera vez en horas, el nudo en la garganta se aflojó lo suficiente para respirar.

 

Me envolvió con la mano donde aún palpitaba dentro de ella, masajeándome como si pretendiera despertarme de nuevo.

 

—No te vayas esta noche —murmuró en mis labios—. Quédate conmigo. Quiero despertarme con tu olor en mis sábanas.

 

No pude negarme. El mundo de fuera —Carmen, la separación, el dolor— parecía lejano y borroso. Asentí. Ella sonrió como una gata satisfecha, se incorporó y comenzó a besarme el cuello, bajó por el pecho con besos húmedos y mordiscos juguetones. Sus pechos me rozaban con un cosquilleo excitante. Se deslizó más abajo, el cabello rubio platino caía como un torrente sobre mi abdomen. Tomó mi polla en la boca de nuevo. Esta vez fue lento, tortuoso, hecho para enloquecerme: sus labios carnosos se cerraron alrededor de la punta con la presión perfecta mientras la lengua lamía en círculos amplios saboreando los restos de ambos. Me tragó entero hasta tocar el fondo de su garganta; masajeaba mis testículos con las uñas en una tortura insufrible. Enredé los dedos en su pelo guiándola, ella subía y bajaba con una cadencia suave y los ojos clavados en los míos desafiándome.

 

El placer volvía a ganar terreno, pero me resistí a que terminara tan pronto. Con un movimiento firme la invité a subir tirando del cabello. La recibí en un beso hambriento donde recuperé mi propio sabor en sus labios antes de girar nuestros cuerpos para fundirnos en un sesenta y nueve, con sus fuertes muslos a ambos lados, su coño rosado y húmedo justo sobre mi boca. La devoré de nuevo: exploré cada pliegue, chupé el clítoris hinchado; mis manos agarraban su culo firme y separaban las nalgas para acceder mejor. Alejandra me engullió con firmeza, intentó vocalizar, no fue un gemido, sino un vibrato sordo y gutural que nació en el fondo de la garganta. Esa vibración, contenida y húmeda, se transmitió a través de su boca, haciéndome temblar.

 

Nos movíamos en sincronía: yo lamía profundo, ella chupaba con avidez, sus caderas giraban en mi cara untándome sus jugos. Era un caos de olor a flujo y sexo caliente, sabores salados, sonidos de succión y gemidos ahogados. Se corrió primero entre violentos temblores, me soltó un instante para poder gritar; yo seguí prolongando su placer. Con un último empujón, me corrí en su boca; tragó y lamió hasta la última gota.

 

Exhaustos, nos derrumbamos en un nudo de brazos y piernas, enredados en las sábanas revueltas. Alejandra se acurrucó en mi pecho y murmuró algo sobre lo bien que encajábamos. Dormimos a ratos, con el whisky cerca y el sexo a mano. Por primera vez en días el sueño llegó sin pesadillas.

 

A la mañana siguiente me despertó la claridad que se filtraba por la persiana. Alejandra estaba sentada al borde de la cama con una camiseta grande que apenas le cubría el culo, mirándome con una sonrisa, el cabello revuelto, salvaje y las pecas del escote visibles a la luz del día.

 

—Buenos días, desconocido —dijo, inclinándose para besarme—. ¿Café? ¿O prefieres una ducha primero?

 

Elegí la ducha. Ella rió, pues parecía saberlo de antemano. Me llevó al baño, pequeño, de azulejos blancos y mampara traslúcida que no tardó en empañarse con el vapor. Se quitó la camiseta; aquel cuerpo curvilíneo, de pechos generosos, cintura ceñida y piernas interminables me tenia seducido.

 

Entramos juntos; el agua caía sobre nosotros como una cascada cálida que nubló el cristal al instante. Empezó enjabonándome la espalda y el pecho; mi cuerpo respondió: La besé allí mismo, bajo el chorro, empujándola contra el azulejo frío mientras el vapor nos rodeaba.

 

Le levanté una pierna para volver a poseerla. Esta vez fue distinto: más lento, más profundo, buscando una intimidad que el agua parecía amplificar. Mis embestidas marcaban un ritmo constante mientras sus gemidos rebotaban en las paredes del cubículo, mezcladas con el repiqueteo de las gotas. Ella se arqueó, temblando y contrayéndose con fuerza a mi alrededor hasta que el placer la desbordó. Salí justo a tiempo para correrme sobre el vientre; el semen se fundió con el agua que resbalaba por su piel, y ella misma lo extendió por su cuerpo.

 

Nos enjuagamos entre risas y nos secamos mutuamente con toallas suaves. Poco después, ella preparaba el café en la cocina. La miré: estaba fresca, radiante, con una bata corta que lo decía todo sin mostrar nada.

 

—No quiero que esto sea solo un polvo de una noche —dijo al pasarme la taza—. Quiero volver a verte. Pronto.

 

Asentí, sintiendo un tirón en el pecho que no era solo resaca. Intercambiamos números. Salí de allí con una promesa en el bolsillo: su mensaje vibraba en mi teléfono antes de montarme en el taxi. « Me he quedado con ganas de más. No dejes que se me pase el efecto, vuelve pronto.» Por un momento, el futuro no pareció tan vacío.

 

 

«Y nos dieron las diez y las once,

las doce y la una y las dos y las tres,

y desnudos al anochecer nos encontró la luna.» (4)

 

 

Colisión

 

Mario recogió el auto y condujo deprisa a casa. Aparcó dando un frenazo brusco en el garaje. Subió en el ascensor con las llaves en la mano. Había decidido volver temprano a cambiarse de ropa antes de acudir al gabinete donde le esperaba una jornada cargada de actividad, pero iba con retraso. Al abrir la puerta, el aire cargado lo golpeó: era una mezcla de sudor, colonia fuerte y el humo dulzón típico de un porro junto a algo más: una mezcla visceral y salobre en la que podía distinguirla a ella.

 

Del final del pasillo, procedente del dormitorio, llegaban voces amortiguadas. Una risa grave y masculina y el acento argentino le permitió reconocerlo. Se quedó inmóvil en el salón, el corazón le latía con fuerza en los oídos. Oyó correr el agua de la ducha, risas entrecortadas, silencios clamorosos y, después, aquellos jadeos inconfundibles.

 

—Déjame —decía Carmen con esa voz mimosa que empleaba cuando en realidad no quería que parara.

 

Mario respiró; la rabia le subía por la garganta como el ácido. El estado del salón era desolador, un par de vasos habían sembrado de círculos el cristal de la mesa baja, la botella de Jack Daniels estaba destapada y vacía, había ceniza esparcida y pastillas de sildenafilo desparramadas; algunas, echadas a perder en lo que fue un charco de whisky. Cesó el sonido del agua y volvieron las voces, las risas bajas, los murmullos y el sonido húmedo de besos. No aguantó más. Soltó las llaves sobre la mesa del salón provocando un golpe seco.

 

Carmen apareció por el pasillo envuelta en una toalla que apenas le cubría los muslos; el pelo le goteaba y sus ojos, donde el negro del rímel se había derretido en ojeras artificiales, estaban dilatados por la sorpresa, o por otra cosa.

 

—¿Tú te has visto? —preguntó entre la decepción y el desprecio.

 

—Mario… No te esperaba. Pensé que te quedarías con Elvira. Quiero decir, que…

 

Él la examinó de arriba abajo.

 

—Algunos trabajamos.

 

Guido la seguía con una toalla anudada a la cintura. El torso aún le brillaba por la humedad.

 

—Hola cornudo; volviste, ¿cómo andás?

 

Sin esperar respuesta, la rodeó por el talle y la pegó al torso. Su mano enorme se posó en el vientre; la otra, en la cadera. Ella no ofreció resistencia; cedió al abrazo y reposó en su pecho.

 

Él sintió que algo se rompía en su interior.

 

—Qué poco has tardado en caer en los brazos de este saco de carne.

 

Guido se tensó, sus brazos se hincharon.

 

—Ojo papi, seguí haciéndote el machote y te cago a trompadas, maricón. 

 

Carmen subió una mano al pecho de Guido para frenarlo, aunque mantuvo sus ojos clavados en su marido.

 

—Tranquilo, no vale la pena. —Luego, se dirigió a él con la voz cargada de veneno—: He tardado lo mismo que tú en meterte en la cama de la pelirroja. ¿Le has chupado las cicatrices o sólo el coño?

 

Al ver el dolor cruzar los ojos de Mario se avergonzó de su arrebato. Quiso pedir perdón, pero él se adelantó con una voz que temblaba de rabia.

 

—¿Cómo has podido caer tan bajo? No te reconozco. —Carmen bajó la mirada, pero él tenía más munición—. Al menos lo mío con Elvira tiene futuro. ¿Y tú? ¿A dónde vas con este animal? Me das pena, Carmen. Pena de verdad.

 

La discusión estalló en un cruce de insultos: «puta desesperada», «cornudo consentidor». En medio de la bronca, Mario sentenció:

 

—No volveré a molestarte. Quédate con la casa, quédate con él, con lo que quieras.

 

—Puedes estar tranquilo, no quiero nada, me mudo a un piso de Tomás.

 

Mario sacudió la cabeza cargado de desdén.

 

—Cómo no. Es lo que te faltaba. Además de puta y lolita, mantenida.

 

—¡Vete a la mierda, Mario, vete a la mierda!

 

Harto de la escena, Guido le arrebató la toalla de un tirón seco dejándola expuesta. Mario quedó impávido, la cabeza le iba a estallar, vio cómo le recorría el vientre con una lentitud insultante hasta detenerse por debajo el ombligo, rozando el vello; captó la reacción incontrolable de ella: los ojos entornados, el abdomen en tensión y el pecho alzado por una inspiración súbita. Guido subió la otra mano hacia sus senos y los apretó con tanta fuerza que le arrancó un gemido involuntario. Carmen era suya, ese era el mensaje mudo que el amante le clavaba al marido. Ella, sin embargo, no bajó la cabeza. A pesar de la punzada de humillación, le sostuvo la mirada obligándolo, sin saber por qué lo hacía, a ser testigo de cada caricia usurpada y de cada centímetro de piel que ya no le pertenecía.

 

— Salame, me la ponés nerviosa y así tu jermu no funciona (0)

 

—Mi exmujer funciona siempre, por eso no te preocupes —replicó Mario con infinito asco.

 

—Conque ya soy tu exmujer —dijo con amargura—, qué pronto has dado por amortizado nuestro matrimonio.

 

Mario la ignoró. Se sentía tan cansado…

 

—Seguid a lo vuestro. Me cambio de ropa y me voy.

 

Los rebasó en dirección a la alcoba. El dormitorio era una bofetada de aire viciado: una mezcla espesa de sudor, semen, el olor inconfundible de Carmen y el rastro dulzón del cannabis y el whisky derramado. La cama era un campo de batalla de sábanas húmedas; a los pies, una caja de Telepizza abierta. Unas bragas de encaje negro yacían junto a una botella de Johnnie Walker volcada en el suelo. En la mesilla, restos de polvo blanco y una tarjeta de crédito delataban la locura de la noche. El aire aún flotaba denso, turbio de humo.

 

Mario sintió náuseas, pero guardó silencio. Abrió el armario, rescató ropa limpia y se refugió en el cuarto auxiliar. Se cambió con movimientos mecánicos, pero le resultó imposible no oírlo todo. «No, espera a que se vaya», la escuchó pedirle en la alcoba y a él, responder de malos modos seguido del primer crujido del colchón. Luego llegaron los golpes rítmicos contra la pared y los gemidos de Carmen; primero contenidos, después altos y desgarradores, siguiendo el compás del traqueteo del somier. Mario apretó los puños hasta que las uñas le marcaron la carne; las lágrimas de rabia le quemaban. Salió al salón y, sin mirar atrás, abandonó el ático con un portazo que no logró acallar los ruidos que venían del otro lado.

 

 

….

 

 

En la alcoba, Carmen boqueaba buscando el aire que no llegaba a los pulmones. Guido se deshizo de la toalla; su erección era la prueba de que la escena del salón no había sido más que el preludio.

 

—Al piso. Dale, arrodillate, no te lo voy a pedir dos veces.

 

—No… espera a que se vaya —suplicó.

 

Guido la miró con frialdad.

 

—Escuchame, qué te crees que soy, ¿que me vas a usar para calentar a tu dorima? (0) Abrite de gambas ya o cuando me vuelvas a llamar, te voy a mandar a la mierda.

 

Carmen experimentó un pánico irracional a quedarse sola.

 

—¡No, no! —Extendió las manos para acariciarle los pectorales, el cuello grueso y el rostro rapado.

 

—Dale, a la cama —exigió Guido con un empujón firme que la hizo tambalear.

 

Carmen se tumbó, flexionó las rodillas y se abrió ante él en una entrega absoluta. La penetró de un solo golpe brutal y seco. Ella soltó un gemido que Guido ahogó con su cuerpo mientras embestía como un animal; cada impacto hacía restallar el cabecero contra el muro con una cadencia violenta.

 

—No te oigo —exigió él—, quiero que el corneta te oiga.

 

Entonces Carmen se abandonó. Sus gemidos ganaron fuerza y mutaron en gritos con cada embestida en un torbellino donde el placer físico se entrelazaba con un desgarro emocional insoportable. El eco del portazo la golpeó de lleno retumbando en sus oídos por encima de los jadeos. Las lágrimas le inundaron el rostro: si aún quedaba algún puente en pie entre ellos, acababa de dinamitarlo.

 

Ajeno a la ruina, Guido aceleró entre sudor y bufidos hasta alcanzar el clímax. Se desplomó sobre ella, asfixiándola con su peso antes de dejarse caer a un lado.

 

Tras un breve descanso, todavía jadeante, la tomó de la mano y la arrastró al baño. El agua tibia volvió a caer a raudales sobre ellos.

 

—Ya sabés lo que me gusta —le dijo haciendo un gesto inconfundible.

 

Carmen le mantuvo la mirada un segundo antes de hincarse en el suelo de la ducha. Buscó apoyo en aquellos muslos inmensos; no sentía, no razonaba, era el gesto final de quien lo ha perdido todo. Guido se relajó y el chorro, grueso y humeante, impactó en el rostro como una bofetada, descendió por el pecho, le inundó los senos, recorrió el vientre y se precipitó al vacío chorreando desde el pubis. Carmen cerró los ojos entregada a ese calor húmedo, a la humillación y a un placer oscuro que le hacía extender con sus manos el líquido que la bañaba.

 

Al descubrirla masturbándose con los dedos hundidos entre las piernas, la imitó; agitó su sexo compulsivamente mientras la observaba hacerlo. El líquido dorado se esparcía en todas direcciones hasta que, tras un suspiro de alivio, terminó. Siguió estimulándose frente a aquel cuerpo del que emanaba una nube de vaho. Carmen, poseída por un delirio que la obligaba a buscar a ciegas un punto de apoyo, no se detuvo; Guido intentaba en vano alcanzar un orgasmo que se le negaba. Ella se venció contra los azulejos, aminorando el ritmo de los dedos. Pero a Guido, esa imagen de la hembra caída, empapada en orina, jadeante y frotándose sin control, le aceleró el pulso. Lo intentó y lo intentó, y el fracaso le arrancó un grito de locura. Sintió envidia al verla alcanzar el clímax reventándose la vulva; sintió fascinación al escuchar sus gemidos agudizarse y ver brotar entre sus dedos chorros de flujo. Carmen quedó inerte, con la mirada perdida y el cuerpo sometido a espasmos erráticos frente a un Guido cautivado por esa mujer inagotable.

 

Tras un breve descanso sumida en una suerte de desvanecimiento, extendió un brazo a ciegas buscando ayuda. Guido la incorporó y se aclararon bajo el agua fingiendo que aquel rito sucio no había sucedido.

 

La mañana transcurrió en un denso silencio. Carmen llamó al gabinete para excusar su ausencia y regresó a la cama. La esperaba aquel cuerpo esculpido, de músculos perfectos dibujados bajo la piel tersa. Era una tentación frente a la que se encontraba indefensa. Sólo era otra dimensión del caos en el que había decidido instalarse.

 

En la alcoba, tras el torbellino del amanecer y el portazo de Mario, el aire permanecía cargado de sexo, sudor y el tufo del whisky derramado. Yacían en la cama entre sábanas revueltas. Guido se apoyó en un codo para observarla con esa intensidad que a ella siempre la inquietaba, deslizó una mano enorme por el vientre y subió a rozarle un pezón.

 

—Nena… —comenzó, con la voz ronca por el tabaco y el alcohol—. Te necesito para una cosita.

 

Carmen giró la cabeza; aún tenía los ojos húmedos por las lágrimas recién vertidas.

 

—Santacruz me echó como a un perro. Me manda a supervisar a la loma del culo, lo hace para sacarme del circuito principal. Vos podés hablar con él, vos podés, piba.

 

—¿Yo?

 

—Seguro que te lo estás garchando.

 

Carmen apartó la mirada hacia la ventana. El rubor le encendió el rostro y el gesto de morderse el labio inferior terminó por delatarla. Guido soltó una risa cruel.

 

—Lo sabía, te lo estás cogiendo.

 

Carmen cerró los ojos deseando que se la tragara la tierra.

 

—Decímelo, decímelo.

 

—¡Sí, me lo estoy follando, sí! ¡Ya está, ya lo sabes!

 

—Eso es genial. ¡Joder, qué buena noticia!

 

—No es… No es solo eso —murmuró.

 

Guido le sujetó la barbilla y la obligó a sostenerle la mirada.

 

—No me jodas, flaca; una puta como vos ya sabe lo que estoy pensando, lo vas a seguir cogiendo y lo vas a usar a favor nuestro. Hacele mascar el freno como vos sabés. Hacelo que me devuelva el puesto. Me da por las pelotas pasarme una hora viajando todos los días para llegar a la mierda del gimnasio. Me lo debés, flaca.

 

Carmen tragó saliva. La culpa y el deseo libraban una batalla en su interior; al final asintió.

 

—Lo intentaré —susurró.

 

Guido sonrió, pero no le bastaba una vaga promesa. Se inclinó a besarla sellando un pacto. Se sentó en el borde de la cama y encendió un porro, dio una calada profunda, retuvo el humo y se lo pasó. Carmen fumó dejando que el aroma dulce le templara los nervios. A su lado, la inmensa espalda le impedía ver los manejos que se traía sobre la mesita de noche: el rítmico golpeteo y el siseo del polvo sobre la madera la estimularon. Se incorporó, buscó el contacto con aquel muro de carne y esperó su turno.

 

 

El Ídolo de carne

 

Guido permanecía tumbado boca arriba en silencio. Su pecho subía y bajaba acelerado; todavía estaba bajo los efectos de la cocaína. Estudió el techo un segundo como si realizara un complicado cálculo mental, después giró la cabeza hacia ella con esa sonrisa peligrosa que siempre precedía a sus peores ideas.

 

Recordaba la transformación de Carmen cada vez que se mostraba desnudo: los ojos vidriosos, la respiración entrecortada y aquel temblor que la sacaba del mundo real ante el simple roce de sus músculos. Era una dependencia absoluta; una obsesión que la convertía en una persona sumisa y hambrienta, dispuesta a cualquier sacrificio con tal de sentir esa dureza imposible bajo las palmas. Entonces, concibió la idea perfecta para explotar su debilidad.

 

— La pucha, mamita, sos pura calentura, una puta tremenda. Tendrían que inventar una viagra especial para seguirte el ritmo. La llamarían la «Carmen Edition».

 

Ella soltó una risa cansada, aunque el comentario encendió algo en su interior. Se incorporó sobre un codo y lo miró con los ojos empañados por la droga y las lágrimas secas. Pensaría que la halagaba.

 

—No seas cabrón —murmuró. No había enfado, solo cansancio y esa chispa oscura que Guido sabía avivar con maestría.

 

Él rió por lo bajo. Carmen se levantó. Se moría de sed.

 

—Vení, no terminamos. ¿Tenés crema hidratante? Me unto todas las mañanas después de entrenar; si no, la piel se reseca y se agrieta

 

Señaló el baño, ella fue allí, bebió del grifo y regresó con un frasco de crema. Cuando estaba con él perdía la iniciativa. Sintió su mirada clavada en el tatuaje del pecho; luego, lo vio centrarse en los dos corazones del pubis. Esperaba algún comentario, alguna palabra, porque se sentía más desnuda que nunca. «¡Di algo, lo que sea!», pensó a gritos, «di que te gustan, o que parezco una puta, ¡lo que sea, joder, di algo!».

 

Pero Guido tenía otra prioridad. Se puso en pie, desnudo e imponente. Al adoptar la pose de doble bíceps frontal, sus brazos estallaron en volumen, los deltoides ganaron altura, los pectorales formaron dos placas perfectas sobre un abdomen de ocho tabletas marcadas, donde los oblicuos dibujaban una V profunda hacia la entrepierna. La luz de la mañana entraba por la ventana, bañando su piel y rescatando cada vena de las sombras.

 

La vio perder el sentido. Carmen se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos y el aliento contenido ante aquel cuerpo hiperdesarrollado que era, a la vez, su dios, su cárcel y su droga. Cada músculo parecía diseñado para dominarla y hacerla sentir pequeña y frágil, pero más viva que nunca. No podía pensar en otra cosa que tocarlo, adorarlo y entregarse. Era una obsesión total: sin ese contacto se sentía vacía, muerta por dentro.

 

Como empujada por una fuerza invisible, se acercó. Las manos le temblaron cuando alcanzó los pectorales. Los acarició despacio, trazó con los pulgares los bordes musculares, sentía cómo se contraían bajo su tacto. Un gemido bajo escapó de su garganta.

 

Guido sonrió para sus adentros. Era lo que esperaba.

 

—Poneme crema mami —susurró—. Empezá por acá.

 

Ella vertió una cantidad generosa y comenzó a extenderla en los pectorales círculos amplios; deslizó los dedos por la piel caliente, le endureció los pezones. Presionaba para notar la resistencia de la masa muscular con la devoción debida a un ídolo de carne. Cada caricia le aceleraba el pulso. Se sentía incapaz de parar; era adicta a esa textura, a la tensión de la piel brillante, a la calidez que el cuerpo de Guido irradiaba.

 

Le ayudó a izar los brazos para exponer las axilas. Recorrió el hueco carente de vello donde los músculos se hundían. Masajeó con devoción y trazó los bordes de los pectorales mayores y los serratos, que se abrían como alas. Inhaló el olor de la axila —una mezcla de sudor fresco y testosterona transformada en un potente afrodisíaco—; la besó y la lamió con glotonería. Guido exhaló un sonido grave que vibró en su pecho y la hizo temblar.

 

—Más nena. Acá, justo acá.

 

Obedeció. Hundió el rostro en la axila, cerró los ojos y murmuró algo ininteligible. Luego, presionó con las yemas mientras frotaba la crema en círculos profundos. Bajó por los brazos, rodeó los tríceps con ambas manos para comprobar su dureza imposible y las venas que latían bajo la piel. Subió de nuevo hacia los bíceps, los apretó y besó suavemente la curva superior. Cada toque la acercaba al límite; sentía una palpitación constante, con una respiración cada vez más jadeante.

 

Guido flexionó los brazos hasta que los músculos se hincharon al máximo. Carmen gimió, rota y desesperada; sus manos descendieron hacia las piernas. Se inclinó tanto que casi pegó la cara a los cuádriceps inmensos. Bajó a los gemelos, los rodeó y besó la piel tersa sobre el tendón de Aquiles. Subió de nuevo las manos hacia los abductores internos, muy cerca de la erección que apuntaba al techo.

 

El placer la sobrepasó. Fue un clímax inesperado, nacido de la pura obsesión por aquel cuerpo, lo que terminó por fulminarla. Le había bastado palpar la dureza del relieve y sentir bajo sus dedos la potencia de aquel hombre para rendirse a un gozo incontenible. Se convulsionó con un gemido ahogado; se aferró a él para no desplomarse. Buscó el roce íntimo: presionó su sexo contra uno de los potentes muslos y se frotó mientras las sacudidas la desarmaban.

 

Guido sintió el flujo cálido descender por su pierna. Ella temblaba violentamente; hundió el rostro en el hueco de su hombro mientras se aferraba a su pecho. Él lo notó —el espasmo y el calor líquido que le empapaba el muslo—, pero no se inmutó. Permaneció erguido, arrogante, permitió que ella se refugiara en su cuerpo: el único punto estable de su mundo. La dejó terminar. Los sollozos se mezclaban con risas contenidas, las lágrimas con el sudor; el placer se prolongaba en ondas que la hacían estremecer.

 

Cuando los temblores remitieron, Guido habló con voz dominante:

 

—Seguí, no parés.

 

Ella levantó la cabeza; tenía los ojos vidriosos y la respiración entrecortada.

 

—Sí... lo siento... —se excusó aturdida aún, alcanzó el envase de crema, pero se quedó inmóvil, tratando de procesar la orden.

 

Guido sonrió saboreando su victoria absoluta.

 

—Terminá de untarme, ¿no ves que no acabaste?

 

—Ah, sí.

 

Vertió más crema y volvió a la carga. Masajeó los muslos una y otra vez, ascendió hacia la ingle, donde el roce fortuito con la base del pene la trastornó. Se inclinó para besarlo con fervor, trazó la vena central con la lengua e inhaló su potente olor como si fuera oxígeno. Era un acto de devoción pura: su mente le gritaba que, sin ese cuerpo hiperdesarrollado, ella no era nada.

 

Guido giró sobre sí mismo para adoptar una pose de espalda. Sus dorsales se abrieron como alas y el trapecio se elevó imponente, convirtiendo la espalda en un triángulo perfecto.

 

—Agarrá más crema. Bajá por acá.

 

Se arrodilló detrás de él. Sus manos resbalaron por los glúteos que se sentían duros y redondos. Subió por la espalda y extendió la crema por los dorsales, los hombros y el cuello. Guido flexionó todavía más, mostró cada músculo en su máxima definición. El aliento caliente de Carmen chocaba en su piel: jadeaba abiertamente.

 

—Vas a conseguirlo flaca —continuó Guido con voz baja y envolvente—. Vas a hacer que Santacruz me devuelva al gimnasio principal. Vas a abrirte de gambas y si hace falta vas a poner el culo. Vas a hacer lo que sea, me la debés. Porque esto… —tensionó los glúteos bajo las manos de ella—esto te lo tenés que ganar. Es tuyo si cumplís.

 

—Sí, cariño… —susurró en medio de un gemido—. Lo conseguiré.

 

Guido se sorprendió. Era la primera vez que le decía «cariño». Sonrió con suficiencia: por fin la tenía donde quería. Ella seguía de rodillas, con los ojos clavados en su cuerpo y las manos cubiertas de crema.

 

—Buena nena —dijo, mientras le acariciaba la mejilla con el dorso de la mano—. Ahora terminá de untarme… y después te voy a garchar tan fuerte que te vas a olvidar hasta de cómo te llamás.

 

Obedeció, terminó el trabajo. Guido preparó dos líneas gruesas sobre la mesilla con la misma tarjeta de crédito que aún conservaba restos de la vez anterior. Las esnifaron casi al unísono. El subidón los golpeó con la fuerza de un latigazo. Carmen sintió una explosión en la nariz que se transformó en una descarga hasta su cerebro; el corazón le dio un vuelco violento, un galope descompasado que le hizo zumbar los oídos antes de estabilizarse en una frecuencia frenética.

 

Cuando la euforia les recorrió la columna, Guido se tumbó boca abajo, clavó las rodillas en el colchón y la miró por encima del hombro.

 

—Ahora haceme lo que vos sabés, nadie lo hace como vos.

 

Dudó menos de un segundo. La coca, el porro y el whisky habían disuelto cualquier rastro de pudor, pero también habían distorsionado sus sentidos: la luz de la lámpara de noche le pareció de repente demasiado blanca, demasiado brillante. Se arrodilló, le separó las nalgas y acercó la lengua al orto, como él lo llamaba. Lamió despacio al principio, tanteando el pequeño orificio que se resistía a ser explorado; Guido se tensó antes de relajarse, le oyó gemir de un modo distinto, profundo, casi femenino; un sonido que le brotaba del pecho.

 

—Carajo, mami… sí, así…

 

Él mismo se separó las nalgas. Carmen se sumergió en una entrega sin reservas; cualquier rastro de juicio se disolvió en su mente dejando paso a una curiosidad animal. Le lamió el ano trazando círculos lentos con la lengua, presionando e internándose un poco. Al mismo tiempo, deslizó una mano entre las piernas para acariciarle el sexo, duro y venoso, con un ritmo firme, contundente. Con la otra mano se buscó a sí misma: los dedos resbalaban en su propia humedad mientras frotaba el clítoris con ahínco. Tenía la boca seca, una sed de desierto que contrastaba con el sudor frío que empezaba a perlarle la frente.

 

Guido gemía sin control, con la cabeza echada hacia atrás y los músculos de la espalda vibrando a cada pasada de la lengua. «Más profundo, nena… más…», pedía entre jadeos. Carmen obedeció, hundió la lengua cuanto pudo y aceleró el ritmo de la masturbación. El placer estalló rápido, amplificado por las drogas. Guido comenzó a correrse, Carmen adelantó la mano ahuecada e hizo acopio del semen caliente. Aquello la llevó al límite: se corrió, presa de un temblor violento, con el rostro enterrado entre los glúteos del titán sintiendo palpitar en su boca el esfínter. No fue un orgasmo limpio, sino una descarga que la expulsó de su propio cuerpo; quedó a la deriva en un vacío donde la realidad se diluyó en manchas de colores imposibles.

 

Cayeron derrotados sobre la cama, jadeantes y sudorosos. Ella saboreó el rastro de Guido en la palma de la mano; al verla lamiéndose, soltó una risa ronca.

 

—Sos una viciosa… —murmuró.

 

La abrazó por la espalda pegada a su pecho. No hablaron; se limitaron a respirar mientras el porro se consumía, olvidado en el cenicero, y el silencio caía sobre ellos como una niebla pesada. Carmen cerró los ojos, sintió el corazón desbocado de Guido retumbar contra sus vértebras, un eco que terminó acompasándose a su propio latido. Habían cruzado una línea definitiva, la química le decía que era invencible, pero una punzada de ansiedad, profunda y oscura, germinaba ya en su estómago.

 

…..

 

Media hora más tarde me levanté; Guido lo hizo poco después, ninguno era capaz de conciliar el sueño. La coca nos mantenía en una vigilia artificial, una lucidez de cristal que amenazaba con romperse al menor descuido. El agotamiento acabaría por llegar.

 

Preparé café y tostadas mientras se duchaba. Ambos evitamos un nuevo encuentro bajo la cascada: él tenía que cumplir un horario; yo, simplemente, estaba saturada. Además, sinceramente: no quería perder aún el olor acre que me impregnaba el rostro.

 

Desayunamos en la cocina. Preparé la mesa como una buena ama de casa o como una buena puta en un "todo incluido": sexo, alojamiento y desayuno. Sentía las encías entumecidas y un tic nervioso en el párpado izquierdo. Guido apareció con un bóxer de Mario y una camisa abierta porque le quedaba estrecha; me excitó la desfachatez con la que se había adueñado de mi hogar. Él advirtió mi sorpresa.

 

—¿Estoy en mi casa, no es cierto? si puedo cogerme a la jermu del cornudo puedo usar sus pilchas. (0)

 

—Sí, cariño, puedes usar lo que quieras. Esta es tu casa. —dije, sin ser consciente del error que estaba cometiendo.

 

La cafeína chocaba con el resto de whisky en mi estómago generando una náusea ácida que me subía por la garganta. Era un pulso violento: el café intentaba despertar a un cerebro que el alcohol había decidido clausurar.

 

Y él seguía hablando.

 

—Apenas consigas que vuelva al gimnasio me das una llave para entrar y salir cuando quiera sin esperar a que vuelvas del laburo.

 

Temblé. No era ese el plan que tenía previsto. 

 

—Verás, mis padres y mi hermana vienen a menudo. No puedes aparecer sin avisar, lo entiendes, ¿verdad?

 

Temí un arranque de genio; tras un momento de cavilación, pareció aceptarlo.

 

—Después vemos —murmuró.

 

Desvió la atención a la mesa y se sorprendió por los preparativos: el café, las tostadas, la mermelada, el tomate triturado... No parecía tener prisa por marcharse. Comentó algo sobre su dieta; lo entendí como un rechazo e hice amago de retirarlo todo, pero me detuvo. Comimos frente a frente, sin cruzar palabra, mirándonos, quizás recordando. Guido me observaba masticar como si fuera el acto más erótico que hubiese presenciado jamás. Estaba repantigado en la silla con las piernas abiertas; cualquiera diría que a los hombres no les cabe lo que portan entre ellas. Yo daba un bocado y masticaba despacio bajo su mirada extasiada. ¿O sería mejor decir que me miraba excitado, a tenor del bulto que crecía entre sus muslos? ¿Sería eso lo que le impedía cerrar las piernas o era un reclamo? Si era eso, doy fe de que le funcionaba.

 

Apoyé el talón en su asiento, entre sus piernas. Al hacerlo, perdí la zapatilla provocando un ruido sordo. Su mirada abandonó mi boca —la principal— para centrarse en la otra, desnuda bajo la misma bata que hizo las delicias del pizzero la noche anterior. (Por cierto, aún a día de hoy no sé cuál de las dos es mi boca principal). Seguí devorando la tostada mientras Guido devoraba con los ojos mi intimidad, que se iba humedeciendo sin remedio. Sus pectorales asomaban por la camisa abierta, hinchándose al ritmo de su respiración; sus ojos clavados en mi vulva desnuda me causaban un efecto devastador. Él lo notó. Se aupó, se libró del bóxer y volvió a dejarse caer, esta vez con las piernas juntas y la erección apuntando al techo. Me hizo un gesto invitándome a montarle. Quién dudaría. Subí a ese toro y me la clavé, exhalando un profundo suspiro que me vació los pulmones y me llenó por completo. Sí, en esa postura, mi titán podría alcanzar el “punto Guido”. Se lo dije:

 

—Muévete, échate hacia delante, un poco más. ¡Síííí! —gemí cuando su daga alcanzó la diana. Tenía los brazos entrelazados en su cuello; si no, habría caído hacia atrás sujeta solo por sus manos en mis riñones, insuficiente para evitar mi derrumbe. Esta vez no era él quien tenía el control. Comencé una danza ondulante en la que pivotaba sobre su pequeña gran verga centrada en mi agujero negro, mi quark, mi bosón, mi púlsar, mi supernova: ese centro de energía escondido en mi vagina que tantos pasan de largo, empeñados en buscar la luz al final del túnel. Caí en un trance aún más profundo que aquellos que provocaba cuando me paseaba en brazos atravesada. Esta vez era yo quien medía y ajustaba el contacto y la presión para llevarme al nirvana; lo demás —las caricias en mis pechos, en mi espalda y en mis nalgas—, que en otro momento me habrían encendido, era sólo un condimento para el sabor intenso de su miembro. Aquello incendiaba mi interior como una antorcha en un santuario de savia y vida donde la humedad no apagaba el fuego, sino que lo acrecentaba.

 

Sucumbí varias veces. Guido aguantó como un león —tal vez porque lo había agotado tras una jornada maratoniana— y, después de aullar y rugir, explotó poniendo la silla al límite de su resistencia. Se le debió de escuchar por todo el patio; supongo que no me quedé a la zaga. Ya me enteraría de las consecuencias, aunque a estas alturas poco me importaba.

 

–Sos tremenda hembra. no te cansás.

 

No le respondí. Estaba harta de escuchar siempre lo mismo. Me quedé refugiada en su cuello, sintiendo cómo se desvanecía su virilidad mientras me acariciaba con una ternura insospechada. Murmuraba palabras bonitas: «Qué culo tenés, son como dos melones pequeños», decía. Me hacía sonreír; siempre le gustó mi culo. Desde que solo era mi entrenador había descubierto su fijación por mi trasero. Luego, cuando me consiguió, no se privó de disfrutarlo. Cada vez que me paseaba en brazos, me llevaba sentada en sus manos, una nalga en cada palma, bien sujeta. Yo disfrutaba como una perra con su certera puntería en mi punto G, pero intuyo que él gozaba más con el tacto de mis glúteos en sus manos y su tensión oscilante a cada paso.

 

—Qué culo tenés, son dos mangos maduros

 

—¿Estás diciendo que lo tengo pequeño? —decía para provocarle.

 

Entonces, yo me sometía a su escrutinio; meneaba el trasero y él lo tocaba como un experto catador de glúteos.

 

—Digo que tenés un culo perfecto —sentenció—. El mejor culo que vi.

 

Así era Guido, un día podía ser tierno y al siguiente, bruto y exigirme hacer cosas que…

 

Ya llegaremos a eso.

 

—La culpa es tuya —me dijo Selena un día—. Si no estuvieras tan encoñada…

 

Selena era… Ya hablaré de ella algún día.

 

Pero volvamos a donde estaba: harta de escuchar que soy insaciable, refugiada en su cuello mientras sentía cómo se desvanecía su virilidad. Por cierto, es una sensación extremadamente agradable: la tienes y no la tienes; cuanto más te esfuerzas en retenerla, más se te escapa, así que es mejor aflojar y dejar que se vaya escurriendo despacito, poco a poco.

 

Me he vuelto a perder... ¿por dónde iba? Ah, sí. Decía que me acariciaba la espalda y el culo con una ternura insospechada, murmurando palabras bonitas. ¡Dios, qué bien se estaba! Por mucho que deseara seguir sumergida en esa burbuja de olvido, debía afrontar la realidad. Con un apretón expulsé el gusanito, que resbaló entre babas y dejó brotar un chorro de flujo y semen que había estado conteniendo como un tapón. ¡Ale, el cojín a la lavadora! Descabalgué y usé un paño de cocina para limpiarle el vientre y mi chochito. Guido salió del trance y se encargó de recoger tazas y platos mientras yo me aseaba en el baño. Supuse que ese sería el protocolo habitual las próximas veces que volviera a ser mi invitado: desayuno en la cocina, polvo en la banqueta, cojín a la lavadora y recogida de tazas y platos mientras yo me dedicaba a asearme.

 

Antes de despedirse en la puerta, se encargó de recordarme bien claro nuestro acuerdo.

 

—Santacruz, no te preocupes —repetí con cierto cansancio—. Te llamaré. —añadí, luego de darle un beso. Le vi fruncir el ceño. ¿Olería a culo?

 

— No, te llamo yo. No me vas a dejar colgado otra vez de la ganchera hasta que tengas ganas de coger. Ahora soy yo quién dice cuándo. (0)

 

 —Dio un paso hacia el ascensor; se volvió señalándome con un dedo y repitió:

 

—Santacruz.

 

Haría lo que fuera por convencer a Javier, así lo tendría cerca cada vez que me apeteciera. Como bien dijo Mario, esta zorra desesperada no estaba dispuesta a perder a ese saco de carne; lo necesitaba para anestesiar un futuro que era una puta mierda, como también me había vaticinado mi ex.

 

Mi ex.

 

 

La resaca

 

Carmen apoyó la frente contra el azulejo frío de la cocina a la espera de que la cafetera terminara de escupir ese líquido negro que aquel día era una pócima más que el placer cotidiano. El espejo del pasillo había sido implacable: las pupilas dilatadas, la piel con esa palidez traslúcida de quien ha canjeado horas de sueño por ráfagas de euforia química. Y el temblor en las manos, que delataba el cóctel de excesos.

 

Se ha convertido en un fraude. Ella, la mujer fuerte e independiente que atendía a personas con problemas menos graves de los que ocultaba, aquel día era solo el resto de un naufragio. El silencio de la casa amplificaba el eco de su propio fracaso.

 

El teléfono cortó el aire con una estridencia que le atravesó las sienes.

 

—¿Tienes un momento? —escuchó. Carmen notó algo distinto en su cadencia habitual.

 

—Sí, claro.

 

—Abandonamos la línea Santacruz. Han aparecido nuevos indicios que apuntan en otra dirección.

 

Su mundo, ya tambaleante debido a la química y el agotamiento, sufrió una nueva sacudida. Todo el asco acumulado por tanto desprecio y tanto abandono se precipitó; el sabor metálico en la boca y la humillación de haberse entregado a un hombre —Santacruz— que no la respetaba, cobraron, de golpe, una inutilidad lacerante.

 

—¿Qué ha pasado? —logró articular.

 

—Ya te lo contaré. Tú encárgate de cerrar con discreción y sin levantar sospechas.

 

—Con discreción... —pronunció en un estertor que pretendía ser una risa irónica—. He hecho lo imposible por llevármelo a la cama, lo tengo ciego por mí, como me pediste, ¿y ahora quieres que lo pare, así como así? ¿Te crees que es tan fácil?

 

—Arréglatelas, esto es demasiado serio como para que tenga que preocuparme además de tus asuntos de cama. —Hubo un silencio tenso, roto solo por la respiración agitada de ella—. Perdona, no he querido decir eso... es que estoy sometido a mucha presión.

 

—Yo también, no sabes cuánta —confesó, dejando que la llaga de su vida privada se ensanchara hasta tragarse su orgullo—. Mario y yo hemos roto. Tuvimos una discusión horrible cuando volví de Santander y... hemos decidido tomarnos un tiempo. Pero los dos sabemos que es definitivo. Nos dijimos cosas tremendas, Tomás. Nunca pensé que nos haríamos tanto daño.

 

—Oh, Carmen, cuánto lo siento —bajó el tono de voz buscando ofrecerle un consuelo que ella era incapaz de procesar—. Pasará, ya lo verás. Con el tiempo podréis volver a hablaros con serenidad y os perdonaréis. Dime, ¿se ha marchado de casa?

 

—¡Qué importa eso ahora! Sí. No sé si para siempre; se va a vivir con Elvira, su amor de juventud. Dice que no es capaz de seguir aquí, que me quede la casa. Pero a mí se me cae encima —Inspiró, tragándose el dolor—. ¿Sigue en pie tu oferta?

 

—Esta misma tarde podemos ir a ver dos o tres pisos que te van a encantar.

 

Carmen recorrió la distancia que la separaba el salón. El espectáculo era desolador: los vasos habían sembrado de cercos mate el cristal de la mesa, la botella de Jack Daniels yacía destapada como un cadáver abandonado y el sildenafilo desparramado daba el contrapunto a lo que parecía el rastro de una batalla.

 

—Mejor otro día —dijo, apoyada en la pared—. Hoy no tengo ánimo para nada.

 

—Te conviene salir y airearte, sobre todo si la casa se te echa encima.

 

—Tienes razón, pero hoy no. Necesito tomarme el día con calma y arreglar algunas cosas.

 

Colgó. El silencio volvió a cobrar cuerpo bajo el humo de cannabis que aún flotaba en las capas altas del techo. Sus piernas cedieron y resbaló por el tabique hasta quedar sentada sobre sus talones. La desolación la inundaba: se había entregado a un hombre que se jactaba de haber poseído a la esposa de su mejor amigo, y todo por una misión abortada debido a un simple cambio de planes.

 

Reclinó la cabeza contra la superficie dura y cerró los ojos; nada lograba mitigar el incendio de vergüenza que le recorría el pecho. A la farsa de Santacruz y el abandono de Mario se sumaba el recuerdo borroso y agrio de la noche anterior. En un intento desesperado por no enfrentar el vacío, buscó refugio en Guido, quien, con su acento seductor y su cuerpo de titán, fue el anestésico elegido. No se entregó a él tanto por deseo como por el pánico atroz a estrenar su nueva soledad. Aquel descenso a los infiernos de sexo, alcohol y drogas la había hecho perder el norte; una huida hacia adelante que sólo la dejaba más lejos de sí misma. Utilizó el cuerpo del culturista como un escudo contra el abandono y ahora, con el sabor amargo de la droga aún en el paladar, comprendía que el precio pagado por no estar sola había sido terminar de romperse. Se había convertido en el trofeo de un amante de paso mientras su vida, profesional y personal, se hundía por el mismo sumidero.

 

De repente, una urgencia incontrolable le recorrió la espina dorsal. No podía seguir allí, rodeada de las pruebas de su derrota. Se alzó sobre los talones y avanzó con paso decidido hacia el centro de la estancia; agarró los vasos sucios, que chocaron entre sí con un estrépito que le retumbó en las sienes, y los llevó a la cocina. Arrojó la botella vacía al cubo de la basura y la cubrió con desperdicios para dejar de verla. Cogió un paño y un limpiador, y lo pasó frenéticamente por la mesa.

 

Entró en el dormitorio y el impacto fue peor. El aire apestaba a una mezcla de sudor, semen y el rastro dulzón de los porros. Abrió la ventana de par en par; el aire de la tarde le golpeó el rostro mientras arrancaba las sábanas de la cama con una fuerza desesperada. Aquellas telas, húmedas y arrugadas, eran el testigo mudo de su error; las hizo una bola informe y las empujó dentro de la lavadora con un gesto de asco.

 

Volvió a la alcoba. Limpió a conciencia la mancha del colchón, testigo indeleble del caos que había vivido, y dejó que se orease al sol de la ventana. En el suelo quedaba la caja de Telepizza, su lencería negra y una botella de Johnnie Walker. Carmen se movía como un autómata: barrió con la mano los restos de polvo blanco de la mesilla de noche y frotó la madera hasta que le dolieron los dedos. Limpiaba como si el detergente pudiera disolver, además de las manchas de whisky, la náusea que sentía por sí misma.

 

Se detuvo. La casa parecía otra, pero en el espejo seguía viendo a la misma mujer derrotada en un campo de batalla que ya no existía.

 

 

Amalia en acción

 

Dos días después de aquella difícil noche que vivimos en casa de mis suegros, el teléfono anunció un mensaje de Amalia. No era habitual, normalmente se comunicaba a través de Carmen.

 

«Mario, llámame cuando puedas.»

 

No lo demoré. Al oírla, se me encogió el corazón; parecía estar haciendo un esfuerzo para no romperse.

 

—Mario… ¿cómo estás?

 

—Bien, Amalia. Todo lo bien que se puede estar —respondí, intentando sonar firme.

Después, hubo un silencio breve.

 

—¿Podríamos vernos? Sin Carmen, sólo tú y yo. nadie más. No quiero que piense que tomo partido, es que… necesito entender.

 

—Cuando quieras.

 

—Hay una cafetería cerca del Corte Inglés de Princesa, una que tiene mesas de madera afuera, la verás enseguida. ¿Te viene bien esta tarde?

 

Conocía el sitio: una cafetería pequeña con mesas de madera verde en la calle posterior. Un lugar impersonal, adecuado para charlar. Algo en su tono me decía que no era una emboscada, aunque no terminaba de entender el motivo de vernos a solas.

 

La localicé enseguida, sentada en una de las mesas del extremo. Elegante, con el abrigo cerrado y las gafas de sol puestas, la podría haber confundido con su hija. El mismo perfil, la misma espalda erguida y esbelta con veinte años más. Mantenía las manos alrededor de una gran taza que aún humeaba. Al verme, se levantó y me estrechó en un abrazo más largo y firme de lo que dictaba el protocolo. Lo achaqué a la conmoción, a ese pegamento emocional que suelen usar las familias cuando algo va mal.

 

—Gracias por venir —dijo al separarnos. Se le habían humedecido los ojos, pero se esforzaba en mantener una sonrisa que no terminaba de cuajar.

 

Nos sentamos frente a frente. Antes de que pudiera ensayar la primera frase, tomó la palabra:

 

—Quiero que sepas que lo siento mucho, muchísimo. Me duele verte así. Y a Carmen también, claro... —Hizo una pausa midiendo el alcance de sus palabras—. Espero de corazón que recapacite.

 

Rechacé su lógica con un leve movimiento de cabeza.

 

—No es solo tu hija, Amalia; es un problema compartido. No hay culpables. O, si los hay, somos ambos. Los dos hemos empujado hasta llegar a este punto.

 

Ella asintió, pero sus ojos no me daban tregua. Me escaneaba con una fijeza perturbadora, deteniéndose un segundo de más en mis facciones, bajando hacia mis manos y regresando a mis pupilas. Era un escrutinio imperceptible para cualquiera, excepto para mí; me produjo una punzada de incomodidad, una nota discordante que fui incapaz de descifrar.

 

—Cuéntame. Necesito saber de tu boca qué ha pasado. No os voy a juzgar, te lo juro. Solo quiero entender.

 

Amalia y yo teníamos mucha confianza. Le conté lo que pude. Le hablé de las discusiones que se repetían, aunque no de los motivos. Esos no; me inventé otros: la distancia que había ido creciendo entre nosotros, cómo nos habíamos perdido en rutinas y silencios, cómo la ilusión se apagó poco a poco.

 

Mentira. Todo mentira.

 

Le hablé de noches en que nos enfrascábamos en agrias polémicas que terminaban en nada; cómo habíamos intentado arreglarlo y no lo habíamos conseguido. Ella escuchaba con atención, asentía de vez en cuando mirándome con cierto escepticismo. Los detalles escabrosos me los guardé. No hablé de Sevilla, de Candela o de Diego; no mencioné a Tomás ni a Doménico. Tampoco hablé de Macarena, de Elvira o Graciela, ni aludí a mi incursión en la sauna gay. La angustia por lo que callaba y lo que mentía se debía de estar manifestando porque, en algún momento, puso su mano sobre la mía y empezó a mover el pulgar sobre mis nudillos. Era un roce rítmico, distraído; a mi parecer, demasiado íntimo para ser un simple consuelo.

 

Cuando terminé, Amalia hizo una inspiración profunda.

 

—Gracias. Sé que no ha sido fácil. Y que no me lo has contado todo. Y está bien, no hace falta que me cuentes más. Quiero que sepas una cosa…

 

 

°°°°°

 

 

Amalia invadió ese espacio invisible que todavía los separaba. A la suegra y al yerno. A los amigos unidos por un cariño profundo. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero su voz se mantuvo firme.

 

—Hay lealtades que se rompen —susurró; Mario sintió el calor de su aliento y una exhalación que cerró la confesión—. Otras, simplemente, cambian de bando.

 

Su mano se cerró con una presión breve, casi imperceptible. Fue un gesto que no buscaba consolar al yerno que perdía a una esposa, sino reconfortar al hombre que estaba frente a ella, desnudo de secretos.

 

Amalia sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario, el tiempo justo para que el silencio pasara de ser incómodo a ser otra cosa. Luego, parpadeó y recuperó esa distancia de cortesía que, de pronto, se sentía artificial.

 

—Confío en que todo se arregle. De verdad, confío. Pero si no es así... si las cosas siguen por este camino... —Un suspiro entrecortado le segó el habla. Amalia bajó la vista hacia las manos de su yerno; se fijó en la cicatriz del nudillo y la recorrió con el pulgar—. No quiero perderte. No quiero que salgas de la familia. Para mí eres… uno más. Eres…

 

Movió la cabeza de un lado a otro con una indecisión desesperada. Era la expresión evidente de quien rechaza una idea, y a la vez intenta encajar una pieza en un puzzle que no le corresponde.

 

—…mi hijo. —concluyó, obligándose a que esa palabra fuera la única permitida para colmar el vacío que sentía en el estómago. Si él se marchaba, el vacío no sería sólo por la ausencia del marido de su hija; el aire sería insuficiente para llenarle los pulmones. 

 

Se enderezó, recompuso el gesto de suegra angustiada por la separación, ocultó tras una sonrisa triste ese matiz de desesperación que no tenía nombre, o que ella, al menos, se negaba a bautizar.

 

—Pase lo que pase con Carmen, tú tienes tu sitio en casa, en la familia… en mi vida. ¿Lo entiendes?

 

 

°°°°°

 

 

Asentí en silencio incapaz de hablar. Una lágrima rodó por su mejilla y no hizo el menor ademán de secarla. Se limitó a mirarme con esa intensidad que me había abrumado desde que comenzó a hablar, una mirada que me ofrecía refugio y al mismo tiempo guardaba un matiz que no lograba descifrar. 

 

—Está crisis te ha dejado más flaco, Mario —dijo saliendo de un incómodo silencio, y antes de que pudiera responder, liberó mi mano y me acarició la mejilla—. Tienes la misma mirada de derrota que tenía su padre antes de irse. Es una mirada que me atrae y me asusta a partes iguales.

 

—No sabia que Fernando…

 

—No lo saben ni mis hijas. Carmen era casi un bebé y Esther aún no había nacido; tuvimos una crisis muy grave, mucho. Al cabo de dos meses decidí volver a intentarlo por nuestra hija. Pero sí, tienes la misma mirada de derrota.

 

—Solo estoy cansado, Amalia. Ha sido un proceso largo.

 

—El amor no cansa, lo que cansa es mantener la farsa—dio un sorbo corto, sin apartar los ojos de los míos hasta el punto de intimidarme—. Carmen siempre fue demasiado impaciente. No sabe que a veces, para salvar algo, hay que quedarse quieta. Como estamos nosotros ahora.

 

—Ya te he dicho que no es sólo cosa de ella…

 

Me hizo callar con un gesto de la mano; luego, la acomodó de nuevo sobre la mía. Sobrevino un largo silencio cargado de miradas y tristeza; el tintineo de las cucharillas y el vapor de la cafetera parecían quedar fuera de nuestra burbuja. Amalia se inclinó, acortando la distancia; el aroma de su perfume —que no era el de Carmen, pero se le parecía lo suficiente como para herirme— inundó mi espacio.

 

—Ella se ha ido, pero yo sigo aquí —añadió en un susurro—. No vas a estar solo.

 

Tragué saliva. Sus ojos eran un calco de los de su hija: igual de expresivos, igual de profundos. Esa vibración de complicidad me obligó a retirar la mano. No se ofendió; se limitó a sonreír con una sabiduría triste que me hizo comprender que la marcha de Carmen no significaba el final de nuestro vínculo.

 

Nos despedimos con un abrazo de una firmeza dolorosamente familiar. Me dio un beso en la mejilla que, por un error de cálculo o de intención, murió en la comisura de los labios. En otras circunstancias, le habríamos restado importancia con una broma.

 

—Cuídate mucho, hijo —susurró—. Y llámame cuando quieras. Cuando sea. Llámame.

 

Amalia se alejó, decidida y entrañable, dejándome con la extraña certeza de que ella siempre sería mi amiga, mi refugio.

 

 

Zozobra

 

“En tiempo de desolación nunca hacer mudanza; mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación.”

 

Ignacio de Loyola. Ejercicios espirituales

 

 

Mario entró en casa con cautela. Qué lástima —pensó—: cruzar el umbral como un extraño. Al llegar al salón topó con ella y sintió un nudo en la garganta.

 

Carmen rompió el hielo. Su voz no tenía el veneno del enfrentamiento vivido el día anterior;

.

—Siento lo que te dije. Lo de Elvira, por las formas. No debí caer tan bajo.

 

Mario, a una distancia prudencial, asintió con lentitud. El dolor seguía ahí, pero la rabia se había disuelto en un agotamiento profundo.

 

—Yo también te dije cosas horribles —respondió en voz baja—. Nos hemos perdido el respeto, Carmen. Nos hemos arrastrado por el fango, hay que parar esto. Si queda algo de lo que fuimos, deberíamos intentar, al menos, quedar como amigos. O como dos personas que se quisieron.

 

Bajó la mirada avergonzada al recordar a Guido en el umbral del salón desnudándola, las risas sarcásticas, el manoseo, la humillación.

 

—Lamento haberlo traído a casa. Fue un error imperdonable —confesó sin nombrarlo—. Me daba pánico estar sola, y busqué la salida más rápida, aunque fuera la más sucia. No volverá a ocurrir.

 

Encogió los hombros y respondió.

 

—Fui yo quien te animó a probar, ¿te acuerdas? (5)

 

Carmen tragó saliva antes de comunicar la decisión definitiva.

 

—Me marcho. He hablado con Tomás, dentro de unos días me instalaré en uno de sus pisos.

 

Mario dio un paso hacia ella, pero se detuvo en seco. Su instinto de prudencia aún daba coletazos, cualquier intento de acortar la distancia sería mal interpretado.

 

—No es necesario que te vayas, esta casa es tan tuya como mía. Mientras no haya una resolución legal, no tienes que marcharte. Si es que llegamos a eso —matizó a destiempo—. Yo... yo me estoy quedando en casa de Elvira.

 

Carmen esbozó una sonrisa triste cargada de una lucidez dolorosa. Él ya estaba instalado en un escenario de divorcio. Recorrió con la vista las paredes que habían guardado sus secretos, sus risas y, finalmente, su ruptura.

 

—No podría vivir aquí, Mario. Cada rincón está lleno de recuerdos.

 

—En tiempos de zozobra…

 

—…no hacer mudanza —terminó ella con un gesto amargo—. Ya lo sé, pero no puedo. Véndela, haz lo que quieras.

 

—Es nuestra —la interrumpió—. No pienso venderla. No mientras haya una posibilidad. —Mario suspiró, miró hacia la ventana donde la tarde empezaba a morir—. Te entiendo, yo tampoco sería capaz de dormir bajo este techo. Pero démosle un margen. Como a la casa de la sierra.

 

—¡Mario, esa casa era de tu familia!

 

—Ahora es nuestra. Sin ti… —la voz se le quebró—. Úsala cuando quieras. ¿Vale?

 

La ternura que vio en su mirada terminó de hundirla.

 

—Vale. Quizás me vaya allí en Semana Santa... si tú no tienes planes.

 

Él negó con la cabeza incapaz de articular palabra. Se despidieron sin tocarse, con un leve gesto en el aire.

 

 

Días después. El inventario y la prueba de la distancia

 

Siempre me he llevado bien con la soledad; es un silencio amigo, un espacio donde me siento cómoda. Ahora ha dejado de ser compañía para convertirse en una carga que me obliga a moverme para no hundirme.

 

Recorro la casa. Me asomo a las habitaciones como si fueran los decorados de un escenario que ya no me pertenece. Frente a la librería, deslizo la mano por los lomos de los libros organizados por un criterio indescifrable que se llevó con él. El hueco que han dejado algunos volúmenes es una herida abierta entre los tomos restantes.

 

Ahora, la casa está demasiado ordenada, demasiado vacía.

 

Hago un somero inventario: Treinta y un años y una década invertida en un matrimonio construido sobre un concepto audaz: la libertad absoluta. Cero celos, cero posesividad, ni en lo personal ni en lo sexual. Dos psicólogos que creyeron haber superado los convencionalismos burgueses del amor.

 

No hubo grandes peleas, ni infidelidades, ni auténticos reproches. Habíamos llegado a la misma conclusión a través de caminos paralelos: el diálogo íntimo se había fracturado. El amor, fuerte e innegable, se había quedado sin vehículo para circular. Nos mirábamos y no nos reconocíamos, era tanta la distancia que habíamos renunciado a hablar.

 

Sentada en el sofá, cierro los ojos y recuerdo la última vez que hicimos el amor: no fue apasionado, sino doloroso. Un acto de conexión sin exigencias. Y precisamente esa falta de tensión, esa ausencia de las fricciones que demuestran que aún hay algo por conquistar o defender, fue lo que consumó el vacío.

 

El problema no fue la falta de libertad, sino la falta de necesidad de la palabra. Dejamos de comunicarnos activamente confiando en que el entendimiento mutuo, casi telepático, supliría el esfuerzo. Pero la distancia creció en las grietas de los equívocos silenciados, en las pequeñas suposiciones que se solidificaron como malentendidos. Habíamos sustituido la honestidad de la conversación por la cortesía de la omisión. Y así, el respeto se convirtió en la barrera más infranqueable para el entendimiento real.

 

Nuestra casa se había transformado en un laboratorio donde evaluábamos las variables de un experimento fallido. El experimento de que la confianza ilimitada puede sostener una vida.

 

En mi mente, ya no es una pérdida, sino la aceptación de un diagnóstico. La psicóloga que hay en mí observa el caso clínico: el amor como apego seguro degenera en distancia emocional por la atrofia del mecanismo verbal. Es una conclusión limpia, racional, libre de culpa. Y esa frialdad profesional es mi única coraza contra el desgarro. Es la resignación clínica: no se puede tratar lo que ya ha cesado de funcionar biológicamente.

 

Qué ironía. Llevo una década enseñando a otros a salvarse de sus trampas mentales, a forzar el diálogo, a combatir la inercia, y mi propia vida sucumbe a una patología que reconozco perfectamente. La profesional resolvió el caso; la mujer perdió la partida.

 

Me levanto y voy al armario donde Mario guardaba sus camisas. La puerta está abierta. Miro el espacio que han dejado las perchas vacías. La luz de la tarde entra a raudales incidiendo sobre el hueco, probando que la ruptura ya no es una hipótesis, sino un hecho consumado.

 

El fatalismo no es una emoción; es una certeza física, como la presión barométrica antes de una tormenta que no se puede detener. Recojo una taza de café a medio beber. Es mi taza, el café ha perdido todo calor. Este gesto, tan trivial, es el único rastro tangible de que la rutina existe, o al menos, existió.

 

Comienzo una etapa nueva de la que no espero nada. «Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis».

 

 

Citas

 

1 Capítulo 204 Entropía. Octubre 2025

 

2 Capítulo 204 Entropía. Octubre 2025

 

3 Capítulo 148 Dejá vu. Junio 2021

 

4. Joaquín Sabina. Y nos dieron las diez 1992

 

5 Capítulo 146. Nunca digas nunca jamas. Mayo 2021

 

Con tal de no estar en casa me volqué en el gimnasio, aunque me faltaba Mario a mi lado, además la insistencia continua de Michelin me llegaba a irritar. Una tarde que daba fin a una jornada agotadora me sentía al límite de mis fuerzas, creo que ya me daba todo igual; Guido me había entrado un par de veces con sus veladas insinuaciones en las que nunca decía nada explícito pero que todas entendíamos con claridad. Recordé lo que me dijo Mario cuando me reincorporé a principios de Mayo, ese día me había estado marcando el terreno de una manera descarada y ya en casa me lo hizo ver: «Dime una cosa: ¿Te excita el cuerpo de Guido?». Tal vez nunca me había enfrentado directamente a ello o no lo había mirado conscientemente; la realidad es que no me han gustado nunca ese tipo de cuerpos tan desarrollados, le dije, pero…

«—Me… provoca, es… diferente.

—¿Diferente? ¿Qué quieres decir?

—¿Puedo ser sincera?

—Quiero que lo seas, siempre.

—Nunca he… sentido un cuerpo así, como el de Guido.

—¿Sentido?

—Tocado, acariciado. No he tenido un cuerpo como ese, ¿entiendes? Antes, el culturismo me parecía una obsesión compulsiva, una deformidad; en realidad me lo sigue pareciendo, no creas. Sin embargo…

—Te gustaría probar.»

No podía negarlo, ¿por qué negarlo? Sonreí, me relajé, estaba con mi mejor amigo. Asentí varias veces.

«—Cómo me conoces.

—¿Y quién sino te va a conocer?».

Quién sino. Me había hecho mujer a su lado, quién mejor que él podría haberlo adivinado con solo observar unos gestos, unas miradas.

«—¿Cómo lo vas a hacer?

—No he dicho que lo vaya a hacer.

—No sería bueno que se supiese en el gimnasio.

—¿Me estás escuchando? No lo voy a hacer. —recalqué.

—Ya, ya. Tendremos que hablar con él, ponerle las cosas muy claras.

—Mario, déjamelo a mí. No te metas, es cosa mía.

—Eso quiere decir que lo vas a hacer.

—¡No! Quiero decir… ah… me refiero a plantearle que no puede seguir con esa actitud.

—Lo mismo te llevas un chasco, ya sabes que los anabolizantes…»

No sé por qué, rompí a reír; fue por su culpa, por esa terca tozudez con la que se obstina en las cosas, por la manera que tiene de hacer oídos sordos cuando se le mete algo entre ceja y ceja. Me hizo reír y se lo tomó como una claudicación, como un triunfo. Y yo, al dejarme llevar por la risa cedí un poquito a un deseo oculto que mantenía bien amarrado, sentí como aflojaba una tensión que de tanto sujetar ya ni siquiera notaba. ¡Sí!, deseaba tocar ese cuerpo, ¡sí!, quería palpar esa figura desproporcionada, me moría por abrazar hasta donde mis brazos alcanzaran esa envergadura de macho poderoso. Puede que tuviera razón y a la hora de la verdad no encontrara la potencia esperada. Daba igual, me apetecía acariciar ese cráneo rapado, sentirme frágil bajo ese gigante de espalda imposible, quedar aplastada entre aquellos brazos enormes; ansiaba navegar con mis dedos cada uno de esos músculos que parecían poder hacer estallar la piel brillante que los albergaba.

«—Me da igual, me encantaría probar ese cuerpo, manosearlo; me gustaría sentirme pequeña en sus brazos.

—¡Pero si eres más alta que él!

—No lo entiendes. Hay otra forma de mirar, no todo es desproporción.

—¿Ah no?

—¿Recuerdas la tensión que se advierte en los desnudos de Mapplethorpe? Es lo que veo en el cuerpo de Guido. Dunas, formas sinuosas que se suceden una tras otra en los hombros y los brazos, y al mismo tiempo veo nervio. ¿Qué hay bajo la camiseta? ¿Cómo es su tórax, y su vientre y su espalda? ¿Y el resto?

—Quieres decir…

—Su culo, me gustaría verlo, tenerlo desnudo y verlo. ¡Oh Dios, esos muslos son…!

—Entonces…

—No va a pasar, ¿me has oído? no va a pasar, solo lo estamos hablando. —Lo miré marcándole el límite—. Espero que esta vez te haya quedado claro.»

 

5 Capítulo 149. Otra vuelta de tuerca. Junio 2021

 

—Te tengo que contar una cosa. Me he acostado con Guido.

—¿Con Michelin?

—No le llames así, es ofensivo.

—Es broma, le hemos llamado Michelin toda la vida. Michelín, Quique, Guido, qué más da; ¿te has acostado con él? ¿cuándo?

—¿Sabes que lo de Quique fue idea de tu amigo SantaCruz? Pensó que el nombre de Guido era difícil de recordar y le hizo cambiárselo, le propuso varios; Kiko, Quique... Es tremendo.

—Deja eso ahora. Cuéntame, cómo ha sido.

—Ya lo habíamos hablado, ¿te acuerdas?

Estábamos en la cama de costado, muy cerca, mirándonos como si tuviéramos que volver a grabar nuestra imagen. 

—Anda que te ha faltado tiempo.

—Tonto. —me sujetó la barbilla con dos dedos y me besó.

—Di, ¿cómo fue?

—Hubo un momento en el que la soledad se me vino encima, no sabría explicarte, son muchas cosas. Me encuentro aislada en el gabinete, aún no se ha puesto en marcha mi dirección, estoy mano sobre mano. Te echo mucho de menos, apenas hablamos, no tengo a nadie a quien acudir, Tomás bastante tiene con sus problemas familiares. 

—Y encima, lo de la revista.

—No, aún no había pasado. En fin, que me pilló de bajón, me he volcado en el gimnasio y Guido siempre está ahí, con sus miraditas y sus insinuaciones. ¿Recuerdas la tontería esa que se trae de que le debo una?

—Ah sí, te invitó a tomar algo una vez, pero eso fue hace mucho tiempo, ¿no?

—Sí, no sé; le debí de decir algo ambiguo y desde entonces de vez en cuando me lo recuerda. Hace unos días volvió con eso, yo estaba un poco depre, ya te digo que desde que te fuiste me siento muy sola, no lo estoy llevando bien y ese día en concreto habían pasado cosas.

—¿Cosas, qué cosas?

—Nada, es igual; el caso es que me jodía la idea de meterme en casa, y sin saber por qué le dije que me esperara en la cafetería que hay al otro lado del parque.

—No sé…

—Sí, la de la terraza dónde íbamos cuando sacábamos a pasear a la perra.

—Ah, joder, sí… —Le duele, le sigue doliendo.

—¿Te quieres creer que me metió mano? —Al escucharme me estrechó más.

—¿Así, sin más?

—No. Que si tienes que desarrollar más las dorsales, que si allí, allá… y las manos iban de los hombros al costado y como veía que no le decía nada se fue envalentonando. Yo quería ver hasta donde se iba a atrever. Estábamos al fondo, tampoco íbamos a dar el show, entonces con la excusa de no sé qué grupo muscular me plantó la palma de la mano en el pecho, y yo callada como una muerta, y va y me dice: «tienes muy buena complexión»; eso con la mano aplastándome la teta.

—Joder, qué rostro.

—«¿Tú crees?», le dije muy tranquila.

—Se lo dejaste claro.

—Nos interrumpieron porque entraron en tromba un montón de gente; apartó la mano y me la plantó en el muslo, casi en el coño. Joder, no era el lugar apropiado, lleno de gente; le dije que no siguiera y quitó la mano inmediatamente, pero ya no podía parar, le pregunté si vivía cerca; como me imaginaba, no, y nos vinimos a casa.

—Coño, Carmen, ¿a casa?

—Sí, ¿por qué no?

—Porque no lo conocemos de nada.

—Del gimnasio, ¿qué riesgo hay?

—Y qué tal, ¿es tan bueno como pensabas? —puse los ojos en blanco.

—Es… no te lo puedes imaginar, me vuelve loca, es como tocar el David.

—Tú qué sabes, te echarían de Florencia si lo intentas.

—Dios, Mario, tenías que verlo desnudo, es… impresionante, cuando comencé a tocarlo, no sé qué me sucedió, fue como si me derrumbara.

Me miraba sin decir nada, parecía asombrado. Le concedí un par de segundos pero no más, necesitaba saber qué pensaba.

—¿Qué, no vas a decir nada?

—No sabes cuánto me alegro, cariño.

 

 

0 Diccionario argentino

 

Largá el buche. Confiesa.

 

Sanatas. Cuentos

 

Chetas. Pijas

 

Dejar colgado de la gachera. Dejar plantado

 

Junar. Calar, darse cuenta de las intenciones de alguien.

 

Mandarse a mudar. Largarse.

 

Corneta. Cornudo

 

Trola. Mujer promiscua

Jermu. Mujer

Dorima. Marido

Pilchas. Ropa


9 comentarios:

  1. Llevo dos semanas de vacaciones en una casa rural en medio de la naturaleza con mi novia, mano de santo, paseos por la naturaleza y aire fresco.

    Eso sí, tienes que ir andando por toda la casa en busca de cobertura para poder usar el móvil.

    He leído el artículo que has publicado en tu comentario Diva y estoy muy de acuerdo con lo que en el se expresa.

    Lo de Guido fue muy mala idea y las drogas no le sientan nada bien a Carmen, sinceramente me han dado mucha pena los dos, están total y absolutamente rotos, pero se han faltado el respeto de una manera brutal, después de esto si en alguna parte de ellos tienen la mínima esperanza de poder arreglarlo la separación es imperativa.

    Amelia me gusta mucho, pero sin ánimo de parecer un pervertido, a parte de consolar a su yerno, ¿a alguien más le a dado la sensación que Amelia buscaba algo más con Mario?

    Bueno tengo que leer el capítulo unas cuantas veces más y con más calma, así que más adelante ya volveré a comentar.

    Aunque haya terminado el capítulo llorando tengo que decir que la espera a merecido la pena.

    Bueno me despido por hoy, que durmais todos muy bien.

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  2. No hay castigo mas duro que el que se infringe uno mismo y Carmen en este capitulo se a castigado a si misma de lo lindo.

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  3. Ha costado pero la espera ha merecido la pena
    Estoy trabajando y no he podido darle más que un repaso rápido. El anticipo se quedó corto no destripó nada, esta tarde llegó pronto a casa y me meto a fondo.

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  4. Lo de Guido es de traca, el perdió au trabajo por bocazas y tiene el descaro de decirle a Carmen que se lo debe, menudo mamarracho.

    Tomás se a vuelto a retratar en este capítulo, hace quecseduzca a Santacruz para que ahora le diga que los tiros van por otro lado y que se busqué la vida para solucionarlo.

    La única preocupación de Tomás era saber si Mario se había ido de casa, algunos seguís creyendo que Tomás se preocupa pir Carmen, no se cuantas pruebas necesitáis para ver qué Tomás solo se preocupa por Tomás.

    Que Mario se quede cerca de Amelia cada vez me parece mejor idea, porque Carmen los va a necesitar a los dos, porque todo lo que purula a su alrededor son buitres carroñeros.

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  5. Sigo el diario desde la pandemia y me parece lo mejor en escritura erotica.

    Veo que vas con retraso en todorelatos, es que no vas a volver a publicar allí?

    Iñigo desde Zamora

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  6. Ha costado, Dos Octavas, pero, como dijo Felipe II, yo no fui a luchar contra los elementos, y la “elementa” que tengo al lado le ha dado un vuelco al capítulo tremendo.

    Lo reconozco, ha quedado mucho mejor, mucho, mucho mejor, incluso con alguna escena que peleé porque, incluso a mi me resultaba fuerte. ¿Era necesaria? Me convenció de que si estamos escribiendo un diario en el que los protagonistas hablan a corazón abierto incluso de lo que se le viene a la cabeza y no llegaron a vocalizar, no es lógico censurarlo. Los lectores a los que va destinado sabrán distinguir lo que es pensamiento formal de lo que es un pronto no expresado aunque si pensado. ¿Somos lo que pensamos o lo que decimos?
    En ese aspecto, mi “elementa”, la que ha puesto patas arriba el capítulo, es más valiente y más arriesgada que yo. Y la admiro.

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  7. Gracias, Iñigo, por seguir el diario y Bienvenido.
    Ciertamente, no estoy muy motivado con TR. Publicaré en algún momento porque hay lectores allí que lo siguen en silencio y se merecen un respeto. Supongo que ahora me tomaré un tregua y aprovecharé para ponerme al día.

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  8. Bienvenido de nuevo, Apasionado. Se te echaba en falta.

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