Capítulo 208 Separación
Tiempo estimado de lectura: una hora cuarenta y dos minutos.
Con mi agradecimiento a Torco por su inestimable trabajo perfilando a Guido.
“Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis"
Dante Alighieri en el Canto III del Infierno. La Divina Comedia. s.XIV
Prologo. El Umbral del Silencio
«Entrar en la ruptura es aceptar que el territorio que pisamos ya no nos pertenece.
Durante meses, la esperanza fue nuestra mayor enemiga; fue el hilo que nos mantuvo atados a una versión de nosotros que ya no existía obligándonos a negociar con las cenizas. Hoy, al cruzar este umbral, la esperanza muere porque ya no es necesaria.
Abandonar la esperanza es, paradójicamente, el primer acto de libertad. Ya no esperamos que el otro cambie, que el tiempo cure lo que nosotros mismos rompimos, que un beso borre el rencor acumulado. Al entrar en este infierno de la ausencia, dejamos atrás la ficción. Nos queda el silencio, sí, y el vacío de las habitaciones que antes llenábamos con planes de futuro, pero también nos queda la verdad.
No es un castigo, aún cuando hoy se sienta como tal; es simplemente el fin del simulacro. Al desterrar la esperanza, dejamos de esperar lo imposible y empezamos a caminar de nuevo, aunque sea por senderos distintos.
Al otro lado de la puerta, renunciamos a la ficción de que mañana seremos diferentes, de que el tiempo reparará lo que nosotros mismos hemos desmantelado.
Cerrar esta etapa es claudicar ante la evidencia. Ya no hay promesas que nos aten, ni futuros inventados que nos obliguen a seguir intentándolo. En este vacío, el alivio es tan amargo como la tristeza: es el reconocimiento de que ya no queda nada por salvar. Al renunciar a la idea de un "nosotros", nos liberamos de la agonía de una lucha que ya estaba perdida.»
Primeros pasos
Carmen subió las escaleras hacia el ático conteniendo el aliento. Necesitaba tomar distancia del piso inferior donde Mario se había sumido en un mutismo que ella no era capaz de descifrar.
La conversación con Esther no podía haber sido más desoladora. Su hermana pasó de la incredulidad al intento estéril de poner remedio a lo irreparable; luego, proyectó la frustración de su propio fracaso sobre el de ellos, sin darse cuenta de que salvarlos no la salvaba. Después, solo quedó la aceptación.
—¿Estáis completamente seguros?
—Lo hemos pensado mucho, chiqui, es lo mejor si queremos seguir siendo amigos.
—¿Cómo se lo vais a decir a papá y mamá?
—Con cautela. Queremos que estés presente.
No hubo más, ni preguntas, ni reproches a uno o a otro. Esther es así en los momentos difíciles.
Carmen creyó notar, de nuevo, un flujo invisible que manaba hacia Mario. Fue un pálpito tan sutil que intentó negarlo, se obligó a seguir tratando de convencer a su hermana de que separarse era la única forma de no acabar odiándose. Mario secundaba sus palabras en silencio; Esther lo observaba con una piedad hiriente, como si él fuese la única víctima de aquel naufragio.
No podía ignorarlo. Había una devoción auténtica en los gestos de Esther. Siempre se habían querido como hermanos, o eso había elegido creer hasta ese instante. De pronto, la sospecha que desechó el día que Mario fue a buscarla se materializó con la fuerza de una bofetada. Aquella decisión, tomada como una tregua para rebajar la tensión, resultó ser una trampa. En aquella ocasión, Esther llegó rota por su propia crisis y, en lugar de traer paz, se convirtió en la chispa que terminó por dinamitarlo todo.
«Los encontró en el salón. Esther, con el rostro demudado, sentada en el sofá, refugiada en el hombro de Mario; él hablaba con una voz suave y paciente, una voz que le resultó insoportablemente melosa. Al verla aparecer, le soltó la mano y se irguió con un matiz de incomodidad. Una extraña mezcla de emociones la invadió: envidia, celos. Temor.
—No sé qué hacer, chiqui —gimió Esther, levantando la vista—, lo he intentado todo, pero… ¿qué sentido tiene? A pesar de todo, no imagino la vida sin Daniel. Lo sigo queriendo.
Carmen tomó asiento a su lado y le ofreció la mano, Esther la agarró con fuerza. Mario se mudó al brazo del sillón frente a ellas con una expresión de compasión en el rostro, fruto de la confidencia que sin duda le había hecho por el camino.
—¿Qué ha pasado esta vez? —le preguntó sin ocultar cierto cansancio. Mario le hizo un reproche mudo.
—Tienes que ser valiente, Esther. —intervino él con la mirada fija en su cuñada. —No te mereces esto. Tu vida no puede seguir así.
Esther contuvo un sollozo y asintió secándose las lágrimas.
—Con el tiempo, las heridas se cierran. Reharás tu vida; con los años, incluso podrás recordarlo con cariño como parte de un pasado que te hizo más fuerte.
Carmen lo escuchaba y un frío súbito le invadió la espalda. Mario posaba una mano sobre el hombro de su hermana y la mente se le iluminó con claridad diáfana. "No te mereces esto", había dicho, las palabras le martilleaban en la cabeza. No hablaba del matrimonio de Esther. Estaba hablando de ellos.
¿Cómo no lo había visto antes? Su degradación la había mantenido ciega ante lo que estaba ocurriendo. Era ella quien había tendido el puente entre ellos; justo ahora, la escena que acababa de presenciar cobró un nuevo sentido, ¿cómo era posible? No se trataba de un tropiezo, ni siquiera de un desliz puntual. No era un momento de debilidad, tampoco era, como había querido creer, un simple error. Era algo más sólido, una verdad gestada en las sombras que él acababa de confesar sin darse cuenta. Allí estaba Esther, su hermana, destrozada por un matrimonio roto, buscando un hombro. Pero no buscaba consuelo; sino un sustituto.» (1)
Aquella noche, bajo el peso de una sospecha que ya no podía tachar de absurda, Carmen intentó reducirlo a un simple gesto de cariño, a una mirada furtiva, a un roce accidental; pero la evidencia la golpeaba: la cercanía entre ellos había traspasado la frontera de lo prudente. ¿Desde cuándo? ¿Hasta dónde había llegado? ¿Tan evidente era? Quizás lo fue siempre y ella, en su ingenua ceguera, se había negado a ver el incendio en su propia casa.
La única salida era Elvira. Estaba dispuesta a arriesgar su propio futuro con tal de blindar la estabilidad familiar. Mario tenía derecho a rehacer su vida, sí, pero no con Esther. El dolor de un divorcio sumado a la unión con su propia cuñada era un escenario que sus padres no soportarían; las convenciones sociales estallarían y el núcleo familiar se reduciría a escombros.
La solución era tan amarga como eficaz: Cargaría con la culpa y el estigma de la ruptura para que, cuando Mario buscara a otra mujer, nadie mirase hacia Esther. Además, Carmen sabía algo que su hermana ignoraba: Mario volcaría sobre ella las mismas obsesiones que habían carcomido su matrimonio, y Esther, demasiado frágil tras su propio fracaso, no resistiría el envite.
Debía evitarlo a toda costa. El nombre de Elvira surgió como un conjuro. El primer amor, la única mujer a la que Mario había amado con la pureza de quien no conoce el rencor. Sin embargo, al contactarla, reaccionó con cautela.
«—Hola, Elvira. Soy Carmen. ¿Cómo estás?
La voz al otro lado de la línea sonó distante.
—Bien. No esperaba tu llamada.
—Es sobre Mario. Necesito hablar contigo.
Elvira guardó silencio un momento.
—Hace tiempo que no lo veo. La última vez... la última vez no fue bien. Terminamos discutiendo.
Carmen tragó saliva.
—Es mi culpa. He hecho cosas imperdonables.
La mentira se sentía extrañamente liberadora. Insinuó que su matrimonio estaba acabado, Mario lo estaba pasando muy mal y ella era la única que podía ayudarle. La única que lo amaba de verdad, sin el peso de los errores, sin las cicatrices del tiempo.
—¿Estás diciendo que Mario y yo podemos…?
A Elvira le costaba superar el recelo. Carmen vio peligrar su plan.
—Os queréis. Daos una oportunidad, lucha por él.
El silencio al otro lado del teléfono fue largo y significativo. El corazón de Carmen se contrajo. Si Elvira no daba el paso, la oscura alternativa de Esther volvería a cobrar fuerza. No lo iba a permitir.
—Carmen, no sé cómo agradecerte tu franqueza —respondió al fin, quebrada por la emoción—, creí que se había terminado. Sabía que algo no funcionaba entre vosotros, no imaginé que fuera tan grave. Si cuento con tu apoyo, voy a intentarlo con todas mis fuerzas, porque le quiero como no he querido a nadie.
Carmen trató de contener las lágrimas, aun así el alivio fue inmenso. La mentira se había convertido en su verdad, su mejor salida.
—Eres su auténtico amor, el más limpio y verdadero que ha conocido —dijo Carmen sin dudarlo—. Y voy a luchar por vosotros aunque duela, aunque me cueste lo que más quiero.» (2)
Y ahora, cuando todo se consumaba, sólo quedaba cerrar el círculo.
Sentada en el sillón del ático, con la luz de la luna filtrándose por el ventanal como un testigo mudo, marcó el número. Elvira tardó tres tonos en responder. Su voz sonó alerta.
—¿Carmen? ¿Pasa algo?
—Ha sucedido —dijo, yendo directa al grano—. Hemos decidido separarnos. Se marcha de casa en un par de días.
La imaginó incorporándose en la cama para asimilar la noticia que tanto tiempo había esperado.
—Vaya... —susurró Elvira, aliviada tal vez—. Pensé que este momento no llegaría. ¿Cómo está?
—Destrozado. Por eso te llamo. —Carmen bajó la voz como si las paredes pudieran oírla—. Acaba de irse Esther. Ha venido a conocer la noticia. He visto cómo la mira, Elvira, y no es nada nuevo. Mario siente algo por ella que no va a poder controlar.
—¿Esther? No me jodas, es su cuñada.
—Ella no parece darse cuenta, o eso quiero creer. Lo quiere como a un hermano, aunque siempre ha habido una intensidad a la que nunca le di importancia. Pero Mario está en tal estado de vulnerabilidad que se aferrará al primer clavo ardiendo. No voy a permitir que destruya la familia; no dejaré que mi hermana se convierta en el eje de su nueva vida. Debes ser tú quien esté ahí antes de que suceda algo irreparable.
Se detuvo un instante para tragarse el orgullo, consciente de que aquella humillación era necesaria.
—Necesito que te centres en él, que lo recojas, que lo… —«ames», estuvo a punto de decir—. Que hagas lo necesario para que olvide a Esther. Si se refugia en ti, la familia tendrá una oportunidad de no saltar por los aires.
—¿Me estás pidiendo que lo "rescate" de tu hermana? —preguntó Elvira entre extrañada y triunfante.
—Te estoy dejando el camino libre. Pero escúchame bien: no puede sospechar nada de esto. Ni una palabra de que hemos hablado. Tienes que esperar a que te lo cuente cuando esté preparado. No quiero que piense que es un plan trazado por nosotras.
Al otro lado, se escuchó un suspiro de satisfacción.
—No te preocupes —respondió Elvira, tan condescendiente que le dolió—. Sabré esperar el momento justo. Sé cómo tratarlo cuando se siente perdido.
—Bien. Hazlo por ti, o hazlo por él, pero no vaciles. No la quiero perder también a ella por una indecisión.
Elvira respondió mostrando una sinceridad brutal:
—Estoy profundamente enamorada de Mario, no voy a perderlo otra vez, descuida.
A Carmen se le encogió el pecho, pero sacó fuerzas de donde pudo para contestar:
—Me alegro por los dos. Os merecéis ser felices.
—Gracias, Carmen. Sé que para ti esto es una derrota, pero no sabes lo que significa para mí. No sospechará nunca que me has hecho el mayor regalo de mi vida.
Carmen cortó la llamada.
Derrota… Elvira no podía imaginar el desgarro que había sentido. Se quedó envuelta en la penumbra del ático preguntándose si acababa de salvar a la familia o, simplemente, había terminado de entregar lo que quedaba de su corazón al enemigo.
El anuncio
Primero se lo habíamos dicho a Esther. Lo que leyó en nuestros rostros, la gravedad que pusimos en las palabras no admitía dudas: esta vez no era como la anterior. Con la voz ahogada, nos preguntó si estábamos completamente seguros; casi al unísono, aseguramos que lo habíamos meditado mucho, que era lo mejor si de verdad queríamos salvar nuestra amistad del desastre.
Su preocupación inmediata fue saber cómo se lo diríamos a nuestros padres. Le pedimos cautela y le rogamos que estuviera presente cuando llegara el momento. No hubo más; ni preguntas incómodas, ni reproches velados hacia ninguno de los dos. Esther posee esa contención en los momentos críticos. Se limitó a despedirse con un abrazo bien repartido, un gesto equitativo que me dolió por lo que parecía ocultar.
A continuación, llamé a mi madre. Retrasarlo solo alimentaría la angustia. Le bastó escucharme un momento para comprender que pasaba algo serio.
—¿Qué ocurre? Una reunión tan precipitada, me preocupa.
—Tranquila, mamá, ya lo hablamos.
Quedamos a las nueve en el portal. Llegamos puntuales y preocupados. Esther se enganchó al brazo de su cuñado; aquello me revolvió por dentro y les insté a no perder más tiempo, debíamos subir.
Abrió mi padre. Estaba expectante y, al ver a Esther, se inquietó aún más.
—¡Ya están aquí, y viene Esther! —anunció, precediéndonos. Mi madre nos esperaba de pie, síntoma inequívoco de su inquietud.
Nos quedamos en mitad del salón sin saber cómo empezar. Fue mi madre quien tomó la iniciativa:
—Qué es lo que pasa.
—Es tu marido, ¿verdad? ¿Qué ha hecho ahora? —dijo mi padre, alterado, dirigiéndose a Esther.
—No, Fernando —le interrumpió mi madre, que no me había quitado ojo—. Pregúntale a tu hija mayor.
—Veréis... —comenzó Mario. Pero lo detuve; no era a él a quien correspondía dar la noticia.
—Estamos atravesando una crisis —dije y mi padre se derrumbó, mi madre me condenó, Mario bajó la cabeza apesadumbrado y Esther se apresuró a apoyarlos, sobre todo a nuestro padre.
—Hemos decidido que lo mejor para intentar solucionarlo es darnos un tiempo para...
—¿Ya estamos, como la otra vez?
—Amalia, déjala hablar —medió mi padre.
—No, mamá, esta vez es más serio —respondí, tratando de mantenerme firme.
—¿Cuánto de serio, Mario? —le preguntó, saltando sobre mi persona.
Mario parecía estar tan hundido como mi padre y yo no lo soportaba: ahí estábamos las mujeres de la familia, arrostrando la tormenta con entereza; entretanto, los hombres se dejaban llevar por los vientos de la depresión. Mario levantó los ojos del parqué y miró a su suegra con la que mantenía una relación excelente desde siempre, desde que el tabú de nuestra diferencia de edad quedó superado. Mi madre le quería como a un hijo, él la tenía por más que una suegra; se entendían bien, tenían un sentido del humor parecido, compartían gustos y aficiones hasta el punto de que, en algunas cosas, encajaban mejor que nosotros. No digamos con mi padre, centrado en una época pasada. Podía entender lo que suponía para ella el anuncio de nuestra separación.
Mario no fue capaz de responder y la ira de mi madre se volvió contra mí. Inició una diatriba sobre el sentido del matrimonio, las cesiones que hay que hacer por el bien de la pareja, un montón de temas trillados a los que no quise replicar para no convertir aquello en una discusión de las nuestras. Dicho lo que había que decir, respondimos a las preguntas de mi padre, empeñado en encontrar un resquicio de esperanza: No era una separación definitiva, no estábamos planteándonos el divorcio y sí, había posibilidad de arreglo; pero necesitábamos tiempo y calma por parte de todos. Luego vino la cuestión de la logística: mi madre quiso saber dónde iba vivir Mario, dio por supuesto que abandonaba nuestra casa y yo me quedaba de dueña y señora. Esto agotó mi escasa paciencia.
—Estás dando por sentado muchas cosas que aún no hemos hablado, mamá. —dije con una irritación manifiesta.
—Es lo habitual, Carmen, no te pongas así.
—Me pongo como me pones tú, siempre tomando partido en lugar de escuchar.
Esther intervino a tiempo e hizo su parte: apoyó nuestra decisión y calmó los ánimos. Se centró en arropar a nuestro padre, el más afectado de todos, estuvo en todo momento pendiente de un Mario que seguía hundido. Si tenía alguna duda sobre la decisión de apoyar la opción de Elvira, aquella noche se despejó.
Poco después nos despedimos. Mi padre me abrazó como lo hace un padre; mi madre me trató con frialdad y a Mario le dedicó todo el cariño que a mí me había negado. Esther se quedó con ellos, me dio un beso de despedida y a Mario también: un largo y cálido beso.
—Ya está. —dije en el portal. Tal vez sonó muy tajante. No sabía cómo plantearlo, lo que menos me apetecía era volver a casa.
—He… quedado con Elvira. Puede que no vuelva esta noche.
Le respondí con un gesto de indiferencia que encubrió el alivio. No intentó acercarse ni yo lo hice. Caminamos en direcciones opuestas, símbolo perfecto del rumbo que estaban tomando nuestras vidas.
Me detuve antes de llegar a la parada de taxis, mi destino era encerrarme en casa; era lo último que deseaba, lamerme las heridas sola. Sola.
Saqué el móvil del bolso. Era un error, lo sabía, pero a veces los errores se cometen a conciencia con tal de ahogar el dolor. Marqué, enseguida escuché el estruendo del ambiente de un bar.
—Pero qué carajo!!!!
—Yo también me alegro de oírte, Guido.
—¿Llamás para mandarme otra vez a la mierda, como la otra vez?
—Llamo para invitarte a casa.
—No me jodás che!!! Te pirás y ahora tenés ganas de verme. ¿Así, porque se te canta el culo?
—Como quieras, tú te lo pierdes.
—¿Qué te crees boluda? ¿Me llamás y voy corriendo?
— No te lo voy a pedir dos veces. Adiós.
—Pará, pará. Ok, dame media hora.
—Justo lo que tardaré en llegar a casa. Ah, y tráete alguna cosa, ya sabes.
—¿Qué “ya sé”? No sé un carajo.
—No te hagas el tonto, Guido. Algo para relajarnos… necesito subir el ánimo también.
La noche oscura
Carmen abrió la puerta con el corazón acelerado. Vestía una bata de seda negra a medio muslo; estaba descalza, con el pelo aún húmedo tras una ducha rápida. Sus ojos quedaban enmarcados en un negro denso que el vapor de agua había vuelto peligrosamente suave. Mientras el rímel resistía invicto, el delineador se había emborronado en las comisuras, fundiéndose en un sombreado oscuro. Al verlo en el rellano, irguió los hombros y levantó el mentón.
—Llegas tarde.
Guido entró sin decir palabra. Sudadera gris, pantalón de chándal negro, zapatillas deportivas. Olía a ducha reciente y a colonia fuerte. Si alguna cualidad tenía aquel coloso era su obsesión por la higiene. Él mismo cerró la puerta y echó el cerrojo. ¿Quién se creía que era?, pensó ella. A continuación, la miró de arriba abajo.
—Flaca, ¿qué carajo te pasó?
—¿Has traído lo que te pedí?
Guido arqueó una comisura, levantó una botella de Johnnie Walker envuelta en papel, después hurgó en el bolsillo del chándal y sacó la mercancía: una bolsita de plástico y unos porros ya liados.
—Obvio. No iba a venir con las manos vacías una noche así, ni loco.
—Eso no hacía falta. —dijo señalando la botella.
Cruzó el salón con un balanceo descarado de caderas. Sirvió dos vasos generosos de Jack Daniels y le tendió uno. Dio un trago largo sin apartar la vista; el Bourbon le quemó la garganta. El vaivén al caminar había hecho que la seda de la bata cediera, mostrando en un descuido insolente la curva del muslo y el nacimiento del escote.
—Hoy le dije a mi familia que Mario y yo nos separamos. O mejor dicho… que nos dábamos un tiempo. Aunque todos entendieron que era el principio del fin.
Guido se pasó la mano por el cráneo rapado y dio un paso más cerca, vaso en mano.
—Ya sé, tu viejo gritó, tu vieja te junó como si fueras una puta (0)
Carmen soltó una risa corta y amarga.
—Mi madre me miró exactamente así: como si fuera una mala mujer —dijo hablando para ella misma—. Mi padre se derrumbó. Esther se quedó consolándolos. Y Mario… se fue con Elvira sin molestarse en disimular.
Guido asintió con una sombra de satisfacción en la mirada. Puso la bolsita, los porros y la botella sobre la mesa baja del salón.
—Ah, ahora cazo la onda. El cornudo se mandó a mudar con la otra (0) y vos te quedaste acá, solita.
Carmen lo miró por primera vez de verdad. Los ojos le brillaron de rabia, tristeza y algo mucho más peligroso.
—No estoy sola. Te he llamado a ti.
Se acercó tanto que el olor de su colonia la envolvió.
—Qué querés, flaca, que te consuele, que todo va a estar bien o querés otra cosa, piba.
Ella dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. La bata se abrió casi por completo sin que hiciera el menor intento por cerrarla.
—Quiero dejar de pensar. Quiero que me hagas olvidar que acabo de romperle el corazón a mi padre, que mi madre me odia un poco más que ayer, que mi marido está follando con otra mujer en otra casa… Quiero que me hagas sentir que soy algo más que la esposa que se cansa, la hija que decepciona, la mujer que sobra.
Guido la observó en silencio. Luego se quitó la sudadera. El torso apareció como una pared de músculo tenso y brillante bajo la luz indirecta del salón. Un panorama de venas marcadas en los brazos, pectorales tallados y un abdomen surcado por un relieve profundo, fruto de un entrenamiento feroz. El cuadro que le hacía perder la cabeza.
—Ponete en pelotas, sacate todo.
Tras una breve duda, Carmen soltó el cinturón y dejó caer la bata. Se mantuvo inmóvil ofreciéndole una desnudez carente de pudor. Guido se acercó sin tocarla todavía. Recorrió con la mirada cada centímetro de su piel.
—¡A la mierda!, ¿qué carajo te hiciste?
Carmen no lograba descifrar la expresión de Guido: asombro, desprecio o pura fascinación. Fue incapaz de articular palabra.
—¿No vas a abrir la boca? Dale, largá el buche.
Estaba acostumbrada a mentir sobre los tatuajes. Empezó a hilvanar una de tantas historias que había tejido para esquivar la jodida verdad; pero Guido tenía la habilidad de leerle el rostro como si fuera un libro abierto.
— Dejate de sanatas, estos no son dibujitos para nenas chetas. (0). ¿Quién te hizo esto?
Ni aun así podía confesarle la verdad. Recompuso la farsa. Combinó una parte de imaginación y dos partes de realidad en un cóctel que superó cuantas explicaciones había creado hasta entonces: Una fiesta fuera de control, drogas, orgía, engaño y en medio de todo, cuando estaba inconsciente, los tatuajes no consentidos. La fábula pasó el test de Guido que se quedó rumiando la historia de los tatuajes mientras los repasaba con los dedos.
—Hay mucho hijo de puta suelto.
Lo miró agradecida.
—Sos una potra, siempre lo fuiste. Hoy estás hecha pelota y la verga se me pone redura, mucho más que cuando venías toda arregladita al gimnasio.
Le puso una mano en la nuca abarcando casi todo el cuello y la obligó a mirarlo.
—Querés que te rompa un poco más o que te arme de nuevo?
Carmen cerró los ojos un instante. Cuando los abrió había lágrimas, pero también fuego.
—Las dos cosas. Primero rómpeme. Después… ya veremos.
Guido sonrió y, con un movimiento lento del mentón, señaló la mesa.
—Antes de empezar, vamos a cargar nafta.
Preparó dos líneas gruesas sobre el cristal. Carmen esperó a que terminara de comérsela con la mirada. Luego aspiró una de ellas, cerró los ojos y soltó un suspiro hondo; la euforia empezó a subirle por la columna. Guido hizo lo mismo con la segunda línea; después encendió uno de los porros, dio una calada, la retuvo y se lo pasó.
Compartieron el porro sin apurarse; el humo dulce amortiguó el zumbido de la cocaína que les afilaba los sentidos y les martilleaba el pulso. El ambiente estaba saturado: una mezcla densa de resina y el aroma amaderado del whisky que bajaba por sus gargantas a tragos cortos y frecuentes. Carmen se sentía ligera, furiosa, excitada.
Sentado en el borde del sofá con las piernas abiertas, la atrajo hacia sí de un tirón seco. Si a ella le llegaba su propio aroma, qué no estaría olfateando él a tan corta distancia. Acababa de dar una calada profunda cuando sintió sus manos: un apretón en los pechos, con una fuerza bruta que la hizo jadear. Bajo el efecto de la droga y el contraste del aire fresco del salón, sus pezones se endurecieron como piedras.
La obligó a ponerse a horcajadas sobre él. Hundió el rostro en el valle entre sus pechos, buscando su calor, mientras Carmen liberaba el humo hacia el techo con lentitud. Arqueó la espalda en una rendición que era, al mismo tiempo, un desafío. Abajo, el roce del vello contra el tejido áspero del pantalón le disparó un temblor incontrolable. Guido no dejaba de amasarla con una constancia que la sumió en un estremecimiento devastador.
—Te extrañaba, loca —murmuró entre besos húmedos y mordiscos a la base del cuello—, pero más extrañaba esto.
El roce de la cremallera contra su sexo desprotegido le arrancó un gemido ronco. Acertó a dejar el porro en el cenicero y, de un manotazo, le aferró la nuca para obligarlo a subir la cabeza. Lo besó con una desesperación hambrienta, reclamando su boca como antes él había reclamado su cuerpo.
En ese punto de no retorno, la levantó como si no pesara nada. Carmen sintió la firmeza de sus manos en los glúteos y, siguiendo una coreografía tantas veces ensayada, ancló las piernas a su cintura. Él la llevó en vilo hasta la pared y la estampó contra ella usando su propio peso para inmovilizarla. La besó con furia mordiéndole el labio inferior hasta arrancarle un gemido. La presión del cuerpo robusto de Guido era asfixiante y deliciosa; su respiración, pesada y cargada de adrenalina, confirmaba el control absoluto.
—Métemela... —susurró buscando aire—. Dame en el punto G, de Guido —le pidió, recordándole la escena que vivieron en la terraza el verano anterior. (3)
Guido soltó una carcajada, una vibración profunda que ella sintió retumbar en su propio pecho. Sabía exactamente a qué se refería. A pesar de su físico imponente, guardaba un secreto: su discreta longitud, no era una carencia; era la medida perfecta para golpear con precisión el centro de su placer.
—Que turrita que sos - masculló, disfrutando del juego-. Sabés que te hice caso. Me dediqué a pasear otras minas clavadas en mi poronga, como vos dijiste que te gusta.
—Las habrás hecho morirse de gusto —exhaló ella, sucumbiendo sobre su hombro.
—Pocas encajan como vos mamita, o será que todas no son tan trolas como vos. (0)
—Será eso. ¿A qué estás esperando? ¡Métemela de una puta vez, joder!
Se deshizo de la ropa y la ensartó de un solo movimiento firme. La trayectoria fue perfecta. El glande impactó de lleno contra esa zona sensible que solo él sabía localizar con tal exactitud; un rincón que Carmen había rebautizado en su honor. El efecto fue instantáneo: soltó un grito ahogado, se arqueó por completo. La descarga fue tan intensa que la hizo desfallecer; se desplomó en sus hombros, su cabeza cayó hacia atrás rendida a un placer que solo Guido era capaz de detonar.
—¿Lo extrañabas?
—¡Ah… sí…! Mucho... tu “dedo gordo” en el punto que tienes dedicado dentro de mí.
—Qué putita. Decime que esta noche sos mía.
Carmen, jadeando, le mordió el inmenso cuello.
—Esta noche soy tuya, Guido. Haz conmigo lo que quieras.
Él soltó una risa afónica.
—Esta es mi piba.
La llevó enganchada por el salón haciéndola gemir en cada zancada. Clavaba los talones en el suelo para que el impacto se transmitiera a través de los potentes músculos de sus piernas al interior de su vagina haciendo vibrar los dos polos en contacto. Toda ella temblaba sacudida por intensos espasmos que replicaban cada paso. A cada golpe de talón, gemía, gritaba, sollozaba, reía.
Agotado, la bajó y la empujó a un sillón donde quedó apoyada en el respaldo y le separó las piernas de una patada. La erección saltó libre: gruesa, venosa y dura como una piedra. Le acarició la espalda y las escápulas. Con una mano en la frente la obligó a arquearse, metió la otra entre sus piernas para abrirla sin andarse con contemplaciones.
—Estás remojada. Es por mí o por el corneta. (0)
—¡Olvídate de él, no me lo recuerdes!
No pudo seguir; sintió dos dedos, luego tres, abriéndola con tal brusquedad que le cortó el aliento. Guido no esperó. Se colocó y empujó una sola vez, directo al fondo. Carmen soltó un grito, un gemido largo. Él empezó a moverse a un ritmo corto y brutal, golpeaba justo donde sabía que la volvía loca; el sillón crujía, desplazándose en cada embestida. Durante un segundo, Carmen temió por los vecinos. Bastó un golpe de cintura, un apretón posesivo en el pecho y… ¡a la mierda los vecinos! Guido la estaba desollando viva; le ancló las caderas y la poseyó con una rabia frenética.
—Esto es lo que necesitabas ¿eh?, que garchen como a una puta después de hacerte la digna con la familia. Decime que te gusta ser mi puta
—Sí… soy tu puta. ¡Joder, cómo me gusta ser tu puta, Guido, me gusta! —gritó dando voces casi llorando.
Se detuvo en seco.
—Entonces pedímelo, pedime que te haga mierda.
—¡Destrózame, Guido… fóllame, déjame hecha una mierda!
Eso lo desató, salió casi por completo y volvió a entrar despacio, obligándola a sentir cada centímetro antes de machacarla.
Tocando fondo
La siguiente media hora fue un torbellino de sexo y sometimiento. Guido la cambió de posición sin tregua: de espaldas sobre el sillón, de lado con una pierna enganchada a su hombro, y finalmente de rodillas en el suelo; él permanecía de pie, invadiéndole la boca con la misma brutalidad. Carmen tragó, gimió, tosió y se atragantó; sus ojos lagrimeaban surcos negros; el semen y la saliva corrían por su rostro. Él la quería así: rendida, sucia, humillada.
Intentó alcanzar la bata para limpiarse la cara, pero él la apartó de un manotazo. En ese silencio cargado de significado, Carmen lo comprendió todo: no habría tregua hasta que la rendición fuera absoluta. Guido se alimentaba de su derrota, de las babas espesas que le colgaban del mentón; del semen y los mocos que le salían por la nariz. Sintiéndose una guarra, aceptó su realidad: estaba sola, perdida; no era más que una puta hecha una cerda. Sorbió ruidosamente la gruesa vela que estaba a punto de rebasar sus labios; la sintió ascender por la nariz y resbalar por la garganta, le sostuvo la mirada, desafiante, y la tragó. Él, satisfecho, le arrojó la prenda de seda. Carmen la cazó al vuelo para limpiarse la cara. Consciente de que no le quitaba ojo de encima, retiró un goterón del pecho y se restregó el sexo con un extremo. La voz de Guido le llegaba como un eco lejano: un murmullo de palabras ininteligibles que, aun así, le sonaban sucias. En algún momento preparó otras rayas; el subidón los aceleró todavía más. Guido le hizo beber whisky directamente de la botella; ella rehusó al principio, pero acabó por ceder y se la fueron pasando mientras se metían mano en mitad de un salón donde las cortinas ofrecían poca intimidad.
— ¿Qué es? —preguntó cuando él le puso una píldora blanca en los labios.
Guido no respondió; se la metió en la boca empujando con el pulgar y le tendió el whisky para que tragara. Él se tomó otra, distinta. Carmen era consciente del peligro de combinar el alcohol y la coca con las pastillas azules esparcidas por la mesa, pero su mente estaba tan nublada que no le alertó.
Ya en el dormitorio, Guido la puso boca abajo al borde de la cama. Se sentía expuesta, pero terriblemente vacía. «Lléname», pensó. ¿A qué estaba esperando?
De pronto, un roce la activó. Un dedo sobre su piel dibujó el perfil del tatuaje como si quisiera descifrarlo: el contorno del pentágono, el nueve en romanos —primero el trazo del uno, luego el aspa—; los paréntesis y la vírgula. Lo hacía con una calma agobiante. ¿Por qué no decía nada?
—¿Qué carajos es esto? Unas curvas, un garabato, decime qué es.
—No lo sé.
— Sí que lo sabés, no me tomés por boludo.
— Ya te lo he dicho: me drogaron, me lo hicieron sin mi consentimiento, estaba dormida.
— Y el nueve, ¿por qué un nueve? Tenés uno en la nuca y otro acá
—¡No lo sé, Guido, déjalo ya! —estalló, temiendo que volviera a insistir y se le acabarán las evasivas. Pero no, Guido dejó de preguntar; la tenía tirada en la cama ofreciéndole… el orto (se había acostumbrado a esa palabra), esperando en la postura más vulnerable. Y él. ¿Qué hacía él?
Mirarla, admirarla, contemplar el espléndido cuadro que tenía a su alcance. Lo que nunca habría imaginado ni en sus mejores sueños: la mujer más deseada del gimnasio, la inalcanzable, era suya. La tenía ahí. Su cuerpo hermoso, perfecto, sin un gramo de grasa de sobra; su sexo hinchado, brillante de jugos. Y justo arriba, donde nacen los glúteos, aquel dibujo indescifrable que la hacía, si cabe, más perfecta, le provocó una mezcla de fascinación y rabia.
¿Qué era lo que no le estaba contando sobre ese misterioso tatuaje?
Carmen sintió cómo le separaba las nalgas. El impacto de un salivazo la asqueó, pero el instinto prevalecía: arqueó la espalda ofreciéndole una invitación tan silenciosa como inequívoca.
—Mirá cómo lo buscás... También querés esto, ¿eh?
—Quiero todo de ti.
Guido presionó con ahínco hasta que cedió. Carmen dejó escapar un gemido largo, una nota suspendida entre el dolor y el placer, un placer intenso. Entró despacio, ganando terreno a medida que el músculo se rendía, Pronto, el ritmo cauteloso se transformó en una embestida profunda y constante; buscó el clítoris con una mano bajo su vientre, forzándola a mantenerse en ese límite abrumador
Perdida en una nebulosa de embriaguez, abandonó cualquier resistencia. Las sustancias convertían cada impacto en una vibración profunda que le nublaba el juicio. La molestia física se evaporó, reemplazada por una necesidad primitiva que la obligaba a buscar más, arrastrándola al foco de ese incendio iniciado por Guido.
Su cuerpo, relajado por la droga pero tenso por el deseo, respondía de forma instintiva. La mano en el vientre era el centro de gravedad; los dedos trabajaban su grieta con una obsesión implacable creando un contraste abrumador entre la presión que le estaba rompiendo el culo y el roce en su clítoris. Esa dualidad la empujó hacia un abismo de sensaciones donde el tiempo parecía dilatarse.
Carmen arqueó la espalda en busca de ese contacto que la hacía perder el aliento; su cerebro desconectó de la realidad entregada al ritmo impuesto por Guido. El aire en la habitación se hizo asfixiante cargado con el olor a sudor y esfuerzo, la tensión se volvió insoportable. Finalmente, alcanzó el clímax entre temblores violentos. Guido no tardó en seguirla: se hundió una última vez hasta el fondo y descargó con un rugido.
El silencio cayó de golpe. Se quedaron así un largo rato; él aplastándola bajo su cuerpo inerte y ella aferrada a las sábanas, respirando con dificultad y el rostro bañado en lágrimas silenciosas.
Al cabo de unos minutos, Guido se apoyó en los antebrazos.
—¿Estás bien?
Carmen tardó en contestar.
—Nunca he estado mejor… y nunca he estado peor al mismo tiempo.
Él soltó una risa baja.
—Esa es una respuesta honesta.
Salió de ella con cuidado, se tumbó a su lado y la atrajo hacia su pecho. Carmen se acurrucó en ese muro de músculo con la cabeza bajo su barbilla y una mano sobre el pectoral izquierdo sintiendo los latidos todavía acelerados.
—¿Qué decís, me quedo a dormir?
—No te vayas, por favor, quédate conmigo.
Guido le acarició la espalda con la mano abierta, un gesto sorprendentemente tierno en él.
—Entonces no me voy.
Fumaron el siguiente porro en calma, la coca les mantenía despiertos y sensibles. Bebieron los últimos sorbos de whisky de la botella. Hablaron de cosas sin importancia: del gimnasio nuevo de Santacruz, de clientes obsesionados por mantenerse en forma, de señoras mayores empeñadas en verse como si tuvieran treinta. Terminaron hablando de lo que le había ocurrido esa tarde.
—No sé si voy a poder volver a mirar a mi padre a la cara —susurró ella.
—Vas a poder. Te va a doler, pero vas a poder. Y si no, siempre te queda esto… —le apretó el culo con una mano enorme—. Yo no te voy a fallar.
Ella sonrió débilmente.
—Eres un hijo de puta encantador, ¿lo sabías?
—Soy un hijo de puta, corta. Lo de encantador te lo debo.
Rieron bajito. Se besaron mucho, despacio. El silencio siseaba en sus oídos. Esta vez no hubo violencia. Sólo piel contra piel y respiraciones acompasadas.
…..
El sexo y la coca nos había dado un hambre canina. Pedimos pizza. Cuando sonó el timbre, me eché la bata por encima, anudé el cinturón de cualquier manera y fui a abrir descalza, con el pelo hecho un desastre, los ojos emborronados y echando una peste a sexo tremenda; sentía mis propias pupilas devorándome el iris y el esfínter inflamado ocupando un espacio abrasador entre las nalgas.
El repartidor se quedó petrificado con el saludo muerto en los labios. Sus ojos bajaron de mi cara embadurnada en negro y rojo por lagrimas y besos, al nudo precario de la bata, se detuvo un segundo de más en la piel del escote donde el sudor brillaba como barniz fresco. Incapaz de articular palabra, extendió el brazo con las cajas de cartón como quien le presenta una ofrenda a una deidad para evitar que lo devore. Su respiración se volvió pesada, contagiada por el tufo, que yo misma percibía, y la tensión que emanaba de la casa. No era solo deseo, sino fascinación; estaba viendo a alguien que volvía de una batalla en la que él jamás sería protagonista. Sus manos temblaron al entregarme las cajas y dio un paso atrás. Fui consciente, como pocas veces, del poder que mi cuerpo tiene sobre los hombres.
Empujé la manilla de la cocina con el codo haciendo equilibrio con las pizzas; cuando el escote cedió, quedé expuesta: el pecho, el vientre y quién sabe qué más. No me atreví a mirar. Como no tenía el dinero a mano, el repartidor tuvo que quedarse allí plantado mientras yo corría a por el bolso. Guido me detuvo al volver.
—Dale, che, alegrale la noche al pibe.
Me quedé mirándole sin entender qué quería de mí.
Agarró las solapas de la bata y las separó de un tirón seco. El cinturón, mal anudado, no ofreció resistencia; la prenda se abrió como el telón de un teatro grotesco insinuando más de lo que mostraba. La luz cruda del salón no tuvo piedad. En un extremo del tejido, reveló un rastro blancuzco: una costra rígida de semen y saliva que había quedado adherida cuando, minutos antes, me había limpiado el rostro a zarpazos. Al otro lado, un lamparón estrecho y mate de la baba espesa de mi sexo. Manchas en las que no había reparado antes, restos de un desahogo que ahora destacaban sobre la seda negra como una evidencia obscena.
Guido me evaluó como quien revisa el emplatado de una vianda. No satisfecho del todo, me descubrió un hombro con brusquedad hasta que el pecho quedó casi a la vista, me dio un par de palmadas en la mejilla y me empujó de vuelta hacia el vestíbulo donde el repartidor esperaba.
¿Qué hice yo? Nada. Me limité a sostener su mirada, devolverle la sonrisa y aceptar el papel que me tocaba interpretar en su función.
El repartidor seguía inmóvil. Aparecí con la bata sostenida por un milagro de la física, su mirada, incapaz de aguantar la mía, se detuvo en mi hombro desnudo cubierto por una fina capa de sudor. Siguió la senda abierta hacia la curva de mis pechos y descendió por el vientre; fue una ruta de deseo y desconcierto que se detuvo en la lazada porque a duras penas lograba cumplir su función. Bajó hasta mis pies descalzos, trepó por mis muslos hasta donde la bata lo permitía y saltó a mis ojos con una mirada de súplica.
Apoyé el bolso en el aparador y rebusqué. Cada vez que hundía la mano en el cuero, la bata cedía más, revelando la curva de mis clavículas y el inicio de la areola que asomaba por un hueco bajo la luz del recibidor.
Oí la risa floja de Guido desde el salón —un tono cómplice y canalla— y me contagié de inmediato. Tuve que morderme los labios para no soltar una carcajada en la cara del chico, que ahora tenía los ojos desorbitados y la boca entreabierta, alternando su atención entre los billetes que yo no terminaba de reunir y mi cuerpo. El escote ganaba holgura con cada movimiento y mi obsesión por intentar cerrar la brecha por debajo del cinto desnudó el otro hombro. La bata cayó hasta mis antebrazos y se detuvo de milagro atrapada en el relieve de mis pechos y por el agarre inmediato de mi mano. Creí que se iba a desmayar. El aire frío del rellano me erizó la piel y endureció los pezones bajo el delicado tejido, un detalle que no le pasó desapercibido. Tampoco pasó por alto la rigidez de aquellas manchas secas y blancuzcas sobre el fondo negro; el chico se quedó clavado, con cara de absoluto idiota, descifrando el díptico pintado en semen, saliva y flujo sobre seda.
Pagué, y el roce de su mano al devolverme el cambio fue un chispazo. Ni siquiera miró las monedas; sus ojos estaban fijos en mis hombros desnudos, en mis pechos ocultos apenas por la prenda a punto de venirse abajo al mínimo gesto. Cerré la puerta de un golpe seco y apoyé la espalda contra la madera intentando recuperar el aliento. Habían sido diez segundos de infarto. Al abrir los ojos ahí estaba Guido, apoyado en la entrada del salón. Yo seguía sujetando la bata con una mano. Le devolví la sonrisa y estallamos en carcajadas. Me acarició los hombros, le eché los brazos al cuello y nos besamos; la bata se despeñó, el cinturón cayó a ambos lados, arrastró a la prenda y pudo manosearme a gusto; era su forma de premiarme.
Engullimos la pizza en el salón ahogados por las risas; imaginábamos al pibe bajando las escaleras sin saber si acababa de entregar un pedido o de soñar la mejor experiencia de su vida. Terminamos de cenar en la cama, la última porción quedó olvidada sobre el cartón grasiento que acabó en el suelo cuando Guido me empujó hacia atrás.
—Vení acá... a la mierda la pizza —susurró con ese acento arrastrado que tanto me excitaba. Tiró su porción a la caja y supe que iba en serio. Mi trozo resbaló dejando un rastro de tomate en la sábana; solté una grosería que habría escandalizado a mi madre y lo arrojé lejos. El olor a orégano y queso fundido flotaba en el aire mezclado con el sudor de las axilas de Guido y el potente aroma a sexo que despedíamos.
Sus labios, todavía con el rastro salado de la cena, recorrieron mi cuello en un camino lento de besos húmedos haciéndome arquear la espalda. Sus manos, grandes e impacientes, treparon por mis costados con una fricción capaz de encenderme la piel. Me giró con firmeza para tumbarme de costado. Se pegó a mi espalda como una sombra. Sentí su respiración rota en mi nuca; buscó entre mis piernas para castigarme el clítoris al tiempo que embestía con una cadencia larga y profunda, marcando un ritmo que me hizo olvidar dónde terminaba el salón y dónde empezaba la cama. Hablaba del pizzero, de lo zorra que había sido provocándolo con la bata entreabierta, me preguntaba si habría sido capaz de quedarme en cueros frente al desconocido. «Habérmelo pedido y lo habrías visto», respondí, más por alimentar su furia que por sinceridad. No habría sido capaz, pero el efecto fue inmediato: se volvió un animal, me tomó con una violencia tal que la excitación rozó el miedo. No me quejé, no dije basta; solté jadeos sucios, gemidos roncos, escuchaba el chasquido húmedo de nuestros cuerpos en guerra. Nos dijimos palabras soeces, algunas que nunca había escuchado y encendían la zona más perversa de mí. Nos corrimos sacudidos por un temblor agónico mientras me estrujaba contra su pecho.
Cuando desperté, Guido seguía allí. Inmenso como un ejemplar de otra era, potente e imprevisible como un ser irracional. Aún era de noche. Noté el peso acogedor de su brazo en mi cintura, su aliento cálido en la nuca, su olor de macho inundándome toda y el compás de su pecho contra mi espalda.
No sentí nada, ninguna emoción, ni un sentimiento. La percepción de ser una hembra apareada dominaba sobre cualquier otra idea.
Volví a dormirme.
Buccaneers
—Ya está —dijo Carmen; aquellas dos palabras cayeron como una sentencia que ponía fin a una década de vida en común: risas, felicidad, equivocaciones, aciertos. No supe qué responder, no quedaba nada por decir. Nos mirábamos como dos extraños. Sentí un impulso a echar a correr calle abajo, a perderme entre los coches y no ser nadie por un momento. No imaginaba cómo podíamos volver a casa juntos.
—He… quedado con Elvira. Puede que no vuelva esta noche.
Carmen respondió con un gesto seco. Ni ella se acercó ni yo lo intenté. Cada uno emprendió un camino en dirección contraria, imagen perfecta del rumbo que tomaban nuestras vidas.
Me dolía la garganta de contener las lágrimas, no tenía la menor idea de adónde dirigirme. Eché a andar, al cabo de un rato vi unas luces. Era un pub cualquiera, medio vacío a mitad de semana, con música que olvidaría al salir y luces bajas que invitaban a perderse en un rincón. Buccaneers, un nombre ampuloso para un bar con pretensiones, un simulacro de taberna marinera, un naufragio de madera oscura y latón desgastado que intentaba vender una épica de alta mar en mitad de una calle cualquiera. Bajo sus redes de pesca cubiertas de polvo y una iluminación oscura, el bar exhalaba un aroma a cerveza fermentada y tabaco que parecía emanar de las mismas paredes, ese rastro dulzón de los licores derramados y secos tras años de noches interminables. Aromas arrullados por una música genérica que se perdía entre las sombras de los reservados de cuero gastado. Era, como ya he dicho, un escenario con pretensiones, pero con la irrelevancia suficiente para ofrecer un rincón invisible a quien buscaba hundirse en un vaso de whisky sin que nadie hiciera preguntas. Alguien como yo.
Busqué una mesa apartada, pedí el consabido Jack Daniels con un solo hielo a la camarera y me sumergí en mis pensamientos.
Lo de Elvira había sido un farol. Ni eran horas para molestarla ni yo era buena compañía esa noche. Mis opciones se reducían a dormir en un hotel o pasar la noche en la sierra, en cuyo caso no convenía abusar del alcohol.
Me había impresionado la reacción de Amalia. Su hija no merecía la frialdad con que la había tratado, sobre todo en contraste con el cariño que me había dispensado. Los dos éramos responsables del fracaso; yo, probablemente, el principal culpable. Tal vez nuestro empeño en no dar explicaciones la había perjudicado. Algún día tendríamos que aclararlo.
Y Fernando, pobre hombre, estaba hundido. No lo esperaba.
Tampoco podía quitarme de la cabeza a Esther. Su reacción fue un tránsito desolador desde la incredulidad hasta ese intento inútil de remendar lo que ya estaba roto. Me dolió verla proyectar la frustración de sus propias grietas sobre las nuestras, como si salvarnos a nosotros fuera la última oportunidad de salvar su matrimonio.
Pero mientras Esther se deshacía en esfuerzos, el vacío de Carmen se volvía ensordecedor. ¿Qué estaba pasando entre las hermanas? Carmen mostraba una dureza impropia de ella. Me desconcertaba verla tan ajena al dolor de Esther por el naufragio inminente de su relación con Daniel; ella nunca había sido así. ¿Y si nuestro propio conflicto la estaba afectando hasta el punto de dejarla sin empatía?
Enfrascado en mis pensamientos no me di cuenta de que el local se había vaciado. La camarera, una rubia de rasgos felinos vestida con un corsé de cuero negro y falda ajustada, repasaba la barra con energía. Me observaba calculando cuánto me faltaba para terminar.
—¿Vas a cerrar?
—Tranquilo, aún queda un buen rato. ¿Quieres otra? Invita la casa —dijo con una sonrisa sugerente.
—Gracias, voy a apurar esta y me marcho.
No se movió; permaneció frente a mí y sostuvo mi mirada como si pudiera leer mis pensamientos. ¿Era posible que comprendiera mi situación?
—Te he estado observando. Tienes la mirada triste —soltó mientras acortaba la distancia—. ¿Seguro que no quieres otra? Sé escuchar muy bien.
Me arrancó una sonrisa a mi pesar. Ella lo tomó como un sí, o al menos como la grieta necesaria para dejar el trapo y sentarse en el taburete de al lado. Yo no tenía ganas de hablar, no quería compañía, pero se las ingenió para abrirse camino envolviéndome en el relato de su vida resumido en un cúmulo de confesiones espontáneas que lograron hacerme olvidar lo que me había llevado allí. Hablaba con libertad y sin tapujos de rupturas, de mentiras, engaños, de cuernos y dolor, mucho dolor. Tal vez por eso le había resultado tan sencillo descubrir lo que ocultaba tras mi rostro impenetrable.
Volvió al mostrador y se inclinó tras la barra. Escuché el tintineo de un recipiente de loza y, un segundo después, apareció frente a mí un cuenco con una mezcla de frutos secos.
—Para que no se te suba el whisky a la cabeza. —dijo con un matiz de ironía, ya que había devorado el que me puso con la copa.
Se sentó en el taburete cruzando unas piernas interminables que el cuero de la falda apenas lograba contener. Yo la observaba de reojo; había algo en su forma de moverse, una mezcla de elegancia felina y fatiga de guerra que la volvía perturbadora. No era sólo una camarera de noche; era una mujer que parecía haber vivido tres vidas antes de cumplir los treinta.
—Mi primer gran error se llamó Julián —continuó, atrapando un anacardo—. Un tipo con labia, de los que te prometen el cielo mientras te están robando los ahorros. Me tuvo tres años engañada haciéndome creer especial, hasta que me di cuenta de que su "negocio de exportación" era una estafa piramidal y yo era la única que ponía el lomo en este bar para pagarle el alquiler de un Porsche que ni siquiera era suyo.
Hizo una pausa, mirando el fondo de su propio vaso, que ahora contenía un dedo de ámbar líquido.
—Me dejó por una heredera de veintipocos años en Marbella. Lo peor no fue el dinero. Lo peor fue descubrir que yo, que me las daba de lista, fui la última en enterarme. Me dolió más el orgullo que la cuenta corriente. Tuve que volver sola. Pasé meses odiando al mundo, pensando que todos los hombres eran una copia barata del anterior. Tampoco andaba tan descaminada, ¿no crees? Tú qué vas a decir.
Yo, entre tanto, la estudiaba. Ella hablaba con una honestidad brutal, sin rastro de autocompasión. Mientras pelaba un cacahuete, sus rasgos felinos se suavizaban bajo la luz amarillenta de las lámparas de cristal.
—Después vino la etapa de la "libertad" —dijo simulando las comillas con los dedos—. Mentiras, cuernos… Me he convertido en una experta en detectar el engaño a un kilómetro de distancia. He visto de todo en esta barra: tipos que lloran por sus mujeres mientras le mandan mensajes a la amante, y otros que, como tú, traen una pena en los ojos que no se quita ni con todo el alcohol del estante.
Se quedó callada dándome espacio, esperando que el eco de sus confesiones sirviera de lanzadera para las mías. Los frutos secos seguían ahí, olvidados entre los dos. Como dice Sabina, entre tanta charla nos habían dado la diez, y las once y las doce.
Apuré el whisky de un trago. El hielo golpeó el cristal, un sonido seco que marcó el final de mi silencio. Era mi turno y las evasivas no servían. No iba a contarle a una desconocida que destruí diez años de vida plena por satisfacer mis obsesiones. Hice lo que ya empezaba a ser mi nueva especialidad: construir un personaje para enfrentar los días sin Carmen. Me presenté como un psicólogo brillante, desplegué esas anécdotas surgidas en la consulta con las que suelo animar las reuniones. Cuando acabé, su mirada me gritó que no había conseguido engañarla. Se inclinó hacia mí. El aroma de su perfume, mezclado con el aire viciado del local, me envolvió.
—Mira, chaval: he sido la otra, he sido la oficial y he sido la que recoge los pedazos después del choque. Por eso sé que me estás vendiendo una película con ese aire de psicólogo triunfador. Pero descuida, no voy a llamarte mentiroso. A veces la ficción es lo único que nos mantiene en pie cuando la realidad pesa demasiado.
No tenía argumentos para rebatirla, cogí el vaso; tampoco tenía whisky para ocultar mi fracaso y opté por callar.
—Qué, ¿hace otra copa? —dijo con esa sonrisa sugerente que ahora sí hacía mella. Mis planes de moderación se fueron al garete.
—Si me dejas invitarte, de acuerdo.
Se estiró como una gata, me midió con la mirada y respondió:
—Hecho, pero invito yo.
Todo un carácter. Se alisó la falda siguiendo el perfil de sus muslos y se perdió tras la barra. Preparó los whiskies con toda intención: colocó los vasos, la cubitera y la botella a la vista; luego, salió de allí y los sirvió de espaldas, para exhibir un culo potente embutido en la estrecha tela. Regresó a la mesa como si desfilara por una pasarela imaginaria, se sentó cerca y me invitó a brindar.
—Por el inicio de una nueva amistad —propuse, chocando los vasos.
—Tócala otra vez, Sam —bromeó.
Obedecí y le acaricié el hombro desnudo con el dorso de los dedos. Ella elevó las cejas, fingiendo sorpresa por mi atrevimiento.
—Me he limitado a obedecer. Dijiste «Tócala».
—Qué tonto eres —dijo, mimosa.
La acaricié de nuevo con la palma abierta, del hombro al codo. Entornó los ojos; después, me sostuvo la mirada.
—Dijiste «otra vez».
—Y si te digo que te tires por la ventana…
—Aquí no hay riesgo, estamos a pie de calle.
—Vivo en un sexto.
—Podemos probar.
—Te gusta jugar, ¿eh?
—No sabes cuánto.
Me besó de golpe. No fue un encuentro, fue una colisión. Fue el chispazo que terminó por derribar los muros de un día que me pesaba en los huesos como plomo, un naufragio donde su boca se ofrecía como la única orilla firme frente a la decepción de mis suegros y el eco de las discusiones. Al principio, el contacto tuvo la torpeza del whisky y la sorpresa, pero pronto se transformó en un pulso de necesidades que ya no entendía de esperas.
Hundí los dedos en el nacimiento de su pelo con una firmeza a la que ella respondió arqueando el cuerpo, buscando el calor de mi pecho a través de la camisa. Su aroma me invadió por completo: una mezcla de perfume cítrico, el rastro de tabaco ajeno adherido a la ropa y el olor de un cuerpo de mujer después de un día de trabajo. No hubo rastro de cortesía en aquel intercambio; me mordisqueó el labio inferior con un ansia voraz, mientras sus manos subían por mis hombros, aferrándose a mí como si temiera que fuera a arrepentirme.
El mundo alrededor de la mesa se desdibujó hasta volverse una mancha de luces tenues y sombras alargadas. La música del local se convirtió en un murmullo sordo, eclipsado por el ritmo sincopado de nuestras respiraciones. Cada movimiento de su lengua, en pugna con la mía, funcionaba como un borrador que tachaba, uno a uno, los reproches de mi antigua vida y el silencio frío que me aguardaba en casa.
Al separarnos, apenas lo justo para que el aire volviera a circular entre nuestros rostros, el calor de nuestro aliento seguía ardiendo. Ella me observó con las mejillas encendidas y los ojos entornados, mantenía ese brillo de desafío que parecía dictar que el juego no había hecho más que empezar.
—Parece que el sexto va a tener que esperar —susurró, con la voz quebrada por una sonrisa que ya no era una sugerencia, sino una sentencia para mi soledad, y volvió a abalanzarse como una pantera.
Y nos dieron la una y las dos.
…..
—Ayúdame con esto.
Nos movimos por el local con la sincronía de quienes ya no son unos extraños. Yo me encargué de vaciar los ceniceros y de apilar las sillas sobre las mesas, ella apagó luces e hizo el cierre de caja. El sonido de la persiana metálica contra el suelo marcó el final de su jornada y el principio de lo nuestro. Echó la llave, me buscó la mano y caminamos juntos.
Nos fuimos en su coche —ni planteó otra opción— y en veinte minutos llegamos a su casa, veinte minutos en los que condujo con la mano en mi muslo, muy cerca de lo que ambos deseábamos compartir.
Llegamos a un edificio moderno en las afueras. Las luces del portal iluminaban débilmente el vestíbulo. Ella —Alejandra, ni Alex ni Ale; me lo había advertido con esa voz grave que prometía problemas— me tomó de la mano con la misma seguridad arrolladora que había mostrado en el Buccaneers. Su piel era suave y cálida, un contraste brutal con el frío que aún me calaba los huesos desde que salí de casa de los padres de Carmen.
Subimos al sexto en silencio, pero el aire vibraba. Sus ojos verdes me devoraban. Era alta, casi a mi altura sobre unos tacones afilados. El cabello rubio platino caía en ondas desordenadas hasta los hombros, enmarcando un rostro de pómulos altos y labios carnosos pintados de un rojo casi negro. El corsé de cuero le ceñía la cintura como una segunda piel, empujando su pecho hacia un escote donde las pecas bajaban como un mapa hacia el abismo. Al caminar por el pasillo, sus caderas anchas dictaban un ritmo hipnótico. Pero eran sus piernas, largas y tonificadas bajo las medias de red, las que terminaban de esculpir aquel cuerpo de pantera.
Nada mas cruzar el umbral, un aroma a vainilla y algo salvaje —su perfume, su piel, su deseo— me envolvió. No hubo palabras. Alejandra se giró, me empujó contra la pared del vestíbulo y estrelló sus labios contra los míos con una ferocidad que me dejó sin aliento. Su lengua saboreó el whisky que aún nos quedaba en el paladar. La agarré por la nuca, primero con suavidad, luego con fuerza, después mis manos bajaron a ese culo que había admirado toda la noche. Era duro y suave al tacto; gimió en mi boca y se arrimó para aplastarme sus pechos.
—Esta noche quiero olvidar —le dije en su boca—. Quiero que todo desaparezca.
Ella sonrió contra mis labios, una sonrisa peligrosa.
—Entonces déjame borrártelo todo, guapo.
La habitación tenía una cama grande con las sábanas revueltas. Había unas bragas usadas en medio que no se molestó en hacer desaparecer. No me desagradó, al contrario, pusieron el punto guarro a lo que estaba por suceder. Encendió una lámpara que bañó todo en una luz tenue. Se quitó los tacones de una patada; perdió estatura, pero no presencia. Desabrochó el corsé con lentitud estudiada, botón a botón, dejó al descubierto unos pechos perfectos, redondos y turgentes, con pezones rosados ya endurecidos. Un tatuaje de una enredadera de espinas y rosas negras asomaba bajo el pecho izquierdo. La falda cayó al suelo y enseñó unas bragas de encaje negro que cubrían poco, un triángulo de vello rubio recortado apuntaba hacia abajo como una flecha. Se giró para mostrarme la vista completa de un culo elevado y firme, con una marca de bronceado que sugería bikinis diminutos y días de sol.
La lancé sobre el colchón y su risa llenó la estancia. Me despojé de la ropa; ella, apoyada en los codos, me devoraba con los ojos entrecerrados. Me hice sitio entre sus piernas y recorrí la suavidad de sus muslos con besos lentos. Todo en ella olía a ganas. Aparté la barrera de sus bragas y me perdí en su humedad.
Alejandra arqueó las caderas hacia mi boca mientras se aferraba a mi pelo para marcarme el ritmo. La lamí, chupé y mordisqueé a su antojo. Al hundir dos dedos, la encontré desbordada; se contraía en oleadas violentas y cuando presioné el punto exacto, soltó un grito seco, casi un ladrido. Su primer orgasmo fue rápido y feroz. Me inundó con un sabor metálico y dulce a la vez apretándome contra ella mientras los últimos espasmos la sacudían.
—Joder… no pares…
Quién querría parar. Me perdí en cada pliegue, devoré cada resquicio, la hice temblar, maldecir y llorar. De repente me empujó de espaldas, se montó encima y me desabrochó el pantalón con una habilidad que daba miedo. Mi verga apareció, dura y palpitante; la recorrió con una sonrisa de depredadora antes de bajar la cabeza y tomarme entero. Me succionaba con saña, girando la lengua alrededor del glande mientras sus manos masajeaban mis bolas con la presión exacta. Era brutalmente buena. Gemí, aferrado a las sábanas, luchando por no correrme.
—No tan rápido —dijo al incorporarse, con los labios brillantes—. Quiero sentirte dentro.
Se colocó encima, me guió a la entrada y descendió despacio, centímetro a centímetro, hasta tenerme completamente dentro. Apretada y caliente, como terciopelo húmedo. Comenzó a cabalgarme con un ritmo que me volvía loco. Sus pechos seguían el vaivén frenético de su cuerpo. Incliné la cabeza y atrapé un pezón, ella aceleraba y giraba las caderas en círculos que me hacían desfallecer.
La puse a cuatro patas; ese culo perfecto, elevado y desafiante, era un reclamo imposible de rechazar. Me hundí en ella de un solo empuje con el pulgar amagando en su esfínter, y empecé a follarla aferrado a su cadera con saña, tirando de su cuerpo hacia atrás en cada embestida para que sintiera todo mi peso. Alejandra empujaba contra mí, pidiendo más, más rápido, más fuerte. Le solté un azote que hizo restallar el aire y dejó una huella roja encendida sobre su piel blanca; ella dio un grito que se perdió en la almohada y pidió más, más, más. Volví a azotarla, una y otra vez, descargando en cada impacto una rabia sorda que no era para ella, sino que iba destinada a otra mujer.
—Carmen… joder…
Fue una traición de la memoria que eligió ese preciso instante de furia para hacerse presente. Ella se detuvo el tiempo de un latido, giró la cabeza y me miró por encima del hombro.
—Alejandra —corrigió mi desliz en voz baja—. Y voy a hacer que te olvides de ese nombre, por mis santos ovarios.
Retomó el galope. Empujó hacia atrás y seguí embistiéndola sin piedad. El eco de nuestros cuerpos llenaba la habitación; el olor a sexo y sudor lo invadía todo. Al sentir que se avecinaba otro orgasmo, aceleré el ritmo, la alcancé en lo más profundo una vez y otra vez más hasta que colapsó. Se contrajo en espasmos que me arrastraron al abismo con ella. Descargué con un bramido que me desgarró el pecho y terminé desplomándome sobre su espalda, ambos jadeábamos, vacíos y exhaustos.
Nos quedamos así, pegados, con el sudor enfriándose en la piel. Al cabo de un rato se giró, lenta y perezosa, y me besó.
—Bienvenido a mi mundo —susurró—. Esta noche, esa Carmen no existe, sea quien sea. Solo estamos tú y yo… y lo que queda de whisky en el armario.
Por primera vez en horas, el nudo en la garganta se aflojó lo suficiente para respirar.
Me envolvió con la mano donde aún palpitaba dentro de ella, masajeándome como si pretendiera despertarme de nuevo.
—No te vayas esta noche —murmuró en mis labios—. Quédate conmigo. Quiero despertarme con tu olor en mis sábanas.
No pude negarme. El mundo de fuera —Carmen, la separación, el dolor— parecía lejano y borroso. Asentí. Ella sonrió como una gata satisfecha, se incorporó y comenzó a besarme el cuello, bajó por el pecho con besos húmedos y mordiscos juguetones. Sus pechos me rozaban con un cosquilleo excitante. Se deslizó más abajo, el cabello rubio platino caía como un torrente sobre mi abdomen. Tomó mi polla en la boca de nuevo. Esta vez fue lento, tortuoso, hecho para enloquecerme: sus labios carnosos se cerraron alrededor de la punta con la presión perfecta mientras la lengua lamía en círculos amplios saboreando los restos de ambos. Me tragó entero hasta tocar el fondo de su garganta; masajeaba mis testículos con las uñas en una tortura insufrible. Enredé los dedos en su pelo guiándola, ella subía y bajaba con una cadencia suave y los ojos clavados en los míos desafiándome.
El placer volvía a ganar terreno, pero me resistí a que terminara tan pronto. Con un movimiento firme la invité a subir tirando del cabello. La recibí en un beso hambriento donde recuperé mi propio sabor en sus labios antes de girar nuestros cuerpos para fundirnos en un sesenta y nueve, con sus fuertes muslos a ambos lados, su coño rosado y húmedo justo sobre mi boca. La devoré de nuevo: exploré cada pliegue, chupé el clítoris hinchado; mis manos agarraban su culo firme y separaban las nalgas para acceder mejor. Alejandra me engullió con firmeza, intentó vocalizar, no fue un gemido, sino un vibrato sordo y gutural que nació en el fondo de la garganta. Esa vibración, contenida y húmeda, se transmitió a través de su boca, haciéndome temblar.
Nos movíamos en sincronía: yo lamía profundo, ella chupaba con avidez, sus caderas giraban en mi cara untándome sus jugos. Era un caos de olor a flujo y sexo caliente, sabores salados, sonidos de succión y gemidos ahogados. Se corrió primero entre violentos temblores, me soltó un instante para poder gritar; yo seguí prolongando su placer. Con un último empujón, me corrí en su boca; tragó y lamió hasta la última gota.
Exhaustos, nos derrumbamos en un nudo de brazos y piernas, enredados en las sábanas revueltas. Alejandra se acurrucó en mi pecho y murmuró algo sobre lo bien que encajábamos. Dormimos a ratos, con el whisky cerca y el sexo a mano. Por primera vez en días el sueño llegó sin pesadillas.
A la mañana siguiente me despertó la claridad que se filtraba por la persiana. Alejandra estaba sentada al borde de la cama con una camiseta grande que apenas le cubría el culo, mirándome con una sonrisa, el cabello revuelto, salvaje y las pecas del escote visibles a la luz del día.
—Buenos días, desconocido —dijo, inclinándose para besarme—. ¿Café? ¿O prefieres una ducha primero?
Elegí la ducha. Ella rió, pues parecía saberlo de antemano. Me llevó al baño, pequeño, de azulejos blancos y mampara traslúcida que no tardó en empañarse con el vapor. Se quitó la camiseta; aquel cuerpo curvilíneo, de pechos generosos, cintura ceñida y piernas interminables me tenia seducido.
Entramos juntos; el agua caía sobre nosotros como una cascada cálida que nubló el cristal al instante. Empezó enjabonándome la espalda y el pecho; mi cuerpo respondió: La besé allí mismo, bajo el chorro, empujándola contra el azulejo frío mientras el vapor nos rodeaba.
Le levanté una pierna para volver a poseerla. Esta vez fue distinto: más lento, más profundo, buscando una intimidad que el agua parecía amplificar. Mis embestidas marcaban un ritmo constante mientras sus gemidos rebotaban en las paredes del cubículo, mezcladas con el repiqueteo de las gotas. Ella se arqueó, temblando y contrayéndose con fuerza a mi alrededor hasta que el placer la desbordó. Salí justo a tiempo para correrme sobre el vientre; el semen se fundió con el agua que resbalaba por su piel, y ella misma lo extendió por su cuerpo.
Nos enjuagamos entre risas y nos secamos mutuamente con toallas suaves. Poco después, ella preparaba el café en la cocina. La miré: estaba fresca, radiante, con una bata corta que lo decía todo sin mostrar nada.
—No quiero que esto sea solo un polvo de una noche —dijo al pasarme la taza—. Quiero volver a verte. Pronto.
Asentí, sintiendo un tirón en el pecho que no era solo resaca. Intercambiamos números. Salí de allí con una promesa en el bolsillo: su mensaje vibraba en mi teléfono antes de montarme en el taxi. « Me he quedado con ganas de más. No dejes que se me pase el efecto, vuelve pronto.» Por un momento, el futuro no pareció tan vacío.
«Y nos dieron las diez y las once,
las doce y la una y las dos y las tres,
y desnudos al anochecer nos encontró la luna.» (4)
Colisión
Mario recogió el auto y condujo deprisa a casa. Aparcó dando un frenazo brusco en el garaje. Subió en el ascensor con las llaves en la mano. Había decidido volver temprano a cambiarse de ropa antes de acudir al gabinete donde le esperaba una jornada cargada de actividad, pero iba con retraso. Al abrir la puerta, el aire cargado lo golpeó: era una mezcla de sudor, colonia fuerte y el humo dulzón típico de un porro junto a algo más: una mezcla visceral y salobre en la que podía distinguirla a ella.
Del final del pasillo, procedente del dormitorio, llegaban voces amortiguadas. Una risa grave y masculina y el acento argentino le permitió reconocerlo. Se quedó inmóvil en el salón, el corazón le latía con fuerza en los oídos. Oyó correr el agua de la ducha, risas entrecortadas, silencios clamorosos y, después, aquellos jadeos inconfundibles.
—Déjame —decía Carmen con esa voz mimosa que empleaba cuando en realidad no quería que parara.
Mario respiró; la rabia le subía por la garganta como el ácido. El estado del salón era desolador, un par de vasos habían sembrado de círculos el cristal de la mesa baja, la botella de Jack Daniels estaba destapada y vacía, había ceniza esparcida y pastillas de sildenafilo desparramadas; algunas, echadas a perder en lo que fue un charco de whisky. Cesó el sonido del agua y volvieron las voces, las risas bajas, los murmullos y el sonido húmedo de besos. No aguantó más. Soltó las llaves sobre la mesa del salón provocando un golpe seco.
Carmen apareció por el pasillo envuelta en una toalla que apenas le cubría los muslos; el pelo le goteaba y sus ojos, donde el negro del rímel se había derretido en ojeras artificiales, estaban dilatados por la sorpresa, o por otra cosa.
—¿Tú te has visto? —preguntó entre la decepción y el desprecio.
—Mario… No te esperaba. Pensé que te quedarías con Elvira. Quiero decir, que…
Él la examinó de arriba abajo.
—Algunos trabajamos.
Guido la seguía con una toalla anudada a la cintura. El torso aún le brillaba por la humedad.
—Hola cornudo; volviste, ¿cómo andás?
Sin esperar respuesta, la rodeó por el talle y la pegó al torso. Su mano enorme se posó en el vientre; la otra, en la cadera. Ella no ofreció resistencia; cedió al abrazo y reposó en su pecho.
Él sintió que algo se rompía en su interior.
—Qué poco has tardado en caer en los brazos de este saco de carne.
Guido se tensó, sus brazos se hincharon.
—Ojo papi, seguí haciéndote el machote y te cago a trompadas, maricón.
Carmen subió una mano al pecho de Guido para frenarlo, aunque mantuvo sus ojos clavados en su marido.
—Tranquilo, no vale la pena. —Luego, se dirigió a él con la voz cargada de veneno—: He tardado lo mismo que tú en meterte en la cama de la pelirroja. ¿Le has chupado las cicatrices o sólo el coño?
Al ver el dolor cruzar los ojos de Mario se avergonzó de su arrebato. Quiso pedir perdón, pero él se adelantó con una voz que temblaba de rabia.
—¿Cómo has podido caer tan bajo? No te reconozco. —Carmen bajó la mirada, pero él tenía más munición—. Al menos lo mío con Elvira tiene futuro. ¿Y tú? ¿A dónde vas con este animal? Me das pena, Carmen. Pena de verdad.
La discusión estalló en un cruce de insultos: «puta desesperada», «cornudo consentidor». En medio de la bronca, Mario sentenció:
—No volveré a molestarte. Quédate con la casa, quédate con él, con lo que quieras.
—Puedes estar tranquilo, no quiero nada, me mudo a un piso de Tomás.
Mario sacudió la cabeza cargado de desdén.
—Cómo no. Es lo que te faltaba. Además de puta y lolita, mantenida.
—¡Vete a la mierda, Mario, vete a la mierda!
Harto de la escena, Guido le arrebató la toalla de un tirón seco dejándola expuesta. Mario quedó impávido, la cabeza le iba a estallar, vio cómo le recorría el vientre con una lentitud insultante hasta detenerse por debajo el ombligo, rozando el vello; captó la reacción incontrolable de ella: los ojos entornados, el abdomen en tensión y el pecho alzado por una inspiración súbita. Guido subió la otra mano hacia sus senos y los apretó con tanta fuerza que le arrancó un gemido involuntario. Carmen era suya, ese era el mensaje mudo que el amante le clavaba al marido. Ella, sin embargo, no bajó la cabeza. A pesar de la punzada de humillación, le sostuvo la mirada obligándolo, sin saber por qué lo hacía, a ser testigo de cada caricia usurpada y de cada centímetro de piel que ya no le pertenecía.
— Salame, me la ponés nerviosa y así tu jermu no funciona (0)
—Mi exmujer funciona siempre, por eso no te preocupes —replicó Mario con infinito asco.
—Conque ya soy tu exmujer —dijo con amargura—, qué pronto has dado por amortizado nuestro matrimonio.
Mario la ignoró. Se sentía tan cansado…
—Seguid a lo vuestro. Me cambio de ropa y me voy.
Los rebasó en dirección a la alcoba. El dormitorio era una bofetada de aire viciado: una mezcla espesa de sudor, semen, el olor inconfundible de Carmen y el rastro dulzón del cannabis y el whisky derramado. La cama era un campo de batalla de sábanas húmedas; a los pies, una caja de Telepizza abierta. Unas bragas de encaje negro yacían junto a una botella de Johnnie Walker volcada en el suelo. En la mesilla, restos de polvo blanco y una tarjeta de crédito delataban la locura de la noche. El aire aún flotaba denso, turbio de humo.
Mario sintió náuseas, pero guardó silencio. Abrió el armario, rescató ropa limpia y se refugió en el cuarto auxiliar. Se cambió con movimientos mecánicos, pero le resultó imposible no oírlo todo. «No, espera a que se vaya», la escuchó pedirle en la alcoba y a él, responder de malos modos seguido del primer crujido del colchón. Luego llegaron los golpes rítmicos contra la pared y los gemidos de Carmen; primero contenidos, después altos y desgarradores, siguiendo el compás del traqueteo del somier. Mario apretó los puños hasta que las uñas le marcaron la carne; las lágrimas de rabia le quemaban. Salió al salón y, sin mirar atrás, abandonó el ático con un portazo que no logró acallar los ruidos que venían del otro lado.
….
En la alcoba, Carmen boqueaba buscando el aire que no llegaba a los pulmones. Guido se deshizo de la toalla; su erección era la prueba de que la escena del salón no había sido más que el preludio.
—Al piso. Dale, arrodillate, no te lo voy a pedir dos veces.
—No… espera a que se vaya —suplicó.
Guido la miró con frialdad.
—Escuchame, qué te crees que soy, ¿que me vas a usar para calentar a tu dorima? (0) Abrite de gambas ya o cuando me vuelvas a llamar, te voy a mandar a la mierda.
Carmen experimentó un pánico irracional a quedarse sola.
—¡No, no! —Extendió las manos para acariciarle los pectorales, el cuello grueso y el rostro rapado.
—Dale, a la cama —exigió Guido con un empujón firme que la hizo tambalear.
Carmen se tumbó, flexionó las rodillas y se abrió ante él en una entrega absoluta. La penetró de un solo golpe brutal y seco. Ella soltó un gemido que Guido ahogó con su cuerpo mientras embestía como un animal; cada impacto hacía restallar el cabecero contra el muro con una cadencia violenta.
—No te oigo —exigió él—, quiero que el corneta te oiga.
Entonces Carmen se abandonó. Sus gemidos ganaron fuerza y mutaron en gritos con cada embestida en un torbellino donde el placer físico se entrelazaba con un desgarro emocional insoportable. El eco del portazo la golpeó de lleno retumbando en sus oídos por encima de los jadeos. Las lágrimas le inundaron el rostro: si aún quedaba algún puente en pie entre ellos, acababa de dinamitarlo.
Ajeno a la ruina, Guido aceleró entre sudor y bufidos hasta alcanzar el clímax. Se desplomó sobre ella, asfixiándola con su peso antes de dejarse caer a un lado.
Tras un breve descanso, todavía jadeante, la tomó de la mano y la arrastró al baño. El agua tibia volvió a caer a raudales sobre ellos.
—Ya sabés lo que me gusta —le dijo haciendo un gesto inconfundible.
Carmen le mantuvo la mirada un segundo antes de hincarse en el suelo de la ducha. Buscó apoyo en aquellos muslos inmensos; no sentía, no razonaba, era el gesto final de quien lo ha perdido todo. Guido se relajó y el chorro, grueso y humeante, impactó en el rostro como una bofetada, descendió por el pecho, le inundó los senos, recorrió el vientre y se precipitó al vacío chorreando desde el pubis. Carmen cerró los ojos entregada a ese calor húmedo, a la humillación y a un placer oscuro que le hacía extender con sus manos el líquido que la bañaba.
Al descubrirla masturbándose con los dedos hundidos entre las piernas, la imitó; agitó su sexo compulsivamente mientras la observaba hacerlo. El líquido dorado se esparcía en todas direcciones hasta que, tras un suspiro de alivio, terminó. Siguió estimulándose frente a aquel cuerpo del que emanaba una nube de vaho. Carmen, poseída por un delirio que la obligaba a buscar a ciegas un punto de apoyo, no se detuvo; Guido intentaba en vano alcanzar un orgasmo que se le negaba. Ella se venció contra los azulejos, aminorando el ritmo de los dedos. Pero a Guido, esa imagen de la hembra caída, empapada en orina, jadeante y frotándose sin control, le aceleró el pulso. Lo intentó y lo intentó, y el fracaso le arrancó un grito de locura. Sintió envidia al verla alcanzar el clímax reventándose la vulva; sintió fascinación al escuchar sus gemidos agudizarse y ver brotar entre sus dedos chorros de flujo. Carmen quedó inerte, con la mirada perdida y el cuerpo sometido a espasmos erráticos frente a un Guido cautivado por esa mujer inagotable.
Tras un breve descanso sumida en una suerte de desvanecimiento, extendió un brazo a ciegas buscando ayuda. Guido la incorporó y se aclararon bajo el agua fingiendo que aquel rito sucio no había sucedido.
La mañana transcurrió en un denso silencio. Carmen llamó al gabinete para excusar su ausencia y regresó a la cama. La esperaba aquel cuerpo esculpido, de músculos perfectos dibujados bajo la piel tersa. Era una tentación frente a la que se encontraba indefensa. Sólo era otra dimensión del caos en el que había decidido instalarse.
En la alcoba, tras el torbellino del amanecer y el portazo de Mario, el aire permanecía cargado de sexo, sudor y el tufo del whisky derramado. Yacían en la cama entre sábanas revueltas. Guido se apoyó en un codo para observarla con esa intensidad que a ella siempre la inquietaba, deslizó una mano enorme por el vientre y subió a rozarle un pezón.
—Nena… —comenzó, con la voz ronca por el tabaco y el alcohol—. Te necesito para una cosita.
Carmen giró la cabeza; aún tenía los ojos húmedos por las lágrimas recién vertidas.
—Santacruz me echó como a un perro. Me manda a supervisar a la loma del culo, lo hace para sacarme del circuito principal. Vos podés hablar con él, vos podés, piba.
—¿Yo?
—Seguro que te lo estás garchando.
Carmen apartó la mirada hacia la ventana. El rubor le encendió el rostro y el gesto de morderse el labio inferior terminó por delatarla. Guido soltó una risa cruel.
—Lo sabía, te lo estás cogiendo.
Carmen cerró los ojos deseando que se la tragara la tierra.
—Decímelo, decímelo.
—¡Sí, me lo estoy follando, sí! ¡Ya está, ya lo sabes!
—Eso es genial. ¡Joder, qué buena noticia!
—No es… No es solo eso —murmuró.
Guido le sujetó la barbilla y la obligó a sostenerle la mirada.
—No me jodas, flaca; una puta como vos ya sabe lo que estoy pensando, lo vas a seguir cogiendo y lo vas a usar a favor nuestro. Hacele mascar el freno como vos sabés. Hacelo que me devuelva el puesto. Me da por las pelotas pasarme una hora viajando todos los días para llegar a la mierda del gimnasio. Me lo debés, flaca.
Carmen tragó saliva. La culpa y el deseo libraban una batalla en su interior; al final asintió.
—Lo intentaré —susurró.
Guido sonrió, pero no le bastaba una vaga promesa. Se inclinó a besarla sellando un pacto. Se sentó en el borde de la cama y encendió un porro, dio una calada profunda, retuvo el humo y se lo pasó. Carmen fumó dejando que el aroma dulce le templara los nervios. A su lado, la inmensa espalda le impedía ver los manejos que se traía sobre la mesita de noche: el rítmico golpeteo y el siseo del polvo sobre la madera la estimularon. Se incorporó, buscó el contacto con aquel muro de carne y esperó su turno.
El Ídolo de carne
Guido permanecía tumbado boca arriba en silencio. Su pecho subía y bajaba acelerado; todavía estaba bajo los efectos de la cocaína. Estudió el techo un segundo como si realizara un complicado cálculo mental, después giró la cabeza hacia ella con esa sonrisa peligrosa que siempre precedía a sus peores ideas.
Recordaba la transformación de Carmen cada vez que se mostraba desnudo: los ojos vidriosos, la respiración entrecortada y aquel temblor que la sacaba del mundo real ante el simple roce de sus músculos. Era una dependencia absoluta; una obsesión que la convertía en una persona sumisa y hambrienta, dispuesta a cualquier sacrificio con tal de sentir esa dureza imposible bajo las palmas. Entonces, concibió la idea perfecta para explotar su debilidad.
— La pucha, mamita, sos pura calentura, una puta tremenda. Tendrían que inventar una viagra especial para seguirte el ritmo. La llamarían la «Carmen Edition».
Ella soltó una risa cansada, aunque el comentario encendió algo en su interior. Se incorporó sobre un codo y lo miró con los ojos empañados por la droga y las lágrimas secas. Pensaría que la halagaba.
—No seas cabrón —murmuró. No había enfado, solo cansancio y esa chispa oscura que Guido sabía avivar con maestría.
Él rió por lo bajo. Carmen se levantó. Se moría de sed.
—Vení, no terminamos. ¿Tenés crema hidratante? Me unto todas las mañanas después de entrenar; si no, la piel se reseca y se agrieta
Señaló el baño, ella fue allí, bebió del grifo y regresó con un frasco de crema. Cuando estaba con él perdía la iniciativa. Sintió su mirada clavada en el tatuaje del pecho; luego, lo vio centrarse en los dos corazones del pubis. Esperaba algún comentario, alguna palabra, porque se sentía más desnuda que nunca. «¡Di algo, lo que sea!», pensó a gritos, «di que te gustan, o que parezco una puta, ¡lo que sea, joder, di algo!».
Pero Guido tenía otra prioridad. Se puso en pie, desnudo e imponente. Al adoptar la pose de doble bíceps frontal, sus brazos estallaron en volumen, los deltoides ganaron altura, los pectorales formaron dos placas perfectas sobre un abdomen de ocho tabletas marcadas, donde los oblicuos dibujaban una V profunda hacia la entrepierna. La luz de la mañana entraba por la ventana, bañando su piel y rescatando cada vena de las sombras.
La vio perder el sentido. Carmen se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos y el aliento contenido ante aquel cuerpo hiperdesarrollado que era, a la vez, su dios, su cárcel y su droga. Cada músculo parecía diseñado para dominarla y hacerla sentir pequeña y frágil, pero más viva que nunca. No podía pensar en otra cosa que tocarlo, adorarlo y entregarse. Era una obsesión total: sin ese contacto se sentía vacía, muerta por dentro.
Como empujada por una fuerza invisible, se acercó. Las manos le temblaron cuando alcanzó los pectorales. Los acarició despacio, trazó con los pulgares los bordes musculares, sentía cómo se contraían bajo su tacto. Un gemido bajo escapó de su garganta.
Guido sonrió para sus adentros. Era lo que esperaba.
—Poneme crema mami —susurró—. Empezá por acá.
Ella vertió una cantidad generosa y comenzó a extenderla en los pectorales círculos amplios; deslizó los dedos por la piel caliente, le endureció los pezones. Presionaba para notar la resistencia de la masa muscular con la devoción debida a un ídolo de carne. Cada caricia le aceleraba el pulso. Se sentía incapaz de parar; era adicta a esa textura, a la tensión de la piel brillante, a la calidez que el cuerpo de Guido irradiaba.
Le ayudó a izar los brazos para exponer las axilas. Recorrió el hueco carente de vello donde los músculos se hundían. Masajeó con devoción y trazó los bordes de los pectorales mayores y los serratos, que se abrían como alas. Inhaló el olor de la axila —una mezcla de sudor fresco y testosterona transformada en un potente afrodisíaco—; la besó y la lamió con glotonería. Guido exhaló un sonido grave que vibró en su pecho y la hizo temblar.
—Más nena. Acá, justo acá.
Obedeció. Hundió el rostro en la axila, cerró los ojos y murmuró algo ininteligible. Luego, presionó con las yemas mientras frotaba la crema en círculos profundos. Bajó por los brazos, rodeó los tríceps con ambas manos para comprobar su dureza imposible y las venas que latían bajo la piel. Subió de nuevo hacia los bíceps, los apretó y besó suavemente la curva superior. Cada toque la acercaba al límite; sentía una palpitación constante, con una respiración cada vez más jadeante.
Guido flexionó los brazos hasta que los músculos se hincharon al máximo. Carmen gimió, rota y desesperada; sus manos descendieron hacia las piernas. Se inclinó tanto que casi pegó la cara a los cuádriceps inmensos. Bajó a los gemelos, los rodeó y besó la piel tersa sobre el tendón de Aquiles. Subió de nuevo las manos hacia los abductores internos, muy cerca de la erección que apuntaba al techo.
El placer la sobrepasó. Fue un clímax inesperado, nacido de la pura obsesión por aquel cuerpo, lo que terminó por fulminarla. Le había bastado palpar la dureza del relieve y sentir bajo sus dedos la potencia de aquel hombre para rendirse a un gozo incontenible. Se convulsionó con un gemido ahogado; se aferró a él para no desplomarse. Buscó el roce íntimo: presionó su sexo contra uno de los potentes muslos y se frotó mientras las sacudidas la desarmaban.
Guido sintió el flujo cálido descender por su pierna. Ella temblaba violentamente; hundió el rostro en el hueco de su hombro mientras se aferraba a su pecho. Él lo notó —el espasmo y el calor líquido que le empapaba el muslo—, pero no se inmutó. Permaneció erguido, arrogante, permitió que ella se refugiara en su cuerpo: el único punto estable de su mundo. La dejó terminar. Los sollozos se mezclaban con risas contenidas, las lágrimas con el sudor; el placer se prolongaba en ondas que la hacían estremecer.
Cuando los temblores remitieron, Guido habló con voz dominante:
—Seguí, no parés.
Ella levantó la cabeza; tenía los ojos vidriosos y la respiración entrecortada.
—Sí... lo siento... —se excusó aturdida aún, alcanzó el envase de crema, pero se quedó inmóvil, tratando de procesar la orden.
Guido sonrió saboreando su victoria absoluta.
—Terminá de untarme, ¿no ves que no acabaste?
—Ah, sí.
Vertió más crema y volvió a la carga. Masajeó los muslos una y otra vez, ascendió hacia la ingle, donde el roce fortuito con la base del pene la trastornó. Se inclinó para besarlo con fervor, trazó la vena central con la lengua e inhaló su potente olor como si fuera oxígeno. Era un acto de devoción pura: su mente le gritaba que, sin ese cuerpo hiperdesarrollado, ella no era nada.
Guido giró sobre sí mismo para adoptar una pose de espalda. Sus dorsales se abrieron como alas y el trapecio se elevó imponente, convirtiendo la espalda en un triángulo perfecto.
—Agarrá más crema. Bajá por acá.
Se arrodilló detrás de él. Sus manos resbalaron por los glúteos que se sentían duros y redondos. Subió por la espalda y extendió la crema por los dorsales, los hombros y el cuello. Guido flexionó todavía más, mostró cada músculo en su máxima definición. El aliento caliente de Carmen chocaba en su piel: jadeaba abiertamente.
—Vas a conseguirlo flaca —continuó Guido con voz baja y envolvente—. Vas a hacer que Santacruz me devuelva al gimnasio principal. Vas a abrirte de gambas y si hace falta vas a poner el culo. Vas a hacer lo que sea, me la debés. Porque esto… —tensionó los glúteos bajo las manos de ella—esto te lo tenés que ganar. Es tuyo si cumplís.
—Sí, cariño… —susurró en medio de un gemido—. Lo conseguiré.
Guido se sorprendió. Era la primera vez que le decía «cariño». Sonrió con suficiencia: por fin la tenía donde quería. Ella seguía de rodillas, con los ojos clavados en su cuerpo y las manos cubiertas de crema.
—Buena nena —dijo, mientras le acariciaba la mejilla con el dorso de la mano—. Ahora terminá de untarme… y después te voy a garchar tan fuerte que te vas a olvidar hasta de cómo te llamás.
Obedeció, terminó el trabajo. Guido preparó dos líneas gruesas sobre la mesilla con la misma tarjeta de crédito que aún conservaba restos de la vez anterior. Las esnifaron casi al unísono. El subidón los golpeó con la fuerza de un latigazo. Carmen sintió una explosión en la nariz que se transformó en una descarga hasta su cerebro; el corazón le dio un vuelco violento, un galope descompasado que le hizo zumbar los oídos antes de estabilizarse en una frecuencia frenética.
Cuando la euforia les recorrió la columna, Guido se tumbó boca abajo, clavó las rodillas en el colchón y la miró por encima del hombro.
—Ahora haceme lo que vos sabés, nadie lo hace como vos.
Dudó menos de un segundo. La coca, el porro y el whisky habían disuelto cualquier rastro de pudor, pero también habían distorsionado sus sentidos: la luz de la lámpara de noche le pareció de repente demasiado blanca, demasiado brillante. Se arrodilló, le separó las nalgas y acercó la lengua al orto, como él lo llamaba. Lamió despacio al principio, tanteando el pequeño orificio que se resistía a ser explorado; Guido se tensó antes de relajarse, le oyó gemir de un modo distinto, profundo, casi femenino; un sonido que le brotaba del pecho.
—Carajo, mami… sí, así…
Él mismo se separó las nalgas. Carmen se sumergió en una entrega sin reservas; cualquier rastro de juicio se disolvió en su mente dejando paso a una curiosidad animal. Le lamió el ano trazando círculos lentos con la lengua, presionando e internándose un poco. Al mismo tiempo, deslizó una mano entre las piernas para acariciarle el sexo, duro y venoso, con un ritmo firme, contundente. Con la otra mano se buscó a sí misma: los dedos resbalaban en su propia humedad mientras frotaba el clítoris con ahínco. Tenía la boca seca, una sed de desierto que contrastaba con el sudor frío que empezaba a perlarle la frente.
Guido gemía sin control, con la cabeza echada hacia atrás y los músculos de la espalda vibrando a cada pasada de la lengua. «Más profundo, nena… más…», pedía entre jadeos. Carmen obedeció, hundió la lengua cuanto pudo y aceleró el ritmo de la masturbación. El placer estalló rápido, amplificado por las drogas. Guido comenzó a correrse, Carmen adelantó la mano ahuecada e hizo acopio del semen caliente. Aquello la llevó al límite: se corrió, presa de un temblor violento, con el rostro enterrado entre los glúteos del titán sintiendo palpitar en su boca el esfínter. No fue un orgasmo limpio, sino una descarga que la expulsó de su propio cuerpo; quedó a la deriva en un vacío donde la realidad se diluyó en manchas de colores imposibles.
Cayeron derrotados sobre la cama, jadeantes y sudorosos. Ella saboreó el rastro de Guido en la palma de la mano; al verla lamiéndose, soltó una risa ronca.
—Sos una viciosa… —murmuró.
La abrazó por la espalda pegada a su pecho. No hablaron; se limitaron a respirar mientras el porro se consumía, olvidado en el cenicero, y el silencio caía sobre ellos como una niebla pesada. Carmen cerró los ojos, sintió el corazón desbocado de Guido retumbar contra sus vértebras, un eco que terminó acompasándose a su propio latido. Habían cruzado una línea definitiva, la química le decía que era invencible, pero una punzada de ansiedad, profunda y oscura, germinaba ya en su estómago.
…..
Media hora más tarde me levanté; Guido lo hizo poco después, ninguno era capaz de conciliar el sueño. La coca nos mantenía en una vigilia artificial, una lucidez de cristal que amenazaba con romperse al menor descuido. El agotamiento acabaría por llegar.
Preparé café y tostadas mientras se duchaba. Ambos evitamos un nuevo encuentro bajo la cascada: él tenía que cumplir un horario; yo, simplemente, estaba saturada. Además, sinceramente: no quería perder aún el olor acre que me impregnaba el rostro.
Desayunamos en la cocina. Preparé la mesa como una buena ama de casa o como una buena puta en un "todo incluido": sexo, alojamiento y desayuno. Sentía las encías entumecidas y un tic nervioso en el párpado izquierdo. Guido apareció con un bóxer de Mario y una camisa abierta porque le quedaba estrecha; me excitó la desfachatez con la que se había adueñado de mi hogar. Él advirtió mi sorpresa.
—¿Estoy en mi casa, no es cierto? si puedo cogerme a la jermu del cornudo puedo usar sus pilchas. (0)
—Sí, cariño, puedes usar lo que quieras. Esta es tu casa. —dije, sin ser consciente del error que estaba cometiendo.
La cafeína chocaba con el resto de whisky en mi estómago generando una náusea ácida que me subía por la garganta. Era un pulso violento: el café intentaba despertar a un cerebro que el alcohol había decidido clausurar.
Y él seguía hablando.
—Apenas consigas que vuelva al gimnasio me das una llave para entrar y salir cuando quiera sin esperar a que vuelvas del laburo.
Temblé. No era ese el plan que tenía previsto.
—Verás, mis padres y mi hermana vienen a menudo. No puedes aparecer sin avisar, lo entiendes, ¿verdad?
Temí un arranque de genio; tras un momento de cavilación, pareció aceptarlo.
—Después vemos —murmuró.
Desvió la atención a la mesa y se sorprendió por los preparativos: el café, las tostadas, la mermelada, el tomate triturado... No parecía tener prisa por marcharse. Comentó algo sobre su dieta; lo entendí como un rechazo e hice amago de retirarlo todo, pero me detuvo. Comimos frente a frente, sin cruzar palabra, mirándonos, quizás recordando. Guido me observaba masticar como si fuera el acto más erótico que hubiese presenciado jamás. Estaba repantigado en la silla con las piernas abiertas; cualquiera diría que a los hombres no les cabe lo que portan entre ellas. Yo daba un bocado y masticaba despacio bajo su mirada extasiada. ¿O sería mejor decir que me miraba excitado, a tenor del bulto que crecía entre sus muslos? ¿Sería eso lo que le impedía cerrar las piernas o era un reclamo? Si era eso, doy fe de que le funcionaba.
Apoyé el talón en su asiento, entre sus piernas. Al hacerlo, perdí la zapatilla provocando un ruido sordo. Su mirada abandonó mi boca —la principal— para centrarse en la otra, desnuda bajo la misma bata que hizo las delicias del pizzero la noche anterior. (Por cierto, aún a día de hoy no sé cuál de las dos es mi boca principal). Seguí devorando la tostada mientras Guido devoraba con los ojos mi intimidad, que se iba humedeciendo sin remedio. Sus pectorales asomaban por la camisa abierta, hinchándose al ritmo de su respiración; sus ojos clavados en mi vulva desnuda me causaban un efecto devastador. Él lo notó. Se aupó, se libró del bóxer y volvió a dejarse caer, esta vez con las piernas juntas y la erección apuntando al techo. Me hizo un gesto invitándome a montarle. Quién dudaría. Subí a ese toro y me la clavé, exhalando un profundo suspiro que me vació los pulmones y me llenó por completo. Sí, en esa postura, mi titán podría alcanzar el “punto Guido”. Se lo dije:
—Muévete, échate hacia delante, un poco más. ¡Síííí! —gemí cuando su daga alcanzó la diana. Tenía los brazos entrelazados en su cuello; si no, habría caído hacia atrás sujeta solo por sus manos en mis riñones, insuficiente para evitar mi derrumbe. Esta vez no era él quien tenía el control. Comencé una danza ondulante en la que pivotaba sobre su pequeña gran verga centrada en mi agujero negro, mi quark, mi bosón, mi púlsar, mi supernova: ese centro de energía escondido en mi vagina que tantos pasan de largo, empeñados en buscar la luz al final del túnel. Caí en un trance aún más profundo que aquellos que provocaba cuando me paseaba en brazos atravesada. Esta vez era yo quien medía y ajustaba el contacto y la presión para llevarme al nirvana; lo demás —las caricias en mis pechos, en mi espalda y en mis nalgas—, que en otro momento me habrían encendido, era sólo un condimento para el sabor intenso de su miembro. Aquello incendiaba mi interior como una antorcha en un santuario de savia y vida donde la humedad no apagaba el fuego, sino que lo acrecentaba.
Sucumbí varias veces. Guido aguantó como un león —tal vez porque lo había agotado tras una jornada maratoniana— y, después de aullar y rugir, explotó poniendo la silla al límite de su resistencia. Se le debió de escuchar por todo el patio; supongo que no me quedé a la zaga. Ya me enteraría de las consecuencias, aunque a estas alturas poco me importaba.
–Sos tremenda hembra. no te cansás.
No le respondí. Estaba harta de escuchar siempre lo mismo. Me quedé refugiada en su cuello, sintiendo cómo se desvanecía su virilidad mientras me acariciaba con una ternura insospechada. Murmuraba palabras bonitas: «Qué culo tenés, son como dos melones pequeños», decía. Me hacía sonreír; siempre le gustó mi culo. Desde que solo era mi entrenador había descubierto su fijación por mi trasero. Luego, cuando me consiguió, no se privó de disfrutarlo. Cada vez que me paseaba en brazos, me llevaba sentada en sus manos, una nalga en cada palma, bien sujeta. Yo disfrutaba como una perra con su certera puntería en mi punto G, pero intuyo que él gozaba más con el tacto de mis glúteos en sus manos y su tensión oscilante a cada paso.
—Qué culo tenés, son dos mangos maduros
—¿Estás diciendo que lo tengo pequeño? —decía para provocarle.
Entonces, yo me sometía a su escrutinio; meneaba el trasero y él lo tocaba como un experto catador de glúteos.
—Digo que tenés un culo perfecto —sentenció—. El mejor culo que vi.
Así era Guido, un día podía ser tierno y al siguiente, bruto y exigirme hacer cosas que…
Ya llegaremos a eso.
—La culpa es tuya —me dijo Selena un día—. Si no estuvieras tan encoñada…
Selena era… Ya hablaré de ella algún día.
Pero volvamos a donde estaba: harta de escuchar que soy insaciable, refugiada en su cuello mientras sentía cómo se desvanecía su virilidad. Por cierto, es una sensación extremadamente agradable: la tienes y no la tienes; cuanto más te esfuerzas en retenerla, más se te escapa, así que es mejor aflojar y dejar que se vaya escurriendo despacito, poco a poco.
Me he vuelto a perder... ¿por dónde iba? Ah, sí. Decía que me acariciaba la espalda y el culo con una ternura insospechada, murmurando palabras bonitas. ¡Dios, qué bien se estaba! Por mucho que deseara seguir sumergida en esa burbuja de olvido, debía afrontar la realidad. Con un apretón expulsé el gusanito, que resbaló entre babas y dejó brotar un chorro de flujo y semen que había estado conteniendo como un tapón. ¡Ale, el cojín a la lavadora! Descabalgué y usé un paño de cocina para limpiarle el vientre y mi chochito. Guido salió del trance y se encargó de recoger tazas y platos mientras yo me aseaba en el baño. Supuse que ese sería el protocolo habitual las próximas veces que volviera a ser mi invitado: desayuno en la cocina, polvo en la banqueta, cojín a la lavadora y recogida de tazas y platos mientras yo me dedicaba a asearme.
Antes de despedirse en la puerta, se encargó de recordarme bien claro nuestro acuerdo.
—Santacruz, no te preocupes —repetí con cierto cansancio—. Te llamaré. —añadí, luego de darle un beso. Le vi fruncir el ceño. ¿Olería a culo?
— No, te llamo yo. No me vas a dejar colgado otra vez de la ganchera hasta que tengas ganas de coger. Ahora soy yo quién dice cuándo. (0)
—Dio un paso hacia el ascensor; se volvió señalándome con un dedo y repitió:
—Santacruz.
Haría lo que fuera por convencer a Javier, así lo tendría cerca cada vez que me apeteciera. Como bien dijo Mario, esta zorra desesperada no estaba dispuesta a perder a ese saco de carne; lo necesitaba para anestesiar un futuro que era una puta mierda, como también me había vaticinado mi ex.
Mi ex.
La resaca
Carmen apoyó la frente contra el azulejo frío de la cocina a la espera de que la cafetera terminara de escupir ese líquido negro que aquel día era una pócima más que el placer cotidiano. El espejo del pasillo había sido implacable: las pupilas dilatadas, la piel con esa palidez traslúcida de quien ha canjeado horas de sueño por ráfagas de euforia química. Y el temblor en las manos, que delataba el cóctel de excesos.
Se ha convertido en un fraude. Ella, la mujer fuerte e independiente que atendía a personas con problemas menos graves de los que ocultaba, aquel día era solo el resto de un naufragio. El silencio de la casa amplificaba el eco de su propio fracaso.
El teléfono cortó el aire con una estridencia que le atravesó las sienes.
—¿Tienes un momento? —escuchó. Carmen notó algo distinto en su cadencia habitual.
—Sí, claro.
—Abandonamos la línea Santacruz. Han aparecido nuevos indicios que apuntan en otra dirección.
Su mundo, ya tambaleante debido a la química y el agotamiento, sufrió una nueva sacudida. Todo el asco acumulado por tanto desprecio y tanto abandono se precipitó; el sabor metálico en la boca y la humillación de haberse entregado a un hombre —Santacruz— que no la respetaba, cobraron, de golpe, una inutilidad lacerante.
—¿Qué ha pasado? —logró articular.
—Ya te lo contaré. Tú encárgate de cerrar con discreción y sin levantar sospechas.
—Con discreción... —pronunció en un estertor que pretendía ser una risa irónica—. He hecho lo imposible por llevármelo a la cama, lo tengo ciego por mí, como me pediste, ¿y ahora quieres que lo pare, así como así? ¿Te crees que es tan fácil?
—Arréglatelas, esto es demasiado serio como para que tenga que preocuparme además de tus asuntos de cama. —Hubo un silencio tenso, roto solo por la respiración agitada de ella—. Perdona, no he querido decir eso... es que estoy sometido a mucha presión.
—Yo también, no sabes cuánta —confesó, dejando que la llaga de su vida privada se ensanchara hasta tragarse su orgullo—. Mario y yo hemos roto. Tuvimos una discusión horrible cuando volví de Santander y... hemos decidido tomarnos un tiempo. Pero los dos sabemos que es definitivo. Nos dijimos cosas tremendas, Tomás. Nunca pensé que nos haríamos tanto daño.
—Oh, Carmen, cuánto lo siento —bajó el tono de voz buscando ofrecerle un consuelo que ella era incapaz de procesar—. Pasará, ya lo verás. Con el tiempo podréis volver a hablaros con serenidad y os perdonaréis. Dime, ¿se ha marchado de casa?
—¡Qué importa eso ahora! Sí. No sé si para siempre; se va a vivir con Elvira, su amor de juventud. Dice que no es capaz de seguir aquí, que me quede la casa. Pero a mí se me cae encima —Inspiró, tragándose el dolor—. ¿Sigue en pie tu oferta?
—Esta misma tarde podemos ir a ver dos o tres pisos que te van a encantar.
Carmen recorrió la distancia que la separaba el salón. El espectáculo era desolador: los vasos habían sembrado de cercos mate el cristal de la mesa, la botella de Jack Daniels yacía destapada como un cadáver abandonado y el sildenafilo desparramado daba el contrapunto a lo que parecía el rastro de una batalla.
—Mejor otro día —dijo, apoyada en la pared—. Hoy no tengo ánimo para nada.
—Te conviene salir y airearte, sobre todo si la casa se te echa encima.
—Tienes razón, pero hoy no. Necesito tomarme el día con calma y arreglar algunas cosas.
Colgó. El silencio volvió a cobrar cuerpo bajo el humo de cannabis que aún flotaba en las capas altas del techo. Sus piernas cedieron y resbaló por el tabique hasta quedar sentada sobre sus talones. La desolación la inundaba: se había entregado a un hombre que se jactaba de haber poseído a la esposa de su mejor amigo, y todo por una misión abortada debido a un simple cambio de planes.
Reclinó la cabeza contra la superficie dura y cerró los ojos; nada lograba mitigar el incendio de vergüenza que le recorría el pecho. A la farsa de Santacruz y el abandono de Mario se sumaba el recuerdo borroso y agrio de la noche anterior. En un intento desesperado por no enfrentar el vacío, buscó refugio en Guido, quien, con su acento seductor y su cuerpo de titán, fue el anestésico elegido. No se entregó a él tanto por deseo como por el pánico atroz a estrenar su nueva soledad. Aquel descenso a los infiernos de sexo, alcohol y drogas la había hecho perder el norte; una huida hacia adelante que sólo la dejaba más lejos de sí misma. Utilizó el cuerpo del culturista como un escudo contra el abandono y ahora, con el sabor amargo de la droga aún en el paladar, comprendía que el precio pagado por no estar sola había sido terminar de romperse. Se había convertido en el trofeo de un amante de paso mientras su vida, profesional y personal, se hundía por el mismo sumidero.
De repente, una urgencia incontrolable le recorrió la espina dorsal. No podía seguir allí, rodeada de las pruebas de su derrota. Se alzó sobre los talones y avanzó con paso decidido hacia el centro de la estancia; agarró los vasos sucios, que chocaron entre sí con un estrépito que le retumbó en las sienes, y los llevó a la cocina. Arrojó la botella vacía al cubo de la basura y la cubrió con desperdicios para dejar de verla. Cogió un paño y un limpiador, y lo pasó frenéticamente por la mesa.
Entró en el dormitorio y el impacto fue peor. El aire apestaba a una mezcla de sudor, semen y el rastro dulzón de los porros. Abrió la ventana de par en par; el aire de la tarde le golpeó el rostro mientras arrancaba las sábanas de la cama con una fuerza desesperada. Aquellas telas, húmedas y arrugadas, eran el testigo mudo de su error; las hizo una bola informe y las empujó dentro de la lavadora con un gesto de asco.
Volvió a la alcoba. Limpió a conciencia la mancha del colchón, testigo indeleble del caos que había vivido, y dejó que se orease al sol de la ventana. En el suelo quedaba la caja de Telepizza, su lencería negra y una botella de Johnnie Walker. Carmen se movía como un autómata: barrió con la mano los restos de polvo blanco de la mesilla de noche y frotó la madera hasta que le dolieron los dedos. Limpiaba como si el detergente pudiera disolver, además de las manchas de whisky, la náusea que sentía por sí misma.
Se detuvo. La casa parecía otra, pero en el espejo seguía viendo a la misma mujer derrotada en un campo de batalla que ya no existía.
Amalia en acción
Dos días después de aquella difícil noche que vivimos en casa de mis suegros, el teléfono anunció un mensaje de Amalia. No era habitual, normalmente se comunicaba a través de Carmen.
«Mario, llámame cuando puedas.»
No lo demoré. Al oírla, se me encogió el corazón; parecía estar haciendo un esfuerzo para no romperse.
—Mario… ¿cómo estás?
—Bien, Amalia. Todo lo bien que se puede estar —respondí, intentando sonar firme.
Después, hubo un silencio breve.
—¿Podríamos vernos? Sin Carmen, sólo tú y yo. nadie más. No quiero que piense que tomo partido, es que… necesito entender.
—Cuando quieras.
—Hay una cafetería cerca del Corte Inglés de Princesa, una que tiene mesas de madera afuera, la verás enseguida. ¿Te viene bien esta tarde?
Conocía el sitio: una cafetería pequeña con mesas de madera verde en la calle posterior. Un lugar impersonal, adecuado para charlar. Algo en su tono me decía que no era una emboscada, aunque no terminaba de entender el motivo de vernos a solas.
La localicé enseguida, sentada en una de las mesas del extremo. Elegante, con el abrigo cerrado y las gafas de sol puestas, la podría haber confundido con su hija. El mismo perfil, la misma espalda erguida y esbelta con veinte años más. Mantenía las manos alrededor de una gran taza que aún humeaba. Al verme, se levantó y me estrechó en un abrazo más largo y firme de lo que dictaba el protocolo. Lo achaqué a la conmoción, a ese pegamento emocional que suelen usar las familias cuando algo va mal.
—Gracias por venir —dijo al separarnos. Se le habían humedecido los ojos, pero se esforzaba en mantener una sonrisa que no terminaba de cuajar.
Nos sentamos frente a frente. Antes de que pudiera ensayar la primera frase, tomó la palabra:
—Quiero que sepas que lo siento mucho, muchísimo. Me duele verte así. Y a Carmen también, claro... —Hizo una pausa midiendo el alcance de sus palabras—. Espero de corazón que recapacite.
Rechacé su lógica con un leve movimiento de cabeza.
—No es solo tu hija, Amalia; es un problema compartido. No hay culpables. O, si los hay, somos ambos. Los dos hemos empujado hasta llegar a este punto.
Ella asintió, pero sus ojos no me daban tregua. Me escaneaba con una fijeza perturbadora, deteniéndose un segundo de más en mis facciones, bajando hacia mis manos y regresando a mis pupilas. Era un escrutinio imperceptible para cualquiera, excepto para mí; me produjo una punzada de incomodidad, una nota discordante que fui incapaz de descifrar.
—Cuéntame. Necesito saber de tu boca qué ha pasado. No os voy a juzgar, te lo juro. Solo quiero entender.
Amalia y yo teníamos mucha confianza. Le conté lo que pude. Le hablé de las discusiones que se repetían, aunque no de los motivos. Esos no; me inventé otros: la distancia que había ido creciendo entre nosotros, cómo nos habíamos perdido en rutinas y silencios, cómo la ilusión se apagó poco a poco.
Mentira. Todo mentira.
Le hablé de noches en que nos enfrascábamos en agrias polémicas que terminaban en nada; cómo habíamos intentado arreglarlo y no lo habíamos conseguido. Ella escuchaba con atención, asentía de vez en cuando mirándome con cierto escepticismo. Los detalles escabrosos me los guardé. No hablé de Sevilla, de Candela o de Diego; no mencioné a Tomás ni a Doménico. Tampoco hablé de Macarena, de Elvira o Graciela, ni aludí a mi incursión en la sauna gay. La angustia por lo que callaba y lo que mentía se debía de estar manifestando porque, en algún momento, puso su mano sobre la mía y empezó a mover el pulgar sobre mis nudillos. Era un roce rítmico, distraído; a mi parecer, demasiado íntimo para ser un simple consuelo.
Cuando terminé, Amalia hizo una inspiración profunda.
—Gracias. Sé que no ha sido fácil. Y que no me lo has contado todo. Y está bien, no hace falta que me cuentes más. Quiero que sepas una cosa…
°°°°°
Amalia invadió ese espacio invisible que todavía los separaba. A la suegra y al yerno. A los amigos unidos por un cariño profundo. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero su voz se mantuvo firme.
—Hay lealtades que se rompen —susurró; Mario sintió el calor de su aliento y una exhalación que cerró la confesión—. Otras, simplemente, cambian de bando.
Su mano se cerró con una presión breve, casi imperceptible. Fue un gesto que no buscaba consolar al yerno que perdía a una esposa, sino reconfortar al hombre que estaba frente a ella, desnudo de secretos.
Amalia sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario, el tiempo justo para que el silencio pasara de ser incómodo a ser otra cosa. Luego, parpadeó y recuperó esa distancia de cortesía que, de pronto, se sentía artificial.
—Confío en que todo se arregle. De verdad, confío. Pero si no es así... si las cosas siguen por este camino... —Un suspiro entrecortado le segó el habla. Amalia bajó la vista hacia las manos de su yerno; se fijó en la cicatriz del nudillo y la recorrió con el pulgar—. No quiero perderte. No quiero que salgas de la familia. Para mí eres… uno más. Eres…
Movió la cabeza de un lado a otro con una indecisión desesperada. Era la expresión evidente de quien rechaza una idea, y a la vez intenta encajar una pieza en un puzzle que no le corresponde.
—…mi hijo. —concluyó, obligándose a que esa palabra fuera la única permitida para colmar el vacío que sentía en el estómago. Si él se marchaba, el vacío no sería sólo por la ausencia del marido de su hija; el aire sería insuficiente para llenarle los pulmones.
Se enderezó, recompuso el gesto de suegra angustiada por la separación, ocultó tras una sonrisa triste ese matiz de desesperación que no tenía nombre, o que ella, al menos, se negaba a bautizar.
—Pase lo que pase con Carmen, tú tienes tu sitio en casa, en la familia… en mi vida. ¿Lo entiendes?
°°°°°
Asentí en silencio incapaz de hablar. Una lágrima rodó por su mejilla y no hizo el menor ademán de secarla. Se limitó a mirarme con esa intensidad que me había abrumado desde que comenzó a hablar, una mirada que me ofrecía refugio y al mismo tiempo guardaba un matiz que no lograba descifrar.
—Está crisis te ha dejado más flaco, Mario —dijo saliendo de un incómodo silencio, y antes de que pudiera responder, liberó mi mano y me acarició la mejilla—. Tienes la misma mirada de derrota que tenía su padre antes de irse. Es una mirada que me atrae y me asusta a partes iguales.
—No sabia que Fernando…
—No lo saben ni mis hijas. Carmen era casi un bebé y Esther aún no había nacido; tuvimos una crisis muy grave, mucho. Al cabo de dos meses decidí volver a intentarlo por nuestra hija. Pero sí, tienes la misma mirada de derrota.
—Solo estoy cansado, Amalia. Ha sido un proceso largo.
—El amor no cansa, lo que cansa es mantener la farsa—dio un sorbo corto, sin apartar los ojos de los míos hasta el punto de intimidarme—. Carmen siempre fue demasiado impaciente. No sabe que a veces, para salvar algo, hay que quedarse quieta. Como estamos nosotros ahora.
—Ya te he dicho que no es sólo cosa de ella…
Me hizo callar con un gesto de la mano; luego, la acomodó de nuevo sobre la mía. Sobrevino un largo silencio cargado de miradas y tristeza; el tintineo de las cucharillas y el vapor de la cafetera parecían quedar fuera de nuestra burbuja. Amalia se inclinó, acortando la distancia; el aroma de su perfume —que no era el de Carmen, pero se le parecía lo suficiente como para herirme— inundó mi espacio.
—Ella se ha ido, pero yo sigo aquí —añadió en un susurro—. No vas a estar solo.
Tragué saliva. Sus ojos eran un calco de los de su hija: igual de expresivos, igual de profundos. Esa vibración de complicidad me obligó a retirar la mano. No se ofendió; se limitó a sonreír con una sabiduría triste que me hizo comprender que la marcha de Carmen no significaba el final de nuestro vínculo.
Nos despedimos con un abrazo de una firmeza dolorosamente familiar. Me dio un beso en la mejilla que, por un error de cálculo o de intención, murió en la comisura de los labios. En otras circunstancias, le habríamos restado importancia con una broma.
—Cuídate mucho, hijo —susurró—. Y llámame cuando quieras. Cuando sea. Llámame.
Amalia se alejó, decidida y entrañable, dejándome con la extraña certeza de que ella siempre sería mi amiga, mi refugio.
Zozobra
“En tiempo de desolación nunca hacer mudanza; mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación.”
Ignacio de Loyola. Ejercicios espirituales
Mario entró en casa con cautela. Qué lástima —pensó—: cruzar el umbral como un extraño. Al llegar al salón topó con ella y sintió un nudo en la garganta.
Carmen rompió el hielo. Su voz no tenía el veneno del enfrentamiento vivido el día anterior;
.
—Siento lo que te dije. Lo de Elvira, por las formas. No debí caer tan bajo.
Mario, a una distancia prudencial, asintió con lentitud. El dolor seguía ahí, pero la rabia se había disuelto en un agotamiento profundo.
—Yo también te dije cosas horribles —respondió en voz baja—. Nos hemos perdido el respeto, Carmen. Nos hemos arrastrado por el fango, hay que parar esto. Si queda algo de lo que fuimos, deberíamos intentar, al menos, quedar como amigos. O como dos personas que se quisieron.
Bajó la mirada avergonzada al recordar a Guido en el umbral del salón desnudándola, las risas sarcásticas, el manoseo, la humillación.
—Lamento haberlo traído a casa. Fue un error imperdonable —confesó sin nombrarlo—. Me daba pánico estar sola, y busqué la salida más rápida, aunque fuera la más sucia. No volverá a ocurrir.
Encogió los hombros y respondió.
—Fui yo quien te animó a probar, ¿te acuerdas? (5)
Carmen tragó saliva antes de comunicar la decisión definitiva.
—Me marcho. He hablado con Tomás, dentro de unos días me instalaré en uno de sus pisos.
Mario dio un paso hacia ella, pero se detuvo en seco. Su instinto de prudencia aún daba coletazos, cualquier intento de acortar la distancia sería mal interpretado.
—No es necesario que te vayas, esta casa es tan tuya como mía. Mientras no haya una resolución legal, no tienes que marcharte. Si es que llegamos a eso —matizó a destiempo—. Yo... yo me estoy quedando en casa de Elvira.
Carmen esbozó una sonrisa triste cargada de una lucidez dolorosa. Él ya estaba instalado en un escenario de divorcio. Recorrió con la vista las paredes que habían guardado sus secretos, sus risas y, finalmente, su ruptura.
—No podría vivir aquí, Mario. Cada rincón está lleno de recuerdos.
—En tiempos de zozobra…
—…no hacer mudanza —terminó ella con un gesto amargo—. Ya lo sé, pero no puedo. Véndela, haz lo que quieras.
—Es nuestra —la interrumpió—. No pienso venderla. No mientras haya una posibilidad. —Mario suspiró, miró hacia la ventana donde la tarde empezaba a morir—. Te entiendo, yo tampoco sería capaz de dormir bajo este techo. Pero démosle un margen. Como a la casa de la sierra.
—¡Mario, esa casa era de tu familia!
—Ahora es nuestra. Sin ti… —la voz se le quebró—. Úsala cuando quieras. ¿Vale?
La ternura que vio en su mirada terminó de hundirla.
—Vale. Quizás me vaya allí en Semana Santa... si tú no tienes planes.
Él negó con la cabeza incapaz de articular palabra. Se despidieron sin tocarse, con un leve gesto en el aire.
Días después. El inventario y la prueba de la distancia
Siempre me he llevado bien con la soledad; es un silencio amigo, un espacio donde me siento cómoda. Ahora ha dejado de ser compañía para convertirse en una carga que me obliga a moverme para no hundirme.
Recorro la casa. Me asomo a las habitaciones como si fueran los decorados de un escenario que ya no me pertenece. Frente a la librería, deslizo la mano por los lomos de los libros organizados por un criterio indescifrable que se llevó con él. El hueco que han dejado algunos volúmenes es una herida abierta entre los tomos restantes.
Ahora, la casa está demasiado ordenada, demasiado vacía.
Hago un somero inventario: Treinta y un años y una década invertida en un matrimonio construido sobre un concepto audaz: la libertad absoluta. Cero celos, cero posesividad, ni en lo personal ni en lo sexual. Dos psicólogos que creyeron haber superado los convencionalismos burgueses del amor.
No hubo grandes peleas, ni infidelidades, ni auténticos reproches. Habíamos llegado a la misma conclusión a través de caminos paralelos: el diálogo íntimo se había fracturado. El amor, fuerte e innegable, se había quedado sin vehículo para circular. Nos mirábamos y no nos reconocíamos, era tanta la distancia que habíamos renunciado a hablar.
Sentada en el sofá, cierro los ojos y recuerdo la última vez que hicimos el amor: no fue apasionado, sino doloroso. Un acto de conexión sin exigencias. Y precisamente esa falta de tensión, esa ausencia de las fricciones que demuestran que aún hay algo por conquistar o defender, fue lo que consumó el vacío.
El problema no fue la falta de libertad, sino la falta de necesidad de la palabra. Dejamos de comunicarnos activamente confiando en que el entendimiento mutuo, casi telepático, supliría el esfuerzo. Pero la distancia creció en las grietas de los equívocos silenciados, en las pequeñas suposiciones que se solidificaron como malentendidos. Habíamos sustituido la honestidad de la conversación por la cortesía de la omisión. Y así, el respeto se convirtió en la barrera más infranqueable para el entendimiento real.
Nuestra casa se había transformado en un laboratorio donde evaluábamos las variables de un experimento fallido. El experimento de que la confianza ilimitada puede sostener una vida.
En mi mente, ya no es una pérdida, sino la aceptación de un diagnóstico. La psicóloga que hay en mí observa el caso clínico: el amor como apego seguro degenera en distancia emocional por la atrofia del mecanismo verbal. Es una conclusión limpia, racional, libre de culpa. Y esa frialdad profesional es mi única coraza contra el desgarro. Es la resignación clínica: no se puede tratar lo que ya ha cesado de funcionar biológicamente.
Qué ironía. Llevo una década enseñando a otros a salvarse de sus trampas mentales, a forzar el diálogo, a combatir la inercia, y mi propia vida sucumbe a una patología que reconozco perfectamente. La profesional resolvió el caso; la mujer perdió la partida.
Me levanto y voy al armario donde Mario guardaba sus camisas. La puerta está abierta. Miro el espacio que han dejado las perchas vacías. La luz de la tarde entra a raudales incidiendo sobre el hueco, probando que la ruptura ya no es una hipótesis, sino un hecho consumado.
El fatalismo no es una emoción; es una certeza física, como la presión barométrica antes de una tormenta que no se puede detener. Recojo una taza de café a medio beber. Es mi taza, el café ha perdido todo calor. Este gesto, tan trivial, es el único rastro tangible de que la rutina existe, o al menos, existió.
Comienzo una etapa nueva de la que no espero nada. «Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis».
Citas
1 Capítulo 204 Entropía. Octubre 2025
2 Capítulo 204 Entropía. Octubre 2025
3 Capítulo 148 Dejá vu. Junio 2021
4. Joaquín Sabina. Y nos dieron las diez 1992
5 Capítulo 146. Nunca digas nunca jamas. Mayo 2021
Con tal de no estar en casa me volqué en el gimnasio, aunque me faltaba Mario a mi lado, además la insistencia continua de Michelin me llegaba a irritar. Una tarde que daba fin a una jornada agotadora me sentía al límite de mis fuerzas, creo que ya me daba todo igual; Guido me había entrado un par de veces con sus veladas insinuaciones en las que nunca decía nada explícito pero que todas entendíamos con claridad. Recordé lo que me dijo Mario cuando me reincorporé a principios de Mayo, ese día me había estado marcando el terreno de una manera descarada y ya en casa me lo hizo ver: «Dime una cosa: ¿Te excita el cuerpo de Guido?». Tal vez nunca me había enfrentado directamente a ello o no lo había mirado conscientemente; la realidad es que no me han gustado nunca ese tipo de cuerpos tan desarrollados, le dije, pero…
«—Me… provoca, es… diferente.
—¿Diferente? ¿Qué quieres decir?
—¿Puedo ser sincera?
—Quiero que lo seas, siempre.
—Nunca he… sentido un cuerpo así, como el de Guido.
—¿Sentido?
—Tocado, acariciado. No he tenido un cuerpo como ese, ¿entiendes? Antes, el culturismo me parecía una obsesión compulsiva, una deformidad; en realidad me lo sigue pareciendo, no creas. Sin embargo…
—Te gustaría probar.»
No podía negarlo, ¿por qué negarlo? Sonreí, me relajé, estaba con mi mejor amigo. Asentí varias veces.
«—Cómo me conoces.
—¿Y quién sino te va a conocer?».
Quién sino. Me había hecho mujer a su lado, quién mejor que él podría haberlo adivinado con solo observar unos gestos, unas miradas.
«—¿Cómo lo vas a hacer?
—No he dicho que lo vaya a hacer.
—No sería bueno que se supiese en el gimnasio.
—¿Me estás escuchando? No lo voy a hacer. —recalqué.
—Ya, ya. Tendremos que hablar con él, ponerle las cosas muy claras.
—Mario, déjamelo a mí. No te metas, es cosa mía.
—Eso quiere decir que lo vas a hacer.
—¡No! Quiero decir… ah… me refiero a plantearle que no puede seguir con esa actitud.
—Lo mismo te llevas un chasco, ya sabes que los anabolizantes…»
No sé por qué, rompí a reír; fue por su culpa, por esa terca tozudez con la que se obstina en las cosas, por la manera que tiene de hacer oídos sordos cuando se le mete algo entre ceja y ceja. Me hizo reír y se lo tomó como una claudicación, como un triunfo. Y yo, al dejarme llevar por la risa cedí un poquito a un deseo oculto que mantenía bien amarrado, sentí como aflojaba una tensión que de tanto sujetar ya ni siquiera notaba. ¡Sí!, deseaba tocar ese cuerpo, ¡sí!, quería palpar esa figura desproporcionada, me moría por abrazar hasta donde mis brazos alcanzaran esa envergadura de macho poderoso. Puede que tuviera razón y a la hora de la verdad no encontrara la potencia esperada. Daba igual, me apetecía acariciar ese cráneo rapado, sentirme frágil bajo ese gigante de espalda imposible, quedar aplastada entre aquellos brazos enormes; ansiaba navegar con mis dedos cada uno de esos músculos que parecían poder hacer estallar la piel brillante que los albergaba.
«—Me da igual, me encantaría probar ese cuerpo, manosearlo; me gustaría sentirme pequeña en sus brazos.
—¡Pero si eres más alta que él!
—No lo entiendes. Hay otra forma de mirar, no todo es desproporción.
—¿Ah no?
—¿Recuerdas la tensión que se advierte en los desnudos de Mapplethorpe? Es lo que veo en el cuerpo de Guido. Dunas, formas sinuosas que se suceden una tras otra en los hombros y los brazos, y al mismo tiempo veo nervio. ¿Qué hay bajo la camiseta? ¿Cómo es su tórax, y su vientre y su espalda? ¿Y el resto?
—Quieres decir…
—Su culo, me gustaría verlo, tenerlo desnudo y verlo. ¡Oh Dios, esos muslos son…!
—Entonces…
—No va a pasar, ¿me has oído? no va a pasar, solo lo estamos hablando. —Lo miré marcándole el límite—. Espero que esta vez te haya quedado claro.»
5 Capítulo 149. Otra vuelta de tuerca. Junio 2021
—Te tengo que contar una cosa. Me he acostado con Guido.
—¿Con Michelin?
—No le llames así, es ofensivo.
—Es broma, le hemos llamado Michelin toda la vida. Michelín, Quique, Guido, qué más da; ¿te has acostado con él? ¿cuándo?
—¿Sabes que lo de Quique fue idea de tu amigo SantaCruz? Pensó que el nombre de Guido era difícil de recordar y le hizo cambiárselo, le propuso varios; Kiko, Quique... Es tremendo.
—Deja eso ahora. Cuéntame, cómo ha sido.
—Ya lo habíamos hablado, ¿te acuerdas?
Estábamos en la cama de costado, muy cerca, mirándonos como si tuviéramos que volver a grabar nuestra imagen.
—Anda que te ha faltado tiempo.
—Tonto. —me sujetó la barbilla con dos dedos y me besó.
—Di, ¿cómo fue?
—Hubo un momento en el que la soledad se me vino encima, no sabría explicarte, son muchas cosas. Me encuentro aislada en el gabinete, aún no se ha puesto en marcha mi dirección, estoy mano sobre mano. Te echo mucho de menos, apenas hablamos, no tengo a nadie a quien acudir, Tomás bastante tiene con sus problemas familiares.
—Y encima, lo de la revista.
—No, aún no había pasado. En fin, que me pilló de bajón, me he volcado en el gimnasio y Guido siempre está ahí, con sus miraditas y sus insinuaciones. ¿Recuerdas la tontería esa que se trae de que le debo una?
—Ah sí, te invitó a tomar algo una vez, pero eso fue hace mucho tiempo, ¿no?
—Sí, no sé; le debí de decir algo ambiguo y desde entonces de vez en cuando me lo recuerda. Hace unos días volvió con eso, yo estaba un poco depre, ya te digo que desde que te fuiste me siento muy sola, no lo estoy llevando bien y ese día en concreto habían pasado cosas.
—¿Cosas, qué cosas?
—Nada, es igual; el caso es que me jodía la idea de meterme en casa, y sin saber por qué le dije que me esperara en la cafetería que hay al otro lado del parque.
—No sé…
—Sí, la de la terraza dónde íbamos cuando sacábamos a pasear a la perra.
—Ah, joder, sí… —Le duele, le sigue doliendo.
—¿Te quieres creer que me metió mano? —Al escucharme me estrechó más.
—¿Así, sin más?
—No. Que si tienes que desarrollar más las dorsales, que si allí, allá… y las manos iban de los hombros al costado y como veía que no le decía nada se fue envalentonando. Yo quería ver hasta donde se iba a atrever. Estábamos al fondo, tampoco íbamos a dar el show, entonces con la excusa de no sé qué grupo muscular me plantó la palma de la mano en el pecho, y yo callada como una muerta, y va y me dice: «tienes muy buena complexión»; eso con la mano aplastándome la teta.
—Joder, qué rostro.
—«¿Tú crees?», le dije muy tranquila.
—Se lo dejaste claro.
—Nos interrumpieron porque entraron en tromba un montón de gente; apartó la mano y me la plantó en el muslo, casi en el coño. Joder, no era el lugar apropiado, lleno de gente; le dije que no siguiera y quitó la mano inmediatamente, pero ya no podía parar, le pregunté si vivía cerca; como me imaginaba, no, y nos vinimos a casa.
—Coño, Carmen, ¿a casa?
—Sí, ¿por qué no?
—Porque no lo conocemos de nada.
—Del gimnasio, ¿qué riesgo hay?
—Y qué tal, ¿es tan bueno como pensabas? —puse los ojos en blanco.
—Es… no te lo puedes imaginar, me vuelve loca, es como tocar el David.
—Tú qué sabes, te echarían de Florencia si lo intentas.
—Dios, Mario, tenías que verlo desnudo, es… impresionante, cuando comencé a tocarlo, no sé qué me sucedió, fue como si me derrumbara.
Me miraba sin decir nada, parecía asombrado. Le concedí un par de segundos pero no más, necesitaba saber qué pensaba.
—¿Qué, no vas a decir nada?
—No sabes cuánto me alegro, cariño.
0 Diccionario argentino
Largá el buche. Confiesa.
Sanatas. Cuentos
Chetas. Pijas
Dejar colgado de la gachera. Dejar plantado
Junar. Calar, darse cuenta de las intenciones de alguien.
Mandarse a mudar. Largarse.
Corneta. Cornudo
Trola. Mujer promiscua
Jermu. Mujer
Dorima. Marido
Pilchas. Ropa
Llevo dos semanas de vacaciones en una casa rural en medio de la naturaleza con mi novia, mano de santo, paseos por la naturaleza y aire fresco.
ResponderEliminarEso sí, tienes que ir andando por toda la casa en busca de cobertura para poder usar el móvil.
He leído el artículo que has publicado en tu comentario Diva y estoy muy de acuerdo con lo que en el se expresa.
Lo de Guido fue muy mala idea y las drogas no le sientan nada bien a Carmen, sinceramente me han dado mucha pena los dos, están total y absolutamente rotos, pero se han faltado el respeto de una manera brutal, después de esto si en alguna parte de ellos tienen la mínima esperanza de poder arreglarlo la separación es imperativa.
Amelia me gusta mucho, pero sin ánimo de parecer un pervertido, a parte de consolar a su yerno, ¿a alguien más le a dado la sensación que Amelia buscaba algo más con Mario?
Bueno tengo que leer el capítulo unas cuantas veces más y con más calma, así que más adelante ya volveré a comentar.
Aunque haya terminado el capítulo llorando tengo que decir que la espera a merecido la pena.
Bueno me despido por hoy, que durmais todos muy bien.
No hay castigo mas duro que el que se infringe uno mismo y Carmen en este capitulo se a castigado a si misma de lo lindo.
ResponderEliminarGracias Mario, ahora empiezo a leer
ResponderEliminarHa costado pero la espera ha merecido la pena
ResponderEliminarEstoy trabajando y no he podido darle más que un repaso rápido. El anticipo se quedó corto no destripó nada, esta tarde llegó pronto a casa y me meto a fondo.
Lo de Guido es de traca, el perdió au trabajo por bocazas y tiene el descaro de decirle a Carmen que se lo debe, menudo mamarracho.
ResponderEliminarTomás se a vuelto a retratar en este capítulo, hace quecseduzca a Santacruz para que ahora le diga que los tiros van por otro lado y que se busqué la vida para solucionarlo.
La única preocupación de Tomás era saber si Mario se había ido de casa, algunos seguís creyendo que Tomás se preocupa pir Carmen, no se cuantas pruebas necesitáis para ver qué Tomás solo se preocupa por Tomás.
Que Mario se quede cerca de Amelia cada vez me parece mejor idea, porque Carmen los va a necesitar a los dos, porque todo lo que purula a su alrededor son buitres carroñeros.
Sigo el diario desde la pandemia y me parece lo mejor en escritura erotica.
ResponderEliminarVeo que vas con retraso en todorelatos, es que no vas a volver a publicar allí?
Iñigo desde Zamora
Ha costado, Dos Octavas, pero, como dijo Felipe II, yo no fui a luchar contra los elementos, y la “elementa” que tengo al lado le ha dado un vuelco al capítulo tremendo.
ResponderEliminarLo reconozco, ha quedado mucho mejor, mucho, mucho mejor, incluso con alguna escena que peleé porque, incluso a mi me resultaba fuerte. ¿Era necesaria? Me convenció de que si estamos escribiendo un diario en el que los protagonistas hablan a corazón abierto incluso de lo que se le viene a la cabeza y no llegaron a vocalizar, no es lógico censurarlo. Los lectores a los que va destinado sabrán distinguir lo que es pensamiento formal de lo que es un pronto no expresado aunque si pensado. ¿Somos lo que pensamos o lo que decimos?
En ese aspecto, mi “elementa”, la que ha puesto patas arriba el capítulo, es más valiente y más arriesgada que yo. Y la admiro.
Gracias, Iñigo, por seguir el diario y Bienvenido.
ResponderEliminarCiertamente, no estoy muy motivado con TR. Publicaré en algún momento porque hay lectores allí que lo siguen en silencio y se merecen un respeto. Supongo que ahora me tomaré un tregua y aprovecharé para ponerme al día.
Bienvenido de nuevo, Apasionado. Se te echaba en falta.
ResponderEliminarGracias Mario, necesitaba alejarme del Diario y tomar aire.
EliminarEstas vacaciones me han venido muy bien en ese aspecto.
A ver, no confundáis a Amalia, la madre de Carmen, con Amelia, la directora de administración del gabinete de Carmen. Una trepa de cuidado.
ResponderEliminarEn los comentarios del anterior capítulo después de que Mario pusiera el adelanto yo dije que si fuera Mario no volvería con Carmen jamás, me gustaría pedirla perdón porque después de leer el capítulo 208 mis palabras fueron muy injustas.
ResponderEliminarCarmen estaba muy drogada, de no haberlo estado no hubiera consentido que Guido humillara de esa manera a Mario.
Esta es una de las razones por las que me aleje del diario, tomar distancia y volver a tomar perspectiva.
Un abrazo muy fuerte a los dos.
Yo en mi comentario hablo Amelia de la madre de Carmen y Esther.
ResponderEliminarAmalia. Amalia. AmAlia. AMALIA
EliminarTienes razón, es que tengo una amiga que se llama Amelia y me sale sin querer.
EliminarPara mi el adelanto si fue un gran spoiler, es verdad que no entra en profundidad, pero nos presento los puntos más importantes del capítulo.
ResponderEliminarLa charla con los padres de Carmen y Esther, la llamada de Carmen a Guido, la discusión entre Carmen y Mario, la conversación de Mario y Amelia, prácticamente sabes lo más importante.
Esto es simplemente una aclaración, como dije si en siguientes capítulos Mario decide adelantar algo, no me pronunciare al respecto.
Jajaja
EliminarMe mueeeeroooo
Aceptamos pulpo como animal de compañía
Respeto que a ti no te importara, pero a mi si que me importo, de todas formas da igual dije que respetaría lo que dijera la mayoría y a la mayoría de los que comentamos preferís los adelantos, así que por ni ningún problema.
EliminarGracias por el nuevo capítulo! La espera siempre merece la pena y se nota el esfuerzo. Cosas que me llaman la atención de este capítulo:
ResponderEliminarEn primer lugar, los detalles después de excesos y resaca, me parece impresionante el nivel de detalle una vez pasado el tiempo y sobretodo con sustancias de por medio.
Me llama la atención que a pesar de todo, ninguno de los dos pierden esperanza aunque manifiesten lo contrario, ambos son conscientes de sus errores, y la última parte del capítulo lo detalla muy bien Carmen haciendo una evaluación de esa etapa.
El capítulo creo que empieza y acaba redondo, se enmarca muy bien como encajan este proceso los dos.
Y luego Carmen... tira piedra y esconde mano... joder jajja Selena? hasta donde llega o que le hace hacer Guido? nuevas incógnitas!
Y la sorpresa de Santacruz, creo que todos dábamos por hecho que de algún modo u otro iba a estar implicado en el asunto de las cámaras... lo que no sabe Tomás aún es lo que ha descubierto Carmen de él.
Gracias por vuestra generosidad de abriros de esta manera Carmen y Mario!
En lo que le doy la razón a Dosoctavas en lo de que era duro, buff, durisimo, puedes sentir como el dolor de Mario y Carmen te embuelve.
ResponderEliminarDos Octavas, gorra de lana hasta la sepultura!!!! Localicé el 208 en la madrugada - privilegio de vivir donde el mundo se pierde- y no he podido conciliar el sueño. Entiendo la reacción de Carmen con respecto a Esther y Mario. Ambos vienen de fracasos y entre ellos hay una química especial. Y tiene razón un acercamiento puede traer consecuencias funestas no solo para la familia, sino para ellos mismos. Y a ella, en algunas situaciones límites, su carácter impulsivo le juega una mala pasada.
ResponderEliminarTodos coincidimos que llegamos hasta acá en gran parte por lo que no se habla, por lo que se calla.
Me descoloca el tema Santacruz, puede ser que el inspector "amigo" del "gorra de lana" posea información que resultó útil para Tomás y por eso lo descarta. Gran enredo para Carmen con vistas al compromiso que hizo con Guido.
Con Guido Carmen lo tiene fácil, que le diga claramente que cada palo sujete su vela, Carmen parece una ONG para inútiles sin remedio.
EliminarPorque eso es lo que es Guido un inútil que no supo mantener la boca cerrada, Carmen no le debe nada a este muñeco de michelín.
No se a vosotros, pero a mi Guido me parece una persona totalmente amoral y repulsiva.
— ¿Qué es? —preguntó cuando él le puso una píldora blanca en los labios.
ResponderEliminarGuido no respondió; se la metió en la boca empujando con el pulgar y le tendió el whisky para que tragara. Él se tomó otra, distinta. Carmen era consciente del peligro de combinar el alcohol y la coca con las pastillas azules esparcidas por la mesa, pero su mente estaba tan nublada que no le alertó.
Carmen no aprende, Diego le hizo lo mismo en Sevilla y la cosa no acabo bien.
La única preocupación de Tomás era saber si Mario se había ido de casa
ResponderEliminarAhí lo pillaste, Apasionado. Y el cabreo que se cogió Carmen porque no entendía a qué coño venia eso?
Y mas que se va a cabrear cuando sepa la verdad, que es el precio que Mario a tenido que pagar porque el la salvara de Diego.
EliminarA Carmen se le están ocultando demasiadas cosas.
Si algo me a dejado claro el capitulo 208 es que esto no acaba en divorcio ni de coña, por mucho que a Tomas le joda, No es por celos, no es por infidelidad, están en esta situación por haber cortado la comunicación fluida que tiene que tener una pareja.
ResponderEliminarTarde o temprano Carmen se dará cuenta que Mario esta actuando, que el la quiere y no se quiere divorciar de ella, no a sido capaz de ir a casa de Elvira, porque sabe que es a Carmen a quien ama.
Tengo claro que en cuanto Carmen tenga un indicio solido de que Mario no esta decepcionado con ella, si no con el mismo, reculara y empezaran los fuegos artificiales, para desconsuelo y ulcera de Tomas que no le quedara mas remedio que joderse.
Otro gran capítulo que hace buena la espera.
ResponderEliminarEl capítulo es duro, y me parecio curioso las dos formas diferentes de afrontar la ruptura.
Mario dentro del dolor parece más centrado, tambien puede ser porque lleva tiempo asimilando el ultimátum de Tomas.
Carmen mas perdida e impulsiva, y a eso le sumamos que lo aderaza con las drogas, las cuales le hacen más sumisa con todos menos con Mario, por lo que ya tenemos el pastel montado.
Carmen parece que intenta alejar a Mario de su hermana echándole a los brazos de Elvira, pero que sepamos con ella aún no ha estado y se le abren otras variantes interesante que Carmen no controla. Alejandra es interesante, y como dijo en un comentario Apasionado hay que estar atentos a como evoluciona la relación con su suegra Amalia. Interesante el dato de la separación de los suegros, de la que Carmen y Esther no saben nada.
Guido no me gusta, pero es el tipo con los que ultimamente Carmen disfruta dejándose humillar. Por cierto, creo que a Tomas no le gustara librarse de Mario que cuidaba a su manera de Carmen y ahora tener por medio a Guido que le da lo mismo y lo que quiere es mostrarla como un trofeo.
A Tomás se le ha visto el plumero, y veremos ahora a quien responsabiliza de los excesos de Carmen.
Cuantas cosas por conocer aún y cuantas direcciones se presentan por delante.
Cuando Diva reprodujo el artículo titulado “Placer femenino feminista” pensé que nadie, salvo las lectoras, lo iban a entender. Estuve a punto de decirlo pero no quise crear polémica. Hoy, después de leer los comentarios me ratifico. Si tuviera que tomarme un chupito por cada vez que he leído “sumisa” o “castigada “, estaría en coma etílico.
ResponderEliminarDiva, esperabas demasiado.
Carmen utiliza a Guido como el su momento yo utilice el alcohol para anestesiarme del dolor que me produjo la muerte de mi madre, Carmen lo dice no esta con Guido por deseo, ni siquiera siente nada cuando está con él, lo que ocurre esa noche entre los dos nada tiene que ver con el placer femenino feminista, porque Carmen ni siquiera sintió placer, simplemente no se sintió sola y abandonada.
EliminarSe castiga a si misma en cierta forma porque se sabe en parte culpable del final de su matrimonio por eso se entrega de la forma en la que se entrega a Guido.
Yo no veo sumisión en lo ocurrido esa noche, Guido no utiliza a Carmen es al revés, ella lo utiliza como yo en su día utilice el alcohol, por eso una vez pasada la noche se arrepiente y en cierta forma se avergüenza al comprobar que se a terminado de perder.
Yo sentía lo mismo cada vez que me despertava al día siguiente con una resaca de mil demonios.
Yo donde si identifico el placer femenino feminista es en los encuentros que Carmen tiene con Andrés, ahí Carmen si los siente, su entrega es absoluta y ahí si lo hace por deseo.
Así es como lo veo yo Lucía, tal vez me equivoque, pero es lo que sentí al leer esa parte del capítulo.
Otro gran capítulo. Gracias Mario
ResponderEliminarDoloroso por donde se lo mire
Ah, es maratónica, no maratoniana
Un capítulo excelente.
ResponderEliminarLo de Guido me parece fuera de toda razón, entiendo a Carmen no quiere estar sola pero llamar al Michelin, el causante de las fotos el que medio en un reverendo problema a Carmen. no acabo de entender la mente Carmen. bueno creo que no ella termina de entender.
Lo de Amalia, también me dió a mi la impresión de que quería algo más con Mario. pero lo más seguro es que sean figuraciones de uno, el tiempo nos dirá.
Esa conversación que tuvieron Mario y Carmen al final. dónde los dos se disculpan. para mí es un inicio de una reconciliación, es la primera vez que cruzan palabras sin ofender, se les vio muy afectados por su actitud entre ellos.
Tendré que darle otra leída para, es muy denso el capítulo, mucha información que hay que digerir con calma
Lo dicho: sumisa, perdida… ¡dos chupitos!
ResponderEliminarEn la cita 5 a pie de relato, que no sé si alguien las lee, Carmen le cuenta a Mario cuando se ha acostado con Guido por primera vez. ¿Qué le responde Mario? Cómo me alegro, cariño.
Y en la misma cita, antes de que se acuesten, hay un dialogo entre ellos en el que se sinceran: a ella le atrae el cuerpo de Guido y Mario le despeja las dudas.
Y en este capítulo el dolor los lleva a los dos a lo mismo, él con una mujer y ella con Guido. Él con el whisky y ella con las drogas
¡Ah, pero la perdida es ella! Manda huevos.
Sigo diciendo que Tomas a pesar de sus intereses empresariales en los que involucra a Carmen, ojo voluntariamente, es el que más la protege. Nada de lo que hace ella para tomas lo hace obligada y desde el principio la ha intentado salvar de que acabe con gente como Diego o como Mario
ResponderEliminarMario a cometido errores, pero me parece excesivo poner a Mario en el mismo saco que Diego.
EliminarLucia, Ya lo comentaron los dos, y tanto Mario como Carmen han reconocido que los dos son tan culpables, ninguno pretende hacerse la víctima, y porsupuesto que no podemos solo considerar que la perdida solo sea Carmen, Mario ya reconoce que tiene gran parte de la culpa, y para mí Carmen es sumisa con prácticamente todos menos con Mario.
ResponderEliminarSupongo que el trauma que le dejaron los primos cuando la viola tan en su niñez, le hace no luchar, la paraliza en varios capitulos lo hemos visto. creo que el primero fue con Gonzalo el que le decía Carmenxius, con Gerardo también ocurrió algo parecido, cuando monta el caballo y Gerardo está hablando por celular y el caballero la acosa. ella sintió miedo y le vino el recuerdo de lo ocurrido con su tío.
Ella misma dice que es lo suficientemente fuerte para defenderse. que estudio defensa personal, pero cuando le piden algo con autoridad, Carmen se doblega. para mí eso es ser sumiso o sumisa
Yo no veo a Carmen perdida, esta dolida como es lógico, pero con el agravante de sentitse abandonada por el amor de su vida,
ResponderEliminarY la culpa en esto es de Mario porque constantemente está impulsando una ruptura que no se ve nada orgánica.
Le habla a Carmen que se va a vivir con Elvira, le insinúa el divorcio y todo está sucediendo demasiado deprisa sin darle a Carmen tiempo de digerirlo.
Lo peor es que Mario ni siquiera quiere separarse de Carmen y mucho menos divorciarse y todo viene de su incapacidad de plantarse ante Tomás y decirle que deje de inmiscuirse en su relación.
Que a Carmen le sientan mal las drogas es un hecho, pero en esta ocasión cumplen su función al igual que Guido, aliviar el dolor y la soledad.
Jack Daniels tampoco es que vaya a ayudar mucho a Mario, de hecho en este capítulo veo mucho más perdido a Mario que dice que va a ir a casa de Elvira y decide ir a un bar donde conoce a Alejanda y termina llamándola Carmen mientras están follando, vamos que a Mario se le ve perdido un rato.
Mario tiene que sincerarse con Carmen y decirle que quiere separarse porque está convencido que es un peligro para ella.
También decirle que si no se larga de casa y se divorcia igual termina un poco malogrado.
Estoy seguro que eso daría cierta paz a Carmen que cree que Mario la desprecia cuando no es así.
Que yo recuerde Mario tampoco a abrigado hacer nada a Carmen.
ResponderEliminarHay muchas maneras de obligar. La terapia de puta es un ejemplo de manipulación extrema hasta el punto de convertirlo en un lavado de cerebro. La presión continua para que se acostase con Roberto es una forma de obligar muy agobiante. Y hay más ejemplos no sólo con Carmen, repasa la relación con Macarena.
EliminarPuede ser, pero Tomás también a obligado a Carmen a hacer cosas, Angel también la ha obligado y podría poner más ejemplos, pero parece que aquí el único villano es Mario.
EliminarQue si, que vale, que tienes razón.
EliminarBruto.
ResponderEliminarQuerido Cayo, buen capítulo me han gustado, en sobremanera algunos detalles, pero siguiendo fiel a mi línea de pensamiento habéis titulado mí comentario, “La noche oscura” yo hubiera puesto “La noche oscura del alma”, perdona que te cite, además, en la primera lectura que es la más intuitiva me sentí un poco abrumado, eso no quiere decir que no me gustase, es un tema de empatía con los personajes y confieso que en este capítulo bastante incomprensión de sus actos.
Guido un autentico capullo, como siempre en su línea y el personaje de Alejandra es la reencarnación de Freud, pero al final hay un rayo de luz con Amalia, o es Amelia.
En fin lo he disfrutado, ¿tengo una vena masoca?
El teléfono cortó el aire con una estridencia que le atravesó las sienes.
ResponderEliminar—¿Tienes un momento? —escuchó. Carmen notó algo distinto en su cadencia habitual.
—Sí, claro.
—Abandonamos la línea Santacruz. Han aparecido nuevos indicios que apuntan en otra dirección.
Su mundo, ya tambaleante debido a la química y el agotamiento, sufrió una nueva sacudida. Todo el asco acumulado por tanto desprecio y tanto abandono se precipitó; el sabor metálico en la boca y la humillación de haberse entregado a un hombre —Santacruz— que no la respetaba, cobraron, de golpe, una inutilidad lacerante.
—¿Qué ha pasado? —logró articular.
—Ya te lo contaré. Tú encárgate de cerrar con discreción y sin levantar sospechas.
—Con discreción... —pronunció en un estertor que pretendía ser una risa irónica—. He hecho lo imposible por llevármelo a la cama, lo tengo ciego por mí, como me pediste, ¿y ahora quieres que lo pare, así como así? ¿Te crees que es tan fácil?
—Arréglatelas, esto es demasiado serio como para que tenga que preocuparme además de tus asuntos de cama. —Hubo un silencio tenso, roto solo por la respiración agitada de ella—. Perdona, no he querido decir eso... es que estoy sometido a mucha presión.
—Yo también, no sabes cuánta —confesó, dejando que la llaga de su vida privada se ensanchara hasta tragarse su orgullo—. Mario y yo hemos roto. Tuvimos una discusión horrible cuando volví de Santander y... hemos decidido tomarnos un tiempo. Pero los dos sabemos que es definitivo. Nos dijimos cosas tremendas, Tomás. Nunca pensé que nos haríamos tanto daño.
—Oh, Carmen, cuánto lo siento —bajó el tono de voz buscando ofrecerle un consuelo que ella era incapaz de procesar—. Pasará, ya lo verás. Con el tiempo podréis volver a hablaros con serenidad y os perdonaréis. Dime, ¿se ha marchado de casa?
Ni siquiera es capaz de preguntarle como se encuentra ella, el cinismo de este nombre no tiene parangón.
Demuestra preocupacion por Carmen menos cero, en esta conversación lo único que busca Tomás es constatar que se a salido con la suya, total y absolutamente repugnante.
Tal vez Tomás tendria que empezar a plantearse proteger a Carmen también de si mismo.
Hoy he leído a una Lucia ofendida, mas que ofendida diría que frustrada y seguramente con toda la razón, esta claro que algunos hombres no terminamos de entender bien lo que significa el feminismo, pero como no puedo hablar por los demás hablare por mi, cuando yo comento los capítulos del diario no lo hago en términos de machismo o feminismo, lo hago basándome en sentimientos.
ResponderEliminarPor ejemplo hoy las palabras sumisa y perdida han sido las que mas ruido han hecho, la realidad es que Carmen se comporta de forma sumisa con sus amantes, es un rol en un juego sexual, eso no la hace ni mejor ni peor, simplemente ella disfruta mas tomando ese rol y eso no es nada malo.
Simplemente me gustaría saber en que estamos metiendo la pata, de esa manera podremos corregirlo pudiendo expresarnos de una manera diferente.
Ni ofendida, ni frustrada, ni enfadada. Esto es un relato.
EliminarQuerido Apasionado, creo que no es solo un problema de los hombres. Si lees uno de mis comentarios, hago referencia al hecho ocurrido en un concierto del grupo Coldplay cuando con una kisscsm enfocan a una pareja que resultaron ser el ceo de una compañía informática y su jefa de recursos humanos.
ResponderEliminarSegún la información dada ambos casados. Lo importante es que, luego de la civilización del vídeo, la mujer perdió su empleo y lo peor es que el mayor porcentaje de amenazas e insultos eran de mujeres.
Según declaró ella, cuando estoy ocurrió ya estaba separándose de su esposo.
Cómo ves generalizar es un camino sinuoso y que engendra algún que otro peligro.
Me aleje del diario por una razón y cada vez estoy mas convencido que he vuelto a comentar demasiado pronto.
ResponderEliminarHan pasado cuarenta y ocho horas y parece que nadie ha visto el homenaje a un escritor hispanoamericano premio príncipe de Asturias.
ResponderEliminarTorco, afina el ojo; Lucía, que no se diga; los demás, no es nada difícil.
Cuando lo quise ver, ya se había ido. Estaba poco despierta. Jejeje
EliminarJajaja. Muy bien tirado, Lucia. Bingo!
EliminarNo lo veo y lo de Lucia me suena a chino.
ResponderEliminarSinceramente nunca me he preocupado los libros que he leído han tenido algún premio o no, no me guió por el escritor/ra, si nompor las sensaciones que me da el libro cuando lo tengo en la mano y leo la sinopsis.
ResponderEliminarAsí que en mi caso buscar esa referencia sería como buscar una agua en un pajar.
En cuanto al diario, hay algo que no me entra en la cabeza, Carmen sabe perfectamente que es lo que los a llevado a esa situación, la falta de comunicación y también tiene muy claro cuál sería la situación.
Estoy seguro que Mario a llegado a esa misma conclusión, entonces mi pregunta es, ¿porque ambos han dejado que el problema llegue tan lejos si temían la solución?
Apasionado, el problema no es el lugar a dónde tienen que llegar, lo duro es el camino a elegir. No creo que, en ese momento no están en condiciones de la elección correcta.
ResponderEliminarHay heridas abiertas, heridas que duelen. Hay decepción, rencor, inseguridad, etc. Por ahora, la solución más correcta es la distancia.
Querido Mario, si hay algo en lo que nunca me destaqué es en las incógnitas. Seguramente el "elefante rosa" pasó delante mío y no lo ví.
Si en eso estoy de acuerdo contigo, pero llevan meses sin comunicación, estoy seguro que tiempo atrás cuando todavía se podía solucionar y sabían cual era la solución no lo hicieron y de hay surge mi pregunta, si sabes la respuesta porque no ponerla.
EliminarLlegados a este punto recapitulemos, todo esto empezó de la manera más inocente, todo por la forma en la que miraron a Carmen unos desconocidos en una discoteca siendo Mario espectador en primera fila y dándose cuenta que eso lo excito de sobremanera.
ResponderEliminarPero lo que empezó como un juego inocente terminó siendo engullido por una obsesion que Mario a ido alimentando hasta que se a hecho tan grande que no a sido capaz de controlarla y las consecuencias son claras destrucción del matrimonio y pérdida del amor de su vida.
Carmen a sido la principal víctima de esta obsesion, no hay ninguna duda al respecto, pero todo ser humano es dueño de sus decisiones y víctima de sus consecuencias y Carmen no a sido una excepción, tomando decisiones como las tomadas con Diego en aquel fin de semana que terminó como prostituta de barra de bar, que también han ido erosionado la relación hasta el punto de ruptura.
Mario a sido el artífice, pero Carmen también a contribuido, pero no todo está perdido.
La vida me a enseñado que de las victorias no se aprende nada, que son las derrotas las que verdaderamente te enseñan y tanto Mario como Carmen han sufrido una derrota muy dolorosa.
Sabemos que en un tiempo vuelven, esperemos que con la lección bien aprendida, la comunicación es la clave de la supervivencia.
Donde hay que firmar??
EliminarLo suscribo entero y añado un par de cosas
De esta sale porque ya lo sabemos
Van a tardar, esto no es un palo del que se sale en un mes ni en dos
Yo le calculo seis meses como poco y un año como máximo
Entre medias van a hacer muchas más gilipolleces.
Al final van a salir mejores y más fuertes pero muy cambiados.
A Carmen le gusta la vida que lleva y no la va a dejar ya sabemos a a los cincuenta sigue en plena forma física y sigue ejerciendo porque le gusta.
Tenemos que enterarnos si ha ido para alante con Phobos y deimos. Quiero pensar que no.
Y las drogas no me preocupan, estoy convencido de que aparte de los picos puntuales lo tiene controlado. Conozco casos parecidos. También conozco gente echada a perder y no me encajan con el perfil de Carmen.
Sigo en otro que este es muy largo
Sobre Mario.
EliminarEl alcohol no me preocupa, bebe pero no se pasa hasta la borrachera
Tiene una vena gay de la que cuenta poco. De la sauna no se volvió a hablar tengo dudas de si es porque no volvió o porque prefiere hablarnos de Carmen y de sus ligues femeninos.
También ha tenido sus rollos con Domenico, uno a solas y otro debajo de Carmen.
Creo que esa faceta está por salir o está vetada.
No creo que este vetada, lo que yo creo es que no se han vuelto a dar las condiciones, pero si a habido algo más lo sabremos, Mario ya nos dejó claro que Carmen no se esta guardando nada y no creo que escondan algo así.
EliminarPuede ser lo que pasa es que al ritmo que publica Mario vamos tardar un huevo en enterarnos.
EliminarOpino igual.
EliminarSobre las drogas y el alcohol puedes llegar a ejercer un control sobre ellas cuando estás bien animicamente y sólo las usas de forma recreativa y muy de vez en cuando.
ResponderEliminarPero este no es caso de Carmen y Mario, los dos están destrozados y se les puede ir de las manos, Carmen no daba el perfil antes, ahora mismo ese perfil se a desfigurado y en el caso de Mario igual.
Se nos a dejado pistas de que Carmen va a seguir viendo a Guido, se drogaran fijo, Con Domenico también las a utilizado y Mario a aumentado la ingesta de alcohol también, ahora frecuenta más bares y toma más whisky.
Yo no es un asunto que me lo tomaría a la ligera.
Mi anterior comentario no a sido para llevarle la contraria a Dosoctavas, ojalá tenga razón y Carmen y Mario puedan mantener el control sobre las drogas y el alcohol.
ResponderEliminarEse comentario está sustentado en mi propia experiencia, el dolor es muy jodido y el cuerpo se acostumbra rápido a esas sustancias que puedan alibiarlo, en mi caso fue el whisky.
Tuve la suerte de dejarlo a tiempo, hoy en día puedo tomarme unas cervezas sin ningún problema y me cojo alguna que otra borrachera, pero otros no han tenido tanta suerte como tuve yo.
Entiendo los reproches por la demora en publicar, pero esta vez no ha sido toda la culpa mía, supongo que habréis encontrado la mano de “Mos” en muchas escenas.
ResponderEliminarDe todos modos, menos mal que esto no es una obra comercial, porque en una editorial estarían desesperados conmigo en el mejor de los casos, o ya me habrían echado.
No es un reproche Mario, más bien es un comentario, un año en la vida de Carmen y Mario en el diario equivale a 15 años en la vida real.
EliminarEs un precio que hay que pagar por tener capítulos de calidad y no creo que ne equivoque al decir que todos estamos dispuestos a pagar ese precio.
Y eso implica que los acontecimientos tardan en llegar, sois escritores en vuestro tiempo libre, bastante hacéis, créeme que todos estamos agradecidos.
Creo que desde el inicio del Diario, el "Mos" estuvo presente. Y es lógico porque es la historia de los dos, aunque el título llame a engaño.
ResponderEliminarCon respecto al consumo de drogas o alcohol, será importante quienes acompañen a Mario y Carmen en esta etapa que comienza. Y creo que esos acompañantes podrían ser Tomás para Carmen y Alejandra para Mario.
El problema es que tanto Carmen como Mario tienden a salirse de la ruta establecida, tengo la sensación que entre Carmen y Tomás va a ver más de un encontronazo.
EliminarOtra sensación que tengo es que es que la relación entre Elvira y Mario está abocada al fracaso, ella está muy enamorada, pero Maruo en estos momentos no está para tener una relación y también veo encontronazos entre estos dos en el futuro.
Como profesional del sector, quiero quitarte de la cabeza esa idea, Mario. Tu caso no es diferente a muchos de los autores con los que trabajo a diario y a los que hay que perseguir para que entreguen los originales en fecha. Es nuestra guerra de todos los días, tus plazos no están, ni mucho menos, fuera de lo habitual para textos de un tamaño similar.
ResponderEliminarComo dijo alguien en Blade runner “ He visto cosas que no creeríais. Atacar con excusas en llamas más allá de la fecha de entrega. He visto reproches brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser.
He corregido erratas imposibles y he sobrevivido a tres ferias del libro sin dormir, esperando un original que nunca llega. Y ahora, cuando el departamento de marketing presiona y la imprenta cierra sus puertas... todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.
Me he venido arriba, tendría que sonar la música mítica pero os la imagináis.
Te lo agradezco y más si viene acompañado de una referencia a un clásico como es Blade runner. Imagino que habrás visto cosas increíbles, pero nunc me ha consolado aquello de mal de muchos…
EliminarEn fin, procuraré enmendarme y agilizar los procesos de depuración.
Me facina el blog, el poder comentar y leer los comentarios de tan buenos lectores, y saber la interpretación que le da cada quien, me parece excelente, cada quien hace sus conjeturas, y las comenta en este espacio, y sirve para retroalimentar lo que cada quien entiende. también para darle un sentido diferente a lo que uno podría haber entendido, o simplemente para saber cómo cada unos de los que aquí comentamos tien una visión diferente, pero al final creo que todos deseamos que tanto Mario como Carmen, lleguen a buen puerto
ResponderEliminarTodos aqui damos por hecho que el principal problema que tienen en este momento es la falta de comunicación, todos sabemos que Mario y Carmen se aman a su manera, y que por testarudos no han tenido la comunicación que deberían de tener.
Están estancados, sin poder avanzar debido a que los dos creen tener la razón, los dos saben que se han faltado al respeto, y cada vez que se ven en lugar de hablar con cordura, lo hacen enfrentándose y sacando su rabia por no poder hablar sin hechar se en cara lo que cada uno cree que ha hecho mal, y vienen francés devastadoras como las que leímos cuando Mario llega al departamento y encuentra al Michelin con Carmen, los dos se hacen mucho daño con sus comentarios.
Y creo que Quién ayudará mucho para que reencuentren el camino hacia la reconciliación será Amelia, solo en los próximos capítulos podremos leer si tengo o no razón.
Estoy de acuerdo, Amalia está empeñada en mantener unida la familia
EliminarEl cabreo con su hija es preocupación mal expresada. Conozco bien esa forma de preocuparse por uno sin saber expresar los sentimientos
Eso es porque no sabe la verdad sino Mario y Carmen tendrían que salir corriendo.
EliminarPor otro lado, coincido con apasionado, cuando dice que Tomas, le importa muy poco como solucione Carmen la situación con Santacruz, Tomás le dice arréglate las como puedas yo estoy enfrascado en otros asuntos, pero si necesitaba saber si Mario ya se había salido del departamento.
ResponderEliminarDesde mi punto de vista, Tomás ha sido el principal orquestador de las broncas que tienen en este momento Mario y Carmen, Creo que de no haber hablado Tomás con Mario y este pedirle que lo mejor que podía hacer Mario por Carmen es dejarla.
Quiero pensar que Mario hubiera hecho algo para tratar de salir adelante con Carmen y mucho de las broncas se pudieran haber evitado. esa es mi apreciación, pero como dicen por acá el hubieron no existe.
Es bastante conocido que a mí Tomás no me cae nada bien, pero tengo que reconocer que lo ocurrido en Sevilla fue lo que lo precipitó todo, Mario tuvo que mirar las consecuencias de sus obsesiones de frente.
EliminarMario por primera vez se recrimina a sí mismo lo que ha hecho y por primera vez reconoce que es un peligro para Carmen y lo mejor para ella es estar lejos de él.
Mario hubiera tomado la misma decisión aunque Tomás no le hubiera presionado (mira que me jode reconocerlo)
Así lo veo yo.
El día que Amalia se entere de la vida que lleva su hija y su yerno monta una bronca de antología aunque luego le cueste meterse en la cama del disgusto
ResponderEliminarEso va a pasar tarde o temprano
Una pregunta. Alguien entiende la obsesión de Carmen por la lluvia dorada?
ResponderEliminarA ver, llamarlo obsesión es un poco fuerte, yo lo llamaría afición. Tampoco es tan malo,. Que yo sepa,no se lo traga, le gusta recibirlo pero nada más.
EliminarCuando yo era “single”, a veces lo hacía, pero siempre a petición de la interesada y siempre como donante, nada más. Me gustaba pero tampoco era para tirar cohetes.
En el fondo, tampoco es tan raro. ¿A quien no le ha ocurrido, en medio de una comida de coño, que a la chica se le escape en mitad del orgasmo un chorrito de pis? Hay que aceptarlo con deportividad y no ponerla en un apuro poniendo cara de asco.
Cuando era una chavalita me pasó con una tía con la que estaba, mayor que y,o, se corrio en mi cara y yo con mi poca experiencia, le di más ritmo a la lengua entonces me empapó la cara. Me lo tomé bien, como se toman esas cosas cuando eres una cría, nos reímos un montón y seguimos a lo nuestro.
Pero de ahí a llamarlo obsesión…
Para mi es parte de ese juego que se trae Carmen con sus amantes, una forma de subirles el ego y hacerles creer que tienen a Carmen en sus manos haciendo lo que ellos quieren cuando son ellos los que terminan haciendo lo que ella quiere y desea.
EliminarNo lo hace con Mario y no es porque lo crea inferior, si no que el juego que Carmen y Mario tienen es diferente.
Despues de haber leído atentamente ciertos capítulos después del artículo que publicó Diva en su comentario, en esos capitulos aunque Carmen parezca una sumisa, es ella quien corta el bacalao haciéndoles creer lo contrario a sus amantes.
Cuando Mario comentó que Carmen era buena jugando al ajedrez no exagerada ni un poquito.
A mi me a pasado alguna vez lo que comenta Lucía, de hecho me pasó con mi ex, la orina sabe salada, te la tengas y sigues a lo tuyo sin darle mayor importancia.
ResponderEliminarTenéis sorpresita en la otra habitación.
ResponderEliminarPor fin, creí que no lo ibais a ver nunca
EliminarEsta declaración de Carmen deja claro lo que siente
La sumisión cada vez queda más fuera de juego como teoría. Puede ser un juego que juega pero no una debilidad A mi es lo que me parece
En el nuevo relato publicado por Carmen nos deja claras dos cosas, una de ellas es que Carmen y Mario vuelven a estar juntos y con una sintonia perfecta y la segunda que los amantes para Carmen son lo que son un pasatiempo placentero donde se lo pasa de vicio, pero después vuelve a su vida al lado de Mario.
EliminarPero me temo que primero tendremos que pasar la tormenta antes de llegar a tierra firme.
De todas formas veo un lado peligroso al juego al que juega Carmen con sus amantes, por ejemplo Santacruz, lo tiene comiendo de su mano aunque el crea que es al rebes, o el mismo Guido que también le hizo creer que el era el amo y señor cuando fue el otro quien bailo al son que le tocó Carmen.
ResponderEliminarNo creéis que se pueden revolver y reaccionar violentamente en el momento que vean la verdad, que uno a sido seducido para ser sonsacado y el otro no fue más que un pasatiempo para no pasar sola la noche.
Tal vez esté exagerando, pero por menos se han visto agresiones totalmente repugnantes en las noticias.
De querer reaccionar de modo violento, ahí está Tomás con sus recursos para poner a esa gente en su lugar. Sino que le pregunten a Diego.
ResponderEliminarYa, pero Tomás ya llegaría tarde, la realidad es que más que una agresión con Santacruz sea una venganza y la involucre en algún chanchullos fraudulentos de los suyos
EliminarTomas esta convencido que Carmen actúa así por culpa de Mario, por la terapia de puta (en parte tiene razón), pero terminara comprobando que Carmen tiene sus propios planes y toma sus propias decisiones, en las que Mario no tiene nada que ver y eso es muy posible que lleve a colisiones entre Carmen y Tomas.
ResponderEliminarOtra cosa que puede ocurrir es que Carmen y Tomas terminen rompiendo laboralmente hablando, Tomas la utilizara en su propia conveniencia, pero estoy seguro que no vera con buenos ojos que quede con amantes como Guido o que Domenico se meta por medio.
¿Alguien mas cree que que Tomas y Carmen puedan separar sus caminos y Carmen termine trabajando como prostituta independiente como lo hace hoy en día?
No creo que Tomás y Carmen se separen laboralmente hablando, para Carmen Tomás es más que un amigo, alguien que la ayudo mucho en un momento muy vulnerable, le dió asilo, la escucho, fue su paño de lágrimas.
ResponderEliminarLa misma Carmen se lo ha comentado a Mario, Tomás es una persona muy importante para Carmen y ella se entrega a todos los que quiere Tomas,
Mario es el amor de la vida de Carmen, era lo más importante para ella, más que Domenico, más que Tomás y mira como han acabado.
EliminarSi Tomás empieza a coartar esa libertad de la que Carmen dispone se rebelara, no tengo dudas de ello y espero que lo haga.
Es algo que se veía venir: estoy escribiendo más de lo que posiblemente vaya a poder publicar. Ahora mismo escribo unas escenas que, por mera restricción de cronología, no creo que pueda publicar antes de cuatro cinco años; en la nube tengo textos escritos en 2016, 2020 de los que aún no sé cuándo verán la luz. Si es que la ven.
ResponderEliminarSiento una especie de vértigo, porque el placer por escribir no es suficiente recompensa comparada con la que proporciona el placer de compartir.
Viene esto a cuento porque, en cuanto acabe esta reflexión, escribiré algo que se me vino a la cabeza este mediodía mientras tomábamos el aperitivo: una chica joven, de la edad que tenía nuestra protagonista en el tiempo que corre el relato, hablaba con su pareja y otro joven y de pronto se mordió el labio inferior como respuesta inconsciente ante algo que sucedió en esa conversación. Ese gesto que siempre me ha subyugado, me llevó a otro tiempo y otro lugar y quiero plasmarlo antes de que regrese al olvido. ¿Lo llegareis a leer?
Jajaja, nos pones los dientes largos y luego nos preguntas si lo llegaremos a leer.
EliminarTodos tenemos claro que el diario llegará a su fin eso es inevitable.
Por lo de compartir no te sientas mal, habeis compartido 208 capítulos, eso son muchas horas de lectura así que tanto tu como Carmen podéis estar orgullosos.
Nu puedo dormir, esta tarde me he llevado el susto más grande de mi vida, he tenido que subir a lo alto de una grúa puente a soldar porque no habían hecho el mantenimiento como era debido y la anterior soldadura se había oxidado, así que he subido y lo primero que he hecho a sido enganchar mi cuerda a la línea de vida, la grua estaba muy resbaladiza y al pisar no me ha dado tiempo de nada más, lo siguiente que he visto era como el suelo se acercaba a mi hasta que la cuerda a detenido mi caída de golpe.
ResponderEliminarTodavía estoy temblando y cada vez que cierro los ojos veo como ese suelo se acerca a mi, buffff va a ser una noche muy larga.
En situaciones como la que has pasado, tu vida desfila por tu cabeza a toda velocidad en un segundo.
EliminarMe alegro que todo se haya quedado en un susto. Descansa.
Gracias Mario lo intentare.
EliminarEn los trabajos no solo hay que pedir las medidas de protección sino también usarlas y bien, y en tu trabajo Apasionado eso no evita algunos accidentes pero reducen los daños.
EliminarMe alegro que solo fuera un susto y poder seguir contando con tus comentarios.
Veo que hoy ha sido el día de los accidentes. En mi caso viajaba en un colectivo -,bus para el redto- y choca con un taxi.
ResponderEliminarQuien esto escribe iba sentado con su bastón y termino en el piso con un gra n dolor para mi pobre y maltrecha cadera.
Y acá lo desopilante que me ocurrió con unas aves. Concretamente con una " lechuza" y un "carancho". Para que se entienda, lechuza en el argot delictivo es el que avisa al carancho - ave de hábitos cartoñeros- que en este caso sería un letrado faltó de toda ética.
El "lechuza" se me acerca en la guardia del hospital y me entrega una tarjeta del "carancho" hablándome de las bondades profesionales de este letrado.
Jamás ví correr o volar una lechuza tan rápido cuando me presenté con mi propia tarjeta.
En cuanto a mi, en mi hogar guardando reposo y mañana parto hacia la costa a seguir con el mismo.
Caminaré con cuidado hoy, porque dicen que no hay dos sin tres.
EliminarAyer no era el día querido Torco.
EliminarHay que ver lo que dan de sí unas cuantas servilletas de papel y un bolígrafo en una cafetería. Enhorabuena, Mario, comprendo las lágrimas de Carmen al leerlo. Guardad como un tesoro ese documento con las huellas secas de la emoción que provocaron tus palabras. Son recuerdos que después de unos años gusta volver a recuperar.
ResponderEliminarMe lo explique oiga que no me entero
EliminarMe encanta ver al sherlock holmes del blog más perdido que un pulpo en un garage. 😂😂😂😂
EliminarEsta te la guardo. Caerás tarde o temprano
EliminarUy, que miedito
EliminarAcabo de comentar en el otro blog la alegría que me produce la buena noticia que nos revelan los relatos publicados allí en cuanto nos indican que la relación sigue adelante, con una intensidad y entendimiento total. La calidad de los relatos en los dos blogs es indiscutible hay partes que creo difíciles de superar. Enhorabuena a Carmen y Mario por llevar adelante su relación y por relatarnos tan magistralmente su curso.
ResponderEliminarEso nos indica que está separación era necesaria, pero me da que el camino a recorrer va a ser como una montaña rusa con curvas y caídas imposibles.
ResponderEliminarBueno, ya no me ven el pelo en el curro hasta el martes, yujuuuu.
ResponderEliminarMe hago una pregunta, ¿quien se quedara esta vez con la fotografía del lago di Como?
ResponderEliminarYo conozco más perdido que turco en la neblina. Ahora imaginarme un pulpo en un garage. Con qué automóvil?
ResponderEliminarHoy hemos salido mi novia, mi cuñada y yo a dar un paseo, últimamente está haciendo buen tiempo en Donostia y hay que aprovechar.
ResponderEliminarMientras caminábamos le he preguntado a mi cuñada si había leído el último capítulo del diario y se a puesto muy triste porque a llegado lo que todos sabíamos, pero ella no quería la separación de Carmen y Mario.
Después a comentado lo siguiente, Mario es el único hombre que deja satisfecha a Carmen sin ayuda de pastillas azules o de otra naturaleza.
La mayoría de los amantes de Carmen las necesitan para dar la talla, el único que no las usa es Mario.
Si mi memoria no me falla tiene toda la razón, si estamos equivocados hacérmelo saber.
Domenico Gerardo carlos Jacobo
EliminarMe dejo alguno ya me acordare
Siento decirte que Domenico se drogo en todas las ocasiones que ha estado con Carmen menos en la ultima que estuvo en casa de Carmen y Mario, de hecho he dicho pastillas azules y de otra naturaleza y drogarse es doparse, si no por que dio positivo Maradona en el mundial de 1994.
EliminarGerardo también se metió pastillas, si no recuerdo mal Carmen lo comenta, no se si a Mario o a Lorena.
Con Carlos te doy la razón ya ni me acordaba de el y en cuanto a Jacobo, siento decirlo, pero este no juega en la misma liga que Domenico o Gerardo, pero es verdad que las dos veces que a estado con Carmen no se a comentado nada, así que le daré el beneficio de la duda.
También creo que Jacobo no a conocido a la verdadera Carmen en la cama, cuando la conozca ya hablaremos.
Fallo mío leí pastillas azules y no vi mas
EliminarDe todas maneras Carmen es mucha Carmen en la cama, si yo fuera su amante me sentiría muy intimidado.
EliminarEscribiendo febrilmente. Dispongo de unos días libres y me he ido a la sierra, sólo, con mi Mac y mi iPad y estoy atacando varios frentes. Aprovecho que mi pareja está ensimismada con un proyecto que requiere toda su atención para meterme a fondo en el próximo capítulo que se me estaba atascando. Además, tengo abiertos otros escritos que me bullen en la cabeza y si no los adelanto no puedo centrarme en lo inmediato.
ResponderEliminarJack Daniels, Win Mertens, Bach… y el rumor de la Primavera entrando por el ventanal. Si esto no es el paraíso, se lo parece.
Tengo un compañero de trabajo que no estaría de acuerdo contigo, hemos entrado en primavera y ya tiene una alergia de caballo, yo uso mascarillas fpp2 para protegerme de los gases de la soldadura y le he dado unas cuantas para que las use, porque la verdad es que lo pasa fatal.
EliminarEn 1974 hubo un huracan de nivel cuatro llamado Carmen y el nombre le va como anillo al dedo, porque nuestra protagonista es una fuerza de la naturaleza.
ResponderEliminarEstán los volcanes, huracanes, tornados, terremotos, tsunamis y después tenemos a Carmen.
Carmen es una mujer que intimida en todos los aspectos.
A unos, intimida. A otros…
Eliminar“Ángel y Carmen estaban en ese punto de la reunión donde las palabras ya empezaban a enredarse. De pronto, la puerta se abrió. Ana se asomó con una carpeta en la mano.
—Perdón. Ha llamado… es urgente…
Ángel se quedó mirando a la secretaria hasta que ella, al notar el vacío, se detuvo en seco.
—¿He dejado de hablar en español, Ana? —preguntó él con una suavidad cortante.
—Lo siento, creía que...
—¿Cuántas veces he dicho que en este despacho se llama antes de entrar? ¿Cuántas?
—Lo siento, de verdad.
Ángel suspiró, recostándose en el sillón con expresión de fastidio. Carmen la miró desde su posición de ventaja desde el otro lado del escritorio. No se caían bien y ahora tenía la ocasión de verla en situación de evidente torpeza. La eficacia de Ana, su mayor arma, le había fallado en el peor momento, y Carmen disfrutaba viendo cómo se desmoronaba ese aire de superioridad.
—¿Es tan difícil de entender? ¿O es que tengo que explicártelo de otra manera?
—No, no hace falta.
—Espera —la detuvo con un gesto antes de que diera media vuelta—. Ya que nos has interrumpido, di lo que tengas que decir.
Ana le informó titubeando, volvió a disculparse y salió del despacho apresuradamente.
Cuando quedaron solos, Carmen rompió el silencio:
—¿Cómo puedes ser tan desagradable? Imagínate si llega a entrar cuando me estabas metiendo mano.
—Hubiéramos tenido que resolverlo como cuando me pilló tocándote el culo aquel compañero de tu marido. ¿Cómo se llamaba?
—No me gustó lo que hiciste.
—No te gustaría, pero bien que me diste las gracias. A mí tampoco me gustó, cariño, pero en este mundo o matas o te matan, y no estoy dispuesto a dejar que me maten; ni siquiera por la mejor hembra que he tenido jamás.
—¿Se lo has dicho a Claudia?
—¿El qué?
—Que soy la mejor mujer que has tenido nunca.
—No hace falta. Te ha tenido en la cama, te ha comido entera y tú la has hecho «berrear, como una ternera virgen empalada por el toro del establo». Eso me ha contado.
Claudia, la señora de la alta burguesía, hablando de berrear como una vaca. Quién lo diría.
—No me imagino a Claudia hablando como una…
—No la conoces. Métele un dedo en el culo mientras te la estés comiendo y creerás que estás follando con la pescadera del mercado. Sabe de sobra el filón que hemos encontrado contigo: Eres lo más bestia que ha pasado por nuestra cama.”
Es lo más bestia que ha pasado por su cama
EliminarComo un huracan que lo deja todo patas arriba nunca mejor dicho
Y ella pidiendo más
Intimida, joder si intimida
Pues yo pienso que en cierta manera Carmen si intimida a Angel.
EliminarAngel es muy intimidatorio con los que están por debajo de el, veremos si lo es tanto con los que están por encima de el, porque en algún momento su mundo chocará con el de Tomás y veremos quien intimida a quien.
No me caen nada bien ninguno de los dos, pero yo apostaría por Tomás.
Carmen ha dicho por activa y por pasiva lo mucho que le molesta escuchar que si es insaciable, que si es una devoradora de hombres.
ResponderEliminarElla no busca competir ni batir récords, ella es como es, no reprime su sexualidad, la disfruta sin intención de intimidar ni humillar. Lo que ocurre es que algunos que no llegan al nivel, tratan de compensarlo usando la fuerza y la violencia con nosotras, y eso puede formar parte del juego y ser bien venido, pero que luego no digan que somos insaciables, que reconozcan la verdad.
No intimida el carácter de una mujer ni su “desempeño” en la cama, intimida creer que no se está a la altura cuando nosotras, lo que pedimos, es que estén plenamente.
ResponderEliminarCarmen es esclava de sus actos, esos actos han creado la reputación de mujer insaciable, ¿es injusto?, la respuesta es que es totalmente injusto porque tienes razón Diva, Carmen no compite con nadie ni intenta batir récords, simplemente vive su sexualidad a tope y eso es ago muy bueno, ojalá todas las mujeres del mundo pudieran disfrutar de su sexualidad sin ser juzgadas por ello.
ResponderEliminarPero mucha culpa la tiene Carmen por no cortar de raíz a sus amantes con lo del temita de la mujer insaciable, empezando por Mario.
Si algo te molesta tienes que dejarlo muy claro, pero Carmen no es lo suficiente contundente y sus amantes seguirán diciéndoselo porque es lo único que ven de ella.
Porque así de cortas tienen las miras los hombres de este relato.
Diva tienes razón en decir que el problema de sentirse intimidado es por creer que no se está a la altura, a mi me pasó con mi actual pareja.
Pero en esta ocasión utilice la mejor arma de la que disponia el diálogo y no sólo para la cama, si no para el día a día y aquí seguimos juntos diez años después y muy felices tengo que decir.
Fue ella la que me enseño a apreciar el arte, antes de estar con ella no había pisado un museo en mi vida, aunque no a conseguido que aprecie el arte abstracto, lo siento pero ese arte se me atraganta.
Pero la realidad es que Carmen tiene una destreza en la cama que claro que te intimida, pero para ser justo con ella también tengo que decir que sabe amoldarse a cada amante, porque no es la misma Carmen con Emilio o con Andrés que con Angel o Guido.
No era mi intención menospreciar a Carmen con mis comentarios, si e dado esa impresión me disculpo por ello.
Me he expresado mal, el diálogo no es un arma, es una herramienta.
ResponderEliminarCarmen no se cansa de decir soy lo que soy
ResponderEliminarAngel es un miserable, tiene un estatus que le otorga una impunidad de la que no disfrutamos el común de los mortales y el lo utiliza para amedrentar, humillar y amenazar a los que están por debajo de el.
ResponderEliminarCada vez que aparece en el diario lo único que me provoca es que mi cuerpo segregue más bilis, simplemente espero ver como alguien le baja de ese pedestal en el que el sólito se a puesto.
Una de las cosas que más valoro de Carmen es su empatia, lo demostró con Candela, una vez se libro de la trampa de Diego lo más fácil hubiera sido pasar de Candela, pero Carmen se responsabilizo y le manda dinero para que ella y Patri estén bien.
ResponderEliminarEs un rasgo de personalidad que vamaloro mucho en las personas.
Cambiando de tema, me intriga por qué Tomás ha descartado a Santacruz en su investigación por el espionaje. Me pregunto, eso aleja la hipótesis de la mano de Gerardo en este caso?.
ResponderEliminarTal vez haya descubierto que Santacruz no tenía interés en el, tal vez era a Carmen a quien quería espiar, recuerda que seduce a mujeres hermosas para que viajen con el dinero.
EliminarAdemás estoy seguro que siempre se a querido acostar con ella y si no lo ha hecho no a sido por respetar a Mario, ya a demostrado que no le importa nada, creo que quería esos videos para chantajear a Carmen, pero al tener una vida liberal no le ha hecho falta.
Carmen debería alejarse de ese tío, maneja negocios demasiado turbios, ahora veremos si de verdad Tomás protege a Carmen o se protege a sí mismo.
Lo que yo creo es que Tomás ha de ver encontrado algo más comprometedor en las computadoras (ordenadores) que sustrajo del despacho de los investigadores que tomaron las fotos.
ResponderEliminarDe cualquier manera Tomas debió informarle a Carmen que desistiera de Santacruz, que ya no había caso por ese lado.
Tomás ha puesto en peligro a Carmen all cuando se vio con Santacruz y extrajo información del ordenador de Santacruz, haber como sale Carmen cuando Santacruz le comenté que vaya a entregará los supuestos papeles, que ya sabemos que lo que llevará son una gran cantidad de euros.
Habrá que esperar el desenlace de ese tema
Mi teoría es que Santacruz sabía que sería muy difícil seducir a Carmen, simple y llanamente porque era amigo de Mario y esa es la realidad.
ResponderEliminarCarmen a cambiado en 208 capítulos, pero lo dijo, si Tomás no se lo hubiera pedido Carmen jamás hubiera follado con Santacruz.
Santacruz sabiendo esto organizo lo del espionaje, para obtener vídeos y fotografías con las que chantajear a Carmen.
Además mataba dos pájaros de un tiro, follarse a Carmen y utilizarla en sus chanchullos.
Me acaban de llamar dinosaurio por no tener Twitter ni istagran, joder vaya forma de empezar el lunes, jajajaja.
ResponderEliminarDiscrepo contigo apasionado, Mario ya había sembrado el deseo por santacruz en Carmen, y antes de que se lo dijera tomas ya se habían acostado
ResponderEliminarEs posible que tengas razón, pero que yo recuerde se acuestan después de que Tomás le pida que lo seduzca para sonsacarlo.
EliminarAunque que Mario le sembrada el deseo a Carmen también encaja.
Apasionado, a mi me pasó algo peor. Este verano fui a mi banco por un problema de la clave del homebanking. Cuando la joven que me atendía me estaba explicando cómo hacerlo, le comento en broma que yo era de la época de la lexincon 80. La pobre me miró con ojos de asombro y me preguntó qué era eso. Peor fue cuando le conté que era una máquina de escribir. Otra vez me preguntó qué era eso. Ahí me di cuenta lo viejo que soy.
ResponderEliminarJajaja, somos dos personas analógicas en un mundo digital.
EliminarLe doy la razón a Mario, no conozco a nadie que no sepa lo que es una máquina de escribir.
EliminarAhí te diste cuenta de lo pobre que era su cultura.
ResponderEliminarCatorce de Abril. Coincidiendo con tan ilustre fecha, he terminado la redacción del capítulo doscientos nueve. Me tomo un respiro, le doy unas pinceladas a Berta, a Esther y a Amalia y en unos días emprendo la fase II
ResponderEliminar¿Mos esta de acuerdo con eso?
EliminarPorque el diario trabaja a cuatro manos.
Imagino que lo de.lo ilustre de la fecha será porque es mi cumpleaños!
EliminarEspero el próximo capítulo como el mejor de los regalos
Mos es la única que puede alterar el curso de los acontecimientos, querido Jose
EliminarCatorce de Abril es una fecha memorable. Si además es tu cumpleaños, doble motivo para celebrar. Aunque el capítulo tardará aún.
EliminarBerta, Amalia y Esther, parece que van a tener protagonismo en el capítulo 209, tres mujeres de carácter, veremos que nos tienen deparado Carmen y Mario.
ResponderEliminarque bien se le eso querido Mario, espero que ese respiro no sea tan largo, y que las pinceladas no sean muchas.
ResponderEliminarUna vez en la costa estábamos con mis nietos, en ese entonces adolescentes, y hubo un corte de energía por varias horas. No puedo explicar la desesperación que se apoderó de ellos, sin poder usar sus equipos y "condenados" a apreciar la naturaleza.
ResponderEliminarPor estas cosas siempre llevo un buen libro en mi mochila.
EliminarEl domingo recibí una muy mala noticia.
ResponderEliminarTenéis en el blog alternativo lo que escribí poco después
diariodeunconsentidor.blogspot.com
Hola,
ResponderEliminarSí Mario, preciosa fecha.
Wiru.
Os dije que el capítulo estaba terminado y que lo iba a dejar reposar. Pero en estas, llega Mos y dice:
ResponderEliminar—Oye, estaba pensando que has entrado de lleno al tema y… no sé, como que falta algo. He escrito una cosita para el principio que va mejor; léelo, le daMOS una vuelta, lo arreglas, que eso se te da bien y lo poneMOS al principio, ¿eh?, qué te parece.
Total, diez minutos más.
Cuando ya estaba listo y había vuelto con Berta, Mos me viene con otra.
—Resulta que si en el capítulo que viene vaMOS a meter la bronca con mi hermana, habría que meter en éste lo de las llaves, ¿no crees? Lo he escrito un poco, solo para que te hagas una idea de cómo fue la conversación. Míralo y si quieres, lo sigo y lo meteMOS.
Lo miro, me gusta, tiene razón, hay que meterlo. Lo escribe y le digo que se encargue de depurarlo, ella que puede y tiene más tiempo que yo ahora. Lo hace y queda de lujo.
—Qué, ¿lo meteMOS?
Otros doce minutos más.
Y luego se quejará porque la llamo zorra.
Jajajajajaja, Mos es muy grande.
EliminarSupongo que cuando “Mos” lo haya leído, habrá sonreído y cuando haya llegado a casa te habrá dado una colleja y te habrá dicho que eres bobo. ¿Acerté?
EliminarAcertaste de lleno, colleja incluída.👏👏👏
EliminarQué sería de nuestras vidas, pobres integrantes de este planeta sin el "Mos", solo tristeza y ocuridad.
ResponderEliminarBruto.
ResponderEliminarQuerido Cayo, a ver si lo entiendo que soy muy bruto, aquí quien manda es MOS, lo que nos cuentas será o no, no es lo que Dios quiera, es lo que MOS quiera, vale calzones, pregúntale a MOS que que tal va el próximo capítulo, para hacernos una idea.
Que tiempos cuando el Diario era cosa tuya, eh.
A ver, Bruto, ilústrame: ¿cómo se dice, qué cabrón, en latín?
EliminarSiento decirte mi querido Caito que el diario nunca a sido una cosa solo de Mario a no ser que fuera una persona omnipresente.
EliminarCarmen siempre a estado a su lado, el diario se escribe a 4 manos.
En esta vida hay que tener paciencia, que tal si te amigas a escribir tu tu propio relato, de esa manera comprobarás los improvistos que se crean en el peor momento que lo retrasan todo.
Bruto.
EliminarMi queridísimo Cayo, te ilustro, por más que lo pienso me sale “Tío cojonudo máximo”, no sé si tú mi querido Apasionado que en latín es “Pelota minior” te sabes otra.
Mi queridísimo Torco, como bien sabes no tengo cojones para comentar mis cagaditas con mi MOS.
Pero Caito no olvides de hacerlo con tu MOS y veras que será muy divertido, yo lo hago con los escritos judiciales. Si, ya sé, soy un letrado pevertido.
ResponderEliminarYa verás como algún día se te escape en pleno juicio lo que hacéis tú mos y tu, ganas el juicio seguro.
EliminarMi querido Caito “Pelota minior” es el nombre de un puto poquemon, como odio esos dibujos, a ni cuñada le gusta el anime como a mi y esta enganchadisima y cada vez que puede los pone entre otras cosas porque sabe que no me gustan nada, pero al final de ver te vas quedando con la copla.
ResponderEliminarViernes noche. O de cómo crece el capítulo.
ResponderEliminar—Pondrás una entradilla con un resumen del capítulo anterior, ¿no?
—No. Se va a hacer muy largo.
—¿Muy largo?, yo creo que hace falta, se publicó hace mucho y viene bien.
No le he hecho mucho caso, estoy más atento a lo que están diciendo en la tele sobre el nuevo Nerón americano.
—¿Me estás escuchando?
—Siííí.
—¿Y?
—No tengo tiempo para ponerme a resumir el capítulo anterior. Ni ganas. Estoy en otras cosas.
—Eso lo haces mañana en media hora. Nos poneMOS, yo te ayudo.
Mañana fue ayer sábado, teníamos otros planes, se lo dije, pero…
—Mira, si tanto interés tienes, hazlo tú, ya verás como no es cosa de media hora.
Debí de sospechar de su sonrisa, porque al día siguiente, cuando volvió de correr toda sudadita y nos duchamos (sí, yo también, ¿alguna queja?), salió al porche con un café y el portátil y no supe nada de ella durante, exactamente media hora. Lo sé porque me lo restregó por la cara junto al resultado de su trabajo.
—Toma, media hora, te lo dije. Léelo, a ver qué te parece. Si te gusta, lo puliMOS y lo poneMOS de entradilla.
Que si me gusta…. Cómo puede ser tan buena, la muy zorra.
—Entra.
—Nooo…
—Que entres.
—¿Ahora?
—¿O prefieres ahí, en la hierba?
Parece mentira lo compenetrados que estáis a día de hoy y lo jodida que esta la cosa en tiempo del diario.
ResponderEliminarMenudo contraste.
« Sentir que es un soplo la vida
EliminarQue veinte años no es nada»
Volver de Carlos Gardel
EliminarA los que odiáis los spoilers: pasad de largo.
ResponderEliminarUno de los nuevos personajes del próximo capítulo se llama Adrien Beaumont, empresario francés ligado a Tomás por intereses financieros en los que está implicada Carmen. Tiempo después, superada la crisis, se produce un encuentro fortuito al que estoy dando forma (si no me vuelven a interrumpir) y que inicia algo inesperado entonces. Y sorprendente.
«—¡Carmen, qué pequeño es el mundo!
Mario y yo tomábamos unas tapas en uno de los locales de moda de la Plaza de Neptuno cuando Adrien apareció de improviso. Hacía por lo menos seis meses que no lo veía. Estaba igual de atractivo.
—Adrien, qué sorpresa, cuánto tiempo.
Me besó la mano como siempre, luego miró a Mario con curiosidad.
—Te presentó a Mario, mi marido. Adrien Beaumont, un amigo.
—Enchanté. —dijo sin ocultar su extrañeza, estrechándole la mano. Luego, volvió a dirigirse a mi.
—¿Podemos hablar un momento en privado? —y añadió, dirigiéndose a Mario—: Será un segundo.
—No hace falta. Mi marido y yo no tenemos secretos. Siéntate.
—Si es así… Quiero contratarte, será un fin de semana en Menorca. —se dirigió a Mario—. Si no hay secretos, te diré que no he conocido a ninguna otra mujer que haga… come on dit…. Je n'ai jamais connu d'autre femme qui fasse des pipes comme toi. (0)
Carmen sonrió con una caída de ojos preciosa.
—Mamadas.
—Eso es. No he conocido a ninguna otra mujer que haga las mamadas como tu mujer.
Mario no se inmutó y yo tardé demasiado en romper el silencio. Demasiado.
—Tendrás que hablarlo con Tomás.
—¿Tomás?, ¿Qué tiene que ver Tomás?
—Soy suya, ya lo sabes.
—Pero…
—Lo detuve con un gesto, no iba a admitir una réplica y lo entendió.
—D'accord, hablaré con él . No os interrumpo más. Ha sido un placer.
Cuando se fue, esperé.
—Adrien… ¿de qué lo conoces? Bueno, ya imagino…
—Es un cliente de Tomas, lo conocí poco después de separarnos.
—Y… ¿has estado con él muchas veces?
—Unas cuantas. ¿Quieres oírlo?
—Me encantaría.
—Después, en casa.»
Yo ya te dije que no volvería a protestar y así sera.
EliminarLos franceses me provocan urticaria, muy fino el galo, Carmen hazme caso los galos no son de fiar.
Según dices en este corto fragmento hacia por lo menos seis meses que no veía al galo y si a habido mas de un encuentro calculo que la separación podría durar un año por lo menos.
ResponderEliminarNo es mucho tiempo, pero si lo suficiente para que pasen muchas cosas por las dos partes.
¿Seguirán juntos Mario y Elvira?
¿Que habrá sido de Santacruz?
¿Mario y la china Bilbaina seguirán viéndose?
Pero la pregunta que mas suscita mi curiosidad es que habrá propiciado el reencuentro entre Mario y Carmen, ¿habrá sido influenciado por Amalia?
Bufff a sido leer el nombre del galo y casi me da un choque anafiláctico.
Estimado Apasionado, mi abuelo paterno era francés. En 2011 hicimos un viaje a Europa. Me enamoré de Madrid, Granada y Barcelona. Mejor no hubiera ido a París y Roma. Concuerdo con tu referencia a los galos, con perdón de mi abuelo.
ResponderEliminarEl viernes me dieron el alta después de un atropello que pudo acabar muy mal sino fuera porque uno es perro viejo y lo vi venir
ResponderEliminarConclusión, no te metas con quien tiene la sartén por el mango y todo el dinero del mundo porque aunque tengas razón llevas las de perder
Me marcho unos días a Alicante a recuperarme a ver si me pongo al día con todo lo que ha pasado en l blog
No preguntéis porque no quiero hablar de lo que ha pasado
Recupérate
EliminarBruto.
EliminarTe esperamos de vuelta, recuerda que Mario pasa lista.
Cuidate mucho y mucho ánimo.
EliminarA Donostia vienen hordas de galos cada fin de semana y te miran como si fueran los dueños de la ciudad.
ResponderEliminarSon unos mal educados.
Es así Dos Octavas, cuando ingresas a .la facultad llegas con ese romanticismo de quién defenderá a los humildes, cuando regresas y pidas por primera vez un juzgado, dos Don Quijote peleando con los molinos de viento
ResponderEliminarDos Octavas, ya no queda más que tener paciencia y recuperarte, hacer las indicaciones que te dieron para recuperarte rapido
ResponderEliminarHoy a venido un compañero de trabajo que el sábado estuvo en Sevilla viendo la final de copa entre la Real y el Atlético de Madrid y a entrado por la puerta del taller hecho polvo, parecía uno de los zombis de the walking dead.
ResponderEliminarSi es que ya no tenemos edad para pegarnos senejantes juergas.
Dos Octavas conocés el cuento de Kafka Ante la ley?
ResponderEliminarMario y Carmen vuelven a estar juntos, ¡bien!, y Tomas sigue siendo su proxeneta. ¿Porque creéis que Tomas ha tenido que perdonar a Mario y volver a permitir que vuelvan a estar juntos? ¿Estaría Carmen tan destrozada por la rotura o deprimida que Tomas haya favorecido el reencuentro? ¿O porque Carmen no es la misma mujer si no está con Mario?
ResponderEliminarMotero
En más de un capítulo del diario, Carmen le reprocha a Mario que ha jugado a aprendiz de brujo con ella y al final, como en el cuento, ha perdido el control. Viene esto a propósito de que ahora, en esta etapa en que MOS ha ganado protagonismo, conviene recordar este reproche tan acertado.
ResponderEliminarUna de las herramientas, si no la principal, que tenemos los psicólogos para desencallar temas difíciles durante la terapia es la palabra, y cuando la palabra se bloquea, a veces acudimos a una receta que suele dar sus frutos: Escríbelo, le pedimos al paciente; o también: escribe un diario.
Desde que MOS ha ganado presencia, el diario nos ha aportado una vía de comunicación nueva, alternativa, imprevista e imprevisible. No es que en esta etapa nos falte comunicación, es que como he dicho antes, plasmar en papel —y digo papel—, los recuerdos, pensamientos, sentimientos y emociones tiene un efecto terapéutico poderoso.
Podría decir que veinticinco años después, nos lo hemos contado todo y no mentiría.
Sin embargo, llega este capítulo, MOS me entrega un manuscrito en papel y escrito a pluma, con tachaduras y borrones, y me encuentro cosas como esta que transcribo tal cual. (Pongo entre corchetes lo que en el original está tachado)
«Debería haberme quedado, pero Adrien… Adrien me hacía perder las bragas y Lorena… ya me lo contaría todo.
(A la mañana siguiente)
—La cabeza me va a estallar.
Estábamos en Embassy, eran las doce de la mañana y tenía el cuerpo machacado.
Y los pies… [¡Joder!] ¡Dios!, nadie me ha vuelto a besar los pies tanto, tan bien y con tanto mimo como aquel [puto] francés. Nadie ha vuelto a sacar de mí [una corriente] un calambre que nace en los dedos, incendia la pierna, gana potencia en la corva, se apodera del muslo como si fuera una [media] faja de fuego y explota en mi centro, en mi origen abierto en carne viva, boqueante, [anegado] derramado.
Nadie, ni Tomás, que fue quien más se aproximó en paciencia y calidad; ni Mario, que es desde siempre un obseso de mis pies; [ni otros brutos de lenguas ágiles, potentes y voraces han] ninguno ha llegado al nivel que alcancé con Adrien.
[Lo echo de menos cada día.]
—¿Un paracetamol?
—Gracias, he cubierto el cupo.
—¿Un café?
—Tengo el estómago cerrado. ¿hablamos?»
Veintitantos años después, lo descubro, me lo descubre y lo siento tan íntimo y tan hermoso como si me lo hubiera contado aquel mismo día. Porque nos lo contábamos todo, entonces, después, día a día, año a año, hasta ayer, hasta hoy mismo.
Y a la mujer que el aprendiz de brujo desató —o despertó, o lo que fuera que la cambió—, aún le quedan vivencias en la memoria por brotar, y este diario está siendo la vía para sacarlas a flote, buenas, malas, tristes, alegres, amables, odiosas…
Lo que sé es que este diario nos está volviendo a transformar.
Por esto, y por otras cosas que no se cuentan, os toca esperar.
Espero comprensión.
Tomaros todo el tiempo que necesitéis.
EliminarUf, como está el patio. Mañana me reincorporo que hoy me tengo que poner al día en el trabajo y superar el jet lag
ResponderEliminarHe leído muchísimos relatos donde tanto el hombre como la mujer se olvidan totalmente de sus parejas hasta el punto de borrarlos de su mente por la obnubilacion que sienten por sus amantes.
ResponderEliminarCon Carmen en alguna ocasión pudiera parecer que también le ocurre, pero esta frase que Carmen le dijo a Mario deja en claro que Carmen tiene los pies sobre la tierra.
—¿Que tiene un aguante increíble?, sí. ¿Que no he estado con otro hombre que dure lo que dura él?, también. ¿Y qué? No pienso pasar la vida con Gerardo, ni vamos a ir a la Ópera, ni a ver a los Stones. No se me ocurriría recorrer el Prado con él, contigo sí, cuando quieras repetimos. Follar con ese tío es como hacer rafting, una pasada; pero yo no quiero hacer rafting todas las noches, ¿me entiendes? Quiero hacerlo de vez en cuando, volver a casa y decirte, ¡Guau, qué pasada!
Carmen incluso inmersa en un sexo salvaje sigue teniendo a Mario muy presente y nunca se olvida de él.
El amor no se puede medir ni contabilizar, solo se puede sentir y Carmen lo siente.
Se que eres consciente de la suerte que tienes de tener una mujer así a tu lado puñetero, aunque a veces parezca que se te olvide.
Lo has clavado.
Eliminar¿Te acuerdas del capítulo? Me gustaría releer la escena.
Capítulo 171
EliminarFin de semana de zapatillas, sillón y vagueo. Cómo necesitaba esto.
ResponderEliminarVuelvo de un país desequilibrado donde la gasolina se paga a cuatro dólares y la gente comienza a estar hasta las narices de Nerón. No se camina tranquilo por las calles y, como he leído hoy mismo en tuiter (X para quien lo compre), la civilización que inventó la hamburguesa, se encuentra en guerra con la que inventó el álgebra. Para echarse a llorar.
He echado una ojeada a lo que me he perdido, un montón.
Que Carmen es lo más bestia que ha pasado por la cama de Claudia y Ángel es algo que no se discute. Vamos, que se le ocurre presentarse en mi puerta y me tiemblan las piernas, y que conste que no se lo oculto a mi chica porque opina lo mismo. Como dice Diva, no le gusta que digan que es insaciable porque es el recurso de los envidiosos
Mario, me encantan esos cachitos de vuestra intimidad, me la imagino liándote para meter esos doce minutos y tú haciéndote el duro solo para hacerte querer. No se para qué peleas si sabes que estas perdido.
Respecto a los franceses, discrepo. Mi experiencia ha sido en general buena (y mejor con las francesas, jajaja). De todas formas, es malo generalizar. Los gallegos, indecisos; los catalanes, tacaños, los argentinos tienen un ego como un rascacielos, y así con todos. Las etiquetas son malas porque predisponen.
Sigo hoy, desayunando un café mientras mi chica recoge la casa. ¡La tengo esclavizada! Noooo es que me está mimando después de tantos días sin mí.
La escritura como terapia y como medio de decir lo que a veces, cara a cara, cuesta decir o no sabemos expresar es algo que, en talleres de escritura también se utiliza, supongo que con menos profundidad pero he visto experiencias muy interesantes. La que cuenta Mario es maravillosa porque refleja dos cosas, una que otra persona puede hacerte sentir cosas que nadie más te hace sentir sin que sea un crimen y dos: que puedes y debes ser sincera y compartirlo con tu pareja si sois una pareja al cien por cien.
Acabo de leer un comentario de apasionado que pone la guinda a lo que dicho sobre este asunto . Chapeau!
Ya me he puesto al día, ahora tengo que seguir poniéndome al día con mi chica, que nos hemos echado mucho en falta.
Otro rasgo que quisiera resaltar de Carmen es la lealtad, Gerardo quiso saltarse a Tomás, aunque en aquel entonces se dejo llevar un poco siempre tuvo a Tomas presente y lo defendio ante Gerardo, ahora es Adrián quien pretende saltarselo y Carmen lo corta por lo sano dejándole las cosas claras.
ResponderEliminarSi Mario no la caga, si Mario se convierte en la roca sólida donde Carmen pueda apoyarse y resguardarse, ella siempre estará a su lado.
Estaba escuchando las sugerencias del maitre y me distrajo una rubia de rasgos nórdicos que esperaba a ser atendida en la entrada, su pareja se dio la vuelta y nuestras miradas se encontraron. Les situaron al otro extremo del restaurante. Después de acomodarse, Gerardo aprovechó que la rubia iba al aseo para acercarse.
ResponderEliminar—¿Te han echado de casa? —dijo separando la silla.
—Siéntate. —le invité, con marcada ironía.
—¿O esperas a alguien?
—¿Crees que habría empezado a cenar?
—Entonces, te han echado.
—No entiendes nada, le he dejado el terreno libre, es muy diferente.
—Para que seduzca a Mageli y se la lleve a la cama.
—Ese, es tu sueño húmedo. Tal vez se quede en una conversación de mujeres.
—No seas ingenuo, le he pedido que la provoque para sacarle la vena bollera.
—Tal y como lo planteas, además de sucio, es absolutamente denigrante para Mageli.
—¿Solo para Mageli?
—Tu opinión sobre mi mujer es irrelevante.
—Irrelevante. —repitió con desprecio—. Mi opinión sobre tu mujer te la suda, coño, hablas como un…
—Qué.
—Un político, ¿qué te creías? —Sonrió pensando haberme cazado—. Conque mi opinión sobre Carmen es… irrelevante.
Le esperé, aún estaba por soltar alguna estupidez.
—Claro, mientras vivas a cuerpo de rey a costa de su coño.
—Si intentas sacarme de mis casillas, ahórrate el esfuerzo.
—Te falta sangre en las venas para reaccionar.
—¿Siempre eres igual de macarra o solo conmigo?
Perdió la sonrisa.
—Me molesta ese aire de superioridad cuando en realidad eres un simple cornudo.
—¿Y por qué narices te molesta tanto si a mí, el “perjudicado”, no me afecta?
—No soporto a los tipos como tú, débiles, cobardes que se dejan manejar por sus mujeres hasta el punto de perder la dignidad. Si estuviera en tu lugar…
—Ese es el problema: si estuvieras en mi lugar te verías débil, cobarde, te sentirías humillado, probablemente actuarías contra tu mujer, no quiero imaginar cómo. Pero yo no soy tú, no pienso como tú ni comparto tus… valores. ¿Por qué te sientes amenazado?
—¿Tú?, ¿una amenaza, tú? Vamos, no jodas.
—Entonces, ¿por qué te empeñas en provocarme?
—No es de hombres permitir a su esposa trabajar de puta.
—Y por eso vienes a convertirme en un hombre como es debido. Venga ya. Mira, Gerardo, yo no entro en los líos que tienes al margen de Mageli —dije, señalando con la cabeza hacia la rubia—, seguramente a ti te parezca cosa de hombres, me da igual, es tu vida. Sin embargo, mi conducta, en vez de darte igual, te provoca una irritación… sorprendente, curiosa, diría yo; deberías pensarlo.
—Si te contara las cosas que he hecho con tu mujer, no estarías tan tranquilo.
—Me lo ha contado ella, no tenemos secretos. ¿Lo ves?, esa expresión de horror te delata.
—De horror, no, de asco. —respondió resbalando la ese.
—¿Sabes cuál es tu problema? Nos miras como si fuésemos un espejo en el que te ves reflejado y no lo soportas.
—Ni de coña.
—Tranquilo, no te vas a contagiar, vas a seguir siendo tan macho como te crees.
Se levantó y, antes de marcharse, sentenció:
—Das pena.
No volví a acordarme de él durante el resto de la cena.. Era imposible arañar el barniz de rancio machismo que despedía en cada frase. Pobre Gerardo, qué equivocado estaba con nosotros y qué sorpresa se iba llevar cuando Carmen descubriera su juego, fuera cual fuese.
Nunca entenderé esta reacción de Gerardo, su mujer tiene líos con otras personas y el lo permite lo que también lo convierte en un consentidor y un cornudo como lo es Mario, tal vez no soporta a Mario porque se ve reflejado en el y no quiere reconocerlo.
De hecho el diario está repleto de cornudos consentidores que intentan minimizar a Mario, como lo son Angel y Claudia, ellos también son consentidores y cornudos.
La única diferencia entre ellos y Carmen y Mario es que estos últimos no se esconden y lo disfrutan.
Bruto.
ResponderEliminarMe aburro.
La paciencia es la forma más pequeña de la desesperación, disfrazada de virtud.
EliminarAmbrose Bierce
Entiendo que la paciencia es la forma más pequeña de la desesperación, paro espero tener suficiente paciencia para aguantar el tiempo restante a la publicación del siguiente capítulo, por cierto, tardará mucho en publicarse, ya pasó más de un mes desde la última publicación
ResponderEliminarEstoy depurando a buen ritmo. Ciento veintitrés minutos de texto que equivalen a cincuenta y cuatro páginas. No admito más adendas ni sugerencias porque ya he empezado la fase de desbroce: 625 copulativas son excesivas, 925 “que” en su forma de pronombre o conjunción es una barbaridad, 436 “me” es una pasada, 334 “le” es mucho; y así con las más de ochenta palabras que vigilo en cada capítulo. Ese es el proceso de la fase II, depurar el abuso de formas sintácticas que entorpecen la lectura. Voy a buen ritmo y, a medida que desbrozo, corrijo algunos otros fallos que se me pasaron por alto mientras escribía.
ResponderEliminarYa es cuestión de días.
¡Ese es mi chico!
EliminarBruto.
ResponderEliminarQuerido Cayo, sí de algo carezco es de paciencia, también de casi cualquier otra virtud.
En este pequeño texto con el que nos ha deleitado abriendo un nuevo personaje, no habla en ningún momento de saltarse a Tomás, o leo raro y mal.
La lealtad de Carmen a Tomás en ese verano es un poco relativa, de hecho intenta justificarse y no lo consigue, se deja llevar.
La lealtad a Mario, bueno, está a su bola y disfrutando.
—Si es así… Quiero contratarte, será un fin de semana en Menorca. —se dirigió a Mario—. Si no hay secretos, te diré que no he conocido a ninguna otra mujer que haga… come on dit…. Je n'ai jamais connu d'autre femme qui fasse des pipes comme toi. (0)
EliminarCarmen sonrió con una caída de ojos preciosa.
—Mamadas.
—Eso es. No he conocido a ninguna otra mujer que haga las mamadas como tu mujer.
Mario no se inmutó y yo tardé demasiado en romper el silencio. Demasiado.
—Tendrás que hablarlo con Tomás.
—¿Tomás?, ¿Qué tiene que ver Tomás?
—Soy suya, ya lo sabes.
—Pero…
—Lo detuve con un gesto, no iba a admitir una réplica y lo entendió.
—D'accord, hablaré con él . No os interrumpo más. Ha sido un placer.
En esta conversación Adrien quiere saltarse a Tomás contratando a Carmen por su cuenta y Carmen le deja claro que si quiere contratarla tiene que hablarlo primero con Tomás.
En cuanto a lo ocurrido en Conil, Carmen se deja llevar, pero siempre vuelve junto a Mario, en ningún momento le niega sexo aunque ella esté saciada y le cuenta absolutamente todo lo que hace y deja de hacer con Gerardo.
En cualquier otro relato la protagonista se hubiera marchado con Gerardo olvidándose de su marido y este último no la hubiera vuelto a ver ni saber nada de ella hasta que terminaran las vacaciones.
Bruto.
EliminarBuenas tardes, llámame raruno si quieres pero no veo demasiada resistencia a hablar con Tomás, si veo duda sobre quien la gestiona, pero no ha hablar con el gestor.
Lo demás te concedo que es más es más subjetivo pero me sigo afirmando en lo que he puesto.
En el texto queda claro y tambien Carmen le deja claro que si quiere contratar sus servicios primero tiene que hablar con Tomas.
EliminarYo me hestoy entreteniendo leyendo capítulos anteriores, deberíais probar.
ResponderEliminarSaben yo pensando en el futuro de la historia, cuando Claudia y Ángel conocieron en persona a Mario, Carmen le pide a este que se haga amante de Claudia. Pero luego mucho después en la historia aparece un diálogo que dice que a Mario no le término de convencer Claudia. Entonces en la historia nunca se verá a Claudia interactuar sexualmente con el protagonista? . La verdad hubiera gustado leer algo como eso. Y no se si el autor me podría responder a esta pregunta.
ResponderEliminarHace poco Claudia demostró preocupación real por Carmen cuando está tuvo el síndrome de abstinencia, para Claudia Carmen empezó siendo un juguete, pero eso a cambiado, creo que Claudia siente por Carmen más de lo que quiere admitir, este es un hecho que puede cambiar la percepción que tiene Mario de Claudia, es difícil que se dé esa interacción, pero en el diario no se puede dar nada por seguro y yo no la descartaría.
EliminarDe todos los amantes que que a tenido y tiene Carmen solo hay cinco que en mi opinión no la desprecian.
ResponderEliminarIrene, Graciela, Domenico, Candela y Claudia.
Mario a parte de ser su pareja oficial no la desprecia, se desprecia a sí mismo.
El resto siente desprecio por ella, pero Carmen es una mujer de bandera con banda de música e irradia tal magnetismo que por mucho que la desprecian no pueden evitar desearla.
El desprecio, la sensación de desprecio, como todas las sensaciones, es algo subjetivo. Creo que alguien me desprecia. Alguien cree que alguien me desprecia. ¿Debo sentirme despreciada? ¿Debo creer que alguien está siendo despreciada porque a mi, los gestos y la conducta de alguien me haría sentir despreciada? ¿Mi sentimiento es exportable a todo el mundo o es MI sentimiento?
EliminarToda esta parrafada la resolvió el saber popular hace siglos: “no hay mejor desprecio que no hacer aprecio”
Apasionado, y a Andrés su mentor y Emilio el socio de Mario done los pones, hasta donde se ninguno de de ellos la a tratado mal o la despreciado, todo lo contrario.
ResponderEliminarEsa es mi percepción, y de Claudia tengo mis dudas, Irene, Domenico, Graciela, Candela, Andrés y Emilio, serían para mí gusto los que entrarían en la lista.
Tienes razón, no he contado a Andrés y a Emilio.
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