Capítulo 210 Gambito de dama
Tiempo estimado de lectura: una hora diecinueve minutos.
«El arte de la seducción, como el arte del ajedrez, no consiste en someter al otro, sino en entregarle el primer peón para obligarle a jugar bajo tus propias reglas»
—¿No te molesta el sujetador?
Abrí los ojos sin ganas, torcí el cuello y lo miré. Estaba sentado a mi espalda colocando las piezas del ajedrez sobre la mesa baja que usábamos en nuestras partidas. Añadió, con esa voz serena que desmontaba cualquier resistencia:
—Anda, quítatelo. Y ven a jugar; me debes la revancha.
—¿Qué revancha? No jugamos desde que estuvimos aquí la otra vez. Y te gané.
—Pues eso, me la debes.
Me desperecé a gusto haciendo crujir el cuero del sofá. El sujetador cayó al suelo; ya me preocuparía por él luego. Andrés siguió cada uno de mis movimientos con un alfil suspendido entre los dedos; después lo hizo pivotar apuntándome abajo, un gesto breve, casi imperceptible. Vale, qué mandón. Me deshice del tanga y se lo tiré a la cara; me senté frente a él, desnuda y con las piernas bien abiertas. Cómo había cambiado el doctor Arjona.
—¿Quién saca? —apoyé los codos en las rodillas, inclinada hacia adelante para que la luz de la lámpara iluminara mis pechos.
—Tú eliges —respondió, sin apartar la mirada de mi cuerpo—. Blancas o negras.
—Blancas —dije—. Siempre me gusta empezar.
Giró el tablero para ofrecerme las blancas. Era de madera noble; las figuras, talladas a mano; el contraste entre la frialdad del marfil y el calor de mi piel desnuda era patente. Andrés llevaba unos pantalones de lino gris y una camisa blanca desabotonada hasta el pecho. Su calma era absoluta, pero conocía los signos: la leve tensión en la mandíbula, el modo en que se demoraba un segundo de más al soltar cada pieza. ¿Cómo podía concentrarse conmigo a un palmo de distancia, desnuda, abierta y jugando con sus emociones?
Avancé el peón de rey dos casillas. Respondió con simetría. El juego comenzó lento, como siempre entre nosotros: un tanteo, una provocación contenida. Yo saqué el caballo al ataque y él protegió el peón. Deslicé el alfil por la diagonal buscando su punto débil y respondió reforzando el centro.
Tras la quinta jugada, en la que consolidé mi defensa, me incliné hacia adelante, apoyé un brazo en el muslo y asenté el otro codo en la rodilla opuesta para sostener el mentón, un gesto que inevitablemente acercó mis pechos por encima de la mesa baja. Andrés, con mi tanga en las narices, alzó una ceja, pero no dijo nada y movió. Cuando capturé su peón central con mi caballo, sonrió.
—Ambiciosa —murmuró.
—Siempre —contesté.
El aire de la sala estaba cargado de ese silencio vibrante que precede a la tormenta. Sólo se oía el toque suave de las piezas al posarse sobre la madera y mi respiración, más profunda de lo necesario. Recuperó la pieza con un caballo y respondí lanzando un peón al centro para golpear su alfil.
—No deberías haber venido.
—Necesitaba verte.
—Me ves todos los días.
La mirada de Andrés recorrió la curva de mis pechos y descendió hasta el rincón oculto entre mis piernas. Después, clavó sus ojos en los míos y, sin mirar el tablero, protegió el rey con un enroque corto.
—Necesitaba follarte.
Nunca le había oído pronunciar esa palabra. Me di cuenta, mientras decidía si desplegar mi segundo caballo, que había sonreído.
—Ya me has follado. No puedes dormir aquí, lo sabes, ¿verdad?
—Anda, juega.
—Lo sabes.
—Lo sé.
Lo sabia, pero me había pedido que me desnudase y yo, como una tonta, lo había hecho. ¿Qué fuerza tenía para exigirle que se marchase?
En la jugada doce, Andrés sacrificó una torre lanzándola contra mi defensa. Fue un movimiento inesperado, audaz.
—¿Estás seguro?
—Completamente —dijo, y se distrajo un instante en el triángulo oscuro entre mis muslos—. Quiero ver hasta dónde estás dispuesta a llegar.
Acepté el sacrificio con el alfil. Adelantó la reina, la mía quedó expuesta, a cambio abrí líneas peligrosas. El juego se volvió feroz. Cada captura provocaba un roce inevitable: cuando tomé su alfil, deslizó la yema del dedo por el interior de mi rodilla. Devoró mi caballo, separé un poco las piernas para que viera cómo me traicionaba el deseo.
Pero la preocupación no me abandonaba.
—¿Qué le has dicho a Berta?
La culpa asomó a sus ojos justo en el momento de mover el alfil para clavarme una pieza.
—Lo de siempre: un viaje de trabajo.
—¿Y si llama al gabinete? ¿Qué has dicho allí?
Se revolvió en el asiento antes de lanzar la reina hacia mi flanco desprotegido.
—Berta no va a llamar, no llama nunca.
—Qué has dicho en el gabinete, Andrés.
—Asuntos personales.
Solté la pieza. El terreno estaba abonado para que las sospechas crecieran y cualquier malintencionado hiciera saltar el escándalo. Seguro que Berta ya debía de andar con la mosca detrás de la oreja. Si llamaba descubriría el pastel. Se me quitaron las ganas de jugar, pero aguanté, el daño ya estaba hecho, de qué serviría mortificarlo.
Llegamos al medio juego con los tableros casi desnudos, como yo. Quedaban las piezas mayores y algunos peones rezagados. Andrés jugaba con la misma concentración que empleaba al tocarme: sin prisa, calculando cada consecuencia.
En un momento, avancé la dama al centro del tablero.
—Jaque —dije en voz baja.
Durante varios segundos, estudió la posición. Después, en lugar de mover el rey o alguna otra pieza, rozó con el dorso de los dedos el interior de mi muslo ascendiendo lentamente hasta detenerse a un suspiro de mi sexo.
—No es jaque mate todavía —susurró.
Retiró la mano y movió la torre bloqueando la amenaza. El juego continuó, convertido en algo más que ajedrez; cada movimiento era una caricia, cada captura una promesa.
Cuando quedaban rey, dama y un par de peones por bando, me levanté despacio, rodeé la mesa y me senté a horcajadas en sus piernas. El tanga cayó al suelo, mis pechos rozaron su camisa; sentí su erección dura contra mi sexo. El tablero quedó olvidado.
—Ríndete —le dije al oído, mordisqueándole el lóbulo.
—Nunca —respondió, al tiempo que sus manos subían por mi espalda.
Me contorsioné para poder tomar su reina con la mía. Jaque.
Él tomó la mía con el rey. Contraataque.
Me incliné hacia atrás, apoyé las manos en sus rodillas ofreciéndole toda mi desnudez. Andrés dejó caer su rey sobre el tablero dando un golpe seco.
—Tablas —dijo, con la voz ronca.
—No —contesté—. Esta vez gano yo.
Me alcé sobre mis pies, desabroché rápidamente el cinturón y le bajé la cremallera. Andrés levantó el culo para ayudarme a aflojar la ropa; hurgué dentro del calzoncillo y la verdad, me costó sacarla porque ya estaba dura. Una vez fuera, la guié hacia mi sexo húmedo y me dejé caer despacio hasta que estuvo completamente enterrada. Solté un gemido largo; cualquiera diría que me había dolido, cualquiera menos yo. Él cerró los ojos un segundo, los abrió y me miró con esa intensidad que siempre me descolocaba.
Comencé a moverme a un ritmo lento. Sus manos se posaron en mis caderas guiándome sin imponer. El tablero temblaba con cada balanceo; alguna pieza cayó al suelo, rodó y se perdió bajo el sofá.
Aceleré. Atrapó mi pecho, y el roce del pulgar en mi pezón disparó una descarga que me enderezó y me lanzó el cuello hacia atrás. Jadeaba mirando al techo con los ojos cerrados. Sentía la caricia de mi cabello en la espalda. Agonizaba.
—Andrés… —susurré, ya sin aliento.
Trotaba en un estertor convulso, él empujaba hacia arriba y nos encontrábamos a medio camino. El placer se volvió insoportable. Sentí cómo se hinchaba dentro de mí y mi cuerpo apretaba en respuesta.
—No pares —ordenó en voz baja.
No paré. Aumenté el ritmo y pronto el sonido de nuestros cuerpos llenó la sala. Sus dedos bajaron a mi punto más sensible para cercarlo. El orgasmo me golpeó como un jaque mate inevitable, súbito, devastador. Me mordí el labio ahogando el grito. Andrés me acompañó, lo sentí derramarse en mi interior en oleadas intensas mientras soltaba un gemido bajo, doloroso, y me apretaba las nalgas como si buscara fundirse conmigo.
Nos quedamos un largo rato, con la respiración entrecortada, el tablero olvidado y las piezas desparramadas. Apoyé la frente en su hombro arrullada por el eco de los últimos espasmos; él recorría mi espalda en una caricia lenta, sin prisa.
—¿Revancha?
Sonreí contra su piel.
—Tienes que irte.
—¿Una ducha antes?
—Andrés…
—¿No necesitas hacer…? ya sabes…
—¡Andrés!
Mentiras arriesgadas
«Una tipa rapaz
como te gusta a vos
esa tipa vino a consolarte»
Indio Solari. Un poco de amor francés
Nuria y yo habíamos establecido un pacto implícito. En el trabajo nos comportábamos como dos profesionales; fuera, como dos animales en celo. Contemplarla en el gabinete, bajo la luz fría y funcional de los despachos, era un ejercicio de resistencia extremo. Si nos cruzábamos en los pasillos, o durante esas reuniones eternas donde el tono profesional adormecía el ambiente, no podía evitar imaginarla desnuda. Y ella lo sabía.
La doctora Guzmán no poseía esa belleza etérea y sin historia que la juventud impone como norma; lo suyo era otra cosa. Bajo las chaquetas y las blusas, serias en apariencia, adivinaba el atractivo rotundo de la carne madura que ya había hecho mía. Había algo profundamente seductor en cómo el tiempo se había asentado en su cuerpo dotándolo de un erotismo que la sobriedad de su atuendo apenas lograba disimular. Cuando compartíamos un café a media mañana, la escuchaba hablar de terapias sin perder de vista el movimiento de sus labios gruesos buscando el hoyuelo de siempre, o me fijaba en cómo la tela se tensaba en la firmeza generosa de los pechos y en la curva desafiante de las caderas. Pasada la frontera de los cuarenta, Nuria había sustituido la inocencia de los veinte años por una provocación consciente; le bastaba una ojeada incisiva por encima de un dictamen o una media sonrisa cómplice a mitad de una reunión para recordarme la promesa salvaje de su anatomía. Verla moverse con tanta seguridad en aquel entorno rígido agudizaba el contraste: detrás de la colega estaba la mujer de la estrella tatuada en el valle tibio entre sus senos, un mapa de relieves prohibidos que, en mitad de la rutina, se convertía en mi único anclaje a la tierra.
Aquella mañana, el ambiente traía marejada.
Coincidí en el portal con Maite, la secretaria del despacho de arquitectura. Con su carácter abierto, sus rasgos orientales y su eterna taza de café en la mano, Maite solía alegrarme la rutina con conversaciones siempre sorprendentes y alguna caricia clandestina. Esta vez, la complicidad se sintió en el ascensor, donde me sostuvo la mirada. Al salir, me despedí con un "No trabajes mucho" que sonó demasiado cálido; un eco de lo que guardaba vivo en la memoria: la tibieza de las axilas de Maite, el inconfundible aroma de su sexo impregnándome el rostro o su voz quejumbrosa al acercarse el orgasmo. Era nuestro secreto que latía agazapado bajo una aparente normalidad, pero del que ella, sin duda, se hizo cómplice con una sonrisa.
Nuria, entró al ascensor justo detrás de nosotros y lo vio todo. Media hora después, la cafetera italiana terminaba de subir en la cocina del gabinete. Entró esparciendo su perfume; ya no me recordaba a Carmen, sino única y exclusivamente a ella. Se apoyó en la encimera, cruzó los brazos y me clavó esa mirada incisiva, tan de la Loren, que parecía leerme la cartilla sin abrir la boca.
—Vaya, doctor Freud —soltó, con una media sonrisa que hizo aparecer el hoyuelo en la mejilla— Veo que el tráfico en el ascensor traía curvas esta mañana.
Sonreí, y serví una taza más de café.
—Cortesía profesional, Nuria.
—Ya. Cortesía —Nuria dio un paso al frente; aceptó la taza sin romper el contacto visual—. A mí no me la das. He visto cómo te miraba Maite, la chinita de arriba. Esa mirada no es de colegio de monjas precisamente. Anda, cuéntame. ¿Qué pasa ahí?
Sopesé la situación en silencio con una mezcla de diversión y sorpresa ante la directa de mi amiga.
—Fue antes de... bueno, antes de que todo se complicara —admití, apoyándome también en la encimera a escasos centímetros de ella—. Algo casual.
—¿Casual? —Nuria acercó los labios al borde de la taza y arqueó una ceja. La blusa, de un azul cobalto, mostraba el inicio de la estrella tatuada—. A juzgar por cómo te devoraba con los ojos, no lo recuerda como casual. Más bien parecía dispuesta a repetir el examen y mejorar nota.
—El examen está cerrado, Nuria. No hay segundas convocatorias —mentí, bajando la voz. La cercanía física empezaba a derretir el hielo.
—Me alegra saberlo —susurró ella, posando la taza sobre el mármol con un chasquido seco. Se acercó lo justo para que pudiera percibir el calor que desprendía—. Porque soy muy mala compartiendo los juguetes que me gustan.
La química, contenida durante días, estalló en el office. Actué por puro instinto: dejé el café y la atraje con una mano firme en la cintura y la otra en la espalda, justo sobre el broche del sujetador. Nuria soltó un suspiro ahogado y se dejó llevar a un cuerpo a cuerpo, sin que sus ojos pestañearan ni un segundo.
—¿Ah, sí? ¿Y quién ha dicho que yo sea tu juguete? –le provoqué.
—La forma en que me miras desde que entramos cada mañana lo dice todo. —replicó, subiendo las manos por mi pecho hasta enredar los dedos en mi nuca.
Escuchamos unos pasos en el vestíbulo; Emilio estaba al llegar, o seria algún paciente. Nuria reaccionó rápido. Me plantó un beso húmedo y agresivo en los labios dejándome el sabor del carmín y del café. Luego se zafó y se alisó la blusa.
—Esta noche, a las nueve —dijo recuperando la compostura, mientras caminaba hacia la puerta del office. Me quedé solo con el corazón golpeándome las costillas.
…..
Llegué a las nueve en punto. Apenas crucé la puerta, los besos se volvieron urgentes y las manos impacientes. Nos desnudamos entre risas y gemidos, dispuestos a recuperar el tiempo perdido. Hicimos el amor con la misma intensidad de la primera noche; sabía cómo hacerla arquearse; ella, cómo enloquecerme con esa boca jugosa y esos movimientos de caderas que parecían diseñados para volverme adicto.
Ahora, exhaustos y satisfechos, la contemplaba.
Nuria yacía tumbada de lado sobre la cama revuelta como una estampa viva de deseo maduro. Estaba más espléndida aún después del placer. Los años la habían moldeado en una figura rotunda y magnífica, parecía una diosa romana que hubiera decidido quedarse en la tierra para volver locos a los mortales. Su piel morena brillaba con una fina capa de sudor que acentuaba cada curva. Los pechos firmes y pesados descansaban de lado con los pezones aún endurecidos. En la suave hendidura que los separaba, la pequeña estrella tatuada parecía brillar bajo la luz suave de la lámpara.
Tenía un brazo flexionado bajo la cabeza, la melena ondulada desparramada sobre la almohada le daba un aspecto salvaje. El otro reposaba sobre el vientre, los dedos relajados, las uñas pintadas de rojo oscuro. Sus caderas anchas y generosas formaban una línea imposible de ignorar, y el culo, redondo, alto y firme contra toda lógica de la edad, se alzaba en esa postura de lado invitando a la caricia. Los muslos robustos y poderosos, de una carne densa y tentadora, se cruzaban con elegancia; una pierna extendida, la otra ligeramente doblada dejaba entrever el sexo hinchado y húmedo por el encuentro. En el tobillo derecho, una fina cadena de oro, un detalle que se me antojó un símbolo de pertenencia.
Nuria giró la cabeza. Sus ojos, oscuros me provocaron con esa media sonrisa que siempre le había hecho un hoyuelo irresistible en la mejilla. Los labios gruesos, aún enrojecidos por tanto beso y por haberme tenido dentro de su boca minutos antes, se entreabrieron en un suspiro satisfecho.
—¿Todavía no tienes suficiente? —murmuró con la voz ronca—. No, ya lo veo.
Solté la verga y pasé la mano por su cintura, descendí la curva pronunciada de la cadera hasta posarla en ese culo magnífico que, incluso relajado después del orgasmo, conservaba una insolente firmeza. Nuria se estiró, arqueó la espalda y empujó hacia atrás contra mi palma.
—Ven aquí —susurró sin apartar los ojos—. No me mires como si quisieras comerme… hazlo.
Me cebé en la nalga carnosa y firme, ella exhaló un gemido bajo y empujó frotándose con descaro. La polla, que no había bajado del todo, volvió a endurecerse contra su muslo.
—Sigues siendo demasiado romana —dije y me deslicé hacia el interior de sus muslos—. Demasiado todo. Y no he terminado contigo.
Ella rio con un sonido grave y sensual que hizo vibrar su cuerpo. Yo me pegué más, sentí el calor que emanaba de su piel. Nuria se giró ofreciéndome los pechos y separó las piernas en una invitación muda. Sus ojos brillaban desafiantes cargados de lujuria.
—Entonces no pares, porque yo tampoco he terminado contigo.
Así eran mis noches con Nuria, noches de fuego y olvido.
La desnudez compartida
El sol del atardecer entraba por el ventanal encendiendo en la habitación los últimos destellos de una luz cobriza. Sentada en el borde de la cama, observaba a Andrés, de espaldas, frente a la pequeña mesa que servía de tablero improvisado para el ajedrez. Desnudos, como lo habían estado las últimas tres horas. Apenas salían de la habitación; se habían instalado en una especie de clandestinidad que no había existido en los anteriores viajes.
Carmen reflexionó sobre lo rápido que el asombro se diluye en forma de geografía familiar. La primera vez que lo vio desnudo, hubo un vértigo, una sensación de sacrilegio. Ahora, ver el vello entrecano del pubis y de las axilas le resultaba tan natural como el aire salino que entraba por la rendija de la ventana. Ya no había pudor en él, ni sorpresa en ella.
Andrés se acomodó en el puf para estudiar el próximo movimiento. La postura no le favorecía: el vientre se plegaba sobre el regazo y las nalgas, ajenas a cualquier disciplina física, se aplastaban contra el asiento. Carmen lo observaba, el declive era innegable. La polla, morcillona y envuelta en un exceso de pellejo arrugado, descansaba con una desidia que a cualquier otra mujer le habría parecido decepcionante.
Sin embargo, a ella la encendía.
Era una excitación irracional, una punzada en el bajo vientre que desafiaba toda lógica estética. Ella, esbelta y joven, sentía el cuerpo firme y la piel tersa, era consciente de su propia belleza con esa seguridad insolente de quien se sabe deseada. El contraste era precisamente el combustible. Ver al hombre que durante años la había guiado, reducido a una desnudez blanda y decadente, le provocaba un deseo voraz.
Andrés se levantó para servirse café. Caminó por la habitación con la naturalidad absoluta de quien ya no tiene nada que ocultar, ni siquiera la ruina. Carmen lo siguió con la mirada, fascinada por la honestidad de sus arrugas y la pesadez de sus movimientos.
—Te toca. —dijo sin darse la vuelta.
Sonrió para sí misma. Era él. Bajo la piel marchita y la barriga pronunciada, seguía siendo el hombre que la habitaba mentalmente. Y el hecho de que ese cuerpo cansado fuera el mapa de su placer le parecía la victoria más extraña y excitante de su vida.
Andrés notó el escrutinio; se detenía en las imperfecciones con una intensidad que, en otro tiempo, le habría obligado a cubrirse. Apoyó la taza de café en la mesa, sabía lo que ella estaba viendo. No era ingenuo, y mucho menos vanidoso; era dolorosamente consciente de la pérdida de turgencia de sus músculos. La gravedad había empezado a reclamar su derecho sobre el cuerpo cansado. La dejó terminar de inventariar el declive.
—Me observas como si estuvieras haciendo un parte de daños. —dijo con ese tono pausado que tanto contrastaba con su desnudez descuidada.
Se rascó el pecho entrecano con una naturalidad que rayaba en lo vulgar. No había rastro de disculpa en su gesto. Había llegado a una edad en la que el cuerpo pasa de ser un escaparate a convertirse, simplemente, en el lugar donde uno vive.
—Te equivocas —replicó, sintiéndose descubierta.
—Es una imagen extraña, ¿verdad? —Se acercó tanto que, al levantar la vista, Carmen se topó con su vientre—. El viejo profesor expuesto y despojado de la toga de la retórica. Sospecho que te gusta más esta debacle de la edad que mis digresiones sobre estética. O quizás es que, para ti, esto forma parte de la estética.
Andrés le acarició el pómulo con el dorso de los dedos. A pesar de su físico en retirada, los ojos conservaban una lucidez que parecía alimentarse de su juventud.
—No intentes buscarle sentido —le advirtió en un susurro, impartiéndole una última lección—. La piel no sabe de lógica. Me deseas porque soy el símbolo de lo que serás y porque mi decadencia es el único espejo donde tu belleza se siente real, y no sólo un adorno.
Giró sobre sus talones y regresó al tablero de ajedrez.
—Mueve el caballo. No te quedes ahí pensando en mi barriga, vas a perder la partida.
Carmen, con una precisión que contrastaba con el torbellino de su cabeza, movió pieza. El golpe contra el tablero rompió la densa atmósfera de la habitación.
—¿Cuándo te vas? —preguntó, manteniendo la vista en las figuras talladas, sin atreverse a reparar en ese cuerpo que poco antes la encendía y de pronto, la incomodaba.
Andrés no respondió de inmediato. Miró el tablero, luego a ella, y exhaló un suspiro largo que delató el cansancio acumulado.
—Mañana a primera hora. No te preocupes por los rumores; en cuanto llegue, pondré las cosas claras en el gabinete. Nadie va a sospechar nada de este viaje.
Carmen reprimió un gesto de escepticismo. Se levantó de la cama, anduvo unos pasos dándole la espalda para serenarse y luego se giró, seria, con los brazos cruzados.
—No vuelvas a hacer una cosa así, Andrés. Jamás. —su voz crispada, carecía de la complicidad anterior— Presentarte aquí, sin avisar... ha sido una locura. Atente al acuerdo que tomamos con Ángel. Quedamos en que mantendríamos las distancias.
Andrés la miró, inmóvil junto a la mesa. El brillo de sus ojos pareció nublarse de golpe, y por primera vez, su desnudez dejó de parecer honesta para volverse vulnerable, desamparada.
—Has hablado con Ángel.
Carmen, buscó refugio en el ventanal, donde la luz daba paso a la penumbra gris del crepúsculo.
—Esto se tiene que acabar.
Andrés pareció encogerse. Fue un colapso sutil pero devastador. Los hombros se vencieron, la seguridad se evaporó por completo. El hombre brillante, el mentor infalible, se hundió en el puf reducido a una sombra vulnerable que de repente temía a la soledad.
—No me dejes —susurró.
La súplica, desprovista de toda la retórica que solía dominar, sonó humillante y desgarradora al tiempo. Era una petición desnuda, descarnada; mendigaba un tiempo y un lugar que no le correspondía.
Carmen intentó articular palabra. ¿Cómo explicarle que el mismo contraste capaz de excitarla, dictaba el final? ¿Cómo decirle que deseaba al mito, pero era incapaz de cargar con el hombre en pleno derrumbe?
—Es tarde —alcanzó a decir—. Ya... ya seguiremos la partida en otro momento.
Andrés no insistió. No hubo réplica, ni argumentos, ni reproches. El profesor aceptó la derrota en el terreno de la alcoba con el mismo fatalismo con el que su cuerpo capitulaba ante la gravedad. Comenzó a recoger la ropa dispersa por la habitación y se vistió en un silencio sepulcral ocultando el declive que un momento antes mostraba sin reservas: primero los calzoncillos; luego la camisa Oxford, tan característica; al final, los pantalones de pinzas. Carmen evitó mirarlo. Cada prenda recuperaba al jefe y al mentor, pero sepultaba al amante.
Cuando estuvo vestido, recogió el tanga del suelo, lo dobló con sumo cuidado y se lo tendió. Después le dio un beso en la mejilla; un beso casto, tibio, que sabía a despedida. Abrió la puerta y salió sin mirar atrás.
Quedó sola en la penumbra. Frente a ella, el tablero de ajedrez desató una intensa oleada de culpa. Sintió el peso de su propia juventud como una crueldad intolerable, y una certeza, amarga y nítida: Acababa de hacer daño a alguien que no lo merecía.
Despechada
—¿Ya está todo?
Mario echó una ojeada. El armario de la alcoba mostraba los huecos que hasta un instante antes rebosaban de ropa; el símbolo perfecto del vacío que sentía en el pecho. A un lado, sobre el silloncito, la maleta estaba a reventar. Elvira inspeccionaba el cuarto con la mirada experta de quien ha armado mil equipajes, buscando cualquier detalle que se les hubiera pasado por alto. Cogió un cinturón y se lo mostró; él asintió en silencio y ella lo sostuvo en la mano mientras terminaba de repasar la habitación. Por fin, lo acomodó junto a unos calcetines en el último hueco libre.
—Listo.
Cerró la cremallera y puso encima el neceser. Luego, consciente del mal trago que estaba pasando, lo besó con ternura. Pero no era ternura lo que Mario necesitaba, sino huir de la realidad. Sin preámbulos, convirtió los besos en algo crudo. Elvira lo entendió al vuelo y respondió con la misma intensidad, con pura lujuria. Si él invadió sus pechos, ella atrapó su sexo; si él le apretó el culo, ella le mordió los labios hasta hacerle daño. Se desprendieron de la ropa y cayeron sobre la cama buscando acoplarse como dos fieras en celo.
La empujó contra el colchón; no había espacio para preliminares. La braguita de encaje negro voló por los aires y los bóxers quedaron atrapados en un tobillo. Elvira se abrió de piernas, lo guió y lo recibió con una embestida seca. Mario contuvo el aliento al sentir el calor húmedo y estrecho envolviéndolo por completo. Fue un golpe profundo, violento, capaz de arrancar de raíz el dolor de abandonar esa casa que ya no era suya. Elvira arqueó la espalda con un jadeo y soltó una risa baja, oscura, triunfal. Le hundió las uñas en la carne. Quería dejarle marcas que le recordaran a Carmen que ese cuerpo ya no le pertenecía. Piel contra piel, respiraciones que se rompían en gemidos cortos. El olor a sexo y a despedida mezclándose en el aire.
—Más fuerte —susurró en su oreja, mordiéndole el lóbulo hasta hacerle daño—. Quiero sentir que te estás yendo de verdad… que no hay vuelta atrás.
No la oyó, o no quiso entenderla, y la golpeó con saña. Las caderas chocaban a un ritmo desordenado y furioso. Ella gritó de placer y dolor. El cabecero de la cama reventaba contra la pared como un metrónomo roto que marcaba el final de una vida y el comienzo de otra. Elvira le clavaba los talones en los glúteos exigiéndole penetrar más hondo; le recorría la espalda con las uñas dejando surcos que ardían. Él le aferró las caderas para hundirse con una violencia capaz de partirla en dos.
Con un impulso ágil, ella rodó sobre el colchón para quedar encima, apoyó las manos en su pecho y comenzó a moverse con un vaivén lento y cruel, estrangulando la erección cada vez que bajaba y liberándola al subir. Él soltó un «joder» entre dientes, le agarró las nalgas y la obligó a acelerar. Elvira, con el pelo pegado a la cara por el sudor, redobló la carrera: los pubis se estrellaban con saña, los pechos botaban obscenos y Mario se lanzó a atrapar un pezón con la boca. Ella le hundió la cabeza en su pecho sujetándolo por la nuca mientras lo cabalgaba con ganas de exprimirle hasta la última gota.
—No pienses —le dijo entre jadeos—. No hay nadie, no hay mañana. Sólo nosotros.
Mario cerró los ojos y se rindió del todo. La agarró por la cintura y la volteó poniéndola boca abajo. Ella se apoyó en los antebrazos, ofreciéndole el culo en alto, las piernas abiertas y el sexo hinchado. Él entró de una sola vez hasta el fondo, y no hubo contención posible. Los golpes eran rápidos, duros, desesperados. El sonido de carne contra carne llenaba la habitación mezclado con los gemidos agudos de ella y los bufidos roncos de él.
Elvira metió una mano entre las piernas y se frotó a un ritmo desbocado bajo sus crueles embestidas. Estaba cerca, muy cerca. Él notó la primera contracción, los espasmos y la respiración desquiciada convertida en sollozo.
—Dámelo todo —le exigió, rota por el placer—. Quiero sentir que te corres… quiero que me llenes.
Mario tensó la espalda y los brazos. Un último empujón, un gemido gutural y se derramó en espasmos interminables. Elvira convulsionó con los dedos aferrados a las sábanas; ahogó un grito que acabó convertido en un sollozo de placer.
Permanecieron unidos un instante eterno, jadeando, sudorosos. Luego él se desplomó sobre su espalda cubriéndola con todo su peso. Elvira buscó sus labios. Esta vez el beso fue lento, exhausto; con un sabor a sal, a sexo y a algo que ninguno de los dos quiso nombrar todavía.
No hicieron intención de levantarse. No todavía.
……
Esther no tuvo problema en aparcar. Podría haber entrado en el garaje, pero nunca recordaba el número de plaza. Subió el tramo de escaleras hasta el portal; en ese momento salieron unos vecinos y aceleró el paso. Mientras el ascensor hacía su recorrido pensó en el rumbo que había tomado el matrimonio de su hermana. ¡Quién lo hubiera dicho! Salió al rellano y abrió la puerta de la vivienda. Le extrañó que no estuviera echado el cerrojo.
Al entrar en el salón, unos ruidos al fondo la obligaron a detenerse. Aguzó el oído. Entonces lo distinguió con claridad: «Quiero sentir que te corres dentro… ». Lo demás se perdió en un susurro. Acto seguido, reconoció el tono inconfundible de Mario en un gemido largo, coronado por el grito desgarrado de la mujer que lo incitaba.
Después, el silencio, su propia respiración agitada.
Y la furia.
Movida por un impulso ciego, agarró un libro grueso de la estantería y lo estampó contra la mesa. El estrépito rompió el aire. Segundos después, su cuñado apareció por el pasillo, envuelto en un albornoz con la alarma pintada en el rostro.
—¡Esther! ¿Qué haces aquí?
—¿Y tú? Bueno, salta a la vista: tirarte a una cualquiera mientras tu mujer está de viaje —dijo, clavando la mirada en Elvira. Esta acababa de aparecer por el pasillo, ajustándose las solapas de una bata que Esther reconoció de inmediato.
—Te he preguntado qué haces aquí —insistió sin ocultar la irritación que crecía por momentos.
—Cumplir un encargo de mi hermana. ¿Y tú? ¿Aprovechar que está lejos para meter en vuestra cama a una arrastrada?
—Ya está bien, Esther.
—¿Celosa? —soltó Elvira con una expresión de suficiencia.
—Me das asco. Carmen tiene clase hasta para elegir a quién deja entrar en su vida, pero tú... tú te conformas con las sobras. Qué poco vales si necesitas ponerte en la piel de otra mujer para sentirte alguien.
—Si te contara la verdad, te caerías de espaldas y no te volvías a levantar.
—¡He dicho que ya está bien! —gritó Mario, interponiéndose entre las dos.
—¿No te da vergüenza? —Esther lo fulminó—. ¿Esta era tu maldita pena? ¿Convertir vuestra casa en un burdel?
—Este no es el momento, joder.
—No, claro que no. Menuda falta de educación la mía; tendréis prisa por volver a revolcaros.
—¡Vale ya! Coge lo que has venido a buscar y vete.
—Mejor vuelvo en otro momento, ¡cuando la casa no huela a zorra!
—¡Esther!
Fuera de sí, salió dando un portazo que retumbó en toda la vivienda. El silencio cayó como una losa.
—Qué es eso que le has dicho sobre algo que si se lo cuentas se cae de espaldas.
—Nada. Tenía que inventar algo para callarla —dijo sin ser capaz de mirarlo—, no tiene ningún derecho a tratarte como lo ha hecho.
Mario hizo un esfuerzo visible por contener la cólera.
—Es mi cuñada. Tiene todo el derecho del mundo a sentirse ofendida.
—¿Ofendida? Mario, por Dios, ¿viste su cara? Esa chica está enamorada de ti.
—No digas tonterías.
—Los hombres no os dais cuenta de nada. Lo que acaba de pasar es una auténtica escena de celos. Si no llegas a estar en medio me salta a los ojos y me los arranca.
—No sigas por ahí, ¿has oido? Quiero a Esther como a una hermana. He podido destruir mi matrimonio, pero no pienso romper la relación con su familia.
Elvira lo miró boquiabierta, fue él quien resolvió la situación.
—Vamos, tenemos que arreglarnos y marcharnos de aquí.
El regreso
No me gusta conducir de noche, pero nada me retenía en Santander. A mediodía había cerrado los últimos objetivos; estaba satisfecha. Podía haber agotado la tarde y salir a la mañana siguiente tras descansar, pero tenía tantas cosas en la cabeza que, a última hora, decidí hacer la maleta y ponerme en camino; total, no iba a poder conciliar el sueño. Elegí la ruta segura: llegar a Bilbao por la autopista, bajar a Miranda de Ebro y, allí, conectar con la A-1 hasta Madrid. Más kilómetros, sí, pero en esa época del año, de noche y con riesgo de lluvia, era la mejor opción.
La conducta de Andrés nos ponía en un riesgo impredecible. Su ausencia, coincidiendo con mi viaje, sin duda habría disparado los rumores. Me extrañaba que Ángel no hubiera llamado, aunque no tardaría en desplegar la artillería en cuanto me viera aparecer. No tenía intención de ocultar lo sucedido; estaba tan molesta y preocupada como él. Tendría que haber sido contundente. Tendría que haber detenido ese despropósito nada más verlo aparecer. ¿Por qué le permití entrar? ¿Por qué fui tan débil? El daño ya estaba hecho: su ausencia y la reserva en el mismo hotel nos condenaban. Sí, todo eso estaba muy bien, pero no era excusa para haberlo metido en mi cama. Esos serían mis argumentos antes de que él pudiera abrir la boca. ¿Bastaría con eso para contener a un Ángel dispuesto a someterme a un juicio sumarísimo?
Andrés se fue de madrugada escondido en la penumbra de los pasillos; lo eché a la fuerza, como a un niño caprichoso. A la mañana siguiente, durante el desayuno, me juró que nadie lo había visto. Fue un desayuno precipitado de camino a la facultad; no quería que, por una casualidad, nos vieran juntos teniendo en cuenta que, oficialmente, «él no estaba allí». Repetimos por la tarde después de un almuerzo de trabajo del que salieron los primeros acuerdos. Dejé que se adueñara otra vez de mi habitación; jugamos una nueva partida, tuvimos de nuevo sexo, un sexo culpable, y volví a consentirle cosas que no debería. Quizás fue más morboso por ser tan clandestino.
Mientras contemplaba el paisaje borroso a través de la ventanilla, una sensación profundamente amarga creció en el estómago, un sabor a ceniza que ni el éxito de los acuerdos logrados conseguía disipar.
Habíamos pasado las tardes recluidos, atrincherados entre cuatro paredes como un par de delincuentes temerosos de ser descubiertos in fraganti. La habitación del hotel, que debía ser un espacio de descanso, terminó transformándose en nuestra celda clandestina. Apenas nos atrevíamos a cruzar el umbral del pasillo juntos; cada salida requería una estrategia digna de un espía: escuchar tras la puerta antes de abrirla, calcular los tiempos del ascensor, vigilar de reojo el vestíbulo. Incluso las pocas veces que intentamos simular cierta normalidad, el precio fue humillante. Quedábamos en restaurantes alejados, locales anodinos distantes del centro donde asumíamos el rol de dos extraños: llegábamos por separado, manteníamos las distancias con la mirada fija en los platos, conversábamos en susurros y volvíamos al hotel cada uno por su lado. Fingíamos que la noche moría ahí, como si no fuera a ocurrir lo que ambos sabíamos inevitable: un toque en la puerta de madrugada, el salto de la cama a la carrera con el corazón galopando, y el caer en sus brazos, desnuda, para besarlo con una locura irracional, absurda, impropia y tan potente que anulaba cualquier pensamiento sensato.
Apreté el volante sintiendo una mezcla de rabia y decepción conmigo misma. No era esto. Definitivamente no era esto lo que esperaba de la vida a mis treinta y dos años. No quería un romance de contrabando, ni escondites, ni la paranoia constante de mirar por encima del hombro. Tampoco buscaba una relación con Andrés a largo plazo; solo aspiraba a que lo nuestro fuera algo limpio, a la luz del día. No deseaba convertirme en el secreto culpable de un hombre casado que prefería esconderse antes que afrontar la realidad.
Y, sin embargo, ahí estuve yo, entregada sobre la cisterna. Otra vez. Otra vez, sin capacidad para negarme, como si me fallaran las fuerzas, dejándome hacer en una regresión a una etapa perdida en las sombras de mi memoria más arcaica. Con sus manos en lo más íntimo de mi cuerpo, envuelta en olores repugnantes, escuchando ruidos pastosos, sintiendo lo que nunca debiera sentir; alargando un acto perverso e inmundo sin hacer nada, nada salvo ser fatalmente consciente de que el deseo también formaba parte de mí: un deseo oculto y reprimido hasta que apareció él y lo descubrí sin querer reconocerlo. Supe que, tarde o temprano, terminaría por volver a ocurrir y lo aceptaría.
Llegando a Castro Urdiales comenzó a llover; en un minuto parecía que el cielo se hubiera abierto, apenas tenia visibilidad y tuve que reducir la marcha y concentrar toda mi atención en la carretera. Tras unos kilómetros que se hicieron eternos, amainó y pude relajarme.
La idea de provocar la desconfianza de Berta a causa de una mentira mal gestionada me llevó a plantearle un ultimátum: aquello tenía que acabar, nos jugábamos mucho. Prometió que no volvería a repetir una locura igual, pero me rogó que no lo dejara. ¿Dejarlo? ¿Acaso éramos algo más que un par de irresponsables?
Tenía que poner fin a aquello, pero no sabía cómo hacerlo sin provocar alguna reacción emocional imprevisible. Hacía tiempo que, con respecto a mí, no razonaba.
La lluvia había dado una tregua. Decidí parar en un área de servicio, repostar y tomar un café. Era la excusa perfecta para estirar las piernas, respirar aire fresco y despejar la cabeza.
Me apoyé en el lateral del auto con el vaso caliente entre las manos. El frío de la noche me espabiló de golpe mientras contemplaba las luces de la gasolinera reflejadas en el asfalto mojado. En mitad de la calma, el móvil empezó a vibrar.
—¡Hola, Laura! Dime.
—¡Carmen! Qué bien que te pillo. Oye, ¿cómo tienes la tarde del jueves? Queremos juntarnos todas para tomar algo, hace siglos que no nos vemos.
—Uf, el jueves... Creo que bien, pero espera a que llegue a Madrid y consulte la agenda. Estoy a mitad de camino.
Un fuerte trueno interrumpió nuestra conversación y me hizo consciente de que debía volver a ponerme en marcha.
—Ya lo oigo. ¿De donde vienes?
—He estado en Santander; he parado a echar gasolina y a tomar un café cuando ha dejado de diluviar. Oye, ¿también viene el chico ese que ha llegado de Suecia?
—Vaya, parece que os habéis gustado. Dice Marta que ha preguntado por ti.
—Es mono, y es simpático.
—Además, eres la única que llegas a su altura, jodía. Me enteraré y te lo digo.
—Hablamos mañana y te confirmo, ¿vale?
—¡Hecho! Ve con cuidado. «¡Precausión, amigo conductó, la senda es peligroosa!» (1)
—Jajaja, ¡Un beso!
El silencio de la noche volvió a atraparme, un silencio roto sólo por el rumor lejano de los camiones en la autovía y la brisa meciendo las copas de los árboles. La propuesta de Laura y la idea de juntarnos todas flotaba en mi cabeza. El sabor del café me llevó de vuelta a la última vez que nos habíamos reunido. Hacía semanas, pero lo recordaba como si fuera ayer...
…..
Habíamos quedado en el Dublín, el pub de siempre cerca de la facultad. Llevábamos meses sin juntarnos las cuatro; la mesa estaba llena de tercios de cerveza, risas y puestas al día. Estábamos en mitad de una queja cruzada sobre el precio de los alquileres cuando Marta empezó a hacer aspavientos con el brazo.
—¡Josema, por aquí! —gritó, compitiendo con la música folk que sonaba de fondo. Un tipo imponente, altísimo y con el cabello, en otro tiempo rubio, convertido en un conjunto de bucles canosos que le sentaban realmente bien, se abrió paso entre la multitud del pub mostrando una amplia sonrisa.
—Qué sorpresa encontraros a todas juntas —dijo con una voz profunda que imponía una calma inmediata en mitad del jaleo del bar.
—Siéntate cinco minutos, anda —le pidió Laura, arrastrando un taburete—. Mira, te presento: esta es Carmen, estudió con nosotras pero ahora vuela libre en la privada. Carmen, este es Josema. Ha estado un porrón de años viviendo fuera y acaba de volver para incorporarse al departamento de la facultad.
—Hola, Carmen. Encantado.
Me gustó. En lugar de lanzarse a darme dos besos, me estrechó la mano. Tenía un agarre firme pero suave, y una cortesía que ya no se estila.
—Hola —respondí, sintiéndome pequeña a su lado.
Pequeña, porque Josema debía de andar cerca de los dos metros de estatura; era corpulento y conservaba la complexión de quien ha hecho deporte con asiduidad en el pasado. Era atractivo, mucho, debía de rondar los cuarenta años y, además de su abundante cabello ensortijado, poseía una mirada penetrante, unos ojos color azul claro poblados de pestañas oscuras y densas que les daban profundidad. Su mirada era directa, como si pudiera leer el interior de quien lo observaba. Tenía unas cejas bien marcadas, con una curvatura natural que le otorgaba carácter y seriedad al rostro; una fina cicatriz cruzaba una de ellas, interrumpiendo el vello con un trazo limpio. La nariz, recta, fina y proporcionada, de puente alto, y los pómulos, altos y pronunciados. En la mejilla, otra marca pálida y antigua rompía la uniformidad de la piel; ambas cicatrices eran, tal vez, recuerdo de su etapa deportiva. La mandíbula fuerte, cuadrada y muy definida, terminaba en un mentón firme y partido que le aportaba masculinidad y determinación. Sus labios estaban bien dibujados: el superior con un arco marcado y el inferior más lleno, lo que le confería una expresión sensual. Cuando no sonreía, su boca adoptaba un gesto serio, casi melancólico; pero cuando lo hacía, aunque fuera apenas, transformaba todo su rostro, porque su sonrisa tendría la virtud de transmitir serenidad en medio de una oleada de pánico.
En conjunto, sus facciones tenían una belleza muy clásica, muy masculina: una mezcla perfecta de ángulos fuertes y proporciones armónicas. El tipo de cara que parece sacada de una película antigua, pero con una vitalidad y presencia absolutamente reales. Resultaba imposible no quedarse mirándolo, y puede que él se hubiera dado cuenta de mi descarado interés.
Se tomó una caña rápida mientras las chicas lo acribillaban a preguntas sobre su regreso a España. Él respondía con pocas palabras, quitándose importancia y desviando el foco de atención hacia cualquiera de nosotras. Al rato se disculpó, alegando una cena familiar, y antes de marcharse detuvo su mirada en mí.
—Un placer, Carmen —dijo en voz baja—. A ver si coincides más veces con estas locas.
…..
El viento de la noche se había vuelto desapacible. Tiré el vaso a una papelera y me refugié de la lluvia, que volvía a cobrar fuerza. Me abroché el cinturón y arranqué el motor. Decidido: mañana a primera hora confirmaría lo del jueves. Tenía muchas ganas de volver a verlas y, para qué engañarme, también guardaba la secreta esperanza de que cierto profesor recién llegado de Suecia se dejara caer.
De vuelta a la carretera, pasé a ocuparme del otro motivo de preocupación: Esther. Había en su voz un punto de crispación que había ido en aumento tras nuestra primera conversación. Me llamó desde el ático para decirme que no encontraba la carpeta de marras. Ya daba igual, la había necesitado el día anterior, pero evité reprochárselo. Le indiqué dónde debía de estar; ella respondía inquieta, con prisa por marcharse. Le pregunté si le ocurría algo y contestó airada. Sugerí un par de sitios donde podía mirar, uno de ellos en la planta inferior y se negó en redondo a bajar.
«—¿Qué te pasa?, ¿tienes prisa?
—¡No me pasa nada, joder, qué pesada!
—Déjalo, ya me arreglaré.
—No, perdona, voy a ver… pero si no la veo, me marcho.
—Joder, chiqui, ni que estuvieras robando un banco.»
Porque esa era la sensación que transmitía: la de una persona incómoda por estar donde estaba y, además, enfadada. ¿Qué le sucedía?
Rendida, agotada y con los ojos irritados, llegué de madrugada a mi refugio provisional, el lugar que ahora me tocaba llamar «mi casa». Me di una ducha caliente, preparé café y me acosté a ver las horas pasar.
Cortina de humo
El despacho de Ángel, un entorno amplio y luminoso, esa mañana resultaba claustrofóbico. Carmen intentó mantener la barbilla alta, pero el cansancio del viaje nocturno bajo la lluvia le pesaba en los párpados. La recibió de pie junto al ventanal con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón. Se giró, su rostro reflejaba la fría decepción del único hombre que la había respaldado.
—¿Has conducido toda la noche? —dijo a modo de saludo. Su voz era plana, desprovista de afecto.
—¿Tan evidente es?
— Tienes mala cara. Llamé al hotel esta mañana temprano para ponerte sobre aviso; dijeron que habías hecho el check-out a última hora de ayer.
Prefirió no responder; dejó el bolso en la mesa con un golpe seco.
—Lo que es evidente es que no has estado sola en Santander.
Carmen sintió un vuelco en el estómago. Sabía que este momento iba a llegar; la artillería de Ángel estaba cargada. Dejó el preacuerdo sobre la mesa, puso los brazos en jarras y contraatacó.
—¿Quieres que te haga un resumen o vas a ir directo al grano?
Ángel se acercó a la mesa, una especie de barrera infranqueable entre los dos. Sin inclinarse, estiró el silencio: tomó la carpeta del preacuerdo, le echó un vistazo frío y despectivo, y la tiró de vuelta sobre la madera. El impacto seco rompió la tensión del aire.
Sólo entonces, tras haberle robado el control, fijó la vista en ella.
—Déjate de acuerdos. El gabinete es un hervidero. Hay llamadas, cuchicheos en los pasillos... y un nombre que se repite demasiado. ¿Estaba Andrés en Santander? ¿Ha estado contigo?
Carmen respiró hondo. Podría mentirle, armar una coartada, pero el recuerdo de la torpe actitud de Andrés la llenó de una repentina oleada de fastidio y rabia. Sus manos resbalaron de las caderas y quedaron muertas a los costados. Estaba harta. Harta de proteger a un hombre incapaz de razonar. Le miró a los ojos. Era Ángel, su amigo, su amante.
—Sí. Estuvo allí.
Ángel cerró los ojos un segundo.
—¿Eres consciente de la tremenda estupidez que habéis cometido? —Su voz bajó a un susurro sibilante—. Es tu jefe. ¿En qué estabas pensando? ¿En qué coño pensabais los dos?
—No lo sabía, Ángel —replicó con una mezcla de culpa y falsa firmeza—. Se plantó en mi habitación.
—¡Y tú le abriste la puerta! —Ángel soltó una risa amarga, dio un paso atrás y la miró de arriba abajo—. El gran viaje de trabajo... y hacéis reservas en el mismo hotel. ¿De verdad os creéis tan listos? Su ausencia ha encajado como la pieza de un puzzle. La gente del gabinete no es idiota, las sospechas ya están circulando, y si esto llega a oídos de Berta, el escándalo nos va a salpicar a todos. A la firma, a ti... y a mí.
—Conozco perfectamente el riesgo que corremos —dijo Carmen, reviviendo la desazón de la noche anterior—. Fui débil, ¿de acuerdo? Se lo permití. Entró esa noche… y volvió a entrar al día siguiente. Tuvimos... En fin, pasó lo que pasó. Es un irresponsable.
Ángel analizaba cada palabra buscando el alcance del daño.
—¿Pasó lo que pasó? Te recuerdo que Andrés no da un paso sin calcularlo. ¿Qué busca contigo, Carmen? ¿Qué buscas tú?
—¡Nada! ¡Se acabó! Le he dado un ultimátum antes de salir de Santander —Carmen bordeó la mesa tratando de recuperar una complicidad que pendía de un hilo—. Le he dicho que esto se tiene que terminar. Nos estamos jugando demasiado. Está completamente fuera de sí, no razona... Pero voy a ponerle fin.
Ángel guardó silencio durante unos instantes que a Carmen se le hicieron eternos. El bullicio del gabinete se filtraba por las paredes.
—Espero que cumplas tu palabra, por el bien de todos —dijo con frialdad—. Temo que tu ultimátum llegue tarde. El terreno está abonado, sólo falta ver quién es el primero en descolgar el teléfono para llamar a Berta.
Carmen dio un paso al frente plantándose a escasos centímetros de Ángel. La fatiga del viaje pareció evaporarse de golpe. La frialdad de su actitud, lejos de amedrentarla, había encendido una mecha.
—¡No me hables como si fuera la única que tiene algo que ocultar en este maldito edificio, Ángel! —le escupió conteniendo la indignación para no traspasar las paredes del despacho—. ¿Me vas a juzgar tú? ¿Precisamente tú?
Ángel abrió la boca, pero Carmen le cortó la réplica con un movimiento seco de la mano.
—No me trates como a una subalterna irresponsable que ha cometido un desliz. Soy consciente de lo que nos jugamos, y te aseguro que nadie está más furiosa y preocupada por este despropósito que yo. Fui débil esa noche, lo admito. Cometí el error de permitirle entrar, pero no me metas en el mismo saco de su locura.
Ángel se recostó en el asiento con las piernas cruzadas a la altura del tobillo y la siguió con la mirada mientras deambulaba por el despacho. De pronto, ella regresó y apoyó las palmas sobre el escritorio clavando los ojos en los suyos. Él flaqueó; fue incapaz de evitar que la vista se le escapara hacia los pechos que la blusa ahuecada apenas ocultaba. Ella fingió no darse cuenta, tomó aire y sentenció:
—Andrés ha perdido el norte. Ha cruzado líneas que jamás debió cruzar, miente a Berta de una manera tan burda que nos expone a todos. Se marchó de mi habitación escondido como un crío, a oscuras por los pasillos; fui yo quien lo echó a la fuerza.
Por un momento, el cansancio hizo mella en su entereza. Sacó un cigarrillo del paquete que había sobre la mesa y lo encendió.
—Fui yo quien le plantó cara antes de subir al auto. Le he dicho que se acabó, Ángel. Qué más quieres. ¿Y sabes qué hizo el señor presidente del gabinete? Suplicarme, rogarme que no lo deje. ¡Que no lo deje! No razona cuando se trata de mí.
Lanzó una bocanada de humo, se estiró la blusa, se alisó la falda en las caderas y continuó:
—No me des sermones. Estoy moviendo cielo y tierra para evitar que este gabinete salte por los aires y Andrés sufra una reacción emocional imprevisible que termine de hundirnos. Sé lo que debo hacer. Pero lo último que necesito es que me juzgues desde un pedestal moral que no te corresponde.
Ángel encajó el golpe, apretó la mandíbula y, tras un instante, asintió varias veces. El amante despechado volvía a dar paso al estratega.
—Tienes razón —admitió midiendo el tono—. No me he ganado ningún púlpito. Pero la indignación no nos va a salvar de la que se avecina si el gabinete huele sangre. Y ahora mismo olfatean debilidad.
Ángel rodeó la mesa; sus gestos no buscaban intimidad, sino la frialdad de un pacto.
—Tenemos que cambiar el foco de atención —continuó, recogiendo el mentón con la mano —. Hablan de ti y de Andrés porque no tienen otra cosa de la que hablar. Mañana a primera hora voy a convocar una reunión extraordinaria. Vamos a presentar los resultados y los preacuerdos de Santander. Todo el mundo tiene que ver que tu viaje ha sido un éxito rotundo, una mina de oro para la firma. Si les llenamos la boca con números, presupuestos y objetivos cumplidos, los cuchicheos perderán fuerza. El éxito es un excelente silenciador.
Carmen sopesó la idea. Era una maniobra clásica pero efectiva: desviar la atención siempre funcionaba.
—Cuéntamelo todo, empezando por Bascúe.
Carmen hizo un resumen detallado de la reunión con Eugenio Bascúe y la buena impresión que había sacado, tanto así que habían concertado una segunda cita para concretar los puntos de un acuerdo marco de colaboración. Este, una vez redactado, se sometería a la aprobación de ambas sociedades. El resto de las entrevistas habían seguido un camino similar, allanado gracias a su intervención desde Madrid.
—Prepararé los informes esta tarde —dijo, sintiendo cómo el cansancio del viaje volvía a reclamar su espacio—. Pero Andrés tiene que estar ahí. Si falta, la puesta en escena no servirá de nada.
—Andrés tendrá que cumplir con su parte si aún le queda un ápice de cordura —sentenció Ángel. Luego, su mirada se volvió más incisiva—. Y hablando de cumplir con tu parte... Hay otro frente que tienes desatendido: se trata de Pablo.
—¿Ahora vas a meter a Pablo en esto?
—Lo meto porque todo está conectado —replicó Ángel, con un pragmatismo implacable—. Lo tienes olvidado, y se nota.
Carmen tragó saliva. Ángel tenía razón, aunque le doliera reconocerlo.
—Está bien —cedió, recogiendo el bolso de la mesa—. Me ocuparé de Pablo. Y tendré los informes listos para mañana.
…..
El reloj de la sala de juntas marcaba las diez de la mañana. La atmósfera estaba cargada de una tensión mal disimulada. Sentados alrededor de la gran mesa de roble, los socios mayores y los principales asesores del gabinete revisaban las carpetas que Carmen había preparado la tarde anterior.
Ángel presidía la mesa, con la expresión imperturbable de quien controla cada hilo del entramado. Carmen, sentada a la derecha, mantenía una postura impecable, ocultando las ojeras tras un toque maestro de maquillaje y una actitud de absoluta seguridad.
Sin embargo, el elefante en la habitación era demasiado grande para ignorarlo.
La silla en la cabecera opuesta, la que correspondía al presidente del gabinete, estaba vacía. Andrés seguía sin aparecer.
—Buenos días a todos —comenzó Ángel, alzando la voz—. Os he convocado con carácter de urgencia para analizar los excelentes resultados que la doctora Rojas ha traído de Santander. Es vital que nos volquemos en la nueva estrategia de expansión antes de que se filtre a la competencia.
A continuación, le dio la palabra. Carmen colocó la primera transparencia sobre el cristal del retroproyector y comenzó la exposición. El zumbido familiar del ventilador del aparato acompañó el inicio de su discurso. Con voz firme, desgranó datos macroeconómicos, sinergias y ventajas fiscales, utilizando un bolígrafo fino para señalar los gráficos impresos directamente sobre la lámina de acetato. Cada pocos minutos, sin perder la calma, retiraba una hoja, la guardaba en su funda protectora y colocaba la siguiente cuidando de que quedara perfectamente alineada en la pantalla de proyección. Era la serenidad en persona, aunque los nervios la comieran por dentro. Durante la primera media hora, el plan de Ángel pareció funcionar: los rostros de los asistentes pasaron de la suspicacia al interés profesional, reflejado por la luz blanca que el proyector emitía desde el centro de la mesa de juntas. Los números eran incontestables.
Pero la realidad no tardó en agrietar el simulacro.
—... lo que nos sitúa en una posición de ventaja para acometer esta nueva etapa —concluyó, apagando la pantalla.
Se hizo un breve silencio. Raúl, uno de los socios más veteranos y tradicionalmente alineado con las posturas de control de gasto, carraspeó antes de hablar. Consultó la carpeta, luego clavó sus ojos en la silla vacía.
—Los números son magníficos, enhorabuena. El trabajo es impecable —dijo, con una sonrisa fría—. Pero hay algo que no termino de encajar. Un acuerdo de esta envergadura requiere, por estatutos, la firma y la validación del presidente. ¿Dónde está Andrés? Su secretaria dice que ha cancelado la agenda de hoy.
Carmen sintió un frío repentino recorrerle la espina dorsal. Miró de reojo a Ángel, quien permaneció impasible, aunque una leve contracción en su pómulo lo delató.
—Andrés está al tanto del proyecto —improvisó, manteniendo una voz neutra—. El viaje a Santander buscaba, entre otras cosas, cerrar los flecos que él consideraba prioritarios.
—Ya —intervino de inmediato el asesor de finanzas, cruzando los brazos sobre la mesa—. Pero resulta extraño que la figura que supuestamente ha coordinado esto desde Madrid ni siquiera se presente a refrendarlo. ¿No se encontraba también en el norte estos días? Tenía entendido que su agenda coincidía en fechas.
El murmullo regresó a la sala, esta vez con un tono más agudo. Las miradas comenzaron a cruzarse entre los presentes. La ausencia de Andrés estaba actuando como la confirmación palpable de todos los rumores que habían corrido por los pasillos. Su espantada gritaba culpabilidad.
Ángel intervino con rapidez, intentando contener la vía de agua.
—Andrés asiste en estos momentos a un acto institucional que no podía delegar. No busquemos tres pies al gato. Lo importante aquí son las cifras que la doctora Rojas acaba de presentar...
—Lo importante, Ángel —le interrumpió Raúl, con una falsa amabilidad que resultaba amenazante—, es que el gabinete mantenga la cohesión. Si el presidente no está aquí para respaldar un movimiento que compromete el capital de la firma, nos deja en una posición muy vulnerable. Da la impresión de que no todos en la directiva remamos en la misma dirección. O peor aún... que hay cosas de ese viaje a Santander que no se nos están contando.
Carmen apretó los puños debajo de la mesa. La estrategia de Ángel se estaba desmoronando ante sus ojos. La cobardía de Andrés al no presentarse los estaba hundiendo a todos. El silencio que siguió a las palabras de Raúl se volvió asfixiante. Carmen sintió la mirada de Ángel como una advertencia silenciosa para que mantuviera el tipo: la reunión extraordinaria acababa de convertirse en un juicio encubierto. El golpe de timón que habían planeado el día anterior en el despacho se estaba haciendo añicos.
—No hay nada que ocultar, Raúl —intervino Ángel recuperando ese tono de acero con que solía aplacar las diferencias de criterio—. Andrés validará el informe en cuanto se reincorpore esta tarde. Centrémonos en lo que tenemos sobre la mesa: un preacuerdo histórico para esta firma.
La reunión continuó quince minutos más, pero el daño ya estaba hecho. Las preguntas técnicas se volvieron irrelevantes; el interés real se había evaporado, sustituido por el veneno de la sospecha que corría libre por las venas del edificio.
La sala quedó vacía. Carmen se dejó caer en la silla frotándose las sienes. Ángel cerró de un portazo sordo. Su rostro era incapaz de contener la furia.
—Es un imbécil —siseó Ángel, caminando de un lado a otro—. Un maldito irresponsable. No haberse presentado es lo mismo que colgar un cartel en la puerta que diga "culpable".
—Te dije que estaba fuera de sí, Ángel —replicó Carmen, alzando la voz lo justo para que no traspasara el roble de la puerta—. No razona. El pánico lo ha bloqueado y nos está arrastrando a los dos.
—Pues búscate la vida para solucionarlo, porque esto ya no es sólo por Berta o por los rumores. Raúl va a empezar a escarbar y lo primero que va a comprobar es el presupuesto del gabinete —Ángel se detuvo frente a ella—. Ahí es donde entra tu otro flanco débil. Pablo.
Carmen frunció el ceño. El día anterior, en la intimidad de su despacho, le había echado en cara que lo tenía abandonado; la sola mención del joven psicólogo la ponía de los nervios.
—¿Qué tiene que ver Pablo en esto?
—Tiene que ver con que es un psicólogo joven, brillante y con demasiada intuición al que contrataste personalmente y no le estás dando oportunidad de obtener resultados.
—¿Lo contraté? Te empeñaste tú, no me diste otra opción.
—Sea como sea, lo tienes desatendido. Me han llegado quejas de que no está desarrollando ninguna actividad. ¿Crees que es idiota? Pablo pasa el día entero escuchando los cuchicheos. Si su jefa, la mujer que lo trajo aquí, lo evita y está de los nervios, va a atar cabos antes que nadie.
Carmen desvió la mirada, sabía que Ángel tocaba un punto sensible. Pablo tenía un ojo clínico agudo; su trabajo consistía, precisamente, en descifrar el comportamiento humano.
—Pablo es un profesional, Ángel. Sabe mantener la confidencialidad.
—Pablo es un empleado que responde ante ti; si no cuentas con él, su lealtad puede flaquear. Lo necesitamos de nuestro lado o, al menos, que no mire hacia donde no debe. Frecuenta su despacho, muéstrate cercana. Hazle creer que este vacío ha sido un impasse, que controlas la situación. Si logras mantenerlo enfocado, no se interesará por las intrigas que circulan.
Carmen recogió las carpetas de la mesa con un movimiento brusco. La presión la asfixiaba por todos los flancos: Andrés en paradero desconocido, el gabinete oliendo la sangre, y ahora tener que actuar con el fichaje para mantener las apariencias.
—Está bien —dijo encaminándose hacia la puerta—. Ataré corto a Pablo. Y tú, encárgate de Andrés; espero que lo encuentres antes de que a alguien se le ocurra hacer esa llamada. Conozco bien a Berta; si se entera, puede hacer mucho daño.
Somos una piña II
La reunión a solas fue un ejercicio de equilibrismo sobre un cable de alta tensión. El aire todavía estaba impregnado de la amenaza de Ángel, de la humillación soterrada y del rastro invisible de la refriega bajo la mesa del restaurante. Carmen despachó el vacío de los últimos días con una vaga disculpa; acto seguido, proyectó en la pantalla un mapa conceptual de la Administración Pública. Su voz sonaba engolada, demasiado corporativa: un escudo contra la memoria reciente.
—El objetivo prioritario de la Dirección de Relaciones Institucionales es la expansión en organismos oficiales —explicó, señalando con el puntero los logos de los ministerios—. Ya estamos en Sanidad y Defensa como proveedores de servicios de apoyo psicológico y *coaching* para altos cargos. El reto ahora es consolidarnos en el Ministerio de Economía. Ahí es donde entras tú, Pablo. Tus contactos nos abren la puerta, y tu solvencia técnica tiene que cerrarla.
Pablo ocupaba la misma silla de su entrevista, pero su postura ya no era la de un candidato expectante. Tenía un cuaderno abierto sobre las rodillas, un bolígrafo girando sin pausa entre los dedos y una rigidez en el cuello que delataba su conflicto interno.
Asentía, pero sus ojos se desviaban con insistencia inconsciente hacia los labios de su jefa. Recordando dónde estaba, corregía la mirada hacia la pantalla, para acabar bajándola, segundos después, hacia el profundo escote en V de la blusa. Buscó en el juego de luces y sombras sobre el tejido el relieve moldeado por las manos de Ángel días atrás. Sus ojos descendieron por la seda verde esmeralda, que se perdía en suaves pliegues dentro de los pantalones de cuero ajustados a las caderas, antes de volver a subir, cargados de culpabilidad.
Ella lo notó al instante. Sintió un latido acelerado en la base del cuello, una oleada de calor que amenazaba con desmontar su estudiada compostura. A ella, que controlaba cada resorte de su lenguaje corporal, la mirada de aquel novato la estaba poniendo nerviosa. No podía permitirlo.
Apagó la pantalla de golpe. El despacho quedó en una penumbra grisácea, rota por la luz de la ventana.
—A ver, Pablo, vamos a poner las cosas claras —dijo, cruzándose de brazos y apoyándose en el borde del escritorio—. Lo que sucedió el otro día fue… excepcional. Ángel tiene una forma de enfocar la estrategia de la empresa muy poco ortodoxa, ya lo has visto.
Pablo detuvo el giro del bolígrafo. Carmen se aproximó a la distancia justa para no perder la verticalidad del mando.
—No quiero decir que el… llamémoslo… plan de incentivos no vaya a ser ese —continuó, sosteniéndole la mirada con frialdad—. Pero en el día a día, la relación entre nosotros será la habitual entre directora y psicólogo, ¿de acuerdo? Aquí se viene a trabajar. Lo demás queda fuera de la agenda hasta que se alcancen los objetivos.
Pablo tardó un par de segundos en procesar el mensaje. Tensó la mandíbula, pero acabó por asentir con una seriedad profesional recuperada a la fuerza.
—Entendido, Carmen. Absolutamente de acuerdo.
Tras un par de visitas institucionales conjuntas que habían resultado un éxito rotundo, Ángel la citó. Fumaba cerca de la ventana abierta, con la chaqueta desabrochada y esa eterna sonrisa de suficiencia de quien se sabe dueño del tablero. Tras echarle una larga ojeada de cuerpo entero, expulsó el humo y entró en materia.
—Qué tal el cachorro.
—¿Ya? ¿Me puedo vestir?
—Qué cachonda. Eso quisieras: estar en pelotas esperando a que te mande ponerte sobre la mesa despatarrada. ¿A que sí?
—Mandas poco, Ángel. Manda esa por ti —replicó, señalándole la bragueta.
—Venga, cuenta. ¿Cómo va?
—En la reunión con la Subsecretaría estuvo impecable. Maneja los tiempos, es educado y los desplantes de los funcionarios no le hacen perder los papeles. Tiene potencial.
Ángel entornó los ojos con malicia.
—Bien. Pues es el momento de que lo bonifiques.
Carmen sintió una punzada de fastidio. Lo miró y arqueó una ceja.
—A ver, si de la reunión ha salido airoso, no basta con que se lo digas —insistió Ángel, dando un paso—. No es cuestión de que te lo tires en el ascensor, pero…
—Pero ¿qué? ¿Le hago una mamada? —soltó, harta de tanto cinismo.
—No seas bruta —la reprendió Ángel, agitando la mano en el aire como si tratara con una alumna lenta—. Estímulo-respuesta, así de sencillo. Establece un patrón de refuerzo discontinuo. No digo que se la chupes; con que al salir le hagas una carantoña o, qué sé yo, una caricia…
—En la bragueta, ¿no?, como el otro día —apostilló ella con ironía amarga.
—¡En la cara, joder, atiéndeme! —Ángel elevó la voz, perdiendo la paciencia—. No hace falta un estímulo intenso; parece mentira tener que decirte estas cosas. Bastan pequeños detalles para reforzar lo que tuvo de ti el día de su contratación. Mantén viva la expectativa. Si estás satisfecha con su trabajo, dale una galleta, como a tu perro. Pero no siempre; de vez en cuando. El factor sorpresa es la clave.
—Ya lo sé —respondió de inmediato—. El refuerzo intermitente es más potente contra la extinción de la conducta. Conozco algo de psicología, Ángel. Ah, y no tengo perro.
Ángel recuperó su sonrisa depredadora y se dio la vuelta hacia la mesa.
—Ahora ya lo tienes. Se llama Pablo.
Así comenzó el programa de condicionamiento de Pablo. Carmen lo aplicó con la precisión de un relojero. En el coche, de vuelta de una negociación dura, cuando él le entregaba un informe redactado al detalle o si lograba agendar una cita telefónica imposible, ella activaba el mecanismo: una sonrisa tierna que contrastaba con su rigidez habitual; un apretón intenso de su mano sobre la mesa al cerrar un trato; un roce sutil de sus dedos en la mejilla mientras le corregía el nudo de la corbata antes de entrar a un ministerio.
Pablo respondía al estímulo de forma pavloviana: las pupilas se dilataban, su respiración se alteraba y los días siguientes trabajaba con un ahínco febril, buscando con desesperación la siguiente "galleta".
El punto de inflexión llegó tras la presentación ante el Comité de Compras del Ministerio de Sanidad. Pablo estuvo soberbio. Desarmó las objeciones presupuestarias con una solvencia que dejó al subdirector general sin argumentos. El contrato estaba prácticamente firmado.
Al salir del edificio, la adrenalina de la victoria flotaba en el ambiente. Caminaron hacia el parking subterráneo, donde el eco de los pasos resonaba en el hormigón.
—Enhorabuena, Pablo —dijo Carmen, deteniéndose junto a la puerta del auto. Le dedicó una mirada cargada de una calidez inusual—. Has estado brillante.
Se acercó un paso más de lo necesario, se inclinó y le plantó un beso en la mejilla rozando deliberadamente la comisura de los labios.
El estímulo fue demasiado intenso. Pablo se arrebató. Perdió el control que tanto le había costado mantener. Con un movimiento precipitado y torpe, la agarró de las caderas con ambas manos, la empujó contra la carrocería y le buscó la boca.
Carmen no se resistió, sintió la presión de sus labios carnosos y el pulso endurecido de su juventud. Besaba bien el condenado, con una mezcla de desesperación y destreza; durante un segundo estuvo tentada de dejarse llevar. Pero no era una principiante; era la directora. Mantuvo los ojos entornados y los brazos caídos en actitud pasiva. No se lo puso fácil. Erguida, se dejó besar por un muchacho que debía estirarse para alcanzar una boca que, además de prohibida, le obligaba a medirse con su propia estatura.
Al notar la falta de reciprocidad, se apartó como si acabara de tocar metal al rojo vivo, la soltó y dio un paso atrás, azorado, con las mejillas encendidas de pura vergüenza.
—Perdón… lo siento —tartamudeó, destrozado por la confusión. Carmen se recompuso la chaqueta con una parsimonia insultante. Le sostuvo la mirada, inflexible, despojando su rostro de cualquier rastro de afecto. La distancia jerárquica volvió a caer entre ellos como una losa de mármol.
—No lo has entendido, Pablo —dijo, con una voz afilada—. Soy yo quien te bonifica. Lo que ocurrió cuando te contraté fue un… pack de bienvenida.
Hizo una pausa dramática, haciendo que sus palabras se clavaran en el orgullo del psicólogo.
—Los incentivos se administran si la dirección lo considera oportuno, no porque tú los exijas. Ahora, sube al coche. Debemos preparar el informe y comentarlo con Ángel.
El trayecto de vuelta comenzó con el sonido seco del cierre centralizado. Pablo se sentó en el asiento del copiloto con la mirada fija en la guantera, los hombros hundidos y las manos entrelazadas. La humillación le pesaba en el pecho como una losa.
—De verdad, lo siento... —comenzó a decir con la voz rota—. Ha sido un impulso. No volverá a pasar. No pienses que soy… Lo lamento, de veras.
Carmen metió la llave en el contacto, pero no arrancó. Lo observó de reojo. El psicólogo brillante de la reunión del ministerio había desaparecido; en su lugar quedaba un joven, vulnerable y hundido por el temor a haber arruinado su carrera. El "castigo" había sido demasiado efectivo, y un perro apaleado deja de ser útil. Ángel tenía razón en algo: el juego requería equilibrio. Si quería mantenerlo motivado y con el colmillo afilado, no podía dejar que se desmoronara.
Necesitaba levantarle el ánimo. Sobre todo, necesitaba recordarle quién llevaba las riendas. Soltó el cinturón de seguridad, se arrimó hacia el centro del habitáculo e invadió su espacio. Antes de que Pablo pudiera reaccionar, le tomó la mandíbula con una mano y lo besó en la boca. Fue un beso radicalmente distinto, este era posesivo, directo, cargado de un mensaje que no venía en ningún manual. Pablo emitió un leve gemido de sorpresa, pero la sumisión le duró un suspiro; enseguida se encendió, respondió con una avidez desesperada, como el náufrago que encuentra agua.
«Qué demonios estoy haciendo?», pensó Carmen mientras un escalofrío de pura adrenalina le recorría la espina dorsal, su propio cuerpo traicionaba la frialdad de la estrategia. La lógica de Ángel se estaba difuminando en su cabeza, sustituida por el calor del habitáculo y el ritmo acelerado del pulso de Pablo. Ya no había marcha atrás, si iba a cruzar la línea, lo haría a su manera.
Devorándole la boca para mantenerlo atrapado, Carmen le acarició el vientre en un descenso lento, hasta llegar a la entrepierna por encima de la ropa. Sintió la respuesta física inmediata: el miembro, dócil y predecible, comenzó a ganar volumen con una rapidez pasmosa.
Carmen exhaló todo el aire acumulado en los pulmones. Las respiraciones de ambos se mezclaron en el espacio confinado del auto. Lo miró con una intensidad oscura, un desafío silencioso que aplastó cualquier atisbo de iniciativa que le quedara al joven. Mantuvo el contacto visual mientras le desabrochó el pantalón; el crepitar de la cremallera sonó nítido en el silencio del coche. Deslizó la mano por el interior del bóxer y, sorteando la estrechez de la ropa, lo liberó. La piel ardía, el glande ya estaba húmedo; el aroma a macho inundó sus fosas nasales.
Volvieron a sellar sus labios. Esta vez, el beso siguió el ritmo de su mano. Carmen comenzó a masturbarlo con movimientos largos calibrando la firmeza del miembro; Pablo se aferró al reposacabezas, estaba a su merced, incapaz de hacer otra cosa que dejarse arrastrar por la marea que ella controlaba. Sabía cómo manejarlo, cómo estrujar el glande para extraer el fluido y esparcirlo con el pulgar provocando un temblor por todo su cuerpo. Sabía frotar el tronco sin llegar a empuñarlo usando los dedos a modo de largas pinzas; una dulce tortura que pocos aguantan sin suplicar.
Un fuerte espasmo lo sacudió, una erupción espesa y abundante se derramó por los dedos que envolvían el miembro amenazando con mancharlo todo en su descenso. Carmen se inclinó rápidamente para lamer lo que ya avanzaba por su muñeca salvando la ropa en el último segundo. Se incorporó con una calma que impresionaba, abrió la guantera para sacar un paquete de pañuelos desechables, se limpió la mano y le tendió uno a él.
—No te acostumbres —le dijo con una voz perfectamente modulada y desprovista de cualquier rastro de pasión.
Pablo, todavía aturdido, con las pupilas dilatadas y el pecho agitado, asintió. Tomó el papel para asearse con movimientos torpes antes de acomodarse la ropa y subirse la cremallera escondiendo el desecho en el bolsillo de la puerta. Carmen, entretanto, se repasaba los labios inclinada hacia el retrovisor. Pablo quedó absorto, su perfil era magnífico: las pestañas largas y densas, las cejas delineadas, la figura esbelta y el relieve de su pecho destacado por la torsión componían una imagen arrebatadora. Con un gesto brusco, ella rechazó de un codazo la mano que intentó apoderarse del seno; el joven balbuceó una disculpa y se hundió en el asiento. Carmen, imperturbable, terminó de quitarse los restos de la boca, guardó el paquete en la guantera pequeña, se abrochó el cinturón y arrancó. El vehículo salió del parking subterráneo para incorporarse, de inmediato, al tráfico de la ciudad.
Ninguno de los dos habló de lo sucedido. Hicieron todo el recorrido de vuelta a la oficina envueltos en un silencio sepulcral donde el indicador de los intermitentes rompía de vez en cuando la monotonía del asfalto. Carmen conducía con la vista al frente; el condicionamiento de Pablo estaba completo, ahora era suyo.
La geometría del control
—De acuerdo, me llevo a Luca —dijo Tomás sin mucho convencimiento.
—Hazme caso, es la mejor opción para tratar con Moreno; es su tipo.
—¿Cómo lo sabes? Lo has visto una vez, diez minutos.
—Suficiente. Estábamos en el Círculo de Bellas Artes, se le iban los ojos a cada mujer que pasaba y pude descifrar su gusto. Luca, sin duda.
—Eres tremenda. ¿Qué hacemos con Alba? Vamos a tener que sustituirla.
—¿Tienes a alguien? ¿No? Déjame a mí, puede que… No te corre prisa, ¿verdad?
—Hasta Mayo, no. Si tienes a alguien que merezca la pena, puedo esperar.
—Entonces, déjalo de mi cuenta.
Tomás la miró un momento en silencio antes de hablar.
—¿Te has decidido ya por alguno de los pisos?
—Dudo entre dos —respondió Carmen—. Dame un poco más de tiempo.
Él se inclinó y la besó en los labios con gula.
—No te demores —le susurró muy cerca de la boca.
Volvió a besarla. Sus labios descendieron por el cuello. Qué bien lo hacía; ella se movió para darle más espacio en su garganta y él lo entendió enseguida: la recorrió erizándole la piel y luego emprendió el camino largo hacia sus pechos; la clavícula, el hombro, la axila… Por Dios, qué bueno era. Le dejó hacer con los ojos entreabiertos. Había alcanzado el pecho y lo estaba recorriendo con paciencia y tacto: labios entreabiertos, toques de lengua, solo el ápice, aquí y allá, y cuando menos lo esperaba, un beso pequeño en la punta erguida y firme del pezón. Mil veces que lo hiciera, mil veces que lo sentiría como si fuera la primera vez. La incursión de Tomás se extendió a su sexo; Carmen lo toleró sin mucho interés.
—No, para —le dijo cuando empezó a estimularle el clítoris. Él retiró la mano, pero Carmen se la retuvo y la devolvió a su lugar.
—No te quites, solo que no me apetece…, ya sabes.
Tomás respetó el límite: la acarició por encima con las yemas de los dedos sin estimularla más de lo debido y siguió dedicado a su pecho. «Es un encanto», pensó ella, cerró los ojos y le dejó hacer, confiada.
—¿Has visto lo que se ha puesto Luca aquí? —le preguntó, dándole un toquecito suave ahí donde le había negado el acceso.
—No, ¿qué se ha puesto?
—Un brillante. Atraviesa la piel en vertical, justo en la línea central, dividiendo el capuchón. Cuando está en reposo solo ves una bolita de plata, pero al abrirse los labios o al excitarse, la tensión empuja hacia fuera una barra corta rematada por un circonio tallado en forma de lágrima. Queda encajado a la perfección, como si esa zona se hubiera diseñado para llevarlo. Es erotismo puro, Carmen.
—¿Cuándo se lo has visto?
—Después de la última reunión. Tú no estabas.
—Estaba de viaje.
—Ya. Había comentado alguna vez cuánto me gustan ese tipo de adornos y ese día, al terminar, me lo contó. Le pregunté si quería enseñármelo y nos quedamos a solas.
—Ah, vaya.
—¿Te molesta?
—No tiene por qué. Me sorprende, no pensé que Luca tuviera intención, tiene pánico a las agujas.
—Dice que lo ha hecho por agradarme.
—Qué detalle.
—¿Cuándo te lo vas a hacer tú? Sabes lo mucho que deseo verte con un adorno aquí. —Y volvió a tocarla entre los labios. ¿Qué es lo que no había entendido de «no me apetece»?
—No sé, ya veré.
Él se entretuvo martirizándole el pezón; ella cerró los ojos y lo olvidó, pero Tomás seguía con el dedo enterrado en la vulva. No lo movía, pero estaba ahí, y le molestaba. Le impedía olvidar que no era libre del todo; no podía decirle: «Te he dicho que no me apetece». A cualquier otro, sí; a Tomás, no.
Y el adorno... No era la primera vez que le hablaba de ello, y Tomás… ya sabía cómo era cuando se le metía algo entre ceja y ceja.
—Te quedaría muy bien.
Otra vez. Carmen no hizo ningún comentario, esperaba que desistiera.
—Imagínate: un conjunto completo: aros para los pezones, otro para el ombligo, pendientes, anillo y la joya para el clítoris. Todo en oro blanco con zafiros. ¿Qué te parece? O esmeraldas, lo que prefieras.
—Voy a pensármelo.
Tenía el pezón como una piedra y la piel erizada. El dedo intruso hollaba el hueco que había traicionado sus palabras, inundado de un jugo viscoso que facilitaba el resbalar aún en contra de su voluntad, si es que le quedaba alguna.
—Tengo que enseñártelo.
Ella abrió los ojos alarmada.
—¿Cómo?
—La foto. Te va a gustar. En cuanto la veas, me vas a pedir que te lo compre.
Por un momento, pensó que ya lo…
—Voy a comprarlo. Sin compromiso. Tú lo ves, te lo pruebas, todo menos ese, claro; te miras, lo contemplas y decides.
—No, Tomás, déjame que me haga a la idea.
—De acuerdo, piénsalo, pero lo ves y, si no te decides, no pasa nada.
Estaba tan ilusionado como un crío. Y seguía besándole el pezón. Y seguía acariciándole entre los labios de forma suave, muy suave.
—Vale.
—¿Vale qué?
—Me lo pruebo, pero no te prometo nada.
La besó como si le hubiera dicho que se casaba con él.
—Mañana mismo lo compro. Cuál, ¿zafiros o esmeraldas?
—Elígelo tú, cariño.
.
—Ya verás como no duele. Roberto es un prestigioso cirujano estético, no te pondría en manos de un cualquiera.
—Todavía no he dicho que…
—Mañana te recojo y vamos a la joyería, quiero que los veas cuanto antes. ¡Y qué coño, te llevas los dos!
—Tomás…
La besó, no pudo continuar protestando. Él ya iba dos pasos por delante, daba por hecho que iba a dar su brazo a torcer.
—Si te gusta, quedo con Roberto en su clínica el viernes. ¿Qué tal el viernes? Así tienes el fin de semana para estar tranquila por si sientes alguna molestia.
—Pero, Tomás…
—¿Vale?
Lo miró. Era la ilusión en persona, era el único que se preocupaba por ella, que la protegía, la cuidaba. Y ella… se sentía tan sola…
—Vale.
—¿Sí? ¿Seguro?
—Seguro.
—Ven aquí…
—No. Tomás… Tomás…
…..
—Es tarde.
Carmen se desprendió del abrazo, fue al baño y se aseó en el bidé. Se miró al espejo: tenía rastros de semen seco por todas partes. Humedeció la toalla y se la pasó por todo el cuerpo; no quería entretenerse en la ducha y volver a incitarlo. Como no tenía cepillo, se enjuagó la boca y usó un dedo para frotarse las encías y los dientes. Al volver, Tomás ya estaba de pie, vistiéndose. La miró con el deseo vivo en los ojos. Había recuperado su rigidez de ejecutivo. Buscó el tanga y se lo puso.
—¿Has tenido noticias de la policía?
—No, nada. ¿Por qué?
—¿Y de Santacruz?
—Tampoco.
—Qué raro. Te propone un viaje y, de pronto, desaparece.
—Sabía que estaría fuera, no es tan extraño.
—Hemos pensado que la aparición del inspector…
—Robles —le recordó ella, ofreciéndole la espalda para que le abrochase el sujetador.
—… es una buena excusa para romper lazos con Santacruz. Llámalo, le cuentas la intervención de la policía. Todo. Y le dices que estás asustada y…
—¿Asustada yo? Javier me conoce demasiado.
—Hazlo como te salga de los ovarios, pero hazlo, joder. Le cuentas todo, dile que no quieres verte mezclada en esos asuntos y te apartas, ¿entendido?
—De acuerdo.
Carmen terminó de vestirse. El diseño, un modelo ajustado y asimétrico, sin mangas, que dejaba un hombro al descubierto, moldeaba su silueta con una sofisticación impecable. Se volvió hacia él para que le subiera la cremallera; luego se acercó al espejo y se arregló el cabello.
—Durante un tiempo, ten cuidado con lo que haces —advirtió Tomás—. No me extrañaría que te estuviesen vigilando.
—Entonces qué, ¿dejo de venir por aquí?
—Es tarde para eso. Ya pensaremos algo.
Se acercó a ella, le puso una mano en la nuca y la forzó a mirarlo.
—Nos vemos luego en el picadero. Necesito quitarme la mala hostia de encima.
Carmen lo retiró con un gesto seco.
—No. Esta noche no.
—No me jodas, después de lo de hoy...
—Necesito estar sola —lo cortó, dándole la espalda—. Hablamos mañana.
—Mañana imposible. El viernes entonces. Te recojo a las siete, vamos a la joyería y de allí nos vamos a la clínica. Pasaré la noche contigo, por si necesitas algo.
—No creo que haga falta.
—Por si acaso. Me quedo más tranquilo.
—Como tú quieras.
—Vas a estar preciosa.
—Me voy.
…..
Carmen entró en el garaje y sin pensarlo, buscó con la vista la plaza de Mario como hacía cada tarde desde hacía años, un gesto automático que la mente no detuvo a tiempo. Al verla vacía, se le encogió el estómago. Ese hueco no volvería a ocuparse ni hoy ni nunca.
De repente, el silencio del garaje le pareció hostil. Recordó la advertencia, y el eco de sus propios pasos empezó a sonarle ajeno, como si alguien caminase a su espalda oculto entre las sombras de las columnas. Apresuró el paso hacia el ascensor, sintiendo una punzada de calor en la nuca y la incómoda certeza de que unos ojos invisibles la acechaban tras los cristales tintados de los coches aparcados.
Recorrió el pasillo casi a la carrera y entró en casa a oscuras, con los nervios a flor de piel y la paranoia pegada a la espalda. Apenas tuvo tiempo de soltar el bolso cuando el timbre estalló en el silencio del piso. El corazón le dio un vuelco. Contuvo la respiración antes de acercarse a la puerta con pies de plomo.
—Traigo una factura.
El despertar
Me despierto con una polla rígida entre los dedos. Por un instante he pensado que es Mario y la emoción me avasalla. Enseguida termino de despertar: no es él, no puede ser él, ya no está, no va a volver. La acaricio, me concentro en esta pieza suave, dura y cálida para escapar del dolor.
Es grande y gruesa. Reposa sobre el vientre de… ¿Cómo dijo que se llama? ¡Ah, sí! Rafa. Recorro el canal que la atraviesa con la yema del dedo hasta tropezar con el relieve del glande, allí donde se abre en dos gajos. Me detengo un instante en ese punto de máxima tensión, justo donde nace el frenillo. Desde allí, mi dedo inicia un viaje circular: bordeo el relieve ensanchado de la corona, recorro el surco profundo que hay debajo, delineo la sensible frontera que separa el glande del resto del tallo, desciendo hasta los testículos que se mueven libres en la bolsa velluda como peces en un acuario.
La empuño, la meneo suavemente. Quiero llenarme de sensaciones: el calor, la dureza, el volumen, la longitud. Al rodearla con los dedos, me invade una inesperada sensación de plenitud; es como si esa fuerza sólida y vibrante lograra colmar el vacío insoportable que ha quedado en mi centro. Ese peso que late me ancla al presente alejando el frío de la ausencia.
…..
Rafa despertó, pero decidió prolongar la ficción manteniéndose inmóvil. Carmen lo supo al instante porque reaccionaba con una tensión que el sueño no otorga. Sin decir palabra, se acomodó de costado para aliviar su apetito haciendo que esa columna de carne quedara a la altura de sus labios.
Jugó con la pequeña hendidura del glande perfilándola con la punta de la lengua en un recorrido lento y minucioso. Con cada roce le provocaba un estremecimiento; un espasmo que nacía en la raíz y moría en su boca. Finalmente, la rodeó con la mano, sostuvo los testículos y se la tragó entera. Rafa dejó de fingir: la presión de la garganta alrededor del glande era demasiado intensa, y Carmen sabía exactamente cómo torturarlo llevándola más allá del umbral de la faringe, gobernando ese reflejo que Mario le había enseñado a anular.
«Garganta dócil», la bautizó cuando dejó de sentir arcadas siendo una veinteañera. «Vamos, garganta dócil, trágatela como una jabata». Y ella, con sus veintidós añitos, se la tragaba mirándole a los ojos, contenta al no sentir ningún reflejo instintivo, ninguna náusea; feliz al ver en su mirada la aprobación que tanto necesitaba.
El silencio de la habitación se rompió con un jadeo bronco, un sonido de esfuerzo que culminó en una entrega espesa y cálida. Rafa sonrió satisfecho haciendo esfuerzos por recuperar el aliento; ella apoyó la mejilla en el tallo que empezaba a relajarse. Después… Carmen volvió a la vida y se incorporó. Con una parsimonia estudiada, dejó que un hilo espeso de semen y saliva escurriera de sus labios, una línea suspendida en el aire que terminó cayendo sobre el vientre de Rafa donde formó un charco blancuzco.
—¿Qué haces? —preguntó él, frunciendo el ceño entre la sorpresa y la risa.
—Devolvértela —respondió, limpiándose la comisura con el pulgar—. No me gustó que me escupieras en el culo anoche. Tenías el lubricante a mano, Rafa.
Rafa soltó una carcajada apoyándose en los codos. —¡Serás...! No iba a perder el tiempo con botes y tapones. Un buen salivazo y entró como la seda. ¿O es que tienes alguna queja, doctora?
Carmen le sostuvo la mirada imperturbable.
—Ninguna queja sobre el rendimiento. Pero la próxima vez que decidas ocuparte de mi retaguardia, olvida los salivazos. Usa el material adecuado, mecánico.
—Ah —Rafa arqueó una ceja, divertido—. ¿Va a haber una próxima vez?
—¿Acaso no piensas seguir atendiéndonos a mi marido y a mí? —soltó con una pizca de veneno.
Rafa se tensó un segundo antes de recuperar su cinismo habitual.
—A tu marido no lo atiendo como a ti, bonita. A él le reviso el motor, no el tubo de escape.
—Eso espero.
—Venga —dijo él, señalándose el abdomen con un gesto de mando—, limpia eso.
Carmen no protestó. Se inclinó y, recogió el rastro del vientre a lametones lentos; a continuación, le enseñó la boca vacía en una muestra de sumisión fingida. La llamó guarra y ella exhibió una sonrisa sincera.
Después de la ducha, el aire en el pasillo sabía a despedida. Al llegar a la puerta, la distancia entre sus mundos volvió a imponerse.
—¿Cuándo te vuelvo a ver? —preguntó, haciendo tintinear las llaves.
Lo miró, buscando rastros de lo que había sentido un rato antes, pero el hechizo se había roto con la luz del día.
—Un día de estos, te llevaré el coche al taller; cuando esté listo, me avisas y lo traes a casa. Ya sabes: entra por el garaje y sube. No quiero que el coche duerma fuera. Ni tú tampoco. —concluyó con una caricia en la mejilla.
Rafa ocultó la mirada tras las gafas oscuras y le dedicó una mueca de medio lado.
—Entendido —murmuró; algo en su seguridad le confirmó que sabía perfectamente qué lugar ocupaba—. Descuida... te pasaré la factura, sin prisa. Me gusta dar un tiempo para probar los trabajos.
—¿Como ayer?
—Como ayer.
Cerró la puerta tras de sí. Carmen quedó a solas con el eco de los pasos, esperaba que el vacío no se hiciera notar demasiado pronto.
Maneras de vivir
La cafetería cercana al gabinete estaba envuelta en el murmullo habitual de media tarde y el aroma a café recién molido. Carmen e Itziar se sentaron en una mesa junto al ventanal, lejos de las miradas indiscretas de sus compañeros de trabajo.
Itziar, la psicóloga vasca que no hacía mucho tiempo se había trasladado desde Euskadi asumiendo la cartera de pacientes de su predecesora, removía el azúcar con una fijeza que delataba nerviosismo. Le había pedido hablar en privado poniendo de excusa la evolución de un paciente complejo; la veterana terapeuta poseía un instinto agudo para leer a las personas e intuyó de inmediato que el caso clínico era un pretexto.
—Bueno, del chaval no te cuento más, va por buen camino —dijo Itziar de repente; soltó la cucharilla, miró la taza y luego a su interlocutora—. En realidad... aquí hay mucho barullo. Salgamos a la calle, ¿te importa?
Asintió, confirmando sus sospechas. Pagaron y salieron a la calle, dejándose llevar por el fluir de la acera. Tras unos metros de silencio, Itziar soltó lo que llevaba reteniendo todo el día.
—Se están diciendo cosas en el gabinete. Rumores. Sobre ti y Andrés. Se habla mucho de ese viaje vuestro a Santander.
Sintió una punzada en el estómago, pero mantuvo el paso firme y el rostro sereno. Miró a su compañera de reojo.
—No creas todo lo que se cuenta, Itziar —respondió con una tranquilidad ensayada.
La psicóloga vasca la observó de reojo. Su experiencia y su propia intuición le decían que ahí había gato encerrado; la respuesta había sido demasiado evasiva, poco convincente. Sin embargo, no presionó. Al detectar la incredulidad en los ojos de su colega, Carmen decidió que era el momento de cambiar de tercio.
—¿Y tú, qué tal vas? —le preguntó—. Con tanta consulta y tanto viaje, apenas tenemos tiempo de hablar.
Itziar agradeció el cambio de rumbo, pero dejó escapar una sombra de melancolía. Habló de sus pacientes, del volumen de trabajo, de lo profesional que le parecía el gabinete; al final, la fachada cayó un poco.
—Estoy bien, de verdad. Aunque... echo de menos mi vida en Euskadi. El norte, el aire, mi gente… Madrid es demasiado ruidoso, demasiado rápido a veces.
A Carmen se le encendió una bombilla. Recordó una circular que había leído esa misma mañana.
—Oye, pues mira por dónde, la próxima semana hay un simposio de psicología clínica en Bilbao. El gabinete tiene invitaciones y presupuesto para enviar a alguien. Puedo conseguir que asistas, te vendrían de maravilla tres días de oxígeno en tu tierra.
Itziar abrió los ojos, iluminada por la perspectiva.
—¿De verdad? Sería increíble.
A ella le invadió entonces un impulso irrefrenable de escapar también de Madrid, de Andrés y de las miradas de reojo en los pasillos.
—¿Sabes qué? Me apunto. Nos vamos juntas.
De vuelta al gabinete, gestionar el viaje no fue tan sencillo. Andrés torció el gesto cuando encontró la solicitud sobre la mesa y la citó en su despacho.
—No veo la necesidad de que vayáis las dos —dijo cruzándose de brazos—. Con una representación es suficiente y tu agenda aquí está llena. Piénsalo, tal y como están las cosas, que nos vean tomar decisiones que parezcan caprichos no ayuda.
Carmen sostuvo la mirada del hombre con el que compartía mucho más que reuniones de junta.
—Es por el bien de Itziar, necesita reconectar para rendir al cien por cien. Y yo necesito un respiro. Nos vamos, Andrés.
Andrés, captó la firmeza inquebrantable en su voz y sabiendo el terreno delicado que pisaban desde lo de Santander, terminó por transigir. Emitió un leve suspiro y firmó las autorizaciones.
El viaje a Bilbao cumplió con creces su cometido académico y sobre todo el personal. Itziar se movía por su tierra con energía renovada, guiándola por los mejores rincones, contagiándole una vitalidad que Carmen creía perdida. La última noche decidieron exprimirla. Tras una cena espectacular a base de pintxos, terminaron en un local nocturno del casco viejo, un bar con solera, luz tenue y un pequeño escenario de karaoke al fondo. Llevaban ya un par de copas encima cuando Itziar se percató del semblante de su compañera. El bullicio del bar parecía no tocar a Carmen.
—Te veo muy seria. ¿Dónde te has ido? —le preguntó, apoyando los codos en la barra.
Carmen reaccionó rápido. No quería aguarle la fiesta ni volver a encender el debate sobre Madrid, así que decidió tirar de sentido del humor. Mirándola fijamente, entonó con un hilo de voz pero con mucha actitud la primera estrofa de un himno de los ochenta:
—No pienses que estoy muy triste / si no me ves sonreír / es simplemente despiste / Maneras de vivir...
Itziar soltó una carcajada al reconocer el clásico de Leño. Lo que ninguna de las dos calculó fue que un par de chicos llevaban un rato observándolas. Uno de ellos, alto y con una sonrisa eterna, le guiñó un ojo a Carmen. Ella le devolvió la sonrisa rompiendo el hielo para dar paso a las presentaciones y al típico interrogatorio de bar: de dónde sois, qué hacéis aquí… Dos psicólogas y dos abogados contándose la vida a grito pelado para hacerse oír entre el bullicio. Poco después, el chico de la sonrisa eterna cruzó el local, se acercó al encargado del karaoke y le susurró algo al oído mientras señalaba al grupo. De inmediato, por los altavoces del bar comenzó a atronar la inconfundible introducción de guitarra de “Maneras de vivir”. El chico agarró el micrófono principal, la miró fijamente y dijo:
—¡A ver, esas dos madrileñas despistadas! ¡Arriba! —gritó, extendiendo la mano hacia ellas.
Itziar torció el gesto cuando la llamaron madrileña y se resistió, agarrada a la barra. Carmen, poseída por un repentino arrebato de libertad y descaro, tiró de su brazo con fuerza.
—¡Que no, Itziar! ¡Vamos! —la arrastró hacia el pequeño escenario.
El encargado del karaoke le tendió el micrófono, pero Itziar, con el orgullo herido y un brillo de pura diversión y desafío en los ojos, se lo arrebató de las manos antes de que pudiera articular palabra. Se plantó en el centro del escenario, miró fijamente al chico que las había presentado y con una sonrisa de oreja a oreja pero con una voz que tronó por todo el local, soltó por el micrófono:
— Entzun ondo, mutiko! Ez naiz madrildarra, bilbotarra naiz, eta hemen nago, etxean!
(¡Escucha bien, chaval! ¡De madrileña nada, soy bilbaína de pura cepa y aquí estoy en mi casa!)
Una parte del bar, que estaba atenta a la escena, estalló en aplausos, silbidos y risas de aprobación al escuchar el rápido contraataque de Itziar. El propio chico levantó las manos en señal de rendición, pidiéndole disculpas.
Itziar, satisfecha con su pequeña reconquista del territorio y con la adrenalina a tope, le guiñó un ojo a Carmen, le pasó el segundo micrófono y, justo cuando entraba el ritmo de la batería, gritó para dar paso a la canción:
—¡Y ahora sí... ¡Maneras de vivir!
La sala volvió a aplaudir. Con los micrófonos en la mano y el público entregado, la música rompió con fuerza. Carmen, contagiada por el subidón de adrenalina y liberada de tensiones, empezó a cantar con una energía que sorprendió a la propia Itziar que tras su reivindicación y viendo a su compañera tan desatada, no tardó en unirse al coro, saltando, riendo y adueñándose del escenario.
A mitad de la canción, mientras el público coreaba el estribillo, Carmen experimentó un vuelco interior. Allí, encima del escenario, cantando sobre la libertad y las distintas formas de transitar por la vida, confrontada a la crudeza de la letra, se sintió profundamente sola. Toda su fachada se vino abajo, el secretismo con Andrés, el oportunismo de Ángel, la decepción de Tomás... todo a su alrededor se desmoronaba ante la evidencia de que su manera de vivir la estaba asfixiando.
Al bajar del escenario, la adrenalina seguía alta. Los dos chicos las esperaban con dos copas nuevas. La conversación fluyó fácil, alimentada por las risas de la actuación. Itziar, metida en su elemento y libre de las tensiones del traslado, conectó de inmediato con uno de ellos; las miradas y los roces sutiles no tardaron en convertirse en besos cómplices en un rincón de la barra. Carmen se dejó llevar. No era una cuestión de amor, ni siquiera había una atracción desbordante; era una necesidad física y mental de anestesiar la soledad que la canción le había destapado. Necesitaba sentirse viva, deseada y, sobre todo, lejos de su realidad.
El bar anunció el cierre y la propuesta cayó por su propio peso. Salieron a la calle desafiando el frío de la madrugada bilbaína entre risas flojas y confidencias a medias, y terminaron subiendo las escaleras del apartamento de uno de los chicos.
Al cerrarse la puerta del piso, el ruido del mundo exterior desapareció, dando paso a una intimidad improvisada donde los pleitos en los juzgados y los títulos de psicología no importaban nada.
Maneras de dormir
Te busco y estás ausente
Te quiero y no es para ti
A lo mejor no es decente
Maneras de vivir
Tras una sesión agotadora de sexo con Iñaki, calmaron la sed en la cocina del apartamento contándose cosas que no les comprometían a nada y se acostaron para dormir las pocas horas que quedaban antes del amanecer. Carmen, como de costumbre, se acomodó en su costado, cerró los ojos y buscó la verga morcillona, gruesa y larga; la agarró entre sus dedos y se dispuso a dejarse llevar por el sueño. Iñaki interpretó mal el gesto.
—Lo siento, no puedo más.
—Yo tampoco. Me gusta dormir así.
—Mmm... ¿bien agarrada para no caerte de la nube?
Carmen rió la broma y la calibró. Era una buena pieza, la había disfrutado de todas las maneras posibles; lo que quería era dormir con ella en la mano.
—Tonto, me gusta, me relaja.
Ahora fue él quien rió sin hacer ruido. Un vaivén rítmico le recorrió el torso, y ese eco atrapado hizo que a ella le vibrara el pecho, pegada a su costado.
—Como si fuera un chupete —dijo Iñaki.
—Ya has visto de lo que soy capaz con un buen chupete en la boca. Anda, cállate y déjame dormir.
Sintió que él la estrechaba afianzando una mano en su culo. Iñaki le gustaba; era un amante brutal y, además, resultaba tierno y cariñoso.
«No, Carmen, para; está cansado. Duérmete», se dijo a sí misma.
—Eres la tía más acojonante…
—Lo que tú digas.
Citas
1 Amigo conductor. Permita de Huelva 1969
2 Maneras de vivir. Rosendo Mercado 1981
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