Capítulo 212 La inercia de los impulsos
Tiempo estimado de lectura: una hora treinta y seis minutos.
Para Torco, cuya pluma perfila con maestría a Toni. Felices setenta y un años, y gracias por darle sabor a este y al resto de personajes argentinos. Sin ti, no sería lo mismo. Con todo mi afecto.
«Nothing ever stays
Nothing comes to mind
No one can erase
The days we left behind
Nada permanece para siempre
Y aunque no se me venga a la cabeza
nadie puede borrar los días que dejamos atrás»
The days we left behind 2026 Paul McCartney
«Impulso: Deseo o motivo afectivo que induce a hacer algo de manera súbita, sin reflexionar.» (RAE)
º º º º º
Déjame que me presente: Soy un tipo con pasta, educado y con buen gusto. Llevo dando tumbos un montón de años defraudando a mucha gente. Sobre todo, a ella.
En esas estaba cuando, en un momento de duda y dolor, me aseguré personalmente de que Torquemada sentenciara nuestro final. Destruí un matrimonio y herí a todos los que formaban parte mientras otra mujer suplicaba por mí en vano. Me dejé caer por Sevilla en cuanto vi que tocaba cambiar de aires. Cabalgué a bordo de un auto desbocado al tiempo que la guerra declarada causaba estragos a mi alrededor y el tufo a cadáver apestaba.
Podría seguir, pero para lo que pretendo, he dicho suficiente.
Encantado de conocerte, supongo que ya habrás adivinado mi nombre. Aunque lo que de verdad te descuadra es de qué va mi juego. (1)
Como muestra, aquí va una historia.
Empatía con el diablo
Le dije: «No tienes por qué hacer esto».
Cati se levantó del asiento con una calma que me dejó helado. Sin decir una sola palabra, soltó el corchete, bajó la cremallera y la falda cayó al suelo. ¿Te imaginas si llega a entrar alguien? Pero yo no estaba en condiciones de pensar. Ahí mismo, donde estás tú ahora, se quedó en bragas; unas braguitas pequeñas, de encaje morado. Enganchó los pulgares en la cinturilla y las deslizó por las caderas lo justo para enseñar el pubis. Tiene un vello oscuro, rizado y espeso que cubre el monte de Venus y le sombrea la vulva. Y la dejó ahí, a medio quitar; la tela no se separó, joder, quedó atrapada entre los labios, la propia humedad la mantenía pegada. Sin quitarme los ojos de encima, se subió la blusa de punto por encima de las tetas. Ya me había dado cuenta de que no llevaba sujetador, cómo para no verlo. De paso le vi las axilas, joder, con su poquito de pelo; me puso a cien. La prenda quedó trabada justo arriba, sosteniéndose en los pechos como si me los pusiera en bandeja. Son pequeños, y firmes, los pezones son rosados y se le pusieron duros al instante por el cambio de temperatura, o porque estaba cachonda.
Calla, déjame seguir. No tiene el vientre plano, plano; le hace una curva suave, muy erótica que le nace debajo de las costillas y se acentúa hacia el ombligo hasta fundirse con el pubis. Esa redondez le da un aspecto increíblemente femenino, parece hecha para que la toques. La piel es muy pálida y suave, se le tensa sobre esa curva y le resalta el hueco del ombligo. Y las caderas… Uff, qué caderas; se le ensanchan de forma natural desde una cinturita estrecha; tiene una silueta que mezcla juventud y una sensualidad brutal.
No me mires así, joder. Luego, bajó los brazos y apoyó las manos en los muslos. Echó los codos hacia atrás, sacó pecho y acentuó toda la curva del torso, qué cabrona. Tenía las muñecas dobladas hacia dentro y las yemas de los dedos apoyadas en los muslos rozando el encaje de las bragas que, como he dicho, tenía a medio bajar. Los brazos se le veían larguísimos, y la tensión empujaba los hombros hacia atrás realzando los senos y la curva del vientre.
El olor de su sexo me metió un viaje en la nariz... Un aroma intenso, a mujer joven y húmeda que llenó toda la habitación.
—¡Qué dices, joder!
—Tú, escucha: Cuando conseguí reaccionar, repetí: «No tienes por qué hacer esto».
Me miró y dijo: «Quería hacerlo desde la primera vez que entré en tu despacho. ¿Puedo tutearte, profesor?».
Ahí ya no aguanté. Me levanté, fui hacia la puerta sin molestarme en disimular la tremenda erección que me había provocado y eché el pestillo. Te juro que pensé: «Esto es un error», justo en el momento en que le puse las manos en las nalgas y sentí lo suaves y cálidas que estaban, lo redondas que…
—¡Basta! No sigas, no quiero saberlo. ¿Te das cuenta del lío en el que estás metido? Y esa chica, ¿has pensado por un momento en ella?
—Es mayor de edad.
—¡Solo faltaba! ¡Pero es tu alumna!
—¿Qué quieres que haga? Sabes lo mal que lo he pasado desde la separación. Yo no he buscado esto, ha sucedido… y Cati me ha devuelto las ganas de vivir.
—¡Reacciona, joder! No eres un crío. ¿Cuántas veces hemos visto esto? Sabes cómo acaba siempre. Para ella eres un pasatiempo, se lo contará a sus amigas, el tema trascenderá y te costará la carrera, o algo más. Y la separación, que estáis llevando de forma amistosa, se convertirá en un calvario.
—No, ella no es así.
—Ni tú tampoco. De verdad, no te reconozco.
—¡Joder, no te vayas!
—¿Qué quieres? ¿una palmadita? Acaba con esto antes de que sea demasiado tarde.
—¡Mario!, espera, ¡por favor!
Salí del despacho de Lorenzo. En parte me sentía culpable por no haberlo apoyado; otra parte de mí sabía que mi reacción estaba motivada por lo mucho que había empatizado con él. Resultaba demasiado fácil rasgarse las vestiduras y juzgar al depravado desde un pedestal de falsa virtud fingiendo la indignación de un juez imparcial, cuando en realidad estaba reconociendo a un igual. No sentía compasión por su debilidad, sino una oscura simpatía por su transgresión: la empatía callada que tienen entre sí los pecadores en el momento en que se miran y descubren que no hay monstruos ahí fuera, sino que la sombra vive dentro de cada uno de nosotros. Me escandalicé para salvar las apariencias, pero, al cruzar la puerta, reconocí que no podía condenar el fuego de su despacho si yo mismo estaba consumido en mi propio incendio.
Tragedia en tres actos
—Vamos, aparta las manos. No te pega nada ir de virgen pudorosa.
—Vete a la mierda.
—Nadie te ha obligado a venir ni a quitarte la ropa. Has planeado esto paso a paso desde que llegaste a la facultad, no me vengas ahora con vergüencitas cursis. Quita las manos y termina lo que has empezado.
Adela puso morritos de bebé a punto de hacer pucheros y descubrió sus magníficas tetas.
—¿Por qué eres tan desagradable?
—Porque me molesta que te portes como una cría. Eres mucha mujer para estropearlo en el último minuto.
Adela era mi suplente en la facultad. Tenía veintiocho años, un expediente académico espectacular y, desde que recuperé mi plaza en la universidad, se había pegado a mí como una lapa. Apenas llevaba una semana; no era como para tirar cohetes, pero en algo tenía que ocupar el tiempo y la docencia me llamaba, no lo voy a negar. Una semana había bastado para llevármela a la cama. ¿O había sido ella quien se las había ingeniado para terminar desnudándose en la alcoba que un día compartí con mi exmujer? Se cabreaba porque le plantaba cara. No soporto el numerito de niña tímida; era una mujer decidida, autosuficiente y, por Dios, estaba tremenda.
Me aguantó la mirada con sus ojos grandes y oscuros que brillaban con una mezcla de rabia y excitación. El pelo castaño y ondulado caía en mechones desordenados sobre los hombros, encuadraba un rostro de facciones suaves pero firmes: pómulos marcados, labios carnosos entreabiertos y una nariz recta que le daba un aire elegante incluso estando furiosa.
Adela era mucha mujer. Su cuerpo parecía esculpido por años de disciplina: alta, de silueta atlética y femenina, con clavículas perfiladas, brazos tonificados y un torso ancho que moría en una cintura estrecha. Los pechos, firmes y naturales, desafiaban la gravedad —vaya tópico, pero cuando es la puta verdad no hay metáfora mejor—. Captó mi mirada y se los cubrió con un gesto protector, aunque mantuvo los dedos entreabiertos, como si dudara entre ocultarse o provocarme con la punta de un pezón indomable.
Bajé la vista sin disimulo. El vientre plano, con una suave línea central marcaba los abdominales. En la cadera izquierda lucía un tatuaje discreto, apenas visible: un par de trazos muy finos en tonos claros que descendían hacia la cara externa del muslo. Otro diseño más pequeño, de motivos florales, se hallaba en el antebrazo derecho y un tercero decoraba la base del cuello.
Con la otra mano intentó proteger la entrepierna; apenas conseguía ocultar el monte de Venus perfectamente depilado. Apretaba los dedos no lo suficiente para esconder el brillo de la excitación que empezaba a delatarla.
Sus piernas completaban esa arquitectura de fuerza y gracia: muslos firmes, esculpidos con una curvatura potente que delataba un entrenamiento constante sin perder un ápice de suavidad. La piel bronceada perfilaba unos cuádriceps marcados pero elegantes que se estrechaban al llegar a unas rodillas perfectas. Más abajo, los gemelos dibujaban una línea tensa que moría en unos tobillos finos y estilizados. Había una firmeza imponente en la forma en que se plantaba sobre el suelo, una combinación de sensualidad y tensión muscular que nacía en las caderas y recorría cada centímetro hasta la punta de los pies.
—No soy desagradable, cariño, soy directo. Y tú estás cachonda. Aparta las manos, quiero verte entera.
Adela respiró hondo, sus ojos se entrecerraron, pero no se movió. Ladeó la cabeza decidiendo si seguir luchando o rendirse a lo que ambos sabíamos que iba a pasar.
—Eres un cabrón arrogante… —murmuró, aunque su voz no sonaba tan firme.
—Y tú estás empapada por culpa de este cabrón arrogante. Venga, muéstrame lo que tanto te cuesta enseñar.
Adela soltó un largo suspiro. Lentamente, descubrió los pechos y, casi como un desafío, la otra mano reveló su sexo hinchado y húmedo. Se quedó allí, con los brazos caídos a los costados, el cuerpo en tensión y la respiración rota, desafiándome.
—¿Contento?
La voz ronca, la piel erizada y el leve temblor de las piernas la traicionaban.
—Todavía no —dije, acercándome hasta quedar a unos centímetros—. Date la vuelta. Quiero verte el culo; pero verlo bien, ya sabes a lo que me refiero.
Adela me miró sin creer lo que había oído. Su aliento, convertido en un jadeo cálido y rítmico, alcanzaba de lleno mi rostro; los pechos se elevaban agitados con cada inhalación. Sin decir una palabra, giró sobre los talones.
Su espalda era un espectáculo: ancha en los hombros, se estrechaba hacia la cintura en una curva limpia con la columna vertebral marcada sutilmente. Al terminar de girarse, su trasero quedó expuesto. Redondo, alto y firme, con dos pequeños hoyuelos a la altura de los riñones; la forma perfecta de las mujeres que entrenan con disciplina. Tensó las piernas, los glúteos se apretaron y la separación entre los cuádriceps y los isquiotibiales quedó marcada con total definición.
—Joder, qué cuerpo tienes… —murmuré, incapaz de apartar la vista—. Agáchate y sepárate las cachas. ¡Joder, que te abras el culo!
Adela soltó una risa nerviosa, y con una falsa indignación dijo:
—Eres un guarro…
Pero obedeció, apoyó una rodilla y la mano contraria en el colchón y con la otra, se sujetó una nalga. La postura la forzaba a arquear la espalda y proyectar el culo. Los labios mayores se mostraron abiertos; los internos, más oscuros y relucientes, quedaron expuestos. Un hilo fino y transparente de flujo se descolgó babeando desde la hendidura.
—¿A qué esperas?
Adela reaccionó, separó la nalga y el surco se expandió en una franja más clara, un sendero que conducía hacia unos labios gruesos y brillantes. Yo hundí un dedo en ellos, lo empapé bien y lo usé como una brocha por la suave piel que me llevaba a la meta: el pequeño cráter rosado. Cada vez que lo hacía, todo su cuerpo se tensaba. Me demoraba porque la tentación de quedarme dentro y arrancarle el estertor del orgasmo era inmensa, pero renunciaba a ello y retomaba la ruta que me depararía un placer, si no mayor, al menos distinto. Arriba, abajo; recogía flujo y pintaba el camino a brochazos, amagaba tan cerca que el esfínter se cerraba en falso. ¿Tortura?, quizás.
En uno de esos viajes alcancé mi destino, el pequeño y fruncido ano se encogió y Adela profirió un «¡Oh!» largo y profundo, convertido en un gemido de rendición total. Se separó más las nalgas con las dos manos, la piel se estiró y lubriqué aguantando las ganas de tocarlo para no anunciarle la invasión que se le avecinaba.
Retrocedí por el estrecho corredor, buceé en su hambriento coño sometido a un pulso constante y regresé sin desperdiciar esta vez la carga por el camino, unté el pequeño ojo arrugado dos, tres veces y a la cuarta comencé la labor de presión.
La resistencia duró apenas un instante: el agujero del culo, tratado con tanto mimo, se tragó la punta del dedo. Al momento se activó un reflejo en cadena: la vulva se contrajo y el espasmo repercutió en el esfínter; estaba atrapado en una prensa coordinada. Cada vez que me movía dentro, ambas zonas respondían a una como un único músculo dictando el mismo pulso de presión.
Era hora de ir más allá; el jadeo profundo de Adela me dio la señal. Lo saqué, lo empapé bien y se lo enchufé sin reparo. Sucedió lo esperado: un lamento, una hermosa contracción de los glúteos y el latir de la vulva boqueando como un pez varado en la orilla. Ni una sola queja salió de su boca. Se lo clavé hasta el nudillo; su culo me acogió con fuerza, calor y suavidad. El jadeo se convirtió en un ritmo agitado y constante, el mismo ritmo con el que me hundía dentro como una anguila desesperada por escapar.
No debía tentar a la suerte, el orgasmo se avecinaba, así que lo retiré y lo examiné por precaución, más por ella que por mí. No encontré nada extraño, pero al olerlo percibí un aroma acre. Hice algo que jamás creí que haría: me lo llevé a la boca; tenía un gusto amargo, nada extraño para alguien como yo, aficionado al Campari, al Fernet y al bíter. De no haber sabido de dónde procedía no me habría preocupado, pero iba a devolverlo al interior de la vulva y lo lavé con mi propia saliva, era la mejor forma de evitar contaminarla, lo ensalivé a conciencia y cuando consideré que estaba limpio, lo hundí para cargarlo de su densa baba; regresé a su culo, que, cada vez más dócil, cedió sin oponer resistencia, señal de que lo había domado. Entré con facilidad y lo moví como si la estuviera follando. Sus gemidos se volvieron agudos, desgarrados por el ritmo brutal de mi dedo.
Tenía que pasar al siguiente nivel: empapé dos dedos a conciencia y los presenté, Adela notó lo que se le venía y exclamó un «no» débil.
—Repite eso —dije, y me detuve.
—¿Por qué paras? ¡Sigue!
—Pídemelo.
—¡Fóllame el culo, joder!
Con otras palabras, es lo que me había pedido; es lo que nos había traído a donde estábamos. Adela me estaba rondando desde que se postuló para el puesto. A mí me daba igual una que otra, todas tenían un expediente similar, eran jóvenes arrogantes con ganas de comerse el mundo; pero Adela tenía algo más: exudaba sexo por cada poro, en cada mirada, en cada gesto. Cuando la observaba sin que se diera cuenta, era una chica como las demás, una joven licenciada buscándose la vida para hacer méritos. Conmigo era diferente, se transformaba o, al menos, a mí me lo parecía.
«Sucedió en la cafetería de la universidad. Entré a tomar cualquier cosa rápida, un pincho y una cerveza; tenía una reunión a las cuatro y luego debía volver al gabinete. Entonces la vi en un grupo de chicas como ella. Cómo se puede ir vestida así a la facultad, joder. Me saludó con un gesto que yo le devolví y no presté más atención hasta que la sentí a mi lado. Bromeó sobre lo poco que iba a comer, pidió una cerveza y amagó con ponerme las tetas entre la bebida y mi rostro. Así era Adela: atrevida, sexy; provocaba sin dar la nota. Yo estaba tan jodido que cualquier chute que me levantara el ánimo era bienvenido, y mejor una dosis de tetas jóvenes que un Jack Daniel's a deshora. Le seguí la corriente; hablaba de todo y de nada, preguntaba y yo respondía vaguedades. Así fue como terminó hablando de sexo, de su fallida primera vez, de lo bien que se entendía con Sonia (esa, dijo señalando hacia el grupo que había abandonado poco antes). Le seguí el juego, pregunté qué le daba Sonia que no le diera un tío —como si no lo supiera— y me describió con descaro una sesión lésbica en la que el sexo estaba exento de dominación. De ahí, no sé cómo, pasó a hablar de su asignatura pendiente: el sexo anal.
—Quieres decir que todavía no has encontrado a la persona idónea para que te folle el culo.
—Vaya, profesor, no te andas con rodeos.
—Prefiero llamar a las cosas por su nombre.
—Tienes razón. No me fío. Me han contado cosas tan cutres que me freno, y eso que tengo unas ganas...
—Supongo que quieres perder tu última virginidad.
Me analizó sin dejar de sonreír tratando de interpretar qué es lo que pretendía.
—Das por supuestas muchas cosas.
—No me jodas. Una tía como tú... no creo que se haya privado de nada, ¿me equivoco?
—No te equivocas: la vida hay que vivirla y cuanto antes, mejor. Nunca se sabe.
—Por eso quieres encontrar a la persona adecuada para darle tu culo, ¿eh? No es fácil.
—Parece que sabes de lo que hablas.
Bebí un largo trago, la tenía intrigada.
—El problema con los tíos…
—Es la paciencia —la interrumpí—. Abrir un culito virgen lleva tiempo, calma y sensibilidad. Puede ser tarea de varios días, incluso.
—¿Lo has hecho más de una vez? Quiero decir… ¿Has roto muchos culos? —matizó al notar cómo levantaba las cejas ante su ambigüedad. El detalle, enfocado directamente en la rotura, me puso a cien; esa chica sabía perfectamente lo que quería.
—No sabría decir cuántos son muchos, pero sí, he tenido el placer de desvirgar bastantes. Romper, como has dicho.
—¿Y si yo te pidiera…?
—¡Nos vamos!
La irrupción de sus compañeras detuvo un instante lo que ya prometía. Se deshizo de ellas y me miró expectante. No necesitaba oír más.
—Es complicado, Adela, puede comprometer nuestra relación académica.
—En absoluto, nadie se va a enterar, lo juro. —exclamó con excesiva vehemencia.
—Por otro lado… tienes la motivación, la actitud y… —enfoqué sin disimulo su pubis, que el fino tejido del pantalón moldeaba con claridad— Date la vuelta e inclínate sobre la barra, como si llamases al camarero.
—¿Qué?
—Haz lo que te digo, quiero comprobar una cosa.
—No me lo puedo creer, ¡quieres verme el culo! —protestó haciéndose la ofendida.
—Quiero valorar lo que me estás ofreciendo.
Sonrió al entender lo que pretendía. Se volvió dócilmente, hincó los brazos en la barra y sacó culo. Sí señor, un hermoso trasero en todo su esplendor. Y qué acierto de pantalones. Uno de esos elásticos que se llevaban entonces, de tiro bajísimo, hechos de una tela sintética que se pegaba al cuerpo como una segunda piel. Sin botones gordos, cremalleras de metal ni bolsillos gruesos que estorbasen, la prenda se tensó al límite, amoldándose descaradamente a la pelvis, dibujando sin rodeos el relieve exacto del pubis al inclinarse hacia delante. El camarero acudió y Adela pidió unas patatas para acompañar la cerveza. Quién se las negaría. Asomó unos ojos seductores por encima del hombro.
—Qué, ¿todo bien por ahí atrás?
—Todo perfecto y en su sitio.
—¿Qué esperabas?
—Habrá que verlo al natural.
—Entonces, ¿hay trato?».
Deslicé ambos dedos por el canal que me ofrecía entre los glúteos y me posicioné en su agujerito; lo vi: estaba listo. Sobrepuse los dos dedos formando un único cuerpo y presioné, ella sopló y empujó. Comencé a entrar con dificultad, no quería hacerle daño, busqué más baba con la otra mano y lubriqué la zona de fricción, entonces me di cuenta de que Adela necesitaba un incentivo: mi mano izquierda voló hacia delante a buscar el clítoris; entendió la maniobra y separó los pies arrastrándolos en zigzag para darme espacio; así la sostuve, a dos manos, frotando el clitoris con cuidado de no disparar el orgasmo y asediando la entrada trasera que empezaba a ceder.
Apreté sosteniendo la pulsación del esfínter hasta que su resistencia mutó en una apertura dócil, ese punto de quiebre donde la tensión muscular colapsa y la carne finalmente se moldea a la intrusión. Una vez superado el anillo (lo supe antes por el intenso «¡Oooh!» que por la repentina sensación de laxitud en mis dedos) le di más lubricación al esfínter dilatado. Por nada del mundo quería abandonar el clítoris, por lo que usé mi propia saliva que cayó con puntería certera y se diluyó por los bordes. Comencé a presionar con cautela, le preguntaba cómo se sentía a cada momento y le pedí que empujara como si quisiera defecar (obviamente fui más crudo, pero os lo ahorraré). Empujó y el músculo, agotado, cedió; poco a poco, con paciencia, fue tragando, solo en un par de ocasiones dijo «para» y me detuve al instante, quería hacerle sentir que era ella quien tenía el control.
No superamos el límite de los nudillos, porque no me pareció seguro para ser la primera vez y porque le sobrevino un orgasmo brutal que a punto estuvo de arrancarme los dedos. Le resté importancia con una broma al charco que formó a sus pies antes de que tuviera tiempo de avergonzarse. También impedí que viera mis dedos, aunque no había forma de ocultar el olor. En general, Adela reaccionó mejor de lo que esperaba, signo de que era más madura de lo que parecía. Yo me sentí satisfecho: ese culo estaba derrotado.
Segundo acto
Regresé del baño. Adela seguía en la misma postura: de pie, con la vista perdida y los pies separados evitando mojarse. No me había tomado ni un minuto lavarme las manos, pero eso no explicaba tal estupor. Volví a por una toalla y la tiré al suelo. El olor de su deseo impregnaba el aire; el otro, si acaso quedaba algún rastro, se había esfumado por la ventana, abierta de par en par. Le acaricié y el frío de mi mano, recién lavada, le provocó un respingo que la sacó de donde estuviera sumida. Le restregué una toallita desechable entre las nalgas y la doblé sin mirarla. Adela ocultó el rostro entre las manos. La calmé con un «shh» en el oído. Subí por la cara interna de los muslos: el rastro cálido de la orina y su propio flujo le llegaba a las rodillas.
—Estás… chorreando —le susurré; su interior seguía resbaladizo.
Adela soltó un gemido ahogado.
—Calla… —protestó, pero su voz se quebró cuando empecé a moverme dentro, curvando el dedo para presionar el punto más sensible.
Pasé el otro brazo por delante, busqué el clítoris y lo froté en círculos firmes. Añadí un segundo dedo, empujé sin piedad en perfecta sincronía en ambos frentes. Movió la cintura por instinto hacia atrás traicionando su supuesta resistencia.
—No… joder… —jadeó, intentando mantener el equilibrio.
No estaba dispuesto a darle tregua. Su respiración se volvió entrecortada y sus muslos se tensaron. Soltó un grito ronco que resonó en las paredes mientras se contraía con fuerza alrededor de mis dedos, atrapada en espasmos rítmicos. Me empapó la mano salpicándose a sí misma. Las rodillas le flaquearon y buscó desesperadamente apoyo en mi costado para no caer, sacudida por la violencia del placer. Mantuve los dedos dentro, moviéndolos despacio para prolongar las contracciones todo lo posible. Por fin se calmó, los retiré y se los acerqué a la boca.
—Límpialos, y date la vuelta. No he terminado contigo.
Todavía jadeando, me miró con los ojos vidriosos por el éxtasis y la rabia. Los lamió con una sumisión que contrastaba con su orgullo. Chupó y chupó deponiendo la poca resistencia que le quedaba.
La agarré por la cintura y la empujé hacia la cama.
—Sube. A cuatro patas.
Obedeció sin rechistar; gateó sobre la colcha blanca y se colocó en posición: rodillas separadas, espalda arqueada y el pecho pegado al colchón. Su sexo seguía brillante y obscenamente abierto, destilaba hilos densos de flujo. Lástima de colcha.
Me coloqué detrás, le separé las nalgas y entré de un solo golpe contundente. Adela soltó un gemido largo. Acaricié el esfínter con el pulgar, estaba tan dilatada que se coló dentro. Estaba lista. Empecé a follarla con un ritmo fuerte y rítmico; el sonido húmedo de nuestros cuerpos en combate llenó la habitación. Cada vez que me hundía del todo, la tensión entre nosotros aumentaba. Sabía que se sentía expuesta, humillada en parte, pero sus gemidos decían otra cosa.
—Así… eso es —murmuré entre dientes sujetándola del pelo con una mano—. Eres mía.
Adela no respondió, empujó hacia atrás, respondiendo a las embestidas. No tardó en alcanzar un nuevo clímax —otra chica inagotable— su cuerpo se tensó, me apretó como un puño y soltó un grito ahogado contra la almohada. Ale, a la mierda la colcha. Continué machacándola sin piedad hasta que yo también me corrí a borbotones.
La llevé a la ducha. Nos enjabonamos con un derroche de espuma y volví a acariciarla bajo el agua templada sin prisa porque su cuerpo era una tentación irresistible. Me tomó entre sus manos y logró ponerme duro de nuevo masajeándome los testículos con auténtico fervor; yo me entretuve en sus pechos, resbaladizos con tanta espuma, duros como piedras. El vapor y la corriente se llevaron el sudor y los restos del último polvo.
Al salir, le tiré una camiseta mía que le quedaba corta.
—Haz algo de comer. Tengo hambre.
Adela me miró con una mezcla de odio y sumisión; estaba cansada, pero fue a la cocina. Me senté a observarla mientras preparaba unas tortillas francesas con cebolla y una ensalada de tomate y atún: descalza, con el pelo húmedo, la camiseta revelaba su culo cada vez que se movía.
Por la tarde, tras una conversación cargada de dobles intenciones, Adela tomó la iniciativa: se arrodilló entre mis piernas y me tomó en su boca. Fue una mamada lenta, profunda y posesiva. Usó las manos y la garganta con ganas, hasta que me corrí. Lo tragó todo y me limpió con la lengua. Me habría gustado correrme en su cara. Otro día.
Cuando llegó la hora de marcharse, se detuvo en la puerta.
—Quiero volver a verte —dijo en voz baja.
La miré de arriba abajo.
—Claro. En la facultad.
Adela frunció el ceño.
—No seas cabrón, Mario, esto hay que terminarlo.
—¿Esto?
Se acercó, me agarró de la nuca y me dio un beso largo y profundo.
—Mi culo.
Qué tierna. Le acaricié la mejilla.
—Sé prudente. Nadie debe notar nada. En la universidad, somos compañeros.
Ella asintió con un destello de rebeldía.
—Compañeros. Nada más —le advertí.
—Entendido… profesor —murmuró con una media sonrisa antes de salir.
—Pásate mañana por el despacho. Ya estás lista.
Asintió como una colegiala.
—Sin bragas.
No supe si me odiaba o me deseaba.
Yo me fui tras poner orden en lo que había sido un hogar. Qué lástima, para lo que había quedado.
Al día siguiente apareció a la una. La hice esperar porque tenia una reunión pendiente con Emilio. Él la miró mosqueado. «¿Y esta qué hace aquí?», preguntó. A Emilio no se le pasaba por alto que el puesto de Adela no se debía precisamente a sus méritos académicos.
Le pedí a mi socio que abreviáramos y, en quince minutos, despachamos. Emilio se demoró en salir para hacerse el encontradizo. La saludó, me lanzó una mirada de reproche y cerró la puerta.
Lo que sucedió después no es algo de lo que pueda sentirme orgulloso.
Tercer acto
«The most terrifying thing is to accept oneself completely
(La cosa más aterradora es aceptarse a uno mismo por completo)»
Atribuido a Carl Gustav Jung
El chasquido del pestillo cortó cualquier posibilidad de vuelta atrás. Un gesto de mi mano bastó. Abrió el bolso y me entregó las bragas con su aroma de toda la mañana impregnado y la huella visible del deseo mal contenido. No hubo la complicidad de la tarde anterior; aquello fue un frío recordatorio de quién dictaba las reglas.
La conduje hasta la gran ventana donde la luz del mediodía se filtraba entre las persianas entreabiertas dejando ver el intenso tráfico. Expuesta al exterior y a la amenaza constante de ser interrumpidos, dicté cada uno de sus movimientos. Lo que en su origen pareció un juego de audacia se adentró sin remedio en un terreno sórdido traspasando fronteras que ninguno de los dos se había atrevido a nombrar. Soportó cada vejación sin quejarse, padeció el rigor del acto final en absoluto silencio; el último destello de resistencia se extinguió en cuanto comprendió la verdadera arquitectura de aquel rito en el que no era más que un objeto, no había lugar para las emociones y mucho menos para los sentimientos, donde quedaba despojada de voluntad y carecía de todo valor.
La hice marchar sin una sola palabra de afecto. Le ordené que se vistiera rápido y volqué mi atención sobre los papeles de mi mesa. Adela abandonó el gabinete sofocada por la contundencia de lo irreparable. Caminaba midiendo cada paso para reprimir el ardor punzante que nacía en lo más profundo de su pelvis, un malestar íntimo que le exigía rigidez para no quebrarse.
Emilio, que merodeaba por el pasillo, entró en mi despacho dando un portazo.
—¡Abre la ventana, por Dios, ventila esto! ¿Qué coño estás haciendo?
—Nada por lo que debas preocuparte.
—La he oído.
—¿Y?
—No sé qué te ha pasado desde que te separaste de Carmen, no te reconozco. El Mario que era mi amigo no es el cabrón retorcido que tengo delante.
—Enhorabuena, Emilio —sonreí sin ganas—. Por fin te atreves a ser sincero. ¿Algo más o se te ha acabado el discurso? Me toca recordarte que no estás en condiciones de dar lecciones de moral precisamente tú, que te follas a mi exmujer a ciento cincuenta euros el polvo. ¿O son doscientos?
—Vete a la mierda.
—Llegas tarde, estoy de mierda hasta el cuello —respondí, dándole la espalda; mi socio no iba a verme roto. Apagué el PC y comencé a vaciar la mesa—. Soy un cabrón retorcido, ya lo sé. Si no, ¿de qué iba a haber terminado estropeando…?
Todo. Todo se me echó encima como un aluvión sepultándome sin dejarme respirar. Ese ciego impulso de acelerar para no asomarme al precipicio, ese hábito de huir hacia delante aplastando lo que se interpusiera lo había estropeado todo. Todo.
—¡Mario! ¿A dónde vas?
—No sé, ya veré. Estamos en Semana Santa, ¿no?
—¿Y lo de mañana? ¿me vas a dejar colgado? Joder…
No me molesté en responder, salí del edificio; la cabeza me iba a estallar.
…..
Al final, la gente siempre necesita un villano al que señalar para convencerse de que ellos aún están del lado de los buenos. Lorenzo necesitaba a su joven alumna para sentirse vivo; Adela necesitaba mi desprecio para alimentar esa excitación que la avergonzaba; y Emilio… Emilio necesitaba vestirse de hombre de principios para olvidar el precio al que compraba el cuerpo de Carmen. Todos ellos jugaban a ser santos, reservándome a mí el papel del traidor, el manipulador, el cabrón retorcido.
Pero yo no inventé las reglas de este juego, solo dejé de fingir que no las conocía.
Así que, si has llegado hasta aquí juzgando cada uno de mis actos con la comodidad del que se cree íntegro, muestra un poco de honestidad antes de condenarme. Mírate al espejo y pregúntate cuánta de tu virtud es real y cuánta es solo falta de oportunidad. Si me ves como al demonio de esta historia, no pasa nada: llámame por mi nombre. A fin de cuentas, la diferencia entre tú y yo no es la maldad, es que yo tuve las agallas de quitarme la máscara.
Bali
El trayecto hacia Barajas en el asiento trasero del taxi se hizo interminable. Mantenía la vista fija en la ventanilla, atenta al desfile de edificios grisáceos bajo la luz pálida de la mañana. La radio emitía un murmullo que no lograba amortiguar el estruendo que llevaba dentro. En teoría, me estaba dando el viaje del siglo, pero la sensación no era la de alguien que se va de vacaciones.
Carmen pensaba que me marchaba huyendo de Daniel. No se equivocaba del todo, pero la verdad era muchísimo más turbia. Dejar a Daniel atrás era fácil; su desprecio y sus ausencias ya no dolían, eran solo ruido de fondo. Huía desesperadamente de las imágenes que me abrasaban la cabeza, del sabor que aún me impregnaba la garganta, del pánico a que esa colección llamada «Estudio en blanco» terminara saliendo a la luz. Huía de Oscar, de las fotos, del vídeo... y de la versión de mí misma que había descubierto en aquel loft de Lavapiés. Una mujer que no reconocía, pero que había respondido al sometimiento con un placer que me daba pánico admitir.
El aeropuerto era un hormiguero de gente en busca del parón de Semana Santa. Familias cargadas de maletas, parejas sonrientes... y yo, sintiéndome una fugitiva. Mientras hacía cola en los mostradores de facturación, sentí un sudor frío en la nuca. Me ajusté las gafas de sol en la cabeza; temía a cada segundo que la mano de Daniel o la de Carmen se posara en mi hombro para pedirme explicaciones. O peor aún, que apareciera Oscar con su sonrisa cínica a recordarme que, dijera lo que dijera, mi cuerpo le pertenecía.
Facturé la maleta. Crucé el control de seguridad sintiendo el escáner como el objetivo de una cámara enfocado a mi piel. Embarqué.
El vuelo a Bali, con su larga escala, fue un limbo claustrofóbico. Al escuchar el rugido de los motores, se me saltaron dos lágrimas que sequé con el dorso de la mano. Miré por la ventanilla: el avión atravesaba las nubes, ya no había marcha atrás. Saqué el Discman del equipaje de mano, me puse los cascos y di al play buscando ahogar mis pensamientos. Pero no había refugio posible; en cuanto cerraba los ojos, veía el suelo de hormigón gris mate, los destellos del flash y el rostro sombrío de Oscar ordenándome que no tragase. Sentía las rodillas encendidas sobre aquella superficie hostil.
Fueron más de veinte horas en vuelo hacia la otra punta del mundo. Veinte horas suspendida en el aire, atrapada entre el remordimiento, la vergüenza y una euforia oscura agarrada al estómago. Me iba sola a miles de kilómetros porque necesitaba aire; el muro que había levantado frente a Carmen no me protegería del todo, tarde o temprano debería enfrentarme a mi hermana y confesarle la verdad: la Esther que ella conocía había muerto en aquel estudio, devorada por un secreto del que jamás podría liberarme.
Primeros pasos
El choque térmico al cruzar las puertas automáticas del aeropuerto de Denpasar me atizó en toda la cara. El aire de Bali no se respiraba, se masticaba: era una masa densa, pegajosa, impregnada de un olor profundo a incienso quemado, gasolina, humedad y vegetación podrida.
Un enjambre de taxistas y conductores amontonados tras las vallas me abordó a gritos ofreciendo sus servicios. Agaché la cabeza, apreté el asa de la maleta y caminé hasta dar con el chofer que llevaba un cartel con mi nombre mal escrito. El trayecto a Ubud fue un caos fascinante y asfixiante a partes iguales. El coche avanzaba a tirones entre un río incesante de scooters donde viajaban familias enteras sin casco, esquivando perros callejeros y pequeños altares de hojas de palmera con flores y arroz depositados en el suelo. Yo miraba por la ventanilla incapaz de conectar con la exótica belleza del paisaje. Para mí, todo aquello era solo una escenografía lejana, un decorado ruidoso incapaz de competir con el ensordecedor murmullo de mi cabeza
Llegamos al hotel bien entrada la tarde. Era un resort apartado envuelto en una selva tupida de un verde casi agresivo. Me recibieron con una sonrisa amable, un té helado de flor de hibisco y una toallita húmeda con aroma a jazmín. La recepcionista revisó mi pasaporte y rellenó la ficha de registro, la firmé y me entregó una llave pesada sujeta a un llavero de madera tallada.
El alojamiento resultó ser una villa pequeña de paredes de piedra y techo de paja con una cama enorme envuelta en una mosquitera blanca que parecía un dosel de novia. El silencio me cayó encima como una losa. Me deshice de la ropa del viaje, pesada y húmeda, y me metí bajo la ducha exterior. El agua fría sobre mi cuerpo entre muros de piedra fue el primer alivio verdadero en más de veinticuatro horas. Me vestí con algo ligero —un vestido ancho de tirantes—, abrí la maleta, saqué lo básico y dejé el resto sin colocar. Necesitaba moverme.
Salí a dar una vuelta por las calles de Ubud cuando la luz comenzaba a caer. El suelo estaba salpicado por pequeñas ofrendas que la gente coloca con devoción en cada esquina. Caminé entre galerías de arte, tiendas de tallas de madera, puestos de fruta tropical y cafés llenos de mochileros occidentales que reían con despreocupación. Frente al escaparate de una tienda de artesanía me vi reflejada en el cristal. Entre la penumbra de la calle y las luces cálidas del local, me pareció atisbar a una desconocida: una mujer sola al otro lado del mundo, con el gesto abatido y los ojos fijos en la nada. Por un segundo, la textura de las estatuas de piedra húmeda alrededor me devolvió de golpe al hormigón frío del loft de Lavapiés. Me abracé a mí misma, sentí un escalofrío en medio del calor sofocante de la noche balinesa. Había cruzado el planeta entero, pero el secreto había viajado conmigo.
Decisiones
Al día siguiente me desperté temprano, con la cabeza pesada y la sensación flotante que provoca el jet lag. Mi cuerpo seguía atrapado en el huso horario de Madrid. Pasé a desayunar sin ganas —un plato de fruta tropical que apenas probé y un café amargo— y fui directa a la piscina del complejo a pasar las horas.
El sol pegaba de lleno sobre la piscina rodeada de vegetación salvaje. Me quité el caftán y me tiré en la hamaca; no pasaron ni dos minutos cuando me entró un ataque de ridículo. Miré de reojo a unas inglesas de mi edad que charlaban cerca: llevaban bikinis diminutos, de estampados vivos, con escotes infinitos y un tiro alto en la cadera que les hacía un cuerpazo. Yo, en cambio, llevaba un dos piezas azul marino de abuela, con cazoletas duras como piedras y tirantes anchos pensados más para tapar que para enseñar. «Parezco una monja», pensé con una mezcla de vergüenza y rabia. La Esther de siempre, la que se escondía de Daniel y del mundo, estaba metida en cada maldita costura de ese trapo.
A mediodía, harta de sentirme fuera de lugar, me recogí el pelo en un moño y entré en una de las boutiques de lujo del resort. Necesitaba un cambio urgente, o a lo mejor solo quería ponerme a prueba.
Empecé a rebuscar entre los percheros hasta dar con lo que buscaba. Elegí dos modelos que jamás en la vida me habría atrevido a ponerme en Madrid:
El primero era un dos piezas rosa palo de una licra finísima, de acabado satinado . El top eran dos triángulos de nada que tapaban lo justo y necesario, con unos cordones finos que se cruzaban por el abdomen y se ataban a la espalda, dejando las costillas al aire. La braguita era un corte brasileño diminuto, de los que se atan con lazadas en la cadera y te obligan sí o sí a enseñar todo el culo y la ingle.
El segundo era un trikini negro con un rollo fetichista tremendo. La parte de arriba y la de abajo estaban unidas por una tira estrecha por el vientre, dejando los costados completamente al aire. Llevaba un escotazo en uve tan pronunciado que me costó colocarme el pecho en su sitio —y eso que no soy nada pechugona—; por detrás tenía un entramado de tiras elásticas como un arnés. La braguita era tan mínima que apenas tapaba nada, ni por delante ni por detrás.
Pagué sin mirar la tarjeta y me fui pitando a la villa. Nada más comer, me encerré en la habitación.
Me probé el rosa frente al espejo del baño. Casi ni lo sentía sobre la piel. Al mirarme, se me cortó la respiración de golpe: parecía que iba desnuda, con el pecho apretado en dos trozos de tela mínimos y todo lo demás al aire. De pronto, la imagen me sacó de la piscina y me plantó de lleno en los focos del loft de Lavapiés. Se me vinieron encima las manos de Óscar recolocándome, el frío del hielo, los goterones chorreándome por el pecho y la cámara tragándose cada milímetro de mi cuerpo. Me llevé la mano al cuello, estaba hiperventilando entre el pánico y un morbo absurdo que me revolvía el estómago. ¿Quién era la del espejo? ¿La mujer de Daniel o la modelo porno del estudio?
Me quedé paralizada. Solo se oía el zumbido del aire acondicionado y el martilleo de mi corazón. Apreté los puños, no iba a pasarme el viaje huyendo de mí misma. Me anudé un pareo a la cintura, me coloqué bien los tirantes y, tragándome el nudo que me quemaba la garganta, abrí la puerta y salí de nuevo a la luz cegadora de la piscina.
Valor
Crucé la zona de plantas que rodeaba la piscina, sintiendo cómo el pareo flotaba alrededor de mis piernas con la brisa. Dejé caer la bolsa en la tarima y, con un gesto rápido pero bastante torpe por la tensión, me desaté el nudo de la cintura. La tela cayó al suelo y me quedé allí, plantada en ese bikini rosa diminuto bajo el solazo.
El efecto fue inmediato. El grupo de inglesas se calló de golpe, un hombre que leía bajo una sombrilla se bajó las gafas de sol para repasarme de arriba abajo y varios que nadaban cerca frenaron las brazadas. Mi cuerpo, acostumbrado al objetivo de Óscar, reaccionó con una sacudida intensa que bajó directa a la entrepierna; me dio igual, la mancha oscura en la tela se diluiría en nada. Un impulso ciego de mandar todo a la mierda había tomado el control.
Caminé hacia el borde sintiendo cómo la piedra me abrasaba las plantas de los pies. La lycra era tan fina que esa humedad repentina bastó para pegármela a la piel; no me hacía falta mirar para saber que el tejido me marcaba los labios al milímetro. Sabía que, en cuanto se empapara del todo al meterme en el agua, también me transparentaría los pezones sin dejar nada a la imaginación. Una mezcla de vértigo y morbo puro me disparó el pulso.
Me tiré de cabeza sin dudarlo.
El agua fría me tragó de golpe en un silencio azul que apagó todo lo de fuera. Nadé unos metros por abajo, el agua me pegaba el bikini al cuerpo como una segunda piel. Cuando salí a la superficie, me eché el pelo mojado hacia atrás y cogí una bocanada de aire. Ya estaba. Había llegado el momento.
Nadé hasta el borde, agarré la escalerilla y empecé a subir peldaño a peldaño. El agua me chorreaba por el cuerpo y, tal como sospechaba, el tejido se había vuelto transparente ciñéndose a cada curva. Sentía la tela helada remarcándome la dureza del pecho y la forma de la entrepierna. Pero en lugar del pánico o la vergüenza que me habrían paralizado en Madrid, me entró un subidón de ego tremendo. En vez de cruzar los brazos o salir corriendo a taparme con la toalla, me puse recta, saqué pecho, metí tripa y me fui despacio por la tarima mojada hacia la tumbona. Notaba el rastro de las miradas de los tíos pegadas al agua que me resbalaba por las caderas; no me sentí una víctima ni una marioneta: me sentí guapa, peligrosa y muy viva. Caminaba con la chulería de la que ya no tiene nada que esconder. Por primera vez en años, mi cuerpo era solo mío.
Kai
El agua de la piscina parecía un espejo bajo la luz dorada del atardecer. Yo seguía apoyada en el borde, con los brazos cruzados sobre la piedra templada y los hombros fuera, disfrutando de una sensación de tranquilidad nueva para mí. Entonces lo vi salir a flote a un par de metros. Llevaba todo el día orbitando por la zona. Alto, espaldas anchas, un bronceado de los que no se consiguen en un fin de semana, el pelo rubio, lacio, echado para atrás por el agua y unos ojos claros que contrastaban a kilómetros con su piel morena. Imposible no ficharlo. Se sacudió las gotas de la cara y, al cruzar la mirada conmigo, me soltó una sonrisa fácil, relajada, sin ese aire de buitre al que me había acostumbrado últimamente.
—El agua está increíble a esta hora, ¿verdad? —dijo en un inglés perfecto, con un ramalazo nórdico.
—Sí, bastante mejor que esta mañana —respondí, extrañada de lo rápida y poco a la defensiva que me había salido la respuesta.
Braceó hasta quedar a un par de metros. Se llamaba Kai, era arquitecto, venía de Oslo y llevaba una semana en el resort. Tenía una forma de hablar sin prisas, era de los que no dan la chapa y escuchan de verdad. Propuso tomar algo y fuimos nadando despacio hacia la cúpula del bar acuático, un rincón de sombra bajo una pérgola cubierta de buganvillas. Según nos acercábamos, el suelo subía en una rampa suave hasta que el agua pasó de darnos en el pecho a lamer la cintura. Nos acomodamos en dos taburetes de hormigón sumergidos; al sentarnos, la superficie nos cubrió por los muslos. El agua, limpia y encendida por el solazo, hacía de lupa sobre todo lo de abajo. El chapoteo suave contra la barra de granito ganó mi atención frente al ruido de fondo de la gente. Kai apoyó los antebrazos en la piedra seca y le pidió dos cócteles de ron y fruta fresca al barman, que atendía desde un foso seco al otro lado.
El bikini seguía haciéndome sentir en pelotas, pero ya no le encontraba el sentido a taparme. Sus miradas no tenían nada que ver con las que me esperaba. Seguimos de charla sobre nuestras vidas mientras el vaivén del agua moría entre mis muslos. En ningún otro sitio habría estado así de floja, apoyando los pies entre la base del taburete y el escalón de la barra, con las piernas abiertas sin ningún tipo de pudor. La braguita rosa era papel de fumar —lo había visto clarísimo al sentarme—, pero crucé la mirada con él y pasé de comerme la cabeza. Estaba igual de expuesta que si fuera desnuda, ¿y qué? Más aún, porque la tela mojada le daba un morbo extra, lo notaba en cómo se le escapaba la vista de reojo hacia mi entrepierna lamida por el agua, y en cómo yo fingía estar atenta a lo que me contaba mientras le repasaba los pectorales, bajando la mirada despacio hasta clavar los ojos sin disimulo en el bulto que le marcaba el bañador. Ninguno decía una palabra, pero con las miradas lo decíamos todo.
Cuando su rodilla me rozó por casualidad, no la retiró; la acomodó entre las mías, haciendo una presión suave pero firme. Me dio un chispazo en el vientre. Nada de pánico: solo una punzada limpia de ganas.
—¿No te molesta estar con eso mojado?
Eso era la parte de arriba del bikini, a la que no le quitaba ojo. La pregunta era una indirecta en toda regla, bastante absurda porque apenas me tapaba y, empapado, me transparentaba los pezones marcándolos como si no llevara nada encima. Los dos lo sabíamos de sobra, pero entré al juego. Miré alrededor: varias chicas iban con el pecho al aire sin cortarse un pelo. Antes de que le respondiera, tiró de argumentos para rematar la jugada.
—No vas a ser la única, aquí el topless es de los pocos sitios donde lo pasan. A la gente de aquí no le hace mucha gracia, pero en las zonas de hoteles la policía pasa del tema.
—Ya lo he visto. Y qué hago con él.
—Dámelo, yo te lo guardo.
Me apetecía. Un montón. Sin querer, me vino la imagen de Mario a la cabeza. No lo pensé dos veces, me llevé las manos a la nuca, desaté el nudo del cuello y cayó; vi cómo se le salían los ojos mirando mis pechos mientras yo terminaba de soltar la lazada de la espalda. Hice una pelota con la tela y se la pasé. Kai la metió en la cinturilla de su bañador.
—¿Más cómoda?
—Mucho más.
—Yo también.
Me dio la risa, no me pude contener. Nos terminamos la copa hablando de cosas que jamás habría contado en otro momento ni en otro sitio. Le regalaba mis pechos a sus miradas descaradas sin sentirme vendida, usada o pequeña. Me sentía una mujer con todo el control de su cuerpo. No sé si me estoy explicando, pero si alguna tía lee esto alguna vez, seguro que me entenderá perfectamente.
—Mañana voy a alquilar una moto para recorrer algunos rincones de Ubud que no salen en las guías — dijo mientras apuraba el último trago del cóctel—. Templos antiguos y terrazas de arroz donde no hay turistas. Puedo enseñarte la zona desde otra perspectiva.
Le sostuve la mirada. La sombra de mi vida en Madrid y el fantasma de Oscar seguían ahí, pero la presencia de Kai y la calidez de la tarde abrieron una grieta en mi coraza.
—Me encantaría —contesté, sonriendo con una libertad que hacía años no experimentaba.
Era todo tan nuevo, tan… diferente.
—¿Nos vamos? —propuso al cabo de un rato.
Me pareció una buena idea. Me dejé caer al agua y nadamos un rato hasta que alcancé el extremo opuesto. Subí por la escalerilla dando por hecho que me seguía, pero al girarme lo vi nadando con ganas. Tras un par de largos en aquella piscina casi vacía, llegó a donde yo estaba, se apoyó en el borde y me dijo sin mirarme a la cara:
—Necesito unos minutos más.
Yo, desde arriba, sonreí para dar por recibido el mensaje. Separé un poco las piernas y me ahuequé la braguita para despegarme la tela mojada, por delante y por detrás. Puedo ser muy perra cuando me lo propongo, y estaba dispuesta a serlo todo lo posible.
—Si me sigues mirando ahí… vas a necesitar bastante más que unos minutos.
Lo cité en una hora en el pub del resort. Tiempo de sobra para salir con dignidad del agua y arreglarse para nuestra cita. Me lanzó el sujetador y volví a mi alojamiento respetando las estrictas normas locales.
Rendición
Ubud parecía envuelta en un juego de sombras y en un perfume denso a frangipani. Cenamos en un restaurante al aire libre iluminado por el fuego tembloroso de unas antorchas de bambú. Sobre un escenario de piedra, dos bailarinas balinesas se movían al ritmo del gamelán ejecutando unos gestos de manos tan precisos que me tenían absorta. Aunque, para ser sincera, Karl me miraba a mí bastante más que a la danza.
Entre plato y plato, mientras apurábamos un nasi goreng bien especiado, pasó al lado de nuestra mesa una mujer alta, pálida, con el pelo rubio platino. Iba de la mano de una chica deslumbrante, de piel canela y rasgos finísimos que parecía recién salida de una portada de revista.
—God kveld, Karl! (2) —saludó con una sonrisa sugerente y se perdió en la penumbra del restaurante.
Él esperó a que se alejaran para inclinarse sobre la mesa.
—Tengo que confesarte algo —dijo con un toque de misterio—. En realidad, me llamo Karl.
—¿Karl? —pregunté, arqueando una ceja con curiosidad.
—En mi primer viaje a la isla, un guía local no conseguía dar con la pronunciación y terminó llamándome Kai todo el tiempo. Me pareció que encajaba mejor con la energía de este sitio, así que lo he conservado como apodo cada vez que vuelvo.
La anécdota le dio un matiz aún más íntimo al momento. La conversación fluía entre risas y copas de vino que nos iban encendiendo la sangre.
Después de cenar paseamos por las calles empedradas, alejándonos del bullicio. La magia exótica del lugar, el calor de la noche tropical y la proximidad de nuestros cuerpos crearon una tensión que se podía cortar. Nos detuvimos bajo la sombra de un banyan sagrado. Karl me tomó del rostro con firmeza y me besó. Fue un beso directo e intenso, de los que te dejan sin aliento y borran de golpe cualquier vestigio de duda.
Llegamos a la villa en silencio. En cuanto la puerta se cerró a nuestras espaldas, la contención saltó por los aires. Karl tomó el control con una fuerza que me cogió desprevenida; era un hombre grande, de movimientos potentes y decididos. Me empujó contra la pared y aprisionó mis muñecas por encima de mi cabeza mientras sus labios me recorrían el cuello con una voracidad que me dejó sin aire. No había vacilación en sus manos: me desnudó con una exigencia precisa adueñándose de cada uno de mis jadeos. Pero no tenía nada que ver con la frialdad de Oscar. Aquello era deseo puro, un despliegue de virilidad desbordante al que mi cuerpo respondió rindiéndose por completo.
Me cubrió, lo hizo en el sentido más animal de la palabra. Atrapada por el ritmo de sus embestidas profundas, haciendo gemir los muelles del colchón, me sujetó de las caderas con firmeza y marcó un paso implacable que exigía una entrega total. Yo me arqueaba hacia su cuerpo, aferrada a sus espaldas anchas, sucumbí a una ola de placer salvaje que me vació la mente. Por unas horas desapareció Madrid, Daniel y la cámara de Oscar; solo existía la certeza de ese cuerpo rotundo poseyéndome en la penumbra.
Alcancé el clímax con un grito ahogado contra su hombro, rendida y exhausta por la intensidad del encuentro.
De madrugada, cuando la noche empezaba a clarear y la selva despertaba con los primeros ruidos de la fauna, sentí a Karl levantarse con cautela. Lo vi vestirse en silencio bajo la luz azulada que filtraba la mosquitera. Se inclinó para dejarme un beso tibio en la frente y se marchó deslizando la puerta sin hacer ruido.
Me quedé sola en la inmensidad de la cama, boca arriba, sintiendo el esfuerzo en los músculos y la piel todavía caliente. Más allá del atractivo de Karl, comprendí que no era sólo el deseo lo que me había arrastrado a sus brazos. Tenía cuarenta, yo aún no había cumplido los treinta; esa diferencia de edad era el espejo exacto de la relación que mantenía el hombre al que amaba en secreto, una diferencia que, desde muy joven, yo había idealizado y enseguida acepté mejor que los demás. Karl era un intento desesperado de rozar, aunque fuera a través de un extraño, la sombra de lo prohibido que me consumía por dentro.
Terminé con los dedos lo que aún pedía atención murmurando otro nombre. Bali me estaba transformando. La primera luz del día clareaba el dormitorio y el silencio me devolvió una certeza: las vacaciones terminarían, y al volver, tendría que rendir cuentas.
Soledades
El cielo tenía el color plomizo que amenaza lluvia y no termina de romper. Seguía dándole vueltas a la llamada de Elvira que cancelaba cualquier vestigio de futuro. Acababa de colgar a Emilio. Negociamos, me hizo entrar en razón o eso le hice creer: le acompañaría a la reunión con el comité directivo de la mutua aseguradora; a cambio, yo me marcharía a Sevilla a hacer un seguimiento con los asociados. No era el momento idóneo a las puertas de la Semana Santa, pero transigió.
El teléfono volvió a sonar. No tenía fuerzas ni ganas para sostener esa conversación, sin embargo me resultaba imposible ignorarla. A ella no. Inspiré hondo, forcé mi mejor voz de «todo va bien» y descolgué.
—Mario… no me cuelgues —soltó de golpe, antes de que yo pudiera pronunciar un saludo formal.
—No pensaba colgarte. ¿Pasa algo?
—Pasa que llevo dos días pensando en ti. En vosotros. —corrigió de inmediato. Pude escuchar el roce del viento contra su teléfono; caminaba por la calle—. Me preocupas. Conozco la forma en que te aíslas cuando todo se derrumba alrededor. Te tragas la rabia, te pones la armadura y pretendes que el mundo siga girando. Pero no me engañas.
Me quedé en silencio. Esa forma suya de mirar a través de mí me desarmaba.
—Estoy bien, de verdad. Solo cansado, resolviendo asuntos pendientes antes de irme a Sevilla…
—Basta de rodeos —atajó. Tenía esa firmeza suave con la que siempre tomaba el control de las situaciones, una autoridad que me obligó a erguirme en el sillón—. No te llamo para hablar de mi hija, ni de la familia, ni del divorcio que se os viene encima. Llamo por ti. Sé lo que es quedarse en casa esperando a que las paredes dejen de gritar. Esta noche no vas a cenar solo.
—Amalia, te lo agradezco, pero no tengo el cuerpo para compromisos…
—A las siete en la cafetería de siempre —interrumpió mi débil excusa, y soltó una risa baja, un murmullo cálido que se me pegó al oído a través del auricular—. Sin pretextos, Mario. Y no me hagas esperar, sabes que no me gusta.
—Escucha...
Colgó antes de que pudiera protestar. Miré la pantalla en negro mientras el silencio de la casa me caía encima. El corazón me latía a un ritmo absurdo, no por la intrusión, sino por la extraña urgencia con la que me había rescatado de la soledad.
A las siete esperaba en la cafetería. Cuando cruzó la puerta, me costó reconocerla. O tal vez fue lo contrario: que lo que reconocí en ella terminó de desmoronarme. No era solo la ropa —un jersey de punto ajustado, pantalones rectos, una cazadora corta de cuero y botines, todo inédito en ella—; era la actitud. Se había cortado el pelo: la melena de mujer madura había mutado en un corte rizado y dinámico que le enmarcaba el rostro rejuveneciéndola de un plumazo. Lucía un aire más moderno, más ligero. Un aire peligrosamente similar al de Carmen. ¿Había perdido peso o era la firmeza de su espalda lo que la hacía parecer más…?
Al sentarse frente a mí, percibí la frescura de su nuevo aspecto. La piropeé de corazón, tratando aún de encajar su imagen. Comenzamos una conversación ligera que fue dirigiendo con habilidad y tacto hacia mi propia persona. Yo seguía embobado —sí, embobado—, observándola como si viera un fantasma.
—¿Qué me miras? —preguntó, ladeando la cabeza.
El tono, serio y coqueto a la vez, fue un latigazo. Me aturullé, buscando las palabras.
—Te... te encuentro cambiada, Amalia. Más...
—¿Más qué, Mario? —interrumpió, fijando sus ojos deslumbrantes en los míos. Sabía que me tenía entre la espada y la pared y disfrutaba de mi turbación.
—Más guapa, más joven. Qué bien te has recuperado de la neumonía, de verdad.
—No me lo recuerdes —dijo espantando una sombra con un gesto ligero de la mano—. Estar tan mal me hizo entender algo básico: hay que vivir la vida antes de que sea demasiado tarde. Me he apuntado a un gimnasio, ¿sabes? —De pronto se irguió, echó los hombros hacia atrás y sacó pecho con total naturalidad—. ¿No me lo notas?
Me violenté. Un calor repentino me subió por el cuello. Era la madre de Carmen, la mujer con la que había compartido diez años de mi vida. Pero la persona que tenía enfrente no se comportaba como lo hace una suegra; emanaba una energía vital, desafiante.
La conversación viró hacia su vida personal. Fernando y ella se iban de viaje en breve con Félix y Lucía, pero la grieta interior de Amalia no se tapaba con un viaje de amigos.
—He perdido la ilusión —confesó en voz baja, deslizándose en la mesa para recortar la distancia entre los dos—. Nuestro matrimonio se ha estancado. No es que no nos queramos, al contrario, nos queremos mucho... pero el amor es otra cosa.
Se frenó un segundo, evaluando mi reacción. Luego, sus ojos se clavaron en los míos con una hondura que me heló la sangre.
—¿Sabes cuánto tiempo hace que Fernando no me toca? Él ya ha cruzado una frontera que yo me niego a cruzar. Si me rindo ahora, me muero. Soy una mujer viva, plena, y sigo necesitando...
Se detuvo en seco y se echó hacia atrás llevándose una mano al pecho.
—Dios mío, no debería estar contándote estas cosas. Perdóname.
—Al contrario, Amalia —me apresuré a decir, buscando desesperadamente mantener esa conexión—. Siempre hemos tenido una relación muy especial, somos mucho más que suegra y yerno. Cuántas veces nos han tomado por una pareja, ¿eh? —bromeé, intentando rescatar la comunicación—. ¿Cuántas veces hemos acabado bailando en las fiestas familiares o cuando salíamos los cuatro?
Tenía la mirada triste, no podía soportar verla así, necesitaba devolverle la sonrisa. Consulté la hora.
—Hablando de bailar. Hay un sitio aquí cerca… El Gato Cojo, hemos ido mil veces tu hija y yo. Vamos, te gustará. Estamos entre semana, pero seguro que algo de ambiente habrá. Ponen buena música, de la que nos gusta. Venga, vamos a echarnos unos bailes. Un par de canciones y nos vamos —insistí. Estaba reacia, pero puedo ser muy pesado si me lo propongo.
---
Llegamos en cinco minutos cogidos del brazo como una pareja cualquiera. Yo sentía a mi lado el mismo paso de Carmen, la misma cadencia, el mismo cuerpo si no la miraba. Apenas había cuatro o cinco parejas dispersas en la penumbra. Nos sentamos en un rincón, pedimos unas copas y la observé estudiar el local con un aire nostálgico. Sonaba un tema lento, envolvente, una melodía de saxo y bajo suave que inundaba la pista.
Le tendí la mano. Amalia aceptó sin dudar.
Al dar los primeros pasos, la inercia de la música nos empujó el uno hacia el otro. Tenerla entre mis brazos me resultó trágicamente familiar; no era como otras veces que habíamos bailado, fue descubrir a una mujer nueva, una versión paralela de la que había perdido. Sin darme cuenta, dejé que los límites se diluyeran.
Amalia no hizo nada por impedirlo. El mismo impulso que pugnaba por devolverle la juventud parecía dictar ahora el vaivén de sus caderas.
De pronto, me vi bailando pegado a ella. Apoyó su mejilla cálida en la mía y sentí el roce de su pelo rizado en la oreja. El aroma de su perfume, denso y embriagador, terminó por nublarme el juicio. Mis manos, que al principio descansaban en su espalda, comenzaron a moverse por instinto: subieron a sus hombros, descendieron... Una trazaba el contorno de las costillas para ceñir con suavidad su cintura; la otra recorría la espalda reconociendo cada relieve, cada hueco, saltando el broche del sujetador una y otra vez. Sus manos en mi nuca o en las escápulas devolvían cada caricia con una lentitud calculada, respirando a la par.
Éramos una sola sombra meciéndose en la pista.
En un tanteo torpe, traspasé la frontera de los riñones y alcancé el comienzo de la curva más allá de su cadera. Una curva viva, ondulante, sinuosa al ritmo del bolero que sonaba y nos decía algo imposible:
«Pasarán más de mil años, muchos más
Yo no sé si tenga amor la eternidad
Pero allá, tal como aquí, en la boca llevarás
Sabor a mí...» (3)
Sentí un respingo que me devolvió la cordura.
«¿Qué estoy haciendo?».
Mantuve la calma para no transmitir desasosiego, porque estaba serena. Pasaron dos segundos eternos mientras nos mecíamos al compás de la música, dos segundos porque no quería perder la sensación de su curva viva meciéndose en mi mano. Luego, desanduve con extrema lentitud el camino por su espalda.
Justo en ese momento, las últimas notas de la canción se extinguieron.
Me aparté unos centímetros, busqué aire, y sonreí con una falsa serenidad que me costó la vida esbozar.
—Creo que ha estado bien para empezar —dije, señalando con la cabeza hacia el rincón donde nos esperaban las copas
La guié con una mano en la cintura, no caí en la cuenta de que ese gesto habitual con su hija no era el adecuado con la madre. Sin embargo... era tan gratificante sentir la cadencia de su cuerpo que no pude o no quise evitarlo. Charlamos, pero nada era igual: nos mirábamos de otra manera. Volvimos a hablar de ese viaje previsto con unos amigos de toda la vida.
—Me voy a aburrir —confesó con una sonrisa triste.
—No digas eso, ya verás qué bien lo pasáis —respondí sin ninguna convicción, aturdido aún por lo que había pasado. ¿O sería solo a mí a quien se le había nublado el juicio?
Amalia desvió la vista por no seguir negando. Me apiadé y le cogí una mano entre las mías; me miró sorprendida, pero no la retiró. Nos quedamos en silencio: yo, porque no encontré palabras sensatas y ella... quién sabe por qué motivo.
Volvimos a bailar —dos movidas, varias lentas—, tan juntos como en la primera pieza, pero yo me mostré más prudente, mordiéndome las ganas de traspasar la frontera que cruzaba sus riñones.
¿Y ella? ¿Qué quería decir con su cuerpo confiado en el mío, palpando mi espalda y con la mejilla en la mía? ¿Qué quería exactamente?
No volvimos a hablar. Terminamos la copa y un escueto «¿Nos vamos?» cerró una velada enigmática.
Tenía el coche cerca y la llevé a casa con la radio de fondo. Ella iba con la mirada perdida por la ventanilla; yo atendía al tráfico y a la mujer que viajaba indolente a mi lado. Su perfil me atraía, no podía negarlo. Nunca antes se me había ocurrido prestar atención a sus pechos y ahora no podía apartar los ojos de la suave curva que dibujaba su silueta rogando porque no me sorprendiera.
Porque no llevaba a mi suegra a casa: acompañaba a la mujer que acababa de tener en mis brazos.
Detuve el auto unos metros antes de llegar al portal. Nos quedamos callados, sin saber qué decir.
—Lo he pasado muy bien —dijo, y me liberó de un peso que no sabía que llevaba encima.
—Pues cuando quieras, repetimos.
Su rostro adquirió una sombra de duda.
—¿Te parece bien? —preguntó.
—¿Te parece mal?
Aquella subida de hombros desenfadada, tan parecida a la de su hija, me emocionó.
—Pues entonces…
—Pues entonces.
Nos acercamos y... nos besamos.
Fue un beso que se demoró unos segundos: un largo y cálido beso en el límite de la mejilla, un beso doloroso, inacabado. Abrió la puerta y me dispuse a verla marchar; me aprendí cada paso, cada golpe de cadera, cada vaivén de sus hombros. Esperé hasta que abrió el portal, me dijo adiós con la mano y desapareció.
«¿Qué ha sido esto?».
Paisajes
El amanecer trajo consigo un cielo despejado y el sonido vibrante de la vegetación desperezándose. Cuando salí al porche de la villa, Karl me esperaba junto a una Scooter, con una sonrisa tranquila y un casco en la mano. Vestía una camiseta básica y bermudas; yo llevaba un vestido corto de tirantes sobre el trikini negro, dispuesta a exprimir el día. Antes de montar, me besó en los labios con una familiaridad que me hizo sonreír. Después me puso el casco y me ajustó la tira a la barbilla rozándome la garganta con los dedos. Protector, como todos.
Nos adentramos por carreteras secundarias que serpenteaban hacia el norte de Ubud. El aire de la mañana aún conservaba cierto frescor que chocaba agradablemente con mi piel. Apreté los brazos alrededor de su cintura y pegué el pecho a su espalda. En cada curva, el contacto físico era constante y fluido. Sentir la firmeza de sus músculos, la vibración del motor entre las piernas y el olor a piel limpia y bronceada despertaba en mí una sensualidad viva, liberada de cualquier sombra de culpa. La atracción ya no era solo un arrebato nocturno; se había transformado en una complicidad íntima, en esa misma corriente irreflexiva que te empuja a actuar sin medir las consecuencias.
Nuestra primera parada fue en las terrazas de arroz de Tegallalang. A esa hora temprana, el sol comenzaba a teñir de un verde deslumbrante los bancales escalonados que caían en cascada por la ladera. Bajamos de la moto y caminamos por los estrechos senderos de tierra húmeda. Karl me llevaba de la mano, ayudándome a cruzar los pequeños riachuelos de riego. Nos detuvimos a la sombra de un grupo de palmeras; se colocó detrás de mí, me envolvió en sus brazos, y apoyó la barbilla en mi hombro para contemplar el paisaje juntos. Sentí la presión cálida de su cuerpo, su respiración tranquila en mi nuca, y me giré despacio buscando su boca. Fue un beso largo, cargado de una impaciencia dulce, saboreando la mezcla de su piel y la humedad del entorno.
Volvimos a la moto y continuamos la ruta hacia las colinas de Tampaksiring, alejándonos del tráfico habitual. Karl conducía con destreza, disfrutaba del camino tanto como yo. De camino hacia el templo acuático de Tirta Empul, la carretera se volvió más estrecha y frondosa, flanqueada por bambúes gigantescos que formaban un túnel verde sobre nuestras cabezas. El tonteo sobre la moto se volvió provocador: mi mano descendía más allá de su estómago y él, de vez en cuando, soltaba el manillar para acariciarme el muslo, descubierto por el viento, con una posesividad que me hacía perder el aliento.
Llegamos a una cascada escondida en las inmediaciones de la aldea de Tegenungan, un rincón fuera de las rutas turísticas que Karl conocía. El agua caía sobre una poza natural rodeada de rocas oscuras y vegetación exuberante. Sin pensarlo dos veces, nos despojamos de la ropa. Nos sumergimos en la poza fresca y nadamos bajo la bruma que levantaba la caída de agua.
Allí, solos y aislados del resto del mundo, la carga sexual que flotaba entre los dos se volvió tangible. Karl me alcanzó en aguas profundas, rodeó mi cintura y me pegó a su torso desnudo. Mis piernas se enredaron instintivamente alrededor de sus caderas mientras el agua nos mecía. Nos besamos con una pasión hambrienta, mezclando el agua dulce con el sabor de nuestras bocas. Sus manos recorrieron mi espalda mojada, bajaron por la curva de mis glúteos, salvaron la lycra y se apoderaron de mi entrepierna con una violencia que me arrancó un gemido. Había una armonía perfecta en la manera en que nos deseábamos: sin exigencias oscuras, sin guiones, solo dos cuerpos respondiendo al impulso del momento.
Tardamos horas en emprender el regreso, horas en las que me sentí mujer como no me había sentido jamás. Hicimos una última parada al atardecer en un pequeño mirador que dominaba el valle de Champuhan. Nos sentamos en el suelo sobre un pareo a contemplar el cielo teñirse de tonos violetas y anaranjados. Karl se recostó a mi lado, atrajo mi cabeza hacia su pecho y entrelazamos las manos. Sentí una paz profunda que hacía años no experimentaba. La jornada en moto me había devuelto la vida; lo que estaba experimentando en Bali no era solo una vía de escape cobarde, sino el redescubrimiento de mi propia capacidad para para amar y ser amada.
Los días siguientes se diluyeron en una bruma dorada de lujo, exotismo y una entrega física absoluta. Con Karl no había tregua: era un amante inagotable, atento y voraz, y yo me descubrí dispuesta a explorarlo todo, a cruzar cualquier frontera sin el menor rastro de pudor.
Coincidimos con Ingrid y su pareja Zahra en un restaurante suspendido sobre los acantilados de Uluwatu: un santuario de bambú curvado, alumbrado por antorchas y tenue luz cálida, donde el estruendo del Océano Índico contra las rocas marcaba un pulso atronador. Entre cócteles de maracuyá, especias locales y miradas cargadas de intenciones no dichas, la tensión creció hasta volverse casi palpable.
Terminamos la noche en su villa. Jamás me había planteado vivir una experiencia así con una mujer tan fascinante mientras Karl e Ingrid se alimentaban de mi inexperiencia para excitarse. En brazos de Zahra, la culpa se evaporó. Conseguí borrar por completo los fantasmas que me habían llevado hasta allí: la sombra omnipresente de Oscar y sus lentes implacables, la frialdad muerta de mi matrimonio e incluso la pasión prohibida que me consumía por dentro. Solo existía el presente, el calor de Bali y el contacto con otra mujer como nunca lo había sentido. Pensé en Carmen; qué intolerante había sido con ella.
El último día antes de mi partida se redujo a la penumbra de la villa. No cruzamos el umbral de la habitación, nos quedamos en la cama entre sábanas desordenadas por el ritmo de una despedida que queríamos aplazar a base de caricias, sexo lento y largos silencios. Kai se quedaba en la isla. La luz de la tarde languidecía tras los ventanales y nosotros nos prometimos mantener el contacto, intercambiar direcciones, llamarnos. En el fondo ambos sabíamos que era una ficción piadosa para endulzar el final de algo que solo podía existir en aquel rincón del mundo.
Amenazas
Viernes Santo.
Pasé buena parte de la tarde ordenando la estantería del salón, haciendo hueco, tirando papeles viejos y escogiendo qué libros llevarme a mi nueva casa. Todo para olvidarme de Tarek.
La secuencia no dejaba de repetirse en mi cabeza: la atracción desmedida tras cruzarnos subiendo a las lagunas, la invitación impulsiva a casa, la mezcla adictiva de temor y deseo ante su actitud dominante y, finalmente, su espantada mientras yo estaba en el baño. Pero lo que más me escocía no era lo ridícula que me sentía por haber caído en su juego, sino el vacío en la estantería: el carrusel de porcelana y bronce que Mario me compró en París ya no estaba. El muy desgraciado se lo había llevado en un descuido, dejándome sola, con la casa en silencio y la rabia atascada en la garganta.
No quería seguir dándole vueltas, el tiempo diría si su conducta tuvo algún sentido oculto, si tendría consecuencias; entretanto, no iba a permitir que me amargase la vida.
Entre los libros de la carrera apareció un disco de vinilo que creía perdido: Procol Harum. (4) Sonreí al verlo. Me acordé de Josema; día atrás me discutía que el rock de los setenta suena infinitamente mejor en este formato. Tendré que llevarlo la próxima vez que nos veamos y oírlo juntos, solo por el gusto de darle la razón.
Al final, Josema y yo hemos empezado a quedar por nuestra cuenta, al margen de las chicas. Desde el principio hubo un pacto tácito: nada de hablar de psicología, de pacientes ni de la facultad. Bastante terapia hacemos ya cada uno en nuestro día a día. La última vez nos pasamos dos horas en una cafetería hablando de literatura y música de los setenta. Descubrir que compartimos el mismo gusto por los vinilos viejos fue como encontrar un tesoro. Me fascina su conversación; es un hombre culto, pero no ejerce de profesor, sino que escucha como si lo que digo fuera lo más importante del mundo. Su trato es tan respetuoso y limpio que, a veces, cuando me mira, olvido por completo el ruido que llevo dentro.
A las nueve, cubierta de polvo hasta las cejas y con el salón a medio recoger, dimito: necesito una ducha urgente. Mañana será otro día.
Sábado Santo.
Desciendo a un ritmo constante por la ruta de las lagunas. Es temprano, pasaré por casa a adecentarme, una duchita y bajaré al pueblo a desayunar antes de que comience a arremolinarse la gente. El zumbido del teléfono interrumpe el silencio y rompe mi zancada. Me detengo, exhausta. La cara se me descuadra al leer el nombre en la pantalla.
—¿Qué quieres?
—¿Dónde coño se ha metido tu hermana?
—¿A mí qué me cuentas?
—Acabo de llegar y no hay nadie. Ya me olía algo, lleva días sin cogerme el teléfono la muy…
—Mide lo que dices —lo corté, con la voz entrecortada por el esfuerzo y la rabia—. Se ha ido a pasar la Semana Santa fuera.
—¡Tócate los cojones! ¿Y no se le ocurre decírmelo?
—¿Le dijiste tú dónde ibas? No. Así que no me vengas con que estabas trabajando.
—Mira, tía, déjate de tocarme los huevos. Dime de una puta vez dónde está.
—Lo primero: a mí no me hables en ese tono. Lo segundo: está de viaje y, si no te lo ha dicho, será porque tiene el mismo derecho que tú a hacer lo que le dé la gana.
—¡Esta se va a enterar, por mis muertos que se entera!
—Ni se te ocurra, Daniel. Como le pongas un solo dedo encima, te hundo la vida. Te lo juro.
—No me jodas, tía. ¿Qué vas a hacer? ¿Mandarme al gilipollas de Mario? A ver si te enteras de una puta vez: está colado por tu hermana. A ti a lo mejor te da igual ser la cornuda de la familia, pero yo por ahí no paso.
—Eres un cerdo, ¿te enteras? ¡y un maltratador! —escupí, presa de rabia—. Aléjate de ella. No tienes ni idea de a lo que te estás enfrentando.
—Uy, sí, qué miedo. Dile a tu hermanita que mueva el culo y se plante en casa ya. ¿Lo has pillado?
—Ten cuidado con lo que haces.
—O qué, ¿vas a llorarle a tu maridito para que me amenace, como la última vez? Ah, no, que te ha mandado a tomar por culo, que ya me he enterado.
—Vete a la mierda.
Colgué; el corazón se me salía del pecho. ¿Cómo coño sabía que nos habíamos separado?
—Esther, llámame, tenemos un problema.
Sevilla
Llegué a Santa Justa a media mañana ligero de equipaje cargando el peso de un matrimonio desmoronado, una vida fracasada y el sabor amargo del desprecio por mi propia persona. La misión en Sevilla duraría apenas cuarenta y ocho horas: un viaje relámpago e improvisado para tantear el proyecto de fusión tras los últimos acontecimientos, asegurar la disposición de los asociados y consolidar los acuerdos existentes. Eran las peores fechas posibles, cuando todo el mundo se disponía a empezar las vacaciones si es que no las habían iniciado ya. No fue fácil convocar a los socios, que en algunos casos delegaron en cargos de segundo nivel. Me había costado estructurar el objeto de aquella convocatoria y, durante el trayecto en AVE, terminé de darle forma.
Tampoco fue fácil resolver el alojamiento en una Sevilla a tope de reservas en plena Semana Santa. Emilio tuvo que recurrir a favores personales para conseguirme algo en una ciudad atestada. Al final consiguió una suite muy por encima de mis necesidades; un favor cuyo sobrecoste me comprometí a asumir, aunque no pensaba darle uso.
Porque tras la fachada profesional, la razón verdadera de mi viaje tenía nombre propio, un nombre que sonaba a refugio: Candela.
Tras registrarme en el hotel, fui directo a su casa. Conforme me acercaba, la ilusión, extinta en mi vida desde hacía tiempo, volvía a ganar terreno.
El reencuentro comenzó con un largo abrazo para recuperar el tiempo perdido. Sentí cómo el nudo que llevaba en la garganta se aflojaba por primera vez en semanas.
—Estás más flaco, chiquillo —dijo al soltarme, examinándome con preocupación—. Vienes demacrado. Pasa para dentro, anda, que te preparo algo.
Cerré la puerta y volvimos a abrazarnos con fuerza, con hambre, con un deseo desbordado. Mis manos la buscaban con una avidez desordenada, intentando recorrerla entera sin detenerme en ningún lugar concreto; necesitaba volver a sentirla, recordar cada rincón de su piel. Ella se dejaba hacer sonriendo; lo sé porque notaba la presión de su sonrisa en la mejilla.
—Ya estoy aquí —exclamé.
Me sujetó la cara con la ilusión pintada en el rostro y me comió a besos:
—No sabes las ganas que tenía.
Nos arrastramos por el pasillo besándonos hasta caer en la cama entre risas. Nos desnudamos atropelladamente; ardía en deseos de verla. Mi mirada hambrienta la enardecía y se mostraba sin pudor ante mis ojos. Era ella y era la otra, la mujer que había perdido. Con Candela podía tenerlas a las dos, perdonarme a mí mismo y renegar del demente que hacía locuras, como maltratar a una mujer como Adela sin motivo ni razón, solo por descargar la frustración en quien no lo merecía.
Había olvidado lo intenso que era el sexo con Candela: una fuerza salvaje, libre y sin tabúes. Acostumbrada a darlo todo, conmigo aportaba, además, las emociones que se guardaba con sus clientes. Conmigo desplegaba el talento de la puta y la ternura de la mujer. Y yo, con ella, volvía a ser el que siempre había sido hasta que destruí todo lo que tenía. Con Candela podía volver a ser dulce, cariñoso, sensible, potente y a la vez delicado; podía hacerla llorar sin hacerla sufrir. Allí, en su lecho, volví a hacer el amor como no lo hacía desde tanto tiempo atrás.
…..
Descansaba en su regazo como un niño asustado; ella estaba reclinada en el cabecero, yo me había refugiado en su pecho, protegido por sus brazos. Era lo más parecido a la felicidad que había perdido.
—Esta tarde tengo una reunión, luego os recojo a ti y a la niña y vamos…
—Tengo que trabajar, volveré a la hora de cenar.
—Cancélalo, yo te lo pago.
—No puedo perder un cliente, Mario, ¿no lo entiendes? ¿Qué hago una vez que te vayas? Es un contacto de un antiguo conocido de Toni; me lo presentó cuando cerró el Penta. Se porta muy bien conmigo, me trae clientes serios, como este, no da problemas y paga bien. No puedo fallarle.
—¿Otro proxeneta como Diego? Perdona, no tengo derecho a inmiscuirme en tu vida.
—No importa, olvídalo.
—Podemos cenar en casa, si no estás cansada.
—Le diré a Toni que se lleve a Patri a dormir a su casa, ¿te parece?
Entonces sonó la puerta. Candela saltó de la cama de un brinco.
—¡Joder, la niña! ¿Qué hora es?
Se vistió en un suspiro y salió disparada hacia el recibidor. Terminé de ponerme los pantalones a toda prisa y salí detrás de ella. La voz de Patri al otro lado me alegró el corazón; en cuanto me vio aparecer, la niña corrió hacia mí con los brazos abiertos y la levanté en el aire.
Candela se quedó a un lado, mirándonos, Toni no disimuló un gesto de desagrado.
—Mirá quién vino. El doctor —dijo, arrastrando cada palabra con un sarcasmo al que preferí no contestar.
En el pequeño piso, la cotidianeidad seguía un ritmo sencillo. Patri se instaló en el salón a pintar, las dos mujeres comenzaron a preparar la comida y yo me entretuve con la niña. Candela se asomaba a ver la estampa que ofrecíamos dibujando juntos. En una de esas, me trajo un vaso de vino y unas olivas y me dio un beso rápido. Estaba feliz.
Comimos entre charlas e historias que Patri contaba del cole, soportando la mirada glacial de Toni a quien mi presencia le rompía la armonía de aquel hogar. Para ella, Carmen y yo solo éramos dos señores de clase alta jugando al sexo sucio que pagábamos con caridad; un capricho pasajero del que terminaríamos aburriéndonos, como tantas veces les ocurre a las mujeres de la calle. La tensión sexual contenida que flotaba entre nosotros le resultaba irritante; al terminar de recoger la mesa, la argentina se quedó en la cocina y Patri siguió en el salón jugando mientras nosotros nos perdimos buscando encontrarnos, tocarnos, reconocernos y olernos tras una separación que se nos había hecho eterna.
Volvimos al salón; no podíamos desatender a la pequeña y nos pusimos al día. Cada uno maquilló su realidad para no preocupar al otro. Qué absurdo, como si no fuéramos capaces de leer en nuestros rostros las huellas de lo que callábamos.
De pronto, Toni atravesó el salón con una pila de ropa limpia. Pasó junto a nosotros y, con una frialdad cortante, dejó caer al aire:
—Si van a franelear en el sillón, por lo menos junen que la piba no se avive. No le llenen el mate con cuentos de hadas que después no existen. (5)
Desapareció por el pasillo dando un portazo en el dormitorio al fondo.
—Qué dura es contigo… —murmuré cuando el eco del golpe se apagó.
—No se lo tengas en cuenta, intenta protegerme a su manera. Piensa que me vas a romper el corazón.
La conversación no tardó en derivar hacia mi exmujer. Candela volvió a manifestar su gratitud por el «fondo de resistencia» con el que seguía auxiliándolas en secreto desde que cerraron el club. Me removió por dentro una mezcla agridulce de pudor y humillación: me dolía que Carmen la ayudara a espaldas mías, pero al mismo tiempo comprendía la nobleza de esa red entre mujeres.
…..
Regresé de la reunión al caer la tarde. Candela todavía no había vuelto. Patri jugaba tranquila en su cuarto, sumergida en sus dibujos, y me quedé a solas con Toni.
—Sigues sin fiarte de mí, ¿verdad?
Toni apoyó la espalda contra la pared, cruzó los brazos y me clavó una mirada que pesaba como una losa.
—Me hacen ruido las intenciones de la gente cuando juega a los salvadores —dijo con la franqueza tajante de quien ha visto demasiado—. Carmen manda guita. Vos venís a buscar un hombro donde llorar porque se te complicó la vida en el norte. ¿Qué pasa cuando se cansen? No jueguen con la niña ni con Candela. Para ustedes esto es una aventura; para ellas es la vida real.
Apreté los labios. Quise defenderme, explicar el dolor de la separación, el vacío insoportable que me carcomía por dentro, pero recordé la historia de Toni: la pérdida desgarradora de su hija en los ochenta, las cicatrices indelebles, el dolor infligido por hombres que prometieron sacarla del fango para luego evaporarse. Su resentimiento no era un capricho, era una coraza forjada a golpes.
—No he venido a jugar, Toni —respondí con voz baja, pero firme—. Sé lo que siento por Candela. Y sé el respeto que merece.
—Entonces demostralo quedándote che, no haciendo la visita del médico —sentenció con una mueca amarga antes de darse la vuelta y retirarse al pasillo.
Al cabo de un rato, el chasquido metálico de la llave en la cerradura rompió el silencio. Candela entró en la casa; verla cruzar el umbral me provocó una sacudida visceral. En un segundo, reapareció la memoria intacta de las noches pasadas sentado en una mesa del Penta, cuando la veía marcharse del brazo de un cliente y me quedaba esperándola frente a un vaso de whisky, masticando la rabia y el deseo mientras la imaginaba en la cama de un hotelucho con un desconocido, vendiendo su cuerpo por un precio miserable. La imagen de la mujer entregada al mejor postor, lejos de apagarme, me excitaba con un morbo oscuro y sobrecogedor, superior a cualquier otro. Y ahora, al verla entrar, me ocurrió exactamente lo mismo. Traía consigo el olor de otro hombre, el sudor de otro cuerpo, restos del combate entre las piernas, besos todavía frescos sobre la carne. La certeza de su sumisión pagada desató en mí una excitación irracional.
Con una mirada nos lo dijimos todo sin articular una sola palabra.
—Voy a la habitación a desnudarme.
Dejó caer la frase con una ligereza estudiada, como si no fuera consciente de la brutal provocación que encerraba.
La perdí mientras se adentraba en el pasillo.
—¿Qué hacemos por fin esta noche? —pregunté desde el salón, intentando disimular el deseo que amenazaba con traicionarme.
—Estoy cansada, Mario... —adujo desde el interior del dormitorio, con una voz tibia que sonaba a excusa y a invitación al mismo tiempo.
Toni, que observaba la escena desde el quicio de la cocina, descifró al instante la red de gestos y frases veladas que acababa de suceder. Sin decir una palabra, caminó hacia la habitación de la niña.
—Patri, nos rajamos para mi casa. Dormís conmigo —anunció con voz afectuosa.
Antes de cruzar el umbral, Toni se giró. No mostraba desprecio sino el gesto grave de quien conoce demasiado bien los peligros del fuego y busca proteger a los suyos.
…..
El silencio en el piso de Candela tenía una paz acogedora, lejos de la frialdad del hotel. Sin el correteo ni los murmullos de Patri, la alcoba se sentía tranquila y acogedora, solo se escuchaba el leve sonido del colchón y el tráfico lejano de la ciudad.
Continuaba a su lado, apoyado sobre un codo, estudiándola a la luz tenue de la lámpara de la mesilla. Con el tiempo, las diferencias entre ambas se habían vuelto evidentes. Candela tenía los rasgos menos delicados que Carmen, en la comisura de la boca y bajo los ojos se adivinaban las marcas sutiles del cansancio acumulado. Sus pechos dejaban al tacto una sensación más blanda, su vientre no resistía la presión como el de mi exmujer y el aroma de su piel era distinto.
Sin embargo, ahí seguía la ilusión. Cuando Candela se giraba despacio, movía la cabeza haciendo bailar su negra melena o elevaba una ceja con un descaro coqueto, Carmen la poseía de nuevo. Era la misma indolencia, la misma figura flexible, la misma manera de adueñarse del espacio.
—Da gusto estar así, tan tranquilos… —murmuró, rompiendo el silencio con su voz dulce y rasgada. Me acarició el antebrazo con la punta de los dedos—. Menos mal que Toni se ha portado. Patri la adora, y a mí me da la vida poder descansar una noche entera sin estar con un ojo abierto.
Me llenó de ternura, cubrí su mano con la mía y entrelacé los dedos.
—Te lo mereces. Llevas mucho encima.
—Bueno, voy tirando como puedo… —admitió sin rastro de amargura—. Cuando cerraron el Penta, se me vino el mundo encima, de no ser por Carmen no sé qué habría hecho. Es un ángel. Sabe lo difícil que lo tengo con la niña y no me ha dejado de la mano; no solo me ayuda en lo económico, está ahí siempre. Tener una amiga así es un regalo.
La escuchaba en silencio, sintiendo cómo se disipaba cualquier tensión. La miraba y, aunque mis manos me recordaban que no era quien yo añoraba, la calidez de Candela y la lealtad que las unía creaban una complicidad profunda. En ese cuerpo que se le parecía tanto, encontraba la compañía y la serenidad que no lograba ordenar en mi propia cabeza.
—Carmen te aprecia muchísimo —dije en voz baja, acariciándole el hombro—. Me habla de ti con un respeto enorme.
—Y yo a ella —respondió con una ternura franca—. Por eso me alegra tanto cuando vienes. Contigo no hay gestos feos ni prisa. Me haces compañía, me tratas con un respeto que se agradece tanto… A veces olvido que esto es… que empezó como otra cosa —rectificó—; para mí eres un amigo.
Se acomodó un poco más cerca y apoyó la cabeza en mi pecho. Le rodeé la espalda aceptando la gratitud y el afecto sincero que compartíamos.
—Me gusta estar contigo —susurré, besándole la coronilla—. Nos serenamos mutuamente.
—Da un poco de vértigo saber que nada dura para siempre. Pero ¿sabes qué? Que pasen los años, que la vida nos lleve donde quiera. Todo lo que hemos sido, cada día y cada hora que llevamos a la espalda, es nuestro. Eso no hay tiempo ni distancia que lo pueda borrar.
Sentí el calor de su aliento en mi piel mientras se acurrucaba en mi costado.
—. Anda, vamos a dormir un rato… Que da gloria estar así de bien acompañada.
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A la mañana siguiente, me reuní con los asociados y ofrecí una conferencia en el salón de actos de un centro empresarial sevillano sobre las perspectivas de la fusión corporativa. Diserté con mi fluidez habitual, aunque mantenía la mente dividida entre las cifras del proyecto y los fantasmas de mi vida privada.
Al finalizar la ronda de preguntas, mientras departía con uno de los asociados y los asistentes comenzaban a dispersarse, vi a Carlos avanzar por el pasillo central. La última vez que nos habíamos visto, el encuentro terminó en un altercado violento a la salida de un restaurante: insultos cruzados, alusiones inapropiadas a Carmen y un puñetazo en el pómulo que a punto estuvo de acabar en tragedia. Tensé los hombros y adopté una postura defensiva, preparado para una nueva provocación. Sin embargo, advertí algo distinto. Carlos no mostraba la pesadez del alcohol ni la actitud provocadora de aquella otra noche; se veía sereno, parecía recuperado. Había perdido la altivez y la amargura: vestía con sobriedad y caminaba con aplomo.
—Hola, Mario —saludó, deteniéndose a una distancia prudencial; sujetaba una carpeta en una mano y mantenía la otra en el bolsillo.
—Carlos —respondí con cautela.
—No he venido a montar un espectáculo —se apresuró a decir esbozando una sonrisa amarga—. Me enteré de que estarías aquí y he querido pasar a pedirte disculpas por lo de la última vez. Estaba mal, había bebido y dije cosas horribles.
Bajé la cabeza, qué podía decirle.
—Reconozco que le hice mucho daño a Carmen. Muchísimo.
Me quedé en silencio un segundo, sorprendido por la sensatez y la moderación que mostraba. El rencor que había guardado durante meses comenzó a disiparse, dio paso a una amarga lucidez.
—Nosotros también te hicimos daño —reconocí, tras una ráfaga de recuerdos—. Sin pretenderlo, te utilizamos. Jugamos a un juego absurdo y no calculamos el alcance de lo que estábamos haciendo. Lo lamento, de verdad.
Carlos asintió despacio, encajando las palabras como quien recibe la confirmación de una vieja sospecha que ya no escuece.
—¿Y ella? —preguntó, abatido— ¿Cómo está? ¿Os... seguís viendo?
Vacilé. Mi matrimonio estaba roto, venía de un enfrentamiento definitivo y de armar las maletas, pero la dignidad o un instinto de protección hacia ese pasado compartido me impidieron mostrar la fractura. Opté por la ambigüedad.
—Sigue adelante. Ocupada en sus cosas.
Carlos procesó la respuesta. Hubo un atisbo de melancolía, el destello fugaz del hombre que un día creyó tenerlo todo y terminó sintiéndose usado y descartado.
—Dile que… —empezó a decir, pero se detuvo a mitad de la frase sacudiendo la cabeza—. Mejor no le digas nada.
—Será lo mejor —asentí.
Carlos extendió la mano derecha con firmeza. Dudé un instante y la estreché. El apretón fue breve, seco, un pacto implícito de silencio para cerrar una historia que solo había dejado heridos a su término.
—Cuídate.
—Igualmente.
Lo vi marchar. Tenía la sensación de haber cerrado una etapa, aunque sabía que al regresar me esperaba el verdadero y definitivo final.
Toni
El humo del cigarrillo cruzaba la estancia como una neblina gris e insalvable. La observé apoyada contra el marco de la cocina, con esa frialdad áspera que parecía haber aprendido a la fuerza.
—A ver, Toni, hay algo que no le puedo preguntar a Candela y necesito saber. Me dirás que no tengo derecho a…
—¿Querés saber que hace además de atender a mi amigo Gonzalo? Te lo digo como es, Mario: Candela hace la calle —soltó, dejando caer la ceniza en un plato viejo—. Es fácil. Contactos no le faltan.
—¿Qué dices? ¿Acaso no basta con lo que le manda Carmen? Pensaba que cubría de sobra…
Toni curvó los labios en una especie de sonrisa amarga cargada de una arrogancia defensiva.
—¿Y qué te pensás que va a pasar el día que se rajen?, porque ustedes no van a estar ahí siempre. Hoy están jugando a los salvadores y mañana se cansan o vuelven a Madrid, a sus vidas de psicólogos bien. Las mujeres como nosotras tenemos que saber arreglárnoslas solas. Las rachas buenas no duran para siempre.
—Pero… hacer la calle… qué… ¿qué supone?
—No te asustes, no está en una esquina con otras esperando que pasen los coches. Significa alquilar un cuarto mugriento en un piso compartido por semanas con otras chicas del Penta, poner anuncios en páginas de mierda donde nadie te pide el nombre y abrirle la puerta a señores que garpan para tirarse encima de una durante cuarenta minutos. Supone tener siempre preparado un cuento por si la policía mira más de la cuenta, llevar un spray de pimienta al fondo del bolso, lavarse deprisa en un bidet sucio mal aclarado entre cliente y cliente, y aprender a desconectar la cabeza del cuello para no sentir como te meten mano en el cuerpo que durante un rato no es tuyo. En definitiva, supone tragar el asco todos los días para traer guita en efectivo a casa y no terminar pidiendo limosna a tipos como ustedes.
Tragué saliva encajando el golpe. Discutir no me llevaría a nada.
—Me dijo que trabajaba con un amigo tuyo.
—¿Amigo…? En este negocio no hay amigos. Todos, absolutamente todos, se acercan para intentar sacar algo. Un polvo, una mamada o la guita que ganaste durante la semana.
Eso me hizo pensar.
—Y del padre de Patri, ¿qué sabes?
—Aparece, desaparece, le vacía la cartera… lo de siempre. Ahora es diferente: la interroga, pregunta de donde saca tanta guita, qué hace, con quién labura … No se cree que esté retirada. Yo se lo guardo, lo que gana y lo de Carmen, y le voy dando lo que necesita; así nos evitamos disgustos. Está nerviosa. Yo… tengo una teoría.
Le hice un gesto animándola a hablar.
—La última vez que vino no la desvalijó, estuvo demasiado amable, sonsacándole… Y esta, que es tonta, se dejó engatusar; sigue metejoneada con él, aunque lo niegue. Incluso se la llevó una noche «para pasarla con unos amigos», dijo; pero yo les vi la pinta, y vi cómo volvió. Y de amigos, nada. Creo que Diego está metido en este bardo.
—¿Qué crees que quiere?
—Mejor pregunta qué quiere Diego de ella.
Había algo pesado en el ambiente, una tensión sorda que Toni intentaba camuflar tras el humo.
—Toni… ¿ha pasado algo con Diego?
Toni desvió la mirada hacia la ventana. Ese simple gesto me puso en alerta.
—¿Os ha molestado? Dime la verdad. ¿Ha vuelto a buscaros?
—Él no… —murmuró, apretando la mandíbula—. Su perro.
—¿Curro? ¿el matón del Penta?
—El mismo. Me encaró en la calle a plena luz del día. Me dijo que Diego está montando el negocio de nuevo en otro local, está reuniendo gente y que Candela tiene cuentas pendientes con él. Me dijo que se lo transmitiera… como un aviso.
Toni apagó el cigarrillo contra el plato y me miró a los ojos sin rastro de arrogancia, solo con una sombra de vértigo.
—Candela no quiere que te lo cuente… pero está asustada, Mario, muy asustada.
Me ardió la sangre. Salí de la casa con el pulso acelerado y los dedos buscando en la agenda del teléfono. Todavía conservaba aquel número. Marqué sin dudar. Al tercer tono reconocí la voz rasposa que me revolvió las tripas.
—Hombre, Mario... Cuánto tiempo —escupió una risilla seca, cargada de esa guasa que tanto detestaba.
—Diego. Tenemos que hablar. Ahora.
—Quieres hablar. Nos vemos en el polígono Calonge, al fondo de la calle Aviación hay un bar, lo verás enseguida. Diez minutos.
—Ni de coña. O nos vemos en mi terreno o no hay trato. Tú decides.
Quedamos en una cafetería discreta de la Plaza del Duque, en pleno centro de Sevilla. Un lugar público, lleno de luz y familias paseando, el último sitio donde Diego jugaría a ser un matón. No tardó ni cinco segundos en buscar la provocación.
—Mira quién está aquí, el marido comprensivo—se mofó, echándose hacia atrás—. ¿Te enteraste de lo de los árabes? Qué pena, Mario… Un negocio cojonudo que se fue a tomar por culo. La tenía vendida a un precio alucinante. Se encapricharon, si no, no me lo explico. Lo entiendo, la tía está de muerte, la mires por donde la mires no tiene desperdicio. Te perdiste una buena tajada, tío.
Apreté los puños bajo la mesa. Me contuve porque entrar al trapo era perder.
—Deja en paz a Candela —dije con un hilo de voz.
Diego regresó de algún rincón de su retorcida mente donde sin duda estaba recreando el cuerpo de mi mujer y a saber qué más. Me miró sin ocultar el desprecio que sentía por mí, el hombre con el que había compartido las ganancias obtenidas vendiendo a su propia esposa en la barra del Penta.
¿Por qué no lo evité? Todo ocurrió antes de Navidades, cuando aún podía haber frenado la espiral que se desencadenó después.
…..
«A las once franqueé la entrada del Penta, ocupé la misma mesa, la camarera se acercó. Whisky solo con hielo.
—Buenas noches, doctor, pensé que te habrías ido.
—Tenía un asunto pendiente.
—¿Ese asunto, si no es indiscreción, está relacionado con Candela?
Tomó asiento a mi izquierda. Vi pasar a una exuberante pelirroja hacia la barra que me hizo perder el hilo de la conversación.
—No la conoces, no te esfuerces. La cuatro ha estado fuera una temporada. ¿Te lo he dicho?, todas mis chicas están marcadas y numeradas, lo llevan tatuado en el lomo en números romanos. Candela es la siete: uve, palito, palito.
—Conozco la numeración romana.
—No lo dudaba de un hombre tan culto. Estás enganchado a la siete, se nota a la legua; no me preocupa, al contrario, mis mejores clientes son los que se encaprichan de alguna de mis chicas. Lo que me gusta menos es que vayas por libre, ¿lo pillas?, llegas y encima de que te invito, te la llevas todo un día y yo, comiéndome los mocos. No es justo, Mario, no está bien.
No pude evitar un gesto de desagrado.
—¿Cómo has dicho?
—Comiéndome los mocos. Toda una jornada en blanco porque a la señora le sale del coño tomarse el día libre.
—Pagué una botella de champán, si no recuerdo mal, a las copas invitaste. Por lo que sé, tenía derecho a tomarse el día. Lo que haga en su tiempo libre no es cosa tuya.
—A menos que me levante un cliente.
—Yo no soy tu cliente.
—No me jodas, ¿vamos a entendernos o la vamos a liar?
—De acuerdo, ¿qué quieres?
—Que nos llevemos bien. Yo tengo algo que te interesa y tú tienes algo que me interesa. Hablemos claro: Tu mujer me contó al detalle vuestra historia: la aventura que os trajo a Sevilla, tus ganas de verla montándoselo con otro tío, el rollo con el italiano y sobre todo la obsesión que tenéis los dos con la prostitución. Lleva un año de rodaje con un empresario que le está enseñando el oficio. Se nota, está poco trabajada, pero se maneja con soltura, la suficiente para venir a mi territorio a llevarse un cliente por toda la cara. Volvió para disculparse, a salvarle el culo a Candela, decía; en realidad vino a venderse. Joder, qué bien lo hizo, pocas veces me fallan las piernas durante una mamada, qué bestia. Le propuse trabajar por la noche, la tuve que convencer a mi manera, mano dura y caricias a partes iguales, es infalible, las deja suaves como un guante, así me enteré de quién es, dónde vivís y todo lo demás. Tenía que verla en acción antes de soltarla en la cancha, comprenderás que me juego el prestigio. No me defraudó, es buena en la cama, muy buena; lo de la cama es un decir, lo hicimos sobre el escritorio.
—Es suficiente.
—Muy buena, sí señor, llamé a Curro para que le diera un repaso a ver cómo reaccionaba, Curro es muy heavy y la tía aguantó sin rechistar; es lo que te digo, tiene madera.
—¡Ya está bien, estás hablando de mí mujer!
—¿Qué cojones haces?, siéntate. ¿A qué vienes ahora haciéndote el ofendido? Carmen está cumpliendo el sueño de vuestra vida, joder, deberías estarme agradecido, esa noche se estrenó de puta en la barra del bar, como Candela, y te juro por mis muertos que lo hizo de sobresaliente.
Me dejé caer en la silla.
—Te digo una cosa: lo del empresario ese para el que trabaja se le ha quedado pequeño, Carmen está en otra onda y como no espabiles, vuela.
Puede que tuviera razón, Tomás le había abierto un mundo en el que la prostitución es un servicio ofrecido por escorts de alto standing en entornos de lujo a clientes de cierta posición. De alguna manera seguía en su ambiente. El Penta la arrojaba al barro y una vez probado, Carmen se sintió fascinada por el territorio sórdido en el que se movía Candela. ¿Y después? ¿qué sería lo siguiente?
—…luego pasó lo de las bofetadas, no tuve más remedio, intentó dar coces, eso no se lo aguanto a nadie y menos a una mujer; un par de hostias bien dadas y mansa como un corderito. Todo porque se negaba a dejarse poner la puta marca. Lo dicho, dos meneos y asunto resuelto. Me faltaba intentar una cosa, quería verlas juntas, se parecen un huevo, pensé que podía sacarle partido, las gemelas se cotizan; las probé con un tipo y funcionó, se entienden bien, encima tu mujer baila de la hostia, el pack completo. Hablando de entenderse, esa noche hicieron algún servicio juntas, da mucho morbo ver a un par de tías montándoselo, ¿verdad? ¿eh?
—Sí. —balbuceé abrumado por tanta información. «Es lo único que me falta por verle hacer», pensé.
—Hombre, si quieres verla comiéndose un coño, puedo arreglarlo, déjalo de mi mano.
Mierda, había revelado mi más profundo deseo sin ser consciente.
—No te metas, es cosa mía.
—Tú mismo, aunque si crees que lo has visto todo es que estás muy verde, ni te imaginas lo que llega a hacer una mujer en esta profesión, pregúntaselo a Candela, o mejor todavía, a la argentina que le cuida la niña, esa sí ha tragado sapos por no hacerme caso. Menuda jaca, daba mucho juego, las argentinas funcionan muy bien con su acento meloso. Volverá, no se vive igual trabajando por libre. En cualquier caso, es cosa vuestra, si a tu mujer le da morbo hacer la carrera a espaldas de su otra vida y a ti te pone saberlo no tengo nada que decir, yo pongo el local, la puta a la que te has enganchado y los tíos para que tu mujer satisfaga su vicio; ha funcionado bien una vez sin ponernos de acuerdo, imagínate como nos puede ir de ahora en adelante.
—¿A dónde quieres llegar?
—Tu mujer vale para esto, es, con diferencia, la mejor hembra que ha pasado por el local, además de un cuerpo de escándalo, tiene clase, puede darle un vuelco al negocio; todavía me preguntan, ¿cuándo vuelve la madrileña? Carmen puede ser el buque insignia del Penta, no digo que os vengáis a vivir a Sevilla, es mucho pedir, pero en cuanto pase por aquí, que te digo yo, dos o tres veces cada quince días, para empezar, y se corra la voz nos hacemos de oro. Los tres, no me olvido de ti, a la siete le podemos sacar mucho más jugo si se la educa, para eso tienes mano. Trabájatela, haz una segunda Carmen, eres psicólogo, coño. Encima, estás colado por ella, reconócelo. Carta blanca, lo que quieras, olvídate de pagar sus servicios.
No podía creer lo que estaba escuchando. Y siguió, estaba embalado.
—Le advertí que todas mis chicas llevan mi marca, no había tiempo, lástima, por eso se la hicieron con henna, ¿la llegaste a ver?
—La vi.
—¿Seguro? ¿Sabes quién es tu mujer cuando entra por esa puerta?
—La nueve.
—Bien, nos vamos entendiendo, porque en tu casa será la señora Suárez.
—Rojas; utiliza su apellido de soltera.
—Me la suda, como si se quiere hacer llamar Cher o Halle Berry, en tu casa será la señora Rojas, en mi casa es la nueve. ¿estamos de acuerdo?
—Si ella lo está, yo no tengo nada que decir.
—Haces bien en llevarla con la correa suelta, para tirar siempre hay tiempo. De lo otro me ocupo yo.
—¿De qué estás hablando?
—Del tatuaje, no te mosquees. El trato es este: dispones de la siete a tu antojo, sin restricciones, barra libre. A cambio quiero a la nueve dispuesta a trabajar, encárgate, eso incluye la marca de la casa, esta vez sin pijotadas, ya me arreglo yo para quitarle la tontería.
—¿A base de hostias?
—Lo dices por las bofetadas; ya te lo he dicho, se puso farruca y tuve que bajarle los humos, tenías que haber visto la cara que puso, no se le cayeron las bragas de gusto porque las había perdido. Prueba alguna vez a cruzarle la cara, le va la marcha, pero con decisión, que no te vea titubear.
Cruzarle la cara… Recordé que no me hizo falta romperle la cara para ejercer violencia sobre ella.
—Qué pasa, ¿te has quedado dándole vueltas? No te lo pienses, hazme caso, a todas les gusta que las den una hostia de vez en cuando.
Recobré la atención, en mi cabeza seguía oyendo el trato, «…dispones de la siete a tu antojo, sin restricciones, barra libre. A cambio quiero a la nueve dispuesta a trabajar, encárgate, eso incluye la marca de la casa».
—Hablas de ellas como si su opinión no contara.
—Porque no cuenta. La siete hace lo que yo diga, se saca un buen jornal, la trato bien, no tiene queja. En cuanto a la nueve, te voy a ser franco: se pondrá cachonda cuando se entere del trato. Va a ganar una pasta por follar, es lo que más le gusta después de mamar pollas como una campeona.
—Carmen no hace esto por dinero.
—En eso te equivocas, el precio por abrirse de piernas le importa tanto como su salario de doctora, por mucho que sea. El patrón oro se le queda chico, te lo digo yo que de putas entiendo un huevo. Las hay, como la siete, que follan por necesidad, para sacar adelante a su hija; puta mierda de vida. Luego están las otras, las viciosas como esa de ahí, la pelirroja, o tu mujer que lo hace porque le tiembla el coño de solo pensar que va a chupar una polla nueva y se la va a tirar un desconocido. Guapo, feo, gordo, flaco, le da igual con tal de ponerse debajo a cuatro patas. No dices nada, ¿eh? A tu mujer le pone cobrar un dinero que no necesita por follar; ese dinero la calienta más que un cipote metido en el culo, si lo sabré yo.
Cerré la boca, qué podía decir si no había argumento para rebatir la jodida realidad.
—Venga —apretó para terminar de convencerme—, es mi última oferta: los días que tu mujer trabaje en el Penta te pagaré un porcentaje de lo que saque con la siete y con ella, tengo que hacer números, pero saldrás satisfecho y con ganas de repetir, fíate. Ya lo sé —dijo anticipándose—, a ti el dinero tampoco te importa. Verás lo que pasa cuando tengas en las manos los primeros billetes por vender a tu mujer. Lo he visto en otros, es tan adictivo como la heroína.
«Tu mujer, tu mujer», repetía machaconamente sabiendo el efecto que provocaba. Me levanté de la mesa, no podía soportar tanta presión.
—Tengo que pensarlo.
—Por supuesto, consúltalo con la almohada. Y cuéntaselo a tu mujer.» (6)
No tardó en llegar el día en que aquel maldito acuerdo quedó consumado. Con los primeros billetes, fruto del trabajo de Carmen en las manos, comprendí que Diego tenía razón: había algo adictivo en ganar dinero por vender a mi mujer. Sobre todo, si estaba ella presente cuando cobraba mi parte de las ganancias.
«Leandro, el ganadero, tenía el pantalón desabrochado exhibía una mata canosa en la que apenas destacaba una desinflada polla, Carmen la acariciaba entre los dedos, más por mantenerlo contento que por intentar revivirla, tenia la mano cubierta de baba y grumos blancuzcos, lo cual no parecía importarle; reía sus gracias, le dejaba jugar con los aros, aunque tuvo que pedirle varias veces cuidado porque se empeñaba en estirar los pezones tirando de ellos; era un bruto, no estaba acostumbrado a tratar a mujeres de su talla. Candela, sentada a la izquierda, intentaba atraer su atención, pero no lo conseguía, acaso alguna caricia perdida. Fue Diego quien puso fin al magreo, las chicas se despidieron entre besos, dejándose tocar, riendo sus obscenidades; salieron del despacho desnudas, sudadas por el contacto con el ganadero, era sorprendente la falta de pudor a cruzarse con el personal del pub. Entretanto, Diego y su cliente arreglaron cuentas, me asombró la cifra que pagó por una mamada y un polvo rápido además del numerito entre ellas; sabía lo que cobraban las putas en el Penta (porque yo mismo lo había pagado) y aquello multiplicaba por mucho la tarifa habitual. Leonardo se despidió con la promesa de volver al mes siguiente.
—Lo has oído, a finales de Marzo la quiero aquí. —me dijo mi socio.
—No hay problema. —fue lo único que se me ocurrió decir.
Diego dividió los billetes en tres partes y se guardó una en el bolsillo trasero del pantalón, las chicas volvieron hablando entre ellas, parecían contentas. Pusieron los plugs sobre el escritorio. Diego, el muy cerdo, los olfateó.
—Así me gusta, limpios como una patena. “Venir, acercaros”.
Ellas apretaron el paso moviendo las tetas al ritmo del trote. Candela esperó a un lado.
—Toma, lo tuyo. —A ojo calculé sobre las ochenta o cien mil pesetas, Carmen le interrogó con la mirada. Ahora te cuento, le dijo él. A continuación me ofreció el resto, cincuenta mil. Para Carmen era la primera vez que me veía ganar dinero a costa de vender su cuerpo, por un instante volvió a ser la mujer que el despecho había desterrado y pudimos compartir la profunda emoción del momento. Diego agitó los billetes para hacerme reaccionar, un arrebato de estupor y morbo me tenía paralizado. La miré con el dinero en la mano, habíamos dado un nuevo paso; atrás quedaba una parte de lo que fuimos. Tan fugaz como apareció, la conexión entre nosotros se desvaneció y el frío volvió a empañar su rostro. Por último, Diego sacó uno de cinco mil y se lo dio a Candela.
—Toma, para la niña.
No tenía ningún sentido, ni la forma de hacer el trabajo en un despacho delante de un extraño ni el precio por algo que esa misma noche le habría costado mucho menos. Diego se echó a reír.
—Qué pasa, te has quedado “pasmao”.
—No lo entiendo, este…
—Leonardo.
—Ha pagado una barbaridad por lo que, dentro de un par de horas, se va a pagar mucho menos.
—No te has enterado de nada. ¿Crees que ha pagado este pastizal por un polvo y una mamada? Tu mujer es la hostia, pero no vale tanto. Esto ha sido una cata; hemos cerrado… ¡Nueve, ven aquí!
Dejó la conversación con Candela y se apresuró a acudir, el chulo le acarició una teta y le pasó el pulgar por el pezón tres veces, una en vertical y dos en horizontal, de izquierda a derecha, un código que le había visto hacer antes y a las dos parecía gustarle a la vista de cómo reaccionaban. Una seña de pertenencia, pensé.
—El sábado te vas con Leonardo, viene a recogerte a las ocho.
—¿A dónde vamos?
—¡Yo qué sé!, a un hotel, supongo, donde le salga de los cojones, ha pagado una pasta por pasar la noche contigo, como si le da por llevarte a la luna. Ya puedes lucirte.
Y yo, callado viendo como perdía a mi mujer y pasaba a ser la puta más rentable del burdel de Diego. La enlazó por la cintura, ella se dejó hacer sonriente.
—¿Por qué te crees que quería traerla a trabajar a toda costa? —la besó cerca del oído y ella ofreció el cuello—, te dije que iba a ser el buque insignia del Penta, ya lo has visto, nos va a hacer de oro, esta chica es una mina, solo hay que saber venderla y para eso estoy yo.» (7)
Podía haberlo evitado. Debería haberlo evitado. Aún estaba a tiempo de proteger a Candela.
—¿Me has oído? Déjala en paz.
—Sigues encoñado con esa zorra, ¿eh? Vamos a hacer una cosa: te la cambio por la nueve. Me olvido de la putada que me hizo; sí, la perdono. Tú me la das, sin condiciones, yo te doy a la siete y todos salimos ganando. ¿Hay trato?
—No te lo voy a repetir: aléjate de ella o te juro que lo vas a lamentar. Lo del Penta te va a parecer una broma si le cuento a quien le interesa que has vuelto a las andadas.
El rostro de Diego cambió al instante. La chulería se transformó en una mueca amenazante.
—Conque estuviste metido en lo del cierre del club —siseó, inclinándose sobre la mesa—. Serás cabrón.
—No —respondí, sosteniéndole el envite sin pestañear—. Pero sé quién lo hizo y por qué. No me toques los cojones.
Soltó una carcajada breve y volvió a mostrar la misma expresión oscura.
—Un cornudo no va a decirme lo que tengo que hacer.
—¿Necesitas que te den un recado para entenderlo? —repliqué con la voz extrañamente tranquila. No me reconocía en ese matón que interpretaba. ¿Me creería él?
Se levantó despacio. La tensión pareció cortar el aire. Sin decir una sola palabra, dio media vuelta y caminó hacia la salida.
El corazón me iba a estallar en cualquier momento. No sabía lo que me podía esperar en cuanto pusiera un pie en la calle.
El final de un sueño
Cuando el avión despegó del aeropuerto de Denpasar dejando atrás las luces diseminadas de Bali, caí en un sopor profundo. El vuelo de regreso transcurrió en una suerte de paréntesis intemporal, interrumpido apenas por el murmullo monótono de los motores y el parpadeo tenue de las luces en la cabina.
A medida que el aparato devoraba miles de kilómetros sobre el mapa, la placentera anestesia que había vivido en la isla comenzó a disiparse. A cada hora que ganábamos hacia el oeste, la realidad reclamaba su espacio y la mujer libre, deseada y audaz que había florecido junto a Karl se replegaba de nuevo.
El toque brusco de las ruedas sobre la pista de Barajas me devolvió de golpe a la tierra. Se había acabado el paréntesis.
Recoger el equipaje en la cinta de la terminal fue un mero trámite; el verdadero equipaje, compuesto por un nudo ciego de secretos, culpa y piel encendida, me acompañaba por dentro. Al cruzar las puertas automáticas, el frío seco de la meseta me azotó la cara llevándose los últimos vestigios del vapor tropical.
El paisaje urbano discurría al otro lado de la ventanilla del taxi mientras un nudo insoportable comenzaba a estrangularme la garganta. ¿Qué problema anunciaba el mensaje de Carmen? Un mal presagio me oprimía el pecho, una corazonada me decía que algo grave había estallado durante mis días de desconexión. ¿Qué me encontraría al cruzar el umbral de casa?
Por otro lado, la idea de encarar a mi hermana, la única persona capaz de leerme por dentro, me resultaba insufrible. ¿Bastaría con aguantarle la mirada para mantener el secreto a salvo, o la tormenta ya se había desencadenado sin que yo lo supiera?
Aún estaba a tiempo de llamarla.
El duelo de Mario
Mario no lloró el día que Carmen se fue. Ni siquiera cuando cerró la puerta del piso con las cajas ya en el ascensor. Se quedó de pie en el salón, mirando las marcas en la pared donde habían estado los cuadros que se llevó, y sintió un vacío extraño, como si le hubieran extraído un órgano sin anestesia pero sin dolor inmediato. Pensó: «Ya está». Y se sirvió un whisky que bebió de pie, junto a la ventana, viendo cómo la vida seguía girando.
Los primeros días los dedicó a borrar huellas. Cambió la distribución de los muebles, cambió las sábanas por otras que no olían a su suavizante, cambió, cambió… Se dijo que así sería más fácil. Trabajó hasta tarde, salió con amigos, aceptó todas las invitaciones a cenas y copas. Hablaba de la separación con una naturalidad que sorprendía incluso a quienes lo conocían bien: «Son cosas que pasan», «Mejor, así nos ahorramos seguir fingiendo». Sonreía, bromeaba, contaba anécdotas graciosas de los últimos meses juntos. Nadie se atrevía a profundizar.
Pero por las noches, cuando alguna vez volvía y el piso se quedaba en silencio absoluto, el duelo lo alcanzaba de sopetón. Se sentaba en el sofá —el mismo sofá donde habían visto tantas series abrazados— y sentía un nudo en la garganta que el alcohol no lograba deshacer. No era solo echarla de menos, era echar de menos la versión de sí mismo que existía cuando estaba con ella. El Mario paciente que preparaba desayunos los domingos, el que planeaba viajes, el que se ilusionaba con proyectos de futuro. Ese hombre parecía haberse ido con ella, y lo que quedaba era un tipo más duro, más cínico, más solo de lo que estaba dispuesto a reconocer.
La rabia llegó después en oleadas impredecibles. Rabia contra Carmen por haber tomado la decisión final, rabia contra él por haber hecho caso a Tomás, rabia por haber provocado la ruptura, rabia por el tiempo que habían perdido intentando arreglar algo que quizá nunca estuvo del todo bien. En esos momentos, conducía demasiado rápido por la M-30, ponía música a todo volumen o descargaba la furia en el gimnasio hasta que los músculos le temblaban. Pero la rabia también se agotaba, y entonces venía la culpa: por las discusiones que había ganado a costa de herirla, por las noches en que llegó tarde sin dar explicaciones, por haber dado por sentado que ella siempre estaría ahí.
Lo peor eran los recuerdos buenos, esos que aparecían sin avisar y dolían más que los malos. El olor de su perfume cuando encontraba una prenda olvidada en un cajón. La forma exacta en que ella pronunciaba su nombre cuando estaba contenta. La risa que soltaba en el cine ante las comedias absurdas. Esos recuerdos lo dejaban sin aliento, como si alguien le apretara el pecho desde dentro. Entonces entendía que no solo había perdido a su pareja; había perdido un proyecto de vida compartida, una idea de futuro que, aunque imperfecta, era la única que tenía.
Fue en esa fase de vulnerabilidad cuando la figura de Elvira fue decisiva, su primer amor de juventud. Elvira era un salvavidas en medio del naufragio: cálida, familiar, con la complicidad de quien conoce tus defectos desde hace décadas y los acepta sin juzgar. Con ella, Mario podía reír de nuevo, hablar de banalidades sin esfuerzo, incluso planear escapadas cortas que distraían del vacío. Se convencía de que esto era el comienzo de algo nuevo, porque Elvira llenaba los huecos con su presencia constante, con sus llamadas diarias, con esa alegría reconfortante que recordaba a los viejos tiempos pero con la madurez añadida.
Sin embargo, por mucho que intentara engañarse, Elvira no llenaba el vacío. Era un parche, un consuelo temporal que calmaba la superficie pero no llegaba a la marejada de fondo. En los momentos de intimidad, cerraba los ojos y, por un instante, imaginaba el tacto de Carmen, su olor, su forma de moverse. Con Elvira todo era fácil, predecible, pero faltaba la chispa de lo construido día a día, la profundidad que surge tras años de luchas compartidas. Se sentía culpable por usarla, por fingir entusiasmo cuando en realidad era una forma de no estar solo. Y en las madrugadas, cuando Elvira dormía a su lado, el duelo por Carmen regresaba con fuerza, recordándole que algunos vacíos no se llenan con sustitutos, por muy bienintencionados que sean.
Con el tiempo, el duelo se volvió más callado, más reservado. Dejó de hablar del tema, dejó de justificar la separación. Se acostumbró a dormir en diagonal en la cama, a cocinar para uno, a ver películas sin pausarlas para comentar. Aprendió a convivir con la ausencia como quien convive con una cicatriz: ya no duele al tocarla, pero está ahí, recordando que algo importante se desgarró. Elvira seguía allí, un ancla en la tormenta, pero Mario sabía, en el fondo, que su corazón aún buscaba respuestas en el silencio que Carmen había dejado.
A veces, en medio de una reunión de trabajo o caminando por la Gran Vía, sentía una punzada breve y precisa: la conciencia de que Carmen seguía viviendo en algún lugar de la misma ciudad, sin él. Y en esos instantes comprendía que su duelo no era solo por ella, sino por haber sido feliz de verdad. Esa posibilidad se había cerrado, y aunque la vida seguía —con sus proyectos, sus viajes, sus nuevos planes, y ahora con Elvira como compañera— algo dentro de él sabía que ya no volvería a creer del todo en la versión completa de la historia que una vez se contaron.
Mario no volvió a llorar. Algunas madrugadas, cuando el insomnio lo vencía, se quedaba mirando el techo y dejaba que el vacío lo llenara todo. Después se levantaba, se duchaba con agua muy fría y salía a correr hasta que los pulmones le ardían. Así resistía. Así, poco a poco, aprendía a ser un hombre solo que alguna vez había estado acompañado.
Citas
1 Simpathy for the devil The Rolling Stones 1968
Please allow me to introduce myself
I'm a man of wealth and taste
I've been around for a long, long year
Stole many a man's soul and faith
And I was 'round when Jesus Christ
Had his moment of doubt and pain
Made damn sure that Pilate
Washed his hands and sealed his fate
Pleased to meet you
Hope you guess my name
But what's puzzling you
Is the nature of my game
I stuck around St. Petersburg
When I saw it was time for a change
Killed the Czar and his ministers
Anastasia cried in vain
I rode a tank
Held a general's rank
When the Blitzkrieg raged
And the bodies stank
2 Buenas noches, Karl! (En noruego)
3 Sabor a mí Los Panchos
4 A wither Shake of pale. Procol Harum 1966
5 Franelear: prodigarse caricias y besos. Llenar el mate: llenar la cabeza.
6 capítulo 191 El futuro nos lo dirá. Octubre 2024
7 Capítulo 200 Soledades. Julio 2025
Gracias he de reconocer que cumpliste tu palabra,me dispongo a leer y lo comento,
ResponderEliminarDe momento solo he leído el primer párrafo, y creo que estás hablando de Tomás,puede ser que me equivoque porque solo he leido dígalo así la introducción, aquí donde estoy son las 13:24 am o sea domingo en la madrugada, Así que dejaré la lectura para mejor hora
Gracias amigo por tus palabras. Una aclaración, son 71 llevados de la mejor manera que se puede. Un saludo para vos, y para MOS1 y MOS2.
ResponderEliminarEnmiendo el error, querido Torco, pero me remito a tu petición:
Eliminar«Sería un hermoso regalo para un cumpleaños muy especial, dado que es el segundo de la séptima década.»
Es decir, el setenta y dos, porque cuando vos naciste, pibe, el segundo año de tu primera década fue el dos, poooooorque…. Vos no naciste contando el año cero como el primero, boludo, tu primera década fue del uno al diez y tu última década —por el momento— ha sido del sesenta y uno al setenta.
Después de esta demostración de pedantería que espero no me tengas en cuenta, te reitero mi felicitación por tu setenta y un cumpleaños. Total, año más, año menos a estas alturas no se nos nota demasiado. O sí, depende.
Vamos por partes
ResponderEliminarLo de Adela no me lo esperaba, Mario esta encabronado desde que se ha separado y tiene una mala hostia de cuidado. Menos mal que ya sabemos que la chica lo asimiló bien y no le guarda rencor o eso es lo que dice aunque prefiere las tías por si acaso
Lo de Bali dan ganas de ir a una agencia de viajes y contratar una semana con todo pagado
Esther anda descontrolada no me extraña, entre el fotógrafo que le ha enseñado lo que se estaba perdiendo con el imbécil de Daniel y el morbo que se está tragando sola por su cuñado ha salido corriendo a despendolarse a donde nadie la conoce. Bikini de infarto, ligue sueco, primer rollo con una tía. Para empezar no está mal a ver qué se encuentra en casa con el bestia de Daniel y a ver qué le cuenta a Carmen
Lo de Amalia progresa adecuadamente como nos ponían en las notas del cole. Yo haria una quiniela a ver quien cae antes, Amalia o Esther.
Lo de Candela va por buen camino, si no fuera porque sabemos como está la historia a día de hoy vería a Mario Candela y Patri en plan familia feliz
Lo de Diego es muy chungo espero que no le haya pasado nada feo a Mario al salir de la cafetería y supongo que a Diego le terminarán dando un recado por chulo.
Y a Torco felicidades tío, te queremos.
Feliz 7n cumpleaños, querido Torco, que no me quiero meter en discusiones numerológicas, pásalo bien con tus seres queridos y cuenta con nuestro cariño.
ResponderEliminarBienvenida Esther al reino de las amazonas, espero que su hermana, cuando lo sepa, la invite a conocer el Antlayer y la introduzca en el ambiente. Lo demás, es cuestión de hablarlo, son amigas además de hermanas, lo de Oscar lo va a entender, cosas más fuertes ha vivido y le puede ayudar a digerirlo y tal vez a continuarlo. La aventura con Kai es una experiencia para compartir entre hermanas.
Y en cuanto a Mario, en esa época es agua pasada, si consigue sincerarse, igual que le ha dado vía libre a Elvira, podría dársela a su hermana con todas las precauciones del mundo con respecto a la familia. Porque no se puede parar lo que es imparable, Carmen los quiere a los dos, ¿por que verlos sufrir?
Amalia es otra cosa, podría provocar un cataclismo.
Y Candela es la calma que siempre está ahí. Estoy convencida de que va a jugar un papel importante en el futuro.
Ojo con Domenico
Me tragos mis palabras con gusto como te dije ayer, a sido todo un detalle que publicaras en el cumpleaños de Torco, a sidobun bonito regalo.
ResponderEliminarQuerido Torco con 71 todavía tienes mucha guerra que dar, muchas felicidades amigo.
Bruto.
ResponderEliminarCómo lo primero es lo primero, muchas felicidades Torco, cumplas los que cumplas.
Nos has regalado el primer capítulo que sabíamos a ciencia cierta cuando se iba a publicar, has visto que nadie preguntaba.
Bruto.
ResponderEliminarQuerido Cayo, como estaba en prevengan esta mañana me he leído el capítulo, lo tengo que digerir, como siempre.
Al primer párrafo es Mario, no Tomás.
Bueno, no te voy a decir porque que ya lo sabes y aburre tanta loa. Lo que estaba esperando era a Esther, y me gusta más así el personaje, bien por ella al poner su voz.
Me he enamorado de Amalia, lo digo sin tapujos, menuda mujer.
ResponderEliminarYo respeto mucho la opinión de Lucia pero en lo de Esther y Mario creo que se eqikvoca
ResponderEliminarCarmen nunca va a apoyar que estos dos se junten lo lleva demostrando desde que olió que había algo entre ellos por eso movió la ficha de Elvira para pararlo
Sabe que si la familia se entera de que cambia a Carmen por Esther se rompe la familia y ahora que sabemos que hay algo con Amalia mucho peor. A Esther la echan.
Pero a Mario no hay quien lo pare está desbocado, lo veo follandose a la madre y a la hija, como no se centre va a montar una tragedia
Al final, la gente siempre necesita un villano al que señalar para convencerse de que ellos aún están del lado de los buenos. Lorenzo necesitaba a su joven alumna para sentirse vivo; Adela necesitaba mi desprecio para alimentar esa excitación que la avergonzaba; y Emilio… Emilio necesitaba vestirse de hombre de principios para olvidar el precio al que compraba el cuerpo de Carmen. Todos ellos jugaban a ser santos, reservándome a mí el papel del traidor, el manipulador, el cabrón retorcido.
ResponderEliminarPero yo no inventé las reglas de este juego, solo dejé de fingir que no las conocía.
Así que, si has llegado hasta aquí juzgando cada uno de mis actos con la comodidad del que se cree íntegro, muestra un poco de honestidad antes de condenarme. Mírate al espejo y pregúntate cuánta de tu virtud es real y cuánta es solo falta de oportunidad. Si me ves como al demonio de esta historia, no pasa nada: llámame por mi nombre. A fin de cuentas, la diferencia entre tú y yo no es la maldad, es que yo tuve las agallas de quitarme la máscara.
Este texto es contundente y lleva mucha verdad en el.
Bruto.
EliminarPero al decir que todo el mundo es malo y él asume que también lo es se está justificado, no te equivoques, con el todos somos unos cabrones está haciendo lo mismo, se justifica.
Menos mal que esa época pasó y ahora es muy buena gente.
Se justifica es cierto, pero también es verdad que cuando juzgamos a otras personas no tenemos en cuenta los fallos que hemos podido cometer nosotros y esa es una gran verdad y en eso se apoya Mario en este texto.
EliminarPues yo pienso exactamente igua a Lucía, el encuentro entre Esther y Mario es inevitable y cuando llegue el momento Carmen lo entenderá y le dará vía libre, eso sí, mas les vale ser discretos porque si no va a arder Troya.
ResponderEliminarLo de Amalia ya es harina de otro costal, creo que Amalia y Mario terminarán consumado también, lo veo inevitable, aunque esto puede terminar siendo un cataclismo de nivel planetario si llega a saberse.
Tomás a subestimado a Diego que es como una Hydra, le a cortado la cabeza que es el Penta, pero ya le están creciendo otras dos.
Mario a demostrado la valentía y el aplomo del que ya no tiene nada que perder.
Carmen, Esther, Amalia, Candela, Tony y finalmente Mario, todos están rotos, sabemos que en el futuro Carmen, Esther y Mario están mejor que nunca y algo me dice que Candela y Toni también lo están y siguen formando parte en la vida de nuestra pareja protagonista.
Carmen y Mario no son de los que abandonan.
La que me da pena de verdad es Elvira, Mario y Carmen han cometido errores que han llevado a la aniquilacion de su matrimonio, pero Elvira lo único que ha hecho es volver a amar al amor de juventud.
ResponderEliminarFernando se a acomodado y ve a Amalia más como una compañera de vida que como el amor de su vida, tal vez la irrupción de Mario haga ver a Fernando eso que la pareja a perdido y Amalia tanto anela.
ResponderEliminarEsther a descubierto que hay una vida mucho mejor lejos de su maltratador marido, tengo claro que va a follar con Mario, pero eso no hará cambiar la relación que tiene con el, Esther lo ve sobre todo como un hermano y creo que así seguirá siendo.
Carmen y Mario son como Odiseo, ahora los dos están perdidos en un viaje lleno de dificultades, dolor y remordimientos, pero saben perfectamente donde está su Itaca, para Mario es Carmen y para Carmen es Mario, solo espero que no tarden 10 años en llegar como el protagonista de la Odisea.
Estos últimos capítulos están siendo duros, porque estamos viendo a personas sufrir, Amalia por la separación de Carmen, porque su matrimonio ya no es lo que era y espérate porque me da que el divorcio de Esther va a ser sonado.
ResponderEliminarEsther ha vivido en una cárcel regida por un déspota con la creencia de que sólo el tiene libertad de hacer lo que le de la gana, pero Esther a despertado y a comprobado que le puede pagar con la misma moneda y disfrutar con ello, no estoy a favor de la infidelidad, pero en este caso animo a Esther a ponerle unos cuernos a su marido del tamaño de un rascacielos, se los merece por mamón.
El personaje de Toni me gusta mucho, una mujer que sabe muy bien lo que es sufrir y que defiende a su nueva familia con uñas y dientes.
Candela otra mujer que sabe muy bien lo que es sufrir y siente consuelo en los brazos de Mario aunque sabe que no durará para siempre.
Elvira, la eterna enamorada que nunca será correspondida por mucho que se esfuerce, que injusta es la vida a veces.
Por ultimo Mario y Carmen una pareja que se ama con locura, pero están comprobando que a veces el amor no es suficiente.
“ —Tengo un recuerdo hermoso de aquellos días —continuó ella, mirándome a los ojos con infinita comprensión—. De verdad, estoy muy agradecida por todo lo que me enseñaste. Me abriste los ojos, Mario... —hizo una pausa, miró a ambos lados y una chispa de picardía maliciosa iluminó su rostro— ...además de abrirme el culo, claro.”
ResponderEliminarParece ser que el recuerdo que conserva Mario es muy diferente al que tiene Adela. También cuenta después con bastante ironía que su único reproche es porque podría ser una lesbiana perfecta si no fuera porque añora sentir “algo vivo enterrado en el culo agitándose”.
Una de dos: O la experiencia vista desde los ojos de Mario está filtrada por la culpa o después de aquella primera vez tuvieron otras más productivas para Adela.
En todo caso, me alegra saber que no fue como lo pinta Mario, siempre tan dado al remordimiento.
El mundo de Mario era Carmen, junto a ella era el hombre mas feliz del mundo y eso es lo que a perdido, Elvira, Candela, Adela, Maite, va a dar igual con cuantas mujeres se acueste porque ese vació siempre seguirá ahí y Mario ya es consciente que nunca volverá a llenarlo.
ResponderEliminarPero no todo a sido para mal, ya esta experimentando en sus propias carnes las consecuencias de sus obsesiones, se a disculpado con Carlos, no a caído en la trampa de Diego, este vez no había morbo solo consecuencias y muy dolorosas.
Creo de verdad que esta experiencia va a cambiar a Mario y lo va hacer una mejor persona.
En cuanto a Carmen, sigue teniendo muy presente a Mario y este frase es buen ejemplo de ello.
Pero lo que más me escocía no era lo ridícula que me sentía por haber caído en su juego, sino el vacío en la estantería: el carrusel de porcelana y bronce que Mario me compró en París ya no estaba. El muy desgraciado se lo había llevado en un descuido, dejándome sola, con la casa en silencio y la rabia atascada en la garganta.
Carmen siempre amara a Mario y tengo claro que el carrusel volverá a esa casa, su historia con Tarek esta muy lejos de terminar.
Finalmente he leído el capítulo, me perece crudo pero real, la experiencia que vive Esther,la volvió a la realidad,que se puede ser feliz,sin estar atada un infeliz como Daniel, solo nos falta saber si Esther habla con Carmen antes de llegar a enfrentar a Daniel, y saber que hace Daniel al enterarse que viajo a Bali, lo de Amalia me parece más una fantasía, se ve el entendimiento que hay entre ellos, pero Mario sabe muy bien a qué se arriesga, no quiere hacer más pedaso a la familia, pero no descarto que en un futuro que ya es pasado tengan su que ver Amalia y Mario, también creo que entre Esther ysrip va a ver algo más que la amistad que se profesan, los dos se siente atraídos el uno por el otro, y cuentan con la separación se Carmen y Mario,solo el tiempo no dirá
ResponderEliminarRespecto a Diego,se requiere de mucho temple para hacer lo que hizo, enfrentarse a un mafioso de tal calañs, que vio en Carme un negocio muy jugos y pretendió venderla a los árabes, lo que significaría que su puta insignia dejará el penta, osea deja ir a la gallina de los huevos de oro.
Gracias a todos por sus saludos. Fue la fiesta que soñé, mis nietas, sus parejas, mi compañera. A pesar de mis enfermedades, que continúan el cerco sobre mi, puedo decir querido Nano que hoy fue un gran día y lo he aprovechado.
ResponderEliminarQuerido amigo, no eres un pedante. La calidad, como diría William A. Foster, "Nunca es un accidente, es siempre el resultado de una alta intención, un esfuerzo sincero, una dirección inteligente y una ejecución hábil".
Madre mia se me parte el alma en este capítulo, hay cosas que son completamente desgarradoras bufff he soltado mas de una lágrima. Por favor, dejad de hacer el canelo de una vez y volved a estar juntos.
ResponderEliminarUna gallega
Reconoceme Mario que ahora escribir el diario se a convertido en algo mucho más divertido y dinámico gracias a MOS1 y MOS2.
ResponderEliminarAhora a diferencia de antes puedes comparar apuntes haciendo el trabajo mucho más productivo.
En cuanto a la escritura de MOS2 puede estar tranquila según vaya escribiendo textos se irá soltando poco a poco mejorando sin que se dé cuenta, yo al empece a escribir relatos era un verdadero desastre, ahora sigo siéndolo pero con más elegancia.
Bruto.
ResponderEliminarQuerido Cayo, buen capítulo, hasta ahora no he hecho una segunda lectura que suele ser donde me empiezo a enterar de algo, soy algo torpe. Me está interesando mucho la última parte tú duelo, me parece revelador.
Y creo que tienes un para repetido, ahora no recuerdo donde, me parece que es en la segunda parte de Bali.
Bruto.
ResponderEliminarQuerido Cayo,
Sí el final del tercer acto es una pregunta que nos lanzas, creo que yo casi merecería estar en la cárcel, no voy a contar mis pecados y mis penitencias aquí, no es mí diario. Conque de demonio a demonio, estoy disfrutando mucho de como te quitas la careta.
Diego esta rehaciendo el negocio y quiere a Candela, de la conversación con Mario a sacado dos cosas en claro, una que Carmen está protegida por alguien con mucho más poder que el y la segunda que ese poder no protege a Candela.
ResponderEliminarTal vez me equivoque, pero no creo que Diego toque a Mario ya que este conoce al portador de ese poder que le a quitado el Penta.
Por suerte para Mario aunque el no le importe una mierda a Tomás Diego no conoce esa información, pero como ya he dicho si conoce que Candela esta sin proteccion.
Esta teoría que voy a soltar me la voy a cacar de la manga, pero ese pasaje que leímos donde en el verano del 2003 Carmen y Mario están de vacaciones y un tío reconoce el tatuaje de Carmen, este llama a Diego y Diego pone por la nubes a Carmen.
Mi teoría es que Carmen retomará contacto con Diego para proteger a Candela.
Tu teoría es más que probable
EliminarCarmen puede dar el paso y enfrentarse a Diego con tal de proteger a Candela
Enfrentarse o negociar
Podría ser el origen de lo que se vio tan extraño en la escena de la playa que Diego hablase de ella con tanta soltura
Si, de esta manera aquella escena cobra más sentido.
EliminarMe mosqueó mucho que en “Ten years after” no se mencionara el nombre de la protagonista ni una vez dando por supuesto que íbamos a pensar en Cati, cómo no. Esos son los juegos de manos del mago Mario que nos hace ver cosas que no son. Como hacernos creer que era él el que estaba en el despacho con Cati. Esa sí que me la creí sin sospechar. Si no fuera por estas cosas, el diario sería la mitad de entretenido.
ResponderEliminarNo me gusta el comportamiento que tiene con Adela, por mucho que ella misma lo justifique diez años después o que pensemos que está muy jodido por la separación. No es justificable y me recuerda al que acorraló a Carmen contra una pared, le arrancó la ropa y la violó o al que la sometió en la terapia de puta. Si yo fuera ella y me enterase de que Esther está por él, le contaría todas estas cosas.
Porque Esther lo ha dicho por primera vez:
“ Más allá del atractivo de Karl, comprendí que no era sólo el deseo lo que me había arrastrado a sus brazos. Tenía cuarenta, yo aún no había cumplido los treinta; esa diferencia de edad era el espejo exacto de la relación que mantenía el hombre al que amaba en secreto, una diferencia que, desde muy joven, yo había idealizado y enseguida acepté mejor que los demás. ”
Esther nunca había dicho tan alto y tan claro que ama a Mario
EliminarDice que es la primera que aceptó la diferencia de edad entre su hermana y él y también insinúa que desde siempre le pone
La conversación con Carmen va a ser tremenda
O le da vía libre o rompen definitivamente
Yo también sospeché de Mario, eso de que no saliera el no,bre de Cati en ten years after me dio que pensar y encima en el adelanto tampoco se identificaba quien hablaba
EliminarYo sospecho de Mario en cuanto abre la boca jajaja
Mario a tenido actitudes reprochables, de eso no hay ninguna duda, pero más que Carmen tendría que ser el propio Mario quien contará a Esther lo que comenta Lucía y que sea Esther quien decida si quiere arriesgarse o no.
ResponderEliminarLucia tiene razón estar drogado o sufriendo una dolorosa separación no justifica esos comportamientos de Mario.
Quiero pensar que con el tiempo Mario a conseguido corregir estos comportamientos, puesto que hoy en día su relación con Carnen y Esther no puede ser mejor.
ResponderEliminarDosoctavas tiene razón, la conversación de las dos hermanas va a ser cataclismica, no veo a Esther dando su brazo a torcer, tengo muchas ganas de leer esta conversación entre las dos hermanas, esto va a ser dos mujeres y un destino.
ResponderEliminarLo que comenta Lucia, es importante resaltar, en el párrafo donde Esther revela "Es el hombre que amaba en secreto" eso me hace creer que en algún momento han tenido sus queveres Mario y Esther. También Daniel se ha dado cuenta de que Esther está coladira con Mario.
ResponderEliminarLo he leído dos veces y tengo claro que es muy interesante la forma en que le está cambiando la vida a Esther, es su despertar fuera de la artimaña de Danil. Pero algo me hace ruido, no recuerdo en que capitulo fue que nos adelantaron la vez que estando Esther y Carmen juntas, creo cenando, se acercó uno de los clientes conocidos de Tomas, este cliente iba acompañado por un amigo, saludo a Carmen y le presento a Esther, estubieron platicando a Esther se le veía muy entusiasmada haciendo planes junto a Carmen para ir de fin de semana o de puente, la cosa es que salían divertirse ellas dos con ellos, En un momento que están solos Carmen y el amigo, Carmen le comenta que no puede pasearse así como así de l brazo de alguien que no es su marido y en lugares donde fácilmente puede ser reconocida,.
a lo que quiero llegar, dan a entender que Esther está recion divorciada, y no se menciona nada de lo que pasó con Óscar ni con kay, osea, creo que Esther no le había contado a Carmen nada, o eso nos dan a entender en ese fragmento de los adelanto que nos pone Mario
Es en el blog alternativo en septiembre de 2025 hay un relato “La transformación de Esther”
EliminarYo creo que Esther no se confía a su hermana y se guarda el secreto.
EliminarEse fragmento se encuentra en el blog alternativo, por si alguien quiere echarle un vistazo.
ResponderEliminarEse como se llama?
EliminarPoned en enlace por favor, o es donde estan lobos y gacelas? Digo para situarme
EliminarLa transformación de Esther, en el mismo blog que lobos y gacelas.
EliminarCarmen cuando se siente defraudada, enfadada o frustrada con algo tiende a actuar y hacerse daño a sí misma en vez de hacerselo a terceras personas.
ResponderEliminarMario en cambio proyecta su dolor y frustración en terceras personas, como esta haciendo con Adela o Elvira.
Buenos días, Mario,
ResponderEliminarHe leído tu relato por encima y lo he releído como un gourmet devora su plato favorito.
Es delicioso tanto en el continente como en el contenido.
He prestado especial atención al apartado en que aparece MOS2 y te comentaré lo que me parece, aunque tú ya has advertido que va a tener más soltura a medida que vaya escribiendo y viendo las reacciones a lo que cuenta.
La literatura del continente es absolutamente "Mario" pero el contenido está cuidadosa y delicadamente recortado; a pesar del "no es no" las descripciones de ciertos momentos de intimidad, están algo reprimidas y, en la interacción con Zahra, aunque la descripción es cuidadosa, es más de novela rosa, que de algo descrito por Mario. Aquí la censura se nota en sumo grado.
"Jamás me había planteado vivir una experiencia así con una mujer tan fascinante mientras Karl e Ingrid se alimentaban de mi inexperiencia para excitarse. En brazos de Zahra, la culpa se evaporó. Conseguí borrar por completo los fantasmas que me habían llevado hasta allí: la sombra omnipresente de Óscar y sus lentes implacables, la frialdad muerta de mi matrimonio e incluso la pasión prohibida que me consumía por dentro. Solo existía el presente, el calor de Bali y el contacto con otra mujer como nunca lo había sentido."
Comprendo el pudor que produce relatar algo que se hace por primera vez en el doble sentido de escribir y de relatar, pero me gustaría mucho que cuando MOS2 se soltara definitivamente, nos describiera ella misma esta situación, quizás en "la habitación propia", no guardándose ni puntos ni comas de la misma.
Puedo estar equivocado, o no, pero esta es mi impresión y análisis.
Por lo demás, muchas gracias por el relato, no tanto por la espera, que esta vez ha resultado casi insoportable, a pesar de los sucedáneos.
Supongo que esta pequeña parte de sadismo refinado que pones en tus esperas te da satisfacción; al final, quizás le tomemos gusto todos, pero batir el récord de comentarios es una señal de la ansiedad.
Por favor, sé más misericordioso con nosotros; otra pausa de dos meses y no lo contamos.
A los demás, gracias por vuestros comentarios; me divierten muchísimo las intenciones de adivinar el pasado, que sea el que sea nos va a seguir teniendo en vilo.
Y gracias, Mario, por los riesgos que corres; a ciertas edades un dos por uno es mucho, más si son MOS1+MOS2, aun para un “monstruo” como tú.
Cuidaos mucho.
Josep M.
Bon día, Josep
EliminarDéjala que se suelte, es su primera vez y ya irá cogiendo su voz propia. De momento, es cierto que suena a mi, pero es que la puñetera redacta como una funcionaria de Hacienda. Ya lo advertí, tiene otras cualidades que no mencionaré, pero en lo que es redactar, le falta rodaje, y todo lo que tiene de suelta y descarada en persona se lo ha dejado en el tintero por un extraño pudor que no termina de entender ni ella misma. Dice que se siente muy expuesta. Qué curioso.
Hace unos días, tomando café en un bar después de almorzar vi a un concursante con una camiseta rotulada con un mensaje con el que me sentí muy identificado: Som el que llegim. Somos lo que leemos. No puedo estar más de acuerdo, y MOS2, que devora los libros, acabará expresando su propia voz
Las esperas a las que os someto nada tienen de sadismo premeditado, por mucho que juegue con la idea. Son el resultado de mi obsesión por pulir el texto hasta el extremo, lo que me lleva a desarrollar escenas que en principio podían tener una extensión mínima y acaban durando seis o siete minutos. Luego está el efecto MOS del que no diré nada más.
Hablando de MOS y las demoras. Comenté que Carmen se había metido en escribir su propia variación sobre Lobos y gacelas VI (que, por cierto, no tiene intención de publicar porque le asusta a ella misma y ha estado a punto de borrar). Eso la llevó más atrás, a otras vivencias que ha necesitado plasmar en papel primero y con mi ayuda, desarrollar en profundidad, lo cual relega el 213 a un segundo plano. No es nada nuevo. Cada vez que publico, necesito un tiempo de “recuperación” antes de abordar el siguiente capítulo. Lo nuevo es que esta vez voy a estar ocupado ayudando a Carmen con sus recuerdos, en la doble faceta de corrector y como psicólogo.
Ya te lo he dicho en reiteradas ocasiones, publica cuando lo creas conveniente, si el precio de obtener un texto con mucho mimo y calidad es esperar dos meses, es un precio pequeño a pagar.
EliminarEn cuanto a lo de la versión de Carmen de lobos y gacelas, si ella a tomado esa decisión ninguna objeción por mi parte.
EliminarGracias Mario por aclarar lo refactado por Esther, es comprensible que en su primera vez relatando memorias le cueste trabajo describirlas, así que conforme siga adelante escribiendo irá soltándose, y bajo la tutela de un gran maestro como tú, y corrigiendo y aportando tu granito de arena irá mejorando y soltándose más, y dejará atrás esa censura que se autoimpone.
EliminarLo que expresa Josep me perece muy acertado, sobre Esther yo mismo lo quería comentar, pero no me llegaba la inspiración para expresar lo que ha escrito tan acertadamente Josep
EliminarMe vas a perdonar. Mario, pero no me cuadra tu versión. ¿Asustada? Carmen es una mujer de cincuenta años que ha vivido una vida muy intensa como para acobardarse ante la idea de publicar un relato sobre una etapa de su propia vida. No me cuadra con la imagen que tengo de ella. Di más bien que después de escribirlo le parece que no le merece la pena desvelar ciertas escenas, o que el relato de lobos y gacelas VI ha pasado sin pena ni gloria y para qué esforzarse en contar su versión; porque esa es la la puñetera verdad, el relato ha pasado desapercibido como si nos avergonzase comentarlo y al mismo tiempo no quisiéramos parecer puritanos. No me extraña que después de escribir su versión, que por lo que dice Mario es una bomba, no quiera publicarla. ¿Para qué? No merece la pena.
EliminarEn mi opinión, no se siente asustada, se siente decepcionada.
Yo no lo hubiera dicho mejor, Lucia. Carmen no es de “verguencitas cursis”, como le dijo Mario a Adela. No se retira porque esté asustada, lo deja porque no le merece la pena publicar lo que ha escrito.
Eliminar¿Entonces para que tomarse el tiempo de escribirlo?
EliminarHablando de MOS y las demoras. Comenté que Carmen se había metido en escribir su propia variación sobre Lobos y gacelas VI (que, por cierto, no tiene intención de publicar porque le asusta a ella misma y ha estado a punto de borrar). Eso la llevó más atrás, a otras vivencias que ha necesitado plasmar en papel primero y con mi ayuda, desarrollar en profundidad, lo cual relega el 213 a un segundo plano. No es nada nuevo. Cada vez que publico, necesito un tiempo de “recuperación” antes de abordar el siguiente capítulo. Lo nuevo es que esta vez voy a estar ocupado ayudando a Carmen con sus recuerdos, en la doble faceta de corrector y como psicólogo.
EliminarCreo que aquí Mario explica muy bien lo que le a ocurrido a Carmen.
Apasionado, a esto de Mario ya a contestado Lucia bastante bien — No es creíble la explicación de que le asusta a ella misma lo que ha escrito. Ni de coña
EliminarLa puñetera recta como una funcionaria de hacienda, que manera de ganarse enemigos, jajajaja.
ResponderEliminarYo no creo que el relato de lobos y gacelas haya pasado sin pena ni gloria, el último capítulo tiene 39 comentarios que no está nada mal.
ResponderEliminarTampoco creo que Carmen esté decepcionada, puede que después de escribir su versión se haya dado cuenta que lo escrito era algo que le incumbia a ella y no le importaba a nadie mas, o también puede ser que Mario haya desplegado una cortina de humo para desviar nuestra atención.
Quien sabe, por mi parte quiero seguir leiendo lobos y gacelas quiero conocer el final de esa historia.
Lucia, espero que tengas razón en lo que comentas, Carmen a vivido demasiadas experiencias muy fuertes como lo que vivió en el penta, como para no animarse a publicar lo que pasó el el VI de lobos y gacelas, solo espero que si nos regalen poder leer la versión de Carmen
ResponderEliminarBuenas tardes, Mario:
ResponderEliminarBuenas explicaciones, “som el que llegim” me parece un buen lema, pero ¿somos también lo que escribimos?
Que Carmen se escandalice de ella misma a estas alturas me parece un poco surrealista, pero como elemento de película de suspense me parece genial.
Enfrentarse a los demonios de uno mismo, como has comentado, puede ser lo más terrible que llegues a hacer y creo que Carmen a veces se asusta con sus demonios, pero el hecho de que lo haya escrito y no quiera publicarlo, visto lo visto, no lo veo.
Una vez has sacado tus demonios a pasear, no puedes encerrarlos en una caja y guardarlos, como el susodicho collar, que, por lo que supongo, ya salió de la caja, por lo relatado en Lobos y gacelas, donde los lobos no son tan lobos y las gacelas no tan gacelas.
Tu complicidad con Carmen a estas alturas es tan grande que podéis ir de la mano en cualquier tema y tu ayuda como psicólogo es algo inestimable.
Que te haya sobrepasado por ambos lados no significa que no tenga una gran dependencia; sin ti, no sería lo que es y, posiblemente, no exista otra persona que la conozca tan profundamente como tú.
Empezasteis jugando juntos, habéis experimentado juntos, os habéis quemado juntos y os laméis las heridas juntos y ahora recordáis juntos; ¿existe alguna persona en vuestra vida que pueda superar esto?
Y cuando digo juntos, no lo digo físicamente, sino individual e intelectualmente, cada uno a su modo, pero siempre dependiendo el uno del otro, para que todo tenga sentido.
Acción-reacción es vuestro sine quanon.
En cuanto a “la funcionaria” M2, me encantaría que se soltase del todo, pero, como tú dices, esto requiere tiempo, pero las reacciones que produce su propia historia, seguro que la motivan y, finalmente, es posible que se pueda ver ella misma en tercera persona a través de sus lectores y fans de vuestros relatos y nos regale delicatesens.
Desde aquí la animo a hacerlo; me gusta su despertar.
En fin, todo lo escrito es en plan egoísta; no me había pillado nunca tanto de ninguna historia real o ficticia y tampoco me había implicado como en este caso y eso que hace bastantes años que leo tu diario; mi “laisser faire, laisser passer” se ha ido al carajo y cuando me implico, pues eso.
Perdona la parrafada, es mi forma de ser, como dijo el escorpión a la rana.
Cuidaos mucho.
Josep M.
Yo llevo escribiendo relatos casi seis años, el 15 de octubre se cumplirían los seis años, Esther acaba de empezar, es normal que en su primer texto se contenga, según siga escribiendo encontrará su estilo y poco a poco se irá soltando, lo mejor es dejarla a su aire y poco a poco seremos testigos de su evolución.
ResponderEliminarEn cuanto a Carmen, si a decidido que no lo va a publicar sus razones tendrá, no sabemos lo que a plasmado en ese texto, tal vez es algo tan personal que sólo lo quiere compartir con Esther y Mario y con nadie más.
Por mi parte como ya he comentado ninguna objeción.
Bruto.
ResponderEliminar¿Es posible que a MOS no le haya gustado lo escrito, por lo que sea, y quiera antes escribir otras escenas?
Asustada, hombre cuesta creerlo cuando ha sido brutalmente sincera cuando no hacía falta, pero es posible.
Mi intención no es crear controversia, pero hemos visto durante los últimos capítulos como Carmen se había involucrado al 100x100 en el diario, parando máquinas en más de una ocasión por no estar conforme con ciertas escenas y ponerse manos a la obra para modificarlas hasta que la dejaron satisfecha.
ResponderEliminarUna persona con esta implicación no escribe su versión de lobos y gacelas y luego no lo publica por que no le merece la pena, vuelve a repasarlo hasta que esté satisfecha con el texto escrito.
Carmen es uno de los personajes más fuertes de todos los relatos que he leído y no han sido pocos, pero no deja de ser un ser humano que durante su vida a pasado por cosas buenas y otras malas y algunos pasajes dejan una huella que no la borra el tiempo.
Esto no la hace débil, como ya he comentado la hace humana.
Vaya revuelo que he organizado sin pretenderlo.
ResponderEliminarMe he expresado mal, lo reconozco. Cuando dije “no tiene intención de publicar porque le asusta a ella misma”, en realidad quería decir que no va a publicarlo porque le preocupa la reacción que podría provocar lo que ha escrito. Es cierto que no es mujer que se asuste fácilmente, pero si es responsable y considera que no merece la pena sacar a la luz unas vivencias que ya han sido contadas en parte.
No entiendo nada. En lobos 6 se ha contado todo sobre petplay no creo que haya nada más fuerte que lo de Phobos o si??
EliminarHabéis contado cosas muy fuertes como lo de Andres en Santander o lo de Mario con Domenico o en la sauna no entiendo a qué viene esta autocensura que se monta Carmen
No seas cansino, Dos Octavas, déjala que lo piense tranquila. Supongo que a medida que escribía se fue calentando, en el sentido emocional, y entró en más detalles de los que pensaba dar. Es lo que pasa cuando te pones a recordar algo fuerte, que explota en plan fuegos artificiales y te acuerdas de detallitos que habías olvidado durante años y ya sabes lo que pasa con los fuegos artificiales, que uno enciende otro y otro y otro y es un no parar.
EliminarSupongo cuando acabó y lo volvió a leer dijo, ¡que barbaridad! Y cuando se lo enseñó a su hermana y vio la reacción que tuvo, después de las copas, las risas y viendo por donde iba la curiosidad morbosa de ella, volvió a pensarlo: qué barbaridad he escrito, y reculó. Es comprensible.
Si a eso se le quiere llamar que se asustó es que el que lo dice sigue sin terminar de conocerla todavía después de tantos años. Si alguien piensa que se ha escandalizado tampoco la conoce, no creo que a estas alturas de su vida, por experiencia y por edad, Carmen se escandalice de nada.
Yo le daría espacio para pensar en todo lo que hemos opinado del asunto y luego que haga lo que crea mejor.
Buenos días, Mario:
ResponderEliminarNo creo que te hayamos entendido mal; al menos por mi parte, es que no comprendo la reacción de MOS1.
Tú nos pones la miel en la boca con: “Es la bomba”, que ha provocado reacciones de sorpresa, asombro y complicidad de MOS2, y luego nos cuentas que MOS1 se ha asustado o algo semejante y no va a publicar lo que ya ha escrito, y nos quitas el caramelo.
Claro que se ha montado un revuelo; que MOS1 a estas alturas se escandalice, es surrealista; que nos escandalice a nosotros, después de lo relatado hasta ahora, es de risa.
Seguimos el blog con ansiedad, porque es como es, por la inteligencia que trasluce y por el relato extremadamente crudo pero delicado, y no nos escandalizamos por nada, por lo menos por mi parte.
Simplemente lo seguimos, apreciamos y valoramos sumamente por su exquisito continente y por su contenido real como la vida misma, o por lo menos por la vida que alguna vez hemos fantaseado vivir, en vez del rutinario y aburrido día a día que la mayoría de las veces es nuestra realidad.
El diario supera con creces nuestras fantasías más locas, por lo menos las mías, y nos hace volar la imaginación junto con los protagonistas, empatizar con ellos e intentar adivinar sus reacciones y su futuro.
Creo que hay muy pocos libros u otros continentes con historias tan adictivas como la vuestra y eso se agradece en sumo grado.
En fin, no soy quien para exigir nada, pero creo que MOS1 debería recapacitar y, con mucha cera y pulido, publicar lo que ha escrito, en vez de dejarnos en ascuas, pero claro, esto es decisión suya y lo respeto.
Buenos días a todos.
ResponderEliminarEstoy de acuerdo con Diva y discrepo con Lucia. Vayamos por partes.
Cada capítulo, cada relato tiene más o menos aceptación en función de múltiples factores: la longitud, la temática, los personajes implicados o el factor estacional. No es fácil medir el grado de aceptación. Dispongo de dos datos, el número de lecturas y el número de comentarios. Ambos dan una idea aproximada del interés, pero es algo que solo se puede inferir a largo plazo y no es el caso con Lobos VI. Ahí es donde creo que Lucia peca de temeraria al atribuir relación causa-efecto a dos hechos independientes.
Démosle tiempo y espacio a Carmen. Yo, por mi parte, comienzo a poner orden en el borrador del 213 y paso página a este tema hasta que ella quiera retomarlo o definitivamente.
Bruto
ResponderEliminarQuerido Cayo, no creo que lo que nos estás contando sea para calentar y crear espectativa por que no eres así y sobré todo porque no te hace falta. Dicho esto nos has dejado con un palmo de narices.
Et tu, Brute? Otra vez? No esperaba que tuvieras tan mala impresión de mi a estas alturas. Como dijo el gran filósofo Rubén Blades, Sorpresas te da la vida, la vida te da sorpresas, ay, ay 🎶🎶🎶
EliminarPunto en boca que decía mi abuela Por mi parte asunto zanjado
ResponderEliminarPero que sepas que me quedo con las ganas jajaja
Y a Lucia mi voto de confianza porque algo de razón no le falta
Entiendo las razones de Carmen. Aplicando la analogía, yo comparo la actitud de ella con lo que los romanos llamaban aequitas. Era la manera de "suavizar" el contenido de una ley, para evitar su aplicación literal, que podría resultar excesiva. Su aplicación se relacionaba con la proporcionalidad y el equilibrio.
ResponderEliminarLo ya contado en Lobos VI da una idea de lo ocurrido y creo que al dar su relato de cómo lo vivió, donde hay experiencias que, por algún motivo quedaron archivadas en la memoria, y que pensó, creo yo, mejor no hacerlo.
Bruto.
ResponderEliminarQuerido Cayo, de la parte tú no eres así, de qué no me enterado, sé que no nos quitas ni una coma y que esto te ha pasado por qué a tí te gustó que te diera MOS el contrapunto a tú relato, y sé, que te encanta lo que escribe MOS y no hay nada más.
Y como dice Dos Octavas "Actum est".
Sí, sí, pero aún no he conseguido quitarme la sica de las costillas y así no hay quien dialogue.
EliminarTambién tenemos que ver una cosa, una cosa es la versión de Mario que lo ha vivido desde fuera y otra muy distinta la versión de Carmen que lo ha vivido desde dentro.
ResponderEliminarSi Carmen a decidido no publicar es porque su relato es mucho más duro del que Mario ya publicó con cierto miedo de las reacciones que el capítulo pudiera provocar.
Diva me ha convencido. El tiempo es el mejor consejero para tomar decisiones bien pensadas. Ella sabrá qué hacer.
ResponderEliminarSi nos ceñimos a la verdad Carmen no dijo ni prometió nada, fue Mario que es un liante como yo, jajajaja, quien le dio promoción creando expectativas.
ResponderEliminarPor mi parte mientras sigan publicando más capítulos de Lobos y gacelas me conformo, como dije quiero saber como termina esta historia.
Según entendí, la saga de lobos y gacelas, tiene al rededor de 8 capítulos, eso lo comento Mario si no mal recuerdo, y como dijo alguien Mario es los ojos de eses retiro, y como faltan algunos capítulos, puede ser que Carmen sea la que le cuenta a Mario y este le de letras a lo que Carmen terminó de vivir en el retiro.
ResponderEliminarMe gustaría saber si estoy en lo correcto Mario, osea saber si faltan capítulos, no importa si lo escribes tu porque también lo viviste o fue Carmen quien te lo contó y tú lo escribes,.
Espero nos puedas responder.
He leído otra vez los comentarios y Diva tiene razón, Carmen no se a asustado ni escandalizado por lo que a escrito, estoy seguro que lo a disfrutado y mucho, pero en esta comunidad llamada Cafe la humedad hay personas con la sangre muy caliente y yo soy una de esas personas.
ResponderEliminarEn mi opinión si Carmen no publica su versión no es porque tenga miedo de lo que podamos pensar, ni se avergüence de lo que hizo, más bien creo que lo que quiere evitar es una posible discursion que se pueda crear por algún o algunos pasajes de su versión de lobos y gacelas VI.
Nos conoce a todos como si nos hubiera parido.
Hoy en el blog de Carmen “mi propia habitación” gran estreno.
ResponderEliminarComo dar gato por liebre y que no lo parezca.
Ya os vale.
Es tu opinión y la respeto aunque no la comparta.
EliminarHe leído el relato que a escrito Carmen en su propia habitación y es muy bueno, a mi me a gustado mucho. En esta vida pocas cosas se hacen por amor al arte y menos con la calidad del Diario.
ResponderEliminarSomos unos afortunados, que no se nos olvide nunca.
Te aprecio pero esta vez te has pasado. Has cruzado la frontera de la ironia y has entrado en el sarcasmo destructivo sin motivo. Ya me dirás por qué, no lo entiendo.
ResponderEliminargracias Dos Octavas, por avisar que hay un nuevo capítulo en el diario de Carmen, lo leí y está muy pero muy bien
ResponderEliminarSarcasmo destructivo
ResponderEliminarLa que se ha pasado eres tú
Insisto, nos anuncian la versión de Carmen de lobos y gacelas 6 nos dicen que no porque le da sustito y nos viene ahora con una historia que es una cortina de humo
Gato por liebre de manual por mucho que moleste
Aparte de eso la historia es buena pero el momento no es bueno
ResponderEliminarHablas en plural Dosoctavas, pero Carmen en ningún momento se a pronunciado.
ResponderEliminarEste es mi parecer, hasta hace un tiempo Mario escribía el diario solo y ahora comparte escritura con Carmen y la última incorporación a sido Esther.
Creo de verdad que a Mario le hace mucha ilusión poder compartir la escritura del diario con Carmen y está orgulloso de ella, el problema es que se dejó llevar y lo anunció.
Estoy seguro que no fue intencionado, todos cometemos errores, yo el primero que suelo meter la pata hasta la oreja.
Entiendo que te sientas defraudado, pero si Carmen a decidido no publicar, nosotros tenemos que respetar y apoyar esa decisión.
Mario, ¿Esther te sigue hablando después de que le digeras que la puñetera redacta como una funcionaria de Hacienda?
ResponderEliminarCreo que es hora de dejar de lado ciertas palabras, entre ellas "susto", "miedo" etc. Sería importante recordar por qué estamos en este sitio, qué circunstancias y hechos llevaron a nuestro amigo a crear este "santuario", sarcasmos e irnonías aparte.
ResponderEliminarBruto.
ResponderEliminarBuenas tardes a todos, me parece que esto se nos está yendo de las manos a todos.
Voy a utilizar una expresión que cada vez me gusta menos, creo, por qué no lo sé, que Mario se ilusionó con un texto de MOS y nos lo quiso contar, "no veas lo bueno que es", el texto, "me da la contra replica a lo que he contado y es muy buena", y se ilusionó. Cuando MOS decidió no publicar por lo que sea, la decisión siempre será sólo suya, la ilusión estaba lanzada y nosotros que somos unos enganchados lo queríamos a cualquier precio.
Ahora toca aguantarse, o no.
Y no vale quejarse, MOS nos ha puesto un texto para que no nos quejemos, o no, la verdad es que no conozco las motivaciones de este par o tres, ¿nos enteraremos? Quis scit?
Quizá algún día, pero depende MOS, o no.
Yo creo en la inocencia de Carmen y Mario, ni se me a pasado por la cabeza pensar que el relato que subió Carmen en su habitación era el premio de consolación.
ResponderEliminarVuelvo a repetir, Carmen no dijo nada, simplemente sabemos por Mario que ella no se quedo conforme con el capitulo publicado por Mario y decidió escribir el suyo, tampoco dijo que lo iba a publicar.
Si un autor, no dice, ni promete que va a publicar su versión, no podemos enfadarnos porque no lo haga, Carmen no ha engañado a nadie, simplemente lo escribió y decidió no publicar y eso es algo que los autores hacemos mucho, yo tengo una carpeta llena de relatos descartados.
El barullo lo ha montado Mario por hablar de lo que no debe o hacerlo cuando no debe. Ahora qué puede hacer Carmen, poca cosa. Si no publica, mal, si publica todo el mundo esperará tanto que lo que haya escrito se quedara lejos de las expectativas. El daño está hecho y es irreparable.
ResponderEliminarYo le aconsejo que deje pasar el tiempo, mucho, que se calme todo, que se olvide y se lo piense.
Solo será cuestión de tiempo para que Carmen decida o no publicar lo que escribió respecto a el capítulo VI de lobos 6 gacelas, y porsupuesto que no está obligada a publicarlo, pero sería un gran regalo a todos los lectores si se llegase a publicar.
ResponderEliminarSupongo que Carmen está al tanto de la controversia que generó el comentario de Mario, y poco le ente ella se haya molestado con Mario por andar divulgando lo que no debía, pero conocemos a Mario.
Lo único que puedo pedir es que Carmen de su punto de vista, como lo hacho en en varios fragmentos que se han publicado en el diario de un consentidor, aunque sabemos o eso creo ella nunca ha publicado algún comentario, ni a favor ni encontrá, como lo hace ocasionalmente Mario.
En lobos 6 hay un diálogo entre Mario y Carmen que da pistas de por donde puede ir lo que ha escrito no publica
ResponderEliminar“—¿Sabías que esto era así cuando me invitaste? —disparé sin rodeos.
—¿«Esto»? ¿A qué te refieres exactamente?
—A lo de las mascotas.
—Claro que lo sabía —admitió suspirando—. Pero si te lo contaba, no te habrías animado a venir. Como otras cosas que no has visto porque estás demasiado ocupado pendiente de mí.”
Esas otras cosas que no ha visto deben ser las que nos vamos a quedar sin leer
Llego tarde a este capítulo, lo vi en su momento y lo dejé en barbecho para leerlo bien y con calma pero me da rabia no haber participado en el debate que ha generado.
ResponderEliminarMe ha sorprendido lo de Amalia, y creo que ambos se van a contener por guardar las formas, con Esther (y su confesión) blanco y en botella, creo que Carmen no la va a juzgar pero en el momento del diario le va a costar, acordaos la rayada a la vuelta de sevilla bajo efectos de las drogas y la llamada que hizo a Elvira para que Mario no se acercase a Esther.
Me alegro mucho que Esther inicie su despegue.
Tanto el duelo de Mario como el de Carmen me parece que tiene una carga emocional importante, y teniendo en cuenta que Mario no es muy dado a abrirse, aquí desnuda mucho de sí y eso es de valorar.
Con los dos meses de espera, lo de Tarek casi se me había olvidado, pero con los detalle del texto pude recordar. Yo también creo que eso está aún por cerrar.
El publicar o no publicar de Carmen su versión de lobos no creo que sea miedo o vergüenza. Creo que en ese texto aunque cuente lo que ya sabemos ella se desnuda más y eso al final te hace más vulnerable y expuesta.
Por otro lado, me parece curioso y acertado el apunte de lucía con Candela y su referencia a Domenico (intuición femenina?)
ResponderEliminarSabemos por un adelanto de hace tiempo que carlos vuelve a la vida de Mario y Carmen pasados unos años, ya se van limando asperezas.
Tomas sigue sin caerme bien, al final es el causante de la separación aunque lo haya hecho por proteger a Carmen. Deseando saber que pensará Carmen cuando se entere.
Para mi Diego sigue siendo una incógnita, no consigo hilar lo de la playa años despues.
Se me ha olvidado quien era Josema! Tengo que revisar 🤦🏻♂️
Pues sinceramente espero que Mario y Carmen no hayan discutido por este asunto, porque no a habido ninguna mala intención por ninguno de los dos.
ResponderEliminarJe je, una mancha más al tigre, no creo que haya problema.
ResponderEliminarAyer a la noche vimos la película de Atomica protagonizada por Charlize Theron quien tiene un hilidio con la actriz Sofía Boutella, como me gusta esta mujer.
ResponderEliminarMis amigos dicen que es fea, ellos sí que son feos, jajajaja.
¿Fea? Uff….
ResponderEliminarA mi me gusta mucho tiene un cuerpo cincelado por la danza que me resulta muy atractivo y tiene una mirada con esos ojos oscuros que te quita el hipo.
EliminarOpino como Diva, Ufffff
EliminarDiva destapándose, vaya, vaya. Bienvenida al club
EliminarEstoy de acuerdo, me sumo al uffff generalizado. Morenita, ojos oscuros, pelo negro, sensual. Me recuerda a alguien.
Lo único es que Sofía es menuda, 1,65 pero no le iba a hacer ascos, lo prometo.
Se lo dije a mis amigos que no entendía porqué para ellos Sofía Boutella era una mujer fea, cuando su belleza es única.
ResponderEliminarCharlize Theron es más guapa que Sofía, pero tiene una belleza más corriente, una belleza del estilo de Sharon Stone o Madona, muy guapas, pero una belleza cortada por el mismo patrón.
Sofía rompe con ese molde.
He vuelto a leer el capítulo de nuevo y de verdad que creo que el encuentro entre Esther y Mario es inevitable, pero algo me dice que no será algo inmediato, que se demorará en el tiempo.
ResponderEliminar¿Que pensáis los demás sobre este asunto?
Se avecina una tormenta
ResponderEliminarOtra vez hablando de más.
EliminarYa verás, si había alguna posibilidad de que Carmen publicara, se la acaba de cargar.
EliminarPor que frente viene el anticiclón?
ResponderEliminarQue has liado esta vez Mario?
ResponderEliminarHablando de tormentas, Por estos lares el ciclón Polo, nos está dejando días nublados y con lluvia intermitente, aunque Mario habla de otro tipo de tormenta, jjjj
ResponderEliminarQué poca confianza tenéis en mí.
ResponderEliminarNo creo que Mario la haya cagado, de haberlo hecho no estaría tan tranquilo.
ResponderEliminarSeguro que Mario se está riendo a mandíbula partida, como si lo estaría viendo.
ResponderEliminarBruto.
ResponderEliminarCómo te gusta...
Pues no pienso preguntar. Total nos vamos a enterar igual.
Una preguntaba Mario, esto no será un que viene el lobo, ¿verdad?
ResponderEliminarPorque al protagonista de la fábula no le fue muy bien, jajajaja.
Más bien es que viene la gacela.
EliminarComo os habéis puesto, pensando en lo peor. Cabreos, bronca…
Ná de ná, nos picamos el uno al otro y lo arreglamos como tié que ser.
Pues eso, la tormenta está al caer.
Ese tiene que ser es la mejor manera de arreglar los conflictos, jajaja.
EliminarHoy me tocaba la revisión anual en el dentista y tengo que decirlo, ir al dentista no da miedo, lo que da miedo de verdad es salir del dentista.
ResponderEliminarLobos y gacelas, donde encajaría Carmen, porque Carmen es muy elegante, ágil y de gran belleza natural, pero si te despistas te come enterito.
ResponderEliminarY pasan los días y la tormenta no llega, ese equipo meteorológico nos está fallando, anunciando pronóstico de tormenta, solo que no especifica día y hora , muy parecido al pronóstico del clima del rancho.
ResponderEliminarSeguiremos esperando
Querido Apasionado, compartimos el mismo miedo. Hay que agradecer que los nuevos tornos odontológicos no hacen ese ruido a sala de torturas.
ResponderEliminarSaben por qué Carmen y Mario volvieron a estar juntos?. Porque, como decía Cortazar, " Nada está perdido, si se tiene el valor de proclamar que está perdido y hay que empezar de nuevo".
Mi buen amigo Torco, ofreciendo siempre la cita adecuada.
EliminarA mi el ultrasonido me da mucha dentera.
EliminarMe parece a mi que las gacelas y los lobos han tenido una noche movidita, jajajaja.
ResponderEliminarComienza el fin de semana
ResponderEliminarHe entrado no menos de 10 veces tanto al blog alternativo como al de Carmen, y nomás no veo ninguna tormenta, será que si va a ver tormenta, o el instituto meteorológico se le olvidó su anunciada tormenta jjjjj
ResponderEliminarMario ya no publica los comentarios tan seguido, eso significa que esta enfrascado en algo, por ejemplo terminando de pulir el capitulo de Lobos y Gacelas.
ResponderEliminarLa tormenta llegara seguro así que tomemoslo con paciencia.
Está en bragas sentada frente al Mac repasando su texto. Nos resistimos a dejar que el otoño entre en nuestras vidas. Mañana volveremos a Madrid pero esta noche, frente a la bahía, apuramos las ultimas bocanadas del verano.
ResponderEliminarEstá concentrada, lee, relee, retrocede, repasa, corrige, es tan concienzuda como yo. A su lado un gin tonic poco cargado. Yo la observo desde el sillón fingiendo que leo. Sigue tan hermosa como la que aparece plasmada en el relato que pule. «Mi trabajo me cuesta», dice en algún párrafo. Y la deseo, Dios, cómo la deseo.
Me llama, me acerco, me consulta una duda, le corrijo una coma por un punto y coma. Nos besamos. Me aparto, no quiero interferir en su relato. Me asomo al balcón desde el se ve la bahía que luce iluminada en la penumbra. Está noche va a ser larga, me temo, pero su relato estará terminado y publicado.
Si no publicais después de lo que nos has contado en tu comentario no sere to quien hos lo reproche.
EliminarEstá concentrada, lee, relee, retrocede, repasa, corrige, es tan concienzuda como yo. A su lado un gin tonic poco cargado. Yo la observo desde el sillón fingiendo que leo. Sigue tan hermosa como la que aparece plasmada en el relato que pule. «Mi trabajo me cuesta», dice en algún párrafo. Y la deseo, Dios, cómo la deseo.
Los dos sabemos como va a acabar esto, en una noche apasionada, procurad no romper la cama, jajajaja.
Llego a casa un poco perjudicada y me encuentro a una autora en bragas (ayyy….) necesitada de que una correctora profesional desinteresada le eche una mano (ayyy…) para ayudarla a corregir el texto y para lo que haga falta. Llego justita al 1,80 ojos grises y de lo demás no me quejo. Ya se que eso no cuenta para corregir, perro ahí lo dejo. Además, somos dos las que nos ofrecemos gustosas a corregir o a……………
EliminarEres la hostia Lucia que cachonda, si fuera mujer te invitaba a una copa y te llevaba un cosita que he escrito para que me la repases.
Eliminar¿Y a ti quién te ha dicho, Dos Octavas, que solo dedico mis conocimientos a personas de mi sexo? Apañados estaríamos. Yo corrijo y echo una mano a quien lo necesite, siempre y cuando… No voy a entrar en detalles, se hace camino al andar.
EliminarBahía de Santander (Cantabria): Es el mayor estuario de la costa norte española y la única de esa zona orientada hacia el sur. Está considerada dentro de la lista internacional de las bahías más bellas del mundo y destaca por su enorme valor ecológico y paisajístico.
ResponderEliminarBahía de La Concha (San Sebastián, País Vasco): Pequeña bahía de característico perfil en forma de concha situada en el mar Cantábrico, protegida por los montes Urgull e Igueldo y la isla de Santa Clara.
Me decanto por estas dos bahías teniendo en cuenta lo mucho que os gusta el norte, con la bahía de la Concha barro para casa, no es mi intención despreciar a las otras bahías del país que también son una pasada, pero como Donostiarra que soy no existirá una bahía que me parezca más hermosa que la bahía de la Concha.
Digo yo que el anuncio que nos hizo Mario de lo que se nos venía hoy da para algo más. Mucho más, diría yo.
ResponderEliminar¿Es mucho pedir que termines lo no está más que empezado? Conociéndote me da a mí que te han quedado ganas de seguir narrando qué pasó en ese balcón después de que lo publicara.
Apoyo la propuesta
EliminarMario cuéntanos cómo terminó la noche sobre todo lo que hablasteis y lo hicisteis antes de. No pido detalles X
Me está costando arrancar con el 213, siempre me pasa. Público y paso unos días “en barbecho”, algo parecido a lo que les ocurre a las neuronas tras dispararse, que sufren un periodo refractario en el que, aunque sean estimuladas, no reaccionan, algo parecido a lo que nos ocurre a los varones después de eyacular, diría más de una que yo me sé.
ResponderEliminarMe he desviado.
Estoy en ese periodo refractario. Entro en el saco del 213, lo ojeo, añado alguna cosa, me voy sin ser capaz de entrar de lleno. Lo dicho: periodo post eyaculatorio.
Mientras tanto, me dedico a revisar otros textos: Esther, Amalia, Graciela, Doménico, Berta… Algunos sugirieron que continuase mi anuncio a la publicación del relato de MOS y escribí algo. Quizás lo termine, no sé.
Entretanto, vuelvo atrás y repaso buscando base para lo que ha de venir.
Sí, te lo recomiendo “desinteresadamente”, es lo mejor para superar el bloqueo, hazme caso.
ResponderEliminarEs que lo que escribiste da para un micro relato por lo menos
ResponderEliminar“ Me asomo al balcón desde el se ve la bahía que luce iluminada en la penumbra. Está noche va a ser larga, me temo, pero su relato estará terminado y publicado.”
ResponderEliminarY….
Una noche en vela acompañando a un amigo roto esperando en urgencias, me ha permitido terminar lo que ya tenia medio empezado.
ResponderEliminarAhí lo tenéis en el otro blog
La de horas que me he pasado yo en las salas de espera del hospital esperando que a mis padres les hicieran pruebas, la de relatos que hubiera podido escribir, pero por aquel entonces solo leía relatos no los escribía, una pena.
EliminarMurió Maricarmen, en realidad lo que ha muerto es la justicia.
ResponderEliminarTotalmente de acuerdo.
EliminarBruto.
ResponderEliminarEspero que tú amigo esté bien.
La justicia no ha muerto, la están tratando de matar, aquí y en todo el mundo.
Lo que ha muerto es una mujer que no tenía que haber muerto. Y si buscas culpables, tenemos una legislación de mierda que han creado los dos partidos mayoritarios y otros minoritarios que por pisar moqueta venden a su madre.
Pero este no es un sitio para hablar de política, habrá muchos que piensen que no tengo razón y es posible que sea verdad. Aquí lo que hay que hacer es despellejar a Mario y a Carmen.
Disculpa mi ignorancia, pero no se de que hablas, podrías poner el contexto
EliminarBruto.
EliminarNos han contado que un amigo de Mario estuvo en urgencias, espero que esté bien.
Se hace un comentario sobre la política en España, simplemente contesto que esté no es el sitio, hay otros muchos.
Estimado Federico, es una mujer que nació en 1938 y que, desde 1956 habitaba un piso, que alquilaba, en el barrio de Ibiza. Tras soportar un largo litigio sobre la vigencia de su contrato de alquiler, se ordenó su desahucio, luego de cuatro intentos previos. El 23 de septiembre la policía ejecutó el lanzamiento judicial. Días después falleció.
ResponderEliminarCaito si la justicia no murió, está con respirador y solo falta el hijo de su madre que lo desconecte. En la facultad donde me recibí, el escudo del centro de estudiantes era el dibujo del Quijote frente a los molinos de viento. Una vez recibido y puesto a ejercer pude entender que eso somos.
Me han ocupado el diario. Ellas dos han invadido el 213 y están haciendo a su antojo.
ResponderEliminarComo estoy visceralmente en contra de los desalojos, sobre todo después de lo que ha sucedido últimamente, las dejo hacer. No es que me dé igual que alguien se meta en la propiedad de otro, eso es otra cosa, se llama allanamiento de morada y la policía interviene al momento y lo soluciona, lo que pasa es que eso no es noticia. Da más titulares ver a unos gorilas echando a la gente a la calle desde el sector privado o la policía, desde el sector público, haciendo lo mismo para satisfacer la demanda de algún fondo buitre que quiere rentabilizar un edificio céntrico convertido en pisos turísticos. Es el mercado, amigos.
A lo que iba. Mis chicas están a cuatro manos y a dos voces reconstruyendo lo que fue enfrentarse al impresentable de mi ex cuñado, plantarle cara y después, poner en común todo lo que tenían que contarse.
Yo, me estoy dedicando a otras partes del capítulo, pero estoy convencido de que esa parte va a hacer sombra al resto.
Cómo me gusta ser tres, ya me entendéis.
Que la parte del impresentable de tu ex cuñado quede en manos de tus chicas (cuantos secretos nos guardas todavía puñetero) me parece muy buena idea, ellas lo vivieron en primera persona y no hay mejor testimonio que ese.
EliminarAdemás sabes que tarde o temprano pasará por tus manos, además como has dicho estas encantado de ser tres.
Te entendemos de sobra, picarón. Supongo que esa parte del relato, que de momento sólo está insinuada, tardará en concretarse con hechos. Habrá que tener paciencia.
EliminarParafraseando aquello de ¿qué fue primero, la gallina o el huevo?, yo me pregunto, ¿qué fue primero, Amalia o Esther?
Mi intuición me hace inclinarme por Amalia.
Que golfo eres cabron y que envidia te tengo jajaja
EliminarQue bien que ya estás trabajando en 213, y debe de ser arto interesante, considerando que lo que se va a leer va a ser escrito por las involucradas, y no es que lo que escriba Mario no sea verdad en su narrativa, pero es muy interesante leer del puño y letras de la o las protagonistas.
ResponderEliminarYa se que es mucho pedir pero de cualquier manera pregunto, para cuando se publicará?
Nos podrias dar un adelanto ¿no? Parece que la incertidumbre nos está matando a todos.
ResponderEliminarUn saludo desde Galicia
Sois libres de especular, estaría bueno.
ResponderEliminarEl tiempo responderá.
Me dicen por aquí que mi último comentario ha sonado duro.
ResponderEliminarNada de eso, quería decir que sois libres de especular y que el tiempo responderá.
A que ahora suena mejor. 🤨
Puestos a especular… dijeron ellas anoche. ¡Más madera!
ResponderEliminarEspecular??
ResponderEliminarSi todos o prácticamente todos comentarios nos la pasamos especulando, que si Amalia, que si Esther, que porque no hizo esto,
O a qué se refieren ellas
Sinceramente con Amalia tengo mis dudas, creo que va a ver tension sexual, pero que no va a llegar a nada más, ni por parte de Mario ni por parte de Amalia.
ResponderEliminarDe darse esta relación la onda expansiva arrasaria con todo, Fernando, Esther, pero sobre todo Carmen, que llegaría a pensar Carmen si se enterara que Mario se a follado a su madre, lo siento, pero contra más lo pienso menos probable lo veo.
Con Esther la cosa cambia, está casada con una lombriz y está enamorada de Mario, aquí si veo muchas posibilidades.
Además no creo que Amalia este enamorada de Mario, simplemente es alguien a quien quiere y aprecia mucho.
Oye pues no es por llevar la contra a Apasionado pero empiezo a ver viable un affair con Amalia y que se entere Fernando, o explote de alguna manera. Aquí Carmen tendria motivos para estar enfadada y perdonar a Mario como le dijo a Bernardo. Tendria sentido el contexto de esa conversación.
ResponderEliminarEl joder con mamá que dice Esther cuando empieza a descubrir el diario puede ser al no saber como se origina todo aunque sí sepa en que derivó.
No es llevar la contraria porque es una situación que se puede dar, pero yo no creo que a Mario se le fuera tanto la hoya, el cabreo de Carmen si se llega a dar ese affaire entre Amalia y Mario puede ser del tamaño del big bang.
EliminarBuen punto José, puede ser, la conexión que hay entre Amalia y Mario es por así decirlo de madre he hijo, pero las despedidas que ha tenido con un beso muy cerca de la comisura de los labios y tardar más de lo debido es un indicio de que algo pasa, más que que la relación de suegra yerno
EliminarPoco hay que especular, desde que estos dos se han separado andan a ver quien pilla más
ResponderEliminarEmpiezo por Carmen
Se tira a su ahijado Dani, el hijo de su abogada. Después de follarselo le dice que esto no puede ser, lo ve triste lo abraza y se lo vuelve a follar para consolarlo, que buena es Carmen, luego lo manda a la ducha, se pone a pensar y se cura los remordimientos metiéndose en la ducha con el.
Otra, un viudo en la playa en septiembre, una mamada en la orilla, un polvo en la habitación del hotel,
Otra, Jessica y ella se enrollan, su marido no está. Carmen tiene marcas del bikini, eso quiere decir que el tiempo es diferente a lo de la playa de septiembre con el viudo porque ahí decía que toda su piel tenía el mismo color. Folla con Jessica en la ducha. Dice que Mario no sabe lo que se pierde.
Otra, Akane, una japonesa con un tatuaje especial que se come enterito.
Olivia, la amiga del colegio que lleva 15 años sin ver. Solo la presenta pero se intuye como van a terminar
Cata es madre y amante y cornuda, ademas le da de mamar de su teta, Carmen va a cumplir 34 años y dice que Mario acabará casándose con Elvira y puede que tenga hijos con ella a pesar de la vasectomia, se plantea la vida con Domenico
Cesar es el chico de 21 años que se folla durante un verano y aparece veinte años después con su mujer machacada por la presencia del fantasma de Carmen
Mercé, la catalana que le enseña catalán mientras follan
Follar a todas horas, con cualquier tío Es lo que piensa Carmen mientras aguanta a un grupo en Asturias que la miran con ganas. Menos mal que tiene cerca a unos amigos para desahogarse
Otra. Carmen se defiende de su peor pesadilla transformándose en Vicky de Valladolid y follando como una mala bestia, es una forma como otra cualquiera de descargar la mierda que todos tenemos en la cabeza
Otra más. Pepa aparece un mal día en una exposición donde aparece Gabriel el fotógrafo, es una trampa de Claudia y Carmen se cabrea pero Cláudia es mucha Cláudia y la amansa como siempre, se las lleva a las dos a su casa y las mete en la cama y Ooooh, una axila con pelitos, la perdición de Carmen que le recuerda a Mario, lo que le faltaba para joderle la noche
Mabel en la terminal de barajas, la hija de su abogada a la que desvirgo con los dedos y que le costó su amistad con la madre. Debe ser otra abogada. Una historia de deseo entre una chica joven una mujer ya hecha que se despierta de nuevo muchos años después.
Pedro es la excusa para sacar del armario a Itziar, su compañera del gabinete que lleva insinuando maneras desde que vio a Sara besarla.
Resumir Lobos y Gacelas es imposible
Ahora voy con Mario.
Se me olvidaban unas cositas de Carmen
ResponderEliminarLlaman a la puerta es el mecánico con una factura y Carmen lo mete en casa y se lo folla y pasa la noche con él porque no se le apetece dormir sola, cuando se despierta le hace una mamada y nos cuenta que Mario la llamaba Garganta dócil cuando aprendió a tragar polla cuando era una veinteañera. Se duchan y quedan en repetir
Itziar está depre porque echa de menos su vida en Euskadi y Carmen se lo monta para poder ir a un seminario con ella a Bilbao. Allí se enrollan con dos tíos en un karaoke y se los follan y nos cuenta un secreto: le cuesta dormirse si no está agarrada a una polla — Maneras de dormir
Semana Santa — Carmen se va a la casa de la sierra y se liga a un extranjero corriendo hacia las lagunas, allí arriba hace lo que le gusta, despelotarse nadar y mear de pie. El tío la sigue en todo, luego bajan al pueblo y a los dos días se encuentran y se lo lleva a casa pero le sale torcido porque cuando se lo va a follar desaparece y le roba. Algo huele a mahmud.
Lo dicho esta desbocada
Lo de Mario es de traca, sabéis lo del caballo de Atila que por donde pasaba no volvía a crecer la hierba? Pues por donde pasa Mario no queda un coño sano ni un culo virgen
ResponderEliminarEmpiezo por la noche que les dicen a los padres de Carmen que se separan — Carmen mete a Guido en casa y Mario entra en un bar el Bucaneers y se liga a la dueña, se van a su casa y se la folla. Me jode que cuando vuelve a casa y se la encuentra con Guido se haga el ofendido joder, si viene de follar
Otra — Mario se deja las llaves de casa en la oficina y se presenta en casa de Esther para coger el duplicado. Todo normal hasta aquí. A la mañana siguiente va temprano a devolverselas, Esther le invita a un café, charlan, mientras termina de tomárselo, ella va a vestirse, Mario termina y va al salón a esperarla supongo, pero pasa por delante del dormitorio y BUUUUM! la ve reflejada en el espejo en bragas, se fija en el culo y en las tetas quien no lo haría Ella se da cuenta y cuando sale, el se disculpa y ella le quita importancia, ha hecho top less con Carmen y con el, no tiene importancia pero Mario si se la da y se vuelve a disculpar. Esther le llama por la tarde porque no quiere que se queden mal por una tontería, quedan en verse, hablan, se sincera con ella, le habla de candela, bebe demasiado y al salir Esther le dice que no está para conducir y que se vayan a su casa hasta que se le pase, hace calor por la calefacción central y le ofrece algo de Daniel para que esté menos abrigado, una camiseta, la sigue al dormitorio y ve la ropa que se acaba de quitar y el sujetador y otra vez se siente mal. No está en condiciones de irse y le dice que se quede a dormir en el cuarto auxiliar. Ella se acuesta antes y cuando él se va a dormir pasa por delante de su habitación, le da las buenas noches y la ve acostada y la imagina desnuda bajo la sábana. Lo que ocurre por la noche no está escrito con claridad.
Otra — Mario está recogiendo ropa con Elvira, para llevársela, follan en plan duro y aparece Esther, se pone celosa y monta una bronca, cuando se va Esther Mario la defiende ante Elvira.
Lo de Adela es la punta del iceberg, Mario derrapa con esa chica prácticamente la viola, la humilla, le abre el culo y la trata como un trapo Al menos esa es la versión que el cuenta porque lo que cuenta ella no es lo mismo. Debe ser la culpa que le hace recordar las cosas de otra manera
Lo dicho, los dos están en plena estampida
Desaparezco un par de días por la tierra de Joyce y cuando vuelvo me encuentro esto mas vacío que el desierto de Atacama, ¿será porque se le fue la olla a Dos Octavas y espantó a todo Dios?
ResponderEliminarCada cual es libre de especular como quiera, tampoco es para ponerse así, dosochi, debe de ser que tuviste un mal día, si no no me lo explico.
Tampoco es para tanto. Estuve un poco duro? Sí pero no dije nada que no sea verdad si Mario no ha protestado no vengas tú ahora a hacer de abogada
EliminarY lo que dices es verdad esto está más muerto que un cementerio
EliminarPues la verdad es que estoy la hostia de intrigado de saber quien es Diana, no se si a los demás os pasa lo mismo.
ResponderEliminarSi vemos la historia o historial de los comentarios de cada capítulo, nos damos cuenta que en cada uno hay periodos de inactividad, pueden pasar varios días sin que alguien haga un comentario, y después se reaviva, normalmente después de que Mario publique algo, un adelanto, o que está por terminar el capítulo, o que no encuentra una frase para el siguiente etc etc
ResponderEliminarAsí que me gustaría ver que comenta Mario para reavivar los comentarios de este capítulo, en el capítulo anterior hubo 485 o algo así de comentarios, pero recordemos que fueron más de 2 meses que se tardó en publicar este nuevo capítulo, solo espero que este nuevo capítulo no tarde otros 2 meses.
Que tengan un bonito domingo familiar
Bruto.
ResponderEliminarTambién he estado fuera, pero os seguía, Atacama, esto es el valle de la muerte; Querido Dos Octavas no te des pisto, los habituales hemos flojeado. Hoy he oído un comentario sobre una cita de Conrad que me ha parecido interesante, y venía a decir que la lectura la componen mitad el autor y mitad el lector. Desarrorarla pensando en lo que escribimos aquí.
Por eso querido Cayo te tengo sobre valorado. Querido Apasionado tú y yo somos la prueba viviente de que es así.
Este capítulo nos lo demuestra, es lo que yo llamo un capítulo de transición y van varios y sólo nos queda pensar lo que vendrá, estamos esperando soluciones que no llegan.
La verdad es que no sabemos lo que va a pasar entre Mario y la familia de Carmen, no sabemos si Mario se va a liar la manta en la cabeza y va a terminar en la cama con Amalia o lo va hacer con Esther, pero algo me dice que lo que hacer Mario va a dejar el listón muy alto dentro de las meteduras de pata.
ResponderEliminarEn el doscientos trece…
ResponderEliminar—¡Qué coño quieres, joder!
—Qué le has hecho a mi hermana. ¿Por qué no me coge el teléfono?
—¡Déjanos en paz de una puta vez!, estamos hablando.
—O hablo con ella ahora mismo o me presento ahí con la policía.
Un silencio tenso amortiguó el auricular antes de que volviera a hablar.
—Será puta… —su voz sonó de pronto lejana y ahogada, se había apartado el móvil de la boca. Luego se oyó un ruido sordo de pasos y un murmullo cortante—: ¡Toma, la histérica de tu hermana!
Se produjo un chasquido metálico y, tras un segundo que se me hizo eterno, el sonido de una respiración agitada llenó la llamada.
—¡Esther! —grité con el corazón en la garganta.
—¡Carmen!
—¿Por qué no respondes?
—Estoy bien… tranquila.
—No estás bien, chiqui, estás temblando. Voy para allá.
—¡No, no, no, la policía, no!
Yo no le había mencionado la policía a Esther. Me dio un vuelco el corazón al entenderlo: lo decía en alto para amedrentarlo a él, para darme una pista del peligro real en el que estaba.
—Tranquilízate. Dime, ¿te ha pegado?
—Sí. Estoy bien.
Era la confirmación de lo que me temía. Tenía que pensar rápido.
—Vale, procura que esté tranquilo, yo voy para allá, la policía llegará antes.
Entonces escuché un portazo.
—¡Carmen, ven, por favor, estoy asustada!
—Ya voy, cariño, no tardo.
—No llames a la policía, por favor, lo dije para asustarlo. Se ha ido, pero se ha dejado el móvil aquí...
Salí con lo puesto, bajé al garaje y arranqué a toda velocidad a buscar a mi hermana. Me aterraba que Daniel se diera cuenta y volviese a por el teléfono de un momento a otro; apenas teníamos margen de tiempo. Por el camino pensé en llamar a Mario, pero desistí: lo último que necesitábamos era un enfrentamiento violento.
Bruto.
ResponderEliminarMuy bien Cayo, ya me has jodido el fin de semana y lo que transcurra hasta que publiques, ala a disfrutar.
😂😂😂😂😂😂😂😂
EliminarCon este adelanto entendemos que en breve lo publicas ¿no? No seas cruel por favor. A mi me has dejado muy intrigada.
ResponderEliminarUn saludo desde Galicia
Ya decía yo, que en cuanto Mario hiciera al comentario o adelanto este chat se avisaría.
ResponderEliminarPedazo de capítulo nos a dejado, solo nos das una probadita para abrir boca, que habrá pasado entre el innombrable y Esther, será que si la cago ahora levantándome la mano a Esther, que hizo el desgraciado de Daniel queriendo atemorizar a Esther.
Si estoy no es suficiente para que Esther tomo la iniciativa para iniciar el divorcio, no se que más tendrá que hacer el pedazo de HDSPM, PARA QUE SL FIN TOME ESA DECICION
Daniel es un ser realmente despreciable y repugnante, espero que en el futuro se lleve su merecido.
ResponderEliminarNo hay justificacion alguna para levantarle la mono a tu pareja, menuda lombriz rastrera.
Le van a dar por todo lados ya es hora que Daniel reciba lo que merece
ResponderEliminarVa a estar calentito el capitulo
Bruto.
ResponderEliminarQuerido Cayo, después del disgustazo que me has dado del que no sé si me recuperaré alguna vez, un poquito de consuelo no vendría mal así que dime que publicas ya, en su defecto vale que inmediatamente, que ya has pasado la fase de incorporaciones ajenas, (o es que te has buscado un chivo expiatorio que como siempre digo es un bichito muy útil); y que también has superado todas las correcciones y lecturas posibles, vamos que ya. Eso consolaría mucho.
Seré brutalmente sincero: no creo que antes de finales de Noviembre esté listo para ser publicado. Queda mucho por montar, apenas estamos empezando y esta temporada la tengo cargada de comoromisos
ResponderEliminarTenemos que tener en cuenta que ahora sen tres personas involucradas en el diario, si ya es difícil que dos personas se pongan de acuerdo imaginaos tres.
ResponderEliminarMario, Carmen, Esther no tengáis prisa, por mi parte no tengo ningún problema en esperar lo que haga falta, además para que hacerse mala sangre por algo en lo que no tenemos ningún control, ni escribimos ni corregimos, lo único que podemos hacer es esperar y yo prefiero tomármelo con filosofía.
Mmmm, ya me tenía yo que este nuevo capítulo no Hiba a estar listo en octubre , habrá que tener paciencia, que el tiempo corra y que los que aquí comentamos sigamos haciéndolo para que el tiempo restante sea más llevadero.
ResponderEliminarY habrá alguna publicación antes, en el diario alternativo??
Te propongo una cosa — déjalo en manos de las chicas y tú dedícate a tus compromisos
ResponderEliminarPa qué habrás dicho ná
EliminarNo me jodas!!! Dime que no te han dado la patada y se han quedado con el capítulo!!!!
EliminarBruto.
EliminarMuy bien Dos Octavas, esa es la línea.
Digamos que se está llevando a cabo una ardua negociación en la que todos salimos ganando: yo no estoy agobiado porque veo que no tengo disponibilidad para dedicarme al 213; MOS & MOS se lo pasan pipa recordando, escribiendo y otras cosas que me atañen y no voy a contar… y vosotros os beneficiáis porque se recorta el plazo de publicación del capítulo. Eso si, a costa de dejar para el 214 secciones de las que debería ocuparme yo.
EliminarTodos contentos, ¿no?
Entonces ¿de que plazos estamos hablando? Finales de octubre o principios de noviembre ¿no?.
EliminarUn saludo desde Galicia
¡Pero bueno, pero bueno! Las chicas al poder! Con que te han dado un golpe de estado?
EliminarA ver como interpretáis eso que he dicho de « se lo pasan pipa recordando, escribiendo y otras cosas que me atañen y no voy a contar”, porque enseguida os ponéis a especular. A ver, si no tengo tiempo para estar a la duras, no lo tengo para estar a las maduras, ¿vale?, que os conozco.
EliminarTrabajas demasiado, tanto en las duras como en las maduras, jajajaja.
EliminarJajaja Pues lo has terminado de arreglar, Mario, porque lo de “estar a las maduras” te ha quedado muy propio. Jajajaja
EliminarComo decimos en estas playas, se rifa una paliza y el querido Daniel tiene todos los números.
ResponderEliminarMe gusta que lo primero que ha pensado Carmen es llamar a Mario, aunque luego no lo ha hecho por razones obvias: la paliza que le habría dado podría haber acabado con Mario en comisaría y Daniel en la morgue.
ResponderEliminarCarmen no puede dejar de pensar en Mario y Mario no puede dejar de pensar en Carmen: a ver si se dan cuenta y las aguas vuelven a su cauce. Si bien presiento que la separación va para largo.
Motero
Es normal que Carmen piense en Mario, ella nunca quiso separarse se vio hobligada a ello, se ve en Gacelas y lobos, Carmen podría haberse llevado a Tomás, Angel o Guido por poner tres ejemplos, pero aunque dijera que ya se había hecho a la idea y ya había aceptado la separación volvió a pensar en Mario para compartir esa experiencia.
ResponderEliminarEn el caso de Mario exactamente igual, solo que este último tiene una losa enorme llamada culpabilidad,
Bromas aparte, puede ser muy interesante para la hermanas rememorar esa época y para nosotros será un lujazo conocer su impresión de primera mano sobre unos hechos tan importantes en sus vidas.
ResponderEliminarBruto.
EliminarTienes razón, aunque si es como nos han contado no sólo esta época, y los beneficios van a ser nuestros, no por la historia o el relato como prefieras si no por la exactitud del relato.
Esto ya se estaba dando con MOS y ahora va a ser con las hermanas.
Pienso igual que Lucía, sin desmerecer en absoluto el titanico trabajo de Mario durante tantos años, a mi personalmente me apetece leer este capítulo que será narrado por las dos personas que vivieron ese hecho en sus propias carnes.
ResponderEliminarMe presento, un amigo me habló de Puta de barra de bar, me dijo que era lo más bestia que había leído. Somos aficionados a la literatura erótica, no al porno. Lo leí en Todorelatos y me convenció, erotismo duro del que nos gusta, nada light tipo sombras de Grey o Megan Maxwell que son soporíferas, ni guarro sin guion para pajearse. En un mes me había leído todo incluso los comentarios pero cuando empezó a degradarse descubrí el blog, sería por el 190 y pase de todorelatos, una mierda.
ResponderEliminarQuiero decir que es lo mejor que he leído, está a la altura de las mejores obras de la literatura erótica. No voy a entrar en el debate sobre si es real o ficción, me da igual, la historia es buena, está bien escrita, es creíble y poco más se le puede pedir porque engancha desde cualquier capítulo que la pilles.
Después del peloteo poco puedo añadir, soy de poco hablar pero seguro que me veréis en algún debate que me interese.
Salud y suerte, que la vamos a necesitar.
JB86
JB no es lo que parece, prefiero Guinness.
Grey un bodrio, no pude acabarlo
EliminarBienvenido JB
Bienvenido, JB
ResponderEliminarSi me has leído, sabrás que yo soy más de JW, pero también me apunto a una buena Guinness.
Espero verte por aquí.
Querido JB, no sabes como me gustas, aunque soy más de DYC, el de ocho años con un hielo no te imaginas como está de bueno, pero con ese apodo me vas a caer bien siempre, digas lo que digas.
ResponderEliminarYo empecé como tú, con el diario muy avanzado y un guisquito, y como tú estoy muy enganchado con lo que te apoyaré a muerte, siempre y cuando pienses como yo por supuesto.