Capítulo 211 Senderos de sumisión
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De sobra sabes
que eres la primera
Que no miento si juro que daría
por ti la vida entera
Y sin embargo un rato cada día
Ya ves
Te engañaría con cualquiera
Te cambiaría por cualquiera
Joaquín Sabina 1996
Prólogo: El Sedante de la Entrega
Madrid se ve más limpia, más distante, desde los ventanales de un piso noble. Una sexta planta de vistas privilegiadas que convierte la ciudad en un cuadro lejano.
Tras la ruptura, el mundo de Carmen se redujo a unas maletas a medio hacer y un abismo; pero Tomás está allí para pavimentar el vacío. No solo ha elegido la ubicación, ha diseñado el perímetro de su nueva existencia. Ahora, entre paredes de estuco veneciano y techos altos, Carmen no habitará una casa, sino una tregua financiada.
Lo que empezó siendo un rescate ha terminado por revelar su verdadera naturaleza. Carmen ha dejado de engañarse con eufemismos románticos. No es la compañera de viaje de Tomás ni su pareja ni su amiga; es su concubina, y lo asume con una lucidez que asusta. Ha aceptado el papel de mujer mantenida con la misma naturalidad que se acepta un diagnóstico y su consiguiente tratamiento médico. En este escenario de lujo a medio decorar, ella es la pieza de mobiliario más valiosa, la que calma las tensiones del hombre que entrará y saldrá con llave propia.
Tomás es, a su manera, un benefactor piadoso. Ha entendido que para que Carmen no se hunda en el duelo de la separación, necesita no pensar. La provee de todo lo necesario y lo superfluo —joyas, seguridad, silencio— para que solo tenga que ocuparse de ser un remanso de paz. Y ella responde de la única forma que él reclama: con una disponibilidad absoluta. No hay humillación en su entrega, porque el dolor de la pérdida es tan agudo que cualquier otra sensación parece secundaria.
Dotar de calma, ser objeto de deseo para su dueño le permite dejar de ser sujeto de dolor para sí misma. La bondad de Tomás, manifestada en su protección y en su velada exigencia, funciona como un narcótico. Mientras él habita su cuerpo y provee su vida, Carmen no tiene que enfrentarse al fantasma del ausente. En esa normalidad de ser la "querida", en esa rutina de piel, sexo y mármol, ha encontrado el anestésico perfecto para sobrevivir al naufragio.
Aún está a tiempo. Observa los preparativos, aprueba las decisiones ya tomadas, celebra los electrodomésticos de alta gama recién llegados, los muebles que no eligió, las lámparas que aceptó y espera. No será hasta después de Semana Santa. Aún hay tiempo.
La boca llena
Esther se prometió que jamás le contaría a Carmen lo que había sucedido, pero aquello la cambió para siempre.
Trabajaba demasiado, todos se lo decían. Pasaba horas y horas frente a la pantalla, refugiándose en la rutina diaria para intentar olvidar lo que ocurría de puertas adentro en su propia casa. Su matrimonio se hundía sin remedio sepultado bajo el peso de una soledad compartida que la asfixiaba. En medio de ese desierto afectivo, crecía un anhelo profundo por algo más intenso e inalcanzable; una necesidad imperiosa de experimentar una sacudida que la arrancara, aunque fuera por un instante, de aquella monotonía gris.
Todo comenzó a última hora de una tarde cálida que sabía a primavera. Daniel estaba fuera y Esther se apuntó a una noche de chicas. Ya en casa, se arregló como no lo hacía en mucho tiempo, con una ilusión que creía perdida. Habían quedado en un bar de Malasaña, un local envuelto en luces de neón y música electrónica. La conversación fluía al ritmo de las copas, reían hablando de exnovios y sueños frustrados estirando las horas como solo se hace cuando el cuerpo pide un respiro. De todas, era la única que mantenía un matrimonio estable. Estable, pensó. Si ellas supieran la verdad… Se sentía vacía, su relación era un fracaso, un amor tormentoso con un hombre que jamás la había hecho sentir viva. Anhelaba pasión, algo que la empujara al límite. En realidad, anhelaba lo que no podía tener.
Fue allí donde conoció a Oscar, un hombre alto, de movimientos pausados, barba incipiente y sonrisa cautivadora. Mientras sus amigas se mezclaban con el grupo de Oscar, él fijó sus ojos oscuros en ella con una intensidad que la hizo sentirse vista de verdad por primera vez en años. Se quedaron charlando en la barra, acortando distancias. Los demás, ellas y ellos, se fueron diluyendo entre el humo, las luces y el sonido sincopado. Decía ser fotógrafo especializado en plasmar la naturaleza del deseo a través del «arte erótico».
Con una voz, que competía con los graves de la música, Oscar le explicó que su trabajo consistía en desnudar realidades, no solo cuerpos. Le habló de su estudio, de las sombras que envolvían la piel y de cómo lograba capturar la vulnerabilidad humana en sus instantes más íntimos y clandestinos, donde las apariencias desaparecen. Describía sus sesiones como un juego de confianza y control, un espacio libre de juicios donde sus modelos se atrevían a ser quienes realmente eran. Esther, embriagada por el alcohol y aguijoneada por una curiosidad abrasadora, escuchaba cada palabra como si fuera una invitación a un mundo por descubrir. El atractivo de Oscar no radicaba solo en su físico, sino en esa capacidad para interpretar su vacío; en la promesa implícita de que sabía cómo empujar a alguien al límite y hacerla sentir viva.
—Deberías posar para mí —le susurró al oído, con un aliento cálido que le erizó la piel.
Se echó a reír. No, no. Pero en su interior se encendió una chispa.
Dos días después, se plantó en el estudio de Oscar: un loft industrial en Lavapiés de paredes de ladrillo visto, suelo de hormigón gris mate y una iluminación tenue. Daniel llegaría tarde, si llegaba. Había aceptado la invitación por puro impulso, convencida de que solo se trataba de una aventura para romper la rutina. La recibió con una copa de vino tinto y pronto se encontraron conversando sobre el arte y el deseo.
—Pretendo capturar la esencia de la sumisión —le explicó—, plasmar cuál de las dos partes tiene el control más allá de lo que las apariencias dan a entender.
Oscar giró la pantalla del ordenador. En ella, sobre fondo negro, aparecía un rótulo en grandes caracteres: «Estudio en blanco». El título la predispuso a encontrarse con el mismo estilo que adornaba las paredes del local —fotografías elegantes tomadas en blanco y negro, de sensualidad sugerente y sombras cuidadas—, pero lo que fue apareciendo en el monitor pertenecía a un universo distinto. Era un asalto visual. Una serie de imágenes crudísimas, directas, despojadas de cualquier filtro o pretensión artística, retrataban una entrega absoluta, descarnada y violenta.
En la primera instantánea, una mujer joven de tez pálida, de rodillas sobre el hormigón gris del estudio, con las manos atadas a la espalda y la boca abierta, recibía la doble eyaculación de dos mulatos. Un manto blanco y espeso le cubría la lengua y los labios; densos regueros resbalaban por la barbilla hasta morir en gotas pesadas sobre el relieve de sus pechos desnudos. La siguiente captura congelaba una sumisión más compleja: una modelo tumbada boca arriba, con las piernas abiertas y fijadas por correas. Entre los pliegues enrojecidos de su sexo, se apreciaba un rastro denso y brillante, mezclado con su propia humedad.
Cada clic revelaba una nueva versión de esa intimidad expuesta. La tercera imagen capturaba el detalle preciso de la deglución: una mujer pelirroja, con los ojos llorosos y desorbitados, tragaba con evidente dificultad; el semen escapaba por las comisuras de sus labios hinchados bajo el dominio del puño que le sujetaba firmemente el cabello. La cuarta rozaba el límite de lo soportable: una mujer demasiado joven con el rostro embadurnado, los párpados pegados por el flujo blanquecino y las lágrimas, con el rímel desleído en un difuminado sucio, mostraba la boca entreabierta a rebosar mientras regueros densos le surcaban el cuello como cicatrices líquidas.
Una tras otra, las imágenes mostraban el impacto blanco, denso y escurridizo sobre un rostro de mujer subyugada por el deseo, la sorpresa y el placer. La última fotografía era la más poderosa. Tomada a velocidad ultrarrápida, congelaba en el aire las gotas expulsadas por un glande en primer plano, suspendidas a milímetros del rostro de una mujer de color. El contraste del líquido blanco y espeso sobre su piel oscura, sumado a la expresión de éxtasis con la que era esperado el impacto, resultaba sobrecogedor.
La brutalidad visual de aquellos falos gruesos y agresivos enfrentados a la vulnerabilidad absoluta de las bocas abiertas le robó el aire. El impacto no se quedó en la retina; bajó directo al estómago en un vuelco violento. Se quedó paralizada, atrapada en ese espacio intermedio y asfixiante entre el rechazo instintivo y una fascinación oscura que no lograba comprender.
—No es pornografía barata, es arte —añadió, estudiando su reacción mientras preparaba el equipo—. ¿Estás dispuesta a hacer una prueba de cámara?
—¿Una prueba?
—Quiero ver cómo das ante el objetivo. Desnúdate.
Esther lo miró con los ojos muy abiertos. Desnudarse… allí…
—¿Tienes algún problema?
—No… no.
Esther aún vaciló, pero el efecto del vino, el impacto de lo que acababa de ver y la vibración que la recorría la empujaron a dar el paso. Era ahora o nunca. Se desvistió a tirones, si lo pensaba un segundo más, no lo haría. El frescor del estudio le bañó la piel. Oscar mientras tanto se ocupó en escoger cuerpo y objetivo, colocó las luces e hizo tiempo hasta que ella, desnuda, sin saber muy bien qué hacer con los brazos, entrelazó las manos primero y las dejó caer a los costados después.
—Ponte como… esta —dijo él, golpeando con el dedo el monitor.
Se acercó insegura. Estar a su lado desnuda mientras él permanecía vestido la hacía sentir en inferioridad, incómoda, vulnerable. Oscar le mostró en la pantalla la primera imagen, la de la chica de rodillas con las manos atadas a la espalda; ofrecía la boca abierta y una expresión de felicidad casi irreal. Sintió un escalofrío; estaba temblando.
—¿Podrás hacerlo? —preguntó él, mirándola de una forma que no le gustó.
—No irás a atarme las manos…
—¡No, mujer!, sujétalas a la espalda.
—Sí, claro —respondió fingiendo una seguridad que no tenía.
—Vamos.
Esther regresó al centro de la estancia bajo el calor cegador de los focos. Esperó sin saber muy bien cómo actuar, se sentía torpe y ridículamente desprotegida. El arrepentimiento empezaba a filtrarse como una punzada fría que le decía que se había metido en un terreno peligroso.
Oscar empezó a enfocarla. Todavía estaba a tiempo.
—Arrodíllate, pon las manos a la espalda, hombros atrás... Eso es; saca pecho. Imagínate que eres ella. No, así no: erguida. Tienes unos pechos preciosos, lo sabes, ¿verdad? Claro que lo sabes; he visto cómo te mueves, cómo sacabas pecho en la barra del pub. Te gusta que miren, ¿a que sí? A todas os gusta. Pues vas a disfrutar, porque la cámara es un ojo pervertido. La vas a notar mirándote sin pudor.
Aquel ojo enorme parecía tener vida propia; la miraba sin esconderse; a diferencia de los hombres, iba directo a donde quería mirar. El golpe seco del disparador la sobresaltó; el rápido parpadeo del obturador venía a decirle: «te he cazado». Sabía que su pecho desnudo, la boca entreabierta, los hombros, el cuello, las nalgas o tal vez la humedad incipiente que no podía ocultar habían quedado grabados para siempre. Su intimidad estaba siendo robada, ya no había nada que pudiera hacer para recuperarla.
—Espera, falta un detalle.
A Esther le costaba seguirlo; todo parecía ir demasiado rápido y ella todavía estaba atrapada en su propia indecisión. Oscar volvió con un cuenco repleto de cubitos de hielo, cogió uno y se lo restregó por un pezón. Un escalofrío violento la recorrió ante el potente choque térmico; se irguió por puro reflejo, con los ojos muy abiertos y la respiración suspendida en una brusca inhalación.
—Perfecto.
Repitió en el izquierdo con total naturalidad. Esther lo miró fijamente mientras se lo endurecía, atrapada en una especie de parálisis. Sintió cómo su carne reaccionaba al instante duplicando el tamaño del pezón. Tenía el corazón desbocado golpeándole el pecho con un eco ensordecedor que le impedía articular palabra.
Oscar cogió una toallita, los secó y se detuvo a examinarlos con una actitud profesional que a ella le resultó desconcertante. Acto seguido, recuperó la cámara y le hizo un gesto instándola a que mantuviera la postura. Esther no había dicho que sí, pero sus músculos se quedaron congelados incapaces de rebelarse. Sentía el pecho frío, los pezones duros como piedras y una extraña distancia entre lo que estaba pasando y lo que sería capaz de hacer para evitarlo, si acaso quisiera hacerlo. El objetivo apuntaba a su rostro y ella seguía paralizada.
—Abre la boca. Los tienes delante, están a punto. Ofrécete, estás deseando recibirlo. Muéstrame tu vulnerabilidad.
Esther trató de imaginar la escena, pero no pudo. Oscar se lanzó hacia la mesa, rebuscó y regresó con una copia en papel de la escena del monitor. Esther estudió con detalle a la modelo: de rodillas pero arrogante, las manos atadas a la espalda, los brazos tensos, los labios y la barbilla brillantes por el semen que los embadurnaba, y la boca abierta en un gesto de súplica, de ruego, de hambre. Al cabo de unos segundos se la quitó de las manos y le hizo un gesto invitándola a empezar. Ella inspiró y cerró los ojos: había interiorizado la expresión de la mujer e hizo suya no solo la postura, sino la entrega que irradiaba su rostro.
Al abrir la boca como la modelo se sintió ridícula, reconoció que actuar no es tan fácil. Lo intentó, quería hacerlo. De repente, la memoria la arrastró de vuelta a casa, a la penumbra de su alcoba. Se visualizó casi desnuda, con el hombre que no debería estar en el umbral de la puerta mirándola sin atreverse a dar un paso atrás ni a entrar del todo. Recordó su torso desnudo cuando le buscó una camiseta de Daniel, cómo lo sorprendió observando el sujetador que ella misma había dejado sobre la cómoda. Lo recordó allí de pie, dándole las buenas noches con una tensión vibrante mientras ella, cobijada bajo la sábana, se sentía indefensa y complacida, preguntándose por qué se había acostado desnuda, qué esperaba que pasara. Evocó el magnetismo turbio que compartían a espaldas de todos, unas fantasías prohibidas que no debería estar desenterrando porque nunca, nunca se iban a hacer realidad. ¡Maldita sea, sería de otra mujer! La odiaba; no podía imaginar cuánto la odiaba.
El fotógrafo sonrió con un gesto de aprobación al ver el cambio en su rostro y empezó a disparar.
El corazón desbocado le latía con fuerza. Oscar se acercó sin apartar la cámara, le levantó la barbilla, le movió un hombro animándola a sacar pecho y siguió disparando. No contento con eso, tocó su cuerpo como quien evalúa un objeto o un adorno buscando apagar cualquier vestigio de pudor: le pasó la mano por la piel y ella se envaró; le apretó los pechos y ella desfalleció; le pellizcó los pezones y ella gimió sin poder contenerse ofreciendo a la cámara la expresión exacta que él quería retratar.
—¡Eso es! —exclamó, y siguió disparando.
Aquello pasó de ser una simple sesión fotográfica a convertirse en algo mucho más primario. Cegado por su abandono, le metió una mano entre las piernas y se abrió paso por sus labios empapados. Esther se vio forzada a separar las rodillas y sufrió la crueldad del hormigón en la piel. La penetró con dos dedos, luego tres, estimulándola con crudeza. Ella jadeaba envuelta en un sollozo, él disparaba. El sonido del obturador se volvió lejano, ahogado bajo el peso de una densa neblina. Su propia respiración le saturaba los oídos. La rigidez de sus piernas acabó por ceder.
Cuando abrió los ojos, se descubrió a gatas sobre el suelo del estudio. ¿Cuándo había ocurrido? No recordaba haber cambiado de postura. Oscar la penetraba con embestidas profundas; sus cuerpos se entrelazaban en un torbellino salvaje de carne, sudor y gemidos. Parecía haber más de dos personas allí: en cada golpe violento, en cada tirón de pelo que la obligaba a arquear la espalda, Esther no solo veía a Oscar, sino que sentía la misma presencia clandestina que la había acechado en la penumbra del pasillo de su casa. Era otro peso, otro olor, otra mirada prohibida la que la hostigaba, la degradaba y la poseía como si quisiera romperla. Esther se entregó, perdida en un delirio donde la culpa, la traición y el deseo se fundían sobre el suelo frío que arañaba sus rodillas y su conciencia.
El clímax la alcanzó en un arrebato de brutal intensidad. «¡Sí, sí!». ¿Sí a quién? ¿A quien no podía ser? Él no le dio tregua; la obligó a erguirse de rodillas, con la boca abierta y la lengua extendida. Al notar los dedos clavados en su cuero cabelludo, tensados como garfios, Esther lo miró. Él, con una expresión oscura, le ordenó:
—Ni se te ocurra tragar hasta que yo te lo diga.
Ella seguía inmersa en una bruma de rostros cruzados. Oscar, o quienquiera que fuese el hombre en el que pensaba, se derramó sobre su mejilla y en su boca, inundándole la garganta, la lengua y el paladar. Ella obedeció. La abundancia del semen formó riachuelos blancos que resbalaron por su barbilla y gotearon sobre sus pechos, donde volvieron a acumularse buscando un nuevo camino.
En boca era salado, denso, con un sabor fuerte: un crudo y humillante recordatorio de su rendición. Oscar capturó el instante con la cámara, no paró de disparar: los labios anegados, la lengua visible bajo el charco espeso y las hebras lechosas que pendían de la barbilla y se estiraban.
—Ahora, traga. Despacio, poco a poco.
Y ella tragaba, abría la boca, se tensaba ante el chasquido seco del obturador y volvía a tragar, así hasta que solo quedó un rastro de saliva mezclada con un residuo viscoso en la lengua y en el paladar que también ofreció al objetivo. Esther experimentó una emoción devastadora de humillación, miedo y euforia; palpitaba de placer, la culpa la consumía. Oscar enfocó la mejilla, donde una pincelada ancha, densa y blanquecina se descolgaba hacia la mandíbula y formaba gruesos goterones. La cámara revoloteaba por su cuerpo como una avispa tomando planos que ella no podía imaginar. Se mantuvo inmóvil, ahora tenía el objetivo cerca, muy cerca de sus pechos; los sentía pringosos, y en lugar de avergonzarse, la inflamó una emoción distinta: por primera vez se sentía orgullosa de ellos. No es que arrastrara ningún complejo; al contrario, simplemente ahora todo era diferente. Sus pechos, manchados de semen y captados por la cámara, cobraban otro valor. Cada gota, cada rastro en su piel, cada relieve y cada matiz de color estaban siendo inmortalizados. No alcanzaba a entender qué le estaba pasando: él apuntaba a su cuerpo con el ojo de la cámara y disparaba, una tras otra, instantáneas que más tarde quién sabe qué personas verían, y en vez de preocuparle, la encendía como pocas cosas lo habían logrado.
Oscar se inclinó para encuadrar la vulva. Ella no lo vio; su flujo rezumaba hilos acuosos que pendían hasta tocar el suelo. Se dejó hacer, incapaz de moverse, pendiente del entusiasmo que provocaba en el fotógrafo. Uno, dos, tres disparos... Perdió la cuenta. Le temblaban los muslos, le escocían las rodillas, le ardía la cara. Sentía como si la hubiesen tocado mil manos, necesitaba más, mucho más; pero él ya había conseguido exactamente lo que quería. La ayudó a levantarse del suelo y le indicó dónde estaba el baño.
No quiso pensar ni mirarse al espejo mientras se aseaba. Se sentía humillada, despechada y arrepentida. Lo más duro fue salir desnuda, vacía de las emociones que la habían llevado a actuar como nunca pensó que haría. Cruzó el estudio hasta llegar donde tenía la ropa. Respiró aliviada al ver que él estaba ocupado y no le prestaba atención. Se vistió en silencio tratando de pasar desapercibida. Fue entonces cuando Oscar pareció reparar en ella y la invitó a ver las imágenes en el ordenador.
—Eres perfecta —dijo mirando la pantalla—. Esto es arte puro. Ven.
Esther se contempló en el monitor: no parecía ella. Su expresión reflejaba un éxtasis mezclado con asombro; los fluidos brillaban bajo la luz del estudio. Sus pechos aparecían de una manera nueva, inédita; jamás se había detenido a mirarlos. Se sintió liberada, también vulnerable. La realidad se impuso. ¿Qué demonios había hecho? ¿Dónde acabarían esas imágenes en las que su rostro aparecía de una u otra forma? Regresó a casa con el sabor todavía en la boca y el escozor en las rodillas y los codos. Guardaba un secreto que la excitaba y la avergonzaba a partes iguales. Sería imposible contárselo a su hermana.
Los días siguientes fueron un torbellino. Oscar se puso en contacto y Esther, adicta a esa descarga de adrenalina, aceptó sin dudar. Cada encuentro era más intenso que el anterior, marcado por palabras susurradas que la degradaban y la elevaban al mismo tiempo; contaminado por recuerdos intrusos y deseos prohibidos que la violentaban y le remordían en la conciencia. «Eres mía», le decía él, y ella respondía sin saber lo que decía, a quién respondía ni a qué se comprometía.
En una ocasión, la obligó a posar de nuevo con la boca llena, pero esta vez la grabó en vídeo. La cinta capturó el vaivén del fluido goteando y el chapoteo de su lengua antes de tragar. En otra, le mostró una sesión en la que las mujeres aparecían inmovilizadas por correas de cuero que cruzaban sus cuerpos, atrapando piernas, brazos, pechos y vulva en una intrincada red que no dejaba resquicio al más mínimo movimiento. Algunas estaban amordazadas con una bola de silicona y cegadas por una cinta de raso negra. La sola idea la agobió tanto que entró en pánico y se negó en rotundo. Oscar la calmó asegurándole que jamás la obligaría a hacer nada que no quisiera, pero aquello marcó un punto de inflexión. Nunca más volvió a confiar en él como antes, y con el tiempo, ese abismo acabaría por separarlos.
No obstante, Esther había descubierto que la vida no se reducía a su rutina diaria y al vacío de Daniel. Era un lienzo de deseos crudos, de fluidos y de susurros donde el riesgo a quedar en evidencia ante su familia, amigos y compañeros, y el temor a ser descubierta por Daniel era un componente poderoso del cóctel.
El secreto pesaba demasiado. Tenía que contárselo a Carmen.
El espacio que dejas
Pido otra copa. Las chicas hablan; hago que escucho. Estoy lejos. Muy lejos.
Hoy he empaquetado las últimas cosas que quedaban por embalar.
No es cierto.
Nuestra casa, la que ha sido nuestra casa durante más de diez años está llena de mí. Es imposible que consiga llevarme todo lo que ido dejando a lo largo del tiempo.
No me las he llevado. Aún no. Mañana lo haré, supongo. O pasado. No sé cuánto me queda por recoger.
Estoy bebiendo demasiado. Esta copa se va a quedar sin tocar.
Suena Sam Brown. ¿Cuántas veces la habremos bailado? ¿Cuántas la habremos tarareado?
All that I have is all that you've given me
Did you never worry 'bout the consequences?
Open your eyes, it's not the first time
That you've seen the world in a different light
Stop! Don't come around here no more
Don't you feel like you've been here before?
Stop! Don't you try to tell me what I am
Don't you try to tell me what I am
'Cause I'm not a toy, I'm not a plaything
I'm not the girl you can treat like that (1)
Todo lo que tengo es todo lo que me has dado. Lo tarareo, lo digo en voz alta y, por primera vez, no suena a gratitud, sino a reproche. Me miro en el espejo de la barra, veo el reflejo de una mujer construida bajo tus expectativas, una versión de mí que diseñaste para que encajara en tu vida. ¿Alguna vez te detuviste a pensar en las consecuencias de moldear a alguien a tu antojo? Supongo que no. Para ti, el amor siempre fue un intercambio donde yo ponía la sensualidad y tú, el control.
«Abre los ojos», me digo a mí misma, aunque esta no sea la primera vez que veo el mundo con esta luz tan reveladora. Es la luz que entra por la ventana y que, en lugar de iluminar una promesa de futuro, ilumina la fractura.
Basta.
El eco de esa palabra retumba por todas partes. En las paredes de esa casa que ya no siento mía. No vengas más, dije. No porque te odie, sino porque ya no hay nada que rescatar en ese escenario donde siempre interpretamos el mismo guion desgastado. Basta. ¿No te sientes agotado de este bucle? Porque yo siento que he vivido este instante mil veces: el momento en que me doy cuenta de que, para ti, sigo siendo un objeto que puedes mover a tu capricho, un juguete que activas cuando el silencio te resulta insoportable.
No intentes decirme lo que soy. Ya no te corresponde definir mis límites ni mi valor. Esa es una facultad que te arrebaté en el momento en que dejé de pedir permiso para sentirme yo misma. Ya no soy la pieza que encaja en tu juego ni la chica que espera a que le digas cómo brillar. Ahora es diferente. El silencio que dejas al irte no es un vacío que necesite llenar; es el espacio para ser quien soy ahora que no estás.
Qué triste ha sido todo.
Todavía noto el cansancio de esta tarde en los brazos, cuando el eco de las cajas de cartón al cerrarse era el único sonido que llenaba el salón. Pasaba la cinta de embalaje a lo largo y a lo ancho con fuerza una y otra vez, un ruido estridente con el que intentaba acallar el peso de diez años de recuerdos. La casa se estaba quedando vacía, pero yo sabía de sobra que seguía estando llena de mi presencia.
De repente, el sonido de una llave en la cerradura me sacó de mis pensamientos.
…..
«No esperaba que se le ocurriera aparecer; no era lo acordado. Mario entró con una actitud rayana en la prepotencia, la misma con la que siempre ha reclamado el control de cada espacio, no lo aparenta pero en el fondo lo es: prepotencia encubierta. Me ha costado diez años de matrimonio y solo unas semanas de enfrentamiento a cara de perro para desenmascararlo.
Se detuvo en el umbral, barriendo el salón con un gesto de fastidio.
—Vaya, cómo tienes esto. No se puede ni pasar.
Como si no hubiera ocurrido nada, como si nuestra vida siguiera en el punto anterior a que todo saltara por los aires. No dejé lo que estaba haciendo, seguí doblando las solapas de la siguiente caja sin hacerle caso, mantuve la voz fría y la calma.
—¿Cuál es el problema? Tú tampoco vives aquí. En cuanto acabe de empaquetarlo todo, me lo llevaré.
Dio un par de pasos hacia el centro del salón, acortó la distancia e intentó activar ese magnetismo que durante tanto tiempo le había funcionado. Su tono cambió; ya no era el hombre distante de los últimos tiempos, sino el estratega que buscaba rebajar la tensión bajo sus propios términos y condiciones.
—Te lo vas a llevar todo —dijo entonces, suavizando la voz para ocultar un brote de tristeza.
—Todo no: mis cosas. Es imposible meter diez años en unas cuantas cajas. Siempre quedará algo mío aquí.
—Es cierto —admitió él, con una sonrisa lánguida y dio un paso más—. Carmen, no tenemos por qué hacer esto así.
Me detuve y, por primera vez, lo miré a los ojos. Ya no quedaba nada en mí; solo una distancia insalvable.
—¿Cómo "así", exactamente?
—Así. Con este hielo entre los dos —suspiró, adoptando una pose de madurez ensayada—. He estado pensando. Hemos tenido problemas, pero creo que podemos llegar a un entendimiento. No quiero que te vayas con este… rencor. Podemos pactar cómo gestionar lo que nos queda en común, verlo con calma... Podríamos sentarnos a hablar de nosotros, sin reproches. Podemos encontrar una forma de que esto no sea tan drástico.
—Rencor… Ay, Mario, después de tantos años, sigues sin conocerme.
—No he querido decir eso.
Mario amagó con extender una mano, esperaba que yo, como tantas otras veces, cediera ante la promesa de un terreno seguro diseñado por él. Esperaba a la chica que encajaba en sus expectativas, la que siempre se amoldaba a sus planes. Detecté el guion que habíamos interpretado mil veces: él, ofreciendo una estrategia para mantener el control de la narrativa y yo, aceptando para no quedarme en el vacío.
Me detuve, dejé la cinta sobre la mesa. Lo encaré con frialdad, con la demoledora claridad de quien ya no pide permiso para existir.
—Demasiado tarde —dije sin levantar la voz. Dos palabras breves, pero con un peso absoluto.
Frunció el ceño, desconcertado por la falta de efecto de su discurso.
—Carmen, te estoy ofreciendo una oportunidad para entendernos...
—Es tarde —insistí, di media vuelta, cogí el bolso y una de las cajas pequeñas—. Tu oferta de entendimiento llega cuando ya no necesito que me entiendas. Durante todo nuestro matrimonio, tu forma de entenderme significaba que yo debía amoldarme a lo que tú querías. Ya no soy ese juguete que puedes activar cuando te apetece.
Mario abrió la boca, tal vez para intentar definirme de nuevo, para decirme lo que "yo estaba sintiendo realmente". Caminé hacia el recibidor sin titubear.
—Ya volveré a terminar de recoger lo que queda. Y por favor, no vengas cuando esté. —concluí, con la mano en el pomo de la puerta.»
Al final, no sé cómo, ha caído la copa.
Semana santa
—Definitivamente, voy a pasar la Semana Santa en la sierra —anunció Carmen, poniendo la taza de café sobre la mesa con una firmeza con la que pretendía convencerse más sí misma que a su interlocutor. Acababa de tomar la decisión sobre el piso al que se mudaría, un paso de gigante que la había dejado exhausta, y la perspectiva de refugiarse entre los pinos y el aire frío de la montaña le parecía el único bálsamo posible.
Tomás subió las cejas con ese aire de proteccionismo y superioridad que le crispaba los nervios.
—No creo que sea una buena decisión, de verdad —insistió cruzándose de brazos—. Volver al lugar donde has pasado tanto tiempo con tu exmarido... no sé. Te vas a encerrar en una casa llena de fantasmas, te va a traer tantos recuerdos que te será imposible desconectar y renovarte. Necesitas mirar hacia adelante, no hurgar en la herida. Sal de tu entorno.
A Carmen se le contrajo el estómago.
—Todavía es mi marido —le enmendó con una voz serena que ocultaba la tormenta que crecía en su interior.
—Por cierto, deberías empezar a mover ese asunto, ¿no crees?
—Ese, ¿asunto?
—Que corran los plazos —presionó Tomás, ajeno al territorio minado en el que estaba entrando.
—Ya veré —le dijo, visiblemente molesta, dando por zanjada la conversación.
«Puede que tenga razón… pero Tomás habla como si divorciarse fuera firmar un papel y ya está. No tiene ni idea del calvario que me espera. Aunque Mario y yo lleguemos a las buenas y firmemos un acuerdo sin tirarnos los trastos a la cabeza, la ley nos obliga a ir despacio, como si quisiera castigarnos. Primero tenemos que presentar la demanda de separación y el convenio regulador para que un juez nos diga que sí, que podemos vivir separados. Pero seguiremos casados ante la ley. Luego, tendremos que esperar un año entero metidos en este limbo legal para poder empezar otra vez desde cero, presentar otra demanda y, por fin, conseguir el divorcio definitivo. Es agotador pensar que, incluso haciéndolo todo de mutuo acuerdo, nos quedan meses y meses de burocracia por delante antes de ser libres.
Tiene razón, lo mejor será empezar cuanto antes.»
—¿Vamos?
—Eeeh… sí. Ve abriendo la cama, voy al baño.
—¿Y ese paquete? ¿es lo que me imagino?
—Ahora lo verás puesto, no seas impaciente.
…..
Llegué a la sierra el viernes por la noche, nada me ataba a Madrid. Mis padres habían decidido hacer un viaje con Félix y Lucía, los amigos de toda la vida. Me enteré por Esther, que vino a ejercer de hermana mayor —qué cosas— y a contarme que se iba a Bali. Así, de repente. No me supo explicar con quién, tampoco quise indagar, ya es mayorcita para tener que andar dando explicaciones. Si el imbécil de Daniel se había vuelto a buscar una excusa para estar desaparecido, ella tenía todo el derecho del mundo a hacer lo que le saliera de ahí mismo. De todas formas, me supo mal que no tuviera la suficiente confianza conmigo para contármelo. Puede que en el fondo le faltase seguridad, o puede que fuera algo más. Otra cosa.
Había algo que no terminaba de cuadrar. No era la de siempre, cansada y resignada por un matrimonio gris; la noté alterada, con una tensión flotando alrededor que intentaba disimular con una serenidad forzada, rígida. Había demasiados silencios en su relato, pausas en las que parecía sopesar cada palabra como si temiera meter la pata o revelar un secreto que la desbordaba. Tenía una mirada esquiva, ausente, parecía atrapada en otro lugar, en una vivencia que la asustaba y la encendía a partes iguales. Bah, tonterías mías. Aún así… mírala, ahí estaba otra vez, intentando actuar con naturalidad; sus gestos eran demasiado medidos, demasiado pulcros, protegiéndose de algo. Nosotras nunca nos hemos escondido nada, y ese muro invisible que de pronto había levantado entre las dos, me dejó una sensación muy extraña en el cuerpo.
«—Me voy a Bali.
De sopetón, como si quisiera quitárselo de encima cuanto antes y pasar a otra cosa. Si no la conociese tanto… Pero la conozco, y había algo que sonó a huida defensiva, al estilo de quien intenta desviar la atención de un fuego que avanza a sus espaldas.
—A Bali. Así, de repente.
—De repente, no. Lo he mirado, está a buen precio… y me marcho.
—¿Andando las cosas como andan? ¿Y Daniel?
—Daniel, a lo suyo. Se va a, no sé dónde me dijo, ya es que me da igual, ni le escucho.
Lo dijo con desprecio, sí, pero también con una indiferencia tan exagerada que parecía ensayada. Estaba utilizando el desastre de su matrimonio como una cortina de humo para justificar un arrebato que venía de otro sitio.
—¿Te vas sola?
Pillada: apartó los ojos y fingió ocuparse en elegir una aceituna antes de contestarme. Ese microsegundo de vacilación la delató. En Esther, ese parpadeo rápido y la rigidez con la que atravesó a la pobre oliva con el palillo eran señales inequívocas de que estaba fabricando una respuesta sobre la marcha.
—No, claro; vamos… unas cuantas amigas.
—¿Quiénes?, ¿las conozco?
—Del trabajo, creo que no las conoces.
La conversación le incomodaba. Había una atmósfera de secretismo flotando en el aire que me puso en alerta.
—Pues serán todas nuevas, porque hemos salido más de una vez con tus compañeras.
—Ay, chiqui, qué preguntona estás.
Trató de sonreír, pero la tensión en la comisura de sus labios la traicionó. Le lancé mi clásica mirada inquisitiva con la que la he desarmado desde que éramos crías y la pillaba en falta. Noté cómo se ponía tensa, como si temiera que mis ojos pudieran descubrir algo que la avergonzaba o la encendía.
—¡Qué!
—Cómo es él, en qué lugar se enamoró de ti… —tarareé. (2)
Lo solté en broma, buscando la complicidad de siempre. Su reacción me dejó helada: Esperaba una carcajada y me topé con una mirada huidiza. Un abismo de cosas no dichas se abrió entre las dos en un momento.
—Vale, voy sola, ¿contenta?
—¿Sola? ¿A Bali?
—Qué pasa, ¿no puedo ir sola de viaje? Te recuerdo que soy mayor de edad.
Saltó a la defensiva con una vehemencia que no venía a cuento. Sus ojos tenían algo raro, un aire esquivo, una expresión de miedo y de orgullo desafiante que nunca le había visto. No era la Esther resignada de los últimos tiempos; parecía otra persona atrapada en un secreto que la desbordaba.
—No, si ya lo sé, pero…
—Pero nada. Necesito salir de aquí, vivir, respirar aire puro. ¿No lo entiendes? ¡Me asfixio!
Apretó el puño alrededor de la copa, a punto de hacerla estallar. Capté una angustia tan profunda, una necesidad tan cruda de escapar, que decidí dar un paso atrás. No entendía qué le pasaba, pero fuera lo que fuera, la estaba consumiendo por dentro.
—Vale, vale, perdona.
—A papá y mamá, les dices que voy con mis compañeras del curro.
Otra mentira. Otra capa de silencio para cubrir ese muro invisible que acababa de levantar entre las dos.
—Papá y mamá no me van a preguntar nada, descuida, últimamente es como si no existiera.»
Tomás se iba con su mujer a Mallorca; ahora lo entendía todo. Me juró una y mil veces que su propuesta no pretendía tenerme a mano. Fingí creerle y le deseé unas buenas vacaciones, se merecían una oportunidad para recuperar la relación hasta donde fuera posible. Andrés… supongo que Berta tenía los planes cerrados hace tiempo y pasarían la semana en Salamanca atendiendo a su madre.
Doménico… hablaba y hablaba. Parole, parole (3). Lo cierto es que ni estaba ni lo esperaba. No lo entiendo, yo no podía hacer más, se lo había dejado meridianamente claro, la decisión estaba en su terreno.
Emilio hizo un intento por verme. Se lo dije: no era buen momento. Le prometí que le compensaría a la vuelta. Keep the costumer satisfied. (4)
Lo único que necesitaba era estar sola.
El eco de la grava en la noche
Como dije, llegué a la sierra el viernes por la noche. Quité la marcha y dejé que el coche rodara por su propia inercia hasta detenerse junto a la verja. El crujido de la grava bajo los neumáticos sonó distinto. Más áspero en medio del silencio absoluto de la montaña. Me acompañaban la oscuridad y el rumor del viento que soplaba desde la vertiente oeste. Apagué el motor. Había llegado. Esta vez, sola.
Al girar la llave y empujar la puerta de entrada, el olor a casa cerrada y a frío acumulado me golpeó el pecho. Encendí la luz del pasillo e, instintivamente, giré el rostro. No estaba preparada para cruzarme con la foto del noventa y siete en el jardín en la que me sujetabas por la cintura y yo me doblaba intentando escapar entre risas. Ya no hay de qué escapar, pensé. El silencio de la casa ahora me pertenece como un enorme caparazón de piedra donde lamerme las heridas… al menos por unos días.
Caminé hacia la cocina. La gran mesa de madera de centro, iluminada apenas por la luz del pasillo, parecía inmensa y desolada sin el sol de la mañana y sin mis libros esparcidos. Atravesé el salón frotándome el frío de los brazos. Todo estaba igual, suspendido en una tregua que había terminado saltando por los aires: la mampostería de la chimenea seguía soltándose poco a poco, el techo pedía esa mano de pintura que ya nunca le daremos. Y tu viejo sillón de piel, gastado. No me volveré a sentar en él sobre tus piernas. Evité mirar hacia la librería; sabía que en el segundo cajón de la derecha seguían agazapados los fantasmas, listos para saltar sobre mí si me atrevía a abrirlo.
Necesitaba respirar. Salí al porche trasero abrazándome a mí misma. En la penumbra, esquivé de memoria el escalón roto que cedió aquel invierno y que te pedí mil veces que arreglaras. Me senté en el bancal, junto a los geranios helados, abrí la pitillera de cuero marrón y lié un cigarrillo. La primera calada me supo a ceniza y a años perdidos.
El jardín se extendía como un mar negro y silencioso. A lo lejos, colina abajo, intuía el pueblo dormido. Pensé en el camino viejo, en las calles antiguas y en la plaza. Imaginé la fuente de piedra manando en la más absoluta soledad, sin niños correteando, sin pájaros bajando a beber. Recordé nuestras mañanas en el bar de Julián, nuestros vermuts con aceituna en la mejor mesa bajo el toldo. Todo ese mundo quedaba ahora a años luz de distancia, sepultado bajo el peso de nuestra ruptura.
Apagué el cigarrillo contra la piedra; el frío empezaba a calarme los huesos. Mañana cogería la bicicleta y huiría campo a través hacia las lagunas, para que el agua helada y el viento recio me recordaran que sigo viva.
Entré de nuevo y eché el pestillo. Subí a la planta de arriba arrastrando los pies; al llegar al pasillo, pasé de largo frente a la habitación de los espejos. Esta noche no. Esta noche no quería recordar mi desnudez envuelta en harapos violentada en el reflejo de un cuarto vacío. Entré al dormitorio y abrí el ventanal para que la madrugada de la sierra lo inundara todo. Cerré los ojos, respiré el aire puro y por fin, las lágrimas cayeron.
Camino al pueblo
Carmen cruzó el porche trasero de la casa y caminó sobre la hierba con los zapatos en la mano sin un rumbo determinado. Dejó atrás el viejo pozo y los parterres donde aún resistían las mismas flores que en verano lucen tan vivas. Tras el reencuentro con el jardín, entró a coger sus cosas y se preparó para salir. Cruzó la cancela y escuchó el familiar crujido de sus pasos sobre el camino de guijarros. El silencio de la sierra la envolvía, un silencio que ahora, en su nueva realidad, parecía más intenso.
Se subió a la bicicleta y comenzó a pedalear. Apenas le tomó cinco minutos de marcha pausada llegar al cruce, el punto exacto que separa el aislamiento de la montaña de la senda que conduce al pueblo. Desde allí, tomó el camino viejo, una ruta que avanza entre el monte y permite respirar el aroma puro de la naturaleza. Era sábado de Pasión, las puertas de la Semana Santa estaban abiertas, pero la afluencia masiva de turismo aún no había comenzado. Carmen agradeció esa tregua en el calendario; necesitaba el vacío, no la multitud. La bicicleta avanzaba con suavidad, casi sin necesidad de dar pedales, la inercia de la bajada la llevó a entrar al pueblo por la parte de atrás, bordeando la zona menos habitada para desembocar en las calles antiguas.
Al adentrarse en ese laberinto de piedra, una inevitable oleada de nostalgia la embargó. Esas calles de mampostería, pulidas por el paso de los años, estaban grabadas en su memoria repletas de recuerdos compartidos. Al pasar junto a la antigua fuente de piedra, el murmullo del agua que manaba de los viejos caños le trajo el eco de veranos pasados, de risas de una panda de amigos y de un matrimonio que ya formaba parte del pasado. Observó la piedra desgastada y se sintió un poco como ella: erosionada por el tiempo y las circunstancias, buscando en la soledad de la sierra la fuerza para reconstruirse.
Apretó el manillar, obligándose a concentrarse en el presente. La primera parada fue en la farmacia; necesitaba tiritas, salvaslips y tampones, por si las moscas. Al salir, dejó que la bicicleta rodara cuesta abajo hasta detenerse en la puerta del supermercado, en busca de lo necesario para sus días de retiro.
Finalmente, se dirigió hacia el corazón del pueblo: la plaza. Al llegar, el espacio se abría mostrando las terrazas que empezaban a desperezarse frente al bar de Julián. Carmen miró de reojo la mejor mesa bajo el toldo, el lugar donde tantas veces se había sentado a compartir vermuts en vaso corto y confidencias. Hoy no habría ruidosas celebraciones ni manos entrelazadas; solo el aire fresco de la mañana, un café solitario y el inicio de su propia cuenta atrás. Dejó las bolsas en una silla y esperó a que salieran a atenderla. La campana de la iglesia dio las once. Las palomas levantaron el vuelo.
Heridas
La luz de la tarde se filtraba a través de las persianas a medio bajar dibujando líneas doradas sobre las sábanas revueltas. El dormitorio estaba envuelto en el silencio que sigue a la intimidad. Maite descansaba sobre mi pecho trazando círculos con el dedo sobre mi piel. Yo le acariciaba el pelo de forma ausente, con la cabeza en otra parte.
—¿Tienes algo con esa chica? —preguntó de repente, sin cambiar de postura.
Mis dedos se detuvieron en seco. Tardé un segundo en reaccionar y otro en responder.
—¿Con quién?
—Con quién va a ser, con la que ibas el otro día en el ascensor.
—Ah. Nuria —dije, restándole importancia—. Es una colega. Además... es una vieja amiga.
Maite se apoyó en el codo obligándome a mirarla a los ojos. Su tono no era dramático ni celoso, sino directo, impulsado por esa curiosidad afilada que la caracterizaba.
—¿Estáis enrollados o qué?
—¿Por qué lo dices?
—Por cómo te miraba. Y, sobre todo, por la forma en que me miró cuando se abrieron las puertas. Las mujeres no fallamos con esas cosas, Mario, pero vamos, ni de coña.
Sonreí de medio lado, sabiéndome acorralado. No valía la pena mentirle; a Maite le gusta el juego limpio.
—Bueno, sí... tuvimos algo en el pasado —admití, encogiéndome de hombros—. Y ahora que ha vuelto a aparecer...
—Te la has tirado —concluyó con una risa limpia—. Joder, qué tío, no se te escapa una, ¿eh?
—Tampoco es eso.
—Coño que se te pone a tiro, coño que no perdonas; la hostia.
Sonreí, aliviado por la ausencia de reproches. Decidí que era el momento perfecto para desviar la conversación hacia un terreno mucho más seguro y lúdico. Deslicé la mano por la cadera con suavidad.
—¿He de volver a decirte que tienes uno de los coños más bonitos que he tenido el placer de disfrutar?
Se le iluminó el rostro y torció el cuello hacia el hombro como si mis palabras la acariciasen; su mirada almendrada se volvió aún más estrecha y brillante.
—Mira cómo sonríe —dijo con una chispa de picardía.
Separó las piernas con espontaneidad mostrándome una sonrisa depilada, simétrica y preciosa. Me incorporé para contemplarla. Tenía un cuerpo espectacular, y verla así, con las piernas tan abiertas, las rodillas flexionadas hacia los lados y la vulva expuesta, era contemplar una auténtica obra de arte.
A ver, ¿cómo explicarlo? Maite era, sencillamente, fascinante. Se había convertido en la sensación de todo el edificio, una nota exótica que capturaba la atención de cualquiera que se cruzara en su camino.
Al principio, coincidíamos en el ascensor y apenas intercambiábamos los saludos de rigor. Me fascinaba el contraste, la mirabas y veías los rasgos filipinos, los pómulos altos, el cabello azabache cayéndole sobre los hombros y esa piel de porcelana que parecía de juguete. Pero luego abría la boca y ¡pum!, te soltaba un «¡Aúpa ahí!» o un «¡Aibá la hostia!» con marcado acento de Bilbao. Una chica asiática con un acento vasco de pura cepa. Te rompía todos los esquemas. Supongo que también era una forma de reafirmarse.
En esas distancias cortas, calculé que mediría poco más de uno sesenta; lo que pasaba es que solía llevar unos taconazos imponentes que la elevaban casi a mi altura. Destacaba en ella unos ojos grandes, oscuros, de un almendrado tan profundo que, si te sostenía la mirada, llegaba a descolocarte. Y bueno, lo reconozco, físicamente me volvía loco. Su cuerpo era menudo, sí, pero con unas curvas que desmentían cualquier fragilidad. Como su culo, una auténtica maravilla que daba el contrapunto a la suave curva de su vientre. Picasso lo habría reducido a un dibujo minimalista: dos paréntesis desnivelados, uno más arriba, el vientre, y otro más abajo, el culo.
Nos separaba un abismo: ella todavía saboreaba los veintitantos y yo cargaba con el peso de la madurez. Pensar en nosotros era pura fantasía, pero cuando por fin la tuve en la cama, la realidad superó cualquier fantasía.
Sin los tacones, desnuda sobre las sábanas, Maite parecía una muñeca, una figura pequeña y frágil que se perdía bajo mi peso. Su piel, de un blanco porcelana era suave como el satén. Al recorrerla, descubrí que estaba salpicada de pecas diminutas y justo bajo su pecho izquierdo, tenía un lunar minúsculo que parecía un guiño cruel que me hacia el destino. Sus pechos eran plenos, redondos y firmes, coronados por unos pezones pequeños de un tono chocolate que se endurecían con facilidad. Su sexo, perfectamente rasurado, se ofrecía en un relieve prominente y tibio. En la penumbra, sus pliegues más íntimos, delgados y de un suave tono tostado, asomaban con delicadeza y se derramaban formando una silueta alargada y sugerente que evocaba las alas de una mariposa. Todo en ella, desde el relieve apenas cubierto de su clítoris hasta la entrada húmeda y visible a su interior, desprendía un potente aroma a hembra que me hacía perder el sentido.
Tan joven, tan frágil... y a la vez, con una fuerza capaz de devorarme. Porque aquella pequeña filipina despertaba en mí una oscura pasión. Había aprendido a superarla de una sola forma: dejando de resistirme. Y funcionó. Cuanto más intentaba luchar contra esos deseos, más fuertes regresaban; en cambio, si bajaba la guardia y me centraba en ella, en nosotros, en su cuerpo y en su manera tan libre de vivir el sexo, la retorcida obsesión se alejaba como una tormenta de estío.
Y ahí estaba, ofreciéndome el abrazo acogedor de sus muslos, su sonrisa húmeda y hermosa; si ascendía por la ruta de su cuerpo, la suave curva del vientre anticipaba el firme contorno de unos pechos erguidos, del mismo tono marfileño que toda su piel, rematados por oscuros rosetones puntiagudos del color del chocolate. Coronando aquel paisaje, me esperaba una boca capaz de robarme el aliento y unos ojos con el poder de domar a gigantes.
Mis ojos regresaron al origen.
—La sonrisa vertical... —murmuré—. Por cierto, ¿recién afeitado?
—Lo has notado —sonrió, halagada—. Media hora antes de que llegaras. Para ti, ¿eh? Hay que ver lo que hacemos las mujeres, que luego os quejáis.
—Eres un cielo.
—¿Te gusta o qué?
—Me vuelve loco —admití, acercándome completamente embriagado; lo besé—. Con estos pliegues tan finos asomando...
Los extendí con inmenso cuidado usando la yema del dedo por la superficie hinchada de los labios; si me miraba no lo puedo saber, estaba extasiado. Me incliné a besárselo. Pero el espacio que nos separaba se congeló de golpe. Sobre la mesilla de noche, mi móvil comenzó a vibrar con una insistencia violenta que rompió la magia. Resoplé, contrariado, y estiré el brazo para cogerlo. El nombre en la pantalla disipó cualquier rastro de deseo: Elvira.
Le hice un gesto de disculpa, me senté en el borde de la cama y descolgué.
—¿Sí?
—Mario, me marcho —la voz de Elvira sonó contundente, desprovista de cualquier matiz afectivo—. Te aviso por si tienes que pasarte a recoger alguna cosa; salgo a las siete.
Sentí que un peso enorme se asentaba en mi estómago. La culpa, silenciosa pero voraz, me cayó encima de golpe. Llevaba tres días sin pisar su casa, no había dado señales de vida, no había enviado ni un mensaje y lo peor de todo era que no tenía ninguna excusa que ofrecer. Miré el reloj: las cuatro.
—¿Dónde vas? —atiné a preguntar, con la garganta seca.
Escuché un silencio al otro lado de la línea. Un silencio espeso, largo, interminable, como un castigo medido en segundos.
—A Sevilla —respondió al fin—, me voy la Semana Santa entera.
—Elvira, de verdad, lo siento…
—¿Vas a pasarte o no? —me interrumpió sin darme espacio para justificarme—. Dímelo ya. Es por esperarte. Si no, me voy a la estación en cuanto termine la jornada. Tengo todo aquí.
Miré de reojo por encima del hombro. Maite me observaba en silencio leyendo la tensión en mi rostro. Volví a centrarme en Elvira. En ese instante supe que nuestra relación había saltado en pedazos, no había disculpa capaz de recomponerla, al menos no hoy.
—No... No necesito nada —respondí, derrotado—. Vete tranquila. Te veo el lunes.
No hubo respuesta, solo el sonido sordo del teléfono al cortar la comunicación.
Me quedé inmóvil con el aparato pegado a la oreja, con la mirada clavada en la pared y un vacío enorme en el pecho. La habitación, que hacía un minuto era un refugio cálido, de pronto la sentí fría. Dejé el móvil sobre la mesilla con cuidado y me quedé con los codos en las rodillas. Maite se incorporó arrastrando la sábana y me miró con curiosidad y preocupación.
—¿Qué ha pasado?
Me hundí un poco más en el colchón.
—Acabo de hacerle daño a alguien que no se lo merece.
Le conté grosso modo la compleja relación que mantenía con Elvira, mi antiguo amor de juventud. No quise entrar en demasiados detalles, el dolor y la culpa me salían por los poros, pero de esa parte de mi historia conocía suficiente. Me pesaba demasiado no saber cómo tratar a la mujer que había reaparecido en mi vida y a la que machacaba con mis silencios y ausencias, incapaz de superar el duelo por mi esposa a la que seguía amando.
Maite calló unos segundos sopesando mis palabras. Luego, resopló con una media sonrisa y me dio una palmada en la espalda, sin paños calientes.
—Aibá, Mario... Tampoco te me pongas en plan drama, ¿eh? Que nos conocemos.
Se echó el pelo hacia atrás con un gesto enérgico y cruzó los brazos.
—A ver, las cosas como son: la has cagado pero bien, ¿no? Si llevas tantos días sin aparecer por casa, ¿qué coño esperabas? ¿Que te hiciera la ola? Pues lógicamente está quemada, joder. A ver si ahora te vas a echar a llorar.
Suspiré, pasándome las manos por la cara, abrumado ante tanta contundencia.
—Ya lo sé, Maite. Pero es que la voz que tenía... Está completamente rota.
—Pues claro que está rota, chico, no te jode —replicó, encogiéndose de hombros—. Le has hecho un feo de tres pares de cojones. Pero oye, ya está hecho. A lo hecho, pecho, y déjate de hostias. Venga, anímate, que con esa cara de funeral no vamos a ningún lado.
Maite no era mujer de quedarse estancada en los charcos del drama ajeno, y menos cuando la tarde aún prometía. Me vio hecho un guiñapo de culpa y decidió que ya valía de tanta penitencia. Se acercó por detrás, me aplastó los pechos en la espalda, apoyó la barbilla en mi hombro y me susurró al oído con esa firmeza tan suya:
—Además... Sevilla está a tomar por saco, ¿estamos? Ella se va de procesiones, pues tú estás aquí, conmigo. Y yo no tengo ninguna intención de moverme de esta cama, ¿eh?
Exhalé un suspiro largo intentando sacudirme el peso de Elvira.
—Maite, de verdad, no sé si...
—Chist —me cortó, dándome un mordisco seco en el lóbulo—. No pienses tanto, joder, que ya has pensado bastante por hoy y mira la cara de acelga que se te ha quedado.
Se deslizó con agilidad por el colchón obligándome a tumbarme. Se plantó a horcajadas sobre mis muslos; las líneas doradas de la persiana le cruzaron el cuerpo. Me cogió las manos con fuerza y se las puso en las caderas.
—A ver, que nos conocemos... Estábamos a mitad de una conversación cojonuda sobre mis labios de mariposa, ¿o qué? —soltó con una chispa de pura picardía en los ojos, inclinándose hasta que sus pechos rozaron mi torso—. Y es una falta de respeto tremenda dejar las cosas a medias, Mario. Venga, muévete un poco y demuéstrame que sigues vivo.
El olor de las axilas de Maite y la rotundidad con la que mandaba en la cama terminaron por romper el bloqueo. Encontré en sus ojos esa honestidad brutal que me volvía loco. La culpa seguía ahí, en el fondo, pero quería olvidar, aunque solo fuera hasta el lunes. Y ella era un torbellino imposible de ignorar.
Le aferré las caderas, tiré de ella hacia abajo y la besé con rabia y deseo, hundiéndome en el refugio de su cuerpo. Quería olvidar. Olvidarme de todo, aunque el lunes todo volviera a ser igual; quería olvidarme de Elvira, de Carmen, de mis errores y mis fracasos, de cómo su cuerpo menudo y casi infantil había despertado en mí una obsesión desconocida. Venga, ¿por qué no pecar una vez, una única vez? ¿Por qué soportar la tensión de negar un deseo abolido, penado y borrado por la sociedad? ¿Por qué no pensarlo, vivirlo en secreto y después olvidar que se ha hecho, pensado y vivido por una única vez? Para Maite no habría diferencia, sería sexo; para mí sería romper las barreras sin dejarlo salir y sin ponerlo en palabras, porque Maite sería incapaz de aceptarlo, ni siquiera de hablarlo. Y al final, qué más da: una vez no es nada si ayuda a olvidar, a olvidarme de todo. Si Carmen podía ser el objeto perverso de la obsesión de Tomás, ¿por qué no podía ser Maite, por una única vez y sin llegar a saberlo, el objeto perverso de mi recién descubierta obsesión? Olvidaba que todos los vicios comienzan por eso: por una primera vez.
…..
—¡Hostia, tú! ¿Pero qué te ha dado? Casi me descoyuntas. No irás puesto de algo o qué.
Me eché a reír sin ganas, la besé y la estreché.
—Tranquila, lo más que he probado ha sido algún que otro porro, y hoy no ha sido el día.
—Bueno, tú sabrás... —Resopló, mirándome con desconfianza. Estaba tan saciada que cerró los ojos y se dejó abrazar.
Día de perros
Había recuperado el hábito de correr devorando kilómetros entre senderos de piedra, jara y pino silvestre. Ahí arriba, lejos del asfalto, el aire limpio de la montaña purifica los pulmones a golpe de esfuerzo; la inmensidad del paisaje consigue alejar el ruido y las prisas del mundo, reducidos a una insignificancia. Correr allí no es solo entrenar el cuerpo, es una vía de escape ideal para limpiar la mente.
Durante una de mis rutas habituales, bordeando el sendero que sale de casa, divisé una silueta unos metros por delante. El chico mantenía un ritmo constante y ágil, no me costó nada dejarlo atrás.
Al llegar a las inmediaciones de las lagunas altas, el cansancio pidió un respiro. Poco después, me alcanzó. Nos saludamos con la cabeza y se sentó a descansar en la misma roca plana en la que yo estaba asomada al agua cristalina. Intentamos cruzar un par de frases, pero la conversación murió enseguida. El sol empezaba a caer y la superficie de la laguna reflejaba los últimos destellos de la tarde. Confieso que miré el agua con muchísima tentación, pero deseché la idea de nadar. No estaba sola, la tarde agonizaba y, además, aún podía pasar algún excursionista rezagado.
Sin embargo, el esfuerzo me pedía alivio a gritos. Me agaché en la orilla y empecé a refrescarme brazos, hombros, cara y cuello. Qué delicia; esas gotas heladas me devolvieron la vida. El corredor se acercó y ahí sí, rompimos el hielo. Esta vez la conversación fluyó de otra manera, entre risas, confidencias y anécdotas de la montaña. Conectamos enseguida.
El regreso fue un descenso rápido, rítmico. Terminamos la jornada en la terraza del bar de mi tocaya, Carmen, arreglando el mundo y cambiando impresiones mientras tomábamos unas bebidas isotónicas. Al despedirnos, la atracción era patente.
—Mañana volvemos a subir, si te apetece —propuso, mirándome a los ojos.
—Más temprano —le respondí, acortando la distancia—. Mucho más temprano.
Quedamos al amanecer, cuando el cielo apenas empezaba a teñirse de un azul violáceo precioso y la bruma flotaba sobre los senderos. El ascenso fue exigente, pero yo venía con ganas. Desde el principio impuse un ritmo fuerte y constante; apreté el paso y empecé a sacarle una ventaja considerable devorando la subida con la agilidad que da conocer cada piedra del camino. Al pobre le costó lo suyo mantener el tipo.
A medida que ascendíamos, el tiempo se estropeó: las nubes cerraron el cielo y la brisa suave se transformó en un viento desapacible que anunciaba tormenta. Llegué a la cumbre sola; lo había perdido sin darme cuenta. Al alcanzar la laguna mayor, bajo esa luz plomiza y dramática, me detuve a admirar el paisaje; el agua parecía un espejo de mercurio. El cuerpo me pedía a gritos hacer lo que siempre hacía cuando estaba ahí arriba: nadar desnuda en el agua helada. Pero claro, en esta ocasión tenía compañía. La única vez que se me ocurrió hacer algo así salió bien (5), pero era como tirar una moneda al aire porque a este no lo conocía de nada; parecía un buen tipo y, por lo poco que habíamos hablado el día anterior, amable, simpático y culto. Me había contado que vivía en París y que era ingeniero informático, aunque todavía no me había quedado muy claro qué hacía exactamente por aquí. Desde luego, atractivo era un rato: Alto, de hombros anchos y tono aceitunado de piel propio de los magrebíes; poseía una fisonomía imponente que contrastaba con la calidez de su mirada. Tenía el cabello ensortijado, ojos oscuros y profundos y una sonrisa capaz de desarmar a cualquiera. El candidato perfecto para hacer una locura... o para meterte en un problema.
Eché un vistazo alrededor, no había ni un alma y decidí hacer lo que me pedía el cuerpo. No quería nada con él, tampoco quería privarme del placer con el que solía cerrar las subidas a las lagunas hasta que el ladrillo las degradó. Aposté porque me encontrara ya en el agua cuando llegase... si es que llegaba con suficiente aliento, ya gestionaría después lo que el día me deparara. Prescindí de la ropa con movimientos rápidos y decididos, y respiré hondo plantándole cara a la ventisca.
—¡Vamos, al agua! —grité al vacío, liberando tensiones.
El rezagado llegó a tiempo de verme correr desnuda y zambullirme en las aguas gélidas. El impacto térmico, lejos de asustarme, me llenó de una vitalidad salvaje. Nadé como una desesperada dando fuertes brazadas. Oí gritos en la orilla; era él, bufando y tiritando de forma descontrolada. Al verlo dudar, paralizado ante el frío y el viento, no pude evitar romper a reír. Empecé a picarlo y a burlarme para provocarlo. «¡Vamos, que no se diga!». Nuestras voces retumbaban en el silencio de la montaña. Él, con el orgullo un poco tocado, se terminó de desnudar a regañadientes —vaya, no estaba nada mal— y se lanzó al agua.
El frío inicial dio paso a un juego frenético y divertidísimo. Empezamos a nadar compitiendo por ver quién llegaba antes a la roca que sobresalía en el centro de la laguna. Hubo aguadillas, salpicaduras y risas ahogadas. Yo, que me muevo muy bien en el agua, manejaba los hilos del juego a mi antojo: le daba ventaja, lo envolvía en improvisadas melés y lo provocaba para obligarlo a reaccionar y entrar en calor. Con tanta agitación, los cuerpos empezaron a buscarse. Los roces que al principio parecían accidentales se volvieron del todo intencionados en un continuo cuerpo a cuerpo; nuestras piernas se entrecruzaron bajo la superficie y, en un movimiento fortuito, su mano alcanzó mis pechos. Protesté con una falsa indignación, pero con una sonrisa que me delataba; lo entendió y a la próxima que atrapó desde atrás mis tetas pronuncié un “¡eh!” de advertencia nada convincente.
Nos encontramos en un beso intenso, con los labios entumecidos por el frío. Fue en ese abrazo subacuático cuando sentí la inequívoca respuesta: su anatomía presionaba contra mi muslo, firme y ajena a la temperatura del agua. Deslicé una mano por debajo de la superficie, envolviéndola para calibrar la intensidad de su deseo. Abrió los ojos de par en par y me aferró por las caderas con una fuerza que no le calculaba. Enredamos las piernas y nos besamos con auténtica furia.
—Fuera, o nos quedaremos congelados aquí dentro. —le siseé al oído; el labio inferior empezaba a temblarle, síntoma de hipotermia.
Salimos de la laguna con la sangre galopando a mil por hora. Me sacudí el agua y me planté frente al viento con los brazos en cruz, disfrutando de la evaporación que me hacía sentir poderosa y libre. Podía notar sus ojos devorándome mientras intentaba, con bastante poca maña, usar una toalla que a todas luces era demasiado pequeña para él. Al final desistió, más atento a verme entregada a la inclemencia del tiempo como si el viento me acariciase.
—Este es mi territorio, aquí me siento como en mi casa. —dije, respondiendo de alguna manera a su estupor.
—Te envidio.
—¿Por qué?
No supo responder.
Seguía encarada al viento secándome con cada racha; notaba la sangre galopando por mis venas y la piel anestesiada sin rastro de frío o calor. Su mirada no me provocaba otra cosa más que orgullo por ser capaz de dominar mi cuerpo. Aunque era consciente de lo que él sentía —cómo no serlo—, estaba desnuda, ofrecida al viento helado, y él me miraba; no dejaba de hacerlo.
—Por ser tan libre. —respondió al fin. ¿Sería sincero? Lo iba a saber enseguida.
Me acerqué a unos arbustos que flanqueaban el prado porque no aguantaba las ganas de hacer pis. ¿Por qué no hacerlo? ¿Qué me lo impedía? Allí mismo, erguida y con las piernas bien abiertas, me separé los labios y me alivié; no estaba dispuesta a andar con remilgos ni a renunciar a ser yo misma. El chorro brotó fuerte, grueso y humeante cayendo en la hierba más allá de mis pies. Mientras meaba, una oleada de recuerdos me recorrió el cuerpo. No era la primera vez. Ahí estaba Doménico, las madrugadas en la ducha, la libertad recuperada; y la viva imagen de Jorge en este mismo lugar. Había algo profundamente adictivo en reclamar esa igualdad con el varón, en orinar de pie sin complejos ni pudores allí donde y como una mujer puede hacerlo: desnuda, en la ducha o en la naturaleza.
Escuché sus pasos. Me había olvidado de él. Llegó a mi lado y estudié su reacción. Podía pasar cualquier cosa: que respondiera bien, que se escandalizara o, en el peor de los casos, que tuviera que neutralizarlo; pero esa soy yo, al natural, y no tenía intención de ocultarme. Se quedó fascinado mirándome. Probablemente nunca había visto a una mujer hacerlo de pie como un hombre. Espoleado por la escena, se colocó a mi lado, se sujetó el miembro e intentó acompañarme, aunque la media erección le complicaba bastante la tarea. Tras unos segundos de concentración lo consiguió: un chorro vigoroso salió disparado a gran distancia rebasando el mío. En esto, los hombres siempre nos ganan.
Su mano empuñaba la verga, el flujo dorado cruzaba el espacio... y volví a mirarlo con franqueza. Él hizo lo mismo clavando la vista en el caño que aún brotaba de mi vulva. Éramos dos iguales; creo que lo entendió de la misma manera que yo, aunque mis tetas le nublaran el entendimiento. En un arrebato travieso, le di un suave golpecito desviándole la trayectoria. Él protestó, entre sorprendido y divertido, yo solté una carcajada antes de salir corriendo de vuelta a la orilla. Me agaché, aventé agua fresca con la palma de la mano y me enjuagué.
Se apresuró a seguirme antes de que me diera tiempo a incorporarme y se agachó a mi lado con la misma intención. Me aventuré, aunque no lo conocía bastante como para llegar a tanto: le arrebaté el miembro y lo lavé con un cuidado extremo devolviéndole en parte esa dureza que el frío amenazaba con adormecer. Me gustaba hacerlo —aún me gusta—, él no se mostró reacio y me entretuve más de lo necesario, lo sé, pero era tan agradable sentirlo dócil en mis manos que lo disfruté. Empezó a temblar, víctima de una brutal de excitación por mis atenciones y por el azote del viento sobre su piel húmeda.
—No sé cómo aguantas el frío —alcanzó a decir, dejándose hacer—, hace un día de perros.
—Si lo entrenas, el cuerpo se acostumbra a todo —le respondí, mientras mimaba su sexo como si fuera un animalillo. Fue una escena singular: los dos en la orilla, enjuagándolo entre mis manos, hablando de cosas triviales. Si no hubiera hecho tanto frío, lo habría hecho durar más porque ni él ni yo queríamos que acabase. Si no hubiera hecho tanto frío…
Terminamos compartiendo mi toalla. Lo froté con energía para que entrara en calor y no se me congelara allí mismo. Yo misma había empezado a notar que estaba al límite. Por suerte, el viento había amainado. La extendimos a cobijo de los matorrales y nos sentamos a ras de suelo a cobijo del viento aprovechando los tímidos rayos de sol que empezaban a templar el prado. Me acomodé sin pararme a pensar en las formas: sentada sobre la toalla, flexioné las piernas; la izquierda cayó de lado en el suelo, crucé el pie detrás del otro. Entrelacé las manos en la rodilla que se mantenía erguida y estiré la columna, como si me desperezase. Era demasiado para él: sus ojos volaron descontrolados de mis pechos a mi vulva, mientras yo iniciaba una conversación de lo más trivial sobre el paisaje, la naturaleza y la vida lejos de la ciudad.
¿Por qué lo hice? ¿Qué pretendía? Nada; no había subido a la sierra buscando nada. Tenía en Madrid todo el sexo que pudiera querer y, si acaso quisiera más, siempre podría acudir a Lauri, ¿no? No había dejado de darle vueltas a la historia de la señora para la que trabajaba. Aquí… buscaba otra cosa. Sin embargo, la entrada en escena del desconocido me había dado un motivo para desconectar, ya que el mero hecho de alejarme no estaba funcionando. Tal vez por eso estaba sentada delante de él, en pelotas, con las piernas abiertas, el coño en primer plano y la cabeza fría como un electroencefalograma plano.
Mientras tanto él, sentado en la misma postura —piernas cruzadas, una flexionada, la otra caída—, mostraba una erección soberbia que el frío amanecer no conseguía tumbar y era todo un placer mirar. Sabía que esa batalla contra el clima la teníamos perdida: no aguantaríamos mucho más el viento helado, nuestra temperatura corporal caería en picado si no nos movíamos.
Poco a poco, la tensión sexual dio paso a una charla fluida propia de dos excursionistas. Yo sentía el terreno abonado para ir más allá; por mí, adelante. Pero él, o no supo leer las señales —algo difícil de creer— o el rigor de la cumbre le apagó el impulso. No me importó, ya me desahogaría en casa. Nos vestimos y emprendimos el regreso al pueblo a un ritmo ágil, dejando que todo el deseo contenido se quedara allí arriba, flotando como la bruma sobre las aguas de la laguna.
Una historia prestada
Pasaron dos días sin que coincidiéramos, pero él seguía muy presente en mi cabeza y alguna que otra vez en mis dedos. Una tarde, cuando regresaba de correr, lo divisé a lo lejos cruzando la plaza y el corazón me dio un traspiés. Al verlo, me asaltó una oleada de pensamientos y deseos que no pienso confesar: habría dado lo que fuera por encontrármelo arriba, en las lagunas, revivir el momento en el que me desnudé para nadar, o al salir del agua. O dispuesto a orinar codo con codo conmigo. ¿Qué demonios tenía ese hombre para haberme trastornado tanto?
Resultaba sumamente atractivo. Era moreno, y sus marcados rasgos magrebíes me provocaban un deseo irracional, una mezcla de misterio y química pura. Me detuve a su lado apoyando las manos en las rodillas para recuperar el aliento y disimular el vuelco que me había dado el pecho al verlo. Tras unas frases de cortesía, la atracción mutua nos arrastró directos al interior del bar. Allí, entre café y confidencias, por fin supe su nombre: Tarek. La tensión en la mesa era tan evidente que el aire chispeaba. Dejándome llevar por un impulso, lo invité a casa. ¿Me estaría equivocando? No lo conocía de nada.
Cruzamos el umbral y el peso de la realidad me golpeó de lleno. ¿Qué estaba haciendo metiendo a un extraño en casa? Intenté disimular los nervios y ganar algo de tiempo; le ofrecí algo de beber mientras señalaba el sofá.
—Ponte cómodo. ¿Quieres tomar algo? ¿Un café o prefieres una cerveza?
Serví dos cervezas y, antes de volver, tuve ocasión de comprobar el aspecto que tenía: venía hecha un auténtico desastre tras la carrera, con el pelo mal recogido, las mejillas encendidas por el esfuerzo y la ropa de deporte pegada al cuerpo.
—Dame solo un minuto —me disculpé con una sonrisa—. Necesito cambiarme de ropa y asearme un poco. Vengo impresentable.
Tarek no se había sentado. A unos pocos pasos de mí, me recorrió con una mirada lenta y cargada de una honestidad que me congeló en el sitio. Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios.
—No te disculpes —dijo con una voz profunda y pausada que parecía vibrar en las paredes—. No hay nada más atractivo que una mujer sudada.
El comentario cayó como una descarga. Me quedé sin palabras, con las respuestas atascadas en la garganta y las mejillas ardiendo por una razón bien distinta a la carrera. Su audacia me descolocó por completo. Incapaz de sostenerle la mirada sin delatar el vuelco que me había dado el corazón, me di la vuelta y salí del salón a toda prisa, buscando el refugio del cuarto de baño.
Una vez dentro, apoyé la espalda contra la puerta y exhalé el aire que no sabía que estaba reteniendo. Tenía el pulso acelerado. Me desvestí a contrarreloj, dejé caer la ropa al suelo, y me metí en la ducha. El agua arrastró el sudor de la carrera, pero no la calidez de sus palabras que seguían resonando en mi cabeza. Me aseé a toda prisa consciente de cada segundo que pasaba y de la presencia de Tarek al otro lado del pasillo.
Al salir, con la piel aún húmeda, busqué en el armario algo sencillo: unos pantalones cortos de lino y una camiseta básica de algodón. Impulsada por una extraña combinación de desafío y morbo, rebusqué en la cómoda y encontré un conjunto olvidado de ropa interior de encaje negro. Me lo puse rápidamente antes de que me arrepintiera. Al ver mi reflejo en el espejo, con la lencería sugerente, un pensamiento me asaltó con fuerza: “¿Serás idiota, qué demonios crees que estás haciendo? No lo conoces de nada». Me pasé una mano por el pelo aún húmedo, respiré hondo para aplacar los nervios que me atenazaban el estómago y, con el corazón latiendo a un ritmo acelerado, ignoré la advertencia de mi propia mente.
Una vez en el salón, la conversación se volvió mucho más íntima y pausada. Al hablar de nuestras vidas, Tarek mencionó que había vivido en París ocho años. Yo le conté que era mi ciudad soñada. Con una voz melancólica y precisa, empezó a enumerar rincones que yo conocía a la perfección: las laberínticas y empedradas calles de Montmartre, el bullicio bohemio del Barrio Latino y, por supuesto, la majestuosidad de los Campos Elíseos.
Entusiasmada por la coincidencia, me levanté para mostrarle algo muy especial. Saqué de la vitrina un pequeño recuerdo que habíamos traído de uno de nuestros primeros viajes a la capital francesa hacía mucho tiempo: una réplica en miniatura de un carrusel clásico parisino, hecha de porcelana fina pintada a mano y bronce envejecido. Tenía un mecanismo musical oculto en la base y, al darle cuerda, los diminutos caballos subían y bajaban bajo un techo decorado con querubines barrocos. Tenía un valor sentimental incalculable.
Sin poder evitarlo, recordé con una nitidez dolorosa el frío día otoñal en que Mario me lo compró en un mercadillo de antigüedades junto al Sena. Una punzada de nostalgia me atravesó el pecho; cerré los ojos un instante, respiré hondo y me obligué firmemente a apartar aquel fantasma de mi cabeza. Tarek estaba allí, y el presente reclamaba toda mi atención. Empezó a tararear una canción que me hizo sonreír.
Aux Champs-Élysées / Aux Champs-Élysées
Au soleil, sous la pluie / À midi ou à minuit
Il y a tout c'que vous voulez / Aux Champs-Élysées (6)
Terminé uniéndome al estribillo de la canción, y la pena desapareció, disuelta por la música.
—Espera —le dije con los ojos brillantes.
Busqué entre la colección de CD. A los pocos segundos, la voz grave de Joe Dassin inundó el salón. Empecé a cantar moviéndome con una sensualidad lenta y provocativa clavándole la mirada. Tarek se levantó y me envolvió en sus brazos. Bailamos pegados al ritmo de la música; los besos, dulces y tiernos al principio, se volvieron impacientes, hambrientos y cargados de necesidad. Me empujó contra la pared, con movimientos rápidos y un punto rudos, me quitó la camiseta y me bajó el pantalón; se abrió paso en mi intimidad sin preámbulos. Era una locura absoluta, desbordante.
—No te corras hasta que yo lo diga.
—Qué… ¡qué dices…!
—No quiero oír ni un susurro —murmuró en mi oído.
Aún hoy no encuentro palabras para describir lo que se revolvió dentro de mí. Conseguí reaccionar e intenté hacer lo que me pedía: contener tanto el torrente de sensaciones que irradiaban desde sus dedos, profundamente hundidos en mí, como el aluvión de emociones que bombardeaban mi cabeza. Tarek demostró una habilidad y un ritmo tan fríamente calculados que resultó imposible frenar el orgasmo. Me asaltó de golpe, rompió todas mis defensas; no lo pude controlar.
Antes de que pudiera recuperarme, se apartó como si yo ya no le interesara; caminó hacia el ventanal decepcionado, incluso molesto. Desconcertada ante su reacción, presa de una extraña desazón, salí de la estancia.
—Voy al baño —acerté a decir. Necesitaba desesperadamente unos minutos, un poco de agua fría en la cara y estar sola para serenarme.
No entendía qué le había pasado, y menos aún qué me había pasado a mí. Había sentido temor y atracción a partes iguales. Temor sin motivo; atracción por participar en un juego que me sometía al capricho de un desconocido, donde mis deseos carecían de valor. Si me hubieran dado a elegir, a pesar de todo habría optado por quedarme y acatar su mandato: bloquear mi placer hasta que él decidiera. Eso es lo que intenté, y fallé.
¿Quién lo dice? ¿fallé por permitir que mi cuerpo siguiera su instinto? ¿eso es fallar?
Cuando salí, el silencio en la casa era absoluto.
—¿Hola? —llamé, presa de una extraña sospecha. Nadie respondió—. ¿Tarek?
Recorrí la casa, lo llamé por todas partes, me asomé al jardín... nada. Tarek se había marchado sin dar una explicación sembrando una estela de desconcierto. Paseé los ojos por la estancia, completamente confusa, y, de repente, sentí que el estómago se me encogía. En la vitrina, justo en el lugar donde lo había colocado tras mostrárselo, faltaba mi preciado carrusel de París.
—No me lo puedo creer… —mascullé entre dientes sumida en un calvario de rabia e impotencia. El desgraciado me había robado un pedazo de mi propia historia.
El duelo de Elvira
Elvira no esperaba que Mario volviera a su vida de esa manera, como un eco de los años de juventud que reaparece en medio de una tormenta ajena. Cuando Carmen le abrió la puerta a una vida con el hombre al que amaba desde su juventud, se dijo a sí misma que era una segunda oportunidad que el destino les debía después de la ruptura adolescente que les había marcado a ambos.
Pronto empezó a ver las grietas. Mario sonreía, hablaba, la tocaba con una ternura que parecía genuina, pero en sus ojos había una ausencia que no lograba disimular. Era como si estuviera presente solo a medias, como si una parte de él siguiera atrapada en el piso que había compartido con Carmen, en las rutinas que habían construido juntos. Elvira lo notaba en los silencios repentinos durante la cena, cuando él se perdía mirando el plato; en las noches en que se despertaba y lo encontraba fumando en la terraza con la mirada fija en la ciudad. Preguntaba con cuidado —«¿Estás bien?»—, y él respondía con un «Sí, claro» que sonaba a excusa.
Su propio duelo se instaló entonces, sutil pero persistente, como una llovizna que cala sin hacer ruido. No era solo por Mario; era por la versión idealizada de él que había guardado en su memoria todos esos años. El joven apasionado, sin cargas, que ahora se revelaba como un hombre herido, sangrando por una mujer que lo había dejado. Elvira se sentía como un bálsamo temporal, un salvavidas al que se agarraba para no hundirse del todo, pero que no era suficiente. Intentaba no compararse con Carmen —esa figura etérea que Mario mencionaba a veces en anécdotas casuales, siempre con un tono neutro que delataba el dolor—, pero era inevitable. ¿Por qué ella no podía llenar ese vacío? ¿Qué tenía Carmen que Elvira no podía replicar?
La rabia aparecía en momentos inesperados. Rabia contra Mario por usarla como consuelo, por no ser honesto del todo. Rabia contra sí misma por aceptar el papel de segunda opción, la que está ahí cuando hace falta, pero no es la elegida. En esas noches en que no regresaba, o después de que se durmiera a su lado, Elvira se quedaba despierta, con un nudo en el pecho que no era de celos, sino una tristeza profunda por lo que podría haber sido. Recordaba su propia historia: el alejamiento de Mario en su juventud, los años con Santiago, la soledad que había aprendido a llevar con dignidad. Ahora, al recuperarlo, se daba cuenta de que no era una victoria; era otro capítulo de pérdida disfrazada de esperanza.
Lo peor eran los gestos involuntarios de Mario que la hacían sentir invisible. Cerrar los ojos durante el amor, como si imaginara a otra; mencionar hábitos que eran de Carmen sin darse cuenta; esa distancia emocional que crecía en los días buenos, cuando parecía que avanzaban. Elvira intentaba llenar el espacio con su propia calidez: cocinaba sus platos favoritos, planeaba salidas, le enviaba mensajes divertidos durante el día. Por mucho que se esforzara, el vacío persistía. Se convencía de que con tiempo todo cambiaría, que Mario sanaría y la vería de verdad. En el fondo sabía que era una ilusión: su duelo era por un amor que no era completo, por un hombre que pertenecía a otra.
Con los días, Elvira aprendió a convivir con esa pena callada, con sus silencios y sus ausencias. Salía con amigas, se refugiaba en el trabajo, se permitía llorar en la ducha donde nadie la oía. No era el duelo explosivo de una ruptura fresca; era uno lento, corrosivo, de quien ama sabiendo que no es suficiente, nada es suficiente. A veces, mirándolo dormir, sentía una ternura mezclada con resignación: lo quería, sí, pero no podía salvarlo de su propio luto. Y en esa aceptación, empezaba a vislumbrar su propia salida: quizás dejarlo ir de nuevo para no convertirse en un eco más de lo que nunca fue.
Así, el duelo de Elvira se tejía en silencio, entre las sábanas compartidas y los cafés matutinos. No era solo por Mario; era por la ilusión de un reencuentro perfecto que la realidad se había encargado de desmontar. Y aunque dolía, también la hacía más fuerte: le recordaba que algunos salvavidas no salvan a nadie, solo mantienen a flote hasta la siguiente ola.
Citas
1 Stop Sam Brown.
2 Cómo es él. Jose Luis Perales 1982
3 Parole parole. Mina 1972
4 Keep the costumer satisfied. Simon & Garfunkel 1970
5 Capítulo 111 Las lagunas Julio 2018
6 Les Champs-Elysées. Joe Dassin 1969
No he podido terminar de leerlo, tengo un nudo en la garganta.
ResponderEliminarEs el capítulo más triste de todos lo que ha habido. Esta noche seguiré, ahora no puedo seguir, me supera.
Como me temía el capítulo no me a gustado, no me a gustado Carmen y no me a gustado Mario.
ResponderEliminarNo se que hace Carmen con Tomás, la forma que tiene de tratar a Carmen es pésima y lo peor es que Carmen lo sabe y lo acepta.
Esther hace bien en dejarse llevar, ya a aguantado suficiente al inútil de Daniel, lo que no tengo tan claro es la elección que ha hecho, me da a mi que Oscar la va a meter en más de un lío.
Para mi el único personaje que aprueba en este capítulo es Elvira, que injusto es que ella tenga que sufrir porque Mario es un mastuerzo, su decisión de irse a Sevilla totalmente acertada y lo siguiente que debería hacer es distanciarse de Mario que solo va hacerla sufrir y Elvira no merece sufrir.
Que el capítulo no me haya gustado nada tiene que ver con el texto que sigue siendo exquisito como siempre.
Un abrazo muy fuerte para los dos.
Yo tengo una cosa clara, la ruptura de Carmen y Mario será como ascender al Everest, en el capítulo 211 acabamos de salir del campamento base.
ResponderEliminarSerá una ascensión dura y cruel donde los lectores tendremos que apretar los dientes y sudar sangre para conseguir llegar a la cumbre que sintoniza la reconciliación de Carmen y Mario.
Mi pregunta es, ¿estaremos preparados para poder llegar hasta ahí y poder descorchar el champán para celebrar el logro conseguido?
Tal vez sea una locura, pero tengo un palpito de que Esther será el catalizador para que Mario y Carmen vuelvan a ser uno otra vez.
Gracias Mario, lo leeré con calma y publico
ResponderEliminarMenuda bomba
ResponderEliminarEsther haciendo una huida hacia delante ya que no puede tener a quien quiere. Ya veremos si en Bali no derrapa del todo
Carmen en su punto más bajo triste deprimida y sin ganas de nada ha perdido la poca ilusión que le quedaba se va a dejar arrastrar por la vida que lleva. Sexo, prostitución escort de Tomas y acabará en el burdel de la señora con la que trabaja Lauri. Andres la usará Emilio también y Domenico algo se huele y por eso no aparece que pena
La relación está más que rota los reproches está a un nivel divorcio por eso se lo está planteando
No se como es posible que lo hayan podido remontar
Me gustaría explicar porque he comentado que no me han gustado ni Carmen, ni Mario.
ResponderEliminarEn la reflexión que hace Carnen sobre Mario suelta un facto detrás de otro, pero cuando llega la hora de sustentar esos factos con actos Carmen se calla, permitiendo que Tomás decida donde tiene que vivir, como tiene que vivir, cuando tiene que ponerse el pircing en el clitoris o a donde tiene que ir de vacaciones ( aquí por lo menos no a cedido), o cuando tiene que divorciarse.
No me gusta esta Carmen porque después de soltar todos esos factos a cambiado un manipulador por otro.
En cuanto a Mariono me a gustado porque se a vuelto a comportar como un cobarde haciendo daño a Elvira cuando ella lo único que a hecho a sido apoyarlo y cuidarlo y Mario le a devuelto el favor pasándose días sin dar señales de vida y siendo totalmente opaco con Elvira cuando ella no se lo merece.
Sigues enamorado de Carmen, pues se sincero con Elvira y no le hagas sufrir más, me parece una postura muy egoísta por parte de Mario.
Creo que una manera para que Carmen y Mario se reconcilien es que Mario renuncie a intentar retomar el control pasando a ser el apoyo de Carmen.
ResponderEliminarCuando estuvieron en Sevilla Mario saboreo el plan de Carmen por dos motivos, por morbo y por recuperar la opción de volver a ser el quien manejará los hilos.
Mientras Mario no sea capaz de renunciar a eso no hay nada que hacer.
Carmen necesita comprobar que cuando ella tenga una idea pueda tener a Mario a su lado como apoyo y no como un conspirador que termine saboteandolo todo por egoísmo.
Carmen ya no quiere ser el juguete que Mario maneja a su antojo, quiere jugar junto a Mario como iguales en el juego y hasta que no vea ese cambio en Mario no hay nada que hacer.
Creo de verdad que la reconciliación puede ir por aquí.
Me apuesto un riñón a que el recuerdo de París aparece como en una película de Hitchcock
ResponderEliminarCarmen está destrozada, cuando ve a Mario, no admite que pueden ser amigos, está muy dolida con el, reacciona de una manera visceral, no lo quiere volver a ver. es obvio que esto lo escribió Carmen.
ResponderEliminarEsther esta muy afectada por la relación que tiene con el innombrable, 6 está muy vulnerable, por eso callo en manos de Óscar, disfruto lo que tenía que disfrutar y se alejo cre en el momento justo antes de caer en las garras de un depravado, que pronto la podría poner enanos terceros para segui explotando ese deseo perversos de la sumisión. este fragmento también es de Carmen
Mario a destrozado a Elvira, el mismo sabe que no ha sido la persona que Elvira esperaba de el, le ha hecho daño, como dice en este fragmento, cuando están haciendo el.smor el está en otra parte recordando a Carmen. es algo que no puedo dejar de pensar, Mario está y seguirá estando enamorado de Carmen.
Lo he comentado antes, Carmen no deja e aprovechar oportunidades de pasar a coger con alguien, y ahora se yopo con alguien que le recordó su estancia con dominico, se acordó de Mohamed al momento que le dijo no te corras hasta que yo te diga, sitio que volvió a fallar, y después resultó un ratero.
El capítulo es duro si pero yo me quedo con lo bueno, los dos se necesitan y no son capaces de renunciar el uno del otro, y eso es precisamente lo que los terminará salvando.
ResponderEliminarTarek le marca a Carmen porque no le deja marcar el ritmo, no atiende a sus señales y quiere ser él quien lleva el control, Carmen no está acostumbrada al rechazo, tiene una vida de éxito que consigue todo lo que se propone, para ella Tarek no es nadie pero inconscientemente le jode que no desee y que la haya dejado tirada, ahí si se ha sentido usada, y encima el robo.
La actitud de tomas no me gusta, lo hace para proteger a Carmen, pero es muy egoísta, la tiene de concubina como ella dice, pero se va de vacaciones con su mujer, le jode que Carmen siga pensando en Mario y quiere romper todo vínculo. Me consuela que Carmen es consciente de ello aunque no haga nada, siempre la he considerado una mujer inteligente.
Mario hace lo mismo que Carmen, llenar huecos y vacíos para olvidar y no lo consigue, la gran perjudicada del capítulo es Elvira, creo que todos lo veíamos venir.
Domenico solo palabras y ninguna acción, me parece revelador, en ningún momento ha perdido contacto con él aunque no nos lo cuenten en todos los capítulos, yo al italiano lo tenia por inteligente también pero no está sabiendo aprovechar su oportunidad o no está al tanto de todo. Estos italianos! Parola parola…. Muy bien figurado.
Esther, ay Esther! La pobre está hecha un lio, me alegro que se haya liberado con oscar, y aunque ni ella misma lo entienda ahora, va a tener en su hermana una aliada! Lo que pasa es que no termina de procesar todo lo que le está pasando y encima se siente culpable por Mario. En el fondo creo que algo de dependencia emocional, siempre se ha sentido apoyada y protegida por el y ahora no sabe muy bien donde ubicar los sentimientos.
Por cierto, del concurso que propuso Lucia yo creo que en el duelo de Elvira hay mano femenina!
Cuando comenzó el principio del fin, con mi MOS/ME cambiamos opiniones sobre el destino de Carmen. En ese cambio de ideas, expuse que la mejor solución era Doménico, mientras que ella sostenía que era Tomás.
ResponderEliminarY saben qué? Los argumentos de ella coinciden con lo que Carmen escribió. Cómo se me ocurre, después de 48 años y medio, a contradecir a un ser superior a mi género.
Coincido con Lucía, capítulo triste y que necesitará más de una lectura. En eso coincidimos con mi MOS/ME.
Bruto.
ResponderEliminarQuerido MOS, ME o como quiera que te llames ahora, intenso el capitulito; ¿Cómo era eso de me quedado corta con Esther? Sí le das más intensidad no sé qué pasaría, en las dos escenas, ambas son intensas.
Se que va a ser una época complicada y difícil, pero es lo que hay. Aquí había sí no recuerdo mal mucho partidario de la separación, que me lo cuente ahora.
En general me ha gustado el capítulo, puesto a comentar me temo mucho al tal Tarek, no tengo ningún elemento para este temor, pero lo tengo.
Y Elvira es una víctima que espero que se desenganche lo antes posible.
Hay mucho detallito.
A mi no hay argumento que ne convenza que Tomás sea solución para nada, Carnen lo quería y cuando quieres a alguien de verdad cuesta ver sus cosas malas.
ResponderEliminarSi viéramos la actitud de Tomás en un desconocido en la calle todos estaríamos en contra de esa persona y yo sigo pensando lo mismo jamás permitiría entrar en mi vida a alguien como Tomás.
Ya he podido terminarlo, me ha costado pero lo he conseguido. No debería haberme pasado porque me dedico a esto, a leer originales y a corregirlos y a editarlos y a valorarlos por lo que nunca me involucro con las tramas. Con el diario me he salido de mi papel y al principio me molestaba. Un día mi chica me preguntó por que me molestaba meterme tanto en el diario, le dije que era lo mismo que si un forense llorase cada vez que hiciese una autopsia. No puede ser, el corrector/correctora tiene que quedar al margen de la historia porque si no, el desgaste emocional sería enorme.
ResponderEliminarCarmen se ha rendido, ha dado por perdida la batalla y hace balance en el que salen los reproches y los rencores. Ha perdido todo lo que tenia y se entrega sin ilusión a lo que se fue construyendo de la mano de Mario: sexo, prostitución. Sin ilusión sigue ese camino con Tomas, con Andrés, con Emilio, con cualquiera que le de un momento de placer aunque le dure poco.
Mario hace lo mismo, Elvira, Nuria, Maite, cualquiera le vale para ahogar el vacío. Lo que está sintiendo con Maite tiene mala pinta.
Esther va a desviar su insatisfacción de la única manera que le queda, ya que la opción que querría le está vedada. Ojalá no se meta en problemas.
Tarek no se sabe de donde viene ni que hace en el pueblo. Carmen ha sido muy confiada. Estoy de acuerdo con Dos Octavas, ese souvenir de París acabará apareciendo, ya veremos cómo.
Elvira: me da mucha pena.
Por último: como nos engañaste con “un día de perros”. Qué mala persona eres.
Ayer leí el capítulo tres veces y tengo un problema, no consigo empatizar con Carmen y Mario, ya lo he comentado la reflexión de Carmen son factos y tiene todo el derecho de reprochar y sentir rencor hacia Mario, pero que diferencia hay entre Mario y Angel o Tomás, los tres la han manipulado y han sacado veneficio de esa manipulación, lo que tanto le enfada de Mario es lo que le excita de Angel y no puedo con esa doble bara de medir, por eso no puedo empatizar con ella.
ResponderEliminarEn cuanto a Mario, sigue utilizando a la gente con el agravante que sabe que les va hacer daño y eso no lo frena ni un poquito, a destrozado a Carmen, ha hecho mucho daño a Elvira y terminará haciendo daño a Maite, porque no puede evitarlo, tampoco puedo empatizar con una persona así.
Tarea a robado ese subenir de París sabiendo que Carmen lo vuscara y volverá a el para seguir con ese juego de Sumisión y Carmen en vez de denunciarlo por ladron terminará en brazos de un sujeto similar a Mardmud
Mierda le he dado al botón de publicar sin querer.
ResponderEliminarLo más probable es que siga sin empatizar con Carmen y Mario durante esta separación y sabiendo que lo más probable es que nunca lleguemos a leer esa reconciliación se me va hacer muy cuesta arriba seguir leiendo el diario.
PD: viendo como han terminado Carmen y Mario estando a punto del divorcio creo que la reconciliación necesita una buena explicacion y los textos de la habitación o el blog alternativo son demasiado cortos para hacer justicia a esa reconciliación.
Que conste que mi intención es que esta crítica sea constructiva.
Muy buen capitulo y triste a la vez. Tanto Carmen como Mario tienen que aprender a quererse a ellos mismos para poder querer a alguien y dejar el orgullo a un lado y sentarse a hablar,
ResponderEliminarAunque Carmen lo niegue sigue enamorada de Mario y está dejando que Tomás la maneje a su antojo. Por su parte Mario como siga asi va a perder a Elvira no solo como posible pareja, sino como amiga.
Bruto.
ResponderEliminarHay que mirar por otro lado, cómo me gusta Serrat.
De todas maneras veremos que cara pone Carmen cuando sepa que si se han terminado separando y posiblemente divorciando a sido por la exigencia que puso Tomás como pago por su rescate.
ResponderEliminarSoy un iluso, Carmen jamás irá contra Tomás, este le dará la vuelta a la tortilla de alguna manera haciendo que todas las culpas vuelvan a recaer sobre Mario.
La realidad es que Mario tiene muchas culpas, pero no todas.
En cuanto a la separación cada vez estoy más en sintonia con Caito, yo era partidario de una separación, pero una separación hablada y consensuada por Mario y Carmen.
No una separación orquestada por Tomás en su propio veneficio que a terminado por destruir a esta pareja, al tener que hacer Mario un papel que no se creía ni mucho menos sentía por alejar a Carmen de él.
Otra cosa que quisiera puntualizar, que Esther haya permitido que un desconocido le saque unas fotografías y un video tan comprometidos a sido un gran, error, espero que en el futuro esto no le traiga problemas.
ResponderEliminarY si el tal Tarek es un "pichón" de Mahmud? Y si el souvenir que se llevó es parte del "castigo" al que quiere someter a Carmen por "desobedecerle"? Coincido con Lucía, a veces Carmen peca de confiada.
ResponderEliminarUna vez de haber desahogado lo que el capitulo me ha hecho sentir tengo que darle la razón a Lucia, es el capitulo mas triste del Diario. Nunca entenderé y a mi me a pasado que dos personas que se han amado por encima de todo sean incapaces de sentarse a hablar para solucionarlo o para terminar en buenos términos y con la posibilidad de ser amigos en el futuro.
ResponderEliminarMe muero por saber cual fue el punto de inflexión que los termino uniendo otra vez.
El secreto pesaba demasiado, dice Esther. Tenía que contárselo a Carmen.
ResponderEliminar¿A qué secreto se refiere? Porque yo creo que a Esther el secreto que le pesa no más no es lo que ha hecho con Oscar.
¿Qué le va a contar a su hermana, que Mario le pidió las llaves de casa porque se las había olvidado y tuvo que ir a por ellas? ¿Que cuando se las devolvió al día siguiente lo invitó a un café porque era muy temprano y mientras se lo tomaba, fue a vestirse porque estaba en bata, recién duchada y “no se dio cuenta” de que dejó la puerta entornada y la vio en bragas y luego se disculpó?
O que ese mismo día lo llamó porque aquello era absurdo, son como hermanos y una tontería así no podía quedar en unas disculpas y quedaron para tomar unas cañas y aclararlo. ¿Le contaría que estuvieron hablando y bebiendo y como Mario bebió demasiado se lo llevó a casa preocupada porque le pasase algo? Solo para que se tomase un café y se espabilase. Se cambió de ropa como hace todo el mundo cuando llega a casa pero como la calefacción central estaba a tope le ofreció una camiseta de Daniel para que se pudiera quitar la chaqueta y la camisa y estuviera más cómodo. Hasta ahí, todo normal.
¿Le contaría que le excitó verlo sin camisa, que le excitó ver cómo miraba el sujetador que se acababa de quitar y no se le ocurrió guardar? No podía contarle eso.
Y si le dijera que le ofreció quedarse a dormir porque estaba demasiado bebido, ¿qué pensaría Carmen? ¿Qué pensaría si supiese que se fue a acostar, lo dejó en el salón y no cerró del todo la puerta? Que más tarde lo vio pasar, y que él se detuvo a darle las buenas noches desde el dintel. No podía decírselo. No podía decirle que se había acostado desnuda y que había quedado su ropa interior sobre la cómoda, colocada a propósito para que su cuñado tuviera la oportunidad de verla y adivinar que, bajo esa sábana, estaba desnuda.
Qué le va a decir, ¿que no sabe, que no recuerda nada más?, ¿que a la mañana siguiente no eran capaces de mirarse a la cara como antes?
Cómo va a decirle eso a su hermana. Ese es el secreto que, para mí, le pesa demasiado, mucho más que lo que ha hecho con Óscar.
Muy bueno
EliminarDespués de dejarla en shock le contará lo de Oscar y de paso llama al 112 al 911 y a los bomberos porque Carmen va a prender fuego a la casa con ellas dentro que está para pocas tonterías.
Después de leer el comentario de Lucía no puedo dejar de preguntarme si pasó algo más entre Esther y Mario.
ResponderEliminarNo digo que follaran, pero ¿tocamientos o un beso tal vez?
Si a pasado algo entre Mario y Esther Carmen nunca se lo perdonará a Mario, porque Carmen no teme que Esther y Mario se líen, lo que Carmen tené es que Mario le haga a Esther lo mismo que le ha hecho a ella.
Para Carmen Mario es un monstruo (en cierta medida Mario se lo a buscado con sus acciones).
Mario tiene que cambiar mucho para que Carmen vuelva a ver en él, al Mario en quien confiaba, admiraba y del que estaba profundamente enamorada.
ResponderEliminarPor esa regla de tres Carmen también debe cambiar y dejar de humillarlo y hecharle la culpa de todos sus males. No pueden estar el uno sin el otro, es un ni contigo ni sin ti. Deben aprender a respetarse y valorarse.
ResponderEliminarLo de la humillación es parte del juego que se traen entre los dos, Carmen capítulos atrás hizo una autocrítica muy dura contra ella misma y en este capitulo habla el rencor y el dolor, ella es consciente que tiene mucha culpa en que hayan llegado a esta ruptura, pero estoy contigo en que deben aprender a respetarse y valorarse
EliminarPor eso digo que no podemos cargarle toda la culpa a él o a ella. O nadie se acuerda de lo que Domenico le hizo hacer a Mario y Carmen lo unico que hizo fue reirse y humillarlo
ResponderEliminarDomenico es el juguete que utilizan Mario y Carmen en la cama, Domenico no importa solo importa ellos, cuando están los tres en la cama Carmen mira constantemente a Mario diciéndole esto es para ti disfrútalo.
EliminarCarmen también disfruta, por eso dice Carmen siempre que da igual lo que los amantes digan, solo importan ellos.
Mario quiere ver a Carmen en la cama con otro hombre o mujer, eso es lo que más le pone el rol de Cornudo, la realidad es que no hay humillación, Carmen lo sabe muy bien y se esmera en darle eso y mucho más.
Domenico es el juguete, ese es su rol, puede reírse e intentar humillar a Mario, pero esa es la realidad.
Sera el juguete pero lo se la boda y la posterior mamada q le obligaron a Mario a hacerle a Domenicl es humillarlo muy duramente. Carmen tiene doble rasero ella puede estar con hombres y mujeres pero si lo hace Mario es derestable
EliminarCarmen nunca le a negado a Mario que este con otras mujeres y Mario le hace la mamada a Domenico con todo el gusto del mundo.
Eliminar¿ Y cuando estuvo en la sauna? Es mucho que se aplique la Ley del embudo, para Mario la parte estrecha evidentemente
EliminarCarmen no se enfado porque Mario fuera a aquella sauna, Carmen se enfado porque Mario oculto lo que hizo en aquella sauna.
EliminarCarmen se enfada cuando Mario le oculta cosas o le cuenta medias verdades.
Te lo compro pero ella también hizo cosas que no le contó como cuando se tiró al tatuador, o a los clientes/ socios de Tomás… otra vez la ley del embudo, yo puedo hacer lo que quiero pero tu no
EliminarNo es tan simple, Mario esconde cosas como ir a Italia para entregar a Carmen a Domenico, negociar con Diego a espaldas de ella, hablar con el padre de Carmen y con su hermana ( esto Carmen todavía no lo sabe ).
EliminarCarmen lo hace, pero cuando llega a casa se lo cuenta a Mario, le contó todo lo que hizo cuando estuvo con Domenico, le contó todo lo que hizo la noche que trabajo como puta de barra de bar ( he copiado el titulo de forma literal).
La diferencia es que los dos hacen, pero mientras Carmen si le cuenta lo que hace a Mario aunque sea a posteriori, Mario se lo guarda y ahí radica el problema.
Si ponemos en una balanza lo que oculta Carmen y lo que oculta Mario, lo de este ultimo me parece mas grabe.
Tiemes razón pero Mario se guarda lo que le pasó a Carmen de pequeña por que considera que se lo tiene que contar su familia y en cierto modo yo creo que eso le mata por dentro y no quiere hacerle mas daño por esl oculta muchas cosas y por que probablemente se avergüence de muchad cosas de las que hace por que cree que no está a la altura de su mujer por la que daría su vida sin dudar y ya lo demostró muchas veces
EliminarEse es el fallo que cometemos muchos hombres, nos callamos pensando que protegemos a nuestras parejas y lo que en realidad estamos haciendo es subestimarlas.
EliminarMario ya a tenido unos cuantos encontronazos con Carmen por el mismo tema y sigue callandose las cosas, Carmen era su pareja y tendría que haber confiado mas en ella, tal vez de haberlo hecho las cosas se hubieran dado de forma diferente.
Pero si te das cuenta su propia familia tambien se calla cosas por el bien de ella. En cierto modo todos tenemos la necesidad de guardar cosas para proteger a los demás. No estoy defendiendo a ninguno pero suelo empatizar con quien considero mas debil, y en este caso creo que es Mario
EliminarA propósito de Domenico No os parece raro que esté desaparecido?
ResponderEliminarNo responde ni a las llamadas de Carmen ni a las de Mario que raro
A este le han ido con el cuento dela vida que lleva Carmen
Es la final que soñé. Por esos gallegos que dieron origen a mi familia materna. Por mis amigos vascos; por el Nano, vela y timón de mi rebeldía adoloescente. Por ese pibe de 39 pirulos, que puede bajarse de su avión privado, con esa humildad de su Rosario natal.
ResponderEliminarPor todo esto, pero el domingo como cuando jugamos con los amigos, es a cara de perro y con el cuchillo entre los dientes.
No vi el partido, no soy de fútbol, pero me enteré de los goles de Argentina porque la calle rugió. Cambiamos canal y, qué coño, nos alegramos.
EliminarTodo el mundo aquí estaba con vosotros.
Ayer nos dijeron nuestros amigos de subir el Domingo a casa para ver el partido ya que tengo una sala de estar bastante grande y así cabemos todos.
EliminarLes he dicho que ni de coña que si quieren ver el partido que se vayan a un bar.
Dos horas escuchando como gritan a una televisión, vamos ni harto de vino.
Carmen también le oculta cosas a Mario, no tanto como Mario a Carmen pero también tiene lo suyo
ResponderEliminarPara mi Carmen es mucho mas abierta con Mario que Mario con Carmen.
EliminarRespecto al partido España vs Argentina, yo estoy con España
ResponderEliminarQuerido Apasionado, mundial de Qatar, primer partido Argentina vs Arabia Saudita. Mis socios me pidieron de verlo en casa. También sala grande, un smart tv de 50 pulgadas. Convencí a mi MOS y el partido comenzó. A los 25 minutos mis socios y yo viendo el partido en el bar donde siempre paramos, por decisión de ella ante el escándalo - según sus dichos - que hacíamos.
ResponderEliminarMi voto de confianza va por ella, imagino los alaridos cada vez que el balón se acercaba peligrosamente a la línea de meta. Yo también los habría echado de casa.
EliminarMe solidarizo al 100x100 con tu compañera mi querido Torco, ayer escuchaba los gritos de una amiga Argentina cuando Argentina marcó el 2 a 1 como si estuviera en casa y vive en el edificio de enfrente.
EliminarHoy a la mañana estaba sin voz, además que gane España o gane Argentina al día siguiente hay que ir a trabajar igual y sinceramente prefiero ir descansado.
Quieren saber el secreto de Argentina? Se los cuento con un poema que se llama Piu Avanti, del poeta Pedro Bonifacio Palacios, más conocido como Almafuerte. Este hombre fue el Joaquín Sabina del siglo 19, con todo el respeto para el madrileño.
ResponderEliminar" No te des vencido, ni aún vencido
No te sientas esclavo, ni aún esclavo
Trémulo de pavor, piensate bravo
Y acomete feroz, ya mal herido
Ten el tesón del clavo enmohecido
Que viejo y ruín, vuelve a ser clavo
No la cobarde estupidez del pavo
Que amaina su plumaje, ante el menor ruido
Procede como Dios, que nunca llora
O como Lucifer, que nunca reza
O como el robledal, cuya grandeza
Necesita del agua y no la implora
Que ruece y vocifere vengadora, ya rodada
En el polvo tu cabeza
Defender a unos fascistas que llevaron a la muerte a chavales de 18 años, no tiene nombre, los mismos que tiraban a sus compatriotas vivos al mar, y por un trozo de tierra que nunca había sido de nadie, las rayas y los trapos junto a los temples lo peor de la humanidad.
EliminarHace tanto calor que no puedo dormir, que ganas tengo de que se acabe el verano.
ResponderEliminarEn el blog alternativo Mario comenta que si tendría que poner un nombre a esta etapa de sus vidas sería Largo y tortuoso camino como la canción de los Beatles.
Esa canción habla sobre un camino lleno de amargura, me pregunto que hubiera hecho yo de estar en sus zapatos, mi corazón me dicta que siguiera luchando por recuperar a Carmen, pero mi cabeza me dicta que tendría que dar por terminada esta etapa de mi vida y comenzar una nueva.
En la primera separación Mario habló de irse a Suecia, no me parece una mala idea, un país nuevo donde nadie te conoce ni tu conoces a nadie, perfecto para comenzar una nueva vida.
Porque una cosa está clara, Mario puede seguir viviendo sin Carmen igual que Carmen puede seguir viviendo sin Mario.
He elegido a Mario porque de los dos es el que mas libertad de movimiento tiene, Tomas jamas permitira a Carmen marcharse a un lugar donde no este el, Mario a perdido a Carmen y también está a punto de perder a Elvira, momento idóneo para coger un avión y empezar de cero.
Creo que hay momentos en la vida que hay que parar para dejar de sufrir, tanto Mario como Carmen.
Bueno después de esta reflexión inducida por el excesivo calor que hace en mi casa me despido de todos vosotros.
El calor no da tregua tampoco por aquí. Noche tórrida que no deja dormir.
ResponderEliminarA pie del comentario de Apasionado, me vienen unos versos de una canción que creo haber usado ya en el diario.
“ Ni contigo ni sin ti
Tienen mis males remedio
Contigo porque me matas
Sin ti porque yo me muero”
Definen perfectamente aquella etapa.
Esta canción la usaste en el capítulo 157 y oh casualidad, el capítulo comienza con mucha miga.
EliminarLo que pasa es que yo no creo en las casualidades
La rotura del matrimonio entre Carmen y Mario no se a dado ahora se dio el fin de semana cuando volvieron de casa de Domenico y la situación superó a Mario por primera vez terminando en una discusión donde falto el respeto a Carmen y está decidió irse de casa.
ResponderEliminarEn aquella fatídica semana santa con la infame terapia de puta incluida solo sirvió para poner un parche temporal a la grieta que se creó entre ellos ese fin de semana y como el sarcofago de chernobyl tenía fecha de caducidad y en Sevilla termino por romperse haciendo que la grieta aumentará en tamaño y profundidad.
Mario subestimo la situación desde el principio convencido que tenía la situación bajo control, con Carlos así fue, pero después llegó Domenico y este tenía mucha más experiencia que el y a Mario le empezaron a asaltar las dudas, dudas que no le han abandonado desde entonces.
En aquella semana santa Mario creo una bestia con la terapia de puta, una bestia que no podría controlar y la soltó al mundo y esa bestia empezó a tomar sus propias decisiones y probó el sexo en libertad descubriendo que cada vez le gustaba más y no tenía ninguna intención de renunciar a él.
Domenico, Tomás, Claudia, Angel, Gerardo, Diego, todos y cada uno de ellos también jugaron el partido que creyó controlar Mario y le robaron la pelota.
Mario no estaba preparado para jugar el juego que quiso jugar, Carmen ni siquiera se le pasó por la cabeza jugarlo y pago un alto precio.
¿Mereció la pena?, dependerá a que Mario y Carmen preguntes, los del presente o los del futuro.
PD: que conste que lo de la bestia es una metafora.
No se que pensaréis los demás, pero para mi Domenico fue el Karma de Mario y Carmen.
ResponderEliminarEllos jugaron con Carlos y le hicieron mucho daño aunque esa no fuera su intención.
En este caso la cosa sucedió al revés, Domenico fue el que terminó dañando a Carmen y Mario.
Ahora que mencionas a carlos recuerdo que vuelve y que seguían teniendo relación, me pregunto si también Domenico sigue formando parte de la historia o se bajó del carro
ResponderEliminarSe supone que dos años después del inicio del diario Mario viaja a Italia y se reúne con Domenico y cuando este le pregunta por Carmen Mario le contesta que esta bien.
EliminarNo recuerdo en qué capitulo es.
Sigo pensando que los dos deberian sentarse a reflexionar y alejarse de toda la toxicidad que les rodea. Se aman con locura pero tienen que estar solos para saberlo ellos.
ResponderEliminarAhora mismo eso lo veo imposible, hay demasiado rencor, la conversación terminaría llena de reproches, el tiempo es la única medicina.
EliminarSiguiendo la línea de Apasionado he buscado en la base de datos esta bronca de Carmen con la que termina una reunión con Mario que la saca de quicio.
ResponderEliminarCapítulo 81 de 2014
“—¿Tú… tú me amas? - respondió con lágrimas en los ojos— Si, yo te he enviado a Graciela pero no para que te acostaras con ella porque sabía que no lo harías. Se lo dije cuando me preguntó que esperaba de ella. Te conozco bien Mario y sabía que no era eso lo que pasaría estando como estabas, no. No soy yo quien te ha lavado el cerebro para que te acuestes con ella, no. Ese eres tú, tú eres el que llevas un año ¡Un año! manipulándome para que me acueste con otros hombres, agobiándome, dándome ideas, argumentos, utilizando todas esas técnicas que tú y yo conocemos para cambiarme, para conseguir que entrase en mi cabeza la idea de follar con otros, para que rompiera mis normas, mis reglas; y cuando lo consigues y me acuesto con Carlos, no te basta, te olvidas de lo mal que lo estoy pasando, acosada por mi jefe, incluso lo utilizas para tu obsesión, llegas a manipularme y en vez de ayudarme me insinúas que lo utilice para mi ascenso, ¡Joder Mario!, ¿sabes cómo suena eso? ¿sabes lo sucia y lo sola que me sentí?
Carmen bajó la cabeza y suspiró con tristeza, parecía cansada, harta. Luego me miró, se quedó pensando, quizás barajaba como seguir su argumentación porque pareció descartar algo, negó con la cabeza como si estuviese descartando algún argumento.
- Ahora ya lo tienes, ya lo has conseguido, me gusta follar – añadió con un deje de cansada ironía - no sabes cuánto me gusta meterme una polla en la boca y mamarla hasta que se corre y me la llena de leche ¿es eso lo que querías, no? pues ya lo tienes. – suspiró, sus ojos reflejaban un tremendo hastío - Y ahora tengo que asimilarlo, Mario, necesito saber si podemos vivir con ello, si puedo vivir con la persona en la que me he convertido, en la que tú me has convertido, porque me horroriza saber que no hay vuelta atrás. Es más, intenté decírtelo el domingo pero no me dejaste hablar. Tú eras el dolido, tú eras el ofendido y me insultaste. – Un nuevo silencio nos permitió contemplarnos como si no nos conociéramos - Necesito saber si podemos convivir a partir de ahora como lo hemos hecho antes. Porque te amo Mario, te amo con locura, pero no sé si tú eres capaz de asimilar todo lo que has provocado”
Mario no midió y se pasó de la raya y ahora está sintiendo las consecuencias.
EliminarTodo y nada ha cambiado siguen igual siguen amandose y haciendose daño, Carmen le dijo a Elvira que le dejaba el camino libre por que no sabe que Mario le pidió el divorcio obligado por Tomás, todos la utilizan pero solo le parece mal si lo hace Mario. En cierto modo yo creo que el único que va de frente es Mario, el resto sólo miran por su interés. Es lo que pienso eh
ResponderEliminarYo ya lo he dicho Tomás también manipula a Carmen y ella lo sabe, pero Tomás no es Mario, Tomás no es el hombre que ama.
EliminarPara Carmen Mario es la cumbre de la montaña esta en lo más alto y cuando estás en lo más alto las expectativas y la exigencia son mayores, por eso se enfada Carmen.
Es una bara de medir injusta, pero esa es la diferencia cuando te falla la persona que amas que duele mucho más.
Sinceramente sigo sin saber que es lo que buscaba Mario, porque después de manipular a Carmen y supuestamente convertirla en lo que el quería no lo he visto conforme ni feliz con ello, a seguido haciendo acciones que el sabia que enfadarian a Carmen y las ha hecho una y otra vez hasta que la cuerda se a roto.
ResponderEliminarY el resultado a sido dos personas sumamente infelices.
No se que opináis los demás.
Tengamos en cuenta que Mario podría haber iniciado una nueva relación con Elvira y ya la ha saboteado antes de que se iniciará.
ResponderEliminarHola
ResponderEliminar¡Vaya! se me pasó y lo siento......
Felicidades atrasadas por tu santo, Carmen.
Wiru
No se os ha pasado por la cabeza que Mario solo es feliz con Carmen y el solo quiere estar con ella y ella con el xq no saben ser felices el uno sin el otro por mucho que ella diga que está mejor sin el. Y lo que pasó con Tarek? Lo metió en casa de Mario y encima le roba el carruse, se molesta si pero creo que Mario merece un poco mas de respeto y que se le valore un poco mas aunque no haya sido el mejor marido del mundo.
ResponderEliminarEsta noche la temperatura a bajado, joder como se agradece.
ResponderEliminarHeMOS estado deliberando sobre los últimos comentarios, tanto de Apasionado como de Dos Octavas.
ResponderEliminarApasionado dice:
«En aquella fatídica semana santa con la infame terapia de puta incluida solo sirvió para poner un parche temporal a la grieta que se creó entre ellos ese fin de semana […] y en Sevilla terminó por romperse haciendo que la grieta aumentará en tamaño y profundidad.»
«En aquella semana santa Mario creo una bestia con la terapia de puta, una bestia que no podría controlar y la soltó al mundo y esa bestia empezó a tomar sus propias decisiones y probó el sexo en libertad descubriendo que cada vez le gustaba más y no tenía ninguna intención de renunciar a él.»
«Mario no estaba preparado para jugar el juego que quiso jugar, Carmen ni siquiera se le pasó por la cabeza jugarlo y pago un alto precio.»
Dos Octavas apuntala los argumentos de Apasionado aportando una declaración de la protagonista:
«tú eres el que llevas un año ¡Un año! manipulándome para que me acueste con otros hombres,»
«Ahora ya lo tienes, ya lo has conseguido, me gusta follar […] no sabes cuánto me gusta meterme una polla en la boca y mamarla hasta que se corre y me la llena de leche ¿es eso lo que querías, no? pues ya lo tienes. »
Ha habido una propuesta que aún está sobre la mesa:
Hay un texto no publicado que avanza sobre esta realidad en forma de reflexión de la protagonista en un momento en que podia pensar con serenidad y con perspectiva. La propuesta planteada es publicarlo en uno de los blogs alternativos para continuar el debate abierto por Apasionado y seguido por Dos Octavas. Aún no heMOS tomado una decisión, no sabemos si es necesario, si es provechoso o si, como dicen algunos, adelantar textos genera ruido innecesario. A uno de los dos no le parece oportuno, a mi ME parece una forma de clarificar ideas y generar debate.
De aquí al domingo, tomareMOS una decisión, contando con vuestra opinión, si es que queréis darla.
Por mi adelante Mario, pública en diario alternativo, así podremos poner las cosas en contexto o al menos eso creo yo
ResponderEliminarBruto.
ResponderEliminarCreo que todo lo que sea enter a nuestros protagonistas bienvenido sea.
A los saltos temporales estamos acostumbrados.
Si nos pides opinión para mí sería fantástico que se publique! Sería una pieza más de este maravilloso puzle. Lo que si agradezco es que nos aviséis por aquí cuando se publique en los otros blogs
ResponderEliminarYo creo que deberiais publicarlo, estamos todos con el corazón en un puño y creo que nos aclararia bastantes cosas, asi q por mi publicadlo por favor
ResponderEliminarYo voto porque lo publiquéis, quiero saber hasta que punto he acertado con mi reflexión.
ResponderEliminarLo que yo quiero saber es con quién estamos hablando. Un mensaje que se ha publicado como anónimo, lleno de MEs y MOs, y con una redacción sospechosa. A lo mejor es que soy un poco paranoica.
ResponderEliminarEstoy de acuerdo con la postura de ME, porque aportaría claridad al cambio de ideas. Por supuesto y como no podía ser de otra manera MOS local está en desacuerdo.
ResponderEliminarMe levanto muy perjudicado después de una noche movidita y lo primero que me encuentro es un anónimo!!! Lleno de señales que disparan mi lado de perro sabueso cruzado con perdiguero. Un anónimo con MES y MOS escrito por alguien que a mi particularmente me cuesta reconocer a Mario. Más sabe el diablo por viejo que por diablo y yo soy viejo en esto.
ResponderEliminarUna cosa tengo casi casi clara — Es auténtico.
La resaca remueve la neuronas o será el paracetamol
ResponderEliminarlos más viejos del lugar se acordarán de una canción que se me ha venido a la cabeza de Janis Joplin
Tiene más años que mi abuela Me and bobby mcGee
Aquí tenemos a Me escribiendo de tapadillo y a bobby mcGee callado como un muerto
Me apuesto unas cañas
Ufff… La Janis…
ResponderEliminarOne day up near Salinas, Lord, I let him slip away
He's lookin' for that home, and I hope he finds it
But, I'd trade all of my tomorrows, for one single yesterday
To be holdin' Bobby's body next to mine
Freedom is just another word for nothin' left to lose
Nothin', and that's all that Bobby left me, yeah
Pero un día cerca de Salinas, Señor, le dejé marchar.
Iba buscando su hogar, y ojalá lo encuentre.
Aun así, cambiaría todos mis mañanas por un solo ayer,
con tal de volver a abrazar su cuerpo contra el mío.
La libertad es solo otra palabra para decir que ya no te queda nada que perder,
y nada es todo lo que Bobby me dejó.🎶🎶🎶
ME encanta, ME gusta, ME enloquece. Es una mujer salvaje, libre, peligrosa.
Y bobby, no lo dice, pero se sobreentiende.
La libertad es otra forma de decir que ya no te queda nada que perder. Vaya dardo que ha encontrado él o la anónima que ha escrito esa respuesta con ese trocito de la letra de la canción de Janis Joplin. Muy bien traída. Arrepentimiento o nostalgia: “ cambiaría todos mis mañanas por un solo ayer,
Eliminarcon tal de volver a abrazar su cuerpo contra el mío.“
Por cierto, ¿habéis decidido ya si publicáis ese texto que tenéis ahí esperando?
Bueno Mario el pueblo a hablado, todos estámos del lado de ME y MOS.
ResponderEliminarYo era uno de los que no le gustaba el ruido, pero sacaste a votación si el pueblo quería que siguieras publicando esos adelantos y la votación salió afirmativa.
Y como buen ciudadano yo acato lo que decide la mayoría además que con el tiempo e ido apreciando esos adelantos que nos regalas.
Rectificar es de sabios.
Cuando llegamos al local conseguimos una mesa cerca de la pista de baile y enfrente de una de las barras, afortunadamente el nivel de sonido del local era aceptable y pudimos alternar la charla con algunas piezas de baile. Estábamos charlando cuando la insistencia de las miradas hacia mi mujer por parte de unos chicos de la barra me hizo darme cuenta de que no eran casuales. Nunca me ha molestado que la miren, estoy acostumbrado a que sea el centro de las miradas allá donde entramos y no solo no me molesta sino que me halaga, pero en esta ocasión creí percibir algo en esas miradas que no me gustó. Aprovechando la excusa del retraso en servirnos las bebidas que habíamos pedido me dirigí a la barra para ejecutar un rito tan ancestral como la vida: El macho dominante haciendo frente a los machos jóvenes que le disputan la hembra, todo muy sofisticado y sublimado pero al fin y al cabo la mirada clavada en sus ojos, los hombros extendidos y la forma decidida de caminar hacia ellos tenía ese sentido, un sentido que se percibe no con la razón sino con las partes mas primitivas de nuestro cerebro.
ResponderEliminarEllos captaron el mensaje y se volvieron hacia la barra, dando la espalda a nuestra mesa. Reclamé las bebidas y mientras esperaba me volví a mirar a Carmen; estaba hermosa con ese vestido rojo ceñido a su espléndido cuerpo que realzaba su figura, con sus hombros desnudos y anudado al cuello dejaba toda su espalda al aire, su escote en pico marcaba perfectamente la forma de sus pechos. Y entonces descubrí el motivo de las insistentes miradas de los tres hombres que estaban a mi lado en la barra: Carmen forzaba su postura para mirar hacia su izquierda a la pista de baile y descuidadamente tenía sus piernas lo suficientemente separadas como para dejar a la vista el encaje blanco de su ligerísimo tanga dejando entrever la oscuridad de su vello púbico, recortado "a la brasileña" y mostrando incluso la insinuación de sus labios, la breve falda se había subido mas de la cuenta al estar sentada en aquellas butacas tan bajas. Durante unos segundos me quedé enganchado a esa imagen, una postura nada obscena, era evidente la falta de intencionalidad de Carmen y me quedé embobado recordando otras escenas semejantes durante el lejano curso de verano del 91. La diferencia es que en esta ocasión eran otros quienes disimuladamente se perdían entre los muslos de mi mujer, pero la excitación que sentía al ser espectador de esta escena era tan arrolladora como cuando yo fui el mirón clandestino de mi alumna.
Como estas noches me esta constando dormir ne he puesto a echar un vistazo a los primeros capítulos del diario y he copiado la parte del texto que dio origen a las obsesiones de Mario.
Si nos ponemos a pensar, si en vez de conseguir la mesa que estaba cerca de la pista de baile y al lado de una de las barras hubieran conseguido otra mesa en otra parte del local, seguramente el Diario no hubiera existido y la vida de Mario y Carmen hubiera sido muy diferente.
¿Fue el destino?, nunca lo sabremos.
En vísperas de publicar el texto anunciado, quereMOS recordar el motivo por el que va a ser publicado. No es otro que el comentario de Apasionado sobre la terapia de puta y su incidencia en la conducta posterior de la protagonista
ResponderEliminarApasionado lanza la tesis de que dicha terapia de puta desencadena una bestia que no es controlable y toma sus propias decisiones, prueba el sexo en libertad y descubre que cada vez le gusta más y no tiene ninguna intención de renunciar a él.
Además, considera que EL protagonista no estaba preparado para “jugar ese juego” y se le fue de las. manos.
Dos Octavas apoya esta tesis con un extracto del diario en el que LA protagonista recrimina a su pareja haberla manipulado hasta convertirla en lo que es y cita unas frases muy crudas. “Ahora ya lo tienes, ya lo has conseguido, me gusta follar, no sabes cuánto me gusta meterme una polla en la boca y mamarla hasta que se corre y me la llena de leche ¿es eso lo que querías, no? pues ya lo tienes.”
El documento que vaMOS a publicar en breve, documenta esta tesis, no tiene otro fin ni objetivo que completar la información para animar el debate suscitado por Apasionado.
Ahí va.
ResponderEliminarPublicaMOS en “Mi propia habitación”
mipropioespacio71.blogspot.com
Para ser sinceros la metamorfosis de Carmen comienza en ese fin de semana con Domenico. Durante ese fin de semana Carmen descubre facetas sobre ella misma que desconocía, por un instante duda si volver a casa o quedarse con Domenico a seguir experimentando esas sanaciones que había vivido durante todo ese fin de semana, pero decide volver con Mario con una perspectiva muy distinta.
ResponderEliminarMario descubrió durante ese fin de semana que no estaba tan preparado como el creía, no a ver a Carmen follar con otro si no a perderla, por un hombre mas joven y con mas vigor.
Hasta ese momento no había tenido que preocuparse sobre eso y por primera vez tenia ese miedo sobre la mesa y no supo gestionarlo.
Esto es como hacer puenting por primera vez, mientras te pones el arnés y ves saltar a otros lo vez excitante, pero todo cambia cuando eres tu el que tiene que saltar y te ves encaramado a la barandilla mirando a los 50 metros que te separan del suelo, ahí empiezan los sudores fríos y el pensamiento de que tal vez no había sido una buena idea.
Cada vez estoy mas seguro que durante la infame terapia de puta Mario inducido por las drogas libero a Carmen sacando la la luz esa Carmen que estaba contenida dentro de ella rompiendo todas las restricciones. Carmen regresa a la civilización con otra claridad, le gusta el sexo y tiene fantasías que se a guardado y es hora de llevarlas a cabo.
Por eso vemos a Mario siempre a rebufo de Carmen, el tiene dudas y miedos ella no. Carmen ama a Mario por encima de todo y le es leal ni se le pasa por la cabeza dejarlo por otro, pero el miedo mas atroz de Mario ya a aflorado y no es otro que perder a Carmen. Mario no es consciente que solo Mario puede perder a Carmen hasta que es demasiado tarde y en esas nos encontramos.
un compañero de trabajo me dijo que cuando entro a la empresa por primera vez sabia soldar, pero todavía no se podía considerar un soldador, poder considerarse uno se lo dio el tiempo y la experiencia.
Mario quiere ser un cornudo, pero todavía no esta preparado para serlo, el día en que lo este ya no volverá a ir a rebufo de Carmen, sus velocidades se igualaran y sera entonces cuando empiece la edad de oro de esta pareja.
Gracias!
ResponderEliminarEn Follar, gozar... gozar tal vez morir vemos a una Carmen con un gran apetito sexual, pero también un Mario que a abrazado completamente su rol de cornudo y alienta a Carmen a llevar a cabo sus aficiones.
ResponderEliminarVeremos lo que pueda pasar en el futuro con Mateo, pero algo me dice que Carmen la va a dar la lección de su vida.
En Follar, gozar… veo a una Carmen potente y muy segura de sí misma que ha asimilado su condición de mujer separada
ResponderEliminarPienso que ya ha pasado un tiempo desde la separación porque esos amigos con derecho a polvo que tiene en Asturias no ha habido tiempo a que aparezcan todavía
Su reflexión sobre la diferencia de criterio si lo que dice lo dice un hombre o una mujer es para enmarcarlo y colgarlo en la pared
Espero que Iván Salcedo no vuelva a aparecer es un tipo que no me gusta nada
Carmen ha evolucionado en positivo con la separación como predijo Tomas al menos hay que reconocerle este mérito
De Mario no estoy tan seguro que este mejorando
Ya veis que a mi lo de empoderada me da alergia. Potente, potente. Cuantos menos PALABROS importados mejor.
Carmen habla de mi pareja, tal vez lo he entendido mal, pero lo que yo he entendido es que Mario y Carmen vuelven a ser pareja.
ResponderEliminarSu reflexión sobre la diferencia de criterio si lo que dice lo dice un hombre o una mujer es para enmarcarlo y colgarlo en la pared.
ResponderEliminarEstoy totalmente de acuerdo con Dosoctabas, solo tienes que ir a un bar a tomar una cerveza y escuchar las conversaciones ajenas para ver que es así.
Comentarios que, por otra parte, entre amigas son la cosa más natural del mundo. “Chicas como vengo, estoy encharcá”, y cosas como esta que nos hacen reír. Pero ojito que no nos oigan porque nos cuelgan la etiqueta y se acabó. Nos siguen, nos persiguen como perros de presa, nos miran baboseando.
EliminarA veces es un asco ser mujer. Hay que tener mucho aguante.
Eso le a una amiga, ella esta soltera es muy guapa y sexo no le falta, ademas suele comentarlo con mi novia y las demás chicas, no se esconde y no tiene porque hacerlo.
EliminarEn una ocasión uno de los chicos le dijo que si seguía así ningún hombre la tomaría en serio, su contestación fue que que a ver si pensaba que ella los tomaba en serio a ellos.
Me pareció una muy buena contestación que lo dejo a el sin argumentos, si follar con mucha gente diferente hace que no te tomen en serio deberia ser exactamente igual para los hombres también.
Esta vez me he tomado poco descanso entre capítulo y capítulo;ya estoy estructurando el nuevo que, os anticipo va a ser bastante apasionado, ejem, ejem.
ResponderEliminarPor cierto, Apasionado, léelo otra vez.
Follar, gozar... gozar tal vez morir es este el que tengo que leer otra vez, no?
EliminarMi pareja me alienta en mis aficiones, mi pareja ya lo sabe es amigo de los dos.
Eso me ha confundido, tal vez sea otra persona y no sea Mario.
« Y si además les digo que mi pareja no es que me ponga pegas a mis aficiones, sino que me anima a practicarlas (así, dicho en presente; para qué voy a liarme a contar mi historia)»
EliminarNo va contando a extraños si está separada o no. A nadie le importa mientras no tenga una sentencia firme.
Tienes razón, me he dejado llevar por la emoción, jejeje.
EliminarPensándolo bien mejor no dar muchas explicaciones estando Ivan Salcedo de por medio.
Dosoctavas lo a comentado con acierto, se ve a una Carmen potente y muy segura de si misma, la separación le ha sentado bien, sinceramente siendo honestos ahora mismo Carmen no necesita a Mario para nada.
EliminarCada vez tengo mas curiosidad por saber lo que motivo que volvieran a estar juntos.
Mario el continuara del final significa que Carmen nos va a seguir contando mas o no me hago mas ilusiones.
Como con vosotros las casualidades no existen, pues prefiero preguntar.
El motivo es claro, no pueden estar el uno soin el otro. Y por mucho daño q se hagan mutuamente se aman y creo q el divorcio no llegara a ser efectivo nunca
EliminarMe ha gustado mucho el relato de MOS, no sabemos cuanto tiempo ha pasado desde el rompimiento hasta el momento que nos cuenta MOS, Y COMO MARIO NO SUELTA PRENDA, no sabremos si se divorciaron y volvieron a estar juntos, o en realidad nunca se divorciaron, y limaron las asperezas.
ResponderEliminarNo nos queda más que esperar a que fluya el diario y ver en qué momento se sienta a platicar y resolver todas las desavenencias y seguir juntos nuevamente.
Carmen es muy directa, no se limita, le encanta follar y nos lo demuestra continuamente, y creo que el punto de inflexión fue el fin de semana con Domenico, esa semana que siguió cuando se fua a casa de Domenico vivió la sexualidad de muy diferente manera, y le encantó, creo follo con más tíos en esa semana que lo que había follado antes, conoció a Borja donde estubo a punto de sentir lo que cobra una puta pero fue salvada por Irene, después conoció a Gonzalo, quien le hizo recordar entre sueños lo que pasó con sus parientes después el festejo de las carreras, donde todo se desmadró.
Luego vien el retiro conose a Tomas, y finalmente la terapia de putas.
Carmen se ve más potente y muy segura, pero también he podido fijarme que carece de una vida y está sola, con sus conocidos o amigos queda para follar, el sexo es muy importante, pero de que te sirve follar mucho si el resto de tu vida está vacía.
ResponderEliminarNo puedes sustituir una vida con sexo, eso podrá funcionar durante un tiempo, pero no deja de ser un castillo de naipes.
Bruto.
ResponderEliminarPrimero y ante todo agradecer a Apasionado el comentario que ha desencadenado todo esto, me ha sorprendido y me parece interesantísimo aunque no estoy nada de acuerdo, no soy nada determinista.
La terapia no crea una puta, un montón de decisiones anteriores de Carmen hacen que Carmen decida buscar una camino fácil en ese momento para tener todo el sexo que quiere tener.
Sevilla si rompe a los dos protagonistas, como no los va a romper, pero lo que genera Sevilla es el sentimiento de culpabilidad en los dos, si alguien quiere entender a Carmen leeros "Trigo limpio" en el capítulo 209. Es lo más autentico y duro que he leído en el diario.
Pero recordaros que esto empieza no en un calentón del marido, empieza en una violación múltiple de una niña.
Ojo Cayo que los dos sois responsables de la situación actual en el Diario así que arreglarlo, que somos muchos los que lo esperamos.
Querido Torco, lo siento, se que lo habéis dado todo pero no ha sido suficiente, ¡ah! que esto lo tenia que haber puesto dentro de cinco horas, que cagada, ahora toca que gane el mejor.
Si que te has adelantado si, así se gafan las finales hombre.
EliminarNo pensaba entrar esta tarde porque estamos entre amigos y no es de buena educación ausentarse con el iPad, pero el dardo envenenado disfrazado de pastel de Dulce de leche que le ha mandado Bruto a Torco supera con creces las puñaladas que pasaron a la historia de Roma. Jajaja.
ResponderEliminarSigo pensando q ni Tomas, ni Angel ni Domenico sin mejores q Mario. Recordad q Angel la violó, Tomás le pegó y Domenico consintió lo de Mahmud vale que lo de Mario tambien tiene lo suyo pero ninguno de los otros es mejor que Mario
ResponderEliminarPues como el nuevo capitulo se tan Apasionado como yo ya nos podemos preparar, jajajaja
ResponderEliminar¡Dios, no se podía andar por la calle!, con las vuvuzelas que te la meten por las orejas en cuanto te descuidas. Qué horror
ResponderEliminarLo de trigo limpio lo he vuelto a leer y lo que veo es a una mujer en depresión. Supongo que después se recupera y mide mucho más lo que dice porque no está siendo justa consigo ni tampoco está siendo realista con Mario en ese fragmento.
Vamos a ver si nos hacemos una cenita y nos ponemos una peli. Vamos a jugar a adivinar el resultado por los rugidos, como dijo Mario.
Estoy de acuerdo con Lucia con lo de que Carmen no esta siendo realista con Mario en trigo limpio, Mario si manipula a Carmen y la esculpe en la visión que tiene el de ella, Mario no es inocente y el lo sabe muy bien.
ResponderEliminarCada encuentro, cada exceso, cada humillación consentida, no era un tributo a los deseos ajenos, sino el reflejo de una insaciabilidad que ni siquiera ella sabía cómo saciar, este reproche que se hace Carmen a si misma es una realidad, lo que ocurre en Sevilla es un exceso, lo que ocurre con Guido es otro exceso.
El máximo culpable es Mario, el lo empezó todo y en parte el lo a terminado todo, pero Carmen en muchas ocasiones se emborracha de placer y se deja llevar y esa es una realidad también.
Estimado Bruto, orgulloso de estos gladiadores. Que viven como reyes ganan cifras enormes - bien merecidas- pero recuerdan su infancia, cuando un padre le compra sus primeros botines, o su madre cuando hacía su cama.
ResponderEliminarEso jamás lo tendrán ni los franceses, los ingleses, nerlandeses, etc eso se llama humildad, barro, potrero, en definitiva HUEVOS. En futbol se gana o se pierde, ya está. Yo orgulloso de mis gladiadores. Y otra cosa, espero que no seas merengue. Porque si lo sos, en Miami se está preparando la continuación de la pesadilla Tiago Messi, que dicen juega mejor que el padre.
El pibe ya lo decidió: Club? el Barsa, selección? la Argentina. Dentro de unos años nos vemos comiendo merenguitos. Felicidades España
Soy más blandito que el algodón, esta tarde mi novia me a mirado con esos ojitos que solo ella sabe poner y he cedido, al final hemos visto la final en casa, si es que no tengo remedio.
EliminarTorco, Mario cada vez os entiendo mejor.
Bruto.
EliminarMí querido Torco, primero reconocer el esfuerzo y el mérito de tus gladiadores, y después recordarte que soy del foro, blanco hasta las cachas.
Habló el profeta y dijo: “Querido Torco, lo siento, se que lo habéis dado todo pero no ha sido suficiente, ¡ah! que esto lo tenia que haber puesto dentro de cinco horas, que cagada”
ResponderEliminarY la profecía se ha cumplido. Alabado sea su nombre por siempre.
Cuentan las escrituras que el profeta, antes de ser profeta, se dedicó a dar cuchilladas en la antigua Roma a su amigo Julio Cesar —será Bruto el tío—. Siglos después se reencarnó en mago y se hizo llamar Nostradamus y se dedicó a adivinar el futuro con el consiguiente éxito de público. En 2010 se infiltró demoníacamente en el pulpo Paul e hizo sus pronósticos Waka-waka que tuvieron un rotundo éxito y en 2026 migró al intestino de la jirafa Fali repitiendo su afición a hacer vaticinios mientras devoraba apio, lechuga, hojas de morera y pienso.
El profeta, a través del noble Bruto jiráfico, ha vuelto a acertar. Alabado sea.
Se dice que, en sus ratos libres, el profeta lee un blog psico-erotico-pornografico, pero no ha podido ser demostrado.
Insidias de envidiosos y descreídos.
Mario no fue derrotado ni por Tomás ni mucho menos por Diego, Mario fue derrotado por Mario.
ResponderEliminarPor querer cada vez más, por no conformarse con nada, primero quería que Carmen follara con otros hombres, después que fuera prostituta, pero en vez de conformarse con que fuera prostituta para Tomás rizo el rizo y quería verla como prostituta de barra de bar trabajando para un Diego que en ese mundo tenía más tablas que el.
No se puede estirar tanto la cuerda sin romperse, Mario es consciente de ello y de ahí ese sentimiento de culpa que tiene.
Solo espero que pueda redimirse en el futuro.
Vale que Mario tiene mucha culpa pero no es sólo suya, Carmen también hizo mucho hasta metió a alguien en su casa que puso micrófonos sólo por el afan de follar y querer vivir su sexualidad como quiere y en libertad. A todo esto no sabemos quien los ha puesto aun. ¿Nos enteraremos algún día?
EliminarMe imagino que tarde o temprano saldrá a la luz.
EliminarEn realidad Carmen no metió a nadie que pusiera los micros, Carmen metió a Guido y no le veo yo al musculitos colocando micros como si fuera un espía.
Tengamos en cuenta que si Carmen termino follando con Guido en parte fue porque Mario se lo sugerio reiteradamente, si miramos el denominador común siempre es Mario.
También metió a Santa Cruz y a mas de los q no m acuerdo ahora
ResponderEliminarPero con la complicidad de Mario.
EliminarTengamos en cuenta este párrafo con el que Mario y Carmen nos presentan el diario.
ResponderEliminarEl deseo es el motor que nace de la expectativa de conseguir una meta, el deseo es la energía que nos mueve hacia nuestro fin, crece poco a poco con cada aproximación y produce un placer indescriptible, un placer que alimenta y motiva nuestro camino hacia la meta. El placer está en el camino, es el camino, la meta solo significa el final del placer.
Mario y Carnen acaban de empezar a recorrer ese camino, es un camino muy estrecho con unos grandes acantilados a cada lado.
Un tropiezo y puede ser fatal, el tiempo dirá si la piedra que se a interpuesto entre Carmen, Mario y ese camino los hace caer o consiguen superarla y llegar a la meta.
Claro que lo superan pero no solo tiene uno la responsabilidad de lo que pasó la tienen los dos, el y ella ya sea en mayor o menor medida. O la culpa de las drogas tambien es de Mario?
EliminarSe ve que no te has leído bien el diario, quien quiera que seas, (cómo me fastidia hablar con alguien que no tiene el detalle de ponerse un nombre aunque no sea el suyo). En la drogas la inició la mujer de Ángel, pero Mario le insistió que las tomase para aguantar la terapia de semana santa y por eso acabó convirtiéndose en la terapia de puta, o sea que algo de culpa en lo de las drogas si que tiene Mario, creo yo.
EliminarNo tengo nombre por que no se registrarme aqui, sino si q lo tendria. Me lo leí todo pero con eso me refiero a q no es todo culpa de Mario, tambien hubo mas instigadores, no solo el
EliminarHola anónimo,
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Gracias Mario en cuanto vuelva a casa de la playa lo haré pues aquí estoy con el movil y no tengo el ordenador. A lo largo del diario he ido empatizando con los dos. Considero que os quereis demasiado y no podeis vivir el uno sin el otro. Se que ya estais juntos otra vez pero en algunos capitulos he llorado por el daño q os haciais uno al otro
EliminarMe dicen por wasapp que he estado un pelín borde con lo de que me molesta hablar con anónimos. Me disculpo si te he molestado, me pasa siempre, escribo como hablo y no suena igual leído qué cara a cara. En la vida real no muerdo 😔
EliminarTita Luci sujeta por la correa al dóberman, jajaja.
EliminarNo te preocupes no tienes que disculparte, solo comenté lo que opinaba de Carmen y Mario y mi punto de vista q no tienes por que compartirlo, faltaría mas
EliminarYo lo que pienso es que esto no ha hecho más que empezar la separación va para largo y cada uno tiene por delante un camino por separado que no va a ser fácil lo que pasa es que como no pueden estar el uno sin el otro se van a estar buscando a distancia
ResponderEliminarNo sé si me explico
Esta separación va a durar hasta q Carmen se entere de que el artífice de ducha separacion es Tomás y no se por que me da que no va a tardar mucho en enterarse de eso
ResponderEliminar"Traten de pasarle el balón a un compañero" dijo el entrenador Bilardo... Sugerencia que siguieron los Leones a rajatabla, y les faltó a los Messi... Un renglón que también les serviría, y mucho, a Carmen y Mario, me parece... 🙏
ResponderEliminarVuelvo a repetirlo el denominador común es Mario.
ResponderEliminarAdemás Mario y Carmen tienen un matrimonio abierto ( todavía no están divirciados ), echar en cara que Carmen lleva amantes a su casa no tiene sentido, porque Carmen cuenta con la complicidad y el apoyo de Mario, de hecho no se quien de los dos disfruta más, si Carmen que se los folla o Mario que sabe que se los está follando.
Todo tiene una curva de aprendizaje, pero Mario tuvo demasiada prisa desde que tuvo ese chute de adrenalina en aquel local cuando celebraban si 10 aniversario.
ResponderEliminarY por culpa de esa precipitación Carmen no tuvo tiempo de meditar a fondo para decidir si quería hacer lo que le pedía Mario o no, porque Mario la presionó en exceso llevando a Carmen constantemente a donde el quería.
Mario tendría que haber dejado a Carmen tomar esa decisión
sin presionarla y si su decisión hubiera sido negativa Mario tendría que haberlo respetado.
Necesito el enlace del duario alternativo, ¿alguien me lo puede dar? Muchas gracias
ResponderEliminarNo se lo que es eso, si no recuerdo mal yo inserte mi correo electrónico y después escribí el apodo, pero hace mucho tiempo que lo hice y es posible que haya cambiado
EliminarPrometí la precuela. Pues ahí la tenéis.
ResponderEliminarPara los nuevos y los despistados: diariodeunconsentidor.blogspot.com
Gracias Mario! No deja de resonarme la pista que nos das que todavía no ha sucedido en el diario, veras cuando lo lea quien yo me se jeje
ResponderEliminarLeiendo la precuela queda más que claro que la decisión de separarse no la tomaron ellos, alguien la tomó por ellos y ese alguien es Tomás y esto si que me cabrea, me cabrea tanto como se hubiera cabreado Torco si Inglaterra le hubiera ganado la semifinal del mundial a Argentina.
ResponderEliminarUnos amigos se divorciaron hace unos cuantos años, se dieron cuenta que ya no tenían nada en común exceptuando a su hija y por el bien de ella es por lo que decidieron divorciarse.
Lo hicieron de mutuo acuerdo y en muy buenos términos, no quisieron alargar la cosa para que la relación de descompusiera y terminarán odiandose, porque sabían que todo eso repercutiría en la niña.
Aún divorciandose de mutuo acuerdo sólo se veían por asuntos de su hija y paso mucho tiempo hasta que empezaron a construir una nueva relación como amigos.
Las malas decisiones y Tomás nos han robado a nuestra pareja favorita
«El prudente escucha el doble, piensa el triple y habla la mitad.»
ResponderEliminarEs el lema que tengo en un marquito sobre mi mesa en el trabajo.y procuro no acostumbrarme a verlo ahí y olvidarme de lo que pone. No sé quién lo dijo, pero qué verdad más grande.
En un comentario que todavia no a aparecido ya me he disculpado por ser como soy.
EliminarEstoy seguro que está no es tu intención Lucia, pero contigo me siento en un examen constante y la sensación que arrastró es que no he aprobado ni una sola vez.
Yo comento lo que siento y me equivoco el 90% de las veces y se que to no reaccionó al Diario como lo haces tú, tu eres más analitica y yo más pasional.
Lo siento de verdad Lucía ojalá fuera memos pasional.
Venga ya, Apasionado, te tomas todo a la tremenda, estamos de buen rollo todos, no te amargues sin motivo. Mira que le suelto la correa a Dos Octavas y ese si que muerde jajaja
EliminarGuau! Guau! Grrrrr huelo sangre
EliminarNo es necesario que sueltes la correa a Dosoctavas, jajajaja.
EliminarJaja no quería hacer spoiler para quien no lo había leído pero sabía que iba a estallar apasionado con esto.
ResponderEliminarAlguien dijo hace poco que hablarían pronto y llegarían a un acuerdo, a mi con tomas me pasa lo mismo que a Apasionado, no lo entiendo, no entiendo la ceguera de Carmen con el, y no entiendo que después de todo sigan teniéndole cariño y hayan ido al funeral después . Esta claro que les ha marcado pero no sé si para bien…
Lo mio ya no se puede considerar Spoiler, jajajaja.
EliminarSoy una persona muy pasional en casi todas las facetas de mi vida y se que mi intensidad puede llegar a molestar a las personas, ostias hay días que no me aguanto ni yo.
ResponderEliminarPero es que yo soy así y por mucho que no quiera me sale, Lucía tiene razón al decir que alguien que se deja llevar por la pasión no puede interpretar un relato que jamás va a ser objetivo.
Yo lo reconozco no soy para nada objetivo y por eso reitero que mis comentarios pueden llegar a ser cargantes y molestos y por eso me gustaría disculparme con todos vosotros.
No se si llegaremos a leer la discusión de la que habla Mario en la precuela de lobos y gacelas entre Mario, Carmen y Tomas, pero si llegamos a leerla yo voy a ser Team Mario aunque no tenga razón, me posicionare siempre en el equipo contrario al de Tomás.
ResponderEliminarObjetividad cero y todo pasión.
Yo callao como un muerto que luego me llueven las hostias de todos los lados. Jajaja
ResponderEliminarSigo pensando que la mayor parte de culpa de la separación la tiene Tomás,. Por una parte practicamente amenazó a Mario para que lo hiciera y por otra muy poco a poco le comió la cabeza a Carmen para que esta detestara a su marido
ResponderEliminarBruto.
ResponderEliminarQuerido Apasionado, como siempre voy de defensor de Tomás, no es responsable de la separación, te lo repito, no lo es, lo son ellos; Que quiso la separación eso sí es cierto, pero Mario no le molestaba, sólo quería lo mejor para Carmen. Ellos son los los únicos responsables, o son niños que se dejan influir y manipular, de los motivos si quieres hablamos.
¿Que le ha dado Tomás a Carmen? Seguridad para ejercer una profesión dura y peligrosa, estabilidad económica, ahora se define como mantenida, le ha sacado de las dos situaciones más complicadas de su vida, cuando la van a vender en la trata y cuando le van a destrozar la vida con unas publicaciones de su vida sexual.
Yo si fuese tú le estaría poniendo velas, si estas aquí leyendo esto y tienes protagonista es gracias a él. Así que déjate de apasionamientos y se racional o por lo menos justo.
Ves a Tomás como un héroe, tu mismo, me vas a decir que Tomás no amenazo a Mario y le exigió que se divorciara de Carmen.
EliminarSerá que Carmen no se deja influenciar por Tomás, que a elegido donde tiene que vivir, cuando tiene que ponerse el pircing en el clitoris y casi también le organiza las vacaciones.
Es verdad que le a dado seguridad en una profesión muy dura, pero también se veneficia bien de ello.
Carmen ya tenía estabilidad económica antes de ejercer la prostitución para Tomás, o te crees que ejercía la psicología por amor al arte, la motivación de Carmen para ejercer la prostitución nunca tuvo que ver con el dinero.
Le a sacado de dos situaciones peligrosas también es verdad, pero si yo tuviera el poder y el dinero que tiene el no me levantaría a las 5 de la mañana todos los días para ir a trabajar.
Lo primero habla con propiedad, Tomas solo le preocupa la seguridad de Carmen, porque si fuera Mario el que estuviera en peligro Tomás no movería un dedo.
Por ultimo si estamos leiendo el Diario no es gracias a Tomás, es gracias a Mario y Carmen que han decidido compartir su vida con nosotros.
¿Te he parecido lo suficiente racional y justo?
Te voy hacer una pregunta Caito, si Carmen fuera una mujer con un físico que no destarara en nada y tuviera un rostro poco agraciado, pero un corazón noble y bondadoso, ¿crees que Tomás se desviviria tanto por ella?
ResponderEliminarBruto.
ResponderEliminarQuerido Apasionado, ¿Con qué amenazó a Mario?
—Ya me encargo yo de elegir los mejores profesionales, aquí o fuera de España, tú limítate a hacer tu papel, repúdiala, finge que no la soportas por lo que ha hecho y sepárate de ella. Yo hago el resto.
Eliminar—De acuerdo, lo haré.
—Voy a estar detrás de ti hasta la firma del divorcio, no lo olvides.
—Contaba con ello.
—Escúchame bien: no hay marcha atrás, como vuelvas a aparecer, acabo contigo.
—Déjate de amenazas, está decidido. Ya he dado los primeros pasos.
—No te precipites, es una mujer muy inteligente, que sea ella quien llegue a la conclusión de que se ha acabado, si no, sospechará.
—Descuida, no soy estúpido.
—Sólo un estúpido sería capaz de perder a una mujer como Carmen.
— Cuídala, por favor, cuídala.
Bamos si aquí no lo amenaza ya me dirás tu.
Hay amenaza pura y dura yo estoy de tu parte Tomás no es una hermanita de la caridad y solo hace algo por su beneficio
EliminarDesde el punto de vista de seguridad si compro a tomas pero de ahí a ponerlo como héroe hay un trecho, este personaje también tiene sus sombras.
ResponderEliminarCarmen en el fondo lo sabe, es inteligente, sabe que le ha salvado de situaciones, sabe que no le ha reprochado nada nunca, le da lo que necesita y Tomas se aprovecha de su cuerpo y su intelecto además del cariño que le ha cogido, está encoñado.
Carmen aún no sabe que ha propiciado la separación, y al mismo tiempo acabamos de saber que siente en una jaula de oro, y una mantenida, y eso en parte le agobia, por eso invita a Mario al retiro. Es una forma de tomar las riendas de su vida al margen de tomas y la forma de inconsciente o conscientemente reconocer que lo necesita cerca.
Mé llama la atención que las gacelas no sale mencionado bernardo despues de la complicidad del encuentro y de ser el organizador del evento.
Carmen en gacelas es ella en estado puro y se siente cómoda y más sabiendo que tiene a Mario cerca. A Mario le gusta tenerla cerca pero también sufre de no tenerla.
Lanzó una pregunta, ¿esperará Carmen a enterarse de la intromisión de tomas en su matrimonio para acudir a la madame o lo hará antes?
Bruto.
ResponderEliminarQue te ofrezcan varios pisos, que ella elija y que le pida que se ponga el pircing es tenerla bajo su influencia.
Bruto.
ResponderEliminarEl dinero no será su máximo aliciente, pero no lo rechaza y le produce satisfacción, pero me refería a su trabajo como asesora.
Bruto.
ResponderEliminarNo comento que harías tú en la situación de Tomás.
Bruto.
ResponderEliminarQue la que le preocupa es Carmen y Mario le importa un pito es cierto, no le molestaba cómo marido complaciente y cómplice suyo, pero hasta ahí. Normal.
Bruto.
ResponderEliminarExplicame cómo se hace eso sin protagonista.
Bruto.
ResponderEliminarLucia perdona por no seguir tú recomendación, es lo más inteligente que he oído hoy.
Debía haberlo seguido pero de vez en cuando hago lo que no debo.
Ni tu Caito ni Lucia tenéis ni idea de como me hace sentir este comentario, me hace sentir como el apestado que estorba y lo mejor que se puede hacer con el es dejarlo en una esquina y no mirarle como si no existiera hasta que se canse y se marche y así dejara de estorbar.
EliminarLa verdad es que no se lo que voy hacer, me tomare un tiempo para meditarlo.
Me encanta cuando el compañero jurista saca a relucir su profesión y con mente fría analiza los hechos solo con pruebas y hechos probados.
ResponderEliminarLo que sí tengo claro es que esta discusión que nos mencionan ahora distanciará más la separación a pesar del acercamiento del retiro
Estoy con Caito. Cuando tienen esa charla, donde Tomás le exige que abandone a Carmen, es porque el error que cometió Mario, movido por ese morbo, hace que casi perdiera a su mujer para siempre y vaya uno a saber los riesgos que podría haber corrido, si Diego concretaba la transacción con los árabes.
ResponderEliminarTomás es un veterano de muchas batallas en ese ambiente y ni bien se enteró de la situación de Carmen supo en el peligro en que se encontraba. Para él, Mario cometió un error imperdonable que su morbo le impidió ver su alcance, por eso tuvo esa charla con él.
El querido Apasionado hay una sola actividad que debería de tener prohibida: centinela. Porque primero dispararía y luego preguntaría quién vive, ja ja ja. Te quiero mucho vasco querido,
Estoy convencido de que a Tomás lo veremos actuar de guardaespaldas más pronto que tarde
EliminarEsto de irse a Bali va a traer consecuencias no se si veis por donde voy y a Mario no lo veo yendo más allá de empotrando a un chulo contra una pared
¿Esperas bronca cuando Daniel se entere de que su mujer se ha ido de viaje sin decirle nada? Eso es lo que hace él todo el tiempo, no tiene por qué quejarse.
EliminarPero lo que insinúas es más gordo.
Mario adora a su cuñada y tambien daria su vida por ella x mucho q le pese a Carmen. Aunque Carmen se lo dirá a Tomás para q sea el quien actue ya que no clnfia en Mario por como le comió Tomás la cabeza
EliminarLo que empezó siendo un juego terminó en una separación. Carmen es un mujerón y por lo que entiendo en ciertos momentos Mario cree que no es suficiente para ella. Pero Carmen está enamorada de Mario y ambos darían su vida por el otro.
ResponderEliminarTomas se aprovecha de sus flaquezas y los separó por su propio interés. Espero q en la discusión en casa de Carmen se haya sabido que Tomás es el causante de su separación con malas artes por supuesto
Bruto.
ResponderEliminarQuerido Apasionado, no te sientas de ninguna manera porqué esa reflexión era para mí, no para tí.
Si te quieres irte al rincón de pensar, que sea decisión tuya.
No pensaba contarlo, pero es que esto ya va camino de convertirse en un melodrama.
EliminarComo estaba segura que Mario no me iba a responder por razones obvias que respeto, hace un mes, más o menos, se me ocurrió preguntarle al marido de una buena amiga que es del mismo gremio. Le expuse el “caso” de un “conocido”, no voy a entrar en detalles, y aventuró dos posibles diagnósticos.
A Narcisismo encubierto o vulnerable: el narcisista encubierto utiliza la fragilidad, el desamparo y el sufrimiento como herramientas de poder y control. Ante la crítica, se derrumba o se muestra devastado para activar la pena ajena y esquivar la responsabilidad.
B Chantaje emocional: Es una estrategia para manipular la culpa y el arrepentimiento del otro. El objetivo a largo plazo es el efecto inhibitorio: lograr que los demás sientan tanto malestar social o culpa que opten por callarse en el futuro y no vuelvan a ponerle límites.
¿Cuál es la intención de este patrón de conducta?
Anular la responsabilidad: Desviar la atención del error o falta cometida hacia el "sufrimiento" que le ha causado la crítica.
Triangulación: Buscar aliados que lo defiendan y ataquen a quien lo criticó.
Inhibición de críticas futuras: Inocular la idea de que "con esta persona no se puede hablar porque lo pasa muy mal", con lo que se asegura de no ser cuestionada en el futuro.
Creo que no necesita más explicación.
«Sábado Santo. Carmen avanza a ritmo constante por la ruta hacia las lagunas. Sola. El zumbido del teléfono irrumpe en el silencio y rompe su zancada. Se detiene, exhausta, y la cara se le descuadra al leer el nombre en la pantalla.
ResponderEliminar—¿Qué quieres?
—¿Dónde coño se ha metido tu hermana? Acabo de llegar y no hay nadie. Ya me olía algo, lleva dias sin cogerme el teléfono la muy…
—Mide lo que dices —lo cortó con la voz entrecortada por el esfuerzo y la rabia—. Se ha ido a pasar la Semana Santa fuera.
—¡Tócate los cojones! ¿Y no se le ocurre decírmelo? Esta se va a enterar, por mis muertos que se entera.
—Ni se te ocurra, Daniel. Como le pongas un solo dedo encima, te hundo la vida. Te lo juro.
A esas alturas, el corazón le galopaba en la garganta.
—No me jodas, Carmen. ¿Qué vas a hacer? ¿Mandarme al gilipollas de tu marido a que me acojone? A ver si te enteras de una puta vez: tu maridito está colado por tu hermana. A ti a lo mejor te da igual ser la cornuda, pero yo no pienso consentirlo.
—Eres un cerdo y un maltratador —escupió Carmen, apretando el teléfono con las manos—. Aléjate de ella. No tienes ni idea de a lo que te estás enfrentando.
—Uy, sí, qué miedo me das. Dile a tu hermanita que mueva el culo y se plante en casa ya. ¿Nos hemos enterado?»
Hoy mi MOS cumple 71 y, como todos los años, he dejado sobre su mesa de noche, una parte del poema de Mario Benedetti No te rindas y que dice:
ResponderEliminarNo te rindas, por favor no cedas
aunque el frío queme
aunque el miedo muerda
aunque el sol se ponga y se calle el viento
aún hay fuego en tu alma
aún hay una vida en tus sueños
porque cada día es un comienzo
porque esta es la hora y el mejor momento
porque no estás sola
porque yo te quiero
Felicidades por seguir el camino juntos. A estas alturas, no se entiende de otra manera, no es posible de otra manera.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo de los dos para los dos.
Ya tenemos un avance de lo que nos espera en el siguiente capítulo. Pero en cierto modo, y gracias a la empatia q tengo, me “duele” que Carmen no defienda a Mario cuando el capullo de su cuñado habla así de él.
ResponderEliminarEstoy con Dos Octavas, Tomás se encargará de poner en su sitio a Daniel "el terrible".
ResponderEliminarMuchas felicidades, Torco, qué envidia me dais. Sois como mis padres, parejas indestructibles a pesar de las tormentas y en las que los buenos momentos pesan más que los malos.
ResponderEliminarHe tenido la suerte de tener unos padres que me han dado una educacion en libertad y confianza y me han enseñado que la convivencia no es un camino de rosas y hay que saber amar y perdonar, compartir amor y generosidad. Creo que es la única manera de poner en valor la pareja y gracias a ellos soy como soy y vivo feliz con mi mujer.
Muchos besos para los dos. Sois un ejemplo de vida.
Bruto.
ResponderEliminarMuchas felicidades Torco, a seguir cumpliendo y tú avergonzándonos a la mayoría de los maridos, que como se enteren nuestras mujeres del trato que le das a la tuya vamos a quedar como el culo.
Bruto.
ResponderEliminarYa estaba antes del anticipo Dos Octavas avisando del viaje a Bali, y después de la perlita con la que nos han obsequiado, estoy de acuerdo con vosotros a este se lo comen, pero sigo pensando que entre Mario y Esther sólo hay confusión y soledad; Vamos que a este se lo comen entre Carmen y Tomás, que sí es un mafioso y tiene medios para ello, por si alguien lo duda.
De que a Daniel le va a salir una cola tremenda de eso no hay duda, pero de quién se encargue ahí si no puedo asegurar nada, si Mario se entera le va a dar un buen escarmiento, si se lo cuenta a Tomás no quiero ni pensar que le podría pasar, supongo que le darían una advertencia de cuidado, y tendrán muy vigilada a Esther.
ResponderEliminarSe viene un capítulo muy interesante, con lo de Daniel y Esther , Carmen ya le advirtió a Daniel que si la tocaba se acordaría de ella, es un hecho que Carmen sola no podría hacer nada, así que lo más probable es que se lo cuenta a Tomás, y el tome las medidas pertinentes, Mario no creo que se entere de momento, pues Carmen y Mario en ese momento no tienen comunicación. Pero si se llega a enterar Mario, el no tendría contemplación hacia Daniel y le pondría un estate quieto o verás lo que te pasa.
no queda más que esperar a leer el siguiente capítulo.
Gracias por los saludos. La "reina madre" tuvo su fiesta, acompañada por sus nietos y bisnietos, un lujo que alguna gente puede darse. Otra vez un gran abrazo.
ResponderEliminarBruto.
ResponderEliminarMí querido Cayo, como supongo que tendrás derecho a vacaciones como las personas, no pongo humanas aunque estoy tentado, deduzco que tenemos un problema, ¿Nos vas a dejar con la angustia de no saber quién le rompe las piernas a Daniel el terrible? No creo que seas tan insensible, así que¿Cuando publicas?
Va para largo.
ResponderEliminarME están dando caña como pocas veces con este capítulo, estoy por tirar los trastos y decirle: “Todo tuyo, ahí te lo dejo”. Sería inútil porque sabe que iría de farol; además, tiene recursos suficientes para hacerme cambiar de opinión.
Por otro lado, los lobos y las gacelas están ahí y hay que atenderlos. Y otras cosas que van surgiendo sobre la marcha —«Mira, ME acabo de acordar de…»— y que, al menos, hay que esbozar y poner a resguardo. Luego está el dar cera y el pulido de la habitación propia, en la que uno es un mero decorador (cuando me deja).
Y encima, se queja: «¿Vas a dejar el iPad de una vez? Porque si no, me desnudo. ¡No te hagas ilusiones!, quiero decir que me vuelvo a cambiar y nos quedamos en casa»
No puedo con ella.
Sois tal para cual pero no nos dejes cin la miel en los labios por favor y menos despues del adelanto que nos diste. Un saludo desde la fresca Galicia
ResponderEliminarBruto.
ResponderEliminarHay que ver para lo que hemos quedado.
Ya me lo esperaba, tendremos que esperar un buen rato para leer el siguiente capítulo, entiendo que se tienen que despejar, disfrutar unos días, alejarse de este mundo, pero algo tendrás que hacer, para no dejarnos pensando tonterías, tratando de adivinar que le pasa a ese tal Daniel.
ResponderEliminarEspero seguir leyendo lobos y gacelas, para quitar de enmedio esa ansiedad de seguir leyendo el diario
Seguro que MOS nos regala una joya antes de las vacaciones
ResponderEliminarME va a matar por el destripe, aunque solo sea el titulo. Esta terminando un relato para la habitación titulado “Vicky Victoria Barcelona”
ResponderEliminarSi yo fuera ella, no solo te mataría por la flagrante indiscreción, sino que cogería el relato y lo borraría. Menudo genio tengo cuando siento que me han hecho una faena.
EliminarEso no se hace, Mario, parece que no has aprendido nada con los años.
No acostumbro a comentar, pues me parece que opinar sobre un relato en el que ya está todo escrito, pues es producto de un diario, siendo acontecimientos del pasado, no puedo modificar nada del futuro.
ResponderEliminarSimplemente me deleito con la exquisitez con que está escrito, tanto por uno como por el otro; simplemente es un placer visual y emocional leeros.
Veo que mucha gente opina sobre lo que pasará y esto es jugar a las adivinanzas, que como juego puede ser divertido, pero no cambia nada.
Si debo opinar sobre Mario y Carmen, solo podría decir que son dos mentes privilegiadas con sus “filias y sus fobias”, que han tomado el camino de abrir la caja de Pandora, cosa a la que muy pocos nos atrevemos, y que cada uno a su modo necesita del otro para realizarse y ser comprendido.
Muy poca gente de la que los rodea, o quizás ninguna, puede ofrecerles lo que obtienen el uno del otro, y los dos comprenden que, a pesar de los pesares, es muy difícil estar el uno sin el otro.
El contigo, pero sin ti, no puede durar mucho; lo que pueden aceptar ellos no está al alcance intelectual de ninguno de su alrededor.
Los que los rodean son meros comparsas de una opereta en que ellos son los únicos protagonistas reales; los demás pasan y pocos se quedan.
Y los que se quedan, tarde o temprano saldrán por la puerta, porque lo que los une no está al alcance de nadie y tampoco lo que los separa.
Pero para comprender esto hay que sufrir mucho; las personas que los rodean tienen necesidades mucho más egoístas y mundanas que la exquisitez intelectual que destilan y de la que dependen, en fin, que nadie puede hacer sombra ni al uno ni al otro, a pesar de los pesares.
Las necesidades intelectuales con la edad aumentan y la comprensión de la otra persona también.
Supongo que mi opinión no sirve para nada, porque, como he dicho al principio, todo está escrito y adivinar no me sirve, como divertimento.
Gracias por vuestro tiempo.
Josep M.
Hace muchos años, Josep, al inicio del diario, lo comparé con la botella que un náufrago lanza al mar a la espera de obtener una respuesta. Entonces esperaba encontrar personas que comprendiesen mi forma de entender la vida de pareja.
EliminarCon esto quiero decir que vuestros comentarios tienen un gran valor para mi, lo siguen teniendo diecinueve años después de comenzar a escribir, significa que no estamos solos, que al otro lado estáis leyendo, conociéndonos y dando vuestra opinión, vuestro apoyo y vuestras críticas.
Sin vosotros, tal vez no hubiera llegado tan lejos.
Como soy un animal rumiante, durante el día como paja y por la madrugada separo grano, sin excepción.
ResponderEliminarHe estado meditando sobre mi escrito, intentando profundizar en mis ideas y explorando nuevas posibilidades de mi “análisis” de Mario y Carmen de ayer.
El resumen de mis pensamientos de madrugada, que son los más frescos del día, es el siguiente.
Mario se realiza a través de Carmen, pero ella no es el objeto inmediato, sino que todo sucede a través de otros.
Me recuerda a un Mario (Emanuel 1970+/-) que aprovechaba su deseo de sumisión para obtener su satisfacción a través de otros, en situaciones especiales, con mucho morbo.
Carmen es una sumisa de manual, con una fuerte personalidad y que solo se realiza en ciertos ámbitos, y Mario es el que la ha llevado hasta aquí; por lo tanto, es el único que la comprende perfectamente.
Algunos, como Tomás, la necesitan para reafirmar el poder, que solo está sustentado en esta base, pero Carmen, aunque en él encuentra una figura paternal y una relación casi incestuosa, está muy por encima de sus manipulaciones, pero está cómoda con ello, pues cree que en el fondo controla la situación.
En mi opinión, Tomás, con todo su poder y dinero, nunca tendrá la influencia directa o indirecta que tiene Mario con ella.
Pero, como en Pigmalión, el alumno supera al maestro, puesto que abrir la caja de Pandora hace que todo se descontrole al entrar en una dimensión desconocida.
Sin embargo, el maestro siempre sigue necesitando de la alumna y ella del maestro, para no perder la razón, y este sutil enlace permanece; a pesar de todas las “comparsas” de la obra, ninguno ni emocional ni intelectualmente puede superarlos.
El abasto de la complejidad de las relaciones solo está al alcance de unos pocos y siempre que estos lo puedan mirar con perspectiva, cosa que no sucede mientras están enfrente de los árboles que tapan el bosque.
Pero una vez separados, la perspectiva puede volver todo a su sitio, que supongo que es lo que va a pasar en el futuro.
Del relato me queda alguna cosa pendiente, solo por preguntar.
Santos, el empleado de Gerardo, una vez dijo que si le dejaban a Carmen, él la domaría y la devolvería sumisa; la tuvo y de domarla nada de nada, solo me gustaría saber lo que tenía en mente.
Porque creo que Carmen es demasiado hembra para ciertos machitos, que es lo que parece, y tiene una capacidad morfológica de adaptarse al “macho de turno” sin dejar de ser ella.
Carmen guardó el collar de perro en la caja de Pandora. Preguntó: “¿Una caja de Pandora ya abierta puede guardar algo, o este algo está destinado a salir de un momento al otro?
En fin, una “caparrada” tempranera en la que no sé si acierto algo o simplemente, todo es según el cristal con que se mira.
Sigo dándoos las gracias por un relato tan maravilloso, al NOS y al ME; tanto monta…
Que tengáis muy buen día.
Josep M.
Para ser una ocurrencia, Josep, está muy bien elaborada.
ResponderEliminarNo es la primera vez que alguien hace ver la analogía con el personaje de Emanuelle. La interpretación de Carmen como sumisa por parte de quien la observa difiere mucho de su propia percepción, pero me veo obligado a callar porque desvelaría antes de tiempo una parte importante del diario y MOS no me perdonaría tal intrusión en su intimidad.
En cuanto a tus preguntas: A Santos se le fue la fuerza por la boca, como siempre sucede en estos casos, mucho alardear delante de otro macho y mucho replegarse delante de la hembra.
En cuanto a la caja de Pandora, supongo que ya sabes, intuyes, esperas o imaginas la respuesta.
Evidentemente, el marido de Emanuel no le llegaba a la suela de los zapatos ni al Mario de la película ni al Mario de MOS.
EliminarSu filosofía era de otro nivel, apreciada por Emanuel a pesar de ella misma.
La de MOS también es de otro nivel; pocas parejas resistirían este modo de vida con un sistema de equilibrio, basado en abrir la caja de Pandora, sin morir en el intento.
Respondiendo al anterior comentario, si realmente no tuvieras retorno a tu historia, quizás esta actualmente se habría perdido en MOS.
Los comentarios retroalimentan las ganas de escribir; sentir que motiva a otra gente sirve para dar algo íntimo tuyo a los demás, sin esperar su aprobación, pero sí apreciando sus comentarios, sugerencias y cariño.
Mucha gente quiere y aprecia a MOS por ello.
El lenguaje del diario es una delicia pocas veces vista, una pura delicatessen y, sobre todo tratando los temas que trata, es erotismo en su máxima expresión, cuando en boca de otros sonaría a pornografía pura y dura.
En cuanto a lo del collar, aprecio tu sutileza.
Gracias por todo y feliz fin de semana.
Josep M.
Mi solidaridad para aquellos que residen en Madrid, como Mario y Carmen con su casa en las sierras. Hace 15 años lo vivimos en carne propia en la costa. Dos albañiles haciendo un asado, se emborracharon e incendiaron el lote - es un bosque-, y tuvimos los llamas a 15 metros de la casa
ResponderEliminarLa zona de incendios, por el momento, no nos afecta pero tal y como están las cosas no tenemos ninguna seguridad de que no pueda pasar cualquier cosa.
ResponderEliminarLos incendios se agravan con cada verano que pasa, llegaremos a un momento donde los bomberos no podran contener y menos extinguir las llamas
ResponderEliminarNo me jodas Mario que por bocazas nos vamos quedar si leer Vicki Victoria Barcelona
ResponderEliminarVaya bronca que te ha echado Diva
Estoy seguro que Carmen estaba al tanto de lo que iba hacer Mario, son muchos años juntos y lo conoce demasiado bien.
ResponderEliminarNo creo que el relato de Carmen peligre.
La sensación que tengo es que durante esta separación Carmen va a intentar encontrar una pareja que le de lo que le daba Mario, una libertad absoluta con respecto al sexo y un apoyo incondicional y me da que le va a costar encontrarlo si es que lo hace.
ResponderEliminarSin embargo con respecto a Mario el ya es cociente que ha perdido a Carmen y nunca va a encontrar alguien como ella por mucho que busque.
Me gustó esta frase de Michel Eyquen Montaigne :"Los celos son, de todas las enfermedades del espiritu, aquella a la cual todas cosas sirven de alimento y ninguna de remedio".
ResponderEliminarCansado de repetir que Mario no precisa defensor, pregunto en qué daña que se haya anunciado el título del nuevo relato del blog de Carmen?. Es solo un anuncio, hecho desde el amor y cariño que él siente por su compañera. Eso demuestra a las claras lo que la admira en realidad. V.S proveer de conformidad, que será justicia.
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